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viernes, 17 de abril de 2026

Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

 


Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

Hechos 5, 34-42; Salmo 26;  Juan 6, 1-15

Cuántas veces nos pasa, nos creemos tan autosuficientes y únicos que nos parece que somos los únicos que sabemos y que solo nosotros hacemos las cosas bien, nos cuesta contar con los otros, admitir la capacidad que los otros tienen también, a lo sumo les permitimos que colaboren en algunas cosas pero siendo siempre nosotros los que llevemos la voz cantante. ¿Será orgullo? ¿Será vanidad?, seguro que hay mucho de autosuficiencia.

Hoy Jesús nos da una lección. Bueno siempre es mucho lo que nos enseña el evangelio porque siempre es un mensaje de vida. Jesús había marchado a la otra orilla del lago, aunque Jesús quisiera la soledad con sus discípulos más cercanos las multitudes se agolpan porque quieren escucharle, porque quieren estar con El; se han despertado las esperanzas del pueblo y allí donde se puede encender y mantener viva esa luz de la esperanza acuden en masa.

Ha sentido compasión de ellos porque están como ovejas sin pastor y se ha puesto a enseñarles, pero se acerca la tarde, están lejos de los poblados y a aquella gente se les han acabado las provisiones. Habrá que buscar pan para toda esa gente, pero, ¿dónde encontrarlo? Es lo que le plantea Jesús a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’, le dice Jesús a Felipe que es el que ahora está más cerca de Él. Jesús quiere contar con los discípulos. Como diría otro evangelista narrándonos este mismo hecho ante la solicitud de los discípulos Jesús les dice ‘dadles vosotros de comer’. Alguno replicará buscando soluciones, ‘doscientos denarios de pan no dará para dar un trozo de pan a cada uno’.

Pero Jesús sigue esperando iniciativas hasta que alguien viene diciendo que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero, ¿qué es esto para tantos?’ Y Jesús cuenta con ello, serán cinco panes de cebada, el pan de los pobres, algo mísero e insignificante, pero grande ha sido la disponibilidad de aquel muchacho que no se los guarda para si sino que los pone a disposición.

Muchos gestos hermosos comienzan a aparecer, como podrían aparecer en la vida si nosotros supiéramos más contar con los demás. Nos quejamos tantas veces que nadie hace nada, pero ¿les habremos dado la oportunidad? Quizás vamos pensando en cosas extraordinarias o maravillosas pero las cuentas de Dios son otras, las medidas de Dios tienen otros valores. ¿No tendríamos que aprender?

Jesús no ha comenzado haciendo el milagro, haciendo cosas extraordinarias, Jesús ha comenzado contando con los discípulos, pero contando también con lo pequeño y que nos pueda parecer insignificante para todo lo que se quiere abarcar; ha contando con aquellos panes de los pobres que un pobre muchacho ha tenido sin embargo la generosidad de no sólo compartir sino de ponerlo todo a disposición de lo que se pueda necesitar. Es compartir, sí, pero aquí hay algo más, alguien se ha desprendido de todo lo que tenía aunque para él no quedara nada.

Y el milagro se realizó, comió la multitud que era mucha gente, pero aún sobró que se recogieron doce canastos para que nada se perdiera. ¿Qué puede valer mi pequeña aportación? Pensamos alguna vez. ¿Qué puede valer lo que yo haga que no va a ser sino un pequeño grano perdido en la inmensidad de la playa?  Pero junto con otros granos formará el montón. ¿De qué sirve lo que ese puede hacer si no sabe hacer nada y es lo más perdido que podamos encontrar? Es la acción de una persona, es una pequeña llama de amor que va contribuir a que se encienda esa hoguera especial que transformará nuestro mundo.

¿Aprenderemos a contar con los demás, incluso de aquel o de aquello que nos pueda parecer pequeño o insignificante?


lunes, 22 de diciembre de 2025

Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

 


Como María nosotros sintamos también que Dios se ha fijado en nosotros para que podamos realizar las maravillas de Dios

1 Samuel 1,24-28; 1S 2,1.45.6-7.8abcd; 1,46-56

Sentir que se han fijado en nosotros cuando queríamos pasar desapercibidos, conscientes de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza, y se han fijado en nosotros porque confían en nosotros y nos van a hacer participar en lo que podrían ser grandes proyectos es algo que nos llena de gozo el alma, diríamos que utilizando el mejor sentido de la palabra nos sentimos orgullosos y nos sentimos impulsados a manifestar nuestro agradecimiento a quien ha tenido ese detalle, que no es nimio, con nosotros. Como solemos decir, le estaremos eternamente agradecidos. Forma parte también de nuestros valores humanos, en que sintiéndonos pequeños, al mismo tiempo nos sentimos engrandecidos.

¿No es esto lo que hace prorrumpir a María en este magnifico canto – por algo lo llamamos ‘magnificat’, aunque sea su primera palabra en latín – con el que reconoce las maravillas de Dios, pero reconoce ante todo que Dios ha puesto sus ojos en ella? A cualquier persona que le sucediera algo semejante no se lo podría creer.

Por eso cuando María en Nazaret recibe la visita angélica que le trasmite los planes de Dios, conociendo también por boca del ángel las albricias que se están produciendo en las montañas de Judea, se pone en camino al encuentro de su prima Isabel. ¿Solamente por prestarle sus servicios sabiendo que es una mujer anciana en tales circunstancias y ella joven puede ayudarle? No negamos esta prontitud de María en su generosidad y en su amor que siempre estará atenta allí donde haya una necesidad para poner su mano y su actuación con también la veremos en las bodas de Caná, pero es también la necesidad de María de desahogar su corazón  ¿y con quien mejor que con su prima que también se ha visto beneficiada en su maternidad por las acciones de Dios?

Cuando algo grande y maravilloso oprime nuestro corazón con el gozo de lo acontecido, trata de expandirse como una explosión y a comunicarse y empapar de esa alegría a cuantos le rodean; es lo que hace María, es el sentido del cántico de María que hoy nos ofrece el evangelio y que también nosotros también tantas veces hemos utilizado en nuestra oración y en nuestra acción de gracias a Dios.

Se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Poderoso ha realizado en ella obras grandes. Como un río que se desborda viene a inundarnos la gracia y la misericordia del Señor transformándolo todo. Es una riada de misericordia que todo lo transforma y que hará brotar con vigor nueva vida. Es la presencia de Dios en medio de nosotros derramando su misericordia.

Cuando ahora en las vísperas de la Navidad vamos nosotros también a cantar este cántico de María, porque vemos las cosas maravillosas que a través de María Dios quiso realizar para nosotros, pero es que estamos sintiendo que esa mirada de Dios también se ha vuelto sobre nosotros y sobre nuestro mundo. Es cierto que nos sentimos pequeños y pecadores, pero nos sentimos amados de Dios, y sentimos que Dios sigue actuando en nosotros y por nosotros quiere también llegar a los demás. 

Pensemos en que a pesar de nuestro pecado también hemos podido realizar muchas cosas buenas, aun se mantiene vivo el amor de Dios en nuestro corazón, muchos quizás han podido incluso acercarse a Dios; el Señor sigue contando con nosotros, sigue volviendo su rostro sobre nosotros y quiere derramar su misericordia y su paz en nuestros corazones. Lo necesitamos, pero necesitamos también reconocerlo, como María, y dar gracias, entonar este cántico de María también nosotros con corazón agradecido al Señor.

Y una cosa más hemos de decir, celebrar la navidad significa también que Dios sigue volviendo su rostro sobre nuestro mundo. Hagamos visible para nuestro mundo esa misericordia del Señor a través de nuestro amor.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

 


Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Salmo 118; Lucas 17, 20-25

Somos amigos de cosas espectaculares y grandiosas, donde nos sentimos pequeños y anonadados en medio de esa inmensidad, pero aun así seguimos buscando un efecto más, algo aun más llamativo porque por lo que hayamos pasado ya nos parece pequeño. ¿No nos damos cuenta que en nuestras películas de ficción cada día se buscan efectos más especiales y más espectaculares? Son fantasías o sueños, pero son cosas que buscamos y nos creemos más fácilmente esas cosas grandiosas aunque sean realmente fantasiosas que las cosas pequeñas y sencillas que si fuéramos capaces de detenernos a contemplarlas descubriríamos cosas más maravillosas que esas fantasías en las que de una forma o de otra vamos envolviendo la vida.

Son las carreras locas de un lado para otro también cuando nos dicen que ha sucedido algo extraordinario; todos nos queremos enterar porque parece que solo eso es lo que nos da fe en la vida, pero pronto quizás también nos desinflamos y ya no nos llama la atención. Hablo de muchas cosas en lo humano que hacemos y por las que corremos de un lado para otro muchas veces tan enfervorizados que parece una locura.

¿Nos sucederá así en al ámbito de la religioso y espiritual, en el ámbito de la trascendencia? Sí, andamos pidiendo cosas milagrosas todos los días y decimos que lo necesitamos para creer. Quizás en muchos momentos a lo largo de nuestra vida nos han sorprendido hablándonos de cosas poco menos que milagrosas que hayan podido suceder en nuestro entorno y quizás nos hayamos quedado encandilados por esas cosas y por esos milagros. Pero ¿será así en verdad cómo vamos a encontrar a Dios o cómo Dios quiere manifestársenos? Una buena pregunta que nos tiene que hacer reflexionar.

En las expectativas que vivían en el pueblo de Israel en los tiempos de la presencia de Jesús ante la posible llegada inminente del Mesías que tanto deseaban, contemplando los signos que Jesús va realizando y también desde lo que habían escuchado al Bautista allá en el desierto se preguntan por el tiempo y la forma de la llegada del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Unas expectativas que no solo se quedaban en lo religioso sino que abarcaban todos los ámbitos de vida social de aquel pueblo que se veía de alguna manera sometido y sin esperanza. Por eso las preguntas que le hacen a Jesús.

‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’, le preguntan. Recordamos que aun los discípulos más cercanos seguían con esa pregunta en su interior, porque en el camino hacia el monte de los Olivos para la Ascensión, después de la resurrección, aun le preguntan si es en aquel momento cuando se va a restaurar la soberanía de Israel.

Jesús responde claro. No pueden andar a la expectativa de sucesos extraordinarios para que se manifieste el Reino de Dios. Y les dice claramente  ‘el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Seguramente la respuesta de Jesús les dejara con más interrogantes en su interior por lo que ellos pensaban que iba a ser ese Reinado de Dios. Les costaba entender a Jesús y darse cuenta de los signos que iba realizando de ese Reino de Dios en medio de ellos. ¿Nos sucederá de alguna manera a nosotros lo mismo?

El Reino de Dios está en nosotros, en esas nuevas actitudes y valores con los que tenemos que ir construyendo nuestra vida, en la medida en que comencemos a aceptarnos todos y a respetarnos, a amarnos mutuamente y a sentir ese interés que nace del amor de los unos por los otros, en la medida en que vamos siendo más auténticos en nuestra vida viviendo en la verdad y en la sinceridad, quitando fastuosidades y desterrando de nuestra vida la vanidad, en la medida en que buscamos el bien, luchamos por la justicia, vivimos con mayor solidaridad haciendo que nuestro corazón se desparrame en la generosidad, en la medida en que aprendemos a colaborar los unos con los otros y a valorar lo que los otros hacen; estaremos sintiendo que todos somos hijos de Dios y como hermanos tenemos que amarnos, estaremos haciendo presente a Dios en nuestra vida como centro de nuestro corazón y de todo nuestro actuar. Ahí estamos manifestando la presencia del Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente para nuestro mundo.

Allí donde vemos que dos personas se aman, digamos que está el Reino de Dios; allí donde hay gente comprometida por la paz y porque nadie sufra, tenemos que decir que se está haciendo presente el Reino de Dios; allí donde vivimos con sencillez y en la humildad sabiendo valorar las cosas pequeñas, estaremos haciendo florecer el Reino de Dios.

¿Lo tendremos de verdad en nuestro corazón porque lo tengamos sembrado con esas actitudes nuevas?

domingo, 8 de septiembre de 2024

Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 


Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

Los que nos sentimos, vamos a decirlo así, en plenitud de todas nuestras facultades no es difícil comprender a los que se sienten limitados de alguna manera en alguno de sus sentidos, por decirlo de alguna manera. Nosotros tenemos una buena visión, podemos oír con normalidad y expresarnos comunicándonos con nuestras palabras, podemos movernos libremente porque aun no nos fallan nuestras piernas y nos hemos creado un mundo en cierta manera solo válido para los que tienen esas capacidades, y de alguna manera olvidamos a quienes les fallan algunos de esos sentidos o tienen alguna dependencia por algún tipo de discapacidad física o sensorial.

Quizás cuando comienza a fallarnos alguna de esas cosas nos damos cuenta de que no nos es tan fácil comunicarnos, porque no escuchamos bien ni llegamos a entender lo que nos dicen, no vemos con claridad y estamos dependiendo de que nos digan lo que otros ven, y así podríamos pensar en muchas más cosas. Pero no nos podemos quedar en esas limitaciones físicas que quizás con el paso de los años nos van apareciendo, sino que hay muchas otras cosas en la vida que coartan y limitan esa mutua comunicación.

Algunas veces no queremos oír ni entender, no queremos saber y cerramos no solo los ojos de la cara sino más bien nuestro espíritu y nuestro corazón desde nuestra insensibilidad; nos vamos haciendo abismos que nos distancian, o ponemos barreras para que no haya acercamiento a los demás; y esto de muchas maneras, con la cerrazón de nuestra mente, con la apatía con que vivimos, con la comodidad que nos encierra en nosotros mismos, con la insolidaridad para no ver ni sentir el sufrimiento que pueda haber en las personas de nuestro entorno o los problemas de nuestro mundo, con el conformismo que nos paraliza o el fanatismo que nos hace perder la cabeza… las limitaciones nos las estamos poniendo nosotros mismos.

¿Nos podemos quedar tranquilos viviendo de esa manera? ¿Cuáles pueden ser las sorderas con que nos encontremos? ¿Tendremos curación? ¿Habrá algún tipo de audífono que nos salve y nos devuelva a una facilidad de comunicación o algún colirio para nuestros ojos? Es mucho lo que en nosotros ha de sanarse.

Nos habla hoy el evangelio de que Jesús andaba por caminos y lugares no precisamente judíos; anda por Tiro y Sidón, dos ciudades fenicias, en lo que sería hoy zona del Líbano, y está además atravesando la Decápolis, diez ciudades que precisamente no destacan por sus costumbres judíos; son lugares de los gentiles, gente ajena al pueblo de Israel, al pueblo de Dios. Pero Jesús no va ni ciego ni sordo, no va insensible a las necesidades o a la carencias que allí también podría encontrar; se había encontrado a una mujer fenicia de gran fe que con insistencia pedía por la liberación del mal de su hija enferma; ahora le salen al paso con un hombre sordo mucho, ni oía ni apenas podía hablar, que andaba en el silencio de sus oídos sordos y en la incomunicación que le imponían sus limitaciones, ‘apenas podía hablar’, dice el evangelista.

Jesús tiene también una mano de vida y de salvación para este hombre; se van a destruir todas sus barreras y podrá entrar en una nueva comunicación. No solo Jesús le está restableciendo de las limitaciones de sus sentidos, sino que aquel hombre pronto se va a convertir en un vocero de Dios. Y aunque Jesús no quiere ganarse la fama de un taumaturgo, por eso les dice que no lo digan a nadie, aquel hombre que ha recobrado el habla no parará de contar a todos las maravillas del Señor realizadas en su vida.  

‘Todo lo ha hecho bien, dicen asombrados, hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. ¿Podremos decir eso nosotros también? Aquel hombre dejó que Jesús pusiera sus manos sobre él, ‘le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’, dice el evangelista. ‘Effeta (ábrete)’, le dijo Jesús. Lo necesitamos nosotros que tan encerrados en nosotros mismos andamos tantas veces. No son solo las limitaciones de nuestros sentidos, sino las limitaciones que ponemos en nuestro espíritu, en nuestras actitudes y posturas, en nuestras maneras de hacer las cosas, en nuestras rutinas, en tantas cosas en que nos sentimos adormilados y no somos sensibles de verdad a lo que sucede a nuestro alrededor.

Pero Jesús cuando nos suelta y nos libera de esas ataduras nos está poniendo en camino. Es la tarea de liberación que tenemos que realizar, que nuestro mundo necesita. ¿No decimos que Jesús nos envía a anunciar la Buena Noticia – el Evangelio – del Reino de Dios? Nuestro anuncio son los signos de liberación que nosotros tenemos que ir realizando.

‘Les dio poder para curar’, nos dice el evangelio cuando envía a sus discípulos y a los apóstoles. Lo que tenemos que realizar nosotros, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de cárceles y opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida, hacer que la gente encuentre la verdadera libertad. Y no habrá diferencia de territorios sino que el envío es de carácter universal. Son tantas las señales que tenemos que dar. No podemos callar, tenemos que proclamar también nosotros las maravillas del Señor.

sábado, 9 de marzo de 2024

Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

 


Nos sentimos humildes acogiéndonos a la misericordia porque somos pecadores pero en nuestra humildad también somos agradecidos porque Dios realiza maravillas en nosotros

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Claro que sí, nos gustaría ser impecables, perfectos, sin cometer ningún error, que todo lo hiciéramos bien siempre, pero no seamos autosuficientes ni orgullosos, que bien sabemos de la pasta que estamos hechos, por decirlo de alguna manera, no somos perfectos, no podemos ir por ahí dándonosla siempre de que somos poco menos que perfectos, que todo lo hemos hecho bien en la vida, y que somos mejores que los demás.

Nos puede suceder a todos, y bien vemos en la vida que nos encontramos con personas así, que siempre se creen perfectos, que consideran que siempre pueden estar dando consejitos a los demás para que sean buenos, porque así se creen que son ellos. Qué mal nos sentimos cuando nos encontramos personas así, autosuficientes y siempre llenas de orgullo. Pero cuidado nosotros de alguna manera queramos presentar muchas veces esa fachada ante los demás y cuánto nos cuesta reconocer nuestros fallos, nuestros errores, los tropiezos que vamos teniendo tantas veces en la vida.

Hay muchas reacciones en general en la gente ante actitudes así. Y es que nos hacemos insoportables con nuestros orgullos y vanidades, aunque nos creamos que vamos deslumbrando a los demás. Pero también nos encontramos con los que no soportan que a su lado haya personas buenas, no perfectas porque ya decíamos que nadie es perfecto, pero a quien no siempre lucha lo suficiente por superarse, sabe quizás que no está haciendo bien pero no pone mucho de sí mismo para salir de ese estado, su propia impotencia les lleva a la desconfianza y a la descalificación de los demás.

No sé por qué, bueno la raíz en cierto modo está en esto que estamos diciendo, se ataca con tanta fiereza a los que intentan hacer el bien, son asiduos de la Iglesia e intentan vivir con la mejor rectitud su vida cristiana. Bien sabemos cómo hay siempre quien trata de descalificar todo lo bueno, echar cenizas allí donde puede brillar alguna luz, porque en cierto modo a los que viven en tinieblas les molesta la luz. También es cierto que a quienes intentan hacer las cosas bien no les falta la tentación también de la vanidad y del orgullo.

Hoy nos propone Jesús en el evangelio una pequeña parábola. Habla de los dos que subieron al templo a orar, y mientras uno no hacía sino vanagloriarse poco menos que a voz en grito delante de todos diciendo lo bueno y la justo que era por algunas de las cosas que hacía, el otro desde un rincón del templo casi no se atrevía a levantar su rostro porque se sentía pecador y no hacía sino pedir la compasión de Dios. Y nos termina diciendo Jesús en la parábola que éste bajó a su casa justificado, por la humildad de sentirse pecador, mientras el otro no.

Creo que el mensaje está claro. No podemos andar por la vida con esas vanidades y menos podemos presentarnos delante de Dios queriendo auto justificarnos siempre de lo que hacemos. No es con una lista de méritos en las manos como tenemos que presentarnos ante de Dios. Es desde la humildad desde donde nuestro corazón será agradable a Dios, como también nos hacemos más agradables ante los que nos rodean.

Nos sentimos pecadores y nos acogemos a la misericordia de Dios, con la certeza y la garantía de que el Señor es siempre compasivo y misericordioso. Pero en esa actitud humilde ante de Dios también tenemos que saber reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros.

¿No lo hizo María, como canta en el Magnificat, que el Señor se fijo en la pequeñez de su esclava e hizo obras grandes y maravillosas en ella? también la gratitud es una forma de mostrar nuestra humildad; porque somos verdaderamente humildes somos agradecidos, porque reconocemos la acción de Dios en nuestra vida. Y no es que vayamos con una lista de méritos delante del Señor, pero si hemos de saber reconocer los pasos que vamos dando viendo en ellos una obra de Dios que nos ha dado fuerza, que nos ha regalado su gracia y así podemos ir avanzando en la vida.


lunes, 5 de junio de 2023

El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

 


El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

Tobías 1,3; 2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12

Comienza hoy diciéndonos el evangelio que  ‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos’ y al final del texto termina diciéndonos el evangelista que ‘intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.

Comprendemos fácilmente cuál fue la intención de Jesús entonces y desde ahí hacemos toda la interpretación. Pero tengo que decir que pobre se quedaría para nosotros esta escucha de la Palabra de Dios si solamente nos quedamos con esa interpretación que de alguna manera vemos fuera de nosotros. Si hoy se nos proclama este evangelio no es a la manera erudita de simplemente saber lo que Jesús hacia entonces y la respuesta negativa que estaban dando precisamente los dirigentes del pueblo judío.

Hoy se nos proclamado este texto y a nosotros, los de hoy, los cristianos del siglo XXI, los que la escuchamos en este día en la celebración litúrgica y los que quizás por nuestra cuenta hemos leído este texto del evangelio, a nosotros se nos ha dicho hoy, ‘Palabra de Dios’, o sea que es para nosotros la Palabra que Dios nos dirige. Es importante esto, porque tenemos que llegar a comprender lo que hoy a nosotros de una forma muy concreta, nos quiere decir el Señor con su Palabra.

Es la maravilla de la Palabra de Dios que siempre tiene algo que decirnos. Que tampoco podemos quedarnos en la interpretación de siempre, o la interpretación que hicimos en un momento determinado con un mensaje que en aquel momento el Señor quería dirigirnos. Y ahora en estas circunstancias concretas que vivimos de nuestra vida es lo que tenemos que saber escuchar que el Señor quiere decirnos. No se trata de forzar el texto para hacerle decir lo que no dice, o para ajustarlo a lo que puedan ser nuestros deseos o intereses. Es algo más, es lo que el Señor nos dice, nos pide.

‘¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros’ se preguntaba Jesús al final del relato de la parábola, que realmente no era una pregunta retórica, sino de alguna manera una denuncia de la respuesta negativa que había dado el pueblo judío a las maravillas que Dios había obrado en ellos. Pero ¿esa pregunta no se volverá contra nosotros? Es aquí donde tenemos que ver en concreto lo que hoy el Señor nos quiere decir. Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros ¿y cuál es nuestra respuesta?

No queremos ser negativos porque siempre hemos de saber ver aquellas respuestas que hayamos dado, aunque nos parezcan mínimas, pero creo que la balanza no se inclinará fácilmente a favor nuestro. Sin embargo quiero invitaros a que hagamos como un inventario de cuántas maravillas ha hecho el Señor con nosotros a lo largo de la vida. Si queremos quedarnos en lo más inmediato veamos tantos momentos de paz que hemos sentido a pesar de los momentos tumultuosos que hayamos tenido que pasar. Muchas angustias quizás hemos tenido y hemos acudido al Señor, y casi sin darnos cuenta incluso de lo que le habíamos pedido al Señor, aquellas tormentas pasaron y aquí estamos queriendo tener el corazón en paz. ¿No habría que reconocerlo? Y así cuantas cosas más.

Pero siguiendo con los inventarios continúa recordando tantos momentos de paz que has tenido en tu corazón, o esos pequeños gestos que en más de una ocasión habremos tenido de bondad con los que están a nuestro lado, o esa sonrisa que hemos mantenido en nuestro semblante, a pesar de la angustia que llevábamos por dentro, pero la mantuvimos porque sabíamos que con ellos podíamos hacer el bien a los que estaban a nuestro lado y necesitaban esa sonrisa que también a ellos les llenará de ánimo. Seamos capaces también de reconocer cuántas cosas buenas llevamos en el corazón, no para llenarnos de orgullo o vanidad, sino para saber también dar gracias al Señor. Es una manera de presentar nuestros frutos, los frutos de las cosechas de nuestra vida al Señor.

Será también un impulso que sintamos en el corazón que nos sigue empujando para que demos frutos de obras buenas que podamos seguir presentando al Señor.


viernes, 2 de junio de 2023

Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

 


Hagamos camino con Jesús entre la Jerusalén y la Betania donde hacemos la vida, con El a nuestro lado descubriremos las maravillas de Dios

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Siempre que nos acercamos al evangelio, por muy sencilla que nos parezca la narración que se nos ofrezca, siempre vamos a encontrar una palabra de luz para nuestra vida. Por supuesto algo importante que necesitamos, aunque también es cosa muy sencilla, es que vayamos con espíritu abierto y con espíritu de fe para acoger ese mensaje o para dejarnos interpelar en nuestra vida por esa palabra que escuchamos. Si vamos predispuestos con la boca amarga, por decirlo de alguna manera, el alimento no podrá llegar a nutrirnos porque no lo hemos degustado y comido; si nuestros oídos se hacen sordos poco podrá llegar ese mensaje y esa palabra de vida a nuestro corazón.

El texto que hoy se nos ofrece es algo muy sencillo y que simplemente parece la narración de cómo unos peregrinos venidos de lejos para la fiesta de la Pascua, al no tener donde pernoctar en Jerusalén cada mañana y cada tarde hará su recorrido entre la ciudad santa y Betania donde han encontrado esa acogida.

En medio van sucediendo cosas, Jesús que observa el ambiente, podríamos decir, de la ciudad y del templo, la anécdota que no es tan intranscendente como pudiera parecer, de buscar higos en una higuera, que probablemente aun no era el tiempo de los frutos, y de unas exigencias de Jesús en el templo de que aquel lugar sagrado no se pueda convertir en un simple mercado cuando ha de tener el ambiente propicio para ser un sitio de oración, y es el gesto de quitar de en medio vendedores y negociantes para dignificar aquel lugar santo.

Diversas situaciones, diversos momentos que irán sirviendo para que Jesús nos vaya dejando semillas de su Buena Nueva. Será decirnos que cuanto estamos recibiendo pide en nosotros que demos fruto, que no podemos ir por la vida como árboles inútiles y estériles sino que siempre una huella, un fruto hemos de ir dejando tras nuestro paso.

Pero eso nos hará plantearnos con que espíritu de fe vamos nosotros por la vida, por una parte para saber leer la acción de Dios en nosotros y en la vida, esa necesaria sintonía de Dios que no podemos romper con ningún alboroto en torno nuestro, pero que también ha de hacer que nos sepamos llenar de confianza y certeza de que Dios está con nosotros y que con su presencia en nuestra vida podremos hacer maravillas.

Y no es que vayamos arrancando higueras o montañas para plantarlas en otro lugar o en el mar, sino que con la fuerza de la fe en nuestro interior mucho podemos transformar de nuestra propia vida y del mundo en el que vivimos para hacerlo mejor. Por eso  nos deja como una perla preciosa ese pensamiento de que cuando vayamos a orar a Dios vayamos con un corazón puro, con un corazón limpio de toda maldad y resentimiento, porque siempre hemos de saber ir por la vida ofreciendo comprensión, misericordia y perdón.

Ahí van quedando sembradas en nuestro corazón esas semillas de vida que hemos de hacer fructificar en nosotros; ahí vamos descubriendo esas situaciones de nuestra vida donde tenemos que poner luz; ahí están esas actitudes nuevas que tenemos que hacer resplandecer en nosotros porque otra tiene que ser nuestra relación con Dios, nuestra manera de orar, la humildad y la confianza con que vamos dejando que Dios actúe en nosotros, otra será la mirada para los que tenemos a nuestro lado donde tiene que resplandecer la comprensión y la misericordia.

Hagamos camino con Jesús, hoy le vemos caminar entre Jerusalén y Betania, esa Betania de nuestra vida, ese camino de nuestra vida de cada día entre nuestro trabajo, nuestra familia, las relaciones que mantenemos con los demás, los momentos de descanso también, porque siempre El está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino aunque no siempre sepamos reconocerlo. Ahí en nuestra vida se irán realizando momento a momento las maravillas del Señor.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.

sábado, 29 de octubre de 2022

Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

 


Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

Todos queremos un buen sitio; creo que eso lo tenemos claro; vayamos a donde vayamos, asistamos a los actos que asistamos, tenemos nuestros preferencias, nuestros lugares, porque allí vemos mejor, porque es el sitio que siempre he escogido, porque allí puedo tener más ventajas, porque estoy cerca de los que me interesa estar, porque un lugar preferente no nos hace daño… veinte mil razones diferentes si queremos contar, pero tenemos nuestros gustos.

Pero luego en la loca carrera de la vida, vienen los codazos porque por medio están los prestigios, los reconocimientos, los lugares que consideramos que nos toca por nuestros méritos, aquellos sitios donde podemos ejercer cierta influencia, o donde podemos estar más cerca del poder, de la manipulación, del relumbrón, de la vanidad que todo lo envuelve, en una palabra.

Claro que detrás de todo esto está el concepto que tengamos de la vida, los valores a los que le demos más o menos importancia, que es lo que voy buscando en la vida. Y es aquí donde Jesús quiere hacernos pensar. Parte el evangelio de algo tan corriente como el coger buen sitio en la mesa del banquete; buen sitio para ser mejor servido, buen sitio para estar cerca de las personas importantes y que también a mi me consideren importante, carreras diversas por diversos motivos para buscar un buen sitio en la mesa del banquete. Es lo que observa Jesús un día en que es invitado a una comida por un hombre principal, y al que estaban también invitados los que parecían ser los hombres importantes de la ciudad. Y es cuando Jesús nos deja la sentencia.

‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales…’

Parece la cosa más elemental, el consejo más elemental, para no quedar avergonzado en un momento así. Pero lo que nos está diciendo Jesús es algo más que unos protocolos que hay que seguir para no quedar mal ante nadie. Jesús nos está proponiendo un estilo, un sentido para nuestro actuar en la vida. Nunca podrá ser la apariencia; siempre ha de estar presente el espíritu de servicio y la humildad. No es el buscar pérdidas que nos den luego ganancias, es un estilo de vida de humildad, de servicio, de cercanía, de trato amigable en que no importan los lugares, sino el sitio que verdaderamente ocupemos en el corazón de las personas. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.

Ya nos dirá Jesús en otros momentos donde está la verdadera grandeza de la persona; nunca en la vanidad ni la apariencia, siempre en el servicio para ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Recordamos cuando sus discípulos más cercanos andaban a la greña discutiendo por el camino por los primeros puestos y les dice que será grande el que sea capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Recordamos a María la humilde esclava del Señor, pero en quien el Poderoso realiza obras grandes.

jueves, 13 de enero de 2022

Un pequeño gesto puede convertirse en una gran señal de amor que haga maravillas en la vida

 


Un pequeño gesto puede convertirse en una gran señal de amor que haga maravillas en la vida

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45

Hay cosas que no podemos callar, aunque nos lo pidan. Quizá una experiencia muy vital que hemos vivido, nos ha impresionado o hasta incluso marcado nuestra vida entre un antes y un después, o puede ser algo tan sencillo como un gesto que alguien ha tenido con nosotros y no esperábamos y por eso nos ha sorprendido e impresionado, un accidente quizás que nos ha traumatizado y no lo podemos quitar de la mente y lo compartimos con todo el mundo… hechos, gestos, cosas que nos suceden, nos impresionan, son como una señal en la vida.

Es lo que vivió aquel leproso. Hasta entonces se había sentido marginado de la sociedad porque su enfermedad le impedía convivir no solo con sus vecinos sino incluso con su propia familia; una enfermedad terrible en la que uno se ve en cierto modo muriéndose, al ver como su cuerpo se desmorona, pero no son solo los sufrimientos de la enfermedad sino la mella que va haciendo en su espíritu, el considerarse casi como un maldito.

Se había atrevido a acercarse a Jesús porque había oído hablar de El, de lo que enseñaba pero también de su cercanía con todos y de los milagros que le contaban que hacía. Se acercó a Jesús con miedo y temor, pero al mismo tiempo casi con una certeza. ‘Si quieres puedes limpiarme’. Había dado un paso, no se había quedado a lo lejos, sentía que tenía que hacer algo y se decidió. Y Jesús no lo había rehuído, no se había puesto a salvo, no se puso ni guantes ni una mascarilla, se había acercado a él y lo había tocado. ‘Extendió la mano y lo tocó diciéndole: Quiero, queda limpio’, fueron sus gestos y sus palabras.

Aunque Jesús le había recomendado que no estuviese contando a nadie lo sucedido, que fuera y se presentara a los sacerdotes para cumplir con las exigencias de la ley para poder ser considerado curado y poder volver con los suyos, él no podía callar. Estaba, es cierto, su atrevimiento, pero todo lo que había sucedido después le había desbordado; no solo se sentía sano de su enfermedad, lo que ya en sí era grandioso, sino que Jesús se había acercado a él, le había hablado, había tenido aquel gesto de extender la mano y tocarle sin miedo a la impureza legal, era algo que lo sobrepasaba todo. No podía callar.

Había sucedido algo grandioso, pero todo se había desarrollado en lo sencillo. Habían sido momentos sorprendentes de la manifestación del poder y de la grandeza de Dios se había realizado desde los gestos humanos más sencillos. Dios había llegado al corazón de aquel hombre desde los gestos más sencillos y más humanos. Era la acogida de Jesús, fue el gesto de tender su mano y de tocarlo. Allí estaba el amor, allí estaba la humanidad, allí se estaba haciendo presente Dios. Claro que aquel leproso curado no se podía callar.

Necesitamos gestos de humanidad. No son acciones mecánicas, no son protocolos burocráticos, no son normas incluso de higiene o de urbanidad las que nos impongamos las personas en nuestras relaciones. Hace falta algo más en la vida. Es necesario aprender a llevar el corazón en la mano. Y no hacen falta cosas ni extrañas ni extraordinarias, sino en eso pequeño, sencillo, ordinario de la vida de cada día poniendo humanidad, amabilidad, una sonrisa, una mirada a los ojos, un ponerte a su lado y a su altura, un facilitar el encuentro o ese decir esa primera palabra con amabilidad. ‘Extendió la mano y lo tocó’. Y el leproso curado iría diciendo ‘me tocó con su mano’ porque ese calor de su mano no lo olvidaría jamás, nunca jamás se enfriaría en su corazón.

Cuántas cosas sencillas podemos hacer y con ellas cuántas maravillas.

 

lunes, 20 de diciembre de 2021

Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen maravillas

 


Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen las maravillas del Señor

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Cómo ve voy a atrever a pedir eso? Es quizás la desconfianza de no sentir que merecemos que se nos escuche; el temor ante quien tendríamos que presentarnos para hacer esa petición pero que lo consideramos un ser tan importante, que no pensamos que ni nos pueda atender. Lo necesitaré, pero quien soy yo para atreverme a hacer tal petición.

Y no me refiero ya a nuestras relaciones humanas con aquellas personas que consideramos importantes y poderosas y ante quienes no sabemos cómo vamos a hacerle una petición tan importante o necesaria; en este caso pienso en lo que pudiera ser nuestra relación con Dios. Sabemos, es cierto, que de alguna manera apabullamos a Dios porque lo único que sabemos hacer es pedir, y nuestra oración no es otra cosa que una lista de peticiones que hacemos a Dios. Sin embargo, algunas veces dudamos, desconfiamos, de alguna manera parece que no nos atrevemos. El respeto al santo Nombre de Dios se puede convertir en un miedo.

‘No lo pido, no quiero tentar al Señor, mi Dios’, le decía Ajaz al profeta cuando este le decía que pidiera una señal en aquellas situaciones difíciles en las que se encontraban. El profeta quería darle señales de que Dios estaba con él, pero no quería tentar al Señor, su Dios, como decía. Pero la señal se le dará, una señal que fue importante en aquel momento, pero que se convierte en señal mesiánica, porque nos hablará de una presencia nueva de Dios en medio de  nosotros.

¿Temor ante la presencia de Dios? Nos parece que eso es cosa solo del Antiguo Testamento, en que Dios se manifestaba también en signos portentosos de la propia naturaleza – recordamos el Sinaí donde Dios se les manifiesta en medio de la tormenta de la montaña -, pero puede ser algo que siga pesando en nuestro corazón.

Hoy tenemos que escuchar las palabras del ángel a María. ‘No temas, porque has encontrado gracia ante Dios’. Y es que María se sentía sobrecogida por la presencia del ángel que le manifestaba la presencia y cercanía de Dios y lo que el ángel le anunciaba. No comprendía el sentido de sus palabras y se puso a rumiar en su corazón para encontrar un significado. Pero María había encontrado gracia ante Dios, y en María íbamos todos a encontrar esa gracia, ese regalo de Dios que era su salvación que se iba a manifestar en Jesús, el hijo que había de nacer de María, el Emmanuel. ‘No temas…’ le ha dicho el ángel.

Dios se nos va a manifestar en una cercanía maravillosa. De ahora en adelante para nosotros va a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y así nos prometerá Jesús al final del evangelio que estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Hoy estamos contemplando ese momento maravilloso. Dios se ha acercado a María, que es la agraciada del Señor, para ser gracia salvadora para todos nosotros. María se va a ver inundada por el Espíritu Santo ‘y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra y el santo que va a nacer de ti, le dice el ángel, será llamado Hijo de Dios’.

Se va a realizar la maravilla de la Encarnación. Y Dios quiere contar con María. No es ya que nosotros no nos atrevamos a acercarnos a Dios, sino que será el mismo Dios que se quiere acercar a nosotros y quiere contar con nosotros, quiere contar con María. Y ahí aparece la disponibilidad de María, la generosidad de su corazón, la humildad de quien se siente la sierva del Señor, aunque comenzará a reconocer que el Señor en ella está realizando cosas grandes. María, la que siempre ha estado en las manos de Dios, no puede negarse, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, le dice al ángel.

¿Qué nos queda a nosotros cuando contemplamos esta escena del evangelio? ¿Qué nos queda a nosotros cuando así nos sentimos también agraciados y regalados del Señor que comenzar a caminar con la misma disponibilidad de María, con la misma generosidad en nuestro corazón?

Son los pasos que tenemos que seguir dando en este camino de Adviento cuando ya tenemos tan cercana la Navidad. Reconozcamos que el Señor quiere hacer también obras grandes en nosotros. Pero necesitamos la fe y la humildad de María, la confianza y la disponibilidad de María. No temamos, también nosotros hallamos gracia ante Dios porque el Señor está volviendo su rostro sobre nosotros para inundarnos con su salvación.

 sava

martes, 16 de febrero de 2021

Para entender y comprender el mensaje de Jesús hemos de saber entrar en su sintonía y lavarnos los ojos con el colirio de Dios para que resplandecientes veamos las obras de la luz

 


Para entender y comprender el mensaje de Jesús hemos de saber entrar en su sintonía y lavarnos los ojos con el colirio de Dios para que resplandecientes veamos las obras de la luz

Génesis 6,5-8; 7, 1-5.10; Sal 28; Marcos 8,14-21

Nos habrá sucedido en más de una ocasión. Quisimos hacer un comentario simple a algo que vimos y no nos gusto, a algún hecho acaecido en nuestro entorno, a una noticia  que nos llegó por algún medio de comunicación, lo hicimos con la mayor sencillez y sin ninguna doble intención y no nos entendieron, mal interpretaron nuestras palabras, al final terminaron metiéndose con nuestras actitudes o nuestras intenciones. No entendieron o no quisieron entender.

En un buen deseo de decir palabras buenas, pensamientos optimistas que nos llenen de ánimo y de sentido en medio de momentos duros, porque al expresarnos quisimos hacerlo con elegancia, con palabras distintas, de una forma que todos entendiéramos y quizá empleamos alguna imagen, pues la gente se quedó con la imagen, no fueron capaz de entender el sentido y por supuesto el mensaje se quedó cojo porque realmente no llegó a esas personas.

Me ha pasado en unos pensamientos que pretendo hacer llegar todos los días a mis amigos de las redes sociales, y quizá empleo una imagen de la naturaleza o de la agricultura como comparación o alegoría de lo que realmente quiero trasmitir, pero hay quien me lo comenta quedándose simplemente en aquella imagen de la naturaleza, de la agricultura o de lo que en estos trabajos ha hecho siempre, pero el mensaje de fondo no se supo interpretar.

A los discípulos, y en este caso a los más cercanos, a los que están siempre con El en ocasiones también les cuesta entender a Jesús y como aquello de las imágenes de la naturaleza, se quedaban también en la materialidad de las palabras sin captar el más hondo sentido que Jesús quería darles, o se las tomaban como indirectas hacia hechos que quizá se les había pasado desapercibido.

Ahora iban en la barca y Jesús deja caer un comentario que les sirviera de reflexión. Les habla de la levadura de los fariseos de la que tienen que tener cuidado y no dejarse caer en sus redes, pero ellos interpretan las palabras de Jesús casi como una reprimenda porque se habían olvidado de suministrarse y prácticamente no llevaban pan en la barca.

‘¿Es que no comprendéis?’, terminará diciéndoles Jesús. No entendían, se quedaban en la materialidad de las cosas y no llegaban a entender esa imagen de la levadura, pero de la levadura de lo fariseos, de la que tenían que liberarse. No se trataba de hacer panes y tener buena levadura, sino que se trataba de que en la vida no influyan en nosotros las cosas negativas de los demás.

¿Es que no comprendéis? ¿No entendéis? También terminará diciéndonos Jesús. Nos dejamos influenciar por muchas cosas, nos sentimos aturdidos por tantas cosas negativas de la vida, que no sabemos descubrir todo lo bueno que el Señor continuamente nos está ofreciendo. Cuántas maravillas obra en nosotros; cuántas maravillas de Dios podemos descubrir en los demás, en tantas personas generosas, por ejemplo, que son capaces de quitarse el pan de la boca para compartirlo ya sean sus hijos como hace una madre, o ya sea cualquiera que pase necesidad a nuestro lado. Nos hacemos obtusos mirando siempre lo negativo con que podamos encontrarnos y no vemos esos reflejos de luz, que como las luciérnagas en la noche, van apareciendo a nuestro lado y nos van enseñando caminos, nos van iluminando el camino.

Hay muchas semillas buenas en nuestro entorno; no todo es negativo, no todo es oscuro y negro, hay también muchas luces, muchos reflejos del amor y la bondad de Dios en tantos que aman y se entregan, que viven con dignidad y se toman en serio y con responsabilidad la vida, en tantos que sin hacer ruido cumplen con su deber y aún hacen más pues son capaces de sacar tiempo hasta de su descanso para vivir un compromiso a favor de los demás.

Si abriéramos los sentidos seríamos capaces de ver muchas cosas buenas y podríamos hacer una lista muy grande, que sacamos de ahí, de donde habitualmente solo vemos cosas negras. Muchos ejemplos podríamos poner. Necesitamos claridad en nuestros ojos, que Jesús nos ponga el colirio de Dios, que es un colirio de luz y de color que nos hace ver la vida de forma distinta.

sábado, 3 de octubre de 2020

Sepamos ver la mano del Señor y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría que aunque seamos unos pobres siervos inútiles el Señor realiza maravillas

 


Sepamos ver la mano del Señor y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría que aunque seamos unos pobres siervos inútiles el Señor realiza maravillas

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118; Lucas 10,17, 24

Fuimos capaces, nos decimos y se nos nota en el brillo de los ojos la satisfacción que llevamos por dentro; se nos había encargado algo que nos parecía quizá muy difícil, se nos había confiado una misión que conllevaba gran responsabilidad, nos vimos envueltos en unas situaciones que nos parecía que no podíamos superar pero fuimos capaces de desenredarnos y salir adelante. Y sale a flote nuestro orgullo personal por lo logrado, está aquello de la autoestima que nos habían dicho tanto para que fuéramos capaces de confiar en nosotros mismos que tenemos capacidades para salir adelante, nuestro amor propio quizás comienza a elevarnos y ya creemos poco menos que seres superiores. Pero, ¿dónde estaba la fuerza? ¿Dónde la encontramos? ¿De dónde nos vino?

¿Les estaría pasando algo así a los discípulos a la vuelta de su misión, como nos dice hoy el evangelio, y que venían contentos contándole a Jesús cuantas cosas maravillosas habían hecho? No podemos descartar esas satisfacciones y orgullos porque son muy humanos y muy humano es que nos sintamos contentos con lo que realizamos. Jesús corrobora también con sus palabras lo bien que lo habían hecho, pero al mismo tiempo Jesús quiere decirnos algo más. Es quizá responder a aquellas últimas preguntas que nos hacíamos en el párrafo anterior.

Y Jesús comienza por dar gracias al Padre, el Padre que se revela a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón pero que no se manifiesta a los engreídos de sí mismos y que se creen autosuficientes. Jesús quiere ayudarnos a comprender que es el Espíritu del Señor el que está actuando ahí. Y da gracias sí, porque aquellos humildes y sencillos enviados pudieron hacer muchas cosas porque se dejaron conducir por el Espíritu del Señor. El Espíritu del Señor había movido sus corazones y su vida, y era el Espíritu del Señor el que ponía palabras en sus labios para anunciar el Reino de Dios y si les acompañaban también aquellos signos que realizaban era el Espíritu del Señor quien estaba actuando en ellos.

De alguna manera Jesús les está previniendo contra los orgullos y las autocomplacencias, les está ayudando a que se bajen de aquellos pedestales a los que se sienten tentados a subir y su camino y su actuar vaya por otros caminos de humildad y de reconocimiento de la obra de Dios en ellos.

Creo que esta Palabra está abriendo ante nosotros un nuevo sentido, una nueva manera de actuar. Si cuando envió Jesús a los discípulos a anunciar el Reino dándole todos aquellos poderes para que pudieran realizar también signos, recordemos que Jesús les mandó primero que nada rezar, orar al dueño de la mies para aquella tarea que iban a comenzar a realizar. Ahora tenemos que recordarlo con humildad y cuando vemos las pequeñas semillitas que somos capaces de ir poniendo en el camino de nuestro mundo para sembrar el Reino de Dios, vayamos también con nuestra oración, una oración de acción de gracias al Señor que ha estado en nosotros, que a través de nosotros pobres siervos inútiles se ha podido realizar.

Gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque en nosotros y a través de nosotros has realizado obras grandes, has realizado maravillas. Bajémonos de los pedestales y desinflemos esas autocomplacencias con que muchas veces nos hinchamos, veamos la obra de Dios en nosotros que nos capacitó, nos dio posibilidades, nos hizo creer, sí, también en nosotros mismos despertando nuestra autoestima. Sepamos ver la mano del Señor en todo y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría.