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viernes, 8 de marzo de 2024

Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

 


Escuchemos en la sinceridad del corazón como Dios es nuestro único Señor por el amor que nos tiene y con ese mismo amor amemos también a nuestro prójimo

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

Tenemos que comenzar por escuchar. Eso que nos cuesta tanto. Somos muy charlatanes, en todos los sentidos. Y quizás lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. Si por la vida fuéramos con oído más atento, con nuestros sentidos más abiertos para captar y sentir lo que palpita a nuestro alrededor, otras seguramente serían nuestras actitudes, las posturas que tomamos ante los demás, las razones que encontramos para darle un nuevo sentido a la vida.  Pero nos hemos creado nuestro castillo de sueños y de ilusiones y algunas veces está en el aire. Nos hemos hecho nuestras ideas y según nuestro yo queremos siempre actuar, y hay algo distinto, hay otra cosa, hay otra forma de mirar. ¿Por qué no nos ponemos a escuchar, por qué no nos ponemos a escuchar a Dios?

Fijémonos en el texto del evangelio que hoy se nos propone, e incluso fijémonos también en la lectura profética. Un escriba se acerca a Jesús para preguntarle cuál es el primer mandamiento, cuál es lo primero que tenemos que cumplir. Y Jesús responde con literalmente con un texto de la Escritura, texto por otra parte que todo buen judío conocía y repetía muchas veces al día, porque era siempre su manera de orar a Dios y hacerle presente en su vida, aunque muchas veces se quedar en un repetir formalmente unas palabras sin fijarse en su verdadero contenido.

Y Jesús, en esta ocasión, comienza repitiendo textualmente lo que decía la Escritura Santa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Fijémonos cómo comienza el texto, primero que nada tenemos que escuchar y según lo escuchado actuaremos en consecuencia con ese amor a Dios sobre todas las cosas.

‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor’. Escuchar y reconocer es mucho lo que implica. Sí, es un acto de fe, para reconocer que nuestro Dios es nuestro único Señor. ¿Qué significa esto? ¿Por qué es el único Señor? Con una palabra tenemos que responder, por su amor. Es una manera de recordar y reconocer todo lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo a través de toda su historia. Cuando Moisés transmite estas palabras al pueblo tienen aún reciente como se han visto liberados de Egipto, cómo con la acción de Dios pudieron atravesar el mar Rojo abriéndose sus caminos ya para siempre para la libertad; como Dios se ha hecho presente en su travesía por el desierto, costosa es cierto, pero allí ha estado el Señor como una columna luminosa y como un nube que les daba sombra para suavizar el camino. Ahí recuerdan toda la historia de la salvación, que es toda una historia de amor, y Dios es el único Señor, al que adorar y al que amar con el todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo su ser.

Escuchemos nosotros también. Escuchemos toda esa historia de amor de Dios en nuestra vida. Si nos detenemos y nos ponemos a escuchar será mucho lo que tenemos que reconocer. Cada uno tiene su historia, sus luchas, sus fracasos, sus esfuerzos, sus trabajos, sus tropiezos, sus momentos de sombras pero también sus momentos de luz. Recordemos con sinceridad, escuchemos lo que sentimos en el corazón. Es mucho lo que hay en lo que se ha manifestado ese amor de Dios. ¿Cómo no le vamos a amar también sobre todas las cosas?

Pero escuchemos también que esa voz que resuena fuerte en nuestro interior nos hace mirar algo más; tenemos que mirar en nuestro entorno, tenemos que mirar a los que caminan a nuestro lado, tenemos que mirar a nuestro prójimo. Y no los podemos dejar fuera de ese amor. Es que no sería verdadero el amor que le tuviéramos a Dios si no amamos a los hermanos que son también sus hijos, si no somos capaces de amarnos como nos amamos a nosotros mismos. Es con lo que concluye la respuesta de Jesús.

Ojalá escuchemos también desde esa voz de Dios que por nuestro amor a nosotros nos dice también ‘no estás lejos del Reino de Dios’.


viernes, 17 de marzo de 2023

El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

 


El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34


Recuerdo que nuestras madres cuando éramos pequeños y quizás nos enviaban con un recado ya fuera a la venta o a la casa de un vecino, al escribirnos lo que teníamos que llevar aquel papel nos lo trababan con un imperdible, ya fuera en la ropa o en algún apropiado para que no lo perdiéramos; lo mismo quizás una medalla o un escapulario que querían que llevásemos nos lo trababan así con un imperdible para que no tuviera perdida.

Me ha venido esta imagen a la cabeza reflexionando sobre lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y tomando esa imagen yo me atrevo a decir que el imperdible para que no perdamos a Dios es nuestro prójimo. Sí, podemos perder a Dios y no encontrarlo a pesar de que nos sepamos muy bien eso de que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas.

Le estaba sucediendo a aquel letrado, aquel maestro de la ley que viene con sus preguntas a Jesús. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Cuál es el mandamiento principal? Y Jesús con gran pedagogía responde textualmente con aquellas mismas palabras que todo buen judío sabía de memoria- ¿y como no iba a saberlas el letrado si era un maestro de la ley? – y repetía muchas veces al día. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Esto lo sabían todos, los fariseos incluso lo llevaban escrito en las franjas de sus mantos, en la puerta de cada casa lo tenían escrito también y todo buen judío al salir o al entrar en casa repetía estas palabras.

Hasta aquí no le dice nada nuevo que no supiera Jesús al escriba, pero es que Jesús habla del mandamiento primero, pero habla también del segundo mandamiento que es semejante al primero, que tiene la misma validez que el primero, que no se puede entender el primero si no entendemos y cumplimos con el segundo. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Aquí se siente sorprendido el escriba que no le queda más remedios que dar razón a Jesús. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Vale más que todos los holocaustos y sacrificios, le repite, el amor al prójimo como a uno mismo. Puede haber muchos holocaustos y sacrificios, pero hay algo que vale mucho más, el amor al prójimo. Si no hay amor al prójimo no podremos decir que tenemos verdadero amor a Dios. Es la garantía de que amamos a Dios de verdad. Es la garantía de que nos estamos encontrando con Dios, de que conocemos a Dios.

De ahí la frase que os decía al principio. El imperdible para que no perdamos a Dios es el prójimo. Teniendo presente ante nuestros ojos a nuestro prójimo estamos teniendo presente a Dios. ¿No nos dirá Jesús que todo lo que le hagamos al prójimo es como si se lo hubiéramos hecho a El? Garantía del amor a Dios, garantía de nuestro encuentro con Dios, garantía de que conocemos a Dios, amamos y amamos de verdad, porque ahora se nos está diciendo que amemos como nos amamos a nosotros mismos, pero terminará diciéndonos Jesús que amemos pero como nos ama Dios, ‘como yo os he amado’.

Llevemos ese imperdible bien prendido en nuestra vida. No nos perderemos. O como nos decía un teólogo y escritor del siglo XX ‘El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios’ (Cabodevilla).

domingo, 20 de febrero de 2022

Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

 


Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 45-49: Lucas 6, 27-38

El evangelio de Jesús no son unos consejitos piadosos, en lo que quizás muchas veces nos hemos quedado. Escuchar así en directo la palabra de Jesús sobre todo en aquellas cosas que Jesús considera fundamental para vivir el Reino de Dios realmente tendría que impactarnos de manera que no nos quedemos tan insensibles. Pero hemos edulcorado las palabras de Jesús; no es que las cambiemos, porque ahí están, pero cuando nos ponemos a cumplirlas, a reflejarlas en nuestra vida, si es que de verdad nos consideramos sus seguidores, pronto comenzamos con las rebajas, con las interpretaciones, con lo que Jesús quiso decir o no quiso decir. Pero lo que hoy hemos escuchado en el evangelio le dan un viraje completo al concepto de la vida que habitualmente vivimos.

A tí que estás leyendo esta semilla de cada día te invitaría a que antes de seguir leyendo esta reflexión cogieras de nuevo el evangelio en el texto que hoy se nos ofrece - Lucas 6, 27-38 - y lo volvieras a leer, a escuchar, a rumiar por ti mismo en el corazón, subrayando aquellas cosas que son el eje principal de este texto.

Es toda una revolución, y no a la manera como entendemos tantas veces las revoluciones en las que pronto entra la violencia y la destrucción. Es una revolución porque es un cambio radical en nuestras posturas, en la manera de actuar, en lo que podríamos llamar la filosofía de la vida, la manera de entender la vida. Porque es que Jesús nos está pidiendo todo lo contrario de lo que habitualmente hacemos.

Frente a esa manera habitual de nuestro actuar Jesús nos dice: ‘Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada’. Si ya de entrada decimos habitualmente que somos amigos de nuestros amigos, ¿cómo es que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos? Es que ni siquiera en la forma de presentarnos decimos que queremos ser amigos de todos, sino que somos amigos de nuestros amigos, ¿y los demás no merecen nuestro amor y nuestro respeto? Pero es que Jesús nos está diciendo, repito, que tenemos que amar a los enemigos, y hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen y rezar por aquellos que incluso nos calumnian.

Yo ayudo a los que me ayudan, decimos, y aparecen gestos bonitos entre familiares y amigos que se ponen de acuerdo muchas veces para ayudarse en tareas que pueden ser comunes. Hasta ahí todo muy correcto, pero si hay alguien entre los vecinos que nunca colabora con nada ni con nadie, que se las arregle él solo cuando lo necesite. Por eso el saludar a los que me saludan, como hacemos todos habitualmente, no tiene nada de extraordinario; como dice Jesús eso lo hacen hasta los paganos. Son las reglas de corrección que nos hemos trazado en aquello que llamamos buena educación. Pero en ese protocolo no es en el que se queda Jesús. Hacer el bien y prestar un servicio ‘sin esperar nada’.

Algo muy elemental y sencillo pero que si llegamos a hacerlo será algo maravilloso. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Pero si nos fijamos bien no nos está pidiendo Jesús nada extraordinario. Simplemente que seamos humanos, que nos tratemos como humanos; si nos sentimos miembros de una misma humanidad, con humanidad tendríamos que tratarnos los unos a los otros. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten…’ ¿No nos gustaría que todos fueran así de generosos con nosotros? ¿No buscamos en el fondo comprensión para nuestros defectos o para nuestros errores? ¿No  nos agradaría que generosamente nos ofrecieran el perdón ante los errores que hayamos podido cometer, las cosas con las que quizá en un momento de debilidad pudimos ofender a los demás? ¿Por qué tiene que prevalecer el orgullo en nuestras relaciones? Por ahí nos pesa, por ahí nos cuesta, porque hasta para pedir o recibir perdón el orgullo nos hace cosquillas en el corazón.

Pero ¿y cuál es el fundamento de todo esto? La misericordia del Señor que tenemos que imitar en nuestra vida. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Seamos misericordiosos porque tenemos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida. ¿Si Dios es misericordioso con nosotros por qué no ser nosotros misericordiosos con los demás? Seamos misericordiosos y no juzgaremos ni condenaremos; seamos misericordiosos y seremos capaces de ofrecer generosamente el perdón a los demás; seamos misericordiosos y no nos costará compartir, ofrecer lo mejor de nosotros mismos para buscar siempre el bien de los demás.

Es el camino de Jesús. Es el camino del que le sigue. Es el camino en el cual viviremos el Reino de Dios.

lunes, 4 de octubre de 2021

Jesús es la gran pregunta que se nos hace en nuestro interior para encontrar el verdadero sentido de nuestra vida en el encuentro con el prójimo

 


Jesús es la gran pregunta que se nos hace en nuestro interior para encontrar el verdadero sentido de nuestra vida en el encuentro con el prójimo

Jonás 1,1–2,1.11; Sal.: Jon 2,3.4.5.8; Lucas 10,25-37

Hay gente a la que le gusta hacer preguntas. Y no está mal. Preguntas de curiosidad, preguntas porque queremos saber, preguntas de búsqueda porque son preguntas no ya sobre cosas que queramos conocer sino por algo más hondo del ser humano que nos hacen un planteamiento de la vida, pero también hay preguntas capciosas donde o queremos comprobar la sinceridad del que nos habla o estamos intentando ver en qué puede fallar, que nos puede decir que no sea – como se dice hoy – políticamente correcto porque se salga de lo que es habitual en nuestro entorno, o preguntas comprometidas. Es bueno preguntar. No solo hará pensar a quien va a darnos una respuesta, sino que el mismo que hace la pregunta ya ha llevado un proceso dentro de si mismo para plantear lo que va a preguntar.

En el evangelio vemos que la gente que acude a Jesús va con muchas preguntas y en todo sentido, podríamos decir. Hay quienes van buscando algo profundo – ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ -, como quienes de una forma capciosa van a ver como pueden coger al maestro en algo; preguntas que les aclaren lo que no entienden – ‘explicanos la parábola’, le decían los propios discípulos al llegar a casa – o preguntas que en cierto modo van queriendo comprobar la sinceridad de la vida y de las propios palabras de Jesús; preguntas que les lleven a entender de verdad el reino de Dios anunciado por Jesús o preguntas que les den respuestas de caminos fáciles para encontrar la salvación.

Hoy es un maestro de la ley que viene preguntando qué es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna. Jesús con una pedagogía asombrosa le hace que sea él mismo quien de la respuesta, ya que es maestro de la ley y le pregunta entonces qué es lo que dice la ley. Se entabla un diálogo interesante porque aquel maestro tendrá más preguntas que hacer y terminará preguntando quién es realmente mi prójimo, como para salvarse del atolladero donde se ve metido. Jesús propondrá la parábola y será entonces Jesús el que pregunte quién se portó verdaderamente como prójimo de todos aquellos personajes. A la respuesta del maestro de la ley Jesús le dirá, ‘pues vete y haz tú lo mismo’.

¿Serán esas las preguntas que nosotros nos hacemos? ¿Seguirán siendo esas las preguntas que se hace el hombre y la mujer de hoy en este mundo concreto en que vivimos? Quizá también nosotros seguimos preguntándonos quién es mi prójimo porque seguimos teniendo la mirada miope; nos quedamos en aquello de que soy amigo de mis amigos, nos quedamos en aquellos que son mis seres queridos siempre y cuando no me hayan hecho un desaire, nos quedamos con aquellos que nos caen bien, nos quedamos con aquellos a los que quizá le debemos un favor aunque con el tiempo fácilmente lo olvidamos, nos quedamos… ¿con quién? ¿Cuándo?

Claro en la parábola el sacerdote y el levita pasaron de largo porque no era de los de su grupo pero además tenían prisa porque habían de llegar temprano al templo; cuántas veces decimos que no tenemos tiempo, cuántas veces decimos que tenemos cosas que hacer, cuantas veces vamos con nuestras prisas y miramos para otro lado para no tener que detenernos, cuántas veces ni miramos a la cara a aquel que nos tiende la mano. 

Hoy en un reportaje de TV escuché las lamentaciones, vamos a decirlo así, de un hombre que había vivido muchos años tirado en la calle y comentaba que más que le dieran unas monedas o un bocadillo para comer lo que ansiaba es que alguien se detuviera a su lado y mirándole a los ojos le preguntara su nombre o le preguntara cómo estaba.

¿Quién es mi prójimo? Seguimos preguntándonos. Aquel samaritano que atravesaba el camino de Jerusalén a Jericó no era de aquel lugar, no conocía entonces al que estaba caído a la vera del camino, es más era considerado como un enemigo por la diferencias que había entre judíos y samaritanos, pero se detuvo, se bajó de su cabalgadura, se entretuvo con aquel hombre malherido curando sus heridas, lo cargó sobre su cabalgadura y lo llevó a la posada más próxima para que fuera bien atendido.

¿Quién se portó como prójimo de aquel hombre? preguntaba Jesús y su recomendación fue, ‘vete y haz tú lo mismo’. ¿Escucharemos de forma concreta estas palabras de Jesús? Creo que no son necesarios más comentarios.


domingo, 25 de octubre de 2020

La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

 


La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos porque sin amor no seríamos humanos

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Cuando es nuestro modo de hablar humano hablamos de la ley, hablamos de las leyes pensamos de forma espontánea en todas esas normas y preceptos que nos hemos dado para regular la relación y la vida de las personas dentro de la sociedad en la que vivimos; cada vez son más complejas las leyes – y claro que no soy un erudito en el tema del derecho – porque más complejas son las relaciones entre los hombres, entre las personas y las leyes de cada lugar, aunque hay algo universal que nos afecta a todos, sin embargo tienen más las características de ese lugar según las normas y preceptos que se han ido elaborando y mejorando con el paso del tiempo. Me atrevería, sin embargo, a decir algo así de entrada y es que las leyes que nos imponemos tienen que estar siempre por el bien de la persona en medio de esa comunidad en la que vive.

Me hago esta consideración previa al escuchar el texto del evangelio de hoy. Ya dice el evangelista que aquellos que fueron a preguntar pretendían tentar a Jesús con preguntas que presentaban como capciosas, la pregunta que le lanzan a bocajarro es ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ preguntan por la ley y preguntan por el mandamiento principal. Si en nuestra cultura actual se hiciera o nos hicieran esa pregunta iríamos al fundamento de nuestras constituciones que nos conforman como pueblo y de donde dimanan luego todas las leyes y preceptos de nuestros códigos civiles.

Pero la pregunta que le lanzan a Jesús tiene una respuesta clara y que parece no tener sentido para el hombre de hoy que ha construido su vida quizá sobre otros parámetros o principios, que vive de una forma en la práctica agnóstica o donde la fe o la religión parece que no tienen que ver con las leyes de la vida de los hombres, ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero’.

Sin embargo ess respuesta tiene una razón para el que se siente creyente. Por otra parte Jesús no hace sino repetir al pie de la letra lo que está escrito en la ley judía y tiene todo su sentido. Tengamos en cuenta que Jesús además añade ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Sí, somos creyentes y Dios sí tiene que ver con la vida del hombre, con el sentido y el valor de la vida de las personas, sobre el camino verdadero de la construcción de nuestra sociedad. En Dios tenemos el fundamento de todo y la historia de la presencia de Dios en la vida del hombre es una historia de amor. Una historia de amor donde nos hemos sentido amados porque hemos estado, podemos decirlo así, en la preocupación de Dios. Por eso primero que nada y por encima de todo nuestro amor para Dios. ‘Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente’. Es el eje y el fundamento.

Pero nunca ese amor a Dios va a mermar nuestro amor al hombre sino todo lo contrario. Va a ser el cauce y la fuerza precisamente para que nos amemos los unos a los otros. ‘El segundo es semejante a él’, nos dice Jesús. Que no podemos vivir el uno sin el otro, que no podemos decir que tenemos amor a Dios si no tenemos amor al prójimo. Es la base de todo. ‘Sostienen toda la ley y los profetas’, termina diciendo Jesús.

Por algo san Juan en su carta cuando nos habla de que Dios es amor nos dice que en consecuencia tenemos que amarnos los unos a los otros. ‘Si Dios nos ha amado de esta manera, amémonos los unos a los otros’, nos dice. No dice si Dios nos ha amado de esta manera, amémosle a El, amemos a Dios, sino amémonos los unos a los otros. Y es que en ese amor que nos tenemos mutuamente estamos amando a Dios. ¿No nos dirá Jesús que cuando dimos pan al hambriento o agua al sediento era a El a quien estábamos alimentando o calmando su sed?

Creo que no es necesario hacernos más consideraciones sino rumiar muy bien esto que nos ha trasmitido hoy el Evangelio y hemos venido comentando y reflexionando. Luego saquemos nuestras conclusiones, veamos cómo con toda claridad cada uno de los mandamientos que tenemos reflejados en el decálogo buscarán siempre el bien del otro, el respeto al otro, la valoración del otro, en una palabra el amor que hemos de tener al prójimo. La verdadera gloria de Dios está en la gloria que le demos al hombre, en el amor que les tengamos a los demás. Por eso cuando nosotros vamos anunciando el evangelio de Jesús lo que queremos ir haciendo es que haya más humanidad entre los hombres y las mujeres de hoy. La Buena nueva de Jesús nos descubre ese amor nuevo, esa vida nueva, ese estilo de nuevo de tratarnos y de amarnos en que siempre estaremos buscando el bien del prójimo.

Recojo algunos párrafos de un comentario que me ha llegado y pienso que nos pueden ayudar a completar esta reflexión. ‘Ahí está la esencia y la radicalidad de la fe y de la identidad cristiana… Nuestra felicidad depende de acoger y poner por obra los preceptos y mandatos del Señor, porque ellos son misericordia, en ellos hay sabiduría, hay esperanza de un vivir mejor, hay vida eterna… La plenitud del ser, de la existencia, es amar y hacerlo de corazón, con entrega total, con lo que cada uno es, con lo que somos.  Sin amor la ley y los preceptos se vuelven tiranía, sin amor nada seríamos, es decir, no seríamos humanos (una persona inhumana es aquella que no conoce ni sabe del amor), sin amor todo se vuelve oscuro, estéril, vacío’ (Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.).

Nuestro mandamiento principal es el amor.

 

viernes, 23 de agosto de 2019

Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo


Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Me atrevería a decir que es algo que surge como espontáneo, y que me corrijan los sicólogos, pero cuando sentimos un amor grande por alguien, no solo lo valoramos y admiramos en las cualidades y cosas bellas que vemos en ella, sino que de alguna manera queremos como parecernos a esa persona y lo intentamos imitar en sus virtudes. El amor verdadero lleva a esa comunión profunda con el amado que de alguna manera nos quiere hacer uno con el, por eso queremos hacer las cosas como él y amar lo que él ama.
Por eso cuando entramos en la órbita del amor de Dios, consideramos la inmensidad de su amor, al sentirnos así amados por Dios queremos amarle de la misma manera, con ese mismo amor a pesar de nuestra limitación e imperfección. Un amor que nos hace sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida, el centro y sentido de nuestra existencia, queriendo nosotros amarle como El nos ama y su amor es infinito y queriendo también nosotros amar todo lo que Dios ama.
Ese primero y principal mandamiento surge entonces desde el mismo reconocimiento de quien es Dios para mi vida cuando tanto nos ama y tendría que surgir casi como espontánea esa respuesta de amor por nuestra parte, un amor sobre todas las cosas, un amor con toda el alma y con todo el corazón, un amor con todo mi ser y con toda mi vida.
Moisés nos lo quiso dejar reflejado en un mandato por la dureza de nuestro corazón que hace que pronto olvidemos tantas veces el amor que recibimos. Así somos débiles y duros de corazón; así se nos tiene que recordar que Dios nos ama y con un amor semejante en lo que humanamente seamos capaces ya que no somos infinitos hemos de amar nosotros a Dios. Claro que el amor de Dios es infinito y nosotros somos seres limitados e imperfectos, pero en cuanto somos capaces queremos poner toda nuestra vida en el amor que hemos de tenerle a Dios.
Es lo que  hoy hemos escuchado en el evangelio. Viene un letrado queriendo poner a prueba a Jesús. La malicia que llena el corazón de los hombres y que les hace desconfiado de todo y de todos. Jesús se está manifestando con un Maestro en Israel al que todos escuchan, aunque no saben donde ha aprendido esas cosas, como un día dijeran sus convecinos de Nazaret. Pero ahora es un letrado, que parece como si sintiera que Jesús está ocupando su puesto. Hay que ponerlo a prueba. Y qué mejor que plantearle y preguntarle por lo principal, el primero de los mandamientos.
Pero Jesús responde, podíamos decir que al pie de la letra, con lo que está enseñado en la ley de Moisés y que todo buen judío aprende desde su niñez y repetirá muchas veces cada día. Pero Jesús añadirá algo más, que también está en la ley de Moisés, pero que ahora equipara al primer mandamiento.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’.
 Quien ama a Dios ama también lo que Dios ama. Quien ama a Dios necesariamente tendrá que amar también al prójimo, aunque tantas veces nos cueste descubrir bien quien es nuestro prójimo. Por eso no podremos nunca separar el amor al prójimo del amor a Dios. Como decíamos al principio cuando amamos con un amor verdadero queremos parecernos con aquel a quien amamos y que sabemos cuanto nos ama. En esto tenemos que parecernos a Dios en nuestro amor a los demás, a quienes miraremos siempre como hermanos.
¿Por qué nos costará tanto? ¿Será acaso que no es tan grande el amor que le tenemos a Dios? Es fuerte este planteamiento, pero tenemos que revisarnos bien ese amor que decimos le tenemos a Dios viendo cómo es el amor que le tenemos al hermano.

viernes, 29 de marzo de 2019

La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción


La prueba de nuestra fe está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, a todos sin distinción

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
Seguimos en nuestro camino de cuaresma, se acerca la Pascua. Y no podemos olvidar lo que ha sido el objetivo desde el principio de este camino que vamos realizando. Nos esforzamos, queremos superarnos, pero lo importante es que nos volvamos hacia Dios. Fue la llamada que escuchamos desde el principio. ‘Conviértete al Señor, tu Dios’.
Cada día la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra de Dios para ir iluminando nuestra vida y para que nos mantengamos firmes en el camino. Nos recuerda actitudes y posturas que hemos de tomar en la vida, nos hace mirar hacia la meta de la Pascua, y nos hace sentir presente en nuestra vida el amor del Señor que no nos falla. No nos hemos de cansar en considerar lo que es el amor que el Señor nos tiene.
Como nos dirá san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que El nos amó primero’. Y claro con esa consideración no nos queda otra cosa que una respuesta de amor. Es a lo que nos lleva la Palabra que en este día nos ofrece la liturgia.
El profeta Oseas que escuchamos en la primera lectura nos insiste en nuestra conversión al Señor haciéndonos reconocer que hemos tropezado, que muchas veces hemos abandonado los caminos del Señor. Pero nos recuerda la ternura de Dios que siempre es fiel en su amor, y nos busca, y nos llama, y nos cura, y nos hace volver a sus caminos, porque nos damos cuenta que solo en el Señor tenemos la salvación.
Con un lenguaje casi poético nos hace volvernos a Dios. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como azucena, arraigará como el Líbano. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo, su aroma como el Líbano. Vuelven a descansar a su sombra: harán brotar el trigo, florecerán como la viña; será su fama como la del vino del Líbano…’
¿Qué hemos de hacer? Amar y amar con todo el corazón. Nos lo recuerda el evangelio. Nos habla de un letrado que viene a preguntarle a Jesús cual es el mandamiento principal. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ A lo que Jesús le responderá con lo que todo buen judío se sabía de memoria porque hasta lo repetían muchas veces al día. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
Aquel letrado trata de justificarse como dándole la razón a Jesús y diciendo que el amor a Dios y al prójimo está por encima de todos los holocaustos y sacrificios. Pero no nos basta saberlo o repetirlo. Tiene que ser algo que en verdad tengamos muy presente en nuestra vida, se haga vida de nuestra vida. Aún quizá seguimos pensando muchas veces en la importancia de nuestros sacrificios, en la importancia de las ofrendas que podamos hacer, pero quizá no hemos llenado de verdad nuestro corazón de amor.
La prueba del algodón, por decirlo con una frase muy de moda, la prueba de nuestra fe verdadera está en nuestro amor, un amor verdadero y por encima de todo a Dios, pero un amor sincero a los demás, y cuando decimos los demás decimos a todos sin distinción. Es la única manera de volvernos de verdad a Dios, hacer que Dios sea el único centro y sentido de nuestra vida.
Es en lo que cada día tenemos que crecer más y más. No nos podemos pasar por alto ese primer mandamiento dando por sentado que ya lo cumplimos, que eso es lo que hacemos muchas veces cuando examinamos nuestra conciencia. Tenemos que preguntarnos seriamente si amamos así a Dios, si así le expresamos el amor que le tenemos. Hemos de hacer arder nuestro corazón en amor; pidamos que nos llenemos del Espíritu del amor, que es en verdad llenarnos de Dios.


lunes, 8 de octubre de 2018

No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida


No podemos nunca encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida

 Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

Tenemos responsabilidades en la vida que tenemos que asumir y de las que tenemos que responder, ya sean responsabilidades familiares, ya sean responsabilidades laborales donde estamos ganándonos con nuestro sudor el pan de cada día, el nuestro y el de aquellos que dependen de nosotros, ya sean responsabilidades en el orden social porque hemos asumido una función, un servicio a la comunidad, ya sean responsabilidades con nosotros mismos, con nuestra vida que tenemos que cuidar también para luego desarrollar todas las otras responsabilidades que tengamos; hay normas, preceptos, mandatos que reglamentan la vida y diríamos que su finalidad es facilitarnos la misma vida, la convivencia, el camino y el desarrollo de la sociedad en la que vivimos, ayudar a que en una buena relación todos seamos más felices.
Pero el cumplimiento de esas normas o leyes, o el cumplimiento de nuestras responsabilidades no nos pueden mermar la humanidad de nuestra vida. Hay quizás quien se ciega y se encierra en el cumplimiento de sus deberes y obligaciones pero crea en torno a si un círculo seco y frió como una muralla que los vuelve inhumanos en la relación con los otros. No podemos de ninguna manera encerrarnos en nosotros mismos o en el cumplimiento formal de reglas o de responsabilidades, olvidando la humanidad que debe haber en nuestra vida.
Sin olvidar eso no podemos cerrar nuestros ojos a lo que nos rodea, pero sobre todo a las personas que nos vamos encontrando en la vida. Tenemos el peligro de pasar de largo muy absortos en lo que tenemos que hacer y nos insensibilizamos ante el sufrimiento que puedan estar pasando los demás. Unas veces será más visible, muchas veces quizá pueda estar encerrado en la intimidad de la persona, pero hay mucho sufrimiento en nuestro entorno que no nos gusta descubrir, que no queremos ver y por ello nos volvemos insensibles.
Hoy en los días que vivimos vamos demasiado deprisa por la vida, abortos en nuestras cosas, en nuestras obligaciones, corriendo para llegar a tiempo porque todo hoy se hace a la carrera y pasamos los unos por los otros que ni nos vemos. Cuantas veces pasamos al lado de alguien incluso conocido a que ni vemos, que luego nos dirá y se quejará con razón de que pasamos a su lado y ni le dijimos adiós, o un mínimo saludo. Si incluso a aquellos que conocemos pasamos en ocasiones sin verlo, qué decir de tantos otros que pueden estar postrados a la vera de nuestro camino y tampoco nos damos cuenta de su presencia.
Creo que este puede ser un aspecto al que nos quiera despertar la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio, la parábola que llamamos del buen samaritano. Fue aquella persona ajena y extraña, un extranjero que iba por aquel lugar el que se dio cuenta de quien estaba malherido junto al camino. Muchas veces habremos oído y comentado esta parábola que Jesús propone cuando aquel letrado le pregunta quién es su prójimo. No entramos ahora en explicaciones detalladas sino que me vais a permitir que en el comentario me quede en ese ensimismamiento en que vamos por los caminos de la vida insensibles a cuanto pasa a nuestro alrededor.
En el tiempo que tanto hablamos de derechos humanos, en que estamos reivindicando continuamente derechos para todos, tenemos el peligro que nuestros gritos reivindicativos ahora el clamor de tantos sufrimientos que hay en muchos corazones y nos pase desapercibido ese sufrimiento callado de tantos a nuestro lado.
Hablamos fácilmente de humanidad pero nos falta verdadera humanidad, de sensibilidad para descubrir al caído y saber detenernos para echarle una mano que les ayude a levantarse y a seguir caminando con dignidad. Hablamos y decimos cosas bonitas, pero que fácilmente no se ven reflejadas en nuestras actitudes y comportamientos de cada día.
Podemos hablar mucho de amar al prójimo pero quizá seguimos con nuestras discriminaciones y desconfianzas ante el extranjero, ante el inmigrante, ante el hombre o mujer de otra raza que aparece por nuestros lugares; hablamos de misericordia pero no sabemos tener compasión con el pecador y ante situaciones dolorosas preferimos condenar y desterrar de nuestras vidas a esas personas, en lugar de echarles una mano para levantarles y hacerles recobrar su dignidad.

viernes, 9 de marzo de 2018

Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios


Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Demasiado andamos en la vida con medidas, con límites, a ver qué es lo que tengo que hacer, hasta donde tengo que llegar o donde ya puedo pararme porque es suficiente para cumplir. Somos un poco rácanos, porque las mediciones queremos siempre que sean a favor nuestro, para no tener que dar más de lo que tengamos que hacer porque no tengo por qué sobrepasarme, porque no voy a hacer más de lo que otros hacen, porque me contento con llegar mismamente al limite. Y eso es en el cumplimiento de obligaciones, en lo que tengamos que hacer a favor de los demás, o en el esfuerzo que tengamos que hacer para superarnos y al menos no quedar por debajo de los otros pero tampoco esforzarme más de la cuenta. En muchas cosas concretas de lo que hacemos en la vida podríamos fijarnos conforme a lo que estamos diciendo.
Así andamos en nuestras relaciones y comportamientos con los demás, pero así andamos en ese camino de superación que tendría que haber en nuestra vida para llegar a la meta más alta, y así andamos también en nuestros caminos de la fe y de nuestra relación con Dios y en consecuencia en el compromiso que desde esa fe tendría que tener con los demás.
Una vez vienen a preguntarle a Jesús por lo que es lo principal. Como aquel joven que preguntaba un día que es lo que había que hacer para heredar la vida eterna; o como aquel otro que vino con una pregunta semejante a la de hoy pero luego seguía preguntan quien era ese prójimo al que había que amar; o como Pedro a quien hemos escuchado cuantas son las veces que tengo que perdonar, queriendo poner también un numero, y así tantos en el evangelio.
Hoy viene un escriba, un maestro de la ley, y poco menos que quiere pasar a examen a Jesús. Claro como Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica, ¿sabría Jesús cual es el mandamiento principal El que se presentaba ahora como maestro o como profeta en Israel? ¿Dónde ha estudiado todo esto? Se preguntaban también un día en su propio pueblo de Nazaret. Otras veces le preguntaran por la autoridad con que hace lo que hace o enseña lo que enseña. Siempre andaban al acecho.
‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Para que no hubiera dudas Jesús respondió citando de memoria lo que decía el Deuteronomio y lo que todo judío se sabia de memoria porque demás lo repetía casi como oración muchas veces al día, al levantase, al salir de casa, al emprender cualquier tarea.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.’ Pero Jesús añade: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti’. Y el escriba querrá corroborar - ¿con su autoridad quizás? o eso pretende – que lo que Jesús ha dicho es cierto, está en consonancia con la Escritura. Pero será Jesús el que le dirá finalmente ‘no estás lejos del Reino de Dios’, como queriéndole decir si sabes esto, ponlo por obra y estarás comenzando a caminar los caminos del Reino.
Nosotros nos lo sabemos muy bien, pero ¿Jesús podrá decirnos a nosotros también que no estamos lejos del Reino de Dios? No es cuestión de sabernos las cosas. El árbol bueno será tal cuando dé frutos buenos; será un buen frutal cuando nos ofrezca sus ricos frutos. No es manzano o peral simplemente porque digamos es tal, sino por los frutos que podemos recoger, deseando siempre que sean los mejores.
¿Daremos esos mejores frutos y siempre andaremos con nuestra mezquindad, nuestra superficialidad, nuestro contentarnos con el mínimo esfuerzo, con llegar mismamente al límite del cumplimiento?


viernes, 24 de marzo de 2017

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

No nos vale decir ‘eso ya lo se’ sino traducirlo en las obras de amor de nuestra vida para vivir la congruencia de nuestra fe

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
‘Eso ya lo se’, habremos dicho o habremos escuchado muchas veces. Quizás nos recuerdan algo que hemos aprendido desde chiquitos, nos lo están recordando ante una actitud o una postura que habremos tomado que no será la mas correcta, ‘eso ya lo se’ respondemos, pero nuestra actitud no cambia, seguimos haciendo lo mismo. Son incongruencias que aparecen una y otra vez en la vida y quizás no sabemos como remediarlo porque puede mas en nosotros la costumbre, la rutina, lo que siempre hemos hecho aunque no este en consonancia con aquellos principios y valores que todos conocemos y decimos que aceptamos; nuestra aceptación se queda en meras palabras, no se traduce en la vida.
Creo que esto nos daría para pensar mucho sobre nuestros valores y nuestros principios cristianos. Decimos que somos creyente como el que mas y en eso  no nos gana nadie, pero seguimos con nuestros apegos y ataduras, no siempre resplandece el amor, la generosidad, la solidaridad como tendría que brillar, guardamos en nuestro interior tantos sentimientos hacia los que no aceptamos o los que nos hayan podido molestar u ofender en algo en un momento determinado, nos aparecen muchas incongruencias en nuestra vida.
En el evangelio hoy hemos escuchado que un escriba se acerca a Jesús a preguntarle por el mandamiento principal. Si el era un escriba, un maestro de la ley eso era algo que tenia que tener muy claro. ¿Estaría intentando tentar a Jesús a ver como lo cogia en alguna cosa con la que desacreditarle o acusarle, como tantas  veces sucediera en personajes semejantes? En este caso el evangelista no hace referencia alguna.
¿Qué podía responder Jesús? Con lo que todo judío sabía muy bien porque así lo había aprendido desde pequeño y era como un credo que todo judío piadoso recitaba varias veces al día. Lo que estaba escrito allá en el libro del Deuteronomio. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Y Jesús añade algo más, que también estaba en la Escritura Sagrada: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’.
El escriba se da por satisfecho con la respuesta de Jesús porque todo eso vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y será Jesús el que apostille entonces: ‘No estas lejos del Reino de Dios… haz esto y vivirás’. ¿Buscaba aquel hombre que era lo más importante? ¿Estaría quizás preguntándose en que se traducía aquel Reino de Dios que Jesús anunciaba?
Ahí lo tenia, Dios es nuestro único Señor y a El hemos de adorar, a El hemos de amar con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida; pero esa adoración a Dios, ese amor a Dios sobre todas las cosas tenia que traducirse necesariamente en el amor al prójimo. No cabía uno sin el otro. No cabe el amor a Dios si no amamos de corazón a nuestro hermano; no podemos amar de corazón a nuestro hermano con toda la hondura que nos pide Jesús si no nos fundamentamos en el amor que le tenemos a Dios de quien recibimos gracia, de quien recibimos la fuerza del Espíritu para poder amar con un amor así.
Pero, como decíamos al principio, no nos vale decir ‘eso ya lo se’. Lo sabemos pero tenemos que hacerlo. Lo sabemos pero tenemos que traducirlo en las obras de amor de nuestra vida. Así romperíamos esa espiral de incongruencias en las que nos vemos metidos tantas veces en la vida.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la eterna pregunta. En el evangelio la vemos repetida en otras ocasiones y no solo porque se quisiera poner a prueba a Jesús, como sucede en ocasiones, sino también en quien con buena voluntad llega hasta Jesús querido buscar algo más para su vida.
Al joven rico Jesús le dice de entrada, cumple los mandamientos; hoy a este letrado le pregunta Jesús qué es el lo que lee en la ley del Señor. A la respuesta del letrado respondiendo con las palabras que todo judío devoto se sabía de memoria y repetía muchas veces al día, Jesús le dice ‘haz esto y tendrás la vida’.
¿Queremos heredar la vida eterna? ¿Queremos en verdad buscar en la vida lo que nos lleve a plenitud o, como se dice hoy, a una realización plena de si mismo? Ama con amor de Dios, cumple el mandamiento del Señor. ‘Haz esto y tendrás la vida’, alcanzarás la plenitud de tu existencia, te realizarás plenamente como persona, alcanzarás la vida para siempre, la vida eterna.
Pero siempre queremos justificarnos, siempre parece que estamos buscando como una disculpa, un decir es que yo no lo sabía. El letrado quiere justificarse. ¿Sabrá el quien es el prójimo? Creo que la propia palabra lo dice y no son necesarias muchas ciencias para saber quien es tu prójimo. Pero buscamos disculpas, hacemos distinciones, nos cegamos y no nos queremos mirar sino a nosotros mismos. ¿Será que queremos hacer el camino solo y sin contar con nadie? ¿Será que solo queremos la vida eterna para mi mismo y no me importan los demás? Algunas veces por la manera incluso que vivimos nuestra religiosidad pudiera dar esa impresión.
‘¿Y quién es mi prójimo?’ pregunta el letrado. Ya conocemos la respuesta de Jesús.  Es la parábola que seguramente tantas veces habremos meditado pero que necesitamos una vez más, o quizá muchas veces más, volver a rumiarla allá en el corazón. El hombre maltratado, herido, tirado al borde del camino. Los caminantes que pasan a su lado y no quieren mirar, no quieren enterarse, dan rodeos… el sacerdote que iba con sus prisas al templo, el levita que tendrá que ir también a cumplir sus obligaciones. ¿Qué es lo que estaba primero en aquel momento? ¿Qué era en verdad lo principal?
También nosotros tantas veces tenemos nuestras prisas, tenemos que hacer tantas cosas que no queremos mirar al que está a nuestro lado herido quizá también por muchas cosas y al que habremos puesto al borde del camino, al borde de la vida. Y nos creemos buenos y cumplidores, y hasta muy religiosos, pero nos faltan sentimientos en nuestro corazón, hemos perdido la capacidad de la ternura, de la misericordia, de la compasión para sentir el dolor del hermano que está a nuestro lado. Ya nosotros tenemos con lo nuestro pensamos en tantas ocasiones; ya yo hago alguna cosa buena a los demás y todo tiene su limite y su tiempo, pensamos. ¡Cuántos rodeos damos en la vida, cuantas miradas rehuimos, cuantas veces apresuramos nuestros pasos!
Fue necesario que llegara aquel buen samaritano. También iba a sus cosas, a sus negocios, a sus ocupaciones, pero se detuvo, se  bajó de su cabalgadura y se puso a la altura del que estaba tirado en el suelo. Necesitamos aprender a abajarnos para ponernos de verdad a la altura del otro hermano. Lo curó, lo montó en su cabalgadura, buscó donde pudieran hacer por aquel hombre, puso todo lo suyo a disposición así como se había puesto él. Nos cuesta hacerlo, no sabemos hacerlo, no queremos quizá aprender a hacerlo.
Podíamos seguir haciendo muchas más consideraciones. Pero preguntémonos también nosotros ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Pero más bien preguntemos si somos capaces de hacer nosotros también lo mismo.  

viernes, 19 de agosto de 2016

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Ezequiel 37,1-14; Sal 106; Mateo 22,34-40

La eterna pregunta que se repite una y otra vez. La eterna pregunta que nos repetimos nosotros también aunque sabemos bien cual es la respuesta como si buscáramos una cosa nueva. ¿Qué tengo que hacer? Ya lo preguntaba con buena voluntad aquel joven rico que quería seguir a Jesús. Ahora lo pregunta un letrado que sabe bien la respuesta, porque es lo que él enseña, lo que sabe todo buen judío de memoria, lo que repiten tantas veces al día al entrar y al salir, al levantarse o al acostarse, al comenzar a comer o al iniciar cualquier obra buena. Lo pregunta queriendo poner a prueba a Jesús. Lo pregunta porque quizá también haya dudas en su interior. Como lo preguntamos nosotros. Como tantas veces nos hacemos los desentendidos. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal?’
¿Qué es lo que iba a responder Jesús? No podía responder de otra manera. El no había venido a abolir la ley y los profetas nos había dicho allá en la montaña cuando lo de las bienaventuranzas. El quería darle plenitud. Por eso insiste Jesús, responde con lo que todos sabían, lo que estaba escrito en la ley, pero que había de llevarse a la plenitud, había de cumplirse y no de una forma cualquiera.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’. Es la ley del Señor. Es el mandamiento al que hay que dar plenitud. Es el mandamiento que no se puede quedar en una repetición de memoria ni en solo palabras. Es el mandamiento que hay que llevar a la vida, a la vida concreta de cada día.
Es el amor. Amor en toda su plenitud. Amor con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es el amor sobre todas las cosas. Nada puede estar antes o por encima. Nada puede haber más principal. Ojalá seamos capaces de vivir el amor a Dios así. Lo damos por supuesto, y no lo revisamos, no nos revisamos a ver hasta donde llega de verdad ese amor que le tenemos a Dios. En el examen de nuestra vida pasamos por encima de este mandamiento porque lo damos por supuesto. Pero ¿no habrá quizá en algunos momentos otras cosas que pongamos por encima de este amor? ¿No habrá algunos momentos en que miramos primero nuestro amor propio, nuestro orgullo, nuestros intereses que ese amor de Dios sobre todas las cosas?
No es el amor que dirigimos a un ser invisible, que lo sentimos tan superior que se nos hace extraño muchas veces en nuestra vida. Es el amor que hemos recibido de un Padre, de Dios que es nuestro Padre y nos ama más que nada y al que nosotros queremos corresponder también con todo nuestro amor. Es un amor que hacemos concreto y nuestra relación con Dios es de otra manera, con otra intimidad, con una confianza suprema, con una obediencia total. Es el amor que manifestamos en todo lo que hacemos donde siempre vamos a estar viendo a Dios, en lo que queremos siempre  manifestar siempre su gloria.
Es un amor tan concreto que nos lleva necesariamente a amar a todos los que Dios ama, por eso para nosotros los demás serán siempre hermanos, porque son hijos del mismo Padre Dios y así son amados por Dios. Por eso nos dirá Jesús que el segundo es tan principal como el primero, que si no cumplimos el amor del segundo, el amor al prójimo no podemos decir que estemos amando a Dios. Cuánto tenemos que hacer en este sentido.

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.