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jueves, 5 de junio de 2025

Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

 


Unidad que es garantía de paz, unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz, unidad aurora de paz para un mundo nuevo

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Salmo 15; Juan 17, 20-26

Qué difícil se nos hace, pero también tenemos que decir, qué fácil sería lograr que en nuestro mundo haya paz. difícil lo estamos viendo en la realidad de cada día, parece que cada día estamos más abocados a la guerra, al enfrentamiento, a la falta de entendimiento, a la acritud y la violencia, a crear abismos que nos separan y murallas que nos dividen, en los grandes problemas de la humanidad, en las relaciones entre naciones y pueblos, en esa vida que tenemos que ir construyendo en nuestro ámbito en medio de la sociedad o entre los más cercanos; no somos capaces de vivir unidos, de darnos cuenta que habitamos un mismo planeta y un mismo mundo que tendríamos que compartir o que entre todos tenemos que construir. Aflora la falta de amor, el egoísmo y la insolidaridad, los resentimientos y recelos, las desconfianzas y las envidias, y no somos capaces de ponernos a trabajar juntos.

Si fuéramos capaces, sin embargo, de ser conscientes de todo eso que provocamos nosotros mismos y darnos cuenta donde está la llave que nos lleve a construir esa unidad, otro gallo nos cantaría. Si supiéramos utilizar esa llave del amor comenzaríamos a mirarnos de otra manera, a buscar la manera de acercarnos y comenzar a construir esa necesaria unidad. Ya sé que hemos hecho del amor una palabra ambigua que no nos lleva precisamente a ser esos constructores.

Todo el mundo habla de amor, es cierto, pero se nos queda en pasión que se descontrola, que se busca a si mismo, que hace distinciones y separaciones, al que le vamos cargando tantas cosas que no son amor de entrega y de generosidad, de altruismo del verdadero para no buscarnos a nosotros mismos sino saber buscar el bien de los demás y darnos por ello, que al final parece que no estamos hablando de lo mismo.

Es el amor que abre el corazón para tener siempre un lugar para el otro, para todo ‘el otro’, sea quien sea; es el amor que siempre nos pone en camino de búsqueda y de encuentro, que salva diferencias porque las respeta, pero que nos hace sentirnos unidos a pesar incluso de esas diferencias; es el amor que quita los filtros de colores para que no solo busquemos el color que nos agrada, sino que seamos capaces de crear un hermoso arco iris compuesto por todos en que cada uno tiene su importancia y su valor; es el amor que crea unidad, porque nos acerca, nos hace encontrarnos y caminar juntos, buscarnos porque sin el otro nada somos ni nada podemos hacer, nos hace disfrutar de la armonía.

De eso nos está hablando Jesús en estas palabras finales de la cena pascual en su oración sacerdotal al Padre pidiendo que nos dé ese don de saber caminar en la unidad y en el amor. Será la mejor señal de que hemos entendido lo que es el amor de Dios, de haber entendido lo que verdaderamente es la salvación que nos ofrece porque nos da la posibilidad de vivir mejor y más felices; ‘que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’.

Esa unidad que nos tengamos entre nosotros será la mejor señal de que vivimos unidos en Dios. ¿Y no es ese el camino para vivir en paz? Recordemos a nuestro nuevo Papa, León XIV que en sus primeras palabras pedía la paz para el mundo, pero pedía también la unidad en la Iglesia; una unidad que es garantía de paz, una unidad que es verdadero camino en el amor para conseguir la paz.

jueves, 3 de octubre de 2024

Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

 


Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

Seguramente que todos andamos con la misma preocupación en estos días; se oyen muchos tambores de guerra que nos aceleran el corazón. Las noticias que continuamente vamos escuchando no son nada alentadoras y sentimos cómo la paz se está resquebrajando más y más. Nos sentimos quizás impotentes porque nos parece que no está en nuestras manos detener esa carrera loca, pero al mismo tiempo nos sentimos con la responsabilidad, porque realmente el mundo está en nuestras manos, de que algo tenemos y podemos hacer.

Como creyentes elevamos nuestra mirada y nuestra oración al cielo para pedir por la paz, es lo menos que podemos hacer, para que se muevan los corazones de quienes tienen en sus manos detener esta loca carrera, y que el Señor mueva los corazones en búsqueda de esa paz. Pedimos por esos lugares en guerra o que se ven amenazados y por tanto sufrimiento que se ve generando en derredor de esas situaciones.

Pero creo que no es solo eso lo que podemos hacer; son también nuestros corazones los que no sólo tienen que conmoverse, sino moverse para que seamos capaces también de dar nosotros pasos en la construcción de esa paz. Alguno podrá decirme y ¿qué puedo hacer yo, una insignificante persona escondida en el último rincón del mundo – vamos a decirlo así – para lograr esa paz para nuestro mundo que tanto necesitamos?

Un edificio, pongo un ejemplo, lo vemos en su conjunto, como podemos ver el mundo en su conjunto, y nos fijamos en las cosas más llamativas, como nos puede suceder ahora en la situación en que nos encontramos. Pero ese edificio está hecho de muchas, de múltiples y quizás pequeñas cosas y detalles que harán que ese conjunto tenga su fortaleza y su belleza; como solemos decir son los pequeños granos de arena que han ido construyéndolo, estarán sus cimientos, sus paredes y portales, sus herrajes y sus forjados, su puertas y ventanas, y así en pensemos, por ejemplo en nuestra propia casa, cuántas cosas ha necesitado para su construcción e incluso luego su mantenimiento; cada una de esas cosas, en su lugar, han sido importantes, porque son una parte de ese conjunto y sin las cuales no lo tendríamos.

Así nuestro mundo y nuestra vida, así el conjunto de la sociedad de la que somos parte y, aunque parezcamos pequeños, parte importante e insustituible, como aquel lugar donde convivimos o realizamos nuestras tareas, donde hacemos nuestra vida al lado de los que también caminan a nuestro lado. Pues, es lo que te quiero decir, ahí donde estás tienes que ser constructor de esa paz. Esa paz que tú construyas ahí donde estás va a ser raíz importante de la paz de ese mundo en el que vivimos. Ese tiene que ser nuestro compromiso. Ahí donde estamos no dejemos que suenen nunca tambores de guerra con nuestras violencias o nuestros malos modos. ¡Cuánto podemos hacer!

Y no me estoy alejando del evangelio que hoy se nos proclama, porque es a eso a lo que nos envía Jesús cuando nos envía a anunciar el Reino de Dios. Hemos escuchado que Jesús ha escogido a sus discípulos y apóstoles y los pone en camino para anunciar el Reino de Dios. Fijémonos en lo que les dice, en el encargo que les hace. En alguna ocasión nos hemos fijado como Jesús los envía sin nada, que no busquen esos apoyos materiales para hacer el anuncio, porque el anuncio que tenemos que hacer trasciende esos medios materiales.

¿Qué nos está diciendo Jesús? ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Un anuncio de paz, unos gestos de paz, dejándonos ser acogidos, compartiendo lo que nos ofrezcan, queriendo dejar siempre un gesto de paz en lo que ofrecemos o en la manera de estar; nuestra presencia, nuestra manera de estar tiene que ser ya en si mismo un anuncio de paz, un anuncio del reino de Dios. Es lo que tiene que reflejar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestra acogida y nuestro dejarnos querer que es también importante, porque significa la humildad y la sencillez con que nos presentamos. Nada de arrogancias ni de orgullos, nada de vanidad ni autosuficiencia para poder sentirnos pobres con los pobres y cercanos y verdaderamente solidarios con todos los que sufren.

¿Será esa en verdad la señal que damos con nuestra vida los cristianos? ¿Será esa la imagen que da la Iglesia en medio de nuestro mundo? Muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas tenemos que revisar y transformar para que seamos en verdad señales del Reino de Dios en medio del mundo.

domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


viernes, 9 de diciembre de 2022

Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 


Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

Algunas veces no nos es fácil entendernos. Da la impresión que hablamos lenguajes o idiomas distintos. Nos hacemos nuestras particulares interpretaciones no solo de las palabras que escuchamos, sino que en nuestro juicio estamos queriendo mirar con lupa lo que los otros hacen, aunque da la impresión que la lupa está empañada. Si tenemos el cristal empañado, difícilmente podemos ver con claridad lo que hay al otro lado.

Los que utilizamos lentes o gafas, como comúnmente decimos, a veces nos damos cuenta que no vemos con claridad, pero es por la suciedad que se ha acumulado en nuestros cristales. Así nos pasa en el juicio o la interpretación que hacemos de los demás, vamos desde nuestras particulares ideas ya preconcebidas, vamos con nuestros prejuicios, o vamos también con nuestra malicia. Cuántos conflictos se generan.

Es cierto que cada uno tiene su manera de pensar, pero eso no nos debe encerrar nunca en nosotros mismos. Tiene que haber apertura en el corazón para ser capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuando en la lucha de la vida nos volvemos opositores los unos de los otros, cuánto nos cuesta aceptar que el otro pueda tener razón, cuánto nos cuesta aceptar lo bueno que realiza el otro.

Y así andamos en nuestra sociedad, lo vemos en la vida social y política, pero lo vemos en las relaciones más cercanas, ya sea con los vecinos, con los compañeros de trabajo o incluso en la propia familia. Nosotros queremos tener siempre la razón y no aceptaremos que el otro pueda ofrecernos algo positivo.

Qué difícil es construir así. Más bien muchas veces nos destruimos. Siempre andamos enmendando pero desde nuestra particular vara de medir y nos cuesta ser objetivos. Nos falta serenidad de espíritu, nos falta madurez. Y no es cuestión de hacer sincretismos en cosas que puedan ser irreconciliables, pero tenemos que aprender a ser tolerantes y respetuosos, para poder ser en verdad constructores.

Les costaba entender a Jesús las gentes de su época. Vemos la diversidad de reacciones. La gente sencilla que se entusiasmaba porque se despertaban las esperanzas en su corazón, pero al mismo tiempo les costaba quitarse de la cabeza la idea preconcebida de lo que tenia que ser el Mesías, y eso no era lo que encontraban en Jesús, por eso se dejarán manipular fácilmente. Por otra parte los que veían que el mundo que se habían construido se les venía abajo, porque su postura era estar siempre en un escalón por encima de los demás, para sentirse con poder, para manipular para que todo fuera a su conveniencia, por sus interpretaciones erradas que hacían de la ley de los profetas.

Unos decían que nadie hablaba como este hombre, en referencia a Jesús, y otros venían con preguntas capciosas para intentar cogerle y para tener de donde desprestigiarle ante el áurea que se había creado en torno a Jesús. No podían aceptar la sabiduría de Jesús, aunque la tuvieran palpable ante sus ojos.

Era la queja de Jesús contra aquella generación. Son como los niños de la plaza, dice, que ni juegan ni dejan jugar. Juan les parecía demasiado austero y exigente en su petición de conversión, a Jesús lo veían como un comilón que se comía con gente de mala calaña, con publicanos y pecadores.

Pero no nos quedemos en hacer juicio de aquella generación, sino que esta Escritura lo que quiere es que nosotros nos enfrentemos con nosotros mismos. ¿Cuál es nuestra verdadera actitud ante Jesús y ante su Buena Nueva? ¿No andaremos también con nuestras componendas o con nuestros prejuicios? Con sinceridad tenemos que ponernos ante Jesús quitando todo lo que empañe nuestra mirada. Escucharle con sinceridad. Abrir nuestro corazón y dejarnos conducir por su espíritu. Tendremos que limpiar el corazón. Por algo siempre nos pide conversión. Es una mirada nueva y limpia con la que tenemos que mirar el evangelio para poder dejarnos conducir por el Espíritu.

Cuando vayamos limpiando nuestra mirada nos daremos cuenta que en los demás, en lo que hacen los otros, hay más belleza de la que nosotros imaginábamos. Es que no tenemos que andar con imaginaciones y prejuicios, sino que tenemos que aprender a valorar a los otros, valorar sus ideas y pensamientos, valorar su manera de actuar sin entrar en juicios sobre lo que hacen.

Así nos enriqueceremos todos, así podremos en verdad construir ese mundo mejor, así caminaremos con verdadera esperanza llena de optimismo por la vida, así estaremos haciendo verdadero adviento en nosotros. Encontraremos la verdadera sabiduría.

miércoles, 19 de enero de 2022

No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

 


No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Aquello del perro del hortelano, que ni come él ni deja comer al amo, es algo que nos encontramos en la vida muchas veces. Son las personas que siempre están al acecho de lo que puedan hacer los otros, al acecho porque siempre estarán con el dedo acusador levantado porque siempre ellos tendrán otra manera de hacer las cosas que les parece que es la única manera de hacerlo y no aceptarán de ninguna manera lo bueno que puedan hacer los demás.

Pasa, hay que reconocerlo, entre vecinos que siempre están detrás de los visillos, y es una forma de hablar, para ver y para juzgar, para mantener sus prejuicios, o para andar condenando a todo quiste sin saber realmente lo que están haciendo; son los que se dejan llevar por las apariencias, por sus prejuicios, por su manera de ver y de creerse los únicos y los mejores.

Pero decimos entre vecinos y nos quedamos cortos, porque demasiado es lo que vemos en este sentido en todo el ámbito de la vida social; cualquiera que quiera emprender una obra buena ha de saber que siempre, haya razón o motivo o no, habrá quien está en contra, quien lo juzgará y lo condenará incluso sin ver resultados.

No digamos nada en el ámbito de la vida política que siempre el adversario hará las cosas mal y los únicos que saben hacerlas bien son los de su cuerda. Es justo que haya disparidad de opiniones, forma parte de nuestra libertad y de nuestra libertad también de pensamiento, pero seamos capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuántos ejemplos destructivos, de acciones destructivas desde estos razonamientos, nos encontramos en la vida de nuestra sociedad. Qué poco constructivos somos.

Creo que en el sentido más humano de la palabra, o en el sentido más humano que hemos de vivir como personas lo que tendríamos que hacer siempre es aprender a construir entre todos; necesitamos acercarnos para conocernos y para aceptarnos; necesitamos comprender que vivimos una misma humanidad y es entre todos cómo tenemos que construir nuestra sociedad; darnos cuenta que cada uno podemos aportar nuestro grano de arena, desde nuestras inquietudes y saber, desde nuestros valores y nuestras cualidades y que será como aprenderemos a hacer esa sociedad mejor. Qué lástima que seamos tan destructivos, porque a la larga nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

Es la historia de nuestra humanidad, es la historia de todos los tiempos; cuántas cosas hemos ido destruyendo simplemente porque son ideas de los otros, porque son cosas de otro momento, porque eso que hay no sabemos compaginarlo con lo que ahora podríamos o tendríamos que destruir; y destruimos nuestra historia, destruimos nuestra cultura, destruimos la creación de otros genios que nos han precedido en la historia de la humanidad. ¿Qué dejamos nosotros a los que nos vienen detrás? ¿Qué valores estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones cuando tanto destruimos? Leamos, si queremos y nos sentimos con fuerza para hacerlo, la misma historia que en el momento presente está transcurriendo en todos los sentidos.

El perro del hortelano que ni come él ni deja comer al amo. Me vino a la mente este refrán desde el texto del evangelio que hoy se nos ofrece y me ha sugerido esta reflexión que os he ido ofreciendo. Había un hombre enfermo en la sinagoga, era sábado y allí estaba Jesús queriendo proclamar el evangelio del Reino; pero por allá andaban los que siempre están al acecho, a ver qué hace Jesús. ¿Se atreverá a curar a aquel hombre saltándose todas las leyes del descanso sabático?

Pero Jesús les sale con la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ ¿Podemos permitir que una persona siga sufriendo en nombre de esas leyes humanas? La persona en la vida, ¿para qué está? ¿Para destruir y dar muerte? ¿O acaso nuestra misión no es transmitir vida, dar vida?

Y esto lo podemos aplicar a muchas cosas, actitudes, posturas que tomamos en la vida. No destruyamos, sino construyamos; cuando no nos respetamos, cuando rechazamos de plano todo lo que pueda hacer el otro, cuando vamos llenos de prejuicios en la vida, cuando estamos condenando simplemente porque no es de nuestro parecer estamos siendo sembradores de muerte; que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida y nunca de muerte.

sábado, 1 de enero de 2022

No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

 


No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

No podía faltar la presencia de una madre, no nos puede faltar. Qué necesaria es. No solo en el hecho de que en su vientre se gesta una vida, de su vientre nace un hijo, porque ahí no se acaba la función de la madre. Es la ternura de la naturaleza misma. Lo observamos hasta en los animalitos más elementales, como la madre cuida y alimenta, protege y se hace presente, da calor y cubre con sus alas como vemos tiernamente hasta en las aves.

Pero en el ser humano es mucho más, nos ha dado la vida y sigue siendo vida para sus hijos, porque sabe estar presente, porque cuida y porque protege, porque escucha y siempre está atenta no solo con los ojos de la cara sino con el corazón para entender y para saber más allá de las palabras que nosotros podamos decir o de los sentimientos que podamos expresar. Es la ternura de la vida, es la ternura del amor, es la ternura de Dios que El ha querido derramar de manera especial en la madre para que teniéndola a ella nunca sintamos el frío de la soledad, o el desgarro de la maldad que de otras partes nos pudiera llegar.

Y Dios quiso tener una madre, quiso nacer del seno de una madre, quiso sentir en sí mismo el calor del corazón de una madre. Por eso aunque siempre en todo el misterio del nacimiento de Jesús hemos visto la presencia de Maria, con la que Dios quiso contar, antes de concluir toda la solemnidad grande de la Navidad, en su octava, hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Sabiamente tras la reforma litúrgica conciliar se recuperó para este día esta solemnidad de la Madre de Dios, que ya se venía celebrando el 11 de octubre, como conmemoración y recuerdo de aquel concilio que así la proclamó. Este es su lugar. Y es importante que así ahora la contemplemos y la celebremos en el mayor misterio y don de María, su maternidad divina.

Aunque los ángeles sólo le habían hablado a los pastores de un niño recién nacido envuelto en pañales, es allí junto a María donde encuentran a ese Niño que se les había anunciado como el Salvador. No podía faltar la presencia de la Madre, no podía faltar la presencia de María, como no nos puede faltar a nosotros en nuestro propio itinerario de fe.

Con María siempre iremos al encuentro con Jesús, siempre iremos a escuchar y a hacer lo que nos diga Jesús. Con María aprendemos a acoger la Palabra y a acoger a Dios, con María aprenderemos a saborear la ternura de Dios. Con María sentiremos el calor del amor y la intensidad de la vida porque de la ternura de su corazón de Madre aprenderemos a encontrar esas señales de amor que Dios va poniendo a nuestra vera en el camino de la vida. Pero con María aprenderemos también a ponernos en camino porque a todos hemos de saber comunicar las maravillas de Dios.

En esta fecha del primero de enero tenemos la coincidencia de varios hitos muy importantes en el camino de nuestra vida. Por una parte Navidad y la presencia de María como ya venimos comentando, pero al mismo tiempo en el ritmo de vida es el momento de cambio de hoja en el calendario que rige la vida de nuestra sociedad.

Es primero de año, lo que nos está hablando de un año que ya hemos dejado atrás con su propia historia, pero de un nuevo año que se abre camino ante nosotros y en el que tenemos que construir la historia de nuestro hoy. Momentos de recuerdos y recuentos del camino recorrido con lecciones aprendidas, con momentos con intensidad vividos y con todo eso que ha contribuido en el crecimiento y desarrollo de nuestra vida. Será momento de gratitudes, como de cosas a tomar nota y tener en cuenta para no cometer los mismos errores, como momentos para aprender de lo vivido ya fuera negativo o positivo.

Pero es momento de inicio de nuevas etapas y de buenos propósitos y deseos al tiempo que nos vamos trazando metas. Todos nos deseamos lo mejor, pero no nos podemos quedar en la buena voluntad ni en los buenos deseos, sino que tendrá que ser momento de compromiso y de poner cada uno de nuestra parte nuestro grano de arena o nuestra buena semilla porque será la manera de que nuestro año sea mejor. El año será lo que nosotros construyamos, con las circunstancias con que nos encontremos, y con el esfuerzo en que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos para que sea el resultado mejor. No es tarea fácil, porque son muchas las cosas que se conjuntan, pero eso no nos disculpa de nuestro esfuerzo y de nuestra tarea.

Y queremos un mundo de paz. Fue el cántico de los Ángeles de Belén, la paz para los hombres porque Dios los ama, y son los deseos que todos nos manifestamos cuando queremos que todos seamos muy felices. Sin esa paz, se vería realmente mermada nuestra felicidad y la felicidad de nuestro mundo. Una paz que construiremos desde la justicia, el amor y la verdad; una tarea de la paz en la que todos hemos de ser educados y todos hemos de prepararnos para construirla de la mejor manera.

A través del año habrá otras fechas en que la sociedad celebre el día de la paz y quiera expresar gestos de paz para manifestar su compromiso, pero sabiamente desde hace ya muchos año el Papa Pablo VI instituyó en la Iglesia esa Jornada de Oración por la paz en este primero de enero, comienzo del año. Es que la paz no es solo un deseo, sino un compromiso, pero también ha de ser un don que pidamos a Dios.

Que María, la madre y la reina de la paz, interceda por nosotros para que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Que esa mirada de Dios nos reconforte y nos haga sentirnos fuertes en su gracia para hacer de nuestro mundo un reino de paz.

viernes, 26 de noviembre de 2021

Hay algo que sí es inmutable y permanente que es el amor de Dios y su Palabra, por eso buscamos a Dios y en todo queremos sentir siempre su amor escuchando su Palabra

 


Hay algo que sí es inmutable y permanente que es el amor de Dios y su Palabra, por eso buscamos a Dios y en todo queremos sentir siempre su amor escuchando su Palabra

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn. 3, 75-81; Lucas 21,29-33

Todo pasa, decimos algunas veces con un cierto sentido fatídico de destino inexorable ante el que nos tenemos que someter; todo pasa decimos cuando quizás queremos restarle importancia a lo que sucede si acaso no podemos hacerle frente a lo que sucede o nos vemos impotentes sin entender demasiado las cosas; todo pasa quizás pensamos porque nos damos cuenta que las cosas se van transformando, que unas pueden ser raíz y causa de otras, o también que nosotros somos los que vamos construyendo la vida y mucho pueda depender de las actitudes o posturas con las que nosotros nos enfrentemos. ¿Habrá algo que permanezca inmutable, que no tenga cambio, que sea como un sentido permanente para lo que es la vida y lo que nos sucede? Algunas veces parece que no sabemos responder.

Es cierto que la vida es un continuo caminar, pero es un caminar donde somos nosotros los que vamos dando los pasos envueltos por el tiempo, herederos de un pasado, pero siempre con el anhelo de ser constructores de un futuro. Hay cosas, es cierto, que sucede por la naturaleza de las mismas cosas; hay cosas que pueden parecernos que son fruto de un azar; hay fuerzas que provienen de la misma naturaleza y que en su devenir pueden transformar esa misma naturaleza o pueden obligarnos a transformarnos nosotros mismos.

Pero siempre está el hombre, la persona, con su vida, con su propia fuerza, con la creatividad que nace de si mismo, con una capacidad de transformación para mejorar o también para destruir. ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos poniendo de nuestra parte? ¿Estaremos contribuyendo a la construcción y desarrollo, o nos habremos convertido algunas veces en destructores?

Pero el creyente sabe que detrás de todo eso, de ese devenir y de ese caminar de la historia, incluso de eso que con nuestra voluntad, con nuestra libertad podemos hacer, está Dios. Nos sentimos su criatura, pero una criatura en cuyas manos ha puesto Dios la misma vida y ese mundo también en que vivimos. Desde Dios que todo lo ilumina, también sentimos la responsabilidad de nuestros actos, de lo que podemos hacer a partir precisamente de esa libertad.

Y hay algo que sí es inmutable, permanente que es el amor de Dios y su Palabra. Y reconocemos que todo eso que ha puesto en nuestras manos desde nuestra vida misma es un regalo de su amor que nos hace grandes, que nos dignifica y que también nos compromete. Por eso el creyente busca a Dios y quiere sentir su amor; busca a Dios y quiere escuchar su palabra para descubrir todo lo que es su designio de amor para nosotros y para nuestro mundo; el creyente confía en Dios aunque muchas veces no termine de comprender cuanto sucede y por qué sucede. Muchos interrogantes pueden surgir en su corazón, pero se fía de Dios, busca a Dios, quiere escuchar a Dios.

A veces nos encontramos con momentos difíciles y oscuros en que nos parece no entender nada; dejémonos iluminar por su palabra, abramos nuestro corazón a la confianza y a la esperanza, intentemos seguir caminando en fidelidad, agarrándonos de su mano como el niño que se confía de su padre y se deja conducir por él. Dios siempre va a hacer surgir algo nuevo incluso de eso tumultuoso y doloroso que nos pueda estar sucediendo. Es la fe y la esperanza que ponemos por encima de todo en Dios y que es nuestra fuerza para caminar, para seguir adelante, para no dejarnos hundir en la oscuridad.

No entendemos pero abramos nuestro corazón a su Espíritu y el irá dictando esos caminos que hemos de seguir, que hemos de seguir construyendo.

martes, 18 de agosto de 2020

Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás


Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-36; Mateo 19, 23-30

El episodio que ayer escuchábamos en el evangelio, que solemos llamar del joven rico, dejó impactados a los discípulos que estaban cercanos a Jesús y había contemplado con detalle la escena. Motivaría comentarios entre ellos e interrogantes en su propio interior sobre todo con los comentarios que Jesús hace a continuación y que hoy escuchamos. Un joven bueno y cumplidor que aparecía con honradez delante de Jesús y que aún preguntaba qué más podría hacer para heredar la vida eterna y que podría haber formado parte incluso del grupo de discípulos más cercanos a Jesús, pero que sin embargo ante el planteamiento de Jesús, se queda triste y se da la vuelta volviéndose por donde había venido. Ya el evangelista subraya que era rico.

¿Había incompatibilidad entre la riqueza y el seguimiento de Jesús? ¿Hay incompatibilidad entre la posesión de las cosas y el ser cristiano? Es lo que se interrogan los discípulos cuando llegan incluso a decir que será imposible salvarse. Todos aspiramos a la posesión de unos bienes; es más necesitamos de esos bienes materiales para poder obtener lo necesario para vivir una vida digna; aun podíamos ahondar más con la Biblia y pensar que toda la riqueza del mundo, todos esos bienes materiales que Dios había creado, al crear al hombre lo pone en sus manos y le está pidiendo que desarrolle todos esos bienes, porque de alguna manera con su trabajo se convierte el hombre en un continuador de la obra de la creación de Dios.

Necesitamos de esa posesión de las cosas, que llamamos bienes materiales o que llamamos riquezas, porque en el intercambio con los demás podemos obtener todo lo necesario para nuestra vida y justo es que cada día deseemos una vida mejor, que haya menos carencias en nuestra vida y en esa posesión y desarrollo de esos bienes contribuyamos al crecimiento de nuestro mundo. Si no hubiera quien tuviera esos bienes que ha ganado honradamente con su trabajo no tendríamos quien pudiera ofrecer más trabajo a otros que no lo tienen y no se podría ayudar a mejorar sus vidas. Así diríamos es la base de toda esa actividad económica con la que se contribuye a la riqueza y al bienestar de las personas y las familias y de toda la sociedad.

¿Son malos en sí mismos esos bienes materiales que podamos poseer o esas riquezas conseguidas con nuestro trabajo? De ninguna manera, tendríamos que decir, y lo decimos también con la Biblia en la mano cuando se nos dice que al ir creando Dios todas las cosas iba viendo que todo era bueno. ¿Dónde está el mal, entonces, podríamos preguntarnos? En la forma como nosotros poseamos esas cosas o nos dejemos poseer por esas cosas. Y ahí, en ese deseo de más que todo llevamos dentro, es cuando aparece el desorden con nuestra avaricia, con nuestros deseos egoístas de acaparar, con ese endiosamiento que vamos haciendo de nosotros mismos en la medida en que nos veamos más poderosos por la posesión de esos bienes que termina por hacer que nos olvidemos de los demás, o nos olvidemos el pobre Lázaro que tengamos tendido y hambriento en nuestra misma puerta.

Por eso nos dice hoy tajantemente que le es ‘más fácil pasar a un camello por una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Tomemos la aguja en el sentido que la queramos tomar, pero si pensamos en aquellas puertas estrechas que estaban en las murallas de las ciudades que por su estrechez podían impedir el paso de unos animales con sus cargas, nos daremos cuenta que cuando nos recargamos con esas riquezas nos hacemos tan pomposos que se nos hará difícil no solo acercarnos a los demás sino acercarnos también a Dios. En ese lenguaje tan lleno de hipérboles propio de los orientales nos dirá que a un camello a pesar de sus cargas le será más fácil atravesar esas estrechas puertas que a un rico entrar en el reino de los cielos.

¿Imposible alcanzar la salvación, entonces, como se preguntan los discípulos? ‘Imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo’, fue la respuesta de Jesús. Imposible para los hombres que se convierten en acaparadores y no piensan en los demás; imposible para quien se encierra en su egoísmo o se convierte en un adorar de sus riquezas a las que convierte en ídolos de su vida. Pero Dios ayuda a cambiar el corazón del hombre, su palabra nos abre nuevos caminos cuando nos pone en los caminos del amor y del compartir, con el evangelio de Jesús en la mano aprenderemos cuanto podemos hacer para mejorar la vida de los demás y hacer que nuestro mundo sea más justo siendo capaces de poner al servicio de los demás, al servicio y bien de esa sociedad en la que vivimos cuanto poseemos.

‘Vende lo que tienes y repártelo entre los pobres’, le pedía Jesús al joven rico y nos estará pidiendo a nosotros también ese desprendimiento en nuestra vida, en la posesión de esas cosas que somos capaces de ponerlas al servicio y al bien de los demás. Ese servicio y bien de los demás que se puede traducir en ese arriesgarnos para emprender cosas, tareas, obras con las que podamos contribuir a que los demás también se ganen honradamente su pan con su trabajo y así entre todos podamos ir construyendo esa sociedad más justa.

Lo importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, un corazón libre de apegos, un corazón siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás. 


jueves, 3 de octubre de 2019

No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios


No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12
En camino vamos por la vida. En camino hacia algo, hacia vivir la propia vida con todo lo que nos sucede o con todo lo que nos vamos encontrando. No queremos quedarnos estancados en lo mismo y vamos en búsqueda, aun con la incertidumbre de lo que vamos a encontrar sin embargo con la curiosidad de lo nuevo que puede ir apareciendo ante nosotros.
Aunque siempre nos encontremos quizá en un mismo lugar o rodeados de las mismas personas sin embargo algo nuevo nos va saliendo a nuestro encuentro en esa convivencia con los demás, en el trabajo que realizamos, en el hogar en que vivimos, o también en cosas insospechadas que se van presentando ante nosotros. En nuestros deseos está el ir hacia algo nuevo, hacia otros lugares, hacia mundo distintos, y si podemos viajamos porque queremos conocer otros mundos, otras culturas, otro paisaje de la vida porque no queremos quedarnos en lo mismo.
En ese camino o en ese viaje de la vida deseamos que no nos falte paz y armonía, aunque ya sabemos que nos vamos a encontrar un mundo en guerra, un mundo en violencia porque en muchas ocasiones se hace difícil ese encuentro o esa convivencia entre personas y pueblos. Si en nuestro corazón hay buenos sentimientos nuestro deseo es la paz; y no pensamos solo en los grandes conflictos y guerras que asolan nuestro mundo en tantos sitios, sino que pensamos ahí en ese lugar cercano donde realizamos nuestra convivencia de cada día y fácilmente afloran también los conflictos y los desencuentros en los que quisiéramos también poner paz. El hombre, todo hombre, toda persona creo que a pesar de los pesares tiene sentimientos y deseos de paz en su corazón y tendría que ser siempre un instrumento de paz.
Y eso que estamos viendo y sintiendo que es algo que tendría que como connatural a la vida de toda persona, vemos que para nosotros los cristianos es una misión especial. Es lo que escuchamos hoy en el evangelio del envío que Jesús hace de sus discípulos. Los llamó, los eligió y los escogió y los envió con la misión de la paz. Y porque lo importante que han de realizar ese anuncio de la paz, quiere Jesús que vayan desprendidos de todo, ni alforjas, ni dineros, ni previsiones sino abiertos a ese mundo, que no siempre va a ser fácil, pero en el que tienen que ser constructores de paz.
Es el saludo, es la primera palabra que han de pronunciar, es el gesto y actitud que han de llevar en sus vidas, es la disponibilidad de su corazón para llevar la paz y también para sentirse acogidos por aquellos con los que se van a encontrar. No llevan contratado por adelantado el hotel donde se van a hospedar, diríamos en lenguaje y rutinas de nuestros tiempos modernos, sino que simplemente se quedarán en la casa donde sean acogidos. Porque eso va a ser un signo también; si se sienten acogidos dirán ‘está cerca de vosotros el Reino de Dios’. En la actitud pacifica y de disponibilidad en la que van han de despertar los buenos sentimientos en aquellos con los que se encuentren y aflorará entonces la hospitalidad y la acogida, señales que son del Reino de Dios.
Si algún poder les concede Jesús es el de sanar y curar. Cuando se habla de sanar y curar es normal que pensemos en enfermos o en personas con discapacidades como pueda ser una invalidez, una ceguera o el ser sordomudo, pero cuando Jesús habla de sanar nos está enviando a algo más que curar uno cuerpos enfermos de sus discapacidades. En ese mundo lleno de conflictos y violencias con que nos encontramos, donde quizá se haga difícil la convivencia y falte la paz mucho hay que sanar en los corazones de los hombres para lograr ese mundo de paz.
Es la misión del discípulo, es la misión del cristiano también y especialmente hoy tendríamos que decir. Es la misión que tenemos en el mundo de ser, como decíamos antes, siempre unos instrumentos de paz, unos constructores de la paz. Ingente es la tarea. Es para lo que hoy Jesús nos pone en camino también a nosotros. No es ya solo el camino que nosotros buenamente hagamos, sino el camino nuevo que Jesús abre delante de nosotros para que nos pongamos en camino para ser constructores de paz en nuestro mundo hoy.

viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.

miércoles, 10 de julio de 2019

Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo



Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
Qué mal andan las cosas de la vida, que mal va todo… es la conversación socorrida cuando nos encontramos y surge la conversación sobre cómo va la vida; pronto comenzamos a hacernos una lista de cosas que en lo social, en lo político, en lo económico, en las experiencias de familia no nos gustan como marchan; buscamos con facilidad a quien echarle la culpa, los políticos de turno se llevan nuestras reclamaciones porque decimos que no hacen nada y no voy a decir cuantos comentarios mas se hacen en este sentido, o nos quejamos de la juventud, de la vida moderna y no sé cuantas cosas.
Somos fáciles para hacer nuestros juicios, aventurar quizás como haríamos nosotros para que las cosas vuelvan a su sitio, pero de ahí no pasamos, nos quedamos en nuestras lamentaciones lúgubres, pero lo de poner un dedo de nuestra parte para hacer mejor las cosa, que sean otros los que se comprometan, a nosotros nos toca criticar, que eso es bien fácil.
Conversaciones así surgen con facilidad sobre todos los temas, hablamos de los políticos o nos metemos con todo el mundo, todos se llevan su parte en nuestras críticas. Pero eso sucede en muchos más aspectos de la vida. Y así encarrilamos también nuestras conversaciones sobre el tema de la Iglesia y también tenemos nuestras críticas que hacer. Y es que también nosotros los cristianos no vivimos con la intensidad que tendríamos que hacerlo nuestro compromiso desde la fe con la misma iglesia a la que pertenecemos ni tampoco en nuestra relación con la sociedad.
¿Tenemos derecho a quejarnos así? ¿Habremos leído bien el evangelio que tendría que ser el vademécum de nuestra vida y donde encontremos luz para todas las situaciones de nuestra vida? ¿Nos habremos dado cuenta de verdad los cristianos de la misión que Jesús nos ha confiado y, por decirlo así, de los poderes que nos ha dado, de la fuerza con que quiere acompañar nuestra vida para esa transformación del mundo según los valores del Reino de Dios, del Evangelio?
¿Qué nos dice el evangelio que hoy escuchamos? Se trata de la elección de los doce, los que se enumeran incluso por su nombre, y el envío que Jesús hace de aquellos que ha elegido para que vayan anunciando el Reino de Dios por todas partes. En cierto modo paralelo con un texto semejante de Lucas en que envía a los setenta y dos discípulos de dos en dos a predicar el Reino por donde habría de ir El luego.
Lo que Jesús ha venido haciendo, predicando en las sinagogas y en cualquier lugar que fuera necesario haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios y curando de todo mal o enfermedad a todos aquellos que de cualquier manera sufrían, es lo que ahora tienen que hacer sus discípulos. Es la misión que les confía y el poder que les da; al hacer el anuncio del Reino han de ir liberando de todo mal a todos los que sufren. Son las señales del Reino.
Hoy nos dice que les da poder sobre todo espíritu inmundo – ‘ les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’, que nos dice el evangelio – ¿y qué es lo que eso significa? ¿No es precisamente esa misión que nos confía de transformación de ese mal de nuestro mundo para hacerlo mejor? Una interpretación fácil es pensar en el milagro por el que se cura de una enfermedad o se resucita un muerto, pero creo que todos entendemos que significa mucha más que todo eso.
Los milagros son signos, son señales de esa transformación de la vida ¿y cual es la más importante transformación de la vida? Cuánto es el mal que tenemos que quitar, cuantas son las cosas que tenemos que transformar, cuanta es la justicia que tenemos que promover, la paz que tenemos que buscar, la sinceridad y la honradez de la vida que tenemos que ir construyendo en las relaciones entre unos y otros.
Comenzábamos reflexionando sobre las quejas de lo mal que anda nuestro mundo, pero ¿no tendríamos que preguntar qué es lo que nosotros los cristianos estamos haciendo en ese mundo concreto en que vivimos para que nuestro mundo sea mejor, para que nuestro mundo se transforme? Quizá tendríamos que pensar en nuestra culpa, en esa irresponsabilidad nuestra, en esa desgana o frialdad con que vivimos nuestro compromiso por el Reino de Dios, en lo poco que estamos haciendo.
Los cristianos no nos podemos contentar con ver los toros desde la barrera, por decirlo con una frase ya hecha, sino que tenemos que bajar a la arena de la vida para ahí luchar y luchas con cosas muy concretas para transformar nuestro mundo, para hacerlo mejor. Es la misión que Jesús nos ha confiado, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier lugar que ocupemos en la vida y en la sociedad. No nos podemos desentender. Escuchemos con el corazón abierto esta buena nueva del Evangelio que hoy se nos ha proclamado.

sábado, 11 de mayo de 2019

Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar



Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
El contemplar a nuestro alrededor respuestas y actitudes negativas algunas veces nos puede llenar también de desaliento y perder el ánimo en aquella tarea que hemos emprendido, pero de la que quizás vemos como muchos desertan. Las actitudes de los demás nos contagian y necesitamos una gran fortaleza interior para no dejarnos influenciar por lo negativo y mantener firme el ritmo en nuestra línea de actuación.
Nos sucede con la visión pesimista que palpamos en muchos acerca de la vida o de los acontecimientos de nuestra sociedad. Hay gente que lo ve siempre todo negro y eso nos puede contagiar. Ante los problemas que se nos van presentando en la vida hay quien pronto quiere escaparse y huir y no tiene la fuerza de voluntad para ver lo positivo que podemos encontrar en medio de tantas sombras o lo positivo que nosotros podemos poner de nuestra parte. Es el conjunto de la vida social y política, por ejemplo, que nos rodea y de donde tenemos la tentación de huir, y nos falta la clarividencia necesaria para tener iniciativas positivas de creación de lo bueno y de construcción en positivo.
Nos sucede en nuestro ámbito eclesial también donde hay quien quiere resaltar siempre las sombras, pero quienes resaltan las sombras no son capaces de poner luz, poner coraje y empeño por su parte dejándose guiar por la fuerza del Espíritu para que también nuestra Iglesia sea mejor. No es con visiones negativas, no es con condenas, sino desde el amor y la misericordia como tenemos que construir y como tenemos que trasmitir nuestra fe.
Me surge toda esta reflexión en la que quiero también encontrar luz para esas cosas que vivimos, que suceden en nuestro entorno, que nos señalan situaciones muy concretas de nuestra vida, a partir de lo que hoy escuchamos en el evangelio en este final del discurso, por llamarlo de alguna manera, de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún cuando les habla de comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna. La gente reacciona negativamente ante las palabras de Jesús porque no terminan de entenderle. Jesús es consciente de ello y de lo que puede influir en los discípulos más cercanos. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Se notaba quizá el desaliento cuanto tanto amaban a Jesús; se notaba la desazón al ver como la gente que ayer le aclamaba en el descampado porque les había dado pan en abundancia, ahora lo abandonan y ya no quieren seguir a Jesús.
El desaliento que quizá nos entra muchas veces a las personas de Iglesia, a los que estamos más implicados en la tarea pastoral de la Iglesia, cuando vemos que quizá nuestros esfuerzos parece que no dan fruto. Cuantas veces nos entran dudas en nuestro interior sobre si lo que estamos haciendo merece la pena o es lo más adecuado. Nos cuesta aceptar y respetar la libertad de los demás y esto nos llena por otra parte de desánimo. Como los padres que no ven en los hijos el fruto de tantos esfuerzos y de tantas luchas. Pero creo que tiene que encenderse necesariamente dentro de nosotros la luz de la esperanza.
Nos queda una respuesta, la de Pedro, cuando todos dudaban. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. Reafirmamos nuestra fe en Jesús. Sí, es nuestro alimento y nuestra sabiduría, es nuestra vida, lo es todo para nosotros. Y manifestamos nuestra fe, y nos mantenemos firmes en ella a pesar de los desánimos que puedan producir los demás en nosotros.

viernes, 3 de agosto de 2018

Como en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás así llevamos también cerrado nuestro corazón al misterio de Dios


Como en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás así llevamos también cerrado nuestro corazón al misterio de Dios

Jeremías 26,1-9; Sal 68; Mateo 13,54-58

Nos sentimos sorprendidos en ocasiones porque hay cosas que no nos esperábamos, y menos quizá en determinadas personas. Demasiado caminamos en la vida con nuestras prevenciones, nos prejuicios que sin embargo nos hacen que a pesar de todo nos sintamos sorprendidos por algo que realiza alguna persona y que no creíamos capaz. ‘Qué va a saber él’, pensamos en nuestro interior, y nos hacemos una lista de lo que son nuestras imaginaciones motivaciones para no esperar eso de determinadas personas. 
Y claro fácilmente se nos mete por dentro nuestro amor propio, porque quizá nosotros no fuimos capaz de realizarlo y nos sentimos humillados, aparecen los resentimientos o las envidias y tratamos de echar abajo aquello bueno y admirable, no nos queda más remedio que reconocer, que hizo aquella persona. Pero  no lo soportamos, tratamos de destruir o desprestigiar de la manera que sea.
Nos suceden cosas así en las relaciones con las personas más cercanas a nosotros con las que convivimos cada día, pero fijémonos si no son reacciones de alguna forma parecidas las que tienen nuestros políticos que no son capaces nunca de reconocer lo bueno que hayan realizado sus oponentes, aunque ahora estén viviendo con sus rentas, podemos decirlo así. Es una lástima porque decimos que queremos construir una sociedad mejor y nos parece que no se puede hacer sino destruyendo todo lo que otros han realizado. Y me he referido a la clase política, pero tenemos que decir que esto sucede sea cual sea el signo o el color político – ahora están muy de moda los colores -.
No creemos en las personas por mucho que digamos lo contrario, no somos capaces de aceptar la bondad de los demás ni de reconocer lo bueno que puedan realizar los otros. No se trata de proclamar grandes principios de valores o derechos humanos, sino que esto tenemos que traducirlo en el día a día, en la relación personal que tenemos con todos los que están a nuestro lado. Y no es eso lo que muchas veces manifestamos sino todo lo contrario. Siempre estamos poniendo nuestras pegas, con lo que estamos mostrando también la pobreza de miras, o la pobreza humana que hay en nosotros mismos cuando andamos así.
Me ha surgido esta reflexión que nos puede ayudar mucho a lo que son nuestras relaciones o nuestra aceptación del otro, de sus valores y de lo bueno que realiza, a partir del texto del evangelio que hoy se nos propone. Jesús fue a su pueblo, a la sinagoga de Nazaret el sábado; se puso en pie para hacer la lectura de la Palabra y su comentario posterior. Y nos cuenta el evangelista cómo la gente se sintió sorprendida por las palabras de Jesús. Era uno de los de ellos, porque allí se había criado.
Pero pronto comenzaron los 'peros', las pegas; ya habían llegado noticias de lo que Jesús hacía y enseñaba en otros lugares y ahora lo pueden comprobar por si mismos, pero aparecen las desconfianzas. ¿Dónde ha aprendido todo eso? ¿De donde le viene esa sabiduría? ¿Si él es el hijo del carpintero y aquí están todos sus parientes? La sorpresa inicial se transformó en comidillas y en desconfianzas. Como no sucede tantas veces.
Y nos comenta el evangelista que allí Jesús no pudo realizar aquellos signos del reino de Dios que el iba haciendo por todas partes. No creyeron en él, en su Palabra, en su misión. Les faltaba la fe. No hizo milagros Jesús en Nazaret.
Claro que esto nos puede llevar a más reflexiones para nuestra vida. Es preguntarnos cómo nosotros acogemos la Palabra de Dios, qué significa Jesús para nosotros, si descubrimos todo el misterio de gracia y de amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta. Igual que en la vida vamos tantas veces con nuestro espíritu cerrado a cuanto podamos recibir de los demás, porque predominan nuestros prejuicios o nuestro amor propio y todas esas otras oscuridades que bien nos sabemos, así podemos tener cerrado nuestro espíritu al misterio de Dios que se nos manifiesta a través de tantas señales. Aunque decimos que tenemos fe, sin embargo nuestra fe es pobre, raquítica, nos no dejamos conducir por el Espíritu de Dios.