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viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

viernes, 3 de abril de 2026

Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

 


Contemplemos en silencio, rumiemos en el corazón cuanto contemplamos, envolvámonos en atmósfera de amor para confesar nuestra fe, un nuevo camino de vida

Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Hoy no es un relato más el que escuchamos; no solamente se contenta el evangelista con narrarnos con la mayor fidelidad unos hechos. Más que una historia es una revelación, la gran revelación de lo que es el amor, de donde se es capaz de llegar cuando hay amor, de cómo cuando hay amor no es un apresamiento y te conduzcan a la condena y a la muerte sino que es el testimonio de una entrega, es decirnos quien es ese Jesús que vemos en esta pascua subir hasta el Calvario.

Ya desde el principio de la propia narración se nos hace esa gran revelación aunque turbados por los momentos trágicos que contemplamos al principio no lleguemos a captar todo el sentido de lo que sucede. Jesús está en el huerto de Getsemaní, contemplamos su agonía y su oración, como contemplamos la dejadez de los discípulos que se caen de sueño; allí llegará Judas con aquellos guardias que le acompañan para culminar su traición. Pero hay algo que nos dice el evangelista y no puede pasar desapercibido, al oír el tumulto que llegaba es Jesús el que se adelante y les sale al encuentro. ‘¿A quién buscáis?’ La pregunta es inesperada y se detienen paralizados respondiendo, ‘A Jesús, el de Nazaret, el Nazareno’, le responden. Y allí se escucha la voz firme y serena de Jesús, ‘Yo soy’, y todos reculan ante estas palabras.

‘Yo soy’ era lo mismo que decir en hebreo ‘Yahvé’, el nombre de Dios. Y es Jesús el que se entrega y ya se dejará hacer hasta que es conducido hasta el Gólgota para ser crucificado. Es Jesús el que se entrega, porque allí está por amor y ese es el sentido del amor, porque el amor siempre se adelanta, el amor se hace entrega, el amor asume con total libertad hasta las cosas más costosas que no se hacen solamente ni principalmente por obligación o sumisión. Así lo había ido expresando Jesús desde sus primeros anuncios de lo que iba a suceder en Jerusalén y los evangelistas nos dicen que andaba como con prisas cuando subía a Jerusalén, porque el amor no espera a que otros hagan o empiecen, el amor siempre toma la iniciativa.

Es lo que hoy estamos contemplando en la pasión y la muerte de Jesús. Como hombre también había sentido miedo y no quería pasar por esas cosas tan dolorosas, pero Él era el mayor y mejor signo de lo que es el amor de Dios por eso da ese paso adelante en su amor para decir ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’, como lo expresa en la oración de Getsemaní.

Y amando, aunque sea en medio del sufrimiento, tiene aun tiempo y motivación  para mirar a Pedro con una mirada de comprensión y misericordia después de su negación, tendrá serenidad suficiente para detenerse en la calle de la amargura para consolar a aquellas mujeres que lloran a su paso pero dejándoles un mensaje de consuelo y esperanza, declarará ante el sumo pontífice su condición de Hijo de Dios aun sabiendo que pueda ser una razón más para su condena, claramente se presentará ante Pilatos para proclamar que es rey de la verdad y de la vida y que por eso ha venido al mundo, aceptará humildemente la ayuda del Cireneo porque la mecha humeante no hay que apagarla y aquel gesto de amor  que recibe es una respuesta al amor de Dios que allí se está manifestando, tendrá palabras de esperanza para los que están condenados con Él y a quien muestra arrepentimiento le ofrecerá está aquel mismo día en el paraíso. Al final   el evangelista no nos dirá simplemente que Jesús murió sino que nos dirá que Jesús entregó su Espíritu, o como nos dirá otro evangelista poniendo en labios de Jesús ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

¿Qué nos está revelando Jesús? La entereza y la fortaleza del amor que hará que a última hora hasta el centurión romano reconoce que es un justo inocente que ha realizado la mayor de las pruebas del amor. Más que una historia es una revelación, ya decíamos desde el principio. Es la muestra del paso de Dios que siempre es regalo de amor, que siempre es camino que se nos abre para la vida y para la salvación. Es lo que hemos de sentir en este día. No nos quedamos en los detalles, pero en los detalles tenemos que ir contemplando toda esa ofrenda de amor.

Pero como decíamos es una revelación que nos pone en camino, porque no leemos simplemente el evangelio como quien lee un libro porque quiere conocer unos datos históricos; nosotros contemplamos y contemplar es ir a lo más hondo de lo que se nos puede decir en la fachada del relato de unos hechos que nosotros queramos conocer para ir a lo que está en el fondo de cuanto contemplamos; y es lo que podemos descubrir que va a implicar toda nuestra vida porque ya no podemos ir por la vida como si nada hubiéramos contemplado, porque ahora nosotros nos vamos a sentir inundados y empapados por tanto amor, porque quizás nos haga despertar de esas somnolencias con que hemos vivido muchas veces nuestra fe.

Hay un detalle final y es que van a aparecer dos personajes que eran discípulos ocultos de Jesús y ahora van a dar la cara; Nicodemo el que había ido de noche a ver a Jesús y José de Aritmatea del que hasta ahora no sabíamos nada; se atreven a presentarse ante Pilatos, y alguna razón tenían que esgrimir, para pedir el cuerpo de Jesús y darle digna sepultura; tanto es así que José de Aritmatea ofrecerá su propia sepultura excavada en la roca de su huerto para que allí depositan el cuerpo de Jesús. Siempre habrá alguien que tras la primera impresión de un momento duro y de dolor hará aflorar lo mejor de su corazón para dar un paso adelante.

Contemplemos en silencio, rumiemos en nuestro corazón cuanto vamos contemplando, envolvámonos en este viernes santo en esta atmósfera de amor y terminemos confesando nuestra fe que nos abre a un nuevo camino en nuestra vida.


jueves, 26 de febrero de 2026

Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

 


Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

¿Qué seguridad tenemos de que cuando vamos a pedir algo vamos a conseguir lo que pedimos? Según sea aquel a quien se lo pedimos, pensamos. Podríamos decir que entrarían muchas cosas, empezando quizás cómo hayamos sido nosotros con esa persona, pero también depende de su talante, de su manera de ser, de la generosidad de su corazón y, por supuesto, de la relación de amor y amistad que mantengamos con esa persona; por eso cuando la vemos alejada de nosotros o de difícil condición acudimos a mediadores.

Esto nos sucede habitualmente en nuestras relaciones humanas, pero he querido en mi reflexión partir de esa experiencia humana que todos podamos tener para comentar lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio y también en la primera lectura del libro de Esther. ¿Son lo mismo esas peticiones humanas que nos hacemos los unos a los otros que este modo de oración que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios?

Quisiera comenzar por un comentario que hace Jesús casi como colofón para que tengamos esa seguridad en nuestra oración. ‘Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan… Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!’ Y ¿cuál es en fin de cuentas la razón? El amor de un padre que siempre querrá lo mejor para su hijo y le dará siempre lo más hermoso.

Si somos hijos que nos sentimos amados de Dios con cuánta confianza acudimos a El. Nuestra oración no será otra cosa que saborear el amor que Dios nos tiene y en consecuencia también poner de nuestra parte todo nuestro amor. Es a lo que tenemos que apelar, es la confianza y seguridad que saldrá espontánea de nuestro corazón. Será entonces también la manera de hacer nuestra oración, que no es solo hacer nuestras peticiones. Porque siempre hemos de partir de esa experiencia de amor que nosotros vivimos en nuestra relación con Dios. Es el amor de Dios que está primero, un amor que es tan grande que nos regala el hacernos sus hijos. Es un regalo de amor que nosotros hemos de saber saborear en nuestro encuentro con Dios, cuando nos sentimos en su presencia. Y es quizás en lo menos que nos detenemos cuando hacemos nuestra oración. ¿Es que los enamorados no disfrutan de su amor simplemente diciéndose que se aman?

Es hermosa la oración de la reina Esther que se nos ofrece hoy en la primera lectura. Tiene que hacerle una petición al Rey, su esposo, en la que está en juego incluso la supervivencia de su pueblo, pero ella acude antes a Dios, porque sabe bien que no es regalo de un rey humano lo que va a pedir, sino un regalo del amor de Dios. Por eso se acerca con humildad pero con al mismo tiempo con la confianza de saberse pueblo elegido y amado de Dios. Solo pide que el corazón se mueva a la compasión, que ella también tenga las palabras sabias y oportunas para poder intervenir. ‘Pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ y al mismo tiempo pide hacerse grata a los ojos de Dios.

¿Qué significa? Esa oración la está transformando a ella, no va a ir desde la arrogancia y prepotencia sino con humildad y verdadero amor que las actitudes profundas de su vida van a cambiar. Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra. ‘Cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación’. El dolor por los problemas o dificultades persistirá pero todo va a encontrar un sentido nuevo, un valor nuevo, porque no faltará el gozo del corazón - ¿y cómo va a faltar si nos sentimos amados? – y sentiremos como la salvación llega a nuestra vida.

¿Vivimos con ese sentido nuestra oración o simplemente vamos a despachar con quien nos puede resolver las cosas para que se nos conceda cuanto necesitamos? Otro tiene que ser nuestro sentido.

viernes, 30 de enero de 2026

No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

 


No es pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos

2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50; Marcos 4, 26-34

No es lo mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las personas que asumen sus responsabilidades, toman  parte en lo que les corresponde y son capaces también de desarrollarse como personas.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con respeto y gratitud contemplamos.

Podemos pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola – recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.

Pero me lleva a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección. Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola en eso también nos está dando lecciones.

Maravillémonos de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.

domingo, 11 de enero de 2026

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

 


Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar en nuestro corazón.

Despertemos, abramos los ojos y miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al salir del agua, los cielos se abrieron  y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

Es el tiempo de la contemplación, porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos escuchando la voz de Dios.

Ahora no podemos ir con prisas, tenemos que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?

Pero toda esa mirada y contemplación nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y preferido.

Claro que ahora nos queda una cosa, ¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama, Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros también queremos ponernos en camino.

Estamos también llenos del Espíritu de Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… Manifestará la justicia con verdad.  Te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea. Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en las tinieblas.

¿No es eso todo un programa de vida en el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso? Saquemos conclusiones.

domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

martes, 15 de octubre de 2024

Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

 


Aprendamos la sabiduría de Dios leyendo con humildad nuestra vida, tal como es, dejándonos conducir por el Espíritu de Dios que se nos revela

Eclesiástico 15, 1-6; Salmo 88; Mateo 11, 25-30

Todos sentimos admiración por las personas sabias. Y podemos pensar en sus mutuos conocimientos en todas las materias, o en especialidad en aquellas cosas que son su dedicación primordial, ya sea por su profesión, por los estudios que haya realizado, por el mundo de la investigación  en el que se ha comprometido, o aquello que son sus tareas que realiza, podíamos decir, a la perfección. Son como una enciclopedia, solemos decir, porque de cualquier cosa que traten es como si abrieran la página de su saber para dejarnos maravillados.

Pero bien sabemos que la sabiduría no se queda ahí, o que más bien no está solo en los conocimientos que hayamos podido adquirir. Bueno, sí, es un conocimiento que hemos adquirido, pero no por esos estudios, por esa dedicación científica, sino por lo que realmente en la vida, con todo eso si queremos también, hemos ido adquiriendo. Y esos sí que nos dejan una sombra o un resplandor en nuestra vida que no podremos olvidar ni tampoco valorar quizás lo suficiente. Todos tenemos la experiencia de habernos encontrado con personas, sin esa cultura aprendida por así decirlo en los libros, que sin grandes conocimientos de cosas especiales, sin embargo nos trasmiten una sabiduría de la vida que sí que nos produce honda admiración.

Personas que han sabido rumiar la vida, personas reflexivas que pasan una y otra vez por su mente y sobre todo por su corazón aquello que sucede, aquello que ven a su alrededor, y en ese rumiar han sabido leer un sentido, un valor, han ido adquiriendo esa sabiduría. Tendría que ser también nuestro camino, la senda por donde vayamos desarrollando nuestra vida.

Tenemos que aprender a detenernos a contemplar, no solo las cosas, sino lo que es la vida misma para estrujarla en nuestra mente y sacarle su jugo. Contemplamos, sí, la belleza de un racimo de uvas, y podemos decir maravillas para descubrir su color, su forma, sus perfumes, pero si queremos sacarle el verdadero jugo que nos dará un sabroso vino tenemos que estrujar ese racimos, sacando así toda la potencialidad que lleva en su interior, para poderlo disfrutar de verdad.

Es lo que tenemos que ser y hacer en la vida. Pero para eso hay un paso importante, hacernos pequeños, aunque a veces parece que somos estrujados por la vida. Descubriremos toda nuestra riqueza interior, pero al mismo tiempo nos sentiremos elevados porque habrá algo que no recibimos de nosotros mismos, sino que en nuestra fe decimos y descubrimos que es Dios que se nos está revelando en nosotros.

Nos dejamos guiar humildemente, diciendo quizá como aquel sabio de la antigüedad, solo sé que no sé nada, pero adquiriremos la sabiduría de Dios que se solo se revela a los que así se hacen pequeños. Nuestros apetitos de grandeza no nos valen de nada, la prepotencia con que quizás queremos presentarnos ante los demás al final se diluirá y nos caeremos como se cae un castillo de naipes. Cuantas ambiciones que se quedan en un vacío, porque puede haber mucha apariencia externa, pero interiormente no son nada, terminan perdiendo el rumbo de su vida.

Es lo que hoy escuchamos en el evangelio en labios de Jesús que da gracias al Padre porque esa revelación de Dios ha llegado no a los prepotentes y orgullosos, sino a los pequeños y a los sencillos. Son los que van a seguir de verdad a Jesús, porque se dejarán conducir por el Espíritu de Dios.

Hoy este texto del evangelio nos lo ofrece la liturgia en la fiesta de santa Teresa de Jesús que hoy estamos celebrando. Hoy la admiramos y admiramos su obra. Contemplamos aquellos caminos que ella recorrió fundando nuevos conventos tras la reforma del Carmelo. Pero antes ella hizo un camino de largo recorrido; es cierto que tenia ese espíritu andariego, porque ya de niña quiso irse a las Indias para anunciar el evangelio en aquellas nuevas tierras que se habían descubierto. Pero no era ese el camino que había de recorrer.

Fueron largos años en el convento en medio de muchas turbulencias en su vida que le hizo descubrir todo el misterio de Dios en su vida para ser una gran contemplativa. Entro al convento con la prepotencia propia de su época y de su juventud, pero en enfermedades, en contratiempos que le hizo incluso en momentos estar lejos del convento, fue haciendo un camino de humildad para dejarse conducir por Dios. Descubrió así la verdadera llamada que Dios le estaba haciendo para la reforma del Carmelo y así emprendió el camino que ahora Dios le señalaba. No fueron solo sus recorridos por los caminos de Castilla para fundar conventos, sino la renovación que en la Iglesia estaba provocando. Se hizo pequeña y encontró el verdadero rostro de Dios que se le revelaba en la contemplación, su mística divina de la que nos quería hacernos participar.

¿Encontraremos nosotros esa sabiduría de Dios? ¿Sabremos hacernos pequeños y humildes para dejarnos conducir por Dios? Tenemos que aprender a leer la vida, nuestra propia vida en su recorrido tal como lo hayamos realizado, con sus luces y con sus sombras, con nuestros tropiezos o también con sus momentos buenos, para llegar a descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros, para alcanzar esa sabiduría de Dios.

lunes, 7 de octubre de 2024

Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 


Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 

Zacarías 2, 14-17; Salmo Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

Los enamorados se dicen una y otra vez palabras de amor y no se cansan nunca de repetirlas. Cuando algo nos gusta no nos cansamos de admirarlo y saborearlo, es más, cada vez le encontramos más sabor enriqueciendo la capacidad de nuestro propio paladar.

Hoy estamos celebrando una advocación de la Virgen que nos lleva a repetir una y otra vez piropos de amor para la que es nuestra madre, depositando en su corazón todo lo que es nuestra vida, con nuestros anhelos y preocupaciones, con nuestros deseos y con nuestras alegrías, desde nuestras penas y nuestros sufrimientos, porque sentimos que es la madre, y la madre no se cansa nunca del amor de sus hijos, y tampoco los deja abandonados en sus angustias y en sus penas.

Una advocación de la Virgen que se convierte en un bello ramillete de rosas de amor cuando le repetimos una y otra vez las palabras del ángel que la hacían sentirse la agraciada del Señor, reconociendo desde su humildad las maravillas que el Todopoderoso realizaba en ella y a través de ella derramando su misericordia de generación en generación para todos los hombres. Hoy la llamamos y la invocamos como la Virgen del Rosario, que al mismo tiempo se convierte para nosotros como una escala a través de la cual le hacemos llegar los efluvios de nuestro amor.

Ha sido una devoción bien enraizada en el pueblo cristiano , pero que no se queda en lo popular a pesar de tantas tradiciones populares que en torno a su imagen en esta bendita advocación del Rosario expresan la devoción y el amor que sentimos por Maria como abogada en todas nuestras necesidades, sino que tiene también un profundo sentido teológico porque al repetir una y otra vez con las cuentas del rosario las palabras del Avemaría al mismo tiempo vamos considerando y contemplando todo el misterio de Cristo que a través de María para nosotros se hace tan cercano y tan vivido.

María nos enseña a contemplar a Cristo para ser capaces de mirarlo a través de sus mismos ojos. Pensemos cómo María en tantos momentos, como saben hacerlo las madres, se pondría a rumiar en su corazón todo aquel misterio de Cristo que junto a ella se había ido desarrollando. En un momento el evangelio nos dice que María, todo aquello que contemplaba, lo guardaba en su corazón. ¿Y para qué guardan en su corazón las madres los acontecimientos de la vida de sus hijos? Hace suyos la madre esos acontecimientos de la vida de sus hijos, se duele con sus sufrimientos y se goza con sus alegrías, se ve en ellos reflejada por las buenas semillas que fue plantando en sus corazones que ahora se manifiestan en lo que van realizando en su vida y tendrán siempre la palabra oportuna para alentar y para animar en el camino que se les pueda hacer difícil. Cómo conforta la presencia de la madre, aunque sea en silencio, en esos momentos de lucha y de superación.

Nadie como una madre los conoce tanto, nadie puede hablarnos de alguien mejor que lo que pueda hacerlo una madre. Así María quiere hacer con nosotros, ser para nosotros esa presencia de Madre que nos alienta y nos anima así como maestra que nos enseña y transmite todo el misterio de Jesús que nadie como ella vivió con tanta intensidad cuando la invocamos con el rezo del santo Rosario. Es una meditación y una contemplación, al tiempo que es un plasmar en nuestro corazón a través de los ojos de María todo ese misterio de Cristo.

Nunca una madre quiere sustituir la acción que el hijo tiene que realizar, pero sí será siempre un estimulo para que realicemos nuestro camino. Tampoco quiere María sustituir la acción de Jesús – por lo que tenemos que cuidar muy bien lo que tiene que ser nuestra devoción a María – sino que siempre está el impulso que continuamente nos recuerde que es a Jesús a quien tenemos que escuchar y al que tenemos que obedecer con nuestra obediencia de fe y de amor para realizar cuánto El nos diga.

Nos gozamos, pues, con la presencia de María que siempre nos llevará hasta Jesús. Damos gracias a Dios por ese regalo de una madre que ha querido darnos en María y no tememos de cansarnos de piropear a María como los buenos hijos saben hacerlo siempre con una madre. ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?

viernes, 29 de marzo de 2024

Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 


Detengámonos y contemplemos, de frente, con valentía, escuchemos en silencio el susurro del amor de Dios

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Salmo 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Es viernes santo. Y casi está todo dicho. Es el día en que los cristianos conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Ante nuestros ojos desfilan, podíamos decir que interminables, las imágenes de la pasión y de la muerte de Jesús. Caminamos por nuestras calles y desfilan a nuestro encuentro las imágenes de la pasión en las procesiones que en todas partes se realizan estos días; entramos a nuestros templos y nos vemos rodeados de las más diversas imágenes de la pasión; vamos a las celebraciones y escuchamos el hermoso relato de la pasión que nos hace hoy el evangelista Juan. ¿Llegaremos a estar saturados?

Detengámonos en cualquiera de esos momentos de la pasión que tan gráficamente se nos describen, aquel que más nos impresiona, aquel que nos hace pensar y nos interroga por dentro, aquel que será más conocido para nosotros; todos tenemos, es cierto, alguna preferencia especial, ante cuya imagen nos sentimos más sobrecogidos. Detengámonos ahí, no es necesario hacer recorrido por todos los momentos, y contemplemos; hagámoslo en silencio, no porque no hablemos, sino porque no nos adelantemos con pensamientos prediseñados o conclusiones que nos hayamos hecho en otros momentos de reflexión. Detengámonos así, como si fuera la primera vez y dejémonos sorprender.

En cualquiera de los momentos ante el que nos detengamos vamos a escuchar aquello que por dos veces repitió Pilatos, ‘he aquí al hombre, aquí está vuestro rey’. No desviemos la mirada ni nos entretengamos en nada sino miremos y escuchemos. Miremos de frente, sin temor, con los ojos bien abiertos, con el espíritu y el corazón bien abierto. Como hemos hecho silencio podemos escuchar un susurro de Dios.

¿Qué estaremos viendo a través de esa imagen de Jesús? Sí, vemos dolor y sufrimiento, un cuerpo atormentado, un cuerpo atravesado por el sufrimiento, pero vemos amor. Es la razón, es el motivo. Es la expresión del amor que nos tiene quien se dio por nosotros. No hay amor más grande, ya nos lo había dicho. Lo comprendemos. Es el amor de Dios Padre que nos entrega al Hijo; es el amor de Jesús que sube a Jerusalén, que sube a la cruz, libremente se entrega. Ha llegado su hora, pero es El quien da el paso adelante, porque hay amor, porque nos ama. ¿Cómo nos sentimos ante tanto amor? ¿Qué es lo que podemos decir? Nos quedamos en silencio, contemplando, rumiando en nuestro interior, sintiéndonos invadidos por ese amor, quedándonos transformados en el amor.

Estamos contemplando a Dios. Estamos sintiendo como nunca la presencia de Dios porque nos sentimos envueltos por su amor. Estamos contemplando cómo se ha bajado del cielo para caminar con nosotros, para caminar entre nosotros, para hacerse uno con nosotros. Se anonadó, porque se hizo esclavo desde el amor. Se anonadó porque haciéndose como nosotros quiso morir como nosotros. Se anonadó porque lo contemplamos en una terrible muerte de Cruz.

Es Dios y se hizo hombre y está sufriendo con toda la humanidad doliente. ‘He aquí al hombre’, había dicho Pilato. Es Jesús, pero en él vemos todo hombre que sufre, toda la humanidad doliente. Asumió nuestro dolor para que en el dolor de todos los hombres le viéramos a El. Sí, eso nos dijo. Y está en el hambriento y en el sediento, en el enfermo y en el que está en la cárcel, en el que está solo y en el que se encuentra en los oscuros callejones de la vida, en el que sufre el desprecio y la discriminación y en el que lleva en su carne los duros horrores de la guerra, en el que es perseguido o despreciado por ser distinto, por ser de otra raza, por ser de otro lugar, porque actúa de otra manera o piensa distinto, en todo el que sufre o que padece por cualquier motivo.

Cuanto le hiciéramos a uno de esos pequeños, a El se lo hacemos, así nos dijo. Cuando hoy lo contemplamos en su pasión y en su muerte seguramente nos hubiera gustado estar allí para liberarlo de ese sufrimiento, para ser quizás ángel del consuelo, para ponernos en su lugar, para acompañarlo con nuestra presencia como Juan, como María Magdalena, como María, su madre. Sí, hoy, pongámonos a su lado en los nuevos calvarios de la vida. Pongámonos a su lado en todos esos que sufren, y ante los cuales tantas veces pasamos insensibles y quizá sin mirarlos. Mirando hoy a Jesús en la cruz aprendamos a mirar a nuestro alrededor para encontrar a ese ser que se encuentra sumido en su soledad, a mirar a nuestro alrededor y descubrir tantas lágrimas que se derraman sobre tantos rostros pero en las que nunca nos habíamos fijado, a mirar de una manera nueva el dolor y el sufrimiento que quizás causamos con nuestros desaires o con la despreocupación con que vamos por la vida.

Dejémonos mirar por Jesús con aquella misma mirada compasiva con que miró a Pedro después de su negación, como miró a Juan desde lo alto de la cruz para entregarle a su madre, como miró a quienes le crucificaban para perdonar y para disculpar, como miró a nuestro mundo para llenarlo de nueva vida y de amor. Algo nuevo tiene que comenzar a brotar dentro de nuestro corazón, una nueva vida tiene que estar gestándose en nosotros. Vamos camino de la Pascua, porque sentimos el paso de Dios por nuestra vida. En nosotros queda siempre la esperanza de la resurrección. Dios está hablando a nuestro corazón.

domingo, 24 de marzo de 2024

Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

 


Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

Marcos, 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Sal. 21;  Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15, 47

El pórtico de esta semana de Pasión viene enmarcado por los hosannas y los ramos de olivo de la entrada de Jesús en Jerusalén y por otra parte la contemplación en la misma celebración de la muerte de Jesús en la Cruz en el relato del evangelista Marcos. No podemos olvidar que es como el sprint final para llegar a la celebración de la Pascua.

Ya es Pascua lo que estamos contemplando y celebrando, porque todo es el paso de Dios que ha de ser también nuestro paso, nuestra Pascua. Si así no lo contemplamos y así no lo vivimos todo podía quedarse en un espectáculo bien dramático que aun nos llenaría de más dolor, angustia y amargura. No en vano estas palabras son de las más repetidas en estos días y que incluso llegan a dar nombre a distintos momentos o a distintas imágenes que vamos a contemplar. Pero nosotros no nos podemos quedar en el dolor, la angustia y la amargura porque nos llena una esperanza y para nosotros estará ya siempre presente la luz final que vamos a contemplar en la resurrección que es la culminación de esta Pascua, de este paso de Dios. Es el sentido hondo que tenemos que darle a estos momentos y a estas celebraciones.

Es cierto que ante nuestros ojos van a ir proyectándose todos esos momentos de la Pasión, que como un adelanto ya en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor – que así es su nombre – en la lectura del evangelio de san Marcos, pero no nos quedamos en una proyección visual, aunque también nos ayude para la meditación, sino que ha de ser algo que hemos de ir proyectando en lo hondo del corazón para poder hacerlo vida en nosotros. Es importante abrir los ojos y los oídos viendo y escuchando todo lo que se nos proyecta y se nos proclama, pero es muy importante que sepamos abrir el corazón para que haya en verdad ese paso de Dios en nosotros, en nuestra vida.

Siempre la Iglesia nos ha invitado a un recogimiento especial en estos días, aunque no lo hemos sabido muchas veces interpretar bien, porque los hemos convertido en días de demasiada tristeza, sino que ese recogimiento significa crear el ambiente adecuado para que esa Palabra cale en nosotros, la podamos rumiar debidamente en nuestro interior, y podemos llegar a saborear toda esa maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta. Cuando el rumiante pasa una y otra vez aquello que ha comido para mejor digerirlo, es para sacar el mejor jugo, vamos a decirlo así, de aquello de lo que se ha alimentado.

No son días de sentirnos agobiados por la tristeza, sino momentos en que tenemos que saborear a fondo toda esa vida que se nos regala, y es un hermoso regalo de amor el que nos hace Dios cuando nos entrega a su Hijo como vamos a contemplar.. Es lo que queremos vivir en estos días. Es lo que verdaderamente nos conducirá a la Pascua. No vamos a vivir con angustias y amarguras estos momentos, aunque mucho sea el dolor que sintamos al vernos tan pecadores, sino que vamos a hacerlo llenos de esperanza, porque sabemos que ese paso de Dios es para la vida y la salvación.

No voy a detenerme al ofreceros esta reflexión en volver a la descripción de estos momentos de la Pasión de Jesús. Sobran las muchas palabras y necesitamos momentos de silencio y reflexión, como hemos venido diciendo. Aclamemos, sí, con mucho entusiasmo y alegría esta entrada de Jesús en Jerusalén,  que hoy de manera especial conmemoramos, porque en nuestra fe sabemos bien quien es el que como Rey y Señor va montado en un humilde borriquito para su entrada en la ciudad Santa. Sí, ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

En verdad hoy estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, porque así lo vamos a ver coronado en lo alto de la cruz en estos días. Lo contemplamos humilde, como lo había anunciado el profeta; lo contemplamos el último y el servidor de todos, como El nos había enseñado que teníamos que ser nosotros también. Es el que como el Señor lo veremos con la toalla ceñida a su cintura y la jofaina de agua en sus manos para lavar los pies de los discípulos. Es el que nos ha dicho que nuestra grandeza está en amar hasta las últimas consecuencias, porque el mayor amor es el de quien es capaz de dar la vida por los demás. Será un gentil, el centurión romano, el que al final de todo lo que parecía una terrible tragedia vendrá a proclamarlo como verdadero hijo de Dios.

Es lo que nos da hondo sentido a este momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones de los niños porque con El queremos entrar también para llegar a la Pascua. Ya sé que nos cuesta, como le costaba entender a Pedro cuando Jesús lo anunciaba en la subida a Jerusalén. A última hora podemos seguir teniendo la tentación de la duda o el miedo que nos hace echarnos atrás, como le sucedió a los discípulos, o que se durmieron en el huerto, o cuando llegaron los momentos difíciles abandonaron y huyeron para esconderse en el Cenáculo, o llegar a la negación como le sucedió al envalentonado Pedro que sin embargo sucumbió ante una pregunta.

Pero podemos levantarnos, despertar, quitar nuestros miedos y cobardías, sentirnos con la fortaleza de la esperanza, porque tenemos la certeza de la luz pascual que iluminará nuestra vida. Crucemos este pórtico y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz. Haremos así en verdad la Pascua del Señor en nuestra vida.

viernes, 31 de marzo de 2023

Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

 


Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Tiene que ser duro cuando alguien con buena voluntad trata de convencer de la veracidad y de la autenticidad de su vida a quienes no quieren aceptarlo. Expondrá mil razones y testimonios de que lo que hace es bueno, que no hay doble intención en lo que ofrece porque no quiere engañar a nadie, trata de justificarse por mil medios, pero los que le escuchan no dan el brazo a torcer, lo rechazan y ya en su interior lo tienen condenado. Lágrimas de sangre, podríamos decir que salen del corazón ante la terquedad de los que le escuchan y o se mantendrá firme en sus convicciones y en la misión que cree tener en aquel momento a pesar del rechazo, o terminará marchando por otra parte donde pueda ser mejor escuchado y aceptado.

Jesús era consciente de su misión, se sentía enviado por el Padre y sabía también lo que tendría que sufrir por parte de quienes no le aceptaban y rechazaban. Hoy en el evangelio encontramos uno de esos momentos, en que Jesús apela a las obras que realiza, porque quien hace lo que El no puede ser sino alguien venido de Dios.

Un día Nicodemo lo reconocerá, si no vienes de Dios, si no eres un hombre de Dios, no podrías realizar las obras que tú haces, le dice más o menos con estas palabras aquel magistrado judío. Será quien más tarde en algún momento querrá hacer recapacitar a sus compañeros del Sanedrín que no se puede juzgar a nadie sin haberle escuchado y de alguna forma se pone de parte de Jesús. También va a ser mal considerado Nicodemo por esta defensa que hace de Jesús.

Ahora les dice Jesús que crean en las obras que El realiza. Eran los sencillos y los humildes – a los que se revela el Padre y por eso Jesús en una ocasión da gracias al Padre porque revela estas cosas no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los sencillos – los que aceptaban a Jesús, glorificaban a Dios cuando Jesús realizaba obras maravillosas, como serán los sencillos, más allá del Jordán donde terminará retirándose Jesús, los que van a creer en El en estos momentos. Pero en Jerusalén no quieren aceptarle.

Y a todas estas, ¿nosotros, qué? ¿Aceptamos a Jesús y creemos en El? ¿O también pondremos nuestras pantallas, nuestras condiciones, nuestras reservas? ¿Hasta donde somos capaces de creer en Jesús? ¿Hasta donde seremos capaces de subir también con El a Jerusalén para la fiesta de la Pascua? Tenemos ahora mismo la oportunidad de decantarnos claramente por Jesús.

En las puertas de la semana de pasión estamos, que será la semana donde vamos a celebrar todo el misterio de la pasión y muerte de Jesús. ¿Será una verdadera celebración lo que vamos a vivir, los pasos que vamos a dar para poder llegar a la Pascua? Cuidado no nos pongamos simplemente a la expectativa, como muchos de los que estaban en Jerusalén entonces, de contemplar unos espectáculos, de contentarnos con ver desfilar delante de nuestros ojos todos esos momentos de la pasión de Jesús. ¿No tendríamos que ponernos nosotros a hacer ese mismo camino de pasión de Jesús?

Es cierto que la contemplación es una actitud muy importante pero cuando lo hacemos desde el corazón dejándonos envolver por el misterio. No puede ser algo que veamos desde fuera o que contemplemos fuera de nosotros. Otra tiene que ser la manera, porque tenemos que hacerlo desde la realidad de nuestra vida que también necesita hacerse pascua, o contemplando también todos esos signos de pasión, de dolor, de sufrimiento que hay a nuestro alrededor; no es necesario que pensemos en otros lugares o en grandes cosas, que también están ahí como parte de la pasión de Jesús, sino ser capaces de verlo en pequeñas cosas en las personas que están cerca de nosotros.

Terminaremos reconociendo, si abrimos suficientemente los ojos, que hay más pasión, más dolor del que podemos nosotros imaginar. Y eso, ya sea en nosotros, o lo que estamos también contemplando en nuestro entorno tenemos que convertirlo en Pascua, porque ahí veamos el paso de Dios, y ahí al paso de Jesús nosotros demos ese paso hacia adelante, hacia la Pascua.