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martes, 22 de septiembre de 2026

Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

 


Seamos en verdad esa nueva familia de Jesús porque hacemos vida en nosotros con nuevas actitudes y comportamientos el Reino de Dios que nos anuncia

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Hay hechos o palabras que algunas veces de entrada nos desconciertan porque parece que no están en la onda de lo que nosotros esperábamos, de lo que podría ser lo justo o lo correcto según los parámetros que habitualmente utilizamos para juzgar lo que nos sucede en la vida, pero que sin embargo pueden ser cosas que tras el primer impacto nos abren a nuevos horizontes, a nuevos planteamientos, a una nueva manera de ver la realidad.

Esto nos sucede en cosas que nos suceden en la vida o en nuestros encuentros con personas que de alguna manera nos sirven de revulsivo para nuestra realidad, con personas de una manera de actuar ciertamente profético no porque sean anuncio de cosas futuras como algunas veces entendemos lo del sentido profético, sino que nos hacen ver la realidad de una manera distinta y nos hacen plantearnos la vida de cada al futuro de una forma nueva.

Es lo que nos puede suceder con el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece, o como nos sucede tantas veces cuando con espíritu abierto recibimos el evangelio, esa buena noticia que Jesús quiere ofrecernos. Si es evangelio no es para que sigamos con viejas noticias o maneras de ver, sino que en verdad tiene que ser novedad en nuestra vida. Es el sentido de la palabra misma, pero que no se queda en la palabra sino en el mensaje que nos quiere transmitir.

Hoy el evangelista comienza narrándonos que María y los familiares de Jesús vienen en su búsqueda, quieren acercarse a Él con la dificultad de toda la gente que rodea a Jesús que viene a ser como una barrera para ese acercamiento. El evangelio muchas veces nos habla de esas aglomeraciones que se forman en torno a Jesús, cómo la gente se apretujaba alrededor de Jesús porque todos querían estar cerca, todos querían escucharle, todos querían sentir el beneficio de su presencia. Nos habla de las multitudes que de todas partes salen al encuentro con Jesús allí por donde va, de los que le rodean haciendo que aquella pobre mujer se contentara con tocar la orla del manto de Jesús, de los que se apretujaban a su puerta haciendo que quienes llevaban a aquel paralítico rompieran el techo para hacerlo descender hasta los pies de Jesús. Es lo que ahora sucede cuando María y sus hermanos, como se dice en el lenguaje del evangelio, quieren llegar también hasta Jesús.

Le llevan la noticia a Jesús y en lugar de abrirles paso para que puedan llegar hasta Él nos dice algo que en principio nos deja desconcertados. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ ¿No los reconoce Jesús? Quiere decirnos algo más, quiere abrirnos nuevos horizontes, quiere hablarnos de una nueva familia. ¿No nos había dicho ya el evangelio que no por la carne o por la sangre se iba a comenzar a ser familia de Dios, hijos de Dios, sino por la fuerza del Espíritu en quienes creen en El? Es lo que ahora nos está diciendo Jesús. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

‘Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’, nos dice. Ese escuchar es algo más que oír unas palabras; ese escuchar es ponerse en camino para algo nuevo y distinto; ese escuchar es un sentido nuevo para la vida, para nuestras relaciones, para lo que somos y para lo que hacemos, para una nueva manera de mirar al que está a nuestro lado, para sentir que entramos en una nueva relación con los demás de manera que nadie es ajeno o está distante de nuestra vida, para derribar barreras que nos aíslan o abismos que nos distancian porque hemos borrado todas las distinciones y alejado de nosotros todo tipo de discriminación, para una nueva forma de hacer camino en la vida.

No es solo dejar que las palabras entren por nuestros oídos, es hacer que queden sembradas en el corazón, es sentir que son siembra en nuestra vida que le da una nueva fecundidad, es comenzar a quitar la dureza de nuestro corazón para que esa semilla quede bien sembrada, es quitar pedruscos y abrojos de caprichos o de vanidades para hacer que en verdad germine como en tierra buena, es comenzar a sentir que estamos en el mismo campo que entre todos tenemos que mejorar, es apreciar que aunque no tengamos la misma sangre sin embargo hay unos nuevos lazos que nos unen porque comenzamos a amarnos de verdad.

¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Se preguntaba Jesús, pero nos está hablando de una nueva familia. ¿Estaremos convencidos nosotros que tenemos que ser esa nueva familia de Jesús no solo porque digamos que creemos mucho y tenemos mucha fe sino porque comenzamos a llevar a la vida ese sentido del Reino de Dios del que nos habla Jesús?


viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


martes, 27 de enero de 2026

Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

 


Desde la escucha de la Palabra vamos a ser como una gran familia que nos amamos y sentimos en comunión, cercanos los unos de los otros y preocupados siempre por los demás

2 Samuel 6, 12b-15. 17-19; Salmo 23; Marcos 3, 31-35

De todo cuanto nos sucede podemos sacar siempre una lección, incluso de aquellos sucesos de la vida que nos pueden venir con crespones negros; nuestra tendencia es valorar las cosas positivas que nos sucedan, y por supuesto que siempre tenemos que valorarlas porque además se pueden convertir en estímulos para nuestro camino, pero también de un error podemos aprender, nos damos cuenta que lo que hicimos nos lleva al fracaso y trataremos de evitarlo en otra ocasión, pero no solo eso quizás cuando estamos en esos momentos difíciles, en esos momentos negros nos damos cuenta de quien en verdad está a nuestro lado, quienes son los verdaderos amigos que se preocupan por nosotros, pero aun cuando nos viéramos en la soledad más terrible podemos descubrir nuestra fortaleza interior, esa capacidad que tenemos de regenerarnos, de volver salir a flote, de redescubrir los verdaderos valores que nos van a dar sentido a nuestras vidas.

Serán momentos de reflexión que tenemos que hacernos con serenidad, quitando amarguras, tratando de ver resquicios de luz; no tenemos por qué deprimirnos porque sabemos que podremos salir adelante como en otras ocasiones quizás lo hemos hecho, y si somos creyentes sabemos que hay quien no nos deja solos y de alguna manera Dios se va a hacer presente en nuestra vida. Por eso comenzaba diciendo que de todo cuanto nos sucede siempre podemos aprender algo. Desarrollemos esa sabiduría de nuestro espíritu.

Jesús en su sabiduría divina va anunciando el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo desde la realidad de lo que viven cada día, pero aprovechando también las lecciones que podemos aprender de la misma naturaleza o del suceder de las cosas; de ahí surgen esas hermosas parábolas que nos va proponiendo para que entendamos cómo hemos de hacer crecer el Reino de Dios en nosotros. Está la fuerza del Espíritu de Dios que actúa en nosotros, pero está también lo que nosotros somos capaces de hacer, la manera como respondemos a esa llamada al Reino de Dios que Jesús nos hace.

Se vale Jesús incluso de lo que ocasionalmente le va sucediendo o sucediendo en su entorno. Ahora está rodeado de una multitud que le escucha hablar del Reino de Dios; no nos dice el evangelista qué es lo que en ese momento estará diciendo Jesús de cómo hacer realidad, hacer presente el Reino de Dios en nosotros, pero llegan algunos a anunciarle que allí está su madre y su familia que quieren verle.

Jesús no rechaza que quieran verle y estar con Él pero hace ver a los que le están escuchando ese nuevo sentido de comunión y de amor que tiene que haber en los que le sigan, en los que quieran vivir el Reino. ¿Veis a mi madre y mis hermanos? Podríamos decir que Jesús les dice a los que le escuchan, pues así tenemos que ser quienes escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. Quien lo hace, viene a decirles, es mi madre, es mi hermano, es mi hermana… vamos a ser como una gran familia que nos amamos y nos sentimos en comunión, que estamos cercanos los unos de los otros y nos preocupamos siempre de los demás.

Allí está María la que un día merecerá la alabanza de aquella mujer anónima por ser la madre de Jesús, allí está María la que un día escuchó la voz de Dios y la plantó en su corazón, allí está María que porque escuchó esa voz del Señor corrió presurosa a la montaña donde sabía que había de servir, allí está María la que siempre estará pendiente de cuanto suceda porque no quiere el sufrimiento de nadie y ante el mal momento que están pasando aquellos novios en las bodas de Caná porque falta el vino intercederá ante Jesús aunque no haya llegado su hora, es María la que está como madre allá en el Cenáculo cuando los discípulos esperen ansiosos la promesa de Jesús. Ahí seguimos sintiendo a María enseñándonos a decir Si, y a sentirnos también los esclavos del Señor, aunque sabemos que somos hijos, porque queremos que la Palabra de Dios también se cumpla en nosotros.

    Es lo que les viene, nos viene a decir Jesús como en aquella ocasión que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban. Tenemos que ser como esa familia, y de María aprendemos la gran lección como de tantos hermanos nuestros a través de la historia u hoy también en nuestro entorno han sabido escuchar la Palabra del Señor y plantarla en su corazón. Mereceremos así también la alabanza de Jesús si así lo hacemos, porque también en cuanto nos va sucediendo en la vida, como decíamos al principio, la Palabra del Señor también está hablándonos.

domingo, 11 de enero de 2026

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

 


Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar en nuestro corazón.

Despertemos, abramos los ojos y miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al salir del agua, los cielos se abrieron  y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

Es el tiempo de la contemplación, porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos escuchando la voz de Dios.

Ahora no podemos ir con prisas, tenemos que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?

Pero toda esa mirada y contemplación nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y preferido.

Claro que ahora nos queda una cosa, ¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama, Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros también queremos ponernos en camino.

Estamos también llenos del Espíritu de Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… Manifestará la justicia con verdad.  Te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea. Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en las tinieblas.

¿No es eso todo un programa de vida en el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso? Saquemos conclusiones.

viernes, 12 de diciembre de 2025

No buscamos nuestras ideas ni nuestras conveniencias, seguimos a Jesús porque escuchamos su Buena Nueva que nos anuncia el Reino de Dios

 


No buscamos nuestras ideas ni nuestras conveniencias, seguimos a Jesús porque escuchamos su Buena Nueva que nos anuncia el Reino de Dios

Isaías 48, 17-19; Salmo 1; Mateo 11, 16-19

Solemos decir muchas veces que la gente siempre está en contra de todo, no sé sin embargo si decir más bien que las cosas no las tienen claras y no saben por qué decidirse; también es cuestión de que hay que optar por algo, pero en nada queremos comprometernos y por eso algunas veces pretendemos nadar entre dos aguas, ni uno ni otro; clara que por medio están nuestros intereses particulares y si no se responde a lo que es nuestro interés, muchas veces demasiado materializado, tampoco queremos arrimarnos a ningún fuego, aunque necesitemos calentarnos. En consecuencia siempre andaremos divididos cuando nos dejamos llevar por esos intereses, porque creemos que ningún fuego nos dará el calor que realmente necesitamos. En fin, también, que nos cuesta decidirnos y parece que queremos contentar a todos y no será posible.

Era lo vivido en aquella situación y en aquellos momentos concretos de los que nos habla hoy el evangelio. Juan, en su aparición en el desierto y en el Jordán suscitó nuevas esperanzas y expectativas para el pueblo, sin embargo, aunque ahora después de muerto, añoraban algunas cosas que el había proclamado, tampoco había sido aceptado por todos. Desde Jerusalén – siempre Jerusalén y sus dirigentes – andaban mosqueados, como solemos decir, con la aparición de aquel profeta allá en medio del desierto; una embajada había llegado hasta el Jordán para indagar si Juan se presentaba o no como el esperado Mesías.

Con Jesús sucedía lo mismo; una ola de esperanza se había ido trasmitiendo por los campos y aldeas de Galilea con la aparición del profeta de Nazaret, y aunque las multitudes le seguían, los enfermos le buscaban, sentían admiración por las obras que realizaba pero también por las Palabras que anunciaba, pero pronto desde Jerusalén de nuevo indagaban y analizaban lo que hacia y decía Jesús llegando a decir que lo que realizaba era por obra del príncipe de los demonios no reconociendo el dedo de Dios en cuanto Jesús realizaba.

De Juan a algunos nos les gustaba la austeridad en que vivía ni las palabras que invitaban a la conversión y a la penitencia; ahora de Jesús se quejarán porque se mezcla con pecadores y publicanos y está rodeado de algunas mujeres que no han tenido buena fama; dirán que come con publicanos y pecadores  y rechazarán la obra de Dios que en Jesús se realiza.

Por eso dirá Jesús que se parecen a los niños de la plaza que nunca se ponen de acuerdo en sus juegos. No se ponen de acuerdo y siempre andarán haciendo comparaciones y eso hará que se puedan abrir abismos de separación. ¿Por donde andaremos nosotros? No es que ahora andemos divididos entre Juan Bautista y Jesús, pero sí que nos creamos sectores aislados como abismos muchas veces entre los mismos que seguimos a Jesús. también muchas veces quieren aplicarnos los criterios con que anda dividida la sociedad, que si conservadores o si progresistas, y es fácil que muchas veces también nosotros nos alineemos en esas divisiones y distinciones; no es difícil escuchar en referencia a un sacerdote, al obispo o al Papa si este es más conservador y el otro es más liberal y progresista; claro que había entender y es algo que es difícil qué es lo que se quiere decir con progresista como si fuera lo más bueno del mundo hoy para nuestra sociedad.

¿A quien seguimos nosotros los cristianos? ¿A unos lideres que pretenden imponernos sus ideas? Si nos llamamos cristianos es porque seguimos a Jesús, porque hemos tomado como opción de nuestra vida el Evangelio de Jesús, la Buena Nueva que vino a anunciarnos Jesús para constituir el Reino de Dios. ¿Será ese evangelio en verdad el norte de nuestra vida?

Andamos desorientados porque buscamos más nuestras ideas que el mensaje del Evangelio; necesitamos en verdad centrarnos en el evangelio de Jesús y para eso tenemos que conocerlo y conocerlo de la forma más profunda. Pero ¿dedicaremos tiempo a leer y escuchar en el corazón la Palabra de Jesús, a meditar el evangelio?

¿Qué diría Jesús de nosotros hoy?

jueves, 4 de diciembre de 2025

Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 


Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

¿Por qué se nos vino abajo la casa, aquella obra que habíamos emprendido con tanta ilusión? ¿Por qué aquel proyecto fue un fracaso y no lo pudimos sacar adelante? ¿Qué nos pasa en la vida que no salimos adelante por muy magníficos que son nuestros sueños? Preguntas así nos hacemos muchas veces en la vida en las distintas circunstancias por las que vamos pasando. Son accidentes que nos echan abajo todas nuestras ilusiones, son cosas que se destruyen como mencionábamos de la casa que se nos cae, son dificultades y tropiezos que vamos teniendo quizás después de errores que hemos cometido a la hora de proyectar, de hacernos nuestros planes, o de dejarnos simplemente arrastrar por la inercia de la vida.

Si hablamos de la casa que se nos cae nos preguntamos cómo estaba construida, y pensamos en su cimentación o pensamos en los materiales que se han empleado en su construcción, pensamos en los posibles errores de proyecto o de una ejecución no correcta de lo que estaba planificado. Pero podemos pensar así y preguntarnos por el fracaso de nuestras relaciones, por la ruptura de una amistad que nos parecía muy bonita, o de los proyectos de vida que no hemos podido llevar adelante. Y tenemos que buscar causas, tenemos que preguntarnos por la fundamentación de nuestra vida, por los valores que van a marcar nuestra identidad, por la rectitud con que andamos no simplemente para no cometer errores sino para andar con dignidad.

Porque en nuestra reflexión lo de menos es que se nos caiga la casa, porque eso es solo una imagen de lo que nos sucede en la vida. Y no podemos ir echando la culpa, como nos es tan fácil hacer, al ambiente que nos rodea, a lo que los demás puedan hacernos o puedan influir en nosotros, o el mal de la sociedad que nos envuelve. Pero, ¿dónde está la rectitud con que hemos de andar en la vida, los valores que son fundamente de nuestro quehacer, los verdaderos cimientos que le hemos puesto a la vida? Si nos fallan estas cosas significaría que estaríamos caminando en la superficialidad, sin nada que dé consistencia a nuestra vida y así cuando nos llega el peligro de la pendiente nos dejamos ir por esa pendiente.

Hoy nos habla Jesús de la casa edificada sobre roca y de la casa edificada sobre arena. Y nos habla de la escucha de la Palabra de Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos. Pues no se trata de oír palabras que nos vienen al vuelo sino de saber escuchar que es plantar esa semilla en nuestro corazón. No basta decir ¡Señor, Señor!, nos viene a decir porque muchas veces parece que nuestra oración se queda en decirle cosas al Señor que las más de la veces lo que hacemos es llevar una lista de peticiones, sino de saber escuchar a Dios. La oración tiene que ser un diálogo de amor, y cuando se dialoga no solo se habla sino también y fundamentalmente se escucha. ¿Será así nuestra oración?

El profeta hablaba de esa ciudad fuerte y amurallada que podía soportar todos los embates. Es la fortaleza de nuestro espíritu que hemos de tener, pero que no es solo por nosotros mismos, por nuestra fuerza de voluntad como muchas veces decimos, sino porque sentimos la fortaleza del Señor en nuestra vida. Y si El está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? 

Como diría san Pablo nada podrá ya apartarme del amor de Cristo Jesús, vengan de donde vengan los embates de la vida. ‘Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua’, como nos decía el profeta Isaías. Necesitamos despertar esa confianza en nuestro corazón.

sábado, 15 de noviembre de 2025

 


Rescatemos esos momentos hermosos en que hemos sentido el amor de Dios en nuestra vida y que eso nos haga perseverantes y constantes en el camino de la vida cristiana

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Salmo 104; Lucas 18,1-8

A todos nos sucede, muchas veces en la vida nos sentimos sin esperanza, los problemas y las dificultades se agolpan sobre nuestra vida y nos sentimos como desamparados sin saber a quien acudir; quizás pesen experiencias pasadas en que nos vimos en situaciones semejantes y pedimos ayuda y parece que nadie nos atendía, nos escuchaba, nos ayudaba, nos sentimos cansados de pedir y quizás pensamos para qué vamos a seguir molestando, y no insistimos. Hablo en primer lugar de situaciones humanas de la vida por las que quizás hemos pasado, hablo de peticiones de ayuda en que parece que no fuimos escuchados, hablo de esos desalientos que se nos meten en el alma y nos sentimos aburridos.

Aunque sea hablando solo de lo humano tenemos que aprender a confiar, a saber insistir, a no perder la confianza de que alguien nos tenderá una mano; echemos manos de los recuerdos que seguramente tenemos también recuerdos positivos en que supimos confiar, supimos perseverar, y encontramos salida, encontramos alguien que nos escuchó.

Pero pasemos a otro plano del que hoy nos quiere hablar en el evangelio y que está muy relacionado con lo que venimos reflexionando; son las sensaciones que espiritualmente habremos tenido en algún momento, es la forma en que quizás acudimos a Dios en nuestras flaquezas y debilidades, en nuestras carencias o en nuestra pobreza en todos los sentidos pero nos pareció también que Dios no nos escuchaba; sin embargo, como decíamos antes, si traemos también los buenos recuerdos tendremos que reconocer que tras esos momentos oscuros de la vida luego apareció la luz; porque Dios estaba ahí a nuestro lado, en nuestro Getsemaní, en nuestro Calvario, y nos sentimos renovados.

Nos sucede que recordamos más el momento oscuro en que nos parecía que Dios no nos escuchaba que ese momento de luz que luego llegó a nuestra vida. Necesitamos mantener viva nuestra esperanza, nuestra confianza porque Dios es el Padre bueno que está ahí y siempre nos escucha; en su Sabiduría infinita y en su Providencia de amor El sabrá el momento, podemos decirlo así, en que nos hará sentir su presencia, su fuerza, su gracia. Pero hemos de saber permanecer constantes en nuestra fe y en nuestra esperanza, constantes y perseverantes en nuestra oración.

Es lo que nos quiere decir hoy Jesús con la parábola que nos propone. Aquella mujer que pedía justicia y que parecía que el juez ni la quería escuchar ni le prestaba auxilio, pero al final tuvo compasión de aquella mujer. El lenguaje de la parábola es un lenguaje bastante humano, bastante semejante a lo que nos sucede. Aquel juez, dice la parábola, por quitársela de encima y le diera la lata al final la atendió. Pero prestemos atención al comentario que el mismo Jesús nos hace, si actuamos así nosotros en nuestras miras humanas, ¿no va a actuar Dios como un Padre compasivo y misericordioso para escuchar y concedernos lo que necesitamos?

Ya nos comenta el evangelista que para que no nos desanimemos y seamos perseverantes en nuestra oración Jesús nos propone esta parábola. Y como dice al final Jesús mismo ‘cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ ¿Dónde está nuestra fe?, nos tendríamos que preguntar. ¿Tenemos en verdad puesta toda nuestra confianza en Dios? ¿Sabremos sentir su presencia que acompaña nuestros pasos y nos va llenando en cada momento de la fuerza de su Espíritu?

Creo que tenemos que saber rescatar esos momentos en que de manera especial nos hemos sentido amados de Dios; muchas experiencias podemos tener en este sentido que hemos de saber aflorar porque nos ayudan en el camino que ahora hacemos. Seguro que todos tenemos nuestras historias y muy concretas. También son momentos oscuros en todos los sentidos que pasamos nosotros desde nuestra situación personal y nuestros problemas, muchos los que estamos viviendo en nuestra sociedad, y los que vive la Iglesia inmersa en esa sociedad. 

Que no nos entre el desánimo, que no lo veamos siempre todo negro, que sepamos descubrir esos destellos de luz que aparecen tantas veces a nuestro lado como signos de esa presencia del amor de Dios.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


viernes, 3 de octubre de 2025

Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

 


Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

Baruc 1,15-22; Salmo 78; Lucas 10,13-16

Es como si me lo hicieras a mí. Es la reacción que solemos tener cuando sentimos que se ofrende, por ejemplo, a alguien a quien nosotros queremos mucho; son las reacciones que tenemos cuando nos ‘tocan’ a nuestra madre, por decirlo de alguna manera, y salimos en su defensa, porque es nuestra madre, y lo sentimos como algo que nos hacen a nosotros mismos; es también una reacción cuando hay una amistad profunda entre dos personas que se sienten muy unidas de manera que casi las cosas de uno son como si fueran de los dos. ‘Me estás ofendiendo a mi’, les decimos y eso no lo puedo aguantar. Por extensión así nos afectan las cosas de nuestro pueblo y son las reacciones que tenemos muchas veces entre pueblos vecinos, donde defendemos lo nuestro, las cosas de nuestro pueblo como si tocaran cosas nuestras personales.

Es lo que nos está expresando Jesús de la recepción o no que se haga de sus palabras, pero sobre todo de aquellos que como enviados suyos nos traen la buena nueva del Evangelio. De ahí nace también la valoración y el respeto que los cristianos tenemos por nuestros pastores, porque los vemos como enviados de Jesús para ofrecernos la gracia de la salvación.

Este texto intercalado aquí en el evangelio en la valoración que se está haciendo de la acogida al evangelio que se tiene en algunos lugares de Galilea, tiene también esa amplitud más abierta y universal en referencia a los que son los enviados de Jesús para el anuncio del evangelio; cosa que, por supuesto, tendría que hacernos pensar en la acogida que hacemos del mensaje de Jesús en nuestras vidas, la importancia que le damos a la Palabra de Dios y cómo hacemos que sea semilla plantada en la buena tierra de nuestro corazón para hacerle dar fruto.

Como decíamos, en este texto se parte de la respuesta que están dando al anuncio del Reino de Dios en algunos lugares de Galilea. Hemos visto cómo la gente acogía la palabra y la enseñanza de Jesús, cómo se entusiasmaban por escucharle y por estar con El, cómo cuando contemplaban los milagros que Jesús hacia curando a los enfermos o expulsando a los demonios ellos sabían ver un signo de la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban en muchas ocasiones.

Pero bien contemplamos en algunas ocasiones que esos entusiasmos eran pasajeros; ya Jesús nos había señalado en la parábola del Sembrador, como no siempre la tierra estaba preparada para recibir la semilla, y la caída en el borde del camino se la comían las aves del cielo y lo daba fruto, la caída entre pedregales o zarzales pronto se secaba por falta de buena tierra donde enraizarse esa nueva planta del Reino de Dios que iba brotando en los corazones de quienes la escuchaban. No siempre se recogía el fruto al ciento por uno.

Es lo que ahora detectamos en este texto en relación a aquellos pueblos de Corozaín y Betsaida, en los alrededores del lago de Tiberíades o en el propio Cafarnaún. Muchos milagros había realizado Jesús en aquellos lugares, mucha había sido su presencia cuando caminaba aquellos caminos de Galilea, pero no siempre dan fruto; pronto se secaba aquella planta del Reino de Dios, porque pronto olvidaban las acciones de Dios en medio de ellos.

Es la queja de Jesús, es la nueva invitación que está haciendo Jesús, es la persistencia de la presencia y predicación de Jesús en aquellos lugares. Pero no lo podemos mirar como hechos acaecidos en la lejanía de los tiempos y lugares. Somos nosotros hoy los que escuchamos esa Palabra de Dios, en medio de nosotros también se están realizando esos signos de Dios que no siempre sabemos descubrir; también nosotros muchas veces nos ponemos críticos ante el anuncio que nos hace la Iglesia o ante la invitación que nos hacen nuestros pastores; tantas veces damos la vuelta, no queremos escuchar, no nos dejamos interpelar, ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras pegas, nos hacemos oídos sordos.

¿Escucharemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros Palabra de Dios que nos está hablando hoy?

domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


martes, 23 de septiembre de 2025

Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

 


Una nueva familia con unos nuevos lazos de amor que crean una nueva comunión cuando llegamos a vivir con toda intensidad el Reino de Dios

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Salmo 121; Lucas 8, 19-21

Los vínculos de la sangre son algo muy profundo y muy precioso en la vida de las personas; algo que cuidamos con esmero y cariño porque de esos vínculos nacen  los lazos del amor más sublime y hermoso; no podemos, por supuesto, permitir que esos lazos se desgasten y se destruyan porque la familia es algo fundamental en el crecimiento de la persona, en ella nacemos y crecemos, en la convivencia familiar nos formamos y aprendemos de la vida y será un gran estímulo y hasta soporte para los avatares de nuestra existencia.

Pero sabemos bien que no son los únicos, que desde el amor, el afecto y la amistad también podemos crear vínculos muy profundos que pueden incluso sustituir aquellos vínculos de la sangre si algún día se rompieran. En el camino de la vida vamos estrechando esos vínculos nacidos del afecto y de la amistad en los que llevamos a una profundidad y madurez también admirable.

Ya se nos dice en un versículo de los libros sapienciales que ‘hay amigos que son más afectos que un hermano’. Todos seguramente habremos tenido la experiencia de sentirnos con otras personas que no son de nuestra sangre sin embargo con relaciones más hermosas y profundas que las que sostenemos como la misma familia; no tenemos la misma sangre pero los sentimos junto a nosotros como una familia, como hermanos. Son esos vínculos que incluso pueden ir más allá de la amistad y que van creando una comunidad de amor en la que verdaderamente nos sentimos como hermanos.

Es lo que hoy nos quiere decir el evangelio, es lo que Jesús quiere crear en nosotros con la vivencia del Reino de Dios. No son ya las obligaciones que podemos sentir en nosotros en razón de la sangre y de la carne, sino que será un nuevo sentido de comunión, los sentimientos de una nueva familia de la que entramos desde nuestra fe y nuestro amor a formar parte.

A algunos les puede resultar desconcertante, si no lo entendemos bien, el pasaje que hoy nos ofrece el evangelio. Jesús está rodeado de mucha gente como siempre a la que está proclamando la Palabra de Dios, el anuncio del Reino. Muchas veces hemos visto cómo la gente se aglomera en torno a Jesús; en ocasiones hemos visto que la gente no puede ni siquiera entrar en la casa donde está como cuando le traen al paralítico al que terminarán descolgando por el techo; en la orilla del lago Jesús se valdrá de la barca de Pedro para desde ella anunciar el Reino a la gente aglomerada en la orilla.

Hoy quieren llegar a Jesús su Madre y los parientes que quizás han venido desde Nazaret. ‘Tu madre y tus hermanos te buscan’, le anuncian a Jesús. En la palabra hermano podemos entender esos vínculos familiares tan intensos en que todos se sienten de la misma familia y se consideran como hermanos. Se lo anuncian a Jesús, y pareciera que Jesús no hace caso, no le da importancia. Pero Jesús estará proclamando algo muy importante. ¿Quiénes son para Él su madre y sus hermanos? No se queda en la relación de la sangre, El nos mira con una mirada más amplia, el nos hace entender esa nueva relación que tiene que haber entre nosotros en la medida en que escuchamos la Palabra de Dios y acogemos el Reino de los cielos que nos anuncia Jesús.

‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús y mira en su derredor. Allí está la nueva familia, allí están los que han venido ansiosos por escuchar la Palabra de Dios. Podríamos decir, hablando en un lenguaje quizás meramente humano, que Jesús se debe a aquellos que han venido a escucharle. Pero es que nos está diciendo más, allí están las señales del Reino de Dios que está anunciando, allí están todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios, que quieren hacer presente en sus vidas el Reino de Dios que está anunciando Jesús. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’. Ya lo diría también en otra ocasión cuando aquella mujer anónima en medio del pueblo entona alabanzas para la madre que trajo al mundo a tal hijo, ‘Dichoso el vientre que te llevó, dichosos los pechos que te amamantaron’. Pero Jesús dirá ‘más dichosos aun los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón’.

Esa es la nueva familia de Jesús, esa es la familia que nosotros tenemos que ser, esos son los lazos de amor que entre nosotros hemos de crear, ese es el Reino de Dios que hemos de vivir.