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viernes, 3 de abril de 2026

Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 


Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 

La loza del silencio cayó sobre la tarde, solo se escuchaba el rastrear de unos pasos en una pequeña comitiva de la que no salía ningún murmullo: todo lo envolvía el silencio, allá arriba sobre la roca quedaba aquel lugar de tormento desde el cual se bamboleaban aun mecidas por el viento aquellos lienzos que habían servido de sudario para bajar el cuerpo de la cruz; allí en las cercanías en medio de un huerto había una tumba que aun no había sido utilizada y que sirvió para depositar el cuerpo muerto de Jesús. Unos buenos hombres habían conseguido la autorización y traído algunas libras mezcladas con aloe para embalsamar poco menos que a la carrera su cuerpo. Ahora en silencio acompañaban a la madre en su soledad aunque uno de los discípulos se había hecho cargo de ella como último deseo de Jesús.

Así nos hemos quedado igualmente petrificados por el silencio y sintiendo enormemente la soledad, por eso había que acompañar a la madre porque ella vemos reflejadas tantas soledades, las que ahora mismo nosotros podemos sentir con la muerte de Jesús si no fuera que por la fe no nos faltan del todo la esperanza de que sus palabras se cumplirán; mientras esperamos en este día de silencio y de soledad, en que podemos sentir un vacío que no sabemos cómo llenar como tantos que se ven solos y abandonados, que van haciendo los caminos de la vida en soledad y parece que sin rumbo ni destino, como tantos que pueden sentir la ausencia de los seres queridos tan lejanos y no solo porque la geografía haya puesto tierra por medio, sino porque tantas veces creamos abismos que nos aíslan, o se rompen puentes que un día nos mantuvieron cercanos, o porque en nuestros orgullos no sabemos rellenar esos valles que ahora nos están distanciando; o la soledad de tantos que se sienten olvidados y abandonados  porque los consideran molestos y un estorbo y los encerramos quizás allí donde no se puedan escuchar sus gritos o nadie pueda mirar sus ojos que piden una compañía, o unos oídos que los escuchen.

Cuando en esta tarde del viernes o en este amanecer del sábado seguimos sintiendo ese silencio de soledad cuando acompañamos a María parece que queremos hacernos unos propósitos, que queremos dar unos pasos para que esa maliciosa espiral desaparezca. Por eso nos miramos a nosotros mismos y nos analizamos que hemos puesto o no en nuestras vidas para crear esas soledades; nos prometemos que vamos a comenzar a tener una mirada distinta con los que nos rodean para ser capaces de sintonizar ese silencio de soledad en la que se pueden sentir envueltos.

Este dolor en el alma que estamos sintiendo cuando hemos dejado a Jesús en el sepulcro y hemos acompañado a María en silencio ante su dolor tiene que despertar en nosotros unos nuevos sentimientos, una nueva manera de mirar, un compromiso de que las cosas las vamos a hacer mejor, las vamos a hacer de otro manera, de que vamos a encontrar esas soledades y vamos a comenzar ese ejercicio de acercanos y acompañar.

Tenemos la esperanza de la resurrección de Jesús que ya pronto celebraremos y ansiones esperamos, pero no puede ser como algo mágico y milagroso acontecido en otro tiempo sino que esa resurrección vamos a comenzar a vivirla cuando comencemos a resucitar ilusión, vida y esperanza en quienes se sienten solos pero a los que desde ahora le vamos a dar más compañía. Es el milagro de la resurrección que vamos a vivir porque con ello nosotros también nos vamos a sentir resucitados en todos esos nuevos puentes que vamos a tender para salvar abismos, en todas esas manos que vamos a ofrecer que sirvan de apoyo y borren sentimientos se soledad, en ese amor que vamos a ser capaces de ofrecer para que vuelvan a florecer las sonrisas y a sentir el perfume de amistades renovadas.

Es el signo de resurrección que hemos de dar ante el mundo que nos rodea en el que vayan desapareciendo esas soledades.

Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

 


Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Hoy no es un relato más el que escuchamos; no solamente se contenta el evangelista con narrarnos con la mayor fidelidad unos hechos. Más que una historia es una revelación, la gran revelación de lo que es el amor, de donde se es capaz de llegar cuando hay amor, de cómo cuando hay amor no es un apresamiento y te conduzcan a la condena y a la muerte sino que es el testimonio de una entrega, es decirnos quien es ese Jesús que vemos en esta pascua subir hasta el Calvario.

Ya desde el principio de la propia narración se nos hace esa gran revelación aunque turbados por los momentos trágicos que contemplamos al principio no lleguemos a captar todo el sentido de lo que sucede. Jesús está en el huerto de Getsemaní, contemplamos su agonía y su oración, como contemplamos la dejadez de los discípulos que se caen de sueño; allí llegará Judas con aquellos guardias que le acompañan para culminar su traición. Pero hay algo que nos dice el evangelista y no puede pasar desapercibido, al oír el tumulto que llegaba es Jesús el que se adelante y les sale al encuentro. ‘¿A quién buscáis?’ La pregunta es inesperada y se detienen paralizados respondiendo, ‘A Jesús, el de Nazaret, el Nazareno’, le responden. Y allí se escucha la voz firme y serena de Jesús, ‘Yo soy’, y todos reculan ante estas palabras.

‘Yo soy’ era lo mismo que decir en hebreo ‘Yahvé’, el nombre de Dios. Y es Jesús el que se entrega y ya se dejará hacer hasta que es conducido hasta el Gólgota para ser crucificado. Es Jesús el que se entrega, porque allí está por amor y ese es el sentido del amor, porque el amor siempre se adelanta, el amor se hace entrega, el amor asume con total libertad hasta las cosas más costosas que no se hacen solamente ni principalmente por obligación o sumisión. Así lo había ido expresando Jesús desde sus primeros anuncios de lo que iba a suceder en Jerusalén y los evangelistas nos dicen que andaba como con prisas cuando subía a Jerusalén, porque el amor no espera a que otros hagan o empiecen, el amor siempre toma la iniciativa.

Es lo que hoy estamos contemplando en la pasión y la muerte de Jesús. Como hombre también había sentido miedo y no quería pasar por esas cosas tan dolorosas, pero Él era el mayor y mejor signo de lo que es el amor de Dios por eso da ese paso adelante en su amor para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, como lo expresa en la oración de Getsemaní.

Y amando, aunque sea en medio del sufrimiento, tiene aun tiempo y motivación  para mirar a Pedro con una mirada de comprensión y misericordia después de su negación, tendrá serenidad suficiente para detenerse en la calle de la amargura para consolar a aquellas mujeres que lloran a su paso pero dejándoles un mensaje de consuelo y esperanza, declarará ante el sumo pontífice su condición de Hijo de Dios aun sabiendo que pueda ser una razón más para su condena, claramente se presentará ante Pilatos para proclamar que es rey de la verdad y de la vida y que por eso ha venido al mundo, aceptará humildemente la ayuda del Cireneo porque la mecha humeante no hay que apagarla y aquel gesto de amor  que recibe es una respuesta al amor de Dios que allí se está manifestando, tendrá palabras de esperanza para los que están condenados con Él y a quien muestra arrepentimiento le ofrecerá está aquel mismo día en el paraíso. Al final   el evangelista no nos dirá simplemente que Jesús murió sino que nos dirá que Jesús entregó su Espíritu, o como nos dirá otro evangelista poniendo en labios de Jesús ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

¿Qué nos está revelando Jesús? La entereza y la fortaleza del amor que hará que a última hora hasta el centurión romano reconoce que es un justo inocente que ha realizado la mayor de las pruebas del amor. Más que una historia es una revelación, ya decíamos desde el principio. Es la muestra del paso de Dios que siempre es regalo de amor, que siempre es camino que se nos abre para la vida y para la salvación. Es lo que hemos de sentir en este día. No nos quedamos en los detalles, pero en los detalles tenemos que ir contemplando toda esa ofrenda de amor.

Pero como decíamos es una revelación que nos pone en camino, porque no leemos simplemente el evangelio como quien lee un libro porque quiere conocer unos datos históricos; nosotros contemplamos y contemplar es ir a lo más hondo de lo que se nos puede decir en la fachada del relato de unos hechos que nosotros queramos conocer para ir a lo que está en el fondo de cuanto contemplamos; y es lo que podemos descubrir que va a implicar toda nuestra vida porque ya no podemos ir por la vida como si nada hubiéramos contemplado, porque ahora nosotros nos vamos a sentir inundados y empapados por tanto amor, porque quizás nos haga despertar de esas somnolencias con que hemos vivido muchas veces nuestra fe.

Hay un detalle final y es que van a aparecer dos personajes que eran discípulos ocultos de Jesús y ahora van a dar la cara; Nicodemo el que había ido de noche a ver a Jesús y José de Aritmatea del que hasta ahora no sabíamos nada; se atreven a presentarse ante Pilatos, y alguna razón tenían que esgrimir, para pedir el cuerpo de Jesús y darle digna sepultura; tanto es así que José de Aritmatea ofrecerá su propia sepultura excavada en la roca de su huerto para que allí depositan el cuerpo de Jesús. Siempre habrá alguien que tras la primera impresión de un momento duro y de dolor hará aflorar lo mejor de su corazón para dar un paso adelante.

Contemplemos en silencio, rumiemos en nuestro corazón cuanto vamos contemplando, envolvámonos en este viernes santo en esta atmósfera de amor y terminemos confesando nuestra fe que nos abre a un nuevo camino en nuestra vida.


martes, 24 de marzo de 2026

Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

 


Levantamos nuestra mirada a lo alto de la cruz para reconocer a Jesús, para reconocer y agradecer también el don de ser hijos de Dios que nos regala su salvación

Números 21, 4-9; Salmo 101; Juan 8, 21-30

Una pregunta que alguna vez en  la vida o quizás con más frecuencia nos hacemos es preguntarnos por nuestra identidad, ‘¿Quiénes somos?’, porque de alguna manera es preguntarnos por el sentido y por el valor de nuestra vida, pero de nuestra vida concreta, con sus propias circunstancias, con su propia historia, y acompañada ¿por qué?, por nuestros sueños que es en cierto modo lo que queremos que sea nuestra vida.

La pregunta puede parecer fácil, pero quizás no siempre sabemos responderla, porque nos podemos quedar en superficialidades, o nos costará tanto la respuesta que lo veamos todo oscuro y entonces sería como un andar en un sin sentido, o nos queremos engrandecer tanto que al final nos damos cuenta que tenemos los pies de barro y no podemos abarcar más de lo que realmente somos.  ¿Qué respuesta nos podemos dar?

Detrás de esa pregunta fundamental anda el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. A los judíos a fin de cuentas les costaba entender quien era Jesús. Los propios discípulos hay muchos momentos en que dudan, no lo tienen tan claro, a pesar de aquel momento allá en Cesarea de Filipo cuando Jesús les pregunta por una parte lo que la gente dice de Él, pero luego más directamente lo que ellos piensan de Jesús. Se quedaron en tanto paralizados sin saber qué responder y como siempre sería Pedro el que tomaba la voz cantante para responder. Dará una respuesta que merece el elogio de Jesús, pero que también le dirá que si ha sido capaz de dar aquella respuesta no ha sido por sí mismo sino porque el Padre del cielo se lo ha revelado en el corazón.

En la confusión que se crea en la mente de los judíos entre decir que era un profeta o que era el Mesías, que era un simple galileo que en ninguna escuela rabínica había estudiado y todo cuanto decían en contra de Jesús los fariseos y principales dirigentes, la gente no sabe a qué quedarse. Es más, las palabras de Jesús algunas veces les crean confusión para las ideas que ellos tenían de lo que había de ser el Mesías. Ahora habla de una marcha en que le buscarán y no lo encontrarán pero habla también de una exaltación donde llegarían a conocer y reconocer quién es en verdad Jesús.

Y les habla Jesús que había de ser elevado a lo alto y allí lo reconocerían. Y hace comparación con aquello sucedido en el desierto cuando se rebelan contra Dios y contra Moisés pero una invasión de serpientes  pone en peligro sus vidas. Una serpiente de bronce había de ser levantada en algo para que aquellos que se arrepentían encuentren de nuevo la salud liberándose del veneno de aquellas serpientes.

Ahora dice Jesús que lo mismo que Moisés puso en alto aquella serpiente de bronce como un signo, así el Hijo del Hombre había también de ser levantado en algo y quienes ponen su fe en Él encontrarán la salvación. Precisamente porque estaban llenos de dudas y no terminaban de creer en la palabra de Jesús se sentían así de confusos. ‘Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados’. Les costaba creer que les hablaba del Padre y que ahí estaba precisamente el sentido del Reino de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Era necesario creer en Jesús, poner toda nuestra fe en Jesús, y al ser elevado a lo alto de la cruz llegaremos a comprender de verdad lo que es el amor, lo que significa la salvación que Jesús nos viene a traer. De quienes menos pensaban que podían hacer una hermosa confesión de fe, es de quien escuchamos ese reconocimiento de Jesús. Será el ladrón que está a su lado en el mismo suplicio el que le pedirá que se acuerde de él cuando llegue a su Reino; y será un centurión romano, en consecuencia un gentil, el que confesará la inocencia de Jesús o lo que es lo mismo la grandeza de Dios que allí aquella tarde del viernes se podía estar contemplando. Ya Jesús había dicho que los últimos serían los primeros.

Si comenzábamos nuestra reflexión pensando en quienes somos, que era algo más que una pregunta retórica, hemos terminado reconociendo en verdad quien es Jesús y el sentido de la salvación que nos ofrece; venimos a concluir también nuestra grandeza por la fe que tenemos en Jesús porque en Él hemos recibido el don de ser hijos de Dios, como nos decía ya Juan al principio de su evangelio.


domingo, 14 de septiembre de 2025

Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

 


Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

Dos pensamientos como interrogantes me vienen a la mente ante la celebración de este día. Por una parte ¿a quién le gusta la cruz? Sé que muchos fácilmente me responden hablando de su significado religioso conforme a una tradición que hemos seguido desde siglos, podríamos decir; pero hagámonos la pregunta de una forma cruda, ¿a quien le gusta el sufrimiento, la muerte, el dolor, y todas las consecuencias de ignominia incluso que trae consigo una cruz?

Todos rehuimos el sufrimiento, le tememos a la muerte, no nos gusta vernos condenados porque seamos ignorados por los demás o porque tengamos que cargar con el sambenito de algo que echan sobre nosotros. Sabemos que para algunos incluso pudiera sonar a una incongruencia el hablar tanto de la muerte y de la cruz, y sé que en ciertos ambientes incluso se rehuye el hablar del tema, se evita a los niños, los jóvenes lo ignoran, etc., etc.…

La otra cuestión que me viene a la mente está en preguntar sobre quien es capaz después de haber recibido el rechazo de alguien además quizás hasta de una forma violenta, luego es capaz de hacer los mejores regalos a esa persona que tanta ignominia, por ejemplo, ha cargado sobre ella. ¿Qué pensaríamos de una persona que tuviera esa forma de actuar? Algunos dirían, incluso, que eso es una locura, a quien me hizo daño o me rechazó hacerle los mejores regalos. Con lo fáciles que somos para tener reacciones de rencor y resentimiento, para dejar de hablar de forma fulminante con quien creemos que nos ha hecho daño, de cómo ignoramos inmediatamente a esas personas y las alejamos de nuestra vida. Estamos viendo continuamente esa acritud y resentimientos que se manifiestan de tantas maneras en nuestra sociedad.

¿Podríamos, entonces, llegar a entender en toda profundidad lo que hoy se nos dice en la Palabra de Dios? Rechazamos a Dios y Dios viene en nuestra búsqueda con los mejores regalos de amor. Rechazamos a Dios, sí, en esa negación de Dios que hacemos en la práctica de nuestra vida; está ese rechazo de Dios, de todo lo que tenga un sentido religioso que contemplamos hoy en nuestra sociedad; rechazo de Dios es esa inhumanidad con la que vivimos que no solo es el olvido, la forma con que nos ignoramos los unos a los otros, que de alguna forma es un alejarnos del principios del evangelio que de alguna manera a través de los siglos habíamos querido que fuera el fundamento de nuestra sociedad, que por eso mismo la llamábamos cristiana; claro que pensamos también en todos los que luchan directamente contra todo lo que tenga un sabor cristiano o religioso queriendo imponer una sociedad pagana en el hoy de nuestro mundo. Estamos haciendo desaparecer de nuestras calles incluso todo lo que sea un signo religioso o tenga un sabor cristiano. Es una realidad que tenemos ahí ante nosotros.

Pero aquí es donde tenemos que escuchar el mensaje de la cruz y el mensaje que hoy quiere transmitirnos la Palabra de Dios. El amor de Dios no nos falla, Dios sigue amando al hombre y al mundo a pesar de nuestro rechazo; Dios sigue ofreciéndonos el mejor regalo que es su amor y que se nos manifiesta precisamente en Jesús y en su muerte en la cruz.

Esa cruz que por una parte nos puede representar todo lo que es el dolor del hombre, de una humanidad rota y destrozada; una cruz que nos manifiesta y nos recuerda sufrimientos y muerte, nos recuerda la inhumanidad con que vivimos y nos seguimos matando los unos a los otros con nuestras guerras y nuestra destrucción, que muchas veces concretamos demasiado fácilmente en estos focos calientes de muerte y destrucción de los que con tanta intensidad nos hablan los medios de comunicación, pero que es también esa violencia con que nos tratamos los unos a los otros, con esa violencia con la que algunas veces nos queremos manifestar en contra de la violencia de la guerras - ¿en qué nos diferenciamos? -, esa violencia de gestos y palabras con las que nos queremos desprestigiarnos los unos a los otros y hasta destruirnos.

Pero la cruz quiere decirnos algo más, porque a nosotros nos habla de amor y de grano de trigo enterrado para hacer germinar la planta de una vida nueva. Por eso cuando hoy nosotros contemplamos la cruz al mismo tiempo recordamos ese regalo de amor que Dios quiere hacernos, a pesar de nuestros rechazos, o a pesar de tanta búsqueda de muerte en la que estamos andando en nuestra vida.

Hoy nos lo ha dicho el evangelio cuando nos narra ese episodio de aquel hombre que desde su noche acudió a Jesús y en Él descubrió lo que era el germen de verdad de una vida nueva. Había que nacer de nuevo le decía Jesús a Nicodemo, aunque a este en principio le costará entenderlo. Pero ahí está la Palabra que nos habla de ese amor de Dios, que tanto ama a ese mundo oscuro que ha preferido las tinieblas a la luz que le envía el mejor regalo de amor, porque nos entregó a su Hijo.

Y esto es lo que tenemos que contemplar en la cruz, esto es lo que hace que hoy la celebramos en esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. Por en esa cruz está un nombre sobre todo nombre, como decía el Apóstol San Pablo. Y como continuaba diciéndonos ‘al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’. Así nos diría el evangelio, ‘porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él’.

Encontramos así respuesta a aquellos interrogantes que nos hacíamos al principio. No es muerte, sino que es vida; no es condenación sino salvación. Es el regalo que Dios sigue haciéndonos y que así se nos manifiesta. Es el recuerdo permanente que ante nuestros ojos tenemos, no de una forma mágica, sino como un camino exigente que nos hace entrar en una senda nueva y que nos lleva a una vida nueva.

Es una luz para nuestras cruces y sufrimientos, que levanta las oscuridades que nos aparecen de una forma o de otra en nuestra vida y nos hacen encontrar un sentido incluso al sufrimiento y a la muerte. Nos detenemos quizás con temblor ante esa cruz que se nos presenta en la vida y que no siempre entendemos, pero en Jesús encontramos respuesta, en Jesús nos llenaremos de nuevo de paz.


viernes, 18 de abril de 2025

Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

 


Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

Isaías,  52, 13-53,12; Sal, 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1-19, 42

Todos ansiamos encontrar una sombra que son su brisa refrescante alivie los ardores del camino; hay lugares que nos pueden resultar más agradables y estaremos ansiosos por llegar a ellos para nuestro descanso y para recuperar las fuerzas que necesitamos para continuar hasta la meta que nos hayamos propuesto, sin embargo puede haber algunos que evitamos, que nos repugnan quizás porque nos pueden traer recuerdos de sufrimientos y dolores que no son siempre agradables.

Hoy queremos acogernos bajo una sombra especial porque sí sabemos que ahí vamos a encontrar esa vida que ansiamos y no la vamos a rehuir aunque nos recuerde lo dura y dolorosa que puede resultarnos muchas veces la vida, pero es que esa sombra para nosotros se convierte en luz que nos guía en nuestro sendero pero que además nos ilumina la mente y el corazón para comprender el verdadero sentido de la vida. Hoy nos queremos acoger bajo la sombra de la cruz.

Es una cruz muy especial que aunque su madera tenga la dureza del dolor y del sufrimiento, del sacrificio e incluso el aroma de la muerte, está regada de vida en la sangre de quien por amor en ella dio su vida por nosotros. Hoy queremos no solo contemplar sino también abrazar ese madero de la cruz que nos habla de entrega hasta la muerte, pero que nos habla de amor y nos llena de vida.

Miramos a lo alto para contemplar como en el espejo de los sufrimientos de la pasión y muerte de Jesús nuestra vida y nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros sacrificios, nuestros desánimos y cansancios tantas veces en ese camino de la vida que vamos haciendo y que no siempre nos resulta tan agradable, esos momentos oscuros por los que todos pasamos, pero mirando al que muere clavado en una cruz encontramos un sentido y una fuerza porque nos estamos encontrando el amor.

Es el amor que se convierte en brisa refrescante en ese ardor del camino, es el amor el que nos da sentido a nuestras luchas y a nuestros sufrimientos, es el amor que nos impulsa a seguir adelante en nuestras responsabilidades y en nuestras tareas, es el amor que viene a suavizar esas tensiones que pueden aparecer en las incomprensiones de nuestras relaciones, es el amor que viene a sanar las heridas del corazón que tantas molestias nos proporcionan, es el amor que va a poner dulzura en nuestra vida para dejar a un lado tantas amarguras, es el amor que fortalece nuestro animo y nuestro corazón para seguir amando y seguir dándonos por los demás, es el amor que nos llena de vida y nos hace sentir la satisfacción de lo bueno que vamos realizando para hacer que nuestro mundo sea mejor, es el amor que pone amplios horizontes en nuestra vida y nos hace caminar aunque ahora el camino nos parezca difícil y que nos hace encontrar salidas aun cuando todo nos parezca perdido, es el amor que nos hace llegar el perdón para tantos errores y tantas caídas que tenemos en el camino, es el amor que nos hace vivir de verdad.

Nos puede parecer que la cruz está envuelta por las sombras porque nos recuerda el dolor y el sufrimiento, pero la cruz es el rayo más luminoso que puede llegar a nuestra vida porque en ella encontramos a Jesús, porque en ella encontramos a Dios, porque en ella hemos encontrado la vida, por en ella encontramos el camino del perdón y de la reconciliación, porque de ella se desborda el amor, porque ella nos regala la paz. 

Es lo que contemplamos de manera especial en este día del Viernes Santo, que ya no puede ser para nosotros un día de luto y de tristeza. Leamos detenidamente hoy la lectura de la pasión de Jesús, pero más que leerla contemplémosla desde el corazón. Podemos, es cierto, sentirnos ensombrecidos por la muerte que siempre produce desgarros en el alma, pero como sabemos que detrás brilla el amor y la vida nuestro canto se llena de alegría, porque es un canto de triunfo; la muerte y el pecado han sido vencidos por el amor, vislumbrados detrás de la cruz las resplandores de la resurrección y de la vida. No temamos apoyarnos en la cruz porque de ella fluye la energía de la vida, ella desprende los ardores del amor.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

lunes, 15 de julio de 2024

¿Seremos capaces de seguir en camino siguiendo los pasos de Jesús después de instruirnos en los planes del Reino de Dios?

 


¿Seremos capaces de seguir en camino siguiendo los pasos de Jesús después de instruirnos en los planes del Reino de Dios?

 Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Algunas veces no terminamos de entender lo que nos pasa, nos sentimos desconcertados por muchas cosas; nos decimos lo fácil que sería que nos entendiéramos bien, que nos lleváramos bien, que supiéramos encontrar la manera de evitar o de solucionar conflictos, pero no entendemos la reacción de las personas, o no entendemos nuestras propias reacciones; ¿por qué actué así en aquel momento?, nos preguntamos y seguimos sin entendernos incluso a nosotros mismos.

Vamos escuchando el evangelio, vamos viendo lo que Jesus nos va diciendo lo que tiene que ser nuestra vida cuando creemos en el Reino de Dios, nos parece que no es tan difícil eso que nos queramos, y nos ayudemos, y seamos buenos los unos con los otros, pero luego nos damos cuenta que tropezamos, que aparecen en nosotros sombras de egoísmo y de insolidaridad y comenzamos a hacernos nuestras reservas, nos aparece el orgullo y ya nos cuesta aceptar el que no nos acepten o la forma de reaccionar que algunos pueden tener en relación a lo que hacemos o lo que decimos. Nos sentimos desconcertados y algunas veces desorientados.

Jesús que se ha presentado como el Príncipe de la paz, los Ángeles cantaron la gloria de Dios en su nacimiento anunciando la paz para todos los hombres, y hoy nos dice en el evangelio algo que puede parecer una contradicción. ¿Qué significan estas palabras de Jesús? Nos está hablando de constatar una realidad que se va a dar entre nosotros precisamente por su causa. Ya el anciano Simeón lo anunció como signo de contradicción. ‘Este está puesto como signo de contradicción…’

Y es que por su causa vamos a encontrarnos divididos, porque mientras unos quieren seguirle con toda radicalidad aceptando su palabra y su plan de vida para nosotros, nos vamos a encontrar – y será incluso entre los que están más cercanos a nosotros, como la familia – quien piensa de manera distinta, no va a aceptar ese plan que nos ofrece Jesús sobre lo que ha de ser el sentido de nuestra vida y vamos a encontrarnos enfrentados los unos con los otros. Ya alguien aconseja que en familia no discutamos nunca de religión, porque vamos a terminar peleados, enfrentados los unos con los otros.

Pero el que sigue a Jesús no puede dejar de proclamar aquello en lo que cree, no puede dejar de proclamar su fe en Jesús. Aunque no nos entiendan, aunque nos rechacen. La luz no se puede ocultar en el cajón, sino es para ponerla bien en alto para que ilumine a todos; algunos se podrán sentir heridos en sus ojos por esa luz y querrán ocultarla, quitarla de en medio; es que con la luz se van a descubrir las obras de tinieblas que pudiera haber en nuestra vida, y parece que nos sentimos felices en medio de esas oscuridades y queremos rechazar la luz.

Es costoso muchas veces el camino que tenemos que recorrer, pero porque sea costoso no vamos a tratar de quitárnoslo de encima. El camino hay que hacerlo, aunque por medio tengamos que cargar con una cruz pero solo es la forma de llegar a la resurrección, a la vida sin fin. Por eso Jesús nos habla de no rehusar la cruz, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, porque ese es el camino de la vida, el camino que nos conduce a la vida. Tenemos que hacernos dignos de él. ‘Y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí’, nos dice. Aunque tengamos que perder la vida, aunque tengamos que renunciar en un momento determinado a aquello o aquellos que nos resultan los más queridos.

Pero Jesús nos dice que eso es algo tan fácil como dar de beber un vaso de agua. Lo que es necesario es tener esa buena disposición. Porque eso tan pequeño que hacemos no va a quedar sin recompensa. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Y nos dice el evangelio que Jesús después de dar estas instrucciones a sus discípulos se puso en camino. ¿Seguirnos nosotros en camino también siguiendo los pasos de Jesús?


sábado, 8 de junio de 2024

Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

 


Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51

A todos nos hace aflorar una inmensa ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando con demasiada frecuencia la vida.

¿No es hermoso que hoy podamos celebrar precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María? ¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?

Del corazón agonizante de Cristo salió aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.

Hoy contemplamos su corazón, hoy contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.

María, la que nos dice el evangelio que guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María guarda cuanto ha sucedido en su corazón.

Es lo que hacen las madres que desde que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer, porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.

Es lo que hoy estamos celebrando de María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón - ¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes, en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.