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sábado, 11 de octubre de 2025

Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Una alabanza que nos abre a entrar en otras orbitas y otros encuadres de nuestra vida cuando escuchamos y plantamos la palabra de Dios en nuestro corazón

Joel 4,12-21; Salmo 96; Lucas 11,27-28

Una alabanza siempre es agradable; no es que la busquemos, pero el reconocimiento de lo bueno siempre puede ser un estímulo. Puede ser una señal de gratitud por parte de aquellos que se sienten beneficiados con lo bueno que reciben; es de nobleza de corazón el reconocerlo. Pero sin que esos reconocimientos y homenajes se conviertan en una razón para que hagamos las cosas bien, una palabra agradable que reconozca lo bueno que se hace se puede convertir en un estimulo interior para seguir haciendo lo bueno. Claro que sabremos actuar rectamente y hasta con generosidad aunque no recibamos esos reconocimientos, sin que nos rindan homenajes y canten alabanzas en nuestro honor. El bien que hacemos es nuestra más honda satisfacción.

Pero no se trata solamente de la satisfacción y el estimulo que sentimos en nuestro interior cuando hablan bien de nosotros, sino que por una parte hemos de sentir eso mismo en las alabanzas que prodiguen a los demás por lo bueno que realizan, y lejos de nosotros ha de estar todo atisbo de envidia o de celos porque a ellos se lo reconocen aunque de nosotros no digan nada – necesitamos también muchas veces esa cura de humildad para evitar orgullos y vanaglorias propias – sino que cuando está en referencia a seres a quienes tenemos especial aprecio como puede ser incluso a nuestros familiares, nuestro gozo tendría que ser mucho más hondo.

Podría parece que todo esto que voy reflexionando se viene abajo en el breve pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Podrían parecer cortantes las palabras de Jesús cuando alguien en medio de la multitud levanta su voz en alabanza a la propia madre de Jesús. Es una aclamación espontánea la que surge en medio de las gentes; también nosotros muchas veces nos lo decimos cuando nos encontramos con alguien que resalta por su bondad o por buen hacer, ‘¡qué orgullosa tiene que sentirse esa madre!’, pensamos nosotros. Es lo que viene a decir aquella mujer anónima en medio de la multitud. ‘¡Dichosos los pechos que te alimentaros y el vientre que te llevó!’, Dichosa la madre que te parió, diríamos nosotros en un lenguaje como más ordinario.

Pero Jesús quiere dirigir nuestros ojos a otra óptica. Está bien que miremos las cosas desde ese lado humano, y aquí rebosa humanidad el grito de aquella mujer, pero tenemos elevar nuestra mirada, tenemos que tener otra perspectiva. Bien sabemos cuando contemplamos un paisaje que depende del lugar desde donde miremos para apreciar diversos detalles, depende del encuadre que le hagamos y hasta el marco que ponemos alrededor para resaltar algo en lo que quizás no nos habíamos fijado; a mi me gusta cuando hago una fotografía, por ejemplo, a un paisaje encuadrar la imagen que quiero tomar en un marco, darle un primer plano que le de profundidad, o resaltar quizás una sombra que haga brillar de una forma distinta su colorido. Así tendríamos que aprender a mirar en la vida.

Jesús viene a ayudarnos a cambiar esas perspectivas, esos encuadres que hemos de hacer en la vida, esa forma de mirar las cosas y las personas, esa manera de leer los acontecimientos, para descubrir lo que de verdad nos quieren enseñar, para descubrir donde está el mensaje, para saber cual es el colorido que le hemos de dar a la vida. Es lo que significa la buena nueva del evangelio; por eso es buena nueva, por eso es siempre buena noticia para nosotros, por eso es la novedad que siempre ha de significar para nosotros la Palabra de Dios.

Es lo que con una simple frase como respuesta a la alabanza de aquella mujer dice Jesús y que no es quitarle valor a la alabanza que se hace de la madre de Jesús. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchar la Palabra de Dios y plantarla en el corazón. Así, simplemente, alcanzaremos la dicha, nos dice Jesús. Es el filtro que hemos de ponerle a nuestra vida, es el cristal a través del cual hemos de mirar, es el color que tenemos que resaltar de la vida, es el encuadre que tenemos que hacer.

Desde la Palabra de Dios, escuchada y plantada en el corazón encontraremos para todo otro sentido, encontraremos la verdadera luz para nuestros ojos, descubriremos lo que es el verdadero valor de nuestra vida, se nos abrirán caminos de verdadera plenitud y felicidad. Pero tenemos que dejarnos sorprender por esa buena noticia que nos trae; como aquella mujer se sintió sorprendida por la presencia de Jesús y pensó en su madre, que para ella se convertía en un gozo y una felicidad de la que de alguna manera quería hacerse partícipe.

Es el camino que nosotros hemos de emprender, es donde encontraremos la verdadera alabanza para lo que luego vamos a hacer, es con lo que proclamaremos la gloria de Dios.

sábado, 5 de octubre de 2024

Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

 


Miramos lo que tenemos en las manos y recapitulamos nuestra vida, dando gracias por los frutos, pero lanzando de nuevo la semilla a la tierra en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo 1 Crón 29, 10-12; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Miramos lo que tenemos en las manos y nos sirve para recapitular de alguna manera lo que ha sido hasta ahora nuestro trabajo, el camino recorrido en la vida observando lo que hemos vivido pero también el fruto que hemos logrado, lo que ha merecido la pena los esfuerzos realizados pero también el rumbo que quizás tenemos que enderezar.

Todos hacemos paradas en la vida que nos ayudan a hacer balance de lo que vivimos. Lo hacemos en nuestros negocios – cerrado por inventario, nos encontramos algunas veces -, lo hace el estudiante al finalizar el curso presentando unos exámenes, lo hace el agricultor cuando recoge sus cosechas y valora el fruto del esfuerzo de su trabajo, lo hacemos cuando queremos llevar una buena administración y una contabilidad para recoger beneficios, lo hacemos en casa no solo porque queremos ver si llegamos a fin de mes o tenemos unos ahorros para emprender una reforma que necesitamos… y así en todos los aspectos de la vida.

¿En todos? ¿Lo haremos también del recorrido de nuestra vida personal, con sus altos y bajos, con sus momentos de crecimiento y felicidad o también con los errores cometidos? Quizás nos preocupamos mucho de los asuntos materiales donde pensamos encontrar unos rendimientos económicos, pero no lo hacemos tanto por lo que tiene que ser la maduración de nuestra vida personal o nuestra relación con los demás. ¿Y nuestra vida espiritual?

La liturgia de la Iglesia nos ofrece una oportunidad en la celebración que nos ofrece en estos primeros días de octubre. Sobre todo en nuestro hemisferio es la época en que retomamos nuestras tareas en todos los aspectos después del descanso del verano. En la vida civil sobre todo en el mundo de la educación y la enseñanza es la época en que comienza el curso; la vida laboral retoma la intensidad de su ritmo después de las vacaciones; en nuestros campos se están terminando de recoger las cosechas de todos sus frutos y comienza la época de una nueva siembra; en la vida pastoral de la Iglesia, aunque nunca se detiene, retoma sin embargo la intensidad de su ritmo. Y la Iglesia nos ofrece en la liturgia de este día de témporas – así llamado – la oportunidad de revisar y programar, de poner todo en las manos de Dios y de sentirle en verdad presente en este camino.

Nos recuerda la Palabra de Dios, con aquellas recomendaciones que hacía Moisés al pueblo para cuando se establecieran en la Tierra Prometida que en los momentos de abundancia de prosperidad no nos olvidemos de Dios; si a El acudimos buscando ayuda en los momentos oscuros no seamos los desagradecidos que pronto olvidamos la acción de Dios en nuestra vida. Nos sucede en la vida misma, tenemos la tentación y el peligro de pronto olvidar a quien nos tendió una mano y nos ayudó. No seamos así con el Señor, como aquellos leprosos que una vez curados corrieron al encuentro de la vida, pero solo uno volvió atrás para reconocer el don que de Dios había recibido.

Pero es momento de recapitular y revisar, de reencontrarnos con nosotros mismos, pero también de aprender a reencontrarnos con los demás; por eso se nos habla también de reconciliación. ‘Dejaos reconciliar con Dios’, nos dice el apóstol. Reconciliarnos, reencontrarnos, reconociendo desvíos y desaciertos, para tomar de nuevo el rumbo, para sentirnos satisfechos dentro de nosotros mismos, pero para saber valorar lo que hemos recibido y saber ser agradecidos, para sentirnos a bien con los demás rehaciendo lo que se haya podido romper, pero para sentirnos a bien con Dios porque en El sabemos que siempre vamos a encontrar misericordia.

Y es momento de reemprender el camino en el nombre del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’, decía Pedro. Por eso invocamos a Dios, sentimos su presencia a nuestro paso, contamos con El como Cireneo, queremos que la lluvia de su gracia caiga sobre nosotros para que haga fecundo nuestro campo y nuestra vida. Igual que estamos ansiosos por la lluvia que riegue nuestros campos – y cuanto hemos de pedirlo al Señor – estamos ansiosos por la lluvia de su gracia que es la que va en verdad a hacer florecer nuestra vida, y tras esas flores sabemos que habrá unos frutos.

viernes, 14 de junio de 2024

La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

 


La autenticidad y la rectitud que nos plantea Jesús en el evangelio es algo hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad

1 Reyes 19, 9a. 11-16; Salmo 26; Mateo 5, 27-32

Hay gente a la que le gusta improvisar, van siempre al salto de mata, como se suele decir, a lo que salga, y cuando van apareciendo las cosas buscamos una salida o una solución. Es cierto que la vida tiene imprevistos, porque todo no depende de nosotros, vivimos en relación con otras personas que también van actuando en la vida con toda su libertad y en un momento determinado tendremos que reaccionar a algo que haya hecho otra persona; vivimos en medio de la naturaleza y aunque la naturaleza tiene su propio orden, sus propias leyes podríamos decir, sin embargo hay cosas que no esperamos y nos obligarán en momentos determinados a tomar unas decisiones.

Pero aparte de todo eso que venimos diciendo y que podríamos ampliar en más ejemplos, sin embargo cada uno ha de tener, por así decirlo, su plan de vida, su hoja de ruta. Desde nuestros principios, desde nuestros valores vamos a vivir esa vida, y tenemos que saber lo que queremos, lo que buscamos, lo que nos planteamos, y eso nos obligará a tener una idea, unos objetivos o unas metas, un camino por donde queremos caminar. Como quien va a hacer un recorrido, un camino, una excursión, y tenemos que saber a donde queremos ir, por donde podemos ir, y tener precaución para lo que nos podamos encontrar. ¿Tendremos siempre claro el camino de la vida? ¿Sabremos ciertamente lo que queremos y a donde vamos? Algunos, como decíamos al principio, pueden ir al salto de mata, a lo que salga.

Es lo que Jesús va planteándonos en el evangelio. Como hemos comentado estamos en estos días escuchando el llamado sermón del monte, que se inició con la proclamación de las bienaventuranzas. Ahí nos plantea nuestra meta, porque quiere que nosotros seamos felices en plenitud. Y cuanto afrontamos en la vida nos lo hemos de plantear desde ese ideal y esa meta que nos propone Jesús.

Ahora en los siguientes capítulos, en este como resumen que nos hace el evangelista san Mateo, Jesús va descendiendo a las cosas de cada día, a esos problemas que nos podemos ir encontrando, pero sin olvidar nuestra el ideal y la meta, cuando nos anuncia el Reino de Dios. Ya nos ha dicho que le demos sentido a lo que hacemos, que busquemos en verdad la plenitud de nuestra existencia y que las pautas que El nos da, primero con los mandamientos de Dios que El no viene a abolir y lo que en cada momento nos va señalando vayamos dándole sentido a todo lo que hacemos y vivimos desde la autenticidad más profunda de nuestra vida.

No nos valen apariencias ni meros cumplimientos. ‘Si vuestra justicia no es mayor que la de los fariseos, nos decía ayer, no seremos dignos del Reino de los cielos’. Nos pide la autenticidad del amor. Solo desde esa autenticidad podremos ser plenamente felices como nos ha prometido.

Hoy nos habla de la integridad de nuestras relaciones mutuas pero también de la integridad desde lo más hondo de nosotros mismos. No podemos andar con componendas con el mal. El mal tenemos que arrancarlo de raíz, pero lo arrancamos de raíz cuando desde nuestro pensamiento no hay maldad, cuando actuamos con un corazón limpio que nos lleva a valor y a respetar la dignidad de toda persona. No podemos utilizar a las personas como si fueran juguetes solo para nuestra satisfacción personal, para dejarnos arrastrar por nuestras pasiones.

En toda relación tiene que haber un profundo encuentro con la persona, con el otro, dejándome yo también encontrar. Y cuando actuamos desde esa rectitud de intención no va a ser la pasión lo que nos domine, no va a ser un juguete en nuestras manos, va a ser alguien con quien construimos un mundo de plenitud y de felicidad. Lo otro no tendría sentido porque sería inhumano. Y todo lo que sea inhumano tenemos que arrancarlo de nuestra vida. Como nos dice del ojo que nos hace pecar o de la mano que nos lleva a hacer el mal.

Es hermoso lo que nos plantea Jesús en el evangelio. Es hermoso y gratificante, nos lleva al mayor gozo y nos hace caminar por caminos de verdadera felicidad.

martes, 19 de marzo de 2024

En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

 


En ocasiones hay cosas que no entendemos, que incluso nos han hecho daño, sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino porque hay un plan de Dios

2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Salmo 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hay cosas que nos suceden, acontecimientos en los que nos vemos envueltos, que quizás en ocasiones por lo imprevisto y sorpresivo nos cambian la vida. ¡Qué difícil cuando tenemos nuestros planes, cuando tenemos más o menos decidido lo que queremos de la vida, lo que queremos hacer, que de pronto nos suceda algo, nos llegue una noticia, nos planteen algo que nos va a cambiar totalmente nuestros planos! Y nos sucede en más de una ocasión, hay veces en que nos dejamos sorprender y entramos en esa nueva onda que aparece en nuestro horizonte, pero a veces nos hacemos de rogar, lo pesamos y sopesamos muchas veces antes de decidirnos, de entrar al trapo en aquello que nos sucede y que implica y hasta complica nuestra vida.

Nos hará falta mucha madurez y equilibrio; queremos ser fieles a nuestros planes, porque era lo que habíamos pensado que era mejor para nuestra vida, pero quizás tengamos que acomodarnos, darle otro rumbo a la vida, entrar en un juego, por decirlo así, en el que no habíamos pensado entrar, ni siquiera lo sospechábamos.

Pero ahí están los misterios de Dios que nos hace sorprendernos tantas veces en la vida; muchas veces incluso nuestra fe se puede tambalear, porque hasta injusto nos puede parecer el que tengamos que complicarnos la vida así.

¿No será lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a san José? ¿Pero no fue algo semejante lo que le sucedió a María con la embajada del ángel? Ya nos dice el evangelista, así como de paso, que José era un hombre justo, con todo lo que entraña esta palabra y lo que se nos quiere decir. María no había pensado tener conocimiento de hombre y por eso le cuesta comprender lo que significaban las palabras del ángel. Ahora José se ve sorprendido porque María, la joven con la que había celebrado los desposorios, sin haber convivido juntos ahora resultaba que esperaba un hijo.

Y aquí contemplamos la madurez humana de José. Le da motivo para muchas y hondas reflexiones, busca un equilibrio en su vida, pero tampoco quiere hacer daño a nadie, interiormente se ve atormentado, pero es el hombre que se abre al misterio, que se abre a Dios, porque allá en su interior quiere escucharlo. Será en forma de sueños, pero el ángel del Señor le ilumina, le hace comprender que detrás de todo eso hay un plan de Dios, que hay un lugar también para él en ese plan de Dios; ahora le toca acoger a aquella mujer, pero acoger también al hijo que va a nacer al que tendrá que mirar como hijo, pues a él se le encomienda la misión de ponerle nombre, función que estaba reservada al padre. Y José, como María, también dice sí, recibió a María, su mujer, en casa como le había dicho el ángel.

Un proceso muy hermoso el que contemplamos. Son mucho más que meras anécdotas para contar. Es descubrir actitudes que hemos de asumir. Es estar abiertos en la vida a la acción de Dios y a lo que son sus planes para nosotros, que muchas veces también nos romperán nuestros planes. Pero tenemos que dejarnos conducir.

Algunas veces nos cuesta, habíamos soñado con tantas cosas, pero ahora todo cambia y nos puede parecer que quizás tengamos una vida escondida, o podrá ser también que en esos nuevos planes hay unos compromisos mayores con nuestras tareas y nueva misión. Todos quizás habremos pasado por situaciones así en la vida, y después de todo nos damos cuenta que allí hubo una acción de Dios. Hay que descubrirlo, hay que sopesar bien las cosas, también tenemos que ser como José un hombre bueno, una persona buena, pero una persona reflexiva, pero una persona orante, pero una persona abierta al plan de Dios.

Creo que es un buen pensamiento que tenemos que rumiar también en este camino de cuaresma que estamos haciendo, en medio del cual hoy nos ha aparecido la figura de José. Como decíamos antes, en ocasiones hay cosas que no entendemos, hay cosas que incluso nos han hecho daño, nos han hecho sufrir, pero hemos de saber encontrar la luz al final de ese camino. Porque Dios nos está diciendo algo.

martes, 24 de enero de 2023

Un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz, construido desde el amor

 


Un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz, construido desde el amor

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35

Algunos nos dicen hoy que todo está cambiando, que esta sociedad en unos años no hay quien la conozca, que conceptos tradicionales que teníamos como intocables ahora parece que ya no son tan fundamentales, porque hay que tener otro concepto de la familia, de la vida y de cómo queremos que sea nuestra sociedad.

Puede ser que sea cierto eso de que esta sociedad en unos años no hay quien la conozca, tal como vemos que marchan las cosas, tal como vemos que es lo que quiere hacer de nuestra sociedad, tal como vemos una pérdida de valores muy importantes y que consideramos que siguen siendo fundamentales para nuestras relaciones mutuas y que sean verdaderamente humanas. No es cuestión de tradicionalismos a rajatabla, pero sí de conservar aquello que tiene verdaderamente validez para lo mejor de la vida y hasta para la felicidad del hombre, de la persona.

Alguno hoy encandilado con sus ideas que le dan una interpretación muy particular a todo pudiera quizás decirnos tras escuchar el texto del evangelio que hoy se nos ofrece, que Jesús tampoco cree en la familia, porque allí están su madre y sus parientes – hermanos como se dice en el lenguaje semita para referirse a todo pariente  - y parece que Jesús nos les hace caso. La valoración de la familia desde el mensaje del evangelio no hay quien nos lo pueda poner en duda. El evangelio se entiende y se explica a través del mismo evangelio, por eso siempre tenemos que mirar en todo su conjunto para poder captar y entender bien lo que es el mensaje de la Palabra de Dios.

Con ocasión de esa presencia de su madre y de sus hermanos o parientes como queramos llamarnos, Jesús está queriendo abrirnos horizontes de mayor universalidad, y nos está hablando de esa familia universal que entre todos tenemos que constituir, sin olvidar por supuesta a esa familia en la que hemos nacido y en la que nos hemos criado recibiendo los mejores valores para nuestra vida. Pero Jesús quiere que abramos los brazos de nuestro corazón para que en verdad nos sintamos hermanos de todos, y que si hay algo que nos une es la Palabra de Dios que Palabra de salvación para nosotros.

Por eso nos habla Jesús hoy de que seremos en verdad su familia si siempre y en todo sabemos buscar la voluntad de Dios. Eso es lo importante. No buscamos nuestra voluntad, sino el querer de Dios, el plan de Dios para nosotros que siempre será más sublime que todos los planes, por muy hermosos que sean, que nosotros nos podamos hacer.

Y es ahí en ese plan de Dios, en eso que es su voluntad para nosotros es donde tenemos que entretejer nuestra vida, en donde tenemos desarrollar eso que Dios quiere para nosotros. Busca Dios siempre la felicidad del hombre, que alcancemos la plenitud. El ha venido a ofrecernos ese camino que es y será siempre camino que nos lleva a nuestra mayor plenitud.

Por eso hoy Jesús se pregunta ante aquella situación que ahora están viviendo. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’.

Cuando buscando la voluntad de Dios comenzamos a amarnos de verdad los unos a los otros porque sentimos esa comunión que tiene que haber entre todos porque somos una misma familia, estaremos expresando el amor que le tenemos a Dios de quien queremos hacer siempre su voluntad. Es un mundo nuevo, sí, un mundo de fraternidad, un mundo que nos tiene que llevar al entendimiento, a la concordia, a la paz; un mundo en que estaremos siempre buscando lo mejor de la persona y lo mejor para la persona, porque valoramos a todos y cada uno y porque para todos y cada uno trabajaremos para que vivan siempre en ese amor y en esa paz.

Ojalá, sí, no conozcamos a nuestro mundo porque lo transformemos a lo mejor desde los caminos del amor.

martes, 20 de diciembre de 2022

Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 


Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Confiamos o no confiamos? ¿Tenemos o no tenemos confianza?  Según en qué, según con quien, según cuándo… y ponemos nuestras pegas, pedimos nuestras pruebas, y aún en las pruebas que pedimos algunas veces también desconfiamos. La vida tendría que estar edificada sobre la confianza, en la vida misma, en las personas de las que nos rodeamos, en las personas con las que estamos, con quienes convivimos, con quienes trabajamos.

Es como podemos vivir, lo contrario sería angustia interior, sería inseguridad, sería falta de paz. Sin embargo aunque nos mostremos recelosos, muchas cosas vamos haciendo con normalidad en la vida que es una muestra de confianza, en el conductor que nos lleva en el autobús, o en el piloto del avión, en el panadero que nos hace el pan o habitualmente con las personas con las que nos cruzamos en la calle, y así en tantas y tantas cosas, a pesar de lo que digamos o lo que pensamos. Es un punto importante en nuestras relaciones.

¿También en nuestras relaciones con Dios? Si decimos que tenemos fe lo hacemos desde una base de confianza, porque es fiarnos de un misterio qee nos supera y nos trasciende, pero también de lo que podemos sentir en nuestro interior en lo que podemos escuchar la voz de Dios. Si oramos a Dios es porque tenemos la confianza de que El nos escucha y accede a cuanto le pedimos.

¿Hasta dónde llega la confianza de nuestra fe? En la rebeldía interior cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, el dolor, la enfermedad o la muerte, le reclamamos a Dios y no siempre con la humildad de la confianza. En el sentido que le damos a la vida o el valor que le damos a las cosas muchas veces más que fiarnos de Dios queremos en nuestro orgullo hacerlo por nosotros mismos y a nuestra manera. Cojea en ocasiones esa confianza de la fe, esa confianza en Dios que tendría que convertirse en la obediencia de la fe.

Es la confianza de la fe pero que ha he haber nacido del descubrimiento del amor. Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios comenzamos un camino distinto de relación con Dios, un camino distinto de fe y de confianza. No podemos menos que confiar en quien nos sentimos amados. Sepamos, pues, descubrir esas señales del amor. Es lo que de una manera intensa y especial nos disponemos a celebrar en los próximos días de la Navidad.

Hoy queremos aprender de María, que se siente sorprendida por el amor de Dios que la envuelve. Era mujer de fe que de tal manera se había puesto en las manos de Dios que se sentía su esclava, la humilde servidora del Señor. Por eso en ella habrá disponibilidad total porque hay confianza total. Como humana que es, y también en su humildad se siente sorprendida con que Dios quiera contar con ella y no sabe ni cómo va a ser ni hasta dónde tendrá que llegar la disponibilidad de su vida. Por eso ante el misterio que se le revela se turba, que dice el evangelio, se queda pensativa rumiando aquello que el ángel del Señor le está revelando, pero no faltará la paz en su corazón. ‘No temas, María’, le dirá el ángel porque ella es, y así se siente, la agraciada, la regalada por el amor del Señor. Siente sobre sí la mirada del amor de Dios que la ha elegido.

Todo es un misterio de Dios que solo desde la fe, desde la confianza total que pone en la Palabra de Dios que se le está transmitiendo, se es capaz de aceptar, como lo hace María. Su hijo será el Hijo del Altísimo, todo lo que en ella sucede es obra del Espíritu que la envuelve y la llena de nueva vida, comienza con su ‘sí’ un camino de amor y de salvación para la humanidad porque su hijo al que llamará Jesús tiene ese nombre por es el Salvador de todos los hombres. Acepta el plan de Dios, acepta el proyecto de Dios. Un tiempo nuevo va a comenzar por la confianza de María, por la obediencia de la fe de quien es la llena de gracia.

¿Aprenderemos nosotros a confiar?  ¿Habrá en nosotros esa disponibilidad para aceptar lo que sea el plan de Dios para nuestra vida? Porque Dios también quiere contar con nosotros y el sí de nuestra confianza total que le demos a Dios será también camino de vida y salvación para la humanidad. Como a María a nosotros también Dios nos está poniendo en camino; abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en el silencio de nuestro corazón descubramos ese proyecto de Dios. ¿Confiamos o no confiamos?

domingo, 18 de diciembre de 2022

Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

 


Aprendamos a tener ojos de fe y descubrir el designio de Dios para nosotros en el momento que vivimos a partir de la navidad que vamos a celebrar

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

Muchas veces decimos que la vida es complicada porque parece que se cruzan muchas cosas que nos lo pone más difícil, que nos ofrece muchas sorpresas que algunas veces nos cambian todos nuestros planes que nos desestabilizan, nos hacen comenzar de nuevo o nos vemos llenos de fracasos porque no conseguimos lo que anhelamos en el momento que lo deseamos. Le echamos la culpa a la vida, al destino o a no sé qué cosas porque todo parece que se nos hace incomprensible.

Pero quien mira la vida con ojos de creyente tiene otra percepción distinta de cuanto nos sucede. Muchas cosas nos hacen daño quizá porque por medio pueden estar la malicia de los hombres o las ambiciones que nos ciegan y con ello a veces nos perjudicamos. Pero más allá de todo eso queremos tener otra mirada descubriendo lo que son los designios de Dios que nos va hablando, que nos va pidiendo respuesta a través de esos mismos acontecimientos. No es un destino irrevocable al que acudimos, sino que sentimos que hay como una invitación de Dios para que ocupemos nuestro lugar, sepamos reaccionar con madurez y pongamos también de nuestra parte lo que pueda hacer más comprensible ese mundo a veces tan revuelto.

Es necesario tener una fe grande, para saber escuchar a Dios en esos momentos que muchas veces se nos pueden volver duros y que pueden crear en nosotros situaciones que se nos hacen difíciles de resolver. Hay que saber tener una serenidad de espíritu, para en medio de todos esos ruidos de la vida también podamos escuchar esa voz de Dios que nos susurra cosas allá en lo secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón. Nos cuesta, podemos sentirnos confundidos en nuestro interior, pero sí hemos de poner confianza de nuestra parte en esa voz va a sonar clara para nuestra vida.

Hoy en el evangelio se nos presenta así un hombre de fe grande. El momento era duro para él porque podían estar brotando muchas desconfianzas en su corazón. Su vida podría verse truncada con aquello que estaba sucediendo, pero él siempre quiso obrar bien no queriendo hacer daño a nadie, aunque muchas cosas fueran incomprensibles para él. María, su prometida, su esposa que era una manera de decir por el compromiso que ya había entre ellos, estaba encinta. Algo duro y fuerte desgarraba su corazón. No sabía lo que sucedía ni lo que debía hacer, pero quiere actuar bien sin hacer daño. Cómo nos precipitamos nosotros algunas veces ante cualquier contratiempo y surge pronta la reacción violenta que genera muchos sentimientos adversos.

José supo hacer silencio en su corazón. En sueños, es una manera de hablar propia del evangelio para señalarnos las manifestaciones de Dios, un ángel le dice que no tema acoger en su casa a su mujer porque lo que de ella va a nacer es obra del Espíritu de Dios. Y se le confía una misión, la misión de padre porque ha de ser quien le ponga nombre el niño que va a nacer. ‘Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados’. Y ya el evangelista recuerda - ¿lo habrá recordado también José? – lo anunciado por el profeta, tal como escuchamos hoy en la primera lectura. ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.

Se nos presenta este hermoso evangelio en este último domingo de Adviento cuando ya tenemos cercana la Navidad. Es acercarnos al misterio que vamos a celebrar; es disponernos con fe verdadera para vivir hondamente la navidad. Que se despierte en nosotros la fe para poder contemplar y celebrar con hondo sentido el misterio de la Navidad. Ese Niño que contemplaremos nacer en Belén entre las pajas de un establo es el Hijo de Dios, es el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.

No es una costumbre bonita o una hermosa tradición, no son emociones de recuerdos y añoranzas lo que vamos a celebrar en la navidad. Ya escuchamos decir a mucha gente que la navidad es triste para ellos porque les trae muchas añoranzas, ¿estarán en verdad celebrando la navidad, el nacimiento del Dios que se hizo hombre para ser Dios con nosotros? ¿Se estarán quedando en recuerdos y añoranzas de cenas familiares de otros años con las ausencias que normalmente la vida nos va imponiendo?

Ojalá supiéramos tener la visión de José que en medio de todos aquellos contratiempos que no se acabaron con el hecho de recoger a su mujer, sino que vendría la peregrinación a Belén por el capricho de un gobernador que quería hacer un censo, la huida a Egipto porque Herodes tramaba contra la vida de aquel niño, él supo descubrir el designio de Dios.

Los momentos que vive nuestro mundo no son buenos y parece que todo tendría que ser amargura por las guerras que no se acaban, las pandemias que siguen patentes, las desigualdades que siguen existiendo en el mundo, los problemas sociales y políticos que afectan a tantas naciones, y así podría hacernos una lista poco menos que interminable, pero aun así queremos celebrar Navidad, queremos descubrir los designios de Dios, el plan de Dios que quiere la salvación de nuestro mundo y cuenta con nosotros.

¿Has pensado cuál será el plan de Dios para tu vida a partir de la celebración de esta navidad? Algo que tendríamos que pensar. Qué nos está pidiendo Dios, qué nos estará queriendo decir.

viernes, 25 de marzo de 2022

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

 

Como María estemos dispuestos a someter nuestros deseos y nuestros planes a lo que son los planes de Dios para nosotros, siempre es Emmanuel, Dios con nosotros

Isaías, 7, 10-14; 8, 10; Sal. 39; Hebreos, 10, 4-10; Lucas, 1, 26-38

Mas o menos todos en la vida sabemos, o creemos saber, que es lo que vamos a hacer; nos hacemos nuestros planes, nuestros proyectos, más o menos vamos definiendo lo que queremos que sea nuestro futuro; es la tarea que hemos ido realizando en nuestro crecimiento humano y en nuestra maduración como persona. Y eso es bueno y necesario; tenemos que saber a donde vamos, qué queremos, cuales son las metas de nuestra vida; es lo que insisten padres y educadores en la juventud y es lo que nos va abriendo al futuro.

Pero supongamos que en un momento concreto cuando ya tenemos todo esto determinado viene alguien con cierta ascendencia sobre nosotros y nos dice que no puede ser, que para nosotros hay otros planes, que nuestra vida tenemos que dedicarla a otra cosa. Lo normal es que haya un rechazo por nuestra parte, que defendamos lo que son nuestros proyectos, que tratemos de convencer a quien nos hace esas nuevas propuestas que no estamos dispuestos a aceptar porque tenemos claro lo que queremos ser. Estamos hablando de algo hipotético, pero quizá haya sucedido a más de uno en la vida y que han tenemos que cambiar todos sus planes, porque quizá ahora le proponen algo que se presenta como algo superior.

Me estoy haciendo estas consideraciones a partir de lo que hoy se nos propone en la Palabra de Dios y sobre todo en el evangelio. Aquella muchachita de Nazaret tenía definida su vida, allá en el silencio de aquel pueblo medio perdido entre los valles y colinas de Galilea. Prometida estaba con José pero algo había en su interior que de alguna manera iba trazando los derroteros de su vida. Pero de la noche a la mañana todo cambió; en el silencio de su recogimiento y de su oracion el ángel del Señor viene a proponerle algo distinto.

María se siente sorprendida. Sorprendida por la presencia del ángel del Señor, que era como sentir de una manera especial la presencia de Dios en su vida; sorprendida por las palabras y las propuestas del ángel; la llama la llena de gracia porque Dios ha pensado en ella de manera especial y hay un proyecto de Dios para ella. Todo va a cambiar, va a ser madre y le dirán que será el Hijo del Altísimo, lo llamarán Hijo de Dios; ella no conoce varón y no entiende lo que se le propone, porque se le anuncia que será el Espíritu de Dios el que la cubrirá con su sombra, para que aquel hijo de la jovencita de Nazaret sea llamado el Hijo de Dios; el nombre que se le ha de imponer tiene también hondo significado, porque se llamará Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados.

Los planes de María y los planes de Dios; el camino humilde, sencillo y callado que había escogido en aquella aldea poco menos que perdida y desconocida en Galilea, con el camino que de ahora en adelante se va a abrir en su vida aunque quizá aun no termine de comprender toda la amplitud de los planes de Dios. Lo que parece un imposible en ella se va a poder realizar de la misma manera, como le anuncian, que su anciana prima Isabel también va a ser madre. Porque para Dios nada hay imposible.

Y es que con los planes de Dios para Maria se va a realizar el misterio más grande de la historia. El Hijo de Dios se va a convertir en el hijo del hombre en las entrañas de María, lo que significa que Dios se va a encarnar en nuestra carne para sin dejar de ser Dios ser también hombre como nosotros. Es el misterio de la Encarnación que hoy estamos celebrando. Es un momento culmen en toda la historia de la Salvación porque Dios va a comenzar a ser en verdad el Emmanuel, el Dios con nosotros, cuando se encarna en el seno de María.

Y aquella mujer humilde y sencilla, que es la llena de gracia como la ha llamado el Ángel porque Dios está en ella y con ella, se deja hacer por Dios, aceptar los planes de Dios que serán planes de salvación para todos los hombres; y aquella pequeña mujer que ahora será grande porque será la Madre de Dios, se siente humilde, se hace pequeña, acepta que la Palabra de Dios se realice en ella, se encarne en ella, porque como dice solamente es la pequeña esclava del Señor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, que le responde al ángel.

Pero cuando sentimos el gozo inconmensurable de este día grande de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, ha de tener más consecuencias para nuestra vida. Como decíamos al principio nos hacemos nuestros planes, decimos que sabemos lo que queremos para nosotros en la vida, pero ¿alguna vez nos hemos preguntado cuales son los planes de Dios para nosotros? ¿En esos deseos, buenos deseos que podamos tener habremos sabido vislumbrar tras ellos lo que es la voluntad de Dios para nosotros?

Como María, ¿estaríamos dispuestos a someter nuestra voluntad y nuestros deseos a los planes de Dios? ¿Qué quiere Dios para nuestra vida? ¿Sentiremos en todo ese complejo que es nuestra vida que Dios es en verdad Emmanuel para nosotros, porque Dios está con nosotros?

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.

martes, 8 de diciembre de 2020

El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

 


El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Celebramos un misterioso y milagroso evento, para nuestra salvación en Cristo, que pasa de forma desapercibida: la actuación extraordinaria de Dios desde el primer momento de la vida de María. Así lo recordaremos en el prefacio de la eucaristía al expresar: «Porque preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo, imagen y comienzo de la Iglesia, que es la esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura». La Inmaculada Concepción, decimos simplificando.

Es un misterio de amor. Primero que nada el amor de Dios, porque todo está en orden al misterio de la salvación. Pero es un misterio de amor porque estamos contemplando también lo que es el amor de María. Pensemos hasta donde llegó su donación de amor. Se olvida de sí misma para dejarse conducir por Dios; ya no son sus planes sino que todo será aceptar y asumir el plan de Dios, por eso a sí misma se llama la esclava del Señor.

Todos en la vida nos trazamos nuestros planes, nos hemos trazado un camino, tenemos unos deseos de realizarnos de una manera determinada, un proyecto de vida, que decimos. De una forma consciente y clara y otras veces sin puntualizarlo quizá demasiado vamos realizando nuestra vida según eso que queremos. Cuanto nos molesta cuando se frustran esos planes, cuando no los podemos realizar, cuando van surgiendo circunstancias en la vida que nos hacen tomar otros rumbos, un fracaso, un accidente, una enfermedad, algo inesperado y parece que todo se viene abajo. Hay quien se amarga, se siente frustrado o fracasado, se siente como un derrotado cuando quizá las cosas marchaban con normalidad pero ahora todo se trastoca y no sabemos realmente lo que nos espera.


María de Nazaret también tenía su plan de vida. Como toda joven en su edad aspiraba al matrimonio y así estaba desposada con José, o sea era su prometida en la espera de los esponsales y la boda. Pero de repente todo cambia en su vida. Siente que de pronto Dios irrumpe en su vida – es la aparición del ángel – para anunciarle que su vida sería distinta. El hijo que un día nacería de sus entrañas no era un cualquiera, un simple muchacho de Nazaret sino que iba a ser llamado Hijo de Dios, era el Hijo del Altísimo.

María, no entiende, porque ella como dice no conoce a un hombre – no ha tenido relaciones con ningún hombre – y de pronto le dicen que va a ser madre. Parece que sus planes se derrumban, se vienen abajo, pero Maria es una mujer creyente, María es la mujer que sabe descubrir a Dios y sus planes y está dispuesta a ponerse en las manos de Dios. María en su fe es capaz de hacer la mayor y mejor ofrenda, el sacrificio de si misma, de su yo para dejarse conducir por Dios en aquellos nuevos caminos para los que se le está pidiendo colaboración. Fiat, hágase, cúmplase, realícese en mí según tu palabra que me traes de parte de Dios.

Porque hay esa fe y esa disponibilidad en el corazón de María el ángel ha podido decirle que es la llena de gracia porque está llena de Dios. El ángel que goza de la visión de Dios está viendo y descubriendo esa presencia de Dios en el corazón de María, como en ninguna otra criatura ha podido contemplar. Algunas veces los artistas cuando reflejan en sus cuadros esta escena de la Anunciación nos presentan al ángel de rodillas delante de María; es un hermoso sentido del misterio que quieren reflejar, porque si el ángel está en perpetua adoración en la presencia de Dios, cómo no iba a ponerse de rodillas delante de María que está llena de la presencia de Dios. La ha llamado la llena de gracia y la he dicho ‘el Señor está contigo’.

Hoy nosotros celebramos que María estuvo siempre llena de Dios, inundada por la presencia de Dios porque en su alma nunca hubo mancha de pecado. Como recordamos antes en lo que se dice en el prefacio de la Eucaristía de esta fiesta ‘preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo… llena de juventud y de limpia hermosura’. Porque ‘Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad’.

Pero tenemos que preguntarnos qué significa hoy para nosotros celebrar esta fiesta de María. Contemplamos su grandeza, la grandeza de una madre y contemplamos las maravillas que Dios quiso realizar en ella. Damos gracia porque la tenemos como madre, porque la podemos llamar madre. Pero es también todo lo que todos los hijos han de hacer para honrar a una madre, para corresponder a su amor. Parecernos a Ella, aprender de Ella, copiar de Ella su santidad porque no nos falta una fe como la de María, porque haya disponibilidad en nuestro corazón para seguir los pasos de santidad de María.

¿Seremos capaces, como María, de tener los ojos de la fe bien abiertos para descubrir los planes de Dios? Escuchar a Dios en lo hondo del corazón, rumiar en nuestro interior como la hacía María la Palabra que le venía de parte del Señor. Nuestra vida en ocasiones se llena de dudas y de incertidumbres, también tantas veces nos sentimos frustrados porque se nos derrumban nuestros planes, hay ocasiones en que nos sentimos agobiados por las distintas situaciones por las que pasamos pero no hemos de perder esa serenidad de nuestro espíritu, ese ser capaces de detenernos en medio de las tormentas para sentir que no estamos solos y que de la mano del ángel del Señor también podremos salir de esas noches oscuras.

Ahora mismo por la situación que se vive hay muchas cosas que se nos derrumban empezando porque este año no podremos celebrar la navidad tal como estábamos acostumbrados y tendrán que ser otras las formas que tengamos que afrontar. ¿Por qué no tratamos de descubrir ahí una voz que nos está llamando de parte de Dios para que de una vez por todas seamos capaces de ir a lo principal y no nos quedemos en tantas superficialidades con que habíamos envuelto las fiestas de navidad? Mucho papel de celofán pero no habíamos descubierto el regalo, ahora que se nos caen esas cosas externas, ¿seremos capaces de descubrir el verdadero regalo de Navidad?

Fiémonos de María que ella nos ayudará. Si decíamos que el ángel se postró delante de María porque en ella estaba Dios, ¿Dónde tendremos que postrarnos de verdad para ver a Dios en esta navidad?

 

jueves, 25 de junio de 2020

Busquemos los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos den fortaleza cuando nos vengan los temporales de las crisis y las dudas


Busquemos los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos den fortaleza cuando nos vengan los temporales de las crisis y las dudas

2Reyes 24, 8-17; Sal 78; Mateo 7, 21-29
¿Cuáles son los cimientos sobre los que construimos y fundamentamos la vida? No es una pregunta baladí ni retórica. Es algo que toda persona ha de tener muy claro. No nos referimos, es cierto, a los cimientos de cualquier construcción o edificio en sentido físico o material, pero la imagen nos viene muy bien para pensar en nuestra vida.
Y es que una vida sin esos fundamentos es como un edificio construido a lo tonto y a lo loco sin ninguna planificación, sin ningún proyecto, porque cuando vamos a edificar algo, por supuesto valiéndonos de un técnico, haremos ese proyecto donde como base está ese terreno sobre el que vamos a edificar y la cimentación necesaria para su estructura. Si mi amigo arquitecto me estuviera oyendo me diría que en qué berenjenales me estoy metiendo que soy analfabeto en esas cosas.
Para así es la vida. No podemos ir a tontas y locas, sino que hemos de tener esa necesaria fundamentación para ese proyecto de nuestra vida, que serán nuestros principios, que serán las líneas que me voy marcando en lo que voy haciendo, que serán las metas que espero alcanzar, pero que tiene que ser eso hondo que llevamos dentro de nosotros mismos que nos dará fundamento y fortaleza.
Muchas veces nos encontramos nosotros mismos quizá, pero también lo observamos a nuestro lado, en tantos que parece que no saben a donde van, qué es lo que buscan en la vida, que pronto le vienen los cansancios y aburrimientos y les dan ganas de echarlo todo a rodar, que se sienten vacíos por muchas cosas que hagan, que da la impresión que falta esa fortaleza interior.
No nos podemos contentar con hacer cosas una detrás de otra como quien amontona aparatos o utensilios en su garaje pero que no sabe para qué los quiere. Tenemos que tener un motivo grande en nuestro interior que nos dé profundidad a lo que hacemos, pero que al mismo tiempo nos eleve a las alturas. Ese espíritu que hay en nosotros no nos permite que vayamos siempre arrastrándonos a ras de tierra, sino que tenemos que elevarnos, buscar esa trascendencia de nuestra vida, algo que en verdad nos dé sentido y profundidad.
Lo llamamos espiritualidad o le damos el nombre que queramos, pero tiene que ser esa fortaleza interior que necesitamos y que nosotros los que creemos en Dios en El buscamos y en El podemos encontrar. Pero ese ser espirituales es algo más que en un momento determinado porque nos veamos apurados acudamos a Dios pidiendo su ayuda. Esa espiritualidad nos hace estar siempre fundamentados en Dios para en El encontrar ese sentido y esa luz que necesitamos, pero también esa fuerza que El nos da con la presencia del espíritu para que podamos hacer nuestro camino.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. No basta decir ‘Señor, Señor’, sino que tiene que ser ese buscar a Dios en todo momento para descubrir su voluntad, su plan divino sobre nosotros, que no nos va anular nuestra humanidad, sino todo lo contrario, nos va a elevar mucho más y nos hará alcanzar la mayor dignidad.
Hoy nos habla Jesús de la casa edificada sobre roca o sobre arena. Según sea la cimentación que tenga cuando vengan los temporales podrá resistir o se verá arrasada. Muchas veces cuando nos vienen los temporales de los momentos de crisis y dificultades nosotros vamos a ver que también nuestra vida se nos arruina; algo nos ha faltado que le dé esa fortaleza a nuestra vida, es lo que tenemos que saber buscar.
¿Cómo tenemos presente la Palabra de Dios en nuestra vida? No puede ser algo que en un momento ocasional escuchemos, sino que tiene que ser algo que vayamos meditando, rumiando continuamente en nuestro corazón.

jueves, 19 de marzo de 2020

San José, el hombre creyente que desde su fe en la tormenta no perdió la serenidad del espíritu y llenó de bondad su corazón para descubrir el plan de Dios


San José, el hombre creyente que desde su fe en la tormenta no perdió la serenidad del espíritu y llenó de bondad su corazón para descubrir el plan de Dios

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88;  Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a
‘¿No es este el  hijo del carpintero?’ se preguntaba la gente de Nazaret cuando escucharon a Jesús aquel sábado en la sinagoga. Es la forma de referirse a José en el evangelio del que en otro momento se dice que era un hombre bueno. Pero de los pocos rasgos de los que nos habla el evangelio se manifiesta el hombre creyente que en medio de las turbulencias y dudas a las que se vio sometido no perdió el sentido de la fe para saber descubrir detrás de todo cuanto le sucedía lo que era la voluntad de Dios.
Cuánto nos cuesta cuando nos vemos en la vida envueltos en turbulencias, en dudas, en problemas que nos parecen irresolubles no perder ese sentido de la fe. En ocasiones, es cierto, lo pasamos mal, no comprendemos lo que nos sucede o el por qué de las cosas, nos vemos como envueltos en oscuridad que nos llena de miedos, el futuro se nos hace incierto, y tememos los fracasos o los sufrimientos que de una forma u otra nos pueden sobrevenir, sufrimos por nosotros y lo que nos pueda suceder pero también por aquellos a los que queremos y están cerca de nosotros.
¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentarnos a estas situaciones? ¿Dónde encontrar la fuerza para la lucha, para mantener la constancia y no hundirnos en la desesperanza? Dudas, incertidumbres, miedos, que nos inquietan y nos agobian. ¿Dónde encontrar esa luz que nos haga ver con claridad, que nos haga mantener la serenidad del espíritu porque sabemos que con la perseverancia podremos encontrar la salida?
José pasó por un momento fuerte de turbación. Lo que estaba sucediendo le quitaba el sueño porque había silencios que no entendía, sucedían cosas que estaban fuera de lo normal. Pero era bueno, quería buscar salidas honrosas para todos porque no quería de ninguna manera hacer daño y menos a quien amaba. El embarazo de María se salía de los cauces normales y eran terribles las pesadillas que pasaban por su espíritu. Pero esperó, confió, se dejó conducir por el Espíritu del Señor que estaba en su corazón aunque casi no se daba cuenta en medio de tantas oscuridades.
Y el Señor le habló a su corazón. En sueños - ¿acaso el podía dormir con aquel tormento? – el ángel del Señor se le manifiesta – es una forma bíblica de expresarnos lo que era la acción del Espíritu – y arroja un rayo de luz sobre su vida. Detrás de todo aquel misterio estaba Dios y él supo descubrirlo y escuchar lo que el Señor le pedía. Su colaboración iba a ser esencial en la historia de la salvación, en la obra de nuestra salvación. Aquel niño que se gestaba en el seno de María era obra de Dios y con El habría de nacer la salvación para el mundo. Aquel niño habría de llamarse – era él como padre quien tendría que ponerle el nombre – Jesús, porque era la salvación de la humanidad.
José no perdió el sentido de la fe. Una fe que le hacía confiar y le llenaba de esperanza; una fe que le hacia mantenerse fuerte en medio de la tormenta para no perder la serenidad del espíritu; una fe, es cierto, que le hacía buscar, pero que era al mismo tiempo su fortaleza en medio de toda la tribulación; una fe que le impulsaba a seguir actuando con responsabilidad pero que al mismo tiempo llenaba de bondad su corazón; una fe que le hizo sentir la presencia de Dios cuando podría parecer que todo estaba perdido; una fe que le daba fortaleza a su corazón cuando todo parecía oscuridad y se llenaba de temores; una fe que le hizo descubrir lo que era el plan de Dios para su vida.
Qué lección más hermosa para nuestra vida y en los momentos que vivimos. Que no nos falte la visión de fe ante todo lo que nos sucede; que desde esa fe sintamos la fortaleza de Dios en medio de las tormentas de la vida; que se mantenga la serenidad de nuestro corazón; que nos sintamos en todo momentos impulsados a lo bueno y a la solidaridad con los que sufren; que nunca perdamos la esperanza porque detrás de este túnel está la luz, encontraremos la luz; que descubramos detrás de cuanto nos sucede lo que es el plan de Dios para nosotros. Y es que Dios no nos abandona; Dios se hace presente en nuestra vida, nos acompaña y fortalece con su gracia, nos da la presencia y la fortaleza del espíritu.