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jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


lunes, 29 de junio de 2026

Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad



 Una hermosa ocasión para caldear el corazón abriéndonos a una fe más intensa y comprometida envolviendonos de las vestiduras de la solidaridad

Hechos 12, 1-11; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

En nuestra Diócesis tenemos la reciente visita del Papa a nuestra tierra, como a otros lugares de España. Más que el espectáculo mediático favorecido también mediante las retransmisiones minuto a minuto por los medios de comunicación y el fervor de tantos que se acumulaban a su paso o participaban en los diferentes encuentros, hay algo que va más allá de todo eso, porque no es simplemente recibir a un personaje importante, popular, carismático que atrae la curiosidad y la presencia de tantos que quisieron estar cerca del Papa, sino lo que para nosotros los cristianos significa su figura y su presencia. 

Nos ayuda a reflexionar en ello en que ahora a los pocos días estemos celebrando la fiesta de San Pedro y San Pablo. Aquel Simón Pedro, sencillo pescador del mar de Galilea a quien un día jesús le dijera ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra (jugando así con el significado del nombre y la palabra piedra) edificaré mi Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’. Ahí está señalando cuál era la misión de Pedro. como más tarde junto al mar de Galilea volviera Jesús a mantener su confianza en la misión que le había confiado. Tras la triple pregunta sobre su amor a Jesus le confiará ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como un día le dijera también que iba a ser pescador de hombres.

Había habido una confesión de fe muy hermosa, tras las preguntas de jesús sobre lo que pensaba la gente y sobre lo que pensaban ellos de Él. Una hermosa confesión de fe que Jesús le dirá que sí ha sido capaz de pronunciarla es porque el Padre de los cielos se la ha inspirado en su corazón. Por eso le dirá en otra ocasión, cuando las dudas comenzaban a amenazar el corazón de Pedro, cuando parecía que los momentos se ponían difíciles porque incluso a Pedro le costaba aceptar lo que jesús anunciaba de lo que iba a ser su Pascua, cuando se iba resbalando por la pendiente que le llevaría a la negación, ‘Mantente firme, para que recuperes y confirmes la fe de tus hermanos’.

Yo diría que es la experiencia en el fondo que hemos vivido estos días con la visita del Papa a nuestra tierra. Es cierto que venía para ser un grito que clamara al cielo por la situación de tantos emigrantes que llegan a nuestras tierras, pero fue también la presencia reconfortante que venía a poner en valor la respuesta de acogida de quienes los reciben y buscan salida respetuosa para esas personas, muchas de las cuales incluso han perdido su vida en las peligrosas travesías. 

Pero era la presencia de Pedro que venía a reconfortarnos en nuestra fe, que venía a alentar nuestra esperanza por ese mundo nuevo que tenemos que estar comprometidos a entre todos realizar, que venía a avivar esos rescoldos de amor y de solidaridad que tienen que envolver nuestras vidas y que se tienen que convertir en hogueras de vida entre los que nos rodean. 

Su presencia, su palabra, su cercanía, su permanente sonrisa estaba recordándonos lo que es el amor que Dios derrama en nuestras vidas, pero era también una invitación a hacer camino porque es la tarea que los cristianos tenemos que hacer en medio de nuestro mundo. Ojalá se haya caldeado suficientemente nuestro corazón para abrirnos a una fe más intensa y más comprometida, para seguir derrochando todos esos hermosos gestos de solidaridad y de generosidad con los que hemos de envolver nuestras vidas. 

Le preguntaba Jesús a Pedro por su amor y al mismo tiempo le confiaba cómo había de crecer en ese amor porque de todos tenía que ser pastor. El pastor cuida de sus ovejas y las alimenta ofreciéndo los mejores pastor, pero el verdadero pastor lleva a sus ovejas en su corazón, porque a todas las conoce por su nombre y todas conocen también su voz. ¿Será así cómo nos sentimos?


viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

 

Dejémonos sorprender como Pedro en la pesca milagrosa porque algo quiere confiarnos el Señor como tarea nueva para nuestra vida

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23;  Lucas 5, 1-11

Hay ocasiones en que nos sentimos sorprendidos hasta de nosotros mismos viendo lo que somos capaces de hacer; habíamos pensado quizás que no valíamos, que no éramos capaces de cosas así, quizás incluso habíamos intentado algo y por más que habíamos luchado no habíamos podido sacar nada en limpio, pero mantuvimos nuestro tesón, seguimos intentándolo poniendo confianza en nosotros mismos y pudimos lograrlo. En muchas cosas podemos pensar.

Hace unos días un amigo mío me lo reconocía; él pensaba que no era capaz, pero hubo algo en su interior que lo motivó y comenzó a intentarlo; me decía que no se sentía capaz de escribir ni dos renglones seguidos queriendo expresar un pensamiento; pero se había sentido motivo por algo que veía hacer a otras personas, y lo intentó, y yo que conozco lo que escribe, os puedo decir que hace cosas preciosas. Se sintió motivado y lo consiguió, no sin esfuerzo, pero sí con voluntad. Así son muchas cosas en la vida.

Pedro le había dicho a Jesús que allí no merecía echar las redes porque no eran días propicios quizá para ello, se había pasado la noche entera bregando y no había conseguido nada. Jesús había estado enseñando a la gente; precisamente se había subido a la barca de Pedro, para alejándola un poco de la orilla poder hacer que todos los que estaban en la playa le escuchasen, y así lo había hecho; ellos mientras tanto habían estado haciendo los necesarios arreglos de las redes que había utilizado inútilmente.

Pero cuando Jesús terminó de enseñar a la gente, le pide que reme mar adentro en el lago y eche de nuevo las redes. ¿Qué había estado hablado Jesús en aquella predicación? El evangelista en este caso no nos dice nada en concreto, pero las palabras de Jesús siempre eran motivadoras de algo nuevo, de algo distinto para la vida; eran palabras que sembraban esperanza, eran palabras que querían construir un mundo nuevo que El llamaba el Reino de Dios; eran palabras que ponían luz en los corazones, y por eso vemos que son tantos los que entusiasmados le siguen.

¿Qué habría escuchado Pedro en su corazón? A pesar de decir que allí era imposible porque se habían pasado toda la noche sin coger nada, ahora pone su confianza en la Palabra de Jesús y echa las redes. ‘Por tu palabra las echaré’. Y grande fue la redada de peces de tal manera que tuvieron que llamar a otras barcas para que les echaran una mano para recoger las redes.

Pero Pedro se había sentido tocado por dentro. No sabemos lo que pasa en el corazón del hombre, pero ahora Pedro se siente indigno y pecador, le viene a decir a Jesús que no se siente digno de estar en su presencia y le pide que se aparte de él. Su humildad le hacia que no pudiera estar al lado de Jesús porque se consideraba indigno. Nos recuerda otros momentos del evangelio, también hay alguien que no se siente digno de que Jesús vaya a su casa, pero confía en la Palabra de Jesús y le dice que solo una palabra bastará para que su criado sea curado.

Pedro no se siente digno de estar con Jesús, pero Jesús le va a pedir que esté siempre con El. Aquel signo que había sucedido en aquella mañana en medio de lago de Galilea iba a ser señal de algo más que había que realizar. No se trataba ya solo de recoger unos peces que pudieran necesitar para comer y para ganarse la vida, quizás había que renunciar a esas ganancias o a esas redadas en lo material, porque Jesús les ofrecía una nueva profesión, serían pescadores pero no de aquellos mares, serían pescadores de hombres. Y parece que entendieron el mensaje de Jesús porque dejándolo todo aquellos se fueron con Jesús para buscar otra pesca mejor. Habían confiado en Jesús y seguían confiando en Jesús.

Hablamos al principio de motivaciones o de tener confianza en nosotros mismos, contemplamos a Pedro que supo poner su confianza en el Señor, pero ¿eso que nos estará diciendo? Por supuesto que en la vida tenemos que tener más confianza en nosotros mismos y muchas maravillas podríamos hacer, pero desde nuestra fe en Jesús tenemos que dar un paso adelante, un paso más. Nos sentimos algunas veces siervos inútiles que no sabemos qué hacer, nos encerramos quizás en nuestros lagos o en nuestros mares y no somos capaces de ir más allá; caemos también espiritualmente en la rutina y en la modorra de la vida y no sabemos avanzar, ¿no tendríamos que dejar que Jesús nos removiera el corazón, nos removiera la vida para despertarnos y abrirnos a otros horizontes, a otras perspectivas, a otras tareas donde podríamos ser capaces de hacer también muy bien?

Dejemos que Jesús nos toque el corazón. Escuchemos esa Palabra que El quiere decirnos, y a la que muchas veces no le prestamos demasiada atención porque estamos demasiado metidos en nuestras cosas. Seguro que el Señor también quiere sorprendernos con algo y confiarnos algo más. Dejemos actuar a Dios en nuestra vida.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Tendremos que ponernos en camino, escuchando la llamada de Jesús para estar con El y ser esos pescadores de hombres en el mundo que necesita de esa luz de Jesús

 


Tendremos que ponernos en camino, escuchando la llamada de Jesús para estar con El y ser esos pescadores de hombres en el mundo que necesita de esa luz de Jesús

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Caminando se realizan los más hermosos encuentros. Ponerse en camino es de alguna manera ir en búsqueda; caminamos y podemos observar cuanto hay alrededor; serán los monumentos de la naturaleza tan rica y tan variada como pueden ser los monumentos elaborados por mano de los hombres, donde también vamos dejando nuestra impronta y nuestro ser, pero podemos admirar el monumento más hermoso salido de las manos del Creador, contemplamos y admiramos a nuestros hermanos los hombres. 

Pero sin con la naturaleza nos quedamos en la distancia contemplando, con las personas ese ver y ese contemplar nos llevará al encuentro, y nos puede llevar a que juntos seamos capaces de ponernos en camino. Camino que se hace encuentro, camino que se convierte en llamada, camino que nos pone en misión.

Jesús caminaba por la orilla del mar de Galilea y si en otros momentos veremos que la gente se acerca a El buscándole, porque quieren estar con El, porque quieren escucharle, en el relato que hoy nos hace el evangelio es Jesús el que se va acercando a aquellos que allí están en la orilla en sus tareas y ocupaciones pero para invitarles a ponerse también en camino con El.

Son todos detalles muy significativos. Dos hermanos, Simón y Andrés, que estaban echando la red al mar porque eran pescadores y Jesús les invita a seguirle porque para ellos tiene otra forma de pescar, ‘os haré pescadores de hombres’; pero en su camino más adelante se encontrará con otros dos hermanos, que este caso estaban con su padre repasando las redes, y les invita también a seguirle, ‘venid conmigo, les dice también, y os haré pescadores de hombres’. Y lo dejan todo, redes, barca, familia, y se van con Jesús.

Jesús hacía poco que había comenzado a anunciar la llegada del Reino de Dios. Había pedido disponibilidad desde el corazón, porque había que cambiar desde lo más hondo para aceptar el anuncio de Jesús. La gente sentía que algo nuevo se avecinaba. Es cierto que todos vivían con el anhelo de la pronta llegada del Mesías y las palabras de Jesús despiertan inquietud en el corazón y deseos de conocer en verdad lo que significaba aquello que Jesús anunciaba.

Ahora no anuncia la pronta llegada del Reino de Dios sino que está dando por sentado que ya el Reino de Dios está presente entre ellos. Hay que reconocer sus signos. ¿Y qué manera mejor que estar con aquel que nos anuncia su llegada? Con El podremos saber bien lo que significa ese Reino de Dios.

Y las señales comienzan a darse; ahí está la disponibilidad de aquellos hermanos, lo dejan todo para irse con Jesús; ahí está la señal de ese Reino nuevo donde nos vamos a sentir como una familia especial, no en vano son unos hermanos en pareja los primeros que se van con Jesús para formar una nueva comunidad con los demás que poco a poco se vayan uniendo. 

Pero es necesario estar con Jesús, de lo contrario nunca se entenderá de verdad lo que es ese Reino de Dios. Y ahí, pues, están las primeras señales. Son caminos nuevos, es vida nueva, es un estilo nuevo de vivir, poco a poco Jesús irá sembrando en ellos la semilla de esos cimientos del Reino de Dios. Serán ellos los pescadores que habrán de lanzarse por el mundo para hacer ese anuncio, para llevar esa Buena Noticia a todos los hombres.

Jesús está pasando también por nuestro camino, ahí donde estamos con nuestras redes, con nuestras tareas, con nuestras preocupaciones, como aquellos pescadores que o echaban la red al mar o las remendaban en la orilla, y Jesús también va poniendo su mirada en nosotros, Jesús también va tocando a la puerta de nuestro corazón, también a nosotros nos está invitando a que vayamos con El, a que estemos con El, a que también nos pongamos en camino. 

¿Tendremos la disponibilidad y la generosidad de Andrés y de Simón, de Santiago y de Juan para ponernos también en camino? ¿También nosotros queremos estar con Jesús para empaparnos de su vida y recibir la misión que a nosotros también nos confía?

‘Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo, nos decía el apóstol, y nadie quedará confundido’. Pero para invocar el nombre del Señor hay que anunciarlo para conocerlo. Miremos a nuestro alrededor y nos daremos cuenta que encontramos un mundo desorientado, un mundo que no ha terminado de conocer a Jesús. 

¿Podrán los hombres y mujeres de nuestro tiempo invocar de la misma manera el nombre del Señor y alcanzar la salvación? ¿Habrá quienes hagan ese anuncio para que a todos llegue la salvación de Jesús? ¿No estaremos demasiado dormidos los que nos decimos que ya creemos en Jesús que no terminamos de tener el coraje y la valentía de salir a hacer ese anuncio al mundo que nos rodea?

Escuchemos la llamada y la invitación de Jesús para estar con El y empaparnos de El, para que luego en verdad seamos eso que nos pide Jesús, esos pescadores de hombres. Tendremos también que ponernos en camino. 

Que la fiesta de san Andrés el que estuvo pronto para ir a anunciar a su hermano que habían encontrado al Mesías y que hoy celebramos sea una llamada a nuestro corazón


jueves, 7 de septiembre de 2023

Son necesarios hoy cristianos valientes y arriesgados que se lancen por el mundo para ser nuevos pescadores de hombres

 


Son necesarios hoy cristianos valientes y arriesgados que se lancen por el mundo para ser nuevos pescadores de hombres

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Nos habrá sucedido. Una persona por la que sentíamos gran aprecio, o tal vez un amigo de mucha confianza, nos pidió en determinado momento que hiciéramos algo - por supuesto que no era ninguna cosa dañina - pero que a nosotros quizás nos parecía algo descabellado, algo que no se podría realizar por lo difícil, o incluso imposible, pero ante la insistencia de esa persona o amigo al final nos decidimos a realizarlo y nos salió muchísimo mejor que lo que esperábamos. Fue la confianza en el amigo lo que al final nos motivó, sobre todo por no desairar, por contentarlo, aunque nosotros pensábamos que no se tendría resultado. 

La confianza hizo posible aquello que nos parecía imposible; y esto nos puede suceder en muchos aspectos de la vida que pueden referirse también a nuestra superación personal en algo en lo que de alguna manera teníamos que crecer, o de lo que tendríamos quizás que arrancarnos para buscar algo mejor. Nos comemos, por así decirlo, nuestro orgullo, pero al final salimos enriquecidos. Ojalá, nos decimos, tuviéramos más confianza en aquellos que están a nuestro lado y quieren ayudarnos, o quieren que abramos nuevos caminos en la vida.

Algo así estamos contemplando en el evangelio. Estamos en unos primeros momentos de la predicación de Jesus, pero ya la gente se interesaba por su palabra y querían escucharle, y también ya algunos comenzaban a mostrar su confianza en Jesus que tantas esperanzas despertaba en sus corazones. 

Una multitud grande se había congregado allí en la orilla del lago, y ya se hace difícil que todos puedan verle y escucharle. Por eso Jesús se atreve a subirse en una de aquellas barcas que han regresado de su faena, mientras los pescadores andan lavando y ordenando las redes para futuras faenas. Desde allí, con la gente reunida en la playa, puede hablarles mejor para que todos le puedan escuchar.

Terminado el rato de su enseñanza a la gente Jesús les pide a los pescadores, era la barca de Simón Pedro, que remen mar adentro en el lago para echar las redes. Pienso en la cara de asombro de los pescadores cuando ellos están cansados de haber pasado una noche bregando sin coger nada. Pero es ahí donde aflora la confianza de aquellos pescadores que ya se han ido entusiasmando por la predicación de Jesús y comienzan a mostrar interés por hacerse sus discípulos. Es Pedro el que se adelanta. 'Hemos estado toda la noche bregando sin coger nada - bien conocemos nosotros el lago y sabemos que hay momentos en que no hay remedio porque no hay nada que pescar - pero porque tú lo dices, por tu palabra, echaré las redes' de nuevo.

Ya conocemos el resultado por lo que nos narra el evangelio. Era tan grande la redada de peces que tuvieron que llamar a los compañeros de la otra barca para que les ayudaran. No salían de su asombro. Simón Pedro se siente sobrecogido. Está sintiendo que algo grande está sucediendo, que allí está la mano de Dios  que toca sus vidas por la presencia de Jesus. 'Apártate de mí, que soy un pecador', terminará diciendo Simon Pedro y postrándose a los pies de Jesus. Pero Jesus quiere contar con ellos para algo más que tener una pesca milagrosa como la que ahora ha sucedido. Jesus quiere confiarles un día una misión. 'Venid conmigo y os haré pescadores de hombres'.

Habían sido capaces de despojarse de su yo, de lo que habían sido sus experiencias de vida hasta entonces, lo que hasta entonces sabían hacer, habían sido capaces de confiar en algo nuevo y distinto aunque eso cambiará todos sus esquemas mentales. Y eso no es fácil. Pesan mucho nuestras costumbres, nuestras rutinas, lo que hemos hecho siempre, lo que creíamos que sabíamos muy bien hacer desde siempre para comenzar a hacer algo nuevo y distinto. 

Cómo nos cuesta arrancarnos de una costumbre que está muy arraigada en nuestra vida, cómo nos cuesta arriesgarnos a algo nuevo que no nos ofrece tantas seguridades como aquello que estamos acostumbrados a hacer, cómo nos entran suspicacias y desconfianzas cuando nos ofrecen algo nuevo que no conocemos y que nos aseguran que podemos realizar. Nos pueden muchas veces nuestros miedos y no queremos arriesgarnos.

Como nos recordaba el Papa Francisco en las Jornada Mundial de la Juventud: 'Para echar nuevamente las redes al mar, es necesario dejar la orilla de las desilusiones y del inmovilismo, tomar distancia de esa tristeza dulzona y de ese cinismo irónico que nos asaltan frente a las dificultades. Es necesario hacerlo para pasar del derrotismo a la fe, como Simón que, aun habiendo trabajado en vano toda la noche, afirmó: Si tú lo dices, echaré las redes'.

¿Qué estaríamos dispuestos nosotros a hacer en este sentido? ¿A qué estaríamos dispuestos a arriesgarnos? ¿No necesitará la Iglesia de hoy tener esa valentía y arrojo del Espíritu para poder responder a las angustias y a las esperanzas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo? Se necesitan cristianos valientes y arriesgados para lanzarnos por el mundo para ser en verdad nuevos pescadores de hombre, como nos está invitando Jesús.


jueves, 29 de junio de 2023

Como Pedro dejémonos encontrar con Jesús y a pesar de nuestras sombras intentemos seguir haciendo el camino con fidelidad total

 


Como Pedro dejémonos encontrar con Jesús y a pesar de nuestras sombras intentemos seguir haciendo el camino con fidelidad total

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18;  Mateo 16, 13-19

Un encuentro puede convertirse en algo decisivo en la vida. Será algo ocasional, aparentemente circunstancial, será algo buscado por alguna de las partes, alguien a quien nos presentan en un momento determinado… muchas son las formas, las circunstancias que pueden llevar a ese encuentro. Pero nos deja marcados;  es la impresión favorable que recibimos, son los interrogantes que se nos plantean por dentro, es algo que nos llama la atención, puede ser el comienzo de un camino nuevo que se abre ante nosotros. Nada va a ser igual a partir de entonces.

Todos habremos podido tener momentos así, que sin embargo nos podrían haber dejado diferente huella; siempre ha habido un momento en que nos hemos sentido impresionados por algo y nos dimos cuenta que aquello merecía una respuesta, un cambio de actitud o de rumbo, pero quizás por las marejadas de la vida habremos también haber podido olvidar.

Pero en lo que hoy escuchamos en el evangelio motivando esta celebración no cayó en saco roto. Aunque luego también hubieron sus sombras, sus momentos de duda, sus interrogantes y preguntas que no siempre encontraron respuesta.

Según nos narra el principio del evangelio de san Juan el primer encuentro fue con una mediación. Quien primero se había encontrado con Jesús era Andrés, pero como dice el evangelio a la mañana siguiente – y es también una manera de hablar – quiso presentarle a Jesús a su hermano Simón. Con sus reticencias y desconfianzas interiores quizás, como les sucedía a tantos, se dejó llevar por su hermano. ‘Aquel de quien nos hablan las escrituras lo hemos encontrado’. Y ya aquel momento fue decisivo, ‘tú te llamarás Pedro’. Jesús le cambia el nombre. Algo muy significativo.

Sería más tarde en la orilla del lago, mientras repasaban las redes después de una noche de faena – habrían ya escuchado a Jesús en algunos de aquellos encuentros que iba teniendo Jesús con la gente y en la sinagoga – es Jesús quien al pasar por ellos los invitará a una nueva pesca, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Algo había estado ya sucediendo en su corazón desde esos encuentros con Jesús que ahora lo dejan todo para seguirle.

En otro momento del evangelio se hablará de una pesca forzada por Jesús cuando habían pasado la noche bregando sin coger nada, pero porque a Pedro las palabras de Jesús ya comenzaban a llenarle el corazón, a hacerle cosquillas en el corazón, fiándose de la palabra de Jesús lanzará las redes al agua cogiendo una redada tan grande que tendrán que pedir ayuda a otros pescadores, pero se quedará anonadado ante lo que estaba sucediendo deseando estar incluso lejos de Jesús. ‘Apártate de mi que soy un hombre pecador’. ‘Seréis pescadores de hombres’. Volverá a repetirles Jesús.

Ya desde entonces nada sería igual. Ya con Jesús irían a todas partes en ese camino itinerante que Jesús hacía por todas las aldeas y ciudades de Galilea. La casa de Simón se convertirá en el centro de toda esa actividad y allí se reunirán continuamente los que de cerca seguían a Jesús.

Los llamará Jesús con una llamada especial para hacerlos sus compañeros y de Jesús irán bebiendo aquella vida que los va transformando. A ellos Jesús de manera especial se les revela, será el Tabor, será llevándolos especialmente consigo en algunas cosas especiales, será anunciándoles lo que habrá de suceder cuando suban a Jerusalén. A Pedro le costará entender algunas cosas y por el amor que ya comenzaba a tenerle a Jesús no quiere que nada le suceda. Eso no te puede suceder a ti.

Y será Pedro el que haga la mejor confesión cuando Jesús pregunte por lo que piensan de El, aunque como le dirá Jesús eso no lo sabe por si mismo sino porque en su corazón se lo ha revelado el Padre del cielo. Cuando lleguen momentos de crisis y la gente cansada y en cierto modo desalentada comience a abandonar, será Pedro el que saltará el primero para decir que no, que ellos no lo abandonarán, porque, ¿a dónde van a ir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna?

Pasarán ellos también por la crisis cuando no entiendan lo que a Jesús les está sucediendo, y como suele suceder los miedos se meten en alma y nos traicionan. Son momentos oscuros y llegará a negar que conozca a Jesús. Pero todo será subsanado por el amor. Llorará Pedro su negación, pero pronto estará para buscarlo en el sepulcro, para dejarse sorprender en el Cenáculo, para correr a sus pies cuando de nuevo Jesús resucitado se les manifiesta de nuevo en las orillas del mar de Galilea. Y Jesús solo pide amor, que se mantenga en el amor, como un día le había pedido que se mantuviera firme en la fe porque tenía una misión para él, había de confirmar en la fe a sus hermanos, había de ser el pastor del nuevo rebaño. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le diría Jesús.

Todo a partir de un encuentro, un encuentro decisivo que se remitiría con gran intensidad de nuevo en las orillas del Tiberíades. Es a quien hoy estamos contemplando, a quien estamos celebrando. Nos quedamos en estos retazos del evangelio porque en ellos vemos reflejado también nuestro camino. Pedro siguió haciendo ese camino, ahora ya al frente de la Iglesia, hasta el final, en el momento en que él también daría su vida. El discípulo no es mejor que su maestro, y si El, el Señor había lavado los pies a los discípulos como signo y señal de lo que era su entrega, era también lo que el discípulo tendría que hacer, lo que nosotros también hemos de hacer.

La fiesta de san Pedro nos recuerda nuestro camino y nuestra misión, nos hace que continuemos con fidelidad nuestro camino para que también vayamos frente al mundo dando testimonio de nuestra fe y de nuestro amor.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer, quien actúa es el Señor

 


Hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer, quien actúa es el Señor

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

Vamos a dar una vuelta, vamos a dar un paseo, quizás le hayamos dicho al amigo o a alguien con quien queríamos hablar, y en ese paseo quizás nos alejamos de la barahúnda de la gente, tenemos más tranquilidad para hablar y las circunstancias nos hacen hablar con más confianza.

Vamos a dar una vuelta, ‘remad mar adentro’, les dice Jesús a aquellos que ya más cerca de él estaban, aprovechando que se había subido en la barca de Simón para hablar y enseñar a la multitud que se había congregado en torno a él en la playa aquella mañana, podemos pensar.

¿Había venido la gente a la orilla del lago porque llegaban los pescadores a ver si habían cogido algo? Para colmo aquella noche no habían cogido nada. ¿O habían venido porque querían escuchar al Maestro, a aquel nuevo Profeta que había surgido entre ellos, así ya comenzaban a considerarlo algunos? La multitud era grande, se apretujaban en la orilla para escuchar a Jesús, y por eso se había subido a la barca que separada un poco de tierra servía como buen altavoz para enseñarles.

Ahora les había dicho a Simón y a los otros pescadores que remara mar adentro. ¿Quería estar con ellos más a solas porque a ellos quería confiarles algo más que todo aquello que ahora les había estado enseñando a la multitud? Ciertamente algo sorprendente iba a suceder. Porque les había dicho que echaran las redes para pescar. Si no habían cogido nada después de estar bregando toda la noche. ¿Qué podía entender alguien que era de tierra adentro, de Nazaret y con oficio de artesano como su padre José, de pescas y de redes y donde encontrar mejor redada? Pero Simón que ya se estaba enredando con Jesús, porque por El comenzaba a sentir admiración le cree y está dispuesto a echar la red, quizá ante el asombro de sus compañeros. ‘Por tu palabra echaré la red’, había dicho y se había puesto manos a la obra.

Y la redada de peces fue grande, donde la noche anterior no habían podido coger nada. Y Simón Pedro se siente pequeño ante aquello maravilloso que está sucediendo, y en medio de los trabajos de sacar las redes, que han tenido que llamar a compañeros de otras barcas, se postra ante Jesús para pedirle que se aparte de El porque sabe que El es Santo mientras a si mismo se considera un pecador. Algo sorprendente está sucediendo. ‘No temas, le dice Jesús, de ahora en adelante serás pescador de hombres’.

Para algo los había llevado Jesús a dar aquella vuelta, a remar de nuevo mar adentro. Se iban a manifestar las maravillas de Dios, pero iba a haber un momento importante para aquellos pescadores. No sería pescadores de un lago o un mar cualquiera, sino que habría un día de lanzarse por el mundo para ser pescadores de hombres, para llevar un mensaje, una buena nueva, un evangelio que anunciaba salvación para todos. Se sentían pequeños e indignos, pero Dios quiere contar con ellos. ¿Habría sido una prueba de fe lo que Jesús les estaba pidiendo cuando les decía que lanzaran la red? Si había sido prueba la habían superado con buena nota, porque Jesús les estaba confiando una misión. Por eso quizás Jesús había dejado a la multitud en la orilla y se había ido con ellos solos mar adentro.

Mar adentro tenemos que dejarnos conducir también nosotros muchas veces, para encontrar esa soledad, pero no para estar solos. Como Jesús que se llevaba a lugares apartados en ocasiones a los discípulos para estar a solas con ellos, habrá momentos de silencio o de soledad que quizás no entendamos o a veces nos resulten incómodos, pero sepamos descubrir que si Jesús nos está llevando en esas circunstancias a ese momento apartado, algo querrá decirnos, algo querrá confiarnos, una muestra de su amor seguro que se va a manifestar en nosotros.

Pero hemos de dejarnos conducir, hemos de confiar para echar la red cuando se nos pida aunque nos parezca que allí nada podemos hacer. No es nuestro ardid, no son nuestras fuerzas, no es nuestro saber hacer las cosas, lo que nos hará obrar maravillas, es la obra y la gracia del Señor.

miércoles, 29 de junio de 2022

Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor


Habrá que renovar y reavivar de nuevo ese momento de encuentro con Cristo para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu y lo pongamos en verdadera sintonía de amor

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Hay momentos que resultan transcendentales en la vida de una persona, encuentros con alguien que nos cautiva y no pensamos ya en lo físico sino porque encontramos en esa persona algo que nos llama la atención, algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera, algo que nos hace dar un viraje a nuestra existencia. Una palabra, una mirada, un gesto que nos llama la atención, una cercanía que no encontramos en otro lugar, nos hace persistir en aquella amistad, en aquella nueva sintonía que ha surgido en lo más hondo, aunque también haya momentos en los que dudamos o hasta nos echamos para detrás. Pero siempre vamos a encontrar aquella mirada que nos invita a seguir caminando, a levantarnos porque con esa persona junto a nosotros sabemos que todo puede ser distinto, todo va a ser distinto.

Aquel pescador del lago de Tiberíades hubiera pasado el resto de su vida en el anonimato y quizá no hubiera destacado en nada especial. Es cierto que era trabajador y muy impulsivo, pero su corazón latía con fuerza en su propia dirección en sus intereses hasta que encontró una nueva sintonía, en una mirada, en una llamada, en un encuentro en el que sintió desde el primer momento que confiaban en él.

La palabra de su hermano Andrés, a pesar de sus reticencias, le había hecho ir al encuentro con Jesús, pero desde el primer momento sintió que había algo especial, porque sin conocerle ya le anunciaba que algo grande podría suceder en su vida. Y aunque manteniendo su trabajo con las redes en aquel lago había ido acercándose a Jesús. Con El se sentía invitado a algo nuevo, le anunciaba que otra sería su pesca cuando pasaba Jesús junto a ellos en las playas de aquel lago.

Y tras aquel momento en que él también había confiado en la palabra de Jesús, pues en su nombre había echado las redes cuando sabía que no había pescado, se había encontrado que en verdad algo nuevo había en Jesús pues la pesca había sido muy abundante. Entonces se sintió pequeño y pecador y casi quería irse lejos porque descubría que el misterio de Dios se manifestaba en Jesús. Pero Jesús le había dicho que en adelante sería pescador de otros mares, con otras redes, porque seria pescador de hombres.

Ya para entonces sus caminos serían los caminos de Jesús. Con Jesús recorrería las aldeas y poblaciones de Galilea y con Jesús subiría a Jerusalén. Su casa, por no decir su corazón, había comenzado a ser la casa de Jesús, pues en Cafarnaún se había establecido. Se sentía especialmente guiado por Jesús, porque a El y a otros que había llamado para conformar el grupo de los Doce les enseñaba las cosas del Reino de manera especial.

En aquellos caminos por los alrededores de Galilea, fuera casi de sus fronteras, allá en las fuentes del Jordán, había llegado un momento importante. Jesús hacía una encuesta, qué piensa la gente, qué pensáis vosotros del Hijo del hombre. Tras las generalidades que recogían las expresiones que les escuchaban a la gente, será Simón Pedro el que se adelante para dar la respuesta. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Y ahora había sido la confirmación de la promesa que se vislumbrara en aquel primer encuentro, porque Jesús le dirá, ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’.

Ya Pedro no veía sino por los ojos de Jesús, aunque hubiera momentos en que no entendiera del todo las palabras y los anuncios de Jesús. Había hablado Jesús de una nueva Pascua, porque había hablado de entrega y de muerte por amor, pero eso Pedro no lo podía entender, ni él quería tampoco permitirlo. ‘Eso no puede pasarte a ti’, aunque Jesús lo aparte a un lado como si fuera una tentación.

Pero seguía con Jesús, seguía empapándose de Jesús. En otro momento de crisis cuando incluso la gente abandona porque no entienden las palabras de Jesús, allá en la sinagoga de Cafarnaún cuando lo del pan de Vida, lo del pan bajado del cielo y lo de comer su carne, será Pedro el que responderá que a donde van a ir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna. Lo había encontrado todo en Jesús aunque en su audacia por estar cerca de Jesús, incluso después del prendimiento, dudará y se acobardará ante las palabras y preguntas de unos sirvientes porque ahora sí teme que a él le pueda pasar lo mismo.

Pero la mirada al paso de Jesús le había hecho comprender el error de aquel momento de debilidad, y más será cuando en un nuevo encuentro con Jesús, de nuevo junto al mar de Galilea, a pesar de su caída, Jesús le dirá que solo importa que le ame y que le siga amando. Sería pescador de nuevos mares, sería pastor de nuevos rebajos, ovejas y corderos que Jesús confiaba, seguía confiando a su cuidado.

Y todo había comenzado en un momento, en un encuentro, en una mirada quizás, en un sentir que alguien ya desde el primer momento confiaba en él. Bástenos en esta fiesta de san Pedro hacer este rápido de recorrido para que también nosotros nos hagamos preguntas. Un recorrido semejante podríamos hacer con aquel Saulo que un día se encontró con aquel Jesús a quien en este caso perseguía en el camino de Damasco. Desde ese encuentro también todo había sido distinto, porque ya luego no seria Saulo sino Pablo que se convertiría en el apóstol de los gentiles, y quien diría que su vivir era Cristo y nada más. También hoy lo recordamos y lo celebramos.

¿Cuál ha sido nuestro momento de encuentro con Cristo? No puede ser que simplemente nos hayamos acostumbrado a ser o a llamarnos cristianos desde siempre. Tenemos que detenernos un poco, pararnos a pensar en ese momento que habrá sido decisivo en nuestra vida para mantenernos firmes en nuestra fe y que se habrá convertido en ese motor, en esa brújula de nuestra existencia.

Habrá quizá que renovar y reavivar de nuevo ese momento para que de nuevo caldeemos nuestro espíritu para que lo pongamos en verdadera sintonía de amor. Como a Pedro, porque nosotros hemos sido y somos también muy débiles, Jesús nos está diciendo que con solo nuestro amor basta. Queremos seguir amando, queremos intensificar nuestro amor, queremos decirle también como Pedro, ‘Tú, Señor, lo sabes todo, Tú sabes que te amo’.


domingo, 6 de febrero de 2022

Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

 


Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

Tenemos nuestros proyectos en la vida, creemos tener unas habilidades o una preparación, una experiencia de la vida y conforme a eso vamos actuando, vamos desarrollando nuestra vida, nos trazamos nuestro futuro; muchas veces vivimos absorbidos por esa forma de vivir, por esos planteamientos que nos hemos hecho y que creemos que no nos va tan mal, que no pensamos en la posibilidad de un cambio, de que pudieran haber otros planes, otros planteamientos que nos hicieran cambiar. No es tanto que nuestra vida se convierta en una rutina, pero seguimos metidos en lo mismo, porque además creemos que ese es nuestro camino.

¿Cambiar? ¿Hacer las cosas de otra manera? ¿Emprender algo nuevo que nos pudiera resultar desconocido? No todos están dispuestos, aunque sabemos que hay valientes en la vida que están dispuestos a arriesgar. Pero nos lo tenemos que pensar.

Aquella mañana en la orilla del lago había ido transcurriendo con la normalidad de todos los días. Es cierto que habían regresado las barcas sin pesca, pero eso es algo a lo que en cierto modo están acostumbrados los pescadores. Pero las tareas que había que hacer con las barcas y las redes seguían su curso. Pero algo va a cambiar todo esto.

Aparece el nuevo profeta de Nazaret o de Galilea por la orilla del lago y pronto las gentes que estaban en sus tareas normales, o que habían venido a buscar pescado a las barcas se arremolinan en torno a Jesús. Ya lo iban conociendo, le habían escuchado en otras ocasiones, en la sinagoga o allí donde tenían la oportunidad de hablar con El o de escucharle; la noticia de sus signos milagrosos había corrido de boca en boca y ya la gente le traía a sus enfermos para que los curase. Hoy quieren escucharle, El quiere hablarles.

Una de las barcas – la de Pedro – sirve de tarima improvisada para ponerse en un lugar en cierto modo más alto para que todos le puedan ver y le puedan escuchar. Y allí Jesús estuvo enseñándoles mucho tiempo. Una Palabra de vida, una Palabra de esperanza, una Palabra que enardecía sus corazones, una Palabra que les hacia soñar en algo nuevo, un Reino nuevo de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Los pescadores también se habían puesto al lado de Jesús para escucharle, y justo por eso Pedro estaba allí en su barca al lado de Jesús. Y cuando terminó Jesús de hablar le pidió que remara de nuevo mar adentro, que se adentrara de nuevo en el lago y que echarla red para pescar.

¿Qué les está pidiendo Jesús? Todos sabían que se habían pasado la noche bregando y no habían cogido nada. Pedro lo sabía, él era un pescador avezado y cuando no hay pesca, no hay nada que hacer. Pero la Palabra que habían escuchado a Jesús les había hecho cambiar algo por dentro. Se habían suscitado nuevas esperanzas para sus vidas, y ¿por qué no creerle ahora que les pide algo que parece inusitado? Seguramente muchas dudas pasarían por el corazón de Pedro antes de responder o de hacer lo que Jesús le está pidiendo.

‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’, fueron sus primeras palabras; ‘pero, porque tú lo dices, en tu nombre echaré la red’. Aquello parecía fuera de toda lógica. Pedro era el que sabían bien cómo estaba el lago, Pedro era el conocedor de las artes de pesca, sin embargo cuando todo parece imposible, Pedro cambia su postura, y se va lago adentro para echar las redes como le está pidiendo Jesús. Era un riesgo, pero vamos a confiar.

Ya hemos escuchado el resto del episodio, las redes que parecen reventar, que los que están en la barca no son suficientes y llaman a los de las otras barcas, por allá andan también Santiago y Juan, los Zebedeos, echando una mano para recoger aquella redada de peces tan grande, todos están que no salen de su asombro. Pedro es el más sorprendido y se siente pequeño, se siente pecador porque allí está viendo la obra de Dios, se siente el último y es lo que le pide a Jesús. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’. Pero allí está la respuesta y la invitación de Jesús. ‘Desde ahora serás pescador de hombres’. Las cosas comienzan a cambiar en la vida.

Hoy momentos en que Dios nos sorprende. Hay momentos en que comenzamos a ver las cosas de manera distinta. Hay momentos en que nos salimos de nosotros mismos para descubrir que hay algo nuevo, que algo nuevo se puede emprender, que hay una nueva tarea delante y en la que tenemos que comprometernos. Hay momentos de luz donde vemos ese actuar de Dios, esa llamada de Dios, porque las cosas se nos cambian, porque nos sentimos transformados por su Palabra, porque nos toca el corazón.

Podemos descubrir otros planteamientos y otros caminos. Pero tenemos que saber dejarnos sorprender y humildes también dejarnos guiar aunque lo que se nos ofrezca nos parezca totalmente distinto. Aquella palabra que hablaba de pescador de hombres tenía que ser en cierto modo enigmática para aquellos pescadores acostumbrados a tener en sus manos unas redes para coger peces. Pero ahora se fiaron del todo y se fueron con Jesús.

Este evangelio nos puede estar pidiendo y planteando muchas cosas. Porque no solo nos quedamos en reflexionar lo que pasó aquella mañana en el lago de Tiberíades, sino que en el lago o mar de nuestra vida pueden estar ahora sucediendo muchas cosas si somos capaces de poner el corazón en sintonía. En este mar de la vida que vivimos quizás estamos necesitando otras visiones, otros planteamientos, otros valores para poder hacer la buena pesca que necesitamos hacer para que se haga mejor nuestro mundo. Una tarea quizás está queriendo poner el Señor en nuestras manos, pero tenemos que, como decíamos, dejarnos sorprender, escuchar esa Palabra que nos transforma y que nos da vida, esa palabra que nos está llamando a emprender caminos nuevos y tareas nuevas.

Metámonos en esa barca con Jesús y dejemos que El nos conduzca. Son muchas las cosas que podemos hacer ‘en el nombre de Jesús’.

martes, 30 de noviembre de 2021

Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

 


Saber ponernos a remar con confianza mar adentro en búsqueda constante de la señal de la vida y al tiempo saber escuchar la invitación para adentrarnos en otros mares

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Búsqueda y llamada. Dos palabras en las que quiero centrar el mensaje que hoy se nos puede ofrecer en esta fiesta de san Andrés.

¿Qué buscamos? ¿Qué buscas? ¿Qué esperas encontrar? Nos preguntamos a nosotros mismos cuando queremos algo en la vida. Nos hacen la pregunta cuando quizás nos encuentran donde no nos esperaban encontrar, o nuestro interlocutor se da cuenta de que hay poco común en nuestros intereses cuando nos encontramos en ese lugar. Nos la hacemos nosotros aclarando expectativas, comparando lo que se nos ofrece con lo que son nuestros deseos. Son muchas las pistas que se nos abren en esos caminos de búsqueda o en esos caminos de la vida. Es la inquietud que llevamos dentro ansiosos de algo mejor, de algo distinto, de algo que nos haga encontrarnos de verdad.

Quien en la vida se ha cansado de buscar y ha tirado la toalla de sus búsquedas entra en un camino de desolación y un camino de vacío quizás. Forman parte de lo más profundo de nuestro ser esas búsquedas que vamos haciendo en la vida y quizás nunca se acaban. Quien se siente desolado y se detiene en sus búsquedas entra en un camino de nada, un  camino de muerte de su ser existencial. Búsquedas que nos dejan insatisfechos porque queremos más, porque queremos lo mejor, porque queremos llegar más lejos, porque buscamos apuntar más alto. Cuántas cosas podemos decir del sentido de la búsqueda.

Fue la pregunta que les dirigió Jesús a aquellos dos discípulos de Juan que inquietos por lo que el Bautista anunciaba, pero también por sus palabras en aquella mañana, les habían puesto en camino. ‘¿Qué buscáis?’ Evidentemente Andrés andaba buscando algo cuando se había venido desde su Betsaida natal ahora a las profundidades del Jordán, allá cercano quizá a los desiertos de Judea, porque había un profeta que anunciaba algo. Pero no se había quedado en el Jordán, ante las palabras del Bautista se había puesto en camino de nuevo, ahora en compañía del joven Zebedeo detrás de aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ya solo por eso es merecedor de que lo tengamos en cuenta y nos fijemos en su vida.

Habían ido, habían estado con Jesús, y a la mañana siguiente ya se está convirtiendo en portador de buenas nuevas anunciándole a su hermano que habían encontrado al Mesías. Pero todo no se había quedado ahí. Aquella estancia con Jesús, aquellas palabras que escuchaba al nuevo profeta de Galilea seguían rondando en su corazón, pero él seguía en sus tareas, en sus obligaciones con su hermano y con la barca para salir a pesar y ganarse el sustento. Fue necesario otro paso. Y el paso fue el de Jesús a su lado, que se acercaba a ellos allá en la orilla del lago. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, había escuchado entonces y presto lo había dejado todo para seguirle.

O sería en aquel otro momento en que Jesús se tomaría prestada la barca para enseñar a la gente desde la orilla, pero luego les había invitado a remar mar adentro porque había que echar de nuevo la red para pescar, aunque en la noche anterior nada habían cogido.  Pedro, su hermano, había sido el más decidido en esta otra ocasión porque creyendo en la palabra de Jesús había echado la red a pesar de todo lo que lo aconsejaba en contra. Y la redada de peces fue tan grande que necesitaron pedir ayuda. Y ahora se había repetido la invitación del Maestro ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y claro que lo habían dejado todo. Había encontrado, pero sobre todo había sido llamado.

Es importante la búsqueda. Ha de ser una actitud fundamental en la vida. Está en ello nuestro vivir, nuestro ser, el sentido y el valor de la vida. Pero cuando nuestra búsqueda no se queda solo en el ras de tierra, sino que quiere elevarse en un más allá lleno de trascendencia, tenemos que saber tener la humildad de dejarnos encontrar, de ponernos a remar mar adentro con la confianza en el corazón y de escuchar la llamada tan importante para que todas nuestras cortinas se descorran y podamos encontrar la luz verdadera. Solo Dios va a descorrer esa cortina, solo Dios es el que va hacer esa llamada a nuestro corazón, solo Dios es el que abrirá ante nuestros pasos caminos de plenitud.

Busquemos, sí, pero escuchemos esa voz, esa llamada, esa invitación y traspasemos esa puerta sin miedo ni temor, que con quien nos vamos a encontrar es el que va a dar la mayor plenitud a nuestra vida. Hoy lo descubrimos en el camino y en la vida de Andrés, el pescador de Galilea, el hermano de Simón Pedro, el apóstol del Señor a quien estamos celebrando.