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miércoles, 20 de enero de 2021

engamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

 


Tengamos en cuenta la dignidad de toda vida cualquiera que sea su estado que ha de traducirse también en el respeto que le debemos a toda persona desterrando toda acritud y violencia

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Como se suele decir hay quien no come, pero tampoco deja comer. Siempre nos encontramos personas quisquillosas que nada hacen, pero que siempre tienen algo que decir de lo que hacen los demás. Por ejemplo los eternos descontentos que nunca estarán de acuerdo con las cosas que se hacen pero sin embargo de parte de ellos no se contempla ninguna iniciativa de cómo mejor se han de hacer las cosas. Pero ahí están los leguleyos, por decirlo de alguna manera, que siempre encontrarán una razón para ir en contra, se apoyarán en las leyes que sean para impedir que se haga lo bueno.

Son cosas con las que nos encontramos todos los días, en quienes se ponen como a la distancia para observar pero nada hacen aunque decir, decir, dicen demasiadas cosas. A todo le ponen pegas, en todos encuentran defectos y no se les considera capaces de hacer nada por los demás. No les importa echar la zancadilla con tal de que prevalezcan sus ideas o quizá sea el vacío que realmente tienen en su interior. Porque eso es lo tremendo, que nos damos cuenta de que estas personas no tienen un pensamiento razonado, no manifiestan que haya algo en su interior con profundidad en sus vidas. Y como aparezca alguien con inquietud e iniciativa para hacer algo por los demás y pone empuje y empeño en conseguirlo, ya se apoyarán en lo que sea con tal de desprestigiarlo y no dejar que haga nada de esas buenas iniciativas.

Creo que cosas así somos conscientes que nos encontramos con demasiada facilidad en la vida. Pero podríamos decir que no es pecado solo de nuestro tiempo sino que es algo que en todos los tiempos ha sucedido. Es la oposición que se encontró Jesús en el anuncio de la llegada del Reino de Dios, es el rechazo que fue encontrando a todas aquellas señales en que se manifestaba ese mundo nuevo del Reino de Dios del que Jesús no solo hablaba, sino que lo iba realizando a través de multitud de signos. Estamos escuchando el principio del evangelio de Marcos y ya vemos como en los primeros capítulos, como es el caso de hoy, aparece esa oposición y rechazo a la obra de Jesús y a los signos del Reino de Dios que se van manifestando.

Jesús llega a la sinagoga un sábado y allí está un hombre con sus limitaciones y discapacidades. Tenía la mano paralizada. Pero ya estaban otros al acecho, a ver qué es lo que hacía Jesús. Ya podían sospechar que Jesús lo curaría, como a tantos como hemos visto en estas primeras páginas del evangelio de Marcos. Son las señales de la llegada del Reino de Dios. Pero no les cabía en la cabeza que Jesús pudiera curarlo un sábado; se rompería del descanso sabático, porque el sanar y curar a aquel hombre podría considerarse como un trabajo que no se podía realizar el sábado. Quieren incluso apoyarse en la ley del Señor para impedir que se pudiera hacer el bien a aquel hombre.

De ahí la pregunta de Jesús. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ No saben qué responder. ¿Qué importancia se le daba a la vida?

Aquí podrían surgir muchas preguntas en nuestro interior. Preguntas que tendrían que inquietarnos quizás porque no siempre consideramos lo suficiente la grandeza y dignidad de toda persona; preguntas sobre el valor de la vida en nuestra sociedad actual donde se juega demasiado con la muerte. Es triste como en el mundo en que vivimos parece que no tiene importancia la vida de un no nacido, pero que es vida que está ahí palpitando en el seno de la madre; ahora por otra parte habrá personas a las que consideramos seres inservibles y que no importa eliminar, y porque son mayores y ya no cuentan, o porque padecen enfermedades terribles y que parecen incurables no nos importa eliminarlos porque hasta algunos dicen que eso es un costo para nuestra sociedad.

No educamos para el respeto de la vida, de tu propia vida, como de la vida de los demás y hasta nos permitimos legislar para que cada uno haga de su vida lo que quiere. Y cuando ya no respetamos ese don precioso de la vida, aunque tenga sus limitaciones, ¿qué podemos esperar de una sociedad así?

Nos extraña y nos sentimos mal con la violencia y con la acritud con que se vive en nuestras relaciones humanas y sociales, pero ¿no será consecuencia de esta falta de respeto a la vida que se traducirá luego en esa falta de respeto a la persona en esa acritud con que vivimos nuestras relaciones y ese enfrentamiento continuo que vemos por todas partes en nuestra sociedad?

lunes, 28 de diciembre de 2020

Estamos celebrando a quien vino para darnos vida y en abundancia, nos enseña a amar la vida, nos pone en camino de buscar la vida en plenitud, nos impulsa al respeto a toda vida

 


Estamos celebrando a quien vino para darnos vida y en abundancia, nos enseña a amar la vida, nos pone en camino de buscar la vida en plenitud, nos impulsa al respeto a toda vida

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

La Palabra de Dios hoy nos provoca, nos hace plantearnos y preguntarnos ¿de qué lado estamos? ¿Dónde queremos estar?

Hoy se nos habla de luz y se nos habla de tinieblas, hoy se nos habla de violencias y de muerte y aparecen las ambiciones humanas que nos endurecen y embrutecen, de miedos que sobrecogen el espíritu y nos hacen actuar con desconfianza y con maldad, indirectamente se nos plantea si acaso no nos habremos insensibilizado con las noticias que se repiten o la situación repetida que vemos en nuestro mundo.

Es fácil decir que queremos caminar en la luz, como nos señala hoy la carta de Juan, pero también es fácil que se quede o en buenos deseos o solamente en palabras porque luego con sinceridad no somos capaces de reconocer los puntos oscuros que puede haber en nuestra vida. Tanto nos hemos acostumbrado a ese mundo de violencia que cuando contemplamos el hecho cruel que se nos ofrece hoy en el evangelio hemos terminado por darle un sentido de broma, de fiesta y de motivo de jolgorio. Cuando decimos día de los inocentes, ya solo pensamos en la fiesta que podemos hacer de los demás en sus desconciertos con nuestras broma pero casi pasamos por alto la sangre inocente derramada en aquellos niños martirizados como disimulamos otros dejamientos de sangre con los que de alguna manera jugamos en las actitudes o posturas que podamos tomar en la vida.

Sí, es el día de los Santos Inocentes y recordamos y contemplamos el evangelio en ese episodio sangriento tan cercano al nacimiento de Jesús. Los recelos de Herodes por la posibilidad del nacimiento de un rey para los judíos que pudiera despojarle a él de su corona provocan como un torrente de maldad en cascada vertiginosa que lleva a la muerte a aquellos niños inocentes solamente por el hecho de tener una edad semejante a la del recién nacido niño Jesús.

Son las tinieblas que contemplamos en este evangelio manchadas de sangre inocente, pero que nos tendría que sensibilizar ante tanta sangre inocente que se sigue derramando en nuestro mundo. Nos viene siempre a consideración el tema del aborto con la destrucción de tantas vidas en el seno de sus propias madres aunque casi nos acostumbramos a ello y nos dejamos embaucar por tantos que se auto justifican en las leyes que lo permiten o en los llamados derechos de unas madres que no tienen la valentía de afrontar la vida de unos seres que se están gestando en sus entrañas. ¿Y el derecho a la vida, el derecho a vivir de esos seres que ya son seres humanos en las entrañas maternas? ¿O es que acaso podemos tener el derecho de matar, de quitar la vida a un ser vivo?

Es lo que ahora se nos está planteando con el llamado derecho a decidir sobre su vida y sobre el momento en que queremos ponerle fin a nuestra existencia o a la existencia de otros seres humanos. Estamos cayendo en una pendiente muy peligrosa en nuestra sociedad porque terminaremos eliminando a todos aquellos que consideremos inservibles por las discapacidades que puedan tener en sus vidas. Todos entendemos que nos estamos refiriendo a las nuevas leyes que se están aprobando.

Es un mundo de violencia y de muerte en el que estamos viviendo; es lo que nos ofrecen continuamente los medios de comunicación y también todos los medios audiovisuales. Parece que poco importa la vida cuando tanto hacemos protagonista a la muerte. Es la realidad, nos pueden decir algunos y lo que se trata es de reflejar la realidad, pero no nos damos cuenta de que vamos perdiendo la sensibilidad, vamos perdiendo el respeto por la vida y así luego vemos como normal esa violencia de palabras, de gestos, de trato que nos tenemos los unos contra los otros.

Creo que cuando tenemos oportunidad de celebrar la muerte de los Santos Inocentes y en fechas tan cercanas al nacimiento del Salvador seamos capaces de reflexionar y recapacitar sobre todas estas cosas. Estamos celebrando a quien vino a nosotros para darnos vida y dárnosla en abundancia, quien nos enseña a amar la vida, quien nos pone en camino de buscar la vida y la vida en plenitud, quien nos impulsa a ese respeto a la vida y a la vida de todos sea cual sea su condición o su capacidad, quien por nosotros dio su vida pero para que nosotros tengamos vida y vida para siempre con toda dignidad.