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viernes, 24 de julio de 2026

Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 


Una tierra buena que no vamos a encontrar por sí misma sino que hemos de saber labrar y cultivar para poder obtener los frutos de gracia que deseamos

 Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23

¿Dónde encontrar una tierra buena, una tierra perfecta, donde no se encuentre en su extensión pedruscos que rompan la uniformidad de su llanura, hierbas o zarzas que puedan surgir en medio de los sembrados, rincones más secanos que mermen la intensidad de vida de las plantas allí sembradas? Una tierra buena no es la que está totalmente exenta de cosas que impidan su cultivo, sino aquella tierra que se cultiva, que se labra, que se abona, que podríamos decir abre sus fauces para recibir la lluvia o cualquier humedad que ayude a su fecundidad. Es el agricultor el que prepara esa tierra para que sea buena, para que en ella podamos sembrar con la esperanza de alcanzar buenos frutos un día.

Hoy escuchamos el comentario y explicación que Jesús hace a petición de sus discípulos más cercanos de la parábola con que había hablado a la multitud. Y nos habla, sí, de esa tierra buena, pero no está dejando entrever que es una tierra que tenemos que preparar para que no se quede en un sequedal ni en una tierra infértil, para que no se deje envolver por esos abrojos ni ocultar por esos pedregales. Necesitará esfuerzo y trabajo, necesitará cuidado y preparación, necesitará una atención constante para evitar esos peligros que la puedan acechar.

Pero como bien nos da a entender Jesús en la explicación de la parábola está hablándonos de esas actitudes necesarias en nuestra vida como de esa apertura del corazón para acoger esa semilla de la Palabra de Dios que se siembra en nosotros. Es la tarea que nos queda por delante, es la tarea que tenemos que emprender; no es cuestión de destinos ni de cosas irremediables que suceden porque sí como si todo dependiera de una fatalidad. Está nuestra decisión tomada con libertad que dará nobleza a lo que hacemos, porque en ello ponemos nuestra voluntad para enfrentarnos a esas situaciones desagradables y encontrar soluciones a los imponderables que nos vayan apareciendo.

Pensamos, pues, en la tierra de nuestra vida y en la tierra de nuestro mundo, con lo que somos y con lo que hacemos, con lo que nos sentimos tentados a tomar caminos fáciles de simplemente dejarnos arrastrar o donde con voluntad firme emprendemos ese camino de esfuerzo y de superación. Muchas veces nos aparece también un mar de dudas, nos sentimos inseguros, creemos que no sabemos encontrar soluciones, nos sentimos turbados por tantas cosas dispares que suceden en nuestro entorno; malas hierbas que nos ahogan, que nos pueden quitar la voluntad, pedregales que nos hacen daño bajo nuestros pies pues queremos las cosas fáciles aunque no tengan raíces, aunque les falte sentido profundo a lo que hacemos y al final tenemos el peligro de quedarnos las manos vacías porque esos no eran los caminos que teníamos que escoger.

Tenemos que labrar bien la tierra de nuestra vida dándonos cuenta de qué es lo fundamental y lo esencial para no quedarnos en superficialidades, para no dejarnos encantar por esos cantos de sirena que nos ofrecen músicas placenteras pero que nos desviarán de nuestras metas y de los caminos auténticos que nos pueden llevar a alcanzarlas. Arrancamos rutinas y comodidades que no nos dejan salir del estar haciendo siempre lo mismo, arrancamos dudas y miedos que nos hacen sentirnos inseguros, arrancamos caprichos que nos hacen individualistas e insolidarios, arrancamos desconfianzas que nos impiden trabajar al unísono con los demás que quieren alcanzar las mismas metas que nosotros, arrancamos todos esos nubarrones que oscurecen la vida y nos hacen ver de forma turbia a los demás y cuanto nos rodea, arrancamos esas luces que nos parecen brillantes pero que al final son opacas de nuestros orgullos y de nuestro amor propio.

Es una buena tarea la que tenemos que realizar para preparar esa tierra buena, pero es la manera en que puedan florecer un día los frutos donde aparecerá más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan, más don de sí. Se van a generar más espacios de vida alrededor porque se construye comunidad, se contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.

¿Cómo cultivar nuestro corazón para que sea fértil? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios, meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella, arrancando abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro, preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios, y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.


domingo, 12 de julio de 2026

La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

 


La semilla tiene que germinar, es su función y la manera de multiplicar la vida y es la acogida que nosotros tenemos que hacer

Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Aunque estaban en la playa en la orilla del lago y lo más apetecible fuera dedicarse a pescar sin embargo no desaprovecha je sus la oportunidad para sembrar. Ha salido de casa y se ha venido al lago; es fácil imaginar el cuadro de Jesús sentado en medio de la gente, los pescadores primero que estarían haciendo sus labores de reparación de redes o preparativos para la próxima jornada pero pronto será una multitud considerable la que se reúna en torno a El para escucharle; será necesario aprovechar alguna de aquellas barcas para subirse y desde ella hablar de modo que todos pudieran escucharle.

Ha venido a estar con los hijos de los hombres; como ya se había anunciado desde antes de su nacimiento venía para ser el Emmanuel y así le vemos allí donde la gente está, en su vida de cada día, con sus necesidades o con sus deseos y sueños, con sus problemas o con sus soledades, allí donde hay sufrimiento deteniéndose junto al camino o yendo en búsqueda del que sufre en soledad, dejándose conducir por quienes quieren llevarle allí donde está la necesidad o los signos de muerte, o dejándose estrujar por la gente que le rodea y quiere estar cerca de El, permitiendo la astucia de quienes buscarán caminos extraordinario para llegar a sus pies aunque tengan que romper el tejado; para todos quiere tener una palabra y un gesto de vida.

Habla con sencillez para poder llegar al corazón de todos y todos puedan comprender cuando hay un mínimo de apertura en el corazón que para todos sin exclusión es ese Reino de Dios que está anunciando y que llega ya. Les habla en parábolas, imágenes, comparaciones que ayudan a comprender, que reflejan la situación que hay en el corazón pero que nos enseñan a prepararlo para escuchar mejor pero sobre todo para llevarlo a la vida. Nos habla Jesús a partir de cosas de nuestra vida ordinaria, de lo que hacemos o contemplamos alrededor nuestro o en nosotros mismos cada día. Porque de eso es lo que se pretende, que ese mensaje sea semilla sembrada en el corazón que transforme nuestras vidas. No vamos a escuchar bellos relatos o la narración de historias extraordinarias que nos impacten pero nos sigan dejando en nuestra ensoñación.

Hoy nos habla de un sembrador y de una semilla que serán de verdad lo importante por quien hace la siembra por una parte y por la semilla que ha de germinar y fructificar; claro que nos hablará de una tierra donde caiga esa semilla y por ahí suelen venir las aplicaciones que hacemos de la parábola. Con detalle nos da las diversas situaciones en que puede caer esa semilla que tiene que germinar, que viene a ser una hermosa descripción de lo que puede ser nuestra vida o de las actitudes que nosotros tomemos.

La tierra endurecida del camino por tantos pasos que en una dirección u otra continuamente lo están atravesando y que permiten que la semilla se penetre en la tierra quedando al albur de los pájaros que ven la ocasión de encontrar para ellos un alimento; los pedregales de los terrenos no cultivados que no tienen tierra apropiada para poder enraizar la nueva planta; en terreno cultivados al tiempo de la fecundación de la semilla serán los abrojos y los zarzales los que ahoguen con sus ramajes las nuevas plantas que van germinando; pero nos hablará también de la tierra buena y bien trabajada que acogerá esa semilla ayudándola a germinar, crecer y darnos cosecha.

Es la descripción que Jesús nos hace ¿para que entendamos sin entender? ¿para que miremos con los ojos sin ver? ¿para que sigamos teniendo embotado y endurecido el corazón y no lleguemos a dar el paso de conversión? La semilla tiene que germinar, esa es su función y la manera de multiplicar la vida y esa es la acogida que nosotros tenemos que hacer.

¿Qué nos está diciendo Jesús con esta parábola? Que prepararemos una tierra buena, que preparemos el corazón de la mejor manera y que nuestras posturas cerradas y endurecidas a nada nos llevan; que vayamos haciendo buenos surcos en la tierra de nuestro corazón limpiando de todas esas actitudes, posturas, negatividades, superficialidades y rutinas de vida fácil y sin profundidad, malquerencias y desconfianzas que lo malean, orgullos que se convierten en piedras de tropezar y ramajes de vanidades que lo envanecen y nos hacen perder el verdadero sentido de la vida, para que pueda en verdad enraizar esa semilla de la Palabra de Dios en nosotros y pueda finalmente dar fruto.

El Señor conoce nuestra condición, llena de debilidades por una parte y tan torpes tantas veces para mantener una continuidad en nuestra respuesta porque nos dejamos cautivar por muchos cantos de sirena que nos distraen, por eso nos recibirá con el fruto, poco o mucho, que llevemos en nuestras manos, porque valora nuestra perseverancia, sabe de nuestras luchas y de nuestros retrocesos en tantas ocasiones. ¿Será el ciento, el setenta, o el treinta? ‘Venid, benditos de mi Padre…’ nos dirá porque para nosotros tiene el Reino prometido, porque hemos intentado acoger y vivir en ese reino a pesar de nuestras torpezas y debilidades, porque El está viendo el amor que hayamos puesto en nuestro corazón.


viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.


miércoles, 21 de julio de 2021

Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

 


Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15: Sal 77; Mateo 13, 1-9

Reconocemos que la vida es bien compleja. No todo es un camino o un jardín de rosas, y es que, aunque lo fuera, las rosas también tienen espinas. Es mucho lo que encierra el vivir, porque por una parte vivimos en convivencia con los demás, lo que ya de por sí significará una diversidad grande, porque no todos somos iguales, no todos pensamos ni queremos lo mismo; son muchas las cosas que nos van afectando continuamente en el camino de la vida, nos van influyendo, pueden ir marcando nuestros pasos, pueden incluso ser obstáculo para que alcancemos aquellas metas que nos hemos propuesto no solo a nivel individual sino también en lo que vivimos en comunión con los demás. Y ahí está saber descubrir la verdadera sabiduría de la vida, aquello que nos da sentido a lo que hacemos y vivimos y por lo que luchamos.

Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos habla en parábolas, comparaciones que va tomando de la vida misma, de lo que son las costumbres o de lo que contempla alrededor en el día a día. Hoy nos habla de una semilla y de un campo que es bien diverso; como la vida misma. Salió el sembrador a sembrar y no es que se haya vuelto loco para irse a lanzar la semilla por lugares inverosímiles, sino que ha caminado en medio del campo que tiene delante. Un campo con su diversidad, sus yerbas y abrojos, sus lugares que han sido más pisoteados por los que antes han cruzado por el mismo, las orillas siempre más escarpadas y propensas a matorrales, o lugares que en anteriores cosechas quizás fueron más cuidados. Y la semilla se va repartiendo por todo aquel campo. Así será diverso luego el fruto.

Jesús cuando propone las parábolas quiere hacer pensar a la gente; es la forma de tratar de leer el mensaje para no quedarnos solo en lo superficial; es la forma de que lleguemos a unas conclusiones para la propia vida de cada uno. Porque nos damos cuenta de que nuestra vida es compleja así, como se describe a aquel campo.

No siempre es un buen campo de cultivo, porque muchas veces lo hemos convertido en un campo de batalla; no todo es fácil para realizar porque tenemos nuestras pasiones interiores y tenemos también las múltiples influencias que recibimos de los demás, o de la sociedad en la que vivimos que es tan compleja por otra parte. Muchas cosas se nos vuelven cuesta arriba, porque aunque lo veamos claro, sin embargo las dificultades que se nos presentan muchas veces son grandes.

No andamos buscando culpabilidades, estamos tratando de reflexionar pero ver lo que somos o lo que tendríamos que ser, el camino que estamos haciendo o los caminos que tendríamos que tomar. No es fácil, como decíamos, porque son muchas las cosas que están incidiendo en nuestra vida y aunque quisiéramos y nos diéramos cuenta del valor de la semilla que se nos planta, muchas veces no sabemos cómo hacer. Por eso tenemos que detenernos a pensar con cuidado, a hacer una honda reflexión, a hacer una análisis de nuestra vida, pero también a buscar donde en verdad podemos encontrar ayuda para labrar bien ese campo de nuestra vida.

Por eso termina diciéndonos hoy Jesús ‘el que tenga oídos que oiga’. ¿Tendremos oídos para escuchar o nos habrán entrado sorderas? No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

sábado, 19 de septiembre de 2020

No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

 


No nos desanimen los momentos de desconcierto con que tropecemos en la vida, sino sigamos sembrando con esperanza la buena semilla que haga fructificar nuestro mundo

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Sal 55; Lucas 8, 4-15

Hay momentos en que nos sentimos desconcertados en la vida porque quizás habíamos puesto mucha ilusión en algo que emprendíamos, una iniciativa nueva quizás trabajada con esperanza de unos frutos con los que podríamos lograr una vida mejor, pero las cosas no prosperaron, lo que esperábamos conseguir se vio mermado en sus frutos y algo así sentimos como sensación de fracaso por no haberlo logrado. Pueden ser nuestros trabajos, un negocio que emprendemos, la tarea que como padres queremos realizar con nuestros hijos que por mucho que quisimos luego no llegamos a palpar los frutos de nuestra tarea educadora, y así podíamos pensar en muchas situaciones.

Quienes queremos realizar una tarea pastoral en la Iglesia ponemos mucho empeño en la tarea que queremos realizar asumiendo unas responsabilidades y son los catequistas que trabajan con los niños o los jóvenes en la tarea de la educación en la fe, serán los que quieren animar grupos de trabajo en las parroquias, los que quieren realizar una tarea misionera en sus ambientes y forman parte de grupos apostólicos; pero puede sucedernos como antes mencionábamos que hay momentos en que nos sentimos desconcertados porque después de mucho esfuerzo parece que todo se esfumó, las personas en las que teníamos esperanza de frutos de vida cristiana de repente se vinieron abajo y abandonaron. Sentimos desencanto, sentimos desilusión, a veces nos sentimos fracasados sin en verdad no nos hemos fortalecido espiritualmente para esa tarea. ¿Qué ha sucedido para encontrar estas respuestas negativas?

Quizá, los mayores al menos eso nos parece recordar, hemos vivido en nuestra historia reciente momentos de gran fervor, de gentes que Vivian intensamente su religiosidad, donde contemplábamos quizá nuestros templos llenos de feligreses, pero de la noche a la mañana, nos parece, todo eso se ha enfriado, no hay el mismo fervor en las gentes, nuestros templos se han vaciado de feligreses. Sentimos quizá la angustia de preguntarnos qué es lo que hicimos, qué hicimos mal para tener estos resultados que ahora nos parecen tan negativos.

Escuchando la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio me han venido a la mente estos pensamientos, aunque nos pudiera parecer que no tiene relación una cosa con otra. La parábola es la del sembrador y que hoy escuchamos en el evangelio de san Lucas, estamos más habituados quizá a escuchar la misma parábola en el evangelio de san Mateo. El sembrador que sale a sembrar la simiente y lo va haciendo por todos lados.

Es así como esa buena semilla cae en tierra pero en diferentes terrenos; en todos parece que quiere brotar, pero en muchos de ellos va a encontrar dificultad no solo para germinar sino para luego poder crecer y llegar a dar fruto. La parábola nos habla del terreno duro y repisado del borde del camino, como nos hablará del terreno hecho un pedregal y sequedal, como también de los terrenos llenos de abrojos y malas hierbas; solo la semilla caída en tierra buena y preparada será la que dará fruto, pero también nos dice que no todo el fruto es el mismo porque producirá en diferentes proporciones.

Es lo que con la parábola ilumina esas situaciones de las que hemos venido hablando. Las actitudes del corazón de las personas son muy variadas; y digo las actitudes pero quizá tendríamos que decir mucho más, porque ahí están nuestras costumbres enraizadas en nuestra vida, ahí están las influencias que desde distintos lados podemos estar recibiendo, ahí están las rutinas de nuestra vida y los apegos a las cosas en la confusión de no saber qué es lo verdaderamente principal, ahí está esa tendencia a vivir un materialismo que nos lleva a querer disfrutar de lo primero que aparece delante de nosotros sin saber discernir bien porque quizás nos tomamos con mucha superficialidad la vida, ahí está ese dejarse llevar por lo primero que salga, el que no querer detenernos a pensar y reflexionar en algo hondo que pueda dar un sentido a la vida rehusando todo lo que nos pueda hacer pensar y reflexionar sobre nuestra misma vida. Son esos distintos terrenos en las que cae la semilla.

Quizá alguien podría decirnos que el sembrador tenía que haberse preocupado antes de preparar el terreno, como intenta hacer todo buen agricultor. Pero en el mensaje que quiere trasmitirnos la parábola el que llegue así la semilla a bote pronto a cualquier terreno quizás nos quiere interpelar a los que la escuchamos para que empecemos por darle importancia a esa semilla que llega a nosotros y no simplemente por azar sino que es algo con lo que Dios quiere interpelarnos a cada uno de nosotros porque de cada uno de nosotros está esperando un fruto, que no tiene que ser igual en todos, sino que cada uno responderemos desde lo que somos y desde lo que es nuestro terreno.

Hoy esta semilla está llegando a quienes queremos escucharla y recibirla. Respetemos que otros no estén interesados aunque con el deseo de que un día ellos también abran su terreno para acoger esa semilla. A ti y a mí que ahora nos está llegando esta semilla nos llega una interpelación muy profunda para que demos fruto, pero quizá también para que seamos sembradores de buena semilla en ese mundo que nos rodea, aunque algunas veces lo veamos endurecido y reseco o lleno de abrojos. No olvidemos que ahí también tenemos que sembrar la semilla, respetando la respuesta que cada uno quiera dar, pero ayudando de nuestra parte para que alguien pueda encontrarle su sentido.

domingo, 12 de julio de 2020

Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio



Con la paciencia del agricultor que siembra su semilla y espera pacientemente que germine y llegue a dar fruto sigamos siendo sembradores de la semilla del Evangelio

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23
Como hijo de trabajadores del campo de niño ya comenzaba a sentir como admiración ante ese misterio de vida que palpamos de alguna manera en las plantas sobre todo cuando observamos el ritmo que tiene su germinación y su crecimiento. Admiración también ante el agricultor que siembra su semilla y sabe que hay un proceso misterioso de germinación que tiene sus ritmos y sus tiempos; aunque ahora técnicamente podemos yo diría que de una forma química adelantar esos ritmos, sin embargo el agricultor pacientemente espera esos primeros brotes que Irán surgiendo de la tierra allí donde sembró la buena semilla. Pero tiene la certeza de que de esa semilla brotará una nueva planta que un día nos ofrecerá también su fruto.
Cuánto necesitamos también en nuestras tareas de esa paciencia del agricultor. Una paciencia llena de esperanza. Espera el fruto que llegará a su tiempo, no podemos adelantar los ritmos de la naturaleza. Y así en la vida humana, así en nuestras tareas, así en los proyectos que emprendemos, así en toda esa lucha que es la vida; es el proceso de las personas y es el proceso de los pueblos.
No le pedimos al niño el fruto maduro que nos tiene que dar un adulto, no podemos pedir a todas las personas la misma capacidad de respuesta; cuidamos la planta, cuidamos la vida, cuidamos el crecimiento de la persona, hemos de cuidar también el proceso del desarrollo de los pueblos, sabiendo que nos vamos a encontrar tierra endurecida, abrojos y zarzales, o cizaña que alguien se encarga de sembrar junto a la buena semilla.
Hoy comenzamos en el evangelio a escuchar una serie de parábolas que Jesús nos propone para que comprendamos lo que es en verdad el Reino de Dios y que el evangelista Mateo congrega en parte en este capítulo trece de su evangelio. Hoy comenzamos con la parábola que llamamos del sembrador por la imagen que se nos presenta del que salió a sembrar la semilla por todas partes, pero que en fin de cuentas quiere que nos fijemos más bien en la semilla que se siembra.
Ahí está precisamente el centro del mensaje, de lo que quiere hablarnos Jesús, la semilla. Es cierto que en los diferentes terrenos donde cae la semilla nos vemos reflejados nosotros en esa diferente actitud y escucha que podamos tener y hacer ante la Palabra de Dios recibida, pero de lo importante que nos quiere hablar Jesús es de la semilla. Esa semilla con su virtualidad propia, capaz de germinar y dar fruto, porque incluso en aquellos lugares difíciles intentará germinar y brotar, porque tiene vida en si misma.
Yo pienso que Jesús aquí nos está enseñando cómo siempre hemos de estar dispuestos a la siembra de la semilla, con la paciencia del agricultor, como decíamos antes, que aguarda pacientemente que un día habrá de germinar y un día puede llegar a dar fruto; consciente además que quizá no siempre será lo mismo de abundante, como nos sucede a nosotros en nuestra vida que no todos tenemos que dar la misma cantidad, el mismo fruto. Ya nos dice en la parábola que incluso en aquella tierra buena y bien labrada unos dieron el ciento, pero otros el sesenta o el treinta por uno, pero dieron fruto; y eso es lo importante.
La parábola, es cierto, quiere que nos centremos esa riqueza maravillosa de la semilla, de la Palabra de Dios que se siembra y que nosotros hemos de acoger. Pero es lección para los diferentes aspectos o apartados de nuestra vida.  Si podemos pensar en la tarea educadora de los padres con sus hijos que nunca se han de cansar de sembrar la buena semilla en sus vidas con la esperanza de que un día aparecerá ese fruto, también en cuanto realizamos en medio de la sociedad por la que nos preocupamos y nos afanamos en hacer que cada día nuestro mundo sea mejor lo hacemos siempre con la esperanza de que esas buenas semillas que nosotros vayamos sembrando harán florecer un día ese mundo haciéndolo mejor.
No nos cansemos de ser sembradores de esperanza y de ilusión, sembradores de bondad y de buenos sentimientos para con los demás, sembradores de sonrisas que hagan cada día más agradable la convivencia entre todos en nuestro mundo, sembradores de amor, de paz, de justicia porque sabemos que podemos hacer un mundo mejor.
Y claro no podemos olvidar toda la tarea que hacemos desde el compromiso de nuestra fe en el anuncio del evangelio en medio de nuestro mundo. Una tarea inmensa e impresionante la que nos espera, sabiendo además que el terreno no siempre está bien dispuesto; ya nos lo describe Jesús en la parábola al hablarnos de esos distintos terrenos donde cayó la semilla. Pero el sembrador seguía sembrando la semilla, y es que nosotros sabemos que contamos con la gracia y la fuerza del Espíritu del Señor que es quien cambia y transforma los corazones. Contamos con esa fuerza de gracia, como hemos de saber contar con la paciencia, como decíamos, del agricultor para saber esperar el tiempo y el momento en que esa semilla germine y esa nueva planta llegue a dar fruto.
No nos podemos sentir cansados los cristianos en esa tarea; no la podemos abandonar porque no veamos el fruto que esperamos; todo es gracia y todo depende también de la respuesta del corazón del hombre, pero ese corazón también lo puede mover la gracia del Señor. Los que desde el compromiso de nuestra fe nos sentimos llamados a evangelizar hemos de seguir haciendo esa tarea, cumpliendo esa misión. Tenemos la esperanza que nos da la certeza del Señor de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo.
Yo quiero también ser sembrador, utilizando los medios que las redes sociales nos ofrecen hoy, seguir sembrando la semilla de cada día, como lo intento hacer a través de este medio.

miércoles, 29 de enero de 2020

Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar


Solo la tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar

2Samuel 7, 4-17; Sal 88; Marcos 4, 1-20
Se nos habrá pasado alguna vez por la cabeza o acaso lo hemos oído comentar; alguien hizo una buena reflexión en la que se denunciaban situaciones injustas, o se hablaba de cosas que había que corregir o mejorar y a la mente nos vino el pensamiento de que bueno sería que determinaba persona escuchara esto, o que bien le vendría a alguien estas cosas porque, pensamos, están retratando su vida. Es fácil tirar balones fuera, que lo que se dice o lo que se escucha le vendría bien a esta o aquella persona, pero no pensamos en nosotros mismos que tendríamos que ser los primeros que nos lo aplicáramos.
Esto significa esas actitudes pasivas que podemos tener en nuestro interior donde nos encerramos como detrás de una coraza para no dejar que se nos señale de forma concreta aquello que tendría que ser distinto en nuestra vida. Pues creo que pudiera ser la actitud o la postura que nos denuncia la parábola y esa actitud nueva con que nosotros debemos escucharla.
Hoy nos habla el evangelio de la parábola del sembrador. Somos capaces de decir cosas muy bellas de ella, como una de las páginas más hermosas del evangelio y un montón de cosas en ese estilo; pero ahí nos quedamos, en su belleza, en la riqueza de matices que puede tener, en todas las cosas que nos puede decir, pero ya nos la sabemos. Desde que comenzamos a escucharla ya vamos por adelantado pensando en su significado que nos lo sabemos porque tantas veces lo hemos escuchado y hasta lo habremos meditado.
Quizá en un momento determinado nos impactó, pero fue el impacto de aquel momento, porque parece que ha dejado de ser ya esa buena nueva que hoy llega a nuestra vida. Y es que esa tiene que ser la actitud, sentir que ahora, en este momento, es buena noticia para nosotros, es una buena nueva, no una cosa sabida ya y que ahora estamos repitiendo. Es por eso por lo que tantas veces, y nos sucede con esta parábola y nos puede suceder con tantos pasajes del evangelio, se nos queda sin dar fruto, porque ya de antemano hemos puesto esa costra de que ya nos la sabemos y no llega a penetrar de verdad en nuestro corazón.
Es cierto que todos conocemos la parábola, de cómo el sembrador va arrojando la semilla que va cayendo en distintos terrenos, en la orilla del camino, o entre los zarzales y malas hierbas o los pedruscos, y solo la que cayó en buena tierra llegó a fructificar. La conocemos y conocemos bien la explicación que Jesús mismo hace de la parábola, pero eso no debe impedirnos para que abramos bien nuestro corazón al escucharla y lleguemos a descubrir lo que ha de ser esa buena nueva ahora y en las circunstancias concretas que vivimos esa palabra del Señor.
Podemos mirar lo que es la situación de nuestro mundo hoy que se hace sordo a la Palabra de Dios, porque ha eliminado todo sentido de trascendencia de su vida y solo vive pensando en las beneficios concretos que ha de tener para si o para la sociedad todo aquello que hace; es el materialismo con que vivimos, es la ausencia de valores espirituales en la que vamos educando a las jóvenes generaciones, es el hedonismo de la vida donde todo lo que hacemos es para buscar sensaciones placenteras que nos hagan disfrutar solamente del momento, es la impaciencia con que vivimos en que todo tiene que estar como automatizado para podamos obtener fruto o beneficio inmediato.
Pero eso no es cuestión solo del mundo que nos rodea sino que son las posturas, las formas de hacer con que nosotros habitualmente actuamos. Lo que no nos da una satisfacción inmediata, un beneficio pronto y abundante no nos vale, pero es que nosotros tampoco queremos saber nada de la perseverancia y la constancia en el esfuerzo aunque nos cueste sacrificio, porque eso siempre lo rehuimos.
Solo aquella tierra pacientemente labrada será la que está bien preparada para recibir la semilla y que en ella pueda fructificar, pero no nos importa estar de cualquier manera – como la tierra endurecida del camino, la llena de abrojos o los pedregales – con tal de evitar el esfuerzo del trabajo que significa preparar una buena tierra para recibir la semilla.
¿No será esta parábola hoy una invitación a revisar esas posturas que tenemos en nosotros ante la vida y ante el esfuerzo que tendríamos que hacer por cultivarla?

miércoles, 30 de enero de 2019

Liberados de barreras y tópicos dejaremos que la semilla de la Palabra directamente llegue a nuestro corazón


Liberados de barreras y tópicos dejaremos que la semilla de la Palabra directamente llegue a nuestro corazón

Hebreos 10,11-18; Sal 109;Marcos 4,1-20

Muchas veces en nuestras conversaciones o en la apreciación que nos hagamos o tengamos de las cosas, de lo que vemos o escuchamos, o incluso de aquello que leemos y nos pueda servir para nuestras reflexiones, nos creamos o nos valemos de unos tópicos con lo que damos por sentado algunas apreciaciones que nos pueden llevar a una superficialidad que no nos deja comprender lo más profundo de lo que  nos sucede o de lo que se nos quiere transmitir. se nos pueden convertir en prejuicios que son como barreras que nos impiden ir a lo más profundo. Y esto en muchos aspectos de la vida, que en nuestras relaciones con los demás por otra parte dañan la imagen que tengamos de esas personas y marcarán también nuestro trato.
Pero vayamos a lo que ha motivado esta introducción en mi reflexión. Es lo que nos puede suceder ante el evangelio que cada dia se nos proclama. Ya nos lo sabemos, decimos, porque textualmente es cierto que ya muchas veces lo habremos escuchado. pero es que ya casi, como de antemanos, nos hacemos nuestra previsión, nuestra tópica reflexión por así decirlo.
En el caso de la parábola que hoy nos propone Jesús enseguida nos decimos que estamos ante una de las más bellas parábolas y nos hacemos muchas consideraciones sobre lo que es el terreno sobre la que se ha echado la semilla, y nos sabemos ya muchas cosas. Por así decirlo nos hemos creado un tópico que nos impide quizá ir más allá y nos quedamos en las reflexiones que siempre nos hemos hecho. ¿Ese tópico no será una de esas malas tierras que impedirán que la semilla pueda dar buen fruto en nosotros? ¿Nuestros tópicos no la están ahogando?
Por eso ante la Palabra que se nos proclama para que sea en verdad buena noticia - evangelio - para nosotros tenemos que comenzar por quitar barreras, limpiar nuestro corazón y nuestra mente con previsiones que ya nos hayamos hecho de antemano, y dejar que la Palabra llegue limpia a nuestro corazón, y que penetre en nosotros como espada de doble filo, en expresión bíblica también, para que llegue a lo más hondo de nosotros.
Liberados de esas barreras dejaremos que directamente llegue a nosotros. Por eso tenemos que saber hacer silencio en nosotros cuando vamos a escuchar el evangelio; y hacer silencio no es solo aislarnos de esos ruidos exteriores que nos pueden entorpecer su escucha - necesitamos serenidad y silencio - sino también quitar esos otros ruidos interiores que pueda haber dentro de nosotros para que podamos escucharla de verdad.
Necesitamos tiempo, serenidad, saber detenernos, no querer sacar rápido una conclusión, leerla y escucharla una y otra vez, porque será así cómo iremos descubriendo la luz, como podremos sentirla en nuestro corazón, como podremos rumiar de verdad. Y digo rumiar - y es una palabra o una actitud que me gusta mucho - porque es como volver a masticarla una y otra vez para poder sacarle su sabor, su jugo, lo que en verdad el Señor quiere decirnos.
No saco conclusiones ni explicaciones ahora de esta parábola del sembrador que hoy se nos propone, sino que os invito a que volvamos a leerla, sin esas barreras, sin esos tópicos, sin esas ideas preconcebidas y veremos cuánto nos quiere decir el Señor. Seremos así buena tierra que llegará a dar fruto.

viernes, 27 de julio de 2018

Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida



Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida

Jer. 3, 14-17; Sal.: Jer. 31; Mateo, 13, 18-23
En ocasiones los niños nos parecen impertinentes con sus preguntas; una y otra vez nos están preguntando; ¿por qué? ¿por qué? Nos preguntan una y otra vez, todo lo quieren saber, nos preguntan por todo. Un buen padre que quiere ser en verdad educador de sus hijos trata siempre de responder, es más, trata incluso de fomentar ese interés y esa curiosidad, porque es el camino del aprender y del saber.
No solo es la ‘impertinencia’ de los niños, sino que nos encontramos con personas que siempre están indagando, preguntando, queriendo saber razones, no se conforman con el conocimiento que ya tengan de los hechos o de las cosas sino que quieren saber más; seguro estaréis pensando en una curiosidad malsana que puedan tener algunas personas que lo que preguntan y averiguan les da pie a sus cotilleos, comentarios, criticas, juicios… Pero, aparte de esto, creo que sí es necesario que tengamos cierta curiosidad en el alma, porque queremos saber, porque queremos aprender, porque queremos profundizar en las cosas y no nos contentamos con cualquier respuesta.
Es algo innato en nuestro ser y será lo que de verdad nos hará crecer en la vida, trazarnos metas altas en nuestras más nobles aspiraciones, y nos llevará a esa sabiduría de la vida que en verdad no lleva a la madurez y a una mayor plenitud de nuestra existencia. Personas que se contentan con todo, que no sueñan con algo mejor, que no luchan y se esfuerzan por crecer y madurar, que viven de una manera amorfa su vida, son como personas sin vida; les falta ilusión, les faltan deseos en su alma y se vuelven conformistas que es una forma en cierto modo de morir.
Es hermoso encontrarse personas mayores, que ya quizá por sus años no esperamos que quieran embarcarse en nuevas aventuras de la vida, pero que sin embargo son inquietos, quieren aprender de todo y buscar fuentes de conocimiento y de saber donde sea. Pesarán los años, el cuerpo puede ya encontrarse debilitado pero no les falta vitalidad hasta el último minuto y eso es vivir la vida con intensidad. Nos encontramos sin embargo personas que han llegado ya al tiempo de una jubilación de sus trabajos y las vemos envejecer como a la carrera, porque ya no son capaces de querer emprender algo nuevo, de darle vitalidad a su vida, de darle un sentido y un valor a su vida cuando aun pueden hacer mucho por los demás.
Perdónenme mis amigos que me leen que mi reflexión haya ido tomando estos derroteros. La comencé desde la idea que nos ofrece el evangelio hoy en que los discípulos le preguntan a Jesús por el sentido de las parábolas que ha pronunciado y quieren que se las explique. Ese deseo de saber, de entender más y mejor lo que Jesús les va hablando del Reino de Dios, me llevo a está reflexión de las preguntas que nos hacemos o necesitamos hacernos en la vida.
Y ahora me planteo si esa curiosidad, digámoslo así, ese deseo de saber más y entender claramente las cosas lo tenemos en todo lo que afecte a nuestra fe y a nuestra vida cristiana. Quizá en otros aspectos de la vida tenemos esa curiosidad y deseos de aprender de lo que antes hablábamos, pero en cuanto se refiere a nuestra fe o a nuestra vida cristiana quizás seguimos andando con nuestro conformismo y no entran dentro de nuestras preocupaciones y deseos.
Esa buena tierra preparada de la que nos habla hoy la parábola del sembrador y Jesús nos explica pasa precisamente por ese camino de búsqueda, de deseos de algo nuevo y mejor, de ese roturar nuestro corazón arrancando esas hierbas del conformismo para hacer esa semilla nueva que se echa en la tierra de nuestra vida pueda dar fruto. Hemos de tener deseos de saber más, de conocer mejor, de profundizar más hondamente en las cosas que atañen a nuestra fe que son al mismo tiempo en las cosas más profundas de nuestra vida.
Algunas veces parece que estamos más atentos e interesados en ideas o pensamientos de orden religioso o filosófico que nos puedan venir de acá o de allá y enseguida los presentamos como la panacea de todo lo mejor para nuestra vida, sin antes haber preocupado debidamente de conocer en verdad lo que es nuestra fe y el sentido de nuestra vida cristiana, dando por sentado que ya nos lo sabemos sin haber nunca profundizado en ello. Puede haber cosas buenas y bonitas en esas otras ideas que se nos presentan, pero ¿habremos descubierto de verdad lo bueno y bello que está en el fondo de nuestro sentido cristiano de la vida, de lo que el evangelio nos ofrece?

miércoles, 24 de enero de 2018

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida, algún día esa semilla puede brotar y llegar a dar fruto

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Es un poco la tentación de desánimo que muchas veces sienten los que trabajan por los demás, quieren hacer cosas buenas, se preocupan de esa sociedad en que viven o tienen un compromiso social en alguna actividad en su entorno. Es el desánimo que se puede sentir cuando no vemos el fruto pronto de aquello que hacemos.
O que nos puede pasar en nuestra vida personal, que queremos superarnos, avanzar en la consecución personal de algunos valores, pero parece que vamos a rastras porque no avanzamos, porque no logramos superar aquellos escollos que la vida nos va poniendo, no logramos mejorar nuestro carácter, no conseguir dominar aquellos impulsos, seguimos con nuestra rabias y violencias aunque solo sean en nuestro interior.
Creo que no podemos idealizar la vida, nuestras luchas o nuestro trabajo por los demás, pensando que todo será fácil y maravilloso y que pronto conseguiremos aquello que perseguimos; son muchas las circunstancias que nos rodean, influencias que recibimos nosotros de todo tipo o también aquellas personas para las que trabajos o con quienes queremos conseguir algo.
Ahí anda nuestra vida con nuestros cansancios y con nuestras inconstancias, ahí están esas raíces profundas que hay en nosotros y que tanto nos cuesta arrancar, y eso les puede pasar a los demás también, ahí está que nuestra visión algunas veces se vuelva turbia y no terminemos de ver las cosas y a los otros también les sucede, ahí están esas desconfianzas que se nos meten en el alma y que nos debilitan y los demás también pueden tener esa tentación.
Nos sentimos desalentados, pero tenemos que ser realistas, que no significa que dejemos de luchar, de buscar lo bueno, de entregarnos, de querer seguir sembrando la semilla aunque sepamos que no siempre va a dar fruto al ciento por uno; hemos de tener confianza, hemos de mantenernos en camino, hemos de seguir adelante.
Me ha venido todo este pensamiento y reflexión escuchando la parábola que Jesús nos propone hoy. Había mucha gente a su alrededor y nos dice el evangelista que se sentó y se puso a hablar en parábolas. Y la primera parábola que les propone es la del sembrador que yo todos bien conocemos porque muchas veces la hemos escuchado y meditado y nos hemos visto bien reflejados en ella.
Jesús, es cierto, está queriendo enseñarnos con la parábola que tenemos que preparar la tierra de nuestra vida y quitar abrojos y pedruscos, ablandar la dureza de la tierra del camino y ser buena tierra. Pero Jesús está siendo muy realista porque eso le está pasando con su predicación. No todos aquellos que allí están ahora escuchándole van a dar el mismo fruto, van a tener la misma respuesta. Pero Jesús no deja de sembrar, y como dice la parábola, saldrá por todos los caminos y por todos los rincones lanzando la semilla a voleo. En algún lugar, en algunas personas aquella semilla va a caer y echar raíces y hasta que crezca la planta y dé fruto.
¿No nos estará diciendo algo Jesús para nuestros desalientos y cansancios a la hora de nosotros sembrar? Es que aquí no se puede hacer nada, nos decimos algunas veces y dejamos de sembrar, de trabajar, de hacer por los demás. Jesús era consciente de que algunas de aquellas semillas iban a caer entre abrojos y sin embargo lanzó la semilla. ¿No será lo que nosotros tenemos que hacer? 
No nos cansemos de sembrar la semilla, de hacer el bien, de trabajar por los demás, de comprometernos seriamente en la vida. Algún día esa semilla, que a nosotros ahora nos parece que no brota, sin embargo puede brotar y llegar a dar fruto. Es la esperanza que siempre tiene que animar nuestra vida. Si no la sembramos seguro que no dará fruto. No digamos nunca que aquí no se puede hacer nada. Eso significaría que no estamos confianza en la fuerza que en si misma tiene la Palabra de Dios.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo…’ y esta es la ocasión en que nos dice el evangelista Lucas que Jesús les propone una parábola.
Mucha gente se le juntaba a Jesús, crecía el número de los que le seguían para escucharle, pero ¿cómo lo escuchaban? ¿Cómo acogían en su corazón aquella semilla que Jesús iba sembrando? Como el sembrador que tira a voleo la semilla mientras va caminando Jesús va dejando su palabra en aquellos corazones. ¿Fructificará de la misma manera en todos ellos?
Algunos seguían a Jesús esporádicamente; pasaba Jesús por su pueblo, les hablaba en la sinagoga, en los cruces de los caminos o en las plazas, y a todos les gustaban las palabras de Jesús. Sentían deseos de seguir escuchándole, se iban detrás de él, pero pronto volverían a sus faenas, regresarían a sus casas, se iban a encontrar con los problemas de cada día, ¿seguirían recordando las palabras de Jesús?
Algunos con curiosidad se acercaban a Jesús porque habían oído hablar muchas cosas de él. Le escuchaban con interés o inquisidores para ver lo que decía y si acaso aquello les convencía, pero pronto quizá el interés se desvanecía, no les llegaba a convencer, tenían dudas de quien realmente fuera Jesús, quizá pronto lo olvidaran o acaso fueran de aquellos que formarían parte de otro nuevo grupo como de oposición que se iba formando. ¿No terminaba de convencerles aquel nuevo profeta? ¿No veían que se cumplieran en él las expectativas que tenían sobre el futuro Mesías de Israel? El estilo pacifico de Jesús quizá no era lo que buscaban para luchar contra los opresores del pueblo.
Así unos le escuchaban y pronto se quedaban atrás, otros le seguían durante un tiempo con cierto entusiasmo que pronto se podría enfriar, solo algunas permanecían fieles, sembraban en su corazón aquellas esperanzas que la Palabra de Jesús les suscitaba.
Pero es que eso tenemos que verlo en nosotros. Cuántos son los que cada semana escuchan la proclamación del evangelio, pero cuántos son también los que cuando atraviesan de nuevo la puerta de la iglesia que les lleva a la calle ya lo olvidaron todo.
Cuántos son los que con cierto fervor escuchamos la palabra, pero las tareas de la vida cotidiana, la familia, el trabajo, los problemas que se viven en la sociedad nos absorben de tal manera que olvidamos pronto, o no sabemos encontrar luz en esa palabra que se nos ha proclamado para esos problemas de la vida de cada día.
Cuántos quizá los que queremos ser sinceros y queremos vivir todo eso, pero estamos envueltos en tantos problemas personales que no sabemos como salir de ellos o como en esa palabra encontrar esa fuerza que necesitamos para caminar y para luchar, para superarnos y para lograr ser mejores cada día.
Claro que tendríamos que ser de los de la buena tierra, porque acojamos esa semilla, esa Palabra y como María la guardemos en el corazón para rumiarla, para sacarle de verdad fruto porque en ella encontremos esa luz y esa fuerza para ese nuestro camino diario. No es fácil la tarea, porque ya sabemos cuantas cosas los llaman la atención por todas partes, nos atraen y nos distraen, pero hemos de centrarnos de verdad en esa Palabra que es vida para nosotros. Es lo que nos dice Jesús de dar fruto, diverso quizá según la capacidad de cada uno, pero fruto en fin de cuentas porque queremos en verdad llenarnos de la gracia del Señor.
Sembremos cada día en nosotros esa semilla de la Palabra; sembremos cada día en los que nos rodean, en el mundo que vivimos esa buena semilla desde ese testimonio claro y valiente que nosotros demos, pero también desde esa palabra que tenemos que atrevernos a decir porque la luz no se puede ocultar, porque la semilla se ha de sembrar.

miércoles, 27 de enero de 2016

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Todos soñamos con cosas buenas. Tenemos metas en la vida más o menos grandes, anhelamos conseguir cosas, los ideales nos mueven desde dentro, nos hacemos promesas de hacer siempre lo mejor. Pero bien sabemos que muchas veces no lo conseguimos; se nos quedan en el sueño de un momento mas o menos de fervor o entusiasmo, vienen los cansancios, somos inconstantes en el mantener la luchas por ir consiguiendo esos objetivos, nos rendimos ante las dificultades que vamos encontrando, o nos dejamos arrastrar por la rutina, por lo que hacen los demás para no llevar la contraria al ambiente. Solo los esforzados, los que no solo tienen claras las ideas o las cosas que quieren conseguir sino que han cultivado una fuerza interior serán capaces de alcanzar esas metas o ver realizados sus sueños al menos en gran parte, porque siempre desean más y lo mejor.
Esto podría ser una forma de hacer una lectura o de traducir a esa lucha nuestra de cada día la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio. Nos habla del sembrador, de una semilla, de un terreno más o menos favorable y de unos frutos que al final solo consiguen los que han sabido preparar una tierra buena y hacer un buen cultivo de aquella semilla en ellos plantada.
Es una clara referencia a la Palabra de Dios y al Reino de Dios que Jesús quiere plantar en nosotros y que hemos de saber cultivar. Con sus dificultades, con sus fracasos, con sus abandonos, o con el buen cultivo en nuestra vida de esos valores del Reino de Dios. La imagen la tenemos en Jesús, el buen sembrador que sale por los caminos y los pueblos, que anda en medio de las gentes siempre sembrando la semilla de la Palabra de Dios, de la Buena Noticia del Reino de Dios. No en todos fructificó, no todos lo acogieron de la misma manera, muchos incluso lo rechazaron, solo aquellos que fueron capaces de ser fieles, fieles en su fe y fieles en la gracia que el Señor en ellos iba derramando permanecieron hasta el final.
Nos miramos a nosotros y miramos a la Iglesia. No solo somos esa tierra en la que el Señor siempre esa buena semilla, sino que además nosotros también hemos de ser sembradores,  la Iglesia es sembradora en medio del mundo de esa semilla del Reino. Lo malo sería que no fuéramos buenos sembradores, que no pusiéramos todo el entusiasmo y todo el esfuerzo por hacer esa siembra; lo malo seria que en el sembrador ya hubiera también esa dureza del corazón porque no lo habría empapado de la misericordia y del amor divino; nos puede pasar a nosotros y le puede pasar también a la misma Iglesia. Que hubiera otras cosas que nos distraen o que nos atraen, que brillara demasiado en nosotros la vanidad de las apariencias o de las cosas ostentosas y no fuéramos lo suficiente humildes para presentarnos con sencillez y con amor en el corazón. Muchas piedras podremos encontrar en el camino, muchos zarzales que nos enreden o muchos perfumes que nos engañen. Como sembradores hemos de ser los primeros en ser tierra buena y cultivada, nosotros y la Iglesia.
Hace referencia a lo que es nuestra vida de cada día con sus sueños y con sus metas, como decíamos al principio. Serán nuestros trabajos y responsabilidades, será nuestra familia, será ese circulo donde convivimos, será ese mundo con el que tenemos que sentirnos comprometidos para hacerlo mejor poniendo nuestro grano de arena, sembrando nuestra buena semilla. Que nada nos aparte de nuestras metas, que nada nos engañe ni nos distraiga, que no  nos pueda el cansancio ni la rutina, que haya en nosotros perseverancia y esfuerzo, que haya en nosotros apertura a la gracia del Señor para dejarnos motivar y conducir. Podremos llegar a dar fruto hasta del ciento por uno, como nos dice la parábola.

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.