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lunes, 26 de enero de 2026

Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

 


Una semilla nos alimenta, pero una semilla germina también para hacer multiplicar los frutos, sembremos que algún de vuelta llegará de nuevo a alimentarnos a nosotros

2Timoteo 1, 1-8; Salmo 95; Marcos 4,26-34

Una semilla nos alimenta, pero una semilla también multiplica la vida, al germinar da inicio a nueva vida, a nuevas plantas que multiplican sus semillas, multiplican sus frutos. Es muy enriquecedora la imagen que se nos proyecta que tiene un hondo reflejo en nuestra vida, en lo que hacemos, en el fruto que damos, en el valor de nuestra vida y de nuestros actos; nada, pues, nos puede parecer insignificante porque su apariencia sea muy sencilla y elemental, como lo son muchas semillas, porque todo tiene una riqueza explosiva en su interior, no para destruir sino para crear vida.

Jesús en su pedagogía infinita y en su sabiduría divina nos deja repetidas veces en sus parábolas la imagen de la semilla, esparcida por el sembrador en los distintos campos de la vida aunque en no todos se va a recoger el mismo fruto, pero hundida pacientemente en tierra con la esperanza de que un día germinará, mezclada quizás con la cizaña de las malas hierbas que podrían poner en peligro sus frutos, en la insignificancia de una grano de mostaza que se nos escapa entre los dedos, pero que un día ha de producir fruto.

Dos parábolas nos propone hoy Jesús en el evangelio, de esa semilla que enterrada en tierra que el agricultor, sin que él mismo sepa cómo, pacientemente espera que un día germine para darnos una nueva planta que a su vez produzca sus frutos, y del insignificante grano de mostaza que llegará a darnos una planta en cuyo ramaje hasta los pájaros pueden hacer su nido.

Ya sabemos, porque Jesús nos lo ha explicado en otras parábolas que esa semilla nos está hablando de la Palabra de Dios, y también podemos decir, ¿por qué no?, de todo lo bueno que nosotros podamos hacer o podamos decir que cual buena semilla es sembrada en el corazón de la vida. Habiendo celebrado ayer el domingo de la Palabra de Dios claro que podemos insistir en la eficacia que tiene esa semilla porque en ella está el germen de Dios. No dejemos caer esa semilla en tierra infecunda porque endurezcamos nuestro corazón ni nos hagamos oídos sordos ante su proclamación. Tengamos fe en la eficacia de la Palabra de Dios en nuestra vida por eso con tanto amor tenemos que escucharla y plantarla en nuestro corazón. No dejemos que el viento se lleve esas páginas de la Palabra de Dios sino que sepamos apoyarnos en ella para hacer de verdad fructificar nuestra vida.

Pero como también decíamos vayamos nosotros también sembrando semillas de vida por los campos de la existencia que vamos atravesando. Es esa buena palabra que hemos de tener siempre en nuestros labios para irla sembrando allá por donde vayamos. también en nuestro interior la vida nos ha hecho ir acumulando una sabiduría desde la reflexión que de las cosas y de los acontecimientos nos vamos haciendo; tenemos más sabiduría dentro de nosotros de lo que podemos imaginar, hemos de saber limpiar de la paja de las superficialidades todo eso que en nuestro interior rumiamos; de ahí surge el buen consejo que podemos dar, esa orientación que podemos poner en los oídos y en el corazón de los que están a nuestro lado, esa respuesta reflexiva que podemos dar ante cualquier cuestión que se nos plantee, ese punto de vista distinto que podemos ofrecer en cualquier diálogo o discusión.

No temamos sembrar esa buena semilla que también nosotros llevamos en nuestro corazón, será como una semilla sembrada a voleo que el viento trasladará de un sitio a otro y que puede ir cayendo en la tierra buena de muchos corazones que estén esperando esa luz orientadora para sus vidas. No sabemos hasta donde puede llegar, no nos importe, sembremos lo bueno con constancia que será semilla que se multiplique y que ahora no sabemos pero con el tiempo quizás podamos recoger una hermosa cosecha. Alguna vez podrá llegar de nuevo a ti después de haber recorrido amplios mundos esa semilla que un día sembraste y que a la vuelta también podrá ayudarte a ti. Os confieso que me ha sucedido en la vida. No dejemos de sembrar.

miércoles, 24 de julio de 2024

Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

 


Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

Jeremías 1,1.4-10; Salmo 70; Mateo 13,1-9

Comenzaré por decir que cada uno somos una clase de terreno distinta donde hacer la siembra; no se trata de que seamos más buenos o más malos; es la característica de lo somos, diferentes, con nuestros valores personales, con nuestros sueños y aspiraciones, con nuestras flaquezas y debilidades que nos hacen tropezar, con nuestros problemas contra los que tenemos que luchar, con nuestras rutinas y costumbres, con nuestra historia personal llena de aciertos y de fracasos, de penas y de alegrías, de frustraciones y de esperanzas, de la gente que nos rodea cada día y de aquellos que al relacionarse con nosotros van dejando su impronta y su influencia. Y por esa tierra pasará el sembrador echando a voleo la semilla. Porque el sembrador sabiendo incluso que la semilla puede encontrar diferentes respuestas, ahí, en nosotros, quiere sembrarla.

Es la parábola que hoy nos ofrece el evangelio. Muchas veces, no sé si excesivamente, cargamos en lo negativo de esas diferentes tierras resaltando mucho la dificultad de que esa semilla enraíce o no en esa tierra para que un día pueda dar fruto. Yo quiero pensar que Dios que conoce bien de qué tierra estamos hechos cada uno de nosotros, sigue confiando y en esos diferentes terrenos sigue desparramando su semilla. ¿Diferentes las cosechas? Veremos que incluso en la tierra buena, que es más factible que produzca buenos frutos, lo recogido tiene cantidades diferentes porque una tierra dio el ciento por uno, pero otras buenas tierras solo dieron el sesenta o el treinta.

Y por aquí quisiera yo coger el meollo de la parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas veces la hemos meditado y rumiado en el corazón; siempre está ahí esa riqueza nueva que nos ofrece cada día la Palabra de Dios. No nos la podemos dar por sabida, porque entonces no sería evangelio para nosotros. Es evangelio porque es noticia y noticia buena que ahora, hoy, en este momento estamos recibiendo de parte de Dios. Si le quitamos eso, le quitamos todo su sentido, y se quedaría en una palabra bonita, en un bonito ejemplo, en una página ejemplar, en la belleza de sus palabras y poesía. Pero nosotros buscamos algo más.

Insisto en lo que hemos venido considerando de los diferentes terrenos que somos cada uno de los que lo escuchamos. Ni más malos ni más buenos, sino con nuestra realidad- Y en el terreno de esa realidad se siembra la Palabra de Dios. Cada uno tenemos nuestras piedras o nuestros abrojos, cada uno mostraremos en un momento determinado la dureza de nuestro corazón y la sequedad del terreno – no siempre nos encontramos en el mismo grado de fervor – y nos mostraremos también con esos aspectos buenos, esos buenos momentos de mayor fervor o de mayor apertura del corazón. Y eso lo conoce el sembrador, eso lo conoce Dios y a nosotros en esa realidad quiere llegar con su semilla.

Con humildad tenemos que reconocer nuestra situación, que además no siempre es la misma; no podemos catalogarnos con eso de que siempre soy así, porque no siempre soy de la misma manera; las circunstancias que vivimos en cada momento nos marcan nuestros estados de ánimo y nuestras respuestas. Empezar por esa humildad de reconocernos en nuestra realidad es el primer paso para labrar ese terreno; si nos falta esa humildad entonces sí que se volverá más endurecido e infecundo.

Abramos, sí, ese nuestro corazón herido, marcado por muchas cicatrices que la vida ha ido dejando en él, muchas veces encallecido o con la costra de nuestras rutinas o nuestra tibieza, muchas veces también frío e insensible porque nos parece que ya lo que queremos es pasar de todo, y dejemos que esa semilla comience a germinar en él y vaya echando raíces con la esperanza de que brote firme la nueva planta que un día produzca sus frutos. Es el Señor que quiere enraizarse en nuestro corazón tal como es o tal como está. El Señor puede realizar maravillas en nosotros.

jueves, 27 de julio de 2023

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

 


Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17

Como solemos decir, oímos campanas y no sabemos donde. En otros tiempos en que no había tanto sonido o tanto ruido en el ambiente en nuestros campos oímos campanas en la lejanía y pronto percibíamos que es lo que nos estaban anunciando, ya fuera el toque de oración, la muerte de algún vecino, o la llegada del tiempo de las fiestas. Hoy hemos perdido la percepción del sentido de los toques de las campanas y además aunque oigamos no escuchamos para poder percibir el sentido de lo que se nos anuncia. Oíamos el toque de la campana y nos decíamos unos a otros, escucha y se hacia silencio para poder escuchar de verdad los sonidos que nos hablaban.

Una imagen que nos puede hablar mucho de lo que nos sucede hoy, pero también de aquello a la que Jesús está haciendo referencia, cuando le preguntan por qué les habla en parábolas. Ya también iban perdiendo es capacidad de escucha a la voz de Dios que les hablaba, y les sucedía como nos sucede también muy fuertemente hoy que no somos capaces de percibir esa voz de Dios que nos habla desde la naturaleza o nos habla de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o en nuestro entorno. Todo hoy quizás nos lo queremos explicar científicamente y ya no somos capaces ni de percibir el misterio ni de ser capaces de elevar nuestro espíritu para ver más allá de lo que los sentidos nos pueden señalar.

Jesús les recuerda las palabras de Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Así nos sigue sucediendo, oímos, miramos, pero ni somos capaces de escuchar ni somos capaces de entender. Nos hemos insensibilizado para muchas cosas, hemos perdido un sentido espiritual de la existencia, todo lo convertimos en materia, o lo queremos convertir en ganancias pero que las reducimos a lo material; ya ni somos capaces de disfrutar de lo que vivimos, de esas cosas sencillas de nuestra vida, a las que no damos importancia y las pasamos por alto, no sabemos valorar porque hemos llenado la vida – y valga la incongruencia – de vacío. Hay una riqueza espiritual que nada tiene que ver con lo que resuena en nuestros bolsillos, ni con lo abultado de los números de nuestras cartillas bancarias, ni con aquellos oropeles con los que queremos envolvernos llenos de vanidad para dar una apariencia de lo que en realidad no somos.

Necesitamos de nuevo aprender la cartilla para que aprendamos a leer la vida; buscar el diapasón que afine nuestros oídos y que les dé sensibilidad  para sintonizar con lo espiritual; darle hondura a nuestra vida para que nuestras raíces lleguen a esos nutrientes que de verdad nos van a fortalecer el corazón; aprender a prestar atención alejándonos de los ruidos que nos perturbar porque será la manera de escuchar ese susurro de Dios; ponernos en el lugar adecuado para que cuando pase esa suave brisa como le sucedía al profeta en la montaña darnos cuenta que ahí está Dios.

Escuchemos esas campanas que nos hablan de Dios, son sonidos maravillosos que Dios hace llegar a los oídos de nuestro corazón y que nos hacen encontrarnos con El. Podremos decir al final, ‘¡Bendito eres, Señor, en el templo de tu santa gloria!’

domingo, 16 de julio de 2023

Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

 


Una buena semilla que Dios planta de mil maneras en nuestro corazón, que hemos de saber asimilar al tiempo que ser sembradores también para los demás

Isaías 55, 10-11; Sal 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23

Una palabra puede tener muchas y diferentes resonancias según quien la escuche, porque podemos darle diferentes significados, o porque la miramos y escuchamos desde diferentes ecos que llevemos en el corazón; podemos ir precavidos de entrada ante quien nos pronuncia esa palabra y esa malicia que llevamos en el corazón nos haga tergiversar esa palabra que se nos dice; experiencia tenemos de cuantos conflictos se han producido en nuestras relaciones humanas, por esa malicia que llevábamos como prejuicio y esa interpretación que le dimos a algo que era bueno en sí. La palabra era buena en si misma, pero nosotros la maleamos y no será ya para nosotros palabra de sabiduría que nos enriquezca.

Decimos las palabras, decimos los gestos, decimos cualquier cosa que hagamos que siendo algo bueno sin embargo no encuentra la misma reacción por quienes nos rodean, nos escuchan, o caminan con nosotros en la vida. Es también la valoración que nosotros hacemos tantas veces de lo que nos dicen o hacen junto a nosotros los que nos rodean.

Hoy el evangelio nos está hablando de momentos de placidez, de sentirnos a gusto disfrutando de cuanto nos rodea. La escena que nos presenta el evangelio realmente es bucólica; la orilla del lago, la gente que va y viene, los pescadores que a la vuelta de sus faenas reparan redes, mantienen en orden las artes de pesca y Jesús allí en medio sentado entre la gente hablando y comentando, como suele suceder, los acontecimientos del día.

Pero la palabra de Jesús no será nunca una palabra superficial que se lleva el viento, la palabra de Jesús tiene la sabiduría de hacernos pensar, de hacernos reflexionar, de hacer que nos miremos por dentro, pero también de despertar muchas cosas buenas en nuestros corazones. Una palabra dicha con sencillez, como quien va desgranando los granos de una espiga, que no simplemente alimentan a los pajarillos que revolotean a nuestro lado si cae en el suelo, sino que van siendo alimento para nuestra vida, despertando nuevas ilusiones de cosas grandes, sembrando inquietud en nuestras vidas, abriéndonos horizontes y caminos que nos hacen avanzar hacia una nueva plenitud.

Y nos está hablando de esa riqueza de vida que encierra la semilla; cuántas nuevas plantas que produzcan nuevos frutos pueden surgir, qué hermoso alimento y energía para la vida cuando comemos ese fruto. En misma tiene su valor ¿sabremos apreciar cuanto nos ofrece? ‘La semilla cayó a tierra y dio fruto’, repetimos en el salmo recordando el meollo del mensaje.

Hoy nos hablado Jesús de una semilla que sale el sembrador a sembrar. La parábola, es cierto, nos describe los diferentes terrenos en que puede caer y del fruto o no fruto que pudiera producir. Muchas veces en nuestra reflexión hemos hecho mucho hincapié en esa diferencia de terrenos que nosotros podemos ser; y tenemos que hacerlo también. Pero me atrevo a decir que el protagonista de la parábola es la semilla y la riqueza de esa semilla que el sembrador ha salido a sembrar. No era una semilla estéril, no era una semilla dañada, como en otros momentos Jesús nos dirá en otras parábolas, era una semilla buena.

Valoremos, pues, esa buena semilla. Es cierto que es una clara referencia a la Palabra de Dios que se siembra o se ha de sembrar en los campos de nuestro mundo. Una semilla que está ahí y a su tiempo producirá su fruto. Una buena semilla que también podemos encontrar en cuanto de bueno vamos encontrando en la vida, que podemos encontrar en esa palabra enriquecedora que podemos recibir, que podemos escuchar a los que están a nuestro lado, y tanto nos puede ayudar.

Una buena semilla en tantos gestos de humanidad que podemos encontrar en los que nos rodean, una buena semilla en ese buen testimonio y ejemplo que recibimos de alguien que pasa a nuestro lado, una buena semilla que podemos encontrar en la generosidad de tantos corazones que hacen el bien, que tienen una mano para ayudar al que va tambaleante por los caminos de la vida, en una sonrisa que llena de un nuevo azul el cielo que nos rodea para desterrar sombras, una buena semilla que podemos encontrar en tantas cosas si somos capaces de abrir los ojos para ver la bondad y generosidad de muchos corazones. Una buena semilla, es cierto, que nosotros también podemos ir sembrando al borde del camino de nuestra vida.

Vamos, pues, a intentar descubrir esas buenas semillas, porque son también una forma de cómo Dios nos habla. Seamos capaces de crear en nuestros corazones aquellos momentos de placidez de los que hablábamos al principio cuando contemplábamos a Jesús junto al lago hablando con la gente. No vamos a permitir ni que nuestros oídos ni nuestra mirada se llenen de malicia que malinterpreten esa Palabra de vida que llega a nosotros. Hagamos ese silencio interior, llenemos de paz y serenidad nuestro corazón y nos vamos a encontrar con Jesús que desgranará para nosotros esos granos de semillas que alimenten nuestra vida.

martes, 22 de marzo de 2022

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

 


Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Solo una medicina puede curarnos de verdad, el amor. Es la venda que envuelve nuestra alma herida y la puede curar de todos sus males. Cuántas medicinas vamos buscando por la vida. No son remedios ni son remiendos los que nos curan. Cuando estamos enfermos algunas veces no queremos ir al medico para que nos recete la medicina que pueda curarnos; nos queremos valer muchas veces de nuestros remedios, porque nos dijeron que si haciendo eso se nos quita la tos, que si con aquella otra infusión se nos pueden calmar algunos dolores, pero la enfermedad sigue ahí, no hemos ido a lo más profundo que nos cure de verdad. Pero nos quedamos solo en eso, en remedios, pero no medicinas que nos curan la enfermedad desde lo más hondo, desde su raíz.

Hoy Pedro le plantea a Jesús una cuestión que es muy fácil que se nos dé en nuestras relaciones humanas, nos ofendemos, nos hacemos daño, o sentimos el daño por dentro cuando conservamos en nosotros el resentimiento, el recuerdo de aquello que nos hicieron, nos sentimos ofendidos y no sabemos cómo curarnos. Pedro que ha escuchado a Jesús hablar muchas veces de la misericordia y del perdón, que le oyó decir allá en el sermón del monte que había que perdonar, que había que ser compasivo y misericordia, que incluso tendríamos que rezar por aquellos que nos han ofendido, sin embargo se está planteando cómo puede arrancar ese daño de su corazón, si hay que perdonar al hermano, cuantas veces tengo que perdonarlo. Y se pregunta y pregunta a Jesús ‘¿Hasta siete veces?’

Porque el tema está ahí también, cuando nos sentimos ofendidos y mantenemos el resentimiento dentro de nosotros, es que estamos manteniendo ese mal dentro de nosotros, estamos manteniendo esa alma herida que no sabemos cómo curar. Porque además cuesta entender aquello que Jesús había dicho en el sermón del monte, de que tenemos que saludar también al que no nos saluda y amar al que no nos ama. Cuesta poner amor en nuestro corazón. Y resulta que ese amor que seamos capaces de poner en nuestro corazón es el que nos salva, el que nos cura de verdad.

Pero eso Jesús le responde a Pedro que no solo siete veces, sino setenta veces siete, para hablarnos de esa universalidad del perdón. ¿Cómo será eso posible? Nos lo explica con la parábola. Cuando en verdad nosotros nos dejemos envolver por el amor de Dios. Porque acercarnos a Dios para pedirle perdón es algo más que reconocer que hemos hecho mal, que tenemos una deuda. Esa deuda por nosotros mismos no la podremos nunca saldar. Jesús ha venido para saldarla, Jesús ha venido para traernos aquello que nos dará la verdadera paz, que nos sanará profundamente, después de la herida de ese pecado. Es el amor de Jesús que es capaz de dar la vida por nosotros el que nos salva.

Es en ese amor en el que tenemos que envolver nuestra vida. Y hay que decir una cosa, no siempre que vamos a pedirle perdón a Dios nos dejamos envolver por ese amor. Vamos, podríamos decir que ritualmente; vamos y nos confesamos porque decimos que somos pecadores y es en ese medio donde vamos a recibir el perdón, pero no nos dejamos envolver por ese amor de Dios; no terminamos de gozarnos en ese amor de Dios que nos perdona; no llegamos a experimentar dentro de nosotros ese gozo y esa paz de ese amor que Dios nos regala.

Por eso nos sucede tantas veces como en la parábola; salimos del confesionario, salimos del sacramento de la Penitencia y cuando nos encontramos con el hermano que nos haya podido hacer algo, seguimos manteniendo nuestras diferencias, seguimos manteniendo nuestras distancias, seguimos con esa herida en el corazón sin haberla curado de verdad y le negamos la palabra, no volvemos a él rehaciendo nuestra amistad, llegamos a decir eso tan incongruente que perdonamos pero no olvidamos y cosas así.

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad. Dejémonos envolver por el amor de Dios para que se impregne nuestra vida de ese amor y comencemos a amar con un amor semejante. Así en verdad llegaremos a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo.

viernes, 29 de enero de 2021

 


Nos duele el tiempo del silencio y de la espera pero lo necesitamos para poder enraizarnos en lo que va a dar plenitud y sentido a nuestro vivir

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34

Vivimos el tiempo de la inmediatez; todo lo queremos al instante, no tenemos paciencia para esperar, nos duele ese tiempo y ese silencio de la espera; cuando nos parece que el ordenador va lento y tarda en darnos respuesta a las órdenes que le damos, nos desesperamos, aunque solo sean una segundos los que tenemos que esperar. Pero yo diría que todo, hasta lo más inmediato tiene su tiempo.

Estamos diciendo de los ordenadores porque es la herramienta de trabajo que hoy tenemos más a mano, ya sea en un propio ordenador personal, una tablet, un móvil o celular de última generación y a todo le pedimos, le exigimos la inmediatez. Como no lo vemos ni acaso sentimos ningún ruido de motor no nos damos cuenta, pero también todo eso en estos instrumentos también tiene su proceso, que como decíamos algunas veces se nos retarda. Y como decíamos antes, nos duele el tiempo y el silencio de la espera. Pero lo necesitamos aunque no queremos reconocerlo.

No había estas herramientas en el tiempo de Jesús y por eso sus parábolas parten de lo que era la vida habitual de entonces, sobre todo vida en el campo. En sus parábolas para hablarnos del reino de Dios nos habla entonces con esas imágenes de la siembra de la semilla, de la germinación de la misma y el brotar de la planta que irá creciendo, y que todo tiene su tiempo y tiene su silencio.

Como nos dice, no sabemos cómo, pero la semilla en el silencio de la tierra donde está enterrada germinará, brotará y hará surgir una nueva planta prometedora de hermosos frutos, o como nos dice de la mostaza, pequeña entre las semillas, crecerá como una hermosa hortaliza a cuya sombra hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.

Creo que nos damos cuenta por donde quiero llevar esta reflexión. Y nos valen las palabras de las parábolas de Jesús como nos valen las modernas herramientas que hoy tenemos en nuestras manos con la informática. Quiero pensar en ese tiempo del silencio y de la espera. Necesitamos en la vida de esos silencios y de saber esperar hasta que llegue su tiempo, que todo tiene su tiempo. Es el tiempo del rumiar interiormente, es el tiempo que necesitamos incluso para encontrarnos con nosotros mismos, pero también para ir madurando donde eso que va cayendo en nuestra vida; como la semilla a la que hay que dar un tierra en la tierra con la correspondiente humedad para que pueda germinar.

Son esos tiempo de silencio interior que nos harán en verdad crecer como personas; son esos tiempos que en silencio dedicamos a reflexionar y a meditar, a preguntarnos y a buscar, a interiorizar y a llegar a lo más profundo, a descubrir bien donde hemos hacer llegar nuestras raíces para arraigar bien en la vida y ningún viento pueda llegar a tumbarnos; es la planta que va enterrando poco a poco sus raíces para afianzarse bien, para encontrar los nutrientes que necesita, para encontrar vida en esa humedad del subsuelo y que hará que luego la planta crezca esbelta, llena de hojas, de flores y de frutos.

Nuestras carreras en la vida nos impiden saborear esos procesos interiores que tendríamos que saber hacer; nuestras prisas y nuestras búsquedas de los inmediato casi no nos dejan ver la flor porque queremos el fruto ya, ni disfrutar del verdor y de la frescura de sus hojas y no sabemos entonces tener ese buen nido de nuestra vida que sea nuestro apoyo y nuestro refugio. Y cuando nos va faltando todo eso nos va faltando esa espiritualidad que necesitamos, ese crecimiento de nuestro espíritu y por eso andamos por la vida tan superficialmente.

¿Sabremos anclar bien nuestras raíces en Jesús y en su evangelio para que en verdad lleguemos a dar frutos de vida? Si no estamos así enraizados en Jesús, ¿qué es lo que podemos ofrecer al mundo que está necesitando una luz, una sabia nueva, un sentido nuevo para llegar a una vida en plenitud?

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.

viernes, 27 de julio de 2018

Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida



Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida

Jer. 3, 14-17; Sal.: Jer. 31; Mateo, 13, 18-23
En ocasiones los niños nos parecen impertinentes con sus preguntas; una y otra vez nos están preguntando; ¿por qué? ¿por qué? Nos preguntan una y otra vez, todo lo quieren saber, nos preguntan por todo. Un buen padre que quiere ser en verdad educador de sus hijos trata siempre de responder, es más, trata incluso de fomentar ese interés y esa curiosidad, porque es el camino del aprender y del saber.
No solo es la ‘impertinencia’ de los niños, sino que nos encontramos con personas que siempre están indagando, preguntando, queriendo saber razones, no se conforman con el conocimiento que ya tengan de los hechos o de las cosas sino que quieren saber más; seguro estaréis pensando en una curiosidad malsana que puedan tener algunas personas que lo que preguntan y averiguan les da pie a sus cotilleos, comentarios, criticas, juicios… Pero, aparte de esto, creo que sí es necesario que tengamos cierta curiosidad en el alma, porque queremos saber, porque queremos aprender, porque queremos profundizar en las cosas y no nos contentamos con cualquier respuesta.
Es algo innato en nuestro ser y será lo que de verdad nos hará crecer en la vida, trazarnos metas altas en nuestras más nobles aspiraciones, y nos llevará a esa sabiduría de la vida que en verdad no lleva a la madurez y a una mayor plenitud de nuestra existencia. Personas que se contentan con todo, que no sueñan con algo mejor, que no luchan y se esfuerzan por crecer y madurar, que viven de una manera amorfa su vida, son como personas sin vida; les falta ilusión, les faltan deseos en su alma y se vuelven conformistas que es una forma en cierto modo de morir.
Es hermoso encontrarse personas mayores, que ya quizá por sus años no esperamos que quieran embarcarse en nuevas aventuras de la vida, pero que sin embargo son inquietos, quieren aprender de todo y buscar fuentes de conocimiento y de saber donde sea. Pesarán los años, el cuerpo puede ya encontrarse debilitado pero no les falta vitalidad hasta el último minuto y eso es vivir la vida con intensidad. Nos encontramos sin embargo personas que han llegado ya al tiempo de una jubilación de sus trabajos y las vemos envejecer como a la carrera, porque ya no son capaces de querer emprender algo nuevo, de darle vitalidad a su vida, de darle un sentido y un valor a su vida cuando aun pueden hacer mucho por los demás.
Perdónenme mis amigos que me leen que mi reflexión haya ido tomando estos derroteros. La comencé desde la idea que nos ofrece el evangelio hoy en que los discípulos le preguntan a Jesús por el sentido de las parábolas que ha pronunciado y quieren que se las explique. Ese deseo de saber, de entender más y mejor lo que Jesús les va hablando del Reino de Dios, me llevo a está reflexión de las preguntas que nos hacemos o necesitamos hacernos en la vida.
Y ahora me planteo si esa curiosidad, digámoslo así, ese deseo de saber más y entender claramente las cosas lo tenemos en todo lo que afecte a nuestra fe y a nuestra vida cristiana. Quizá en otros aspectos de la vida tenemos esa curiosidad y deseos de aprender de lo que antes hablábamos, pero en cuanto se refiere a nuestra fe o a nuestra vida cristiana quizás seguimos andando con nuestro conformismo y no entran dentro de nuestras preocupaciones y deseos.
Esa buena tierra preparada de la que nos habla hoy la parábola del sembrador y Jesús nos explica pasa precisamente por ese camino de búsqueda, de deseos de algo nuevo y mejor, de ese roturar nuestro corazón arrancando esas hierbas del conformismo para hacer esa semilla nueva que se echa en la tierra de nuestra vida pueda dar fruto. Hemos de tener deseos de saber más, de conocer mejor, de profundizar más hondamente en las cosas que atañen a nuestra fe que son al mismo tiempo en las cosas más profundas de nuestra vida.
Algunas veces parece que estamos más atentos e interesados en ideas o pensamientos de orden religioso o filosófico que nos puedan venir de acá o de allá y enseguida los presentamos como la panacea de todo lo mejor para nuestra vida, sin antes haber preocupado debidamente de conocer en verdad lo que es nuestra fe y el sentido de nuestra vida cristiana, dando por sentado que ya nos lo sabemos sin haber nunca profundizado en ello. Puede haber cosas buenas y bonitas en esas otras ideas que se nos presentan, pero ¿habremos descubierto de verdad lo bueno y bello que está en el fondo de nuestro sentido cristiano de la vida, de lo que el evangelio nos ofrece?

domingo, 17 de junio de 2018

Con una mirada de luz tenemos que mirar nuestro mundo para saber descubrir ese brote nuevo que con la fuerza del Espíritu hará surgir un mundo mejor


Con una mirada de luz tenemos que mirar nuestro mundo para saber descubrir ese brote nuevo que con la fuerza del Espíritu hará surgir un mundo mejor

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

A veces podemos tener la tentación de ponernos pesimistas en la vida; desde situaciones personales, pero también desde lo que podemos palpar en nuestra sociedad, en aquellos ambientes de la comunidad en los que nos movemos, grupos a los que podemos pertenecer, programas sociales en los que nos sintamos implicados, o incluso hasta en nuestra realidad eclesial.
Nos puede parecer que las cosas no marchan, o al menos con la rapidez o intensidad que nosotros desearíamos, nos parece que los implicados somos menos o que la gente ha perdido la ilusión, nuestros grupos parecen cada vez mas pequeños y la gente menos implicada, es por otra parte tanta la maldad, la corrupción, el mundo de la drogadicción, y otras situaciones desagradables que vemos en el entorno de la sociedad, aparte de una transformación que vemos de la vida que muchas veces no sabemos a donde nos va a llegar.
Es cierto que vemos también gente comprometida, momentos en que parece que florece la solidaridad ante situaciones puntuales, hay gente que se agrupa y quiere trabajar conjuntamente en muchas cosas, gente que sigue luchando contracorriente aunque nos parezca que no se avanza, pero aun así nos parece que somos un resto muy pequeño en medio de toda la problemática de nuestro mundo. Nos gustaría ver transformado nuestro mundo, hacerlo mejor, pero ¿qué somos ante algo tan complejo? ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo avanzar? Decíamos antes que nos volvíamos pesimistas.
Es el ámbito de nuestra sociedad, pero es también el lugar concreto de la Iglesia. Es cierto que surge un movimiento renovador muy grande, que queremos embarcarnos en las tareas de nueva evangelización de nuestra sociedad, pero aunque vivamos en lugares que nos decimos que todos somos cristianos, quizá simplemente por tradición, vemos que la sociedad que camina a nuestro alrededor va bien lejos de la Iglesia. Tantos que se manifiestan en contra, que se presentan como agnósticos, que viven sin ninguna referencia a Dios, ni a la religión ni a la Iglesia, y no podemos abarcar todo lo que quisiéramos, no sabemos como llegar a hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo actual, al mundo concreto en el que aquí y ahora vivimos. ¿Nos entrará también el desencanto?
Los creyentes, los que deseamos seguir de verdad el camino de Jesús queremos dejarnos conducir por el Espíritu del Señor aunque muchas veces se nos obnubile la mente y el corazón. Pero seguimos cada día o al menos cada semana dejarnos iluminar por la Palabra de Dios.  Es lo que queremos hacer cuando acudimos cada domingo a la celebración de la Eucaristía y deseamos en verdad que esa Palabra que se nos proclama llegue de forma muy concreta a nuestro corazón y responda a expectativas e inquietudes. Es una tarea ingente y hermosa la que tienen que hacer nuestros pastores, para que no nos vayamos de la celebración con la misma hambre y la misma sed con que habíamos entrado al templo, quedándonos vacíos espiritualmente.
Creo que la Palabra que se nos proclama en este domingo puede arrojar mucha luz para llenar nuestro corazón de paz y de esperanza y sentir que con la fuerza del Espíritu eso poco que nos parece que estamos haciendo tiene una fuerza grande y transformadora.
Nos habla Jesús en parábolas. Pero parábola es en cierto modo también lo que hemos escuchado con el profeta. Nos habla de una pequeña ramita, un cogollo de un inmenso cedro; una ramita pequeña pero de la que brotará un cedro hermoso que dará sus frutos.
Son las imágenes que nos ofrecen las dos parábolas. Una semilla arrojada a la tierra, y que allá bajo la tierra germina en silencio para que a su tiempo brote una nueva planta y podamos finalmente contemplar un campo hecho un nuevo trigal que a su tiempo nos dará también su fruto. Igualmente la pequeña e insignificante semilla de la mostaza, pero que cuando germina y brota una nueva planta será una hortaliza más grande que el resto de hortalizas del huerto, en la que llegaran a anidar también los pájaros.
Pequeño brote, pequeña semilla, plantas pequeñas que una vez germinada la semilla Irán creciendo y creciendo para multiplicar los frutos. Algo misterio que se realiza y produce en la misma semilla y en la misma planta que nos está hablando de ese misterio de la vida, de ese misterio que se produce en el interior del hombre y que se puede producir en el interior de la misma sociedad para hacer surgir un hombre nuevo, una sociedad nueva. Pero todo tiene su tiempo, su ritmo, y hemos de aprender a respetar ese ritmo de las cosas, de las personas, incluso de nuestra sociedad.
A nosotros nos toca ser esa semilla, ese brote, que nos puede parecer pequeño e insignificante, pero que como creyentes sabemos que está, digámoslo así para seguir con la imagen, germinado por el Espíritu que lo hará fecundo. Tengamos paz y tengamos esperanza. No podemos desanimarnos sino que tenemos que seguir sembrando; quizá no nos toque a nosotros recoger los frutos; nosotros recogemos hoy lo que otros antes que nosotros sembraron. Tenemos que dejarnos iluminar por la Palabra de Dios.
Y es la tarea, sí, que realizamos en la Iglesia, pero es la tarea que tenemos que realizar en nuestro mundo. Porque también tenemos que saber apreciar esos pequeños brotes que otros también están sembrando para hacer una sociedad nueva y mejor. Y aunamos nuestras fuerzas, y valoramos todo lo bueno, y trabajamos unidos a los demás, sin perder nunca por supuesto nuestras metas, nuestros ideales, los principios que animan nuestra vida para hacer esa sociedad mejor que nosotros queremos que sea el Reino de Dios.
No nos valen los pesimismos, ni las miradas llenas de sombras. La Palabra del Señor nos hace mirar con una mirada de luz.

miércoles, 26 de julio de 2017

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Se sentó Jesús junto al lago y al venir mucha gente a escucharle se subió a una barca y desde allí se puso a enseñarles mucho rato en parábolas. Podemos imaginarnos fácilmente la escena. Una mañana soleada como suele suceder junto al lago de Tiberíades. Las gentes que van y vienen de sus tareas pero que se encuentran con Jesús sentado junto al lago y en torno a El se arremolinan. Quieren escucharle. Sus palabras los cautivan; la noticia corre de boca en boca y todos acuden hasta Jesús. Se sienta en una barca, pues desde allí todos pueden verle y escucharle mejor. Y les hablo en parábolas.
Un recurso muy normal entre los orientales y muy apropiado para que lo entienda la gente sencilla. Las imágenes penetran hondamente en el alma ayudando a entender las palabras, el mensaje. Será un recurso repetido por Jesús. Lo importante es que la Palabra llegue a todos, la semilla caiga en toda tierra, esperando que dé fruto.
Es en si mismo el mensaje de la primera parábola que les ofrece. Un sembrador que sale a sembrar la semilla; a voleo va lanzándola por todas partes, lo que hará que no toda la semilla caiga en una tierra igualmente preparada. Será el propio camino, serán los abrojos de las orillas de los campos, serán terrenos pedregosos no apropiados para acoger debidamente esa semilla, serán buenas tierras dispuestas a que se puedan recoger buenos frutos.
Es la variedad de la vida de los hombres con sus distintas actitudes o con distinta apertura de su corazón para recibir algo nuevo en sus vidas. Es el reflejo también de nuestra propia vida, muchas veces parece que muy disponible, pero en ocasiones con ataduras que nos arrastran, pasiones que nos encierran, negatividades que nos hacen duros e inaccesibles, indiferentes a lo que pase a nuestro alrededor si no es para calmar nuestros caprichos.
Nos es fácil hace una lectura de la parábola simplemente fijándonos en los demás y en cuanto sucede a nuestro alrededor olvidando que cuando lo hacemos así no somos esa tierra fértil y fecunda porque estamos dejando meter en nosotros muchos matorrales que nos impiden acoger nosotros los primeros esa semilla de la Palabra. Por eso siempre hemos de acudir con actitud sincera, con deseos de abrir bien nuestro corazón, de quitar todas esas rémoras en nuestra vida que nos arrastran hacia abajo y no nos dejan caminar libres y generosos.
Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de la Palabra de Dios en medio de nuestro mundo. Seamos capaces de sembrar una buena semilla cada día. Lo intento con estas reflexiones que os ofrezco cada día.
Hace nueve años tal día como hoy inicie la siembra con este blogpost https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/  y van ya 3341 semillas sembradas por este medio que llega a los más diversos rincones del mundo como se manifiesta en las estadísticas con una cifra cercana a las trescientas mil visitas. Lo expreso con humildad y dando gracias a Dios. Espero que Dios me ayude a seguir sembrando aunque sea con torpeza esa buena semilla por el mundo. Aquella primera semilla fue dedicada a los abuelos en este día de san Joaquin y Santa Ana https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/2008/07/abuelos-qu-importante-sois-para.html



jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

‘Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

jueves, 12 de noviembre de 2015

No busquemos el Reino de Dios aquí o allá, ni sólo en los milagros o cosas extraordinarias o espectaculares sino dentro de nosotros mismos

No busquemos el Reino de Dios aquí o allá, ni sólo en los milagros o cosas extraordinarias o espectaculares sino dentro de nosotros mismos

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Nos gustan las cosas espectaculares o maravillosas; nos sentimos sobrecogidos por las cosas extraordinarias y en el fondo las buscamos; en cierto modo, podríamos decir, nos gusta el espectáculo, lo espectacular. Desde sentirnos sobrecogidos ya sea por un amanecer o una puesta de sol maravillosa y espectacular por los colores del cielo mientras aparece o desaparece el sol en el horizonte, o ya sean esas maravillas que nos pueda ofrecer la naturaleza en medio de una espectacular tormenta, o desde cosas extraordinarias que nos puedan suceder en la vida que no sabemos por qué se producen y que nos llaman la atención aunque a veces sintamos como un cierto temor en nuestro interior ante la incertidumbre de lo que sucede.
Y eso nos sucede también en el ámbito de lo religioso. Cómo fácilmente la gente corre hacia aquel lugar donde hayamos tenido noticia de cosas extraordinarias, apariciones, milagros o cosas extrañas que no sabemos descifrar. Quizá desde el sentido de una religiosidad natural de lo más elemental nuestra relación con la divinidad la mantenemos solo desde esas acciones extraordinarias y muchas veces nuestra oración no es sino pedir cosas milagrosas que nos resuelvan los problemas que vamos teniendo cada día en la vida.
Seguimos acudiendo allí donde nos dicen que hay una aparición de la Virgen o hay hecho extraordinarios que nos parecen venidos del cielo sin discernir de verdad lo que allí pueda estar sucediendo y quizá toda nuestra religiosidad la fundamentamos en esas cosas con lo que se estará manifestando la pobreza de nuestra vida cristiana. Tendríamos que aprender a buscar algo más hondo que en verdad nos pueda transformar por dentro para sentir una verdadera presencia de Dios en nosotros. Es la búsqueda verdadera que tendríamos que hacer del Reino de Dios.
Es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio y contra las cosas que nos quiere prevenir. Jesús hablaba del Reino de Dios. Había comenzado su predicación pidiendo la conversión del corazón para aceptar el Reino de Dios que estaba cerca. Continuamente Jesús va hablando de ello y nos propone las parábolas para irnos explicando cómo encontrarlo y cómo vivirlo. Pero bien sabemos que en la mentalidad judía de la época unían la llegada del Mesías con la reinstauración del Reino de Israel. Y en eso querían condensar lo que Jesús les proponía.
Es la pregunta que le hacen los fariseos, porque no veían que se realizaban sus sueños ni en lo que a ellos les parecía se estaba cumpliendo lo que Jesús tanto anunciaba. Por eso preguntaban cuando va a llegar el Reino de Dios. Como los mismos discípulos que al final, ya en el camino de la Ascensión, aún le preguntan a Jesús si llegaba ya la hora de la restauración del Reino de Israel porque Jesús se manifestara como Mesías, ya que ellos lo veían resucitado.
Pero ya ahora escuchamos la respuesta de Jesús. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’. El Reino de Dios no es como ellos esperaban. Si hubieran escuchado con el corazón abierto las palabras de Jesús a lo largo de todo el Evangelio lo podrían comprender. No hay que buscar cosas espectaculares. No le podemos dar ese sentido político. No es una guerra que tengamos que hacer contra los otros para alcanzar nosotros la libertad. Es una semilla interior que nos transformará por dentro; como la pequeña semilla que se entierra y se transforma en una nueva planta, en una nueva vida, así tiene que suceder en nosotros, dentro de nuestro corazón.
No busquemos aquí o allá, no vayamos solo en búsqueda de milagros o cosas extraordinarias o espectaculares, sino que hagamos el milagro de la transformación de nuestra vida haciendo que en verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida. Esa es la transformación del Reino de Dios, porque cuando Dios es el único Señor de nuestra vida nuestras actitudes y nuestras posturas cambiarán, nuestra manera de actuar será distinta, la mirada que tengamos hacia los que nos rodean será otra, comenzaremos a ser hermanos de verdad, que nos amamos, que vivimos unidos y en comunión y una nueva paz comenzará a florecer en nuestro mundo.
Será autentica nuestra religión y nuestra relación con Dios, porque le miraremos y sentiremos como el Padre que nos ama y está siempre junto a nosotros. Vivamos en lo más hondo de nosotros mismos el Reino de Dios anunciado por Jesús.

miércoles, 28 de enero de 2015

Hagamos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola

Hagamos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola

Hebreos 10,11-18; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 4,1-20
‘Jesús se puso a enseñar junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca… les enseñó mucho rato en parábolas’. Así nos dice hoy el evangelista. Mucha gente venía a ver a Jesús, a escucharle. Y Jesús les enseña en parábolas. Imágenes o comparaciones con las que se ayuda Jesús para que comprendan lo que es el Reino de Dios; imágenes y comparaciones para hacer reflexionar.
Mucha gente venia a Jesús. Como nos hemos preguntado muchas veces, ¿a qué venían? ¿Qué buscaban? ¿Qué es lo que traían dentro de sí cuando llegaban hasta Jesús y Jesús les enseñaba? ¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Qué traemos también en nuestro interior?
Con la parábola que Jesús les propone del sembrador que sale a sembrar su semilla, pero semilla que cae en diversas tierras y serán distintos, entonces, también los frutos Jesús quiere hacernos pensar en cómo escuchamos a Jesús. Porque podemos venir y no escuchar. O escuchamos lo que nos interesa. Habrá cosas que nos llamen la atención y cosas a las que no hacemos caso. De una forma o de otra nos pasa muchas veces.
Entre aquellas gentes muchos podrían venir por curiosidad, porque habían oído hablar de aquel nuevo predicador, de aquel nuevo profeta que había surgido; o vendrían algunos desde sus intereses, porque le traían a sus enfermos para que los curasen o ellos mismos venían con sus dolores y enfermedades esperando el milagro por parte de Jesús. Muchos quizá venían y querían prestar atención a sus palabras, porque quizá despertasen alguna sorpresa en su interior, pero quizá en su interior pesaba mucho lo que era su vida de siempre, sus costumbres y rutinas y emprender  un cambio y una transformación era algo que exigía más. A muchos quizá no les convencía demasiado aquello nuevo que enseñaba Jesús, aquellas actitudes nuevas que había que tener, y se quedaban en la distancia a ver por donde terminaba todo. En muchos sí que se despertaba la esperanza de algo nuevo que estaban esperando y deseando y entonces trataban de llevarlo a su vida porque sentían que algo nuevo estaba comenzando.
Son los diferentes tipos de tierras preparadas o no de las que habla Jesús; la tierra dura y pisoteada del camino donde no podría penetrar la semilla que o se llevaba el viento o se la comían los pájaros; sería la tierra llena de malezas, de abrojos o de piedras donde era difícil echar raíz o si nacía la nueva plata pronto iba a ser como engullida por las malas hierbas, o podría ser la tierra buena, dispuesta, labrada, abonada para que la semilla pudiera germinar y dar fruto.
Pero no miramos solo aquellas gentes que aquel día en la orilla del lago de Tiberíades escuchaban a Jesús. Pensamos en nosotros, los que tantas veces hemos escuchado esta parábola y quizá nos hemos hecho buenos propósitos, que pronto quizá hemos olvidado; nosotros que cuando empezamos a escucharla ya decimos que nos la sabemos pero de ahí no pasamos; a nosotros que quizá nos sentimos interpelados pero nos cuesta arrancarnos de esas malas hierbas que hemos dejado brotar en nuestra vida y al final seguiremos como estábamos; a nosotros, a mi mismo, que cuando escucho la parábola antes que pensar en mi mismo tengo la tentación de pensar en los demás a ver como la explico o qué consecuencias puedo sacar para los demás, pero poco pienso en mi mismo.
¿Por qué no hacemos el esfuerzo de ponernos con toda sinceridad ante Jesús y escuchar como si fuera la primera vez esta parábola para plantar la semilla de esta Palabra en nuestra propia vida?

domingo, 28 de septiembre de 2014

Creemos que podemos cambiar, creemos que los demás también pueden cambiar, llenemos nuestro corazón de comprensión y misericordia

Creemos que podemos cambiar, creemos que los demás también pueden cambiar, llenemos nuestro corazón de comprensión y misericordia

Ez. 18, 25-28; Sal. 24; Filp. 2, 1-11; Mt. 21, 28-32
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, nos decía el apóstol en la carta a los Filipenses. Es un hermoso pensamiento. Es una forma hermosa de actuar. Porque ¿a quién nos vamos a parecer si nos llamamos cristianos? Nuestro modelo es Cristo; la forma de actuar del cristiano es a la manera de Cristo. Al menos tenemos que intentarlo, aunque no siempre sea fácil o nos cueste mucho.
No es fácil y nos cuesta porque estamos acostumbrados a otra forma de actuar. Por ejemplo, cuántas desconfianzas tenemos los unos en los otros; qué fáciles somos para juzgar y hasta para condenar; marcamos a las personas de forma que ya para siempre serán conforme a aquella idea que un día nos hicimos de ellas, ya porque les vimos actuar en un momento determinado de una forma, ya porque nos gusta recordarles siempre los fallos que hayan podido haber tenido en su vida, y no somos capaces de ver que las personas pueden cambiar, pueden corregirse, pueden ser capaces de rehacer su vida. Y con esos presupuestos, ahí están nuestras desconfianzas y esa marca que les hacemos llevar para siempre sobre su vida por algún fallo que hayan tenido.
No es ésta la manera de actuar de Jesús, no son esos sus sentimientos, no es lo que nos enseña en el evangelio. No es esa la manera de actuar de Dios, clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. ‘Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas’ fuimos diciendo en el salmo, ‘acuérdate de mí con misericordia’, le pedíamos. Así se nos manifiesta siempre el Señor, esperándonos pacientemente; esperando nuestro arrepentimiento y nuestra conversión. Nos da esperanza para nuestra condición de pecadores.
El Señor siempre nos está esperando, pero podríamos decir también que en esa espera del Señor por nuestra respuesta nunca nos faltará su gracia que se manifestará de mil maneras sobre nuestra vida. Nos sostiene, nos llama haciéndonos llegar una y otra vez su palabra y su invitación a la conversión, nos corrige, nos enseña, nos ofrece continuamente su perdón. Ahí está la acción y la llamada de la Iglesia; ahí está la Palabra del Señor que cada día escuchamos; ahí está ese sabio consejo que recibimos de personas cercanas a nosotros que quieren ayudarnos; ahí está la gracia del perdón que una y otra vez nos ofrece en los sacramentos.
Quizá no siempre damos la respuesta tan pronto como sería de desear porque por medio está nuestra inconstancia y nuestra debilidad que se resisten de alguna manera a la gracia de Dios, pero está el amor del Señor esperándonos. Es una lucha que sostenemos en nuestro interior. ¿No esperaba pacientemente el padre la vuelta del hijo pródigo que había marchado lejos del hogar? Así nos espera el Señor ofreciéndonos siempre el abrazo y la gracia de su perdón. El juicio definitivo del Señor será el de la misericordia. Como nos decía el profeta: ‘Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo,... ciertamente vivirá y no morirá’.
De ahí las recomendaciones que nos hacía san Pablo en su carta: ‘si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’. El apóstol tenía un cariño especial por aquella comunidad y le dolía en el alma ver las divisiones y los enfrentamientos, los recelos y desconfianzas de unos y otros. En este sentido continuaba diciéndonos: ‘No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás’.
Entrañas compasivas, un mismo amor y un mismo sentir, humildad, no sentirnos superiores, buscar el interés de los demás… hermosos sentimientos y actitudes que nos hacen comprensivos, que nos hacen confiar siempre en el otro, en sus posibilidades, en la regeneración de su vida. Porque seguro que nos gusta que confíen en nosotros, que crean en los esfuerzos que hacemos por ser mejores, por hacer las cosas bien aunque haya muchas ocasiones en que nos cueste.
Jesús hoy en el evangelio, dirigiéndose de manera especial a los sumos sacerdotes y a los ancianos, les propone esa pequeña parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. Mientras uno muy obsequioso de entrada con su padre le promete que irá,  al final pronto olvidará su promesa y no irá, sin embargo el otro que parecía rebelde porque de entrada se negó a cumplir la orden de su padre, luego recapacitó y fue a trabajar en la viña.
Jesús les está diciendo que no es suficiente decir que sí, que somos obedientes, que somos muy religiosos si luego no llevamos a la práctica de la vida las enseñanzas que recibimos del Señor. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’, como nos dirá en otro lugar del evangelio sino lo que somos capaces de hacer de bueno.
Por eso terminará diciéndoles Jesús, de una forma bastante fuerte y clara ‘Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios’. Precisamente criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores, pero en su corazón misericordioso les decía que el venía para curar a los enfermos, no a los que se creyeran sanos. Y les explica que al menos los publicanos y las prostitutas creyeron a Juan cuando acudían a él allá junto al Jordán en el desierto, mientras ellos no fueron capaces de hacerle caso a Juan para prepararse para la llegada del Mesías.
¿Qué tenemos que hacer nosotros? Hacer siempre el bien, buscando por encima de todo lo que es la voluntad del Señor. Acoger la Palabra del Señor con amor y con humildad porque es lo que nos hace gratos a los ojos de Dios. Es la humildad del pecador arrepentido lo que llena de gozo el corazón del Señor. Recordemos cómo en otro momento del evangelio nos hablaba de la fiesta del cielo cuando un pecador se arrepiente y se convierte. Sonarán a gloria las campanas del Reino de los cielos.
Pero como decíamos al principio son también las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazon en relación a los demás. Son los mismos sentimientos de Cristo Jesús que tienen que impregnar nuestro corazón y que se van a manifestar en esa acogida y comprensión para hermano que camina a nuestro lado y tiene tropiezos como nosotros tenemos; es la mano tendida con amor para ayudar a caminar con el convencimiento de que en verdad podemos cambiar, puede mejorar su vida toda persona que se lo proponga con la ayuda de la gracia del Señor.
Podemos cambiar, podemos transformar nuestra vida; puede llegar ese momento de gracia a nosotros donde recapacitemos y nos demos cuenta que nuestra vida debe ser otra porque en verdad tenemos que hacer lo que es la voluntad del Señor. Con decisión, con energía, con valentía queremos caminar los caminos del Señor aunque tantas veces hayamos tropezado y errado en el camino. 
Pidamos al Señor su gracia que nos fortalezca y nos acompañe; pidamos al Señor esa gracia para todos los pecadores para que escuchen esa llamada del Señor y conviertan su corazón a El.  Como nos decía el profeta si nos convertimos de nuestra maldad, ciertamente alcanzaremos vida, alcanzaremos la salvación.