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lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

martes, 20 de enero de 2026

Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

 


Dios quiere siempre el bien del hombre, es lo importante, con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios

1 Samuel 16, 1-13; Salmo 88; Marcos 2, 23-28

No podemos confundir la baranda del camino que sirve para apoyarnos y evitar peligros con el mismo camino; nuestros pies han de ir pisando seguros por el camino, nunca por encima de la baranda. Y muchas veces nos confundimos y le damos más importancia a las cosas circunstanciales que simplemente tenemos como ayuda que a lo que es verdaderamente lo fundamental, lo que tiene que ser esencial en nuestra existencia. Las cosas están a nuestro servicio, no nosotros al servicio de las cosas. Las normas nos marcan aquellas pautas que nos sirven para no desviarnos, pero tenemos que ir a lo fundamental y nosotros los cristianos tenemos como fundamental la Palabra de Dios. No es ya la pauta de nuestra vida, sino lo que da sentido a nuestra vida. Qué importante entonces que nos envolvamos de evangelio, nos empapemos de evangelio porque no puede ser una cosa externa sino algo que eche raíces en lo más hondo de nosotros.

No es un camino fácil, el discernir de verdad lo que el Señor quiere de nosotros, lo que el Señor nos dice, lo que es en verdad su Palabra, que entonces será siempre para nosotros una palabra salvadora, una palabra de salvación. Pero le hemos hecho tantos añadidos que luego consideramos fundamentales que al final nos crea confusión. Por eso abrimos nuestro espíritu a su Espíritu que es el que verdad nos guía allá en lo más hondo del corazón.

En la palabra de Dios que hoy escuchamos tenemos dos muestras de ello. Por una parte Dios ha confiado al profeta Samuel para que elija a un nuevo rey para su pueblo. En sus criterios humanos, incluso con toda su visión profética, según van apareciendo los distintos hijos de Jesé piensa el profeta que tiene delante el elegido del Señor, sin embargo el espíritu divino lo va guiando para que descarte a aquellos que a él humanamente le parecen los mejores, hasta que llega el más pequeño, al que han enviado lejos a cuidar de sus rebaños, pero que es el elegido del Señor. Dios no mira los ojos, no se queda en lo externo, sino que mira el corazón. ¿Sabremos hacerlo?

Por otra parte tenemos en el evangelio la exigencia ‘según la ley’ de guardar el descanso sabático y los fariseos se quejan de que los discípulos de Jesús ‘no están cumpliendo la ley’. ¿Qué será más importante? ¿El cumplimiento formal de la ley, salga el sol por donde salga como se suele decir, o el bien del hombre, el bien de la persona? Una ley o norma que en su origen tenia como función el bien de la persona cuidando el descanso de los que trabajaban que también se convirtió en ocasión para la alabanza del Creador, pero que se había convertido en algo inviolable aunque no se buscara el bien de las personas. ¿En qué tenemos que fijarnos? Dios quiere siempre el bien del hombre, y eso es lo importante en lo que  hemos de fijarnos porque con ello es como en verdad estaremos dando gloria a Dios, porque esa es la voluntad de Dios.

Fijémonos que de los diez mandamientos solo tres se expresan como una forma de alabar y bendecir a Dios, pero cada uno de los restantes mandamientos buscan el bien de la persona, cuidando nuestra propia dignidad en la rectitud con que hemos de vivir pero al mismo tiempo con el respeto a las personas que están a nuestro lado a las que de ninguna manera podemos hacer daño, sino más bien mostrar nuestro amor y nuestro respeto. Con ello, pues, estaremos mostrando la gloria de Dios, bendiciendo al Señor nuestro Dios.

Buscad el Reino de Dios y su justicia, nos dirá el evangelio en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura.

viernes, 31 de octubre de 2025

Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

 


Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros, nos dejamos ir por los carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario

Romanos 9,1-5; Salmo 147; Lucas 14,1-6

¿Cuáles son las cosas por las que en el día a día de nuestra vida somos capaces de dejarlo todo por conseguirlo? No quisiera que diéramos una respuesta, por así decirlo, de memoria, de libro de principios, porque en teoría podemos saber muchas cosas, pero quiero que pensemos miremos lo que son esas cosas que traemos entre manos todos los días. Seguro que cuando se tocan esas cosas que nos suenan en el bolsillo, cuando se trata de pérdidas o de ganancias en lo material y en lo económico ya sabemos por donde corremos.

¿Será la incongruencia en que vivimos? Parece como si estuviéramos divididos entre los valores materiales o ganancias que no queremos perder y lo que podríamos llamar principios fundamentales que quedan muy bien en el papel para ponerles incluso un marco muy bonito, pero que no es realmente por lo que más nos preocupamos.

Hoy nos dice el evangelista que cuando llegó Jesús a aquel lugar andaban al acecho, a ver lo que hacía. Y allí en medio de todos había un hombre enfermo que tenía que estar sufriendo mucho porque su enfermedad resulta hasta incómoda y molesta. Aquellos cumplidores a rajatabla de la ley de Moisés estaban pendientes de Jesús y era un sábado. ¿Qué haría Jesús? Lo que le dictaba el amor, era, por así decirlo, algo como espontáneo que se desprendía de Jesús. Curó a aquel hombre, dispuesto incluso a llevar con paciencia las impertinencias de aquellos cumplidores. Pero Jesús, por así decirlo, les tocó los bolsillos. Si un buey o un asno, les dice Jesús,  – tan importante para sus trabajos y para sus ganancias en consecuencia – se os cae en un pozo un sábado, ¿no os afanáis haciendo lo que sea para sacarlo y no perderlo? ¿Dónde se quedaba el cumplimiento de la ley y el descanso sabático?

Es importante que en la vida tengamos las cosas claras, no como fórmulas o protocolos que tengamos muy detallados en el cuadro de honor de nuestros principios, sino como algo de lo que estemos tan empapados que nos salga espontáneamente nuestro actuar. Cuando amamos de verdad no vamos a estar con la cinta métrica para ver hasta donde tenemos que llegar, aunque sea a lo mínimo, para no quedarnos cortos.

El amor no tiene medida, el que ama de verdad ama sin medida, no pide el carné de identidad a ver a quien tenemos que amar o las credenciales para saber si es digno de nuestro amor. Amamos y nos damos y no estamos mirando cuánto nos queda en el cesto para nosotros. No hacemos otra cosa que imitar a Jesús; no hacemos otras cosas que dejarnos ir por esos carriles del amor dispuestos a llegar hasta donde sea necesario. Es la humanidad que vamos poniendo en la vida.

Cuando nos ponemos a reflexionar sobre estas cosas muchos y dispares pueden ser los pensamientos que vienen a nuestra mente. Es fácil ponernos a ver las cosas negras y nos parezca que en el mundo de hoy se ha perdido toda sensibilidad, que todo es violencia y que nos inunda una ola de desamor. Hay nubarrones, no lo vamos a negar, pero también podemos advertir  que en ciertos sectores se está despertando una bonita sensibilidad, que vemos a muchos jóvenes que en su rebeldía están queriendo hacer algo nuevo y surgen grupos, asociaciones y movimientos que nos están haciendo un llamado continuamente a la solidaridad y a la justicia.

Muchos no parten quizás desde un compromiso de su fe, pero sí es cierto que quieren poner humanidad en la vida y en el mundo. Y tenemos que apreciarlo, y motivarlo, y ayudar a que crezca esa marea de solidaridad. Y ahí tenemos que estar nosotros los cristianos, los primeros, en primera fila, porque sabemos que son signos de algo bueno que va surgiendo en nuestro mundo y se pueden convertir con nuestra presencia en señales también del Reino de Dios para nuestro mundo.

No podemos quedarnos a la distancia y como espectadores; tenemos que ser actores también en esa nueva marea de solidaridad que puede ir surgiendo en nuestro entorno. Ahí tenemos que estar presentes, porque no podemos dejar que sigan muriendo tantos en la enfermedad de su vida, porque no hemos sabido nosotros acercarnos para poner nuestra mano para curar a ese mundo enfermo.


lunes, 27 de octubre de 2025

Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 


Una verdadera compasión en nuestra vida nos lleva siempre a actuar de inmediato, signo de la verdadera liberación que Jesús nos viene a ofrecer

 Romanos 8,12-17; Salmo 67; Lucas 13,10-17

Está bien, le decimos a alguien que nos viene a contar un problema, una necesidad, pero yo ahora no puedo hacer nada, lo siento mucho, le decimos quizás mostrando compasión, pero vamos a dejarlo para mañana y veremos de encontrar alguna solución. Lo habremos hecho alguna vez, pero es lo que vemos muchas veces cuando alguien desde su pobreza o necesidad, desde los problemas que está padeciendo acude a una oficina, acude a una institución, acude a unos servicios llamados sociales, pero le dan largas, les dicen que es difícil, que tiene que traer no sé cuantas justificaciones y la persona se va con su pobreza, mientras aquel que tenía que atenderla sigue con sus rutinas, pero a él no le faltará un sueldo a final de jornada o a final de mes.

¿Dónde está la humanidad? ¿Dónde está la verdadera compasión? La compasión no puede ser como una emoción del momento, si no comenzamos a actuar en el mismo instante que conocemos la necesidad. Pero vamos por la vida demasiado insensibilizados, nos falta verdadera humanidad. Y cuesta encontrarla. Seguimos pensando demasiado en nosotros mismos, mientras nosotros tenemos la cama calentita, por decirlo de alguna manera. Nos cuesta romper esas corazas.

Jesús al llegar un sábado a la sinagoga – era el momento de la proclamación de la ley y los profetas y de la oración de la comunidad, y aprovechaba Jesús para hacer la lectura y hacer el anuncio del Reino de Dios – pero se encuentra con una mujer enferma. Sus dolores quizás la habían imposibilitado de tal manera que andaba siempre encorvada y no podía enderezarse de forma normal. Imaginemos dolores y sufrimientos, imaginemos sus consecuencias por las limitaciones que ello significaba para su vida y para su trabajo. Andamos cojos porque nos duele una rodilla o la cadera y qué pronto hoy buscamos la baja y que socialmente se nos ayude. En aquellos momentos significaba pobreza que podía llevar a situaciones extremas.

Allí donde hay dolor y sufrimiento está pronta la compasión de Jesús. La liberación del mal era la señal del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Liberación significaba redimir a las personas de sus limitaciones y sufrimientos, como señal de la libertad verdadera que en el Reino de Dios vamos a encontrar. Jesús no podía cruzarse de brazos y decir que esperaba, porque además era sábado; y no es que el sábado estuvieran cerradas el despacho del médico o quien pudiera curarla, sino que había una limitaciones a las que se les había dando un tinte religioso por lo que no se podía hacer una curación el sábado, era un trabajo porque era sanar a alguien de su dolor o enfermedad.

Pero Jesús siempre compasivo y misericordioso como era el corazón de Dios venía también a ofrecernos la más profunda liberación. Y la compasión de Jesús le lleva a actuar al instante; llamando a aquella mujer la puso en medio de todos y la curó. Pero también otras muchas dependencias que nos imponemos los hombres que se convierten en esclavitudes. Como había anunciado en la sinagoga de Nazaret venía lleno del Espíritu divino para liberar al hombre de toda opresión; era la buena nueva que había que anunciar a los pobres, ‘los pobres son evangelizados’.

Aquel signo de Jesús en la curación de aquella mujer quería significar mucho, aunque no todos lo comprendieran. La gente se admiraba y daba gloria a Dios por las maravillas que se hacían, pero allá estaba el encargado de la sinagoga diciendo que vinieran otros día para curarse, porque había que guardar el descanso sabático.

¿Dejamos al animal que se ahogue en el pozo si cae en él un sábado o procuraremos sacarlo de inmediato? ¿Y qué hacemos con las personas? Sí, tenemos que seguir preguntándonos cómo de alguna forma Jesús les estaba dando a entender, ¿qué hacemos con las personas? ¿Serán más importantes las normas y los protocolos que la ayuda que le podamos prestar a alguien que está sufriendo? Si seguimos reflexionándolo nos daremos cuenta de muchas situaciones en que le damos más importancia a las cosas, a las reglas, a no sé cuántos ordenamientos que a las personas y la humanidad que tenemos que poner en nuestro trato. Que haya una verdadera compasión en nuestra vida que nos lleve siempre a actuar de inmediato.


sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

miércoles, 22 de enero de 2025

No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

 


No pasemos de largo volviendo nuestra mirada para otro lado para no ver, en esa mirada tiene que estar la mirada de Jesús que nos llega al corazón

Hebreos 7,1-3.15-17; Salmo 109; Marcos 3,1-6

¿Necesitamos también unas medidas, unos pesos, unas reglas para contabilizar el bien que vamos haciendo? Ante esta pregunta seguro que todos responderán con aquello de ‘haz bien y no mires a quien’, que cuando hacemos una cosa buena es porque nos sale del corazón y ponemos todo nuestro amor en lo que hacemos. Es cierto, no lo niego, pero tras esos pensamientos siempre pueden aparecer algunas sombras, no somos tan generosos como decimos, y en más de una ocasión habremos echado en cara a alguien todo lo que hemos hecho por él y siempre no encontramos correspondencia.

Me viene a la mente el recuerdo de cuando con la más buena voluntad del mundo nos insistían mucho en los actos piadosos que pudiéramos hacer y que serían como punto en el carné de nuestra vida cristiana, las misas a las que asistimos, las novenas en las que participamos, las procesiones a las que íbamos ya fuera en la fiesta ya en semana santa, las cofradías a las que nos habíamos apuntado, los primeros viernes de mes que ya nos valían para tener una salvación segura.

Quizás fueron momentos de fervor y religiosidad y se pretendía que tuviéramos como muy importante todo lo que fuera el culto que le diéramos a Dios, pero en nuestra manera de hacer cuentas ya estábamos haciendo la lista de todo lo que habíamos hecho. Pero ¿nos podemos quedar solo en eso? ¿La vivencia del Reino de Dios no tendría que manifestarse en muchas mas cosas? Porque además no se trata de sustituir una religión por otra. Algo más hondo tiene que ser el seguimiento de Jesús.

Me han venido a la mente todas estas consideraciones desde el hecho que se nos relata hoy en el evangelio. Hemos venido viendo últimamente las cuestiones que le planteaban a Jesús en relación a lo del descanso sabático. Hoy nos aparece otra situación similar. Jesús va a la sinagoga y allí hay un hombre con una mano paralizada. Ya todos conocían la reacción de Jesús ante el dolor y el sufrimiento. Además Jesús quería mostrar con lo que hacía las señales del Reino de Dios que se estaba haciendo presente entre ellos. Pero como siempre hay alguien al acecho porque es sábado y curar a alguien era considerado como un trabajo.

Jesús tiene claro cual es su misión y lo que tiene que realizar. Nada le acobarda. De ahí la pregunta que Jesús les hace: ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. El bien de la persona tiene que estar siempre por encima de todo. Y es lo que Jesús realiza. ‘Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: Extiende la mano. La extendió y su mano quedó restablecida’.

¿Estaremos nosotros por esa labor? Cuántas veces pasamos de largo en los caminos de la vida volviendo nuestro rostro para otro lado para no enfrentarnos a esos que nos miran desde su necesidad. No nos gustan esas miradas, decimos muchas veces, pero no nos gustan porque nos llegan al alma, allí donde tendríamos que tomar una decisión y no la tomamos. Prueba a ver en esa mirada los ojos de Jesús que te están mirando. Recordemos lo que El nos dice que cuando hagamos al otro a El se lo hacemos. Si comenzáramos a hacerlo así, otro sería el mundo que estamos construyendo.

 

martes, 21 de enero de 2025

Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

 


Dejémonos de superficialidades y apariencias, busquemos el sentido de las cosas, lo que en verdad valore a las personas, siempre lo que busca la mayor dignidad

Hebreos 6,10-20; Salmo 110; Marcos 2,23-28

Caminando uno por esos mundos de Dios, como solemos decir, nos encontramos con cosas sorprendentes que al final no terminamos de entender por qué se hicieron así o cual sería en verdad su motivación. Podría uno pensar en muchas cosas, pero en este caso pienso en una ciudad que quien nos guiaba nos señalaba una fachada de un edificio y nos decía que tras aquellas paredes monumentales de su frente no había posibilidad alguna de hacer ningún tipo de vivienda por lo poco que tenia de profundidad; no había ningún tipo de vivienda ni nada que pudiera tener alguna utilidad, todo se quedaba en fachada.

Me hace pensar en si algo así nos pueda suceder a nosotros con nuestra vida, incluso con algunas cosas que regulamos para nuestra vida social; todo fachada, pero nada en el interior, todo apariencia pero nada de profundidad en la vida; todo normas y preceptos para decir que tenemos bonitas leyes, pero nada que en verdad esté en servicio del hombre, en servicio de la persona. ¿Hacemos las cosas solo para que sean bonitas? Tenemos sí que cultivar la belleza, pero la belleza será mayor cuando lo que buscamos es el bien de la persona, de toda persona y en nada queremos perjudicar a nadie. Quizás muchas veces estamos buscando tanta perfección de las cosas en si mismas, que nos olvidamos de las personas que tendrían que ser las beneficiadas de aquello que hacemos.

El pueblo de Israel se preciaba de tener las mejores y más sabias leyes de todos los pueblos. Así se manifiestan incluso los textos de la Escritura sagrada; era el orgullo de aquel pueblo el pensar en la sabiduría de sus leyes, porque en su fe sentían que habían sido dictadas por Dios a Moisés. Pero queriendo perfeccionarlas tanto la habían llenado de preceptos y de normas cuyo cumplimiento algunas veces se podía convertir en un suplicio cuando lo hacían con radicalidad.

Contados estaban hasta los pasos que podían dar el sábado para poder dar cumplimiento perfecto al descanso sabático. ¿Qué sentido tenía en su origen aquel precepto sabático del descanso? Primordialmente era el tener tiempo para el culto a Dios, pero al mismo tiempo, y no era de menor importancia, el lograr el descanso de las personas de sus trabajos, para que no cayeran en una esclavitud de ese mismo trabajo. Pero lo habían convertido todo en un precepto religioso tan radical que ya no importaba la persona para su descanso o para su relación con Dios sino era el cumplimiento en si mismo midiendo hasta lo más mínimo lo que pudieran o no pudieran hacer.

De ahí nace la cuestión que le plantean a Jesús los fariseos cuando ven que los discípulos de Jesús mientras van atravesando los sembrados cogen algunas espigas, para abrirse paso o también para echarse a la boca unos granos que mitigase la fatiga del caminar. ¿Era aquello un recolección de la cosecha, un segar aquellos trigales y en consecuencia un trabajo? Seguro que veremos con buenos ojos que tratasen de mitigar su cansancio o incluso sus ganas de echarse algo a la boca mientras iban de camino, porque lo importante eran aquellas personas con su fatiga y su caminar. ¿Había simplemente que cumplir la ley por cumplirla? ¿No sería eso una fachada sin contenido de profundidad detrás?

No podemos hacer las cosas simplemente porque queden bonitas o por quedar nosotros bien con lo que hacemos. Este pueblo, les decía el profeta y les recordaba Jesús, me honra con los labios pero su corazón está bien lejos de mí. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la fachada, cuando nos puede por encima de todo la vanidad, cuando hacemos las cosas simplemente por cumplir, cuando no le hemos dado verdadera profundidad a nuestra vida.

Busquemos el sentido de las cosas, busquemos lo que en verdad valore a las personas, busquemos siempre lo que nos hace vivir con mayor dignidad y con mayor plenitud, busquemos lo que nos hace grandes desde el corazón, busquemos lo que da verdadero sentido a nuestra vida y autentico valor a lo que hacemos. El valor no está en unas ganancias, el valor no son unos adornos que se quedan como oropeles, el valor no está en un brillo que pronto se va a desvanecer, el valor no está en lo superficial. Busquemos lo que tiene que ser el verdadero tesoro del corazón. El evangelio nos ayuda a encontrarlo, porque nos ayuda a encontrarnos con las personas; es el mejor camino para finalmente encontrarnos con Dios.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

 


Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

1 Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Tal como vamos por la vida muchas veces damos la impresión en que cada uno se preocupa de sus cosas, de lo que tiene en la mente, de lo que tiene que hacer, o simplemente de sus sueños o de sus recuerdos; vamos como insensibles, sin fijarnos en nada y nada vemos, sin preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor y no nos enteramos de nada, obsesionados por nuestras ideas o algunas veces nuestras manías y sin capaz de abrir los ojos, no solo de la cara, sino también de la mente para ver más allá. ¿Tiene sentido que caminemos así por la vida? ¿Creemos que con eso al final seremos más felices? Algunos dirán que sí, porque no quieren preocuparse de nada que salga de sus cosas y no quieren implicarse en el sufrimiento de los demás.

Es bien significativo lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús entró en la sinagoga un sábado, nadie se fijó en lo que había a su alrededor; por allá andaban los que se creían los dirigentes, solo obsesionados por lo que Jesús pudiera hacer, porque ya se le hacían sospechosas muchas de las cosas que Jesús hacía o decía. En medio de aquella pequeña asamblea había un hombre con sus sufrimientos, tenía una mano paralizada con todo lo que eso podía significar para su vida, para su trabajo, para su familia, para su subsistencia. Pero cada uno iba a lo suyo; a lo más la gente de buena voluntad iba a hacer sus oraciones o a escuchar la lectura de la ley y los profetas que era lo que ritualmente se hacía en aquellas asambleas de los sábados.

Y es Jesús el que se fija en aquel hombre con todos sus sufrimientos, por el que nadie hacía nada. Y Jesús lo llama y le pide que se ponga en pie en medio de la asamblea. Aquí estaba la ocasión para aquellos que estaban acechando a Jesús a ver lo que hacía un sábado y se ponía a curar saltándose el descanso sabático. Pero allí está la pregunta de Jesús que interroga y que interroga por dentro. Está el sufrimiento de aquel hombre ¿y no se le podía curar? ¿Qué sería lo más importante? ¿Dejarlo en su sufrimiento y en sus limitaciones con todas las consecuencias que aquello podía tener para él y para los suyos o hacer que aquel hombre tuviera una vida distinta y llena de dignidad?

Jesús, como escuchamos en el evangelio, al no tener ninguna respuesta de todos aquellos que estaban allí en la sinagoga - ¿se quedarían mudos? – le pidió al hombre que extendiera su mano. El hombre obedeció a Jesús y quedó curado. Algo tan sencillo, pero donde estaba por medio la fe. Los que se quedaron ciegos pero de rabia fueron todos aquellos que estaban al acecho de lo que hiciera Jesús, pero que no supieron dar respuesta a la pregunta de Jesús.

¿Nos estará pidiendo este evangelio que sepamos abrir los ojos ante el mundo que nos rodea? Vamos demasiado con los ojos cerrados porque no queremos ver, porque sabemos que si vemos y conocemos la realidad necesariamente tenemos que implicarnos aunque eso signifique también complicarnos. Pero no nos queremos complicar; nos pensamos que si comenzamos a implicarnos en algo bueno y en algo distinto ya luego no podremos parar, no podremos detenernos y cada día la vida se nos complicaría más. ¿Qué necesidad tenemos de eso?, nos pensamos.

Pero es que ese no puede ser el camino de los que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Ya lo hemos reflexionado muchas veces y es que Jesús nos está siempre poniendo en camino, en camino y con los ojos abiertos, en camino y con unas posibilidades en nuestras manos que si las utilizáramos veríamos cómo hacemos maravillas. ¿No podemos decir también al que vemos a la orilla del camino que se levante y se ponga en medio, que levante su mano y que levante su vida, que recobre su dignidad y que sepa sentirse bien?

Nos dice Jesús que vayamos curando, que vayamos dando vida, que vayamos levantando la moral de los que se encuentran decaídos a nuestro lado, que vayamos tendiendo nuestras manos para levantar a tantos que siguen postrados en sus camillas de desolación, de desánimo, de aburrimiento de la vida, que vayamos llenando de luz los ojos de los que nos rodean para que reaparezcan las esperanzas… cuántas cosas podemos hacer, a cuantos podemos llenar de vida.

Es el verdadero anuncio que tenemos que hacer de Jesús y de nuestra fe en El. Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

viernes, 19 de julio de 2024

Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

 


Compasión para padecer con los demás, misericordia para poner el corazón en la mirada y en las manos, y solidaridad para sentirnos uno con los que sufren

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11. 12; Mateo 12, 1-8

Navegando por las redes como todos hacemos hoy me encontré un video que para mi fue muy significativo y aleccionador. Se trataba de una escuela en la que la maestra observó que un niño se dormía constantemente en clase y no respondía a las tareas de estudio que se le encomendaban; la reacción de la docente fue violenta expulsando al niño de la clase, pero no se quedó satisfecha con aquello por lo que al salir trató de averiguar por donde andaba o qué hacía aquel niño. Se lo encontró trabajando de limpiabotas en la calle para ganar unos dineros con los que comprar comida para su madre que estaba enferma y a la que cuidaba con toda dedicación. Fue suficiente y no es necesario entrar en los detalles que al día siguiente no solo ella sino todos los niños de la clase tuvieron con aquel muchacho.

¿Por qué juzgamos sin saber? No sabes cual es la situación que está viviendo aquella persona y porque su comportamiento nos parece extraño no solo juzgamos sino que condenamos. De muchas situaciones semejantes podríamos hablar donde tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos. Nos hemos llenado tanto de desconfianzas que siempre estamos, como se suele decir, con la mosca detrás de la oreja, y estamos prontos para juzgar y para condenar sin saber realmente cual es la situación de las personas y por qué han llegado a donde están.

Entran aquí las desconfianzas que nos tenemos los unos con los otros, unos vecinos con otros, la gente que vemos mal encarada como decimos y que siempre estamos viendo como unos malvados, la prevención que los mayores tenemos hacia los jóvenes, es justo que lo reconozcamos, o todo lo que pensamos en referencia a los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas de manera que llamamos ilegal pero a lo que tendríamos que buscar otro nombre por las tragedias con que llegan hasta nosotros.


¿Seremos capaces de ver a alguien que ha dejado atrás lo más que quería en el mundo, que ha sido un drama la travesía para llegar a donde está ahora, pero que está soñando con un mundo de oportunidades que algunas veces parece que se ven truncadas quizás por nuestra insolidaridad? No sé muchas veces qué hacer, pero cuando me cruzo en nuestras calles con esos muchachos que han llegado hasta aquí decimos de forma ilegal pienso en todo lo que puede haber detrás de sus ojos y de su mirada, que aunque los veamos con sus risas juveniles no sabemos las tragedias que se ocultan en sus corazones.

Me ha hecho pensar en todo esto el episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Los discípulos que van con Jesús en su caminar de una lado para otro en el anuncio del Reino, que sintiendo esa fatiga que se nos mete en el estómago al pasar por un sembrado cogen algunas espigas para echarse a la boca unos granos; pero es sábado y allá estarán vigilantes los fariseos para recordarles que segar es un trabajo que no se puede hacer en sábado. ¿Se parecerá a algunas de esas situaciones en las que nosotros juzgamos antes de conocer lo que realmente está pasando?

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. Recuerda distintos episodios de la Escritura, pero los quiere decir que allí está alguien que es más que el sábado. El sábado, podíamos decir, tenía sus normas con la finalidad de que todo se centrará en Dios a quien debían de dar culto, pero el sábado sería siempre un instrumento mientras nos sirviera, pero no para convertirle en algo tan sagrado que pareciera que el culto es para el sábado y no para Dios.

¿De qué nos valen todos esos rigorismos en el cumplimiento de unas normas si no somos capaces de llenar de misericordia y compasión nuestro corazón? Estamos esperando tantas veces leyes bonitas y bien codificadas como si esa fuera la salvación del mundo y nos olvidamos de la compasión que es padecer también con el sufrimiento de los demás, de la misericordia que es poner nuestro corazón en nuestra mirada y en cuanto hagamos por los demás, y la solidaridad para sentirnos uno con aquellos que sufren. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos recuerda hoy el evangelio.

miércoles, 17 de enero de 2024

Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

 


Los caminos nuevos del evangelio nos llevan a una mayor plenitud poniendo sensibilidad en nuestros corazones para la gloria de Dios

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Nos acostumbramos a todo y entramos en decadencia y en rutina. Ni sentimos admiración por lo bueno o por lo bello, a todo lo damos la misma importancia y valor, nos falta esa chispa, vamos a decirlo asó, en los ojos del alma para descubrir lo que sea nuevo, para captar donde hay un rasgo de belleza, donde nos pueda llamar la atención lo que es distinto y nunca habíamos visto – yo diría entramos en una rutina del espíritu que nos impide ver lo bello – pero es que nos acostumbramos también a lo que no es tan bueno, nos insensibilizamos ante el sufrimiento, ni sufrimos por nosotros mismos, porque más bien nos amargamos, ni captamos el sufrimiento de los demás ante el que algo tendríamos que hacer.

Es triste la insensibilidad en la que podemos caer y de la que podemos contagiarnos. Cuando estamos al lado de personas insensibles así, hay el peligro que se nos produzca un bloqueo también nosotros mismos, quizás en principio nos pueda extrañar esa insensibilidad en los otros, pero podemos terminar contagiándonos nosotros. Quizás intentamos con entusiasmo mostrar lo que nosotros contemplamos y admiramos, pero al encontrarnos con esa pasividad, tan habitual a veces en el mundo que nos rodea, nos podemos sentir también nosotros como bloqueados y paralizados y ya no sabemos qué decir o cómo actuar.

¿Por qué llegamos a situaciones así? ¿Por qué terminamos en esa insensibilidad? ¿Por qué nos importa tan poco el sufrimiento de los que están a nuestro lado? Hemos convertido la vida en una rutina, en unos cumplimientos, en un hacer las cosas porque sí, porque están mandadas, pero sin buscar algo más profundo en lo que hacemos, un por qué, un lado de humanidad o una motivación de amor desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿Qué necesitamos para despertar?

Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros, es la Buena Nueva que Jesús nos anuncia, que las cosas pueden ser distintas, que tenemos que saber darle sentido profundo a la vida, que nos tenemos que llenar de mas humanidad. Dios no nos pide cumplimientos por cumplimientos; Dios quiere autenticidad en nuestra vida y eso significa más humanidad, más mirar al que está a nuestro lado, más sentir lo que vive el  otro también en nuestra propia carne.

‘¿Qué está permitido hacer en sábado?’, se pregunta Jesús ante la situación en que se encuentra. Allí delante hay un hombre que sufre, que tiene una limitación, que se le puede liberar de esa limitación, pero es sábado y parece que el sábado no se puede curar a un hombre, que hay que dejarlo en su sufrimiento para cumplir una norma de descanso sabático cuya finalidad era la gloria del Señor. Pero ¿cómo tenemos que darle gloria al Señor? ¿No será liberando al hombre de su sufrimiento como en verdad le estaremos dando gloria al Señor? La gloria de Dios es la felicidad del hombre, porque Dios nos ha creado para que nos realicemos en plenitud y podamos entonces ser felices.

Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos llevará a una mayor plenitud de nuestra vida poniendo sensibilidad en nuestro corazón. ¿No es el mandamiento del amor el principal mandamiento que nos va a dejar Jesús?

viernes, 3 de noviembre de 2023

Por nuestros acomodos y falta de valiente testimonio se va secando nuestro mundo, materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual y se va descristianizando

 


Por nuestros acomodos y falta de valiente testimonio se va secando nuestro mundo, materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual y se va descristianizando

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay veces en que no somos leales ni con nosotros mismos. ¿Por qué digo eso? Queremos contentar a todos, no queremos desagradar a nadie, a todos ofrecemos una sonrisa aunque por dentro nos estemos recomiendo porque no nos gusta lo que hacen o lo que dicen, pero hay que quedar bien, ser agradable con todos, pero, ¿dónde han quedado nuestros valores y nuestros principios? Como se suele decir a la altura del betún.

No opinamos para no llegar la contraria, y entonces vayan a pensar de nosotros o nos vayan a catalogar. No somos firmes en nuestras convicciones tenemos miedo de que se nos ponga la cara colorada, y entonces disimulamos, tratamos de hacer unas mezclas para que todos se queden contentos, y así podríamos decir muchas cosas que nos cuesta reconocer, pero que tantas veces hacemos de forma parecida para mantener los apariencias.

A Jesús lo habían invitado a comer en casa de uno de los fariseos principales, y como era normal en ese tipo de comidas o banquetes allí estaban todos los amigos del anfitrión que además formaban parte del mismo grupo de los fariseos. Y como solía suceder en ocasiones así estaban todos al acecho a ver qué es lo que hacía o lo que decía Jesús. ¿Se vería Jesús comprometido porque no estaba en su ambiente, estaba además rodeado de todos aquellos personajes principales, así se consideraban, de la sociedad del momento? ¿Cuál sería la manera de actuar de Jesús?

Resultó que apareció allí por el banquete – donde estuviera Jesús enseguida acudían con sus dolencias y con sus angustias – un hombre que padecía de hidropesía. Una enfermedad incómoda y molesta que con llevaba muchos sufrimientos. ¿Qué haría Jesús? Sabía que allí estaban todos aquellos  personajes principales al acecho. Y Jesús va directamente al grano. Lanza la pregunta. Sabía que allí estaban todos aquellos leguleyos, además muchos de ellos maestros de la Ley, siempre pendientes de sus juicios morales sobre todo lo que se pusiera por delante. ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’

No lo especifica claramente el evangelista aunque lo de a entender, pero en ese momento se produjo un abismo de silencio. ¿Cómo se atreve a hacer tal pregunta si está tan claro en la ley?, pensarían aquellas personas. Para ellos parecería que la respuesta sería fácil. Pero Jesús estaba preguntando por algo más, estaba preguntando donde está la dignidad de la persona. ¿Qué sería realmente lo que Dios querría en situaciones así?

Y a pesar de los silencios cortantes, Jesús sigue haciendo preguntas, sigue haciendo reflexionar. Se cae un animal a un pozo y aunque sea sábado no lo dejamos morir, sino que haremos todo lo que sea necesario para sacarlo del pozo. ¿Está una persona sumida en sus sufrimientos y la dejaremos que se hunda y se ahogue en el pozo?

No tuvo Jesús reparo en que todos aquellos que le rodeaban, que incluso aquel que lo había invitado a aquella comida pudieran pensar distinto. No actuó Jesús, como se suele decir hoy, haciendo lo políticamente correcto. La verdad de su mensaje tenía que brillar con todo resplandor. El que sepamos buscar siempre por encima de todo es el camino que hemos de seguir y es con el que de verdad damos gloria a Dios. La gloria del Señor no se consigue a costa del hombre, a costa de la persona.

Y es cómo tenemos que mostrarnos los cristianos, que tantas veces parece que vamos como avergonzados; no somos valientes para dar testimonio; no proclamamos lo que son nuestras creencias, nuestros valores y nuestros principios; tratamos de acomodarnos al ambiente en el que vivimos y como sabemos que es desfavorable no vamos a ir de provocadores. Nos falta el arrojo del Espíritu, el testimonio valiente de nuestra fe. Y por esa falta de valiente testimonio así se va secando nuestro mundo, que se va materializando tanto que va perdiendo el sentido espiritual, que se va descristianizando. Seamos valientes que con nosotros está la fuerza del Espíritu.

lunes, 30 de octubre de 2023

Nos sobran cartelitos que nos señalan horas y días para atender a quien lo necesita, porque nos está faltando amor y sensibilidad en el corazón

 


Nos sobran cartelitos que nos señalan horas y días para atender a quien lo necesita, porque nos está faltando amor y sensibilidad en el corazón

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

Toda hora es propicia para hacer el bien. Para eso no hay horarios ni protocolos, solo hace falta amor, sensibilidad del corazón, ojos abiertos, pies dispuestos para caminar y manos abiertas para derramar ternura.

Es cierto que la sociedad se organiza, se traza sus propias pautas, normas y protocolos, pero de una vez por todas tendrían que caerse los cartelitos que nos dicen ‘se atiende de ocho a tres’. Cuando hay amor nos sobran esas pautas y tendremos tiempo para todo. Y nuestra mano siempre estará tendida.

Es cierto que no es fácil. Porque seguimos con lentes oscuras en nuestros ojos, seguimos en un circulo cerrado con un espejo donde parece que solo nos vemos a nosotros mismos, Siguen pesándonos muchas cosas en el corazón, muchos apegos de los que no sabemos desprendernos; nos parece que los únicos de confianza somos nosotros y por eso no sabemos poner nuestra confianza en los demás a los que vemos siempre con prejuicios.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión? Parece que en aquella sinagoga de la que nos habla hoy el evangelio sí había un cartel para que fueran a pedir el don de la curación en determinados días, de los que siempre estaría excluido el sábado. ‘Hay seis días para trabajar, dice el jefe de la sinagoga, vengan esos días para que os curen’. No soportaba que Jesús hubiera curado a aquella mujer encorvada el sábado cuando se habían reunido en la sinagoga para rezar y para escuchar la ley y los profetas. ¿Estaban reñidas esas cosas con la curación de aquella mujer?

No os importa quitar el bozal al buey para que pueda comer o se le pueda llevar a beber agua, pero no se puede liberar a aquella mujer de aquel mal que padecía. ¿Qué era lo más importante? ¿A quien se tendría que dar prioridad? Pensemos seriamente en las prioridades que nos ponemos en la vida. Y Jesús los deja callados.

Pero eso nos interpela. También pasamos de largo nosotros ante quien nos tiende una mano con una súplica porque llegamos tarde a Misa. También nos justificamos que ya hacemos nuestras limosnas por unos cauces más oficiales, pero no sabemos detenernos para ver y para escuchar, para mirar a los ojos del que está frente a nosotros y mirarnos menos al espejo de nuestro yo. Siempre llevamos prisa. Nos cuesta detenernos a escuchar. No nos interesamos por lo que pueda estar pasando la otra persona. Nosotros nos sentimos bien abrigados y calentitos. En cuantas cosas tendríamos también que detenernos a pensar.

¿Llegará de verdad a dolerme el alma con todo esto que estoy reflexionando y me tendría que hacer pensar? Lo pensamos un momento y pronto lo olvidamos. Seguimos con lo nuestro, con nuestras rutinas, con las cosas que tenemos que hacer… pero dejamos que aquella mujer encorvada, como nos dice hoy el evangelio, siga con sus limitaciones, con sus carencias o deficiencias. ¿No llegaremos a sentir dolor y amargura en el corazón? No terminamos de ponernos en el lugar de la persona que sufre, seguimos mirando a distancia. ¿Se moverá nuestro corazón algún día?

También quizás tendríamos que preguntarnos si no hay demasiados carteles de horarios en la comunidad cristiana.