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jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

martes, 30 de diciembre de 2025

Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 


Unos ancianos que nos pasan desapercibidos, que tienen sus sueños y sus esperanzas y que son para nosotros también evangelio, buena noticia de Dios para nosotros

 Juan 2, 12-17; Salmo 95; Lucas 2, 36-40

En medio de los relatos en torno a Jesús en su nacimiento y en lo acaecido en su entorno que se nos van ofreciendo en el texto del evangelio en estos días de Navidad se nos cuela como por un resquicio una anciana mujer que además era viuda de las que quizás merodeaban por el templo en el cumplimiento quizás de sus devociones y que por otra parte hubiera pasado desapercibida como a tantos mayores les sucede también en nuestro entorno.

Una anciana viuda y pobre nos aparecerá en otro momento en el evangelio pero será Jesús el que nos la haga notar por la generosidad y desprendimiento en que vivía dando lo poco que tenía para el culto del templo. Ancianos aparecerán en el evangelio en el caso del sacerdote Zacarías y su mujer Isabel, y también en estas circunstancias hemos contemplado al anciano Simeón.

Creo que puede ser significativo y tenga todo el sentido de evangelio - para nosotros también nos trae una buena noticia - la aparición de estos ancianos de los que nos habla el evangelio pero que están haciendo referencia de alguna manera a tantos que aparecen en nuestro entorno en estos momentos incluso que nosotros estamos también viviendo en la Navidad que celebramos. También muchos nos pueden pasar desapercibidos, aunque nos aparecen en momentos puntuales pronto quizás pasamos página, como hacemos tantas veces.

Total, pensamos, unos ancianos que ya han vivido su vida, que no tienen mayores responsabilidades familiares o en su entorno social, ya hicieron lo que tuvieron o pudieron hacer, su presencia se puede quedar como un adorno o simplemente es el paso de unas personas que no teniendo que hacer pues van al templo, o están allí donde la gente se reúne y hablan de sus cosas o de las cosas de sus tiempos, o de sus sueños de algo distinto pero que nosotros quizás miramos como sueños de viejos.

¿Será así como veían a aquel anciana que nos aparece por un rincón hoy en el evangelio a la manera como hoy nosotros nos podemos sentir tentados de pensar de esa gente mayor de nuestro entorno y que muchas veces son las que más pronto encontramos en el entorno de nuestras iglesias o de nuestras celebraciones? Creo que con reflexiones que tenemos que hacernos que nos interpelen por dentro ante tanta gente que pasa desapercibida a nuestro lado, pero quizás porque nosotros no nos fijamos o damos una oportunidad,  o nos quedamos a distancia de ellos.

Aquellos ancianos que aparecieron aquel día por el templo, Simeón y Ana, eran personas de grandes esperanzas pero también de una fe muy grande. Tenían confianza de que lo que esperaban podrían verlo con sus ojos, y aunque ojos cansados por el paso de los años, sin embargo supieron descubrir el misterio. Dios se les reveló en su corazón, el Espíritu de Dios estaba actuando en ellos, cuando nosotros somos tantas veces ciegos para ver cómo Dios se nos revela, cómo Dios nos habla en los acontecimientos, como Dios quiere seguir actuando por nuestra vida, aunque seamos quizás también del grupo de los que pasan imperceptibles por la vida.

Dejemos actuar al Espíritu de Dios en nuestro corazón y dejemos que nos abra los ojos para ver con claridad tantas cosas que algunas veces nos parecen oscuras. Un rayo de luz puede llegar a nuestros corazones, pero nosotros también podemos ser un rayo de luz para muchos a nuestro lado. Aquella anciana no paraba de hablar y de contar la experiencia de Dios que ella estaba viviendo y a todos anunciaba el cumplimiento de las promesas divinas. Y nosotros que tenemos tanto miedo de hablar de Dios a los demás y habrá muchos que lo están esperando.

sábado, 30 de diciembre de 2023

El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas nos hablan de Dios

 


El testimonio de aquella anciana que servía al Señor en el templo noche y día es un reto para aprender a valorar a los pequeños y sencillos que con sus vidas  nos hablan de Dios

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

El marco no dista mucho de lo que habitualmente sucede también en nuestros templos, en nuestras iglesias, como comúnmente decimos; no nos faltarán en nuestras celebraciones esas personas mayores, que prácticamente pasan casi todo su tiempo alrededor de nuestras Iglesias; personas buenas cargadas con el peso de los años, a las que ya no les obligan mayores responsabilidades familiares; personas muchas veces que viven solas, y que su momentos mejores de compañía es cuando vienen a nuestras celebraciones y que se apuntan a todo; que estarán pendientes de si hay que limpiar algo, colocar unas flores, adornar una imagen para una celebración o procesión; personas que no hacen daño a nadie, de una bondad natural, o aprendida también con el paso de los años.

Claro que cuando nos hacemos esta descripción tendríamos que hacer notar nuestros juicios, nuestras prevenciones, nuestras desconfianzas, o, al menos, la poca valoración que les damos. Otra tendría que ser nuestra mirada, otra tendría que ser la valoración que nosotros hiciéramos de esas personas.

Hoy nos encontramos, sí, en el evangelio, esta mujer anciana, de muchos años, y que muchos años se había pasado siempre alrededor del templo; era viuda, además nos hace notar el evangelista. Una mujer de una religiosidad grande, para ella todo su gozo era estar en el templo del Señor, era su servicio, era la manera de dar gloria a Dios; pero era una mujer de una mirada distinta, que sabía discernir muy bien donde estaba Dios, donde actuaba Dios.

Se unió también esa mujer al grupo que se había formado alrededor de aquel matrimonio con aquel anciano que hacía profecías tan maravillosas sobre lo que iba a ser aquel niño y también del sufrimiento de la madre. Hay sensibilidades que llaman los corazones. Y Ana se unió al cántico de alabanzas que había iniciado el anciano Simeón. Ella también alababa a Dios y hablaba del niño a cuantos aguardaban la liberación de Israel.

Un hermoso testimonio que nos ofrece hoy el evangelio con la presencia y la sensibilidad de esta anciana que viene a ser para nosotros también como un estimulo en esa búsqueda de Dios. Pero es también para nosotros como un reto que nos enseña a valorar esos gestos maravillosos que nos pueden ofrecen los que parecen pequeños e insignificantes. Ojalá supiéramos tener más en cuenta esas almas de Dios, que viven una religiosidad sencilla pero que en su humildad saben tener abierto el corazón a Dios.

Alejemos de nosotros esos orgullos de creernos sabios, de creemos que nosotros sí sabemos muchas cosas de Dios, esa vanidad en que muchas veces envolvemos nuestra vida y también nuestra religiosidad; sepamos ir a lo sencillo, sepamos tener esos pequeños gestos de valoración de los que parecen pequeños a nuestro alrededor pero que quizás con sus vidas nos están hablando mucho de Dios.

El texto del evangelio de hoy termina hablándonos de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret. ‘Cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret’. Y nos resume en pocas palabras lo que fue el crecimiento de aquel niño. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

martes, 19 de diciembre de 2023

Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

 


Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Alguna vez quizás nos sentimos incapaces de realizar algo, bien porque reconocíamos nuestra ineptitud, ya fuera porque no nos considerábamos preparados para ella, ya sea porque reconocemos nuestras limitaciones o incapacidades – no todos valemos para todo, solemos decir – ya fuera porque nos consideráramos mayores, fuera de época para los tiempos en que vivimos, o con la debilidad de los años y más carencias que nos pueden ir apareciendo. Es quizás un reconocimiento humilde, porque es una realidad de nuestra vida; pudiera ser una minusvaloración que hacemos de nosotros mismos porque no terminamos de creer en nosotros y en nuestras capacidades, y parece que todo tiene que seguir con normalidad dejando que sean otros los que lo realicen.

Sin embargo, cuando tras una situación así, viene alguien y nos dice que a pesar todo quiere seguir confiando en nosotros, y que nosotros estamos llamados a realizar esa función, pudieran ser varias las reacciones que tomemos, desde negarnos radicalmente a  hacerlo, o por el contrario, aceptar esa misión o labor que se nos confía, elevando nuestra autoestima, y prometiendo poner todo de nuestra parte para desarrollar tal misión. En el fondo, somos humanos, nos sentimos halagados con tal confianza.

Así Dios quiere contar con nosotros. No importa que seamos pequeños, no importa que nos consideremos inútiles por tantas cosas y tantas realidades que han debilitado nuestra vida, o en las que quizás incluso no hayamos obrado bien. Dios sigue contando con nosotros y tenemos que saber escucharle.

Nos lo dice claramente en los textos que hoy se nos ofrecen. ¿Dónde quiso escoger Dios, en la lectura que hemos escuchado en primer lugar, un juez para Israel en aquellos momentos difíciles que pasaba el pueblo? El ángel del Señor visita a una mujer que era estéril y le anuncia que tendrá un hijo que será consagrado para el Señor. Así surgió aquel Juez de Israel llamado Sansón.

Pero es lo que escuchamos también en el evangelio. Nos habla de una pareja de ancianos que no tienen hijos, aunque mucho lo habían pedido al Señor. Pero Isabel era estéril, Zacarías era anciano, pero el ángel del Señor viene de parte de Dios para contar con aquel matrimonio. ‘Yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada’, replica una y otra vez el anciano sacerdote. Pero Dios quiere contar con El, su mujer quedará embarazada y le dará a luz un hijo, Juan, de quien diría Jesús que no ha nacido de mujer ningún hombre mayor que él.

Así son las maravillas que Dios realiza. Así son las maravillas que Dios quiere seguir realizando. Quiere contar con nuestra disponibilidad, no importa nuestra debilidad ni las incapacidades que nosotros podamos ver. Sepamos tener la mirada de Dios; sepamos dar respuesta a lo que Dios nos pide, cualquiera que sea nuestra condición, cualquiera que sea nuestra edad, aunque nos consideremos pequeños y pecadores, son las maravillas de Dios. Tenemos que aprender a confiar; tenemos que dejar hacer a Dios en nuestra vida.

Nos vale para mirarnos a nosotros mismos y descubrir en lo que Dios quiere contar con nosotros, para no perder el ánimo ni la esperanza, para que tengamos esa disponibilidad del corazón. Nos vale para que miremos a nuestro alrededor, y sepamos descubrir las maravillas que Dios realiza, allí donde menos lo pensamos; nos vale para que nosotros aprendamos también a confiar y a contar más con los demás, porque demasiadas veces marcamos a las personas por una razón o por otra y decimos ya de entrada que no valen, que no sirven, que no son las adecuadas, pero la visión de Dios es otra.

Tendrían que ser criterios que también tengamos en la Iglesia, porque demasiado descartamos a muchas personas, y tenemos que saber descubrir que Dios puede y quiere contar con ellas y también podrán realizar maravillas. ¿Será algo que nos está pidiendo el Señor en este camino de Adviento que estamos realizando?

viernes, 19 de agosto de 2022

Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

 


Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106;  Mateo 22, 34-40

Una pregunta para ponerlo para ponerlo a prueba; una pregunta, además, de lo más elemental; parecería absurdo para un judío hacerla y más aun para un maestro de la ley. Era lo básico que enseñaban, lo que todo judío desde la más tierna infancia se sabía de memoria, pues había de repetirlo al salir de casa o al entrar a casa, al levantarse o al ir a comer, al emprender un viaje, o como oración de la noche. Así está prescrito, y todo judío había de repetir. Pero es la pregunta que le hacen a Jesús.

Yo me pregunto si acaso muchos también no nos estarán preguntando a los cristianos, a ti y a mi, esa misma pregunta. También nos quieren poner a prueba, pero no nos van a pedir palabras. Aunque aparentemente vemos mucho rechazo o mucha indiferencia, en ocasiones cargando las tintas contra la Iglesia o contra los cristianos, porque está de moda, porque es fácil querer echar en cara, porque siempre se están viendo las cosas con inquina, y parece que siempre están con deseos de revancha, aunque no sabemos por qué esa revancha, ese dedo que nos apunta tantas veces y que algunas veces nos duele, es también esa pregunta que nos hacen a nosotros los cristianos, que nos hacen a la Iglesia y hasta muchas veces de parte de gente que es también miembro de esa misma Iglesia.

¿Cuál es el mandamiento principal? Pero no se buscan respuesta de catecismo aprendidas de memoria; nos están preguntando por nuestro estilo de vida, por nuestra congruencia, por la sinceridad de nuestra fe, por el testimonio que damos. Siguen preguntándonos por qué tienen que creer lo que nosotros decimos, por qué tienen que creer a la Iglesia. Quizá aunque lo tengan delante claramente no quieren ver, no quieren escuchar la respuesta, no quieren abrir los ojos.

Nosotros respondemos es cierto, tal como nos dice hoy el evangelio, con el amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la vida, con todo nuestro ser, pero también completamos la respuesta tal como lo hizo Jesús, ‘y al prójimo como a nosotros mismos’.

Pero tenemos que decirlo claramente, sin tapujos, con el testimonio de las obras de la Iglesia, con el testimonio de tantos cristianos entregados, con la lista interminable por ejemplo de ancianos acogidos en centros de la Iglesia o de instituciones de la Iglesia; con las puertas abiertas de tantos y tantos centros y obras de cáritas en nuestras parroquias para acoger a los necesitados y a los pobres, que quizá muchas veces nos vienen rebotados de los centros de las instituciones eclesiales porque dicen que no tienen recursos; con los enfermos, la gente sin hogar, los ancianos que viven solos, los emigrantes abandonados a su suerte, los discapacitados que muchas veces la sociedad hace más discapacitados, los enfermos de sida que nadie quiere y que son acompañados en sus sufrimientos y soledades por todo un ejército de voluntarios que dedican su tiempo para estar a su lado ofreciendo el cariño y la atención que algunos no reciben ni de sus familiares…

He querido mencionar solo algunas cosas, aunque la lista se haría muy larga, de esa respuesta que damos a esa pregunta que también nos hacen en nuestro mundo de hoy, dicen, para ponernos a prueba. Aunque Jesús nos dice que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda, sin buscar puntos de méritos y recompensas, creo que los cristianos tenemos que responder claramente, no ofreciendo palabras, sino ofreciendo lo que son las obras de nuestro amor, que manifiestan claramente la fe que llevamos por dentro, el amor que en verdad mueve nuestra vida. Ahí está la prueba de nuestra fe.

martes, 14 de diciembre de 2021

Promesas, bonitas palabras, buenos propósitos… no pueden quedarse en la rutina de siempre sino que hay que despertar

 


Promesas, bonitas palabras, buenos propósitos… no pueden quedarse en la rutina de siempre sino que hay que despertar

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

Todos conocemos al clásico charlatán, hablador hasta por los codos, que siempre quiere quedar bien con todo el mundo y a todos dice que les va a facilitar las cosas, que les va a ayudar en esto, en aquello y lo de más allá, pero que sabemos que son solo palabras, fantochadas, apariencia porque pronto todas sus promesas se van a quedar en nada.

Exagero quizá un poco en la descripción, pero es para que caigamos en la cuenta que de alguna manera todos hacemos un poco de la misma manera. Cuántas promesas nos hacemos, y por empezar, tenemos que decir que a nosotros mismos, diciendo que vamos a hacer esto o aquello, que nuestra vida va a cambiar, que de ahora en adelante todo no va a ser igual porque nosotros hemos tomado una determinación muy en serio. Pero ¿qué nos suele pasar? Agua de borrajas, todo se nos queda en bonitas palabras y en bonitos deseos, en promesas y en propósitos, pero no terminamos de comenzar a dar lo pasos necesarios para que nuestra vida sea distinta. ¿Qué nos pasa? ¿Falta de voluntad? ¿Ilusión de un día? ¿Sueños maravillosos?

Tenemos la experiencia de lo que nos ha pasado tantas veces; tras unos días de reflexión – quizás unos ejercicios espirituales -, tras un momento de especial fervor en nuestra vida como una semana santa que hemos querido vivir con fervor, tras un parón que nos hecho dar en la vida algo que escuchamos como un sermón o la palabra de Dios que un día nos caló cuando la escuchamos el domingo en Misa, quizás un mal momento por el que hemos pasado con duras experiencias, sufrimientos, agobios o angustias, nos dijimos que íbamos a cambiar, que todo iba a ser diferente, pero pronto volvimos a la rutina de siempre y no terminamos de responder a esa llamada de gracia que un día sentimos.

Promesas y promesas, palabras y palabras, propósitos y propósitos, pero rutina al canto del día que nos hace quedarnos en lo que estábamos. Lo de siempre.

Quizá miramos a nuestro alrededor y vemos que una persona que antes nos parecía despreocupada de todo, ahora lo vemos comprometido, lo vemos participando en diferentes acciones, lo vemos implicado en actividades de la Iglesia, y dentro de nosotros en lugar de sentir alegría porque una persona haya encontrado su rumbo en la vida, nos surge en nuestro interior la duda y la desconfianza, estamos viendo dobles intereses en lo que hacen los demás, y nuestro corazón lleno de envidia siempre querrá destruir es buen paso que ha dado alguien en la vida.

Cuánto nos falta del sentido de Cristo en nuestro actuar y en nuestro pensar, en la pureza que tendría que haber en nuestro corazón, o en los deseos de estimulo que tendríamos que tener con esas personas. Que duros de corazón nos volvemos.


Es en lo que quiere hacernos reflexionar hoy el evangelio. Nos dice el evangelista que Jesús estaba mirándoles a los ojos a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Y les habla con esa parábola de los dos hijos a los que el padre envió a su viña. Mientras uno buenas promesas se presenta como cumplidor pronto deja de hacer lo que le pide su padre, mientras que el rebelde que de entrada había dicho no, pronto se arrepiente y va a hacer lo que el padre le ha pedido.

Pero termina Jesús con palabras fuertes para aquellos que le escuchan y que siempre andan con sus apariencias y vanidades presentándose como cumplidores pero con el corazón bien lejos del mandamiento del Señor. Y les dirá: ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

Los que consideraban pecadores y eran objeto de todo desprecio y discriminación se van a adelantar en el Reino de Dios. ¿Quiénes escucharon a Juan en el desierto? Lo hemos escuchado estos días que son los publicanos y los que se consideraban pecadores los que iban a escucharle. ¿Qué es lo que vemos en el resto del evangelio en relacion a Jesús? Estará siempre rodeado de gente pecadora que busca encontrar la vida y la salvación escuchando las palabras de Jesús. Le echarán en cara precisamente a Jesús que come con publicanos y pecadores.

¿Qué nos estará pidiendo el Señor en este camino de Adviento que estamos haciendo? ¿Nos quedaremos en una respuesta superficial?

 

jueves, 19 de agosto de 2021

Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 


Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14

¿Por qué no habrá venido a la comida? Ni siquiera una disculpa, esperando estábamos pero no se hizo presente. Nos habrá sucedido. Un cumpleaños, una cena especial en un aniversario, algo que casi entraba ya en la rutina de todos los años. Eran unos amigos a los que apreciábamos mucho, y disfrutábamos comiendo juntos, pero esta vez no se hizo presente. Nos sentimos mal, en cierto modo defraudados, pensando si en algún momento habíamos tenido algún desaire con esa persona, que ahora nos pagaba no haciéndose presente en aquella comida que siempre celebrábamos juntos y que con tanta ilusión habíamos preparado. ¿Habrá pasado algo por nuestra parte? Cosas que nos pasan en la vida.

Algo así es la parábola que Jesús hoy nos propone en el evangelio y que en principio estaba dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del sanedrín. Hace referencia el evangelista. En este caso se nos habla de una boda y de muchos invitados que pasan, como se suele decir, olímpicamente de aquella invitación que les habían hecho; cada uno se fue a sus cosas. Pero el banquete se celebró de todas formas, porque salieron a las plazas y a los cruces de los caminos y a todos los que encontraron los invitaron para que fueran al banquete. La sala se llenó de comensales.

Una referencia muy clara en la parábola de Jesús a lo que había sido la propia historia de Israel, a quien Dios se había manifestado de manera especial y había caminado con ellos en su historia. Tal es así que la historia del pueblo de Israel la llamamos la historia de la salvación. Es la historia del amor de Dios por su pueblo que manifiesta así el amor que nos tiene a todos. Pero no siempre el pueblo de Israel respondió a las muestras del amor de Dios. Ahora estaba Jesús en medio de ellos y les ofrecía participar de ese banquete de luz y de vida que era el Reino de Dios y era rechazado. Seguían con sus intereses y sus rutinas. Pero en la parábola está incluida esa voluntad salvífica de Dios que ofrece la salvación a todos los pueblos, a todos los hombres.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos para no quedarnos en el juicio que podamos hacer de la respuesta o no del pueblo de Israel y en este caso sus dirigentes que rechazaban a Jesús. Estamos escuchando este pasaje del evangelio como palabra de Dios para nosotros hoy. Somos nosotros los que nos tenemos que sentir interpelados por esa invitación del Señor a ese banquete de vida y de luz que es el Reino de Dios que se nos ofrece. Muchas son las señales de esa llamada que el Señor nos va dejando, pero que sin embargo nosotros también muchas veces andamos tan distraídos que no somos capaces de captar esa llamada.

Es la propia proclamación de la Palabra de Dios que se nos ofrece cada día o cada semana en las celebraciones a las que asistimos; pero son también tantos signos y tantas llamadas que Dios nos va poniendo al borde del camino de la vida en aquellas misma cosas que nos suceden y que no siempre sabemos interpretar. Si antes decíamos que la historia del pueblo de Israel la llamamos historia de la salvación porque nos manifiesta cómo Dios se va haciendo presente en esa historia, lo mismo tendríamos que decir ya sea de nuestra propia historia personal o ya sea de la historia de nuestro mundo en aquellos acontecimientos que se van sucediendo.

El creyente de verdad ha de tener ojos de fe para leer esa historia  y leer ese actuar de Dios o esas llamadas que el Señor nos hace. Son los signos de los tiempos que no solo vemos en grandes acontecimientos, sino en el acontecer sencillo de cada día, donde podemos encontrar siempre un signo del amor que Dios nos tiene.

Pero nuestros ojos de fe algunas veces se vuelven opacos y no sabemos ver; nos encandilamos con tantas cosas que ya no sabemos descubrir la luz verdadera; es como si nos faltara el traje de fiesta de aquel que entró al banquete y no lo tenía. ¿Qué buscaba satisfacer aprovechando aquella comida que se le ofrecía? Algunas veces nos sucede a nosotros algo así. Son tantos los intereses y los apegos que envuelven nuestra vida que perdemos la sensibilidad para lo más hermoso. Y hemos perdido la sensibilidad espiritual, o el sentido de trascendencia, o la esperanza de un cielo nuevo que Dios nos ofrece y ya ni siquiera pensamos en la vida eterna. Cuidémonos de cuanto puede volver opaca nuestra vida.

viernes, 26 de junio de 2020

Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento



Los leprosos se veían obligados a vivir confinados, pero tendríamos que pensar en los que realmente hoy en nuestra sociedad viven una situación también de confinamiento

2Reyes 25, 1-12; Sal 136; Mateo 8, 1-4
Nos habla hoy de un leproso, y de un leproso que se atreve a acercarse hasta Jesús para pedirle que tenga misericordia con él y lo cure. Ya conocemos todo cuanto sucede y el breve diálogo entre Jesús y el leproso. Pero quería fijarme en este aspecto que hemos mencionado de que se atreve a acercarse hasta donde estaba Jesús.
En tiempos de confinamiento como los que estamos es bueno subrayar este aspecto. En el mundo antiguo toda enfermedad era como un castigo de Dios. ‘¿Quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’ recordamos que le preguntaban los discípulos de Jesús en las calles de Jerusalén cuando con aquel ciego de nacimiento que pedía limosna que era el destino más pronto de los ciegos para poder sobrevivir. ¿Una maldición de Dios? algo así pensaban y mucho más de aquellas enfermedades que eran propensas al contagio. Los leprosos se veían marginados totalmente de la sociedad porque tenían que vivir en lugares apartados, no podían acercarse ni permitir que nadie se acercara a ellos. Así los vemos habitualmente en el evangelio.
‘Ni este pecó ni sus padres para que naciera ciego, sino para que se manifieste la gloria de Dios’, respondería Jesús en el caso del ciego de nacimiento de Jerusalén cuya curación también iba a producir tanto revuelo entre los judíos. Ahora solo hay el gesto de Jesús que extiende su mano y que dirá ‘quiero, queda limpio’.
Aquel hombre no teme, no tiene vergüenza de reconocer su enfermedad, que le llevaba incluso a una situación de impureza legal. No se esconde, no se queda lejos, se mete en medio de la gente arriesgándose incluso a que pudieran apedrearle, no teme el rechazo de nadie ni menos de Jesús. En su concepto también incluso podría considerarse pecador aunque no supiera cual era su pecado, pero si conocía su sufrimiento, pero allí va con esa impureza legal, con esa enfermedad propensa al contagio, pero se postra ante Jesús. En El tiene toda su confianza.
¿Habrán situaciones semejantes entre nosotros? y al hablar de situación semejante pienso en todo lo que era el sufrimiento de aquel hombre alejado de la sociedad, discriminado y despreciado por todos, que llevaba a la inmensa mayoría a esconderse de los demás y refugiarse en aquellos lugares de muerte que les estaban reservados. Normalmente es cierto que decimos que sentimos compasión por los enfermos, pero pensemos si acaso entre nosotros pudiera haber actitudes un tanto parecidas a lo que vemos reflejados en aquel mundo antiguo.
¿No tendremos también muchos miedos ante todo lo que signifique sufrimiento y soledad? O también quizá tendríamos que preguntarnos a cuantos condenamos a la soledad porque tienen unas limitaciones físicas o síquicas, porque son dependientes y ya pesa sobre ellos la debilidad de los años. Es cierto que van surgiendo en la sociedad diversas instituciones y organismos que dicen cuidar y preocuparse por estas personas discapacitadas y dependientes por sus limitaciones físicas o síquicas o por sus muchos años, pero ¿no significará una condena de soledad que desde nuestras familias, desde el funcionamiento de la sociedad estamos haciendo de todas esas personas? No tenemos tiempo, no hay lugar en nuestros hogares modernos o en nuestros pisos pequeños, no somos capaces de hacer por ellos desde la cercanía de una familia y de un hogar.
Nos duele el tener que estar confinados en este estado de alarma que hemos vivido o seguimos aun viviendo – mucha gente dice que lo ha pasado muy mal al verse así confinados en su propio hogar -, pero no pensamos en tantos seres que por una razón o por otra también confinamos en residencias, asilos, o lugares a los que queremos dar el hombre de hogares de nuestros mayores, y realmente porque no queremos complicarnos la vida; exigencias de la vida moderna, decimos en tantas ocasiones.
Mucho tendrían que hacernos pensar estas cosas. Y también de esta situación dolorosa que hemos venido viviendo tendríamos que sacar muchas lecciones, aprender muchas cosas, valorar lo que verdaderamente es principal en nuestras vidas. Quizá aprendamos a dejar que ‘el leproso’ se acerque a nosotros diciéndonos que podemos limpiarlo y aprendamos a tender la mano como Jesús pero decir que sí, que queremos hacerlo y hacer que otras actitudes nuevas surjan en nuestros corazones. Claro que tendríamos que preguntamos cual es el pecado de nuestra sociedad.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes


Abramos los ojos con una mirada nueva para ser capaces de descubrir en tantas personas sencillas a nuestro lado esos Ángeles de Dios que nos trasmiten hermosos mensajes

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40
A veces somos como muy especiales y selectivos en cuanto a los testimonios que podamos recibir de los demás; con mucha facilidad ponemos filtros. Hay personas que no nos gustas, que no las tragamos y hagan lo que hagan siempre para nosotros tendrán un ‘pero’; personas que por su apariencia o condición ya de antemano las catalogamos como de las que nada nos pueden dar, nada nos pueden ofrecer, porque quizá las consideramos unas personas incultas, de poco valor, o porque las vemos muy mayores las consideramos ‘pasadas de moda’ porque nos parece que tienen unos criterios que ya son anticuados para el mundo en el que hoy vivimos; claro nosotros los jóvenes vivimos en otro mundo, en otro estilo y qué nos pueden decir.
Son muchos los filtros en un sentido o en otro que ponemos en las personas, en sus opiniones o en la aportación que puedan hacer y así vamos descartando gente, testimonios porque nosotros somos los que ya nos lo sabemos todo. Creo que indica una pobreza de miras, una pobreza en nuestros planteamientos que los que tendríamos que ser descartados somos nosotros. Otra apertura tendría que haber en nuestra vida con una aceptación de todo lo que nos puedan ofrecer los demás que siempre va a enriquecer nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de unos ancianos humildes y piadosos que merodeaban cada día por el templo de Jerusalén. Con los criterios que antes andábamos ya los estaríamos catalogando como unos beatitos cuya vida solo se reducía a estar en el templo y a rezar, pero que ya eran unos ancianos que nada podían enseñarnos o aportar. Se trata del anciano Simeón y de la profetisa Ana. Realmente a Simeón en el texto de hoy no se le menciona, se hubiera mencionado en el día de ayer, pero que el texto que hoy se nos ofrece de la anciana Ana forma una unidad con todo lo que hace referencia al anciano Simeón.
Sin embargo fijémonos en la importancia que le da el evangelio al testimonio de estos dos ancianos, el respeto con que los trata y la hermosa aportación que nos hace en estos momentos en que escuchamos relatos de la infancia de Jesús. Claro que ayer en el día de la Sagrada Familia se hacia mucho hincapié en el respeto con que se han de tratar a los ancianos y como  han de ser honrados con nuestro cariño y con nuestra atención. Claro que tendríamos que pensar en la sabiduría que un anciano lleva en su corazón desde lo que ha sido su vida y desde su experiencia cuanto nos puede aportar, aunque hoy a los jóvenes quizá no nos gusta tanto.
Como decíamos hoy se centra más el evangelio en el testimonio de aquella viuda anciana que llevaba muchos años en el templo sirviendo a Dios. Aparece por allí poco menos que milagrosamente para hablar del niño a cuantos transitan por los atrios del templo y a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, les hablaba de aquel niño que sus padre habían presentado en el templo y de quien el anciano Simeón había dicho también grandes cosas.
Es el testimonio de unas personas humildes y sencillas, con unas vidas desgastadas podíamos decir con el paso de los años, pero unas personas de fe grande que eran capaces de sentir la presencia del Espíritu del Señor en sus corazones y escuchar su inspiración. Si allí estaban era por su fe, era por ese dejarse conducir por el Espíritu, ese mirar la vida y lo que sucedía a su alrededor con una mirada distinta, con la mirada de la fe, con la mirada de Dios y así podían descubrir las maravillas de Dios para contárselo a los demás que hacían estos piadosos ancianos con espíritu profético.
¿Nos habremos encontrado nosotros alguna vez en nuestros caminos personas así, llenas de Dios, llenas del Espíritu del Señor que con sus sencillas palabras nos daban hermosos testimonios? Nos hace falta abrir los ojos nosotros con una mirada nueva y seremos capaces de descubrir esas almas de Dios, Ángeles de Dios a nuestro lado que nos trasmiten hermosos mensajes. 

martes, 19 de diciembre de 2017

Abramos nuestro corazón a Dios, a su Palabra, a su revelación, a su presencia, a su amor porque a pesar de las turbulencias que nos hacen dudar se sigue haciendo presente en nosotros

Abramos nuestro corazón a Dios, a su Palabra, a su revelación, a su presencia, a su amor porque a pesar de las turbulencias que nos hacen dudar se sigue haciendo presente en nosotros

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

‘Para Dios nada hay imposible’, le dirá el ángel a María cuando le anuncie a ella también lo que le está sucediendo a su prima Isabel. Los misterios de Dios, los caminos de Dios, las maravillas que Dios quiere hacer en nosotros. Necesitamos fe para descubrirlos, para decir sí, para aceptar el plan de Dios, para que así se realicen también en nosotros maravillas.
El evangelista nos da detalles. Zacarías e Isabel no tenían hijos; Isabel era estéril y ambos eran ya de edad avanzada. Para Dios nada es imposible. Y allí está el ángel que viene de parte del Señor. La oración de aquellos ancianos ha sido escuchada. Han encontrado gracia ante Dios. Y dentro del plan de salvación de Dios iban a ocupar un lugar, el hijo que nacería en la ancianidad de aquel matrimonio iba a tener un lugar importante.
Grande va a ser la alegría de aquellos ancianos, pero que será alegría para todo el pueblo. Mas tarde nos dirá el evangelista que cuando corrió la noticia por la Montaña primero del embarazo de Isabel y luego del nacimiento del niño todos se llenarán de inmensa alegría y darán gloria al Señor.
Pero allí está la fe de Zacarías a pesar de sus dudas. Todos tenemos dudas en la vida muchas veces; en ocasiones parece que se tambalea nuestra fe cuando los tiempos se nos ponen difíciles, cuando no vemos realizados nuestros sueños, cuando parece que no somos atendidos, cuando creemos que ni Dios nos escucha en nuestras peticiones. Pero como bien nos enseñará Jesús en el evangelio hemos de ser perseverantes en nuestra oración; perseverantes pero con confianza, con la confianza de los hijos que saben que Dios es su Padre que los ama. No nos faltará nunca el amor del Señor.
Zacarías tendrá que pasar por otra dolorosa prueba por no haber dado fe a las palabras del ángel. No podrá expresarse. Son cosas muy grandes las que les han sucedido. Nos quedamos mudos de admiración en muchas ocasiones y no sabemos como manifestar con palabras aquello maravilloso que nos ha sucedido.
Pero en nuestro corazón hemos de saber ser agradecidos, sentir lo que es la maravilla de lo que el Señor realiza en nuestra vida, de aquellas cosas de las que podemos ser partícipes también de lo bueno que realizan los demás y de lo que nos vemos beneficiados. Ojos de fe, ojos de creyente, ojos para saber admirar lo bueno, venga de donde venga, ojos atentos para ver lo bueno de los demás, ojos agradecidos por la riqueza que recibimos de los otros.
Nos hacemos esta reflexión en estos últimos pasos que estamos dando ya en nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Queremos recibir a Dios en nuestra vida, que eso viene a significar la vivencia que hacemos de la navidad. No es solo un recuerdo, que también es y se vuelve acción de gracias. Queremos hacerlo con toda intensidad y por eso cantaremos la gloria del Señor.
Pero es saber descubrir cómo el Señor sigue llegando a nuestra vida. Necesitamos ojos de fe, aunque por las turbulencias de la vida algunas veces nos llenemos de duda. Dios sigue manifestándose, haciéndose presente en nuestro camino, viene a nuestro encuentro a través de tantas cosas. Abramos nuestro corazón a Dios, a su Palabra, a su revelación, a su presencia, a su amor. No lo olvidemos, ‘para Dios nada hay imposible’. Sepamos descubrir las maravillas del Señor.

domingo, 22 de octubre de 2017

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

La lucha por la vida muchas veces se nos convierte en una lucha de poderes; nos gusta el poder, ansiamos el poder, queremos tener poder; es la autosuficiencia que nos nace dentro, pero es el deseo de estar por encima, de poder más, de imponer lo mío o mis ideas, es la búsqueda y satisfacción solo de mis intereses, es la manipulación que pueda realizar de la vida, de las personas, de las cosas.
Si en verdad la responsabilidad de la vida, o las responsabilidades que tenemos que ejercer desde el ser miembros de una sociedad o una comunidad las viéramos como un servicio no tendríamos esa lucha de intereses egoístas por la que en nuestro orgullo queremos ser más y hasta nos podemos convertir en manipuladores. Y el peligro está en como en nuestras luchas hacemos una mezcolanza de cosas utilizando lo que sea para conseguir nuestros fines.
Y en nuestras luchas envolvemos a los otros y hasta podemos complicarles la vida. Queremos atraerlos a nuestro ámbito y queremos ser los que predominemos. Puede ser el poder a grandes niveles en cargos de gran responsabilidad, pero puede ser en ese ámbito más pequeño o más cercano en el que nos movemos, en la familia quizás, en el trabajo, con las personas que convivimos, con nuestros vecinos y con nuestros amigos.
Es cierto que no todos actúan así y muchos han comprendido bien lo que es el sentido de su responsabilidad y al sentirse miembros de un ente social quieren en verdad prestar los mejores servicios. Pero lo dicho anteriormente va como una llamada de atención ante los peligros en los que todos podemos caer y arrastrar a los demás.
Algo así podemos apreciar hoy en el evangelio en el entorno de Jesús en el que quieren envolverle a él también en sus intereses o acaso como no pueden buscan la forma de desprestigiar para quitarlo de en medio. Es una táctica que observamos también en el entorno de nuestra sociedad y nos tendría que hacer pensar.
No les convencía a ciertos sectores de la sociedad judía lo que Jesús les hablaba del Reino de Dios y la manera en que se los presentaba. En ese estilo nuevo de Jesús ellos no podían entrar para hacer sus manipulaciones. La imagen del Mesías con que Jesús se presentaba no era lo que ellos esperaban y estaban deseando. Les desconciertan las palabras y el mensaje de Jesús. Ya les había sucedido también a los discípulos más cercanos que discutían entre ellos por los primeros puestos o se valían también de sus artimañas humanas para lograr en sus sueños esas cotas de poder. ¿Seguirán siendo así entre los discípulos de Jesús hoy? Una pregunta que nos haría revisar muchas cosas también quizás en el seno de la Iglesia.
Pero vayamos a lo que nos cuenta el evangelio. Repetidamente vienen con preguntas capciosas tratando de coger a Jesús en algo que lo pudiera desprestigiar. Sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos y saduceos, los partidarios de Herodes o los Zelotas, cada uno por su lado quizás luchaba por su cuota de poder. Pero Jesús venía desmontándoles muchas cosas. No pueden con él con la interpretación de los mandamientos principales de la ley lo que irrita a maestros de la ley y fariseos, no podrán cogerle aprovechándose de las palabras estrictas de la ley para hacer que Jesús también condene cuando tanto hablaba de misericordia y de perdón (ahí está el caso de la mujer adultera que no pueden apedrear), no terminan de aceptar lo que Jesús les habla de la pureza interior que es la verdadera y que no podemos andar como sepulcros blanqueados apoyándonos solo en apariencias…
Ahora se valdrán de los partidarios de Herodes que se niegan a pagar los tributos que les imponen los romanos. Y es la cuestión que le plantean. ¿Es licito pagar el impuesto al César o no? Claro que entran con palabras capciosas alabando la sinceridad de Jesús y cómo no se casa con nadie ni se deja manipular; nuestras estrategias… con la moneda de curso legal que todos llevan en sus bolsas Jesús les desmonta la pregunta. ¿Es la imagen del Cesar? Pues como son dineros del César de él tenéis que depender. Pero lo que es de Dios hay que dárselo a Dios.
Mucho quiere decirles Jesús con esta respuesta que no es una simple salida diplomática, digamos así. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿Qué nos pide? Si nos fijamos en sus mandamientos nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. En la sublimidad del evangelio de Jesús todo lo resumiremos en una palabra, el amor. Pero fijémonos bien que ese amor es respeto por el hombre, es valoración de la persona, es sinceridad de vida, es búsqueda del bien para todo hombre, es esa pureza interior que nos hace tratar siempre sin maldad ni malicia a los que están a nuestro lado, es esa rectitud de vida que busca siempre lo bueno, es esa cercanía a la persona, a toda persona que nunca lo manipulará sino que siempre le ofrecerá lo mejor de si mismo. No otra cosa nos piden los mandamientos del Señor.
Cuando vamos haciendo todo esto estamos buscando la gloria de Dios que es el bien del hombre. Para eso nos ha creado, nos ha dado la vida y ha puesto el mundo en nuestras manos. Y ese mundo no es nuestro, es una criatura de Dios pero que está al servicio de todo hombre, de todos los hombres. No podemos acaparar, no nos lo podemos coger para nosotros solos, no podemos adueñarnos de la vida de nada ni de nadie. En nuestro corazón siempre tienen que sonar los sones de la solidaridad y de la justicia. Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Todo en nosotros ha de ser siempre servicio, porque es ahí donde de verdad nos engrandecemos. Esa es la mayor gloria del hombre.
Qué lejos quedan entonces aquellas ansias de poder y de grandezas humanas, que lejos de nosotros la manipulación y el acapararlo todo para nosotros solos, que lejos quedan aquellos pedestales en los que en nuestro orgullo queríamos subirnos. Es el estilo nuevo del Reino de Dios. El es nuestro único Señor y su gloria será siempre el que busquemos el bien del hombre, de la persona, haciendo entre todos un mundo mejor.


domingo, 1 de octubre de 2017

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Incongruencias de la vida; estamos demasiado llenos de incongruencias, de falta de autenticidad y sinceridad no solo en las palabras sino en la vida misma. Decimos prometemos, tenemos bonitas palabras que luego no se corresponden con lo que hacemos.
Nos sentimos defraudados tantas veces de lo que vemos en los demás, de esa falta de autenticidad. Demasiada vanidad, demasiado buscar bonitas apariencias pero luego en nuestro interior no somos como aparentamos, en el actuar de la vida no hacemos aquello que decimos. Nos sentimos defraudados de los demás porque quizá tampoco somos tan sinceros con nosotros mismos, y preferimos ver la paja del ojo ajeno que la viga que llevamos en el nuestro, porque somos nosotros los incongruentes. Y la vanidad y la apariencia está en nosotros sin tener que fijarnos en los demás, pero nos cuesta mirarnos con sinceridad.
De alguna forma nos está denunciando eso el evangelio que escuchamos en este domingo. Por allí está el niño bueno, el hijo que no quiere quedar mal con su padre y cuando este le pide que haga algo responderá de palabra positivamente, pero que luego pronto lo olvidará y no hará lo que le pide su padre; mientras el otro, que parece un rebelde porque siempre está diciendo que no a todo, de esa forma le responde a su padre, aunque luego se dé cuenta de su error y lo corrige yendo a hacer lo que le pide su padre.
Jesús les está hablando muy claramente a sus oyentes judíos. ¿Qué había sido realmente la historia del pueblo judío? En momentos de fervor, o cuando habían salido de malos trances allí estaban prometiendo ser fieles a la Alianza del Sinaí, pero qué pronto caían en la idolatría, qué pronto se olvidaban de sus buenos propósitos, qué pronto se olvidaban de los caminos del Señor a pesar de tantos profetas que iban apareciendo como jalones en la historia de su pueblo.
Pero Jesús no solo quiere recordarles su pasado que ya lo hará también con otras parábolas sino que les está hablando del momento presente. Por allá andaban los buenos, los cumplidores, los que se fijaban en la hierbabuena y en el comino para pagar los impuestos, los que no dejaban de lavarse las manos cuando volvían de la plaza por si acaso hubieran tocado algo que les llevase a la impureza legal, pero que sus corazones, sus actitudes internas están llenas de maldad, de desprecios hacia los otros, de discriminaciones y de juicios siempre condenatorios en su corazón contra los demás.
Pero Jesús les dice que en el Reino de los cielos se les van a adelantar los publicanos y las prostitutas. Estas palabras tuvieron que resultarles muy desconcertantes a los que le escuchaban. Allí estaban, como bien nos señala el evangelista, los ancianos del Sanedrín y los sumos sacerdotes. Venía a trastocarles todas sus ideas, a hacerles reconocer la incongruencia que había en sus vidas, la falsedad y la hipocresía en las que estaban envueltos. Aquellos publicanos y prostitutas es cierto que eran pecadores, pero estaban más dispuestos a la conversión que todos ellos. Y ejemplos tenemos en el evangelio.
¿Pero no nos sucederá actualmente a nosotros de la misma manera? Los que venimos a Misa, los que decimos que nos sentimos más cerca de la Iglesia, los que nos consideramos muy religiosos y no dejamos de faltar a cualquier acto religioso que se organice en nuestros templos, cuando salimos de todo eso ¿cómo vamos por la vida? ¿No nos pudiera suceder que ni siquiera nos detenemos a mirar a aquellos que nos están tendiendo la mano a la puerta de la Iglesia? ¿seremos de aquellos que pasamos de largo por la plaza o por las esquinas de nuestras calles donde vemos grupos que ya en nuestro interior consideramos indeseables, con malas costumbres y hasta pasamos con cierto miedo como a la huída por ellos?
En muchas cosas concretas podríamos pensar, en muchas actitudes y posturas que tomamos ante el que consideramos diferente o desconocido, o ante tantos de los que vamos desconfiando en la vida.
Qué bueno sería recordar lo que san Pablo les decía a los Filipenses en ese hermoso texto que hoy nos ofrece la liturgia. ‘Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
No creo que sea necesario mucho comentario. No es necesario decir mucho más. Mirémonos como en un espejo en esas palabras de la Escritura, pero con sinceridad, sin disimulos, no tratando de maquillar nuestras actitudes y posturas. Seamos capaces de ver la incongruencia de nuestras vidas, la diferencia entre esto tan hermoso que nos propone la Palabra de Dios y las actitudes no tan rectos ni justas, las posturas en que  nos situamos en nuestros pedestales, las insolidaridades, orgullos y vanidades con que vamos tantas veces por la vida.

jueves, 18 de agosto de 2016

Disculpas, entretenimientos, ‘obligaciones’, apegos que ocupan nuestro corazón para no escuchar ni darle importancia a la vivencia del Reino de Dios

Disculpas, entretenimientos, ‘obligaciones’, apegos que ocupan nuestro corazón para no escuchar ni darle importancia a la vivencia del Reino de Dios

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

¡Cuántas disculpas nos buscamos en tantas ocasiones! Sabemos que aquello es importante, pero como solemos decir, no tenemos el cuerpo para esas cosas, nosotros no le damos importancia ni tenemos demasiado interés y nos buscamos mil disculpas; siempre tenemos que hacer, que ir a otra parte, que no nos apetece ni tenemos ganas, que hay otras cosas que en ese momento nosotros consideramos más importantes, no somos capaces de decir directamente no, pero damos mil rodeos para escaquearnos.
Esto referente a actos de nuestra vida social, o lo que pudiera ser más grave en el caso de obligaciones que dejamos de lado porque nos entretenemos aquí o allá, pero no damos tiempo, no encontramos tiempo, decimos, para hacerlo o para cumplir con aquella obligación. Hoy diríamos que nos entretenemos con las redes sociales de Internet o de nuestro móvil porque quizá la damos más importancia a responder a un whatsApp de una conversación insulsa o ponernos a navegar por facebook, que atender a nuestras responsabilidades de cada momento.
Es en lo que nos quiere hacer pensar Jesús con la parábola que hoy nos propone el evangelio. Ya nos dice el evangelista que Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hace Jesús un resumen con la parábola de lo que había sido y era en aquellos momentos la historia de la salvación del pueblo de Israel. Invitados a las bodas del Reino a lo largo de la historia había enviado Dios profetas y hombres de Dios que fueran recordando esa invitación de amor de Dios que era la vivencia de la Alianza. Ahora llegaba el momento del Reino de Dios con la presencia de Jesús con su salvación y ¿cuál era la respuesta?
Allí estaba palpable en aquellos momentos en que veían los signos que Jesús realizaba y la Palabra del Reino que anunciaba y no querían escucharle. Siempre andaban buscando la manera de cazar a Jesús, de hacer sus interpretaciones a sus palabras para tener de qué acusarle y aunque los sencillos y humildes de corazón eran capaces de reconocer los signos de Dios, allí estaban ellos los principales del pueblo que no querían escuchar, que rechazaban la invitación a la participación en el Reino de Dios que Jesús les anunciaba.
Pero esa Palabra de Jesús llega hoy a nuestra vida, y a nuestra vida concreta. Si nos narrase hoy la parábola seguro que los ejemplos de las disculpas irían también por el camino de lo que mencionábamos al principio. Cuantas disculpas en nuestra vida, cuantos balones queremos echar fuera como solemos decir, cuantos entretenimientos en los que ocupamos la vida, cuantas cosas que nos distraen de atender la llamada y la invitación de Jesús.
Quizá si nos enviara un whatsApp le prestáramos más atención. De mil maneras sigue resonando en nuestras vidas esa llamada de Jesús pero qué poca atención le prestamos. Como decíamos, siempre encontramos disculpas, siempre tenemos cosas que hacer, siempre nos buscamos entretenimientos, siempre tenemos ‘obligaciones’ como apegos en nuestra vida que nos ocupan nuestro tiempo, nos ocupan nuestro corazón y no damos el paso adelante para vivir en el sentido del Reino de Dios. ¿Habremos llegado a descubrir la importancia del Reino de Dios que nos anuncia el Evangelio?