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jueves, 3 de septiembre de 2026

Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

 



Jesús quiere seguir contando con nosotros, darnos confianza y quitarnos los miedos, porque nos abre nuevos horizontes como pescadores y sembradores de esperanza

1Corintios 3, 18-23; Salmo 23; Lucas 5, 1-11

¿Estamos contentos con lo que hacemos? ¿Estamos contentos con nuestro trabajo? ¿Estamos contentos con los frutos, los beneficios, las ganancias, llamarlo como queramos, de ese trabajo que realizamos? ¿Vemos algún beneficio? ¿Nos sentiremos cansados y desilusionados alguna vez? Hay ocasiones aunque estemos haciendo lo que nos gusta, sin embargo, en cierto modo nos sentimos defraudados; parece que aquello no tiene fin, parece que nunca las dificultades se acaban, que cada día nos resulta más costoso y nos parece no tener aliciente. No es algo que me esté inventando, porque es la realidad del camino de cada día, cuando quizás nos falte algo que le pueda dar un colorido distinto, que nos pueda hacer renovar la ilusión.

Jesús había estado estado predicando, enseñando a la gente, allí en la orilla de la playa del lago pero se había reunido tanta gente que parece que la voz de Jesús no podía llegar a todos; se subió a una de las barcas que recientemente habían regresado de su faena, mientras los pescadores estaban poniendo en orden sus cosas; desde una de esas barcas, la de Simón Pedro y su hermano Andrés Jesús enseñaba a la gente, con esas palabras que llegaban al corazón de manera que la gente se quedaba entusiasmada escuchándolo. Cuántas esperanzas se habrían despertado con aquellas palabras de Jesús, que venían corroboradas por las noticias que les llegaban de los signos que Jesús iba realizando.

Al terminar su enseñanza le pide a los pescadores que vuelvan al lago, mar adentro, para echar de nuevo las redes para pescar. ¿ Cómo se sentirían cuando de nuevo les quieren hacer volver a la faena que tan poco fruto había obtenido aquella noche? ¿Estarían con ánimos como para reemprender de nuevo la tarea siendo además de día, que no era la hora más propicia para la pesca? Es la primera reacción de Pedro, ¿a qué me vienes ahora con esas? ¿Me vas a enseñar tú a mi cuando tengo que volver a pescar? Pero a pesar de sus cansancios, sus desalientos y desilusiones algo le estaba diciendo allá en lo hondo de su corazón que hiciera caso del Maestro.

No hemos cogido nada en toda la noche en que hemos estado de faena… ¿qué me está pidiendo? Como tantas veces nosotros en la vida cuando tenemos que recomenzar las cosas que se nos han ido abajo, cuando tenemos que seguir con la tarea de la siembra a pesar de que aparentemente no hay cosecha porque nada se recoge, porque las cosas no cambian, porque seguimos encontrándonos con las mismas dificultades, porque nos parece un trabajo infructuoso a pesar de tanto esfuerzo, porque vemos que no hay respuesta, que parece que la gente no termina de entusiasmarse por cosas importantes y siguen con sus superficialidades. 

Son muchas las situaciones en que nos encontramos en el trabajo de nuestras responsabilidades que no tienen luego correspondencia en aquellos con los que trabajamos, son muchos los desalientos que sentimos cuando parece que nuestro compromiso es inútil porque nadie responde, pensamos en nuestra tarea de educadores, en la tarea de los padres, en los compromisos sociales en que nos hemos comprometido, en nuestra tarea también en medio de la Iglesia con nuestro apostolado.

‘Hemos pasado la noche de faena y no hemos cogido nada, pero en tu nombre, porque tú me lo dices y me lo pides, echaré las redes’, fue finalmente la respuesta de Pedro Y ya hemos escuchado la redada tan grande de peces que las redes se rompían y hubo que llamar a los compañeros de la otra barca para no perder aquella oportunidad. ¿Lo llegaremos a ver nosotros también? ¿Será esa nuestra conciencia de lo que sucede o nos habrá faltado algo, ese ‘en tu nombre’ con el que Pedro lanzó de nuevo la red al lago?

Cansancios y desalientos no nos faltan, como le estaba sucediendo a aquellos pescadores del mar de Galilea, pero quizás nos falta la fe de Pedro, nos falta ser conscientes de esa luz que nos ilumina, nos falta esa oración confiada y humilde a pesar de que parezca que ya no podemos más, nos falta ese reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida y en lo que hacemos. No llegamos a decir como Pedro ‘¡apártate de mi que soy un hombre pecador!’.

Jesús quiere seguir contando con nosotros; Jesús tiene una tarea y una misión que encomendarnos; Jesús quiere darnos confianza y que quitemos de una vez por todas nuestros miedos; Jesús quiere abrirnos nuevos horizontes, pero para eso es necesaria nuestra confianza y nuestra humildad. ‘No temas, de ahora en adelante será pescador de hombres’.


domingo, 26 de octubre de 2025

Ojalá aprendamos a bajarnos de los pedestales de la autosuficiencia, prestigios y prepotencias para aprender a ir al encuentro con el Señor y también con los demás

 


Ojalá aprendamos a bajarnos de los pedestales de la autosuficiencia, prestigios y prepotencias para aprender a ir al encuentro con el Señor y también con los demás

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19ª; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8. 16-18; Luc. 18, 9-14

La prepotencia es una cosa tan apetitosa y tan engañosa que cuando menos lo esperamos a pesar de las cosas bonitas que digamos de la humildad pronto nos vemos revestidos de esa vanidad. Decimos que somos humildes pero no dejamos nadie se nos atraviese por delante y ocupe aquel lugar que nosotros apetecemos; mejor que nosotros no hay nadie y nadie podrá hacer las cosas tan bien como lo hacemos nosotros; vemos como aparecen los reflujos del orgullo y de la vanidad; pronto diremos que somos muy buenos y que hacemos tantas cosas buenas, la lista la sabemos elaborar sin titubeos, que nadie podrá llegar al talón de nuestro zapato. Pero cuando se desinflen esos ropajes cómo nos vamos a ver, qué va a quedar de nosotros. Por mucho que levantemos el talón pronto nos vamos a ver descalzos.

El evangelio es claro. Nos dirá incluso el evangelista que ‘Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es la conocida parábola de los dos hombres que suben al templo a orar, uno era un fariseo y el otro un publicano. Ya conocemos por el resto del evangelio la prepotencia con que se distinguían aquellos dirigentes del pueblo que se creían los mejores y los más cumplidores. Formaban un grupo religioso muy radical a la hora de interpretación de la ley pero no se destacaban precisamente por su humanidad. Aunque opositores casi por principios a la renovación que Jesús ofrecía en el anuncio del Reino de Dios que podía ir contra sus intereses y posicionamientos, algunas vemos que quieren agraciarse con Jesús y le invitan incluso a comer a su casa.

Por el contrario conocemos el desprestigio con que se tenía a aquellos cuyo oficio es la recaudación de los impuestos y de alguna manera por su poder económico en cierto modo se convertían en los prestamistas ante las necesidades económicas de los demás. Ya sabemos que donde suenan los dineros en los bolsillos está también la tentación de la codicia y de la usura, lo cual ya de por si ponía una marca a todos los que tenían este oficio siendo despreciados de forma habitual. En el evangelio veremos al publicano que quería ver a Jesús y en su encuentro con El, porque Jesús quiso hospedarse en su casa, todo cambió en su vida, devolviendo, compensando y compartiendo para comenzar una nueva vida. De entre ellos Jesús escogería, sin embargo, a uno para ser del grupo de los discípulos más cercanos, a los que llamaría apóstoles.

Hoy encontramos la contraposición entre unos y otros, en la actitud con que ambos oraban a Dios en su subida al templo. Al fariseo lo veremos allí de pie en medio de todos - ¿no eran los que tocaban campanillas a su paso sobre todo cuando iban a hacer alguna limosna? ¿No eran los que buscaban respeto y veneración ocupando los primeros puestos allá por donde iban? – así era la oración que dirigía al Señor. No soy como esos… yo pago mis impuestos… yo hago limosna… yo soy siempre un fiel cumplidor de la ley… yo, yo, yo... ¿Se estaba dirigiendo a Dios o estaba haciendo una apología de sí mismo?

Mientras el publicano allá en un rincón no se atrevía a levantar los ojos del suelo. Su oración no era letanía de bondades sino que era súplica humilde. ‘Apártate de mí que soy un hombre pecador’, había dicho un día Pedro allá en la barca cuando la pesca milagrosa porque vio la obra de Dios. ‘No soy digno de que entres en mi casa…’ decía aquel centurión que aunque tenía su grandeza y su poder en razón de su servicio, no se sentía digno de que Jesús entrara en su casa, pero manifestaba sin embargo la confianza absoluta en la palabra de Jesús. ¿Y no podemos recordar aquí la humildad de María en Nazaret cuando el anuncio del ángel para sentir que ella era solamente la esclava del Señor y que se cumpliera en ella su palabra?

‘Ten piedad de mí que soy un hombre pecador’, repetía humildemente aquel publicano allá al fondo del templo. ‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos’, que rezamos con el salmo. ‘La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino’, que nos decía el libro del Antiguo Testamento.

¿No podríamos recordar aquí el cántico de María en el que proclama ‘que el Señor derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes’? El evangelio terminará diciéndonos que ‘el publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

¿Nos servirá de lección para nuestra vida? Con corazón humilde vayamos al encuentro del Señor y nos llenaremos de su amor pero además aprenderemos también ir con espíritu humilde al encuentro de los demás ofreciendo siempre el abrazo de nuestra amistad, de nuestra comprensión y nuestro perdón. ¿Terminaremos bajándonos de los pedestales de nuestras autosuficiencias, nuestros prestigios y prepotencias?


sábado, 29 de marzo de 2025

Dejemos las vanidades a un lado que Dios conoce nuestro corazón y seamos humildes para envolvernos de misericordia

 


Dejemos las vanidades a un lado que Dios conoce nuestro corazón y seamos humildes para envolvernos de misericordia

Oseas, 6, 1-6; Sal. 50;  Lucas, 18, 9-14

No voy a pensar ni que sea frecuente o lo estemos viendo todos los días, pero sí nos encontramos alguna vez con alguna persona de la que alguien podía pensar que no tiene abuela. ¿Qué quiero decir con esto? Las abuelas son las que mejores alabanzas hacen de sus nietos, porque no hay un niño más hermoso que él, porque sabe mucho y es muy listo y ha tenido mucha suerte en la vida, porque es la persona mejor del mundo y todo el mundo habla bien de él... y así se prodigan las alabanzas porque no hay nadie como él; claro quien ya no tiene abuela que haga el cántico de sus alabanzas se las hace el mismo, y nos hará contando las maravillas que realiza en la vida, lo bueno y honrado que es, las cosas que hace por los demás, porque nadie se interesa por las cosas del pueblo, o del trabajo, y si yo no lo hago nadie lo hace, y así seguirá en una letanía interminable de sus milagros y de las grandes cosas que hace. Seguramente conoceremos más de uno que tiene siempre el 'yo' en la boca, porque no sabe decir nada que sea alabanzas para todas las cosas que hace.

Bueno, jesus hoy en el evangelio nos está describiendo un hombre así. Ya nos dice el evangelista que 'por algunos que confiaban en si mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás' jesus les propuso esta parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar. Un fariseo y un publicano. ¿Qué buscaban en su oración, en su presentarse ante Dios en el templo santo? Uno solo pretendía justificarse a si mismo haciendo un listado de todas las cosas que hacía, pero el publicano que solo quería alcanzar la justificación de Dios porque se consideraba pecador. Nos detalla bien Jesús en la parábola la postura del uno y del otro.

Yo no tengo pecado, estamos tentados a decir tantas veces, y ya conocemos la clásica cantinela de yo no mato ni robo; si yo soy bueno, porque cuando puedo ayudo a los demás; si yo me porto bien porque hago mis limosnas, mando un ramo de flores para la Iglesia; a mi nadie me puede echar en cara nada porque trato de ser honrado y no voy haciendo escándalos por ahí.

Y nos ponemos medallas, y buscamos halagos y reconocimientos, y queremos que siempre recuerden aquello que un día hice para la Iglesia... pero no somos capaces de mirarnos por debajo de todas esas apariencias y vanidades qué es lo que realmente nos queda en el corazón, no nos damos cuenta cómo el orgullo nos envuelve y tendemos enseguida a subirnos en pedestales, y vamos tan engreídos por la vida que no nos damos cuenta de las distancias que estamos creando con los que nos rodean, porque con todos no podemos mezclarnos.

'Yo no soy como ese publicano', que pensaba y de lo que alardeaba aquel fariseo, allí en pie en medio de todos para que lo vieran cómo él sí que rezaba, él sí que ponía sus limosnas y que sonaran bien fuertes en el cepillo del templo.

Y el publicano, nos dice, no se atrevía a levantar los ojos del suelo y solo ante la inmensidad de Dios que él sí sentía que llenaba el templo, no sabía decir otra cosa que reconocerse pecador y pedir la misericordia y la compasión de Dios. No sonarían las monedas en el cepillo del templo para que todos vieran lo que él hacía, pero Dios si miraba su corazón humilde, como un día jesus se fijara en aquella pobre viuda que echo sus dos monedas en el cepillo del templo con generosidad aunque fuera lo que único que tenía para comer.

A aquella viuda de Sarepta de Sión que fue capaz de compartir con el profeta aquel cuartillo de aceite que le quedaba y aquel puñado de harina para hacer un panecillo para ella y su hijo que nada mas tenían no le faltaría luego nada porque el Señor nos gana siempre en generosidad. Aquel publicano que quiso pasar desapercibido al fondo del templo pero que con humildad se sentía pecador en la presencia de Dios si salió del templo justificado porque salió envuelto en el amor y la misericordia de Dios.

'Por algunos que confiaban en si mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás', nos decía el evangelista que Jesus había propuesto esta parábola. Nos toca sacar las conclusiones para nuestra vida. ¿Con que actitud vamos nosotros por la vida? ¿Seremos también de los que vamos avasallando a los demás porque nos creemos o nos sentimos superiores? Seamos sinceros y preguntémonos a nosotros mismos ¿cómo nos vemos en relación a la gente que nos rodea?

Porque puede ser que algunas costumbres o rutinas que tenemos en la vida y en el trato con los demás no tienen tanta delicadeza como aparentan, también nosotros llevamos debajo de apariencia de buenos o de gente normal algunos orgullos, algunas actitudes que crean abismos en lugar de puentes, algunas distancias que queremos mantener con algunas personas porque no nos parece bien que nos vean con ellas, algunas suspicacias que nos llevan a la desconfianza porque decimos que no en todo el mundo podemos confiar de la misma manera, y así podríamos seguir fijándonos en muchas de nuestras posturas y actitudes.

Y según estamos actuando así en nuestra relación con los demás será también la postura con la que nos presentemos ante Dios en nuestra oración. ¿No estaremos algunas veces actuando con Dios como a la compraventa? Yo te prometo... yo haré... yo iré a tal santuario... ¿a cambio de qué?

Muchas cosas tendríamos que revisar. Sigamos dejándonos conducir por la palabra de Dios que cada día vamos escuchando para que hagamos un auténtico camino que nos lleve hasta la Pascua.

 

domingo, 9 de febrero de 2025

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

 


Vayamos mar adentro, nos dice Jesús, metiéndonos en las fragosidades de esos mares que a veces se hacen tenebrosos y aparecen tormentas para echar de nuevo las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Salmo 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

¿Por qué si yo sé que de ahí no se saca nada tengo que volver a intentarlo de nuevo? Es el estado de desánimo en que nos vemos envueltos ante los fracasos de la vida; no se puede, ahí es imposible, de ahí no se puede sacar nada. Y en ocasiones nos cruzamos de brazos, nos vamos para otra parte, buscamos otras cosas. Todo se nos vuelve oscuro y lo damos por imposible.

Hoy Jesús nos quiere hacer pensar, porque actitudes así no son positivas para la vida, porque no podemos darnos por vencidos ante las dificultades que se nos presentan, porque la sensación de fracaso es mala compañera para hacer los caminos de la vida, porque no nos podemos acobardar, porque también los caminos de nuestra vida cristiana tienen sus altos y bajos y Jesús nos está enseñando que tenemos que remar hacia delante, mar adentro, aunque nos parezca tormentoso ese mar o nos parezca que no podemos sacar fruto y una y otra vez tenemos que seguir echando las redes.

Vayamos por partes en el evangelio. Junto a la orilla del lago la gente se reúne en torno a Jesús porque quieren escucharle. Ya no es la sinagoga, ahora es allí donde la gente está, donde hace su trabajo, junto a los pescadores que repasan sus redes después de una noche de trabajo, donde la gente ha venido quizás es búsqueda de ese pescado que necesitan para su comida, allí donde está la vida de la gente. Es importante el detalle.

Para que todos puedan mejor escucharle se sube a una de aquellas barcas que está meciéndose en la orilla; desde allí todos pueden verle y pueden escucharle. Y nos dice el evangelista que se puso a enseñarles. Ahora no es tan importante para nosotros lo que Jesús en aquel momento les dijera, son importantes los gestos y detalles.

Cuando terminó de hablar les pide a los pescadores que remen de nuevo mar adentro para echar de nuevo las redes. La barca es la de Simón Pedro; quizás con desconcierto, porque quizás lo que en ese momento necesitaban más era descansar hace caso sin embargo a Jesús; pero hay una queja, por así decirlo, ellos han estado toda la noche bregando intentando coger algo y no han conseguido nada; son esos días malos en que las cosas no salen, pero Jesús les está pidiendo que de nuevo echen las redes. Y Pedro dice que sí, que porque Jesús lo dice, en su nombre echará de nuevo la red. ¿Quizás podríamos pensar para hacerle ver a Jesús que no hay nada y que de pesca son ellos los que entienden? Podríamos pensarlo, pero parece que en el fondo Pedro no termina de pensar así, porque en su nombre, en nombre de aquel a quien ha visto curar a los enfermos y expulsar a los demonios, va a echar la red. Confianza tiene que haber en el corazón.

La redada de peces es tan grande que llamarán a los compañeros de las otras barcas para que les ayuden a recoger la red, pero Pedro más que sorprendido se siente sobrecogido porque un misterio grande está descubriendo. ‘Apártate de mi, que soy un hombre pecador’, le dice a Jesús. Pero para El Jesús tiene una misión, ‘serás pescador de hombres’.Y serán capaces de dejarlo todo para seguir a Jesús.

Jesús nos está diciendo que vayamos allí donde está la vida, donde están los sufrimientos, donde están las ansias más profundas de los corazones, allí donde caminamos y hacemos la vida de cada día; Jesús no se quedó ni en la sinagoga ni en el templo, fue allí donde los pescadores, donde están los hombres y mujeres del pueblo con sus trabajos y sus negocios, a la plaza pública, al mercado, por así decirlo; entre ellos se mezcla, sus mismos instrumentos de trabajo utiliza, de las cosas que les suceden cada día les habla, porque hablará del sembrador o de la mujer que limpia la casa, de los que hacen los negocios buscando sus ganancias y de los que muchas veces se sienten fracasos porque sus terrenos de llenan de cizañas, y se pondrá junto al paralítico con sus muletas o su camilla, o se detendrá junto al ciego del camino.

Vayamos mar adentro, nos dice Jesús. Metámonos en esas fragosidades de la vida, en esos mares que a veces se hacen tenebrosos y en los que pueden aparecer tormentas; no pretendamos que siempre sea el camino fácil y vamos a obtener la cosecha al cien por cien, pero tenemos que sembrar la semilla, esparcirla por el mundo que aunque algunos la pisoteen siempre habrá alguien que le deje sembrar en su vida. Es la tarea de los cristianos, es el camino en el que nos pone Jesús, es la pesca que tenemos que realizar porque nos quiere pescadores de hombres aunque no sea fácil, finalmente nos dirá que El siempre está con nosotros.

¿Seguiremos cruzados de brazos? ¿Seguiremos entretenidos en lo que nos parecen mares en calma tras el muro de nuestros templos? ¿Seguiremos entretenidos en remendar nuestras redes cuando hay tantos mares que surcar, tantos lugares a donde ir a esparcir la semilla? ¿Seguiremos con nuestros miedos y cobardías, con nuestros temores y nuestras rutinas de lo que siempre hacemos porque nos parece que no se puede hacer otra cosa, con nuestros entretenimientos piadosos sin llegar a un compromiso de verdad con ese mundo que está ahí a nuestro lado?

No sigamos por el camino trillado que nos lleva de nuestra casa a la iglesia para cumplir y volvemos de nuevo a nuestras cosas sin atrevernos a mirar la realidad que nos circunda, porque quizás a veces nos da miedo o produce intranquilidad. Algo nos está fallando a los cristianos, algo nos está fallando en nuestras comunidades y en nuestra iglesia.

jueves, 6 de julio de 2023

Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

 


Aprendamos a mirar a los ojos para entrar en la onda de la confianza desterrando recelos, sospechas y prejuicios a la manera de Jesús que quiso contar con Mateo

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105; Mateo (9,9-13

Me van a permitir que comience con una pregunta que me hago a mi mismo, y que me da vergüenza la respuesta que tendría que dar. Cuando vas por la calle y te encuentras tu mismo camino, por la misma acera, una persona, de esas que tantas veces rechazamos por su apariencia, por lo que sabemos, o algunas veces simplemente sospechamos, de lo que se dedica en su vida, que nos resulta sospechosa y desconfiamos evitando entrar en contacto o en algún tipo de relación, esta es la pregunta, ¿nos habremos detenido alguna vez a mirarle a los ojos?

Es una de las formas de nuestras evasivas, incluso si necesariamente tenemos que detenernos a hablar con esa persona, seguro que nuestra mirada andará perdida, pero probablemente no somos capaces de mirarle a los ojos, porque nos sentiríamos obligados a un tú a tú de conversación directa, de interés por la persona, de tender incluso nuestra mano en un saludo. ¿Cómo nos sentimos con nuestras reacciones? ¿Dónde buscamos argumentos para justificarnos?

Me ha hecho pensar en este hecho concreto lo que nos narra hoy el evangelio. Jesús se ha detenido junto a la garita de un publicano. Ya sabemos cómo era considerados entre los judíos, por decirlo pronto y fácil, llamarlo publicano era decir que era un pecador. En su entorno se olía todo lo que significar usura, por la forma de cobrar los impuestos, pero también todo lo que rodeaba ese mundo de prestamos y finanzas; además para un judío se le consideraba como un colaboracionista con el poder romano que venía avasallando e imponiendo sus impuestos, en detrimento de lo que pudiera ser beneficio para el pueblo de Israel. Era una fama realmente bien ganada.

Y allí se detiene Jesús y le habla directamente a quien allí está ejerciendo su oficio. No va a ser una conversación cualquiera, sino que era una invitación. Y una invitación no la podemos hacer si no miramos a la cara a quien vamos a invitar. Por eso en lo que hoy quiero fijarme es en esa mirada de Jesús a Mateo, de tal manera que se sintiera interpelado por la palabra de Jesús y cogido en su corazón para dar la respuesta de seguir a Jesús.

Jesús mira más allá de lo que puedan ser las apariencias externa, lo que sea la consideración que los demás puedan tener de esa persona, incluso de lo que haya sido esa persona en su vida, pero la mirada de Jesús es un querer contar con la persona, la mirada de Jesús no es una mirada de reproches sino de confianza, la mirada de Jesús es una invitación que llega al corazón. Y Mateo, que sostuvo aquella mirada, dio respuesta.

Por allá andarían los desconfiados de siempre pensando en sus cavilaciones de siempre donde se da por sentado la condena de la persona, y no terminarán de entender la decisión de Jesús. ¿Cómo iba a contar Jesús entre sus amigos a un recaudador de impuestos con toda la fama que traía consigo? Para más escándalo Jesús se sienta en la mesa de aquel hombre donde estarán también todos los considerados publicanos y pecadores.

¿No tendremos que ir aprendiendo nosotros a mirar a los ojos de los demás, también de esos que tantas veces descartamos y de una forma o de otra vamos marginando en la vida? ¿Seremos capaces de entrar en esa onda de la confianza desterrando de nuestro pensamiento sospechas y prejuicios, siendo capaces de creer siempre en la persona por encima de todo?

sábado, 18 de marzo de 2023

No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

 


No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Hoy a donde quiera que vamos llevamos el ‘currículum vitae’ bajo el brazo. Todo se ha convertido algo así como un concurso de méritos y en nuestra historia de vida vamos acumulando cosas, papeles, títulos, documentos que nos certifiquen lo que hemos hecho para tener merecimientos para continuar nuestra carrera de ascensos; algunas veces son cosas que hicimos por rutina, cursos que hicimos muchas veces por cumplimiento sin mostrar ni el más mínimo interés, pero podemos tener un papel más, un documento más que aumente nuestras posibilidades.

¿Pero todo en la vida es así? ¿Todo en la vida lo podemos convertir en eso? Claro que tendríamos que preguntarnos cuales son los verdaderos valores que tendríamos que tener en cuenta. Pero tampoco podemos quedarnos en esos protocolos que nos exige la vida y traspasar esos estilos de merecimientos a nuestras relaciones con Dios. Muchas veces decimos, es cierto, cuantas misas yo he escuchado, cuantos rosarios he rezado, cuantas veces hice los primeros viernes, cuantas cosas buenas yo he hecho, ¿serán un merecimiento ante Dios? ¿Nos valdrán para presentarnos con títulos de exigencias a Dios, cuando quizás aunque haya hecho esas cosas, he tenido a Dios tan ajeno a mi vida, tan alejado de mi vida real?

De cuántas autosuficiencias vamos llenando la vida. Títulos que colgamos de la pared y que nos sirven bien de adorno en nuestra casa. Pero ¿todo se puede quedar en un adorno, algo de lo que presumir? El Evangelio de hoy nos hace pensar.

Ya nos dice para comenzar el evangelista que Jesús nos propone esa parábola por algunos que se tenían por justos, confiaban solo en si mismos y despreciaban a los demás. ¿Así andaremos nosotros? con corazón abierto, con espíritu humilde tenemos que presentarnos ante Dios para escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esta parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar.

Allí está el fariseo, de pie, en medio de todos, mirando por encima del hombro a todos los demás, cantando como el gallo que ufano extiende sus alas en medio del gallinero para hacer el listado de todas las cosas buenas que hace y con lo que se presenta ante Dios. El no es como lo demás, y dice bien. No es como los que van con sencillez y humildad por la vida, porque solo pretende subirse a pedestales para que le muestren reverencia. Y ahora desde ese pedestal poco menos que quiere dirigirse a Dios de tú a tú con su currículum, con sus méritos, con sus exigencias, con sus ‘derechos’.  Y nos dirá Jesús que bajó del templo con el rabo entre patas, porque de ninguna manera sintió justificación en su corazón.

Pero allí está en un rincón el que no se atreve a levantar la cabeza. El sabe que es pecador y es lo único que puede presentar ante Dios, aunque su pecado no le valga para ningún merecimiento. Es su único currículum que puede atreverse a presentar. Pero es el hombre que no confía en si mismo porque sabe de su debilidad, no es el hombre que cacarea sus hazañas, porque lo único que recuerda son sus debilidades y fracasos en la vida, pero aun así se atreve a acercarse a Dios, porque sabe que Dios es compasivo y misericordioso. Su única palabra es ten compasión de este pecador, acogerse a la misericordia y a la compasión de Dios que es amor. Y se llenó de Dios, porque la humildad junto con su amor era la llave que le abría la puerta para encontrarse con Dios.

¿Y nosotros? ¿Qué llevamos en nuestras manos cuando nos presentamos ante Dios? ¿Sabremos encontrar esa llave de la humildad que nos abre los ojos para contemplar y vivir lo que es la misericordia de Dios? No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por las vanidades de este mundo, nos encontraremos en el corazón de Dios.

martes, 15 de noviembre de 2022

Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, poniendo trabas y barreras, desconociendo esa nueva presencia de Dios y Jesús pase de largo

 


Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, poniendo trabas y barreras, desconociendo esa nueva presencia de Dios y Jesús pase de largo

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Sal 14; Lucas 19, 1-10

¿Cuál hubiera sido nuestra reacción? Alguien que llega y por la cara nos dice sin que nosotros lo hayamos invitado ni tengamos mayor confianza o amistad que quiere quedarse en nuestra casa. Seguro que nos lo hubiéramos pensado. Quizás nos veamos comprometidos y busquemos alguna solución, o si no nos queda más remedio más que corriendo busquemos un lugar, una habitación, una cama para quien que se ha auto invitado, pero nos quedarán los recelos dentro de nosotros.

Sin embargo en lo que nos cuenta el evangelio no fue así. Zaqueo no conocía a Jesús pero quería conocerlo, al menos, verlo pasar cerca. Entre su tamaño por una parte y los recelos de la gente hacia los recaudadores de impuestos, de modo normal poniéndose en la calle al paso de Jesús parecía imposible; pero el no cejaba en su empeño y no tuvo reparo en subirse a la higuera por donde había de pasar Jesús; además oculto entre los ramajes podría pasar desapercibido y evitar un desprecio más de la gente.

Pero fue Jesús quien se detuvo al pie de la higuera, y ahora no buscaba higos porque tuviera hambre como en otra ocasión, sino que tenía hambre de un corazón, quería hospedarse en la casa de Zaqueo. Por eso, se auto invita, le dice a Zaqueo que quiere quedarse en su casa, aunque esto pudiera ser señal de algo más que estaría buscando Jesús. Y Zaqueo no tuvo reparo en abrir con alegría las puertas de la casa para recibir a Jesús y ofrecerle todos los mejores signos de la hospitalidad con un banquete.

Los recelos no fueron de Zaqueo porque Jesús quisiera ir a su casa, los recelos estaban en aquellos que como siempre están observando a la distancia a ver lo que sucede, porque Jesús ha ido a hospedarse a la casa de un pecador. Los habían tenido también cuando Leví había invitado a Jesús a su casa, después que Jesús le invitara a seguirle. Pero el médico busca a los enfermos y ofrece los medios para que encuentren la salud. Es lo que Jesús está haciendo ahora hospedándose en la casa de Zaqueo.

La salvación llegaba a aquella casa. No se habían cerrado las puertas sino que se habían abierto los corazones. Se habían abierto los corazones para vaciarse porque era la manera en que Jesús ocupara su lugar en aquel corazón. ‘Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más’.

‘Hoy ha sido la salvación para esta casa’, proclamará Jesús. Ahora sí que Zaqueo estaba cerca del camino del Reino de Dios, había vaciado su corazón para llenarlo de lo que verdad merece la pena; había vaciado su corazón porque de todo se desprendía para que Dios habitara en él. Ya había habido buena disposición aunque él se sentía un pecador. El rechazo de la gente no dejándole sitio, no dejándole pasar, criticando ahora a Jesús incluso porque haya venido a hospedarse en su casa, estaban manifestando lo que sentía en su corazón.

Pero había buena disposición; pudo haberse quedado en su casa, pues en fin de cuentas aquella comitiva era una más de las que se dirigían a Jerusalén para la pascua, sin embargo se echó a la calle en búsqueda de conocer a Jesús. ¿Estaría sintiendo una llamada en su corazón?

Cuántas veces sentimos el impulso de hacer algo distinto, algo no habitual en lo que acostumbramos a realizar, y nos quedamos en la duda, vamos o no vamos, hacemos o no hacemos. Y alguna vez podríamos estar cerrando puertas. Zaqueo las abrió y se echó a la calle no teniendo reparo en subirse finalmente a una higuera para ver el paso de Jesús. Tampoco tuvo reparo en llevar a su casa a Jesús, cuando Jesús se auto invita. Como solemos decir, la breva se cayó de madura, allí estaba su decisión final, optaba de verdad por el Reino de Dios.

¿Abriremos nosotros las puertas para quien viene a nosotros y en quien tenemos que saber descubrir a Jesús? ¿Nos dejaremos acaso arrastrar por el qué dirán los que están en nuestro entorno? Cuidado sigamos encerrados tras nuestros recelos y desconfianzas, sigamos poniendo trabas y barreras, sigamos desconociendo esa nueva presencia de Dios que quiere llegar a nuestra casa y Jesús pase de largo por nuestra vida.

domingo, 23 de octubre de 2022

Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

 


Si no somos sinceros con nosotros mismos, no lo seremos con Dios ni con los demás, quitemos las pantallas de las vanidades y vivamos con humildad

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19ª; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 16-18; Lucas 18, 9-14

Si no somos sinceros con nosotros mismos, ni seremos sinceros con Dios ni seremos sinceros con los demás. Y ser sincero consigo mismo es conocer su propia realidad, reconocerla, sin poner pantallas, sin poner sombras que difuminen la realidad, pero también sin subirnos en pedestales, aunque también tengamos la humildad del reconocimiento de los dones recibidos. María reconoció que en su pequeñez el que es Poderoso hizo obras grandes, pero eso no le impidió reconocerse como la humilde esclava del Señor y ponerse en actitud permanente de servicio a los demás.

Pero algunas veces confundimos la palabra sinceridad con vanidad; y entonces comienza a aumentar la cuenta de lo que presentamos para exigir reconocimientos; entonces comenzamos a aislarnos de los demás, para que a nosotros no nos confundan con cualquiera, y pondremos barreras, y colocaremos pedestales  donde nos subimos para hacer alarde de lo bueno que somos; y por medio una soberbia que no tiene límites – que venga alguien y no reconozca mis méritos, que va a saber quien está aquí – y comienzan los desprecios porque nadie será capaz de hacer lo que yo hago. Nos encontramos tantas veces repitiendo el yo y el yo que dije, que hice, que estuve, que… está pidiendo alabanzas, en una palabra. De sinceridad nada, de vanidad y orgullo mucho es lo que nos envuelve, aunque muchas veces somos muy sutiles y sabemos disimularlo para que no se note tan a la descarada, pero ahí está.

Es en lo que Jesús quiere hoy hacernos recapacitar con esta pequeña parábola del Evangelio, de los dos hombres que subieron al templo a orar. Qué distinta la postura y qué distinta la oración. Uno erguido allí en medio para que todos lo vean, el otro oculto en último rincón porque no se considera digno de entrar al lugar santo. Uno todo alabanzas, pero no a Dios, aunque dice que da gracias a Dios, pero es por su vanidad, por su orgullo, por todas las cosas importantes -  o eso cree él – que es capaz de hacer; el otro pocas palabras, todo humildad, para reconocer sí, que es un pecador pero para invocar la misericordia y la compasión del Señor. No es necesario que entremos en demasiados detalles, porque ya vemos de lo que somos capaces.

Si el afligido invoca al Señor, él sabe que Dios siempre lo escucha porque tiene compasión del pecador, porque ‘el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él’. Terminará diciéndonos el evangelio que ‘el pecador bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Había sido sincero consigo mismo cuando se sentía pecador, fue sincero con Dios porque no iba a hacer alarde de ninguna cosa que hubiera hecho, era en verdad engrandecido a los ojos de todos, porque ante todos se presentaba según su condición. No había vanidad en su corazón, sino humildad y reconocimiento de su condición pecadora. Cuánto nos cuesta reconocerlo. Queremos mantener siempre la imagen de que somos buenos, nuestro prestigio. Cuánta vanidad envuelve nuestra vida. Por eso decirlo de una forma genérica puede ser hasta bonito y parece que quedamos bien, pero decirlo con la realidad de pecado en nuestra mano parece que nos humilla, pero es lo que en verdad nos engrandece.

Si en el camino todos somos cojos, cada uno arrastramos nuestros pies con nuestros propios tropiezos; tendríamos que aprender a tener una mirada distinta, pero también a presentarnos de una forma distinta ante los demás, reconociendo nuestra debilidad, sabiendo que necesitamos una mano que nos levante en tantos tropiezos que vamos teniendo en el camino; pero ya nos arreglamos para disimular nuestras cojeras, nuestras limitaciones, para que nuestro amor propio no se sienta herido.

Al final piensa que quien te aprecia de verdad no le importarán tus limitaciones y seguirá apreciándote por lo que tú eres y sabrá agradecer los momentos de luz que a pesar de tus sombras le hayas podido ofrecer alguna vez en la vida; quien no es capaz de valorarte por lo que eres y siempre tiene en cuenta algo que un día hiciste que no era bueno, seguro que está ocultando mucho de su vida en esa postura de orgullo y vanidad que se mantiene ante ti. Camina siendo capaz de unirte a esas personas que a pesar de sus debilidades quieren caminar y te ofrecen también una mano para seguir haciendo el camino, sabrás sentir en tu corazón el gozo de lo que es un verdadero aprecio y amistad.

Pero podrás sentir por encima de todo el gozo de un Dios que te ama y quiere seguir contando contigo. ¿Con quiénes se reunía especialmente Jesús? Con los pecadores, con los publicanos, con las prostitutas porque a la larga ellos estaban más cerca del Reino de Dios.

domingo, 6 de febrero de 2022

Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

 


Hay momentos en que Dios nos sorprende y comenzamos a ver las cosas de manera distinta, en el nombre de Jesús seamos capaces de echar las redes

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11

Tenemos nuestros proyectos en la vida, creemos tener unas habilidades o una preparación, una experiencia de la vida y conforme a eso vamos actuando, vamos desarrollando nuestra vida, nos trazamos nuestro futuro; muchas veces vivimos absorbidos por esa forma de vivir, por esos planteamientos que nos hemos hecho y que creemos que no nos va tan mal, que no pensamos en la posibilidad de un cambio, de que pudieran haber otros planes, otros planteamientos que nos hicieran cambiar. No es tanto que nuestra vida se convierta en una rutina, pero seguimos metidos en lo mismo, porque además creemos que ese es nuestro camino.

¿Cambiar? ¿Hacer las cosas de otra manera? ¿Emprender algo nuevo que nos pudiera resultar desconocido? No todos están dispuestos, aunque sabemos que hay valientes en la vida que están dispuestos a arriesgar. Pero nos lo tenemos que pensar.

Aquella mañana en la orilla del lago había ido transcurriendo con la normalidad de todos los días. Es cierto que habían regresado las barcas sin pesca, pero eso es algo a lo que en cierto modo están acostumbrados los pescadores. Pero las tareas que había que hacer con las barcas y las redes seguían su curso. Pero algo va a cambiar todo esto.

Aparece el nuevo profeta de Nazaret o de Galilea por la orilla del lago y pronto las gentes que estaban en sus tareas normales, o que habían venido a buscar pescado a las barcas se arremolinan en torno a Jesús. Ya lo iban conociendo, le habían escuchado en otras ocasiones, en la sinagoga o allí donde tenían la oportunidad de hablar con El o de escucharle; la noticia de sus signos milagrosos había corrido de boca en boca y ya la gente le traía a sus enfermos para que los curase. Hoy quieren escucharle, El quiere hablarles.

Una de las barcas – la de Pedro – sirve de tarima improvisada para ponerse en un lugar en cierto modo más alto para que todos le puedan ver y le puedan escuchar. Y allí Jesús estuvo enseñándoles mucho tiempo. Una Palabra de vida, una Palabra de esperanza, una Palabra que enardecía sus corazones, una Palabra que les hacia soñar en algo nuevo, un Reino nuevo de Dios que Jesús les estaba anunciando.

Los pescadores también se habían puesto al lado de Jesús para escucharle, y justo por eso Pedro estaba allí en su barca al lado de Jesús. Y cuando terminó Jesús de hablar le pidió que remara de nuevo mar adentro, que se adentrara de nuevo en el lago y que echarla red para pescar.

¿Qué les está pidiendo Jesús? Todos sabían que se habían pasado la noche bregando y no habían cogido nada. Pedro lo sabía, él era un pescador avezado y cuando no hay pesca, no hay nada que hacer. Pero la Palabra que habían escuchado a Jesús les había hecho cambiar algo por dentro. Se habían suscitado nuevas esperanzas para sus vidas, y ¿por qué no creerle ahora que les pide algo que parece inusitado? Seguramente muchas dudas pasarían por el corazón de Pedro antes de responder o de hacer lo que Jesús le está pidiendo.

‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada’, fueron sus primeras palabras; ‘pero, porque tú lo dices, en tu nombre echaré la red’. Aquello parecía fuera de toda lógica. Pedro era el que sabían bien cómo estaba el lago, Pedro era el conocedor de las artes de pesca, sin embargo cuando todo parece imposible, Pedro cambia su postura, y se va lago adentro para echar las redes como le está pidiendo Jesús. Era un riesgo, pero vamos a confiar.

Ya hemos escuchado el resto del episodio, las redes que parecen reventar, que los que están en la barca no son suficientes y llaman a los de las otras barcas, por allá andan también Santiago y Juan, los Zebedeos, echando una mano para recoger aquella redada de peces tan grande, todos están que no salen de su asombro. Pedro es el más sorprendido y se siente pequeño, se siente pecador porque allí está viendo la obra de Dios, se siente el último y es lo que le pide a Jesús. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’. Pero allí está la respuesta y la invitación de Jesús. ‘Desde ahora serás pescador de hombres’. Las cosas comienzan a cambiar en la vida.

Hoy momentos en que Dios nos sorprende. Hay momentos en que comenzamos a ver las cosas de manera distinta. Hay momentos en que nos salimos de nosotros mismos para descubrir que hay algo nuevo, que algo nuevo se puede emprender, que hay una nueva tarea delante y en la que tenemos que comprometernos. Hay momentos de luz donde vemos ese actuar de Dios, esa llamada de Dios, porque las cosas se nos cambian, porque nos sentimos transformados por su Palabra, porque nos toca el corazón.

Podemos descubrir otros planteamientos y otros caminos. Pero tenemos que saber dejarnos sorprender y humildes también dejarnos guiar aunque lo que se nos ofrezca nos parezca totalmente distinto. Aquella palabra que hablaba de pescador de hombres tenía que ser en cierto modo enigmática para aquellos pescadores acostumbrados a tener en sus manos unas redes para coger peces. Pero ahora se fiaron del todo y se fueron con Jesús.

Este evangelio nos puede estar pidiendo y planteando muchas cosas. Porque no solo nos quedamos en reflexionar lo que pasó aquella mañana en el lago de Tiberíades, sino que en el lago o mar de nuestra vida pueden estar ahora sucediendo muchas cosas si somos capaces de poner el corazón en sintonía. En este mar de la vida que vivimos quizás estamos necesitando otras visiones, otros planteamientos, otros valores para poder hacer la buena pesca que necesitamos hacer para que se haga mejor nuestro mundo. Una tarea quizás está queriendo poner el Señor en nuestras manos, pero tenemos que, como decíamos, dejarnos sorprender, escuchar esa Palabra que nos transforma y que nos da vida, esa palabra que nos está llamando a emprender caminos nuevos y tareas nuevas.

Metámonos en esa barca con Jesús y dejemos que El nos conduzca. Son muchas las cosas que podemos hacer ‘en el nombre de Jesús’.

jueves, 2 de septiembre de 2021

No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

 


No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Hay cosas que nos dejan sin habla. Cosas que nos sorprenden, por lo inesperado, por lo espectacular o por lo grandioso, porque el acontecimiento es de tal importancia que a todos deja sobrecogido. Un gesto inesperado de una persona que nos sorprende y nos llama poderosamente la atención; un acontecimiento que no esperábamos y que de alguna manera puede marcar nuestra vida; un regalo valioso que nos ofrecen sin que nosotros lo esperáramos ni creíamos que nada habíamos hecho para merecerlo; una palabra que nos dice alguien y nos llega al corazón porque nos hace descubrir y valorar algo de nuestra propia vida que creíamos oculto y a lo que no dábamos mayor importancia. En muchas cosas podemos pensar. Son acontecimientos, palabras, gestos, detalles que pueden marcar nuestra vida de manera que incluso nos hagan darle un rumbo nuevo y distinto.

Algo así sucedió aquella mañana en el lago de Tiberíades. Los pescadores habían hecho sus faenas, que por cierto habían sido infructuosas, y ahora andaban en los cuidados posteriores a cualquier salida al lago a pescar; la gente al oír que Jesús andaba por allí se había arremolinado en la playa y todos querían escucharle; era difícil que estando en el mismo plano le pudieran ver y escuchar debidamente, por eso Jesús se sube a una de aquellas barcas y desde la orilla comienza a enseñar a la gente.

Hasta ahora todo en una cierta normalidad. Pero cuando Jesús termina de enseñar a la gente le pide a Pedro, de quien era la barca en la que Jesús se había subido, que reme de nuevo rumbo al lago para echar las redes de nuevo para pescar. Comienzan las sorpresas. Pero si han estado toda la noche y no han podido coger nada. Pero ante la palabra de Jesús Pedro se deja hacer, aunque replica que él sabe que no hay nada porque ha estado toda la noche bregando le dice que porque Jesús lo dice, en su nombre, echará de nuevo las redes.

Ahora sí comienza a haber algo distinto. La profusión de peces era tan grande que las redes casi reventaban y tienen que llamar a los de las otras barcas para que les ayuden en la faena. Ha sido algo asombroso. Pedro y los demás pescadores no salen de su asombro, no saben ni que decir. Humilde Pedro, que antes casi se había negado a obedecer a Jesús, ahora se postra por los suelos sintiéndose el último del mundo y sintiéndose de verdad pecador, pidiéndole a Jesús en su emoción que se aparte de él. ‘Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador’.

Pedro y los demás pescadores sentían que el mundo se les hundía bajo los pies, porque aquello no se lo esperaban. No salían de su asombro. Le pasaba a Pedro y a su hermano Andrés, le pasaba a Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, compañeros todos en aquella tarea, pero que nunca habían visto cosa igual.

Algo nuevo iba a comenzar en sus vidas. Ya seguían y escuchaban a Jesús y de alguna manera formaban parte del grupo de los discípulos que le seguían más de cerca. Pero ahora Jesús les invita a algo nuevo que va a cambiar totalmente sus vidas. Eran pescadores y estaban avezados en las tareas de aquellos lagos pero Jesús abría un mundo delante de ellos. ‘No temas; desde ahora serás pescador de hombres’, les dice Jesús. Todavía estaban en medio del lago por eso ‘entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’.

Algo había cambiado en sus vidas, algo nuevo comenzaba, aquel acontecimiento que les había sorprendido no solo los había dejado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo, sino que sus vidas a partir de aquel momento iban a ser distintas.

Ante este pasaje del evangelio no somos unos meros espectadores. Hagámonos presentes nosotros también en la escena. Subamos con Pedro y los pescadores a la barca y sintamos a nuestro lado también la presencia de Jesús. En esa barca de la vida en la que vamos haciendo nuestra travesía dejémonos sorprender también por Jesús. Para nosotros también va a tener un gesto o una palabra, también nos invitará a echar las redes aunque digamos que no sabemos o que no vamos a encontrar nada.

Como Pedro digamos también, ‘en tu nombre…’ No es necesario más, sino esa disponibilidad y veremos cómo el Señor nos sorprende. Sepamos hacer silencio en el corazón o no nos distraigamos con cosas innecesarias. Escucharemos esa palabra de Jesús que nos habla al corazón, sentiremos el calor de su presencia y también al final diremos que nos ardía el corazón, como los de Emaús. Estemos atentos a la acción de Dios en nuestra vida.

lunes, 1 de marzo de 2021

Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

 


Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre, experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Hay quien vive una vida dura, reseca y amarga como raíces secas que no han sabido encontrar la humedad que les hubiera llenado de vida, una vida sin amor y sin haber sabido sentir el amor en sí y entonces su vida se vuelve áspera para los demás. ¿Puede haber alguien que haya vivido una vida así, sin amor, sin haber experimentado el amor en su vida? Desgraciadamente podemos insensibilizarnos para el amor y aunque estuviera, por así decirlo, al alcance de la mano nunca supo experimentar en sus vidas esa experiencia de amor y de misericordia. Por manera de ser, por el trato que habitualmente han recibido en su vida se endurecieron con las costras en su alma del orgullo, la insensibilidad y de la dureza del corazón que ahora tampoco sabrán expresar ningún tipo de ternura con los demás. Dura tiene que ser una vida así.

Tenemos que saber romper esas costras en las que envolvemos nuestra alma, abrirnos a la ternura que nos haría más humanos y dejarnos querer.  A pesar de la maldad con que tanta veces envolvemos nuestro corazón hemos de saber atisbar allí donde se manifiesta la ternura y la compasión, allí donde podemos alcanzar misericordia para dejarnos envolver por ese amor compasivo.

Cuando nos dejamos querer y experimentamos la misericordia en nosotros aprenderemos a querer a los demás y seremos capaces de obrar también con compasión y misericordia con los demás. La misericordia que recibimos en nuestro corazón se convierte en colirio para nuestros ojos para mirar con una mirada distinta y es que quien ha experimentado la misericordia de Dios en su vida estamos aprendiendo a mirar con los ojos misericordiosos de Dios a los demás.

Claro que todo esto significa un proceso muy grande que hay que realizar en nosotros partiendo de nuestra conciencia de pecadores; no podemos parapetarnos nunca tras el muro de nuestro orgullo de creernos siempre los justos y los santos; lo que le pasaba a aquellos fariseos del evangelio que podríamos decir que fueron los más que oyeron hablar a Jesús del amor y de la misericordia, pero se mostraban siempre implacables con los demás porque se habían parapetado en sus pedestales en los que se creían para siempre justos y santos. No se consideraban pecadores, no saboreaban en su vida lo que era la experiencia de la misericordia del Señor, y su mirada estaría siempre enturbiada por ese amor propio que no les dejaba mirar con la mirada compasiva de Dios.

Es todo el proceso que hoy descubrimos en la Palabra de Dios. En la lectura del profeta escuchamos una oración humilde de quien se sabe pecador, y aunque se considera indigno por su pecado – ‘nos abruma la vergüenza’, dice el profeta – sabe confesar sin embargo lo que es la ternura y la misericordia de Dios. ‘Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él’. Ahí está la experiencia del Dios que es compasivo y perdona que nos lleve a obrar nosotros también de la misma manera, a tener la misma mirada de compasión y misericordia para con los demás.

Es lo que nos señalan las palabras de Jesús en el evangelio. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Merece la pena recordar textualmente en su integridad las palabras de Jesús. Cuando somos misericordiosos como Dios, nuestro Padre que es compasivo, porque lo hemos experimentado en nuestra propia vida, comenzaremos a mirar con mirada nueva y distinta a los demás, ni juzgaremos, ni condenaremos, sino siempre dispuestos al perdón, a darnos con toda generosidad.

martes, 17 de noviembre de 2020

Anda, date prisa, muévete, baja de ahí que vamos a comenzar un camino nuevo, con una nueva perspectiva, es camino de salvación

 


Anda, date prisa, muévete, baja de ahí que vamos a comenzar un camino nuevo, con una nueva perspectiva, es camino de salvación

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Sal 14; Lucas 19, 1-10

‘Anda, date prisa, muévete…’ apremiamos al amigo o a aquel queremos que haga algo y que nos parece que no hace las cosas tan pronto como se lo pedimos o como tiene que hacerlas. ¿Serán las prisas de la vida? ¿O será ese momento oportuno que no podemos dejar pasar, que tenemos que saber aprovechar porque quizá no se nos vuelve a repetir la ocasión? ¿Será que siempre vamos a la carrera? Nos apremiamos los unos a los hombres en las responsabilidades que tenemos que desarrollar, o apremiamos a las prisas a aquel que parece que siempre tiene todo el tiempo del mundo y parece que nunca se va a morir, como se suele decir.

Aquel hombre había querido conocer a Jesús. Eran muchas las dificultades con que se tropezaba y ahora parecía que había alcanzado la atalaya apropiada para ver lo que deseaba pero de la que le piden que se baje con rapidez. Su baja estatura, hacía que si había gente más alta que él delante no pudiera ver el paso de Jesús, era mucha la gente que se había congregado en aquellas calles o caminos como queramos decirle de Jericó; pero había otra dificultad, que era su condición, su oficio era el de recaudador de impuestos e igual que a nadie le gusta ser amigo de los de Hacienda, en este caso era un colaboracionista con el poder extranjero. Todos lo despreciaban, era un publicano que era lo mismo que decir que era un pecador público con el que ‘nadie’ de buena condición querría juntársele. Eso obstaculizaba el poder ver el paso de Jesús. Quizás también era una forma de pasar desapercibido tras las hojas de la higuera.

Pero quizá necesitaba otras perspectivas, una visión distinta, el ver y mirar sin ser visto ni mirado, una cierta distancia para poder mejor observar, un lugar donde pudiera apreciar quizás gestos, miradas, posturas en las que otros no se fijarían en su entusiasmo que parecía cegar a las gentes de Jericó al paso del aquel profeta de Galilea. Allí desde la altura podía observar mejor y no pensaba que nadie se iba a fijar en él, pero mira cómo aquel a quien buscaba lo buscó a él entre las ramas del sicómoro y ahora lo estaba apremiando para que bajara pronto.

Baja enseguida, le estaba pidiendo Jesús. No te quedes ahí parado con la boca abierta, venga pronto, que quiero ir a hospedarme a tu casa. Baja enseguida que llega la hora y la podemos dejar pasar. Apremiaba Jesús a Zaqueo y Zaqueo sorprendido se bajó enseguida de la higuera para abrir las puertas de su casa a Jesús.

Y ya sabemos lo que Jesús diría al final. ‘Hoy llegó la salvación a esta casa’. Era el apremio de la vida, el apremio de la salvación que llega y no podemos dejar pasar. Aquel hombre buscaba a Jesús sin saber bien lo que buscaba, pero en aquel hombre había hambre de vida, de algo distinto, de salvación. Por eso se salió de su casa, se salió de sus ocupaciones, se puso en camino de búsqueda, quería ver a Jesús pero quería verlo de manera distinta. Una nueva perspectiva, decíamos cuando miraba a Jesús desde su atalaya, creyéndose que no era visto por nadie. Pero Jesús lo vio, Jesús lo llamó, Jesús quiso entrar en su casa aunque eso provocara los comentarios de la gente de siempre, porque había ido a hospedarse a la casa de un pecador. Pero era el apremio de la salvación que llegaba.

Pero en todo este pasaje tenemos que vernos a nosotros, en nuestros caminos de búsquedas, pero que a veces parece que vamos de remolón; a la menor dificultad nos echamos para detrás, no somos capaces de ver otra posibilidad, otra salida. Nos hacen falta esas perspectivas nuevas, no quedarnos con la mirada de siempre, con el comentario de siempre que ya nos lo sabemos y al final parece termina no diciéndonos nada. Pongámonos en otro camino, no temamos subirnos a la higuera, no porque vayamos a ocultarnos sino porque vamos a ver las cosas de forma distinta.

Y cuando sintamos la voz que nos dice baja enseguida, no nos quedemos embobados sino apurémonos a ir al encuentro de Jesús, a ir a donde Jesús quiera llevarnos, dejemos que Jesús se meta en nuestro interior – quiere hospedarse en nuestra casa y es algo más que un edificio -, dejemos que se siente a nuestra mesa y pongámonos ante El como somos, desnudos de prejuicios y prevenciones, llevando con nosotros también esos amigos que algunas veces parecen rémoras que nos pueden frenar, porque con Jesús sentado a nuestra mesa tendremos una mirada nueva sobre la vida, sobre lo que hacemos, sobre esos amigos con los que estamos sentados en la mesa de la vida, sobre nuestras trayectorias pasadas que quizás no nos gusta recordar, y es que con Jesús vamos a comenzar un camino nuevo que nos lleva siempre adelante.

Baja enseguida que llega la salvación, no la dejes pasar.