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sábado, 15 de noviembre de 2025

 


Rescatemos esos momentos hermosos en que hemos sentido el amor de Dios en nuestra vida y que eso nos haga perseverantes y constantes en el camino de la vida cristiana

Sabiduría 18,14-16; 19, 6-9; Salmo 104; Lucas 18,1-8

A todos nos sucede, muchas veces en la vida nos sentimos sin esperanza, los problemas y las dificultades se agolpan sobre nuestra vida y nos sentimos como desamparados sin saber a quien acudir; quizás pesen experiencias pasadas en que nos vimos en situaciones semejantes y pedimos ayuda y parece que nadie nos atendía, nos escuchaba, nos ayudaba, nos sentimos cansados de pedir y quizás pensamos para qué vamos a seguir molestando, y no insistimos. Hablo en primer lugar de situaciones humanas de la vida por las que quizás hemos pasado, hablo de peticiones de ayuda en que parece que no fuimos escuchados, hablo de esos desalientos que se nos meten en el alma y nos sentimos aburridos.

Aunque sea hablando solo de lo humano tenemos que aprender a confiar, a saber insistir, a no perder la confianza de que alguien nos tenderá una mano; echemos manos de los recuerdos que seguramente tenemos también recuerdos positivos en que supimos confiar, supimos perseverar, y encontramos salida, encontramos alguien que nos escuchó.

Pero pasemos a otro plano del que hoy nos quiere hablar en el evangelio y que está muy relacionado con lo que venimos reflexionando; son las sensaciones que espiritualmente habremos tenido en algún momento, es la forma en que quizás acudimos a Dios en nuestras flaquezas y debilidades, en nuestras carencias o en nuestra pobreza en todos los sentidos pero nos pareció también que Dios no nos escuchaba; sin embargo, como decíamos antes, si traemos también los buenos recuerdos tendremos que reconocer que tras esos momentos oscuros de la vida luego apareció la luz; porque Dios estaba ahí a nuestro lado, en nuestro Getsemaní, en nuestro Calvario, y nos sentimos renovados.

Nos sucede que recordamos más el momento oscuro en que nos parecía que Dios no nos escuchaba que ese momento de luz que luego llegó a nuestra vida. Necesitamos mantener viva nuestra esperanza, nuestra confianza porque Dios es el Padre bueno que está ahí y siempre nos escucha; en su Sabiduría infinita y en su Providencia de amor El sabrá el momento, podemos decirlo así, en que nos hará sentir su presencia, su fuerza, su gracia. Pero hemos de saber permanecer constantes en nuestra fe y en nuestra esperanza, constantes y perseverantes en nuestra oración.

Es lo que nos quiere decir hoy Jesús con la parábola que nos propone. Aquella mujer que pedía justicia y que parecía que el juez ni la quería escuchar ni le prestaba auxilio, pero al final tuvo compasión de aquella mujer. El lenguaje de la parábola es un lenguaje bastante humano, bastante semejante a lo que nos sucede. Aquel juez, dice la parábola, por quitársela de encima y le diera la lata al final la atendió. Pero prestemos atención al comentario que el mismo Jesús nos hace, si actuamos así nosotros en nuestras miras humanas, ¿no va a actuar Dios como un Padre compasivo y misericordioso para escuchar y concedernos lo que necesitamos?

Ya nos comenta el evangelista que para que no nos desanimemos y seamos perseverantes en nuestra oración Jesús nos propone esta parábola. Y como dice al final Jesús mismo ‘cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?’ ¿Dónde está nuestra fe?, nos tendríamos que preguntar. ¿Tenemos en verdad puesta toda nuestra confianza en Dios? ¿Sabremos sentir su presencia que acompaña nuestros pasos y nos va llenando en cada momento de la fuerza de su Espíritu?

Creo que tenemos que saber rescatar esos momentos en que de manera especial nos hemos sentido amados de Dios; muchas experiencias podemos tener en este sentido que hemos de saber aflorar porque nos ayudan en el camino que ahora hacemos. Seguro que todos tenemos nuestras historias y muy concretas. También son momentos oscuros en todos los sentidos que pasamos nosotros desde nuestra situación personal y nuestros problemas, muchos los que estamos viviendo en nuestra sociedad, y los que vive la Iglesia inmersa en esa sociedad. 

Que no nos entre el desánimo, que no lo veamos siempre todo negro, que sepamos descubrir esos destellos de luz que aparecen tantas veces a nuestro lado como signos de esa presencia del amor de Dios.

domingo, 6 de marzo de 2022

Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

 


Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Hemos emprendido el camino de la Cuaresma un año más. Pero así de entrada me atrevo a decir que no es pensar en un año más que vamos a hacer este camino, sino que tiene que ser el camino que aquí y ahora, este año concreto, tenemos que emprender. Aunque nos parezca repetición, no la hay; aunque se nos ofrezcan unos mismos textos litúrgicos bien sabemos que la Palabra de Dios llega en el hoy concreto de la vida que vivimos y es por lo que para nosotros es Evangelio, es Buena Noticia, porque es noticia que de Dios nos llega hoy a nuestra vida. Por eso no vamos a decir un año más, sino el camino que hoy, este año hemos de realizar con sus circunstancias concretas.

Un camino que nos obliga a hacernos preguntas, porque lo que ahora vivimos nos llena de incertidumbres y de angustias, nos puede hacer perder las esperanzas, o nos hace entrar en una dinámica de cansancio ante tanto que tenemos que luchar. Esas contradicciones de nuestro mundo que se llena de violencias algunas veces nos hace dudar, o nos puede llenar también de pesimismo; pero están también tantas influencias que recibimos de un lado y de otro que nos desestabilizan, no hacen que no sepamos por donde salir, o nos tientan para vivir dejándonos arrastrar por lo que nos rodea.

Si difíciles fueron las condiciones que vivimos en otros momentos recientes de nuestra historia y que arrastraron a nuestra sociedad a nuevos planteamientos o a una nueva visión de la misma realidad de la vida, ahora no es menos difícil lo que vivimos que de nuevo nos llevará también a nuevos planteamientos, a un nuevo sentido o estilo de vivir, a nuevas búsquedas. La humanidad siempre ha sentido deseos de paz pero nos vemos envueltos por las ambiciones que se transforman en violencias y que nos llenan de dolor y de muerte. Una guerra es una grave crisis para la humanidad. Y las crisis nos pueden hacer perder el pie, no sabiendo a veces donde apoyarnos para que nos sintamos seguros, nos hacen buscar nuevas seguridades, o nos pueden arrastrar a angustias de las que no sabemos cómo salir.

Tradicionalmente en este primer domingo de Cuaresma en el Evangelio se nos presentan las tentaciones de Jesús en el desierto. Diciéndolo de una manera fácil fueron momentos de crisis para Jesús. Era el momento del comienzo de su misión y ante él se abría aquel mundo al que había que anuncia una buena nueva, la buena nueva del Reino de Dios. ¿Cómo realizar aquella misión?

Se podían ofrecer caminos fáciles, pero que serían caminos muy lejanos de los valores nuevos que con el Reino de Dios se quería para la vida y para el mundo. No podían ser caminos de manipulación de nada ni de nadie; no podían ser caminos que encandilaran sino que tenían que ser caminos que llevaran al encuentro con la verdadera luz que diera sentido a la vida de las personas. Si Jesús había de presentarse como el camino y la verdad y la vida, no lo podía hacer por caminos del engaño, de vanidad, de mentira. Y era por donde lo estaba tentando el diablo.

Tienes el poder porque eres el Hijo de Dios, venía a decirle Satanás, manifiéstate con esas aureolas realizando milagros y cosas extraordinarias y la gente confiará en ti. Era el milagro de convertir las piedras en pan, porque si tenia hambre allí tenía la solución fácil, o era el ser aclamado porque si caía desde el pináculo del templo y no le pasaba nada, todos los que lo verían creerían en el. ‘No tentarás al Señor, tu Dios’, le responde Jesús. ¿Qué no damos nosotros por ser aclamados o ser tenidos en aprecio por todos llenando nuestro corazón de vanidad?

Ya veremos luego en el evangelio como Jesús estará evitando todo eso con lo que va realizando. Les prohibía a los que eran beneficiados por los milagros de su amor que hablaran de ello a los demás, porque no era ese el camino por el cual quería ser aceptado. Y nosotros seguimos pidiendo milagros para creer. Los milagros solo tenían que ser signos del nuevo reino de Dios, de cómo cuando pusiéramos a Dios en nuestra vida el mundo se iría transformando y el mal se iría venciendo.

¿Quieres en verdad un reino nuevo en que tú seas el señor de todo?, viene a decirle Satanás cuando le presenta todos los reinos del mundo desde una montaña alta. ‘Todo eso te daré si me adoras’. Los afanes de grandeza y de poder, sea como sea, a que nos vemos tan fácilmente tentados; parece que no importa cómo lo logremos, los apegos que tengamos en el corazón o los ídolos que nos busquemos, o no importa que haya destrucción y muerte por medio, como estamos viendo en la realidad de nuestro mundo. No es ese el camino de Jesús. ‘Apártate de mi, Satanás, solo al Señor, tu Dios, darás culto’.

Pero esto que estamos escuchando hoy en el evangelio tiene que traernos una buena noticia para nosotros y para nuestro mundo en esta hora concreta que estamos viviendo. ¿Nos estará abriendo a que busquemos nuevos caminos para la paz? ¿Nos estará haciendo planteamientos en lo hondo del corazón para que analicemos seriamente esas posturas y actitudes con las que actuamos habitualmente en la vida?

Esto que estamos viendo a lo grande en el momento presente de nuestra historia que ha desencadenado la situación presente tan dura que estamos viviendo, tenemos que verlo en el día a día de nuestro interior, de lo que hacemos cada día, de lo que son nuestras relaciones con los que están cerca de nosotros, de las ambiciones y vanidades que seguimos manteniendo en muchas actitudes y posturas de la vida. ¿No tendremos muchas de esas cosas en el día a día con los que están cercanos a nosotros, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo? ¡Cuántas guerras nos hacemos!

Como se nos dice el evangelio no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Dejemos que esa Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve de verdad a que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Tiene que ser algo muy concreto en el hoy de nuestra vida.

martes, 8 de diciembre de 2020

El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

 


El ángel de la anunciación se postró delante de María porque estaba viendo que Ella estaba llena de la presencia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Celebramos un misterioso y milagroso evento, para nuestra salvación en Cristo, que pasa de forma desapercibida: la actuación extraordinaria de Dios desde el primer momento de la vida de María. Así lo recordaremos en el prefacio de la eucaristía al expresar: «Porque preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo, imagen y comienzo de la Iglesia, que es la esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura». La Inmaculada Concepción, decimos simplificando.

Es un misterio de amor. Primero que nada el amor de Dios, porque todo está en orden al misterio de la salvación. Pero es un misterio de amor porque estamos contemplando también lo que es el amor de María. Pensemos hasta donde llegó su donación de amor. Se olvida de sí misma para dejarse conducir por Dios; ya no son sus planes sino que todo será aceptar y asumir el plan de Dios, por eso a sí misma se llama la esclava del Señor.

Todos en la vida nos trazamos nuestros planes, nos hemos trazado un camino, tenemos unos deseos de realizarnos de una manera determinada, un proyecto de vida, que decimos. De una forma consciente y clara y otras veces sin puntualizarlo quizá demasiado vamos realizando nuestra vida según eso que queremos. Cuanto nos molesta cuando se frustran esos planes, cuando no los podemos realizar, cuando van surgiendo circunstancias en la vida que nos hacen tomar otros rumbos, un fracaso, un accidente, una enfermedad, algo inesperado y parece que todo se viene abajo. Hay quien se amarga, se siente frustrado o fracasado, se siente como un derrotado cuando quizá las cosas marchaban con normalidad pero ahora todo se trastoca y no sabemos realmente lo que nos espera.


María de Nazaret también tenía su plan de vida. Como toda joven en su edad aspiraba al matrimonio y así estaba desposada con José, o sea era su prometida en la espera de los esponsales y la boda. Pero de repente todo cambia en su vida. Siente que de pronto Dios irrumpe en su vida – es la aparición del ángel – para anunciarle que su vida sería distinta. El hijo que un día nacería de sus entrañas no era un cualquiera, un simple muchacho de Nazaret sino que iba a ser llamado Hijo de Dios, era el Hijo del Altísimo.

María, no entiende, porque ella como dice no conoce a un hombre – no ha tenido relaciones con ningún hombre – y de pronto le dicen que va a ser madre. Parece que sus planes se derrumban, se vienen abajo, pero Maria es una mujer creyente, María es la mujer que sabe descubrir a Dios y sus planes y está dispuesta a ponerse en las manos de Dios. María en su fe es capaz de hacer la mayor y mejor ofrenda, el sacrificio de si misma, de su yo para dejarse conducir por Dios en aquellos nuevos caminos para los que se le está pidiendo colaboración. Fiat, hágase, cúmplase, realícese en mí según tu palabra que me traes de parte de Dios.

Porque hay esa fe y esa disponibilidad en el corazón de María el ángel ha podido decirle que es la llena de gracia porque está llena de Dios. El ángel que goza de la visión de Dios está viendo y descubriendo esa presencia de Dios en el corazón de María, como en ninguna otra criatura ha podido contemplar. Algunas veces los artistas cuando reflejan en sus cuadros esta escena de la Anunciación nos presentan al ángel de rodillas delante de María; es un hermoso sentido del misterio que quieren reflejar, porque si el ángel está en perpetua adoración en la presencia de Dios, cómo no iba a ponerse de rodillas delante de María que está llena de la presencia de Dios. La ha llamado la llena de gracia y la he dicho ‘el Señor está contigo’.

Hoy nosotros celebramos que María estuvo siempre llena de Dios, inundada por la presencia de Dios porque en su alma nunca hubo mancha de pecado. Como recordamos antes en lo que se dice en el prefacio de la Eucaristía de esta fiesta ‘preservaste a la Virgen María de todo pecado original para que, enriquecida con la plenitud de tu gracia, fuese digna Madre de tu Hijo… llena de juventud y de limpia hermosura’. Porque ‘Purísima tenía que ser, Señor, la Virgen que nos diera al Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad’.

Pero tenemos que preguntarnos qué significa hoy para nosotros celebrar esta fiesta de María. Contemplamos su grandeza, la grandeza de una madre y contemplamos las maravillas que Dios quiso realizar en ella. Damos gracia porque la tenemos como madre, porque la podemos llamar madre. Pero es también todo lo que todos los hijos han de hacer para honrar a una madre, para corresponder a su amor. Parecernos a Ella, aprender de Ella, copiar de Ella su santidad porque no nos falta una fe como la de María, porque haya disponibilidad en nuestro corazón para seguir los pasos de santidad de María.

¿Seremos capaces, como María, de tener los ojos de la fe bien abiertos para descubrir los planes de Dios? Escuchar a Dios en lo hondo del corazón, rumiar en nuestro interior como la hacía María la Palabra que le venía de parte del Señor. Nuestra vida en ocasiones se llena de dudas y de incertidumbres, también tantas veces nos sentimos frustrados porque se nos derrumban nuestros planes, hay ocasiones en que nos sentimos agobiados por las distintas situaciones por las que pasamos pero no hemos de perder esa serenidad de nuestro espíritu, ese ser capaces de detenernos en medio de las tormentas para sentir que no estamos solos y que de la mano del ángel del Señor también podremos salir de esas noches oscuras.

Ahora mismo por la situación que se vive hay muchas cosas que se nos derrumban empezando porque este año no podremos celebrar la navidad tal como estábamos acostumbrados y tendrán que ser otras las formas que tengamos que afrontar. ¿Por qué no tratamos de descubrir ahí una voz que nos está llamando de parte de Dios para que de una vez por todas seamos capaces de ir a lo principal y no nos quedemos en tantas superficialidades con que habíamos envuelto las fiestas de navidad? Mucho papel de celofán pero no habíamos descubierto el regalo, ahora que se nos caen esas cosas externas, ¿seremos capaces de descubrir el verdadero regalo de Navidad?

Fiémonos de María que ella nos ayudará. Si decíamos que el ángel se postró delante de María porque en ella estaba Dios, ¿Dónde tendremos que postrarnos de verdad para ver a Dios en esta navidad?

 

domingo, 5 de marzo de 2017

Cuaresma, cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, para en el silencio del corazón abrirnos a Dios y a su Palabra y caminar hacia la Pascua

Cuaresma, cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, para en el silencio del corazón abrirnos a Dios y a su Palabra y caminar hacia la Pascua

Génesis 2,7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5,12-19; Mateo 4,1-11
Cuaresma, cuarenta días que nos faltan para la pascua. Cuarenta días que nos dan para mucha reflexión, cuarenta días que pueden ser un buen ejercicio espiritual con sus silencios, con sus escuchas, con ese tiempo pausado en medio de tantas carreras, con la mirada puesta en lo alto para elevarnos a algo mas espiritual que esas materialidades que son los pasos que cada día vamos dando. Cuarenta días para irnos al desierto, para hacer desierto, silencio para escuchar a Dios, para descifrar sus caminos, para dejarnos envolver por Dios, para que nos conduzca el Espíritu.
Cuarenta días, como aquellos cuarenta días con sus noches que paso Jesús en el monte de la Cuarentena, en el silencio y en la austeridad, en la apertura a Dios pero también siendo tentado por el diablo.
Cuarenta días como aquellos cuarenta años de desierto, de purificación del pueblo de la Alianza que hacia camino de liberación hacia la libertad, que caminaba a una vida nueva, que no solo era salir de las esclavitudes de Egipto sino de sus propias esclavitudes en la cerrazón de sus vidas, en sus egoísmos y en sus sueños y ambiciones, en que aprendieron a caminar juntos, a hacerse pueblo, en los que fueron desmontando los ídolos a los que adoraban a sus vidas que eran algo mas que el becerro de  oro que se hicieron al pie del Sinaí.
Como los cuarenta días de Moisés en lo alto del Sinaí para escuchar a Dios y recibir su ley, o los cuarentas días de Elías vagando también por el desierto hasta el Monte de Dios.
Nos dice hoy el evangelio que ‘Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre’. Es el comienzo del relato de las tentaciones y nos habla de la tentación de convertir las piedras en panes, el aplauso fácil del que caía de lo alto del pináculo del templo sin que nada le pasara, o la de la adoración de Satanás con tal de obtener el dominio sobre todos los reinos del mundo.
Tres tentaciones que Jesús siente en lo mas hondo de si mismo cuando va a comenzar a cumplir su misión. ¿Seria con el milagro fácil con el que Jesús iba a lograr la atención de todos para que escucharan su mensaje? ¿Cómo podría realizar su misión para el anuncio del Reino? Ya lo veremos a lo largo del evangelio como las gentes muchas veces pueden sentirse mas cautivadas por Jesús por los milagros que realiza y muchos quizás serán los que vienen hasta El solo buscando el milagro. Pero el anuncio de Jesús es el Reino de Dios, es la proclamación de la Palabra viva y salvadora de Dios la que en verdad nos va a traer la salvación y con fe hemos de escucharla.
Es lo que Jesús ira repitiendo continuamente; es por la fe por lo que podemos obtener la salvación de Dios. No querrá en muchas ocasiones que los milagros se divulguen porque ese no es el camino para acoger y aceptar el Reino de Dios. Solo desde la conversión del corazón y desde la fe mas honda y mas autentica es como acogeremos en verdad esa Buena Nueva de Jesús.
Las tentaciones de Jesús reflejan muy bien lo que fueron las tentaciones del pueblo de Israel en el desierto camino de la tierra prometida, como reflejan también las tentaciones que sufrimos los hombres de todos los tiempos. Los judíos en el desierto añoraban los ajos y cebollas que comían en Egipto aunque fuera en la esclavitud, como nosotros añoramos también tantas cosas en las que como en falsos ídolos ponemos la salvación aunque luego vivamos esclavizados a ellas.
Son nuestras ambiciones y nuestros afanes por una manera de vivir en la que predominan en nosotros el materialismo y la sensualidad de la vida. Cuantas veces hablamos de un estado del bienestar que fundamentamos solamente en la posesión de cosas materiales, y en el simplemente pasarlo bien queriendo muchas veces cerrar los ojos u olvidar el sufrimiento que puedan tener muchos seres a nuestro lado.
Es por otro lado esa pérdida de ese lado espiritual de la vida y de ese sentido de trascendencia limitándonos a vivir el momento presente sin poner otras metas y otros ideales más altos en nuestra vida que nos ayuden a crecer realmente como personas. Así brota fácilmente la insolidaridad y el egoísmo, aparecen los rebrotes del orgullo y del amor propio, surgen nuestros sueños de grandeza, de poder y de dominio haciendo lo que sea para yo sentirme siempre por encima del otro y poderlo manipular todo a mi antojo.
Hoy Jesús en el evangelio da tres respuestas al tentador que nos siguen siendo validas totalmente para nuestras propias situaciones y tentaciones. ‘No solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios… No tentaras al Señor, tu Dios… al Señor tu Dios adoraras y al El solo darás culto…’
Pongamos a Dios en verdad en el centro de nuestra vida porque solo en El vamos a encontrar nuestra mayor grandeza y dignidad. Dios había creado al ser humano a imagen y semejanza de Dios, nos dice la Biblia, pero fijémonos en lo que consistió la tentación de la serpiente. ‘Sereis como dioses’, les dice. No es ser a imagen y semejanza de Dios sino convertirnos en dios. Es la gran tentación del orgullo del hombre, de la autosuficiencia para creerse grande y creerse dios. ¿Por qué ha de escuchar a Dios? ¿Por qué ha de dejarse conducir por la ley del Señor? Es la eterna pregunta de la rebelión, de cuando queremos sustituir a Dios por nuestro yo, es nuestro pecado porque queremos hacernos dioses. Y ya hemos escuchado la respuesta de Jesús.
Son solo unas breves pinceladas para la reflexión de este primer domingo de la cuaresma. Muchas más cosas nos puede sugerir el Espíritu del Señor en nuestro corazón. Dejémonos conducir por El y emprendamos este camino en aquel sentido que decíamos al principio, un camino que nos llevará a encontrar a Dios y vivir su salvación.


lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.

martes, 6 de enero de 2015

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús


‘¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos?’ vinieron preguntando los Magos venidos de Oriente. ‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’.
¿Será ése también nuestro deseo? ¿Es ésa la búsqueda que nosotros también venimos haciendo? Tenemos que aprender de los Magos. Buscaban y descubrieron las señales. Buscaban y se pusieron en camino. No temieron que el camino fuera largo, duro, oscuro en ocasiones, lleno de contratiempos y contrariedades, en ocasiones encontrándose incluso con cosas o personas que pudieran confundirles. Se pusieron en camino y al final la estrella apareció de nuevo y les llevó hasta Jesús. Lo tenemos todo bien detallado en el evangelio de esta fiesta de la Epifanía, porque todo lo que le fue sucediendo a los Magos eran signos, son signos también para nosotros, para nuestro camino.
Sí, es nuestro camino. El que vamos haciendo cada día de nuestra vida o el que tenemos que emprender con empeño y sin miedos ni dudas. La búsqueda de Dios algunas veces se nos puede hacer larga, difícil, dura y también llena de contratiempos. Nosotros bien sabemos que la búsqueda de Dios entraña pascua y la pascua tiene su parte de pasión y de sufrimiento. Pero el camino pascual siempre terminará con resplandores de luz, con brillo de resurrección. Aunque bien sabemos también que tras el encuentro con Jesús nuestros caminos quizá tengan que ser distintos. Como les sucedió a los Magos, tras encontrarse con Jesús emprendieron otro camino. Pero llevaban la alegría del encuentro en su corazón.
Hoy también hemos escuchado al profeta que nos decía: ‘¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!’ Habrá tinieblas y oscuridades, ‘pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti’, porque comenzaremos a caminar a su luz entre los resplandores de la nueva aurora. Confiamos, esperamos, buscamos, caminamos porque tenemos la esperanza de que brillará la luz sobre nuestras vidas. Y la esperanza nos mantiene firmes.
Tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir que más que todo lo que nosotros busquemos es el Señor el que viene a nuestro encuentro; se nos hará presente en el momento que menos lo esperamos y de la forma que quizá nosotros no imaginemos. Sabemos que el Señor llega a nosotros en el amor; hemos de descubrir y sentir el amor que tantos a nuestro lado nos tienen porque son señales de Dios, de su amor y de su presencia; pero hemos de saber poner amor nosotros también para que quizá con gestos sencillos nosotros vayamos siendo también signos de esa presencia de Dios para los demás. Quizá haya alguien que esté necesitando de ese signo nuestro para encontrarse con Dios y llenarse de su paz.
Nos queda postrarnos ante el Señor. ‘Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Nos postramos ante el Señor, lo reconocemos como nuestro único Dios y Señor. Lo adoramos, nos ofrecemos al Señor; es el regalo de nuestra vida, de nuestro amor, de esa luz que hemos encontrado, de esos hermanos a los que hemos amado más. No son cosas lo que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestra vida, también con sus duros caminos, con esa parte de la pascua que nos ha ido tocando vivir en ese camino que vamos haciendo; es la ofrenda de nuestro Getsemani o nuestro Calvario. Sabemos que siempre nuestra vida la hemos de ir viviendo son sentido pascual.
Pero el Señor a nosotros también nos invita a levantarnos porque llega nuestra luz. Escuchemos esa llamada y esa invitación del Señor. Dejémonos iluminar por su luz. Su estrella de luz y de amor brilla sobre nosotros, aunque a veces parezca que se nos oculta, pero siempre nos va a llevar hasta Jesús. 

domingo, 31 de agosto de 2014

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Jer. 20, 7-9; Sal. 62; Rom. 12, 1-2; Mt. 16, 21-27
Hay un versículo del evangelio del pasado domingo que casi nos pudo haber pasado desapercibido y con el que quiero iniciar esta reflexión. Podíamos decir que aquella recomendación que les había Jesús a los apóstoles después de la confesión de fe de Pedro la podemos entender mejor con lo que hoy hemos escuchado, que por otra parte es continuación lineal del texto del evangelio del pasado domingo.
‘Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. ¿Por qué esa recomendación precisamente después de la confesión de fe de Pedro ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’? Podría parecernos que no tenía sentido esa prohibición, si Jesús venía precisamente como Mesías y era lo que venía a realizar y así había de darse a conocer.
Había que entender bien lo que significaba ser el Mesías y lo entendemos ahora viendo la reacción de Pedro a las palabras que pronuncia Jesús hoy. ‘Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.  Jesús está anunciando su Pascua.
Era ese el sentido de Cristo Mesías que les costaba entender. Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Para ellos el Mesías era un caudillo triunfador que iba a liberar a Israel del sometimiento a los pueblos extranjeros. Se iba a restaurar el Reino de David, con todos aquellos esplendores, aunque eso significara mil batallas y guerras para expulsar al extranjero invasor y todo eso acaudillado por el Mesías. Era el concepto, la idea que tenían muchos en Israel.
‘No lo permita Dios. Eso no puede pasarte’, y se puso Pedro a increpar a Jesús porque no podía aceptar lo que Jesús les estaba anunciando, porque aquello sonaba a derrota y no a victoria. Pedro pensaba a la manera de los hombres. Ya se lo dirá Jesús. A Pedro le costaba entender los caminos de Dios. Por eso Pedro está comportándose como un tentador para Jesús.
‘Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar’, le dice Jesús a Pedro. Es como en las tentaciones del monte de la cuarentena. También allí el diablo tentaba a Jesús para que hiciera cosas extraordinarias, se presentara apoteósico delante de la gente para que causara admiración y la gente lo siguiera; estaba dispuesto Satanás a darle todos los reinos del mundo, si lo adoraba. Es la tentación repetida que va soportando Jesús como vemos a lo largo del evangelio; tanto que incluso cuando llegue el momento de comenzar la pasión llegará a pedirle al Padre que no suceda todo aquello que estaba anunciado. ‘Que pase de mi este cáliz’, pedirá en Getsemaní.
‘Quítate de mi vista Satanás, que me haces tropezar’, le dice ahora a Pedro porque está siguiendo las pautas del tentador. ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a El solo servirás’, había dicho Jesús en el monte de la cuarentena. Por encima estará siempre lo que es la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
La idea de Pedro es la de un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. No había aún aprendido a pesar como Dios. Cuando se había dejado conducir por el Espíritu del Padre allá en su corazón había hecho aquella hermosa confesión de fe, como recordamos. Pero ahora aparece el Pedro muy humano que se deja influir por lo que otros dicen, piensan o desean. Será la lucha no solo de Pedro sino de los discípulos siempre que estarán apeteciendo primeros puestos o recompensas. ‘A nosotros que lo hemos dejado todo ¿qué nos va a tocar?’ se preguntarán en más de una ocasión.
Por eso Jesús tendrá que repetirles una y otra vez el estilo y el sentido del verdadero discípulo que sigue a Jesús. Se sigue a Jesús no para imponerle sus caminos a Jesús, sino para seguir el camino de Jesús. También el discípulo tendrá que entender lo del camino de la cruz, el camino de la entrega, el camino de perder para sí mismo para poder ganar la vida que vale para siempre. Tendrá que aprender el discípulo que no valen las ganancias fáciles o que consigan tener todas las cosas si no tienen la más importante.
‘El que quiera venirse conmigo, el que quiera ser mi discípulo, ha de seguir mis mismos pasos, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿o qué podrá dar para recobrarla?’
Cargar con su cruz, la propia, la que cada uno tiene en la vida. No es que busquemos la cruz por la cruz, el dolor por el dolor, o el sufrimiento por el sufrimiento. Jesús nos quiere felices; para nosotros ha trazado el camino de las bienaventuranzas que es querer llamarnos dichosos y felices. Ese camino de las bienaventuranzas que nos hablará de ser pobres y desprendidos, como nos hablará de pureza de corazón; que nos hablará de sentir dolor y sufrimiento con el sufrimiento de los demás en la búsqueda de la justicia y nos hablará de una vida comprometida totalmente en la búsqueda de la paz y del bien; como nos hablará de que no seremos comprendidos o incluso podemos ser vituperados o perseguidos. Pero en todo eso nos vamos a sentir felices y dichosos en la plenitud del Reino de los cielos.
No buscamos amarguras, pues, sino que queremos vivir como Jesús, queremos vivir en el amor. Y el que ama, se da, se entrega hasta el final. Y eso es costoso. No es un camino de rosas porque cuando amamos tenemos que saber negarnos a nosotros mismos para comenzar a pensar más en aquellos que amamos, cuando queremos emprender el camino de las bienaventuranzas ya sabemos a lo que nos comprometemos. Tenemos que aprender a decirnos no para hacer saltar los cercos que nos crean el egoísmo, la ambición, el orgullo y tantas pasiones. Y ahí tenemos la cruz.
Pero lo hacemos por amor. Tomamos la cruz por amor y con total libertad. Como subió Jesús de manera libre hasta Jerusalén aunque sabía que iba a costarle pasión, cruz, muerte, pero sabía que era el camino de la vida. Y no le fue fácil a Jesús porque la tentación estaba siempre presente, el tentador estaba al acecho, como estuvo en el monte de la cuarentena o como se vale ahora de Pedro para ser también una tentación para Jesús.
Es el camino que nosotros emprendemos, que sabemos que no nos será fácil porque también el tentador estará al acecho para hacernos tropezar. Cuántos escollos vamos a encontrar en nuestro propio corazón que tendremos que aprender a superar. Es cargar con la cruz, con mi cruz, pero que será el camino que nos llevará a la vida.
¿Cómo podremos llegar a emprender un camino así que sabemos que nos puede ser costoso y doloroso? Recordemos lo que decía el profeta en la primera lectura. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…’ Es la seducción del amor. ¡Cómo tenemos que caldear nuestro corazón en el amor de Dios! Dejarnos seducir por el amor de Dios para vivir en su mismo amor. El profeta reconoce sin embargo que era el hazmerreír de todos y todos se reían de él. La Palabra del Señor que había recibido algunas veces le quemaba en su interior, pero era más fuerte el amor del Señor del que se sentía totalmente cogido, atrapado.
¿Vivimos nosotros un amor así? ¿Así nos sentimos seducidos por el amor de Dios, como dos enamorados que se sienten seducidos el uno del otro por el amor que se tienen? Cultivemos ese amor de Dios en nuestra vida. Que en verdad tengamos ansias de Dios, sed del Dios vivo, como hemos repetido en el salmo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad

‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así nos describe san Juan con profundidad teológica el misterio que hoy estamos celebrando en la Natividad del Señor. Misterio de profundidad infinita, misterio de Dios ante el cual tendríamos que asombrarnos más y más, cuanto más lo meditemos y lo celebremos.
No podemos acostumbrarnos al Misterio de Dios; ante El siempre tenemos que postrarnos en adoración y sentirnos tan pequeños y pecadores como se sentía Isaías cuando en una visión vislumbró la gloria del Señor. Es tiempo de reconocimiento y de adoración; es tiempo de postrarnos ante Dios que aunque le veamos tan cercano es verdaderamente Dios que ha querido hacerse Emmanuel, hacerse Dios con nosotros.
Misterio ante el que tenemos que poner a juego toda nuestra fe. No es algo que nosotros hayamos descubierto por nosotros mismos, sino que el mismo Dios nos ha revelado. Misterio ante el que hemos de sentirnos humildes y pequeños, porque ¿quiénes somos nosotros para Dios así nos haya amado tanto que haya querido tomar nuestra carne, nuestra naturaleza humana para sin dejar de ser Dios hacerse hombre como nosotros?
Anonadados nos sentimos ante tal amor pero sentimos al mismo tiempo cómo El nos levanta porque ha venido a hacer este maravilloso intercambio de amor pues cuando el Hijo de Dios se ha revestido de nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros,  nos confiere a nosotros dignidad eterna, nos levanta y nos hace hijos partícipes de su vida ya para siempre.
‘Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de  verdad’. En la noche de Belén cuando en la humildad y pobreza de un establo se estaba realizando tan admirable misterio en el Hijo de Dios se hacía hombre y nacía de María, los ángeles del cielo no pudieron quedarse quietos y armaron un gran revuelo celestial. Allá corrieron los ángeles a anunciarlo, porque tan grande misterio no podía quedarse oculto a los ojos de los hombres.
La quietud y el silencio de la noche de Belén se llenó de resplandores y de cánticos. Allí estaban unos pastores al raso cuidando sus rebaños y a ellos, los pobres y los humildes como iba a ser siempre la manera de presentarse el Hijo de Dios, se dirigieron los ángeles para anunciarles la Buena Nueva. ‘Os traigo una buena noticia que no se puede acallar, una gran alegría para todo el pueblo de la que todos tienen que participar: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Y les dan las señales de cómo han de encontrarlo: ‘Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’.
De pesebres y de pobreza podían entender los pastores acostumbrados como estaban a una vida pobre. Pero, ¿cómo había de entenderse eso de que el Salvador, el Mesías, el Señor se iba a encontrar hecho niño recién nacido recostado en un pesebre? Corren de todas maneras los pastores en búsqueda de las señales. Encontraran todo como les había anunciado el ángel.
Pero la noche se había revestido de resplandores; la gloria del Señor se estaba manifestando; legiones de ángeles entonaron un cántico a la gloria del Señor; los cánticos de los ángeles retumbaban entre las colinas y los campos de Belén, aunque solo los pobres y los sencillos podrían escucharlos, porque Dios solo se revela a los que son pequeños, humildes y sencillos.
Hoy ha brillado una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor, repetimos una y otra vez en las diversas antífonas de la liturgia de esta fiesta. Ha nacido Dios hecho hombre; la luz de Dios nos envuelve para siempre. Y llenos de la luz de Dios nos llenamos de alegría; todo son cánticos y fiesta en este día.
Pero no perdamos el sentido de esa alegría, de esos cánticos, de esa fiesta. No es una fiesta cualquiera; no es simplemente que nos reunamos para comer juntos y todos tengamos parabienes los unos para con los otros. Es bueno que nos deseemos felicidad los unos a los otros, que nos reunamos y hasta que intercambiemos regalos. Pero no olvidemos cual es el gran regalo que hoy estamos festejando, el regalo que nos hace Dios cuando nos da a su Hijo que se hace hombre para ser nuestra luz y nuestra vida.
Jesús es nuestra salvación y nuestra esperanza. Es quien nos arranca de la esclavitud del mal y del pecado para que vivamos una vida nueva en que hagamos posible que en verdad nos hagamos felices los unos a los otros. No es nuestra alegría, es la alegría de Dios que llega a nosotros y nos hace vivir de una manera nueva y distinta.
No olvidemos el verdadero sentido de la navidad; no quitemos a Jesús de nuestra navidad, de nuestra fiesta y nuestra alegría. Muchos ya no dicen feliz navidad, porque parece que la palabra que hace referencia al nacimiento de Jesús les molestara o les hiciera daño y solo dicen felices fiestas. Nosotros tenemos que decir que es la navidad, el nacimiento de Jesús, verdadero Dios que se ha hecho hombre, lo que nos hace verdaderamente felices.
Y esto tenemos que decirlo, proclamarlo, porque es proclamar nuestra fe y nuestra esperanza. Esto es proclamar que nosotros creemos de verdad que en Jesús encuentra el hombre, encuentra el mundo la salvación.
Celebramos al que nació para salvarnos, para llenarnos de vida, para hacernos de verdad felices; celebramos al que nació para liberarnos del mal más profundo que nos esclaviza y nos llena de muerte y para eso quiere darnos nueva vida, quiere enseñarnos como hemos de vivir para que todos seamos verdaderamente libres y felices; celebramos al que nació para hablarnos del Padre, para descubrirnos el misterio de Dios, de ese Dios que nos ama, que lo podemos sentir tan cercano junto a nosotros porque es Dios con nosotros, ese Dios que nos ama porque es nuestro Padre y está siempre regalando con su amor y su misericordia; celebramos al que vino a compartir nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestros sufrimientos, pero que quiere levantarnos, quiere darle un sentido nuevo a todo lo que vivamos incluso nuestras limitaciones y sufrimientos, quiere vencer todo lo que sea muerte y dolor para hacernos vivir una vida llena de felicidad.
Celebramos al que vino a nosotros porque nos amaba y quiere enseñarnos lo que es el amor verdadero que es algo más que palabras, y para eso le veremos entregarse  en la más profunda y total entrega de amor. ¿Cómo no llenarnos de alegría con la presencia de Jesús en medio nuestro? ¿cómo no hacer fiesta en su nacimiento?

Contagiemos al mundo de esa alegría profunda y verdadera que nosotros encontramos en Jesús. Llenémonos de esa luz de Dios y contagiemos de luz, de la luz de Cristo, a nuestro mundo. Celebremos con verdadero sentido la navidad del Señor. Pero no la celebremos solo un día sino prolonguemos cada día ese gozo de la fe que tenemos en Jesús porque siempre tenemos que ser esos anunciadores de esa Buena Nueva. Que el mundo, que todos lleguen a conocer de verdad que nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor.

martes, 30 de julio de 2013

El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo

Exodo, 33, 7-11; 34, 5-9.28; Sal. 102; Mt. 13, 36-43
‘El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo’. Hermosa imagen que nos habla de la cercanía de Dios, que nos habla de cómo ha de ser nuestra oración. No perdemos de vista la inmensidad y la grandeza de Dios; no olvidamos que es el Señor de cielo y tierra creador de todas las cosas; tenemos muy presente su omnipotencia, su poder, que es el Dios único de nuestra vida a quien hemos de reconocer y adorar. Pero sentimos su cercanía y su amor.
‘El Señor pasó ante él proclamando: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, misericordioso hasta la milésima generación… y Moisés al momento se inclinó y se postró por tierra…’  Y Moisés le pide a Dios que vaya con ellos siempre, ‘aunque sean un pueblo de dura cerviz’ rogándole que perdone sus culpas y pecados.
Nos postramos ante Dios y lo adoramos; reconocemos nuestra indignidad y nuestro pecado; pedimos al Señor que esté siempre con nosotros. Es como ha de ser siempre nuestra oración. Fijémonos en la oración litúrgica; comenzamos reconociendo esa presencia del Señor con el saludo sacerdotal; en el saludo el sacerdote nos desea la paz y el amor del Señor, que el Señor esté con nosotros; es como un acto de fe.
Hemos de ser conscientes siempre de lo que expresamos en los textos litúrgicos que no pueden ser simplemente un rito que repetimos; es un peligro que tenemos; muchas veces incluso en el comienzo de la celebración, porque lleguemos tarde, porque estemos más bien mirando quien está en la Iglesia, o porque estamos simplemente en nuestras cosas, quizá no lo damos toda la importancia que tiene ese saludo e inicio de la celebración.
Pero fijémonos en cual es siempre el segundo paso de nuestra celebración. Sintiéndonos en la presencia del Señor nos damos cuenta que somos pecadores, nos reconocemos pecadores. ‘Perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’, que le decía Moisés al Señor. Así nos sentimos con toda sinceridad en la presencia del Señor.
El momento que sigue, sobre todo en la celebración de la Eucaristía, es el de la alabanza, de cantar la gloria del Señor, de proclamar nuestra acción de gracias. ‘Te alabamos, te bendecimos, te damos gracias… con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre’.
A la luz del texto de libro del Exodo he querido detenerme en estos sencillos aspectos en esta breve reflexión. Quisiera que en verdad esto nos ayudara a vivir con intesidad nuestra oración al Señor y a darle sentido verdadero a nuestras celebraciones para que no caigamos en rutinas que facilmente nos deslizan por la pendiente que termina en la frialdad y en un vivir sin sentido aquello que tendría que ser tan importante para nosotros.

‘El Señor hablaba cara a cara con Moisés, como habla un hombre con su amigo’. Que así con esa intensidad hagamos nuestra oración como un encuentro vivo y profundo con el Señor.

domingo, 26 de mayo de 2013

Adoración, alabanza y acción de gracias al Misterio santo de la Trinidad de Dios

Prov. 8, 22-31; Sal. 8; Rom. 5, 1-5; Jn. 16, 12-15
‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?’ Sí, contemplemos las maravillas que hizo el Señor pero cantemos al mismo tiempo nuestra mejor alabanza a su santo nombre.
‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?’ Nos sentimos pequeños, nos sentimos sobrecogidos ante el poder y la grandeza del Señor, su inmensidad que todo lo llena y su sabiduría, cuando contemplamos la gloria del Señor. No terminamos de alabar lo suficiente la gloria del Señor. Hemos de detenernos a contemplar su gloria admirando sus maravillas. Decimos que somos creyentes pero no terminamos de reconocerle. Es el Señor; es el Dios todopoderoso creador de todas las cosas que todo lo llena con su inmensidad. Es el Señor, nuestro Dios que nos llena, nos envuelve y nos inunda con su presencia. ¡Con qué intensidad tiene que ser nuestra alabanza!
Pero ahí está la maravilla, es un Dios que nos ama y derrama su amor sobre toda la creación; un Dios que nos ama y nos inunda con su amor. Un Dios que a pesar de su inmensidad y su grandeza no lo contemplamos alejado de nosotros allá en la lejanía de los cielos, como sentado en su trono de gloria, sino que podemos sentirlo junto a nosotros, más aún podemos sentirlo dentro de nosotros porque en nosotros quiere poner su morada, convirtiéndonos en templo y morada de Dios. ¿No hay ahí motivos suficientes para que con toda nuestra vida y en todo momento cantemos nuestra acción de gracias al Señor?
Hoy contemplamos de manera especial y celebramos todo el misterio de Dios. Estamos celebrando el misterio de Dios en su Santísima Trinidad que solo podemos conocerlo y reconocerlo porque El así nos lo ha revelado. Una fiesta y una celebración muy especial que celebramos en este domingo primero después de haber concluido el recorrido de la Pascua. Y es que a través de todo el misterio pascual que hemos celebrado hemos ido contemplando todo ese misterio de amor de Dios que se nos revela.
Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. Damos gracias y damos gloria ‘a Dios Padre, todopoderoso y eterno que con su único Hijo y el Espíritu Santo es un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una sola naturaleza’, como confesamos en el Credo y cantamos en el Prefacio de nuestra Acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias, siempre y en todo lugar’.
Lo creemos como lo confesamos en el Credo porque así quiso Dios revelársenos; damos gracias porque así ha querido hacernos partícipes de ese misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos postramos para adorar este Misterio santo de Dios. Doblamos nuestras rodillas y nos postramos desde lo más hondo del corazón, porque con toda nuestra vida queremos adorar a Dios reconociéndolo como el único Dios y Señor de nuestra vida y queremos para siempre cantar su gloria. ‘Confesamos nuestra fe en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible’ pero nos postramos en adoración y en alabanza para cantar con todas nuestras fuerzas la gloria del Señor.
Todo honor y toda gloria a Dios uno y trino; todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso por Jesucristo, en Jesucristo y con Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Así llegaremos al momento cumbre de nuestra celebración donde queremos hacer la más hermosa ofrenda de nuestra vida para la gloria y el honor del Señor por toda la eternidad.
Vivamos ese momento de nuestra Eucaristía con toda intensidad. Démosle hondo sentido a cada una de las oraciones y a cada uno de los momentos de nuestra celebración. Que porque cada vez que celebramos la Eucaristía repitamos las mismas palabras, no bajemos la intensidad y la vida que ponemos en ellas para alabar de todo corazón al Señor.
No es momento hoy para hacernos grandes reflexiones ni para ponernos a hacer explicaciones teológicas del misterio de Dios. Serían otros los momentos para la catequesis y para esa reflexión que nos ayude a conocer más y más nuestra fe, a profundizar en su conocimiento y reflexión para que podamos llegar a dar profunda razón de nuestra fe y nuestra esperanza. El año de la fe que estamos celebrando tendría que motivarnos a querer hacer esa profundización y reflexión y podría ser un buen compromiso de la celebración de este día.
Ahora es momento para el reconocimiento y la adoración; es momento para la alabanza y la acción de gracias; es el momento de proclamar bien alta nuestra fe que nos convierte en testigos en medio de nuestros hermanos; es el momento de la celebración, una celebración es cierto que nos lleve a la vida y al compromiso de vida.
Pero no nos podemos cansar de alabar y bendecir al Señor, de darle gracias y de postrarnos ante Dios en adoración. Convertimos demasiadas veces nuestras celebraciones en unos listados de peticiones al Señor como quien viene a despechar con el que puede resolverle sus muchos problemas, pero no llegamos a expresarle todo lo que es nuestro amor con nuestras palabras y nuestros cánticos de bendición y de alabanza.
Que todas las criaturas alaben a su Señor; con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales queremos cantar el cántico que eternamente se escucha en el cielo con el que se proclama la Santidad de Dios. Estamos celebrando la acción de gracias de toda la creación. Los cielos y la tierra proclaman la gloria del Creador, la gloria del Señor.
Estamos celebrando en esta liturgia de la tierra los que aun caminamos en medio de este mundo la mejor acción de gracias que podemos ofrecer desde nuestra vida, desde nuestra fe y desde nuestro amor, uniéndonos a la liturgia del cielo con la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de la gloria del Señor, cuando podamos contemplar cara a cara a Dios y cantar eternamente sus alabanzas.

Que con toda nuestra vida y siempre cantemos la gloria del Señor. Que podamos decir con todo sentido y desde lo más profundo de nuestro corazón: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

jueves, 5 de abril de 2012


Hacemos Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros

Éxodo, 12, 1-8.11-14;
 Sal. 115;
 1Cor. 11, 23-26;
 Jn. 13, 1-15
Todo estaba debidamente preparado. Los discípulos siguiendo las instrucciones de Jesús habían ido a la ciudad y le habían trasmitido el encargo. Allí estaba la sala alta de la casa arreglada con divanes y ahora con todo lo necesario para celebrar la Pascua, el cordero, los panes ácimos, las lechugas amargas, el vino, el agua para las purificaciones, todo tal como prescribía la ley de Moisés.
Pero en el ambiente había algo distinto, una especial solemnidad. ‘Se acerca el momento’, había dicho Jesús y el evangelista ya nos dirá que ‘había llegado la hora’.  Aquella pascua iba a ser distinta porque además Jesús comienza haciendo algo inesperado. Normal era ofrecer agua para lavarse, pero era inusual que el que presidiera la mesa se fajara una toalla para ponerse a lavar los pies de los comensales. Ese oficio le correspondía a otros. Bueno, hasta entonces.
Los apóstoles asombrados no saben qué hacer y Pedro – siempre el impulsivo Pedro el primero en hablar – se resiste. ‘No me lavarás los pies jamás’. Pero si no le lavaba los pies no tendría parte con El, y el amor pudo más: el amor de quien se había puesto a los pies de los discípulos y el amor del discípulo que impulsivo y todo como era sin embargo amaba mucho a Jesús y quería hasta dar su vida por El, aunque ya sabemos.
Había llegado la hora y Dios había de ser glorificado. Había llegado la hora e iba a comenzar a manifestarse todo lo que era su entrega de amor sin límites. Comienzan los signos y las lecciones que se prolongarán en la entrega más absoluta de quien es capaz de dar su vida por aquellos a los que ama. Y así hacía Jesús. Así era su amor. ‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dirá el evangelista como cronista y testigo de ese amor. El que siendo Dios se había hecho hombre para ser como nosotros, toma además la condición de esclavo, la condición del servidor para lavar los pies, porque quería además lavar el corazón y transformar la vida.
Es el momento de lavar los pies; el primer signo que tiene que indicar una predisposición especial. El que es capaz de los pequeños detalles será capaz de llegar a las cosas grandes. Como Pedro algunas veces nos resistimos a esos pequeños detalles; quizá estaríamos dispuestos a grandes cosas, pero los caminos de Jesús son distintos y hemos de aprender a entenderlos y seguirlos. Sólo se puede lavar los pies al hermano desde el amor y la humildad; no caben en los discípulos de Jesús las actitudes de la prepotencia y el orgullo; sólo amando, que es acercarnos al otro para estar a su altura, para saber estar a su lado es cómo podemos llegar a lavar los pies al hermano.
Tenemos que aprender la lección, comprender bien lo que ha hecho y sigue haciendo Jesús. ‘¿Comprendéis bien lo que he hecho con vosotros? Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Es el mandamiento del amor. Es el distintivo de quien sigue a Jesús que no ha de hacer otra cosa que lo que hace Jesús.
¿Qué ha hecho el Señor con nosotros? ¿Sólo lavarnos los pies? Eso ha sido solo el pórtico de esta noche y de esta cena. Eso, podríamos decir, es el primer minuto de esa hora que ha llegado. Es el pequeño detalle presagio de cosas mayores y más trascendentales. Seguirá dándonos señales de su entrega. Partirá el pan, bendecirá la copa, nos los repartirá. ‘Tomad, comed… Tomad, bebed… es mi Cuerpo entregado por vosotros… es mi Sangre derramada por vosotros, la de la nueva y eterna alianza, por el perdón de los pecados’.  Nos lo ha recordado Pablo tal como ya lo vivían las primeras comunidades cristianas.
Se nos está dando Jesús para que le comamos, para que nos unamos a El, para que vivamos su misma vida, para que tengamos vida para siempre. Lo había anunciado en Cafarnaún y entonces no habían entendido. Nos pregunta ahora ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿Comprenderemos de verdad todo lo que está sucediendo? Es una hora muy solemne. Es mucho lo que está haciendo. Lo de lavar los pies es un signo que nosotros, es cierto, tenemos que repetir porque hemos de tener sus mismas actitudes, repetir sus mismos actos, vivir su mismo amor, entregarnos con su misma entrega. Es pasar por el camino de la humildad y de la sencillez que nos lleva al verdadero amor.
Estamos todavía en los signos que nos abren a cosas mayores. Porque comerle a El significará unirnos a El en la unión más íntima y más profunda; comerle a El es ser capaz de hacer como El, vivir una entrega como la suya. Y es que cada vez que comemos de su cuerpo y bebemos de su cáliz estamos anunciando su muerte hasta que vuelva. La cena de la pascua no se queda en hacer la comida del Cordero Pascual. Sigue siendo un pórtico que nos lleva a más. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Y esa entrega se realizó subiendo al madero de la Cruz; y esa sangre se derramó en lo alto del Calvario. Ese Cuerpo entregado y esa Sangre derramada son el signo del amor que es capaz de llegar hasta el extremo. Esa es la hora de la gloria, de la glorificación de Dios.
Es algo grande y maravilloso lo que hoy sucede. Es un misterio de amor lo que estamos contemplando y celebrando. Es el misterio del amor de Dios que se derrama sobre nosotros como el más hermoso perfume y a todos nos envuelve. Nos sentimos envueltos por el amor de Dios y nos sentimos impulsados a amar con un amor semejante.  Nos lo dejó como señal. Quedó para nosotros como un mandamiento imborrable. Es el gran signo permanente de su presencia y de su amor para siempre. Es el Sacramento que adoramos y que nos alimenta, que nos da fuerzas y nos sirve de viático en nuestro caminar. Es la Eucaristía. Es el amor.
‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice. Ya nos había dicho antes ‘haced vosotros lo mismo’. Tenemos que repetirlo. Tenemos que vivirlo continuamente. Y celebramos la Eucaristía y estamos haciendo presente su sacrificio redentor. Y nos alimentamos de la Eucaristía y aprendemos lo que es el amor verdadero. Y nos reunimos en Eucaristía y sentimos para siempre su presencia que nos hace entrar en comunión y querernos como hermanos. Y vivimos la Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros en el servicio y en la fraternidad evangélica. Es el compromiso de la Eucaristía que celebramos.
Es el Sacrificio y la entrega de Cristo en la cruz. Es el amor de Dios por nosotros y será para siempre el amor de hermanos que nos vamos a tener. Es el Sacramento que hoy Cristo en una locura de amor ha instituido para hacerse comida y alimento de nuestra vida y de nuestro amor, y para ser viático, acompañante, de nuestro camino. Qué maravilla lo que hoy celebramos.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles reunidos en torno a El e instituye el Sacerdocio del Nuevo Testamento que nos hace partícipes de su mismo Sacerdocio. Hoy día de la Eucaristía y del amor fraterno es también día del Sacerdocio. Para que podamos tener Eucaristía nos ha dejado a los sacerdotes que participando del sacramento de Cristo nos hacen posible la Eucaristía y presidirán en el amor y en el nombre de Cristo a la comunidad para ofrecernos el alimento de su gracia divina a través de su ministerio sacerdotal.
Algo distinta fue aquella cena pascual. Algo especial estaba allí sucediendo. Algo grandioso estamos nosotros hoy celebrando. Es la cena del Señor. Aquí está el verdadero Cordero Pascual inmolado por nosotros. Ya no es aquella cena en que comían el cordero pascual como recuerdo de una pascua. Ahora para nosotros es pascua porque es el paso del Señor hoy y aquí para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo.
Es Cristo mismo, verdadero Cordero de Dios, que está en medio nuestro, que quiere llegar a nuestro corazón porque también nosotros tenemos una misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ir a llevar su amor, tenemos que ir a lavar los pies en tantos hermanos que sufren y a los que tenemos que llevar la luz de Jesús. No olvidemos que celebrar la Eucaristía nos compromete a llevar ese amor de Jesús al mundo que nos rodea y tan falto de él está.
El signo que va a realizar el sacerdote repitiendo el gesto de Jesús tiene que reflejar lo que la comunidad, la Iglesia quiere hacer en medio de nuestro mundo. Es el día del amor. Impregnemos nuestro mundo de ese amor. Tenemos tantos motivos para creer en El.