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miércoles, 14 de diciembre de 2022

A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

 


A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Siempre hemos repetido hasta la saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.

Hacemos referencia a esto por lo que escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento algunos se fueron tras Jesús.

Pero Juan seguía teniendo discípulos incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.

En el evangelio vemos que Jesús no da respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’

Es la imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al encuentro con Jesús.

El refrán se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre desde lo alto en el Tabor.  Es en quien tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.  

Nuestro amor no es puro altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios. Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos, y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo.

viernes, 2 de octubre de 2020

Sintamos la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda y dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro

 


Sintamos la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda y dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10

Ya hoy en nuestras casas escasean cada vez más los signos religiosos, como aquellos cuadros de la Virgen, del Señor o de los santos de nuestra devoción. Entre ellos no solía faltar el cuadro del Ángel de la Guarda. Aun mantengo en la retina de mi mente el cuadro del Ángel de la Guarda que mi madre tenia sobre la cama en su dormitorio; un ángel que extendía su mano para tomar la del niño que se encontraba en peligro de caer por lo que quería ser como el inicio de un precipicio.

Esa imagen nos acompañó en nuestra niñez junto con aquellas oraciones que aprendimos de pequeños y que hablaban de los Ángeles que nos guardaban dn cada una de las esquinas de nuestra cunita.  Quizá infantilizamos demasiado la imagen por lo que fácilmente en la medida que dejábamos atrás nuestras cosas de niño quizá se fueron cayendo también de nuestra vida esos signos religiosos.

Pero la existencia de los Ángeles que junto a nosotros están en el camino de nuestra vida y nos libran de peligros e inspiran tantas cosas buenas que tendríamos que hacer, forma parte también de nuestra fe. La Biblia repetidamente nos habla de los ángeles y no los podemos reducir a meros mitos, sino que tenemos que aprender a descubrir toda la riqueza espiritual que significa en nuestra vida esa presencia de los Ángeles que nos protegen y nos hacen sentir a Dios. Espíritus puros nos los definía el catecismo que están en la presencia de Dios para alabarle y que inspiran también la alabanza que nosotros hemos de cantar a la gloria del Señor.

No vamos a hacer ahora un repaso de esos momentos de la presencia de los Ángeles de Dios junto a su pueblo y que lo protegían frente a los peligros, pero que en momentos de más extensa reflexión bien nos vendría pensar en ello. Los Ángeles de Dios que no dejarán que nuestro pie tropiece en ninguna piedra, recogiendo incluso las palabras del tentador a Jesús pero que viene a reflejar lo que anteriormente en la Biblia ya se había dicho y repetido en los salmos, por ejemplo.

Cuando somos capaces de recuperar todo el sentido espiritual que tiene nuestra vida – algo que hoy nos cuesta tanto con el materialismo tan exacerbado en que vivimos – podremos sentir esa presencia espiritual junto a nosotros y seguramente habremos tenido la experiencia de la que quizá no nos atrevemos a hablar de esa mano llamemos invisible que nos sacó en un momento determinado de un peligro, o ese soplo divino que sentimos en nuestro interior inspirándonos algo bueno que teníamos que realizar o un pensamiento e impulso interior que nos elevaba y nos hacía sentir como en otro espacio o en otra dimensión. ¿Por qué no pensar en esa inspiración de nuestro ángel, esa protección que sobre nosotros estaba ejerciendo y nos hacía sentirnos de manera distinta?

Necesitamos de nuevo imágenes como a las que hacíamos referencia al principio, quitándole quizá toda esa expresión tan infantiloide de la que estaban demasiado recargadas, pero si ese signo religioso y espiritual que nos recuerde esa otra dimensión de nuestra vida que de verdad nos eleve y nos transporte a la presencia del Señor. Si los ángeles como decíamos están siempre en la presencia de Dios, esa presencia del Ángel de la Guarda a nuestro lado en nuestra vida nos estará recordando y haciendo sentir también esa presencia de Dios junto a nosotros. Y cuánto lo necesitamos.

Cuanto nos ayudaría para hacer más vivo nuestro encuentro con el Señor en la oración. Si en la fiesta de los arcángeles recordábamos lo que le decía el arcángel Rafael a Tobías que su oración había sido escuchada por el Señor porque eran presentadas ante el trono de Dios por manos de los ángeles, bueno es que lo recordemos al comienzo de nuestra oración y así nos sirva de inspiración. Ya en la liturgia lo repetimos en cada celebración de la Eucaristía que nos unimos a los coros de los Ángeles en nuestro cántico de alabanza a Dios.

Sintamos, pues, la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda, como hoy estamos celebrando; dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro y de toda tentación, y junto con nuestro ángel que está cara a cara con Dios, como dice hoy Jesús de los Ángeles que protegen a los niños, cantemos también nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Dios.

viernes, 24 de julio de 2020

Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción


Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción

Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23
Al romperse el ritmo de la lectura continuada en esta semana por distintas celebraciones parece que nos queda a trasmano la explicación de la parábola del sembrador que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando los discípulos llegaron a casa con Jesús le preguntaron por el sentido de las parábolas, por qué les hablaba en parábolas y el significado en este caso concreto de la parábola del sembrador.
Muy propio del lenguaje oriental es ser muy expresivos en sus imágenes para explicarnos cualquier cosa; incluso en el lenguaje ordinario en los saludos de los encuentros, por ejemplo, el interesarse por la familia o los seres queridos solía ir acompañado de grandes párrafos llenos de imágenes para expresar el aprecio que sentían por la familia.
De todas maneras son válidas en todos los lugares y en todos los tiempos las imágenes para expresarnos las cosas y en el mundo de comunicación en que vivimos y de medios audiovisuales de todo tipo bien sabemos como aquello que se nos presenta con unas imágenes determinadas está pensado para trasmitirnos un mensaje, para decirnos de una forma agradable o de una forma sutil muchas cosas que nos puedan interesar o ayudar. No es cuestión solo de imaginación de una riqueza del lenguaje que así quizá de manera sencilla sin embargo se hace profundo en sus contenidos que llegamos a comprender mejor.
Ya esta misma página con la que me comunico con ustedes la misma titulación ya está expresada con una imagen, la semilla que sembramos cada día (http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/), para indicar la intención y el mejor deseo de hacer que estas reflexiones sean semilla que llegue a nuestra vida y nos ayude a tener los mejores frutos de nuestra existencia y en este caso concreto de nuestro seguimiento de Jesús.
La semilla está ahí con todo su potencial, podríamos decir, en sí encierra un misterio de vida pero que tenemos que hacer germinar para que surja la nueva planta que un día nos dé los mejores frutos. Ni podemos dejar guardaba para siempre esa semilla porque podría perder su virtualidad, ni la podemos sembrar de cualquier manera si luego esa nueva planta que surge no le prestamos los necesarios cuidados para que pueda no solo brotar sino crecer y un día nos ofrezca las flores anuncio de los prometidos y ansiados frutos.
Es cierto que el sembrador de la parábola va sembrando a voleo, que es la forma habitual de sembrarla, porque quiere que llegue esa semilla a todos los campos y a todos los terrenos. Y es que la Palabra de Dios no la podemos encerrar ni podemos estar escogiendo a quien se la ofrecemos sino que su riqueza de vida es para todos y a todos se ha de ofrecer. Y aunque en la parábola nos encontramos con la dificultades de esos diversos terrenos donde ha caído la semilla que no siempre va a tener el cuidado necesario para que germine y llegue a fructificar, sin embargo ese hecho nos está también queriendo decir mucho a los cristianos de hoy a la hora de hacer esa siembra.
Quizá muy obsesionados por tener el terreno bueno y bien preparado muchas veces nos hemos quedado demasiado encerrados en los nuestros, en nuestro campo, en el recinto de nuestras iglesias o nuestros templos, esperando quizá que vengan todos deseosos de esa semilla de esa Palabra para escucharla. Que también tenemos que ser conscientes de cuáles sean las actitudes con que vienen a nuestros templos, a nuestros centros parroquiales, a nuestras catequesis, porque bien sabemos la cantidad de condicionamientos sociales que rodean muchas de nuestras acciones pastorales.
Y tenemos que darnos cuenta de que tenemos que salir a todos los campos, a todos los terrenos aunque nos encontremos con la dificultad de la acogida o no que pueda tener ese anuncio que nosotros queremos hacer. Pero Jesús nos envió al mundo, hasta los confines de la tierra, y no puso límites, ni dijo que fuéramos solo allí donde sabíamos que nos iban a escuchar.
El Papa Francisco nos lo ha estado repitiendo, como se suele decir, por activa y por pasiva, cómo tenemos que salir a las periferias, o sea tenemos que salir de nuestros lugares de siempre para llevar ese anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo. Por muchas cosas que digamos, por muchos planes pastorales que nos hagamos, seguimos encerrados en hacer lo de siempre y el evangelio tiene que oírse con otra voz, y tiene que llegar a todos, y por todos tiene que hacerse entender.
Gastamos muchas energías hacia dentro y nos falta el impulso para ir de verdad a los de fuera. Repetimos una y otra vez las mismas cosas a los que tenemos siempre dentro de nuestras comunidades, pero no hemos encontrado la forma para saber ir a los que están más lejos y nunca vienen. Un nuevo coraje y un nuevo ardor nos faltan en el corazón. Dejemos que el Espíritu del Señor se meta dentro de nosotros y nos revuelve para hacernos despertar.


jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

‘Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

lunes, 13 de agosto de 2012

La riqueza de la Palabra de Dios nos inunda de sabiduría divina

La riqueza de la Palabra de Dios nos inunda de sabiduría divina

Ez. 1, 2-5.24- 2, 1; Sal. 148; Mt. 17, 21-26

Como en un abanico desplegado nos aparecen diversos temas o pensamientos en la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Es la riqueza de la Palabra del Señor que nos inunda siempre de sabiduría divina para hacernos penetrar más y más en el misterio de Dios y para iluminarnos en ese camino que llenos de fe y de amor hemos de hacer cada día.

Por eso con cuánta atención hemos de escuchar, acoger en nuestro corazón la Palabra que el Señor quiere dirigirnos cada día cuando venimos a El en nuestra celebración. Si le prestáramos atención y fuéramos en verdad sembrando esa semilla divina en nuestro corazón veríamos cómo iríamos avanzando en nuestra vida espiritual que va a repercutir en gran manera en nuestra forma de vivir, pero también en nuestra relación con los demás para ir haciendo cada día nuestro mundo mejor.

Nada tiene desperdicio en la Palabra del Señor que cada día se nos proclama. Tenemos la tentación algunas veces de pensar en una primera lectura o escucha que hagamos de la Palabra, bueno, hoy es de poca importancia, o pocas son las cosas que puede enseñarnos; cuán equivocados estamos porque Dios en la riqueza de su sabiduría divina siempre tiene mucho que regalarnos. Así es su amor.

En la primera lectura comenzamos a leer al profeta Ezequiel. Era un sacerdote pero que no pudo ejercer en el templo de Jerusalén pues fue llevado al destierro y la cautividad y allí fue profeta para el pueblo que lejos de su tierra necesitaba escuchar fuertemente esa Palabra de Dios que le mantuviese fiel a la Alianza. Lo iremos escuchando en los próximos días, salvo en los que haya alguna celebración especial.

Hoy comienza haciéndonos una descripción maravillosa de la gloria del cielo. Aparte de ser pueblo que en sus expresiones utiliza la belleza de ricas imágenes y descripciones también la situación de cautividad en que vivían necesitaba de manifestaciones gloriosas tal como nos describe el profeta que les alentasen para sentir la presencia del Señor con ellos aunque les pareciera que andaban como abandonados de Dios en su cautividad. Iremos escuchando en los próximos días la presentación de ricas imágenes que ofrece el profeta que ayudaron a aquel pueblo en los momentos concretos y difíciles que Vivian y nos sirven también de ayuda para sentir esa presencia del Señor junto a nosotros. Se manifiesta la gloria del Señor que todo lo envuelve con su presencia de amor.

En el evangelio nos aparecen dos cosas: por una parte el anuncio que una vez más Jesús hace de su pasión y de su pascua. ‘Al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día’. El evangelista dice que ellos no entendían. Cuánto cuesta oír hablar de pasión y de muerte, de entrega y de sacrificio. Nos viene bien recordarlo continuamente nosotros también. Que no olvidemos que cada vez que celebramos la Eucaristía estamos anunciando y proclamando la pascua del Señor.

Finalmente un hecho que nos puede parecer anecdótico, pero que no lo es tanto. Le preguntan a Pedro si Jesús no paga las dos dracmas que había que pagar al templo. Vemos la respuesta y el actuar de Jesús, en ese detalle de la pesca de aquel pez que tenía la moneda de plata y que sirvió para pagar el impuesto tanto de Jesús como de Pedro.

Pero, ¿nos quedamos ahí? Creo que hay un mensaje. Jesús como hombre perteneciente a aquel pueblo concreto en el que vivía, aunque como Hijo de Dios podíamos decir que estaba por encima de todo, sin embargo quiere contribuir como un ciudadano más en aquellos medios materiales o económicos para el sostenimiento ya fuera del templo como de todo lo que era actividad de aquella sociedad.

Un detalle que nos recuerda y enseña muchas cosas. Nuestra responsabilidad con la sociedad en la que vivimos y la contribución que cada uno ha de hacer para la solución de sus problemas. No vale cruzarse de brazos para que otros hagan o mirar para otro lado como si esa responsabilidad no fuera con nosotros. Hay unas obligaciones de índole social que no podemos eludir porque estaríamos dejando de lado nuestra responsabilidad. Creo que en momentos como los que vivimos todo esto tendría que hacernos pensar, aunque necesitaríamos reflexionas más amplias. No somos ajenos a la sociedad en la que vivimos.

sábado, 1 de mayo de 2010

Miramos a Jesús y conocemos a Dios

Hechos, 13, 44-52;
Sal. 97;
Jn. 14, 7-14

Todos queremos conocer a Dios, ver a Dios. Quizá nos hemos sorprendido a nosotros mismos en alguna ocasión poniendo imaginación para tratar de descubrir, de saber cómo es Dios. Digo imaginación que no tiene que ser necesariamente sueños imaginativos, sino ponernos a pensar, a reflexionar y sentimos ese hondo deseo dentro de nosotros.
Somos personas en las que los sentidos actúan fuertemente en nosotros y por eso queremos ver, queremos palpar, queremos oír con nuestros oídos y sentidos. De ahí surgirán muchas veces esas imágenes que nos hacemos de Dios y los que llevan el arte, por así decirlo en la sangre, tratarán de plasmarlo de mil maneras.
Pero ¿cómo podemos conocer a Dios? Quizá es más sencillo que toda esa imaginación porque realmente tenemos quien nos puede descubrir de verdad cómo es Dios. Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que Dios nos dice de sí mismo; viéndolo a El, como escuchamos hoy en el evangelio, vemos al Padre.
‘Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre, nos dice hoy Jesús. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero los discípulos no terminan de comprender. Felipe le replica y le pide: ‘Muéstranos al Padre, y nos basta’. Es cuando Jesús le dice que viéndole a El – y cuanto tiempo llevan con Jesús y aún no le conocen – es suficiente. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’.
Miramos a Jesús y podemos conocer a Dios. Revelación de Dios, Palabra de Dios, ya lo hemos dicho. Miramos a Jesús y conocemos el amor que Dios nos tiene y podemos llegar a decir con san Juan en sus cartas: ‘Dios es amor’. Miramos a Jesús. y sabemos lo que es la misericordia, la compasión, el perdón. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como ya habíamos escuchado en el Antiguo Testamento, pero que también en la cruz escuchamos a Jesús: ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’
Así podíamos seguir mirando a Jesús y conociendo más y más el rostro misericordioso de Dios ‘Imagen de Dios invisible y Primogénito de toda criatura’, que nos enseña san Pablo en sus cartas. Pero es que Jesús es el único que puede darnos a conocer a Dios. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo y el Padre somos uno… yo estoy en el Padre y el Padre en mí…’
‘Muéstranos al Padre…’ seguimos pidiendo a Jesús porque sabemos que como nos dice ‘nadie va al Padre sino por mí’. Que así busquemos cada día conocer más a Jesús, impregnarnos de su vida, dejarnos inundar por su Palabra. Ya no necesitaremos imaginaciones sino que viendo a Jesús veremos a Dios, llenándonos de Jesús nos llenamos e inundamos de Dios.
Por eso además podemos tener la certeza de que somos escuchados, no sólo porque El nos ha enseñado a orar, sino porque además sabemos que lo que pidamos en el nombre de Jesús lo alcanzaremos. Por eso hemos de decir siempre ‘por Jesucristo, nuestro Señor’.

jueves, 23 de julio de 2009

¿Por qué les hablas en parábolas?

Ex. 19, 1-2.9-11.16-20
Sal. Dn. 3
Mt. 13, 1-17


‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Acudió tanta gente, que tuvo que subirse a una barca, se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas…’
Comienzo esta reflexión haciendo referencia al texto que la liturgia nos ofrecía el día de ayer, pero que al celebrar a Santa María Magdalena no pudimos proclamar. Para no perder la continuidad de la Palabra proclamada cada día y siendo además que el texto de hoy hace referencia al citado, es por lo que unimos los textos de los dos días en nuestro comentario.
Hoy precisamente comienza diciéndonos que ‘al llegar a casa se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ ¿Por qué habla Jesús en parábolas? La gente del entorno del pueblo de Israel y cuanto más al oriente con más intensidad son muy dados a hablar con un lenguaje muy lleno de imágenes, ejemplos y comparaciones. Es el estilo, incluso pedagógico, que emplea Jesús: las parábolas.
Pero igualmente podemos pensar que en el mundo en el que vivimos es el mundo de las imágenes. Todo está lleno de imágenes y todo se expresa con imágenes. Pensemos en todos los medio audiovisuales que hoy se utilizan; pensemos igualmente en la publicidad, por ejemplo. Imágenes que tienen su propia lectura para descubrir o descifrar su significado, que va más allá de lo que es la imagen en sí misma, porque lo que hace es sugerirnos mensajes, ideas, etc.
Eso son en cierto modo las parábolas: una historia rica en imágenes, una comparación o un ejemplo que se nos pone y que tenemos que saber leer para descubrir su mensaje. La misma parábola que hoy Jesús nos ha propuesto es algo más que hablarnos de un sembrar que echa la semilla a boleo para que caiga donde caiga. No toda la semilla dará igual fruto, porque alguna caerá en terrenos nos apropiados para que pueda germinar. Pero eso quiere decirnos algo más que simplemente hablarnos de un sembrador. Es por eso por lo que es una parábola que nos quiere trasmitir un mensaje. Mañana entraremos en comentario más hondo a esta parábola porque se la escucharemos explicar a Cristo mismo.
Pero la pregunta de los discípulos era ‘¿por qué les hablas en parábolas?’ ¿por qué a la gente le habla en parábolas mientras a ellos les explica las cosas de otra manera. Y ahí viene la respuesta de Jesús que nos puede parecer un tanto enigmática. ‘Porque ellos miran sin ver y escuchan sin oír ni entender…’ Y el evangelista recuerda una profecía de Isaías que dice semejantes palabras.
Hay muchos que no quieren oír ni entender; muchos que no quieren ver; muchos a los que se les cierra el corazón para no dejar que la gracia de Dios llegue hasta ellos. Están contentos como están que no sienten ninguna ilusión porque la cosas sean de forma distinta; mejor entonces no oír, ni ver. Nos pasa muchas veces.
Es cuestión de gracia de Dios el poder escuchar su Palabra y su mensaje. Y de una cosa podemos estar seguros: la gracia de Dios no nos faltará nunca. Somos nosotros los que no nos dejamos conducir ni guiar por esa gracia.
‘Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. Dichosos los discípulos que pudieron oír de viva voz la palabra de Jesús. Cuánta envidia sentimos a veces de los discípulos que estuvieron en contacto directo con Jesús. Pero Jesús nos está llamando dichosos a nosotros también, los que cada día tenemos la oportunidad de escuchar su palabra, de dejar que su semilla cada día se siempre en nosotros. Es una gracia del Señor que tenemos que saber agradecer. Una gracia del Señor que tenemos que saber aprovechar.