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lunes, 24 de junio de 2024

Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

 


Por toda la comarca había corrido la noticia del nacimiento de Juan, estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Parece que estaba destinado para eso. Se nos escapa casi espontáneamente esa expresión cuando nos encontramos con una persona que nos resulta realmente espectacular; son las cosas que realiza y la manera especial que tiene de hacerlas, rompe moldes porque vemos que es capaz de hacer cosas que nadie ha sido capaz, se manifiesta con absoluta libertad y a nadie tiene miedo, actúa abriendo caminos, despertando las conciencias, poniendo nuevas ilusiones en los que caminan a su lado. Nos parece único.

¿Tendríamos que decir una cosa así de Juan el Bautista de quien hoy estamos celebrando la fiesta de su nacimiento? Por toda la comarca había corrido la noticia de su nacimiento, todos se hacían bocas de aquellas cosas que habían visto en su entorno, porque realmente era algo único; sus padres eran mayores y ya parecía imposible el nacimiento de un hijo de aquellos ancianos, pero Isabel estaba en cinta y ahora había dado a luz un niño.

Normal que todos la felicitaran, normal que se juntaran con los padres a la hora de la circuncisión e imposición del hombre; lo que no parecía normal eran los deseos de Isabel de llamarlo Juan porque según la costumbre debía llevar el nombre de su padre, Zacarías, aunque en ello aquella anciana estaba reconociendo el actuar de Dios en el propio significado del nombre. Por eso todos se preguntaban ¿cuál era el destino de aquel niño? ‘¿Qué iba a ser de aquel niño?’ Estaban viendo la mano de Dios, como sólo saben hacerlo los humildes y los sencillos.

Era el camino que iba a escoger Juan. Ya nos adelanta el evangelista que ‘El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel’. Ya lo veremos más tardes en la austeridad más severa, sus vestidos una piel de camello, su frugal comida las langostas del desierto y la miel silvestre, su estilo de vida la penitencia más severa con sus ayunos con lo que invitaba a todos a hacer penitencia porque había que preparar los caminos del Señor, su palabra que no estaba hecha de largos discursos pero sí de invitación a la conversión, a la solidaridad y a la rectitud de vida para actuar siempre con verdadera justicia. Era la sintonía que en los signos que rodearon su nacimiento supieron descubrir los pobres y los sencillos de corazón.

¿Era un profeta? ¿Era el Mesías anunciado? En el desierto se presentaría predicando la conversión porque había que preparar los caminos del Señor y de todas partes acudirán para escucharle y hacerse bautizar en las aguas del Jordán. De Jerusalén bajarán unos enviados preguntando con qué autoridad se presentaba ante Israel con aquel anuncio de la pronta venida del Mesías. Y él diría que no era un profeta, que no era el Mesías, que solo eran la voz que predicaba en el desierto invitando a preparar los caminos del Señor.

Pero Jesús dirá de El que es profeta y más que profeta porque no había nadie mayor que él de entre los nacidos de mujer. Era el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor y para él lo importante era que recibieran a quien ya estaba en medio de ellos y no lo conocían. Pero El lo señalaría como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De sus manos había recibido aquel bautismo en las aguas del Jordán, pero sobre todo había visto cómo se abría el cielo para bajar el Espíritu Santo sobre Jesús en forma de paloma y también había escuchado la voz que lo señalaba como el Hijo amado de Dios.

Por eso en su camino de humildad y sencillez no le importa menguar con tal que crezca el que había de crecer. Su misión era ser voz, pero la Palabra que había que escuchar era la de Dios, y eso se iba a reflejar en Jesús. Por eso dará paso al Mesías que viene, sus discípulos serán los primeros discípulos de Jesús y los que aún quedan con él cuando ya está en la cárcel serán enviados hasta Jesús para que lleguen a conocer y convencerse de que es el Mesías. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es el mensaje que le llevan a Jesús de parte de Juan.

Gran alegría se suscitó en las montañas de Judea con su nacimiento y todos daban gloria a Dios. Es la alegría con que nosotros seguimos celebrando su nacimiento. No nos queda sino seguir su camino, entrar en esos caminos de humildad y de sencillez porque será la manera de descubrir las señales de Dios que se sigue manifestando hoy entre nosotros, convertir nuestro corazón a Dios, preparar también los caminos del Señor entrando en esa órbita nueva del amor y de la solidaridad, de la conversión y de la penitencia, de la justicia y del bien, de la verdad y de la rectitud. El daría testimonio no solo con su palabra en el desierto sino con su vida que también es inmolada para hacer que andemos y tengamos una vida nueva de rectitud.


sábado, 24 de junio de 2023

Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 


Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre el nacimiento de un niño es un motivo grande de alegría; hasta en las familias más humildes brilla siempre como una nueva luz de esperanza el nacimiento de un niño. Es una nueva vida que comienza a palpitar y parece que todos en torno a recién nacido nos llenamos de sueños y de esperanzas. Esa semilla que ha germinado hará nacer y crecer una nueva planta, siempre soñamos con sus frutos, aparece la esperanza de algo nuevo en el corazón, se despiertas inquietudes, y parece que resucitan las iniciativas por la vida que estaban como dormidas; es un nuevo despertar de ilusión y de esperanza.

¿Qué va a ser de este niño? era una pregunta que como un eco iba rebotando por las montañas de Judea con el nacimiento de Juan. Si las gentes cuando supieron de la pronta maternidad de Isabel se alegraban porque el Señor había tenido gran misericordia con ella, ahora cuando Juan ya nacido y a causa de todas las extraordinarias que tras su nacimiento se iba sucediendo, surgía de nuevo la alegría y la esperanza en las montañas de Judea, pues en cuanto acontecía veían que la mano de Dios estaba con él.

Una alegría y una esperanza que tenía aires de profecía porque estaba señalando cómo Dios visitaba a su pueblo derramando su bendición y su misericordia, pero que ha seguido teniendo eco a través de todos los tiempos y aun entre nosotros celebramos con gran alegría el nacimiento de Juan, aunque a veces mantengamos ciertas connotaciones paganas en la manera de celebrar su fiesta. Pero esa profecía está queriendo decirnos y señalarnos hoy muchas cosas a quienes tenemos que ser en cierto modos profetas y precursores de la presencia del Mesías en nuestro mundo de hoy.

Juan venía con la misión de reunir a los hijos dispersos de Israel y por eso su presencia y su palabra en las orillas del Jordán y en el albores del desierto se convierte en signo profético en medio de un pueblo que había perdido las esperanzas y como diría Jesús más tarde andaban como ovejas descarriadas a las que les falta el pastor. Su presencia fue luminosa, su palabra era ardiente, su mensaje era riguroso y exigente porque abría a un mundo nuevo con nuevas actitudes y con nuevos fogonazos de luz.

Valiente para proclamar la verdad, valiente para señalar los caminos de rectitud que habríamos de recorrer, valiente porque su palabra no callaba frente a los poderosos y arriesgaba todo lo que fuera necesario, como valiente y arriesgada sería su propia vida, por proclamar la verdad y los caminos de rectitud que habríamos de recorrer.

Podría parecer duro el mensaje y duras las palabras que pronunciaba si no estábamos dispuestos a entrar por caminos de conversión, pero era la exigencia de la necesaria conversión porque muchos caminos habría que enderezar, muchos valles que allanar para preparar debidamente los nuevos caminos del Señor.

Y el mundo sigue necesitando hoy esos precursores y esos profetas que preparen caminos y corazones. El mundo que nos rodea sigue necesitando hoy que seamos esos precursores, esos profetas aunque parezca que el mundo no nos quiere escuchar. Necesita de nuestros gestos proféticos aunque nosotros sigamos pensando que nuestro trabajo sea inútil quizás porque no nos escuchan. El mundo si nos escuchará si ve que nuestra palabra es auténtica, que nuestros gestos son verdaderos signos, que hay valentía en nuestros corazones para seguir proclamando esa buena nueva de salvación. No nos escucha quizás porque nosotros seguimos queriendo nadar y guardar la ropa pero hay que arriesgarse, que la Palabra de la verdad será escuchada y tenida en cuenta.

Aquel niño pequeño que hoy vemos recién nacido en las montañas de Judea nos está señalando también a nosotros, aunque nos consideremos pequeños o tan pecadores como los demás, para que vayamos a dar ese testimonio, para que seamos esos precursores y esos profetas tan necesarios. No tengamos miedo de asumir nuestra misión. Es el mensaje que Juan Bautista hoy deja en nuestra manos, es la semilla de inquietud que siembra en nuestro corazón, es la osadía y valentía que hemos de tener quitando toda clase de miedos y cobardías para hacer ese nuevo anuncio de salvación.

lunes, 3 de enero de 2022

No le caben a Juan los gozos en el corazón de lo que ha experimentado con la presencia de Jesús y no puede callar que es el Hijo de Dios, no lo callemos nosotros tampoco

 


No le caben a Juan los gozos en el corazón de lo que ha experimentado con la presencia de Jesús y no puede callar que es el Hijo de Dios, no lo callemos nosotros tampoco

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel…’ Es el testimonio de Juan Bautista que venimos recordando continuamente estos día, un testimonio que va ‘in crescendo’ en los textos que nos va ofreciendo la liturgia de estos días finales de Navidad. Para eso ha venido él, como Precursor, como la voz que grita en el desierto, como el que prepara los caminos del Señor.

‘Con vosotros está y no lo conocéis’, dirá en otra ocasión. Hoy nos puede decir ya que él sabe quien es. Ha recibido una revelación en su corazón, no en vano ha venido como profeta precursor, como profeta que prepara los caminos, aunque en su humildad el se considere poca cosa. Pero de alguna manera había sido ungido con la presencia de Jesús cuando la visita de María a Isabel en la montaña, porque solo oírse la voz de María había comenzado a saltar de alegría en el seno de su madre.

Ahora se le ha revelado que aquel sobre quien vea bajar el Espíritu, será el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego, con lo que se diferenciaría el bautismo de Juan. ‘Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y Juan da testimonio.

Por eso lo había señalado. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y terminará diciéndonos en su testimonio que es el Hijo de Dios.  ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’. Había sido testigo de la teofanía del Jordán. Como escucharemos ya más detalle el próximo domingo cuando celebremos el Bautismo de Jesús, había venido, se había puesto en la fila de los que iban a ser bautizados, Juan lo había reconocido y en principio se había querido negar a bautizarlo, porque decía que quien tenia que ser bautizado era él, pero en la insistencia de Jesús lo había hecho. Pero allí se había manifestado la gloria del Señor. El Espíritu bajó sobre Jesús, como escucharemos próximamente y la voz del cielo lo había señalado. Por eso Juan ahora podía dar testimonio ‘he dado testimonio que es el Hijo de Dios’.

Qué hermoso que en tan pocos renglones se nos de un testimonio y una definición tan completa de Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que viene a bautizarnos en el Espíritu, el Hijo de Dios verdadero, a quien hemos de escuchar y seguir. Por eso en la continuación de la lectura del evangelio veremos que ya algunos discípulos de Juan se van con Jesús. Será momento para otra reflexión. Hoy nos toca profundizar en lo que hemos escuchado, confesar también nuestra fe en Jesús.

Pero recordar con lo que también hemos escuchado en la carta de san Juan cómo al ser bautizados nosotros en el Espíritu nos hemos convertido también en partícipes de la vida divina que nos hace a nosotros también hijos de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifiesta, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es’.

Nos quedará contemplar otros momentos y otros textos del Evangelio en estos pocos días que nos restan ya de la celebración de la Navidad y próximamente de la Epifanía del Señor. Pero quizá nos quede preguntarnos dónde está el testimonio que nosotros igual que Juan estamos dando. Juan no se lo calló para él lo que estaba viviendo y experimentando en sí mismo de esa presencia de Dios. Desde esa experiencia de estar bautizados en el Espíritu que nos hace hijos de Dios tenemos que hacer partícipes con gozo a los demás de esta dicha que podemos vivir. ¡Qué amor más grande nos ha tenido Dios para llamarnos y hacernos sus hijos! Creo que todavía no hemos saboreado lo suficiente esta gracia del Señor. Tenemos que repetírnoslo una y otra vez hasta que sintamos esa convicción profunda dentro de nosotros y nos sintamos inundados por la alegría de Dios.

jueves, 16 de diciembre de 2021

En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

 


En este camino de adviento que estamos realizando escuchemos al Bautista y dejémonos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que nos salva

Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

‘Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti...’ Es lo que había anunciado el profeta. Una referencia clara a Juan Bautista. No era otra su misión, pero ¡qué excelsa misión! El que preparaba el camino, el que caminaba delante señalando el camino, por eso lo llamamos el Precursor.

No todos comprendieron el mensaje de Juan. Muchas veces los mensajes de los profetas pueden parecer enigmáticos para el resto de los mortales. No es como poner un calco para que todo salga igual, pero sí vemos en la misión, las palabras y la presencia del profeta algo que nos dice, que nos llama la atención, que nos obliga a aterrizar en la vida para de una forma concreta ver hecho realidad lo que antes está anunciado en profecía.

Es lo que vemos en Juan. Cuando aquella embajada había venido en nombre Juan preguntando si era El o habían de esperar a otro, los enviados se convirtieron en testigos, lo que parecían los enigmas comienza a ser descifrado, todo se convierte en una palabra profética que nos invita a nuestras actitudes, a nuevos actos de servicio, a nuevo estilo de vida. Y con palabras y con hechos tenemos que encontrar la respuesta.

Ya la figura de Juan en si misma es todo un gesto profético. Su andar por los desiertos, su estilo de vida, su austeridad y su pobreza, sus vestiduras y aquello silvestre de lo que se alimentaba. Todo va indicando que nos encontramos con alguien superior, no es como el resto de los mortales aunque él sea también un simple mortal.

Todos sus gestos, todas sus palabras, todos los signos que emplea nos están hablando. No viste a la manera de los que andan en los palacios, su vestidura hecha de piel de camello, y la frugalidad de su comida, saltamontes o miel silvestre, estarán poniendo en un interrogante la vida de los que lo contemplen. No hay modo de que nos comparemos con El. Es pequeño, pero es grande, sus palabras y enseñanzas parecen sencillas pero tienen una profundidad y unas exigencias grandes. Son un fiel espejo en el que tenemos que mirarnos, nuestras ropas de marca, nuestro estilo cómodo de vida, la exquisitez que buscamos en nuestros alimentos pueden estar hablándonos de nuestras superficialidades.

Por eso su palabra exige un cambio en nosotros, nos habla de conversión. Y nos hablará de fuego que purifica, como de hacha que está dispuesta para arrancar todo lo inservible porque ha de ser el principio de un hombre nuevo, que si va a recibir alguna unción será la que nos consagrará como sacerdotes profetas y reyes. ¿Estaríamos dispuestos a esa purificación, a dejarnos arrancar esas ramas inservible que nada de fruto dan y que solo merecerán el fuego de la hoguera donde todo es purificado?

‘¿Qué salisteis a ver en el desierto?’ Les pregunta Jesús. No al hombre que viste ricos ropajes ni el que habita en el confort de un palacio. Es el que viene con una misión, aquel que ha sido escogido como precursor, el que va delante y va marcando el camino. Cuando utilizamos estos medios técnicos y electrónicos para escribir en la pantalla va apareciendo algo que llamamos el cursor que nos está indicando por donde irán apareciendo las letras, las palabras, los dibujos que nosotros vayamos componiendo o realizando. Es la misión del bautista; por eso lo llamamos el precursor, el que va delante, el que nos va señalando el camino.

‘Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta… Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamó que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos’.

Nosotros ¿escucharemos a Juan o frustraremos el designio de Dios? ¿Queremos en verdad escuchar la Palabra de Dios? ¿Queremos en este camino de adviento que estamos realizando dejarnos purificar por la gracia de la Palabra de Dios que escuchamos?

martes, 29 de septiembre de 2020

Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 


Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unificaron en una sola fiesta en un único día, el 29 de septiembre, las fiestas de los tres Arcángeles. Todavía nos queda en el recuerdo a los mayores, sobre todo a quienes teníamos algún familiar con ese nombre la festividad del Arcángel san Rafael el 24 de octubre; sin embargo la festividad del Arcángel san Gabriel estaba cercana a la fiesta de la Anunciación y se celebraba en la víspera el 24 de marzo. Ahora celebramos a los tres Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael en este día del 29 de setiembre.

En la liturgia hacemos referencia a los Ángeles y Arcángeles y a todos los coros celestiales que cantan la gloria de Dios a cuyas voces nosotros queremos unirnos con nuestra vida toda. Es, por ejemplo, la invitación que hace el Arcángel Rafael a Tobías a cantar las alabanzas del Señor, recordándole que su oració

n fue escuchada y presentada por los santos ángeles ante el Trono de Dios; de ahí la misión que ahora realizaba como compañero de camino, pero también como medicina de Dios, que por una parte devolvería la visión al anciano Tobías, pero que también liberó de todos los espíritus malignos a la que iba a ser la esposa del joven Tobías.

Así vemos, pues, que los arcángeles a parte de estar como signos de la presencia de Dios junto a los hombres para liberarlos del mal, son también los que tienen una misión especial que realizar en el orden de la historia de la salvación. Es la misión de mensajero de Dios que tiene el Arcángel Gabriel cuando viene a anunciar a María de Nazaret lo que es la voluntad de Dios y lo que Dios espera de ella.

Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una joven desposada con José y cuyo nombre era María, nos dice el evangelista Lucas. Es el mensaje de Dios que se va a convertir en centro de toda la historia de la salvación porque nos anuncia que Dios va a ser ya para siempre ‘Emmanuel’, Dios con nosotros cuando de las entrañas de María por la virtud del Altísimo va a nacer el Hijo de Dios y nuestra salvación. Igualmente Gabriel viene de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del Precursor del Mesías que había de preparar los caminos del Señor.

Finalmente el Arcángel San Miguel al que quizá más recordamos en este día, pues ha sido el que no ha variado la fecha de su celebración y al que proclamamos de manera especial como protector de la Iglesia desde los tiempos de la Contrarreforma. Es el Arcángel que vemos en la Biblia como el que lucha contra la rebelión de Lucifer que había sido ángel de luz pero que se convirtió en el ángel de la maldad. ‘¿Quién como Dios?’ es el grito que da nombre al arcángel Miguel y se convierte en signo de la fortaleza de Dios que nos acompaña en nuestra lucha contra el mal.

Comentar que en nuestra tierra canaria hay mucha devoción al arcángel san Miguel a quien se proclama protector y patrono de varias islas y de muchos lugares que incluso llevan su nombre; son numerosos los templos y ermitas a lo largo y ancho de nuestra geografía dedicadas a san Miguel y en la mayoría de nuestros templos parroquiales es habitual encontrarnos con el cuadro de Animas, en cuyo centro siempre aparece la figura del Arcángel.

Cuando nosotros hoy celebramos esta festividad los santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael aprendamos a considerar su verdadero significado porque sentir su protección es sentir ese signo de la presencia de Dios que nos llena de fortaleza frente al mal, que nos hace escuchar la voz de Dios en nuestro corazón como la escuchó María con la presencia del ángel del Señor, pero nos hace sentirnos siempre acompañados por esa presencia de Dios en el camino de nuestra vida, sintiendo que es la luz que abre nuestros ojos y la medicina y gracia que sana nuestros corazones.

Que sepamos unirnos al cántico de gloria con que en el cielo alaban y bendicen a Dios para que toda nuestra vida se convierta también en ese canto a la gloria de Dios con la certeza también de que nuestras oraciones son presentadas por manos de sus Ángeles ante el trono de Dios.

 

 

miércoles, 24 de junio de 2020

Como las gentes se interrogaban ante el nacimiento o la figura del Bautista nosotros también tenemos que preguntarnos qué es lo que tenemos que hacer



Como las gentes se interrogaban ante el nacimiento o la figura del Bautista nosotros también tenemos que preguntarnos qué es lo que tenemos que hacer

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
La sorpresa y también, por qué no, los interrogantes se habían ido adueñando de las montañas de Judea. Las noticias, como se suele decir, corren como la pólvora, y más cuando son hechos inauditos pero que además podían significar alegría para una familia, para una mujer que va a ser madre. Si normalmente el embarazo de una mujer es alegría para una familia como una comidilla de gozo corre habitualmente entre los vecinos de modo que pronto se suceden las felicitaciones a la futura madre, el hecho de que una mujer ya muy anciana y que había dado señales de esterilidad durante toda su vida ahora apareciera embarazada era más motivo aun para la alegría, para la felicitación y también en unas personas creyentes para la alabanza y bendición al Señor.
Es lo que sucedía en las montañas de Judea con el embarazo de Isabel, la mudez que se había apoderado del anciano padre y ahora con el nacimiento de aquel niño. ¿Qué va a ser de aquel niño? Se preguntaban todos, porque todos estaban viendo la mano del Señor. Más sorpresa fue aun el nombre que se le impuso al niño, ‘Juan es su nombre’ había escrito en una tablilla el anciano Zacarías, aunque nadie hasta entonces en aquella familia había llevado tal nombre. Pero era el signo también porque en aquel niño se iba a manifestar de manera especial la misericordia del Señor.
No era extraño, pues, aquel canto de bendición en que prorrumpió el anciano al soltársele la lengua que antes que dar explicaciones de cuanto había sucedido era una forma de alabar y bendecir al Señor que en su misericordia venia a visitar a su pueblo, porque aquel niño iba a ser en verdad el Profeta del Altísimo que iría delante del Mesías prometido preparando un pueblo bien dispuesto. Lo que Dios había prometido desde siglos comenzaba ahora a realizarse y se anunciaba al pueblo de Dios la salvación. Era el principio de una Buena Nueva que se nos anunciaría invitándonos a la conversión para enderezar los caminos que nos llevan al Señor.
Interrogantes y preguntas se sucederían desde el nacimiento de Juan pero que se repetirían también a lo largo de su vida. Si ahora las gentes se preguntaban qué iba a ser de aquel niño en quien se estaban manifestando las glorias del Señor, serían luego las preguntas que se hacían de si era un profeta o era el Mesías prometido, para concluir en la pregunta que se hacían y le hacían a Juan ‘¿qué es lo que hemos de hacer?’
Cuando hoy con alegría nosotros también celebramos su nacimiento ya quizá no nos preguntamos quien es Juan, si es un profeta o es el Mesías, porque bien clara tenemos su misión de ser el precursor del Mesías, el que venia a preparar los caminos del Señor. Pero sí hay una pregunta que tenemos que hacernos y era lo que los que acudían hasta el bautista de todas partes le hacían. ‘¿Qué hemos de hacer?’
Y es importante porque ni nos queremos quedar en una alegría pasajera ni tampoco en tradiciones ancestrales que en el principio del verano hoy la sociedad trata de reavivar. Puede ser que en estos días luminosos hasta el extremo, sobre todo en nuestro hemisferio norte, queramos llenarnos de una energía nueva queriendo llenarnos de vitalidad o que queremos hacer una purificación de nosotros mismos en esas tradiciones de las hogueras – aunque este año se vean limitadas por la situación que vivimos – pero esto quizá puede ayudarnos a encontrar la respuesta a esa pregunta que nos estamos haciendo.
‘¿Qué hemos de hacer?’ será una pregunta que se repita en el evangelio en muchos cuando se acercaban a Jesús cuando planteaban quizá cuál era el mandamiento principal o qué habían de hacer para alcanzar la vida eterna. Es la pregunta que se hacían también las gentes de Jerusalén ante la predicación de Pedro en la mañana de Pentecostés.
Es quizá la pregunta que de una forma u otra nos estamos haciendo en la situación que estamos viviendo en nuestros tiempos. Nos sentimos confundidos, no sabemos como vamos a salir de todo esto, que nuevo tendría que surgir en nosotros pero también en el estilo de vida de nuestro mundo. Sabemos muy bien que son muchas las cosas que tendríamos que mejorar, que nuevas actitudes, posturas y compromisos tienen que surgir en nosotros si queremos que nuestro mundo sea distinto, porque no estamos del todo satisfechos del mundo que hemos venido haciendo.
La respuesta de Juan a los que a él acudían allá junto al Jordán, como la respuesta de Pedro en aquella mañana de Pentecostés a todos los que se habían congregado en Jerusalén iba por el camino de que era necesario un nuevo estilo y sentido de vida, por eso hablaban de conversión, de una vuelta a donde en verdad está nuestra salvación y Juan preparaba el camino de Jesús y Pedro anunciaba que aquel Jesús que habían crucificado Dios lo había resucitado y convertido en nuestro Salvador. Los gestos y ritos ancestrales que se realizan en estos días nos hablan también de algo nuevo, de una luz nueva, de una purificación y renovación. ‘¿Qué tenemos que hacer?’
¿Seremos capaces de aunar esfuerzos para lograr un mundo mejor? Esta tarde me encontraba con unos vecinos que se habían movilizado por algo que estaba sucediendo en el barrio y con lo que no estaban de acuerdo; allí estaban reunidos, trabajando juntos, preparando sus pancartas y carteles porque querían hacerse oír frente a algo que consideraban que no era bueno. De acuerdo o no de acuerdo con sus ideas o la solución de las cosas, sin embargo lo vi como una buena señal, eran capaces de unirse, de trabajar juntos, de olvidarse quizá un poco de las rutinas de cada día, para estar allí queriendo luchar por algo que consideraban mejor.
Cuánto podríamos conseguir por hacer que nuestro mundo sea mejor si fuéramos capaces de unirnos más, de aceptarnos y comprendernos y de ponernos a trabajar juntos por algo nuevo y mejor. Creo que puede ser una lección, una señal, un camino que se abra ante nosotros cuando hoy celebramos al que vino a preparar los caminos del Señor.

domingo, 19 de enero de 2020

Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios


Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
Hasta ahora a Juan el Bautista lo habíamos visto como la voz que gritaba en el desierto preparando los caminos del Señor. De si mismo decía que no era un profeta sino solo una voz; no era la luz pero venía a dar testimonio de la luz; no era el Mesías pero era quien como precursor preparaba la llegada del Mesías; invitaba a la conversión porque había que tener un corazón bien dispuesto; con el espíritu de Elías clamaba porque llegaba la hora y el hacha estaba dispuesta para cortar el tronco; solo era el profeta del Altísimo porque iría delante del Señor para preparar sus caminos; bautizaba con agua pero anunciaba que ya cercano en medio de ellos estaba y bautizaría con Espíritu Santo y fuego.
Pero ahora ya su testimonio podía ser total. El que lo había enviado a bautizar con agua le había dicho que a quien viese que venia el Espíritu Santo sobre El, ese sería el bautizaría en el Espíritu. El lo vio y da testimonio. Por eso cuando Jesús se acerca hasta él lo señala. ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Por eso terminaba afirmando ‘yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.
Este domingo en el que ya estamos en el tiempo Ordinario de alguna manera casi se hace una prolongación de lo que celebrábamos el pasado domingo, el Bautismo de Jesús. Aquello de lo que Juan fue testigo en aquel momento en que se abrió el cielo sobre Jesús para bajar el Espíritu sobre El en forma de paloma y escucharse la voz del Padre, de eso ahora Juan da testimonio y comenzarán, como continúa el relato del evangelio, a irse tras Jesús algunos de los discípulos que Juan tenía allá junto al Jordán.
Nosotros escuchamos también el testimonio de Juan y queremos emprender también el camino del seguimiento de Jesús. Algunos de aquellos discípulos de Juan entendieron que era un camino nuevo el que habían de emprender y se pusieron en camino. Ha de ser lo que nosotros también hemos de emprender con osadía y con confianza, con la valentía de quien se sabe conducido por el Espíritu y con la apertura del corazón del que se abre a esa buena nueva que se nos comunica, esa buena nueva del evangelio que sembrará en nosotros nuevas inquietudes, nos hará ir arrancándonos de las rutinas de lo viejo y de lo de siempre para descubrir toda esa novedad que es el anuncio del Reino de Dios que vamos a ir escuchando.
Aquellos discípulos de Juan que emprendieron el camino de búsqueda de Jesús, de querer conocer a Jesús – ‘¿Dónde vives?’ preguntaban – no se quedaron allá al resguardo de Juan en la vera del Jordán, ni aquellos a quienes iba sorprendiendo la buena nueva del Reino se quedaban en las rutinas de los sacrificios del templo o de las reuniones sabáticas en las sinagogas. Se pusieron en camino tras Jesús. Y ponerse en camino es dejar atrás cosas para abrirnos a otras novedades, no quedarnos en lo que ya sabíamos o hacíamos de siempre sino abrirnos a esa verdad nueva que se nos revela y a ese nuevo sentido del amor que nos hará ver a los otros de manera distinta.
Alguno podrá pensar, bueno, ya se acabó el tiempo de navidad, ahora volvemos a coger el ritmo de los tiempos ordinarios y simplemente hemos de irnos dejando llevar sin mayores complicaciones y sin tener que implicarnos demasiado en cosas nuevas. Grave error del cristiano que piense así, porque se está dejando arrastrar por una monotonía que le da poco color y poco calor a su vida cristiana.
El evangelio siempre es una buena noticia que revuelve nuestros corazones, una buena noticia que implica totalmente nuestra vida y nos hace estar despiertos de modorras y rutinas que nos llevan solamente a una repetición de cosas. Ese no es el espíritu del Evangelio. Y al emprender este nuevo tiempo que llamamos Ordinario, no por ser ordinario nos adormilamos, sino que con mayor ardor hemos de estar atentos a eso nuevo que ahora y para el aquí de nuestro tiempo nos ofrece el evangelio.
Porque como creyentes en Jesús tenemos que responder a los retos que en cada momento se nos presentan. Y si abrimos bien los ojos para contemplar ese mundo en el que vivimos nos daremos cuenta que como testigos de Jesús mucho tenemos que decir y en mucho tenemos que implicarnos y comprometernos para que se mantenga vivo el anuncio del Evangelio, y cosa que no es nada fácil en las circunstancias en que vivimos.
A muchas cosas tenemos que responder desde nuestra fe; en muchos y continuados momentos tenemos que ser dando ese testimonio del evangelio, porque desde nuestra fe nosotros también tenemos una palabra que decir en la construcción de ese mundo y esa sociedad en la que vivimos. No podemos dejar cobardemente que sean otros los que hagan de nuestra sociedad lo que les parezca. Valiente tiene que ser nuestro testimonio cristiano. Ya está bien de cobardías y de encerronas. Hagamos oír valientemente nuestra voz y para ello necesitamos empaparnos más y más del evangelio. Es un reto grande el que se nos presenta.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Cuando contemplamos el nacimiento de Juan recordemos que hoy somos nosotros, creyentes en Jesús, los precursores ante el mundo del Evangelio


Cuando contemplamos el nacimiento de Juan recordemos que hoy somos nosotros, creyentes en Jesús, los precursores ante el mundo del Evangelio

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66
Se nos adelanta la alegría; ya hoy pregustamos lo que es la alegría del nacimiento cuando contemplamos en el evangelio el nacimiento de Juan. ‘A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’.
Las montañas de Judea se llenaron con la alegre noticia de que Isabel había dado a luz un niño. La noticia corría de boca en boca y todos se alegraban con Isabel porque ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’. Pero era solo un anticipo y a nosotros nos vale para empezar a pregustar lo que será la alegría de la Navidad. Mañana en la noche explosionará la alegría llenando al mundo de luz y de esperanza cuando celebremos el nacimiento de Jesús. Nos vale esta alegría que hoy ya estamos saboreando en el nacimiento de Juan para preparar nuestros gustos, nuestros sentidos, nuestra vida y nuestro corazón para la alegre noticia que los Ángeles en la noche de Belén nos anunciarán.
Juan era el anticipo de lo ya inminente. Era el nacimiento del Precursor, del que venía a preparar los caminos y así nosotros hemos de vivirlo. A lo largo del Adviento muchas veces hemos escuchado su palabra y contemplado su testimonio. Que hoy sea un nuevo toque de atención, si acaso todavía no nos hemos preparado debidamente. No olvidemos aquellas palabras de Juan cuando la gente venía para que les dijera qué es lo que tenían que hacer. Invitaba a vivir la vida con responsabilidad, a ser generosos en el compartir y a cambiar las actitudes del corazón que se tradujeran en nuevas obras de vida.
Son palabras que tenemos que seguir escuchando nosotros hoy para que realizando esa transformación de nuestras corazón y nuestras vidas hagamos el gran anuncio que tiene que llenar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo de esperanza. No olvidemos que de alguna manera nosotros los que creemos y seguimos a Jesús somos los precursores ante el mundo que nos rodea de ese anuncio de evangelio. Nuestras vidas tienen que ser testimonio, nuestra manera de hacer las cosas, la generosidad de nuestro corazón, la responsabilidad con que asumimos la vida. Es nuestra sabiduría y nuestra riqueza la que tenemos que manifestar al mundo, la que tiene que convertirse en testimonio de que es posible un mundo nuevo; lo expresaremos con nuestra propia vida.
No nos preocupemos tanto de preparar cosas para la navidad, sino preparemos el corazón. No busquemos regalos que llevar a los demás sino encontremos en Jesús el gran regalo que Dios nos hace y sea nuestra vida llena de Jesús la que regalemos a los demás con nuestro amor, nuestra cercanía, nuestra sonrisa, nuestra delicadeza y nuestros detalles. En esos pequeños detalles estaremos regalando la verdadera alegría a los demás.


jueves, 12 de diciembre de 2019

El Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos porque esperamos al Emmanuel, Dios con nosotros


El Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos porque esperamos al Emmanuel, Dios con  nosotros

Isaías 41, 13-20; Sal 144; Mateo 11, 11-15
Ayer en la tarde por las redes sociales que ahora son nuestro gran medio de comunicación un amigo me preguntaba ‘¿Qué tal el adviento?’ a lo que yo respondí con dos palabras ‘en esperanza’. No sé si realmente entendió mi respuesta – no sé si ustedes que me leen la entienden también -, pues inmediatamente me continuó hablando de una situación dolorosa de un familiar por razones de enfermedad.
Confieso que en principio pensé que o no había entendido la respuesta o era otra cosa lo que esperaba, pero me he quedado dándole vueltas al tema en la tarde y he terminado preguntándome a mi mismo si el Adviento que vivimos como preparación de la cercana Navidad lo hemos de espiritualizar tanto que lo desencarnemos de lo que es la vida y las preocupaciones que cada día vivimos. Creo que no lo hemos de vivir así, de una forma desencarnada, quiero decir, sin que estemos con los pies en el suelo de los problemas y preocupaciones que cada día vivimos, que vive la gente que está en nuestro entorno.
¿Qué es lo que vamos a celebrar en la Navidad? Que Dios se ha encarnado en el seno de Maria para nacer hecho que va a vivir también los problemas y las preocupaciones de los hombres y de las mujeres que pisamos la tierra cada día. Vamos a contemplar el Emmanuel, el Dios con nosotros, y está con nosotros porque ha tomado nuestra vida, nuestra naturaleza humana para ser verdadero hombre como nosotros viviendo nuestra misma vida.
Entonces esa vida concreta nuestra, con nuestros problemas, nuestras preocupaciones, nuestras enfermedades o nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros fracasos, con todo eso que vivimos cada día es en la que tenemos que vivir el Adviento, sí, la esperanza del Señor que viene y que va a vivir con nosotros esa misma vida nuestra y es ahí donde El nos va a iluminar para que lo vivamos de una forma distinta, para que le demos un sabor y un valor distinto, para que nos llenemos de trascendencia mientras nos vamos arrastrando por esta tierra nuestra. Es ahí donde tenemos que vivir con esperanza, es ahí donde necesitamos la esperanza, es ahí donde desde esa fe y esa esperanza tendremos que darle un sentido nuevo a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Hoy comienza a presentársenos la figura del Bautista con esta alabanza que Jesús hace de él. ‘En verdad os digo, nos dice Jesús, que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Es el precursor que viene a abrir los caminos del Señor, como seguiremos escuchando en los próximos días. Y su grandeza está en su pequeñez, en su humildad, en la pobreza de su vida pero en la disponibilidad para anunciar la Palabra del Señor.
Y nos habla Jesús de la violencia y de la falta de paz que existe en el mundo, pero no se refiere solo a la violencia de la guerras, sino a la violencia que dejamos meter en nuestros corazones que se convierte en rechazo de tantas cosas buenas, como rechazo también de los demás y de Dios. ‘Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan’. Por eso podemos pensar en todas esas turbulencias que sufrimos en nuestro interior, en nuestro espíritu no solo por las luchas que cada día hemos de realizar por nuestra supervivencia, sino también por tantas inquietudes, interrogantes, angustias y agobios, preguntas muchas veces sin respuesta que nos van atormentando en nuestro interior en nuestro camino de vida.
Y el Adviento viene a poner esperanza en nuestros corazones para todas esas situaciones que vivimos o sufrimos. Es lo que vamos buscando, es lo que estamos ansiando que llegue a nosotros viviendo una verdadera navidad. No olvidemos, es el Emmanuel, Dios con nosotros, con nosotros en esa vida concreta que cada día vivimos.

lunes, 24 de junio de 2019

Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad


Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘¿Qué va a sep de este niño?’, se preguntaban las gentes del lugar. La noticia había corrido por toda la montaña. Isabel, ya anciana, la mujer de Zacarías el sacerdote había dado a luz un niño. Y allí se estaban obrando las maravillas del Señor. Sacaría había estado mudo desde la vuelta del servicio sacerdotal en el templo de Jerusalén hacía nueve meses; ahora había recobrado el habla cuando discutían cuál había de ser el nombre del niño y había prorrumpido en cánticos de alabanza al Señor. ‘La mano del Señor estaba con él’, reconocían.
Es el niño cuyo nacimiento hoy estamos celebrando. Un ángel le había anunciado su nacimiento a Zacarías allá en el templo cuando hacía la ofrenda del incienso aquella tarde. Ya le había anunciado que venía con el poder y el espíritu de Elías porque venía con misión de reconciliación y había de preparar los caminos del Señor como habían anunciado los profetas.
Profeta del Altísimo lo había llamado ahora su padre en cántico de alabanza al Señor, porque su misión era ir delante del que había de venir para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. En esa misión lo contemplaremos mas tarde en el desierto entre austeridades y penitencias invitando a la conversión porque ya en medio de ellos estaba a quien él no se consideraba digno de desatar las correas de sus sandalias. Y las gentes vendrían de Jerusalén y de Judea, de Galilea y de todas partes para escuchar su mensaje y para someterse a aquel bautismo que purificaba sus corazones en la conversión para preparar los caminos del Señor.
Hoy nosotros celebramos su nacimiento. Nos unimos a la alegría de aquellos lugares de las montañas donde las gentes se admiraban de su nacimiento y de cuantas cosas estaban sucediendo en su entorno. Nos alegramos con toda la Iglesia porque seguimos escuchando su mensaje que nos invita a la conversión, que nos invita a ser un pueblo bien dispuesto a escuchar la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos viene a traer.
Así lo escuchamos con toda intensidad sobre todo el tiempo del Adviento porque son sus espíritu nosotros también queremos prepararnos para la llegada del Señor en nuestra vida que celebramos en la Navidad. Pero no es solo entonces cuando hemos de escucharle y ahora cuando celebramos su nacimiento no solo hemos de llenarnos de alegría en tantas fiestas que por todas partes en su día se hacen en su honor, sino que hemos de sentir su mensaje que sigue vivo para nosotros porque siempre hemos de estar dispuestos a abrir nuestro corazón al Señor.
Se unen en este equinoccio del verano muchas fiestas que se celebran en la entrada del verano por todas partes unida a muchas tradiciones ancestrales medio con resabios de fiestas paganas que intentamos darles también un sentido cristiano. Bueno es tener buenos deseos para unos y para nosotros en este comienzo de temporada porque siempre todo lo bueno que deseemos para los demás puede ser un principio de acercamiento a los otros al tiempo que una disposición interior para hacer siempre lo bueno a favor de los demás.
Unimos en esta fiesta de luz, - en los días en nuestro hemisferio más largos en su luminosidad del año, aunque en el otro hemisferio la mayor oscuridad de los días puede hacerles desear el que pronto lleguen a ellos esos días de luz y de calor – unimos, digo, a las fiestas del fuego purificador. Es quemar, sí, cuanto de negativo haya en nuestra vida queriendo ahogar en el fuego todos los malos sentimientos que muchas veces pueden llenar nuestro corazón queriendo arrancar de nuestro corazón para arrojar en ese fuego purificador esos malos deseos de odio o de egoísmo, de violencias o de envidias y reticencias para comenzar unos nuevos tiempos de armonía y más solidaridad.
Démosle sentido a esas tradiciones ancestrales que se mantienen en la memoria de nuestros pueblos que no sean solamente una ocasión de fiestas que se puedan transformar en orgías de desenfreno destructoras de nosotros mismos arrastrados por la pasión, sino que sean promesa verdadera de un inicio de un nuevo sentido y de la vivencia de unos buenos valores que construyan nuestra vida y mejoren nuestra sociedad.

Nos alegramos en la fiesta del nacimiento de san Juan. Nuestro corazón se llena de regocijo y en medio de estas fiestas tradicionales que en su honor celebramos no perdamos de vista su mensaje que nos invita a transformar nuestro corazón quemando cuando de negativo pueda anidar en él para iniciar así purificados un nuevo sentido de vivir que en Jesús encontraremos en plenitud.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor


Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor

 Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

‘Está escrito que te reservan para el momento de aplacar la ira antes de que estalle, para reconciliar a padres con hijos, para restablecer las tribus de Israel’. Así reflexionaba el sabio del Antiguo Testamento sobre el profeta Elías.
Son palabras que luego recordaremos en el evangelio cuando el ángel le anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre los judíos de la época de Jesús había la convicción de que Elías había de volver antes de la llegada del Mesías. Tenían presente para ello también las palabras de uno de los últimos profetas que así lo había anunciado. Así lo enseñaban los escribas y los doctores de la ley y esto motiva la pregunta que le hacen a Jesús sus discípulos. Bajaban del monte Tabor donde a Pedro, Santiago y Juan se les había manifestado la gloria del Señor, apareciendo junto a Jesús Moisés y Elías, signos de la ley y los profetas en el Antiguo Testamento.
‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Es la respuesta que les da Jesús a su pregunta. Muchos no supieron ver claramente la misión del bautista. La venia a despertar las esperanzas del pueblo de Israel, quería que abrieran sus corazones a Dios y por eso era necesario purificarse. Algunos respondían, le escuchaban, se bautizaban en el Jordán, pero no terminaron de ver lo que Juan les señalaba. ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Pocos fueron los que entendieron estas palabras del Bautista y se pondrían a seguir a Jesús. ‘No lo reconocieron y lo trataron a su antojo’, que diría Jesús.
Por supuesto, que no había que quedarse en el profeta, solo en la voz, sino que era necesario escuchar la Palabra. Aquella voz resonaba en el desierto, pero la dirección era hacia Jesús que era la Palabra de vida, de luz, de salvación. Era a quien habían de reconocer.
Pero ¿y nosotros? Estamos haciendo este camino del Adviento tan lleno de señales que nos tienen que conducir a la verdadera luz. Cuidado nosotros nos quedemos a medias también como tantos. Nos encandilan las luces que parpadean, pero no vemos al que es la verdadera luz. Tenemos que despertarnos los cristianos para no dejarnos arrastrar por el ambiente, por los cantos de sirena que suenan en nuestro entorno y que con palabras bonitas, con mensajes que utilizan lo cristiano sin embargo nos pueden llevar simplemente a un pasarlo bien pero sin buscar la verdadera felicidad, que nos ponen luces pero que nos ocultan la verdadera luz, que nos pueden hacer perder el verdadero sentido de la navidad.
Podremos hacer muchas fiestas de navidad, muchas comidas familiares y recibir muchos regalos de amigos y nosotros hacerlos igualmente, pero si no nos encontramos con Jesús para llevar la salvación a nuestra vida, hemos dejado pasar la verdadera navidad. No nos dejemos arrastrar por la corriente. Escuchemos la palabra del profeta precursor que quiere preparar en nosotros un pueblo bien dispuesto para el Señor. ‘¡Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!’

viernes, 23 de diciembre de 2016

El nacimiento de Juan nos llena de alegría porque es el Precursor del Señor y pregustamos ya los gozos de una verdadera navidad en el nacimiento del Salvador

El nacimiento de Juan nos llena de alegría porque es el Precursor del Señor y pregustamos ya los gozos de una verdadera navidad en el nacimiento del Salvador

Malaquías 3,1-4.23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66
El nacimiento de un niño es siempre un motivo de alegría en un hogar. Es la alegría de los padres, de los hermanos si los hubiera, los familiares y también los vecinos y allegados comparten ese gozo y alegría.
Podemos pensar en ello en la cercanía ya inminente de la Navidad, del nacimiento del Salvador, pero la liturgia en este día nos ofrece en el evangelio el relato del nacimiento de Juan Bautista, el que iba a ser precursor del Señor. Ya celebramos con gozo y muchos signos de alegría la fiesta de su nacimiento el 24 de junio, pero en la inminencia de la navidad del Señor la contemplación de su nacimiento nos ayuda en nuestro camino de preparación.
El evangelio nos dice que cuando los vecinos y parientes se enteraron de que Isabel había dado a luz un hijo y el Señor le había hecho una gran misericordia, la felicitaban. Luego nos dirá que la noticia corrió por las montañas de Judea y ante los acontecimientos que se sucedían se preguntaban qué sería de aquel niño, pues la mano de Dios estaba con él.
Nosotros sí podemos vislumbrar la clave de cuanto sucedía, porque ya tenemos el relato completo del evangelista y sabemos cuantas cosas habían sucedido preparando su nacimiento. Fue el anuncio del ángel a Zacarías en el templo donde ya le señalaba como el que venía con el espíritu y poder de Elías para convertir los corazones y preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Ahora toca circuncidar al niño, como se hacia con todo varón en el pueblo de Israel como signo de la pertenencia al pueblo de la salvación. Con la circuncisión venía la imposición del nombre y cuando todos sospechaban que habría de llamarse como su padre Zacarías – era en cierto modo la costumbre y tradición – su madre dice que ha de llamarse Juan y ante las protestas de los parientes porque eso no es lo habitual al preguntarle por señas a Zacarías que desde el anuncio del ángel no había podido hablar, escribe en una tablilla ‘Juan es su nombre’.
Se sueltas las trabas de la lengua de Zacarías y comenzará un cántico de alabanza al Señor que ha obrado maravillas y ha manifestado su misericordia para con su pueblo. Mañana en la mañana escucharemos este cántico de Zacarías. Y todas las gentes se unen en coro a la alabanza al Señor aunque no comprendan aún lo que ha de significar Juan en la historia de la salvación.
Hoy contemplando el nacimiento de Juan con la liturgia también hemos de decir: ‘Mirad, levantad vuestras cabezas: se acerca la liberación’. A las puertas está la llegada del Señor, de nuestra liberación. Ya entonamos nuestros cánticos de alabanza al Señor que así manifiesta su misericordia con nosotros. Nos gozamos en la alegría del nacimiento de Juan, como lo hacemos en el nacimiento de todo niño porque es una flor que se abre a la vida, lo hacemos comprendiendo muy bien quién es este Niño que es el precursor del Señor y es motivo de alabanza al Señor, y lo hacemos pregustando ya la alegría del nacimiento del Salvador que celebraremos en la inmediata navidad.
Esos villancicos que ya en nuestros ambientes resuenen en estos días anunciando la navidad, sean expresión de esa alabanza al Señor, de ese deseo también de preparar los caminos del Señor en nuestro corazón; que encuentre en nosotros un pueblo bien dispuesto, bien dispuesto a celebrar de verdad la navidad del Señor, a celebrar la verdadera navidad, porque sintamos como Dios va a nacer en nuestros corazones y como lo vamos a hacer más presente en nuestro mundo.

lunes, 29 de agosto de 2016

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

Juan Bautista testigo de la verdad hasta su muerte nos enseña a ser testigos ante el mundo por la autenticidad, rectitud y sinceridad de nuestra vida

1Corintios 2,1-5; Sal 118; Marcos 6, 17-29

Celebramos hoy el martirio de Juan Bautista. En Junio celebrábamos con gran alegría su nacimiento, con la alegría de todo el pueblo como ya expresaba el mismo evangelio su nacimiento allá en las montañas de Judea por donde había corrido la noticia. Hoy celebramos su martirio.
Como expresa la liturgia en las oraciones de esta fiesta Juan Bautista fue el precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús. Normalmente pensamos en el Bautista como el Precursor, porque había venido a preparar los caminos del Señor con su predicación y su testimonio allá en el desierto en las orillas del Jordán donde bautizaba invitando a la penitencia y la conversión del corazón para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. Le había precedido en su nacimiento y eso hacía también que lo llamáramos el precursor, el que había venido antes.
Sin embargo la liturgia de este día nos lo señala también como el precursor de su muerte cuando hoy estamos celebrando su martirio. Es el testigo de la verdad y por su fidelidad a esa verdad y a la rectitud llegó a dar su vida. El que cuando preparaba los caminos del Señor a cuantos acudían a él les señalaba caminos de rectitud, de justicia, de honradez, de solidaridad para preparar los corazones, por esa valentía de su palabra dio testimonio con su vida. A Herodes le señalaba que el camino de su vida estaba lleno de pecado porque no hacía lo que era justo y recto, y las envidias y las intrigas lo llevaron a la cárcel y a la muerte.
Ya escuchamos el evangelio. Herodías odiaba a Juan y tramaba como quitarlo de en medio a pesar del aprecio que por otra parte parecía que Herodes podía tenerle. Pero la debilidad de Herodes, en esa espiral de pecado en la que se había visto envuelto terminaría por cortar la cabeza de Juan ante las intrigas de Herodías. Cuando caemos en la pendiente del pecado todo parece que se vuelve más resbaladizo bajo nuestros pies y poco a poco unas cosas nos precipitan en otras. La verdad que Juan proclamaba resultaba incomoda a quienes Vivian envueltos en la vanidad de la vida que hace que todo se vuelva falsedad y mentira.
El testigo de la verdad que era Juan por la valentía de su palabra y la rectitud de su vida lo convertiría así con su muerte en precursor de la muerte de Jesús. También Jesús ante Pilatos se había proclamado testigo de la verdad y que para eso había venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Aquí sería ahora el escepticismo de Pilatos que se preguntaba qué era la verdad, lo que le llevaría a la cobardía de lavarse las manos para tratar de quitar de sí la mancha de la cobardía de la condena de Jesús.
Pero en la oración litúrgica de esta fiesta pedimos que ‘asi como Juan murió mártir de la verdad y de la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe’. Y confesar nuestra fe no ha de ser solo con palabras, sino que tenemos que confesarla con el testimonio de nuestra vida; y ese testimonio de nuestra vida nos lleva a esa lucha por la verdad y por la justicia. Nuestra fe nos compromete. Los cristianos tendríamos que ser las personas más comprometidas del mundo por la verdad y por la justicia, por el bien, por el testimonio del amor, por la solidaridad más profunda.
¿Daremos en verdad así testimonio de nuestra fe? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso por el amor y la justicia? ¿El estilo de nuestra vida nos hace testigos de la verdad por nuestra autenticidad, por nuestra sinceridad, por la rectitud de nuestra vida en consonancia con nuestras palabras?