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lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


lunes, 26 de mayo de 2025

Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

 


Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

Hechos 16, 11-15; Salmo 149;  Juan 15, 26 — 16, 4a

Alguna vez he escuchado algo así como que quien se mete de redentor al final sale redimido, en referencia a alguien que con buena voluntad quiso implicarse en la solución de algunos problemas, sobre todo tratándose de algún tipo de acción social en condenado por aquellos mismos por los que él quería trabajar. Suelen pasar cosas así, personas que con buena voluntad se implican en algo que signifique mejorar algo en el ambiente en que vive, por ejemplo, y luego al final en lugar de reconocimientos lo que va a encontrar son críticas y que si solo se quedan en críticas, no sale tan mal parado.

Es el riesgo que tenemos que asumir en la vida si no queremos quedarnos cruzados de brazos viendo como las cosas van de mal en peor; implicarnos muchas veces nos complica, ya desde el hecho de perder tiempo en nuestras cosas personales para hacer algo por los demás; pero es ahí donde aflora la generosidad del corazón, es ahí donde se manifiesta la madurez de nuestra vida, unas fuertes convicciones que le llevan a hacer el bien aunque luego no tenga reconocimientos; el mejor reconocimiento es el bien que vemos que le estamos haciendo a la otra persona, ver que la otra persona sale adelante, mejora su vida, encuentra luz para sus problemas.

Es en lo que muchas veces los cristianos tenemos miedo, nos parece que no somos capaces, nos sentimos débiles en esos vaivenes de la vida que quizás nos puedan como consecuencia producir alguna inestabilidad en nuestras cosas, pero es el camino que hemos de seguir con fe y con confianza. No estamos solos, no lo hacemos solo con nuestras fuerzas, no lo hacemos por nosotros mismos; siempre podremos tener la certeza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino y es nuestra inspiración y fortaleza. Pero aun así andamos tambaleantes.

Y es a lo que nos está invitando Jesús, la tarea que pone en nuestras manos. A los discípulos más tarde les dirá que tienen que ir por todo el mundo haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. No dice que sea fácil, porque Jesús no nos oculta nada. Hoy nos está hablando y diciendo cosas para que cuando llegue el momento no olvidemos que El nos lo dijo, nos lo anunció, pero también nos prometió la asistencia de la fuerza de su Espíritu.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús, es la garantía de que podemos dar nuestro testimonio, es la fortaleza del Espíritu del Señor en esos momentos que muchas veces se nos vuelven difíciles, oscuros, en que nos sentimos débiles, en que vemos el muro que en ocasiones tenemos enfrente, tenemos en contra. Pero podemos hacerlo, podemos dar ese testimonio.

‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios… para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho…’

No nos importa salir redimidos, como decíamos en aquella imagen que proponíamos al principio; no tengamos miedo a las incomprensiones, actuemos con rectitud y nos sentimos fuertes con la verdad. Es cierto que no somos perfectos, lo reconocemos como reconocemos nuestra debilidad, pero no nos quedamos con los brazos cruzados.

Muchos no lo entenderán, o no les interesa entenderlo, porque además estaremos dando un testimonio que les resulta contradictorio para su manera de ver las cosas, denuncia de alguna manera actitudes que no son tan justas. No será una expulsión de las sinagogas como dicen las palabras de Jesús, pero bien sabemos como en nuestra sociedad quiere ocultarse la verdad del evangelio y cuantas cosas vamos a encontrar en nuestra sociedad con lo quieren desprestigiar la Palabra de la Iglesia o el testimonio de los cristianos. De maneras muy sofisticadas nos encontraremos esa oposición y de alguna manera esa persecución. Ya nos lo ha dicho Jesús.

Es la valentía, pues, de nuestra fe, el arrojo con que tenemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio y saber que ahí podemos encontrar la salvación del mundo.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

 


Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos porque tenemos que hacer el anuncio del mensaje de Jesús

1 Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Tal como vamos por la vida muchas veces damos la impresión en que cada uno se preocupa de sus cosas, de lo que tiene en la mente, de lo que tiene que hacer, o simplemente de sus sueños o de sus recuerdos; vamos como insensibles, sin fijarnos en nada y nada vemos, sin preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor y no nos enteramos de nada, obsesionados por nuestras ideas o algunas veces nuestras manías y sin capaz de abrir los ojos, no solo de la cara, sino también de la mente para ver más allá. ¿Tiene sentido que caminemos así por la vida? ¿Creemos que con eso al final seremos más felices? Algunos dirán que sí, porque no quieren preocuparse de nada que salga de sus cosas y no quieren implicarse en el sufrimiento de los demás.

Es bien significativo lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús entró en la sinagoga un sábado, nadie se fijó en lo que había a su alrededor; por allá andaban los que se creían los dirigentes, solo obsesionados por lo que Jesús pudiera hacer, porque ya se le hacían sospechosas muchas de las cosas que Jesús hacía o decía. En medio de aquella pequeña asamblea había un hombre con sus sufrimientos, tenía una mano paralizada con todo lo que eso podía significar para su vida, para su trabajo, para su familia, para su subsistencia. Pero cada uno iba a lo suyo; a lo más la gente de buena voluntad iba a hacer sus oraciones o a escuchar la lectura de la ley y los profetas que era lo que ritualmente se hacía en aquellas asambleas de los sábados.

Y es Jesús el que se fija en aquel hombre con todos sus sufrimientos, por el que nadie hacía nada. Y Jesús lo llama y le pide que se ponga en pie en medio de la asamblea. Aquí estaba la ocasión para aquellos que estaban acechando a Jesús a ver lo que hacía un sábado y se ponía a curar saltándose el descanso sabático. Pero allí está la pregunta de Jesús que interroga y que interroga por dentro. Está el sufrimiento de aquel hombre ¿y no se le podía curar? ¿Qué sería lo más importante? ¿Dejarlo en su sufrimiento y en sus limitaciones con todas las consecuencias que aquello podía tener para él y para los suyos o hacer que aquel hombre tuviera una vida distinta y llena de dignidad?

Jesús, como escuchamos en el evangelio, al no tener ninguna respuesta de todos aquellos que estaban allí en la sinagoga - ¿se quedarían mudos? – le pidió al hombre que extendiera su mano. El hombre obedeció a Jesús y quedó curado. Algo tan sencillo, pero donde estaba por medio la fe. Los que se quedaron ciegos pero de rabia fueron todos aquellos que estaban al acecho de lo que hiciera Jesús, pero que no supieron dar respuesta a la pregunta de Jesús.

¿Nos estará pidiendo este evangelio que sepamos abrir los ojos ante el mundo que nos rodea? Vamos demasiado con los ojos cerrados porque no queremos ver, porque sabemos que si vemos y conocemos la realidad necesariamente tenemos que implicarnos aunque eso signifique también complicarnos. Pero no nos queremos complicar; nos pensamos que si comenzamos a implicarnos en algo bueno y en algo distinto ya luego no podremos parar, no podremos detenernos y cada día la vida se nos complicaría más. ¿Qué necesidad tenemos de eso?, nos pensamos.

Pero es que ese no puede ser el camino de los que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Ya lo hemos reflexionado muchas veces y es que Jesús nos está siempre poniendo en camino, en camino y con los ojos abiertos, en camino y con unas posibilidades en nuestras manos que si las utilizáramos veríamos cómo hacemos maravillas. ¿No podemos decir también al que vemos a la orilla del camino que se levante y se ponga en medio, que levante su mano y que levante su vida, que recobre su dignidad y que sepa sentirse bien?

Nos dice Jesús que vayamos curando, que vayamos dando vida, que vayamos levantando la moral de los que se encuentran decaídos a nuestro lado, que vayamos tendiendo nuestras manos para levantar a tantos que siguen postrados en sus camillas de desolación, de desánimo, de aburrimiento de la vida, que vayamos llenando de luz los ojos de los que nos rodean para que reaparezcan las esperanzas… cuántas cosas podemos hacer, a cuantos podemos llenar de vida.

Es el verdadero anuncio que tenemos que hacer de Jesús y de nuestra fe en El. Lo que no podemos hacer es cerrar los ojos para encerrarnos en nosotros mismos y no complicarnos.

martes, 9 de enero de 2024

Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

 


Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1 Sam 2, 1-8;  Marcos 1, 21-28

Supongamos un profesor que es un gran intelectual, tiene un currículo maravilloso por los estudios que ha realizado y por los conocimientos que tiene pero cuando dicta una conferencia o da una clase es la persona más aburrida del mundo, la gente no le entiende, la gente se deja dormir escuchándole o terminan marchándose del lugar donde él quiera estar enseñando, no lo logra.

Mientras podemos pensar en otro profesor que es muy ameno, tiene muchos recursos a la hora de hablar, la gente lo pasa entretenida cuando lo escucha, pero quizás al final sus enseñanzas se quedan en las anécdotas que nos contado, los trucos - vamos a llamarlos así – pedagógicos que empleado, pero al final la gente se queda sin saber qué es lo que realmente les ha venido a decir, aunque no le negamos sus conocimientos ni inteligencia.

Pero podemos pensar en alguien más, que quizás no emplea muchas palabras a la hora de enseñar, aunque por supuesto siempre tiene un mensaje que transmitir, pero que junto a lo que enseña lo va realizando en la vida, porque no se queda su enseñanza ni en bonitas ni en profundas palabras, sino que sencillamente hace y en consecuencia convence, llega al corazón de las personas porque no son promesas sino realidades que se manifiestan en multitud de signos en lo que va realizando. Aquí sí que se manifiesta la autoridad del que enseña, porque lo hace con sus obras, con lo que va realizando que sí va llegando a la vida y al corazón de las personas.

Jesús, es cierto, es la verdad de Dios, nos muestra toda la Sabiduría de Dios, pero a Jesús lo vamos a contemplar a lo largo del Evangelio como el que se hace vida para nosotros porque en verdad va a llegar a nuestra vida para transformarnos. Jesús no es solamente el que nos señala caminos, sino que El mismo es el Camino, porque no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus pasos, o más aun realizar lo que El realizó con sus pasos. A Jesús lo contemplamos con verdadera autoridad, como manifiestan hoy en el evangelio los que lo escuchan y los que lo contemplan.

‘Este enseñar es nuevo’, vienen a decir las gentes, lo hace con autoridad. Había recogido Jesús en la Sinagoga de Nazaret, como lo escuchamos en el evangelio de Lucas, que venia a dar libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos, a ser buena noticia para los pobres que así serían evangelizados. Es lo que le vemos realizar hoy. Está en la Sinagoga adonde ha ido a enseñar, tras la proclamación de la Palabra de Dios. Su anuncio es la llegada del Reino de Dios, pero nos va a mostrar que esa llegada es real porque las señales anunciadas allí se van a ver realizadas.

Había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que incluso se rebela contra Jesús al que de alguna manera no quiere ni dejar hablar. Pero ‘Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’. Aquello anunciado por los profetas allí se estaba realizando. Lo que Jesús anunciaba, la llegada del Reino de Dios, allí se estaba haciendo presente. En verdad Dios es el único Señor de la vida y del hombre, nos viene a decir Jesús con el signo que realiza cuando cura a aquel hombre, cuando lo libera del espíritu maligno.

Es la liberación profunda que Jesús quiere que se realice en la persona, en nosotros, en nuestro corazón. No son ya solamente las enfermedades de las que quiere curar, las cegueras que quiere quitar de nuestros ojos, o poner en movimiento nuestros miembros paralizados. Es que eso quiere realizarlo en nuestra vida, es lo que va a realizar en nuestra vida.

‘¿Qué es esto?’, se pregunta la gente. ‘Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.

¿Serán esos también los signos que nosotros damos desde la fe que tenemos en Jesús en medio del mundo? ¿Son estas las señales del Reino de Dios que la Iglesia manifiesta hoy a cuantos nos rodean? Son preguntas que nos tenemos que hacer, pero son preguntas que nos comprometen. ¿No nos estaremos quedando en enseñanzas muy bonitas, en doctrinas muy sublimes, en ortodoxias muy cuidadas para no caer en el error,  pero en pocas realidades concretas de hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo de hoy?

lunes, 30 de octubre de 2023

Nos sobran cartelitos que nos señalan horas y días para atender a quien lo necesita, porque nos está faltando amor y sensibilidad en el corazón

 


Nos sobran cartelitos que nos señalan horas y días para atender a quien lo necesita, porque nos está faltando amor y sensibilidad en el corazón

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

Toda hora es propicia para hacer el bien. Para eso no hay horarios ni protocolos, solo hace falta amor, sensibilidad del corazón, ojos abiertos, pies dispuestos para caminar y manos abiertas para derramar ternura.

Es cierto que la sociedad se organiza, se traza sus propias pautas, normas y protocolos, pero de una vez por todas tendrían que caerse los cartelitos que nos dicen ‘se atiende de ocho a tres’. Cuando hay amor nos sobran esas pautas y tendremos tiempo para todo. Y nuestra mano siempre estará tendida.

Es cierto que no es fácil. Porque seguimos con lentes oscuras en nuestros ojos, seguimos en un circulo cerrado con un espejo donde parece que solo nos vemos a nosotros mismos, Siguen pesándonos muchas cosas en el corazón, muchos apegos de los que no sabemos desprendernos; nos parece que los únicos de confianza somos nosotros y por eso no sabemos poner nuestra confianza en los demás a los que vemos siempre con prejuicios.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión? Parece que en aquella sinagoga de la que nos habla hoy el evangelio sí había un cartel para que fueran a pedir el don de la curación en determinados días, de los que siempre estaría excluido el sábado. ‘Hay seis días para trabajar, dice el jefe de la sinagoga, vengan esos días para que os curen’. No soportaba que Jesús hubiera curado a aquella mujer encorvada el sábado cuando se habían reunido en la sinagoga para rezar y para escuchar la ley y los profetas. ¿Estaban reñidas esas cosas con la curación de aquella mujer?

No os importa quitar el bozal al buey para que pueda comer o se le pueda llevar a beber agua, pero no se puede liberar a aquella mujer de aquel mal que padecía. ¿Qué era lo más importante? ¿A quien se tendría que dar prioridad? Pensemos seriamente en las prioridades que nos ponemos en la vida. Y Jesús los deja callados.

Pero eso nos interpela. También pasamos de largo nosotros ante quien nos tiende una mano con una súplica porque llegamos tarde a Misa. También nos justificamos que ya hacemos nuestras limosnas por unos cauces más oficiales, pero no sabemos detenernos para ver y para escuchar, para mirar a los ojos del que está frente a nosotros y mirarnos menos al espejo de nuestro yo. Siempre llevamos prisa. Nos cuesta detenernos a escuchar. No nos interesamos por lo que pueda estar pasando la otra persona. Nosotros nos sentimos bien abrigados y calentitos. En cuantas cosas tendríamos también que detenernos a pensar.

¿Llegará de verdad a dolerme el alma con todo esto que estoy reflexionando y me tendría que hacer pensar? Lo pensamos un momento y pronto lo olvidamos. Seguimos con lo nuestro, con nuestras rutinas, con las cosas que tenemos que hacer… pero dejamos que aquella mujer encorvada, como nos dice hoy el evangelio, siga con sus limitaciones, con sus carencias o deficiencias. ¿No llegaremos a sentir dolor y amargura en el corazón? No terminamos de ponernos en el lugar de la persona que sufre, seguimos mirando a distancia. ¿Se moverá nuestro corazón algún día?

También quizás tendríamos que preguntarnos si no hay demasiados carteles de horarios en la comunidad cristiana.

miércoles, 31 de agosto de 2022

Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

 


Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

1Corintios 3, 1-9; Sal 32; Lucas 4, 38-44

Cuando alguien nos cae bien, nos agrada estar con él; cuando queremos a alguien no nos queremos separar de la persona que amamos; los familiares se quieren y lo que desean es estar siempre unidos; los amigos que se quieren buscan la manera de estar juntos el mayor tiempo posible; los enamorados quieren permanecer unidos en su amor.

Antes era la cercanía familiar, la relaciones entre las personas de un mismo lugar, los que se conocían por alguna circunstancia y entraban en sintonía aunque fueran de poblaciones distintas buscaban el medio de estar en contacto, de hablar, de encontrarse; hoy con los medios que tenemos que podemos comunicarnos fácilmente con gente de cualquier parte del mundo, nos habremos encontrado con alguien con quien sintonizamos de manera especial y aunque estemos en lugares distantes estamos con el deseo de un día encontrarnos. Estamos hechos para los demás, para la relación, para el encuentro.

Me ha venido a la mente esta reflexión el contemplar la reacción de las gentes de Cafarnaún tan pronto conocieron a Jesús. Lo buscaban donde estuviera y no querían que Jesús se fuese a otros lugares. Estamos escuchando en el evangelio el inicio de la predicación de Jesús por las ciudades y las aldeas de Galilea. Ha llegado a Cafarnaún, como hemos escuchado en días anteriores, en la sinagoga curó a un hombre poseído por el mal después de haber estado enseñando a la gente, y al llegar a casa de Simón Pedro, su suegra está enferma; le piden que le imponga las manos y la mujer se puso a servirles.

Al atardecer, hemos de recordar que era un sábado cuando había ido a la sinagoga y hasta la tarde estaban obligados al descanso sabático, según se pone el sol le traen multitud de enfermos para que Jesús los cure. ‘Al ponerse el sol, nos dice el evangelista, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.

Sin embargo a la mañana siguiente temprano Jesús se fue a un descampado, un evangelista nos dirá que a orar, y la gente lo busca, y vienen los primeros discípulos a decirle que la gente lo anda buscando, no quieren que se vaya a ningún otro lugar, pero El les dice que tiene que ir por otros lugares porque en todas partes ha de anunciarse el Reino de Dios. ‘Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado’.

Hay dos aspectos que hemos de subrayar en este momento. Por una parte el hambre de Dios que aquella gente tiene; han encontrado en Jesús una palabra de vida, una palabra que les llena de esperanza; han descubierto que con Jesús su vida puede ser distinta; ahí están los signos que está realizando; no es solo que cure en enfermos o arroje los espíritus malignos de los endemoniados, es la señal de algo nuevo que va a comenzar. Lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret. Estaba lleno del Espíritu de Dios que le enviaba a anunciar la Buena Nueva a los pobres, y todos se verían liberados del mal. Era lo que ahora allí estaban palpando, y por lo que querían estar con Jesús, porque sentían que con Jesús algo nuevo comenzaba.

Y el otro aspecto que hemos de subrayar es precisamente lo anunciado en la sinagoga de Nazaret, lleno del Espíritu del Señor era enviado a anunciar el evangelio a los pobres, a todas las gentes. Era lo que Jesús quería realizar, lo que estaba significando que quiera ir a otros lugares para proclamar allí el Reino de Dios. Aunque la gente Cafarnaún quisiera tener a Jesús para ellos solos.

¿Queremos estar con Jesús? ¿Encontramos en Jesús esa palabra de vida y de esperanza que llena y transforma totalmente nuestra vida? ¿Buscamos a Jesús y no queremos separarnos de El? ¿En qué medida se convierte así de importante para nosotros Jesús, el evangelio, el Reino de Dios? Y finalmente, si así queremos sentirnos unidos con Jesús ¿estaremos siendo conscientes que de El recibimos una misión y otras partes también hemos de ir para hacer el anuncio del Reino de Dios?

lunes, 25 de octubre de 2021

Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

 


Una mirada, un prestar atención a quien pasa desapercibido, un valorar con un detalle a quien no es tenido en cuenta, puede hacer recuperar la dignidad perdida de la persona

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

¿Por qué se fijó en mí? Yo estaba queriendo pasar desapercibido en medio de la gente; además no soy tan importante para que se fijen en mí. Pero parecía que me buscaba porque en medio de todo lo que sucedía se dirigió a mí como si me hubiera conocido de toda la vida. Me sentí sorprendido, porque además parece que sabía más de mí de lo que yo podía imaginar…

Las impresiones quizás de alguien que se ve sorprendido cuando quiere pasar desapercibido; la sorpresa porque además fue como un levantarlo y de alguna manera se le dio la importancia que realmente tenía aunque pasara desapercibido para los demás. Cómo en cierto modo nos sentimos halagados cuando somos tomados en consideración y parece que todo lo que otros habían querido anular ignorando a la persona ahora se ve notablemente restablecido.

Fue necesario que alguien prestara atención y se fijara para comenzar a tener en cuenta a aquella persona. Y la persona se siente elevada en su interior, se siente como con mayor dignidad porque se le tiene en cuenta, porque alguien se ha fijado en ella. Vamos por la vida y no prestamos atención a aquellas personas con las que nos cruzamos; solamente una mirada o una sonrisa podría haber hecho que aquella persona se sintiera valorada en su dignidad, se restableciera en ella su orgullo de persona tenida en cuenta.

Jesús no pasaba al lado de las personas ignorándolas; Jesús se detenía junto a aquel que nadie valoraba y le daba la mano para levantarse. Recordemos el ciego de las calles de Jerusalén, el paralítico de la piscina, a Zaqueo escondido entre las ramas de la higuera; si nos vamos fijando en las páginas del evangelio encontraremos muchas más ocasiones.

Ahora al entrar en la sinagoga se ha fijado en aquella pobre mujer encorvada, quizás medio oculta en un rincón entre la gente y en la que nadie se habría fijado; o estaban acostumbrados a verla que parecía como si fuera natural lo que le sucedía a aquella mujer y ya nadie le prestaba atención. Pero Jesús se detiene, la mira, la llama, la hace ponerse en el centro de aquella asamblea. Lleva un montón de años en aquella situación – diez y ocho años comentará el evangelista - y nadie se había fijado en ella, nadie se había preocupado por ella.

Y aquella mujer se ve restablecida en su dignidad solamente con que Jesús se haya fijado en ella y la pusiera en medio. Para que todos se fijaran, era una mujer y una mujer enferma, nunca hubiera estado en el centro de la asamblea haciendo que la gente se fijara en ella. Incluso era menospreciada cuando el jefe de la sinagoga diga que no vengan en sábado para que Jesús los cure sino en otro día para no saltarse el descanso sabático. Era una forma quizás de querer poner a los que se encontraban en la situación de aquella mujer en un segundo plano. Pero solamente con eso, con que Jesús la pusiera en medio, ya se sentía curada, porque se sentía restablecida en su dignidad; Jesús se referirá a ella como una hija de Abraham. Pero además Jesús la curó de su enfermedad.

En otros aspectos podríamos fijarnos también en este pasaje en referencia al tema del descanso del sábado que se tomaban con tanto rigor y que Jesús les desmontará haciendo que nos fijemos más en la persona que en la letra de la ley que tomada así lo que hace es esclavizar. Pero ya es importante que aprendamos de Jesús a fijarnos en las personas, a restablecer la dignidad de las personas con nuestro aprecio y consideración, cómo una mirada puede levantar un ánimo caído y una sonrisa despertar una esperanza en el corazón.

miércoles, 20 de enero de 2021

engamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

 


Tengamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Como se suele decir hay quien no come, pero tampoco deja comer. Siempre nos encontramos personas quisquillosas que nada hacen, pero que siempre tienen algo que decir de lo que hacen los demás. Por ejemplo los eternos descontentos que nunca estarán de acuerdo con las cosas que se hacen pero sin embargo de parte de ellos no se contempla ninguna iniciativa de cómo mejor se han de hacer las cosas. Pero ahí están los leguleyos, por decirlo de alguna manera, que siempre encontrarán una razón para ir en contra, se apoyarán en las leyes que sean para impedir que se haga lo bueno.

Son cosas con las que nos encontramos todos los días, en quienes se ponen como a la distancia para observar pero nada hacen aunque decir, decir, dicen demasiadas cosas. A todo le ponen pegas, en todos encuentran defectos y no se les considera capaces de hacer nada por los demás. No les importa echar la zancadilla con tal de que prevalezcan sus ideas o quizá sea el vacío que realmente tienen en su interior. Porque eso es lo tremendo, que nos damos cuenta de que estas personas no tienen un pensamiento razonado, no manifiestan que haya algo en su interior con profundidad en sus vidas. Y como aparezca alguien con inquietud e iniciativa para hacer algo por los demás y pone empuje y empeño en conseguirlo, ya se apoyarán en lo que sea con tal de desprestigiarlo y no dejar que haga nada de esas buenas iniciativas.

Creo que cosas así somos conscientes que nos encontramos con demasiada facilidad en la vida. Pero podríamos decir que no es pecado solo de nuestro tiempo sino que es algo que en todos los tiempos ha sucedido. Es la oposición que se encontró Jesús en el anuncio de la llegada del Reino de Dios, es el rechazo que fue encontrando a todas aquellas señales en que se manifestaba ese mundo nuevo del Reino de Dios del que Jesús no solo hablaba, sino que lo iba realizando a través de multitud de signos. Estamos escuchando el principio del evangelio de Marcos y ya vemos como en los primeros capítulos, como es el caso de hoy, aparece esa oposición y rechazo a la obra de Jesús y a los signos del Reino de Dios que se van manifestando.

Jesús llega a la sinagoga un sábado y allí está un hombre con sus limitaciones y discapacidades. Tenía la mano paralizada. Pero ya estaban otros al acecho, a ver qué es lo que hacía Jesús. Ya podían sospechar que Jesús lo curaría, como a tantos como hemos visto en estas primeras páginas del evangelio de Marcos. Son las señales de la llegada del Reino de Dios. Pero no les cabía en la cabeza que Jesús pudiera curarlo un sábado; se rompería del descanso sabático, porque el sanar y curar a aquel hombre podría considerarse como un trabajo que no se podía realizar el sábado. Quieren incluso apoyarse en la ley del Señor para impedir que se pudiera hacer el bien a aquel hombre.

De ahí la pregunta de Jesús. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ No saben qué responder. ¿Qué importancia se le daba a la vida?

Aquí podrían surgir muchas preguntas en nuestro interior. Preguntas que tendrían que inquietarnos quizás porque no siempre consideramos lo suficiente la grandeza y dignidad de toda persona; preguntas sobre el valor de la vida en nuestra sociedad actual donde se juega demasiado con la muerte. Es triste como en el mundo en que vivimos parece que no tiene importancia la vida de un no nacido, pero que es vida que está ahí palpitando en el seno de la madre; ahora por otra parte habrá personas a las que consideramos seres inservibles y que no importa eliminar, y porque son mayores y ya no cuentan, o porque padecen enfermedades terribles y que parecen incurables no nos importa eliminarlos porque hasta algunos dicen que eso es un costo para nuestra sociedad.

No educamos para el respeto de la vida, de tu propia vida, como de la vida de los demás y hasta nos permitimos legislar para que cada uno haga de su vida lo que quiere. Y cuando ya no respetamos ese don precioso de la vida, aunque tenga sus limitaciones, ¿qué podemos esperar de una sociedad así?

Nos extraña y nos sentimos mal con la violencia y con la acritud con que se vive en nuestras relaciones humanas y sociales, pero ¿no será consecuencia de esta falta de respeto a la vida que se traducirá luego en esa falta de respeto a la persona en esa acritud con que vivimos nuestras relaciones y ese enfrentamiento continuo que vemos por todas partes en nuestra sociedad?

sábado, 18 de julio de 2020

No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás


No nos paralicemos detrás de las barreras que nos ponemos en la vida y nos impiden llegar a la liberación que Jesús nos regala y ofrecerla a los demás

Miqueas 2, 1-5; Sal 9; Mateo 12, 14-21
Nos dice el evangelista que ‘al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús’. ¿Qué había sucedido en la sinagoga? Leyendo el texto anterior vemos que había allí un hombre con un brazo paralizado y Jesús lo había curado. Era sábado. De ahí la postura de los fariseos, porque para ellos Jesús les está destruyendo la religión. El sábado era del día del descanso porque era el día del Señor y no se podía realizar ningún trabajo. ¿Tampoco se podía curar a una persona de sus sufrimientos?
Los que en verdad estaban paralizados eran los fariseos con su manera de ver las cosas, con sus intransigencias y con ese cumplimiento minucioso de tantas normas que los atosigaban y hasta les quitaban la dignidad porque estaban carentes de humanidad. Jesús quería liberarles de esas ataduras, pero no se dejaban liberar. Si en la sinagoga de Nazaret había proclamado con el texto de Isaías que el Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había enviado para liberar a los oprimidos, era lo que Jesús estaba queriendo realizar. Pero ellos seguían encerrados tras sus barreras.
Recordamos aquel hecho del evangelio en que unos hombres se habían saltado todo lo imaginable para llegar hasta Jesús, hasta se habían atrevido a romper el techo de la casa para descolgar al paralítico y pudiera llegar a los pies de Jesús ahora, como entonces, nos encontramos quienes ponen barreras. Entonces cuando Jesús había hablado del perdón de los pecados como la verdadera liberación del hombre no lo había querido entender y habían querido declarar que Jesús era un blasfemo. Ahora planean el modo de acabar con Jesús.
Pero esto tiene que hacernos pensar. Muchas veces también nos paralizamos nosotros tras las barreras que nos vamos poniendo en la vida y no terminamos de llegar a Jesús para encontrar esa liberación. Y es que algunas veces también vamos demasiado insensibilizados por la vida y no queremos ver el sufrimiento de los demás. A aquellos fariseos de la sinagoga parece que les importara poco el sufrimiento de un hombre que no podía hacer nada a causa de su invalidez y discapacidad. Ellos estaban sanos, o creían estarlo, y poco les importaba el sufrimiento de los otros. No nos pase a nosotros lo mismo.
Podemos ir ciegos por la vida, tan miopes que parece que no vemos sino lo que a nosotros nos pasa y no terminamos de sensibilizarnos con el sufrimiento de tantos a nuestro lado. Nos parece que todo marcha bien; hay algunos problemas puntuales a los que podemos quizá prestar un poco más de atención, pero silenciosamente hay un camino de angustias y de sufrimiento que no siempre descubrimos. Son las necesidades materiales que podríamos apreciar en tantas carencias que viven muchos, pero si somos capaces de tener una mirada más honda podríamos descubrir tantas oscuridades, tantos interrogantes, tan inquietudes e incertidumbres de futuro que pueden angustiar a tantos hermanos aunque no nos digan nada, pero que se nota que les falta una felicidad honda en sus corazones.
Problemas en las relaciones humanas, problemas en las familias, problemas de convivencia en la vida diaria con aquellos que están más cercanos a nosotros, muchas cosas podríamos descubrir donde veremos que no hay paz, que no hay seguridad interior, que falta un buen espíritu que nos haga superar las pruebas, que hay demasiada superficialidad. No podemos ser insensibles, tenemos que saber sintonizar con esos corazones rotos, tenemos que saber decir una palabra de ánimo o una presencia aunque fuera silenciosa pero que da fortaleza para caminar.
Son las parálisis que Jesús quiere arrancar de nuestro mundo, pero primero que nada quiere arrancar de nuestros corazones para que nunca más nos parapetemos detrás de nuestro yo y aprendamos a un decir nosotros porque así sepamos caminar al lado de esos hermanos. Que nunca unas posturas de falsa religiosidad – también en este aspecto nos llenamos de muchas normas y costumbres que tendríamos que preguntarnos si están en verdadera consonancia con el evangelio – que nada de esas cosas nos impidan acercarnos al hermano para ofrecerle la verdadera liberación. Pongámonos en camino sin miedos ni complejos sino con la confianza y seguridad de que con nosotros va el Señor.


domingo, 3 de febrero de 2019

El mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, hacernos buscar caminos nuevos por donde salir a llevar la buena noticia de Jesús a todos


El mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, hacernos buscar caminos nuevos por donde salir a llevar la buena noticia de Jesús a todos

Jeremías 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1 Corintios 12, 31 - 13, 13;Lucas 4, 21-30

¿Nos gustan las sorpresas? Hay a quienes les gustan las sorpresas porque es una novedad que parece que le da una vitalidad nueva a la vida como hay también a quienes no; un acontecimiento inesperado, una noticia que nos dan y que nosotros no esperábamos, el anuncio de algo que va a suceder de manera inminente y de lo que no nos podemos librar, un fenómeno natural que pudiera convertirse en una catástrofe que pudiera hacernos daño, algo que es tan impactante que hasta pudiera cambiarnos la vida, la manera de pensar, la forma de hacer las cosa, los derroteros por donde pueda ir la sociedad cambiandolo todo… según sea la sorpresa nos gustará o no nos gustará, nos sentiremos como impulsados a una lucha nueva o sentiremos que todo lo que teníamos previsto se ve trastocado y hasta nos puede producir incomodidades.
De ahí que la reacción ante la sorpresa puede ser distinta porque podemos sentir admiración al principio cuando se nos está ofreciendo algo nuevo y pensamos que se pueden abrir esperanzas nuevas en la vida, o cuando nos damos cuenta cómo se han trastocado todos los planteamientos que teníamos en la costumbre de lo que ya hacíamos hasta casi como una rutina, nos podremos sentir incómodos o pueden aparecer brotes de rechazo en nuestro interior que se pueden manifestar de mil maneras y hasta de forma violenta.
El que Jesús fuera a la sinagoga de su pueblo Nazaret y se pusiera en pie para hacer la lectura de la Ley o el Profeta les sorprendía y al tiempo les llenaba de un orgullo patrio, aunque ya habían llegado noticias hasta ellos de lo que hacía y enseñaba en otros lugares. Era uno de ellos y les llenaba de orgullo. Hoy han leído al profeta Isaías con palabras de profundo sentido mesiánico y el comentario que Jesús hace a aquel texto cuando todos los ojos estaban puestos en El les sorprende. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de escuchar’.
¿Quién puede atreverse a hacer una afirmación tan categórica? Estaban acostumbrados a las explicaciones habituales que hacían los maestros de la ley que por tan repetidas ya hasta les sonaban huecas. Y ahora Jesús se atribuye autoridad casi de profeta para hacer esta afirmación tan rotunda. ‘Hoy se cumple esto que acabáis de oír’. No son anuncios de futuro, sino que son palabras que hablan de un hoy, aquí y ahora. La sorpresa tenía que ser grande. Como se dirá en otro lugar, ¿dónde ha aprendido estas cosas? Si El no es otro que el hijo del carpintero; ahí está su familia, ahí están sus parientes que todos conocemos. La sorpresa y también el desconcierto va en aumento.
Pero más sorpresa se va produciendo en ellos cuando van asimilando el mensaje que Jesús quiere transmitirles. Con las palabras del profeta les está queriendo hacer ver ese tiempo nuevo y ese mundo nuevo que por la fuerza del Espíritu El anuncia ahora tiene que comenzar a realizarse. Es una Buena Nueva la que se anuncia y se anuncia para los pobres, para los oprimidos, para los que se sienten esclavizados de alguna manera, para los pecadores.
Llega el tiempo de la amnistía y del perdón, es el tiempo de la gracia, el año de gracia, pero ese perdón y gracia es para todos, tiene un carácter universal. No es solo para ellos que se han considerado siempre el pueblo elegido de Dios sino que esa gracia será para todos. Y les recuerda lo sucedido en tiempos de Elías y Eliseo, dos grandes profetas. La gracia de Dios llegó para una viuda que no era del pueblo de Israel, era fenicia, era pagana, era de Sarepta de Sidón, tierras de la gentilidad. De la misma manera la curación del leproso por parte de Eliseo fue precisamente también en otro gentil, Naamán, el sirio. Mucho les quería estar diciendo Jesús con estos dos testimonios.
Si en una primera sorpresa la presencia de Jesús y la lectura del profeta con su primer comentario les había producido admiración, ahora todo se está transformando y será la ira la que aparecerá en aquellas gentes que quieren incluso despeñarlo por un barranco. Pero Jesús pasó en medio de ellos sin que pudieran hacerle nada.
Se suele comentar que este texto de la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret, que está inseparablemente unido al que escuchamos el pasado domingo, es algo así como un texto programático de lo que iba a ser el actuar de Jesús. Ya decíamos que era también como una epifanía, una manifestación de Jesús a su pueblo señalando claramente su misión. Las palabras y el actuar de Jesús no vienen como a edulcorar nuestros oídos con palabras que sean de nuestro agrado. La misión salvadora de Jesús es la que es, y así se ha de manifestar jesus. A lo largo del evangelio contemplaremos esa sorpresa y admiración que se va produciendo en algunos, pero veremos también el rechazo de otros que consideran poco menos que heréticas y blasfemas las palabras y el actuar de Jesús. Este texto, podemos decir, es también anuncio de pascua, porque es anuncio de vida y de pasión, de muerte pero también de resurrección porque es lo que Jesús ha de realizar y de cómo se ha de manifestar esa salvación que nos trae y que es una salvación universal, para todos.
También nosotros hoy tenemos que situarnos con toda sinceridad ante este texto de la Palabra de Dios. Ese ‘hoy’ que Jesús anunció no fue solo para otro tiempo, sino que es el aquí y ahora de la salvación para nosotros y para este mundo de hoy. Tenemos que sentirnos hoy directamente interpelados por estas palabras de Jesús. Esa buena nueva que se nos anuncia, esa liberacion y salvación que Jesús nos trae nos pide una respuesta. Una respuesta en un sí con toda nuestra vida a ese ofrecimiento salvador que nos hace el Señor, pero que también ha de convertirnos a nosotros en signos de esa salvación para todos.
El evangelio de Jesús es una novedad que llega a nuestra vida para ponernos en camino, para hacernos salir de nuestras rutinas y comodidades, para arrancarnos de un estilo de religión cómoda y donde nos quedamos siempre en lo mismo, en unos ritos que realizamos, en unos cumplimientos rutinarios, o en unos méritos que vamos conquistando con algunas cosillas que vamos ofreciendo. Ese mensaje liberador de Jesús tiene que interpelarnos, hacernos salir de nuestras comodidades, buscar caminos nuevos por donde salir a llevar esa buena noticia de Jesús a todos.
Esa Buena Nueva de Jesús no nos puede dejar con los brazos cruzados sino que nos hace arremangarnos para ponernos en camino de anuncio de Evangelio para todos. Es lo que hoy nos pide la Iglesia en nombre de Jesús. Dejémonos sorprender por su Palabra.




martes, 4 de septiembre de 2018

Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio



Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37

Hay personas cuya sola presencia producen rechazo en los demás. Y no quiero hablar en sentido negativo en referencia a aquellas personas que por sus actitudes o comportamientos no nos caen bien y no nos agrada su presencia. En este caso quiero pensar distinto, aquellas personas que pueden ser un signo para nosotros que levante ampollas en nuestra vida, bien porque estamos viendo en esas personas algo que nosotros no somos capaces de alcanzar, o se conviertan en denuncia de nuestra vida errada.
Nos molesta porque nos recuerda muchas cosas; nos molesta porque nos sentimos impotentes o incapaces, nos molesta porque nos damos cuenta de cómo tendríamos que ser y no lo somos. No las queremos mirar, las queremos quitar de en medio, queremos seguir nuestro camino como si esas personas no existiesen, endurecidos en nosotros mismos no queremos levantarnos de nuestra situación y nos buscamos mil disculpas para no cambiar. Un rechazo en nuestra vida porque son un signo para nosotros que tendría que despertarnos. El mal siempre querrá rechazar las obras del bien.
Proféticamente ya el anciano Simeón había dicho de aquel niño que iba a ser signo de contradicción. Y eso estaba siendo Jesús en la vida. Ante su presencia había que decantarse; no todos estaban por seguir los caminos que Jesús señalaba; a no todos agradaban las palabras y las obras de Jesús porque denunciaba lo que llevábamos dentro. Ayer mismo vimos como hasta en su propia pueblo era rechazado; a lo largo del evangelio veremos como van surgiendo contrincantes que se van a considerar enemigos de Jesús y serán las fuerzas del mal queriendo luchar contra la bondad de Dios que se manifestaba en Jesús.
Al volver de Nazaret y tras el episodio de la sinagoga, vuelve Jesús a las orillas de Tiberíades y se establece en Cafarnaún; allí los sábados hará el anuncio del Reino en la sinagoga, pero será por todas partes en cualquier lugar donde veremos a Jesús rodeado siempre de la gente haciendo el anuncio de la Buena Noticia del Reino. En general las gentes le escuchan y muchos le siguen; pronto se irá formando en torno a Jesús el grupo de los discípulos, de los que son más fieles y no solo lo escuchan sino que quieren poner por obra sus palabras.
En el episodio que nos narra hoy el evangelio le vemos como al llegar a la sinagoga alguien poseído por el espíritu del mal se pone a gritar contra Jesús. Pero sus gritos con los que quiere rechazarlo son de alguna manera un reconocimiento del poder de Jesús. Es el mal que rechaza el bien, es el maligno que se opone a Jesús, es quien se siente vencido que hasta el último momento querrá seguir rebelándose y oponiéndose. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? Sabemos quien eres’.
Pero se manifiesta la victoria de Jesús, la victoria del bien porque aquel espíritu maligno es arrancado del corazón de aquel hombre. Y la gente se admira de su autoridad, de la fuerza de sus palabras, de la vida nueva que surge en la medida en que escuchamos y seguimos a Jesús. Pero ¿seguirá siendo a si en nosotros?
Con nuestro pecado tantas veces estamos haciendo también un rechazo de Jesús. Nuestro pecado es decir no, preferir nuestras obras a las obras de Jesús, preferir lo que nos satisfaga a nosotros y a nuestros caprichos que seguir el mandamiento de Dios. Pero también es una forma de decir no la indiferencia con que nos mostramos muchas veces, la tibieza de nuestra vida donde no terminamos de aclararnos de qué lado estamos; y son las posturas cobardes con que ante muchas cosas nos manifestamos, los disimulos con que vivimos nuestro ser cristianos, los ocultamientos que hacemos para no dar testimonio por temor quizá al qué dirán o a un ambiente no propicio que encontramos a nuestro alrededor. Podríamos hacer una lista muy grande de nuestras tibiezas y cobardías, donde no terminamos de decantarnos claramente para optar por unos principios y unos valores cristianos.
¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué más tendría que hacer? ¿Qué es lo que puedo hacer? ¿Hasta donde tiene que llegar mi compromiso? Son preguntas que quizás hacemos o nos hacemos para escurrir el bulto y no terminar de dar la cara.


domingo, 28 de enero de 2018

Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo

Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo

Deuteronomio 18, 15–20; Sal 94; 1Corintios 7, 32-35; Marcos 1, 21-28

Muchas veces  nos podemos sentir encantado por las palabras que escuchamos; se puede ser un buen orador, tener recursos para hacernos una presentación bonita de lo que nos quiere trasmitir, ofrecernos muchos argumentos para que creamos en aquello que nos dice, pero al final quizá sentimos que todo aquello que nos dicen o nos presentan suena a hueco, a palabras y razonamientos muy bien aprendidos pero queremos analizar algo más, porque queremos ver que eso sea factible, queremos ver las obras que serán las buenas razones que nos convenzan.
En la sociedad en la que vivimos, ya sea desde la publicidad que nos incita al consumismo, ya fuera desde los ideólogos, por llamarlos de alguna manera, que nos ofrecen un mundo ideal, o desde aquellos que se presentan como servidores o salvadores de la sociedad y nos ofrecen muchas cosas, que pasado un tiempo se olvidan, nunca se van a llevar a la práctica o hacerse realidad, o descubrimos detrás de todo eso unos intereses o unos deseos de ganancia que de alguna manera nos dejan frustrados, nos hacen sentirnos engañados, o nos dan una sensación de vacío cuando no de manipulación.
Encontrarnos a la persona sincera que va a desarrollar todo lo que nos promete hasta el final con un compromiso serio sería muchas veces como encontrar una joya preciosa, un tesoro escondido. Algunas veces, por eso, tras el encanto de bonitas palabras al final quizás nos sentimos hastiados.
Hoy nos presenta el evangelio un texto que nos ofrece todo lo contrario, o mejor dicho, nos hace descubrir quien es ese tesoro escondido por el que merece la pena venderlo todo para seguirlo, para encontrarlo. Nos habla del entusiasmo de las gentes cuando escuchan a Jesús. Entienden que no son palabras dichas de memoria, que allí hay vida, que lo que ofrece es algo cierto, que ese Reino de Dios que anuncia es algo que se puede hacer realidad, que llena de esperanza ciertamente los corazones. Porque sus palabras van acompañadas de los hechos.
Este texto del evangelio de Marcos que nos ofrece algo así como el resumen de la actividad de un día, yo diría que tiene su paralelismo en el texto conocido del evangelio de Lucas cuando nos habla de su presentación en la sinagoga de Nazaret. Marcos nos centra la actividad de Jesús en Cafarnaún y es en su sinagoga donde es invitado al anuncio y comentario de la Palabra. Es el cumplimiento de lo anunciado por los profetas. Es ese nuevo profeta del que nos habla la primera lectura que proclama de verdad no su palabra sino la Palabra de Dios.
Y los profetas habían anunciado a aquel que venia a proclamar una buena noticia que seria la liberación de Israel. Con el Reino de Dios que Jesús anuncia se realiza esa liberación, porque cuando lleguemos a aceptar ese Reino nos veremos liberados de verdad de todo lo que puede esclavizar al hombre desde lo más íntimo de sí. Pero no son solo palabras lo que pronuncia Jesús sino que lo realiza.
Allí hay un hombre poseído por el espíritu del mal que ante la presencia de Jesús siente que tiene que liberarse de todo ese mal que lo ata y esclaviza desde lo más profundo de sí. Con Jesús y queriendo vivir el Reino de Dios no se puede vivir atado a esas esclavitudes del mal. Y aquel hombre se ve liberado del mal. Se realiza lo que anuncia Jesús y eso se puede realizar en nosotros también. Es lo que sienten aquellas personas y por eso prorrumpen en esas alabanzas a Dios.
‘¿Qué es esto?, se preguntan. Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Y como nos dice el evangelista la fama de Jesús se extendió por todas partes.
¿Sentiremos nosotros eso mismo cuando escuchamos a Jesús? ‘Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón’, rezamos en este domingo con el salmo. Cuidado se nos endurezca el oído y el corazón. Nos acostumbramos a las palabras de Jesús porque quizá con mucha superficialidad las escuchamos y ya no nos dicen nada o poca repercusión tienen en nuestra vida. Vaciamos de contenido la Palabra del Señor con nuestra rutina. Cansados quizá de palabras por tantas cosas que oímos por todas partes ya no le damos la importancia que tendríamos que darle y todo lo metemos en el mismo saco de la vaciedad y el sin sentido con que escuchamos otras cosas.
Nos acostumbramos tanto que ya no sentimos admiración por la Palabra de Jesús y entonces no llegamos a descubrir sus signos. Es más, ponemos una coraza en nuestro corazón que nos insensibiliza para no llegar a darnos cuenta de esas cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que nos quiere liberar Jesús con su presencia en nuestra vida.
Aquel espíritu maligno del que nos habla el signo del evangelio de hoy de alguna manera con sus gritos quería rechazar a Jesús. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?’ Una expresión de ese rechazo, de esa oposición en donde nosotros podemos caer también con nuestra indiferencia o nuestra tibieza.
Pero sí tenemos que preguntar ‘¿Qué quieres de nosotros, qué quieres de mi, Jesús Nazareno?’ para que El nos ayude a descubrir todo eso que nos oprime, que nos resta en nuestra libertad, que impide ese actuar de la gracia de Dios en nosotros. Andamos espiritualmente adormilados y parece que ni sentimos ni padecemos. Y así no podemos dejarnos transformar por el Señor. Con sinceridad tenemos que ponernos ante su palabra; reconociendo nuestras limitaciones, dándonos cuenta de todas esas cosas que nos hacen sufrir o que hacen sufrir a los que nos rodean acudimos a escuchar a Jesús para dejarnos tocar por su gracia.
Nos tenemos que dejar liberar, pero tenemos que ser signos de liberación, de la liberación que Jesús nos ofrece, ante los que nos rodean. Con esa palabra liberadora, salvadora de Jesús nosotros tenemos que ir también a los demás, a ese mundo que nos rodea para que con la liberación que Jesús nos ofrece podamos hacer en verdad ese mundo nuevo del Reino de Dios. Escuchar la Palabra liberadora de Jesús nos tiene que despertar, nos tiene que comprometer para ser ese hombre nuevo, para hacer ese mundo nuevo.

lunes, 26 de octubre de 2015

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

El amor y la compasión con el que sufre han de tener la primacía en nuestra vida que le de sentido a lo que hacemos y vivimos

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

El amor es el que tiene siempre que vencer. Es nuestro sentido, nuestra razón de ser y vivir. Sabemos que no es fácil, vivimos envueltos en muchas negruras y sombras desde nuestros intereses y nuestros orgullos; pero no nos podemos dejar vencer.
Otras veces nos cuadriculamos la vida con normas, reglamentos y leyes, o con cosas que hacemos desde la costumbre que se convierte en rutina, o desde unos parámetros que nos construimos como para decir que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar contentos porque hemos cumplido. Otras veces desde esas cuadriculas en las que hemos metido la vida tenemos la tentación y el peligro de convertirnos en manipuladores de los demás, porque queremos que las cosas se hagan desde nuestro parecer, porque queremos encorsetarlos con nuestras normas y reglamentos, porque de alguna manera queremos imponernos sobre los demás.
La vida religiosa y social de los judíos estaba llena de normas y preceptos. Claro que tenemos que pensar si de alguna manera también nosotros andamos así. Lo que en un principio se había preceptuado como algo que nos recordara la primacía de Dios sobre todo como pueblo creyente que era se podían convertir en norma opresora y deshumanizante porque quizá olvidaban el valor de la persona frente a los preceptos. Nunca puede estar reñido el culto que le demos a Dios con el respeto y el valor que le demos a la persona; es más el amor que manifestamos a Dios cuando le damos culto tiene que llevarnos necesariamente al amor a la persona, a la valoración de la persona y a buscar su bien por encima de todo.
Es en lo que se había convertido el descanso sabático que en principio buscaba que el hombre de verdad centrar su vida en Dios; pero se había reglamentado tanto el trabajo que se podía y no se podía hacer, que había perdido todo sentido de humanidad. Pero allí está Jesús que nos viene a recordar el verdadero sentido de las cosas y cómo el amor debe primar sobre todo.
Nos habla el evangelio de una mujer encorvada a causa de su enfermedad a la que Jesús cura. Aclarar el sentido que para los judíos y los antiguos tenía todo tipo de enfermedad que se veía como una posesión y dominio del maligno cuando no de un castigo por algo que se había hecho mal. Jesús nos da un sentido nuevo y distinto. ‘Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’.
Jesús que viene a sanarnos nos sana también de ese sentido equivocado de las cosas y en este caso de las enfermedades. Pero también nos está dando una señal de lo que realmente Jesús quiere hacer dentro de nuestro corazón del que quiere arrojar todo mal; es el perdón que nos regala, es el camino de vida nueva que nos ofrece, es la gracia que nos salva y nos llena de vida, es el amor que hemos de poner allí donde estemos y hagamos lo que hagamos para que le dé sentido y profundidad a lo que hacemos.
Frente a aquella vida encorsetada de normas y preceptos Jesús nos contrapone una vida llena de amor; como fue el amor y la compasión lo que le llevó a sanar a aquella mujer saltándose todos aquellos preceptos tan deshumanizadores. Que en verdad le demos en nuestra vida la primacía al amor.