Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Isabel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isabel. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de diciembre de 2023

Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

 


Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y  sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Aunque por nuestro orgullo nos cuesta reconocerlo, a la larga agradecemos que haya habido alguien que nos haya dicho la verdad, que nos haya llamado la atención sobre cosas que hacíamos que no tenían mucho sentido, y a posteriori nos han hecho pensar. Nos sentimos heridos quizás en aquel momento, nos parecieron fuertes las palabras que nos dijeron, nos creíamos que no merecíamos esa corrección porque nosotros con buena voluntad estábamos haciendo lo que nos corregían. Nuestro amor propio en aquellos momentos se sintió mal y quizá no reaccionamos como deberíamos hacerlo. Muchas veces solemos pensar tarde lo que tendría que ser nuestro camino.

Eso sucedió con Juan el Bautista, cuyo nacimiento nos ofrece hoy el evangelio. Su palabra y su testimonio era fuerte, pero esa era su misión. ‘Como fuego de fundidor, como lejía de lavandero…’ había anunciado el profeta que sería aquel que venía con el poder y el espíritu de Elías ‘para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’.

El fuego quema, la lejía abrasa, aparentemente duele y destruye, pero purifica y transforma. Era la voz fuerte que iba a sonar en el desierto para preparar los caminos del Señor, para que encontrara un pueblo bien dispuesto. ‘Para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’, como nos dice hoy el profeta Malaquías.  Una corrección a tiempo nos salva de tropiezos posteriores. Es lo que hacen los padres con los hijos, aunque a los hijos no les guste que los corrijan; cómo nos rebelamos en nuestro interior, pero es necesario pasar por ese fuego, ser abrasados por esa lejía para enderezar muchas cosas que andan torcidas en la vida. Aunque hoy nos estamos haciendo una generación de enclenques y consentidos, y ya nadie nos puede decir nada. Pero ya sabemos que quien nos corrige nos ama.

Esa era la misión de Juan. Como decíamos, hoy nos ofrece el evangelio el momento de su nacimiento con la alegría que suscitó en su entorno – ‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’ – y el relato del momento de la circuncisión que llevaba consigo la imposición del nombre.

Hoy los padres escogen para los hijos aquellos nombres que les gustan, que les llaman la atención, o que son de tradición familiar; en la antigüedad poner el nombre significaba algo más, era como destacar algo especial que había sucedido con su nacimiento o también venía a señalar lo que había de ser luego su vida. La gente quiere que el recién nacido se llame como Zacarías, su padre, no en vano era de raza sacerdotal y en su misión futura era como suceder a su padre en el sacerdocio del templo. Pero Isabel señala que su nombre ha de ser Juan, con la oposición de todos, hasta que preguntan por señas a Zacarías – aun estaba mudo desde la vuelta del templo y la aparición del ángel – que escribirá en una tablilla que ‘Juan es su nombre’.

¿Qué significaba el nombre de Juan? ¿Por qué era el empeño en que llevara ese nombre? Juan viene a significa ‘Dios es propicio’, ‘Dios se ha apiadado’, ‘Dios es misericordia’. ¿Qué había significado el nacimiento de Juan de aquellos padres ya mayores que tanto lo habían deseado? Ya las mismas gentes lo habían manifestado en su alegría por el nacimiento de aquel niño, cuya noticia había corrido por las montañas de Judea, ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’.

¿No era esa también la misión de quien iba a ser el Precursor del Mesías? Invitar a la conversión como Juan iba a hacer era invitar a reconocer la misericordia del Señor; su palabra venía a señalarnos nuestros errados caminos, pero para que purificáramos nuestra vida en el fuego de la misericordia del Señor. ¿No sería eso también lo que a continuación Zacarías iba a cantar alabando y bendiciendo al Señor por el nacimiento de Juan? ‘El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.  Y señalará la misión de Juan, ‘a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’.

¿No es el significado del nombre de Juan, ‘Dios es propicio… y se ha apiadado con su misericordia’? Agradezcamos el nacimiento del Bautista y cómo sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor.

martes, 19 de diciembre de 2023

Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

 


Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Alguna vez quizás nos sentimos incapaces de realizar algo, bien porque reconocíamos nuestra ineptitud, ya fuera porque no nos considerábamos preparados para ella, ya sea porque reconocemos nuestras limitaciones o incapacidades – no todos valemos para todo, solemos decir – ya fuera porque nos consideráramos mayores, fuera de época para los tiempos en que vivimos, o con la debilidad de los años y más carencias que nos pueden ir apareciendo. Es quizás un reconocimiento humilde, porque es una realidad de nuestra vida; pudiera ser una minusvaloración que hacemos de nosotros mismos porque no terminamos de creer en nosotros y en nuestras capacidades, y parece que todo tiene que seguir con normalidad dejando que sean otros los que lo realicen.

Sin embargo, cuando tras una situación así, viene alguien y nos dice que a pesar todo quiere seguir confiando en nosotros, y que nosotros estamos llamados a realizar esa función, pudieran ser varias las reacciones que tomemos, desde negarnos radicalmente a  hacerlo, o por el contrario, aceptar esa misión o labor que se nos confía, elevando nuestra autoestima, y prometiendo poner todo de nuestra parte para desarrollar tal misión. En el fondo, somos humanos, nos sentimos halagados con tal confianza.

Así Dios quiere contar con nosotros. No importa que seamos pequeños, no importa que nos consideremos inútiles por tantas cosas y tantas realidades que han debilitado nuestra vida, o en las que quizás incluso no hayamos obrado bien. Dios sigue contando con nosotros y tenemos que saber escucharle.

Nos lo dice claramente en los textos que hoy se nos ofrecen. ¿Dónde quiso escoger Dios, en la lectura que hemos escuchado en primer lugar, un juez para Israel en aquellos momentos difíciles que pasaba el pueblo? El ángel del Señor visita a una mujer que era estéril y le anuncia que tendrá un hijo que será consagrado para el Señor. Así surgió aquel Juez de Israel llamado Sansón.

Pero es lo que escuchamos también en el evangelio. Nos habla de una pareja de ancianos que no tienen hijos, aunque mucho lo habían pedido al Señor. Pero Isabel era estéril, Zacarías era anciano, pero el ángel del Señor viene de parte de Dios para contar con aquel matrimonio. ‘Yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada’, replica una y otra vez el anciano sacerdote. Pero Dios quiere contar con El, su mujer quedará embarazada y le dará a luz un hijo, Juan, de quien diría Jesús que no ha nacido de mujer ningún hombre mayor que él.

Así son las maravillas que Dios realiza. Así son las maravillas que Dios quiere seguir realizando. Quiere contar con nuestra disponibilidad, no importa nuestra debilidad ni las incapacidades que nosotros podamos ver. Sepamos tener la mirada de Dios; sepamos dar respuesta a lo que Dios nos pide, cualquiera que sea nuestra condición, cualquiera que sea nuestra edad, aunque nos consideremos pequeños y pecadores, son las maravillas de Dios. Tenemos que aprender a confiar; tenemos que dejar hacer a Dios en nuestra vida.

Nos vale para mirarnos a nosotros mismos y descubrir en lo que Dios quiere contar con nosotros, para no perder el ánimo ni la esperanza, para que tengamos esa disponibilidad del corazón. Nos vale para que miremos a nuestro alrededor, y sepamos descubrir las maravillas que Dios realiza, allí donde menos lo pensamos; nos vale para que nosotros aprendamos también a confiar y a contar más con los demás, porque demasiadas veces marcamos a las personas por una razón o por otra y decimos ya de entrada que no valen, que no sirven, que no son las adecuadas, pero la visión de Dios es otra.

Tendrían que ser criterios que también tengamos en la Iglesia, porque demasiado descartamos a muchas personas, y tenemos que saber descubrir que Dios puede y quiere contar con ellas y también podrán realizar maravillas. ¿Será algo que nos está pidiendo el Señor en este camino de Adviento que estamos realizando?

martes, 15 de agosto de 2023

Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

 


Seamos capaces de cantar el cántico de María reconociendo también cuantas maravillas Dios realiza en nosotros queriendo hacer también su mismo camino de Asunción

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Lo que llevamos en el corazón no lo podemos disimular, no lo podemos callar. Cuando nos encontramos con aquellos, en especial, que tienen cierta sintonía con nosotros, canta de inmediato el corazón y dejar fluir los más hermosos sentimientos, y de inmediato nuestra lengua se desata y seremos capaces de decir las más bellas palabras. 

Pueden ser hermosas experiencias que hayamos vivido, encuentros que han llegado de gozo el alma porque experimentamos lo que es la belleza de la vida, nos regocijamos en el amor y la amistad que se nos ofrece y se nos regala, nos sentimos elevados en nuestro espíritu porque descubrimos lo bello y lo grande que nos engrandece; experiencias cargadas de humanidad, experiencias que nos elevan a lo divino y sobrenatural, experiencias con las que nos sentimos transformados.

¿No sería algo así lo que Maria llevaba en su corazón y le hizo correr por los caminos de Palestina desde Nazaret hasta las montañas de Judea? Grande había sido la experiencia de Dios que había vivido en aquel momento que Dios se hizo presente en su vida con la visita del Ángel. Llena de Dios se había sentido María, poseída por el Espíritu llevaba en sus entrañas al Hijo del Altísimo que iba a ser nuestra vida y nuestra salvación.

El camino de Nazaret a las montañas de Judea se había llenado de los sones del cántico de María que ella iba entonando en su corazón. Cuando se encuentra con Isabel por la sintonía que de manera tan especial con ella sostenía las palabras comienzan a salir a borbotones del corazón por la boca de ambas mujeres, porque las dos tenían mucho que contar y cantar de las maravillas que Dios había realizado en ellas. Isabel también tenía mucho que agradecer a Dios que tales maravillas había realizado en ella cuando a sus años le había concedido el don de la maternidad; María sentía que el Señor había sido grande con ella  y en ella estaba realizando también obras maravillosas.

Comenzaba así un cántico que había de terminarse nunca, porque todos aquellos que reconocen las maravillas de Dios en su vida no pueden menos que tomar prestadas las palabras de Isabel y de María para cantar también de corazón al Señor. Pero es que ese cántico se ha convertido también en el cántico de la liberación, con el que todos los que sienten que el Señor le ha liberado de muchas ataduras cuando les ha regalado su gracia cantarán casi como un emblema y un signo de lo que ha de seguir siendo su camino ese mismo cántico de María.

María con su camino de Nazaret a las montañas de Judea a nosotros también nos pone en camino, con ella quiere llevarnos y elevarnos, y está convirtiéndose para nosotros en modelo de ese camino que nosotros también hemos de recorrer. Un camino de Ascensión, como fue el camino de Jesús, y un camino de Asunción como fue el camino de María, como hoy estamos celebrando. Hemos de saber dejarnos conducir como lo hizo María, pero que no es un camino de pasividad sino que tiene que convertirse para nosotros en un camino muy positivo, muy activo. 

Dejamos actuar a Dios en nuestra vida, pero ponemos nuestra disponibilidad, ponemos la ofrenda de nuestro yo, ponemos nuestros esfuerzos de superación, ponemos toda esa lucha de liberación que a la manera de María hemos de saber ir realizando en nuestra vida.

Es el tiempo en que derribados del trono a los poderosos, ensalzaremos y levantaremos a los humildes porque en verdad queremos hacer un mundo nuevo, queremos hacer vivir una vida nueva a todos; es el tiempo de un nuevo compartir porque mientras los ricos se quedan encerrados en su propio vacío, sin embargo los humildes, los sencillos, los hambrientos se verán saciados porque el Señor en su bondad nos colma de bienes; es el tiempo de la misericordia y es el tiempo de la nueva ternura que florece con el perdón, es el tiempo en que hacemos desaparecer los orgullos y las prepotencias, es el tiempo en el que florece en el jardín de la vida la comprensión, la armonía y la paz porque todos nos sentimos valorados en lo que somos más que en lo que tenemos, porque todos nos sentirlos enriquecidos con el amor y la gracia del Señor, es el tiempo en que descubriremos cómo el Señor se revela en los pequeños y en los sencillos.

Es el camino que María nos está abriendo con su Asunción al cielo, que nos dice que es posible ese nuevo camino, que es posible esa Asunción en nuestra vida, que es posible que un día nosotros porque queremos mantener limpio el corazón podremos gozar de esa visión de Dios. 

Es lo que hoy estamos celebrando al celebrar la Asunción de María. Es a lo que nos sentimos invitados para caminar de mano de María que con nosotros, en nuestra tierra canaria, camina con nosotros como un faro de luz en su advocación de Candelaria. Que seamos capaces de cantar ese cántico de María reconociendo también cuantas maravillas el Señor realiza en nosotros.

lunes, 15 de agosto de 2022

Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación



Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª;  Lucas 1, 39-56

Tenemos encuentros en la vida que todo lo llenan de luz; quizá lo hemos sentido o experimentado alguna vez, pasamos por momentos oscuros, situaciones que nos llenan de incertidumbre, problemas que se nos hacen insalvables, angustias que nos paralizan y nos llenan de temor, y de pronto todo es luz para nosotros, alguien llegó a nuestra vida, nos dijo la palabra más oportuna, nos tendió la mano en señal de amistad y de que confiaba en nosotros, y comienzan a despejarse esos nubarrones, y comenzamos a sentir una alegría muy especial dentro de nosotros. Aquel encuentro, aquel momento, aquella persona que llegó a nuestra vida, aquella mano tendida nos abrió horizontes de luz.

Me atrevo a decir que este momento que nos narra hoy el evangelio, el encuentro de aquellas dos mujeres, una venida desde la lejana Galilea y la otra habitante de aquellas montañas de Judea, fue un momento de luz y de despertar esperanzas para toda la humanidad. No lo vemos solo como la anécdota del encuentro de aquellas primas en esa visita que María hace a Isabel, sino como algo que viene a ser signo de salvación y de vida para la historia de toda la humanidad.

Dos corazones inundados de fe, dos corazones enamorados de Dios como para saber leer los aconteceres de la historia y descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros, son los que allí se están encontrando y hoy nosotros contemplamos como algo que se hace, se tiene que hacer patente en medio del mundo en el que vivimos tan necesitado de esa luz.

Y surgió aquel canto tan maravilloso de unas mujeres verdaderamente enamoradas de Dios. Habían sentido y experimentado la presencia de Dios en sus vidas y su actuar maravilloso y ahora prorrumpen en cánticos de alabanza, de bendición y de acción de gracias. Es el canto de María pero es también el canto de Isabel. Ambas han experimentado esas maravillas de Dios en sus vidas, por eso están llenas del Espíritu divino.

Isabel ha sentido cómo Dios ha llegado a su vida concediéndole el don de la maternidad aun en su anciana edad, pero ahora está sintiendo de nuevo como Dios está entrando en su casa con la presencia de María. Desde que llegó a sus oídos la voz de su prima ya la criatura saltaba de gozo en su vientre, podría bendecir entonces a Maria, siendo también una bendición a Dios, porque la madre de su Señor la visitara, que era la visita de Dios.

María también reconocía que Dios hacia maravillas en la humildad de su sierva y por eso desborda de gozo también su corazón para alabar y bendecir a Dios. Se siente llena del Espíritu divino que ha puesto en ella esa semilla de Dios en aquel hijo que le ha de nacer que será llamado el Hijo del Altísimo. Siente entonces María que su gozo se desborda y ha de alcanzar a todas las generaciones, que la alabaran y bendecirán porque es la Madre de Dios, porque todos se van a ver inundados por esa misericordia de Dios tantas veces anunciada y que se hacía presente ahora para todos.

Había pasado Isabel por la noche oscura de no poder ser madre, como María se sentía turbada por cuanto le sucedía y que también le hacía hacerse preguntas en su interior. ‘Consideraba el significado de aquellas palabras’, nos dice el evangelista de cuando el ángel la vino a visitar a Nazaret. Seguro que aunque su corazón desbordaba de gozo en el Señor en la soledad de su camino también iría haciéndose preguntas sobre como asimilar cuanto le estaba sucediendo, como le sucedía también a su esposo José con un corazón también lleno de dudas. Pero ahora todo se había vuelto luz, resplandecían nuevos horizontes, la esperanza para todos los hombres comenzaba a tener cumplimiento, una nueva era de luz y de vida comenzaba a brillar entonces.

Es lo que nosotros hemos de sentir cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de María en su Asunción al cielo. La vemos luminosa, enjoyada con oro de Ofir, como decía el salmo, viene entre alegrías y algazaras, todos cantan en su honor, como lo había hecho Isabel y como ella misma proféticamente había anunciado, la contemplamos en su glorificación, en el anticipo para ella, como había sido el verse liberada de todo pecado desde su concepción, pero también de su participación en la resurrección de Jesús y su entrada en la gloria del cielo.

Y esto, a los que aún caminamos con los pies sobre la tierra, pero envueltos en sufrimientos y angustias, agobiados en nuestras luchas de cada día, queriendo superarnos e intentando vivir una vida mejor y ser también mejores, nos está diciendo que hay algo que es distinto, que para nosotros también brillará la luz, que sabremos incluso descubrir un sentido nuevo a esas angustias y sufrimientos que en el camino de la vida hemos de padecer, que para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación final como lo tuvo María. Podremos recordar sus siete dolores en las espadas que le atravesaban el alma en tantas situaciones de la vida, pero ahora en ella todo lo contemplamos como luz y como gloria. Lo tenemos que ver reflejado en nuestra propia vida.

Es el camino al que nosotros tendemos, es la esperanza que nace en el alma, es la grandeza y la trascendencia que podemos darle a cada uno de los actos de nuestra vida, es la luz nueva que tenemos en la esperanza que un día nos envolverá. María hoy en su Asunción al cielo nos lleva de la mano, María despierta esa fe y esa esperanza en nuestros corazones, María con su presencia de Madre nos ayuda a hacer el camino. Es lo que hoy celebramos, es lo que queremos vivir.


Hoy nosotros los canarios, aunque en cada rincón de nuestras islas celebramos muchas fiestas de María, de manera especial celebramos a la que es la Patrona General del Archipiélago canario, la Virgen de Candelaria. Su imagen bendita ha estado presente en nuestra tierra desde los primeros momentos de la conquista de estas Islas siendo ella la primera embajadora y la primera misionera del evangelio para nuestros antepasados que habitaron estas tierras.

Pero ella ha estado ahí siempre a nuestro lado, como madre y compañera de nuestro camino, siendo ese faro de luz y de esperanza para nuestras vidas simbolizado en esa candela encendida que porta entre sus manos. Que ella sea también hoy, en el momento que vivimos, ese faro de luz y de esperanza, en ella nos sentimos alentados, junto a nosotros la sentimos siempre en nuestro caminar.

jueves, 23 de diciembre de 2021

En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

 


En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Tenemos el peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.

Aceptando incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.

El nacimiento de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes había regresado de su servicio en el templo.

Pero las sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse Juan.

‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo. Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la mano del Señor se está allí haciendo presente.

¿Seremos capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar a Dios.

¿Nos hará falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?

lunes, 23 de diciembre de 2019

Cuando contemplamos el nacimiento de Juan recordemos que hoy somos nosotros, creyentes en Jesús, los precursores ante el mundo del Evangelio


Cuando contemplamos el nacimiento de Juan recordemos que hoy somos nosotros, creyentes en Jesús, los precursores ante el mundo del Evangelio

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66
Se nos adelanta la alegría; ya hoy pregustamos lo que es la alegría del nacimiento cuando contemplamos en el evangelio el nacimiento de Juan. ‘A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’.
Las montañas de Judea se llenaron con la alegre noticia de que Isabel había dado a luz un niño. La noticia corría de boca en boca y todos se alegraban con Isabel porque ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’. Pero era solo un anticipo y a nosotros nos vale para empezar a pregustar lo que será la alegría de la Navidad. Mañana en la noche explosionará la alegría llenando al mundo de luz y de esperanza cuando celebremos el nacimiento de Jesús. Nos vale esta alegría que hoy ya estamos saboreando en el nacimiento de Juan para preparar nuestros gustos, nuestros sentidos, nuestra vida y nuestro corazón para la alegre noticia que los Ángeles en la noche de Belén nos anunciarán.
Juan era el anticipo de lo ya inminente. Era el nacimiento del Precursor, del que venía a preparar los caminos y así nosotros hemos de vivirlo. A lo largo del Adviento muchas veces hemos escuchado su palabra y contemplado su testimonio. Que hoy sea un nuevo toque de atención, si acaso todavía no nos hemos preparado debidamente. No olvidemos aquellas palabras de Juan cuando la gente venía para que les dijera qué es lo que tenían que hacer. Invitaba a vivir la vida con responsabilidad, a ser generosos en el compartir y a cambiar las actitudes del corazón que se tradujeran en nuevas obras de vida.
Son palabras que tenemos que seguir escuchando nosotros hoy para que realizando esa transformación de nuestras corazón y nuestras vidas hagamos el gran anuncio que tiene que llenar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo de esperanza. No olvidemos que de alguna manera nosotros los que creemos y seguimos a Jesús somos los precursores ante el mundo que nos rodea de ese anuncio de evangelio. Nuestras vidas tienen que ser testimonio, nuestra manera de hacer las cosas, la generosidad de nuestro corazón, la responsabilidad con que asumimos la vida. Es nuestra sabiduría y nuestra riqueza la que tenemos que manifestar al mundo, la que tiene que convertirse en testimonio de que es posible un mundo nuevo; lo expresaremos con nuestra propia vida.
No nos preocupemos tanto de preparar cosas para la navidad, sino preparemos el corazón. No busquemos regalos que llevar a los demás sino encontremos en Jesús el gran regalo que Dios nos hace y sea nuestra vida llena de Jesús la que regalemos a los demás con nuestro amor, nuestra cercanía, nuestra sonrisa, nuestra delicadeza y nuestros detalles. En esos pequeños detalles estaremos regalando la verdadera alegría a los demás.


viernes, 31 de mayo de 2019

Como María también nosotros llevamos a Dios cuando vamos al encuentro de los demás con amor, buenos deseos y sincera amistad y en los demás nosotros también encontramos a Dios


Como María también nosotros llevamos a Dios cuando vamos al encuentro de los demás con amor, buenos deseos y sincera amistad y en los demás nosotros también encontramos a Dios

Romanos 12, 9-16b; Sal: Is 12, 2-6; Lucas 1, 39-56
Qué alegría siente uno cuando ante una llamada al abrir la puerta de nuestra casa nos encontramos con un ser querido que quizás por la lejanía en que vive hace años no lo veíamos y ahora viene a visitarnos. Todo se vuelve alegría, los abrazos y cariños se multiplican, todo suena a música a nuestro alrededor y hasta nos parece que el sol se ha vestido de fiesta para unirse a nuestra alegría brillando con un especial resplandor. Entra la alegría por la casa y todo son exclamaciones de ese júbilo quitándonos la palabra para ofrecernos las mejores expresiones de nuestra hospitalidad interesándonos el uno por el otros, recordando mil detalles e interesándonos por los más diversos aspectos de nuestra vida.
Momentos de sorpresa y de jubilo, momentos de reencuentro previamente anunciados, momentos tan esperados como larga se había hecho la distancia y el tiempo de nuestro anterior encuentro o nuestra antigua convivencia. Como en mi familia vivimos la emigración de alguno de sus miembros me hace recordar lo que estamos reflexionando las vueltas a casa de quienes habían emigrado a países lejanos – que lejana parecía en mi niñez la América de la emigración de familiares que pasaban años fuera de nuestra tierra – y cuánta era la alegría y la fiesta a su retorno.
Me ha hecho rememorar estos recuerdos de mi niñez, pero también la experiencia de reencuentro con amigos o seres queridos lo que nos narra hoy el evangelio de la visita de María a su prima Isabel allá en las montañas de Judá. Desde la lejana Galilea – y cuan lejana podría parecer con varias jornadas de camino – se habían reencontrado Isabel con María. En la brevedad del relato del evangelio podemos resaltar, sí, las muestras de júbilo de aquellas dos mujeres en su encuentro y que llenó de alegría aquel hogar de la montaña. Hasta la criatura que llevaba Isabel en su seno tras un embarazo de seis largos meses saltó en el vientre de su madre, porque era muy significativa aquella visita y aquel encuentro.
Quedándonos incluso en estos detalles que hemos resaltado  ya podemos entrever toda la maravilla que allí se estaba desarrollando. Eran las maravillas del Señor que se realizaban en María, pero que abarcaban a cuantos en aquel hogar vivían. Era la madre de su Señor como reconocería Isabel y ahí estaba el gran misterio que allí estaba aconteciendo. Con María era Dios que de manera especial llegaba a aquella casa donde también se estaban obrando por otra parte las obras maravillosas del Señor. Porque si allí llegaba con María el que era esperado de las naciones, allí estaba también aquel que iba a ser señalado como el Precursor del Mesías, el que estaba anunciado como el que había de preparar los caminos del Señor.
La alegría y la alabanza que mutuamente se prodigaban aquellas dos mujeres pronto se iban a convertir en un cántico de alabanza al Señor que viene a visitar a su pueblo para derramar sobre él sus misericordias. Era la aurora bien brillante de un mundo nuevo que iba a comenzar porque quien ya estaba en el seno de María venia para establecer el Reino de Dios entre los hombres. Ese era el anuncio de su presencia, esa iba a ser la Palabra de Buena Nueva que iba a pronunciar, ese era el evangelio, la buena noticia para todos los hombres que allí ya se estaba anunciando y que María sabría traducir con sabiduría en sus cánticos y en sus palabras de alabanza al Señor.
Nos alegramos nosotros también con la visita de María a Isabel en las montañas de Judá. Nos alegramos y nos gozamos con las cosas maravillosas que allí se estaban realizando pero queremos ser nosotros, de manos de María de quien hemos de aprender, esa buena nueva para los demás cuando sepamos ir de verdad con corazón abierto al encuentro de los otros.
Pensemos que cuando vamos al encuentro del otro en nuestras mutuas visitas y en todo lo que significa nuestra convivencia también somos mensajeros de Buena Nueva para los demás; pensemos cómo con nosotros llevamos a Dios cuando nos acercamos con amor, con misericordia, con buenos deseos y sincera amistad a los otros. Dios también va con nosotros y nosotros en los demás también nos vamos a encontrar con Dios.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Atentos y con ojos de fe, como Isabel, tendríamos que estar a la acción del Espíritu Santo que nos inspira, nos guía y nos fortalece en el camino de nuestra vida

Atentos y con ojos de fe, como Isabel, tendríamos que estar a la acción del Espíritu Santo que nos inspira, nos guía y nos fortalece en el camino de nuestra vida

Sofonías 3, 14-18ª; Sal 32; Lucas 1,39-45
Cuántas veces sentimos en nuestro interior deseos de hacer algo bueno que quizá incluso no lo habíamos planeado, sino que nos surgió de improviso allá dentro de nosotros; es la bondad innata de nuestro corazón, quizá pensamos y es cierto porque todos en el fondo tenemos buenos sentimientos aunque algunas veces los maleemos; pero desde una mirada creyente en eso bueno que deseamos hacer y que nos sentimos quizás fuertemente impulsados a hacerlo tendríamos que descubrir la moción de la gracia, la fuerza del Espíritu del Señor que también obra en nuestro interior inspirándonos lo bueno y queriendo apartarnos del camino malo. Atentos tendríamos que estar y con ojos de fe a esa acción del Espíritu Santo en nosotros que a todos  se nos manifiesta e inspira.
¿Por qué Isabel a la llegada de su prima María que ha venido desde la lejana Galilea para atenderla y ayudarla es capaz de prorrumpir en tales alabanzas reconociendo en ella a la madre de su Señor?
Es cierto que es el corazón bueno y agradecido de aquella mujer que ve en la llegada de su joven prima una ayuda inestimable en las circunstancias en que vive en su embarazo en su vejez. Pero ya el evangelio nos sugiera algo más. Con la presencia de María, y nosotros ya podemos decir mucho más porque sabemos a quien María llevaba en su seno, nos dice el evangelista que Isabel se llenó del Espíritu Santo; nos dice más el evangelista porque Isabel luego expresará como sintió en su seno como la criatura se revolvía y daba saltos por la presencia de María, queriendo expresarnos esto también cómo Juan quedaba santificado en aquel momento de gracia.
Es con esa inspiración del Espíritu cómo Isabel podrá proclamar: ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Alaba a María pero reconoce al mismo tiempo el fruto del vientre de María. Reconoce en María a la Madre de Dios y eso en su humildad le hace reconocer las maravillas del Señor. Comienza con Isabel la letanía inacabable de alabanzas y bienaventuranzas en honor de María que se prolongará por todos los siglos. ‘¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!’ Es la primera alabanza en honor de María salida de labios humanos llamándola dichosa y bienaventurada por su fe. Es la certeza del cumplimiento de la Palabra del Señor que se le ha manifestado a María, porque en ella esa Palabra se hace carne para hacerse Dios con nosotros.
Cuántas lecciones nos da este episodio del evangelio en este camino de Adviento que estamos haciendo. Comencemos por reconocer la presencia y la acción del Espíritu Santo en nosotros tantas veces en nuestra vida. Es quien nos inspira, nos guía y nos fortalece. Dejémonos conducir por el Espíritu que así actúa en nuestro corazón. Ahora mismo cuando estamos a las puertas de la navidad es probable que en algún momento de interiorización y de silencio en nosotros hayamos sentido el impulso de hacer algo bueno, algo distinto quizá, que nos ayude en esta preparación para la celebración del misterio de la Navidad. No lo echemos en saco roto. Sigamos esa inspiración que hayamos podido sentir del Espíritu aunque nos pueda parecer costosa.
Ojalá nosotros también nos hagamos merecedores de la alabanza de Isabel a María y podamos escuchar en nosotros esa bienaventuranza por nuestra fe. Sintamos, sí, la dicha de la fe; expresemos con alegría, con coraje, con valentía nuestra fe. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Al escuchar el relato que nos ofrece el evangelio de hoy - nos habla de aquella anciana que llevaba muchos años en el entorno del templo y que al ver aquel niño que presentaban sus padres al Señor lo anunciaba con alegría a todos los que aguardaban la liberación de Israel como el cumplimiento de las antiguas promesas - me ha venido al pensamiento la imagen que contemplamos también en nuestros templos con muchas personas mayores que en su piedad no faltan nunca a los actos de culto cuidan amorosamente de iglesias y de ermitas de nuestros pueblos.
Hemos de reconocer que muchas veces no sabemos valorar la labor que realizan estas buenas personas y que en ocasiones vemos con desesperanza el futuro de la Iglesia porque pensamos que cuando falten esas personas nos vamos a encontrar vacíos y sin gente. Pero, repito, creo que tendríamos que aprender a valorar lo que realizan estas personas. Pienso que ahí están como un signo en medio de nuestra sociedad, pero también que son verdaderamente unas columnas que hacen fuerte a nuestra Iglesia.
Nos hablaba el evangelio de aquella anciana viuda  ‘que no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’. Ella era un signo de la esperanza de Israel que ahora se cumplía. Pero ella era también la expresión del pueblo orante que insistentemente pedía la llegada del Mesías del Señor. Y si nos fijamos en estas primeras páginas del evangelio aparecerán también otros ancianos. En este mismo episodio ayer contemplábamos al anciano Simeón, signo y expresión también de la esperanza de Israel. Pero hemos contemplado estos días a otros dos ancianos, Zacarías e Isabel, que eran escuchados en sus oraciones por el Señor. Más tarde en el evangelio contemplaremos también la alabanza de Jesús hacia aquella pobre viuda que compartía con el templo todo lo que tenía para vivir.
Quiero ver, pues, en esos ancianos que aparecen por nuestros templos fielmente en muchas ocasiones todos los días para participar en la Eucaristía o para ocuparse en muchas labores del cuidado y ornamentación de nuestras Iglesias un signo de la fe y de la esperanza del pueblo creyente. Quizá ya por ser mayores no realicen específicas obras de apostolado, pero creo que su oración, su presencia y participación en nuestras celebraciones litúrgicas son un hermoso pilar para nuestra Iglesia. Es la oración confiada y llena de esperanza que se eleva al Señor y que calladamente no solo están pidiendo por si mismos o por los suyos sino que en numerosas ocasiones con como padrinos de nuestros sacerdotes con su oración, padrinos de nuestras tareas apostólicas, padrinos de las misiones porque así por todo ellos elevan sus oraciones al Señor.
También hemos de destacar que apostólicamente también los hay muy activos, a pesar de ser mayores, porque quizá siguen participando en muchas acciones, o son voluntarios que ofrecen su tiempo para el apoyo de muchas actividades, pero también conocemos el movimiento de Vida Ascendente que precisamente se realiza desde y por las mismas personas mayores. Creo que hemos de conocerlo y reconocerlo.
No me alejo del sentido del evangelio en medio de nuestra navidad al hacerme estas consideraciones, sino que partiendo del mismo evangelio me hace mirar con unos ojos nuevos y distintos esa realidad de la sociedad que son los mayores y esa realidad de la Iglesia que son todas esas personas mayores que tan vinculadas vemos a la acción eclesial.  Aprendamos a valorarlas.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

La voz que grita en el desierto nos está diciendo que el Señor está cerca y viene con su paz, su amor, su vida y esta navidad no puede ser una fiesta más

La voz que grita en el desierto nos está diciendo que el Señor está cerca y viene con su paz, su amor, su vida y esta navidad no puede ser una fiesta más

Malaquías 3,1-4.23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Todo nacimiento es motivo de alegría. ¿Quién no se alegra al ver surgir una nueva vida en un niño que nace? Es el milagro de la vida con toda su belleza. ¿Quién no se goza en lo más hondo de su corazón y se llena de ternura en la vida que comienza a palpitar en un recién nacido? ¡Qué triste que haya alguien que quiera destruir la vida!
Cuando los vecinos y parientes se enteraron que Isabel había dado a luz un hijo se llenaron de inmensa alegría. Es lo normal en todo nacimiento, como decíamos al principio, pero aquí había muchos más motivos. Isabel y Zacarías eran mayores, parecía que habían perdido todas las esperanzas, pero Dios había mostrado su bondad y su misericordia con ellos al darles un hijo en su vejez.
Vendría a ser la razón del nombre que le imponían aunque los parientes y vecinos decían que debía llamarse Zacarías como su padre. Isabel insiste en que el nombre ha de ser Juan y preguntado el padre por señas escribe en una tablilla ‘Juan es su nombre’. Y el anciano comienza a hablar bendiciendo a Dios. El nombre de Juan significa la compasión de Dios. Y Juan va a ser el consuelo de Dios no solo para aquellos padres que reciben un hijo en su vejez, sino que su nombre viene a significar la misión que va a recibir.
Todos se alegran y la noticia corre de boca en boca por toda la montaña de Judea. La gente se pregunta alborozada ‘¿qué va a ser de este niño?’ Porque la mano de Dios estaba con él. Son muchos los signos que se suceden en torno a su nacimiento.
Es el mensajero de la alianza anunciado por Malaquías como hoy hemos escuchado y por los profetas. Es el que viene a preparar un pueblo bien dispuesto para acoger al Mesías del Señor. Como el mismo dirá más adelante, es la voz que grita en el desierto preparando los caminos del Señor.
Estamos escuchando y reflexionando sobre este evangelio en las casi vísperas del nacimiento de Jesús. Hemos venido preparando también los caminos, nuestros corazones para la llegada del Señor. Hoy contemplamos el nacimiento de Juan, el Bautista. Hoy una vez más queremos escuchar su voz, esa voz que nos llama y nos invita a prepararnos, a allanar los senderos por los que el Señor llega a nuestra vida.
Cuantos valles, cuantos caminos retorcidos, de cuantas montañas abruptas hemos llenado nuestra vida. Mucho tenemos que purificar nuestro corazón de nuestros orgullos, de nuestras insolidaridad, de nuestros egoísmos; muchos muros que nos aíslan y nos encierran tenemos que derribar para abrir nuestro corazón, para ensanchar nuestra mirada, para sensibilizar nuestra vida con una nueva sensibilidad, la sensibilidad del amor. Muchos lazos de unión hemos de tender para acercarnos más los unos a los otros, para atarnos en una nueva comunión. Mucha paz hemos de buscar para poner en nuestro corazón desterrando violencias, resentimientos, recelos, envidias.
Preparemos los caminos del Señor. Está cerca, viene con la paz, viene con su amor, viene con su luz y con su vida. Acojamos de verdad al Señor para que no sea una fiesta más, un año más, sino para que vivamos la inmensa alegría del Señor que reina en nuestros corazones.

domingo, 20 de diciembre de 2015

La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres y cómo hoy Dios cuenta con nosotros

La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres y cómo hoy Dios cuenta con nosotros

Miqueas 5, 2-5ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45
La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres. Así me atrevo a afirmar cuando en este cuarto domingo de Adviento, en las vísperas casi de la celebración de la Navidad, el evangelio nos presenta este sencillo a la vez que profundo relato de la visita de María a su prima Isabel. Fue el ángel de la anunciación el que dio la buena noticia a María de que su prima a pesar de su vejez esperaba un hijo. Y el evangelio inmediatamente nos dice ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña a un pueblo de Judá’, donde vivían Zacarías e Isabel.
María, la que estaba llena de Dios, ‘la llena de gracia’ como la llama el ángel, se pone en camino para ir a visitar a su prima que esperaba un hijo en su vejez. Nos dirá luego el evangelista que María se quedó con Isabel unos tres meses; con toda probabilidad hasta el nacimiento de Juan, pues serían momentos donde especialmente va a prestar sus servicios. El camino de María es el camino del servicio, es el camino del amor. ¿Cómo no iba a ser camino de amor si llevaba a Dios en sus entrañas? El hijo que de ella iba a nacer, como le había dicho el ángel, era el hijo del Altísimo ‘se llamará el Hijo de Dios’.
Llevaba María a Dios en ella, porque era la que había encontrado gracia ante Dios y era la llena de Dios, pero porque ya en su seno llevaba al Hijo de Dios que sería Emmanuel, que sería Dios con nosotros. Por eso podemos decir, sí, que la visita de María era la visita de Dios, era la señal de cómo Dios venía a estar con nosotros, era el Emmanuel que se paseaba entre nosotros. Por eso, podemos decir, sí, que la visita de María a Isabel se convierte en signo, en signo viviente, en signo vivo de la visita de Dios.
‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ exclamará Isabel  con la llegada de María. Y es que la presencia de María llenaba de Dios cuanto tocara, podríamos decir, allí donde estuviera se hacía presente de Dios. ‘Isabel se llenó del Espíritu Santo’ y ahora todo son bendiciones y alabanzas. La presencia de María llenó de una manera especial de Dios aquel hogar de la montaña. Si ya aquellos ancianos eran temerosos de Dios que vivían queriendo siempre cumplir el mandamiento del Señor ahora llenos del Espíritu divino se hacen profetas para descubrir los misterios de Dios y para alabar y para bendecir, como lo hará más tarde también Zacarías después del nacimiento de Juan.
Era la visita del amor de Dios que se estaba manifestando y haciéndose carne en María la que despertaría de forma profunda la fe de aquellos ancianos para saber discernir los misterios de Dios que ante ellos se estaban realizando. De ahí ese reconocimiento, sin que ningún humano lo haya manifestado, que allí está la madre del Señor, porque quien lleva en sus entrañas María es el Hijo de Dios. De ahí esa alabanza a la fe de María - nadie le había revelado el diálogo entre el Ángel y María allá en Nazaret - y por eso, porque estaba llena ya del Espíritu Santo también, podría proclamar ‘¡bendita entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’ alabando también la fe de María, ‘dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Aquel camino de María y aquella visita a su prima allá en la montaña había sido el camino del amor, el amor que nacía de la fe, el amor que se desbordaba en su corazón con la presencia de Dios en ella, y era la visita de Dios para aquel hogar de la montaña, signo de la visita del Emmanuel, del Dios con nosotros para siempre, que nos traería la salvación. En María estaba llegando Dios a los pobres y los que tenían necesidad - eran unos ancianos y cuántas no serían sus carencias y necesidad de ayuda en aquellas circunstancias - como un signo de esa visita de Dios, de esa presencia salvadora de Dios para toda la humanidad y de todos los tiempos. María fue el signo y la mediación.
Nos acercamos a la Navidad; estamos iniciando ya la última semana del Adviento que desembocará en la fiesta de la Natividad del Señor. Para nosotros no es solo un recuerdo, sino que para nosotros es sacramento porque es vivir en el signo de la celebración esa venida de Dios a nosotros hoy. Recogiendo esta imagen con la que venimos reflexionando celebrar la navidad hoy es celebrar esa visita, esa venida de Dios hoy a nosotros y a nuestro mundo.
¿Cómo se hace presente hoy Dios en medio de nosotros? ¿Cómo podemos reconocer esa presencia de Dios? ¿Cómo puede reconocerlo nuestro mundo? ¿Cómo hacer que no se quede todo en una alegría ocasional y que se pueda quedar también en lo superficial? Tendríamos que decir que no habría autentica Navidad si no vemos y sentimos esa presencia de Dios. Y hemos de reconocer tristemente que muchos celebran navidad sin Dios, que nosotros podemos celebrar navidad sin Dios, que entonces no sería auténtica navidad.
Esa es la tarea de los verdaderos creyentes que queremos celebrar una auténtica navidad. Es tarea y es compromiso. Como quiso contar entonces con María, como estamos viendo hoy en el evangelio, quiere Dios contar con nosotros. Sí, tenemos que ser sacramento de Dios para nuestro mundo, signos verdaderos que hagan presente a Dios en medio de los hombres del mundo de hoy. Esto es serio. Decíamos antes que muchos celebran navidad sin Dios y acaso tendremos que preguntarnos si no será culpa de nosotros los creyentes que no damos verdadera señales a nuestro mundo de esa visita de Dios. Y cuando falta esto caemos en superficialidades y en alegrías ocasionales que se quedan en la fiesta de unos días que pronto pasan.
Decíamos antes que el camino de María fue un camino de amor porque iba llena de Dios. Pensemos que por ahí tiene que ir nuestro camino, por ahí tiene que ir nuestro compromiso por el signo de un verdadero amor, de una auténtica solidaridad con los hombres y mujeres que a nuestro lado sufren en sus carencias y necesidades.
Pensemos en que en la medida en que crezcamos en nuestra capacidad de amar, de acoger al que está a nuestro lado sea quien sea, en el deseo y compromiso de hacer cada día más felices a los demás, en nuestro trabajo comprometido por hacer un mundo mejor y más humano, en luchar auténticamente por la paz empezando por los que están cercanos a nosotros en nuestras propias familias o en los círculos en los que nos movemos habitualmente, estaremos dando señales de que Dios nos visita, de que Dios está con nosotros, de que es verdaderamente el Emmanuel.
La visita de María a su prima Isabel nos está enseñando  hoy a hacer presente la visita de Dios a este mundo que sufre en nuestro entorno. De nosotros depende, porque Dios quiere contar con nosotros.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Aprendamos a sorprendernos con las cosas de Dios aceptando humildemente sus planes para nuestra vida

Jueces 13, 2-7. 24-25; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Incluso cuando es grande el ansia que tenemos por aquello que pedimos hay ocasiones en que nos sentimos sobrecogidos cuando al final lo conseguimos. ¿Quizá porque aun en esa ansia grande nos faltaba esperanza? ¿quizá habíamos perdido la confianza? O tan sorprendidos nos vemos en aquello que conseguimos que nos quedamos sin palabras, sin saber cómo reaccionar, qué es lo que podríamos expresar en ese momento.
¿Qué es lo que vio el ángel en los ojos de aquel anciano sacerdote cuando se le manifestó a la hora de la ofrenda del incienso en el templo? Fijémonos que las primeras palabras del ángel fueron ‘no temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado’. Tener fe en que Dios escucha nuestras súplicas es algo grande, por supuesto, pero recibir una embajada angélica para decirle que Dios ha escuchado sus oraciones es algo tan grande como para impresionarte y quedarte mudo por la sorpresa.
Pero el ángel no solo viene a decirle que se acaba el oprobio para aquella familia porque, aunque sean ya mayores, Dios les va a conceder el don de un hijo, sino que además el ángel le adelanta cual va a ser la misión de aquel niño que de forma prodigiosa va a nacer. Será motivo no para el temor, sino para alegría, para él y para muchos. ‘Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Aunque las palabras del ángel tienen que llenar de gozo su corazón, es humano, conoce sus limitaciones, son ya personas mayores tanto él como Isabel su mujer y surgen las dudas. ‘¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada’.
‘Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento’. Es la respuesta del ángel. Zacarías no quiere poner en duda las palabras del ángel, pero pone sus objeciones; normal y muy humano. Era un hombre de fe, pues allí estaba ejerciendo su oficio sacerdotal haciendo la ofrenda del incienso e intensa era su oración al Señor. Pero ahora todo viene como una prueba quizá nacida de la misma sorpresa que le sobrecoge. Ha de seguir pasando por la prueba del silencio que será para él purificador.
En lo mismo que nos concede el Señor y en su presencia junto a nosotros que no nos falta, muchas veces nos viene también la prueba a nuestra fe; dudamos en nuestro interior, quizá no oramos con toda la confianza que tendríamos que hacerlo, pensamos que la solución a nuestros problemas vendrán por otros caminos. Nos es necesaria cada día más una mayor disponibilidad de nuestro espíritu para ponernos en las manos del Señor y confiar, porque El siempre escucha nuestra oración. Dejémonos sorprender por las cosas de Dios. Sepamos aceptar humildemente los planes de Dios para nuestra vida.

martes, 23 de diciembre de 2014

Juan es su nombre porque nos manifiesta el consuelo de Dios sobre su pueblo

Juan es su nombre porque nos manifiesta el consuelo de Dios sobre su pueblo


‘Se va a llamar Juan’, replica Isabel a quienes quieren llamarlo Zacarías como su padre, según eran las costumbres. Pero es Zacarías el que interviene escribiendo su nombre en una tablilla - aún estaba sin poder hablar - ‘Juan es su nombre’.
Así lo había señalado el ángel allá en el templo junto al altar de los sacrificios. Pero era en verdad el nombre más apropiado. ‘El consuelo de su pueblo’, viene a significar el nombre de Juan. Consuelo para aquellos padres que habían pedido con tanta insistencia al Señor el don de un hijo. Como nos dice el evangelista hoy ‘cuando se enteraron sus vecinos y parientes, de que el Señor le había hecho una gran misericordia, la felicitaban’.
Pero era el consuelo del pueblo de Israel porque era ya el paso inmediato del que venía como Mesías y Redentor. Juan sería la voz que lo anunciara en el desierto preparando los caminos del Señor. Y su voz llenaba de esperanza los corazones por la venida inminente del Mesías y el pueblo sentía el consuelo de Dios en sus vidas. Eso era Juan para aquellas gentes, el signo y la señal de que llegaba la salvación; era un consuelo para todo el pueblo que veía así renacer sus esperanzas.
‘¿Qué va a ser este niño?’ se preguntaban las gentes ante todos los acontecimientos que se iban sucediendo en torno a su nacimiento. ¿Qué va a significar también para nosotros? nos preguntamos. Juan llega también a nuestra vida en la inminencia de la Navidad como la voz que nos trae el consuelo. También Dios tiene gran misericordia con nosotros. Lo cantó una y otra vez María en su cántico de alabanza al Señor y lo escucharemos cantar también a Zacarías.
‘La mano de Dios estaba con El’. ¿No puede ser esa la oración que nosotros hagamos también en este día? Que la mano del Señor esté con nosotros, en nosotros, en nuestra vida. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos llene de su misericordia y de su paz. Que sintiendo la mano poderosa y misericordiosa de Dios en nosotros nos dispongamos a vivir con ánimo alegre y confiado las fiestas de Navidad que se acercan. Muchos serán los nubarrones, muchas pueden ser las negruras que se abaten sobre nuestro mundo y también sobre nuestra vida, pero sentimos el consuelo de Dios. Juan nos anuncia que llega el Señor y con El la misericordia, el perdón, su compasión y su amor.
Que así podamos celebrar una navidad dichosa porque tenemos la mano de Dios sobre nosotros. Que así nos podamos nosotros felicitar en el Señor.

sábado, 31 de mayo de 2014

Caminos de fe y de amor que como en María son visita salvadora de Dios para todos los hombres



Caminos de fe y de amor que como en María son visita salvadora de Dios para todos los hombres

Sof. 3, 14-18; Sal.:Is. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
Tras la escucha de este evangelio muchos nombres podríamos darle a María: nuestra Señora de la Visitación, nuestra Señora del Servicio, nuestra Señora del Magnificat, nuestra Señora de la misericordia y del amor  nuestra Señora la humilde esclava del Señor como la Madre protectora y defensora de los hambrientos y de los humildes. Es la Madre del Señor cantada y alabada por todas las generaciones porque es también nuestra Madre la que nos enseña las virtudes más hermosas para que nos parezcamos más a Dios.
Son muchas las cosas que nos sugiere este texto del Evangelio y esta visita de María a Isabel y aquel hogar de la montaña, porque la presencia de María suscitó muchas cosas hermosas y muchos cánticos de alabanza al Señor que con María se hacía presente santificando incluso a Juan Bautista que saltaba de alegría en el seno de su madre Isabel. Es la visita de María, pero era realmente la visita de Dios. ‘Dios ha visitado a su pueblo’ aclamaban las gentes la presencia y la acción de Jesús y María hacía posible esa presencia de Dios encarnado en su seno que seria camino de salvación para nosotros. Dios estaba visitando con María aquel hogar de la montaña.
‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte’, cantaría más tarde Zacarías que bendecía ‘al Señor, Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo’. Y Zacarías que había escuchado al ángel en su aparición en el templo anunciándole el nacimiento de aquel ‘que venía delante del Señor con el espíritu y poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’, ahora estaba experimentando esa presencia del Señor que visitaba a su pueblo con su salvación. Por eso sus cánticos de alabanza y bendición al Señor.
Llegó María a casa de Zacarías e Isabel e irrumpió el Espíritu divino como un viento impetuoso que todo lo envuelve y lo inspira para hacer que Isabel se llenara del Espíritu Santo y en su corazón se le revelasen cosas que nadie sabía si no era por esa inspiración del Espíritu y se sentiría dichosa y feliz por recibir a su prima María en quien ella estaba reconociendo ya la Madre del Señor. ‘¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’; bendice a María en quien reconoce a la Madre del Señor, pero sus bendiciones son por encima de todo para Dios a quien María lleva encarnado en su seno.
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Así está reconociendo Isabel, ‘llena del Espíritu Santo’, que allí está Dios. La visita no es solo la visita de María que viene pronta en su actitud de servicio, sino que es visita de la Salvación de Dios. Siente que también Juan en su seno percibe esa presencia de Dios ‘porque en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y termina Isabel alabando la fe de María que hace posible esa presencia de Dios y de la salvación.
¿Qué había hecho María? Creer en Dios y en su Palabra y ponerse en el camino del servicio y del amor. Un camino que iniciaba unos tiempos nuevos donde se manifestaría de manera especial la misericordia de Dios. Ahí tenemos nuestros caminos. Caminos de fe y de amor que nos harán sentir también en nuestra vida la presencia de Dios que nos visita con su gracia y con su salvación. Así hemos de abrirnos a Dios, escucharle, decirle sí como María, confiar en su Palabra plantándola en nuestro corazón y en nuestra vida.
Pero hemos de hacer algo más; esos caminos nos hacen ponernos en camino, ponernos en camino con nuestra fe y con nuestro amor. Como María nosotros también hemos de hacer posible esa visita de Dios para nuestro mundo, para aquellos que nos rodean; con nuestra fe y con nuestro amor tenemos que llevar a Dios con su salvación a los demás. María no se cruzó de brazos y se quedó pensando solo en si mismo allá en Nazaret, sino que se fue a la montaña donde sabia que se necesitaba de su servicio y de su amor. Y así llegó la visita de Dios - ¡y de qué manera! - a aquella casa de la montaña.
Que María de la Visitación nos haga gozar de esa visita de Dios a nuestra vida, como ella lo experimentó; que María de la Visitación nos ponga en camino porque nosotros podemos y tenemos que ser camino para esa visita de Dios a nuestro mundo proclamando nuestra fe y manifestando nuestro amor. ¿Podrán apreciar aquellos con los que nos encontramos que con nosotros Dios visita sus vidas, llega con su salvación a sus vidas? Algo que nos tendría que hacer pensar.