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viernes, 21 de agosto de 2026

Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

 



Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

¿En verdad podremos hacer reverdecer de nuevo este nuestro mundo que contemplamos en tantos aspectos árido y reseco? Contemplamos tanto materialismo y tanto afán codicioso de posesión de cosas y de bienes, a tanta gente que no se mueve sino por sus intereses o sus placeres, a la insensibilidad de tantos que pasan a nuestro lado y que parece que han perdido los rasgos más elementales de humanidad, ese aire fétido de corruptelas de todo tipo donde todo parece que son tejemanejes ocultos buscando ganancias y riquezas, cada día nos aparece algo nuevo que nunca son resplandores de luz sino oscuridad que va ennegreciendo cada vez más nuestra sociedad, un desinterés por el bien común aunque se llenen la boca con palabras de justicia y de renovación.

No quiero pintar un cuadro negro, porque mi tendencia y mis deseos es encontrar siempre un rayo de luz por pequeño que sea porque la mecha humeante nunca tenemos que apagarla sino que tiene que ser inicio de un fuego nuevo de renovación y de nueva vida.

Hemos escuchado con el profeta la visión de ese campo lleno de huesos que podría parecer que nos habla de muerte. Y el profeta se pregunta si aquellos huesos un día podrán llenarse de nuevo del vigor de la carne y de la vida. Y de ahí parte el anuncio del profeta que también nosotros tenemos que escuchar para despertar en nosotros una nueva esperanza frente a ese mundo que contemplamos. Es el anuncio profético de esos tiempos nuevos que con la instauración del Reino de Dios habrían de surgir.

Y es precisamente lo que hoy escuchamos en el evangelio. Unos fariseos cuando han visto que Jesús ha hecho callar a los saduceos vienen ahora con una pregunta que aunque parece muy elemental porque era lo que tenía que estar grabado en el alma de todo buen judío viene cargada de aviesas intenciones queriendo desacreditar a Jesús diciendo que venía a anular lo que era la ley judía fundamental. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’

Como les parecía que Jesús venía cambiándolo todo porque le estaba dando un sentido nuevo de autenticidad a cuanto el hombre realizara pensaban que Jesús iba a enseñarles algo distinto. Pero Jesús los veía venir; en otro momento llegarán a reconocer que en Jesús no hay doblez ni engaño aunque lo digan también siempre desde sus torcidas intenciones queriendo hacerle decir cosas a Jesús que les vendría bien para acusarle. En ese mundo de sombras del que antes hablábamos ¿no andamos también nosotros muchas veces con esas interpretaciones interesadas o con esa falsedad y engaño para aparentar lo que realmente no somos? ¿No nos andamos también poniendo trampas a nuestro pies para manipular y para engañar?

Pero Jesús responde con las palabras textuales que están escritas en las Escrituras santas. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente... Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Esto es lo que verdaderamente salvará al mundo, esto es lo que en verdad puede darle un valor nuevo y un sentido nuevo a la vida, el amor. Pero no es un amor cualquiera, no es un amor de bonitas y románticas palabras; es el amor que va a ser verdadero motor de nuestra vida, el amor que nos despierta y que nos renueva, el amor que pone unos ojos nuevos y una mirada más luminosa a los que están a nuestro lado; un amor que es un fuego que nos inquieta, un amor que va a poner humanidad verdadera a nuestra vida; un amor que nos hace abrir las puertas del corazón, un amor que se hace acogida para hacer que todos quepan en nuestro corazón; un amor que valora la vida y cuánto hacen los demás; un amor que será comprensivo y llena de misericordia el corazón; un amor que sabe perdonar y levantar al que ve caído, un amor que será siempre mano tendida para apoyar y para compartir, para darse y para olvidarse de sí mismo pensando en quien ama; un amor que nos llena de Dios porque nos hace partícipes del amor que Dios nos tiene, un amor que envuelve nuestra vida pero que se convierte en entrañas de nuestro ser. Como nos dice Jesús ahí están condensados la ley y los profetas.

Con un amor así ¿podremos permitir que las sombras se sigan adueñando de nuestro mundo? Con un amor así sentiremos que el mundo se renueva y resucita a nueva vida y todo se irá transformando; con un amor así nos sentiremos traspasados por la Pascua y con Cristo nos sentimos resucitados a nueva vida. Empeñémonos en sembrar ese amor en los surcos de la vida.


viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

viernes, 22 de agosto de 2025

En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 


En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Salmo 145; Mateo 22,34-40

¿Cuál es la auténtica religión? Quizás tendríamos que comenzar por preguntarnos. Ya sé, es cierto, que la expresión religión hace referencia a nuestra relación con Dios, la forma cómo expresamos y vivimos todo lo que desde la fe nos hace entrar en relación con Dios. Pero Jesús viene a decirnos hoy algo muy importante que tenemos que analizar bien y entender en toda su profundidad. Nunca nuestra relación con Dios nos puede separar de nuestra relación con los demás, es más, tendríamos que decir que no habría una auténtica relación con Dios si nos falta esa relación de humanidad con los demás.

Ya conocemos las diatribas que tenían los fariseos y demás grupos religiosos  de entonces con Jesús. Siempre estaban al acecho a ver cómo podían cogerle en sus palabras, porque no le aceptaban, porque no llegaban a entender el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba, porque de alguna manera – y podemos hablar en un sentido político también – se ponía en peligro su estatus social y la forma como ellos manipulaban al pueblo. De aquellas interpretaciones que los doctores de la ley, pertenecientes a estos grupos de fariseos o saduceos, habían surgido aquella multitud de mandamientos que hacía que el pueblo se sintiera como una losa encima sin saber qué cumplir o qué era lo más importante.

Después que vieran que Jesús les hacía callar con sus explicaciones y también con el estilo de su vida es cómo deciden los fariseos que un doctor de la ley viniera con esa pregunta a Jesús. ‘¿Cuál es el mandamiento primero y principal de la Ley?’ Pregunta ociosa, tendríamos que decir, porque en la ley estaba, todos debían conocerlo, porque de alguna manera era como una oración a repetir a la entrada o salida de casa, al emprender tarea o al ponerse en camino.

Y es con lo que les responde Jesús, lo escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús añade algo más que estaba también contenido en la ley y que no podían rechazar. ‘Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Aquí les viene a decir está el fundamento de todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Fijémonos bien, nos habla de un segundo mandamiento con igual importancia, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Son inseparables. No podemos decir que cumplimos uno sin cumplir el otro. Nuestra humanidad no puede estar alejada de Dios. En la medida en que crecemos en humanidad estaremos creciendo en el amor de Dios. Para decir que amamos a Dios sobre todas las cosas, ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’, como nos dice con ese mismo amor tenemos que amar al prójimo, como nos dice, ‘como a ti mismo’. 

Cuántas veces nos puede suceder que decimos que amamos mucho a Dios, y no nos puede faltar nuestros rezos y nuestra oración cada día, y acudimos a Dios en toda ocasión desde nuestras necesidades o nuestros problemas porque sabemos que El es nuestra fortaleza y nuestra vida, vamos a la Iglesia y participamos en todas las celebraciones, y ya pensamos que con eso está todo hecho, somos unas personas muy religiosas y muy cristianas.

¿Y dónde está nuestro amor al prójimo? ¿Dónde está la humanidad que estamos construyendo? ¿Cómo son de auténticas nuestras relaciones con los demás? ¿Qué preocupación sentimos por los demás, por sus derechos y por el respeto que hemos de tener a toda persona, por sus necesidades o sus angustias, o por compartir también con ellos sus alegrías? Es ahí en estos pequeños detalles, en esa cercanía, en esa amistad que cultivamos con todos, en ese respeto mutuo, es donde le estamos manifestando el amor, y cuando estamos creciendo en el amor a los demás estaremos creciendo en nuestro amor de Dios. No lo podemos separar, el uno alimenta al otro, desde el amor de Dios tendremos fuerza para amar al hermano, pero desde ese amor al hermano estaremos haciendo crecer el amor de Dios en nosotros, y le estaremos dando verdadera gloria.

No me canso de hablar de humanidad, de cultivar todo eso que nos acerca al otro, porque sé que con ello estoy haciendo anuncio también de la buena noticia de Jesús. En la medida en que creemos más humanidad iremos sembrando más sentimientos y actitudes cristianas, y todo eso nos llevará al encuentro con Dios.


miércoles, 11 de junio de 2025

No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

 


No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

Hechos 11, 21-26; 13; Salmo 97;  Mateo 5, 17-19

Muchas veces ni nos entendemos a nosotros mismos. Sentimos como una rebeldía interior ante las cosas que tenemos que hacer, responsabilidades que hemos asumido, planteamientos que nos hemos hecho para la vida, normas que tenemos que cumplir porque vivimos en una sociedad donde todos estamos relacionados los unos con los otros y eso en cierto modo nos obliga a unos comportamientos, a unas costumbres, a una manera de tratar a las personas que están en torno nuestro, y nos parece sentir el deseo de romper con todo, de hacerme mi vida a mi manera, que no haya ninguna ley que se me imponga para lo que tengo o no tengo que hacer. Nos parece que comenzar todo nuevo de cero es donde está la solución.

Quizás sí tendríamos que preguntarnos por qué hacemos las cosas o qué sentido le estamos dando a eso que tenemos que hacer; porque no se trata de hacer por hacer, como una rutina de la que no nos podemos salir, no es solo el cumplimiento por cumplimiento lo que nos hará saborear lo que estamos haciendo. Y es por ahí por donde vamos a encontrar solución, vamos a darle un sentido a lo que hacemos, nos va a dar verdaderas motivaciones para realizar ese camino que tenemos que recorrer en la vida.

Y esto entra también en el plano de lo religioso, de la vida de religión, de relación con Dios, en nuestro caso el sentido de ser cristiano. Buscarle el sentido hondo, no es romper por romper. Es lo que nos está planteando Jesús en este evangelio de hoy.

La situación en la que vivían los judíos no era ni fácil ni buena. Se sentían, es cierto, herederos de una fe, la pascua judía lo venía a manifestar, porque ellos estaban siempre recordando como Dios había liberado a sus padres de la opresión de Egipto y los había conducido por el desierto hasta traerles a aquella tierra que les había prometido. En el Sinaí habían hecho aquel pacto, aquella alianza porque la que ellos se sentían el pueblo de Dios y confesaban que Yahvé era su único Dios. Con la Alianza habían recibido los mandamientos que eran como el cauce por el que había de discurrir sus vidas. Claro que aquellos diez mandamientos se habían multiplicado en una infinidad de normas y preceptos que venían a regular toda la vida del creyente judío. Al final andaban confundidos y hasta de esa ley de Dios querían liberarse.

Había aparecido Jesús, como un gran profeta – se preguntaban si no sería El el Mesías – que les hablaba de un Reino nuevo, el Reino de Dios, y a ellos les parecía que todo tenía que cambiar. Es cierto que Jesús les había pedido capacidad de conversión, de cambio, de transformación para poder creer y aceptar ese Reino de Dios. Pensaban que era hora de quitarse esa pesada ley de encima.

Estamos escuchando a Jesús en lo que llamamos el sermón del monte, que comenzó con la proclamación de las bienaventuranzas para quienes aceptaran ese Reino de Dios. Pero en su manera simple de ver las cosas pensaban que todo iba  cambiar. Jesús es claro, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino que ha venido a darle plenitud.

¿Qué significaba el darle plenitud? La ley no había que cumplirla por cumplirla, no era solo cumplimiento rutinario lo que haría caminar los caminos del Reino de Dios. Había que encontrar un sentido, un valor, un por qué de aquellos mandamientos del Señor, encontrar aquello que iba a ser el centro, el meollo que le diera sentido y valor. Y eso sí que nos cuesta, porque eso va a exigir una nueva manera de ver y mirar las cosas, todo lo que hacemos; era darle hondura y sentido que solo en el amor podríamos encontrar.

Hablaba con alguien estos días y me decía qué rollo ese de tener que ir a Misa, y no solo contentarme con cumplir con la misa de los domingos, sino también en otros días o momentos. ¿Un rollo? Yo le preguntaba ¿y por que vas a Misa? ¿Lo haces solo por cumplir, o por realizar algo, allí el cura hace sus rezos, porque yo quiero recordar a mis difuntos y pedir por ellos? ¿Vas a misa solo porque es la fiesta del pueblo y está bien que todos vayamos a la misa y a la procesión?

No puedo ir a misa solo desde esos condicionamientos, tengo que pensar en cómo voy a alimentar mi fe, porque allí se nos proclama y explica la Palabra de Dios; pero tengo que pensar que no soy para ser solo un espectador de unos ritos que allá en altar se realizan, sino que voy a encontrarme con el Señor, a escucharle en lo hondo de mi mismo, al tiempo que voy a alimentarme de El que se hace comida para mi en la Eucaristía; voy a misa, le decía, por algo más hondo que una costumbre o una tradición, una ley que me han impuesto y un simple cumplimiento. Si voy solo por estas razones es cierto que será un aburrimiento porque estoy pensando en otras cosas que podría estar haciendo, será algo frío y sin sentido de fiesta y alegría por mi encuentro con el Señor, porque solo voy a cumplir, a que dejen marcado en el carné de mi vida que he cumplido viniendo a Misa. Será otra la plenitud que tengo que darle a mi celebración.

Es lo que nos está diciendo Jesús, El ha venido a dar plenitud. Ojalá que lo sepamos entender y lo sepamos vivir, porque ese es el que será grande en el Reino de los cielos.

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

viernes, 23 de agosto de 2024

Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

 


Hay preguntas que tenemos que tomárnoslas en serio como qué es lo que realmente nos hace felices y qué es lo más importante para nuestra vida

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

Ni aún en aquello que todos buscaríamos para ser felices, nos pondríamos de acuerdo. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, es cierto, pero bien sabemos que a todos no nos hace felices lo mismo. Intentando ponernos un poco sensatos podremos decir incluso cosas bonitas, de que buscamos la felicidad de los demás, que buscamos aquello en lo que verdaderamente nos realicemos, que tengamos una buena conciencia, y así podríamos decir muchas cosas bonitas, pero en el fondo ¿qué buscamos para ser felices? Y por ahí aparecen nuestras ambiciones, nuestras pasiones, nuestros sueños y hasta nuestros egoísmos de pensar solo en nosotros mismos. Nos daría qué pensar.

Me vale esto como introducción a lo que hoy nos presenta el evangelio. Por medio están las discusiones con Jesús, el pretender dejarlo callado y parece que se van sustituyendo unos a otros en cola buscando un argumento nuevo con el que enfrentarse a Jesús o buscar la manera de dejarlo callado y en evidencia. Ha hecho callar a los saduceos y ahora son los fariseos con los maestros de la ley los que vienen haciendo preguntas.

Pudiera parece una pregunta muy elemental y que nos podría hacer pensar que o tiene sino una única respuesta. Pero bien sabemos que tampoco entre ellos se ponían de acuerdo, y por allá andan precisamente los rigoristas fariseos con su pregunta. Bien sabemos qué hincapié hacían ellos con algunas cosas mientras otras que estaban también en la ley de Moisés las dejaban de lado.

¿Nos pasará a nosotros lo mismo? Poniéndonos sensatos como decíamos antes podemos decir cosas bonitas o aprendidas de memoria;  pero si preguntamos al conjunto de los que nos rodean qué es lo que sería más importante de todo lo que tenemos que hacer como creyentes y como cristianos, nos encontraremos también con las más diversas respuestas. Que si todos tenemos que respetarnos y tratarnos bien, que si nos portamos bien con aquellos que se portan bien con nosotros, que si somos amigos de nuestros amigos pero los demás… ya nos lo pensaremos, que si tenemos que hacer el bien cuando podamos (y ya veremos cuan pocas veces podemos), que si hay que ir de sinceros por la vida y no podemos ser unos fachas para los demás, y desgranaríamos un montón de cosas que irían apareciendo en esta hipotética lluvia de ideas que nos hagamos.

Es más importante de lo que pensamos este planteamiento que se nos hace en el evangelio. Porque no es solamente la pregunta que los maestros de la ley le hicieron a Jesús para ponerlo a prueba – que poco nos importarían hoy las malas intenciones que pudiera tener aquella gente – sino que desde la Palabra de Dios se nos está interrogando a la sinceridad de nuestra vida cuál es ese mandamiento importante.

Nos puede parecer cosa sabida de catecismo la respuesta que estamos escuchando en el evangelio, pero realmente nos preguntamos nosotros por el amor de Dios, por el amor que le tenemos a Dios, como decimos en el catecismo, sobre todas las cosas, o como se nos dice aquí ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. No es cosa baladí, no son meras palabras que podamos poner o quitar según nos convenga, es algo que va a afectar realmente a toda nuestra vida.

Jesús ha venido anunciando la llegada del Reino de Dios, está en el centro de su mensaje, pero repito que no son solo palabras; es poner en verdad a Dios como el centro único de nuestra vida, ‘corazón, alma, mente’, se nos dice. ¿Dios está en verdad en el centro de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, de lo que es la motivación más profunda de nuestra vida? Cuando hacemos examen de conciencia pasamos demasiado rápido por este primer mandamiento, nos lo damos por sabido y por cumplido; pero vayamos analizando lo que hacemos, lo que es nuestra vida de cada día, nuestras preocupaciones y nuestras ocupaciones, ¿qué lugar ocupa Dios en todo ello? ¿También cuando podamos o cuando nos sobre tiempo?

Pero Jesús en la respuesta no se queda ahí, porque nos dice que el segundo es igual de importante.  ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Semejante, no los podemos separar porque el uno se cumple y se realiza en el otro. Y porque no estamos hablando de un amor cualquiera. ‘Como a ti mismo’, nos dice. Y amarnos a nosotros mismos eso sí que lo haremos. Y ya sabemos cuantas cosas podríamos señalar para decir que nos amamos. Porque tenemos que amarnos porque amamos la vida y queremos vivir, y buscar lo mejor, y darle la mayor dignidad a la vida, y hacernos querer y respetar, y valorar lo que somos como nos gozamos también en lo que hacemos, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas. Pues nos dice Jesús ‘y a tu prójimo como a ti mismo’.

Y nos concluirá Jesús que ‘en estos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. Está respondiendo Jesús a unos maestros de la ley. ¿Por dónde ha de ir nuestra búsqueda de la felicidad, como habíamos comenzado planteándonos? ¿Qué es lo realmente importante para nuestra vida?

martes, 6 de agosto de 2024

Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

 


Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos  y  lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

Daniel 7, 9-10. 13-14; Salmo 96; Marcos 9, 2-10

‘No termino de entenderte’, le decimos quizás en un momento determinado a alguien con quien manteníamos una buena amistad, pero cada día van saliendo aspectos distintos de la persona que en cierto modo nos descolocan entre aquello que nosotros pensábamos que era, en la imagen idealizada que nos habíamos forjado de dicha persona, o lo que nos gustaría que fuese porque así de alguna manera también parece que nosotros ganaríamos, y cosas que nos dice ahora que pueden parecer que van en contra de todo lo que hasta ahora habíamos conocido. Nos sentimos como en contradicción, nos sentimos que no sabemos en qué quedarnos, hasta quizás intentaríamos convencerle de que las cosas no son así.

¿Les pasaba algo de esto a los discípulos que seguían a Jesús? Con El se habían entusiasmado desde un principio, sus palabras, sus gestos, sus signos parecían un rayo de esperanza de que algo nuevo iba a suceder; comenzaban a vislumbrar un misterio en Jesús pero de alguna manera se dejaban llevar por los entusiasmos que lo querían reconocer como profeta y como Mesías; pero aun ahí había muchas cosas que no encajaban y que a ellos les costaba aceptar.

Mientras las gentes se entusiasman y hasta quieren hacerle rey, aunque el prudentemente se retira a la montaña lejos de aquellos entusiasmos como cuando sucedió lo de la multiplicación de los panes, ahora viene diciendo Jesús que le esperan momentos de dolor y de sufrimiento. Eso ya no les cabía en la cabeza, Pedro incluso tratará de quitarle a Jesús esa idea de la cabeza aunque va a sufrir un rechazo fuerte de Jesús. Y es que Pedro había hecho antes una confesión en que lo reconocía como Mesías, Jesús no lo había negado, pero le había dicho que aquello no era cosa salida de él, sino revelada del cielo. Pero Jesús insiste en lo que va a significar aquella subida a Jerusalén que ahora están emprendiendo.

¿Se pondría en crisis la fe que los discípulos tenían en Jesús con aquellos acontecimientos? Como Jesús hace siempre quiere preparar a sus discípulos, aunque a ellos les cueste mucho aceptar algunas enseñanzas de Jesús. Tendrán que reconocerle, es cierto, como Señor y Mesías, pero antes han de pasar por un calvario de pasión y de muerte que les hará tambalear en sus convicciones. Por eso ahora Jesús, mientras van recorriendo las llanuras y valles de Galilea poniéndose ya en camino hacia Jerusalén, se lleva a tres de sus discípulos con Él a una montaña alta. Era habitual que en medio de todos aquellos ajetreos de un lado para otro, Jesús siempre encontrará el momento para la soledad, para el silencio, para la oración, para el encuentro con Dios su Padre.

Es lo que va a suceder en aquella montaña que se eleva entre las llanuras de Galilea y que todos identificamos con el monte Tabor. Y allí, estando en oración, Jesús se transfigura en presencia de sus discípulos; su rostro resplandeciendo, sus vestidos de un blanco deslumbrador, y lo más que van percibiendo los discípulos, allí aparecen Moisés y Elías, los signos del Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas; una nube que los envuelve cuando Pedro se siente en la gloria y querrá quedarse allí para siempre, ya está pensando en construir tres tiendas, no para ellos sino para Jesús, Moisés y Elías.

Y es entonces cuando se escucha la voz venida del cielo, ‘Este es mi Hijo, en quien me complazco’. Ha aparecido la gloria de Dios y ellos caen aturdidos por tierra. Allí se les está revelando quien es Jesús; aquel Jesús a quien habían seguido, aquel Jesús por quien estaban dispuestos incluso a dar la vida, si fuera necesario, aquel Jesús que veían venido de Dios porque hablaba cosas de Dios, pero al que no terminaban de descubrir del todo en su misterio, aquel Jesús que a veces les desconcertaba pero al que siempre querían seguir. La voz del cielo lo estaba señalando verdaderamente como Hijo amado de Dios; aquello tenía que fortalecer su fe en los momentos duros y difíciles que se les avecinaban, pero era algo que debían llevar en el corazón  hasta que tras su muerte y resurrección terminarán de comprender. Por eso les dice Jesús que no hablen de ello hasta después de la resurrección, aunque aun ellos siguen sin entender. Será entonces cuando en verdad lo van a proclamar como el Señor; Dios lo había resucitado de entre los muertos, dirían más tarde, y Dios lo ha constituido Señor y Mesías.  Todo aquello iba a ser el alimento de su fe, en todo aquello habían de descubrir el verdadero meollo de su fe en Jesús.

Nosotros hoy, en esta fiesta de la Transfiguración del Señor, también lo contemplamos y lo celebramos; queremos alimentar también nuestra fe, queremos sentirnos fuertes para no dejarnos arrastrar por tantas influencias que recibamos del mundo que nos rodea. Es la manera cómo tenemos que contemplar a Jesús, es la manera como lo vamos a sentir en lo más hondo de nosotros mismos, es la manera como también tenemos que proclamarlo, dar testimonio ante el mundo que nos rodea.


miércoles, 12 de junio de 2024

Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

 


Amar no es una cosa cualquiera, es algo profundo que nos transforma desde dentro, no es simplemente hacer cosas buenas, en el amor encontraremos la plenitud de nuestro ser

1 Reyes 18, 20-39; Salmo 15; Mateo 5, 17-19

Bueno, yo trato de ser bueno con todo el mundo, intento no molestar ni ofender a nadie, soy amigo de mis amigos y ayudo a los que me ayudan, pero que no se metan conmigo, que yo tampoco me meto con nadie, no necesita más, ni tanto rezo, ni tanta Iglesia, que para ser bueno no necesita más.

Así piensan algunos y actúan en consecuencia y por supuesto respetamos y valoramos la congruencia que pueda haber en sus vidas, así sentimos en ocasiones la tentación de pensar y de actuar nosotros también, porque quizás la vida nos haya quemado mucho, porque no hemos encontrado las satisfacciones que nosotros queríamos, porque quizá un día recibimos un palo de donde menos esperábamos y nos sentimos defraudados, pero ¿realmente nos podemos quedar satisfechos de un actuar así, de esa manera?

Algunas veces nos volvemos medio anarquistas y quisiéramos quitar todo lo que suene a mandato, que cada uno actúe, decimos, según su conciencia, que no necesitamos mandamientos ni reglas, y estaríamos incluso dispuestos a hacer una revolución en ese sentido. Nos sucede hoy, pero han sido cosas que han sucedido en todos los tiempos. En cierto modo añoramos revoluciones que todo lo cambien, que eliminen todo lo del pasado y que comencemos de nuevo y de cero. ¿No será algo de esto también lo que estamos viendo en nuestra sociedad hoy con movimientos que decimos nuevos que surgen, pero que son tan antiguos como toda la historia de la humanidad?

Algunos también cuando Jesús comenzó a predicar por Galilea y hablaba de algo nuevo cuando hablaba del Reino de Dios, quizás de alguna manera estaban pensando en una revoluciona si. Había entonces también ciertos movimientos de resistencia, de renovación, de deseos de cambio, que en cierto modo lo concretaban algunos sectores en una liberación de Israel de yugos extranjeros que consideraban opresores. ¿Se habrían imaginado que Jesús iba por esos caminos? Algunas inquietudes en ciertos sectores iban apareciendo en quienes de entrada rechazaban a Jesús.

Pero hoy vemos que Jesús habla claro. Estamos en lo que llamamos el sermón del monte, por el lugar en que sitúa Mateo estas palabras de Jesús que vienen a ser como un resumen de lo que El venía a enseñarnos lo que era el Reino de Dios que anunciaba. Era la Buena Noticia que había que aceptar y creer en ella, y para lo que se necesitaba también una renovación profunda del corazón; por eso hablaba Jesús de conversión.

Y Jesús nos habla de que El no viene a anular la ley, sino a darle plenitud. Como decíamos antes queremos quitar de en medio todo lo que signifique mandato, mandamiento, reglas de vida, porque pensamos que todo eso coarta nuestra libertad; claro consideramos que libertad es hacer lo que a cada uno le de la gana. Pero Jesús viene a decirnos que lo que tenemos que hacer es encontrar el sentido de esos mandamientos; como nos dice El, que le demos plenitud, que le demos sentido, que le demos hondura a la vida.

No se trata de que vayamos como corderitos cumpliendo a la letra lo que son las normas, si para nosotros no tienen sentido; entonces sí que estaríamos siendo de alguna manera esclavos de la letra. Jesús quiere que le demos plenitud, que encontremos de verdad el sentido de todas las cosas. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley’.

Es el verdadero camino que hemos de hacer. Y Jesús vendrá a decirnos a lo largo de todo este sermón de la montaña que será el amor en lo que encontremos esa plenitud, pero eso nos dirá al final que es su único mandamiento. Pero amar no es una cosa cualquiera; amar es algo profundo que nos transforma desde dentro; amar no es simplemente hacer cosas buenas, sino que Jesús nos irá hablando de la amplitud de todo lo que significa ese amar. Ya lo iremos escuchando.

¿Cuál es la postura que allá en lo más hondo de nosotros mismos tenemos ante los mandamientos del Señor?

viernes, 25 de agosto de 2023

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón


 

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón 

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40 

¿Qué es lo importante? ¿Qué es lo principal? Son preguntas que con frecuencia nos hacemos en la vida. Queremos resumir un mensaje o una lección que se nos ha ofrecido o que quizás tenemos que transmitir y terminamos resaltando aquello que es lo más importante de dicho mensaje. Vemos unos acontecimientos en nuestro entorno que nos pueden afectar o donde quizás podemos intervenir y naturalmente buscamos aquel que más nos interesa, aquel que consideramos más importante. Tenemos ante nosotros una lista, digámoslo así, de posibilidades en nuestros estudios o en nuestro trabajo y también buscaremos lo que es más fundamental para dedicarnos a ello con mayor ahínco. 

Ahora vienen a plantearle a Jesús también qué es lo más importante. Claro que en la pregunta se ocultan ciertas reticencias y desconfianzas y de alguna manera también están buscando algo en lo que diga Jesús con lo que poder desprestigiarlo, porque realmente la presencia y la enseñanza de Jesús les está molestando. Los saduceos que con sus preguntas capciosas trataban de enrollar de mala manera a Jesús se vieron descubiertos ante la sabiduría de Jesús. Ahora son los fariseos los que vienen a Jesús con una pregunta que parece inocente, pero vienen también con sus aviesas intenciones. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?’ 

En cierto modo para aquel pueblo confundido era necesario quizás hacerse esta misma pregunta, aunque estaba muy claro en la Escritura santa de la Ley y los Profetas. De muchos mandamientos habían ido envolviéndose en sus interpretaciones y en sus exigencias, de manera que la gente sencilla al final les costaba comprender cual era de verdad el meollo de la ley del Señor. Pero la pregunta no pretendía, por otra parte, poner claridad en medio de aquella confusión de tantos preceptos, sino que también venía con la intención de coger a Jesús en sus palabras y tener de qué acusarlo. 

Pero la sabiduría de Dios supera todas esas mezquinas intenciones con que andamos tantas veces los hombres. Y Jesús claramente repetirá lo que estaba en la Escritura Santa, y que además todo buen judío debía incluso saberse de memoria porque era algo que repetían continuamente a la entrada o a la salida de casa, al ponerse en camino cada día o al iniciar cada tarea casi como una oración y como una profesión de fe. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús no se queda ahí, lo que podría ser el primer mandamiento, sino que añadirá, ‘este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él, amará a tu prójimo como a ti mismo’. 

Es sí, una confesión de fe, nos viene a decir Jesús.  Es el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Qué importante esto cuando Jesús tanto nos ha hablado del Reino de Dios. El Reino de Dios no son cosas, el Reino de Dios no son solo unas actitudes más o menos buenos que podamos tener hacia los demás, el Reino de Dios no son unos comportamientos humanos que nosotros tengamos con los otros. El Reino de Dios tiene que comenzar por ese reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. No es nuestro reino, no somos nosotros con las cosas más o menos buenas que podamos realizar. Es reconocer el Reinado de Dios, que es nuestro único Señor; luego vendrán las consecuencias de cómo vamos nosotros a manifestar ese Reino de Dios. Pero el centro de todo lo ponemos en Dios, a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida. 

Pero claro que nos dirá luego que el segundo es semejante, que al segundo también hemos de darle toda la importancia porque es tan equivalente que no podemos cumplir uno sin el otro. Ni podremos amar a Dios con todo nuestro amor si no amamos al prójimo, ni podremos amar al prójimo con toda la intensidad que le hemos de dar a ese amor si no amamos a Dios. Por eso nos dirá Jesús que es semejante. 

Y nos vendrá a concluir Jesús que ahí está resumido todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. ¿Cuál es lo primero y lo principal en lo que hemos de centrar nuestra vida cristiana, nuestra vida de seguimiento de Jesús? ¿Será eso lo primero y principal para nuestra vida como cristianos? Aquí tendríamos muchas cosas que revisar, empezando porque veces nos preguntamos cómo es el amor que le tenemos a Dios. Creemos y amamos, vamos a decir que es cierto, pero ¿cuál es la intensidad que ponemos en ese amor? Comparemos un poco con otros amores que tenemos en la vida y que consideramos importantes. 

 


miércoles, 14 de junio de 2023

Descubrir la novedad del evangelio, no podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, para darle verdadera plenitud a nuestra vida

 

Descubrir la novedad del evangelio, no podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, para darle verdadera plenitud a nuestra vida

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Somos muy dados a hacer cambien; bueno, estoy hay que matizarlo, en lo que nos conviene. Por supuesto que todos queremos mejorar y ese camino de superación nos exigirá cambios; pero esos son los que cuestan cuando son exigencias de renovación en lo más hondo de nuestra vida personal. Preferimos los cambios en el exterior, lo que se puede quedar en una fantochada y en vanidad; preferimos los cambios para los demás, pero yo tengo mis costumbres y no hay quien me las cambie; preferimos cambios en las leyes, que habría que preguntarse si en verdad objetivamente buscan siempre lo mejor para regular nuestra convivencia, o simplemente es la ideología del mandatario de turno lo que quiere imponerse.

Hay principios, hay valores que son esenciales, son fundamentales; algunas veces pueden entrar en contradicción con nuestros gustos particulares, con nuestras pasiones, con nuestros intereses, y entonces queremos cambiar aquello que es fundamental simplemente buscando mi satisfacción personal, mi gusto o mi capricho. Pero sin querer ser pesimistas, siempre ha sido así, en todos los tiempos, y vienen todo tipo de revoluciones y queremos cambiarlo todo. Nos sucede hoy, lo estamos viendo continuamente, y ha sucedido en todos los tiempos.

La predicación despertaba inquietudes en los corazones, renacían las esperanzas perdidas o ahogadas en aquel mundo de falta de libertad, de opresión, de pobreza en que vivían. Lo que iban escuchando en aquel sermón de la montaña les había estar especialmente atentos y despiertos, porque aquel sentido nuevo que Jesús presentaba era realmente algo nuevo. Boquiabiertos se habían quedado al escuchar las bienaventuranzas y como sucede siempre se despiertan ilusiones, sienten que llegaba la hora del Mesías, aunque ellos se habían creado una imagen que contrastaba con lo que Jesús les iba proponiendo.

Era como una revolución, todo había que cambiar, como siempre pensamos en la hora de las revoluciones, aunque no sepamos bien que es lo que buscamos, o qué es lo que realmente habría que cambiar. Con Jesús sentían sin embargo que iba a ser distinto, porque El estaba mirando los corazones y estaba pidiendo que para poder entrar en la orbita del Reino de que anunciaba el cambio había de ser desde dentro, aunque no terminaran de entenderlo.

Pero Jesús advierte, no viene El a cambiar la ley y los profetas. Ahí estaba contenido lo fundamental, porque era la revelación de Dios desde todos los siglos. Lo que tenemos que saber buscar qué es realmente la voluntad de Dios. Y en eso dentro tenemos que poner más empeño. Porque eso que nos está pidiendo Dios como algo verdaderamente fundamental de la vida no se puede cambiar. Jesús nos dice que viene a dar plenitud.

Ahí está entonces nuestra tarea, porque tiene que ser algo que se produzca en lo más profundo de nosotros mismos; su primer anuncio invitaba precisamente a la conversión, para poder creer en lo nuevo que Jesús venía a ofrecernos. Es lo que nos cuesta. Preferimos los cambios externos que pongan las cosas muy bonitas, muy adornadas, con bellas apariencias, que al final que se quedan en vanidades.

Es el camino que hemos de aprender a tomar, y dejarnos de chiquilladas de cambios de normas y de leyes. Es descubrir lo nuevo que en verdad nos ofrece el evangelio, porque tampoco podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, dejando las cosas como han estado siempre. Y cuidado andemos de nuevo buscando adornos bonitos; cuidado que estemos olvidando toda la renovación que nos pedía el concilio Vaticano II  para encontrar esa renovación profunda de la Iglesia, pero en especial de cada uno de nosotros.

Tendencias tenemos a buscar de nuevo esas florituras y nos olvidemos de coger con valentía el evangelio en nuestras manos para plantarlo de verdad en el corazón. Nos falta evangelio y nos sobran devociones y florituras. Nos sobran tradiciones y nos falta valentía y energía para lanzarnos por el mundo a hacer un anuncio de Jesús y del Reino de Dios. Nos sobran orgullos de una fe que decimos heredada desde siempre y nos falta arriesgarnos para ir con el evangelio en la mano y en el corazón a esas periferias de pobreza, de increencia, de indiferencia y de materialismo que nos están rodeando y que nos pueden comer si no fortalecemos en verdad nuestra fe y nuestro ser cristiano.

Esa sería la verdadera revolución que el evangelio de Jesús produciría primero que nada en nosotros, en nuestro corazón para transformar nuestro mundo.

miércoles, 15 de marzo de 2023

El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

 


El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147; Mateo 5, 17-19

Tenemos una fácil tendencia, no sé si nacida de nuestros orgullos y autosuficiencias, de que nos creemos que nosotros podemos hacer siempre las cosas mejor que los demás; parece que nunca fuera válido lo que otros hacen, lo que está establecido con la autoridad de los siglos o de la experiencia, y como tengamos oportunidad echamos abajo lo que otros han edificado, porque para nuestro entender, no vale y nosotros somos capaces de hacerlo mejor.

Es resultado muchas veces también de unas ideologías, que aun hablando mucho de democracia, se convierten en absolutismos, porque todo hay que hacerlo desde aquella ideología y de lo contrario no valdría para nada lo hecho anteriormente. Son los cambios constantes que vemos en la sociedad según sea el dirigente de turno, digámoslo así, y la destrucción que realmente poco nos hace avanzar, si negamos siempre la fortaleza de lo que siempre nos ha servido de cimiento. No es conservadurismo a ultranza, es sensatez y valentía para descubrir también lo bueno que han hecho otros. ¿Aprenderemos alguna vez?

Pero esto no es nuevo, es algo que ha estado en la aspiración de muchos a través de todos los tiempos; origen de revoluciones, de cambios y transformaciones, y que ha sido realmente el camino que a lo lago de los siglos hemos repetido una y otra vez, porque al final todos estamos repitiendo esas mismas cosas de no respetar ni valorar lo que los contrarios hacen o han hecho.

¿Qué estaba sucediendo en el entorno de Jesús? En su predicación veían algo nuevo, se despertaban muchas esperanzas también para una situación social que vivían con dureza en aquellos tiempos. Fácilmente el mensaje de Jesús podía tergiversarse también, por eso la idea que tenían de lo que había de ser y de hacer el Mesías. Es cierto que Jesús estaba pidiendo un cambio, pero que no era un cambio externo, sino que tenía que partir del corazón. La palabra conversión que Jesús proclamaba no era una revolución en que todo cambiase. Para algunos quizás incluso la ley Mosaica que era el fundamento del pueblo judío en todos los aspectos, podía parecer anticuada, mientras otros la recargaban con normas y preceptos que quizás podían hacerle perder su sentido más profundo. En las palabras de Jesús aventuraban un cambio.

Plantea, es cierto, un nuevo estilo y sentido de vida, una nueva forma de entender la relación con Dios pero también la relación con los demás. ¿Eso podría significar que habría que cambiar la ley de Moisés? Jesús tajantemente en el sermón del monte, donde precisamente nos está ofreciendo esa nueva visión, nos dice que El no ha venido a abolir la ley ni los profetas, El ha venido para llevarlo todo a la plenitud; y les habla de la importancia también de lo que nos parece pequeño, pero que será lo que en verdad nos hará grandes en el Reino de los cielos.

¿Podrían llevar a confusión estas palabras de Jesús? ¿Podrían llevarnos a confusión también a nosotros, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan dados como somos a cambios así porque sí de las cosas? Jesús nos habla de plenitud, Jesús nos habla de encontrar el hondo sentido que tiene que tener todo; nos lo da la nueva visión que nos da de Dios, pero nos lo da también la visión que nos está dando de la persona, de toda persona, que siempre tiene que ser la importante y donde el respeto y el amor tiene que estar por encima de todo.

No es cumplir la ley como quien tiene un yugo atado sobre si y no le queda más remedio que caminar por donde le llevan; tiene que ser algo nuevo y distinto, es comprender el lugar que tiene que ocupar Dios en la vida de la persona, de toda persona, para comprender también el lugar del hombre, el lugar de la persona, de toda persona en mi vida. es mirarlo de otra manera, es descubrir su dignidad y su grandeza, es la valoración que hacemos siempre del otro, es el respeto que le tenemos, es la mano tendida para caminar juntos, es el sentir esos nuevos lazos de amor que nos acercan los unos a los otros y nos mantienen en una nueva comunión.

Y desde ahí nos daremos cuenta que el mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor. En nombre de ese mandamiento del Señor nunca podremos humillar a nadie, nunca podremos cerrar nuestro corazón a su necesidad, nunca crearemos fosos y abismos que nos distancien, siempre estaremos tendiendo lazos y puentes que nos acerquen, siempre estaremos busco lo bueno, el bien, la verdad que nos llevará por caminos de justicia y de paz.

Y todo eso no tiene que estar cambiando a cada nuevo viento que nos llegue, todo eso va a ser el carril por donde siempre haré circular mi vida. Todo eso hará que en verdad estemos construyendo un mundo mejor. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que viene a realizar.