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sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

viernes, 19 de julio de 2019

Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor


Sepamos buscar las motivaciones hondas que dan sentido y plenitud a lo que hacemos como respuesta de un corazón agradecido y siempre lleno de amor

 Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8
Siempre hay alguien que está en su punto, en el punto exacto. Y no habla de perfección sino de esos perfeccionistas que están en el punto exacto para decirnos donde nos pasamos, donde nos quedamos cortos, aquello que no hicimos bien según sus normas; parece que están al acecho a ver como nos cogen en algún renuncio, como se suele decir. Siempre ha habido esos perfeccionistas, esos que miden milimétricamente las cosas, pero sobre todo lo que hacen los demás, pero sin contar con la realidad de lo que cada uno es, de lo que cada uno puede hacer o las cosas que pudieran darnos la razón en lo que hacemos aunque a ellos les parezca mal.
Son los que van con el juicio y la condena por delante, parece como si tuvieran ya preparada de antemano las sentencias para caer encima y para condenar. No dejan pasar una. Perfeccionistas, decíamos antes por definirlos de alguna manera, pero que exigen la perfección de los demás en el cumplimiento riguroso de las normas, pero que no lo son tanto para sí mismos porque ahí siempre encontrarán justificaciones o se harán sus propias rebajas.
¿Se puede ser así de verdad y tener algo de humanidad en el corazón? Nos hacemos la vida cuadriculada y todo tenemos que meterlo en su cuadricula, aunque sea a la fuerza. Se nos hace insoportable una vida así y es que además nos hacemos insoportables para los demás. No somos capaces de tener la flexibilidad necesaria para contar con lo que cada uno puede hacer, o con las debilidades que todos tenemos que si fuéramos capaces de reconocerlas seríamos más humanos con los demás.
Todo este comentario muy en lo humano que nos venimos haciendo parte de aquel episodio en que caminando de un lado para otro como iban con Jesús pasaron en un sábado por un sembrado e hicieron eso que se hace tan espontáneamente como arrancar unas espigas, estrujarlas con las manos y comerse los granos. Pero ya vemos quienes están allí al acecho. ¿Sería el mediodía? ¿Vendrían cansados del camino y tendrían ya ganas de comer? Son cosas que se hacen de forma espontánea y que quizá alivian la fatiga del camino. Pero era sábado y allí están los observantes cumplidores de la ley. 
Normas que en su origen eran de gran sabiduría y que buscaban humanidad, cuando entran de camino los rigorismos se convierten en inhumanas y pierden todo su sentido. En la ley mosaica era de gran sabiduría el que se dedicara un día de la semana al descanso por una parte y al culto al Señor por otra. Humanamente era hacer que el hombre no fuera esclavo del trabajo, liberando un día para su descanso, ni nadie pudiera manipular a la persona haciéndola su esclava de su trabajo. La ley en su sentido era estricta pero al mismo tiempo liberadora y humana. Serán luego los rigorismos lo que la hagan inhumana porque llegaba incluso a que se pudiera ayudar a la persona a causa de la prohibición de trabajar.
Estaba también el sentido religioso de la vida y de la persona que de quien único se sentía dependiente era de Dios y a quien habían de dar culto. Ese día del descanso sería la ocasión y oportunidad para con mayor serenidad poder escuchar la Palabra de Dios y cantar su alabanza. No es algo que solo debamos de cumplir por la obligación de una ley, sino que ha de ser la respuesta agradecida de la criatura a su Creador.
Ya sabemos bien que hasta las mejores cosas las podemos malear cuando le hacemos perder su sentido y su valor. Nacen así las imposiciones y las normas estrictas que hay que cumplir así porque sí. No será entonces la respuesta de un corazón agradecido ni de un amor verdaderamente libre y humano lo que hagamos simplemente por obligación. Por eso hemos de saber buscar las motivaciones hondas para hacer lo que hacemos dando plenitud a cuanto hagamos porque lo hagamos siempre desde el sentido del amor.