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jueves, 31 de julio de 2025

Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

 


Valores que nos enseña el evangelio fundamentales y esenciales para nuestra vida que nos hacen mantener la serenidad y la paz y nos llenan de sabiduría

Éxodo 40,16-21.34-38; Salmo 83; Mateo 13,47-53

Seguramente todos nos hemos llenado de impaciencia más de una vez, con ganas de entrar a fuego con todo, por decirlo de alguna manera, ante la revoltura de cosas, de actitudes, de manera de entender las cosas, de maldad de tantos quizás en nuestro entorno; quisiéramos algo así como un mundo perfecto, donde todos siempre fuéramos buenos, donde no existiera la maldad, donde hubiera desaparecido la injusticia y la violencia; es cierto que es a eso a lo que aspiramos, esa sería también nuestra tarea el conseguirlo, pero nuestro mundo es un mundo revuelto donde se entremezcla el agua cristalina con el barro y las basuras que nosotros mismos vamos arrojando en ese mar.

Quisiéramos quizás limpiarlo de un golpe, aunque fuera con la violencia, nos queremos convertir en inquisidores de los demás y vamos repartiendo condenas por doquier, queremos hacer desaparecer a los que nosotros consideramos malos; pero quizás tendríamos que pensar ¿por qué consideramos que son más malos que nosotros si también nos llenamos de violencia para quererlos arrasar?. Pero, recordando otro momento del evangelio, también tendríamos que preguntarnos, ¿quién puede tirar la primera piedra?

Hoy Jesús nos habla de una red repleta de peces. No todos son válidos, no todos son comestibles, pero ahí está esa red sacada del mar. Quizás observamos esa red y nos pudieran parecer todos iguales o todos comestibles. Será el sabio pescador el que al final podrá escoger los que son válidos, mientras los otros son arrojados de nuevo al mar. ¿No nos estará hablando de la paciencia de Dios con nosotros y con nuestro mundo?

¿No tendría eso que hacernos pensar en por qué nosotros vamos haciendo tantos juicios de los demás en la vida cuando quizás no nos miramos a nosotros mismos? ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Aquí quizás tendríamos que recordar otras páginas del evangelio que nos invitan a reconsiderar nuestros pensamientos y a evitar esos juicios y condenas. ‘No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, algo así que nos dice Jesús en otro momento.

Esto tendría que ayudarnos a reflexionar en esa tensión que vivimos en lo social y en lo político, donde en lugar de aportar cada uno desde su manera de ver las cosas para colaborar con los otros en la construcción pacífica de nuestra sociedad, sin embargo todo es acritud, todo son enfrentamientos, todos parece que nos convertimos en enemigos que pareciera que nos queremos destruir los unos a los otros. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo, de nuestra sociedad? ¿Por qué no somos en verdad constructores que colaboramos los unos con los otros? ¿Cómo estamos educando las futuras generaciones con los ejemplos que les estamos dando? Confieso que son cosas que en verdad me preocupan mucho.

Jesús después de hablarles con todas estas parábolas a los discípulos les pregunta, ¿entendéis todo esto? ¿Llegaremos ciertamente a entender el mensaje del evangelio que tanta actualidad tiene, sigue teniendo en el mundo de hoy y que si lo escucháramos más en verdad estaríamos haciendo un mundo mejor? Esos valores que nos enseña el evangelio son fundamentales, son esenciales para nuestra vida.

Es la sabiduría del evangelio, como se nos termina diciendo hoy. ‘Pues bien, nos dice, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Saquemos a flote ese tesoro, esa sabiduría, esa prudencia de la vida, esa paciencia para no perder la paz ni la serenidad por mucho que veamos alrededor que nos inquiete, esa humildad para aceptar y para comprender, esa palabra buena que va a poner siempre paz en medio de nuestras guerras y violencias. Es la maravilla del evangelio de Jesús.

martes, 26 de noviembre de 2024

No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

 


No podemos quedarnos impasibles permitiendo que se destruya ese templo hermoso de la vida que Dios ha llenado de tanta belleza

Apocalipsis 14,14-19; Salmo 95; Lucas 21,5-11

Cuando una cosa que nosotros consideramos de gran valor, una joya, una obra de arte, algo quizás muy querido para nosotros vemos que se resquebraja en nuestras manos y se destruye sentimos un gran pesar y dolor por la pérdida; me viene a la mente lo que habrán sufrido los damnificados por la DANA recientemente en Valencia cuando veían que perdían sus casas y sus pertenencias, que estaban en peligro por sus vidas, que muchas de aquellas cosas valiosas que tenían se las llevaba la inundación, grande sería su dolor.

Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús les anuncia que aquel templo tan hermoso, del que todos se sentían orgullosos y al que amaban mucho por su significado en sus vidas como pueblo y como pueblo creyente un día va a ser destruido. Grande sería la decepción que sentían en aquellos momentos, y aunque aun no había sucedido – cuando nos lo narra el evangelista habla ya de hechos pasados y consumados – el dolor que sentían sería también abrumador.

Pero Jesús está queriendo decirles algo más. Aquel templo sería destruido, pero un día Jesús había hablado, aunque no lo habían comprendido, que podrían destruir ese templo y El en tres días reconstruirlo. Los evangelistas nos dirán que los discípulos lo entendieron después de su muerte y de su resurrección, porque El estaba refiriéndose no solo a aquel templo material, sino al templo de su cuerpo, estaba anunciando su muerte y resurrección.

Creo que desde esa honda tenemos hoy nosotros que escuchar este evangelio. Y es que a continuación Jesús habla de muchas cosas que les causarían dolor, les habla de catástrofes naturales, como les habla de violencias y de guerras; parece que está haciendo un anuncio de la historia, pero también estuviera hablando del momento final de la historia, del fin del mundo. Ciertamente no deja de hacerlo, pero algo más quiere decirnos Jesús.

¿Hablaba de aquel templo, pero hablaba del propio templo que era su Cuerpo? ¿Nos estará hablando de ese templo de Dios que somos nosotros también? ¿Y de igual manera no lo llenamos también de muerte? ¿De alguna forma no estaremos en el devenir de nuestra historia personal llenándonos de muerte, y no es ya solo la muerte corporal que un día nos sucederá cuando llegue el final de nuestros días sino de esa muerte que nos inflingimos cuando no estamos amando de verdad la vida?

Catástrofes y violencias, odio y muerte que se suceden en nuestra historia, que vamos viviendo también en nosotros cuando nuestras relaciones se llenan de violencias, de resentimientos, de venganzas, de orgullos y envidias, de egoísmo y de insolidaridad. Nos está recordando Jesús lo que puede ser nuestra vida cuando cerramos nuestros oídos a su evangelio, cuando desterramos de nosotros el amor y las buenas maneras, cuando nos entran las desconfianzas y nos dejamos envolver por la malicia. Muchas veces nuestras mutuas relaciones son peores que una guerra, la violencia con que avasallamos tantas veces a los que nos rodean es peor que las avalanchas de unas inundaciones que todo se lo llevan por delante, nuestros orgullos y nuestro amor propio con verdaderos terremotos que echan abajo los cimientos de la amistad y de las buenas relaciones, el odio nos oscurece la vida peor que una noche de tinieblas si perdiéramos el sol y se cayeran las estrellas del cielo.

Y Jesús nos dice que todo eso está por venir, que en esas redes podemos caer, pero que de esas catástrofes y calamidades con que llenamos nuestra vida podemos salir. Las palabras de Jesús son una alerta, un toque de atención, pero también una luz de esperanza, que bien necesitamos. No  nos dejemos engañar, nos dice, porque serán muchas las confusiones que nos sobrevendrán. Tengamos la certeza de que Dios está con nosotros y con El tenemos asegurada la victoria, podemos hacer un mundo nuevo. Es nuestra tarea y es el compromiso de nuestra fe.

¿Dejaremos que se destruya ese templo y nos quedamos impasibles? ¿Dejaremos que se destruya nuestra vida, nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás, la convivencia, la Paz? No son cosas sobrevenidas sino que son cosas que nosotros hacemos o en nuestra dejación contribuimos negativamente.

jueves, 3 de octubre de 2024

Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

 


Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

Seguramente que todos andamos con la misma preocupación en estos días; se oyen muchos tambores de guerra que nos aceleran el corazón. Las noticias que continuamente vamos escuchando no son nada alentadoras y sentimos cómo la paz se está resquebrajando más y más. Nos sentimos quizás impotentes porque nos parece que no está en nuestras manos detener esa carrera loca, pero al mismo tiempo nos sentimos con la responsabilidad, porque realmente el mundo está en nuestras manos, de que algo tenemos y podemos hacer.

Como creyentes elevamos nuestra mirada y nuestra oración al cielo para pedir por la paz, es lo menos que podemos hacer, para que se muevan los corazones de quienes tienen en sus manos detener esta loca carrera, y que el Señor mueva los corazones en búsqueda de esa paz. Pedimos por esos lugares en guerra o que se ven amenazados y por tanto sufrimiento que se ve generando en derredor de esas situaciones.

Pero creo que no es solo eso lo que podemos hacer; son también nuestros corazones los que no sólo tienen que conmoverse, sino moverse para que seamos capaces también de dar nosotros pasos en la construcción de esa paz. Alguno podrá decirme y ¿qué puedo hacer yo, una insignificante persona escondida en el último rincón del mundo – vamos a decirlo así – para lograr esa paz para nuestro mundo que tanto necesitamos?

Un edificio, pongo un ejemplo, lo vemos en su conjunto, como podemos ver el mundo en su conjunto, y nos fijamos en las cosas más llamativas, como nos puede suceder ahora en la situación en que nos encontramos. Pero ese edificio está hecho de muchas, de múltiples y quizás pequeñas cosas y detalles que harán que ese conjunto tenga su fortaleza y su belleza; como solemos decir son los pequeños granos de arena que han ido construyéndolo, estarán sus cimientos, sus paredes y portales, sus herrajes y sus forjados, su puertas y ventanas, y así en pensemos, por ejemplo en nuestra propia casa, cuántas cosas ha necesitado para su construcción e incluso luego su mantenimiento; cada una de esas cosas, en su lugar, han sido importantes, porque son una parte de ese conjunto y sin las cuales no lo tendríamos.

Así nuestro mundo y nuestra vida, así el conjunto de la sociedad de la que somos parte y, aunque parezcamos pequeños, parte importante e insustituible, como aquel lugar donde convivimos o realizamos nuestras tareas, donde hacemos nuestra vida al lado de los que también caminan a nuestro lado. Pues, es lo que te quiero decir, ahí donde estás tienes que ser constructor de esa paz. Esa paz que tú construyas ahí donde estás va a ser raíz importante de la paz de ese mundo en el que vivimos. Ese tiene que ser nuestro compromiso. Ahí donde estamos no dejemos que suenen nunca tambores de guerra con nuestras violencias o nuestros malos modos. ¡Cuánto podemos hacer!

Y no me estoy alejando del evangelio que hoy se nos proclama, porque es a eso a lo que nos envía Jesús cuando nos envía a anunciar el Reino de Dios. Hemos escuchado que Jesús ha escogido a sus discípulos y apóstoles y los pone en camino para anunciar el Reino de Dios. Fijémonos en lo que les dice, en el encargo que les hace. En alguna ocasión nos hemos fijado como Jesús los envía sin nada, que no busquen esos apoyos materiales para hacer el anuncio, porque el anuncio que tenemos que hacer trasciende esos medios materiales.

¿Qué nos está diciendo Jesús? ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Un anuncio de paz, unos gestos de paz, dejándonos ser acogidos, compartiendo lo que nos ofrezcan, queriendo dejar siempre un gesto de paz en lo que ofrecemos o en la manera de estar; nuestra presencia, nuestra manera de estar tiene que ser ya en si mismo un anuncio de paz, un anuncio del reino de Dios. Es lo que tiene que reflejar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestra acogida y nuestro dejarnos querer que es también importante, porque significa la humildad y la sencillez con que nos presentamos. Nada de arrogancias ni de orgullos, nada de vanidad ni autosuficiencia para poder sentirnos pobres con los pobres y cercanos y verdaderamente solidarios con todos los que sufren.

¿Será esa en verdad la señal que damos con nuestra vida los cristianos? ¿Será esa la imagen que da la Iglesia en medio de nuestro mundo? Muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas tenemos que revisar y transformar para que seamos en verdad señales del Reino de Dios en medio del mundo.

jueves, 15 de agosto de 2024

María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

 


María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Tener una señal que nos garantice que aquello por lo que luchamos lo podemos conseguir será siempre algo que nos da esperanza en nuestro esfuerzo por lo que merece la pena, aunque sea duro el camino, seguir en nuestros deseos de superación y de alcanzar esa meta. ¿Estamos seguros que este camino nos llegará al final que pretendemos? ¿Merecen en verdad esos esfuerzos que algunas veces parece que se nos hace oscuro el camino por todas las cosas que nos vamos encontrando y que parecen que quieren distraernos de nuestra meta? Y confiamos, y esperamos, y mantenemos la tensión del esfuerzo, y somos capaces de pasar todos los sacrificios que sean necesarios porque nos sentimos seguros del final que buscamos.

No se trata ya de los caminos geográficos que tenemos que recorrer si queremos llegar a un lugar hermoso donde nos anuncian que vamos a disfrutar mucho. Podríamos estar haciendo referencia también a la situación que vivimos en nuestro mundo que en medio de tantas violencias y tanto egoísmo insolidario pudiera parecer que nos hace perder la esperanza. Sin dejarnos envolver por el pesimismo bien sabemos que la realidad es cruda, guerras que no se terminan sino que más bien parece que surgen con más fuerza cada día con el peligro incluso de que se abran nuevos frentes, y aun seguimos soñando con la paz aunque nos flaqueen las esperanzas.

Un mundo duro y cruel de tantos que tienen que dejar su tierra y lugar de origen arriesgando sus vidas es búsqueda de algo mejor, pero como contrapartida esos resabios de racismo que aparecen en algunos lugares, esos brotes insolidarios que nos hacen pensar primero en nosotros sin querer mirar las tragedias pero también los sueños que hay detrás de cada uno de esos emigrantes; y nos vemos envueltos en ese torbellino y sentimos la tentación de dejarnos arrastrar por esas negruras que pueden aparecer en nuestro corazón. ¿Necesitará nuestro mundo, necesitaremos nosotros un faro de esperanza que nos anime a seguir en pie?

Es mucho lo que está en juego y esta fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un rayo de esperanza que nos llena de esas certezas y seguridades el corazón. Era turbulento también aquel momento de la historia del mundo en que apareció la Buena Noticia del Evangelio. Desde la Palabra de Jesús comenzó a brillar una nueva luz que llenaba de esperanza aquel mundo. Recordamos que los evangelios nos hablarán de que en aquel mundo que andaba en tinieblas, recordando a los profetas, allá por Galilea comenzó a brillar una nueva luz con el anuncio del evangelio de Jesús. Será la lectura que irán aprendiendo a hacer de la vida y de la historia aquellos que creían en Jesús, aquellos que seguían a Jesús. Cada hecho, cada momento comenzaba a tener una nueva lectura que seguía despertando esperanzas en los corazones.

Es lo que hoy también nosotros queremos sentir cuando celebramos esta fiesta de la Asunción de la Virgen que la queremos celebrar también en el contexto de nuestro mundo, con nuestras problemáticas sociales y también con nuestras problemáticas personales, porque a todos en algún momento no nos faltan esas oscuridades que pidieran entenebrecer también nuestras vidas. Pero no nos puede faltar la esperanza.

Es posible un mundo nuevo por el que luchamos y nos esforzamos, es posible que los corazones vayan cambiando y tengamos una nueva mirada  que nos llene de esperanza, es posible hacer un mundo mejor porque hay muchos corazones generosos que ya lo están trabajando.

Tenemos que estar atentos a esas buenas señales que nos pueden ir apareciendo y no podemos dejar que pasen desapercibidas. No todo son deseos de guerra y de violencia y hay un fuerte clamor por la paz en nuestro mundo; no todo es encerrarnos en nuestros egoísmos, racismos y discriminaciones, porque también nos encontramos con muchas personas de buena voluntad que trabajan por mejorar la situación de quienes llegan ansiosos de algo nuevo a nuestras costas; no siempre avanzamos todo lo que queremos, pero hay señales en el camino que tenemos que saber descubrir para no dejarnos embotar por cosas negras que se magnifican en exceso.

Hoy escuchamos el canto de María que se siente engrandecida en el Señor, porque siente que en ella Dios está realizando maravillas, pero porque siente también que por ella Dios está haciendo maravillas para nuestro mundo. ‘Los poderosos van a ser derribados de sus tronos y los humildes van a ser enaltecidos, los hambrientos van a ser saciados, pero aquellos que se creen satisfechos de todo van a sentir el peor de los vacíos en su corazones’. Es la imagen que en María contemplamos de esa transformación de nuestro mundo.

Algo nuevo tiene que surgir, algo nuevo ya está surgiendo, en eso nuevo tenemos que sentirnos implicados, a ese carro de transformación nosotros tenemos que apuntarnos. Dejémonos de catastrofismos que llenan de oscuridad los corazones – cuidado con las noticias que algunas veces difundamos que parece que lo que queremos es escachar la cabeza de los que no piensan como nosotros – y resaltemos los puntos de luz que vayamos encontrando que si abrimos los ojos los descubriremos.

Nosotros, los canarios, hoy invocamos a María con la hermosa advocación de Candelaria. Es la portadora de la luz, así un día la puso con su imagen en las playas de nuestra isla, pero quiere seguir siendo esa portadora de luz para nuestra tierra hoy pero nos está pidiendo que es lo que nosotros tenemos que ser en medio de este mundo que  nos ha tocado vivir. Dejémonos iluminar e iluminemos con esa luz del evangelio de Jesús que ella también nos ha venido a traer.

sábado, 20 de julio de 2024

Cuánto nos cuesta ser instrumentos constructores y signos de la paz como señal del Reino de Dios y no apagar la mecha humeante ni el pabilo vacilante

 


Cuánto nos cuesta ser instrumentos constructores y signos de la paz como señal del Reino de Dios y no apagar la mecha humeante ni el pabilo vacilante

Miqueas 2, 1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21

La vida está llena de momentos de desencuentro, situaciones que si no sabemos manejar con prudencia pueden llevarnos a enfrentamientos que terminen incluso con violencias. ¡Qué fácil surge una discusión acalorada, muchas veces desde una nimiedad, pero que no saber tener el necesario control y madurez en la vida nos puede llevar a funestas consecuencias! Amistades que se enfríen, se debilitan y tienen el peligro de romperse y perderse; todos lo contemplamos con tristeza cuando vemos que hay gente que puerta con puerta no llegan ni siquiera a darse los buenos días; todos nos podemos ver envueltos en situaciones así.

Es que no me puedo callar, decimos y podemos tener razón, pero la razón ha de pasar también por saber rumiar las cosas y encontrar el momento más oportuno. Es que tenemos un mensaje que trasmitir, nos escudamos, pero mal podemos trasmitir un mensaje de paz en medio de la violencia. Algunas veces nos cuesta entender, nos cuesta dar el paso a un lado aunque sea momentáneo para evitar el enfrentamiento. Es cierto que Jesús nos dice que lo que hemos escuchado al oído tenemos que proclamarlo desde la azotea, pero nunca podemos hacer un buen anuncio desde un acaloramiento que se puede volver violento, porque además sería lo más contradictorio con el mensaje que queremos trasmitir.

Hoy comienza a decirnos el evangelista que cuando salió de allí, ya los fariseos estaban haciendo planes para quitar de en medio a Jesus. No habían soportado que Jesús hiciera el milagro de curar a un hombre un sábado y parecía que se mundo se venía abajo, y era entonces necesario eliminar a Jesus.

En otro momento dirá que ha llegado su Hora y entra decidido a la ciudad santa de Jerusalén; vemos su determinación cuando se acerca la hora de la Pascua, que va a ser su hora, la hora de la pascua definitiva. Pero no es la hora en estos momentos. El anuncio del evangelio no ha llegado a su término ni a su plenitud, pero veremos que Jesus se marcha de aquel lugar y aunque allí cura a muchos de sus males y enfermedades, les recomienda que no lo divulguen. Ya llegará el momento de su subida decidida a Jerusalén para la Pascua.

Y nos recuerda el evangelista los textos del canto del siervo de Yahvé del Antiguo Testamento. ‘Mirad a mi siervo mi elegido… sobre El he puesto mi Espíritu…no gritará, no voceará, nadie escuchará su voz por las calles… la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará…’ Es el Siervo de Yahvé, es el elegido del Señor, en los corazones se plantará su Palabra, la mano del Señor irá enderezando a los caídos, los que parecen débiles no van a ser descartados, la más mínima luz merece la pena mantenerla y ayudarla a crecer.

Creo que estos textos tienen que hacernos pensar, hacer recapacitar sobre la manera que hacemos las cosas muchas veces; no siempre destacamos por nuestra mansedumbre, no siempre seguimos el camino de la humildad y de la sencillez; muchas veces en lugar de reconstruir lo que hacemos es echar abajo aquello que nos parece poco importante o insignificante, otras tendrían que ser nuestras actitudes y nuestras posturas; mucho tiene que brillar en nosotros la humildad para decir la buena palabra a tiempo, en el momento oportuno; tenemos que estar convencidos de que tenemos que bajarnos de nuestros pedestales y que no nos podemos dejar adular por los que parecen poderosos de nuestro mundo; siempre hemos de ir con la mano tendida que busca la paz, que se ofrece para levantar al caído, que pueda convertirse en bastón para el que va renqueante por la vida.

Tenemos que ser siempre instrumentos de paz, constructores de la paz, signos de la paz que con Jesús podemos ganar en nuestros corazones. Nos convertiremos así en signos del Reino de Dios que tenemos que anunciar. Cuánto cuesta, tenemos que reconocer.


jueves, 18 de julio de 2024

¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

 


¿Para qué agobiarnos y volvernos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Nos dice Jesús que busquemos en El nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Salmo 101; Mateo 11, 28-30

Tú no agaches la cabeza, no permitas que nadie esté sobre ti… consejo y recomendación que escuchamos y que no estaría mal si es que queremos salvaguardar nuestra dignidad de personas y nadie es mejor que otro, pero, hemos de reconocer, algo en lo que hemos de tener cuidado porque bien sabemos que junto a unas palabras nobles en su origen pudiera pronto aparecer la acritud que deriva fácilmente en violencia.

Y es que vivimos con mucha acritud en nuestras relaciones entre unos y otros; parece como si no pudiéramos salvaguardar nuestra dignidad o reclamar por nuestros derechos si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Y yo diría que es una lástima que actuemos así porque con esas actitudes perdemos todos nuestros derechos.

Vivimos con excesiva tensión, lo vemos en nuestras relaciones con los más cercanos y queridos a nosotros, pero pareciera que es la pauta o la manera de relacionarnos en general en la sociedad. Y nos vamos contagiando los unos a los otros; es demasiado fuerte la acritud y violencia sobre la que vamos fundamentando todas nuestras relaciones sociales; cualquier discrepancia – y tendríamos que decir que sería normal que existan distintas maneras de ver las cosas – termina en enfrentamiento y al que discrepa con nosotros ya poco menos que lo estamos viendo como un enemigo.

Podemos ser adversarios porque tengamos distintos planteamientos sobre cualquier aspecto de la vida, pero no tenemos que considerarnos unos enemigos irreconciliables donde nos sea difícil entablar un diálogo para llegar a puntos comunes, es más, si podemos destruimos todo lo que nuestro adversario haya podido levantar. Miremos lo que pasa en la política y en la sociedad.

Hoy Jesús en el evangelio nos invita a que no vivamos agobiados; bien sabemos lo que son las consecuencias, no hay quien hable con nosotros cuando estamos en tensión, perdemos la serenidad y la calma, aflora esa violencia de la vida. Y es difícil en nuestro mundo de prisas, todo lo queremos tener al instante, no sabemos esperar, pronto nos ponemos en tensión por cualquier cosa; a la manera de la informática en que estamos acostumbrados a tocar una tecla y automáticamente nos sale todo, así queremos hacer en la vida; hemos de aprender coger el ritmo de la vida que nos haga disfrutar de lo que vivimos, de lo que hacemos, de lo que nos vamos encontrando en los demás, de lo que la vida nos ofrece.

Pero con nuestros agobios y carreras parece que no tenemos tiempo ni paciencia para nada, y de la misma manera que nos ponemos de mal humor un día que nos falla el ordenador, no funciona tan rápido como queremos el móvil, o tenemos problemas con la tablet, surge el malhumor y la tensión, reaparece nuestra acritud con todo el que esté a nuestro lado, nos llenamos de violencias y queremos machacar a todo el que se nos atraviese en el camino.

Y Jesús nos habla de mansedumbre y de humildad, de serenidad para saber encontrar el descanso y de una paz que de alivio a todas nuestras tensiones. El va por delante enseñándonos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas…’ ¡Qué hermosas palabras que nos llenan de paz el corazón! Tenemos que rumiar y saborear sin prisas estas palabras de Jesús.

¿Para qué agobiarse? ¿Para qué nos volvemos locos con nuestras carreras que al final no nos llevan a ninguna parte? Muchas veces decimos que tenemos que saber encontrar tiempo para nosotros mismos. Aquí nos lo está diciendo Jesús, que encontremos nuestro descanso. Tenemos que saber dejarnos guiar, que seguro que vamos a encontrar muchos vericuetos que nos llevan a encontrar la paz.

Por eso nos dice Jesús que su yugo es ligero, es liviano; cuando pensamos en un yugo estamos pensando en algo pesado que va a caer sobre nosotros e incluso nos quitará la libertad de movimientos; y es todo lo contrario, porque el yugo nos guía y nos conduce, nos hace evitar malos caminos, nos da seguridad para alcanzar la meta que buscamos, hará que el surco de nuestra vida sea recto y pueda darnos las plantas de los buenos frutos.  Es lo que podemos alcanzar cuando nos dejamos conducir por Jesús, por algo nos dirá en otro momento que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


jueves, 13 de junio de 2024

Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

 


Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

1Reyes 18, 41-46; Salmo 64; Mateo 5, 20-26

Si nos ponemos a hablar razonablemente seguramente todos estaremos de acuerdo en que lo más bonito en nuestras mutua relaciones es que lo hagamos con paz y armonía, con buen entendimiento y con diálogo, buscando siempre lo que nos acerque y evitando todo aquello que pudiera crear abismos entre unos y otros. Digo, si nos ponemos a hablar razonablemente, pero bien sabemos cómo pronto salta la chispa y aparece en la práctica todo lo contrario; se nos puede derivar pronto la conversación a buscar culpabilidades, a decir que el otro no es razonable, que si alguien me sale con algo que no me guste tendré que contestarle y poco a poco se va elevando el tono para caer en esa espiral en que fácilmente nos vemos envueltos en esta sociedad.

Hay demasiada acritud, aflora muy pronto el amor propio que se siente herido por cualquier cosa, vienen las malas interpretaciones, pronto aparecerán palabras que pueden ser insultantes o por las que alguien puede sentirse herido, y comenzamos a ir por una pendiente peligrosa en donde lo que tendría que ser delicadeza se convierto pronto en violencia y terminamos poniéndonos barreras entre unos y otros porque se rompe la sintonía del corazón, entra la discordia, y ya quien no piense como nosotros es un adversario que van en contra nuestra y un enemigo.

Lo podemos ver en la cercanía de los que están a nuestro lado, porque incluso en las familias no nos hemos librado de esas tensiones, pero es el ejemplo también que nos están dando nuestros dirigentes en que todo son descalificaciones, de ninguna manera se busca el encuentro y el entendimiento y aparecen tantas violencias. Somos fáciles a ir a una manifestación contra una guerra que nos parece injusta en cualquier lugar del mundo, pero no somos capaces de manifestarnos en contra de esa violencia hasta institucional que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.

Nos hemos preguntado en reflexiones anteriores sobre qué presencia estamos teniendo los cristianos en medio de nuestro mundo, en nuestra sociedad y en esos lugares donde se decide y se construye el futuro de nuestra sociedad. Tendríamos que preguntarnos también qué estamos haciendo por nuestra parte para hacer que nuestro mundo sea mejor, haya mayor armonía, y realmente nos convirtamos en instrumentos de paz en medio de la violencia que se está generando cada día en nuestra sociedad.

Me estoy haciendo esta reflexión desde lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Seguimos con el llamado sermón del monte; ayer nos invitaba Jesús a que busquemos el sentido y el valor de los mandamientos que nos tienen que conducir a una mayor plenitud de vida. Hoy de una forma concreta comienza a hablarnos del amor que tiene que envolver nuestra vida. Tenemos que dar un paso más que un mero cumplimiento.

No es solo ya el arrancar de nosotros esa violencia explicita que nos puede conducir a romper la vida de los demás, sino también todas esas señales de violencia que envuelven nuestras palabras y nuestros gestos, que se vuelven insultantes o hirientes, que desprecian o discriminan por cualquier motivo. Nos disculpamos tantas veces en nuestro mal carácter para disimular el infantilismo de nuestra inmadurez y de la falta de rectitud que tendríamos que tener en el corazón.

Por eso nos habla claramente Jesús de reconciliación, que es encontrar la paz con el otro, pero que es también saber encontrar la paz en nuestro propio corazón. Es la paz que va a generar un corazón generoso y comprensivo, que busca siempre el encuentro y la armonía, que sabe entrar en sintonía para desde lo bueno de cada uno saber ser constructores de algo mejor.

Y de eso tenemos que dar testimonio claro y valiente los que creemos en Jesús. También podemos sentir la tentación de la violencia, también nos cuesta entendernos y perdonar, también muchas veces pueden florecer esos cardos de insolidaridad y egoísmo, pero tenemos que estar dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar esas malas hierbas que malearían el jardín de la vida, para podar aquellos ramajes que nos impedirían dar buen fruto, de abonar nuestra tierra en el amor de Dios para que demos esos buenos frutos.

jueves, 28 de diciembre de 2023

Ese niño recién nacido en Belén ha venido para destruir toda muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador

 


Ese niño recién nacido en Belén ha venido para destruir toda muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador

1Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

¿No será lo que nosotros quisiéramos hacer también? A los que no son de los nuestros, a quienes nos pueden presentar alguna oposición a lo que nosotros queremos lograr, a aquellos que nos pudieran parecer un peligro para nuestros triunfos, si pudiéramos. Los queremos quitar de en medio. Son tantos a los que queremos descartar, hacer desaparecer.

El evangelio de hoy es de escalofríos, por el relato que se nos hace; la muerte de aquellos niños inocentes en Belén y sus alrededores. Todo, porque Herodes podía ver en peligro su trono. La habían anunciado que había nacido un nuevo rey de los judíos. Y él no se había enterado, tuvieron que venir aquellos Magos de países lejanos, que leyendo el curso de las estrellas había adivinado que se cumplían las promesas de los profetas, que contenían sus Escrituras Santas, y habían llegado hasta Jerusalén. Sus medios de información quedaban en entredicho y con ello se ponía en peligro su autoridad. Y aunque había advertido a aquellos personajes que si encontraban el niño le avisaran, a él no le volvieron a llegar noticias, y como los había enviado a Belén, porque así lo decían las Escrituras Santas consultadas a los maestros de la ley, ahora reaccionaba con aquella matanza.

No está tan lejano este cuadro de los trapicheos en los que andamos tantas veces; a los juegos sucios que vemos a los que tienen poder; a las luchas por el poder, por las influencias, por las manipulaciones que vemos en tantos que se creen poderosos o al menos tienen algunos hilos de poder en sus manos; pero también en núcleos más cercanos, en los ámbitos de los negocios o en la consecución de algún tipo de influencias que nos puedan mantener en ciertas posiciones en la vida social donde contemplamos tantas zancadillas, tantos desprestigios. Parece que el cuadro de Herodes con sus revanchas y con tantas sombras de muerte en su entorno, es algo que se sigue reflejando en nuestra sociedad. Como decíamos antes, es de escalofrío.

Es cierto que cuando contemplamos el evangelio este relato está haciendo una referencia clara ala rechazo de Jesús que ya vislumbramos de estas primeras páginas. Pero contemplamos también esa corona de mártires alrededor de Jesús en aquellos niños que fueron masacrados en los alrededores de Belén. Aparece de nuevo, como reflexionábamos hace unos días, esa Pascua, ese paso de Dios que algunas veces se nos puede hacer misterioso e incomprensible. Pero bien tenemos que comprender que el grano de trigo que es enterrado es el que nos va a producir fruto, y que la muerte de esos inocentes viene a ser como un preludio y un anticipo de lo que iba a significar la Pascua de Cristo, que no podemos olvidar ya desde estos primeros momentos en que estamos celebrando aun su nacimiento.

Nos hará mirar nuestros propios sufrimientos, que algunas veces nos puede parecer que padecemos de forma injusta; piedras que nos hacen sufrir y que nos aparecen en el camino de nuestra vida que nos tienen que ayudar por otra parte a encontrarle un sentido y un valor, cuando somos capaces de ponernos al lado de la pasión de Cristo, porque con El tenemos que aprender a morir para poder renacer a nueva vida.


También nos hace reflexionar en algo más cuando contemplamos el sufrimiento y la muerte de tantos inocentes en nuestro mundo, desde la violencia de las guerras, desde ese mundo tan injusto en el que vivimos con tantas desigualdades, desde ese violencia que se adueña de nuestras calles, de nuestros hogares o en esos locos que van sembrando terror y muerte a su paso. ¿No tendremos que mirar al trasluz de la muerte de los niños inocentes todo ese cuadro de muerte que enmarca la vida del hoy de nuestro mundo?

Ese niño recién nacido en Belén, que ahora le vemos incluso huir como tantos desterrados a Egipto, ha venido para destruir esa muerte, ha venido para que reine la vida, ha venido para transformar nuestro mundo, es nuestro salvador. Pongamos en El nuestra fe y nuestra esperanza que nos haga luchar por la vida, que nos ayude a desterrar tanta muerte de nuestro mundo.

domingo, 15 de octubre de 2023

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios


 

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿Habremos tenido alguna vez la experiencia de un desaire ante algo que habíamos preparado con mucho cariño y entusiasmo pero cuando lo ofrecimos a quien tanto apreciábamos – muestra de ello el esfuerzo que habíamos realizado en prepararlo – nos lo rechazaron, no lo quisieran aceptar, nos dejaron plantados, como suele decirse? En momentos así habrá que tener mucha fortaleza interior para no reaccionar de forma desagradable y hasta violenta contra quienes así nos hicieron tal desaire.

Sentimos quizás el impulso de desbaratar todo aquello que habíamos preparado y seguro que nos prometemos que eso no nos volverá a pasar con esas personas. Mucho sería ya que en un momento de lucidez y serenidad decidiéramos compartirlo con otras personas que sí lo merecieran más o acaso volver a intentarlo olvidando lo pasado. Cuidado no seamos nosotros los que en muchos aspectos realicemos esos desaires.

¿Se sentiría así aquel rey de la parábola que con tanto esmero había preparado el banquete de la boda de su hijo y que había llamado a todos sus amigos o personas cercanas para que participaran en la fiesta y al final no quisieron ir? Por ahí andan los tiros de la parábola que además Jesús nos la propone como imagen del banquete del Reino de los cielos al que todos estamos invitados. 

Es lo que había venido haciendo Jesús desde que comenzó haciendo el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y nos estaba ofreciendo las mejores imágenes para que comprendiéramos el sentido del Reino de Dios, pero parece que no querían entender. El sentido de una fiesta, de un banquete de bodas, como expresión de alegría pero también de una nueva comunión entre todos y hermandad. ¿No es así como se sienten los que participan de una misma fiesta, de un mismo banquete? Es la alegría del encuentro y del compartir, es la armonía de la convivencia y la felicidad de estar todos juntos compartiendo, es el sentirse hermanados porque parece que tenemos un mismo sentir. ¿No es eso a lo que nos invita Jesús?

Y Jesús nos sigue mandando sus enviados para recordarnos una y otra vez que la fiesta está preparada. Que es necesario que nosotros participemos, que entremos en esa nueva honda de la vida, pero seguimos con lo nuestro, tenemos mejores cosas que hacer, o eso pensamos, y seguimos con nuestras cosas, con nuestras rutinas, con nuestros apegos, con nuestros intereses egoístas, con nuestros sueños de fantasía y con nuestras ambiciones con las que quizás pensamos que podemos manipular a los demás.

La parábola nos está hablando del hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho de ese banquete? ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestro mundo que lo seguimos rompiendo con nuestra manera de actuar, violenta, egoísta, donde vamos a la revancha y a la venganza, donde nos quedamos envueltos en tantas vanidades?

Veinte siglos sigue resonando el mensaje de Jesús invitándonos a algo nuevo y nuestro mundo no termina de escuchar y entrar en ese nuevo banquete. Miremos lo que sigue pasando a nuestro alrededor, miserias, hambre, violencias, guerras, no terminamos de encontrar la paz, porque nos falta también en nuestros corazones y no queremos buscarla donde sabemos que la podemos encontrar.

Y Dios nos sigue llamando, a todos, cualquiera que sea la condición, sean buenos o sean malos, porque la sala del banquete de ha de llenarse. Fueron los criados a las encrucijadas de los caminos y los trajeron a todos. En ese todos estoy yo y estamos nosotros, que tampoco es que seamos tan buenos, pero Dios nos sigue amando y nos sigue llamando. Demos alguna muestra de que escuchamos esa llamada del Señor. No desairemos el amor que Dios nos tiene. Solo necesitamos el traje de fiesta; no es un traje de lujo o de ropajes extraordinarios; es un traje que hemos de vestir desde dentro queriendo entrar en esa nueva sintonía que el Señor nos está ofreciendo. Busquemos esas nuevas actitudes, esos nuevos valores de los que tenemos que comenzar a revestirnos.

Leamos y releamos una y otra vez el evangelio para encontrar el sentido de ese traje de fiesta que nos pide el Señor. Mira tu propia vida y mira de qué es lo primero que tendrías que revestirte para estar a tono en ese banquete de vida que nos ofrece el Señor. Seguro que cada uno lo descubrimos en nuestro interior.

martes, 3 de octubre de 2023

Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

 


Intentemos hacer el camino de la vida al paso de Jesús con la misma decisión de su subida a Jerusalén y emprenderemos un camino de entrega y de amor

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56

De camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén'.

¿No sucederá de una forma semejante también en nuestra sociedad de hoy? Aunque es bonito hablar de derechos humanos, de que todos somos iguales y cosas muy lindas por el estilo, sin embargo a la hora de la verdad nos hacemos nuestros 'distingos', no nos aceptamos todos de la misma manera, siguen existiendo discriminaciones. 'Yo no soy racista' nos dice más de uno, pero es que a ciertos individuos - y nos citan países o regiones de origen, y nos hablan del color de la piel, y nos recuerdan cosas del pasado - no me los puedo tragar, te dicen. Muchas veces también nos dejamos llevar por las apariencias, y cómo la gente hoy viste como quiere, y hay personas con las que no nos sentaremos a su lado, por ejemplo. Ahi tenemos el problema de la inmigración irregular con gentes, por ejemplo en nuestra tierra, que nos llegan en pateras arriesgando sus vidas por buscar una vida mejor, y miremos la letanía de quejas que nos hacemos si los reciben, si los tratan bien, si los tienen en este lugar o en otro. Y así podríamos poner muchos ejemplos que suceden en nuestro entorno y en lo que nosotros algunas veces nos podemos ver tentados a caer.

Aunque pudiera parecer que esto no tiene que ver con el evangelio, la actitud de aquellos samaritanos que no querían recibir ni a Jesús ni a los que le acompañaban porque iban a Jerusalén me ha dado pie para hacerme estas consideraciones. Nos viene bien porque es una invitación a reciclar viejas actitudes que también podemos tener en nuestro corazón. Además el evangelio nos hace pensar en algo más, las reacciones que ante esas diversas situaciones se pueden provocar en nosotros. Vemos lo que les sucedía a los propios discípulos de Jesús; vienen quejándose porque en aquel pueblo no han querido recibirles y en una reacción violenta ya están pidiendo a Jesús que baje fuego del cielo para castigarlos. ¿No será algo semejante a cuando decimos que a esos emigrantes que los manden a sus tierras?

Tenemos que andar con cuidado porque aunque nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús y queremos escuchar su evangelio, también a veces nos sucede que nos contagiamos del espíritu del mundo y las reacciones que tenemos ante los diversos problemas que se nos van suscitando en la sociedad no siempre están guiadas por el espíritu del Evangelio.

Decíamos antes que tenemos que reciclarnos, es una forma de hablar, pero con ello queremos expresar cómo siempre hemos de estar en una actitud humilde de revisión de actitudes y comportamientos, porque fácilmente nos dejamos llevar, nos dejamos contagiar y no están resplandeciendo en nosotros los valores del evangelio.

Nos hace falta humildad, nos hace falta impregnarse de los sentimientos de Jesús, nos hace falta contemplar mucho el camino de Jesús para seguir en verdad sus pasos. Que resplandezca en nosotros la misericordia, la comprensión, la acogida, la cercanía y la escucha, la humildad y la sencillez que nos aleje de vanidades, la mansedumbre del corazón de Cristo. Que sepamos aceptarnos y acogernos, a pesar de las debilidades o sombras que podamos contemplar en la vida, que sepamos valorar y respetar la dignidad de toda persona, que sepamos poner amor que le dará un colorido nuevo a nuestros ojos y que le dará entonces un colorido nuevo a las relaciones mutuas entre unos y otros.

Camino bello si lo supiéramos caminar, aunque sabemos cuánto nos cuesta; pensar en nosotros rutinas y viejas costumbres, actitudes egoístas e insolidarias y muchas veces demasiado amor propio, pero es un camino que podemos realizar porque lo intentamos hacer al paso de Jesús en su subida a Jerusalén.


martes, 22 de agosto de 2023

Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

 


Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

En la sociedad en la que vivimos, quizás por aquello de las leyes del comercio y de la economía, estamos acostumbrados a que necesitamos tener mucho para alcanzar aquello que deseamos. Se nos impone la ley del tener de alguna manera. Cuanto más tengamos, más podemos conseguir. Por eso, como consecuencia, terminaremos porque todo aquello que hacemos ha de tener una compensación, de alguna manera tiene un precio que ha de significar una ganancia para nosotros. ¿Cuánto gano yo por esto que voy a hacer? Nos olvidamos así de la gratuidad y nos olvidamos también de los valores que no podemos cuantificar en algo material y económico.

¿En que convertimos, en consecuencia, la vida? Viene la competición, viene la lucha, viene la rivalidad que fácilmente puede derivar incluso en violencias. Todo son carreras locas por ver cuanto vamos a obtener y cuanto más podemos conseguir. Regateamos incluso hasta en las cosas buenas que podamos hacer; terminamos regateando hasta con Dios a ver cual es el premio o recompensa que vamos a obtener por lo bueno que vayamos haciendo en la vida.

Nos ganamos la salvación, nos decimos, por las misas a las que vamos, por nuestros rezos de cada día, por las limosnas que hacemos, porque estamos cumpliendo con los mandamientos, al menos yo no mato ni robo ni hablo mal de nadie, que nos decimos tantas veces para justificarnos, o para buscar esa justificación y esa salvación.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos comentar a Jesús, después de aquel episodio del joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús desprendiéndose todo, lo difícil que será a los ricos entrar en el reino de los cielos, por los apegos que tienen en el corazón, vemos que a los discípulos cercanos a Jesús les entran unas dudas si en verdad ha merecido la pena haber seguido a Jesús dejándolo todo.

Y nosotros, ¿qué?, se preguntan y le preguntan a Jesús. Un día dejaron las redes y la barca, un día abandonaron la garita de cobrador en la que trabajaba, un día dejaron sus casas y sus tareas por seguir a Jesús por estar a Jesús, ¿y eso no va a tener ninguna recompensa?

Pensamos así también en la lista que mentalmente nosotros también nos hacemos de lo que hemos hecho, de aquellas cosas a las que hemos renunciado, de lo que de nuestro bolsillo nosotros hemos gastado porque hemos querido contribuir a las obras de la Iglesia, y así seguimos haciéndonos una lista donde además sabremos también con gran sentido económico ir abultando bien lo que hemos hecho o de lo que hemos renunciado.

O sea, tendríamos que son sinceridad preguntarnos, ¿nosotros hacemos las cosas porque también en esto de las cosas de Dios también queremos obtener unos beneficios? ¿Nos mueve nuestro interés, camuflándolo quizás en eso de ganarnos la salvación, o realmente buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos enseña Jesús en el Evangelio?

Seamos generosos que Dios no se deja ganar en generosidad. Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día un poquito más, disfrutemos con la dicha y la satisfacción de que estamos contribuyendo a hacer que nuestro mundo mejor, a que la gente se ame más, a que haya menos violencias en nuestro entorno, a que con lo que hacemos logramos que alguien pueda ser un poquito más feliz. Nos sentiremos pagamos en ese amor.

Y para hacer eso no necesitamos cosas, necesitamos solo el amor que llevamos en el corazón. No convirtamos en pura economía cuanto hacemos por un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el reino de Dios.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

 


Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

1Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Por muchos que sean los vientos la luz permanece encendida. Hemos pasado por vientos fuertes quizás, en algunos lugares por huracanes que todo lo destruyen; si tras el paso por una situación así, nos encontramos con una luz encendida nos podría parecer un milagro. ¿Cómo fue posible que se mantuviera encendida después de tanta destrucción?

Es el milagro que nosotros hemos de contemplar. En nuestra vida, en nuestra sociedad, en ese mundo nuestro tan complejo en el que vivimos, pueden venir fuertes vientos y tempestades, pueden venir momentos difíciles, puede parecernos que todo está tan convulso que no hay quien entienda nada y parece que no tenemos ninguna salida. Ahí está el milagro. Ahí está precisamente lo que es nuestra esperanza. Ahí está lo que estamos celebrando en estos días.

¿No contemplamos, en un determinado momento del evangelio, a Jesús y sus discípulos atravesando el lago en medio de un fuerte huracán cuando incluso parecía que Jesús se desentendía de todo y dormía plácidamente incluso en medio de aquella tormenta? Allí estaba Jesús y se levantó la calma. La luz se mantenía encendida.

Es la esperanza que nos anima desde la fe que hemos puesto en Jesús. La luz se puede mantener encendida. ¿Tenemos esperanza? ¿Hemos puesto nuestra confianza en Jesús? ¿Hemos asumido el evangelio y sus valores como nuestro sentido de vivir? La luz se mantendrá encendida. Pueden venir los temporales y los vientos de todos lados, pero sabemos de quien nos fiamos y quien mantiene encendida nuestra luz. Hemos de saber encontrar caminos.

Hoy el evangelio nos ha hablado de un acontecimiento trágico, ya en el inicio de la vida de aquel niño recién nacido en Belén. Herodes se ha sentido burlado por los Magos de Oriente que no le han hecho caso ni le han avisado de lo que él quería, y su orgullo y sus ansias de poder que podrían estar en peligro con un nuevo rey recién nacido – él sabía incluso que aquella corona que ceñía realmente no le correspondía – y se lanza por el camino de la violencia.

Cuántas veces hacemos lo mismo cuando nos parece que nos sentimos burlados, cuando no conseguimos lo que son nuestras apetencias, cuando descubrimos que hay otra verdad que no queremos aceptar, y nuestro orgullo y nuestra soberbia nos lleva a querer destruir cuanto haya a nuestro alrededor y nos suene a oposición. Cuánto de eso vemos incluso en los que detectan el poder en nuestra sociedad como quieren arrasar con todo lo que no sean sus ideas.

Nos habla el evangelio de aquella matanza de niños inocentes, porque a quien quería Herodes realmente hacer desaparecer era aquel niño recién nacido en Belén. Pero en medio de aquella crueldad hubo un camino. José en sueños recibe el aviso del ángel del Señor. Es la huida a Egipto que también tanto puede significar como testimonio para nuestra vida.

En medio de esas tormentas de la vida, ¿tenemos que saber soñar? Quizás. Pero creo que se nos quiere decir algo más. Ese sueño de José nos está hablando de su vida interior, de ese silencio que él sabía hacer en su corazón para escuchar la voz y la presencia de Dios y no sentirse solo en las situaciones difíciles por las que tenía que pasar. 

Cuánto tenemos que aprender a hacer ese silencio interior; cuánto tenemos que aprender a saber escuchar en nuestro interior. Muchas veces oímos el susurro de esa voz de Dios pero no la escuchamos, seguimos con lo nuestro, nuestras preocupaciones o nuestros intereses, o las cosas que nos entretienen y nos distraen.

Busquemos de verdad en el interior de nuestro corazón y por mucho que sean los vientos la luz permanecerá encendida. Es nuestra esperanza.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

 


Quitemos los filtros de malicia y desconfianza de nuestra mirada para descubrir y valorar siempre todo lo bueno que encontramos en los demás

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

En la vida siempre hay quien lleva filtros en los ojos. Como esos que siempre llevan entintados los cristales de sus gafas; entonces todo lo que miran es con el color del cristal a través del cual están mirando. Lo pueden ver todo turbio o lo pueden ver con negruras, depende de la suciedad a través de la cual miran o de la oscuridad que llevan en la vida.

Cuando nos entra desconfianza en el corazón hacia alguien siempre veremos de manera turbia todo lo que haga esa persona; diremos que esa persona obra por mala intención sin darnos cuenta que quienes llevamos la mala intención en el corazón somos nosotros con nuestra desconfianza, o con nuestra malicia. Personas que siempre están al acecho, están detrás de las mirillas de sus ventanas observando, interpretando, juzgando… condenando, porque las cosas no son como a ellos les gustaría, porque con nuestra malicia interpretamos lo que hacen poniendo malicia o doble intención.

Nacen las criticas sin razón y siempre destructivas. Aparecen las discriminaciones y los rechazos. No somos capaces de ver lo bueno porque siempre tendremos ‘un pero’ que poner. Está detrás nuestra autosuficiencia y el desprecio. Son nuestras miradas puritanas pero que encierran una falsedad en nuestro corazón. Nos volveremos destructivos porque siempre queremos echar abajo lo que los otros realicen y a la menor oportunidad trataremos de rehacer a nuestra manera lo que los otros hayan realizado. No se soporta lo bueno que puedan hacer los demás sobre todo si consideramos que no son de los nuestros.

Lo estamos viendo en el día a día de nuestra sociedad; somos tan partidistas que solo lo que hagan los nuestros será bueno; en nosotros no veremos nunca ningún defecto, ningún error, trataremos de ocultar los fallos que puedan tener los que son de nuestro bando, intentaremos salpicar de maldad todo lo que hacen los demás. No somos capaces de caminar en nuestra sociedad aunando esfuerzos; no queremos escuchar lo que nos puedan ofrecer los demás, aunque luego cuando ya no nos quede más remedios intentaremos hacerlo como si fueran ideas nuestras cuando antes siempre estábamos en contra. Problemas del día a día de nuestra vida social donde tampoco sabemos perder y reconocer el éxito que puedan lograr los demás.

¿Cuándo aprenderemos a buscar lo bueno y lo mejor entre todos en un armonioso diálogo? ¿Cuándo dejaremos a un lado esa acritud que tan fácilmente aparece en los diálogos o discusiones que podamos mantener para ofrecer cada cual las mejores ideas para el bien de todos? Lo malo es que estas actitudes de nuestros dirigentes van contagiando a todos, y las nuevas generaciones serán igualmente partidistas, poco dialogantes y violentas. Nos quejamos de esa violencia que cada vez más agravada en multitud de actos públicos, pero ¿a quien están imitando? ¿Qué se ve en los que se llaman dirigentes de nuestra sociedad?

Son aspectos humanos que tenemos que saber mejorar, son actitudes nuevas que tenemos que saber poner en juego en nuestra sociedad quienes nos decimos seguidores de Jesús. El padeció también esas violencias y rechazos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que en la sinagoga aquel sábado estaban al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Y el que pasó haciendo el bien no podía dejar que un ser humano siguiera sufriendo simplemente por la intransigencia de algunos.

Había allí un hombre con una mano paralizada, pero no querían permitir que Jesús lo curara, estaban al acecho; ya estaban apareciendo las desconfianzas contra Jesús y todo lo que hacia Jesús tenía que pasar por el filtro de aquellos ojos llenos de desconfianza y de maldad.

Y Jesús nos dice que siempre tenemos que hacer el bien, que no podemos permitir el sufrimiento de nadie si está en nuestras manos remediarlo; Jesús nos está pidiendo que vayamos por la vida con  mirada limpia sabiendo recoger todo lo bueno, venga de donde venga. Jesús nos pide que no andemos encorsetados con normas y preceptos que no ayudan al bien del hombre, al bien de la persona. Jesús nos está pidiendo que comencemos a hacer un mundo de mayor armonía y paz, que busquemos siempre el encuentro y el diálogo, que sepamos respetar y valor lo bueno del otro, que arranquemos de una vez para siempre las malicias y desconfianzas del corazón. Son los estilos del Reino de Dios.