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lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

 


Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Hay momentos sorpresa en la vida que nos pueden causar gran impacto y de alguna manera dan un revolcón a nuestra vida que nos lo hace cambiar todo. Situaciones inesperadas pero que se convierten en momentos inigualables que siempre mantendremos en el recuerdo. Algo que nos hace sentir una nueva percepción de nosotros mismos porque comenzamos a vernos de manera nueva y a encontrar sentido para muchas cosas. Quizás aunque nos sentíamos bien en lo que hacíamos sin embargo teníamos la percepción de que no éramos aceptados y se veían incluso con malos ojos aquello que realizábamos que en fin de cuentas era una profesión a la que dedicábamos la vida, pero quizás en un momento determinado vimos que éramos tenidos en cuenta, se quería contar con nosotros para algo distinto y aunque inexplicable sin embargo considerábamos algo sublime, porque era de alguna manera una invitación a que fuéramos percibidos como algo distinto y que nos haría cambiar nuestra vida.

Podíamos decir que algo así le estaba sucediendo a Leví, o Mateo, según queramos llamarle. Pertenecía a un grupo y a una profesión que era rechazada por una gran mayoría y en la que incluso se habían ganado la fama de avaros considerándolos así como unos pecadores públicos para aquella sociedad. Era recaudador de impuestos, alguien que trabajaba con el dinero de los impuestos que se llevarían los romanos como pueblo invasor, pero que les daba ocasión a unas manipulaciones no siempre del todo justas. Sin embargo Jesús a su paso por delante de su garita de impuestos se había fijado en él y le había invitado a formar parte del grupo de los que le seguían más de cerca.

¿Se lo podía esperar? ¿Acaso podía ser una posibilidad para su vida? Sin embargo su respuesta tenía que llevar cambios muy importantes en su vida y en su manera de actuar. Quizás él también había escuchado a Jesús acaso en aquel sermón de la montaña allá en las cercanía del lago, le habría visto actuar en Cafarnaún con las multitudes que lo escuchaban o en los enfermos que eran llevados a su presencia para ser curados. Sin embargo seguir a aquel maestro significaría también un estilo de vida distinto que ya no se podría mover entre las comodidades de quien poseía muchos bienes, sino en un desprendimiento y una austeridad que incluso le haría estar pendiente de las ayudas que pudiera recibir.

Sin embargo, como él mismo nos lo relatará su respuesta fue pronta y generosa. Levantándose de su mostrador de impuestos lo dejó todo y se dispuso a seguir a Jesús. Pero antes como una señal de lo que significaría aquel cambio de vida quiso celebrar un banquete para Jesús con los principales de la ciudad, con los discípulos de Jesús que iban a ser sus compañeros, pero también con los que habían sido hasta entonces compañeros suyos.

Había sido aquella llamada, aquel querer Jesús contar con él un revulsivo, pero un revulsivo iba a ser también aquel banquete con tan variados comensales. Algunos comenzarán a protestar y a criticar, porque Jesús se estaba mezclando también con pecadores y con gente de mala fama. Tendrá que intervenir Jesús. ‘El médico no es para los sanos sino para los que están enfermos’, o para aquellos que creyéndose sanos tendrían que ser los primeros en reconocer la malicia de su corazón para poder ser sanados.

Una clara referencia a lo que allí estaba sucediendo. Por eso Jesús sentenciará con palabras del profeta ‘misericordia quiero y no sacrificios’. ¿De qué nos servirán esos sacrificios de autocomplacencia y de vanidad si no hay misericordia en el corazón? Es lo que Jesús nos está mostrando. Tenemos que parecernos a Dios que es rico en misericordia; caminando por los caminos de la misericordia es cómo mejor haremos presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Su presencia en la tierra es una búsqueda de los pecadores para manifestarles que Dios los ama y que siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón porque Dios sigue contando con nosotros a pesar de nuestra indignidad y de nuestro pecado. Aunque quizás sigamos siendo rechazados por el mundo que nos rodea que no llega a entender nunca lo que es la misericordia, que siempre va a tener memoria de nuestro pecado que no querrá olvidar, sin embargo Dios cuenta con nosotros, olvida y disculpa nuestro pecado porque incluso será capaz de disculparnos a causa de nuestra debilidad, nos regala su amor y nos tenderá la mano para ofrecernos un camino nuevo.

Cuando hoy estamos celebrando a san Mateo, cuyo nombre alguien traducirá como el regalo de Dios, vamos a sentir gozo en nuestro corazón porque a pesar de los pesares siempre nos sentiremos regalados con el amor de Dios siempre compasivo y misericordioso.


jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

miércoles, 8 de enero de 2025

La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

 


La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

¿Qué hacemos? Nos planteamos muchas veces cuando contemplamos una necesidad, una persona con problemas, alguien que nos sale al paso pidiéndonos una ayuda en cualquier esquina. Quizás nuestros buenos sentimientos nos lleva de forma espontánea a tratar de ayudar aunque sea con lo poco que llevamos en el bolsillo, pero quizás en otros momentos pensamos en por qué esas personas en lugar de pedir no se ponen a trabajar, y nos hacemos mil razonamientos de lo que podrían o tendrían que hacer. Es cierto que tenemos que incitar a que las personas por si mismas sepan salir de sus malas situaciones y no siempre hay que darle todas las cosas hechas, pero quizá también tendríamos que pensar en lo positivo que nosotros podemos hacer por esas personas para que vivan con dignidad en lo que por otra parte podría resultar al mismo tiempo humillante. Daría para muchas consideraciones lo que nos estamos planteando, no es tema baladí y sin trascendencia.

El evangelio, el mensaje que Jesús quiere trasmitirnos y que contemplamos en los relatos del texto sagrado siempre tiene que ser para nosotros luz. No es que nos dé soluciones técnicas, respuestas sociológicas que podríamos llamar así, pero la presencia y las palabras de Jesús son siempre palabras de vida para nosotros. Con ese sentido de la fe nos tenemos que saber acercar al texto sagrado y escuchar lo que para nosotros se convierte en Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios siempre es una palabra viva, una palabra de vida.

Es la situación que se nos presenta hoy en el texto sagrado. Una multitud que sigue a Jesús y le sigue hasta los descampados; llevan varios días con Jesús e incluso sus posibles provisiones se han ido agotando, ahora están hambrientos y cansados alrededor de Jesús. Claro que en este texto no solo hemos de ver la materialidad de esa multitud hambrienta sino en cuanto tiene de signo para nuestra vida.

Los apóstoles cercanos a Jesús se han dado cuenta de la situación y saben que allí hay pocas soluciones. ¿Dónde encontrar pan para toda esa multitud? Luego nos hablará de cantidades. Y el primer pensamiento que surge es decirles a la gente que se vayan a las aldeas vecinas o regresen a sus casas porque las provisiones se han agotado; con los entusiasmos de seguir a Jesús algunos ni se dan cuenta quizás de su situación, como en ocasiones nos puede suceder a nosotros que no caemos en la cuenta de muchos detalles de cosas ordinarias de la vida. Y es lo que le piden a Jesús que les diga a todas aquellas multitudes.

Pero ese no es el camino de Jesús. Su corazón compasivo y misericordioso que ya le ha movido a acoger a aquella gente, escucharla, atenderla, curarle de sus desesperanzas y de sus enfermedades, no está por aquello de despedir a la gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice con lo que se van sorprendidos. ¿De donde vamos a sacar pan para dar de comer a tanta gente? Se siguen preguntando y planteando.

Había que buscar soluciones y por allí aparece quien tiene unos pocos panes y un poco de pescado. ‘Pero, ¿qué es eso para tantos?’ ¿Habría alguien más que ofreciera las pocas provisiones que aun le quedaban? No nos dice nada el evangelio. Solo nos dice que Jesús les pide que se sienten en el suelo. Las palabras de Jesús son de bendición a Dios por aquellos panes, por aquella generosidad del muchacho, podemos pensar también, por la maravillas que ahora todos van a contemplar. Porque los panes y los peces comienzan a repartirse y todos pueden comer. Sobrará al final una buena cantidad. La abundancia renació en medio de la pobreza cuando hay amor y bendición de Dios.

Cuando nos preguntamos o nos planteamos cosas, tal como comenzamos hoy nuestra reflexión, aquí encontramos un camino que hemos de saber transitar. Es el camino del amor y de la bendición. Del amor porque nunca nos podemos encerrar en nuestro egoísmo e insolidaridad, del amor porque son los caminos de Dios porque Dios es amor, del amor que nos hace entrar en una nueva sintonía, que nos abre horizontes, que abre también los cierra que no solo ponemos en nuestros bolsillos sino también muchas veces en nuestro corazón, que nos hace tener una mirada distinta para ver las cosas de otra manera, para ver los problemas no como caminos oscuros sino siempre con una luz que como meta encontramos al final del camino y nos está ya iluminando nuestro sendero.

Y es el camino de la bendición. Bendición a Dios que siempre estará presente en nuestros caminos aunque sean oscuros, bendición a Dios porque nos vemos regalados por su amor, bendición de Dios en que nosotros hemos de convertirnos para los demás. ¿Qué podemos hacer? Ya sabemos los caminos nuevos que se abren ante nosotros y con los que tanto bien podemos hacer por los demás.

miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

domingo, 1 de enero de 2023

Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

 



Dios ha vuelto su mirada sobre nosotros y nos ha enviado a Jesús, que es el Salvador que nos ha nacido, nuestra vida y nuestro mundo se hacen distintos y se llenan de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Pensemos en todo lo que nos puede decir una mirada cuando llega a nosotros en el momento que más lo necesitamos; nos sentimos solos en nuestra lucha, parece que nadie nos tiene en cuenta ni valora el esfuerzo que estamos realizando para salir adelante, el dolor nos oprime y el sufrimiento nos llena de angustia y hasta nos quita la paz del corazón, y cuando nos parece que más desesperados estábamos una mirada se vuelve sobre nosotros, nos está dando su asentimiento sin apenas movimiento perceptible, sentimos calor en aquellos ojos que parece que nos están diciendo que nos levantemos, que sigamos luchando, que está teniendo en cuenta todo aquel esfuerzo que estamos haciendo para salir adelante.

Es una verdadera mirada de bendición. Qué aliento sentimos en el corazón, que nuevos ánimos surgen en lo más profundo de nosotros y no tiraremos la toalla, seguiremos adelante cueste lo que cueste. Cuánto nos decía aquella mirada.

Hoy estamos celebrando esa mirada de Dios para nosotros que se convierte en bendición para nuestra vida. Recordamos cómo Dios le dice a Moisés allá en el Horeb que ha escuchado el clamor de su pueblo y responde enviándole a él. El nacimiento de Jesús es esa mirada de amor de Dios a la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único… que nos dirá el evangelio. Dios que vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede su paz, como decía la bendición del Libro de los Números que hoy escuchamos en la primera lectura.

Es la mirada de la ternura de Dios; es la mirada de la piedad y se vuelve compasión; es la mirada de la misericordia y nos inunda con su amor. Lo podemos sentir, lo podemos palpar, lo saboreamos en esa mirada de Dios, nos gozamos con su bendición y nos llenamos de una alegría que nadie nos podrá jamás quitar.

Como nos quiere explicar el evangelio, se asomó Dios al mundo y vio a aquellos pastores de Belén que pasaban la noche al raso cuidando de sus rebaños, y les envió el ángel de Dios que les anunciara que en los campos de Belén había nacido una flor, que iban a encontrar a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre y era su Salvador. Y cuando los pastores sintieron sobre sí esa mirada de Dios en los ángeles que cantaban la gloria de Dios, en el ángel que les anunciaba lo ocurrido en Belén, se pusieron camino y encontraron tal como se les había anunciado.

Tenemos que aprender que hemos de ponernos en camino cuando sentimos esa mirada de Dios sobre nosotros. Son tantos los momentos en que Dios vuelve su rostro sobre nosotros, pero aunque andemos angustiados estamos distraídos y no sabemos leer las señales de Dios. Hemos de estar atentos para descubrir ese semblante que tanto nos puede decir. Nos está dando muchas señales el Señor y andamos preocupados de otras cosas y olvidamos lo principal. Queremos pasarlo bien y hacemos todo lo posible, pero nos olvidamos de la paz que hemos de llevar en el corazón. Podremos poner muchas pantallas de risas y de cánticos, de banderas que hablen de fiesta y de felicidad, pero nuestro corazón se ha adormecido y no terminamos de captar esas señales de Dios.

Despertemos y no dejemos de soñar, aunque nos parezca como un contrasentido. Despertemos de todas esos sucedáneos que nos adormecen para que no nos enteremos de lo que realmente nos pasa  - cuántos sucedáneos como drogas vamos metiendo en la vida para entretenernos – pero soñemos al mismo tiempo en algo bonito y hermoso, soñemos en lo maravilloso que podríamos hacer nuestro mundo si cambiaran un poquito esas actitudes negativas y de pasividad que nos envuelven en la vida, soñemos en esa felicidad y hermandad para todos porque eso no es un imposible, soñemos en que las sombras y las angustias no nos vencerán, porque detrás de todo estamos contemplando una mirada que nos levanta el ánimo, una mirada que se convierte en mano tendida, una mirada que nos hace sonreír en el alma, una mirada que nos está diciendo que Dios sigue confiando en el hombre, sigue confiando en nosotros para que hagamos que las cosas cambien.

Y nos ponemos en camino como los pastores de Belén, y confesaremos que Jesús es el Señor porque es el Salvador, el único salvador de nuestra vida y de nuestro mundo; nos ponemos en camino e iremos dando señales de ese mundo nuevo, de ese Reino de Dios porque Jesús es nuestro único Señor, la vida de nuestra vida. y nos ponemos camino para nosotros comenzar a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, para comenzar a mirar con mirada nueva a los que caminan en medio del dolor a nuestro lado, y en nuestra vida mirada sentirán el estímulo para ellos levantarse también, para ellos comenzar a caminar también. 

En esa mirada descubrirán la mirada y la bendición de Dios. Seamos para los demás esa mirada de Dios.

jueves, 22 de diciembre de 2022

Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

 


Como María bendición para Dios y bendición también para los demás, reconocemos los regalos de amor que recibimos y al tiempo hacemos ofrenda de nuestro amor

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56

Cuando hablamos de bendiciones normalmente pensamos en si llevamos algo al sacerdote para que lo bendiga, acaso pensamos en cómo el sacerdote al final de la celebración nos da la bendición de Dios antes de marcharnos de nuevo a nuestros quehaceres, a lo sumo pensamos en la bendición que le piden los hijos a los padres – aunque sea una costumbre que va desapareciendo -, pero realmente cuando hablamos de bendición tendríamos que pensar en algo más y no quedarnos solamente en algo que recibimos, aunque también lo sea.

Creo que de alguna manera tenemos que rescatar ese sentido de bendición con el que nosotros también queremos regalar a los demás. Nuestras palabras o nuestra presencia junto a los demás tendrían que ser siempre bendición para el otro, con lo que les mostramos nuestro aprecio y también nuestra gratitud porque por otra parte somos conscientes de cuanto de ellos estamos continuamente recibiendo.

Bendecir, en el estricto sentido de la palabra en sus propias raíces, es decir bien, pero le damos ese carácter sagrado de una bendición que recibimos de parte de Dios. Pero bendecir es también cantar a Dios, bendecir a Dios. Si cuando recibimos la bendición de Dios estamos pensando cómo queremos que su presencia nos llene y nos inunde con sus gracias y con sus dones, para vernos también liberados de todo mal, ¿Por qué no pensar en esa alabanza que queremos dar a Dios cantando su gloria que sean como piropos de amor que a Dios dedicamos también como una acción de gracias por cuanto de El recibimos?

Bendición para Dios y bendición para los demás porque son muestras de nuestros deseos de amor, el regalo que también desde nuestro amor queremos hacerles deseando que se vean envueltos por todo lo bueno y por todo lo bello. Bendecir es decir también estoy contigo, ya sea que bendigamos a Dios o que bendigamos a los demás, y con mi amor quiero que nos llenemos de felicidad, ya porque cumpliendo la voluntad de Dios quiero darle gloria, ya porque siempre haremos todo lo bueno para los demás.

Aprendamos de María. Tenemos ante nuestros ojos aquel momento de su visita a su prima Isabel allá en la montaña de Judea donde todo fueron bendiciones. Isabel siente como una bendición la presencia de María que llega a ella en la actitud del servicio como ofrenda de amor pero que también le trae la presencia de Dios y María se siente bendecida en las palabras y la acogida de su prima que la reconoce la Madre de su Señor.

Por eso todo el cántico que hoy escuchamos en esta parte del Evangelio es un cántico de bendición. Reconoce María las maravillas que Dios en ella está realizando a pesar de que se siente pequeña y la humilde esclava del Señor y todo son bendiciones para Dios, todo es alabanza para Dios que de manera especial visita a su pueblo derramando sus bendiciones de gracia y de misericordia. Es un cántico de acción de gracias pero es un cántico de bendición a quien así quiere hacerse presente en medio del pueblo, para quien quiere hacerse Emmanuel, Dios con nosotros.

Aprendamos nosotros a bendecir porque es humildemente reconocer. Reconocemos los dones recibidos ya sean de Dios, ya sean de los que caminan a nuestro lado y tanto hacen por nosotros y queremos ser siempre bendición, bendecimos y alabamos a Dios, pero aprendemos a bendecir a los demás porque alabamos y reconocemos también su amor, y aprendamos a recibir con gratitud las bendiciones que de tantos modos van llenando también nuestra vida.

miércoles, 1 de enero de 2020

Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz


Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
Seguimos en fiesta y aunque en el ambiente aun se reconocen muchos signos de la navidad sin embargo para una gran mayoría de personas las fiestas ya de estos días tienen otro significado que en cierto modo les aleja del aquel ambiente religioso de navidad que vivimos hace una semana. Aparte de quienes ya quieren hasta hacer desaparecer el nombre de la navidad dándole otros significados y categorías, lo que ahora ya estamos celebrando tiene mucha más relación con la despedida del año y la llegada y acogida del año nuevo.
Con todo lo hermoso que pueda ser la alegría y acogida de un nuevo año, que incluso la despedida del año viejo pueda tener connotaciones de cambio a una vida nueva, que manifestamos en tan rebuscados en ocasiones deseos, sin embargo para el creyente sigue siendo la navidad. Realmente es la octava de la Navidad y que en nuestra liturgia es como una prolongación de la fiesta de aquel día primero que seguimos queriendo vivirlo con toda solemnidad. Ni olvidamos ni dejamos a un lado lo que en el ámbito civil celebra y vive la sociedad, pero no podemos olvidar ni dejar a un lado de ninguna manera este espíritu de navidad que todavía tiene que seguirnos impregnando.
Cuando venimos celebrando como lo hacemos en la navidad el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios que ha encarnado en el seno de María para ser Dios con nosotros, verdadero hombre y verdadero de Dios – no podemos olvidar lo que son los pilares de nuestra fe cristiana  - hoy la liturgia nos invita a mirar de manera especial a María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios. Es el carácter especial que le damos a la celebración de este día de la octava de la Navidad y que nos coincide con el primero del año.
Así contemplamos hoy a María. Como nos decía san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’. Envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido de María. Hoy la contemplamos a ella de manera especial, es la madre de Jesús, es la Madre de Dios. 
Los pastores al anuncio del ángel acudieron a Belén y allí encontraron las señales que les había dado el ángel. El niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Pero allí estaba María, la madre, que lo contemplaba todo, que cantaba a Dios en su corazón porque ella sabía muy bien, como se lo había revelado el ángel, el misterio de de Dios que estaba viviendo. Y por eso como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘María guardaba todas estas cosas en su corazón’.
Creo que no es necesario ponernos a hacer demasiadas consideraciones. Es momento de contemplación en silencio para si nosotros llenarnos también del misterio de Dios. Aun mantenemos en nuestras casas la costumbre de hacernos el Belén pero que no nos hemos de quedar como un adorno más que pongamos en nuestros hogares, sino que tendríamos que saber encontrar el momento para detenernos delante del Belén para contemplar el misterio de Dios que allí hemos representado.
Estos días los hemos vivido quizá demasiados ajetreados con tantas cosas, celebraciones, comidas, fiestas, regalos, visitas, familias, amigos, y no digamos nada ahora con las fiestas de fin de año y año nuevo, y pudiera ser que hayamos perdido lo principal, que es sentir a Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. Démonos cuenta de esa tentación que sufrimos y cómo pronto cambiamos y dejamos a un lado lo referente a navidad para pasar a otra cosa, a otras fiestas como ya estos días celebramos.
Por eso es bueno detenernos y hacer silencio, que es una manera de ponernos en sintonía de Dios, de dejar que Dios nos vaya hablando a través de esas sencillas imágenes que tenemos ante los ojos en lo más hondo de nuestro corazón, detenernos y dejar que en la contemplación vaya fluyendo de nuestro corazón los mejores sentimientos, los mejores deseos, detenernos en silencio para dejar sentir en nosotros el gozo de Dios, para sentir en nosotros esa paz de Dios que se anunció en la noche de Belén.
Claro que vamos a tener en cuenta los momentos que en el año civil coinciden con estas fiestas, un año que termina y otro año nuevo que comienza, que por supuesto es mucho más que el cambio de fecha en el calendario. Es el ritmo de la vida con el paso de los días y con el paso de los años; es el ritmo de la vida que también tienen sus preocupaciones y en el que aparecen los buenos deseos, como todos estos días tenemos de felicidad los unos para los otros. Pero es desde un sentido creyente que Dios en verdad es el Señor de la historia y no es ajeno a los ritmos de nuestra vida. Pero eso en medio de la alegría de la fiesta no nos puede faltar nuestra oración, por una parte de acción de gracias por lo vivido, pero también de súplica de su gracia y de su presencia para los nuevos pasos que vamos a emprender.
Y esa súplica está nuestra oración por la paz. Pablo VI instituyó esta jornada de oración por la paz que para nosotros los creyentes no puede pasar desapercibida en este comienzo de año.  Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como veíamos en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura. Que ese sea nuestro deseo, nuestra petición al Señor y la felicitación

viernes, 26 de julio de 2019

Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar importante de la historia de nuestra vida


Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar importante de la historia de nuestra vida


Alabemos a Joaquín y a Ana por su hija; en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’, así comienza la liturgia de este día en que celebramos a San Joaquín y Santa Ana, los padres de María.
Siempre nuestra alabanza para el Señor. Hoy bendecimos a Dios por los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús. María, ciertamente fue una bendición de Dios para ellos, como es también una bendición para toda la humanidad. Hoy celebramos a aquellos que engendraron y trajeron a la vida a quien iba a ser la Madre del Señor, la Madre de Dios. Pero ser padre y madre es algo más que engendrar y llevar en su vientre a una criatura, porque los padres se prolongan en la vida de sus hijos en la vida que les trasmiten que son también todos esos valores que fundamentan la existencia del hombre.
No somos solo por nosotros mismos aunque luego en nuestra propia autonomía creceremos poniendo todo de nuestra parte, pero somos también lo que hemos recibido, lo que nos ha formado, lo que nos ha dado esos principios y valores para esa nuestra maduración personal. Hay una mutua interrelación entre lo que son los padres y lo que van a ser luego los hijos. La obra de Dios en nosotros se realiza también a través de esas mediaciones que son nuestros padres que son un punto de gracia para nosotros, una señal también de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Por eso cuando contemplamos a María con su fe y con su disponibilidad y con todas las virtudes que la rodean por lo que tanto la exaltamos, tenemos que pensar en quienes le dieron esos valores, en quienes les transmitieron esa vida, en quienes despertaron en ella esa fe y ese amor servicial que tanto resplandece en su vida. Decimos es la obra de la gracia de Dios en María pero que a ella llegó a través de toda la vida que le transmitieron sus padres Joaquín y Ana.
Nos tiene esto que hacer valorar lo que de nuestros padres hemos recibido. Lista grande sería la que tendríamos que hacer si quisiéramos catalogar todo lo bueno que de nuestros padres hemos recibido. Con su buena voluntad, con lo que ellos vivían y querían vivir, lo que había sido el sentido de su vida, también con sus posibles deficiencias y debilidades nos han transmitido muchas cosas hermosas que no siempre sabemos no solo valorar sino saber tener en cuenta en el día a día de nuestra vida.
Pero cuando hoy estamos celebrando a los padres de María nosotros también queremos ir más allá de nuestros padres subiendo también un escalón en nuestra ascendencia para pensar en los abuelos; de ellos a través de nuestros padres y quienes tuvimos la suerte de conocerlos también directamente de su trato nosotros también hemos recibido muchas cosas. Lo que somos a ellos también se lo debemos.
Este día de los padres de María se ha convertido también en nuestros tiempos en el día de los abuelos, de los mayores. Quiere ser un día en cierto modo de homenaje y de reconocimiento lleno de cariño y amor hacia nuestros abuelos, pero también de todos los abuelos. Como hemos venido diciendo, lo que somos también de ellos depende, de ellos lo hemos recibido. Con cuanta veneración y cariño hemos de agradecérselo.
Y como nuestra mirada va más allá de lo personal o de lo que son nuestras propias familias, queremos mirar con respeto, con veneración sincera y afectuosa, con agradecimiento surgido de lo más hondo del corazón a todos los abuelos, a todos los mayores. Tristemente somos conscientes del abandono y del olvido que sufren muchos de nuestros mayores a los que arrinconamos quizá donde no nos puedan molestar, desentendiéndonos de ellos.
Como sociedad incluso somos deudores ante nuestros mayores porque incluso lo que somos hoy como sociedad es herencia de lo que ellos en su momento de plenitud de sus vidas quisieron construir. Si queréis pensarlo así, cada uno a su manera, cada uno según sus principios y valores, cada uno conforme a lo que en aquel momento se vivía y ya bien sabemos lo cambiante que es la historia de nuestra sociedad en las diversas etapas de los tiempos fueron construyendo su vida y nuestra historia; hemos de reconocer su buena voluntad y sus buenos deseos, la responsabilidad con que vivieron su momento, el amor que ponían en todo lo que hacían para querer buscar siempre lo mejor.
Merecen nuestra gratitud y nuestro respeto. Merecen el homenaje sincero de nuestro amor. Sepámoslos poner en un lugar importante de nuestro corazón y de nuestra historia que es herencia de lo que ellos un día construyeron.

lunes, 9 de julio de 2018

La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás



La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás

Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144; Mateo 9,18-26

Una mano tendida puede significar muchas cosas; una mano que nos ponen sobre el hombro puede significar mucho animo en momentos de decaimiento; una mano que se nos ofrece y nos aprieta fuertemente puede ser ese empuje que necesitamos para decirnos que confían en nosotros y nos hace caminar con mayor seguridad; la mano de un padre o una madre sobre nuestra cabeza significa bendición para decirnos que están a nuestro lado pero que Dios tampoco nos abandona nunca.
Es ese calor humano que sentimos y que nos dice mucho más que mil palabras; es el afecto que se siente en el corazón y nos hace vivir con una nueva ilusión; es la confianza de la amistad que da cercanía, del cariño que nos hace sentir calor en el corazón, del aire fresco que llega a nuestro espíritu rompiendo barreras y parece que nos da nueva vida. Una mano sobre nosotros cuando nos sentimos hundidos porque nos creemos aislados es como resucitar un muerto. Así es la nueva vida que sentimos.
Muchas mas cosas podríamos seguir diciendo, aunque sabemos que también hay personas que rehuyen todos esos contactos; se sienten como mancilladas en si mismos si alguien los toca como si fuera una mano impura que llega hasta ellos. ¿Será que son secas en su corazón? ¿Será que están poniendo barreras que impiden la cercanía y la confianza de los amigos? ¿Expresará la malicia que quizás ellos llevan en el corazón? Hay personas que ponen distancias y rehuyen todo tipo de contacto como si quisieran mantenerse dentro de una urna que les aislé.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá’. Es lo que le pide aquel personaje que ha llegado y se ha postrado ante Jesús. Por el relato paralelo de los otros evangelistas sabemos que es el encargado de la sinagoga. Viene con fe hasta Jesús. Solo pide una cosa, que ponga su mano sobre su niña muerta para que viva. Y Jesús se pone en camino a la casa de Jairo. Ya sabemos, la tomará de la mano y la levantará con vida. La mano de Jesús.
Pero mientras en medio del relato nos aparece otro personaje, una mujer humilde y enferma. Ella nada dice. Ella lleva la fe en su corazón. Ella sabe que con solo tocarle la orla de su manto podrá sanarse de su enfermedad que lleva padeciendo muchos años y en lo que lo ha gastado todo. Jesús siente que le han tocado. ¿Cómo va a sentir ese toque si son tantos los que se arrebujan en su entorno que todo el mundo lo toca, se siente estrujado por toda la gente?, como dirá el discípulo en el relato paralelo ante la pregunta de Jesús de quien le ha tocado. Ahora se dirige directamente a la mujer. ‘Tienes fe, te has curado’.
Es la mano de Jesús que en si misma es vida y es bendición. Les imponía las manos a los niños para bendecirlos, se nos dirá en otra ocasión. Es la mano de Jesús que también nosotros queremos sentir sobre nosotros que nos llene de bendición, que nos llene de gracia, que nos impulse a nueva vida. es la mano de Jesús que nos levanta porque nos ofrece su perdón y su salvación; es la mano de Jesús que nos pone en camino, para que dejamos atrás tantas camillas y tantas muletas que llevamos como un estorbo en la vida; es la mano de Jesús que nos llena de esperanza porque nos está diciendo que confía en nosotros aunque tantas veces hayamos fallado; es la mano de Jesús que nos hace llegar el amor y la ternura de Dios para inundarnos de vida, para hacernos amar de manera distinta.
Pero finalmente pienso en algo más. ¿No podremos ser nosotros esa mano de Jesús que quiere llegar a los demás a través nuestro? Nuestra cercanía, nuestra ternura, nuestro amor, nuestros gestos humildes y sencillos, nuestra sonrisa, nuestra mirada que quiere llegar al corazón del otro. Podemos tocar la orla del manto del hermano que sufre a nuestro lado cuando lo ayudamos a levantarse, a tener fe y a tener esperanza. Estamos llamados a llevar vida, a llevar luz, a llevar ilusión por algo nuevo a aquellos que nos rodean. Somos signos de esa mano de Jesús, de amor de Jesús que quiere llegar a todos, pero que quiere contar con nosotros.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.

lunes, 6 de febrero de 2017

colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos

También Jesús llega a nuestra vida y se deja tocar por nosotros para llenarnos de una nueva vida si sabemos acercarnos al hermano que sufre a nuestro lado

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
Como muestra de nuestro saludo lleno de paz y de buenos deseos ofrecemos la mano a aquel con quien nos encontramos y con quien vamos a compartir algo, aunque solo sean unos momentos de nuestro tiempo. Es señal de buena educación el ofrecer nuestra mano sin ningún tipo de guante, sino nuestra mano y limpia y desnuda pero también de esos deseos de paz; no llevamos en ella ningún arma ni ninguna cosa que pudiera dañar a nuestro contrincante o a aquel con quien nos encontramos pero que es signo también de nuestros buenos deseos que llevamos allá dentro de nosotros mismos.
En la corrección de la vida normalmente no tocamos a nadie, pero si en un momento nos sentimos tocados nos ponemos como en alerta pues sería señal de algo salvo que sea inadvertido o no querido; puede ser un toque de atención, una llamada de alguna manera, un deseo de cercanía, una muestra de confianza, una súplica de auxilio, de muchas maneras lo podemos interpretar.
Ese tender la mano, ese tocar a alguien, como estamos expresando, puede significar muchas cosas, en ese ofrecimiento quizá que hacemos de nosotros mismos, como dicen hoy de trasmitirle nuestra energía. Cuánto sentimos dentro de nosotros mismos cuando recibimos un abrazo alguien como muestra de cariño y amistad, como signo de confianza, como expresión de que cuentan con nosotros seamos como seamos. Por eso la imposición de manos puede significar el confiar una misión, el trasmitir algo de si mismo o un buen deseo o una bendición.
El evangelio nos habla hoy de la llegada de Jesús y los discípulos después de la travesía que habían hecho por el lago a Genezaret; allí fueron reconocidos por la gente y comenzó un recorrido de Jesús por aquellos lugares, por aquellas aldeas donde la gente salía a su encuentro trayéndole los enfermos para que los curase. Le pedían poder al menos tocarle para así curarse, como aquella mujer que en otro lugar del evangelio contemplamos tocando a hurtadillas el manto de Jesús por detrás. Todos los que lo tocaban se curaban, nos dice el evangelista.
Jesús no rehúsa ese contacto físico. Ya le veremos en ocasiones que será El  quien toque al leproso, toque los ojos del ciego, los oídos y lengua del sordomudo o tienda su mano para levantar al paralítico. Quiere que esos gestos tengan un profundo significado de fe. Es algo más que una curación física lo que Jesús está ofreciendo. Jesús quiere despertar la fe en aquellos que le escuchan y se acercan a El pero para que no solo sea la salud que recuperen sino que se manifieste en unas nuevas actitudes de vida. Es la salvación que Jesús nos ofrece que nos pone siempre en camino de algo nuevo, de la vivencia del Reino de Dios.
Quizá alguna vez en nuestra mente o en nuestro corazón haya aparecido también ese deseo de ese contacto personal y hasta físico con Jesús, si estuviera en nuestra mano. Sí podemos sentir esa presencia de Jesús en nosotros por nuestra fe. Sí podemos llegar a ese encuentro íntimo y profundo con el Señor en nuestra unión con El en la comunión Eucarística. Sí podemos sentir esa presencia viva del Señor junto a nosotros en el hermano, y sobre todo en el hermano que sufre. Yo estaré con vosotros todos los días, nos prometió y esa presencia llena de vida y que nos llena de vida no nos faltará.

martes, 2 de febrero de 2016

Nos ha visitado el sol que nace de lo alto para traernos la salvación y Maria siempre nos conduce hasta la luz de Jesús

Nos ha visitado el sol que nace de lo alto para traernos la salvación y Maria siempre nos conduce hasta la luz de Jesús

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto’, había cantado y profetizado Zacarías en el nacimiento del Bautista. Daba gracias y bendecía a Dios porque ha visitado y redimido a su pueblo’.
Hoy a los cuarenta días del nacimiento de Jesús le vemos entrar en el templo, en brazos de María para ser presentado al Señor conforme a la ley de Moisés con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones. Pero allí estaba el anciano Simeón esperando esa visita del Señor; hombre anciano y justo que esperaba el futuro consuelo del Señor para su pueblo. Ahora da gracias, ya puede morir, sus ojos han visto al Salvador, en sus brazos está ese Sol que venía de lo alto para iluminar nuestras tinieblas, para que el pueblo pueda cantar verdaderamente la gloria del Señor.
Es lo que hoy estamos celebrando. Es la luz que brilla para iluminar las naciones; es la luz que viene a disipar para siempre nuestras tinieblas de muerte con su redención; es el Señor que viene a visitar a su pueblo; es la liberación de Israel, pero es la liberación de todos los corazones porque ha venido a liberar a los oprimidos; es el Señor.
Por eso la liturgia de este día hace resaltar dos cosas. Por una parte la luz iniciando la celebración con nuestras velas encendidas en nuestras manos porque vamos al encuentro del Señor. Esa luz que se nos dio en nuestro bautismo para que mantuviéramos siempre encendida hasta que vayamos al encuentro definitivo con el Señor. Es esa luz de la fe y del amor que va a iluminar para siempre nuestra vida; la tenemos que llevar en el corazón, tenemos que sentirnos envueltos de esa luz para que nosotros también iluminemos, no con nuestra luz, sino con la luz de Jesús. A la hora de nuestra muerte va a estar encendida junto a nuestro cadáver esa luz de Cristo resucitado en el símbolo del cirio pascual. Es una luz que es anuncio de vida y de resurrección.
Por otra parte necesariamente cuando contemplamos a Jesús entrar en el templo hemos de verlo en brazos de su madre. Hoy, siendo una fiesta de Jesús, es eminentemente también una fiesta mariana. Contemplamos a María, la que tuvo la misión de traer esa luz al mundo con el Sí de la anunciación. Por eso, recordamos como en el momento del nacimiento de Jesús todo eran resplandores de luz, manifestándose así la gloria del Señor con el cántico de los ángeles.
Nosotros los canarios tenemos una hermosa y bien significativa imagen de la Virgen, la portadora de la luz, la Candelaria como nosotros la llamamos. Así la contemplamos en su imagen, en sus brazos Jesús verdadera luz del mundo, pero como para recordarnos que tenemos que mirar hacia la verdadera luz para dejarnos iluminar por ella, en su mano porta también una candela encendida. No es la luz de la candela la que nos alumbra, sino que es Jesús, verdadero sol que nace de lo alto, como antes decíamos, que viene con el calor de su amor para iluminar nuestra vida con la luz de la fe.
Contemplamos, sí, a María, que siempre nos estará señalando la dirección de la luz porque siempre nos estará llevando a Jesús, porque siempre nos estará diciendo, escuchadle ‘haced lo que El os diga’. Que escuchemos esa voz de la madre que no hace otra cosa que trasmitirnos la voz de Dios. En ella vemos un hermoso signo de cómo hemos de escuchar a Dios para llenarnos de su luz. Que María de Candelaria nos envuelva siempre con la luz de Cristo para que nunca volvamos a caer en las tinieblas del pecado. Es la visita de Dios a su pueblo que ha llegado a nosotros con su amor y nos ha redimido. Caminemos siempre a su luz igual que caminamos peregrinos hoy tantos canarios hasta Candelaria porque siempre en esa peregrinación de nuestra vida estará con nosotros su luz.