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lunes, 23 de junio de 2025

Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

 


Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

Génesis 12,1-9; Salmo 32; Mateo 7,1-5

Parece como si fuera algo innato en nosotros, no hay nada que haga otra persona en que nosotros casi al mismo tiempo estemos haciendo nuestras valoraciones y comparaciones, cómo nosotros haríamos las cosas mejor y de otra manera, y enseguida vemos fallos, intenciones torcidas, y vienen los juicios y condenaciones. ¿Qué sabes tú por qué lo hizo, cual es la intención interior o motivación que esa persona tiene para hacer lo que hace? ¿Es que somos capaces de leer el corazón? Bien que nos molestamos cuando alguien comenta algo de lo que nosotros hacemos, y miremos cuales son nuestras reacciones.

 A esto quiere prevenirnos Jesús y lo que quiere es que todos tengamos una vida digna y seamos capaces de respetarnos los unos a los otros. Fácil es hablar y dictar sentencias, pero qué difícil es realizarlo en nuestra vida. ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

Con lo que nos está diciendo Jesús no es que no seamos constructivos, porque siempre podemos hacer las cosas mejor, siempre podemos darle un nuevo matiz, siempre tenemos que estar en la actitud de crecer. Lo que no quiere Jesús son los juicios condenatorios a los que tan dados somos; como decíamos antes, parece que fuera algo innato en nosotros. Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente, respetarnos en aquello que pueden ser nuestros criterios o nuestras opiniones y en lugar de empujar fuera del camino, lo que tenemos que hacer es tendernos la mano para no salirnos de ese camino ayudándonos mutuamente.

Es el camino que hemos de recorrer y de recorrer juntos. Porque todos tenemos tropiezos, todos podemos cometer errores, todos podemos tener en nuestros ojos algo que merme nuestra buena visión. ¿Por qué, nos dice Jesús, voy a estar fijándome solo en la pajita que puede haber en el ojo del otro, esa pestaña que se le haya introducido, mientras quizás nosotros tenemos una viga tremenda en el nuestro? Antes de mirar a los demás tenemos que mirarnos a nosotros mismos, porque en nosotros puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas que tengamos que corregir, mejorar, hacer de otra manera.

‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’.

Son tajantes las palabras de Jesús y pueden dolernos pero es la realidad a la que tenemos que atenernos. Son los pasos de amor y de respeto que tenemos que ir dando, es la bonita sintonía que tenemos que aprender a sintonizar y hacer sonar al unísono, es la bella canción de la vida que tenemos que aprender a cantar. Si alguien vemos en algún momento que desentona, no lo quitemos del coro, ayudémosle a que encuentre esa necesaria armonización que nos da el amor. Será bella la coral que con toda la creación entonemos para gloria del Creador. Jesús nos está marcando los ritmos, señalando los caminos que tenemos que aprender, trazándonos las metas; dejémonos conducir por su Espíritu de Sabiduría y encontraremos la salvación.

viernes, 13 de septiembre de 2024

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

 


El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros

1 Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Dicen que vemos las cosas según el color del cristal a través del cual miramos. Siempre recuerdo el comentario de aquella vecina que siempre andaba criticando a la vecina porque viéndola desde la ventana de la cocina de su casa decía que no sabia lavar la ropa y que la tendía llena de suciedad; pero un día que su marido escuchó su comentario quiso el ver por si mismo lo que decía su mujer observándolo desde la misma ventana; entonces se dio cuenta y le dijo a su mujer que mejor lavara los cristales de su ventana que eran los que estaban llenos de suciedad y lo que desde allí se veía no era la suciedad de las sábanas de la vecina, sino la de sus propios cristales.

Nos pasa con demasiada frecuencia, solo vemos lo que nos parece que le sucede a los demás sin saber cual es la situación de los otros, el momento por el que estén pasando o las luchas personales que están realizando en si mismos. Pero vemos lo de fuera en los otros – porque además no tenemos por qué atrevernos a hacer juicio de sus interioridades – pero no vemos lo que nos sucede en nosotros. Y en nosotros, si no fuéramos tan ciegos, podemos ver también lo que hay dentro de nuestro corazón.

Son los juicios temerarios que están a la orden del día, siempre tenemos algo que opinar, pero lo que es peor juzgar y condenar, son las murmuraciones tema de nuestras conversaciones, son las criticas furibundas con las que pretendemos destruir, nunca construir, porque además queremos que las cosas sean a nuestro gusto, según nuestro parecer u opinión, y cuando son distintas lo más fácil que aparece es el rechazo, porque además suele terminar aun peor.

En una actitud y postura madura tendríamos que comenzar por mirarnos a nosotros mismos, ser los que nos tracemos un plan de crecimiento y maduración porque nos revisamos y nos corregimos, enderezamos nuestros entuertos y renovamos el camino cuantas veces sean necesario para llegar a vivir con esa dignidad. Y eso entraña al tiempo que exigencia para nosotros mismos, respeto hacia los demás, al menos, en la medida en que queremos que a nosotros nos respeten.

Es valorarnos a nosotros mismos por el esfuerzo que estamos realizando, no sentirnos hundidos por los tropiezos que vayamos teniendo, porque reconocemos nuestra humanidad y nuestra debilidad, pero también hacemos renacer esa fortaleza que necesitamos para reemprender cuantas veces sea necesario ese camino de superación porque es la manera de alcanzar esa plenitud a la que aspiramos. Pero al mismo tiempo valoramos el camino de los demás, seremos estímulo para sus esfuerzos, y tenderemos siempre nuestra mano para levantar y para ayudar a caminar, como también nosotros nos dejamos tomar de la mano para hacer el nuestro.

Qué distinta sería la vida y nuestras mutuas relaciones; cómo desaparecerían las descalificaciones y la envidias; cómo desde el respeto aportamos lo mejor de nosotros mismos para el camino de los demás; cómo seriamos estímulo los unos para los otros logrando que nuestro mundo sea mejor.

Es el camino que nos propone Jesús, es el Reino de Dios que nos anuncia y que se va haciendo realidad en el día a día de nuestra vida porque vamos realizando en nosotros y en nuestro mundo lo que Dios quiere. Que seamos una hermosa humanidad, que resplandezcan esos valores que nos hacen más humanos y que nos hacen querernos los unos a los otros.

El Reino de Dios no es que seamos como ángeles, el Reino de Dios es que seamos verdaderamente humanos y con humanidad nos tratemos los unos a los otros. Y eso entraña respeto y cercanía, tendernos la mano los unos a los otros y buscar siempre lo mejor para el otro, amarnos de verdad desde lo más hondo del corazón, porque hemos aprendido del amor que Dios nos tiene. Es el camino que Jesús está abriendo ante nosotros; son esas pequeñas cosas de cada día que El nos va señalando para que busquemos siempre la manera de realizarlas de la mejor forma posible.

Miremos con el color de la humanidad.

lunes, 20 de junio de 2022

La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

 


La claridad que necesitan nuestros ojos pasa por parecernos a Jesús que es manso y humilde de corazón porque así nuestra mirada será siempre límpida

2Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59; Mateo 7, 1-5

Hay ocasiones en que los ojos se nos irritan y la vista se nos nubla; nos cuesta percibir con claridad las cosas, como si una niebla se interpusiera entre nuestros ojos y la realidad que nos rodea; todo nos parece turbio, no llegamos a percibir con claridad y nitidez ni los colores ni los detalles de las cosas; no digamos cuando una catarata ha nublado esa lente de nuestros ojos que permitiría que las imágenes llegasen con claridad a nuestra retina.

Pero creo que todos entendéis que no estoy dando una sesión de oftalmología ni mi interés en este momento sea la higiene y el cuidado de los ojos. Hay otras miradas, hay otros nubarrones que se interponen en la relación de unos y otros, hay cosas que nos irritan el alma y que enturbian nuestra razón y nuestra voluntad. Y no lo vamos a buscar en agentes externos, sino que tenemos que mirarlo y descubrirlo dentro de nosotros mismos que nos llenamos de orgullos, que nos dejamos vencer por el amor propio, que permitimos que malquerencias nos dañen nuestro espíritu y en consecuencia nuestra forma de mirar a los que están a nuestro lado. Cuando nos falta la humildad entre los valores que cultivemos, cuando nos es la sencillez la que nos guía, cuando no es un amor verdadero la pauta de nuestro actuar, aparecen todas cosas que nos enturbian el alma, que nos enturbian nuestra mirada.

Es de lo que quiere prevenirnos hoy esta página del evangelio. Mateo reunió y les dio una visión de conjunto en lo que solemos llamar el sermón del monte, diversas enseñanzas de Jesús que probablemente en la realidad fueron surgiendo en esas diarias conversación de convivencia de Jesús con sus discípulos; en esos momentos se habla de todo, en esos momentos van apareciendo situaciones a las que hay que darle otro sentido y de ahí irían surgiendo esas enseñanzas de Jesús, que ahora Mateo nos reúne en estos discursos al pie de la montaña.

En la liturgia se nos van ofreciendo en pequeños párrafos que nos van sintetizando toda esa enseñanza de Jesús. La pedagogía de la liturgia tiene así una gran riqueza, porque nos hace reflexionar en cada momento en situaciones distintas que nos hacen mirar de una manera muy concreta lo que es nuestra vida. Como nos sucede hoy al hablarnos de alguna manera de esa mirada limpia que siempre hemos de tener de los demás. ¿Quiénes somos nosotros para hacer unos juicios de valor de lo que los otros hacen? ¿Es que acaso estamos en su interior para saber lo que realmente pasa en su corazón? Como nos viene a decir hoy Jesús, mejor nos miráramos a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás.

‘No juzguéis, para que no seáis juzgados…’ nos dice Jesús. Y nos enseña a mirarnos primero a nosotros mismos antes de hacer un juicio de los demás. Suele suceder con mucha frecuencia que eso mismo que criticamos de los otros son situaciones por las que nosotros pasamos y de las que no sabemos cómo salir, aunque bien lo disimulamos. Y nos dice Jesús que la medida que usamos con los demás será la medida que usarán con nosotros, o contra nosotros.

Y terminará diciéndonos Jesús: ‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Mirémonos a nosotros mismos y démonos cuenta de que no somos tan perfectos como queremos aparentar, o como queremos restregarle en las narices a los demás. Es nuestro orgullo que nos sube en pedestales; el amor propio y la soberbia que no nos deja reconocer lo que realmente somos, lo que hay en nosotros. Qué importante es la humildad, la sencillez de corazón; por eso nos dirá en otro momento que aprendamos de El que es manso y humilde de corazón. La claridad que necesitan nuestros ojos.

viernes, 10 de diciembre de 2021

Es hora de que bajemos a la arena de la vida para dar un testimonio valiente en el seno de la Iglesia de lo que es en verdad seguir a Jesús

 


Es hora de que bajemos a la arena de la vida para dar un testimonio valiente en el seno de la Iglesia de lo que es en verdad seguir a Jesús

 Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

Ni juegan ni dejan jugar, actitud y postura del niño caprichoso. Ni hacemos ni dejamos hacer, y ya no son actitudes y posturas de niños, sino que muchas veces los mayores así andamos. Los que desconfían de todo, los que a todo le ponen pegas, los que van siempre a contracorriente, los que no ponen un dedo positivo en cualquier obra que se emprenda, pero siempre tendrán algo que decir, una falta que poner, una forma distinta de hacer las cosas, los que de todo opinan pero no tienen un criterio claro de nada. Y ya no son niños pequeños, pero si que viven con una actitud infantil. Nos encontramos muchos en la vida con características así, pero, cuidado, no seamos nosotros también como el perro del hortelano que ni come él ni deja comer al amo.

¿Qué voy a hacer con esta generación? Se pregunta Jesús y ya nos dice que son como los chiquillos de la plaza, nunca se ponen de acuerdo para nada, la cuestión es estar siempre en contra del otro. Ni creyeron a Juan a quien veían muy austero y les daba miedo pero ahora critican a Jesús y poco menos que lo llaman bebedor y borracho porque come con los publicanos y pecadores.

Todos tenían en mente la llegada del Mesías, pues era la esperanza de Israel desde todos los siglos, pero con los profetas se había ido incrementando esa esperanza. Se preguntaban si Juan sería el Mesías, aunque no le terminaban de creer; solo gente sencilla se había ido con Juan al desierto a escucharle porque sus palabras despertaban esperanza, pero desde la Jerusalén oficial no quieren reconocer la misión de Juan y no terminan por aceptarle.

Pero ahora hacen lo mismo con Jesús. También serán los sencillos los que vayan a escucharle, si acaso alguien más importante quiere escucharle irá de noche a ver a Jesús, y los principales tratan de ganárselo invitándolo a comidas como para contrarrestar el que Jesús comiera con publicanos y pecadores; pero se ven sorprendidos y descubiertos por Jesús en sus intenciones y terminarán también por poner todos en contra hasta llevarle a la muerte.

Les costaba aceptar la simplicidad del evangelio que anunciaba Jesús porque quizás estaban añorando un mundo de normas y de reglas donde de alguna manera vieran como consagrados sus privilegios; por eso cuando Jesús habla de amor y de misericordia, de una autenticidad en las vidas despojándose de tantas caretas con que trataban de ocultar corazones llenos de vicio y de maldad, no pueden aceptar a Jesús. No entienden un mundo de misericordia, de perdón, de armonía entre todos para todos sentirse hermanos. También rechazarán a Jesús.

¿Nos pasará a nosotros igual de alguna manera? seamos conscientes de las pegas que nosotros también ponemos, de las rebajas que nos queremos hacer en tantas ocasiones, en cómo también nos ponemos como a la distancia ante lo que se hace en la Iglesia para opinar, para criticar, de derruir muchas veces lo que otros hacen porque no lo hicimos nosotros o porque nos creemos que nosotros los haríamos mejor. Es la postura del que se pone como a la distancia para juzgarlo todo, pero no es capaz de acercarse para echar una mano. Lo hacemos en la Iglesia en tantas ocasiones, como también se convierte en costumbre de lo que hacemos en los caminos de nuestra sociedad; no nos comprometemos con nada, pero de todo queremos opinar creyéndonos que tenemos la llave de la sabiduría.

¿No será hora de que bajemos a la arena de la vida y pongamos mano por obra para poner nuestra parte en eso que queremos que sea mejor en nuestro mundo? ¿No será hora de que nos pongamos a caminar con nuestra Iglesia viviendo un compromiso serio y un testimonio valiente ante del mundo de lo que es en verdad seguir a Jesús? ¿No tendría que ir por ahí nuestro compromiso y nuestro camino de Adviento?

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

lunes, 9 de septiembre de 2019

No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea



No nos preguntamos solamente qué es lo que está permitido sino lo seríamos capaces de hacer en colaboración con los demás sea quien sea

Colosenses, 1, 24-2, 3; Salmo 61; Lucas, 6, 6-11
‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’, la pregunta viene a cuento de que un sábado al entrar Jesús en la sinagoga los escribas y fariseos están acechando a ver la actitud de Jesús, a ver lo que hace Jesús.
Ya todos conocían cómo Jesús curaba a los enfermos pero también con lo que enseñaba se estaba enfrentando a los rigoristas de turno que no comprendían ese sentido nuevo que Jesús quería darle a las cosas cuando les trasmitía el mensaje del Reino de Dios. Por una parte se habían hecho unas ideas de lo que tendría que ser el Mesías que no concordaba según sus apreciaciones con la manera de presentarse Jesús, aunque todo el mundo estaba admirado con lo que decía y con lo que hacia; pero por otra parte quizá podían ver en peligro su situación de dominio y prepotencia con la que ellos se presentaban como únicos maestros de la ley ante el pueblo.
Había en la sinagoga un hombre que tenía una mano paralizada. ¿Qué iba a hacer Jesús? Era sábado y en el sábado no estaba permitido ningún tipo de trabajo. ¿Se podía considerar un trabajo el que Jesús milagrosamente curara a aquel hombre con sus discapacidad, con su invalidez? Para ellos quizá podía considerarse un trabajo porque en la multitud de normas y explicaciones que ellos se habían hecho de la ley de Moisés todo estaba muy reglamentado, muy pormenorizado. ¿Qué haría Jesús cuando viera la discapacidad de aquel hombre?
Pero es Jesús el que se les adelante y le pide a aquel hombre que se ponga en pie allí en medio. Y lanza la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ Poniéndolo así como ahora Jesús se los platea, nadie se atreve a decir nada. No iban ellos ahora a ponerse en contra de lo que sabían que querían todas aquellas personas, que era salvar a aquel hombre, que se viera curado de su invalidez. No serían ellos los que ahora se opusieran. Pero Jesús sí actuó. Y curó a aquel hombre.
Allí estaban aquellos que ni comían ni dejaban comer, como se suele decir en el dicho refranero. Como sigue sucediendo. No vamos ahora a quedarnos en el hecho de que fueran tan legalistas y estuvieran con tantos rigorismos, como hemos comentado muchas veces. Pero la actitud de aquellos que estaban allí al acecho es algo que se repite. Los que ni comen ni dejan comer, como decíamos.
Siempre hay gente que está al acecho, que está a la contra de todo, que no hace nada pero que todo son críticas a lo que los otros hacen; los que no mueven un dedo, pero los vemos allí por detrás observando, fijándose en detalles para luego criticar, para juzgar, para decir que las cosas no se están haciendo bien, para decir que ellos lo  hubieran hecho de otra manera, pero al final hablan y hablan pero nunca hacen nada. Y lo malo que con sus críticas y entorpecimientos tampoco dejan que otros hagan.
Nos encontramos con gente negativa, siempre con sus juicios y comentarios, siempre por detrás pero no se ponen en medio y toman la iniciativa; son los que frenan continuamente las cosas buenas que se pueden hacer; son los que ven siempre dobles intenciones en los que se atreven a hacer alguna cosa buena; son los que no son capaces de ver ni aceptar lo bueno que hacen los otros, porque son de otra manera de pensar, porque son de otra ideología, o de otro partido político, nada bueno pueden ver en los otros y cuando puedan si ellos llegan a tener el mando, por decirlo así, lo que harán será destruir todo lo que han hecho los otros. Lo vemos tantas veces en la vida social.
No podemos ir con esas negatividades en la vida. Tenemos que saber ser constructores sabiendo aceptar y valorar la colaboración de los otros. No podemos ir buscándonos méritos y galardones sino que tenemos que ser capaces de poner siempre nuestra colaboración a todo eso bueno que entre todos podemos hacer. Cuando será el tiempo en que entre todos, aunque tengamos opiniones distintas, maneras de enfrentar las cosas de forma distinta, seamos capaces de ponernos a colaborar, a buscar entre todos eso bueno que es necesario hacer y que tenemos que ser capaces de hacer.
Es un mundo nuevo que tenemos que crear y en eso tenemos mucha parte los cristianos, porque desgraciadamente muchas veces colaboramos o no según de donde vengan las ideas o las propuestas, seguimos haciéndonos nuestras discriminaciones que son tan lejanas del amor del evangelio. Es la pregunta que tenemos que hacernos no solo de lo que está permitido o no en determinados momentos, sino qué es lo que tenemos que ser capaces de hacer en nuestra colaboración con los demás sea quien sea, tenga el pensamiento o ideología que pueda tener.

miércoles, 10 de julio de 2019

Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo



Los cristianos tenemos que bajar a la arena de la vida para luchar con cosas muy concretas para hacer que desaparezca el mal de nuestro mundo

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Sal 32; Mateo 10,1-7
Qué mal andan las cosas de la vida, que mal va todo… es la conversación socorrida cuando nos encontramos y surge la conversación sobre cómo va la vida; pronto comenzamos a hacernos una lista de cosas que en lo social, en lo político, en lo económico, en las experiencias de familia no nos gustan como marchan; buscamos con facilidad a quien echarle la culpa, los políticos de turno se llevan nuestras reclamaciones porque decimos que no hacen nada y no voy a decir cuantos comentarios mas se hacen en este sentido, o nos quejamos de la juventud, de la vida moderna y no sé cuantas cosas.
Somos fáciles para hacer nuestros juicios, aventurar quizás como haríamos nosotros para que las cosas vuelvan a su sitio, pero de ahí no pasamos, nos quedamos en nuestras lamentaciones lúgubres, pero lo de poner un dedo de nuestra parte para hacer mejor las cosa, que sean otros los que se comprometan, a nosotros nos toca criticar, que eso es bien fácil.
Conversaciones así surgen con facilidad sobre todos los temas, hablamos de los políticos o nos metemos con todo el mundo, todos se llevan su parte en nuestras críticas. Pero eso sucede en muchos más aspectos de la vida. Y así encarrilamos también nuestras conversaciones sobre el tema de la Iglesia y también tenemos nuestras críticas que hacer. Y es que también nosotros los cristianos no vivimos con la intensidad que tendríamos que hacerlo nuestro compromiso desde la fe con la misma iglesia a la que pertenecemos ni tampoco en nuestra relación con la sociedad.
¿Tenemos derecho a quejarnos así? ¿Habremos leído bien el evangelio que tendría que ser el vademécum de nuestra vida y donde encontremos luz para todas las situaciones de nuestra vida? ¿Nos habremos dado cuenta de verdad los cristianos de la misión que Jesús nos ha confiado y, por decirlo así, de los poderes que nos ha dado, de la fuerza con que quiere acompañar nuestra vida para esa transformación del mundo según los valores del Reino de Dios, del Evangelio?
¿Qué nos dice el evangelio que hoy escuchamos? Se trata de la elección de los doce, los que se enumeran incluso por su nombre, y el envío que Jesús hace de aquellos que ha elegido para que vayan anunciando el Reino de Dios por todas partes. En cierto modo paralelo con un texto semejante de Lucas en que envía a los setenta y dos discípulos de dos en dos a predicar el Reino por donde habría de ir El luego.
Lo que Jesús ha venido haciendo, predicando en las sinagogas y en cualquier lugar que fuera necesario haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios y curando de todo mal o enfermedad a todos aquellos que de cualquier manera sufrían, es lo que ahora tienen que hacer sus discípulos. Es la misión que les confía y el poder que les da; al hacer el anuncio del Reino han de ir liberando de todo mal a todos los que sufren. Son las señales del Reino.
Hoy nos dice que les da poder sobre todo espíritu inmundo – ‘ les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’, que nos dice el evangelio – ¿y qué es lo que eso significa? ¿No es precisamente esa misión que nos confía de transformación de ese mal de nuestro mundo para hacerlo mejor? Una interpretación fácil es pensar en el milagro por el que se cura de una enfermedad o se resucita un muerto, pero creo que todos entendemos que significa mucha más que todo eso.
Los milagros son signos, son señales de esa transformación de la vida ¿y cual es la más importante transformación de la vida? Cuánto es el mal que tenemos que quitar, cuantas son las cosas que tenemos que transformar, cuanta es la justicia que tenemos que promover, la paz que tenemos que buscar, la sinceridad y la honradez de la vida que tenemos que ir construyendo en las relaciones entre unos y otros.
Comenzábamos reflexionando sobre las quejas de lo mal que anda nuestro mundo, pero ¿no tendríamos que preguntar qué es lo que nosotros los cristianos estamos haciendo en ese mundo concreto en que vivimos para que nuestro mundo sea mejor, para que nuestro mundo se transforme? Quizá tendríamos que pensar en nuestra culpa, en esa irresponsabilidad nuestra, en esa desgana o frialdad con que vivimos nuestro compromiso por el Reino de Dios, en lo poco que estamos haciendo.
Los cristianos no nos podemos contentar con ver los toros desde la barrera, por decirlo con una frase ya hecha, sino que tenemos que bajar a la arena de la vida para ahí luchar y luchas con cosas muy concretas para transformar nuestro mundo, para hacerlo mejor. Es la misión que Jesús nos ha confiado, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier lugar que ocupemos en la vida y en la sociedad. No nos podemos desentender. Escuchemos con el corazón abierto esta buena nueva del Evangelio que hoy se nos ha proclamado.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos


Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos

1Corintios 12,31–13,13; Sal 32; Lucas 7,31-35

Bien sabemos que no todos miramos con los mismos ojos a las otras personas. Y también es cierto con que facilidad en ocasiones cambiamos de la opinión o el aprecio que le tengamos a los demás ya sea porque no nos guste un determinado gesto que haya realizado en algún momento, ya sea porque no le vemos actuar como a nosotros nos gustaría, porque en determinadas circunstancias haya tenido que tomar determinaciones en asuntos que nosotros resolveríamos de otro modo, o también por las influencias que recibamos de los demás porque siempre hay alguien cerca de nosotros que trata de desprestigiar a aquellos de los que nosotros teníamos buena opinión.
Somos muy volubles en nuestras apreciaciones, lo que puede determinar una pobre personalidad por nuestra parte que fácilmente nos dejamos influir por la opinión de los otros, y aparecen también nuestros orgullos heridos, nuestro amor propio y el egoísmo que nos quiere convertir en el centro de todo y que cuando no lo conseguimos aparecen las descalificaciones, los rumores que se filtran, y hasta las falsedades que se pueden ir infundiendo en la opinión publica con tal de quitarnos de en medio a quien no nos gusta o no nos convence.
Lo estamos viendo cada día en la vida social, lo estamos viendo demasiado en la vida publica donde ya parece que lo que importe de verdad es el servicio del ciudadano sino nuestras propias grandezas, prestigios o ganancias. Así desgraciadamente vamos construyendo nuestra sociedad, por no decir que así la vamos destruyendo.
En cierto modo de algo de esto nos habla hoy el evangelio. Vemos como no todos tienen la misma opinión de Jesús. Lo vamos viendo progresivamente en el evangelio, porque mientras muchos se admiran de sus signos y alaban a Dios porque ha suscitado u profeta en medio de ellos, otros sin embargo tratan de desprestigiarlo de la forma que sea.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Volubles como los niños en sus juegos que no terminan de ponerse de acuerdo. Así les sucedía con la visión que tenían del Bautista y con la visión que ahora muchos se iban haciendo de Jesús.  ‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Pero ¿no seremos así de alguna manera nosotros también de cara a la Iglesia, de cara a la figura del Papa, de cara a sus enseñanzas? Tanto nos sentimos entusiasmados en un momento determinado, como al momento siguiente juzgamos y criticamos, ya no  nos parecen tan buenas las cosas que se hacen, o la imagen que nos hacemos de la Iglesia. Y cuando nos toca algo que nos afecte personalmente, porque toque heridas o cicatrices mal curadas de nuestra vida, enseguida saltamos, nos hacemos nuestras prevenciones, comenzamos a poner nuestros ‘peros’.
Por no decir como hay en la sociedad sectores deseosos de destruir la Iglesia y se valdrán de lo que sea para tratar de socavar la apreciación que tengamos de ella. Cuantas campañas de forma dicta o de forma soterrada, cuanto abundar en errores o pecados que se hayan podido cometer y cuanto cerrar los ojos a todo el bien que hayamos podido recibir. Nos gozamos en un día porque se proclama un año de la misericordia, pero luego vienen los rigorismos de nuestros juicios y condenas tan lejanos de aquella misericordia anteriormente proclamada. Y cuidado, que eso no es solo desde el exterior, sino muchas veces desde el mismo interior de la Iglesia.
Que el señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos.

lunes, 25 de junio de 2012


Pongamos siempre el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón
2Reyes, 17, 5-8.13-15.18; Sal. 59; Mt. 7, 1-5
‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Así de sencillo. Así de real. Cuanto, sin embargo, nos cuesta mirarnos a nosotros mismos y qué fáciles somos para mirar a los demás. 
No nos gusta que nos juzguen y sin embargo juzgamos nosotros a los demás. No soportamos ni la más mínima palabra que puedan decir de nosotros, pero que fáciles somos para hablar y para juzgar a los demás. Si supiéramos mantener la boca cerrada, cuántas cosas nos evitaríamos; si fuéramos capaces de mirar tras un cristal que está limpio, qué distintas veríamos las cosas de los demás. 
Hace unos días, en esas sentencias que nos ha dejado Jesús en el Sermón del monte, nos decía que ‘la lámpara del cuerpo es el ojo; si tu ojo está sano, tu cuerpo entero estará sano; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras; y si la luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’
No lo comentamos entonces centrándonos quizá en otros aspectos, pero cuando hoy nos habla Jesús de evitar los juicios que hagamos a los otros, quizá nos viene bien recordar estas palabras de Jesús escuchadas anteriormente. ¿Por qué nuestros juicios y condenas? ¿Querremos justificarnos quizá nosotros de las cosas que no hacemos bien? O será que el cristal a través del cual miramos a los demás está sucio y por eso lo que vemos es suciedad en los demás y en consecuencia vienen nuestros juicios y condenas…
Escuchaba una anécdota hace unos días de un matrimonio que se había mudado de casa y en el paso de los días la mujer de la casa (así me lo contaron) mirando a través de la ventana de su casa veía a su vecina tender la ropa que había lavado para que se secase. Y la buena señora comenzó a comentarle a su marido que la vecina no era muy limpia porque tendía la ropa llena de manchas y suciedades. Hasta que un día el marido abrió la ventana y le hizo ver a su mujer que si veía la ropa de la vecina sucia era porque los cristales de la ventana estaban sucios y llenos de manchones, con lo que lo que veía no eran los manchones de la ropa de la vecina sino los manchones de sus cristales sucios. Si hubiera mirado primero el cristal de su ventana no hubiera juzgado a su vecina. Cuánto de eso nos pasa.
‘Si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará enfermo’. Si hay maldad en tu corazón y no tienes bien ordenadas las cosas de tu espíritu no sabrás ver en los demás sino defectos y fallos que no son otros que los que tu mismo llevas en tu corazón. ‘No juzguéis y no os juzgarán’, nos dice Jesús hoy. No andemos con juicios hacia los otros sin mirarnos primero bien a nosotros mismos para ordenar primero nuestro corazón. ‘Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’, si es que tuviera alguna mota.
Qué bien nos viene cerrar la boca; qué bien nos viene limpiar los cristales de nuestros ojos. Pongamos siempre solamente el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprenderemos a comprender, a perdonar, a disculpar, a mirar con mirada limpia, a ver con ojos buenos y positivos cuanto hagan los demás, a alejar de nosotros todo juicio o prejuicio, toda murmuración o toda crítica corrosiva, a poner el aceite del amor en los engranajes de nuestra relación con los demás. No chirriarían tanto las ruedas de nuestra vida. Podríamos tener paz y serenidad en nuestro corazón.

martes, 2 de agosto de 2011

Mancha al hombre lo que sale por una boca llena de maldad


Núm. 12, 1-13;

Sal. 50;

Mt. 15, 1-2.10-14

Unas veces por envidia o por celos, otras veces porque nuestras miradas son turbias y nos cuesta ver la claridad de las obras buenas de los demás, nos hace que no sintamos mal por dentro y que entonces o surja la desconfianza o que con nuestras críticas tratemos de destruir lo bueno que hagan los demás. Es sembrar desconfianza hacia los otros con la maldad que llevamos en el corazón. Se suele decir que si quieres destruir a una persona o su obra, siembra con tu crítica o murmuración desconfianza en los demás hacia esa persona.

Por eso a la pregunta quisquillosa que le hacen los fariseos a Jesús les responde diciendo que ‘no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Eran muy estrictos, como todos conocemos, con las purificaciones y abluciones rituales que continuamente hacían para mantener su pureza.

Cualquier cosa podía contaminarlos, por eso cuando regresaban de la calle se lavaban y restregaban bien por si acaso hubieran tocado algo considerado impuro y al comer con las manos impuras quedaron ellos manchado también con esa impureza. Lo que podía ser una medida higiénica normal y recomendable, se convertía en un rito pesado como un yugo difícil de llevar. Tantas eran las normas que en este sentido se habían dado.

Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos, y con eso, dicen, desprecian la tradición de sus mayores. Es a lo que Jesús contesta con esa respuesta que hemos aludido y venimos comentando. ‘Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Y por la boca, que es una forma de decir, salen las palabras surgidas de nuestros malos deseos y pensamientos llenos de maldad, que son los que en verdad hacen daño; palabras que pueden herir o que quieren dañar a los demás.

Pensemos cuanto daño hacemos con nuestras palabras a los otros, con nuestras palabras violentas o con nuestras críticas maliciosas. Pero pensemos también que es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo el peor daño, al dejar meter la maldad en nuestro corazón.

Hablando de críticas, es lo que nos aparece como una señal de desconfianza y hasta en cierto modo envidia en la primera lectura. Moisés no sólo tenía que sufrir las murmuraciones continuas del pueblo que a regañadientes le sigue por el desierto, sino que serán sus propios hermanos, Aarón y María los que murmurarán contra él. Pero como dice el autor sagrado ‘Moisés era el hombre de más aguante del mundo’. María y Aarón desconfían de Moisés también y de su misión profética en medio del pueblo hablándoles en el nombre del Señor. ‘¿Ha hablado sólo el Señor a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?’

Pero el Señor que se les manifiesta les hace saber que Moisés no es un simple profeta a quien Dios le hable en sueños o por imágenes. Moisés habla con Dios cara a cara. Recordemos lo que ya hemos contemplado de la cara reluciente de Moisés cuando salía de la presencia del Señor.

El Señor castiga a María con la lepra, que le obligará a vivir fuera del campamento de Israel, pero en el reconocimiento de su pecado y en el arrepentimiento piden a Moisés que interceda por ella al Señor, como así lo hará Moisés, lo que una vez más denotará la grandeza de espíritu de Moisés. ‘Moisés suplicó al Señor: Por favor, cúrala’. ¿Seríamos capaces nosotros de rezar al Señor por aquellos que nos hayan criticado y hecho daño? ¿No noa hace recordar esto lo que nos enseña Jesús en el sermón del monte a orar por los que nos persiguen y hacen mal

Tengamos un buen corazón. Nunca vivamos en desconfianza hacia los que nos rodean. Alejemos de nuestro corazón la envidia que corroe el alma y la llena de maldad. Aprendamos a ver y reconocer cuanto bueno tienen los demás, que tendría que ser lo primero que siempre viéramos en ellos.