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viernes, 26 de julio de 2019
Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar importante de la historia de nuestra vida
Reconozcamos la bendición de Dios que son para nosotros
nuestros abuelos por cuanto de ellos recibimos y pongámoslos en un lugar
importante de la historia de nuestra vida
jueves, 26 de julio de 2018
La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva
La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva
jueves, 26 de julio de 2012
martes, 26 de julio de 2011
Un recuerdo agradecido a nuestros mayores

hace tres años en este dia
Ecles. 44, 1.10.15; Sal. 133; Mt. 13, 16-17
En este día 26 de julio celebramos la fiesta de san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María y, en consecuencia, los abuelos de Jesús. Es una fiesta litúrgica de larga y secular tradición aunque los nombres de los padres de la Virgen no tienen ningún fundamento histórico basado en los evangelios. Más bien aparecen en los llamados evangelios apócrifos – los no reconocidos por la Iglesia desde siempre como canónicos e inspirados – pero que en la tradición de la Iglesia, sobre todo en la Iglesia oriental la fiesta de estos dos santos tiene honda raigambre.
La liturgia de la Iglesia los recuerda y celebra en este día, en una sola fiesta después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, y de alguna manera nos hacen recordar a cuantos mantenían viva la esperanza de Israel de la venida del Mesías y su pronto nacimiento. Por eso en el evangelio aparecen esas palabras de Jesús recordando a cuantos desearon ver el día del Mesías del Señor. ‘Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, oír lo que oís y no lo oyeron’.
Nos pueden recordar a otros ancianos que aparecen en el evangelio, Simeón y Ana que llegan al templo en el momento de la presentación de Jesús en el templo y de los que se nos dice que aguardaban ‘el consuelo de Israel… y alababan a Dios y hablaban del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’.
Esta fiesta de los abuelos de Jesús ha sido ocasión y motivo para que desde hace unos años en este DIA celebramos el día de los abuelos, de nuestros mayores. Un día bonito para ello, que bien merecen nuestros mayores ese recuerdo agradecido y lleno de amor de las generaciones jóvenes que los seguimos.
¡Cómo no recordarlos y rendirle el homenaje de nuestro amor sin cuánto somos en fin de cuentas de ellos lo hemos heredado! No podemos dejarnos arrastrar por el vendaval de una sociedad desagradecida y que no quiere recordar cuanto de bueno recibimos de nuestros mayores. Los más jóvenes nos creemos autosuficientes y orgullosos pensando que lo somos o a donde ha llegado nuestra sociedad es sólo fruto nuestro. Si nuestros padres y mayores con su entrega, amor y sacrificio no hubieran puesto los cimientos que pusieron con su trabajo, con la educación que nos dieron en la medida que supieron hacerlo el edificio que hoy habitamos de nuestra sociedad, o el edificio de nuestra vida no sería tan hermoso.
Pienso que una primera cosa que tendríamos que hacer es darle gracias a Dios por los padres que tuvimos, por los mayores que pusieron cimientos de lo que es hoy el edificio de nuestra vida. Gracias a Dios porque es mucho lo bueno que de ellos recibimos. Darle gracias a Dios por el cariño que nos dieron, los sacrificios con que vivieron su vida para poder darnos a nosotros lo que ahora somos o hemos alcanzado. Y gracias a Dios también por la fe que de ellos recibimos.
Darle gracias a Dios y aprender de ellos esa capacidad de sacrificio que quizá ahora muchas veces no tenemos porque todo nos puede parecer más fácil o porque vivimos en una sociedad de más facilidades y comodidades. Confieso que muchas veces pienso, al recordar cómo se vivía en mi niñez o en mi juventud con la escasez de medios que entonces había cómo nuestros padres hicieron para que no nos faltara la comida o no nos faltara lo necesario para nuestra educación. Son cosas que tenemos que valorar de nuestros mayores. Y darle gracias a Dios por ello.
Cuando damos gracias a Dios por todo eso y mucho más que podríamos recordar, estamos queriendo darle gracias a ellos, daros gracias a vosotros, nuestros mayores rindiéndoos homenaje de amor por cuanto hicisteis por nosotros.
Y queridos abuelos y abuelas, os invito a que también vosotros deis gracias a Dios, por vuestra vida, por vuestros trabajos y sacrificios, por todo ese amor que pusisteis para levantar ese edificio de nuestra sociedad, ese edificio de vuestras familias. Dadle gracias a Dios porque Dios estuvo a vuestro lado dándoos fuerza en tanto sacrificio, en tantos trabajos por los que tuvísteis que pasar en momentos quizá duros de vuestra vida.
Dadle gracias al Señor porque habéis llegado a este momento de vuestra vida, con vuestros muchos años, y a pesar de los achaques, debilidades, enfermedades que ahora padecéis. Siempre hay a vuestro lado alguien que os quiere, vuestros familiares o quienes os atienden y nos os veis abandonados. Quisierais hacer muchas cosas o pensáis que vosotros haríais las cosas de otra manera, pero no os atormentéis. Un día sembrasteis en el surco de la vida, ahora les toca a otros seguir con la sementera.
Vivid con intensidad vuestros días y seguir legándonos tantas lecciones que con vuestra vida sabia podéis seguir ofreciéndonos con vuestra paciencia, con vuestro cariño, también con vuestro consejo, o con tantas cosas buenas que podéis seguir haciéndonos. Porque os sintáis débiles no os sintáis inútiles porque ya vuestra vida es un testimonio y una lección valiosa para nosotros. Cada momento de la vida tiene su fortaleza o su debilidad, pero la riqueza de vuestra vida está por encima de esas fortalezas o debilidades.
Y además si sabéis ofrecer vuestras vidas al Señor podéis ser una riqueza de gracia grande para nosotros, para nuestro mundo, para la Iglesia. A los ojos de Dios vuestra vida es valiosa. Vuestros sacrificios, vuestras oraciones, lo que le ofrezcáis al Señor se puede convertir, se convierte en gracia para nosotros.
Gracias, queridos mayores, abuelos y abuelas todos. Que Dios os bendiga y dadnos también vuestra bendición.
lunes, 26 de julio de 2010
Queridos abuelos, gracias por cuanto de vosotros podemos aprender

‘Alabemos a Joaquín y a Ana en su hija: en ella les dio el Señor la bendición de todos los pueblos’. Estamos celebrando hoy en una misma fiesta a los padres de la Virgen María. No los conocemos por los evangelios, porque cuando se nos dan las genealogías de Jesús lo normal es que siguiera la línea del varón y por eso la ascendencia que se nos da es la de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, como se nos dice en una de ellas.
La liturgia recoge refiriéndolo a Joaquín y Ana, lo que se dice de aquellos ancianos venerables que ‘aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’, Simeón y Ana que estaban en el templo todo el tiempo sirviendo a Dios y esperando ver un día al Salvador, como recordamos de otro pasaje del evangelio.
No entramos en nuestra reflexión en tradiciones referidas a los padres de María, sobre todo lo que nos relatan algunas evangelios apócrifos, sino que simplemente queremos festejarlos y celebrar al Señor recordando cómo los saludaba san Juan Damasceno: ‘Joaquín y Ana ¡feliz pareja! La creación entera os es deudora; por vosotros ofreció ella al Creador el don más excelente entre todos los dones: una madre venerable, la única digna de Aquel que la creó’.
Siendo los padres de María es normal que los miremos como los abuelos de Jesús. Es por ello por lo que este día se convierte en día de los abuelos, que nosotros además en nuestros centros, hogar de ancianos y casa de acogida de mayores, queremos celebrar también con especial fervor y entusiasmo.
La liturgia de este día nos ofrece un hermoso texto en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico, que podemos decir que es un cántico a la ancianidad. ‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados…’ comenzaba el texto. ¿Cuál es el más hermoso recuerdo que podemos tener siempre de nuestros antepasados? Cuanto de bueno de ellos recibimos.
Algunas veces en el materialismo con que vivimos la vida parece como si lo único que nos preocupara es dejar unos bienes materiales o unas riquezas a los que siguen tras nosotros. Quizá cuando somos ya mayores nos ponemos a pensar qué es lo que realmente le habremos dejado a nuestros descendientes.
Que nos recuerden por lo bueno que le hayamos enseñado; que nos recuerden por la rectitud de nuestras vidas; que nos recuerden por esa palabra buena con la que en todo momento podemos aconsejarlos; que nos recuerden por nuestra paciencia y nuestro cariño, aunque no siempre seamos correspondidos, que nos recuerden por esa sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo con el paso de los años que quizá nos haya llevado también a profundizar en nuestra fe y en nuestras vivencias religiosas haciéndolas cada vez más auténticas.
Es la mejor herencia que podemos dejar, es por lo que realmente tendríamos que preocuparnos. Como decía el libro del Eclesiástico ‘su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará; sepultados sus cuerpos en paz, vive su fama por generaciones; el pueblo cuanta su sabiduría, la asamblea pregona su alabanza’.
Claro, es cierto, que quienes vamos tras vosotros tendríamos que saber hacer un reconocimiento de cuanta riqueza humana y espiritual nos dejáis con el ejemplo de vuestras vidas. Es cierto que el mejor homenaje que podemos haceros es aprender tanta lección que nos ofrecéis con vuestra vida, pero también corresponder con nuestro cariño, nuestra escucha, nuestra atención y preocuparnos seriamente para que los últimos años de vuestra vida, después de tantos trabajos y luchas los podáis vivir en paz, siendo bien atendidos y asistidos sin que os falte lo necesario para una vida digna.
En nuestros hogares eso queremos ofreceros. Todos los que formamos esta familia es lo que queremos hacer con todo cariño por vosotros. Dad gracias al Señor que os ha dado esta posibilidad y este regalo de que tengáis aquí quien os quiera y quien os atienda para no sentiros nunca en soledad. Que san Joaquín y santa Ana, venerables ancianos y abuelos del Señor os protejan y os llenen de las bendiciones de Dios y a nosotros nos den la fuerza necesaria para poder atenderos y serviros con el mayor de los cariños. Gracias por cuanto de vosotros podemos aprender.
jueves, 23 de julio de 2009
Abuelos y abuelas, maestros de sabiduría y valentía
Celebramos el día 26 de Julio a san Joaquín y santa Ana, los padres de María, la Virgen, la Madre de Jesús. Nada nos dice la Biblia sobre ellos; simplemente nos dejamos llevar por una tradición que arranca del siglo II que los señala como los padres de la Virgen. Cercana a donde estaba situado el templo de Jerusalén hoy hay una antigua Iglesia que nos habla de santa Ana y se nos señala allí como el lugar del nacimiento de María, luego sería el lugar de la casa de Joaquín y Ana.
No nos vamos a entretener en tradiciones o leyendas sobre los padres de María, sino simplemente considerar qué dicha ser los padres de la que iba a ser la Madre de Dios. Pero sí se me ocurre una cosa y es pensar que si en María vemos una fe tan grande, una humildad tan profunda o un amor tan exquisito y generoso, por fijarnos sólo en algunas virtudes. ¿por qué no podemos pensar en los padres que le dieron tal educación, supieron trasmitirle tal fe y corona tan preciosa de virtudes?
Claro que eso tendría que hacernos reflexionar en cómo hoy se está trasmitiendo de generación en generación esa fe y esos valores cristianos. Desgraciadamente sabemos que en nuestro tiempo esa cadena de transmisión de la fe y de los valores y virtudes cristianas se está rompiendo. Por distintas influencias y razones ya en nuestros hogares se han ido perdiendo esas vivencias religiosas y el materialismo de nuestra vida moderna ha ido sustituyendo esos valores espirituales y cristianos.
No nos podemos quedar en lamentaciones y lloros sino que tenemos que saber buscar remedio a esas situaciones y quien tiene viva y encendida esa lámpara de la fe no la podría dejar apagar sino que más aún tiene que buscar la forma de contagiar de esa luz a los demás.
Ahí está esa labor insustituible de los abuelos cristianos en el ámbito de la familia para, con todo respeto, sí, pero con firmeza y valentía dar el testimonio contagioso de esa fe y de esos valores cristianos a las generaciones que nos siguen.
El Papa os llama a vosotros abuelos y abuelas, queridos ancianos y ancianas, ‘fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad’.
¡Cuánta sabiduría de la buena encerráis en vuestras vidas! ‘Maestros de sabiduría y valentía, os dice el Papa Benedicto XVI, que trasmiten a las generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual’.
‘Pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas’. ¡Cuánto podríamos comentar de estos aspectos!
Abuelos y abuelas, ancianos y ancianas, considerad bien todo esto que os llama el Papa porque además eso os está diciendo cuánto vale vuestra vida. No os sintáis arrinconados por la vida. Ocupáis un lugar importante en la sociedad, aunque algunos lo quieran ocultar, y mucho podéis ofreceros de la rica experiencia de la vida. Muchas cosas nos podéis transmitir.
No perdáis la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Lo peor que podéis hacer es encogeros y arrinconaros en un rincón pensando que solamente ahora os toca esperar que os llegue la hora de la muerte. Eso de ninguna manera. Tenéis vida y, aunque ahora no tengáis la fuerza física de vuestro cuerpo como en otro tiempo, sí podéis tener una fuerza espiritual muy grande y que es más importante que la fuerza física. Poned ilusión, vida, esperanza, vigor interior, amor en todo lo que hacéis.
Sabed ser agradecidos, primero que todo a Dios, que podéis vivir acogidos en centros como este recibiendo el cariño de cuantos os rodean. Nosotros, los que estamos a vuestro alrededor, queremos agradecer también ese cariño que os dais y queremos aprender de vosotros muchas cosas.
Pensad también que estar aquí es una gracia especial del Señor para que reavivéis vuestra fe y vuestra práctica religiosa, algunas veces quizá olvidada o dejada a un lado. Porque no olvidéis también que con vuestra fe y vuestras oraciones estáis haciendo un bien muy grande a la Iglesia. La Iglesia os ofrece esa acogida y cariño que las Hermanitas os dispensan así como de todo el personal de este centro. Pero vosotros estáis dando también un tesoro grande a la Iglesia y mucho más aún quizá podéis ofrecer.
Abuelos y abuelas os queremos, estad seguro de ellos, y os digo también, os necesitamos, necesitamos de vuestro cariño, de vuestra experiencia y de vuestra sabiduría de la vida.

