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lunes, 13 de abril de 2026

Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

 


Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¡Cómo ha cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos capaces de entender?

Si leemos con atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.

Pero ahora en los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?

Hemos escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por el agua y por el espíritu.

Ahí está la clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.

Es lo que hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día, o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.

¿Nos sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.

viernes, 27 de marzo de 2026

No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

 


No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Ser profeta no es una tarea fácil; muchas veces nos hemos hecho una idea, no sé si decir muy idílica, sobre lo que es un profeta y cuál es realmente su misión. Lo vemos fácilmente como el que tiene visiones y desde esa visiones puede anunciarnos lo que va a ser el futuro, y nos agrada cuando nos parece que nos dice que nos sucederán cosas hermosas y gratas, aunque al mismo tiempo sentimos como cierto temor cuando nos parece que nos habla airado anunciándonos calamidades que vemos casi como si fuera el fin del mundo y el castigo de todo.

Pero estoy diciendo que es algo muy idílico que quizás nosotros nos hemos imaginado, también porque quizás no hemos sabido leer lo que son los oráculos de los profetas. Tendríamos que pensar en el profeta como el hombre de Dios que con su palabra, algunas veces quizás llenas de misterio, nos está ayudando a comprender la visión de Dios sobre la vida y el mundo y lo que son sus designios que nosotros podemos aceptar o no; es un testigo de Dios y no solo con su palabra sino con su vida misma, para aceptarnos confrontar nuestra vida con lo que son los designios de Dios. Y como nos hace ver la cruda realidad de nuestra vida no nos agrada quizás su misión profética y tratamos de acallarla de mil maneras o rechazarla porque se está convirtiendo en una exigencia para nosotros.

Bien comprendía el profeta Jeremías cuál era su misión pero cuál era el rechazo que le hacían sus contemporáneos; en una ocasión lo encerraron en una cisterna vacía para dejarlo allí morir de hambre, por citar algunos de esos momentos duros. Pero Él se fiaba del Señor que lo había llamado a pesar de su resistencia porque comprendía que era una misión difícil. ‘Pero el Señor es mi fuerte defensor, le escuchamos hoy, me persiguen pero caen indefensos’. Así hemos dicho nosotros con el salmista ‘yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador’.

He querido reflexionar sobre esto porque nos ayudará a comprender la situación en que se encuentra Jesús cuando también es rechazado por los judíos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que cogieron piedras para apedrearlo. ‘¿Por cuál de las obras buenas que hago por encargo del Padre me apedrean?’ Y era eso lo que les dolía, la forma en que Jesús hablaba de Dios a quien llamaba su padre. Lo acusan de blasfemo, ‘porque tú siendo hombre te haces Dios’. No llegaban a contemplar el misterio de Dios que en Jesús se estaba manifestando. En su ceguera, nos dice el evangelio, intentaron detenerlo pero no pudieron. Y Jesús se marchó a la otra orilla del Jordán, allí donde Juan había estadp bautizando, nos detalla el evangelista, porque aún no había llegado su hora.

Pero todo esto me hace pensar en nuestra tarea y en nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Recordamos que en nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Algunas veces lo olvidamos, no llegamos a vivir en integridad y con toda intensidad esa misión que hemos recibido. Quizá también como el profeta tenemos miedo, como decía Jeremías no soy más que un niño que solo sabe balbucir. Pero Dios le confió esa misión, como nos la confía a nosotros, ser profetas.

No, no vamos a ir por ahí anunciando cosas futuras, tampoco tenemos que ir clamando anuncios de muerte y destrucción para llenar de miedo a la gente. Nuestra tarea tiene que parecerse a la de Jesús para despertar esperanza, para poner ilusión en el corazón por algo nuevo y distinto, por algo mejor para nuestra vida y para nuestro mundo.

Tenemos que dar señales con nuestra manera de actuar, con nuestra manera de vivir de ese mundo nuevo que tenemos que construir. No siempre será fácil, porque también nosotros estamos llenos de debilidades y aparecen nuestros miedos y temores; no siempre es fácil porque tan pronto nos presentemos como testigos de algo nuevo vamos a encontrar el rechazo en tanto conformismo que encontramos alrededor.

No es necesario complicarse la vida tanto, nos dirán, y nos estarán invitando a que también nosotros nos acomodemos, no vayamos con tanta radicalidad, atemperemos nuestro entusiasmo. Pero no nos podemos doblegar, somos testigos y no podemos callar, llevamos una luz que no podemos poner escondida en cualquier rincón, llevamos una verdad que no podemos callar para no molestar a quienes quieren actuar de otra manera.

Es la hora de Dios que tenemos que anunciar y proclamar para nuestro mundo.


domingo, 18 de enero de 2026

Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

 


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

Cada uno en la vida ha de ocupar el lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.

Me hago esta introducción, que además nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.

Se define él bien a si mismo; así lo había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión, preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías, el Salvador.

Y da testimonio, de lo que él había sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón. Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.

Por eso ahora con entusiasmo y con una gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que vayan hasta Jesús.

En este domingo ya del tiempo ordinario cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada año lo celebraban.

Pero nosotros nos transportamos desde aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso, es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.

En el Bautismo del Espíritu hemos sido nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu de Dios que habita en nosotros.

domingo, 11 de enero de 2026

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

 


Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar en nuestro corazón.

Despertemos, abramos los ojos y miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al salir del agua, los cielos se abrieron  y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

Es el tiempo de la contemplación, porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos escuchando la voz de Dios.

Ahora no podemos ir con prisas, tenemos que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?

Pero toda esa mirada y contemplación nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y preferido.

Claro que ahora nos queda una cosa, ¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama, Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros también queremos ponernos en camino.

Estamos también llenos del Espíritu de Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… Manifestará la justicia con verdad.  Te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea. Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en las tinieblas.

¿No es eso todo un programa de vida en el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso? Saquemos conclusiones.

viernes, 21 de noviembre de 2025

No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

 


No olvidemos que hemos de ser signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo cuando somos verdaderos templos de Dios que habita en nosotros

1Macabeos 4,36-37,52-59; 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Una de las cosas de las que nos solemos sentir más orgullosos en nuestros pueblos es de nuestra Iglesia, la parroquia mayor o la ermita del barrio donde vivamos, si somos de una ciudad grande haremos mención de nuestras iglesias mayores o de la catedral si la hubiera; es en muchas ocasiones el monumento más representativo y del que nos sentimos orgullosos y lo mostramos a todo el mundo; lo cuidamos, lo queremos tener a punto siempre y bellamente adornado. Desde unos sentimientos religiosos, desde unas tradiciones que hemos heredado, cada uno según sean sus sentimientos o manera de entender la vida la dará su importancia. Para los creyentes, los cristianos, lo consideramos como un lugar sagrado donde tenemos nuestras celebraciones de la fe y en torno a él tenemos incluso nuestras celebraciones festivas.

Es el orgullo que sentían los judíos por su templo de Jerusalén; recientemente hemos comentado lo orgullosos que se sentían por la belleza del templo de Jerusalén, la alegría que vivían cuando en la pascua venían en peregrinación hasta la ciudad santa, pero comentamos también el impacto de las palabras de Jesús cuando habla de que todo aquello, el templo y la ciudad sería destruida y no quedaría piedra sobre piedra. Un poco se les venía abajo lo que era casi el fundamento de su religiosidad, como había sucedido en la historia en cuantas ocasiones aquel templo había sido devastado. Allí tenía lugar el culto, se ofrecían los sacrificios, se reunían para orar y escuchar la Ley y los Profetas.

Hoy nos impacta la reacción que tiene Jesús cuando trata de desalojar del templo todo aquello que más que en un lugar de oración parecía que lo habían convertido en un mercado; en función de los sacrificios que allí se ofrecían estaban todos aquellos animales dispuestos para las ofrendas, pero también se había convertido en un lugar de cambio de las monedas con las que se podía hacer la ofrenda al templo. Jesús expulsa aquellos vendedores y cambistas porque habían convertido en un mercado y en una cueva de bandidos, como hoy nos dice, lo que tenía que ser una casa de oración. Un cierto modo de fervor sin embargo todo lo había desequilibrado y quedaba poco de aquel recinto espiritual que tenía que ser.

En el mismo relato en los otros evangelistas cuando luego le preguntan con qué autoridad está haciendo todo aquello, nos deja la sentencia de que se podía destruir todo aquel templo que El en tres días lo reconstruiría. Nos comentará el evangelista que los discípulos lo entendieron después de la resurrección, pues El se refería al templo de su cuerpo.

¿Cuál es el verdadero templo de Dios? No son las casas construidas con piedras el lugar preferido para habitar en medio de nosotros. Y no queremos quitar la sacralidad de nuestros templos y lo que nos pueden ayudar para cultivar nuestra piedad. Cristo es el verdadero templo de Dios, nos quiere hoy decir, pero nos está hablando cómo nosotros en virtud de nuestro bautismo hemos sido constituidos también en verdaderos templo de Dios. Dios mora en nuestro corazón, su Espíritu inhabita en nosotros, porque hemos sido ungidos en nuestro bautismo para convertirnos en esa morada de Dios y templos de su Espíritu.

Este pensamiento nos daría para largas y profundas reflexiones para considerar toda esa nueva grandeza y dignidad que hay en nosotros en virtud de nuestro bautismo. Nos decimos que nuestros templos han sido consagrados o bendecidos y por eso para nosotros se han convertidos en lugares sagrados, signos también de esa presencia de Dios en medio de nosotros. Pero no olvidemos que los verdaderos signos de esa presencia de Dios somos nosotros, con nuestra vida santa, con la dignidad adquirida desde nuestro bautismo.

Claro que esto nos daría para muchas preguntas sobre cómo nosotros sentimos y vivimos esa presencia de Dios en nosotros. Decimos que estamos en la presencia de Dios porque Dios todo lo abarca y se hace presente en todos los lugares, pero no podemos olvidamos que somos nosotros los que tenemos que ser esos signos de la presencia de Dios en medio del mundo, porque Dios se hace presente en nuestros corazones y en consecuencia nuestra vida tiene que ser distinta. ¿Cuidamos nuestra vida de igual manera que cuidamos el templo de nuestro pueblo? ¡Qué adornada de virtudes tendría que estar nuestra vida si vivimos en congruencia con esa presencia de Dios en nosotros! ¿Habrá que despertar algo de nuestra fe?

viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


lunes, 28 de abril de 2025

 


No es simplemente un espíritu joven lo que nos identifica como cristianos, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¿Siendo viejo se puede a la vez ser joven? Pudiera parecer a primera vista que es algo incongruente si pensamos en la vejez como en un número de años acumulados con sus consecuencias y ser joven es solo la vitalidad que se tiene con un número de años normalmente corto. Sin embargo muchas veces decimos, y es algo que repetimos los que somos mayores que tengamos muchos años sin embargo nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven por nuestras ganas de vivir; y también es un halago que con facilidad recibimos de alguien que cuando nos ve nos dice que aun parecemos jóvenes, halagos que nos agradan aunque reconozcamos nuestras limitaciones por el paso de los años. Parece un galimatías, pero así son también nuestros lenguajes o son las apariencias que queremos mostrar en la vida.

Sin embargo hoy Jesús en el evangelio nos dice algo mucho más atrevido; la ocasión fue la visita que le hace de noche - ¿por qué iría de noche o en qué oscuridades sentía que se encontraba? Podríamos preguntarnos – un magistrado judío, perteneciente al Sanedrín como veremos en otra ocasión, llamado Nicodemo. Algo había encontrado en Jesús que, aun guardando las apariencias, va a ver a Jesús para escuchar directamente sus palabras. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, es como el saludo o presentación que hace de si mismo y del reconocimiento en Jesús de alguna autoridad.

Y Jesús comienza haciendo una afirmación que resulta fundamental, aunque en principio le cueste interpretar a quien incluso se consideraba maestro en Israel o al menos perteneciente al grupo de los que pretendían ser dirigentes del pueblo, por su condición de magistrado y probablemente maestro de la ley. En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, le dice Jesús.

Habla Jesús de nacer de nuevo. Es lo que le cuesta entender a Nicodemo. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? No es ya aquello con lo que comenzábamos nuestra reflexión de aunque viejos nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven; Jesús habla de un nuevo nacimiento, de un volver a nacer. Está hablándonos Jesús de una radicalidad esencial para quienes quieren seguirle, para quienes quieren ver, vivir el Reino de Dios. Ya en otros momentos nos dirá que no podemos andar con componendas, con remiendos, sino que hemos de buscar un paño nuevo para un vestido nuevo, unos odres nuevos para un vino nuevo.

En la vida andamos demasiado con arreglitos, corregimos esto por aquí, enderezamos por allá, pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Pero Jesús nos habla de un hombre nuevo – será luego san Pablo quien emplee con radicalidad esa expresión – porque es un nuevo nacimiento. Algo que por nosotros mismos no podremos hacer, porque solo sabemos hacer, como decíamos, arreglitos. Algo que solo podremos hacer desde la fuerza del espíritu.

Por eso Jesús nos hablará de un nacer del agua y del espíritu; algo que hemos convertido en una referencia o un anuncio a lo que es significa el bautismo en Jesús. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. El Bautismos en Jesús no es solo lavar lo manchado, el bautismo en Jesús es una transformación para comenzar a vivir una nueva vida.

Es lo que ahora estamos renovando en la celebración de la Pascua. Por eso en la noche de la resurrección del Señor, mientras celebrábamos la vigilia pascual nos llenábamos de signos como la luz y como el agua. En esa noche se bendecía el agua bautismal para celebrar los nuevos bautismos, pero era también el agua de la que nos dejábamos bañar para así recordar de nuevo nuestro bautismo, para hacer una renovación de lo que fue nuestro compromiso bautismal.

Porque es algo que tenemos que tener siempre presente; y el signo del agua bautismal nos acompañará en muchas de nuestras celebración con la aspersión del agua como una purificación antes de comenzar nuestras celebraciones, que utilizaremos como un signo de bendición cuando queremos sentir a través de un objeto religioso la presencia de Dios en nuestra vida, que llevaremos con nosotros no como un amuleto que nos libre de peligros o de malos espíritus – nunca la podemos utilizar como una superstición -, y con la que finalmente seremos aspergeados a la hora de nuestra muerte en nuestra sepultura para recordar que un día recibimos esa agua que nos hizo hijos de Dios.

No lo olvidemos, no es simplemente un espíritu joven, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos.

domingo, 20 de octubre de 2024

¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

 


¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Estaban queriendo preparar el terreno por lo que había de venir, por las ventajas que podrían alcanzar, porque no querían que nadie se les adelantase... No nos ha de extrañar. ¿No lo hacemos nosotros también? En la vida también vamos con astucia, buscamos nuestros apoyos, alguien que medie por nosotros, vamos presentando nuestra cara bonita, queremos hacer méritos. En las cosas que queremos conseguir en la vida, en los puestos que queremos alcanzar, en las influencias que podamos luego tener desde posiciones de relevancia, para las ganancias de la vida. Y vemos como se echan zancadillas, cómo queremos llegar los primeros sea como sea, cómo nos lo permitimos todo – aunque algunas veces parezca que perdemos – con tal de conseguir lo que nos proponemos. Y no digamos nada de las guerras entre unos y otros, declaradas o solapadas, que hay detrás de todo eso.

Por eso es acercan aquellos dos discípulos a Jesús, en fin de cuentas eran parientes y habían estado además desde el principio con el maestro, porque con lo que Jesús anunciaba parecía que el momento estaba cerca – aunque no terminaran aún de entender lo que significaba aquel momento anunciado por Jesús, y le piden unos lugares de honor en ese Reino ya tan inminente. Detrás estaba el concepto de Mesianismo que tenían, no solo ellos, sino en la forma de pensar del pueblo alentado también desde ciertos intereses. ‘Uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.

Nos puede parecer sorprendente, después de lo que hoy ya nosotros comprendemos del sentido de Jesús. ¿Le sorprendería a Jesús aquella petición de aquellos dos discípulos? Jesús conocía bien el corazón del hombre, conocía bien las ambiciones que merodeaban entre ellos, porque además será alto que se repite. Pero la respuesta de Jesús es directa con una pregunta. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’

La respuesta, en la ambición que ellos tenían, está pronta. ‘Podemos’. No dice nada expresamente el evangelista, pero yo pongo imaginación y quiero ver la mirada de Jesús ante la respuesta tan ingenua de los discípulos. Lo que les dice a continuación está en cierto modo describiendo esa mirada, como tantas otras que le vemos a Jesús en distintas páginas del evangelio. ‘No sabéis lo que pedís… El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado’.

Beberían el cáliz y serían bautizados con aquel bautismo, pero en la hora de la pasión estaban ausentes, solo Juan se había atrevido a estar con María al pie de la cruz. Pero a la derecha e izquierda de la cruz, del momento de la gloria aunque costara entenderlo, eran otros dos los que estaban, unos malhechores colgados también de un madero como Jesús. ¿Lo indescifrable de los caminos de Dios? ¿O el camino que nos estaba enseñando Jesús que tendría que ser el camino de la Iglesia? Nos daría para pensar.

Las palabras de Jesús no se quedan ahí. Volverá a repetirnos lo que otras ocasiones volvería a decirnos. ¿Cuál es la grandeza? ¿Cuál es la influencia y el poder? ¿Cuáles son en verdad los primeros puestos por los que tenemos que aspirar? Tiene que quedar claro de una vez para siempre. No puede ser a la manera de los poderes de este mundo.

Tenemos que convencernos, porque han pasado ya muchos siglos y todavía seguimos ansiando poderes, y lugares de honor, y reverencias y reconocimientos, y nos seguimos revistiendo de los ropajes del poder y de las grandezas humanas.  ¿Cuándo llegaremos a comprender estas palabras de Jesús para despojarnos de todos esos ropajes mundanos de los que nos seguimos revistiendo en la Iglesia?

Tenemos que aprender de una vez por todas que nuestro camino ha de ser el del servicio, el de la humildad y de la sencillez, lejos de nosotros las vanidades del corazón, no siguiendo en la búsqueda de méritos con aquellas cosas incluso buenas que hacemos, dejando ya a un lado la tabla de las reivindicaciones para que tengamos nuestro lugar, y a estar dispuestos a amar de verdad a la manera como nos enseña Jesús.

‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir, a dar su vida en rescate por todos’, termina diciéndonos Jesús. Y todavía nos cuesta ceñirnos la toalla para ir a lavar los pies; todavía seguimos mirando con cierta indiferencia a los que no son como nosotros, porque tienen otro color de piel o porque vienen de otros lugares, todavía mantenemos la desconfianza en el corazón ante cualquiera que nos parezca distinto y no conozcamos manteniendo las distancias.

¿Dónde está el amor a la manera del amor de Jesús que El nos ha enseñado a tener? ¿Seguiremos todavía preparando el terreno para nuestros intereses?

 

 

jueves, 23 de mayo de 2024

Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

 


Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

Jeremías 31, 31-34; Salmo 109; Marcos 14, 12a. 22-25

Cuando comemos algo quizás, como a primera vista, estamos pensando en el sabor y en el gusto de aquello que comemos, podemos sentirnos atraídos por su forma, su colorido o su sabor, como decimos algunas veces no comemos lo que no nos entra por los ojos, pero tendríamos que decir que todo eso es accidental, que lo importante es lo que asimilamos de aquel alimento, lo que nos da de vida al alimentarnos porque en fin de cuentas es lo que viene a significar el alimentarse, los nutrientes que recibimos que se convierten en energía y vida en nosotros, más allá de lo que desde su apariencia podemos contemplar. Quizás en ocasiones haya cosas que comemos, que ingerimos, aunque no nos sea siempre agradable al paladar, como nos puede suceder con una medicina que tomamos aunque no nos agrade porque sabemos que nos va a dar salud.

Hay en el evangelio se nos habla de comer un pan, que nos dice Jesús que es su cuerpo entregado por nosotros, y se nos invita a beber del vino de una copa que se nos señala que es la sangre derramada por nosotros. Y se nos habla de Alianza como se nos habla también de Reino de Dios, de la misma manera que se nos sitúa en el día de la pascua, en el día en que era sacrificado el cordero pascual.

Todo esto nos quiere decir mucho, porque cuando se nos habla de comer ese pan y de beber de ese cáliz se nos está diciendo qué es lo que realmente vamos a asimilar en esa comida; ya no será simplemente un pan o una copa de vino, se nos está hablando de la entrega de Jesús que es la ofrenda que de si mismo hace al Padre y se nos habla de su sacrificio, que es pascua y que es redención.

¿Quién puede ser capaz de realizar tal ofrenda en la que así mismo es la victima ofrecida en sacrificio? Eso solo lo puede realizar Jesús. Es el Pontífice, es el Sacerdote de la nueva alianza, porque en su entrega y en su sangre derramada se va a establecer una nueva Pascua. Contemplando estamos, pues, a Jesús como Sacerdote y al mismo tiempo como víctima porque es El quien se entrega, quien se sacrifica, quien en sí mismo realiza ese Sacrificio de la Nueva Alianza.

No es como la antiguas en que se ofrecía algo ajeno a uno mismo, aunque con nosotros también tuviera relación, una ofrenda de algo que personal que se hacía, una animal que se consideraba propio y que de alguna manera quería representarnos, pero ahora es distinto, no es algo ajeno o que lejanamente tenga relación con quien hace la ofrenda o realiza el sacrificio, porque es El mismo quien se entrega, quien se convierte en ofrenda pero quien al mismo tiempo hace la ofrenda. Es un nuevo sentido del sacerdocio, un nuevo Sacerdocio, no como el de los antiguos que podía pertenecer a un familia o heredarse de uno a otros; este es un sacrificio eterno, como el de Melquisedec, aquel sumo sacerdote del que ya no se cuentan los años ni la ascendencia familiar, sino que también va a realizar una ofrenda eterna.

Así es el Sacerdocio de Cristo, al que en verdad podemos llamar Sumo y Eterno Sacerdote, que es la fiesta que hoy estamos celebrando, en este jueves posterior a Pentecostés. Una jornada verdaderamente sacerdotal, no solo contemplando a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sino que nos obliga a pensar y contemplar a cuantos participan de ese sacerdocio de Cristo, no solo ya porque en el Bautismo hemos sido consagrados para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes, sino que hoy queremos contemplar a quienes el Señor ha llamado con una vocación especial para ser con Cristo esos sacerdotes que también hagan y realicen con su vida el mismo sacrificio de Cristo viviendo una entrega semejante a la de Cristo para el servicio y el bien de todo el pueblo de Dios.

Este jueves es una jornada especialmente sacerdotal, para considerar y valorar a quienes como presbíteros de la comunidad ejercen con su vida un sacerdocio como el de Cristo, convirtiéndose así con sus vidas y ministros y servidores de reconciliación y de amor, en ministros y servidores del pueblo de Dios. Por ellos hemos de orar para que puedan ejercer con fidelidad su ministerio asemejándose en todo a Cristo. Oremos, pues, por los sacerdotes y pastores del pueblo de Dios.

martes, 9 de abril de 2024

Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

 


Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 1-15

Hemos de comenzar diciendo en nuestra reflexión de hoy que va siguiendo los textos de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia, se ven como recortados por la falta del texto de ayer, que por celebrar el misterio de la Encarnación se vieron sustituidos. Por eso nos aparece como recortado el pasaje del encuentro con Jesús de Nicodemo, aquel magistrado judío que de noche fue a ver a Jesús.

Recordamos que en el texto que se hubiera leído ayer, el inicio de la conversación de Nicodemo con Jesús, se nos ofrecían aquellas palabras de Jesús que hablaban del nacer de nuevo, que Nicodemo no comprendía, porque cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Es cuando Jesús proclama solemnemente lo de nacer del agua y del Espíritu con esa referencia clara al sentido del bautismo. ‘El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es espíritu’, nos dice.

Una radicalidad que Jesús constantemente nos va planteando en el evangelio. Conversión había sido su primer anuncio para poder creer y llegar a vivir el Reino de Dios. Es la invitación continua que seguiremos escuchando de una forma o de otra a lo largo del evangelio. Ahora nos habla de un nuevo nacer, porque quien cree en Jesús es un resucitado, también con Jesús ha vivido su pascua para pasar de la muerte a la vida. Como nos hablará en otros momentos de odres nuevos para vino nuevo, o nos hablará de una vestidura nueva porque no nos valen los remiendos de lo viejo. San Pablo nos dirá que somos hombres nuevos en el que la criatura vieja tiene que haber muerto para renacer a la vida. ‘Tenéis que nacer de nuevo’,  nos dice hoy Jesús, porque nos dejamos hacer criaturas nuevas por el Espíritu.

¿No nos había hablado el principio del evangelio de san Juan que quienes creemos y aceptamos la luz que nos ofrece Jesús nacemos como hijos de Dios, no como filiación nacida de la carne o de la sangre, sino por el don de Dios en nosotros? ‘Porque a cuantos le recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre; estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de bacón, sino que han nacido de Dios’.

Es lo que significa la Pascua que hemos vivido y celebrado en estos días. Es lo que tiene que significar nuestra condición de bautizados en la vida. En la noche de Pascua, noche bautismal por excelencia, hemos querido renovar nuestra condición de bautizados. No es un nuevo bautismo porque ya estamos bautizados y el bautismo no se repite, pero se renueva en nuestro corazón. Por eso fuimos aspergeados con el agua bautismal después de hacer la renovación de nuestro compromiso bautismal. Aunque habitualmente empleamos la expresión de renovación de las promesas bautismales, es algo más que una promesa, es un compromiso de vida, que renovamos desde lo hondo del corazón volviendo a prometer nuestra renuncia al hombre viejo, nuestra renuncia al mal y al pecado con todas sus tentaciones, y proclamando solemnemente nuestra fe al pie del Cirio Pascual y junto a la fuente bautismal.

Es el camino que iniciamos el miércoles de ceniza cuando fuimos convocados a la conversión y a la penitencia; es el recorrido que de mano de la Palabra de Dios fuimos haciendo a lo largo de la Cuaresma; ha tenido que ser ese renacer a una vida nueva en la celebración de la Pascua. Lo seguimos recordando, lo seguimos renovando, nos seguimos empapando de ese espíritu nuevo a lo largo del tiempo pascual, lo tenemos que seguir viviendo en el compromiso diario de nuestra vida.

 

domingo, 14 de enero de 2024

Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

 


Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

Vamos y tú mismo lo ves, le decimos al amigo o le decimos a alguien cuando queremos mostrar algo que podríamos dudar si nos creyesen o no; mejor compruébalo por ti mismo, tú lo ves y te convencerás. Un suceso o un acontecimiento, un paisaje o un lugar espectacular para el que no tenemos palabras con qué describirlo, la manera de actuar de unas personas, de algún grupo o colectividad, quizás algo que ofrecemos para la venta. Ven, lo ves y tú me dirás si te convence.

Es el proceso que contemplamos hoy en el evangelio. El Bautista había señalado a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de sus discípulos se fueron detrás de Jesús. Si Juan se los había señalado así, algo tendría que ver con el Mesías esperando y que Juan con tanta insistencia anunciaba y podría ser interesante conocerle. Detrás de Jesús caminaban quizás recelosos o desconfiados cuando Jesús se volvió y les preguntó ‘¿Qué buscáis’?

Pienso que se vieron sorprendidos y ahora casi no sabían que responder aunque ellos tenían claro lo que buscaban, porque era escuchar y conocer a Jesús para ver si se manifestaba tal como Juan lo había presentado. A la pregunta que sorpresivamente Jesús les hace, sin saber cómo expresarse, le responden a su vez con una pregunta sobre el lugar en que vive. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Es cierto que cuando conocemos el lugar donde una persona ha elegido vivir se nos está definiendo esa persona. A esa nueva pregunta Jesús simplemente les dirá que vayan con El para que vean. ‘Venid y lo veréis’. No ofrece nada, solamente que vayan con El y lo vean. Mas tarde ya en la orilla del lago les dirá también que se vayan con El, pero ahora será para algo más, porque querrá que cambien aquellas redes que allí están utilizando porque serán pescadores de hombres.

El evangelio de hoy es parco en palabras, pero sí será muy sugerente de lo que allí sucedió. Nos dirá que se fueron con él, nos apuntará incluso la hora en que sucedió aquel encuentro, ‘era como la hora décima’, y finalmente nos los presentará a la mañana siguiente muy cambiados, porque ahora serán ellos los que vayan a buscar a otros para que conozcan también a Jesús, como hará Andrés con su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Importante fue aquel encuentro.

Es muy importante lo que estamos contemplando. Es muy importante esa búsqueda, pero también que nos dejemos encontrar. Algunas veces en esas búsquedas podemos ir con miedos en el alma, con desconfianzas. Cuántas veces estamos a las puertas de algo que buscamos y nos volvemos para atrás. Cuántas veces comenzamos la búsqueda pero nos ponemos a la distancia, dejando margen por medio para recular si es necesario, si nos puede parece que las cosas se complican o nos comprometen. Cuántas veces caminamos en esa búsqueda y damos rodeos, nos distraemos con lo que encontremos por el camino, estamos siempre con la duda del paso final. Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’. Con valentía, con arrojo.

Hemos concluido las celebraciones de Navidad que quizás por muchas circunstancias son propicias para el entusiasmo, pero esos entusiasmos hay el peligro que se queden en momentáneos; ahora estamos iniciando el tiempo ordinario hasta que lleguemos el próximo mes a comenzar la cuaresma que nos conduce a la pascua, y podríamos pensar que entramos en un tiempo que es como un paréntesis, que luego ya vendrán momentos de nuevo de especial fervor.

Pero aquí está el paso de Dios de cada día por nuestra vida, no son ni bajadas de tensión ni paréntesis en nuestro camino, porque la vida sigue y sigue con intensidad en sus luchas, en sus problemas, con nuestras trabajos, con las crisis que pueda vivir la sociedad, con sus momentos de sombras pero también con resplandores de luz que no nos faltarán.

No es momento de bajar la guardia, de perder el entusiasmo, de tomarnos las cosas con calma. El paso de Dios por nuestra vida siempre es intenso y siempre está lleno de vida porque es como nosotros lo hemos de vivir. Todas esas situaciones de la vida tenemos que seguirlas afrontando y tenemos que aprender a vivirlas desde el sentido nuevo que nos da el evangelio. Siempre Jesús será buena noticia de alegría para nuestra vida, siempre Jesús nos quiere poner en camino, por eso tenemos que seguir buscando a Jesús con intensidad, aprender a estar con El para poder salir al día siguiente a nuestro mundo con esa Buena Noticia que es Jesús siempre para todos.

Vayamos, pues, al encuentro con Jesús queriendo saber donde vive, queriendo estar con El y dejándonos inundar de su gracia con la fuerza del Espíritu que El siempre derrama sobre nosotros.