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domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

 


Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Algunas veces nos encontramos con personas que nos parecen extraordinarias por sus valores reflejados en posturas o en actuaciones valientes en la vida que aunque parezcan ir a contracorriente de lo que habitualmente vivimos sin embargo nos llaman la atención, pero es que además descubrimos que en esas personas hay como una hondura espiritual que crean en ellas un algo muy especial y con quien ciertamente aunque sus posturas o su actuar sean un interrogante en nuestra vida, sin embargo parece que trasmiten una paz que nos hace sentirnos bien. En algunos sitios y en expresiones muy coloquiales se suele decir que estas personas tienen un ángel. Solemos decir algunas veces que nos encontramos Ángeles en nuestra vida caminando a nuestro lado.

¿Creemos en los ángeles? Quizá cuando nos encontramos personas así, tan espirituales, parece que nos inducen de verdad a creer en los ángeles. Es lo que hoy y el próximo 2 de octubre con la liturgia de la Iglesia celebramos. Hoy de manera especial hacemos memoria de los arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.  Hay una referencia especial a ellos en la Biblia y en especial en el Evangelio para san Miguel y san Gabriel, y san Rafael en el Antiguo Testamento en el Libro de Tobías.

Hoy mismo hemos escuchado en el texto del evangelio que se nos ofrece – el encuentro de Natanael con Jesús a pesar de sus reticencias cuando Felipe le habla de Jesús – que ‘veremos el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. Ya en muchos momentos del evangelio aparece la figura de los ángeles; no solo es el ángel Gabriel el que primero anuncia a Zacarías el Nacimiento del Precursor del Mesías sino también a María que de ella va a nacer el Hijo de Dios.

Serán los ángeles los que cantan la gloria de Dios en su nacimiento anunciando a los pastores que en la ciudad de David les ha nacido un salvador. Serán los ángeles que sirven a Jesús después que el ángel tentador lo haya abandonado en el monte de la cuarentena.  En el momento del inicio de la pasión en Getsemaní será el ángel del Señor el que acompañe a Jesús como consuelo. Más tarde serán los ángeles los encargados de anunciar a las mujeres que no busquen entre los muertos al que ha resucitado. Y como anuncia Jesús serán enviados los Ángeles a los cuatro vientos para reunir a los elegidos y acompañarán al Hijo del Hombre en su venida definitiva con gran poder y gloria, como los ángeles de los niños inocentes estarán contemplando en el cielo el rostro de Dios.

Son los ángeles de Dios que también están junto a nosotros en el camino de la vida inspirándonos lo bueno y haciéndonos sentir la presencia de Dios. Eso lo celebraremos con más intensidad el dos de octubre cuando celebremos los santos ángeles custodios. Pero eso no impide que hoy nos unamos a la liturgia celestial para cantar con los ángeles y con los arcángeles y con todos los coros celestiales la gloria del Señor como lo hacemos en nuestra liturgia de cada día en la celebración de la Eucaristía. Del cánticos de los ángeles en el nacimiento de Jesús tomamos prestadas sus palabras – ‘gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama’ - para entonar también el cántico de gloria y de alabanza cuando iniciamos la Eucaristía. Y deseamos que por mano de su ángel sea presentada nuestra ofrenda en el cielo para que así sea siempre todo para honor y gloria del Señor.

Pero como decíamos al principio debemos tener ojos de fe, ojos limpios de malicia, para descubrir a esos ángeles que Dios pone a nuestro lado en el camino de la vida en esas personas buenas, que con sus valores y también con la profundidad de sus vidas quieren elevarnos a nosotros a que descubramos metas más altas, caminos más grandiosos. Tenemos que dar gracias a Dios porque pone tantas personas buenas a nuestro lado que nos estimulan y nos impulsan a que vivamos una vida distinta, a que arranquemos de nosotros toda malicia, a que llenemos nuestra existencia de una verdadera espiritualidad.

Ojalá seamos capaces de ver ese cielo abierto con esos Ángeles significados en tantas personas buenas que a nuestro lado elevan nuestro espíritu y nos hacen gozar también de la gloria y la presencia del Señor.

sábado, 2 de octubre de 2021

No olvidemos a los santos Ángeles que nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y nos inspiran y protegen ayudándonos a arrancarnos del camino del mal

 


No olvidemos a los santos Ángeles que nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y nos inspiran y protegen ayudándonos a arrancarnos del camino del mal

Baruc 4, 5-12. 27-29; Sal 68; Mateo 18, 1-5. 10

‘He aquí que voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado’. Así le promete Dios a Moisés y al pueblo elegido para el camino que van a emprender rumbo a la tierra prometida. Con ellos irá el ángel del Señor. O lo que es lo mismo, ellos van a sentir la presencia de Dios en su camino a través del desierto, aunque no siempre sean fieles y conscientes de esa presencia de Dios. O podemos recordar también aquello otro que rezamos con los salmos: ‘Tú que habitas al amparo del Altísimo... No se te acercará la desgracia.... porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos: te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra...’

He tomado estas palabras del Antiguo Testamento, como hubiera podido escoger otras también del Nuevo Testamento para expresar el significado de la fiesta que hoy celebramos, los Santos Ángeles Custodios. Si hace unos día celebrábamos en especial la fiesta de los santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel, hoy la Iglesia en su nos invita a tener este recuerdo y celebración de los ángeles que Dios ha puesto en el camino de nuestra vida para hacernos sentir su presencia y su gracia.

En el texto del evangelio que hoy se nos ofrece al hablarnos de la acogida de los niños y de los pequeños, Jesús nos dice que sus ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios. El Arcángel san Rafael le decía a Tobías que él estaba en la presencia de Dios y que su misión era presentar las oraciones de los santos ante el trono de Dios.

Protectores e intercesores nuestros, así podemos contemplarlos porque hacen el camino junto a nosotros para ser esa inspiración de Dios que nos ayude a encontrar el verdadero camino pero también para librarnos de nuestras caídas, para protegernos frente a los peligros. ¿Quién si no es el que nos hace sentir esa inspiración para lo bueno allá en lo secreto del corazón?

Cuántas veces nos hemos visto en algún peligro y no sabemos bien como hemos salido ilesos de aquella situación ¿por qué no pensar en esa protección de nuestro ángel custodio que nos hace ver quizás en lo que nos parece el ultimo momento ese peligro en que nos encontrábamos y nos hace tomar la decisión acertada para vernos liberados de ese mal que nos acechaba? Lo sentimos en muchas situaciones de la vida, pero lo sentimos allá en nuestro interior cuando somos capaces de vencer la tentación, alejarnos de aquella situación que nos podría llevar a hacer el mal.


Desgraciadamente en nuestro mundo moderno van desapareciendo de nuestras casas las imágenes religiosas, los signos de lo sagrado que siempre habíamos tenido como centro de nuestros hogares, como un signo de la protección y de la presencia del Señor. Pero los mayores recordamos aquellos cuadros que nuestras madres o nuestras abuelas tenían sobre las cabeceras de sus camas ya fuera con una representación de la Virgen del Carmen y las almas del purgatorio o cualquier otra imagen de la Virgen de nuestra especial devoción - eran imágenes muy habituales – como tampoco se aparta de mi retina el cuadro del Santo Ángel de la Guarda que protegía a unos niños de los peligros de la vida. Bien surgían así nuestras oraciones a la hora de dormirnos pidiendo a los santos Ángeles que estaban en las esquinas de nuestra cama que nos protegieran y velaran por nosotros durante nuestro sueño.

Creo que son cosas que tenemos que recordar y rescatar aunque ahora lo hagamos de otra manera más conforme a la mentalidad de nuestro nuevo tiempo, pero que un creyente nunca puede olvidar esa presencia del Señor en su vida y que con sus santos ángeles nos protege y nos inspira los caminos del bien. No podemos dejar pasar desapercibida esa fiesta de los santos Ángeles Custodios, porque es aprender a sentir y vivir esa presencia de Dios en nuestra vida.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

 


Santos Arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel que nos hacen sentir esa presencia de Dios en nuestra vida trayéndonos un mensaje de salud y salvación

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Hoy celebramos la fiesta de los santos Arcángeles san Miguel, san Rafael y san Gabriel. Los mayores tenemos este día como si fuera únicamente de san Miguel, porque antes de la reforma del calendario romano después del Concilio Vaticano II, san Rafael se celebraba el 24 de octubre y san Gabriel la víspera de la Anunciación del Señor, el 14 de Marzo.

El Catecismo que estudiamos de niños nos decía que los ángeles son espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole siempre. Hoy precisamente en el evangelio Jesús nos habla de los ángeles que están en la presencia del Señor en el comentario que hace a Natanael que se siente admirado por la presencia de Dios en un momento determinado de su vida y le lleva a aquella hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Has de ver cosas mayores, le dice… En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’.

 En la liturgia, recogiendo el sentir del Apocalipsis y de algunos libros del Antiguo Testamento se nos habla de los coros de los Ángeles y de los Arcángeles, los coros celestiales que alaban y cantan la gloria del Señor. Dentro de pocos días celebraremos a los Santos Ángeles Custodios como esos Ángeles que Dios ha puesto a nuestro lado para inspirarnos el camino del bien y preservarnos de todo malo; ya hablaremos de ello.

Hoy celebramos a los Santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel, a quienes vemos en la Biblia con una muy concreta misión, como incluso el significado del mismo nombre indica. Mensajeros de Dios que nos traen la buena noticia o que nos acompañan en el camino de la vida para preservarnos del mal.

En concreto es habitual contemplar en nuestras iglesias o templos la imagen del Arcángel San Miguel en el cuadro de Ánimas del Purgatorio. Es la imagen que quizás los mayores mas recordamos como un intercesor o mediador para después de la purificación del purgatorio conducirnos a la presencia y gloria del Señor. Es por eso por lo que aparece casi siempre con esa imagen de la balanza en sus manos, signo de la justicia de Dios. Es el arcángel del que nos habla la Biblia algo así como capitán de las milicias y ejércitos celestiales – aunque la imagen aparezca un tanto guerrera – frente a la rebelión de Lucifer, el llamado ángel de la luz.

Del Arcángel Rafael conocemos la historia de Tobías, donde él mismo se presenta como un ángel que está en la presencia de Dios y presentando las súplicas y las oraciones de los fieles. Se le verá como compañero de camino del joven Tobías y el que le inspirará tanto para elegir mujer, como para encontrar el remedio que curara la ceguera del anciano Tobías. Es algo así como medicina de Dios en la interpretación de los santos padres de la Iglesia nos han hecho a través de los tiempos.

Y del Arcángel Gabriel nos habla el evangelio, como del ángel que viene de parte de Dios para anunciarle al anciano Zacarías el nacimiento de un hijo y de cuál sería su misión, como luego quien vendrá hasta la doncella de Nazaret para anunciarle que iba a ser la madre del Señor. Mensajero de la Buena Noticia, primer mensajero del Evangelio que viene de parte de Dios para hacer el anuncio a María.

Brevemente hemos hecho una referencia a los tres arcángeles que en este día celebramos pero que viene a ayudarnos a la comprensión del significado de los ángeles en nuestra vida. Como decíamos, espíritus puros que están en la presencia de Dios, enviados y mensajeros de Dios que nos acompañan en el camino de nuestra vida para hacernos sentir la presencia del Señor. Recordemos como en el Antiguo Testamento normalmente cuando se habla de la presencia de Dios junto a los grandes patriarcas, los jueces de Israel e incluso a los profetas, se habla de cómo se manifestó el ángel del Señor que era una forma de hablar de la presencia de Dios.

Esa presencia de Dios que nosotros podemos sentir en nuestra vida cuando sentimos la inspiración para el bien o para alejarnos del mal. El ángel del Señor que nos acompaña, que nos inspira, que nos hace presente la gracia y la fuerza del Señor para liberarnos del mal. Ojalá sepamos dejarnos conducir esa inspiración buena que tantas veces sentimos en nuestro corazón y que casi no nos damos cuenta de donde nos viene, quien nos inspiró aquella cosa buena, quién se puso junto a nosotros como un escudo protector frente a ese mal o peligro que nos acechaba.

Pensemos, sí, en los Ángeles del Señor, en sus santos Arcángeles que hoy celebramos, en su protección que nos hacen presente y nos hacen sentir la presencia de Dios en nuestra vida y como decimos con los salmos delante de los ángeles, juntos con los coros de los ángeles cantemos para el Señor.


viernes, 2 de octubre de 2020

Sintamos la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda y dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro

 


Sintamos la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda y dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10

Ya hoy en nuestras casas escasean cada vez más los signos religiosos, como aquellos cuadros de la Virgen, del Señor o de los santos de nuestra devoción. Entre ellos no solía faltar el cuadro del Ángel de la Guarda. Aun mantengo en la retina de mi mente el cuadro del Ángel de la Guarda que mi madre tenia sobre la cama en su dormitorio; un ángel que extendía su mano para tomar la del niño que se encontraba en peligro de caer por lo que quería ser como el inicio de un precipicio.

Esa imagen nos acompañó en nuestra niñez junto con aquellas oraciones que aprendimos de pequeños y que hablaban de los Ángeles que nos guardaban dn cada una de las esquinas de nuestra cunita.  Quizá infantilizamos demasiado la imagen por lo que fácilmente en la medida que dejábamos atrás nuestras cosas de niño quizá se fueron cayendo también de nuestra vida esos signos religiosos.

Pero la existencia de los Ángeles que junto a nosotros están en el camino de nuestra vida y nos libran de peligros e inspiran tantas cosas buenas que tendríamos que hacer, forma parte también de nuestra fe. La Biblia repetidamente nos habla de los ángeles y no los podemos reducir a meros mitos, sino que tenemos que aprender a descubrir toda la riqueza espiritual que significa en nuestra vida esa presencia de los Ángeles que nos protegen y nos hacen sentir a Dios. Espíritus puros nos los definía el catecismo que están en la presencia de Dios para alabarle y que inspiran también la alabanza que nosotros hemos de cantar a la gloria del Señor.

No vamos a hacer ahora un repaso de esos momentos de la presencia de los Ángeles de Dios junto a su pueblo y que lo protegían frente a los peligros, pero que en momentos de más extensa reflexión bien nos vendría pensar en ello. Los Ángeles de Dios que no dejarán que nuestro pie tropiece en ninguna piedra, recogiendo incluso las palabras del tentador a Jesús pero que viene a reflejar lo que anteriormente en la Biblia ya se había dicho y repetido en los salmos, por ejemplo.

Cuando somos capaces de recuperar todo el sentido espiritual que tiene nuestra vida – algo que hoy nos cuesta tanto con el materialismo tan exacerbado en que vivimos – podremos sentir esa presencia espiritual junto a nosotros y seguramente habremos tenido la experiencia de la que quizá no nos atrevemos a hablar de esa mano llamemos invisible que nos sacó en un momento determinado de un peligro, o ese soplo divino que sentimos en nuestro interior inspirándonos algo bueno que teníamos que realizar o un pensamiento e impulso interior que nos elevaba y nos hacía sentir como en otro espacio o en otra dimensión. ¿Por qué no pensar en esa inspiración de nuestro ángel, esa protección que sobre nosotros estaba ejerciendo y nos hacía sentirnos de manera distinta?

Necesitamos de nuevo imágenes como a las que hacíamos referencia al principio, quitándole quizá toda esa expresión tan infantiloide de la que estaban demasiado recargadas, pero si ese signo religioso y espiritual que nos recuerde esa otra dimensión de nuestra vida que de verdad nos eleve y nos transporte a la presencia del Señor. Si los ángeles como decíamos están siempre en la presencia de Dios, esa presencia del Ángel de la Guarda a nuestro lado en nuestra vida nos estará recordando y haciendo sentir también esa presencia de Dios junto a nosotros. Y cuánto lo necesitamos.

Cuanto nos ayudaría para hacer más vivo nuestro encuentro con el Señor en la oración. Si en la fiesta de los arcángeles recordábamos lo que le decía el arcángel Rafael a Tobías que su oración había sido escuchada por el Señor porque eran presentadas ante el trono de Dios por manos de los ángeles, bueno es que lo recordemos al comienzo de nuestra oración y así nos sirva de inspiración. Ya en la liturgia lo repetimos en cada celebración de la Eucaristía que nos unimos a los coros de los Ángeles en nuestro cántico de alabanza a Dios.

Sintamos, pues, la protección de nuestro santo Ángel de la Guarda, como hoy estamos celebrando; dejémonos conducir por su inspiración por los caminos del bien apartándonos de todo peligro y de toda tentación, y junto con nuestro ángel que está cara a cara con Dios, como dice hoy Jesús de los Ángeles que protegen a los niños, cantemos también nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Dios.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Cuando deseamos en esta navidad que Cristo nazca en nuestro corazón es porque estamos queriendo ser capaces de poner a todo hombre, a todo hermano en nuestro corazón

Cuando deseamos en esta navidad que Cristo nazca en nuestro corazón es porque estamos queriendo ser capaces de poner a todo hombre, a todo hermano en nuestro corazón

Lc. 2, 1-20; Jn. 1, 1-18
Anuncios de paz que llenan de alegría escuchamos en esta noche. La sorpresa en medio de una noche oscura aunque sea entre resplandores celestiales deja aturdidos a los que la reciben. Será la primera impresión que sientan aquellos pastores que en la placidez de la noche y sin sobresaltos hasta el momento cuidan sus rebaños. Pero los resplandores celestiales los despiertan, las voces angélicas los sobresaltan, pero las palabras que escuchan son una invitación a la paz y a la alegría.
‘No temáis…’ son las primeras palabras de los ángeles. No era para menos el llenarse de temor ante el sobresalto que significa aquella aparición. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo’, continúa el mensaje angélico. ‘Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. La noticia era buena y era grande; será motivo de gran alegría para todos, y no solo los que esa noche la reciben, sino que a través de los siglos será la Buena Nueva que seguimos recibiendo y es motivo de gran alegría para todos. Igual seguimos haciendo fiesta por esa gran noticia.
‘Ha llegado la plenitud de los tiempos y nacido de una mujer… ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres’. La noticia que están escuchando aquellos pastores que abren sus ojos somnolientos en medio de la noche significa que las promesas se han cumplido. Ha aparecido la salvación, ha llegado el Mesías, es el Señor que ha visitado a su pueblo para derramar su misericordia y su salvación sobre todos los hombres.
Los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian la paz para todos los hombres porque son amados de Dios, para siempre se va a manifestar ese amor de Dios por la humanidad. ‘Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor’, resuena fuerte el cántico de los ángeles que se extiende como un eco por todos aquellos campos de Belén y aun seguimos escuchándolo hoy.
Se alegran los pastores y se aderezan para ir corriendo a la ciudad de David para contemplar lo que se les ha anunciado y nos seguimos alegrando nosotros. Por eso, esta noche es tan especial, este día es tan grande, todos tenemos que hacer fiesta y nos llenamos de alegría. Buscamos mil maneras de celebrarlo y queremos hacer posible esa paz que nos trae el amor de Dios en medio de toda nuestra humanidad.
Ha llegado el Salvador, el que nos va a redimir de nuestro mal y nuestro pecado para vencer para siempre la muerte. ‘No temáis...' seguimos escuchando porque se manifiesta el amor, porque nos llega la paz, porque va a renacer un hombre nuevo, porque en verdad podemos hacer una tierra nueva y sentir un cielo nuevo. ‘No temáis’, porque ese recién nacido que vemos entre pajas – así lo encontraron los pastores como les habían dicho los Ángeles, ‘envuelto en pañales y recostado entre las pajas de un pesebre’ – es nuestro Salvador que nos trae el amor y la misericordia del Señor.
La humildad de aquel pesebre en que está recostado el Niño nos está dejando una gran lección. Siendo Dios se hizo hombre y se hizo el último de todos para servirnos a todos. Es el camino nuevo que dará sentido a una nueva humanidad. Es el camino del amor y es el camino de la humildad, es el camino del que sabe hacerse el último y el servidor de todos porque esa será la grandeza del hombre nuevo que en Jesús ha de nacer.
No es el que viene desde arriba y desde un estadio superior se pone a decirnos como tenemos que hacer, sino que es el que se abaja y se hace el ultimo y lavando los pies a los demás nos está señalando con su propio hacer ese camino nuevo que tenemos que emprender.
Hoy es un día en que sentimos la tentación de decirnos bonitas palabras y expresarnos hermosos y buenos deseos los unos de los otros. Pero no son bonitas palabras y deseos lo que necesitamos sino ese compromiso serio de hacer que de verdad nos amemos, que no solo un día en el año nos encontremos las familias y los amigos sino que tenemos que aprender que la familia se construye día a día, que el encuentro de amistad no solo para ocasiones especiales sino que cada día tenemos que buscarnos para caminar juntos, sentirnos solidarios los unos con los otros y abrir nuestro corazón para que siempre todos puedan caber en él.
Sí, en este día nos felicitamos y eso está muy bien porque nos felicitamos porque Jesús ha nacido y nos trae la salvación y eso es gran motivo para que compartamos nuestra alegría haciendo felices a los demás. Pero creo que cuando hoy nos felicitemos de alguna manera le estemos diciendo al otro ‘te felicito, te deseo la felicidad porque te quiero llevar siempre en mi corazón’. Sí, tenemos que aprender a llevarnos en el corazón los unos a los otros porque eso significa que nos amamos y siempre procuraremos lo mejor mutuamente.
Hemos dicho muchas veces que deseamos que en Navidad Cristo nazca en nuestro corazón. Es cierto y tenemos que desearlo de verdad. Pero Cristo nacerá en nuestro corazón de verdad cuando seamos capaces de poner al hermano, a todo hermano en nuestro corazón. Así estaremos dándole cabida a Dios en nuestra vida y será auténtica Navidad. 

lunes, 2 de octubre de 2017

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10
‘A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en sus caminos’. Quizá en principio estas palabras simplemente nos recuerden los argumentos con que el diablo tentaba a Jesús cuando le pedía que se tirara del pináculo del templo abajo porque nada le pasaría. No olvidemos que el tentador estaba tratando de argumentarle con palabras propias de la Escritura. Ya lo hemos de tener en cuenta en las tentaciones que sufrimos que nos vienen envueltas en apariencias de bien, lo decimos como en un paréntesis pero que también es importante. Pero siguiendo con lo que comentamos esas palabras es con las que Dios prometía acompañar a Moisés y su pueblo en el camino del desierto hacia la tierra prometida.
Pero bien podemos recordar estas palabras, como lo hace la liturgia de este día en que celebramos a los santos Ángeles Custodios, como el signo y la señal de que Dios nos acompaña en nuestro caminar y para eso junto a nosotros el ángel del Señor nos recuerda esa presencia divina.
Los que somos mayores recordamos como nos enseñaban desde pequeños a rezar en la noche invocando la presencia del ángel custodio que velaba nuestro sueño. No sé si hoy se enseñará algo de eso a nuestros niños, pero creo que es algo que no podemos dejar de lado. Dios ha querido hacernos sentir su presencia, su gracia y su fuerza con el santo ángel que acompaña nuestra vida. Nos inspira lo bueno, nos recuerda lo malo de lo que hemos de apartarnos, nos impulsa al bien; allá en lo hondo de nuestra conciencia lo sentimos si tenemos la mínima sensibilidad espiritual.
Ya sé que a las gentes de nuestro tiempo le gusta más pensar en las buenas ‘vibras’ que podamos tener, o  no sé cuantas cosas nos inventamos para decir que estamos o no estamos en buena onda. Quizá hasta nos podamos atrever a hablar del espíritu de nuestros muertos que está ahí en el aire o no sé donde para acompañarnos o recordarnos cosas. Unos espiritismos que no sé de donde aparecen pero que tienen ciertos resabios paganos bien ajenos a lo que tendría que ser nuestro sentir cristiano.
Cuanto nos cuesta tener una verdadera espiritualidad que hunda de verdad sus raíces en Dios al que tenemos que saber buscar y que quiere hacerse presente en nosotros y en nuestra vida para ser nuestra verdadera fuerza para nuestro caminar. Recientemente hemos comentado cómo, en la Escritura nos aparece repetidas veces, Dios se hace presente junto a los hombres en el ángel del Señor que se les manifiesta. Algo de eso decíamos en la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Dios se hace presente en nosotros por medio de sus ángeles.
Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos Ángeles Custodios. ‘El ángel del Señor acampa junto a sus fieles y los protege’, rezamos en los salmos. O podemos recordar aquel ángel con un incensario de oro que estaba junto al altar, como nos dice el Apocalipsis, para que junto al humo aromatizado de aquel incensario subieran por mano de su ángel las oraciones de los santos. De ello le hablaba también el arcángel Rafael a Tobías, diciéndole que su misión era presentar ante el trono de Dios sus oraciones.
Son los Ángeles de Dios que nos protegen, que nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de tantos peligros en la vida. Casualidades decimos en ocasiones sobre cosas que nos suceden, suerte o como dicen ahora buena ‘vibra’, el azar o no sé que cosas podemos pensar, pero ¿por qué no pensar en el ángel del Señor que custodia nuestra vida y nos trae la gracia del Señor? Ellos que están siempre contemplando el rostro de Dios nos hacen brillar la luz del rostro divino sobre nosotros para protegernos de mal. No infantilicemos la imagen del ángel custodio, porque no solo en nuestra niñez sino en toda nuestra vida está siempre acompañándonos. 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Una buena noticia de luz y de alegría: nace Dios

Is. 9, 1-3.5-6; Sal. 95; Tito, 2, 11-14; Lc. 2, 1-14
‘Oh Dios que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera…’ Así comenzaba la oración de la liturgia de esta noche santa. Todo brilla lleno del esplendor de la luz de Cristo. En medio de la oscuridad de la noche, que nos habla de muchas oscuridades, el ángel del Señor se presentó a unos pastores que estaban en los alrededores de Belén guardando sus rebaños para anunciarles una Buena Nueva ‘y la gloria del Seños los envolvió con su claridad’.
‘No temáis, les dice anunciando la paz, os traigo una buena noticia - es un evangelio lo que anuncia -, una gran alegría para todo el pueblo, - siempre el evangelio es una buena noticia que llena de alegría y si no fuera así no sería verdadero evangelio -  hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: en Mesías, el Señor…’
La noche de Belén se transformó; las tinieblas se disipan, los sufrimientos y las penas se mitigan, las tristezas se transforman en alegría, porque las promesas se cumplen. Por eso con todo sentido podíamos escuchar al profeta para recordar sus anuncios. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… una luz les brilló…’ todos se llenan de alegría como los segadores se gozan al recoger sus cosechas, les dice el profeta. ‘Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado’.
Es la alegría grande que nosotros en esta noche también vivimos. Todo es fiesta y alegría en esta noche santa en que celebramos el nacimiento del Señor. Nos sentimos iluminados, arrancados de las tinieblas, nos ha llegado el Salvador, Dios está con nosotros porque tenemos al hijo nacido de la virgen, tenemos al Emmanuel anunciado por los profetas. Pero tiene que ser una alegría que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos porque nos sentimos de verdad iluminados y arrancados de las tinieblas. Por fuera manifestaremos también esa alegría con nuestros cantos y nuestras mutuas felicitaciones, pero tiene que ser algo que sintamos en lo más hondo de nosotros mismos.
Somos conscientes de cuantas tinieblas envuelven nuestra vida y nuestro mundo. Cuántas tristezas y oscuridades, cuánto sufrimiento y cuantas soledades nos envuelven. Contemplamos excesivas violencias y egoísmos en nuestro entorno; sentimos el dolor de tanta gente se encuentra como desorientada y sin rumbo en la vida porque no tiene fe ni esperanza; nos desgarra el alma la mentira y la falsedad en que se hunden tantos llenando de vanidad y de hipocresía la vida; nos hacen saltar lagrimas del alma la insolidaridad de tantos, o el desencanto y desilusión que viven los que no tienen esperanza y llenan su vida de pesimismo y de depresiones; tantas tinieblas de dudas y de increencia, de desconfianza de todo y de todos, tinieblas de orgullos, envidias y lujuria con las que dejan envolver su vida. Son muchas las tinieblas y las oscuridades que también nos pueden tentar a nosotros.
Pero esta noche es una noche de esperanza, de luz, de vida, de amor. Sabemos que esas tinieblas pueden ser vencidas.  Ha nacido la luz, ha nacido Cristo, luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo; y aunque las tinieblas se resisten y no quieren aceptar esa luz, nosotros tenemos un mensaje que trasmitir, una luz con la que iluminar, porque nosotros queremos dejarnos iluminar esa luz llenando nuestra vida de paz, de amor, de vida y con ella queremos contagiar a los demás.
Los ángeles anunciaron a los pastores que estaban en las oscuridades de la noche en los campos de Belén para que fueran al encuentro de la luz, porque en la ciudad de David les había nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Ellos se dejaron envolver por aquella claridad y buscaron la luz verdadera y llegaron hasta Belén, llegaron hasta Jesús llenos de esperanza y de alegría.
A nosotros se nos ha hecho también ese anuncio de Luz en esta noche, pero nosotros ahora tenemos que ser como aquellos ángeles que resplandecientes de la luz de Dios llevemos ese anuncio a nuestro mundo. Las tinieblas no tienen la última palabra aunque se resistan a la luz. Ese mundo tan lleno de tinieblas se puede transformar. Hay una esperanza, es posible el amor, es posible la paz, es posible salirnos de nosotros mismos para vivir un nuevo sentido de solidaridad; es posible despojarnos de todas esas tinieblas; es posible transformar nuestro mundo.
Para eso ha nacido Jesús. Es la salvación que nos trae. Es la salvación que nosotros hemos de vivir dejándonos iluminar por su luz. Es la Buen Noticia que nosotros también tenemos que anunciar  a nuestro mundo.  Es navidad. Es el tiempo nuevo del amor y de la paz. Pero tiempo del amor, de la paz, de la fraternidad, de la solidaridad, de la justicia, de la verdad, pero no de un día sino para siempre que para eso ha venido Jesús.
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres,  enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos’, enseñándonos a renunciar a las tinieblas para vivir para siempre en la luz. Es lo que esta noche celebramos. Es lo que esta noche queremos vivir. No lo celebramos como algo pasado, sino como algo presente y vivo ahora en nuestra vida. Celebramos el nacimiento de Jesús sintiendo que Dios llega ahora a nuestra vida y nos pone en camino de luz, en camino de vida nueva, en camino de amor. Lo celebramos porque lo vivimos. Lo celebramos porque también nos sentimos capacitados para hacer ese anuncio.
Los ángeles fueron los primeros portadores del evangelio del nacimiento de Jesús. Ahora somos nosotros los portadores de ese Evangelio, de esa Buena Noticia que nuestro mundo necesita escuchar. Tienen que desaparecer las desesperanzas y las tinieblas que oprimen tantos corazones porque hay un camino que podemos recorrer, un camino de una vida nueva con el que podemos en verdad transformar nuestro mundo. El nacimiento de Jesús que estamos celebrando nos pone en camino de ello.

Que sea en verdad feliz navidad porque nos llenemos todos de su luz.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El ángel del Señor que nos inspira y nos protege liberándonos de todo mal

Ex. 23, 20-23, Sal. 90; Mt. 18, 1-5.10
Quiero arrancar de una experiencia humana que habremos vivido de una forma o de otra que es la experiencia de la amistad, la experiencia del amigo, con el que hemos tenido una gran amistad y confianza, al que hemos sentido cerca de nosotros en los momentos malos y en los momentos de alegría; un amigo que es para nosotros un estímulo en nuestras luchas que siempre tiene para nosotros la palabra justa de ánimo, de comprensión y que su mismo presencia nos ayuda a superarnos en medio de las dificultades en que nos hayamos podido encontrar y al que quisiéramos tener siempre cerca de nosotros; de alguna manera su presencia a nuestro lado es como nuestra fortaleza en medio de las vicisitudes de la vida. Alguna vez en relación a un amigo así decimos que es como un ángel para nosotros.
Pero de un amigo así, por muy bueno que sea, siempre su presencia será limitada, y habrá momentos en que deseemos tenerlo cerca, pero no nos es posible. Sin embargo quiero partir de esta experiencia que de alguna manera nos introduzca o nos ayude a descubrir lo que en verdad son los Santos Ángeles Custodios, cuya memoria o fiesta hoy estamos celebrando.
Los ángeles son esos espíritus puros que Dios pone a nuestro lado como signos de su presencia y que como mensajeros divinos nos inspiran a lo bueno, nos previenen allá en lo hondo de nuestra conciencia contra lo malo, nos protegen y nos ayudan en nuestros caminos alcanzándonos la gracia del Señor. Ellos sí estarán siempre a nuestro lado y nunca nos faltará su inspiración y protección.
‘Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos’, hemos repetido en el salmo, confesando así y reconociendo esa protección que Dios ha puesto a nuestro lado. Como escuchábamos en el libro del Éxodo ‘voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado’. Es el ángel del Señor que está a nuestro lado y nos protege, nos inspira en nuestro corazón todo lo bueno que hemos de realizar y sentir su presencia a nuestro lado nos hace sentirnos estimulados y fortalecidos con la gracia del Señor para alejarnos de lo malo y vernos liberados de todo peligro.
Podríamos recordar muchos textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento que nos hablan de esa acción de los ángeles a nuestro lado protegiéndonos de todo mal, como los hacía sentir el Señor junto a su pueblo en la historia de Israel. Recordamos en los Hechos de los Apóstoles como el ángel del Señor liberó a Pedro y los apóstoles de las cadenas de la cárcel impulsándolos a seguir con su tarea de seguir anunciando el mensaje de Jesús.
Y recordemos también lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Cuidado con despreciar a estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’. Y aquí podríamos recordar aquel texto del Apocalipsis que nos habla de los ángeles que en el cielo presentan nuestras oraciones ante Dios. ‘Vino un ángel, nos dice, con un incensario de oro, y se puso junto al altar. Le entregaron muchos perfumes, para que aromatizara las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro situado delante del trono. Por manos del ángel subió a la presencia de Dios el humo de los perfumes, junto con las oraciones de los santos’.
Recordamos cómo cuando el sacerdote Zacarías hacía la ofrenda del incienso en el templo apareció el ángel del Señor que le aseguraba que sus oraciones habían sido escuchadas por el Señor. Hermosa imagen, tanto la del Apocalipsis como la de Zacarías en el templo, que nos hace sentir la cercanía de Dios con la presencia de sus ángeles a nuestro lado con la seguridad de que nuestras oraciones son escuchadas por el Señor. Por eso en la plegaria eucarística primera ‘pedimos humildemente que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel para que… bendecidos por tu gracia tengamos también parte en la plenitud de tu reino’.
Los ángeles que están para siempre en la presencia de Dios en el cielo alabándole y bendiciéndole. Por eso nosotros en nuestra liturgia terrena nos unimos a la liturgia celestial, nos unimos a los ángeles y arcángeles que en el cielo están cantando la gloria del Señor, como cantamos siempre en el prefacio.

En la providencia amorosa de Dios, como decíamos en la oración litúrgica, el Señor ha querido enviar a sus ángeles junto a nosotros; por eso pedíamos ‘vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía’. Tengamos fe en esa presencia de los ángeles de Dios a nuestro lado; dejémonos guiar por esas inspiraciones que nos hacen allá en lo secreto de nuestro corazón, y con los ángeles alabemos siempre la gloria del Señor.

domingo, 26 de mayo de 2013

Adoración, alabanza y acción de gracias al Misterio santo de la Trinidad de Dios

Prov. 8, 22-31; Sal. 8; Rom. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15
‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?’ Sí, contemplemos las maravillas que hizo el Señor pero cantemos al mismo tiempo nuestra mejor alabanza a su santo nombre.
‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?’ Nos sentimos pequeños, nos sentimos sobrecogidos ante el poder y la grandeza del Señor, su inmensidad que todo lo llena y su sabiduría, cuando contemplamos la gloria del Señor. No terminamos de alabar lo suficiente la gloria del Señor. Hemos de detenernos a contemplar su gloria admirando sus maravillas. Decimos que somos creyentes pero no terminamos de reconocerle. Es el Señor; es el Dios todopoderoso creador de todas las cosas que todo lo llena con su inmensidad. Es el Señor, nuestro Dios que nos llena, nos envuelve y nos inunda con su presencia. ¡Con qué intensidad tiene que ser nuestra alabanza!
Pero ahí está la maravilla, es un Dios que nos ama y derrama su amor sobre toda la creación; un Dios que nos ama y nos inunda con su amor. Un Dios que a pesar de su inmensidad y su grandeza no lo contemplamos alejado de nosotros allá en la lejanía de los cielos, como sentado en su trono de gloria, sino que podemos sentirlo junto a nosotros, más aún podemos sentirlo dentro de nosotros porque en nosotros quiere poner su morada, convirtiéndonos en templo y morada de Dios. ¿No hay ahí motivos suficientes para que con toda nuestra vida y en todo momento cantemos nuestra acción de gracias al Señor?
Hoy contemplamos de manera especial y celebramos todo el misterio de Dios. Estamos celebrando el misterio de Dios en su Santísima Trinidad que solo podemos conocerlo y reconocerlo porque El así nos lo ha revelado. Una fiesta y una celebración muy especial que celebramos en este domingo primero después de haber concluido el recorrido de la Pascua. Y es que a través de todo el misterio pascual que hemos celebrado hemos ido contemplando todo ese misterio de amor de Dios que se nos revela.
Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. Damos gracias y damos gloria ‘a Dios Padre, todopoderoso y eterno que con su único Hijo y el Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una sola naturaleza’, como confesamos en el Credo y cantamos en el Prefacio de nuestra Acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias, siempre y en todo lugar’.
Lo creemos como lo confesamos en el Credo porque así quiso Dios revelársenos; damos gracias porque así ha querido hacernos partícipes de ese misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos postramos para adorar este Misterio santo de Dios. Doblamos nuestras rodillas y nos postramos desde lo más hondo del corazón, porque con toda nuestra vida queremos adorar a Dios reconociéndolo como el único Dios y Señor de nuestra vida y queremos para siempre cantar su gloria. ‘Confesamos nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible’ pero nos postramos en adoración y en alabanza para cantar con todas nuestras fuerzas la gloria del Señor.
Todo honor y toda gloria a Dios uno y trino; todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, en Jesucristo y con Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Así llegaremos al momento cumbre de nuestra celebración donde queremos hacer la más hermosa ofrenda de nuestra vida para la gloria y el honor del Señor por toda la eternidad.
Vivamos ese momento de nuestra Eucaristía con toda intensidad. Démosle hondo sentido a cada una de las oraciones y a cada uno de los momentos de nuestra celebración. Que porque cada vez que celebramos la Eucaristía repitamos las mismas palabras, no bajemos la intensidad y la vida que ponemos en ellas para alabar de todo corazón al Señor.
No es momento hoy para hacernos grandes reflexiones ni para ponernos a hacer explicaciones teológicas del misterio de Dios. Serían otros los momentos para la catequesis y para esa reflexión que nos ayude a conocer más y más nuestra fe, a profundizar en su conocimiento y reflexión para que podamos llegar a dar profunda razón de nuestra fe y nuestra esperanza. El año de la fe que estamos celebrando tendría que motivarnos a querer hacer esa profundización y reflexión y podría ser un buen compromiso de la celebración de este día.
Ahora es momento para el reconocimiento y la adoración; es momento para la alabanza y la acción de gracias; es el momento de proclamar bien alta nuestra fe que nos convierte en testigos en medio de nuestros hermanos; es el momento de la celebración, una celebración es cierto que nos lleve a la vida y al compromiso de vida.
Pero no nos podemos cansar de alabar y bendecir al Señor, de darle gracias y de postrarnos ante Dios en adoración. Convertimos demasiadas veces nuestras celebraciones en unos listados de peticiones al Señor como quien viene a despechar con el que puede resolverle sus muchos problemas, pero no llegamos a expresarle todo lo que es nuestro amor con nuestras palabras y nuestros cánticos de bendición y de alabanza.
Que todas las criaturas alaben a su Señor; con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales queremos cantar el cántico que eternamente se escucha en el cielo con el que se proclama la Santidad de Dios. Estamos celebrando la acción de gracias de toda la creación. Los cielos y la tierra proclaman la gloria del Creador, la gloria del Señor.
Estamos celebrando en esta liturgia de la tierra los que aun caminamos en medio de este mundo la mejor acción de gracias que podemos ofrecer desde nuestra vida, desde nuestra fe y desde nuestro amor, uniéndonos a la liturgia del cielo con la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de la gloria del Señor, cuando podamos contemplar cara a cara a Dios y cantar eternamente sus alabanzas.

Que con toda nuestra vida y siempre cantemos la gloria del Señor. Que podamos decir con todo sentido y desde lo más profundo de nuestro corazón: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

sábado, 29 de septiembre de 2012


Con los ángeles y arcángeles cantamos sin cesar el himno de tu gloria

Apoc. 12, 7-12; Sal. 137; Jn. 1, 47-51
‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos sin cesar el himno de tu gloria’, proclamamos en el prefacio de la plegaria eucarística. Nos unimos así al cántico de gloria celestial como repetimos en el salmo ‘delante de los ángeles tañeré para ti, Señor’.
Así queremos hacerlo mientras aún vamos peregrinos por este mundo, con la esperanza de que un día en el cielo, con los ángeles, con los arcángeles, con todos los coros celestiales, con todos podamos cantar y proclamar eternamente la gloria del Señor. Hoy lo hacemos, podríamos decir con una intensidad especial, cuando estamos celebrando la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
A través de lo que se nos va revelando en la Biblia contemplamos esos diversos coros angélicos que cantan la alabanza del Señor eternamente en el cielo pero que tienen como diversos ministerios o funciones en la relación que establecen con los hombres, como protectores especiales de los hombres y como poderosos ejecutores de las órdenes del Señor. Lo hemos expresado en la oración litúrgica: ‘con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y de los hombres’. Por eso pedíamos también que ‘nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’.
Los arcángeles que hoy celebramos son especiales mensajeros del cielo en relación con la historia de nuestra salvación. Al arcángel san Miguel lo hemos contemplado en el Apocalipsis como en ángel vencedor contra el maligno, Lucifer que era ángel de la luz como su nombre indica, que se había rebelado con sus ángeles contra Dios. ‘¿Quién como Dios?’ es el grito y nombre del arcángel y viene a ser signo de esa victoria sobre el maligno. ‘Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios y el mando de su Mesías’, que es el grito de victoria que se escucha en el cielo.
Gabriel es el mensajero divino que, primero a Zacarías para el anuncio de Juan y luego a María para anunciarle la Buena Nueva del nacimiento del Hijo del Altísimo, nos viene a anunciar el inicio ya de la plenitud de los tiempos que nos traería la salvación a todos los hombres. ‘Yo soy Gabriel, le dice a Zacarías, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta Buena Noticia’.
Al arcángel san Rafael lo contemplamos en el libro de Tobías como compañero, protector y defensor en el camino del joven Tobías que va en búsqueda también de luz y salud para los ojos apagados de su padre ciego. Por eso lo consideramos también como imagen de la medicina de Dios que nos alcanza la salud y la  salvación. O como dice el mismo Rafael su misión era también ser quien presentara ante el trono de Dios las oraciones humildes y confiadas que surgían del corazón lleno de fe y amor de Tobías. ‘Yo presentaba el memorial de vuestra oración delante de la gloria del Señor’, les dice el arcángel cuando se les da a conocer. ‘Soy Rafael, uno de los siete ángeles que asisten al Señor y pueden contemplar su gloria’, les dice.
En ese sentido van las oraciones de la liturgia de este día. Ya hacíamos referencia a la primera de las oraciones, pidiendo vernos siempre protegidos aquí en la tierra por aquellos que están contemplando la gloria del Señor. Que sintamos, sí, la protección de los ángeles para que nos veamos liberados del mal y podamos caminar caminos de santidad.
Pero pediremos también que el Señor reciba nuestras ofrendas y oraciones, con la intercesión de los santos ángeles; o como pedimos en la primera de las plegarias eucarísticas ‘que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel’. Pero también vamos a pedir finalmente que quienes nos hemos alimentado del pan celestial ‘caminemos seguros por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de los ángeles’.
Por eso terminaremos esta reflexión diciendo con los salmos ‘Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti’; con todos los ángeles y los santos queremos cantar para siempre la gloria del Señor.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Una gran noticia: nos ha nacido Dios, nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz


Ya la noticia se ha producido. Acabamos de escuchar su anuncio. Es la Buena Noticia, el Evangelio que esta noche se proclamó solemne por los ángeles en Belén; es la Buena Noticia, el Evangelio que se repite esta noche en todos los lugares del mundo. Mensajeros nos la habían ido anunciando y para este momento nos habíamos venido preparando; los profetas, Juan el Bautista, María nos habían poniendo las señales y nos habían ido señalando el camino que habíamos de recorrer.
‘Mirad que yo envío mi mensajero para que prepare el camino ante mí’, habían anunciado los profetas. El mensajero llegó finalmente preparando los caminos y quienes escuchaban el mensaje purificaban su vida con la conversión del corazón. Juan Bautista lo señalaba ya bien cercano, porque nos decía que ya estaba entre nosotros y habíamos de aprender a reconocerlo.
Ha llegado el momento en que la Luz ha comenzado a brillar con fuerza y la noche ya no es noche, porque las estrellas han dejado paso al Sol que viene de lo alto y que todo lo ilumina. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos  ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor’.
‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombra y una luz les brilló’, había dicho el profeta. ‘La gloria del Señor los envolvió con su claridad’, y los ángeles cantaban a gloria. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que nos trae la salvación para todos los hombres’ nos diría san Pablo para hablarnos del momento de la salvación, de la gloria, de la gracia que con Jesús nacía para todos nosotros.
Y nosotros también nos llenamos de alegría. Hoy es fiesta. Hoy es la fiesta grande del Nacimiento de Jesús. Todos se llenan de alegría y ya no sabemos ni cómo celebrarlo; tanta fiesta hacemos que hasta los que no terminan de creer en el Salvador también hacen fiesta. Todos nos contagiamos. Todos tendríamos que conocer bien la gran noticia, la Buena Nueva de Salvación que para todos nos llega. Tendríamos que saber contagiar de nuestra fe para que todos lleguen a descubrir la Luz verdadera que viene a este mundo y nos trae la salvación. Tendría que ser un compromiso de quienes hemos puesto toda nuestra esperanza en el Salvador que nos ha nacido.
La luz que esta noche brilla con tanto resplandor tiene que de verdad iluminar a todos los hombres. Las tinieblas de la desesperanza tendrían que desaparecer para siempre. Si escuchamos de verdad en lo  hondo del corazón esta gran noticia que se nos comunica tendrían que desaparecer para siempre tantas negruras que nos atormentan y nos hacen sufrir.
El Niño recién nacido que contemplamos esta noche entre las pajas de un pesebre o en los brazos de María es nuestro consuelo y nuestra fortaleza en nuestros sufrimientos y en nuestras debilidades; es nuestra vida y el que nos llena de paz que nos resucitará de tanta muerte y hará brotar en nuestros corazones nuevos sentimientos de entendimiento y de armonía para que sepamos entendernos y querernos, de humildad y de generosidad para saber ir al encuentro con los demás; es el que nos despierta para una vida nueva y pone en nuestros corazones gérmenes de paz y de amor para que llenos de esperanza y de ilusión todos comencemos a hacer un mundo nuevo.
Ese Niño recién nacido que es anunciado a los pastores como el Salvador, el Mesías y el Señor, es el Hijo del Altísimo encarnado en las entrañas de María para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. El profeta lo había anunciado y el ángel así se lo comunicó a María en la Anunciación de Nazaret. ‘La Virgen concebirá y dará a luz un  hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’, había dicho entonces el profeta. ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo’, había anunciado el ángel.
No podemos olvidarnos. No podemos pensar en otra cosa ni darle otro nombre. Nuestra fiesta ya no es simplemente la fiesta del solsticio del invierno. El Sol que nos ha brillado con su luz no es una luz cualquiera, porque quien brilla entre nosotros es el Hijo del Altísimo, es el Hijo de Dios hecho hombre. No nos felicitamos por una fiesta cualquiera sino que nos felicitamos porque está Dios con nosotros. Nos felicitamos en el amor de Dios que se ha derramado sobre nosotros y nos trae la vida y la salvación. Nos felicitamos en el mundo nuevo de esperanza y amor que con Jesús nos ha nacido. Y esto tenemos que decirlo muy alto y muy claro para que no haya confusión.
Es navidad, es el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios lo que nosotros estamos celebrando y lo que tenemos que proclamar a los cuatro vientos. Es la fe que profesamos esta noche con rotundidad y es la fe que tenemos que trasmitir y contagiar a los demás. Nuestra alegría no es una alegría cualquiera. Es la alegría que nace de nuestra fe; es la alegría que nace del misterio que contemplamos y celebramos y que da sentido y valor a nuestra vida. Es el anuncio lleno de alegría que tenemos que llevar a los demás. Un anuncio alegre y entusiasta que nace del convencimiento de nuestra fe hasta contagiar a los demás.
Profesamos una fe que nos llena de esperanza para ver auroras de luz para nuestro mundo anunciadoras de tiempos mejores si en verdad nos disponemos a seguir a este Salvador que nos ha nacido. Por eso decíamos que las negruras tienen que desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo. Queremos celebrar la Navidad con tanto hondura y profundidad que ya nuestra vida tiene que ser distinta después de la vivencia de la presencia de Dios en medio de nosotros que experimentamos.
No puede ser una navidad cualquiera; no puede ser una navidad triste porque en el mundo haya problemas; tiene que ser una navidad llena de esperanza porque creemos que en Cristo es posible ese mundo nuevo y en el Niño recién nacido que contemplamos en Belén tenemos toda la fuerza de la gracia para nuestra lucha y para nuestro trabajo por hacer un mundo nuevo y mejor.
Es la gran noticia que esta noche recibimos, que nos llena de alegría y que nos pone en camino. Vayamos y comuniquemos a nuestro mundo que nos ha nacido un Salvador y que el mundo tiene ya esperanza, todos hemos de tener esperanza porque en Jesús nos nace un mundo nuevo que es el Reino de Dios.
Alegría, hermanos, que nos ha nacido Dios. Es nochebuena: nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz.