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martes, 26 de julio de 2022

Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 


Con la fiesta de los abuelos de Jesús, Joaquín y Ana, aprendamos a descubrir y valorar lo bello y hermoso que de nuestros mayores hemos recibido, cimiento de nuestra vida

 

Quien olvida o trata de borrar su historia pasada puede estar olvidando o destruyendo unos pilares sobre los que se ha construido su vida, nos guste o no nos guste, y que pueden seguir siendo fundamentales para su futuro. Un edificio no lo podemos conservar ni seguir su construcción sobre él, si eliminamos cimientos y pilares sobre los que está realizada dicha construcción, se nos vendría abajo; necesitaremos hacer correcciones y buscar fortalecimientos para continuar la construcción, pero no podemos anular todo así porque sí.

Son cosas que olvida muchas veces la sociedad, ahí andamos con el tema de la memoria histórica donde parece que solo queremos recordar lo que no apetece o nos agrada, olvidando lo que ha sido un camino recorrido, que tendrá sus luces y sus sombras, pero que es el camino del que nosotros hoy provenimos y a partir del cual tenemos que seguir caminando. Estamos destruyendo cosas que son nuestra historia, que en su conjunto siempre tendremos que ver gloriosa, porque a pesar de sus sombras queremos hoy llenar de luz los pasos que seguimos dando. No sé realmente qué está pasando en nuestra sociedad en este sentido que uno no acaba de comprender.

Y esto sucede en lo familiar de igual manera. hay quien quiere hacer ruptura de su pasado, porque quizás haya habido cosas que miradas desde el punto de vista de hoy no nos gusta o no acabamos de comprender, pero tendríamos que saber comprender lo que vivieron nuestros mayores, a las luchas que tuvieron que enfrentarse, las carencias que muchas veces pudieron llenar de vacíos y pobreza mucho momentos de la vida, pero es de donde provenimos, y gracias a la lucha que mantuvieron estamos nosotros hoy aquí, e incluso hasta podemos pensar distinto de ellos. Pero es el camino de la vida que ha llegado hasta aquí y del que ahora partimos para seguir adelante y dejar paso también al camino de nuestros hijos.

Hoy estamos celebrando una festividad que históricamente un poco vaya más allá del relato de los evangelios que no los mencionan de una forma concreta, y aunque nacida en cierta manera de tradiciones que van más allá de los evangelios canónicos y tienen mucho fundamente en los apócrifos sin embargo puede tener un hermoso significado. Hoy es la fiesta de los abuelos de Jesús, los padres de María, san Joaquín y Santa Ana.

Pero es buena esa mirada que nos invita a hacer la liturgia con esa celebración a los que fueron, repito, los abuelos de Jesús. Probablemente de origen galilea – en Séforis en Galilea hay un santuario que recuerda lo que pudo ser la casa de Joaquín y Ana – pronto sin embargo se sitúan en Jerusalén, precisamente en las cercanías del templo y también muy cerca de la piscina probática, o de las ovejas, por donde se entraban precisamente los animales para los sacrificios en el templo. Allí se levanta un antiguo templo que nos recuerda a santa Ana, la madre de María, y el probable entonces lugar del nacimiento de María. Allí bebería esa fe y esa fortaleza de espíritu que brilló tanto en su vida. Lo que fue María, tan disponible para Dios como siempre ella estaba, fue de Joaquín y de Ana de quien lo aprendió, los que la enseñaron cómo había de llenarse de Dios.

Pero precisamente en este día en que celebramos a los abuelos de Jesús, se quiere convertir también en el día de los abuelos, en el día de nuestros mayores. Algo muy conveniente y que no podemos olvidar. Son nuestra historia pasada sobre la que está edificada nuestra vida. Pensemos, por ejemplo, cuánto de lo que hay en nuestra vida es precisamente herencia que recibimos de nuestros abuelos; ellos trataron de trasmitir a sus hijos, nuestros padres, unos valores sobre los que cimentar su vida, y que ha sido también lo que hasta nosotros ha llegado, a nosotros también se nos ha transmitido.

Es cierto que hoy hacemos nuestra vida; en el modernismo en el que queremos vivir, porque la vida siempre va avanzando, algunas veces podemos tener la tentación de querer arrancar de nosotros eso que hemos recibido de nuestros mayores, y nos olvidamos que son el fundamento de lo que ahora somos. Aprendamos a descubrir y valorar eso bello y hermoso que hemos recibido, que ahora lo plasmamos en nuestra vida, dándole, si queremos decirlo así, nuestro toque personal con las características de lo que somos y del mundo en que vivimos, pero no lo olvidemos que lo que somos es lo que hemos recibido, ha sido el cimiento y el pilar sobre los que seguimos construyendo nuestra vida.

Nos hace echar una mirada agradecida hacia atrás, hacia nuestros mayores, hacia nuestros abuelos; nos hace valorar la vida de verdad como nos compromete a seguirla construyendo y ofreciendo lo mejor de nosotros a las generaciones que nos siguen. Será así como construiremos ese mundo mejor que todos deseamos.

viernes, 26 de julio de 2019

Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar importante de la historia de nuestra vida


Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar importante de la historia de nuestra vida


Alabemos a Joaquín y a Ana por su hija; en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’, así comienza la liturgia de este día en que celebramos a San Joaquín y Santa Ana, los padres de María.
Siempre nuestra alabanza para el Señor. Hoy bendecimos a Dios por los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús. María, ciertamente fue una bendición de Dios para ellos, como es también una bendición para toda la humanidad. Hoy celebramos a aquellos que engendraron y trajeron a la vida a quien iba a ser la Madre del Señor, la Madre de Dios. Pero ser padre y madre es algo más que engendrar y llevar en su vientre a una criatura, porque los padres se prolongan en la vida de sus hijos en la vida que les trasmiten que son también todos esos valores que fundamentan la existencia del hombre.
No somos solo por nosotros mismos aunque luego en nuestra propia autonomía creceremos poniendo todo de nuestra parte, pero somos también lo que hemos recibido, lo que nos ha formado, lo que nos ha dado esos principios y valores para esa nuestra maduración personal. Hay una mutua interrelación entre lo que son los padres y lo que van a ser luego los hijos. La obra de Dios en nosotros se realiza también a través de esas mediaciones que son nuestros padres que son un punto de gracia para nosotros, una señal también de la presencia de Dios en nuestras vidas.
Por eso cuando contemplamos a María con su fe y con su disponibilidad y con todas las virtudes que la rodean por lo que tanto la exaltamos, tenemos que pensar en quienes le dieron esos valores, en quienes les transmitieron esa vida, en quienes despertaron en ella esa fe y ese amor servicial que tanto resplandece en su vida. Decimos es la obra de la gracia de Dios en María pero que a ella llegó a través de toda la vida que le transmitieron sus padres Joaquín y Ana.
Nos tiene esto que hacer valorar lo que de nuestros padres hemos recibido. Lista grande sería la que tendríamos que hacer si quisiéramos catalogar todo lo bueno que de nuestros padres hemos recibido. Con su buena voluntad, con lo que ellos vivían y querían vivir, lo que había sido el sentido de su vida, también con sus posibles deficiencias y debilidades nos han transmitido muchas cosas hermosas que no siempre sabemos no solo valorar sino saber tener en cuenta en el día a día de nuestra vida.
Pero cuando hoy estamos celebrando a los padres de María nosotros también queremos ir más allá de nuestros padres subiendo también un escalón en nuestra ascendencia para pensar en los abuelos; de ellos a través de nuestros padres y quienes tuvimos la suerte de conocerlos también directamente de su trato nosotros también hemos recibido muchas cosas. Lo que somos a ellos también se lo debemos.
Este día de los padres de María se ha convertido también en nuestros tiempos en el día de los abuelos, de los mayores. Quiere ser un día en cierto modo de homenaje y de reconocimiento lleno de cariño y amor hacia nuestros abuelos, pero también de todos los abuelos. Como hemos venido diciendo, lo que somos también de ellos depende, de ellos lo hemos recibido. Con cuanta veneración y cariño hemos de agradecérselo.
Y como nuestra mirada va más allá de lo personal o de lo que son nuestras propias familias, queremos mirar con respeto, con veneración sincera y afectuosa, con agradecimiento surgido de lo más hondo del corazón a todos los abuelos, a todos los mayores. Tristemente somos conscientes del abandono y del olvido que sufren muchos de nuestros mayores a los que arrinconamos quizá donde no nos puedan molestar, desentendiéndonos de ellos.
Como sociedad incluso somos deudores ante nuestros mayores porque incluso lo que somos hoy como sociedad es herencia de lo que ellos en su momento de plenitud de sus vidas quisieron construir. Si queréis pensarlo así, cada uno a su manera, cada uno según sus principios y valores, cada uno conforme a lo que en aquel momento se vivía y ya bien sabemos lo cambiante que es la historia de nuestra sociedad en las diversas etapas de los tiempos fueron construyendo su vida y nuestra historia; hemos de reconocer su buena voluntad y sus buenos deseos, la responsabilidad con que vivieron su momento, el amor que ponían en todo lo que hacían para querer buscar siempre lo mejor.
Merecen nuestra gratitud y nuestro respeto. Merecen el homenaje sincero de nuestro amor. Sepámoslos poner en un lugar importante de nuestro corazón y de nuestra historia que es herencia de lo que ellos un día construyeron.

jueves, 26 de julio de 2018

La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


Hoy celebramos la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Una antigua tradición que arranca del siglo II atribuye estos nombres a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a Santa Ana ya aparecía en la Iglesia oriental en el siglo IV, aunque sería mas tarde, en torno al siglo X cuando en el Occidente se comenzó a celebrar también la fiesta de san Joaquín que hasta hace pocos años se celebraba en agosto, pero después de las reformas del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano II se unificaron las fiestas del santo matrimonio en esta fecha.
La tradición sitúa la casa de los padres de María en los alrededores del templo de Jerusalén, basándose también en los evangelios apócrifos, muy cerca de donde estaba la piscina probática. Allí se levanta hoy la Iglesia de santa Ana, que nos recuerda también el lugar del nacimiento de María. La iconografía religiosa y cristiana es abundante siguiendo estas tradiciones antes mencionadas.
Como es normal hablar de los padres de María es hablar de los abuelos de Jesús. Es por lo que desde hace años se ha aprovechado también esta fiesta para celebrar a los abuelos, nuestros abuelos, todos los abuelos en lo que entrarían también todas las personas mayores.
Justo es que la sociedad los reconozca. En fin de cuentas en la vida vamos hundiendo nuestras raíces en nuestros antepasados de los que nos gusto o no nos guste somos sus herederos. Muchas veces al pensar en los abuelos de lo primero que nos acordamos son de sus achaques y debilidades. Pero tenemos que aprender a reconocer que la riqueza de nuestra vida, y esa riqueza no son solo los bienes materiales que hayamos heredado de ellos, de ellos lo hemos recibido en la cultura y en el saber, en los valores que nos trasmitieron y en cuantas enseñanzas para la vida ellos nos supieron trasmitir.
Ellos fueron los que antes que nosotros con sus medios y con sus limitaciones también fueron construyendo esta sociedad que hoy nosotros vivimos y que lo que hacemos es continuarla y seguirla desarrollando. Nos creemos los jóvenes que solo valen nuestras cosas y nuestras ideas, lo que nosotros hacemos y a cuantas posibilidades nosotros nos abrimos. Pero ¿sobre qué se está construyendo todo eso? Sobre lo que nuestros antepasados construyeron. Son realmente los cimientos de lo que nosotros queremos construir hoy; como cimientos parece que están enterrados y no los queremos ver, pero son la fortaleza de lo que nosotros ahora podemos vivir.
No podemos olvidar sus valores, no podemos olvidar su espíritu de sacrificio y su abnegación, no podemos olvidar su trabajo muchas veces bastante fatigoso porque quizá no tenían los medios de los que hoy nosotros con nueva técnica nosotros nos podemos aprovechar.
Pero ahí están esos cimientos con su fortaleza, si ellos no hubieran hecho lo que hicieron nosotros ahora no podríamos continuar con la construcción de nuestra sociedad, esa sociedad nueva que entre todos queremos construir. No le quitemos validez a lo que ellos hicieron, sino sepamos descubrir su importancia y la validez que sigue teniendo. Y entendemos que no nos referimos solo a lo material sino a lo que es la vida, toda la vida con todos sus valores, que aun seguimos observando en ellos, nuestros abuelos.
Hemos de saber reconocer y agradecer; hemos de saber corresponder a tanto cariño como pusieron en todo lo que hicieron para nosotros estemos hoy aquí donde estamos; hemos de saber estar cerca de ellos y acompañarlos en estos momentos que para muchos son ya de debilidad. Desgraciadamente la sociedad algunas veces los olvida y también las familias, arrinconándolos a un lado de muchas maneras sin saber reconocer cuanto les debemos. Pero que no sea homenaje de un día que son homenajes fáciles de hacer y que pueden ser efímeros.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este día, vaya estas consideraciones como homenaje, pero también para que con corazón agradecido despertemos y sepamos estar a su lado. Ellos se lo merecen.

martes, 26 de julio de 2016

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

Ecles. 44, 1. 10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Joaquín y santa Ana. ¿Quiénes son san Joaquín y santa Ana? La tradición nos los señala como los padres de María, la madre de Jesús; en consecuencia, podríamos decir, que son los abuelos de Jesús.
Por supuesto el evangelio no nos habla de ellos. Es piadosa tradición que hemos recibido desde antiguo. ¿Por qué no podemos pensar, celebrar y venerar a los que fueron los padres de María? Si habitualmente podemos decir que los padres se reflejan en los hijos y que todas aquellas buenas enseñanzas que ellos les trasmitieron tenemos la esperanza de que un día van a florecer en la vida de los hijos, cuánto podemos decir de los padres de María cuando en ella vemos tal grado de santidad y de gracia.
‘Aguardaban la futura liberación de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Es frase del evangelio pero referida a aquellos buenos ancianos que en el templo pasaban día y noche esperando el cumplimiento de la promesa y que cuando Jesús fue presentado en el templo vieron satisfechas y cumplidas sus esperanzas. Nos referimos al anciano Simeón y a la profetisa Ana, de los que nos habla san Lucas. La liturgia en este día de la fiesta de san Joaquín y santa utiliza estas palabras como antífona antes del Evangelio. San palabras, pues, que podemos referir a los padre de María.
En esa esperanza vivía María, el cumplimiento de las promesas, y en verdad que podemos decir que de sus padres había aprendido esa esperanza. En la educación que le dieron a María – según las tradiciones su casa en Jerusalén estaba en las cercanías del templo y muy cerca de la piscina probática o de las ovejas y en el templo fue educada María – fueron plasmando toda aquella fe y esperanza que anidaba en sus corazones.
Esto nos puede llevar a hermosas consideraciones y consecuencias para nuestra vida; por una parte la esperanza que nunca ha de faltar en los padres a la hora de sembrar la semilla de la buena formación en sus hijos, porque un día todo eso bueno que ellos sembramos ha de florecer en anuncio de buenos frutos. Algunas veces los padres pueden sentir la tentación del cansancio y el desánimo porque no ven como quisieran en sus hijos la educación que pretendieron darle; pero la semilla siempre hay que seguir sembrándola con la esperanza de un prometedor fruto.
Por otra parte ya hacíamos mención a san Joaquín y santa Ana como los abuelos de Jesús; por eso en nuestras comunidades cristianas y de alguna manera se ha trasmitido a nuestra sociedad, tenemos este día como el día de los abuelos. Abuelos que merecen siempre nuestro respeto, nuestro cariño y nuestra consideración por la trayectoria de su vida recorrida y por la semilla que fueron sembrando en sus hijos y nietos que en ellos fueron dejando una huella. Respeto merecen por su larga vida de luchas y sacrificios, de trabajo y de entrega, de amor a sus familias y de sacrificio por ellas.
Hemos de reconocer en lo que somos hoy unos herederos de lo que ellos nos trasmitieron, que, es cierto, nosotros ahora lo vivenciamos en el hoy de nuestro tiempo y de nuestro día; aunque hoy le demos nuestra impronta, y no podría ser de otra manera, son herederos y reflejo de lo que ellos en nosotros han ido sembrando con el paso de los años.
Vaya nuestro homenaje de respeto y amor a nuestros mayores, a los abuelos; siguen siendo importantes en nuestra vida; son un espejo en el que mirarnos para aprender de su constancia en el trabajo y en el amor, para aprender de su sacrificio y entrega por sus familias, para recoger esa buena semilla que han sembrado en nuestra sociedad, para que sean un estimulo para nuestro caminar, una ayuda también para nuestro camino de fe y aprender de su esperanza.

sábado, 26 de julio de 2014

SAN JOAQUIN Y SANTA ANA, LOS PADRES DE LA VIRGEN

Una huella y un perfume que recibimos de nuestros mayores para aprender a hacer nuestro  mundo mejor

fiesta de los mayores y los abuelos

Eclesiástico, 44,  1.10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
‘Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’, les decía Jesús refiriéndose a la suerte y a la gracia que ellos tuvieron de poder escuchar y estar con el Hijo del Hombre.
Sin querer forzar demasiado el evangelio y las palabras de Jesús podía estar refiriéndose a san Joaquín y Santa Ana a quien hoy estamos celebrando, los padres de María, la Virgen, que fueron los abuelos de Jesús. ¿Lo conocieron? ¿no lo conocieron? ¿Estarían ellos deseando también ver el día del Señor y no lo vieron?  El evangelio nos habla de aquel otro anciano que estaba en el templo también esperando la llegada del día del Señor y a quien el Espíritu Santo le hizo reconocer en aquel niño que llevaban José y María para su presentación en el templo al Mesías del Señor; ya recordamos cuanta era la alegría que desbordaba su corazón que ya solo deseaba morir  para seguir disfrutando de la presencia del Señor, porque ya sus ojos terrenales habían visto al Salvador que era la luz de todos los pueblos.
Por supuesto el evangelio no nos habla de san Joaquín y Santa porque tampoco entra en esas historias, llamémoslas, familiares; sólo una piadosa tradición nos habla de ellos, pero ya desde casi los primeros siglos del cristianismo así fueron considerados y a espaldas del lugar donde estuvo el templo de Jerusalén y muy cerca de la piscina probática - recordamos lo del paralítico que esperaba el movimiento de las aguas - se levanta una basílica muy antigua dedicada a Santa Ana y se tiene como el lugar del nacimiento de María.
Si una mujer anónima en el evangelio en medio de las gentes que escuchaban a Jesús prorrumpió en alabanzas a la madre que lo trajo al mundo - ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’ - nosotros quizá podríamos atrevernos a prorrumpir también en alabanzas para los padres de María; en cierto modo es lo que la Iglesia ha querido reconocer cuando los ha introducido desde siempre en el catálogo de los santos y que motiva la fiesta de este día.
Y es que si vemos las virtudes de María - salvo lo que es la gracia del Señor que así la enriqueció porque la había escogido para ser la madre del Hijo de Dios porque en su seno se encarnase el Verbo divino - también nosotros tenemos que cantar cánticos de alabanza para quien crió y educó a María en la que resplandeciera una fe y una humildad tan grande, como un amor tan exquisito y delicado. Todo en fin de cuentas es gracia del Señor, y lo que recibimos de los padres así hemos de verlo con ojos de fe.
En la rectitud y en las virtudes de los hijos podemos ver reflejados lo que fueron los padres, porque ellos, con lo que tienen en profundidad en sus vidas y en lo que enseñan a sus hijos no solo con sus palabras sino con su propio ejemplo, van dejando una impronta muy importante en ellos de manera que vienen como a marcar su vida y los hijos vienen a ser ese reflejo de los padres y de lo que les trasmitieron. Aunque el evangelio no nos diga nada de ellos, repito, en María estamos viendo como en un espejo lo que era también la fe, la humildad y la santidad de aquellos padres Joaquín y Ana que se convierten así también en los abuelos de Jesús. 
Al celebrar la fiesta de san Joaquín y santa Ana por ser los abuelos de Jesús, hace ya años que esa celebración se convierte en la fiesta de los mayores, la fiesta de los abuelos. Un reconocimiento de lo que vosotros, los mayores, nos habéis dejado con vuestra vida, pero también de lo que podéis seguir aportándonos. Un momento propicio para hacer una lectura con ojos de fe de lo que es la vida y en este caso la vida de los mayores, de nuestros mayores.
Aunque quizá en este momento pudieran venirnos a la memoria momentos tristes que nos hayan podido llenar de sufrimiento el corazón y la soledad que ya muchos sufrís también nos puede entristecer el alma, sin embargo creo que tenemos que recoger lo que ha sido vuestra vida en positivo y darle gracias a Dios por toda esa semilla de bien que habéis sembrado en los hijos y en cuantos os rodeaban, por esa semilla de bien que en el cumplimiento de vuestras responsabilidades habéis dejado sembrada en nuestro mundo con el deseo de hacerlo mejor.
Muchas huellas de cosas buenas habéis podido dejar sembradas en el surco de la vida de quienes os rodearon a lo largo de vuestra vida; pero también tenemos que decir que vuestra vida, porque estéis aquí, porque os veáis con muchos años y muchas limitaciones que van apareciendo en el cuerpo y en el espíritu, vuestra vida no es inútil; vuestra vida sigue teniendo una fecundidad muy grande. Con huellas de muchas cosas hermosas podéis seguir marcándonos los surcos de nuestra vida, la vida de quienes os rodeamos.
Será vuestro agradecimiento, y quiero comenzar por ello, por cuantas atenciones y por tanto cariño que podéis estar recibiendo de las personas que os cuidan y atienden. Es de corazones nobles ser agradecidos y reconocer cuanto recibimos de los demás. Y esa nobleza tiene que resplandecer en vuestro espíritu porque además será un buen aliciente para quienes estamos a vuestro lado para agradecer también cuanto de vosotros podemos recibir y de hecho recibimos. En eso queremos también aprender de vosotros. Grande es el cariño que también ustedes nos ofrecen y por lo que los que estamos cerca de vuestra vida les estamos profundamente agradecidos.
Pero todo eso bueno que habéis vivido, y que seguro que ha sido mucho y es bueno recordarlo y revivirlo, puede hacer rebrotar y florecer también en muchas cosas hermosas y positivas con las que podéis dejarnos el perfume de vuestra bondad, de vuestras inquietudes, de vuestras alegrías y esperanzas que ahora podéis compartir con nosotros, de muchas cosas que os ha ido enseñando la sabiduría de la vida y que no os podéis quedar para vosotros, sino que tiene que dejar una huella positiva en quienes os rodeamos y queremos recibir también vuestro cariño y con lo que tenemos que seguir aprendiendo a hacer mejor nuestro mundo.
Vosotros, queridos ancianos y ancianas, con vuestros muchos años y la experiencia de tantas cosas buenas de la vida, que ha sido vuestra experiencia y vuestro vivir, podéis ser como esas flores que se van deshojando pero que nos vais repartiendo esos pétalos perfumados que nos pueden llenar de color y de buen olor nuestras vidas. Ese deshojarse vuestra vida con el paso de los años no va a ser una pérdida porque nosotros iremos recogiendo esos pétalos perfumados de todas esas cosas buenas que nos ofrecéis para aprender también esa sabiduría de la vida que se desparrama de vosotros.
Como Joaquín y Ana dejaron su huella en María, también queremos que vuestras vidas con el perfume de tantas cosas buenas vaya dejando huella en nuestro mundo, porque así además contribuís a que entre todos los hagamos mejor.

Y pensad también que si sabemos hacer una ofrenda de nuestra vida al Señor, vuestro amor con todo lo bueno que deseáis hacer, pero también los sufrimientos que padecéis ya sea en vuestras limitaciones, debilidades y achaques que nos van apareciendo con el paso de los años, pero también de otras cosas que os hacen sufrir en el silencio de vuestro corazón en tantas soledades y recuerdos, puede ser como ese humo del incienso que se eleva al Señor que nos hace querer darle gloria al Señor con nuestra vida, pero que puede ser también un perfume - como el del incienso - que envuelva la vida de cuantos os rodean porque desde vuestra ofrenda van a ser gracia del Señor para nuestro mundo y para todos nosotros. Qué hermosa y valiosa puede ser vuestra vida cuando nos unimos en ofrenda al amor del Señor.

jueves, 26 de julio de 2012

San Joaquín y Santa Ana y el homenaje de nuestro amor a nuestros mayores

Eclesiástico, 44, 1.10-18; Sal. 131; Mt. 13, 16-17

La liturgia nos invita a celebrar en este día a san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Desde los primeros siglos del cristianismo, cuando la Iglesia comenzó a honrar a aquellos que habían vivido una vida santa para la gloria del Señor, y cuando comenzó a hacer memoria también de los mártires que habían dado su vida y derramado su sangre por el nombre del Señor, comenzó a surgir también la devoción y el culto a la fue la madre de la Virgen, santa Ana. El culto a san Joaquín se introduciría en la Iglesia siglos más tarde.

San Joaquín y Santa Ana fueron los padres de María, la Madre del Señor, en consecuencia los abuelos de Jesús. Su vida y el nacimiento de María, fruto de este santo matrimonio, está unido a bellas tradiciones que no tienen ningún fundamento en el evangelio, pero en las que se contempla el eslabón entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento a través de la había de ser escogida por el Señor para ser la Madre de Jesús, la Madre de Dios que nos regalaría también Jesús como nuestra madre. En san Joaquín y Santa Ana los padres antiguos contemplan la anunciada raíz de Jesé que había de florecer, dejándonos el hermoso fruto de María de la que había de nacernos el Salvador.

Como decíamos, en el evangelio no encontramos ninguna referencia a los padres de María, pero si nos habla el evangelio de san Lucas de otros santos ancianos, Simeón, hombre justo y piadoso que esperaba el futuro consuelo de Israel, y Ana, aquella viuda profetisa que no se apartaba del templo día y noche con ayunos y oraciones en la esperanza cierta de la llegada del Salvador que traería la liberación a Jerusalén. En ellos podemos ver personificados en el evangelio las esperanzas del corazón de Joaquín y Ana, como decíamos, eslabones necesarios entre el Antiguo y Nuevo Testamento, porque de su descendencia había de nacer el Mesías esperado.

Por eso san Juan Damasceno en sus sermones podrá hablar en estos términos de Joaquín y de Ana: ‘¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó… conseguisteis por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural ya que engendrasteis para el mundo a la que fue la madre de Dios sin conocer varón… una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles…’

Es a quienes estamos celebrando en este día, con la particularidad hoy de que al hacer memoria y fiesta en su honor reconocemos en ellos a los que fueron los abuelos de Jesús. Es por eso, por lo que este día queremos convertirlo en el día de todos los abuelos. Personas mayores, ya muchos quizá en el ocaso de sus vidas, aunque el ser abuelo no tenga que significar necesariamente el tener mucha edad, pero sí queremos convertir este día en homenaje y reconocimiento a todos vosotros, mayores, que nos habéis precedido en el camino de la vida y que nos habéis dejado muchas cosas hermosas que tendríamos que saber reconocer y valorar.

Muchos quizá piensan o sólo se fijan en la debilidad de vuestros cuerpos llenos de años y en los que aparecen numerosos achaques y enfermedades, pero sin pensar quizá que ha sido el desgaste de vuestra vida en los trabajos duros que habéis realizado siempre pensando en lo mejor que deseabais dejarnos como herencia. No era siempre la búsqueda de riquezas y ganancias materiales, aunque sí la búsqueda de lo necesario para ofrecernos una vida digna; pero cuántos valores espirituales, de altruismo, de generosidad, de sacrificio, de entrega nos habéis dejado como la más hermosa riqueza.

No importan los achaques y debilidades físicas, sino la riqueza envidiable de vuestro corazón generoso que se ha desgastado por los hijos, por los que os rodeaban, en fin de cuentas para hacer un mundo mejor para todos. A vuestra manera, según vuestros criterios, pero siempre ansiosos de bien y de verdad, cuántas cosas hermosas podemos aprender de vosotros.

En esas historias que nos contáis, que algunas veces en nuestro egoísmo nos puedan resultar cansinas y repetitivas, si abriéramos bien los ojos y los oídos del corazón, serían muchas las cosas que podríamos aprender y que si siguiéramos vuestros consejos e intuiciones seguro que estaríamos trabajando por un mundo mejor. En nuestra autosuficiencia nos creemos a veces que nada nos podéis enseñar. No serán conocimientos científicos, pero sí será una sabiduría de la vida que es la que en verdad nos hará ricos desde lo más profundo.

Queremos aprender de vosotros; queremos escuchamos; queremos contemplar vuestras vidas, vuestros corazones atormentados que son siempre por el amor que hay en ellos, vuestras manos encallecidos o vuestros rostros llenos de arrugas, pues cada una de esas arrugas, de esos callos, o de esos sufrimientos han sido unos actos de amor porque queríais dejarnos de verdad un mundo mejor.

Sois vosotros también un eslabón importante en el camino de la fe; ha sido quizá una fe sencilla y sin demasiadas profundidades de conocimientos teológicos, pero seguramente tenéis más conocimiento de Dios del que nosotros podemos imaginar, tenéis un sentido de Dios y de la fe que ya quisiéramos para nosotros que nos decimos conocer tantas cosas. Seguid manifestándonos el testimonio y el ejemplo de vuestra fe. En la medida en que la vais compartiendo con nosotros también vuestra fe irá creciendo y alcanzando esa hondura que os hace estar cerca de Dios.

Sí os queremos decir que os queremos y hacemos todo lo que está en nuestras manos desde nuestras posibilidades que a veces son escasas, para haceros más felices, que nada os falte, y que al menos no os falte nunca el cariño de quienes os atendemos y queremos hacer mucho por vosotros aunque algunas veces no acertemos a hacerlo todo bien. Pero no os faltará nuestro cariño que queremos recibáis hoy de manera especial en esta celebración en la que con vosotros oramos, con vosotros queremos dar gracias a Dios por vuestra vida, por todo lo que recibís de quienes os atienden y por todo lo que también nosotros recibimos de vosotros.

No os olvidéis de nosotros en vuestras oraciones, que con todo cariño queremos atenderos y ofreceros todo lo mejor. Gracias, queridos abuelos y abuelas.

martes, 26 de julio de 2011

Un recuerdo agradecido a nuestros mayores



hace tres años en este dia
comencé este blogs
que he mantenido con fidelidad cada dia.
pero agradezco la fidelidad de cuantos lo leen
y lo difunden entre los amigos.
bendito sea el Señor
gracias a todos

Ecles. 44, 1.10.15; Sal. 133; Mt. 13, 16-17

En este día 26 de julio celebramos la fiesta de san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María y, en consecuencia, los abuelos de Jesús. Es una fiesta litúrgica de larga y secular tradición aunque los nombres de los padres de la Virgen no tienen ningún fundamento histórico basado en los evangelios. Más bien aparecen en los llamados evangelios apócrifos – los no reconocidos por la Iglesia desde siempre como canónicos e inspirados – pero que en la tradición de la Iglesia, sobre todo en la Iglesia oriental la fiesta de estos dos santos tiene honda raigambre.

La liturgia de la Iglesia los recuerda y celebra en este día, en una sola fiesta después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, y de alguna manera nos hacen recordar a cuantos mantenían viva la esperanza de Israel de la venida del Mesías y su pronto nacimiento. Por eso en el evangelio aparecen esas palabras de Jesús recordando a cuantos desearon ver el día del Mesías del Señor. ‘Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, oír lo que oís y no lo oyeron’.

Nos pueden recordar a otros ancianos que aparecen en el evangelio, Simeón y Ana que llegan al templo en el momento de la presentación de Jesús en el templo y de los que se nos dice que aguardaban ‘el consuelo de Israel… y alababan a Dios y hablaban del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’.

Esta fiesta de los abuelos de Jesús ha sido ocasión y motivo para que desde hace unos años en este DIA celebramos el día de los abuelos, de nuestros mayores. Un día bonito para ello, que bien merecen nuestros mayores ese recuerdo agradecido y lleno de amor de las generaciones jóvenes que los seguimos.

¡Cómo no recordarlos y rendirle el homenaje de nuestro amor sin cuánto somos en fin de cuentas de ellos lo hemos heredado! No podemos dejarnos arrastrar por el vendaval de una sociedad desagradecida y que no quiere recordar cuanto de bueno recibimos de nuestros mayores. Los más jóvenes nos creemos autosuficientes y orgullosos pensando que lo somos o a donde ha llegado nuestra sociedad es sólo fruto nuestro. Si nuestros padres y mayores con su entrega, amor y sacrificio no hubieran puesto los cimientos que pusieron con su trabajo, con la educación que nos dieron en la medida que supieron hacerlo el edificio que hoy habitamos de nuestra sociedad, o el edificio de nuestra vida no sería tan hermoso.

Pienso que una primera cosa que tendríamos que hacer es darle gracias a Dios por los padres que tuvimos, por los mayores que pusieron cimientos de lo que es hoy el edificio de nuestra vida. Gracias a Dios porque es mucho lo bueno que de ellos recibimos. Darle gracias a Dios por el cariño que nos dieron, los sacrificios con que vivieron su vida para poder darnos a nosotros lo que ahora somos o hemos alcanzado. Y gracias a Dios también por la fe que de ellos recibimos.

Darle gracias a Dios y aprender de ellos esa capacidad de sacrificio que quizá ahora muchas veces no tenemos porque todo nos puede parecer más fácil o porque vivimos en una sociedad de más facilidades y comodidades. Confieso que muchas veces pienso, al recordar cómo se vivía en mi niñez o en mi juventud con la escasez de medios que entonces había cómo nuestros padres hicieron para que no nos faltara la comida o no nos faltara lo necesario para nuestra educación. Son cosas que tenemos que valorar de nuestros mayores. Y darle gracias a Dios por ello.

Cuando damos gracias a Dios por todo eso y mucho más que podríamos recordar, estamos queriendo darle gracias a ellos, daros gracias a vosotros, nuestros mayores rindiéndoos homenaje de amor por cuanto hicisteis por nosotros.

Y queridos abuelos y abuelas, os invito a que también vosotros deis gracias a Dios, por vuestra vida, por vuestros trabajos y sacrificios, por todo ese amor que pusisteis para levantar ese edificio de nuestra sociedad, ese edificio de vuestras familias. Dadle gracias a Dios porque Dios estuvo a vuestro lado dándoos fuerza en tanto sacrificio, en tantos trabajos por los que tuvísteis que pasar en momentos quizá duros de vuestra vida.

Dadle gracias al Señor porque habéis llegado a este momento de vuestra vida, con vuestros muchos años, y a pesar de los achaques, debilidades, enfermedades que ahora padecéis. Siempre hay a vuestro lado alguien que os quiere, vuestros familiares o quienes os atienden y nos os veis abandonados. Quisierais hacer muchas cosas o pensáis que vosotros haríais las cosas de otra manera, pero no os atormentéis. Un día sembrasteis en el surco de la vida, ahora les toca a otros seguir con la sementera.

Vivid con intensidad vuestros días y seguir legándonos tantas lecciones que con vuestra vida sabia podéis seguir ofreciéndonos con vuestra paciencia, con vuestro cariño, también con vuestro consejo, o con tantas cosas buenas que podéis seguir haciéndonos. Porque os sintáis débiles no os sintáis inútiles porque ya vuestra vida es un testimonio y una lección valiosa para nosotros. Cada momento de la vida tiene su fortaleza o su debilidad, pero la riqueza de vuestra vida está por encima de esas fortalezas o debilidades.

Y además si sabéis ofrecer vuestras vidas al Señor podéis ser una riqueza de gracia grande para nosotros, para nuestro mundo, para la Iglesia. A los ojos de Dios vuestra vida es valiosa. Vuestros sacrificios, vuestras oraciones, lo que le ofrezcáis al Señor se puede convertir, se convierte en gracia para nosotros.

Gracias, queridos mayores, abuelos y abuelas todos. Que Dios os bendiga y dadnos también vuestra bendición.

lunes, 26 de julio de 2010

Queridos abuelos, gracias por cuanto de vosotros podemos aprender


Eclesiástico, 44, 1.10-15;
Sal. 131;
Mt. 13, 16-17


‘Alabemos a Joaquín y a Ana en su hija: en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’
. Estamos celebrando hoy en una misma fiesta a los padres de la Virgen María. No los conocemos por los evangelios, porque cuando se nos dan las genealogías de Jesús lo normal es que siguiera la línea del varón y por eso la ascendencia que se nos da es la de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, como se nos dice en una de ellas.
La liturgia recoge refiriéndolo a Joaquín y Ana, lo que se dice de aquellos ancianos venerables que ‘aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’, Simeón y Ana que estaban en el templo todo el tiempo sirviendo a Dios y esperando ver un día al Salvador, como recordamos de otro pasaje del evangelio.
No entramos en nuestra reflexión en tradiciones referidas a los padres de María, sobre todo lo que nos relatan algunas evangelios apócrifos, sino que simplemente queremos festejarlos y celebrar al Señor recordando cómo los saludaba san Juan Damasceno: ‘Joaquín y Ana ¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó’.
Siendo los padres de María es normal que los miremos como los abuelos de Jesús. Es por ello por lo que este día se convierte en día de los abuelos, que nosotros además en nuestros centros, hogar de ancianos y casa de acogida de mayores, queremos celebrar también con especial fervor y entusiasmo.
La liturgia de este día nos ofrece un hermoso texto en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, que podemos decir que es un cántico a la ancianidad. ‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados…’ comenzaba el texto. ¿Cuál es el más hermoso recuerdo que podemos tener siempre de nuestros antepasados? Cuanto de bueno de ellos recibimos.
Algunas veces en el materialismo con que vivimos la vida parece como si lo único que nos preocupara es dejar unos bienes materiales o unas riquezas a los que siguen tras nosotros. Quizá cuando somos ya mayores nos ponemos a pensar qué es lo que realmente le habremos dejado a nuestros descendientes.
Que nos recuerden por lo bueno que le hayamos enseñado; que nos recuerden por la rectitud de nuestras vidas; que nos recuerden por esa palabra buena con la que en todo momento podemos aconsejarlos; que nos recuerden por nuestra paciencia y nuestro cariño, aunque no siempre seamos correspondidos, que nos recuerden por esa sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con el paso de los años que quizá nos haya llevado también a profundizar en nuestra fe y en nuestras vivencias religiosas haciéndolas cada vez más auténticas.
Es la mejor herencia que podemos dejar, es por lo que realmente tendríamos que preocuparnos. Como decía el libro del Eclesiástico ‘su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará; sepultados sus cuerpos en paz, vive su fama por generaciones; el pueblo cuanta su sabiduría, la asamblea pregona su alabanza’.
Claro, es cierto, que quienes vamos tras vosotros tendríamos que saber hacer un reconocimiento de cuanta riqueza humana y espiritual nos dejáis con el ejemplo de vuestras vidas. Es cierto que el mejor homenaje que podemos haceros es aprender tanta lección que nos ofrecéis con vuestra vida, pero también corresponder con nuestro cariño, nuestra escucha, nuestra atención y preocuparnos seriamente para que los últimos años de vuestra vida, después de tantos trabajos y luchas los podáis vivir en paz, siendo bien atendidos y asistidos sin que os falte lo necesario para una vida digna.
En nuestros hogares eso queremos ofreceros. Todos los que formamos esta familia es lo que queremos hacer con todo cariño por vosotros. Dad gracias al Señor que os ha dado esta posibilidad y este regalo de que tengáis aquí quien os quiera y quien os atienda para no sentiros nunca en soledad. Que san Joaquín y santa Ana, venerables ancianos y abuelos del Señor os protejan y os llenen de las bendiciones de Dios y a nosotros nos den la fuerza necesaria para poder atenderos y serviros con el mayor de los cariños. Gracias por cuanto de vosotros podemos aprender.

jueves, 23 de julio de 2009

Abuelos y abuelas, maestros de sabiduría y valentía


Celebración del día de los Abuelos
reflexión-homilía pronunciada
en un Hogar de Ancianos
de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Se adelantó a este día la celebración
por razones organizativas del Centro


Celebramos el día 26 de Julio a san Joaquín y santa Ana, los padres de María, la Virgen, la Madre de Jesús. Nada nos dice la Biblia sobre ellos; simplemente nos dejamos llevar por una tradición que arranca del siglo II que los señala como los padres de la Virgen. Cercana a donde estaba situado el templo de Jerusalén hoy hay una antigua Iglesia que nos habla de santa Ana y se nos señala allí como el lugar del nacimiento de María, luego sería el lugar de la casa de Joaquín y Ana.
No nos vamos a entretener en tradiciones o leyendas sobre los padres de María, sino simplemente considerar qué dicha ser los padres de la que iba a ser la Madre de Dios. Pero sí se me ocurre una cosa y es pensar que si en María vemos una fe tan grande, una humildad tan profunda o un amor tan exquisito y generoso, por fijarnos sólo en algunas virtudes. ¿por qué no podemos pensar en los padres que le dieron tal educación, supieron trasmitirle tal fe y corona tan preciosa de virtudes?
Claro que eso tendría que hacernos reflexionar en cómo hoy se está trasmitiendo de generación en generación esa fe y esos valores cristianos. Desgraciadamente sabemos que en nuestro tiempo esa cadena de transmisión de la fe y de los valores y virtudes cristianas se está rompiendo. Por distintas influencias y razones ya en nuestros hogares se han ido perdiendo esas vivencias religiosas y el materialismo de nuestra vida moderna ha ido sustituyendo esos valores espirituales y cristianos.
No nos podemos quedar en lamentaciones y lloros sino que tenemos que saber buscar remedio a esas situaciones y quien tiene viva y encendida esa lámpara de la fe no la podría dejar apagar sino que más aún tiene que buscar la forma de contagiar de esa luz a los demás.
Ahí está esa labor insustituible de los abuelos cristianos en el ámbito de la familia para, con todo respeto, sí, pero con firmeza y valentía dar el testimonio contagioso de esa fe y de esos valores cristianos a las generaciones que nos siguen.
El Papa os llama a vosotros abuelos y abuelas, queridos ancianos y ancianas, ‘fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad’.
¡Cuánta sabiduría de la buena encerráis en vuestras vidas! ‘Maestros de sabiduría y valentía, os dice el Papa Benedicto XVI, que trasmiten a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual’.
‘Pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas’. ¡Cuánto podríamos comentar de estos aspectos!
Abuelos y abuelas, ancianos y ancianas, considerad bien todo esto que os llama el Papa porque además eso os está diciendo cuánto vale vuestra vida. No os sintáis arrinconados por la vida. Ocupáis un lugar importante en la sociedad, aunque algunos lo quieran ocultar, y mucho podéis ofreceros de la rica experiencia de la vida. Muchas cosas nos podéis transmitir.
No perdáis la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Lo peor que podéis hacer es encogeros y arrinconaros en un rincón pensando que solamente ahora os toca esperar que os llegue la hora de la muerte. Eso de ninguna manera. Tenéis vida y, aunque ahora no tengáis la fuerza física de vuestro cuerpo como en otro tiempo, sí podéis tener una fuerza espiritual muy grande y que es más importante que la fuerza física. Poned ilusión, vida, esperanza, vigor interior, amor en todo lo que hacéis.
Sabed ser agradecidos, primero que todo a Dios, que podéis vivir acogidos en centros como este recibiendo el cariño de cuantos os rodean. Nosotros, los que estamos a vuestro alrededor, queremos agradecer también ese cariño que os dais y queremos aprender de vosotros muchas cosas.
Pensad también que estar aquí es una gracia especial del Señor para que reavivéis vuestra fe y vuestra práctica religiosa, algunas veces quizá olvidada o dejada a un lado. Porque no olvidéis también que con vuestra fe y vuestras oraciones estáis haciendo un bien muy grande a la Iglesia. La Iglesia os ofrece esa acogida y cariño que las Hermanitas os dispensan así como de todo el personal de este centro. Pero vosotros estáis dando también un tesoro grande a la Iglesia y mucho más aún quizá podéis ofrecer.
Abuelos y abuelas os queremos, estad seguro de ellos, y os digo también, os necesitamos, necesitamos de vuestro cariño, de vuestra experiencia y de vuestra sabiduría de la vida.