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miércoles, 29 de julio de 2026

Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

 


Aprendamos a entrar en la nueva órbita de un nuevo amor que de Jesús aprendemos cuando nos amó hasta dar su vida por nosotros

1 Juan 4,7-16; Salmo 33; Juan 11,19-27

Se nos llena la boca cuando hablamos de amor; todos sabemos hablar del amor, o decimos que sabemos; todos nos ponemos muy amorosos para decir que el amor es el que salva al mundo, y que tendríamos que querernos más y todas esas cosas que decimos en consecuencia, pero ¿será cierto que así nosotros creemos en el amor? Empezamos porque ponemos medidas y decimos quienes se merecen nuestro amor y quienes no, que no podemos amar a todos de la misma manera, que nos gusta ser correspondidos para entonces nosotros darnos más en ese amor, y seguimos poniendo distancias y fijándonos en circunstancias; cuando las cosas marchan bien parece que es fácil amar, pero ¿seremos capaces de llegar al sufrimiento por ese amor? Y luego decimos que es el distintivo de los cristianos, pero, ¿se notará?

Hoy se nos ofrece en el evangelio una situación donde parece que se va a medir lo que es el amor verdadero. Una familia que está pasando por un momento difícil en la muerte de uno de los hermanos. Y eran los amigos de Jesús, allí donde tantas veces Jesús había recalado en su camino hacia Jerusalén, pues Betania quedaba al paso de ese camino que hacían los que bajaban de Galilea por el valle del Jordán para subir desde Jericó luego a Jerusalén entrando por el monte de los Olivos. Allí vemos que Jesús descansa muchas veces e incluso viene desde Jerusalén para pernoctar en aquel hogar.

Cuando enfermó Lázaro y aunque avisado por las hermanas Jesús que estaba más allá del Jordán se quedó aun unos días y al llegar a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Todo aquello había sido una prueba dura en una familia que había ofrecido la acogida de la amistad tantas veces a Jesús. No nos extrañan las palabras que a modo de saludo le dirigen ambas hermanas a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano’. ¿Hasta donde podía seguir llegando el amor y la amistad? ¿estará entrando en sintonía esa situación con momentos en los que también en nosotros parece que se pone a prueba el amor?

Hay un hermoso diálogo que se entrecruza entre las hermanas doloridas y Jesús. Se habla de vida y de resurrección, se habla de fe y se va a manifestar lo que es el amor. Incluso veremos que cuando Jesús llega a la entrada del sepulcro de Lázaro se conmueve en su dolor y se le saltan las lágrimas, podríamos decir. ‘Mira, cómo le amaba’, comentarán los presentes. ¿Se seguirá manteniendo vivo ese amor en aquellas hermanas aun en medio de su sufrimiento?

Son preguntas que quizás con toda naturalidad nos podemos hacer, porque son preguntas que nos rondan en nuestro interior tantas veces. ¿Nos merecerá mantenernos en esa honda del amor que aun nos puede llevar al sufrimiento, o que hemos de vivirlo en medio de nuestro sufrimiento? Es cuando tenemos que preguntarnos si nuestro amor siempre es verdadero o tenemos que estar buscándonos razones y alguna fuerza extraordinaria para poder mantenernos en ese camino del amor aunque el camino sea dura, aunque no encontremos correspondencias, aunque en ocasiones nos parezca que nos sentimos abandonados y nada ni nadie nos tiene en cuenta.

Pero nuestro reflejo y nuestro espejo para amor no puede ser otro que el amor de Dios. Y es que el amor de Dios siempre está primero; cuando digo esto quiero decir algo más de lo que decimos habitualmente de que amamos a Dios por encima de todas las cosas; es que Dios nos ha amado a nosotros por encima de todas las cosas, el amor de Dios está primero, porque ha sido El quien primero nos ha amado. La misma vida es el primer regalo de su amor. Es lo que nos decía el apóstol Juan en su carta, ‘no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Es lo que contemplamos en Jesús cuando nos dice que nadie tiene un amor más grande que aquel que da su vida por los que ama. Y Jesús nos está diciendo que nos ama tanto, que es tan grande su amor que no teme pasar por el sufrimiento y la muerte para manifestarnos su amor.

El sufrimiento y la muerte así adquieren sentido; en medio de nuestros sufrimientos, y la vida nos da muchos, hemos de saber mantenernos en ese amor. Es lo que están comprendiendo Marta y María de Betania en aquellos momentos del reencuentro con Jesús, por eso se llenan de vida, traspasarán los umbrales de la tumba y de la muerte para mantenerse en la vida; como un signo de todo ello Lázaro es devuelto a la vida, o como dijo Jesús lo despertó de aquella muerte y lo hizo salir de aquel sepulcro para que se mantuviera vivo allí el amor. Veremos cómo más tarde María de Betania derramará el más caro perfume sobre los pies de Jesús para significar como están envueltos en el perfume del amor.

¿Aprenderemos a entrar en esa nueva órbita de un nuevo sentido del amor?

martes, 26 de mayo de 2026

Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

 


Desde la riqueza del amor de Dios necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos

1 Pedro 1, 10-16; Salmo 97; Marcos 10, 28-31

Retomamos de nuevo el  tiempo ordinario una vez que hemos terminado el tiempo pascual y aunque ayer lunes de Pentecostés tuvimos una celebración muy especial de la Virgen María, sin embargo entraba ya en el ritmo del tiempo Ordenarlo. Hoy ya con los textos propios recomenzamos de nuevo a rumiar la riqueza de la Palabra de Dios que se nos va ofreciendo cada día.

Esa oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios para alimentar nuestro camino de fe, ir renovando nuestra vida dejándonos interrogar en lo hondo del corazón por los diversos temas que se nos van ofreciendo. Hemos de reconocer que es una riqueza inmensa que tenemos a mano y que va construyendo nuestra vida. Interrogantes a nuestra conciencia, nuevos planteamientos que nos van abriendo nuevos horizontes, un camino abierto para hacer juntos, compartiendo toda esa riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios.

Quizás nos hace ver las mismas tentaciones a las que nos vemos sometidos, porque en la rutina de cada día no siempre sabemos descubrir la sabiduría para la vida que nos ofrece la Palabra de Dios. Pensamos que son exigencias que nos obligan a dar pasos, y por supuesto hemos de estar atentos a lo que nos sorprende la misma Palabra de Dios. Nos parece quizás que todo son exigencias para nuestra vida y es lo que en ocasiones hace que nos sintamos incómodos con lo que nos pide la Palabra de Dios. Pero ¿habremos pensado en lo que nos ofrece?

Claro que cuando descubrirlos ese riqueza de amor Dios para con nosotros que se nos manifiesta de mil maneras y al mismo tiempo nos sentimos como transportados en la santidad con que Dios se nos manifiesta, necesariamente tenemos que decir que así tenemos también nosotros que amar, que así tenemos que ser santos, como nos dice hoy san Pedro en su carta. ‘Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo’. Es la consecuencia del amor y de la santidad de Dios.

Pero como de alguna manera hemos dicho ya en nosotros puede estar la queda por lo que hacemos y por lo que nos parece que es poco lo que recibimos. Es el planteamiento que le hace Pedro a Jesús. ‘Pedro se puso a decir a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. Ante esto a veces nos sentimos avergonzados porque nos parece que somos un poco mezquinos. Pero son los pensamientos humanos que surgen espontáneos en nuestro interior. Y Jesús no se hace sordo a aquella petición de Pedro. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’.

Las palabras son claras pero a veces parece que no sabemos interpretarlas, por el miedo quizás que llevamos dentro de aparecer interesados. Pero las palabras de Jesús están ahí, y tenemos que mirar nuestra vida, tenemos que mirar lo que tenemos a nuestro alrededor, tenemos que comenzar a hacer esa lista interminable de lo que cada día recibimos del Señor, de esa satisfacción interior que sentimos cuando hacemos el bien, cuando sembramos una buena semilla, esa alegría que llevamos en el corazón por lo que estamos haciendo, de las personas de nuestro entorno que nos quieren y nos aprecian, de los que en nuestras comunidades cantan con nosotros las alabanzas del Señor. ¿No estaremos recibiendo el ciento por uno?

martes, 28 de abril de 2026

Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

 


Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

Hechos 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

Nos habrá sucedido en alguna ocasión que nos encontramos con alguien con quien incluso entablamos conversación, nos dice cosas que parece como si nos conocieran de tiempo, nos agrada quizás su conversación o las cosas que nos dice pero tenemos un interrogante por dentro porque nos parece que no sabemos bien a las claras con quien estamos hablando; y surge la cuestión o la pregunta para que nos diga claramente quien es, y cuando nos da algún detalle más quizás caemos en la cuenta o seguimos con nuestra incertidumbre dentro de nosotros.

He puesto esto a manera de ejemplo de lo que le estaba pasando a muchos judíos; sentían admiración por Jesús, estaban pendientes de sus signos y milagros y les gustaba escucharles, aunque hubiera otros quizás que vivían con un rechazo permanente de cuando dijera o hiciera Jesús haciéndose sus interpretaciones, pero entre las esperanzas que podían suscitarse en sus corazones seguían preguntándose sobre quien era realmente Jesús, si acaso era el Mesías que esperaban o simplemente un gran profeta como los profetas antiguos. Recordemos lo que respondieron los apóstoles a la pregunta de Jesús sobre lo que pensaba la gente del Hijo del hombre.

‘Los judíos, rodeándolo, nos dice el evangelista, le preguntaban: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Pero Jesús parece que directamente no les va a dar la respuesta que ellos esperaban. Simplemente se remite a las obras que realiza, a esos signos y señales que se manifestaban en el hacer de Jesús y en sus milagros. Pero no todos son capaces de descifrar esos signos. ‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas’, les dice Jesús.

Pero en esa respuesta de Jesús tenemos que descubrir algo hermoso. Jesús sí nos conoce, Jesús sí quiere revelársenos, Jesús nos está mostrando todo su amor a pesar de que nosotros no siempre correspondamos. Es que el amor de Dios está primero, es Él quien toma la iniciativa y nos busca. A veces en nuestro orgullo y autosuficiencia pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios y los que por nosotros mismos lo encontramos. Pero la maravilla está en esa búsqueda de Dios, en ese amor que Dios nos tiene. ‘No es que nosotros hayamos amado a Dios, nos dirá san Juan en sus cartas, sino que Él nos amó primero’ y nos regaló su vida.

¿Quién nos conoce mejor de lo que nos conoce Dios? El ve los secretos de nuestro corazón, el amor que intentamos poner aunque muchas veces sea pobre, la respuesta que intentamos dar aunque muchas veces estemos llenos de dudas y de cobardías, las debilidades en que tropezamos tantas veces a pesar de nuestras porfías de amor; nos parecemos a Pedro que tanto porfiaba que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, pero que antes de que el gallo cantara ya le había negado tres veces.

Así es nuestra debilidad pero así se manifiesta también la grandeza del amor que Dios nos tiene, porque sigue confiando en nosotros, sigue haciéndose presente en nuestra vida, sigue regalándonos con su amor y por nosotros se hace vida y se hace alimento para que podamos sentir la fortaleza de su Espíritu. Creo que eso tiene que llenar de paz nuestro corazón cuando tantas veces nos vemos zarandeados en la vida, ya sea por nuestras propias debilidades, o ya sea por las incomprensiones que podamos sentir de los demás.

Aunque tengamos mil contratiempos y tropiezos, sabemos que podemos contar siente con la misericordia del Señor. Es el único que no  nos falla. Es la confianza con la que queremos seguir caminando e intentando avanzar en nuestro camino de superación porque nos sentimos en las manos de Dios, protegidos y amados. Nosotros podemos ser infieles pero El siempre es fiel porque, como  nos dice el apóstol, no puede negarse a sí mismo, porque Dios es amor y siempre lo será.


miércoles, 15 de abril de 2026

Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

 


Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

Hechos 5, 17-26; Salmo 33; Juan 3, 16-21

A nadie le gusta que se conozcan nuestros errores; sean los que sean, nos equivocamos en nuestras apreciaciones ya buscaremos la forma de disimularlo, de justificarnos, de buscar causas culpables por otro lado que nos hayan podido llevar a ese error, pero nunca será por culpa nuestra; tenemos un tropiezo o cometemos un error en decisiones que habíamos de tomar y quizás hasta alguien pudo haber resultado perjudicado, ya buscaremos la forma de que eso se no se sepa, que no trascienda para no perder nosotros nuestro prestigio; y así en multitud de situaciones de nuestra vida donde huimos de la luz que pueda poner al descubierto nuestras cosas y nuestros fallos, dejando que se oscurezca la luz y sigan imponiéndose las tinieblas. ¿Qué es lo que realmente nosotros deseamos o buscamos? Tendríamos que analizar muchas cosas.

Pero hoy el evangelio nos está diciendo algo verdaderamente hermoso, que no tendríamos que olvidar nunca, y que desde esa confianza que se despierta en nuestro corazón tendríamos que reconocer mejor nuestros errores o nuestras tinieblas porque bien sabemos quien es el que nos puede sanar. No olvidemos que las páginas del evangelio no se cansan de repetirnos esos momentos en que Jesús va sanando a la gente. No es el milagrerismo lo que tenemos que buscar (vaya palabra me he inventado, pero que creo que nos entendemos) sino el amor de Dios que nos sana y que nos salva, que son los signos que Jesús va realizando.

‘Dios amó al mundo’, nos viene a decir el evangelio. Y tanto fue su amor que no paró hasta darnos, hasta entregarnos a su Hijo único. Aquí, podríamos decir, está la clave de nuestra fe como está la clave de todo el evangelio. Si es una buena noticia para nosotros es porque nos está diciendo cuánto es el amor que Dios nos tiene. Pero pareciera que no estamos muy convencidos, porque seguimos con nuestras dudas y con nuestra fe renqueante, porque seguimos sin terminar de entrar nosotros en esa onda de amor, y aunque decimos que amamos muchas veces nuestro amor es pobre y mezquino porque le ponemos tantas limitaciones, tantas condiciones que terminará de dejar de ser un amor como el que Dios nos tiene.

Por eso seguimos prefiriendo las tinieblas donde podemos hacerle esas trampas al amor; y no somos sinceros con nosotros mismos, ni somos leales con los demás. Esa sinceridad de nuestra vida que nos tendría que llevar a ser humildes, porque así reconocemos nuestra debilidad y nuestra torpeza, así tendremos que ver con claridad esos errores que tratamos de ocultar, pero así nos manifestaremos tal como somos delante de los demás, pero siempre reconociendo lo que ha hecho el amor de Dios en nosotros.

Es el amor que nos ha transformado, es el amor que nos hace entrar en ese mundo de verdad y de autenticidad, es el amor el que nos da fuerzas para levantarnos y a pesar de nuestras debilidades y hasta de la pobreza de nuestro espíritu comenzaremos a darnos por los demás, estaremos poniendo de verdad el amor en nuestras vidas. Entonces habrá luz, entonces no dejaremos reinar a las tinieblas, entonces nos sentiremos ese hombre nuevo que ha sabido renacer.

Y lo hermoso y lo grandioso es que Dios cuando nos ama así no ha venido al mundo para condenar al mundo; si nos ha entregado a su Hijo único es para que el mundo se salve por El, para que nosotros vivamos por El. Nos acercamos entonces sin temor a la luz para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios, según los planes de Dios porque entramos en la órbita de Jesús, en la orbita del Evangelio que será siempre para nosotros una buena nueva de amor.

Con temblor y con cierto temor vamos nosotros tantas veces por la vida, pero cuando así nos sentimos amados de Dios se acabaron los temores, desaparecen para siempre esos temblores de nuestros miedos, porque con la fuerza del Espíritu de Jesús nos sentiremos siempre fuertes. Es lo que hemos visto en la primera lectura en la actitud y en las obras que realizaban aquellos primeros discípulos y los apóstoles que no podían callar ni obedecer ningún mandato humano porque tenían que proclamar la Buena Nueva de Jesús.

jueves, 12 de febrero de 2026

Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

 


Creemos en lo que pedimos y somos perseverantes y nuestra moneda de cambio es el amor, porque nos confiamos en lo grande que es el amor que Dios nos tiene

1Reyes 11, 4-13; Salmo 105; Marcos 7, 24-30

En la vida nos aparecen muy pronto los cansancios y pronto, al menos desaire o contratiempo, desistimos de aquello que anhelamos y buscamos; es imposible, nos decimos, yo no soy capaz o no tengo fuerzas, nos vamos argumentando a nosotros mismos, nos olvidamos que echamos la semilla a la tierra y no brota de inmediato, tiene su tiempo para la germinación, pero vivimos en un mundo de prisas y de lo inmediato, queremos que todo sea como tocar una tecla o un botón para que de inmediato se enciendan todas las luces, a eso nos va llevando la tecnología moderno, aunque tenemos que reconocer que siempre hemos sido impacientes, y por eso se nos quedan las cosas a la mitad.

Pero yo quiero ver detrás de todo eso algo que quizás nos falta que es el amor por eso o en medio de eso que buscamos. Tan tecnificados estamos que vamos perdiendo esos valores de humanidad, fácilmente nos quedamos en superficialidades o en lo externo y no ponemos corazón en aquello que buscamos. Quizás estamos acostumbrados a sustituir fácilmente unas cosas por otras que desde esa superficialidad no valoramos lo que verdaderamente buscamos con ese grado de humanidad.

Hoy el evangelio nos sitúa a Jesús fuera del territorio de Israel, se ha ido por el norte y por las afueras ya en territorio de los fenicios; eran territorios paganos y aunque Jesús luego nos dejará el mandato de ir a anunciar el evangelio por todos los pueblos y naciones, sin embargo su predicación y su presencia el evangelio lo recorta a las tierras de Israel; en contadas ocasiones, como en esta, lo veremos fuera de la Palestina judía; aquí que quiere pasar desapercibido, y cuando atravesando el lago llega al territorio de los gerasenos que incluso le pedirán que se vaya de aquel lugar; cuando envía en distintos momentos a los discípulos a anunciar el Reino les dirá que solo vayan a los territorios de los judíos; bien sabemos que su mensaje final tendrá un carácter universal.

Centrándonos en este episodio que hoy nos ofrece el evangelio una mujer fenicia tiene una hija enferma y en su desesperación acude a Jesús. Pero la veremos que acude a Jesús con fe; al principio no es escuchada, pero los desaires no lo impiden seguir insistiendo. ¿Es que el amor de una madre por su hija que se le muere se puede apagar de cualquier manera? El amor de madre le hizo ser insistente, porque también los cachorritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos, será la respuesta de aquella mujer.

Jesús movido por su fe y por ese amor de madre accederá a lo que le pide aquella mujer. Grande es su fe, grande es el amor de madre. ¿Nos valdrá este pensamiento para mantenernos con insistencia en aquello que pedimos o que buscamos? Decíamos antes que pronto nos llegan los cansancios, pero el amor verdadero no se cansa nunca; es lo que tiene que envolver nuestra vida, es lo que amasamos con nuestra fe para ser en verdad constantes y profundos en nuestra oración o en la consecución de aquellas metas que nos hemos propuesto, de esos ideales por los que luchamos.

Creemos en lo que pedimos o buscamos, pero nuestra fe y nuestra constancia la vamos a poner en aquel a quien pedimos porque sabemos qué grande es el amor que Dios nos tiene. Por eso tenemos que saber apelar al amor. Y entonces no habrá cansancio ni abandono por mucho que sea lo que nos cueste conseguirlo, nuestra moneda es el amor. Es la perseverancia de nuestra fe alimentada y amasada en el amor.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.


viernes, 22 de agosto de 2025

En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 


En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Salmo 145; Mateo 22,34-40

¿Cuál es la auténtica religión? Quizás tendríamos que comenzar por preguntarnos. Ya sé, es cierto, que la expresión religión hace referencia a nuestra relación con Dios, la forma cómo expresamos y vivimos todo lo que desde la fe nos hace entrar en relación con Dios. Pero Jesús viene a decirnos hoy algo muy importante que tenemos que analizar bien y entender en toda su profundidad. Nunca nuestra relación con Dios nos puede separar de nuestra relación con los demás, es más, tendríamos que decir que no habría una auténtica relación con Dios si nos falta esa relación de humanidad con los demás.

Ya conocemos las diatribas que tenían los fariseos y demás grupos religiosos  de entonces con Jesús. Siempre estaban al acecho a ver cómo podían cogerle en sus palabras, porque no le aceptaban, porque no llegaban a entender el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba, porque de alguna manera – y podemos hablar en un sentido político también – se ponía en peligro su estatus social y la forma como ellos manipulaban al pueblo. De aquellas interpretaciones que los doctores de la ley, pertenecientes a estos grupos de fariseos o saduceos, habían surgido aquella multitud de mandamientos que hacía que el pueblo se sintiera como una losa encima sin saber qué cumplir o qué era lo más importante.

Después que vieran que Jesús les hacía callar con sus explicaciones y también con el estilo de su vida es cómo deciden los fariseos que un doctor de la ley viniera con esa pregunta a Jesús. ‘¿Cuál es el mandamiento primero y principal de la Ley?’ Pregunta ociosa, tendríamos que decir, porque en la ley estaba, todos debían conocerlo, porque de alguna manera era como una oración a repetir a la entrada o salida de casa, al emprender tarea o al ponerse en camino.

Y es con lo que les responde Jesús, lo escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús añade algo más que estaba también contenido en la ley y que no podían rechazar. ‘Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Aquí les viene a decir está el fundamento de todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Fijémonos bien, nos habla de un segundo mandamiento con igual importancia, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Son inseparables. No podemos decir que cumplimos uno sin cumplir el otro. Nuestra humanidad no puede estar alejada de Dios. En la medida en que crecemos en humanidad estaremos creciendo en el amor de Dios. Para decir que amamos a Dios sobre todas las cosas, ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’, como nos dice con ese mismo amor tenemos que amar al prójimo, como nos dice, ‘como a ti mismo’. 

Cuántas veces nos puede suceder que decimos que amamos mucho a Dios, y no nos puede faltar nuestros rezos y nuestra oración cada día, y acudimos a Dios en toda ocasión desde nuestras necesidades o nuestros problemas porque sabemos que El es nuestra fortaleza y nuestra vida, vamos a la Iglesia y participamos en todas las celebraciones, y ya pensamos que con eso está todo hecho, somos unas personas muy religiosas y muy cristianas.

¿Y dónde está nuestro amor al prójimo? ¿Dónde está la humanidad que estamos construyendo? ¿Cómo son de auténticas nuestras relaciones con los demás? ¿Qué preocupación sentimos por los demás, por sus derechos y por el respeto que hemos de tener a toda persona, por sus necesidades o sus angustias, o por compartir también con ellos sus alegrías? Es ahí en estos pequeños detalles, en esa cercanía, en esa amistad que cultivamos con todos, en ese respeto mutuo, es donde le estamos manifestando el amor, y cuando estamos creciendo en el amor a los demás estaremos creciendo en nuestro amor de Dios. No lo podemos separar, el uno alimenta al otro, desde el amor de Dios tendremos fuerza para amar al hermano, pero desde ese amor al hermano estaremos haciendo crecer el amor de Dios en nosotros, y le estaremos dando verdadera gloria.

No me canso de hablar de humanidad, de cultivar todo eso que nos acerca al otro, porque sé que con ello estoy haciendo anuncio también de la buena noticia de Jesús. En la medida en que creemos más humanidad iremos sembrando más sentimientos y actitudes cristianas, y todo eso nos llevará al encuentro con Dios.


miércoles, 23 de julio de 2025

Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

 


Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Muchas veces cuando queremos hacer una valoración de nuestra vida, algo así como definirla según lo que hemos hecho en la vida, aunque quizás mantengamos las apariencias porque nunca queremos decir en voz alta todo lo que pensamos de nosotros mismos, tenemos la tentación de pensar en nuestros fracasos, en nuestras debilidades, en los tropiezos que hemos ido teniendo en la vida y tenemos el peligro de cargar con demasiados tintes oscuros lo que ha sido nuestra vida; por eso, como decía, guardamos las apariencias y son cosas que no siempre decimos en voz alta.

Pero sin embargo creo que hay algo, y que no es eso, que es lo que en verdad tendría que definir nuestra vida. A pesar de las sombras que podamos ver en nosotros hay una luz que brilla, y es que en todo siempre se ha desbordado el amor de Dios con nosotros y en nosotros. Al vivir por la fe descubrimos la maravilla de que somos hijos de Dios y el amor de Dios siempre es fiel y sigue contando con nosotros, es más, ha contado con nosotros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

Este pensamiento tiene que hacer renacer la esperanza en nuestro corazón, es una inyección muy fuerte de entusiasmo y de vida, que nos ayuda a superar nuestras limitaciones y nos llena de confianza porque Dios sigue contando con nosotros y sigue amándonos a pesar de todos los errores nuestros. Es algo que nos hace caminar, levantarnos de esas zonas oscuras, poner un optimismo nuevo en la vida, confiar más en nosotros porque si Dios que nos conoce bien confía, ¿por qué no podemos seguir sembrando semillas, contribuyendo incluso desde nuestros fracasos a hacer ese mundo nuevo y mejor?

Solo nos está pidiendo una cosa Jesús, como nos dice hoy en el evangelio, que como sarmientos sigamos unidos a la vida. Podrán estar ajadas las hojas o ramas de nuestra vida, pero puede seguir saliendo un racimo hermoso, siempre podemos hacer que broten los frutos, porque la vida no viene de nosotros, la vida nos viene de Dios, la savia de su gracia sigue alimentando las ramas de nuestra vida, sigue haciendo que a pesar de todos los pesares siguen surgiendo brotes que pueden darnos frutos buenos.

Si somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de ese regalo de Dios que es su amor y como han ido surgiendo esos nuevos brotes en nuestra vida llamados a dar frutos. No nos podemos sentir fracasados a pesar de los fracasos, no nos podemos echar para atrás aunque quizás muchos a nuestro lado no quieran creer en nosotros, piensen que a causa de nuestros fracasos tendríamos que estar relegados a otros lugares, pero hay algo dentro de nosotros que podemos compartir, que podemos sembrar en los corazones y en las vida de los demás, y es esa certeza que tenemos de que Dios nos ama.

Con esa seguridad seguimos adelante, con esa confianza seguimos sembrando la semilla en aquel campo que la providencia de Dios va poniendo a nuestro alcance, a nuestra mano para que en él sembremos. Muchas veces quizás nos hemos sentido tentados a tirar la toalla, pero cuando hacemos un pequeño recuento de nuestra vida y vemos cómo aún estamos ahí, como aun se siguen manifestando en nosotros los signos del amor de Dios, como nos hemos visto liberados de tantos peligros y acechanzas en tantos momentos, todo eso nos da ánimo para seguir adelante, y sembrar allí donde podemos hacerlo.

Que no se apague esa esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto. Demos gracias a Dios por todo ello.


viernes, 6 de junio de 2025

Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

 


Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

¿Tú me sientes como amigo? Con una pregunta semejante alguna vez nos hemos dirigido a nuestro amigo o nuestro amigo nos ha preguntado. Cuando hay una auténtica amistad que se está mostrando cada día en mil detalles de cercanía, de comunicación, de afecto no sería necesaria esa pregunta, pero sin embargo la hacemos. Queremos corroborar el grado de amistad que sentimos; queremos ratificar que la amistad se mantiene, a pesar de que alguna vez haya habido algún desaire, algún mal momento, alguna discusión acalorada donde quizás hayas pronunciado palabras de las que ahora nos arrepentimos. Pero queremos que la amistad permanezca, no se rompa, vaya creciendo más y más en la vida. Un buen amigo es un vaso de agua fresca ofrecida al sediento en medio de los calores de la vida.

Hoy, ya casi terminando el ciclo pascual que cerraremos el próximo domingo, la liturgia retoma aquellos textos pascuales de los momentos finales del evangelio, en este caso del evangelio de san Juan. Queremos de nuevo caldear nuestro espíritu con todo el sentido pascual que hemos de darle a la vida y nos viene bien recordar esos retazos del evangelio.

Los discípulos se habían ido a Galilea. Uno de los mensajes que las mujeres trasmitieron a los apóstoles del cenáculo después de las apariciones de Jesús, es que les había dicho que fueran a Galilea y allí le verían. ¿Dónde comenzaron los primeros anuncios de Evangelio? No fue solo Jesús el que comenzó a predicar por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando la buena nueva del Reino de Dios, sino que en Galilea se había recibido el primer mensaje, la primera buena noticia, cuando el ángel le anuncia a María de parte de Dios todo cuanto iba a suceder con el niño que naciera de sus entrañas. Aquel Niño era la Buena Noticia de salvación para la humanidad.

En Galilea estaban, parece que aburridos sin saber qué hacer cuando se deciden ir una noche a pescar. Ya lo hemos meditado. No habían cogido nada. Alguien que les parecía un anónimo desde la orilla no solo les había preguntado si habían cogido algo, cosa que seguramente les dolió por sus manos vacías, sino que les había dicho por donde habían de echar la red. Parece que los gestos se repiten, también después de una infructuosa noche, aquel profeta que estaba surgiendo en Galilea, sin ser pescador de aquellos mares, les había indicado que de nuevo echaran las redes. Se habían confiado y la redada había sido muy grande, de manera que incluso se sentían indignos, pero Jesús les había prometido que serían pescadores de hombres. Así se habían decidido a seguir a Jesús y estar con Él.

Ahora también la redada había sido extraordinaria y aquel que más llenos de amor tenía sus ojos había reconocido a quien estaba en la orilla y le había dicho a Pedro que era el Señor. Ahora Pedro tras lanzarse al agua está ante Jesús que tras el almuerzo se lo lleva aparte para hacerle una gran pregunta. ‘Simón Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y así por tres veces. Pedro porfiaba su amor, ya no sabía cómo decírselo a Jesús que lo era todo para El. Un día había dicho que estaba dispuesto a seguirle y a dar la vida por Jesús, pero pronto se había dormido en el huerto, y pronto lo había negado ante una criada curiosa y preguntona.

Lo había llorado, pero ahora estaban las preguntas de Jesús. ¿De verdad eres mi amigo? Detrás había todo un recorrido de entusiasmos pero también de decaimientos; de valentías para ser el primero en hablar, pero también de cobardías y de sombras. ¿Se estaría preguntando al mismo tiempo Pedro a sí mismo si de verdad soy amigo de Jesús? ¿Mereceré yo que Jesús siga confiando en mí?

Pero bien sabemos que aquí no hablamos de merecimientos, sino que estamos hablando de amor. Jesús le pregunta a Pedro por su amor, pero Pedro se estará preguntando también por su amor, por si es sincero y auténtico su amor a Jesús. No le queda más que decir. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.

Seguramente mientras nos vamos haciendo esta reflexión no solo estamos mirando a Pedro en este diálogo con Jesús, sino que nos estaremos mirando a nosotros mismos. Con nosotros Jesús está también entablando ese diálogo y esas preguntas; en nuestro corazón están resonando esas preguntas y nuestras promesas y propósitos tantas veces incumplidos, nuestras cobardías y nuestros fracasos, nuestros miedos y nuestros tropiezos; la vida quizás puede estar muy llena de oscuridades, pero tenemos que cuidar una luz, tenemos que cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús. Y ese sí que es un gran amor, el que queremos copiar en nuestra vida, el que queremos vivir nosotros también.


miércoles, 14 de mayo de 2025

Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

 


Un mundo nuevo en que brille la alegría y el amor un mundo nuevo de fraternidad y de comunión, no rompamos la red de amor que nos alimenta

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112;  Juan 15, 9-17

Sabemos que la energía - o si queremos decir la electricidad – necesita unos cauces de comunicación, un transporte, unas redes de la forma que sea para que pueda llegar a todas partes y podamos utilizarla, esté donde esté su fuente. Si se cortan esas redes de comunicación, esas líneas de comunicación no podremos, por ejemplo, tener luz, no podrán funcionar muchas cosas que necesitan de esa energía para poder realizar su función. Sin entrar en cómo fue o cómo no fue hace unos días el territorio peninsular español y portugués se quedó sin energía y todo quedó por así decirlo paralizado. Hay que conservar y cuidar esas redes de distribución para que no nos fallen y llegando a todas partes pueda alegrarse la vida de nuestra sociedad, vamos a decirlo así por expresarlo de alguna manera.

Hoy nos habla Jesús de otras redes de comunicación o de comunión que van a producirnos la verdadera energía que transforme nuestra vida y nuestro mundo y sin la cual no habría vida, todo sería tristeza y muerte. Hoy nos habla Jesús del amor. Tenemos una fuente de ese amor, porque parte de Dios. Ya se nos dirá en otro momento que ‘Dios es amor’. Hoy nos lo expresa Jesús de una forma muy hermosa. En este esto que hoy se nos ha ofrecido que es todo un compendio, comienza diciéndosenos  ‘como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Ahí está como en un resumen esa cadena del amor. El amor del Padre, el amor de Jesús y nuestro amor.

Ya nos dirá san Juan que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que primero nos amó Dios a nosotros. Es la fuente del amor que en Jesús se va a derramar sobre nosotros y que entonces nos hará amar de la misma manera. Por eso es toda la insistencia de Jesús en hablarnos primero de la compasión y de la misericordia de Dios para que así nosotros seamos compasivos y misericordiosos. Es nuestro modelo, es lo que tenemos que plasmar en nuestra vida. Por eso cuando nos habla del mandamiento del amor es El mismo quien se nos pone como modelo. No es ya solo amar como nos amamos a nosotros mismos, lo cual ya sería una hermosa señal de la madurez de nuestro amor, sino amar como El nos amó. Es su mandamiento ‘que os améis los unos a los otros como yo os he amado’.

No es una medida cualquiera. Es la medida más sublime. Es la medida que usa Dios que tanto nos amó que nos envió y nos entregó a su propio Hijo. Es la medida que vemos reflejada en Jesús. Porque ‘nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y es lo que hizo Jesús, mostrarnos la medida más grande del amor, la que El vivió y la que nos está enseñando a que vivamos nosotros. No podemos andar con mezquindad en nuestro amor poniendo medidas y poniendo límites, haciendo distinciones o esperando a que nos amen para nosotros amar. Es lo tan hermoso que nos dice san Pablo en la carta a los Corintios que tantas veces habremos escuchado y reflexionado. De ahí nace toda esa exquisitez y delicadeza del amor, esa cercanía y ese presencia, esa generosidad y hasta esa radicalidad con que nos vamos a mostrar en nuestro amor.

De ahí en consecuencia también cómo nos vamos a sentir cuando amamos así. Como nos dice hoy nos habla de todo esto para que nuestra alegría sea grande, ‘mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud’, que nos dice. Pero aun nos sentimos distintos en nuestra relación con Dios; no podrá ser la relación distante del que se siente pequeño ante el poderoso, sino que es el gusto y el gozo de sentirse amados y entonces hijos y amigos. ‘Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos’, nos dirá. Pero todo eso se va a traducir además en nuestros frutos, en la forma cómo nos mostramos, en ese nuevo sentido de vida y de relación que va a haber entre todos; nacerá una nueva comunión, un nuevo sentido de vida; nacerá un mundo de fraternidad y de paz, un mundo donde iremos haciendo desaparecer el sufrimiento y todo aquello que nos pudiera distanciar los unos de los otros.

‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’, terminará diciéndonos. ¿Llegaremos entonces a un mundo nuevo? Es el fruto de la energía del amor, no rompamos de ninguna manera esa red que nos une y que nos hace crecer en el amor. No siempre es fácil, pero tenemos que lograrlo. Permanezcamos en su amor y busquemos hacer siempre lo que es su voluntad.