Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta historia de salvación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia de salvación. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


lunes, 1 de junio de 2026

Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

 


Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

2Pedro 1,1-7; Salmo 90;  Marcos 12,1-12

¿Nos sentiremos tan dueños de lo que tenemos entre manos que llegamos a pensar que podemos hacer con ello lo que nos apetezca? Dicen que cada uno hace de su capa un sayo, pero no es tan simple cuando consideramos el valor de lo que tenemos entre manos, la responsabilidad que tengamos ante ello o el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida; queremos ser tan autónomos y autosuficientes que de nada ni de nadie queremos depender y quizás hasta podemos olvidar el sentido de la vida misma o del engranaje del que formamos parte en el conjunto de la vida y de la sociedad que nos tiene que hacer ver las consecuencias de nuestros actos para ese conjunto de la vida o de la sociedad de la que formamos parte. No podemos ir de egoístas, autosuficientes e insolidarios por la vida, porque así hemos perdido el sentido de la vida misma.

Habla Jesús en esta parábola, y ya nos comenta el evangelista que en esta ocasión hablaba a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, haciendo referencia a los que eran los dirigentes de la sociedad de entonces, y habla del hombre que plantó una viña, la dotó de todo lo necesario, una cerca, un lagar, una torre de vigilancia, y la arrendó a unos labradores para que la trabajaran y le rindieran sus frutos.

Vemos por una parte la intencionalidad de Jesús al señalarnos el evangelista a los dirigentes de entonces que tenían una responsabilidad en aquella sociedad; habla de la generosidad al preparar la viña con todo lo necesario, pero por supuesto para percibir sus frutos. Aquí tenemos, pues, los puntos de referencia para comprender su sentido. ¿Hasta dónde llegaría la responsabilidad de aquellos labradores? Aquellos dirigentes por los que Jesús hablaba se estaban viendo señalados, como luego veremos que hasta querrán quitarse de en medio a Jesús. Siempre hemos interpretado esta parábola como un resumen de lo que ha sido la historia de Israel pero sobre todo con ese aspecto de quienes se sentían dueños y manipuladores de la religiosidad y de la fe del pueblo judío no aceptando o rechazando los enviados de Dios para mantener su poder de influencia en la vida del pueblo judío.

Pero mucho podemos sacar en consecuencia para nuestra vida hoy y la respuesta que hoy damos. A muchos aspectos nos podría llevar a la reflexión. Cuanto somos y cuanto hemos recibido en la vida, ¿a qué nos obliga? Primero que nada, tendríamos que decir, un reconocimiento del don de Dios. Sí, es mi vida, son mis dones, son mis cualidades y valores, pero, ¿los tenemos por nosotros mismos? Esa viña de nuestra vida está llamada a dar unos frutos, ¿nos sentiremos dueños por nosotros mismos para hacer de mi capa un sayo, como antes decíamos? ¿Qué hemos hecho del evangelio de Jesús y cómo está siendo en verdad el criterio de los valores que hemos de buscar y con los que hemos de enriquecer nuestra vida?

También hacemos nuestras interpretaciones cuando llega la hora de la verdad y tenemos que aplicarlo a las diversas situaciones de nuestra vida. Queremos suavizar, queremos hacer rebajas, queremos quedarnos en los mínimos, queremos hacer nuestras combinaciones para quizás no tener que arrancar tantos apegos que seguimos llevando en el corazón, queremos justificarnos para no ser tan radicales como nos lo plantea Jesús y queremos ir haciendo arreglitos por acá o por allá.

Al final seremos la higuera con mucho ramaje y con pocos frutos. ¿Nos creeremos tan dueños de la higuera o de la viña que nos creemos que cuantos somos o hacemos es solo una riqueza personal? Como nos decía el apóstol Pedro ‘crezca en nosotros la gracia y la paz por el conocimiento de Dios y Salvador Jesucristo…’ por eso continuaba diciéndonos que ‘es necesario saber de Jesucristo, familiarizarnos con su Evangelio’. ¿Será eso algo primordial en nuestra vida?


domingo, 31 de mayo de 2026

Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

 


Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

A todos nos habrá sucedido, ante algo que ha pasado a nuestro lado, una noticia impactante que hayamos recibido, algo que nos han dicho que por lo grandioso que nos cuentan nos parece increíble pero que sin embargo en la realidad ahí está, nos hemos quedado sin palabras, impactados no hemos sabido qué decir o qué hacer y nos hemos quedado en silencio, pensando y repensando dicho acontecimiento o dichas palabras y parece como si nos quedáramos extasiados en el tiempo.

¿No fue algo así lo que le sucedió a Moisés cuando ahora de nuevo sube al monte con las tablas de piedra de la ley en sus manos y se queda repitiendo como en un eco una y otra vez ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’? Por su mente iba como recapitulando tantas cosas en las que había visto la mano de Dios. Le había llamado a él desde la zarza ardiendo, le había enviado a presentarse al Faraón para pedir la liberación de su pueblo, a él además que no era un hombre de palabra fácil, todas aquellas señales de la liberación de Egipto, el paso del mar Rojo y aquella travesía en el desierto hasta el Sinaí donde Dios se les había manifestado, era como para quedarse aturdido ante tantas maravillas del amor que Dios manifestaba por su pueblo, era para quedarse pensando eternamente sin terminar de dar gracias nunca. Por algo terminaba pidiendo a Dios que estuviera siempre con su pueblo, ‘que mi Señor vaya con nosotros, aunque seamos un pueblo de dura cerviz’.

¿No será esto lo que quiere hacer la liturgia cuando ya hemos terminado todas nuestras celebraciones pascuales sino invitarnos a quedarnos también en esa contemplación? Tenemos que saber detenernos ante todo lo que hemos venido viviendo y contemplando cuando hemos celebrado la Pascua del Señor; todas las celebraciones del misterio de Cristo que es celebrar el misterio del amor de Dios se han ido sucediendo casi como pisándose unas a otras y necesitamos parar, necesitamos detenernos en silencio, no para ver cosas nuevas, sino para contemplar una y otra vez todo ese misterio de amor.

Con el texto del evangelio de san Juan tenemos que decirnos una y otra vez, ‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna… para que el mundo se salve por Él’. No son necesarias reacciones ni consideraciones especiales, sino contemplar y rumiar ese misterio de amor. Lo hemos contemplado y celebrado de manera especial en este tiempo de pascua. Ahora dejémonos sorprender, empapémonos de ese misterio de amor.

Este domingo en que ya retomamos el tiempo Ordinario en la liturgia solemos llamarlo la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Venimos, algo así, a recapitular todo ese misterio de Dios que así se nos manifiesta, así se nos reveló en Jesús. No vamos a meternos en lo que podríamos decir elucubraciones teológicas sino lo importante es que nos sintamos envueltos por ese misterio del amor de Dios, que nos ama, que camina a nuestro lado, que sostiene nuestra vida y nos ilumina allá en lo más hondo del corazón, que nos hace sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu como revelación de todo lo que es ese misterio de Dios, que se nos muestra compasivo y misericordia hasta entregarse en Jesús en la más sublime prueba de amor.

¿Eso nos dejará impasibles e insensibles? ¿No tenemos que sentirnos impactados por toda esa fuerza arrolladora del amor Dios para con nosotros? Porque además se nos está ofreciendo como el más hermoso de los regalos. ¿Quién soy yo, pequeña criatura, para sentirme amado de tal manera por ese amor eterno de Dios? Moisés le pedía a Dios que se quedara con ellos porque eran un pueblo de dura cerviz, ¿no es lo que nosotros también tendríamos que pedir siendo conscientes de tantas debilidades nuestras que tan inconstantes nos hacen en nuestra respuesta al amor de Dios? Es algo que mucho tenemos que pensar. Miremos la historia de nuestra vida y terminaremos por reconocer que no es sino la historia del amor que Dios nos tiene, aunque muchas veces lo olvidamos.

 Cuántas señales ha ido Dios poniendo en nuestro camino ante las que quizás muchas veces pasamos de largo; es hora de recapitular quizás grandes momentos o también de detenernos para ver esos pequeños detalles que en tantas situaciones de nuestra vida nos ha dejado como signos de su amor, acontecimientos, personas cercanas a nosotros, palabras que en un momento determinado produjeron un impacto en nosotros, cosas inesperadas que llegaron a nuestra vida y que se convirtieron en un toque de atención, momentos que vivimos con una especial intensidad espiritual como momentos oscuros que se convirtieron en pruebas para nosotros… y Dios ha estado ahí, en ese camino que hemos hecho, y Dios nos ha estado recordando continuamente su amor.

¿No tendríamos que detenernos a reconsiderarlo y a dar gracias?


domingo, 6 de abril de 2025

Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar


Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar

Isaías 43, 16–21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Todos tenemos una historia que contar, aunque nos parezca que nuestra vida es insignificante y no tenemos acontecimientos reseñables que contar, siempre ha habido un momento especial, logros alcanzados, situaciones difíciles que nos hayan podido llenar de dolor, momentos de dicha y felicidad que merecen ser recordados y como creyentes que somos en esos acontecimientos hemos podido ver la mano de Dios, el actuar de Dios en nuestra vida que podemos llamar momentos de gracia para nosotros.

He querido comenzar mi reflexión sobre el evangelio de este quinto domingo de la cuaresma con esta referencia, porque la misma Palabra de Dios nos lo está recordando. La primera lectura que viene a ser como el credo del pueblo de Israel lo que hace es recordar su historia y como en esa historia ellos han sabido ver siempre el actuar de Dios, desde Abraham al que Dios llamó a salir de su tierra y ponerse en camino, la historia de los grandes patriarcas fundamentos de ese pueblo y sobre todo la liberación y salida de Egipto en camino hacia la libertad y la constitución de ese pueblo en la tierra que Dios le iba a dar.

San Pablo en la segunda lectura hará también memoria de su vida que se transformó totalmente a partir del momento del encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Sabe reconocer el apóstol ese actuar de Dios en su vida de manera que como dice ‘Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor’. Es su vida y es su historia pero sobre la que se ha construido otra nueva desde su encuentro con Jesús, pero que se hace camino de superación y crecimiento en búsqueda de esa meta que espera alcanzar.

¿No tendría historia que contar aquella mujer que porque fue sorprendida en adulterio había tirado a los pies de Jesús esperando su condena? Hemos comentado muchas veces la escena del evangelio que todos conocemos bien. La implacable ley mosaica que condenaba a ser apedreada la mujer que fuera sorprendida en adulterio. Aunque fuera ley en Israel esos no eran los caminos de Dios. Si Jesús estaba presente entre los hombres, como signo de la presencia y de la misericordia de Dios, lo que venía a ofrecernos no era condenación sino salvación. Misericordia quiero y no sacrificios, recordaría precisamente con textos de los profetas. 

Tensos tuvieron que ser aquellos momentos para la mujer tirada en el suelo y condenada de antemano esperando ejecución de la sentencia, por así decirlo. Pero tensos fueron los momentos de silencio de Jesús antes de darnos la verdadera sentencia. ¿Quién no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Era la nueva historia que se estaba labrando de misericordia y de perdón. ¿No pediría perdón Jesús al ser crucificado por aquellos que le clavaban al madero, ‘porque no sabían lo que hacían’? ¿No sería también la voz que se escucharía desde lo alto de la cruz prometiendo el paraíso aquel mismo día al ladrón arrepentido?

¿Quién podría tirar la primera piedra? El que no tenía pecado allí lo que estaba ofreciéndonos un regalo de amor. Sería la historia que aquella mujer recordaría para siempre. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Una nueva historia de vida se estaba comenzando a escribir a partir sí de una realidad pero sobre todo a partir del regalo de amor y de misericordia que Jesús estaba ofreciendo.

Es lo que ahora nos disponemos a celebrar, estamos ya a las puertas de la Semana que llamamos santa porque tiene su culminación en la Pascua del Señor. Es el memorial de su pasión y de su muerte y también de su resurrección lo que vamos a revivir y a celebrar; es para lo que nos hemos venido preparando en este camino cuaresmal donde hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que día a día ha ido enriqueciendo e iluminando nuestra vida.

Nuestra vida con nuestra historia, que todos tenemos nuestra historia, que tiene que convertirse para nosotros también en historia de salvación. Tenemos la tendencia al recordar nuestra historia en hacer hincapié en nuestros momentos de sombra, ya sea por las situaciones de dificultad por las que hemos pasado o por los tropiezos que hemos tenido en la vida que nos llenan de culpabilidades.

Es necesario tener otra mirada, descubrir el lado de luz, sentir que no nos ha faltado la presencia y la gracia de Dios en nosotros que nos llama y nos ofrece continuamente su amor; si nos detenemos un poco podemos encontrar ese momento, esa llamada que ha convertido nuestra vida en historia de salvación, porque es la historia del amor que Dios nos ha tenido, es la historia que podemos relatar en muchos momentos, detalles, gestos, acontecimientos, personas a nuestro lado donde podemos y tenemos que descubrir ese amor de Dios, que llega a nosotros, como llegó a aquella mujer de la que nos habla hoy el evangelio.

No se trata de rescribir nuestra historia sino hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios. Tendremos muchas cosas que recordar y que celebrar. Vamos a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar este año.

 

viernes, 21 de marzo de 2025

Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

 


Es tiempo de gracia, tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, tiempo de salvación

Génesis, 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mateo 21, 33-46

Aunque cuando hacemos un favor, cuando hacemos el bien a alguien lo queremos hacer desde nuestra buena voluntad y nuestra generosidad, sin embargo, somos humanos, y aunque no busquemos reconocimientos nos sentimos mal cuando vemos, por ejemplo, lo mal que aprovechan lo que nosotros les ofrecimos para su bien, más bien lo malgastan o lo destruyen aparte de no dar ninguna señal del bien que quisimos hacerles. No buscamos gratitudes ni reconocimientos, queremos que les sirva para su bien, pero no saben sacarle provecho, e incluso hasta que con quienes les quisimos ayudar se ponen insolentes y exigentes. Y somos nosotros los primeros los que nos sentimos mal con la tentación incluso de reaccionar contra ellos.

Estamos haciendo el planteamiento desde nuestra perspectiva, desde el punto en que hemos sido nosotros los que hemos ofrecido y no se ha dado por la otra parte la respuesta adecuada. Pero ¿y si pensamos en nosotros mismos, pero desde el otro lado, desde el que no siempre nosotros damos la respuesta adecuada a cuanto recibimos?

Es por donde quiere ir hoy el evangelio con la parábola que Jesús nos ofrece.

Es cierto que en un primer comentario a esta parábola, incluso desde la intención con que Jesús la dirigió en aquel momento en que estaban presentes los dirigentes del pueblo, vemos en ella un reflejo de lo que fue la historia de Israel, la historia de amor de Dios con su pueblo hasta llegar a aquel momento presente en que rechazan a Jesús, el enviado de Dios, como tantas veces habían rechazado a los profetas tal como nos refleja la historia de Israel.

Una historia que tenía que ser una historia de salvación porque era la historia del amor de Dios por su pueblo, pero que se había transformado en una historia de infidelidad en la respuesta que tanto le costaba a aquel pueblo de Dios al amor que se derramaba sobre ellos.

Pero cuando hoy escuchamos nosotros este evangelio como Palabra de Dios para nosotros hemos de saber hacer una lectura de aquella historia en nuestra propia vida. No miramos la historia del pasado, sino miramos nuestra propia historia, nuestra propia vida y en ella tenemos que vernos reflejados.

Nos habla la parábola del propietario que preparó su vida y se nos dan hermosos detalles del esmero con que la preparó y la arrendó a unos agricultores para que la trabajaran, sacaran sus frutos y rindieran cuenta al dueño por aquellos frutos. No eran los propietarios, pero quisieron sentirse los propietarios, de manera que no quisieron rendir cuentas de frutos y ganancias para el dueño. Envía a sus criados que son rechazados de mala manera; rechazan al hijo porque quieren hacerse dueños de la viña y terminan matándolo fuera de la viña.

¿Cómo nos vemos nosotros ante ese regalo de Dios que es la vida misma pero también cuánto con su gracia ha enriquecido nuestra vida? ¿Cuál es la actitud de acogida que nosotros mostramos ante quienes Dios pone a nuestro lado para ayudarnos a hacer sus caminos? ¿Hasta dónde llega nuestra fe para aceptar y recibir esa gracia que Dios continuamente de mil maneras nos regala?  ¿Cuál es la vivencia de esa fe y de ese amor que tendríamos que reflejar en nuestra vida, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos?

Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, pero sinceros ante Dios que conoce bien nuestros corazones. No lo podemos ocultar. Nuestra vida también está llena de infidelidades, de fracasos de esa gracia de Dios en mí. Es ahora cuando no nos hemos de sentir tan mal por lo que otros hagan con nosotros, sino mal con nosotros mismos cuando reconocemos y contemplamos las oscuridades de nuestra vida.

Pero es tiempo de gracia, como escuchábamos desde el primer día de la cuaresma en el miércoles de ceniza. Tiempo de volver nuestra mirada y nuestro corazón a lo que es el amor y la misericordia del Señor que siempre nos espera, que una vez más nos llama y nos regala su gracia, es tiempo de salvación si respondemos a la llamada del Señor.

martes, 17 de diciembre de 2024

En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

 


En el hoy de nuestra vida y nuestra historia, con sus luces y sombras, hemos de descubrir la presencia del Dios que hace historia de salvación para nosotros

Génesis 49, 1-2. 8-10; Salmo 71; Mateo 1, 1-17

Todos tenemos nuestra historia. Y si tuviéramos ahora que comenzar a contar nuestra historia de entrada seguramente nos quedaríamos con la duda de cómo comenzar, como hacernos el planteamiento de esa nuestra historia que queremos contar. Mirando hacia atrás podríamos comenzar contando nuestros orígenes, nuestros antepasados, aquellos que con la historia de su vida fueron poniendo el fundamento de lo que es nuestra historia. Ahí donde estamos enraizados, y podemos pensar en personajes como podemos pensar en lugares, podemos pensar en acontecimientos o como podemos quedarnos en hechos concretos que casi como anécdotas vienen a redondear la historia que queremos contar.

¿Sólo ahí, en esas cosas del pasado, nos vamos a quedar a la hora de contar nuestra historia? No son solo hechos o personajes lo que queremos recordar, porque nuestra historia está construida a partir de vivencias, vivencias de nosotros mismos o de quien han ido antes que nosotros; vivencias que nos van a trasmitir un pensamiento, una manera de comprender la vida, algo que va a dejar traslucir lo más profundo de nuestro yo. Es la razón o motivo de nuestra historia, lo que además la va a definir, donde vamos a encontrar su profundidad, lo que va a ser la base de un futuro porque esa es una historia inacabada e inacabable, porque la seguimos construyendo, porque la seguimos escribiendo, porque va a ser la vida que nos defina.

Hoy, en este día en que con intensidad nos adentramos en la preparación de la próxima navidad, la Iglesia en la Palabra de Dios que nos ofrece nos habla de esa historia de Jesús. ‘Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán…’ se nos dice en este comienzo del evangelio de san Mateo. Se nos presenta el libro de la historia de Jesús, el Cristo, el hijo de David, el hijo de Abrahán, se nos dice.

No es simplemente la relación de unos personajes, es algo más lo que se nos quiere presentar. Es hablarnos de una historia que está enraizada en un pueblo, el pueblo de Israel, por eso se nos dirá el Hijo de David, el Hijo de Abrahán. Y cuando se nos van desgranando esos diversos nombres de la historia de Israel se nos está describiendo una historia de salvación. Es la historia de un pueblo que se siente amado y elegido de Dios, lo cual nos está describiendo y definiendo el verdadero sentido de la historia y de la vida de Jesús.

Se nos está describiendo el camino de Dios que se acerca al hombre y se va haciendo presente en su historia. Pero no será ya solo el pasado sino que será mirar el presente. Y es entonces la historia de la presencia de Dios en el hoy de nuestra historia. Como aparecieron en el relato de Mateo diversos personajes con sus luces y con sus sombras así Dios quiere seguir haciendo presente en nuestra historia que también tiene sus luces y sus sombras.

Pero ahí está Dios, ahí se hará presente Jesús como lo vemos en el evangelio en todas las circunstancias de su historia pero también de los personajes que irán apareciendo en el entorno de Jesús, como se quiere seguir haciendo presente en nuestra vida, en lo que somos y vivimos también con nuestras luces y con nuestras sombras.

Porque es historia de salvación en el hoy de nuestra vida, donde vamos a sentir ese amor de Dios, su misericordia y su compasión, en tantas sombras que seguimos viendo en nuestro mundo, en nuestra historia de hoy; miremos sin miedo el panorama que nos rodea con tantas cosas que no es necesario ahora volver a relatar aquí pero que sabemos que ahí están y donde Dios hoy quiere hacerse presente. Por ese hombre y ese mundo Jesús quiere transformarlo, hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo. Y nosotros tenemos que dejarnos hacer por ese hacer de Dios, para que sea en verdad historia de salvación para nosotros y nuestro mundo hoy.

¿Será ahí cómo vamos a afrontar estos últimos pasos del Adviento para llegar a una auténtica navidad donde en el hoy de nuestra vida y nuestra historia descubramos la presencia del Dios que es nuestra salvación?

viernes, 8 de marzo de 2024

Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

 


Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

Tenemos que comenzar por escuchar. Eso que nos cuesta tanto. Somos muy charlatanes, en todos los sentidos. Y quizás lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. Si por la vida fuéramos con oído más atento, con nuestros sentidos más abiertos para captar y sentir lo que palpita a nuestro alrededor, otras seguramente serían nuestras actitudes, las posturas que tomamos ante los demás, las razones que encontramos para darle un nuevo sentido a la vida.  Pero nos hemos creado nuestro castillo de sueños y de ilusiones y algunas veces está en el aire. Nos hemos hecho nuestras ideas y según nuestro yo queremos siempre actuar, y hay algo distinto, hay otra cosa, hay otra forma de mirar. ¿Por qué no nos ponemos a escuchar, por qué no nos ponemos a escuchar a Dios?

Fijémonos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, e incluso fijémonos también en la lectura profética. Un escriba se acerca a Jesús para preguntarle cuál es el primer mandamiento, cuál es lo primero que tenemos que cumplir. Y Jesús responde con literalmente con un texto de la Escritura, texto por otra parte que todo buen judío conocía y repetía muchas veces al día, porque era siempre su manera de orar a Dios y hacerle presente en su vida, aunque muchas veces se quedar en un repetir formalmente unas palabras sin fijarse en su verdadero contenido.

Y Jesús, en esta ocasión, comienza repitiendo textualmente lo que decía la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Fijémonos cómo comienza el texto, primero que nada tenemos que escuchar y según lo escuchado actuaremos en consecuencia con ese amor a Dios sobre todas las cosas.

‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Escuchar y reconocer es mucho lo que implica. Sí, es un acto de fe, para reconocer que nuestro Dios es nuestro único Señor. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es el único Señor? Con una palabra tenemos que responder, por su amor. Es una manera de recordar y reconocer todo lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo a través de toda su historia. Cuando Moisés transmite estas palabras al pueblo tienen aún reciente como se han visto liberados de Egipto, cómo con la acción de Dios pudieron atravesar el mar Rojo abriéndose sus caminos ya para siempre para la libertad; como Dios se ha hecho presente en su travesía por el desierto, costosa es cierto, pero allí ha estado el Señor como una columna luminosa y como un nube que les daba sombra para suavizar el camino. Ahí recuerdan toda la historia de la salvación, que es toda una historia de amor, y Dios es el único Señor, al que adorar y al que amar con el todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo su ser.

Escuchemos nosotros también. Escuchemos toda esa historia de amor de Dios en nuestra vida. Si nos detenemos y nos ponemos a escuchar será mucho lo que tenemos que reconocer. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus fracasos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus tropiezos, sus momentos de sombras pero también sus momentos de luz. Recordemos con sinceridad, escuchemos lo que sentimos en el corazón. Es mucho lo que hay en lo que se ha manifestado ese amor de Dios. ¿Cómo no le vamos a amar también sobre todas las cosas?

Pero escuchemos también que esa voz que resuena fuerte en nuestro interior nos hace mirar algo más; tenemos que mirar en nuestro entorno, tenemos que mirar a los que caminan a nuestro lado, tenemos que mirar a nuestro prójimo. Y no los podemos dejar fuera de ese amor. Es que no sería verdadero el amor que le tuviéramos a Dios si no amamos a los hermanos que son también sus hijos, si no somos capaces de amarnos como nos amamos a nosotros mismos. Es con lo que concluye la respuesta de Jesús.

Ojalá escuchemos también desde esa voz de Dios que por nuestro amor a nosotros nos dice también ‘no estás lejos del Reino de Dios’.


viernes, 8 de septiembre de 2023

Nos alegramos, pues, en esta fiesta del cumpleaños de María, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor

 


Nos alegramos, pues, en esta fiesta del cumpleaños de María, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor

Miqueas 5, 1-4a; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23

Hay fechas en la vida de toda persona que siempre se recuerdan, le podremos dar mayor o menor relevancia quizás según las costumbres o las posibilidades, pero que son un acontecimiento en la vida de cada persona; no se trata ya de cosas que nos van sucediendo a lo largo de la vida, que vayan siendo hitos de nuestra vida, que nos van marcando con determinadas circunstancias de lo que nos va acaeciendo en cada momento y que por eso las recordamos, sino de un momento que vivimos sin tener conciencia en ese momento de lo que nos sucedía, pero que fue tan importante como lo es el principio de la vida, nuestro nacimiento. Podremos celebrarlo o no, pero siempre lo recordamos, como siempre tendremos muy presente esa fecha del nacimiento de aquellas personas a las que amamos, como pueda ser nuestra madre. Es un día en que todo buen hijo quiere celebrar y felicitar a su madre, y siempre buscará la forma de poder entregarle la mejor rosa de su amor.

Hoy celebramos una fiesta así, la fiesta de la madre. Es la fiesta del nacimiento de aquella a la que todos amamos como madre, pero que sabemos también que es la Madre de Dios. Hoy celebramos el nacimiento, la natividad de la Virgen María, la madre del Señor y nuestra madre porque Él quiso así regalárnosla desde el momento supremo de la cruz. Hoy es un día muy tierno en la devoción y el amor que le tenemos a María, aunque en este día en los diferentes pueblos la invoquemos con una advocación especial.

En nuestra tierra en este día la invocamos como la Virgen de los Remedios o la Virgen de la Luz, la Virgen del Pino o la Virgen del Socorro, por solo mencionar algunas de las más populares en los pueblos cercanos a nosotros. Muchos y diferentes son los nombres que le damos a María, pero siempre es la madre, por lo que desde nuestro amor el nombre con que la invocamos es como un piropo con el que la regalamos. Pero es la fiesta del Nacimiento de María, es el cumpleaños de María aunque no podamos especificar de manera muy concreta el número de sus años, pero para los hijos las madres no tienen años, las madres son siempre jóvenes, porque siempre joven y renovado es su amor maternal.

Queremos considerar aquí cómo silenciosamente y sin hacer aspavientos María entró en la historia de la salvación. Pero es de la misma manera cómo Dios introduciéndose en el corazón de María comenzó a hacerse presente de manera especial en la historia y en la vida de los hombres. Quiso Dios que María ocupara también un lugar importante en la historia de la salvación y en nuestra historia, de manera que aquella a la que había escogido para ser la madre que le prestara sus entrañas para encarnarse y al hacer hombre ser el Dios entre nosotros, se convirtiera también en la madre de la Iglesia, en la madre de todos los que aman y siguen a Jesús, en nuestra madre.

La liturgia en este día nos habla del despuntar de la aurora de la salvación con el nacimiento de María, porque luego ella con su sí ante la embajada del ángel hiciera posible que ya para siempre nos iluminara el sol que viene de lo alto. Su nacimiento, pues, es el comienzo de ese nuevo brillo y resplandor, como una aurora, que nos anuncia la luz del día. Por eso la podemos invocar como madre y reina de la luz porque nos da a su Hijo, nos señala siempre a Jesús a quien tenemos que acudir para hacer lo que Él nos diga, porque sólo en Él está la Palabra de vida y solo Él es nuestra salvación. en los brazos de María siempre contemplaremos a Jesús. Y en ese amor que sentimos por María, que es nuestra madre, Dios se va introduciendo en nuestro corazón y nos va llenando de esa nueva luz y de esa nueva vida.

Nos alegramos, pues, en esta fiesta de María, en esta fiesta del cumpleaños de la Madre; a ella le ofrecemos lo mejor de nosotros, con ella sentimos la alegría de la vida, con ella nos gozamos en el Señor haciendo que nuestro corazón, como fue el de María, desborde de gozo en el Señor con cuanto el Señor nos ha regalado. 'Desbordo de gozo con el Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador... porque ha mirado nuestra pequeñez, porque en nosotros como en María, ha hecho cosas grandes'.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


sábado, 25 de marzo de 2023

Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

 


Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-1; Lucas 1, 26-38

Era la esperanza de la humanidad desde su génesis. Una esperanza mantenida a través de la historia. Una historia que había sido de pecado pero que era en la esperanza al mismo tiempo historia de salvación. La salvación estaba anunciada desde el principio, desde el primer pecado con el que la humanidad rompió con Dios. Pero Dios no rompió con la humanidad; a pesar de su infidelidad Dios había salido a pasear por el jardín en búsqueda del hombre, y aunque ese jardín se volvió escarioso Dios siguió saliendo en búsqueda del hombre, en búsqueda de la humanidad. Por eso es historia no solo de pecado, sino que de parte de Dios es historia de esperanza, es historia de salvación.

Llegamos al momento cumbre. Llega la hora de la salvación. Lo prometido por Dios es deuda de amor de Dios por el hombre. Y Dios sigue amándonos, sigue buscándonos, sigue ofreciéndonos su amor, nos regala a su Hijo. Es la hora en que el Hijo de Dios se hace carne, se hace hombre como nosotros para levantarnos, para elevarnos, para hacernos disfrutar de ese amor de Dios que nunca había fallado, aunque la respuesta del hombre seguía siendo tantas veces de infidelidad, como su prefiriera la muerte a la vida. Y para eso y por eso Dios se hace hombre, para que llegáramos a terminar de comprender lo que es el amor y comenzáramos ya definitivamente un camino de vida.

Dios envía su ángel a Nazaret, porque es que Dios quiere contar con la humanidad. Ha escogido a una mujer, una virgen humilde y sencilla, una mujer que representa lo mejor de la humanidad, una mujer a la que ya anticipadamente en virtud de los méritos del que había de venir, ha liberado de pecado y de muerte, la ha inundado de amor y de gracia. Será la llena de gracia del Señor, porque Dios en ella se complace. Pero Dios quiere contar con su consentimiento.

El Señor está contigo, le dice el ángel. Has encontrado gracia ante Dios y vas a ser madre y el hijo que nacerá de tus entrañas será el Hijo de Dios. Es mucho lo que el ángel le está comunicando y María rumia en su interior aquellos anuncios, aquellas palabras que la sobrepasan. Se llamará el Hijo del Altísimo, el que va a nacer será llamado el Hijo de Dios.

Y allí está el Espíritu Santo actuando en el corazón de aquella pequeña mujer que se ve sobrepasada en su humildad cuando siente que Dios quiere hacer obras grandes en su pequeñez. No sabe qué responder, pero ella ha estado siempre disponible para Dios, porque hacer su voluntad ha sido siempre el lema de su vida. ¿Qué puede responder entonces? Que allí está la esclava del Señor, que se haga, que se cumpla esa Palabra de Dios en ella, y en ella se encarnó el Verbo de Dios para plantar su tienda entre nosotros.

Es el Sí de María que hace entrar a la humanidad en otra nueva etapa de su historia. Es la hora, es la plenitud de los tiempos en la que Dios envió a su Hijo nacido de una mujer, para que fuera nuestra salvación. Se cumplen las esperanzas. Se realiza todo lo que estaba anunciado. Es la virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será Emmanuel, que será Dios con nosotros. La historia de la salvación llega a su plenitud, porque de ahora en adelante ha de ser la hora de la gracia, la hora del regalo de Dios.

Es lo que en este día que pasa desapercibido para muchos sin embargo estamos celebrando. Es momento de adoración, es momento de postrarnos ante Dios, es momento de sentir la admiración y el agradecimiento por ese misterio de Dios que se nos revela, por ese misterio de Dios que se hace presente en nosotros. Lo llamamos el día de la Encarnación. Es el momento eje de la historia. Se ha realizado el encuentro definitivo de Dios con el hombre, del hombre con Dios.


lunes, 20 de marzo de 2023

San José, un hombre bueno de una espiritualidad profunda que en silencio se dejó conducir por Dios y su vida fue una total disponibilidad

 


San José, un hombre bueno de una espiritualidad profunda que en silencio se dejó conducir por Dios y su vida fue una total disponibilidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Aunque demasiadas veces vamos por la vida demasiado pesimistas y nos parece ver maldad por todas partes, hemos de reconocer - y también aprender a descubrir – que nos encontramos con muchas semillas de bondad, personas buenas, en las que sin que nos digan nada se palpa su bondad. 

Son personas que desprenden serenidad con solo su presencia, son capaces de llevar una sonrisa de paz siempre en su semblante aunque haya momentos que lo pasen duro; personas que inspiran confianza, con las que uno se siente siempre a gusto; personas de palabra amable y oportuna sin ser demasiado habladores quizás, pero lo que dicen están siempre lleno de sabiduría; son personas reflexivas, que no dicen una palabra innecesaria, pero lo que nos dicen siempre nos conducirá al lado sabio de la vida; personas que saben estar en silencio junto a ti, pero siempre sin embargo dispuestas a escuchar, a ayudarte a pensar, a ser como una luz que ya son su presencia te abre caminos y te hace elevar el espíritu. Son personas de rica espiritualidad. 

Cómo decíamos, tenemos que aprender también a descubrirlas, porque son como un tesoro escondido, pero que se dejan encontrar.

Hoy el evangelio nos dice que José ‘era bueno’. Nos lo dice su silencio, su búsqueda de lo mejor para no hacer daño, su paciencia y su disponibilidad, su humildad para pasar desapercibido, pero su disposición siempre a ponerse en camino, la grandeza de su corazón y su esperanza, su apertura al misterio de Dios para escucharle allá en su interior aunque fuera bajo la imagen de los sueños. No escuchamos hablar a José en el Evangelio pero nos dice muchas cosas; no le vemos hacer cosas extraordinarias, pero supo hacer con extraordinario amor lo que cada día se le pedía aunque fuera insignificante.

Hoy estamos celebrando la fiesta de san José, porque en la coincidencia con un domingo de cuaresma su celebración litúrgica se traslada de día, pero no podemos dejar de celebrarlo. Tuvo un lugar muy significativo, aunque pudiera pasar desapercibido como él en todo solía hacer, en la historia de nuestra salvación. Importante fue el sí de María ante el anuncio del ángel, pero importante fue el sí silencioso de José cuando acogía a María en su casa, pero cuando se convirtió en el padre de Jesús, que era el Hijo del Dios.

De María siempre decimos, y no nos cansaremos nunca de alabarla, de la profunda espiritualidad de su vida, pero es que de José podemos hablar en el mismo sentido. Era el hombre siempre abierto a Dios, a lo que fuera su voluntad y así gastó su vida como hombre y como padre en servicio, precisamente al Hijo de Dios.

De José tenemos muchas cosas que aprender. Simplemente en pocas palabras tenemos que decir seamos unas personas buenas como José. Ese hombre bueno que describíamos al principio y que bien pudiera ser un retrato de José es la imagen de lo que nosotros en la vida tenemos que ser. Acogedores en silencio, transmisores de paz y de serenidad, con los oídos del corazón siempre abiertos para escuchar y para acoger, reflexivos que sabemos mantenernos en silencio lo que sea necesario pero que luego nuestras palabras estén llenas de esa sabiduría que hemos rumiado en nuestro interior, pacientes para amar sin cansarnos, para sonreír sin transmitir amarguras porque mucho que nos duela el corazón, dispuestos siempre al servicio sin buscar apariencias ni vanidades.

Que de san José aprendamos de su espiritualidad, porque nuestro corazón está siempre dispuesto para Dios, para escucharle y para descubrir en todo su voluntad encontrando así el camino de servicio y donación que hemos de hacer de nosotros mismos para los demás.

sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.