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sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




domingo, 26 de octubre de 2025

Ojalá aprendamos a bajarnos de los pedestales de la autosuficiencia, prestigios y prepotencias para aprender a ir al encuentro con el Señor y también con los demás

 


Ojalá aprendamos a bajarnos de los pedestales de la autosuficiencia, prestigios y prepotencias para aprender a ir al encuentro con el Señor y también con los demás

Eclesiástico 35, 12-14. 16-19ª; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8. 16-18; Luc. 18, 9-14

La prepotencia es una cosa tan apetitosa y tan engañosa que cuando menos lo esperamos a pesar de las cosas bonitas que digamos de la humildad pronto nos vemos revestidos de esa vanidad. Decimos que somos humildes pero no dejamos nadie se nos atraviese por delante y ocupe aquel lugar que nosotros apetecemos; mejor que nosotros no hay nadie y nadie podrá hacer las cosas tan bien como lo hacemos nosotros; vemos como aparecen los reflujos del orgullo y de la vanidad; pronto diremos que somos muy buenos y que hacemos tantas cosas buenas, la lista la sabemos elaborar sin titubeos, que nadie podrá llegar al talón de nuestro zapato. Pero cuando se desinflen esos ropajes cómo nos vamos a ver, qué va a quedar de nosotros. Por mucho que levantemos el talón pronto nos vamos a ver descalzos.

El evangelio es claro. Nos dirá incluso el evangelista que ‘Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es la conocida parábola de los dos hombres que suben al templo a orar, uno era un fariseo y el otro un publicano. Ya conocemos por el resto del evangelio la prepotencia con que se distinguían aquellos dirigentes del pueblo que se creían los mejores y los más cumplidores. Formaban un grupo religioso muy radical a la hora de interpretación de la ley pero no se destacaban precisamente por su humanidad. Aunque opositores casi por principios a la renovación que Jesús ofrecía en el anuncio del Reino de Dios que podía ir contra sus intereses y posicionamientos, algunas vemos que quieren agraciarse con Jesús y le invitan incluso a comer a su casa.

Por el contrario conocemos el desprestigio con que se tenía a aquellos cuyo oficio es la recaudación de los impuestos y de alguna manera por su poder económico en cierto modo se convertían en los prestamistas ante las necesidades económicas de los demás. Ya sabemos que donde suenan los dineros en los bolsillos está también la tentación de la codicia y de la usura, lo cual ya de por si ponía una marca a todos los que tenían este oficio siendo despreciados de forma habitual. En el evangelio veremos al publicano que quería ver a Jesús y en su encuentro con El, porque Jesús quiso hospedarse en su casa, todo cambió en su vida, devolviendo, compensando y compartiendo para comenzar una nueva vida. De entre ellos Jesús escogería, sin embargo, a uno para ser del grupo de los discípulos más cercanos, a los que llamaría apóstoles.

Hoy encontramos la contraposición entre unos y otros, en la actitud con que ambos oraban a Dios en su subida al templo. Al fariseo lo veremos allí de pie en medio de todos - ¿no eran los que tocaban campanillas a su paso sobre todo cuando iban a hacer alguna limosna? ¿No eran los que buscaban respeto y veneración ocupando los primeros puestos allá por donde iban? – así era la oración que dirigía al Señor. No soy como esos… yo pago mis impuestos… yo hago limosna… yo soy siempre un fiel cumplidor de la ley… yo, yo, yo... ¿Se estaba dirigiendo a Dios o estaba haciendo una apología de sí mismo?

Mientras el publicano allá en un rincón no se atrevía a levantar los ojos del suelo. Su oración no era letanía de bondades sino que era súplica humilde. ‘Apártate de mí que soy un hombre pecador’, había dicho un día Pedro allá en la barca cuando la pesca milagrosa porque vio la obra de Dios. ‘No soy digno de que entres en mi casa…’ decía aquel centurión que aunque tenía su grandeza y su poder en razón de su servicio, no se sentía digno de que Jesús entrara en su casa, pero manifestaba sin embargo la confianza absoluta en la palabra de Jesús. ¿Y no podemos recordar aquí la humildad de María en Nazaret cuando el anuncio del ángel para sentir que ella era solamente la esclava del Señor y que se cumpliera en ella su palabra?

‘Ten piedad de mí que soy un hombre pecador’, repetía humildemente aquel publicano allá al fondo del templo. ‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos’, que rezamos con el salmo. ‘La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino’, que nos decía el libro del Antiguo Testamento.

¿No podríamos recordar aquí el cántico de María en el que proclama ‘que el Señor derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes’? El evangelio terminará diciéndonos que ‘el publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

¿Nos servirá de lección para nuestra vida? Con corazón humilde vayamos al encuentro del Señor y nos llenaremos de su amor pero además aprenderemos también ir con espíritu humilde al encuentro de los demás ofreciendo siempre el abrazo de nuestra amistad, de nuestra comprensión y nuestro perdón. ¿Terminaremos bajándonos de los pedestales de nuestras autosuficiencias, nuestros prestigios y prepotencias?


sábado, 29 de marzo de 2025

Dejemos las vanidades a un lado que Dios conoce nuestro corazón y seamos humildes para envolvernos de misericordia

 


Dejemos las vanidades a un lado que Dios conoce nuestro corazón y seamos humildes para envolvernos de misericordia

Oseas, 6, 1-6; Sal. 50;  Lucas, 18, 9-14

No voy a pensar ni que sea frecuente o lo estemos viendo todos los días, pero sí nos encontramos alguna vez con alguna persona de la que alguien podía pensar que no tiene abuela. ¿Qué quiero decir con esto? Las abuelas son las que mejores alabanzas hacen de sus nietos, porque no hay un niño más hermoso que él, porque sabe mucho y es muy listo y ha tenido mucha suerte en la vida, porque es la persona mejor del mundo y todo el mundo habla bien de él... y así se prodigan las alabanzas porque no hay nadie como él; claro quien ya no tiene abuela que haga el cántico de sus alabanzas se las hace el mismo, y nos hará contando las maravillas que realiza en la vida, lo bueno y honrado que es, las cosas que hace por los demás, porque nadie se interesa por las cosas del pueblo, o del trabajo, y si yo no lo hago nadie lo hace, y así seguirá en una letanía interminable de sus milagros y de las grandes cosas que hace. Seguramente conoceremos más de uno que tiene siempre el 'yo' en la boca, porque no sabe decir nada que sea alabanzas para todas las cosas que hace.

Bueno, jesus hoy en el evangelio nos está describiendo un hombre así. Ya nos dice el evangelista que 'por algunos que confiaban en si mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás' jesus les propuso esta parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar. Un fariseo y un publicano. ¿Qué buscaban en su oración, en su presentarse ante Dios en el templo santo? Uno solo pretendía justificarse a si mismo haciendo un listado de todas las cosas que hacía, pero el publicano que solo quería alcanzar la justificación de Dios porque se consideraba pecador. Nos detalla bien Jesús en la parábola la postura del uno y del otro.

Yo no tengo pecado, estamos tentados a decir tantas veces, y ya conocemos la clásica cantinela de yo no mato ni robo; si yo soy bueno, porque cuando puedo ayudo a los demás; si yo me porto bien porque hago mis limosnas, mando un ramo de flores para la Iglesia; a mi nadie me puede echar en cara nada porque trato de ser honrado y no voy haciendo escándalos por ahí.

Y nos ponemos medallas, y buscamos halagos y reconocimientos, y queremos que siempre recuerden aquello que un día hice para la Iglesia... pero no somos capaces de mirarnos por debajo de todas esas apariencias y vanidades qué es lo que realmente nos queda en el corazón, no nos damos cuenta cómo el orgullo nos envuelve y tendemos enseguida a subirnos en pedestales, y vamos tan engreídos por la vida que no nos damos cuenta de las distancias que estamos creando con los que nos rodean, porque con todos no podemos mezclarnos.

'Yo no soy como ese publicano', que pensaba y de lo que alardeaba aquel fariseo, allí en pie en medio de todos para que lo vieran cómo él sí que rezaba, él sí que ponía sus limosnas y que sonaran bien fuertes en el cepillo del templo.

Y el publicano, nos dice, no se atrevía a levantar los ojos del suelo y solo ante la inmensidad de Dios que él sí sentía que llenaba el templo, no sabía decir otra cosa que reconocerse pecador y pedir la misericordia y la compasión de Dios. No sonarían las monedas en el cepillo del templo para que todos vieran lo que él hacía, pero Dios si miraba su corazón humilde, como un día jesus se fijara en aquella pobre viuda que echo sus dos monedas en el cepillo del templo con generosidad aunque fuera lo que único que tenía para comer.

A aquella viuda de Sarepta de Sión que fue capaz de compartir con el profeta aquel cuartillo de aceite que le quedaba y aquel puñado de harina para hacer un panecillo para ella y su hijo que nada mas tenían no le faltaría luego nada porque el Señor nos gana siempre en generosidad. Aquel publicano que quiso pasar desapercibido al fondo del templo pero que con humildad se sentía pecador en la presencia de Dios si salió del templo justificado porque salió envuelto en el amor y la misericordia de Dios.

'Por algunos que confiaban en si mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás', nos decía el evangelista que Jesus había propuesto esta parábola. Nos toca sacar las conclusiones para nuestra vida. ¿Con que actitud vamos nosotros por la vida? ¿Seremos también de los que vamos avasallando a los demás porque nos creemos o nos sentimos superiores? Seamos sinceros y preguntémonos a nosotros mismos ¿cómo nos vemos en relación a la gente que nos rodea?

Porque puede ser que algunas costumbres o rutinas que tenemos en la vida y en el trato con los demás no tienen tanta delicadeza como aparentan, también nosotros llevamos debajo de apariencia de buenos o de gente normal algunos orgullos, algunas actitudes que crean abismos en lugar de puentes, algunas distancias que queremos mantener con algunas personas porque no nos parece bien que nos vean con ellas, algunas suspicacias que nos llevan a la desconfianza porque decimos que no en todo el mundo podemos confiar de la misma manera, y así podríamos seguir fijándonos en muchas de nuestras posturas y actitudes.

Y según estamos actuando así en nuestra relación con los demás será también la postura con la que nos presentemos ante Dios en nuestra oración. ¿No estaremos algunas veces actuando con Dios como a la compraventa? Yo te prometo... yo haré... yo iré a tal santuario... ¿a cambio de qué?

Muchas cosas tendríamos que revisar. Sigamos dejándonos conducir por la palabra de Dios que cada día vamos escuchando para que hagamos un auténtico camino que nos lleve hasta la Pascua.

 

sábado, 9 de marzo de 2024

Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

 


Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Claro que sí, nos gustaría ser impecables, perfectos, sin cometer ningún error, que todo lo hiciéramos bien siempre, pero no seamos autosuficientes ni orgullosos, que bien sabemos de la pasta que estamos hechos, por decirlo de alguna manera, no somos perfectos, no podemos ir por ahí dándonosla siempre de que somos poco menos que perfectos, que todo lo hemos hecho bien en la vida, y que somos mejores que los demás.

Nos puede suceder a todos, y bien vemos en la vida que nos encontramos con personas así, que siempre se creen perfectos, que consideran que siempre pueden estar dando consejitos a los demás para que sean buenos, porque así se creen que son ellos. Qué mal nos sentimos cuando nos encontramos personas así, autosuficientes y siempre llenas de orgullo. Pero cuidado nosotros de alguna manera queramos presentar muchas veces esa fachada ante los demás y cuánto nos cuesta reconocer nuestros fallos, nuestros errores, los tropiezos que vamos teniendo tantas veces en la vida.

Hay muchas reacciones en general en la gente ante actitudes así. Y es que nos hacemos insoportables con nuestros orgullos y vanidades, aunque nos creamos que vamos deslumbrando a los demás. Pero también nos encontramos con los que no soportan que a su lado haya personas buenas, no perfectas porque ya decíamos que nadie es perfecto, pero a quien no siempre lucha lo suficiente por superarse, sabe quizás que no está haciendo bien pero no pone mucho de sí mismo para salir de ese estado, su propia impotencia les lleva a la desconfianza y a la descalificación de los demás.

No sé por qué, bueno la raíz en cierto modo está en esto que estamos diciendo, se ataca con tanta fiereza a los que intentan hacer el bien, son asiduos de la Iglesia e intentan vivir con la mejor rectitud su vida cristiana. Bien sabemos cómo hay siempre quien trata de descalificar todo lo bueno, echar cenizas allí donde puede brillar alguna luz, porque en cierto modo a los que viven en tinieblas les molesta la luz. También es cierto que a quienes intentan hacer las cosas bien no les falta la tentación también de la vanidad y del orgullo.

Hoy nos propone Jesús en el evangelio una pequeña parábola. Habla de los dos que subieron al templo a orar, y mientras uno no hacía sino vanagloriarse poco menos que a voz en grito delante de todos diciendo lo bueno y la justo que era por algunas de las cosas que hacía, el otro desde un rincón del templo casi no se atrevía a levantar su rostro porque se sentía pecador y no hacía sino pedir la compasión de Dios. Y nos termina diciendo Jesús en la parábola que éste bajó a su casa justificado, por la humildad de sentirse pecador, mientras el otro no.

Creo que el mensaje está claro. No podemos andar por la vida con esas vanidades y menos podemos presentarnos delante de Dios queriendo auto justificarnos siempre de lo que hacemos. No es con una lista de méritos en las manos como tenemos que presentarnos ante de Dios. Es desde la humildad desde donde nuestro corazón será agradable a Dios, como también nos hacemos más agradables ante los que nos rodean.

Nos sentimos pecadores y nos acogemos a la misericordia de Dios, con la certeza y la garantía de que el Señor es siempre compasivo y misericordioso. Pero en esa actitud humilde ante de Dios también tenemos que saber reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros.

¿No lo hizo María, como canta en el Magnificat, que el Señor se fijo en la pequeñez de su esclava e hizo obras grandes y maravillosas en ella? también la gratitud es una forma de mostrar nuestra humildad; porque somos verdaderamente humildes somos agradecidos, porque reconocemos la acción de Dios en nuestra vida. Y no es que vayamos con una lista de méritos delante del Señor, pero si hemos de saber reconocer los pasos que vamos dando viendo en ellos una obra de Dios que nos ha dado fuerza, que nos ha regalado su gracia y así podemos ir avanzando en la vida.


sábado, 18 de marzo de 2023

No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

 


No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Hoy a donde quiera que vamos llevamos el ‘currículum vitae’ bajo el brazo. Todo se ha convertido algo así como un concurso de méritos y en nuestra historia de vida vamos acumulando cosas, papeles, títulos, documentos que nos certifiquen lo que hemos hecho para tener merecimientos para continuar nuestra carrera de ascensos; algunas veces son cosas que hicimos por rutina, cursos que hicimos muchas veces por cumplimiento sin mostrar ni el más mínimo interés, pero podemos tener un papel más, un documento más que aumente nuestras posibilidades.

¿Pero todo en la vida es así? ¿Todo en la vida lo podemos convertir en eso? Claro que tendríamos que preguntarnos cuales son los verdaderos valores que tendríamos que tener en cuenta. Pero tampoco podemos quedarnos en esos protocolos que nos exige la vida y traspasar esos estilos de merecimientos a nuestras relaciones con Dios. Muchas veces decimos, es cierto, cuantas misas yo he escuchado, cuantos rosarios he rezado, cuantas veces hice los primeros viernes, cuantas cosas buenas yo he hecho, ¿serán un merecimiento ante Dios? ¿Nos valdrán para presentarnos con títulos de exigencias a Dios, cuando quizás aunque haya hecho esas cosas, he tenido a Dios tan ajeno a mi vida, tan alejado de mi vida real?

De cuántas autosuficiencias vamos llenando la vida. Títulos que colgamos de la pared y que nos sirven bien de adorno en nuestra casa. Pero ¿todo se puede quedar en un adorno, algo de lo que presumir? El Evangelio de hoy nos hace pensar.

Ya nos dice para comenzar el evangelista que Jesús nos propone esa parábola por algunos que se tenían por justos, confiaban solo en si mismos y despreciaban a los demás. ¿Así andaremos nosotros? con corazón abierto, con espíritu humilde tenemos que presentarnos ante Dios para escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esta parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar.

Allí está el fariseo, de pie, en medio de todos, mirando por encima del hombro a todos los demás, cantando como el gallo que ufano extiende sus alas en medio del gallinero para hacer el listado de todas las cosas buenas que hace y con lo que se presenta ante Dios. El no es como lo demás, y dice bien. No es como los que van con sencillez y humildad por la vida, porque solo pretende subirse a pedestales para que le muestren reverencia. Y ahora desde ese pedestal poco menos que quiere dirigirse a Dios de tú a tú con su currículum, con sus méritos, con sus exigencias, con sus ‘derechos’.  Y nos dirá Jesús que bajó del templo con el rabo entre patas, porque de ninguna manera sintió justificación en su corazón.

Pero allí está en un rincón el que no se atreve a levantar la cabeza. El sabe que es pecador y es lo único que puede presentar ante Dios, aunque su pecado no le valga para ningún merecimiento. Es su único currículum que puede atreverse a presentar. Pero es el hombre que no confía en si mismo porque sabe de su debilidad, no es el hombre que cacarea sus hazañas, porque lo único que recuerda son sus debilidades y fracasos en la vida, pero aun así se atreve a acercarse a Dios, porque sabe que Dios es compasivo y misericordioso. Su única palabra es ten compasión de este pecador, acogerse a la misericordia y a la compasión de Dios que es amor. Y se llenó de Dios, porque la humildad junto con su amor era la llave que le abría la puerta para encontrarse con Dios.

¿Y nosotros? ¿Qué llevamos en nuestras manos cuando nos presentamos ante Dios? ¿Sabremos encontrar esa llave de la humildad que nos abre los ojos para contemplar y vivir lo que es la misericordia de Dios? No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por las vanidades de este mundo, nos encontraremos en el corazón de Dios.

sábado, 26 de marzo de 2022

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado


La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

De entrada decimos que no es malo que valoremos aquello que vamos consiguiendo; siempre hemos de tener metas que nos ayuden a crecer, a mejorar, a lograr mejores cosas en la vida; y hay que reconocerlo, es bueno y hasta necesario reconocerlo; sicológicamente se nos habla de autoestima y de valoración de nosotros mismos; es el camino de la vida que ha de ser siempre en ascensión.

Pero que nos valoremos a nosotros mismos no significa que tengamos que minusvalorar a los demás, despreciar a los demás; tampoco es humano que nos sintamos superiores de los otros, porque cada uno tiene sus valores y hemos también de saber reconocer los valores de los demás, y tampoco nos podemos creer dioses que nos pongamos sobre pedestales para mirar por encima del  hombro a los otros.

Y en la postura y en el camino del creyente, junto al reconocimiento de lo que somos, de los talentos que Dios nos ha puesto en nuestras manos siguiendo la imagen de otra parábola del evangelio, hemos de reconocer por otra parte lo recibido de las manos de Dios. Como creyentes nos sentimos en las manos de Dios, como creyentes vemos el actuar de Dios en nuestra vida, como creyentes tenemos que saber dar gracias a Dios por los dones que nos ha concedido.

Y haciéndonos todas estas consideraciones previas donde nos ponemos ante la parábola que hoy Jesús nos ofrece en el evangelio. En ese necesario camino de humildad que como creyentes hemos visto que hemos de tomar. Ya el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es importante que veamos la motivación de la parábola para que nos demos cuenta de la autentica actitud de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar.

‘Considerarse justo y despreciar a los demás’. Es lo que nos reflejan la actitud, las palabras, las posturas de aquel fariseo. Actitud soberbia del que se queda de pie, que ni ante Dios sabe postrarse; orgullo y vanidad haciendo recuento de lo que hace como si todo fuese de su valor, claro que al tiempo tenemos que ver las intenciones torcidas con que hace las cosas que en si mismas pueden ser buenas; desprecio hacia el que está postrado allá en el ultimo rincón, porque el fariseo se considera mejor y no quiere ni mezclarse con aquel hombre, y humildad del publicano que se siente pecador y así se postra ante el Señor pidiendo perdón. ¿Todo es malo en aquel hombre pecador al que desprecia el fariseo? No tenemos por qué pensarlo, porque cosas buenas tienen que haber también en su vida, pero está la grandeza de la humildad que así se siente pecador delante del Señor.

Es la sentencia con la que Jesús concluye la parábola. ‘Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. El camino de la grandeza no es el camino de la soberbia. Aparentemente pueden aparecer grandes y poderosos, pero se queda todo en la fachada. Hay que buscar la verdadera grandeza del hombre, en el interior del hombre.

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento. Es más, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de si mismo, con la fuerza del Señor, agradeciendo a Dios lo poco o lo mucho que tengamos, pero que son los talentos que tenemos en nuestras manos y hemos de desarrollar. Pero siempre buscando el bien, siempre derrochando bondad, siempre compartiendo con los demás, siempre buscando la riqueza y el bien de todos. 

sábado, 13 de marzo de 2021

Seamos sinceros ante Dios siendo sinceros ante nosotros mismos y humildes para reconocer la obra del Señor seremos capaces de mostrarnos con sinceridad delante de los demás

 


Seamos sinceros ante Dios siendo sinceros ante nosotros mismos y humildes para reconocer la obra del Señor seremos capaces de mostrarnos con sinceridad delante de los demás

 Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Qué difícil se nos hace ser sinceros, pero quiero decirlo de una forma más concreta, ser sinceros con nosotros mismos. Siempre encontraremos una bonita cosa para nuestra justificación; siempre tenemos una explicación de aquello que hacemos para sacarle la mejor partida pero a favor nuestro; siempre encontraremos una razón o un por qué para quedarnos bien, para acallar la conciencia, para aparecer como buenos, porque encima, decimos, hacemos tantas cosas buenas.

Pero cuidado que esa lista de cosas buenas que hacemos son una tapadera; lo de menos que buscamos es la gloria del Señor, lo que estamos buscando es tener en mano una lista de todas esas cosas buenas que hacemos que las ponemos como rédito para buscar unos merecimientos, unos méritos que nos justifiquen o que, como decíamos, nos sirvan de tapadera.

Solo por un camino de sinceridad emprenderemos la senda que nos lleva a la autenticidad de nuestra vida y nos conducirá a la humildad del reconocimiento de lo que somos y de lo que son nuestras debilidades. Solo en ese camino de humildad terminaremos reconociendo de verdad la grandeza y la maravilla de lo que es el amor del Señor.

Pero como decíamos nos cuesta ser sinceros incluso con nosotros mismos. Y es que es por ahí por donde tenemos que empezar, reconocer la verdad de nuestra vida, que no es tan santa, que no es tan generosa y altruista como queremos aparentar, que tiene mucho de vanidad para buscar nuestra propia gloria, que en el fondo nos hará sentir un vacío de nosotros mismos que no sabremos cómo llenar, por la superficialidad en que siempre hemos vivido.

Y es que nos vamos creando una imagen de la que no queremos desprendernos; una imagen de nosotros mismos de bondad, de generosidad, de altruismo, cuando todo lo hacíamos superficialmente, cuando no estamos buscando sino nuestras glorias y reconocimientos; ahora nos cuesta bajarnos de esos pedestales, desprendernos de esos ropajes falsos con que nos hemos vestido, y no nos gusta que nos vean débiles, pecadores, porque eso sería un desprestigio para nosotros.

Vayamos mirando con sinceridad lo que hemos hecho de nuestra vida; esos oropeles de los que nos hemos rodeado pero que todo son falsedad, vanidad, mentira; seamos capaces de ir dando esos necesarios pasos de humildad que serán los que nos llevarán a la verdadera grandeza, porque de lo contrario siempre estaremos viviendo en esa falsedad. ¿Cómo se nos han pegado a la piel del alma esos afeites de vanidad y de mentira, que cuando los queremos arrancar se nos desgaja el alma?

Habremos visto en la realidad de la vida quizá a una persona que siempre iba muy bien maquillada y adornada con miles de afeites, pero que un día la sorprendimos al saltar de la cama cuado se habían borrado de su cara todos esos maquillajes, lo vieja que nos pareció esa persona, lo estropeada que estaba en su piel. Pues así estamos nosotros, pero nos ocultamos para que no nos vean y nos seguimos poniendo caretas una sobre otra para mantener esas apariencias.

Seamos sinceros ante Dios porque seamos sinceros ante nosotros mismos; seamos humildes para reconocer la obra del Señor en nuestra vida y ya no sentiremos miedo de mostrarnos con la sinceridad de nuestra vida delante de los demás. Como nos dice el final de la parábola de los que fueron al templo a orar, el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.