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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Siempre en camino, en actitud de servicio, en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos, porque a ellos también ha de llegar la Buena Noticia del Reino

Corintios 3, 1-9; Salmo 32; Lucas 4, 38-44

Supongamos que tenemos la buena suerte de recibir un regalo, que no esperábamos ni acaso habíamos soñado en tenerlo, algo sin embargo que nos hacía mucha ilusión y que va a significar algo maravilloso para nosotros; es normal que saltemos de alegría, que en el gozo de lo que hemos recibido hagamos fiesta en la que de alguna manera u otra poco menos que nos convertimos en protagonistas; probablemente se nos suba el ‘ego’ y ahora todo lo veremos maravilloso porque llegamos incluso a dar la impresión que nos lo habíamos ganado, que teníamos nuestros méritos y nos insuflamos tanto orgullo que poco menos que las alabanzas se vuelven para nosotros, y aunque muchas veces decimos que si nos sacamos la lotería o alguna de tantas cosas en las que no nos perdemos de jugar decíamos que lo íbamos a repartir y todas esas cosas de una generosidad orquestada, al final nos encerramos en nosotros mismos de una forma avara y codiciosa. ¿Qué estaríamos denotando de nuestros valores o de nuestro sentido de la vida? No digo que todos seamos así y así actuemos siempre, pero es cierto que es una tentación que sufrimos y nos puede hacer perder el rumbo de nuestra propia madurez humana.

Hay algo en el evangelio de hoy que nos puede pasar desapercibido y que tendría que ser pauta de lo que significa nuestro encuentro con Jesús y con la fe. Nos dice el evangelista que cuando salió Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón Pedro. Una indicación más o menos clara que sería la casa de Pedro en Cafarnaún el punto de encuentro o de arranque de toda la predicación de Jesús por Galilea. Ya en otro momento nos dirá cuando nos envía a predicar que en la casa donde entremos allí nos quedemos si nos reciben bien. Desde una casa, desde un hogar va a irradiar el anuncio del Reino que hemos de hacer por todas partes.

Pero en la casa de Simón le indican que la suegra de Simón está en cama con fiebre. Jesús, como no podía ser menos, se acerca a ella y tomándola de la mano la levanta, curándose de aquella fiebre. ¿Y cual es la reacción, y es en lo que quiero fijarme en estos momentos? No lo dice pero suponemos la alegría de todos por la recuperación, lo mismo que la suegra de Simón Pedro, pero aquella mujer no se queda en el momento festivo sino que se puso a servirlos.

Nuestro paso por el encuentro con el Señor siempre tendrá que derivar en el servicio, no hay mejor manera de celebrarlo ni de hacer fiesta por lo que significa ese encuentro. Y es que Jesús cuando nos sale al encuentro no es para que nos quedemos en nosotros, en lo que hemos recibido, los beneficios que significa para nosotros. Jesús siempre nos está poniendo en camino. No nos podemos quedar como quería Pedro extasiados en lo alto de la montaña porque allí se está bien, tenemos que bajar al llano, tenemos que volver a nuestros caminos aunque luego haya momentos en que nos resulten dificultosos y de nuevo oscuros. Es la bonita actitud que nos está enseñando hoy la suegra de Simón.

En las actitudes y en lo que hace el mismo Jesús estamos viendo el mismo detalle. Mucha gente se había aglomerado en aquella tarde noche a la puerta de la casa y a todos y a cada uno quiso acercarse Jesús. Nos habla de cómo imponía las manos a los que se acercaban y a todos les iba dando nueva vida. Pero Jesús no se queda ahí; desde el amanecer se había ido al descampado para su oración al Padre y cuando vienen de nuevo a buscarlo El les dice que tiene que llegar a otros lugares porque en esos otros sitios también había de anunciarse el Reino de Dios. Siempre en camino, siempre en actitud de servicio, siempre en la búsqueda de los demás, de los que no vienen o de los que están lejos porque a ellos también tiene que llegar la Buena Noticia.

¿Será esa nuestra manera de actuar? ¿Estaremos siempre en esa disponibilidad de servicio? ¿Será esa también nuestra manera de hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios en medio de nuestro mundo? ¿Pensaremos también en otros, de los que no están cerca o no vienen, a los que tenemos que hacer también el anuncio? No nos podemos contentar con los que ya estamos, los de siempre, los que también hayan dado una respuesta de fe, sino que como nos decía el Papa Francisco tenemos que ir a las periferias.

¿No nos estaremos encerrando mucho en nuestros templos, en nuestras celebraciones bonitas, en el rescate de nuestras novenas y devociones, en nuestras cofradías y hermandades, en nuestras fiestas tradicionales y nos falta ese impulso misionero? Algunas veces cuando contemplo algunos programas pastorales me entran esos miedos, me interrogo por esa inquietud misionera que ha de tener la Iglesia, y qué es lo que estamos haciendo.


miércoles, 31 de agosto de 2022

Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

 


Queremos sentirnos unidos a Jesús pero hemos de ser conscientes de que nos sentimos enviados al anuncio del evangelio para que otros también puedan estar con Jesús

1Corintios 3, 1-9; Sal 32; Lucas 4, 38-44

Cuando alguien nos cae bien, nos agrada estar con él; cuando queremos a alguien no nos queremos separar de la persona que amamos; los familiares se quieren y lo que desean es estar siempre unidos; los amigos que se quieren buscan la manera de estar juntos el mayor tiempo posible; los enamorados quieren permanecer unidos en su amor.

Antes era la cercanía familiar, la relaciones entre las personas de un mismo lugar, los que se conocían por alguna circunstancia y entraban en sintonía aunque fueran de poblaciones distintas buscaban el medio de estar en contacto, de hablar, de encontrarse; hoy con los medios que tenemos que podemos comunicarnos fácilmente con gente de cualquier parte del mundo, nos habremos encontrado con alguien con quien sintonizamos de manera especial y aunque estemos en lugares distantes estamos con el deseo de un día encontrarnos. Estamos hechos para los demás, para la relación, para el encuentro.

Me ha venido a la mente esta reflexión el contemplar la reacción de las gentes de Cafarnaún tan pronto conocieron a Jesús. Lo buscaban donde estuviera y no querían que Jesús se fuese a otros lugares. Estamos escuchando en el evangelio el inicio de la predicación de Jesús por las ciudades y las aldeas de Galilea. Ha llegado a Cafarnaún, como hemos escuchado en días anteriores, en la sinagoga curó a un hombre poseído por el mal después de haber estado enseñando a la gente, y al llegar a casa de Simón Pedro, su suegra está enferma; le piden que le imponga las manos y la mujer se puso a servirles.

Al atardecer, hemos de recordar que era un sábado cuando había ido a la sinagoga y hasta la tarde estaban obligados al descanso sabático, según se pone el sol le traen multitud de enfermos para que Jesús los cure. ‘Al ponerse el sol, nos dice el evangelista, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.

Sin embargo a la mañana siguiente temprano Jesús se fue a un descampado, un evangelista nos dirá que a orar, y la gente lo busca, y vienen los primeros discípulos a decirle que la gente lo anda buscando, no quieren que se vaya a ningún otro lugar, pero El les dice que tiene que ir por otros lugares porque en todas partes ha de anunciarse el Reino de Dios. ‘Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado’.

Hay dos aspectos que hemos de subrayar en este momento. Por una parte el hambre de Dios que aquella gente tiene; han encontrado en Jesús una palabra de vida, una palabra que les llena de esperanza; han descubierto que con Jesús su vida puede ser distinta; ahí están los signos que está realizando; no es solo que cure en enfermos o arroje los espíritus malignos de los endemoniados, es la señal de algo nuevo que va a comenzar. Lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret. Estaba lleno del Espíritu de Dios que le enviaba a anunciar la Buena Nueva a los pobres, y todos se verían liberados del mal. Era lo que ahora allí estaban palpando, y por lo que querían estar con Jesús, porque sentían que con Jesús algo nuevo comenzaba.

Y el otro aspecto que hemos de subrayar es precisamente lo anunciado en la sinagoga de Nazaret, lleno del Espíritu del Señor era enviado a anunciar el evangelio a los pobres, a todas las gentes. Era lo que Jesús quería realizar, lo que estaba significando que quiera ir a otros lugares para proclamar allí el Reino de Dios. Aunque la gente Cafarnaún quisiera tener a Jesús para ellos solos.

¿Queremos estar con Jesús? ¿Encontramos en Jesús esa palabra de vida y de esperanza que llena y transforma totalmente nuestra vida? ¿Buscamos a Jesús y no queremos separarnos de El? ¿En qué medida se convierte así de importante para nosotros Jesús, el evangelio, el Reino de Dios? Y finalmente, si así queremos sentirnos unidos con Jesús ¿estaremos siendo conscientes que de El recibimos una misión y otras partes también hemos de ir para hacer el anuncio del Reino de Dios?

miércoles, 12 de enero de 2022

Ojalá sepamos encontrar ese tiempo de vivir sin agobios, para encontrarnos con nosotros mismos y para ir en actitud de servicio al encuentro con los demás

 


Ojalá sepamos encontrar ese tiempo de vivir sin agobios, para encontrarnos con nosotros mismos y para ir en actitud de servicio al encuentro con los demás

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39; Marcos 1, 29-39

Cuando queremos tenemos tiempo para todo. Vivimos en un mundo de prisas y de carreras, donde siempre estamos ocupados y tenemos tanto que hacer. Una frase que escuchamos como una muletilla muchas veces es aquello de ‘no tengo tiempo’. Estamos cansados siempre con nuestros agobios y carreras y surge pronto la disculpa de que tenemos tantas cosas que hacer que no tenemos tiempo. Pero quizá tendríamos que preguntarnos si realmente eso es así o es que en nuestros agobios nos ahogamos en un vaso de agua y como decimos no tenemos tiempo para nada.

Suele decirse que si quieres realizar algo importante y tenerlo además en su tiempo no se lo des a aquel que parece desocupado, sino a aquel que más cosas tienen que hacer, porque sabrá organizarse y sacar tiempo para eso y para más. Hay personas que realmente están ocupadas en muchas cosas, en muchas tareas, pero siempre tendrán tiempo para algo más, para algo distinto, porque habrán sabido poner serenidad en su vida para sus muchas ocupaciones sacarlas adelante.

Serán personas con paz interior y serenidad de espíritu, que a pesar de sus muchas tareas no viven agobiados, que saben tener tiempo para sí mismos, para su propio cultivo y crecimiento personal, sabrán afrontar la vida con valentía y serenidad a pesar de los problemas que se acumulen. Necesitamos aprender. Necesitamos discernir lo que verdaderamente es importante. Necesitamos encontrar ese tiempo para nuestra vida interior que será la que nos va a dar verdadera fortaleza y verdadera paz de espíritu.

Hoy contemplamos en el evangelio esos días verdaderamente atareados de Jesús. Como sábado  había ya acudido a la sinagoga donde había estado enseñando a la gente en el momento de la oración y la escucha de la Palabra; allí fue donde curó a aquel hombre poseído por el mal, pero ahora no le faltará tiempo para el encuentro familiar en la casa de Simón, cuya suegra está enferma y El la levantará de la cama, pero aún más, al atardecer atender a todos cuantos acudían a la puerta con sus enfermos y poseídos por el mal para que El los curase. Ha sido un día completo, podríamos decir.

Sin embargo aún veremos más. En la madrugada se había ido a las afueras del pueblo para hacer su oración. Es allí al amanecer donde vendrán a buscarlo los primeros discípulos, porque la gente se agolpa de nuevo a las puertas de la casa de Simón Pedro para que Jesús les atendiera. ‘Todo el mundo te busca’, le dicen. Pero El ha de seguir su camino, habrá de ir a otros lugares, allí también habrá de hacer el anuncio del Reino de Dios que llega y curará a muchos enfermos con toda clase de dolencias. Es el camino itinerante de Jesús, pero es el camino del encuentro, del encuentro consigo mismo y con Dios, serán los momentos de oración desde donde nos está enseñando sabremos nosotros también mantener la paz del espíritu.

Es la gran lección hoy del evangelio. Jesús vive en medio de nosotros pero para ayudarnos a comprender el verdadero valor, el verdadero sentido que le demos a la vida, a lo que hacemos. Vivió con los ajetreos semejantes a los que nosotros nos vemos inmersos – hay un momento en el evangelio en que se dirá que no tenían tiempo ni para comer – pero no le faltó nunca la paz del Espíritu.

Vemos al Jesús servidor, al Jesús que a todos se acerca y a todos escucha, al Jesús siempre en camino para ir al encuentro del otro, al Jesús que siente preocupación por la gente que le rodea, pero al Jesús que sabe encontrarse a sí mismo, al Jesús que está atento para ir o escuchar a aquel que lo necesite, al Jesús que sabe detenerse igual a la orilla del camino escuchando la voz del que lo necesitaba que bajar a la piscina donde hay alguien que sufre la soledad de no encontrar a nadie que lo ayude, al Jesús que encontrará tiempo, aunque sea en la madrugada, para ir a la oración con el Padre, al Jesús cuya presencia nos da serenidad y paz a nosotros para que sepamos encontrarnos con nosotros mismos, que sepamos encontrarnos con Dios para que tenga un verdadero sentido el encuentro con los demás.

¿Sabremos nosotros de igual manera encontrar ese tiempo para no vivir agobiados sino en paz, para encontrarnos con nosotros mismos para también para llenarnos de Dios?

 

sábado, 26 de junio de 2021

Como Jesús dejarnos encontrar, como Jesús salir al encuentro de los demás y tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor

 


Como Jesús dejarnos encontrar, como Jesús salir al encuentro de los demás y tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor

Génesis 18,1-15; Sal; Lucas 1,46-55; Mateo 8,5-17

¡Qué bueno que te encontré! Quizás exclamamos cuando nos encontramos con alguien con quien deseábamos estar, hablar, compartir.  Hay personas que son fáciles de encontrar, porque siempre las encontramos dispuestas, siempre prontas para prestar un servicio, siempre con los ojos atentos y los oídos abiertos para acoger, para escuchar, para compartir. Es un gozo. Quizá empleamos aquella expresión de ¡qué bueno que te encontré!, pero que quiere expresar más que nada el gozo de encontrarnos con esa persona, nunca la empleamos como una expresión de reproche, sino que casi no sabemos como expresar lo que significa ese encuentro. Son personas que se dejan encontrar.

Es lo que de alguna manera contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. A El acudió aquel centurión con su problema o necesidad y allí estaba pronto Jesús para escucharle. Podría haber habido algún tipo de reserva, puesto que era un centurión romano, del ejército invasor por decirlo de alguna manera, y no era bien visto en general por la gente. Pero Jesús tiene el corazón abierto para todos y quien busca a Jesús siempre se encontrará a un Jesús que acoge, a Jesús con los brazos abiertos, a un Jesús que escucha y que valora.

Muchas veces hemos meditado este episodio y suficientemente podríamos decir nos hemos fijado en la fe de aquel hombre que sin ser judío sin embargo acude con una fe grande a Jesús. Merecerá la alabanza de Jesús mismo que dirá que en Israel no ha encontrado nadie de tanta fe. Es la fe llena de confianza, pero la fe humilde; la fe de quien pone amor en su petición, pero la fe de quien no se considera digno. Así hemos tomado sus palabras para convertirlas en oración en nuestros labios y en nuestro corazón cuando nos acercamos a Jesús. ‘Señor, no soy digno…’

Y si en este episodio es Jesús el que se deja encontrar a continuación veremos a Jesús que busca, que va al encuentro de allí donde sabe que hay una necesidad o un dolor. Cuando acude a la casa de Simón Pedro es Jesús el que se adelanta para llegar a donde está la suegra de Simón postrada en cama para tenderle su mano y levantarla.  Es Jesús, el que pasó haciendo el bien, como un día Pedro lo definiera.

Creo que hoy vamos a fijarnos de manera especial en esta manera de actuar de Jesús; el Jesús que se deja encontrar y el Jesús que va al encuentro de quien está en su sufrimiento. Y es el Jesús que sana y que da vida; es el Jesús que nos pone en camino, el que nos enseña de lo que es disponibilidad y de lo que son unos ojos abiertos por el amor; es el Jesús que nos enseña a olvidarnos de nosotros mismos para ser capaces de estar siempre disponibles para los demás.

Cuánto tenemos que aprender. Aprender a hacer los caminos de la humildad y del servicio. Es esa sensibilidad y delicadeza que tiene que despertarse en nosotros, que muchas veces por distintas circunstancias nos hacemos duros y nos volvemos desconfiados hacia los demás. No nos dejamos encontrar porque desconfiamos de todo y de todos; y dejarnos encontrar es hacer que los demás se sientan a gusto con nosotros, porque miremos con una sonrisa en los ojos, porque no nos quedemos en la distancia – y hay muchas formas de quedarnos en la distancia -, porque seamos capaces de tender la mano que es poner en sintonía el corazón, porque seamos capaces de detenernos en nuestros caminos para ver quien está en la vera del camino, porque seamos capaces de perder el tiempo con aquel que nos encontramos en el camino y no vayamos siempre con nuestras carreras locas.

Como Jesús dejarnos encontrar; como Jesús salir al encuentro de los demás; como Jesús tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor.


domingo, 7 de febrero de 2021

Cuando vayamos a los caminos de la vida y encontremos dolor y sufrimiento sepamos llevar esa palabra, ese gesto, esa cercanía que llenan de luz y de vida a los que sufren

 


Cuando vayamos a los caminos de la vida y encontremos dolor y sufrimiento sepamos llevar esa palabra, ese gesto, esa cercanía que llenan de luz y de vida a los que sufren

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Ponernos a caminar los caminos de la vida es irnos encontrando con el dolor y el sufrimiento. Quisiéramos, es cierto, un mundo feliz, es el deseo de todos. Y de entrada tendríamos decir que también es el deseo de Dios. No olvidemos aquella imagen de la primera página de la Biblia que cuando crea al hombre y la mujer los coloca en el paraíso, un mundo feliz. Pero somos conscientes de la realidad de la vida, de las limitaciones que tenemos que nos hacen sufrir en nuestras ansias de plenitud que no terminamos de alcanzar; pero ahí está la realidad de la vida llena de amarguras, dolores, sufrimientos, enfermedad, muerte. El contemplar esa misma realidad ya nos hace sufrir.

Todos tenemos la experiencia del dolor y del sufrimiento; y podemos pensar en tantas cosas que desde lo más hondo de nosotros mismos nos hacen sufrir, podemos pensar que muchas veces el encuentro con los demás nos hace sufrir, pero tenemos la realidad de encontrarnos con la enfermedad, en nosotros o en aquellos seres que queremos. No queremos esos sufrimientos, nos duele no solo sufrir nosotros sino contemplar el sufrimiento de los demás. Cuántas angustias, cuánta amargura… y tenemos la realidad de la pandemia por la que estamos pasando viendo el sufrimiento de los demás o en la angustia que vivimos de si un día nosotros tengamos que enfrentarnos directamente a ello.

Pero contemplo todo esto no para aumentar nuestras amarguras y sufrimientos y contemplarlo todo negro sino en la búsqueda de la luz que en Jesús y su evangelio podemos encontrar. Como principio de ciclo litúrgico estamos en la lectura de las primeras páginas del evangelio de Marcos y lo que es el comienzo de la actuación pública de Jesús. Sus primeros pasos, podríamos decir, su primera actuación después de ese primer anuncio que hace del Reino de Dios que llega.

Hoy lo contemplamos saliendo de la Sinagoga y en ese recorrido que va haciendo por la ciudad de Cafarnaún. Y se va encontrando con el dolor y el sufrimiento de los hombres y mujeres de su tiempo. El evangelio nos señala algunos hechos pero muy significativos de lo que es ese caminar de Jesús en medio de nosotros, lo llevan a casa de Simón Pedro y allí está la suegra de Pedro enferma. En la tarde, pasado el día sabático, cuando la gente comienza a poder moverse sin limitaciones le traen a la puerta toda clase de enfermos y poseídos por el mal.


Es la presencia del dolor y del sufrimiento en medio del mundo. Pero Jesús ha venido como luz y como salvación, y el mundo no puede seguir en la oscuridad de las tinieblas o del dolor. Jesús los va curando a todos, levanta con su mano a la suegra de Simón, y va imponiendo las manos a todos aquellos enfermos que le traen a su puerta. No puede dejar de curar, de secar las lágrimas de los que lloran y de aliviar el sufrimiento de los que sufren liberándolos a todos del mal.

Pero estos hechos están enmarcados en dos momentos que tienen especial trascendencia y que en el camino de nuestra vida no podemos olvidar si queremos llegar allí donde hay sufrimiento para curar, como nos enviará Jesús. Un primer momento, viene de la Sinagoga donde han ido el sábado a escuchar la lectura de la ley y los profetas y a la oración de la comunidad y un segundo momento que vivirá Jesús en esa noche que sigue o en esa madrugada, se fue al descampado para estar a solas y para orar.

Primero que nada afirmar que la oración o la escucha de la Palabra no nos inhiben de ver la realidad del mundo en que vivimos, no nos lleva a un estado que podíamos llamar angélico donde viviéramos como si nada pasara en nuestro mundo. Afirmar rotundamente que siempre nuestro encuentro con Dios, bien que necesitamos de esos momentos de oración y escucha de la Palabra de Dios, nos impulsarán precisamente a ir al encuentro de los hermanos en su realidad concreta, a los hermanos en su sufrimiento. Cuando a la mañana siguiente vienen a decirle que la gente lo busca El les dice que tiene que ir también a otros lugares y marchará por los caminos y aldeas de Galilea con el mismo anuncio y con la misma misión.

Nuestro encuentro con el Señor siempre nos llevará a abrir mejor los ojos para mejor conocer la realidad y más profundamente comprometernos con ella. A ese mundo de sufrimiento que nos rodea, o que muchas veces tenemos en nosotros mismos, siempre tenemos que llevar luz, llevar vida, ir a sanar para que podamos tener nueva vida. Fue la misión de Jesús y es la misión que a nosotros nos confía también.

Tenemos la tentación algunas veces de sentirnos cansados ante tanto sufrimiento y cerrar nuestros ojos y oídos abstrayéndonos de todo para no saber, para no escuchar, para no sentir el sufrimiento de los demás, pero no nos podemos dejar vencer por esa tentación – recemos el padrenuestro dándole hondo sentido a esas palabras ‘no nos dejes caer en la tentación – y tenemos que ir con ese bálsamo de nuestro amor hasta los que sufren. Nunca podremos cruzarnos de brazos insensibles ante el sufrimiento de los demás. Siempre podremos tener una palabra, un gesto, una cercanía, un compromiso de vida al acercarnos a los que están a nuestro lado. No olvidemos que todos tenemos ansias de vida y es el mejor regalo que podemos hacer.

miércoles, 13 de enero de 2021

Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

 


Le llevaban a Jesús a los enfermos y nosotros llevamos los sufrimientos de nuestros hermanos y de nuestro mundo que está enfermo y que no siempre quiere conocer a Jesús

Hebreos 2,14-18; Sal 104; Marcos 1,29-39

Hablar de los demás es fácil; aunque intentamos en la vida respeto y discreción sabemos bien cómo en nuestras conversaciones algo que nos es fácil que nos surja es el hablar de los otros; esas comidillas donde comentamos de todo, pero donde caemos también tan fácilmente en la murmuración, la crítica y la condena, el sembrar sospechas y desconfianzas.

Así somos los humanos y es la piedra en la que fácilmente tropezamos. Nos es más fácil comentar lo que hizo o lo que no hizo, lo que me desagrada o lo que pueda llevar a una condena, que sentir una verdadera preocupación por la otra persona y con todo el respeto del mundo, por ejemplo, estar atento a sus necesidades o a sus problemas para prestar alguna ayuda.

Si algo se nos permitiera como correcto sería el buscar el apoyo de los otros para ayudar a salir de unos problemas o necesidades, o el saber acudir a quien de verdad pueda prestar una ayuda a la persona para que pueda salir adelante. Ese interés en el buen sentido por los otros es algo que quizá no siempre entra en nuestros planes porque quizá tememos hasta donde nos puede llevar el compromiso.

Respetamos a la persona y el camino que haya querido escoger para su vida, pero con todo el respeto del mundo muchas veces esa persona necesita una mano que le ayude a levantarse, a encontrar nuevo camino, a llegar a una luz que dé sentido y orientación a sus problemas.

Hoy he querido fijarme este aspecto positivo que debiéramos tener en nuestra preocupación por los demás y lo hago al hilo del evangelio que se nos propone. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de Simón Pedro y Andrés. A continuación el evangelista nos relata cómo cura a la suegra de Pedro que está en cama con fiebre, y a una multitud que se agolpa a su puerta en la que traen a muchos enfermos con todo tipo de dolencias. A la mañana siguiente, cuando Jesús se ha retirado en la madrugada a la soledad y silencio del amanecer para la oración, vienen diciéndole que hay mucha gente que le busca y que le espera.

Nos fijamos siempre en la solicitud de Jesús por los demás y en especial por los enfermos, como un signo que va realizando de ese Reino de Dios que está anunciando y que ahora quiere llevar su anuncio a otras aldeas y lugares. Nos fijamos en ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús siempre atento al sufrimiento de los demás, a nuestro sufrimiento del que nos quiere sanar.

Pero hay un aspecto en el que quiero fijarme y que viene a ser ya en aquellos que comienzan a seguirle como un signo de que ellos están acogiendo también ese reino de Dios y están ya mostrando señales en su vida. Fijémonos en la mediación que hay en todos estos casos de los que hoy nos habla en el evangelio de personas que muestran interés por los que sufren y cómo se convierten en cierto modo en intercesores ante Jesús. Cuando llegan a casa de Simón Pedro y Andrés ‘le dicen’ que la suegra de Pedro está enferma; aquellos enfermos que se agolpan a la puerta de la casa ‘han sido traídos’, y el final será Pedro quien ‘va a decirle que hay mucha gente que le busca’.

Gente que habla de los demás y se preocupa de los demás, pero que van a decírselo a Jesús. Preocupación por los otros para ayudarles a salir de sus problemas e intercesión a quien en verdad puede sanarlos y darles nueva vida. Y es aquí donde me pregunto por esa preocupación que yo pueda sentir por los demás. Es cierto que rogamos al Señor por los nuestros, por nuestros familiares y los que están cercanos a nuestra vida; pienso que siempre estarán presentes en nuestra oración. Pero ¿nuestra preocupación y nuestra oración se sale de ese círculo de los más cercanos haciendo una oración más universal para presentarle al Señor nuestra súplica por los problemas del mundo?

Creo que aquí tendríamos que hacernos muchas consideraciones en este sentido, de cual es nuestra oración. Serán cuantos sufren en nuestro mundo de una forma o de otra, serán quienes se ven atenazados por tantas cosas que les esclavizan y les dominan, serán los problemas concretos de esa sociedad en la que vivimos y los derroteros que se van tomando, será la preocupación por los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad por los que tendríamos que rezar aunque quizá no piensen como nosotros ni actúen según nuestros principios pero para quienes tendríamos que pedir también esa luz de lo alto que les lleve a actuar en justicia y por el bien de todos, será nuestra oración por la Iglesia y las situaciones difíciles que vive la Iglesia en el mundo de hoy y los problemas que tienen muchos cristianos para testimoniar su fe.

La suegra de Simón está enferma, nuestra sociedad está también enferma; le llevaban a Jesús los enfermos y nosotros llevamos a Jesús esos sufrimientos de nuestros hermanos; todo el mundo buscaba a Jesús y quería estar con El, ahora habrá muchos que no lo buscan o que quieran quizás desterrar el nombre de Jesús, pero por ellos también tenemos que pedir para que un día sean capaces de reconocer la luz.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros y aprender a ir a los demás



Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros  y aprender a ir a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51,10.11; Lucas 4,38-44
Hay momentos en que uno necesita sentir una mano amiga sobre su hombro, que te tienden con generosidad y cariño la mano para dar ese paso que necesitas dar en la vida y que tanto te cuesta, ese brazo sobre nuestros hombros que se convierte en abrazo que conforta, que seca nuestras lágrimas o que hace más benigno el dolor que llevamos en el alma.
Hay quienes rehúsan y rechazan ese contacto físico, porque quizá se sienten tan puritanos que les parece que les va a manchar, o son tan solitarios que quieren caminar solos, y no sabrán lo que es la ternura que solo se siente en el corazón pero que parece que corre por nuestra piel y como que nos electriza dándonos una nueva energía, pero que tampoco serán capaz de trasmitirla a los demás, porque a ellos mismos quizá les falta.
No rehúsa Jesús el contacto físico, más bien lo busca y lo ofrece. Se sentirá apretujado en medio de las multitudes que le cercan, dejará que la mujer quizá impura por sus flujos de sangre le toque el manto, o tenderá la mano como hoy vemos en el evangelio para levantar a la suegra de Simón de su postración, un día a la hija de Jairo para levantarla de su sueño y de su muerte y así darle vida, o le veremos hoy que a cuantos vienen con sus dolencias y enfermedades de todo tipo les impone las manos y los sana.
Es bello el gesto que hoy contemplamos en Jesús y tendrá que ser ese gesto con que nosotros aprendamos a ir a los demás, que si bien no siempre se reducirá a un contacto físico, con nuestra sonrisa, nuestra mirada, nuestra cercanía podremos ser rayos de sol para muchos que van ensombrecidos en sus tristezas y agobios por los caminos de la vida.
Son distintos los gestos y los signos que le vemos realizar hoy a Jesús en el corto evangelio que se nos ha ofrecido. Primero, como hemos venido comentando, esa cercanía expresada en esos gestos que nos hablan de su ternura y de su misericordia. Luego le veremos otro gesto hermoso. Al amanecer se retiró solo a un lugar apartado. Como decimos hoy estaba buscando un espacio para sí. Como tantas veces nosotros necesitamos, momentos de silencio, momentos de alejarnos del ruido, momentos de soledad, momentos para pensar en uno mismo, reprogramarse y como se suele decir recargar las pilas. Nos lo recomiendan por todas partes. Lo necesitamos.
Pero para Jesús, como tendría que ser para nosotros también, fue mucho más. El evangelista paralelo que nos hace el mismo relato nos dice que se fue al descampado a orar. Algunos nos pueden decir que es lo mismo. Pero en este aspecto de la oración hay algo más, no es solo encontrarnos con nosotros mismos que en la oración también hemos de saber hacerlo, sino darle además otra trascendencia. Es mirar a lo alto, es dirigir nuestro pensamiento y nuestro corazón a Dios, es encontrarnos con el Señor de mi vida, que va a ser mi verdadera fuerza y mi verdadera luz.
En Dios nos encontraremos de verdad con nosotros mismos, en Dios sentiremos esa luz y esa fuerza que necesitamos, en Dios aprenderemos también a salirnos de nosotros mismos, no quedarnos encerrados en nuestro yo, sino comenzar a sentir y tener una mirada más amplia que me haga ir a los demás, que me haga ir al encuentro de ese mundo al que tengo que llevarle una luz.
Es lo que hoy nos enseña también el evangelio. Tras el encuentro con Jesús que le sana la suegra de Pedro se puso a servirles. Ahora Jesús tras ese momento de silencio se pone en camino porque tiene que ir también a los otros pueblos, a las otras gentes, porque esa es su misión, para eso ha venido, porque a todos tiene que llevar su luz.
Cuánto nos enseña el evangelio. Gestos, detalles, silencios, apertura a los demás, ponernos en camino.

miércoles, 16 de enero de 2019

Los gestos de Jesús nos enseñan cómo también hemos de ir al encuentro de los demás, tender nuestra mano con generosidad y ayudar a que todos se levanten con la misma dignidad


Los gestos de Jesús nos enseñan cómo también hemos de ir al encuentro de los demás, tender nuestra mano con generosidad y ayudar a que todos se levanten con la misma dignidad

Hebreos 2,14-18; Sal 104;  Marcos 1,29-39

Siempre recuerdo el cariño y confianza que mi madre tenía con una doctora que nos correspondió en el Centro de Salud, porque aquella doctora tenía como un carisma especial para con los enfermos que les hacía sentirse bien con ella; ya cuando entraba por la puerta de la consulta con una alegría especial llamaba al enfermo por su nombre, recordaba sus anteriores visitas, se interesaba no solo por el problema de salud que en aquel momento llevara, sino que era capaz de acordarse de acontecimientos familiares interesándose por ellos, les hablaba con una alegría especial y siempre con una sonrisa en su rostro, de manera que el enfermo se sentía cariñosamente atendido y no como un número de una tarjeta. Era el calor humano que aquella doctora ponía en el trato con los enfermos.
Quien se siente agobiado por sus problemas ya sea de enfermedad o de otro tipo el encontrarse con alguien que se le acerca y con sencillez y cariño se interesa por su vida y por su cosas le hace sentirse bien y de alguna manera parece como si lo problemas desaparecieran o fuera menor su intensidad. una mano tendida, un acercamiento a la persona  poniéndose a su altura, un sonrisa en los labios, una muestra de interés y al mismo tiempo de preocupación por aquello que nos pudiera suceder nos hace sentirnos renovados, valorados, tenidos en cuenta y de alguna manera nos hace salir del pozo profundo en que nos encontremos para renovarnos en nuestra propia dignidad y autoestima.
No siempre nos encontramos en los caminos de la vida personas así de cercanas. y lo triste es que en ocasiones aquellos que por su profesionalidad tendrán que actuar de esa manera, se quedan en una relación fría y distante que muchas veces parece que nos hunde más. Me estoy haciendo esta reflexión sobre esas situaciones humanas que nos encontramos en la vida y que muchas veces se pueden volver inhumanas, desde lo que hoy descubrimos en Jesús cuando se acerca a la casa de Simón Pedro y le dicen que la suegra de Simón Pedro está enferma.
Fijémonos en los gestos de Jesús. cuando le dicen que aquella mujer está enferma es Jesús el que se acerca hasta su cama. Ha habido, es cierto, una mediación que no hemos de dejar de tener en cuenta. Pero Jesús se acerca y la toma de la mano. Es mucho el significado de ese acercamiento de Jesús, como mucho es también ese gesto de tomarla de la mano. es un gesto humano de gran valor que contemplamos en la vida; quien se coge de la mano parece que ya comienza a sentirse seguro porque tiene como un apoyo que le hace perder sus miedos; pero quien ofrece su mano está ofreciendo su persona, que es su atención, que es su escucha, que es el apoyo y comprensión que le puede ofrecer y hacer sentir al otro; muchas cosas podemos descubrir en ese gesto que nos parece sencillo y hasta intrascendente, pero que sin embargo es muy importante.
Te tomo de la mano y te ofrezco lo que soy, te ofrezco mi mano y soy todo oídos, te ofrezco mi mano y te estoy ofreciendo mi cariño y mi amistad, te ofrezco mi mano y rompo barreras y distancias porque llegó a estar junto a ti.
Pero Jesús hizo más, la tomó de la mano y la levantó. Nos quedamos en el hecho de la curación pero es mucho más que la curación de una enfermedad corporal. No tienes que quedarte postrado sino que tienes que levantarte; no te puedes quedar hundido en tu miseria o tu debilidad sino que tienes que recuperar tu vida, tu dignidad; no te puedes quedar ahí postrado viendo pasar la vida ante tus ojos, sino que tienes que comenzar a vivir. Cuántas cosas puede significar ese ayudar a levantar; a cuantos en la vida tenemos que ayudar a levantarse, como quizá un día también hicieron con nosotros.
Y aquella mujer fue respondiendo a todos aquellos gestos de Jesús, dejándose tomar de la mano, dejándose levantar, pero es que además inmediatamente se puso a servirles. Aquella mujer comenzó de nuevo a vivir en toda plenitud y la plenitud la encontramos en el amor y en el servicio. Había sentido el amor en su vida a través de aquellos gestos de Jesús y comenzó a amar también sirviendo a los demás. Cuanto tiene que decirnos eso para nuestra vida.
El evangelio termina diciéndonos que Jesús después que curara a muchos enfermos que le trajeron a la casa, desde muy temprano se fue al descampado para orar, y que cuando vinieron a decirle que toda la gente le buscaba, les dijo que tenía que ir también a otros sitios con la misma misión. ¿Esos gestos de Jesús nos dirán algo para la actitudes y gestos que nosotros habremos de realizar también en la vida?

miércoles, 5 de septiembre de 2018

En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios



En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios

1Corintios 3, 1 9; Sal 32; Lucas 4, 38 44

Siempre en nuestro entorno nos encontramos personas así, esas personas que lo están en todo; serviciales, siempre dispuestas a echar una mano, que cuando surge algún problema allí aparece ella dispuesta a todo, encontrando una solución, buscando quien es el que puede hacerlo mejor, olvidándose de si misma y hasta de sus cosas con tal de prestar un servicio, ayudar a alguien, desvivirse por los demás.
Algunas veces quizá nos pasan desapercibidas porque realmente no hacen ruido, no hacen alarde nunca de lo que hacen, pero apareciendo en el momento oportuno, con quien sabemos siempre que podemos contar, que no hace falta decirle nada para saber estar en ese momento. Es una riqueza que poseemos en nuestras comunidades y que quizá no siempre sabemos apreciar ni valorar, pero son gentes maravillosas que tendríamos que saber imitar.
Me ha venido este pensamiento, que parece no venir a cuento pero que creo que son cosas ante las que tenemos que abrir bien los ojos para descubrirlas y valorarlas, a partir de un gesto que casi pasa desapercibido en el evangelio de hoy y que nos está manifestando de alguna manera como se va mostrando el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Es el gesto de la suegra de Pedro, que puede ser el gesto de esas personas anónimas que antes recordábamos que aparecen en medio de nuestras comunidades y que son hermosas semillas del Reino de Dios entre nosotros.
Habían salido de la sinagoga aquel sábado, después de escuchar la Palabra de Jesús pero también de ver los signos que realizaba en la curación de aquel hombre poseído por un espíritu maligno. La casa de Simón se está convirtiendo en punto de encuentro y hogar también para Jesús en Cafarnaún. Allí llegan rodeados de gentes que no paran en alabanzas por las maravillas que ven hacer a Ges y le dicen que la suegra de Simón está enferma. Ya escuchamos en el evangelio. Jesús la levanta de su postración y se le pasan las fiebres. Pero ahí aparece el gesto de aquella mujer que queremos resaltar, ‘inmediatamente se puso a servirles’.
Inmediatamente, no fue necesario tener espacios de recuperación. Inmediatamente como es la disposición del amor para el servicio; inmediatamente allí donde sea necesario; inmediatamente olvidándose de si misma; inmediatamente porque siempre hay una cosa buena que hacer; inmediatamente sin que nadie lo pida, pero detectando allí donde hay una necesidad; inmediatamente sin hacer ruido porque lo única música que se ha de escuchar es la del amor.
El evangelio nos seguirá hablando de cómo al atardecer muchos vinieron con sus dolencias y enfermedades hasta Jesús para que los curara y que a la mañana siguiente se encontrarían a Jesús orando en lugar descampado, pero que aunque aquí lo buscan El ha de ir a otras partes. No es que no le demos importancia a todo esto que nos dice el evangelio, pero creo que es bueno quedarnos un poquito reflexionando en la disponibilidad de aquella sencilla mujer. Es que ella está reflejando ya lo que Jesús nos está anunciando, está siendo un reflejo de las actitudes de Jesús para servir, para ir a buscar la oveja perdida, para llegar a todos sitios, porque en todos los sitios ha de resplandecer la luz, ha de amanecer un mundo nuevo.
La suegra de Pedro también nos está enseñando eso, no está lejos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia. En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios.


miércoles, 31 de agosto de 2016

Quien ha experimentado el amor en su vida será capaz en todo momento de ponerse en camino para el servicio y para repartir amor a los demás

Quien ha experimentado el amor en su vida será capaz en todo momento de ponerse en camino para el servicio y para repartir amor a los demás

1Corintios 3, 1 9; Sal 32; Lucas 4, 38 44

Todo el que tiene su corazón lleno de amor siempre estará en deseos de ir al encuentro con los demás para compartir su amor, para regalar su ternura, para buscar siempre la mejor manera de expresar el amor que lleva dentro. Quien ha experimentado el amor en su vida, porque gratuitamente se le ha ofrecido algo que le haga más feliz, necesariamente quiere corresponder a ese amor no solo en esa persona de quien lo ha recibido sino también ofreciéndolo en la misma gratuidad a los demás.
Si la persona se encierra en si misma podríamos decir que algo está haciendo de barrera para no sintonizar con el amor que le puedan ofrecer los demás, muchas veces quizá porque se ciega con sus propias negruras y problemas o por experiencias negativas que haya tenido en la vida y que no ha sabido aun superar. Por eso quienes son capaces de experimentar en si mismos lo que es el amor verdadero, han de saber estar abiertos para detectar esas negruras que pudiera haber en la vida y ponerse en camino de alguna manera para iluminarlas con la nueva y vitalizante luz del amor.
Triste sería que hubiera un cristiano que se encierre así en si mismo y no sepa abrirse al amor para compartirlo también con los demás. Muchos quizá andan por la vida con ese sobrenombre de cristianos, pero que les cae largo porque aun han sabido sintonizar con ese amor que les haga grandes de verdad en la vida. Un cristiano que no ama, mal cristiano es, mal lleva el nombre de cristiano.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia yo diría que todo él es un derroche de amor. Está el amor compasivo y misericordioso de Jesús que va repartiendo vida allá por donde va. Ha salido de la sinagoga de Cafarnaún y va a casa de Pedro donde le dicen que la suegra de Simón está en cama con fiebres; allá va Jesús que la toma de la mano la levanta. Pero luego contemplaremos como al atardecer de aquel sábado se agolpan a la puerta una multitud de enfermos e impedidos a los que cura de sus males y enfermedades.
Aunque la gente a la mañana siguiente quiere forzarle a que se quede con ellos, El se pone en camino, el amor le pone en camino, porque ese anuncio de vida, esa Buena Nueva del Reino ha de anunciarse a todos en todas partes. Ahí estamos contemplando el rostro compasivo y misericordioso de Dios que se manifiesta en Jesús que libera a todos de su mal.
Pero como decíamos quien está lleno de amor porque ha experimentado el amor en su vida, no puede menos que amar también. Cuando la suegra de Simón Pedro es levantada de su cama y curada, dice el evangelista que se puso a servirles. Es la respuesta del amor, es la prontitud del amor que pronto comienza también a darse a los demás.
¿Viviremos y experimentaremos así nosotros el amor? ¿Habrá también esa apertura y esa generosidad en nuestro corazón para ponernos en camino, para disponernos a servir a los demás?

miércoles, 13 de enero de 2016

Como Jesús sepamos tender nuestra mano a los demás para con nuestra cercanía ser signos también de la presencia misericordiosa de Dios

Como Jesús sepamos tender nuestra mano a los demás para con nuestra cercanía ser signos también de la presencia misericordiosa de Dios

1Samuel 3,1-10.19-20; Sal 39; Marcos 1,29-39
Una mano sobre el hombro en un momento de sufrimiento en soledad o en un momento de amargura o desesperanza parece que inyecta en nosotros una energía que nos revitaliza y nos hace como renacer. Muchas veces necesitamos esa mano que se tiende hacia nosotros o que sintamos sobre nuestro hombro y que es mucho más que ese contacto físico que podamos sentir.
Puede significar muchas cosas; no estás solo, parece que se nos dice; es cercanía y es confianza en ti mismo; es decirnos, quiero caminar contigo y te puedes apoyar en mi; puedes levantarte porque eres capaz y puedes y tienes que hacer muchas cosas; es poner serenidad y ánimo en tu espíritu para que sientas paz a pesar de todas las turbulencias; es consuelo en el sufrimiento y la mejor medicina que nos cura por dentro; es darnos ese empujón que necesitamos para levantarnos y comenzar a caminar; es darte muchos motivos de esperanza; es el abrazo del amigo que tanto reconforta; son los ojos que te miran y sin palabras te están diciendo tantas cosas para que aprendas a confiar; es la palabra que se susurra al oído pero te llega al corazón; es la presencia de quien sabes que te aprecia y en quien puedes confiar.
Los gestos son importantes en la vida y muchas veces nos dicen más que largos discursos de palabras que se pueden quedar frías en el aire.
Jesús hablaba y enseñaba con autoridad, hemos venido escuchando en estos días. No fueron solo las palabras pronunciadas allá en la sinagoga, sino aquel hombre del que liberó de su mal. Por eso sus gestos de cercanía están siendo tan importantes porque serán signos verdaderos de la presencia de Dios en medio de ellos, de que en verdad es el Emmanuel, que se acercaba a ellos para darles nueva vida, para ponerles en camino de nueva vida.
Hoy escuchamos en el evangelio que después de salir de la sinagoga fueron a casa de Simón Pedro y allí le dijeron que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre. No hay palabras, solo está el caminar de Jesús para llegar hasta ella y tomándola de la mano levantarla. ‘Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles’.  No fue necesario más. ‘La cogió de la mano’. Es la cercanía de Jesús. Es esa mano sobre el hombro que antes mencionábamos. Se llenó de vida. Comenzó una nueva vida con una nueva actitud. ‘Se puso a servirles’.
Luego el evangelio seguirá contándonos como al atardecer le traían a muchos enfermos hasta la puerta y los iba curando a todos. Pero más adelante nos dirá que Jesús quiere seguir caminando porque quiere seguir llegando a todos en el anuncio del Reino, en la proclamación de la Palabra pero en los signos con que curaba a los enfermos. Jesús que quiere estar con todos, acercarse a todos, llevar la vida a todos.
Nos quedamos aquí. Metámonos de lleno en la escena y sintamos también como Jesús llega con su mano hasta nosotros, pone también su mano sobre nosotros. Hay en nosotros también muchas sombras, soledades, sufrimientos, penas del corazón, inquietudes quizá muchas veces frustradas, ansias y deseos de muchas cosas. Sintamos esa mano de Jesús sobre nosotros y cómo en El nos sentimos revitalizados; cómo a nosotros con la presencia y cercanía de Jesús también se nos abren caminos; como renacen en nosotros los deseos del servicio y del bien que podemos y tenemos que hacer.
Veremos a Jesús orando, porque estaba lleno de Dios. Es un signo también para nosotros que necesitamos llenarnos de Dios para también como Jesús ir a otras partes. Porque ese gesto de Jesús nosotros tenemos que seguirlo repitiendo. Tenemos que ser signos con nuestros gestos, con nuestras nuevas actitudes, con nuestra cercanía a los demás que caminan a nuestro lado, de esa presencia amorosa y misericordiosa de Dios que a todos levanta. Es la tarea, el compromiso que nosotros hemos de realizar.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4,38-44

Hay encuentros en la vida que nos producen gran impacto y, podíamos decir, que dejan marcada la vida para siempre. Momentos especiales que son como un toque interior que nos despertara para ver la realidad de forma distinta y a partir de entonces parece que ya no todo es igual ni lo vemos de la misma manera.
Es lo que sucedió en Galilea con la aparición de Jesús en medio de ellos con su palabra, con sus signos, con sus llamadas que iban produciendo gran impacto en la gente que se iba encontrando con El de forma que comenzaban a pensar distinto, a ver la realidad de las cosas y de la vida con una nueva visión y que les hacía sentirse atraídos por Jesús para seguirle para ir a donde fuera El. Así tendría que sucedernos en nuestro interior y en toda nuestra vida si vivimos con intensidad nuestro encuentro con El.
Lo vemos hoy en el evangelio. Jesús se había presentado en la sinagoga de Nazaret, pero ahora viene a Cafarnaún y también enseña en la sinagoga; allí no solo es el anuncio que hace con sus palabras del Reino nuevo de Dios, sino los signos que realiza. La gente se siente impactada porque nadie ha hablado como El ni ha realizado los signos que Jesús hacía. Y comienzan nuevas actitudes y nuevas posturas ante la vida.
Encontrarnos con Jesús nos lleva a que también deseemos que los demás se encuentren con El, y si en Jesús hemos encontrado una luz que nos da vida, queremos también que esa luz llegue a los demás. Lo vemos en distintos lugares del evangelio en que quienes se han encontrado con Jesús lo comunican a los demás, pero hoy vemos que lo llevan a casa de Simón porque la suegra de Simón está en cama con fiebre y quieren que Jesús llegue hasta allí. Primera reacción llevar a Jesús a los demás o que los demás se encuentren también con Jesús.
Pero el sentirnos transformados por Cristo con su vida y su salvación nos lleva también a unas nuevas actitudes de servicio. La suegra de Simón al sentirse curada por Jesús se levantó y se puso a servirles. Una reacción importante es la de sentir que hemos de ser servidores de los demás.
Será lo que vemos con la gente que con esa misma fe y actitud nueva se convierten en servidores de los demás, trayéndolos hasta Jesús para que la salvación de Jesús pueda llegar a todos los sufren. ‘Los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban’.
Pero fundamentalmente ese encuentro con Jesús va a despertar en nosotros la verdadera fe. Es lo importante. No es solo sentirnos deslumbrados por su luz, por su actuar, por sus palabras, sino comenzar a creer en Jesús más allá incluso de los milagros que podamos contemplar reconociendo que Jesús es el Hijo de Dios. ‘De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’.
Y Jesús marcha a otros lugares porque también en los otros sitios se ha de anunciar el Reino de Dios. La gente intentaba retenerlo porque querían estar siempre con Jesús. Es el deseo y el gozo que sentimos cuando hemos descubierto algo grande, cuando nos hemos encontrado con alguien que ha llenado nuestra vida.
Queremos quedarnos con El, queremos que El se quede con nosotros como si fuera solo para nosotros. Tenemos la tentación de volvernos acaparadores; nos pasa muchas veces en la vida, en la amistad que tengamos con los demás, como si fuéramos únicos. Pero tenemos que compartir, tenemos que dejar que Jesús llegue a los demás; es más, tenemos que nosotros poner todo lo que sea de nuestra parte para que los demás también puedan llenarse de esa luz, puedan disfrutar del encuentro con Jesús.

domingo, 8 de febrero de 2015

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39
El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia, que nos abra a los demás, pero que nos abra al misterio de Dios en una esperanza de vida eterna. Es lo que podemos ir descubriendo desde una honda reflexión ya desde este inicio del evangelio de Marcos, en el que aun estamos en el primer capítulo.
Podríamos atrevernos a decir que el evangelista al presentarnos a Jesús en este comienzo de su evangelio - recordemos incluso las palabras con las que iniciaba en el primer versículo del texto sagrado ‘buena noticia (evangelio) de Jesús, el Hijo de Dios’ - va señalándonos ya la transformación que se realizará en nuestra vida en la medida en que vayamos creyendo en esa Buena Noticia de Jesús.
Ya desde los primeros discípulos a los que llama les vemos un salirse de sí mismos, porque dejan atrás todo lo que era su vida hasta entonces, dejaron las redes y las barcas para seguir a Jesús. Y ahí ya nos señala también lo costoso que eso significa para nuestra vida; por eso habla de conversión, de darle la vuelta a la vida. Con Jesús todo es distinto.
Lo contemplamos hoy también en el evangelio. Es una continuidad del escuchado el pasado domingo. ‘Al salir de la sinagoga - recordemos la admiración de la gente por la autoridad con que hablaba, pero también con que actuaba al curar al hombre que era poseído por un espíritu inmundo - fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Pedro estaba en cama con fiebre…’ Es todo un signo.
La enfermedad, ya sea por el malestar que se produce en el organismo ya sea por la pérdida de los ánimos al verse sometido a la limitación del sufrimiento, hace encerrarse en uno mismo. ‘Estaba en cama con fiebre…’ dice el evangelista. Pero llega Jesús la toma de la mano y la levanta. Todo cambia; podríamos decir no es solo que se haya acabado la fiebre y con ello la enfermedad que pudiera aquejarla, sino que ahí podemos ver algo más. Con Jesús su vida cambia. No necesitó de ninguna recuperación, como podría esperarse después de fuertes fiebres, sino que ‘enseguida se puso a servirles’.
No pensaba en si misma sino que comenzó a pensar en los demás, en lo que había que hacer, en la actitud y la postura del servicio. Nos puede decir mucho. Ya nuestra vida no es solo para nosotros sino que necesariamente tenemos que pensar en los demás, en lo que podemos ofrecer a los demás. Es la transformación que se realiza en nuestra vida tras el encuentro con Jesús. Son las señales del Reino de Dios que ya comenzamos a dar con nuestra vida. Comenzamos a tener una mirada distinta, porque levantaremos nuestros ojos para mirar y contemplar a Dios, pero seremos capaces de tender nuestra mirada más allá de nuestro yo para comenzar a mirar con una mirada nueva a los que nos rodean.
Por eso un cristiano de verdad, que se dice auténticamente seguidor de Jesús nunca puede quedarse encerrado en si mismo, solo en lo que sean sus preocupaciones y problemas. Por algo Jesús nos dejará como nuestro distintivo el amor.
Pero es lo que vemos hacer a Jesús. Donde haya un sufrimiento allí estará siempre Jesús para tender su mano y levantarnos. Fue la suegra de Pedro, pero serían al atardecer a tantos enfermos y poseídos que trajeron a la puerta de la casa. ‘Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’ que nos dice el evangelista.
Pero nos dice algo más. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. No se quedaba todo de tejas abajo. Estaba su unión con el Padre, del que había venido a hacer su voluntad, como nos dirá en otros momentos. De ahí su oración. Cómo tenemos que aprender. Con Jesús que se acerca a nuestra vida nos acercamos a Dios, sentimos la necesidad de ir con mayor intensidad hasta Dios.
Pero ahí no se acaba todo. Porque Jesús tiene que estar siempre yendo a los demás. Cuando le buscan con el deseo quizá de que se quede allí siempre, dice que tiene que ir también a otras partes, ir al encuentro de otros en otros lugares. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar allí, que para eso he venido’.
Como decíamos antes cuando Jesús nos cura, nos hace llegar su salvación no es para que nos quedemos en nosotros mismos. Esa presencia de Jesús llenará de trascendencia nuestra vida, para abrirnos más y más al misterio de Dios y llenarnos de Dios - oración, eucaristía, sacramentos, palabra de Dios - pero también para nosotros, como Jesús salir al encuentro del otro, pensar en los demás, ver también el sufrimiento que hay en otros corazones, que no solo en el nuestro, y allí tenemos que ir a llevar vida y a llevar paz.