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viernes, 13 de febrero de 2026

Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

 


Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor

1 Reyes 11,29-32; 12,19; Salmo 80; Marcos 7,31-37

Qué importante y necesario es que nuestros sentidos, podríamos decirlo así, estén despiertos, estén en la plenitud de lo que están llamados a ser; podemos olfatear el perfume de una rosa como podemos contemplar la belleza de su forma y colorido, podemos llevarla en nuestras manos y convertirla en una ofrenda de amistad y de amor a aquellos que apreciamos y que amamos; podemos escuchar el sonido cantarino de cuanto nos rodea, pero sobre todo podemos entrar en comunicación con los demás escuchándoles y entrando en diálogo de amistad con los que nos rodean. Qué tremendas barreras se interponen cuando nos falla alguno de nuestros sentidos, de alguna manera es como si nos sintiéramos mutilados porque algo ya nos está fallando en nuestra comunicación aunque tengamos el ingenio de buscar otros medios para esa comunicación que nos falta.

Es muy significativo el milagro del que nos habla hoy el evangelio. Jesús, además en esta ocasión, estaba también fuera del territorio propiamente judío, pues estaba en la Decápolis, una zona bordeando la Galilea pero que realmente era tierra de paganos. Es importante el detalle, pero fijémonos en la intensidad a la que vez que sencillez del relato. Le traen un sordomudo para que lo cure. Hay un trato muy humano y personalizado de Jesús con este hombre expresado en los gestos que acompañan el hecho. Jesús toca los oídos y la lengua de este hombre. Solo hay una palabra, ‘Effetá’, ¡ábrete! Y aquel hombre pudo oír y pudo hablar, pudo entrar de nuevo en relación con los demás saliendo de ese mundo de silencio en que vivía.

¿Qué significará para nosotros? Aunque muchos sean los ruidos que nos rodean y nos aturden en este mundo en que vivimos algunas veces queremos aislarnos, y no porque le temamos a los ruidos que muchas veces los buscamos, sino porque quizás no queremos que llegue a nosotros ese sonido incisivo, esa palabra clara y diáfana que nos va a hacer encontrarnos con nosotros mismos o también con la autentica realidad que nos rodea. Nos queremos desentender, no queremos saber en tantas ocasiones, porque en medio de esos sonidos que nos llegan pueda haber interpelaciones a nuestra vida, pueden planteársenos interrogantes, se nos pueden estar pidiendo respuestas que quizás no queremos dar para no comprometernos.

No son ya las carencias que podamos tener en nuestros sentidos sino las sorderas que nos buscamos, las barreras que ponemos, las distancias que vamos creando, allí donde hay una palabra o una realidad que quizás hiere nuestra sensibilidad y no queremos sufrir y por eso no nos queremos enterar. Nos sucede en relación a la realidad de ese mundo que nos rodea, pero tendríamos que analizar si acaso nos está sucediendo con aquellos que son más cercanos a nosotros, en la pareja, en la familia, en el grupo de los amigos, en ese mundo complejo de los compañeros de trabajo, comenzamos a no escuchar, a pasar de largo, a hacernos los sordos, a aislarnos queriendo vivir encerrados ‘pacificamente’ en nuestra torre, pero donde la larga no vamos a encontrar paz.

El evangelio llega a nosotros en esa mano de Jesús que nos toca, nos quiere hacer despertar, que mete sus dedos en nuestros oídos o nos toca nuestra lengua. ‘Effetá’, nos dice. Abre tus oídos, suelta tu lengua, escucha, escucha a quien te habla y quiere entrar en comunicación contigo. Escucha la Palabra de Dios que viene a despertar tu vida para que formemos un mundo nuevo, Reino de Dios lo llamamos, donde se haga una nueva familia, un nuevo sentido de humanidad. Hemos nacido para comunicarnos pero Dios quiere que nazca en nosotros un hombre nuevo para una nueva humanidad, amasada en la comunión y en el amor.

domingo, 8 de septiembre de 2024

Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 


Les dio poder para curar, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida

 Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

Los que nos sentimos, vamos a decirlo así, en plenitud de todas nuestras facultades no es difícil comprender a los que se sienten limitados de alguna manera en alguno de sus sentidos, por decirlo de alguna manera. Nosotros tenemos una buena visión, podemos oír con normalidad y expresarnos comunicándonos con nuestras palabras, podemos movernos libremente porque aun no nos fallan nuestras piernas y nos hemos creado un mundo en cierta manera solo válido para los que tienen esas capacidades, y de alguna manera olvidamos a quienes les fallan algunos de esos sentidos o tienen alguna dependencia por algún tipo de discapacidad física o sensorial.

Quizás cuando comienza a fallarnos alguna de esas cosas nos damos cuenta de que no nos es tan fácil comunicarnos, porque no escuchamos bien ni llegamos a entender lo que nos dicen, no vemos con claridad y estamos dependiendo de que nos digan lo que otros ven, y así podríamos pensar en muchas más cosas. Pero no nos podemos quedar en esas limitaciones físicas que quizás con el paso de los años nos van apareciendo, sino que hay muchas otras cosas en la vida que coartan y limitan esa mutua comunicación.

Algunas veces no queremos oír ni entender, no queremos saber y cerramos no solo los ojos de la cara sino más bien nuestro espíritu y nuestro corazón desde nuestra insensibilidad; nos vamos haciendo abismos que nos distancian, o ponemos barreras para que no haya acercamiento a los demás; y esto de muchas maneras, con la cerrazón de nuestra mente, con la apatía con que vivimos, con la comodidad que nos encierra en nosotros mismos, con la insolidaridad para no ver ni sentir el sufrimiento que pueda haber en las personas de nuestro entorno o los problemas de nuestro mundo, con el conformismo que nos paraliza o el fanatismo que nos hace perder la cabeza… las limitaciones nos las estamos poniendo nosotros mismos.

¿Nos podemos quedar tranquilos viviendo de esa manera? ¿Cuáles pueden ser las sorderas con que nos encontremos? ¿Tendremos curación? ¿Habrá algún tipo de audífono que nos salve y nos devuelva a una facilidad de comunicación o algún colirio para nuestros ojos? Es mucho lo que en nosotros ha de sanarse.

Nos habla hoy el evangelio de que Jesús andaba por caminos y lugares no precisamente judíos; anda por Tiro y Sidón, dos ciudades fenicias, en lo que sería hoy zona del Líbano, y está además atravesando la Decápolis, diez ciudades que precisamente no destacan por sus costumbres judíos; son lugares de los gentiles, gente ajena al pueblo de Israel, al pueblo de Dios. Pero Jesús no va ni ciego ni sordo, no va insensible a las necesidades o a la carencias que allí también podría encontrar; se había encontrado a una mujer fenicia de gran fe que con insistencia pedía por la liberación del mal de su hija enferma; ahora le salen al paso con un hombre sordo mucho, ni oía ni apenas podía hablar, que andaba en el silencio de sus oídos sordos y en la incomunicación que le imponían sus limitaciones, ‘apenas podía hablar’, dice el evangelista.

Jesús tiene también una mano de vida y de salvación para este hombre; se van a destruir todas sus barreras y podrá entrar en una nueva comunicación. No solo Jesús le está restableciendo de las limitaciones de sus sentidos, sino que aquel hombre pronto se va a convertir en un vocero de Dios. Y aunque Jesús no quiere ganarse la fama de un taumaturgo, por eso les dice que no lo digan a nadie, aquel hombre que ha recobrado el habla no parará de contar a todos las maravillas del Señor realizadas en su vida.  

‘Todo lo ha hecho bien, dicen asombrados, hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. ¿Podremos decir eso nosotros también? Aquel hombre dejó que Jesús pusiera sus manos sobre él, ‘le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’, dice el evangelista. ‘Effeta (ábrete)’, le dijo Jesús. Lo necesitamos nosotros que tan encerrados en nosotros mismos andamos tantas veces. No son solo las limitaciones de nuestros sentidos, sino las limitaciones que ponemos en nuestro espíritu, en nuestras actitudes y posturas, en nuestras maneras de hacer las cosas, en nuestras rutinas, en tantas cosas en que nos sentimos adormilados y no somos sensibles de verdad a lo que sucede a nuestro alrededor.

Pero Jesús cuando nos suelta y nos libera de esas ataduras nos está poniendo en camino. Es la tarea de liberación que tenemos que realizar, que nuestro mundo necesita. ¿No decimos que Jesús nos envía a anunciar la Buena Noticia – el Evangelio – del Reino de Dios? Nuestro anuncio son los signos de liberación que nosotros tenemos que ir realizando.

‘Les dio poder para curar’, nos dice el evangelio cuando envía a sus discípulos y a los apóstoles. Lo que tenemos que realizar nosotros, abrir oídos, devolver la luz a los ojos, liberar de cárceles y opresiones, construir un mundo nuevo, ayudar a poner actitudes nuevas en el corazón y en la vida, hacer que la gente encuentre la verdadera libertad. Y no habrá diferencia de territorios sino que el envío es de carácter universal. Son tantas las señales que tenemos que dar. No podemos callar, tenemos que proclamar también nosotros las maravillas del Señor.

viernes, 9 de febrero de 2024

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

 


En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

1  Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

¿Nos estaremos quedando sordos? Hay quienes hablan de que las estadísticas suben, que los sonidos fuertes y estridentes que se utilizan en muchas manifestaciones músico culturales pueden estar dañando nuestros oídos, que los cascos o los auriculares que se utilizan para escuchar música desde toda esa amplia gama de reproductores que cada vez se van multiplicando más – y no me atrevo a decir nombres porque creo que me he quedado obsoleto en el conocimiento de estos aparatos que cada vez se multiplican más – pueden estar llevándonos a una nueva generación de sordos o de personas que con los años van a tener muchos problemas con la audición. No es raro ya encontrarnos a muchas personas con audífonos para mejorar la audición, que hasta yo mismo ya tengo que llevarlo. Claro que están las sorderas congénitas, y como consecuencia en muchos también la imposibilidad de comunicarse mediante el lenguaje hablado. ¿Nos estaremos quedando sordos? Nos preguntábamos al principio.

Hay en nuestra sociedad que por otra parte va avanzando en muchas mejores ya va siendo normal el contemplar el uso del lenguaje de signos para aquellas personas que no pueden oír y que entonces realmente, como ha sucedido desde siempre, tienen una barrera casi infranqueable para comunicarse y para relacionarse con los demás. Duro es no poder oír, por esa incomunicación y también, por qué no decirlo, por la incapacidad para escuchar también tantas maravillas que nos puede ofrecer la naturaleza, o que el hombre con su capacidad artística puede crear. Muchas cosas se pueden derivar de todo esto. Porque quizás tendríamos que estarnos preguntando si acaso son solo esas las sorderas que  nos incomunican y que nos afectan a los hombres y mujeres de hoy.

Hoy el evangelio nos habla de que mientras Jesús iba atravesando la Decápolis en su vuelta desde la tierra de los cananeos o fenicios, como ayer contemplábamos también en el evangelio, se encuentra con que le presentan a un hombre sordo y que también era mudo para que Jesús lo curase. Hemos escuchado el relato que con sencillez nos hace el evangelista. Jesús que lo aparta de la gente – qué estridente es el barullo de mucha gente alrededor cuando se ha mermado la capacidad de la audición -, y tocando sus oídos y la lengua le dice: ‘Effetá’, ¡ábrete! Y sus oídos quedaron restablecidos. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Un signo más de la llegada del Reino. Los sordos oyen y los mudos pueden hablar. Lo que había anunciado Jesús en la Sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta. Una buena nueva se anunciaba a los pobres y a los que sufren. Llegaba el tiempo de la liberación, llegaba el año de la gracia del Señor.

Un signo que tenemos que ver realizado también en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Las señales del Reino de Dios que han de manifestarse hoy. Porque el Reino de Dios es también para el hoy de nuestra vida. Unas nuevas señales que nosotros tenemos que dar. Unos oídos que tenemos que abrir, comenzando por la atención que con mayor intensidad tendríamos que dar en ese mundo de los sordos. Señales y pasos vamos dando hoy y ya los sordos no son los que se quedan a un lado en nuestras comunidades y en nuestras celebraciones, porque comenzamos a tener para ellos una atención especial, aunque mucho aun queda por hacer.

Pero más señales tenemos que dar en nuestro mundo, porque quizás muchas veces nos hacemos sordos para no escuchar lo que son los anhelos del hombre de hoy queriéndole dar una respuesta. ¿Seremos nosotros los que necesitamos ser curados? ‘No hay peor sordo que el que no quiere oír’ se suele repetir, sin darnos cuenta que quizás nosotros no queremos oír. Nos desentendemos, vamos a lo nuestro, nos encerramos en nuestras cositas.

Igual que muchas veces hemos contemplado esa imagen de un grupo grande de personas que están en un determinado lugar, o a acudido a alguna cosa, muchas veces incluso un encuentro familiar, pero los vemos todos incomunicados los unos con los otros, porque cada uno está con su móvil en la mano atendiendo a lo que en él pueda encontrar o recibir, pero no termina de ver ni de escuchar a la persona que tiene a su lado. Va, por ejemplo a visitar a la familia, pero no se comunica con la familia que tiene a su lado porque está en otra honda queriendo comunicarse con el que está lejos.

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos incomunicados con los que tenemos a nuestro lado. Ya es terrible este hecho en si mismo, pero también tenemos que decir que es bien significativo de esa incomunicación que vivimos los unos con los otros, de esa sordera que nos hechos creado para no escuchar al que está a nuestro lado, mientras quizás queremos escuchar al que está al otro lado del mundo.

Cabría también reflexionar aquí de esa necesidad de abrir nuestros oídos para Dios, para escuchar su Palabra, para sentir la presencia de Dios en nuestro corazón. ¿No habrá también muchos bullicios de nuestro mundo que nos ensordecen para Dios? Necesitamos, es cierto, afinar nuestros oídos para escuchar mejor a Dios que nos habla en el corazón.

¿Necesitaremos esa mano que nos toque allá en lo más hondo de nosotros y nos diga también ‘effetá’ (¡ábrete!)?

viernes, 10 de febrero de 2023

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

 


Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva

Génesis 3, 1-8; Sal 31; Marcos 7, 31 - 37

‘Pero tú ¿estás sordo? ¿No estás oyendo lo que te estoy diciendo?’ Habremos dicho en alguna ocasión, o nos han dicho a nosotros porque no prestábamos atención a lo que se nos decía. Oíamos, sí, pero no escuchábamos. El sonido llegaba a nuestros oídos, pero no estábamos escuchando. También habremos escuchado en más de una ocasión aquello de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, no quiere prestar atención. Tantas veces nos hacemos oídos sordos en la vida. No nos queremos enterar, no queremos saber, no queremos complicarnos.

Y no es ya que no prestemos atención a las cosas que se dicen, los comentarios que se hacen, es que no queremos saber de problemas, es que no queremos complicarnos la vida, es que no queremos meternos con sinceridad dentro de nosotros mismos para ver aquello que nos están señalando, aquello que sabemos que no es bueno, pero que no queremos saber, no queremos cambiar, no queremos escuchar. Y no oímos el consejo de un amigo, no escuchamos la recomendación que nos hacen nuestros padres, no prestamos atención a muchas señales que podemos ver en la vida que nos tendrían que hacer pensar, que nos harían tomar decisiones que no queremos tomar, que nos harían cambiar o mejorar, pero preferimos quedarnos así, es más cómodo, mejor, pensamos, dejarnos llevar por la rutina de lo de siempre.

¿Queremos abrir nuestros oídos? Quizás vamos al especialista en audición para que nos ponga unos aparatitos en los oídos, pero no acudimos a quien puede abrirnos los oídos de la vida para encontrarnos con la verdad de la vida, para encontramos con la  verdad de nuestra propia vida.

Hoy le llevaron a Jesús – todavía andan en los exteriores casi del territorio de Israel  - a un hombre que era sordo y apenas podía hablar. Hemos escuchado el relato del evangelio. Jesús se lo lleva aparte, le metió los dedos en los oídos y le puso saliva en la lengua y le dijo: ‘¡Effetá!, ¡ábrete! Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Por eso decíamos que tenemos que ir a quien nos abra los oídos. Tenemos que dejarnos conducir, tenemos que dejarnos hacer. Que Jesús llegue a nosotros también y toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida. ‘¡Effetá! ¡Ábrete! Que se abran nuestros oídos, que se abra nuestro corazón, que salgamos de nuestras encerronas y de nuestras cobardías, que rompamos el ritmo de esa rutina, que nos despabilemos de una vez por todas y prestemos atención.

Quiero pensar en una cosa. ¿Cuántas veces hemos ido a la Iglesia, a Misa en la vida? ¿Cuántas veces ante nosotros se ha proclamado la Palabra del Señor? ¿La habremos escuchado? ¿Le hemos prestado atención o estábamos en nuestras cosas, en nuestros pensamientos, en la preocupación de lo que teníamos que hacer después? Hemos estado sordos y no lo hemos reconocido; hemos estado sordos y no hemos escuchado; hemos estado sordos y la Palabra que se nos ha proclamado no ha llegado a nosotros. Seguimos siempre igual, seguimos siempre con lo mismo y pocas señales damos de que vayamos cambiando. Nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra manera de hacer las cosas ha seguido siendo la misma. No escuchamos.

Estamos hablando de la escucha de la Palabra de Dios, pero podíamos pensar en muchas más cosas. Cómo es necesario que sepamos escucharnos unos a otros. Cuántos problemas se evitarían, cuánto aprenderíamos de los demás, cómo evitaríamos prejuicios y prevenciones ante los otros, cómo aprenderíamos a mirar con ojos nuevos y distintos a los demás descubriendo muchas cosas buenas y positivas, qué nuevas actitudes y posturas tomaríamos ante los otros. En muchas más cosas tendríamos que pensar.

Dejémonos tocar por la mano del Señor para abrir nuestra vida a su gracia, a una vida nueva.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

 


Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145;  Santiago 2, 1-5;  Marcos 7, 31-37

El mundo está necesitando de gestos proféticos; no son grandes palabras, grandes discursos lo que necesitamos porque a eso nos acostumbramos y al final no las oímos; gestos que nos despierten, gestos que nos hagan ver otras posibilidades, que nos inquieten pero que también en medio de las sombras nos hagan ver la luz. Un golpe dado sobre la mesa de manera contundente nos hace prestar más atención quizás que las palabras bonitas y persuasivas que nos puedan estar diciendo por los altavoces. Algo tiene que llamarnos la atención y hacer que nos despertemos de esa vida amorfa y anodina que estamos viviendo cada día. Aunque antes dije un golpe, quizá un pequeño detalle, un gesto sencillo nos puede hacer mejor pensar y despertar.

El mundo se nos vuelve convulso con nuestras prisas y con nuestros agobios, nos suceden cosas que nos inquietan y nos hacen perder el rumbo como toda esta situación que últimamente hemos ido viviendo, pero es que tampoco el estilo de vivir que teníamos era mejor, porque parecía que cada uno solo miraba por sí mismo y se desentendía de los demás, quizás no estábamos preparados para lo que se nos vino encima y no sabemos cómo salir adelante; vamos como ciegos y sordos por los caminos de la vida buscando algo y no terminamos quizá de encontrarlo.

Hoy nos ha dicho el profeta: ‘Decid a los inquietos: Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Y hablaba de unas señales, los ciegos que recobran la vista, los oídos de los sordos que se abren, la lengua del mudo que comienza a cantar y los cojos que saltan como los ciervos. ¿Cuáles son esas señales, esos signos hoy?

El Evangelio que escuchamos nos viene a dar esa señal. Jesús caminaba por tierra de gentiles, venía de Fenicia, Tiro y Sidón y va atravesando la Decápolis. Y es allí donde le presentan un sordomudo para que lo cure. Y aquí vienen los signos y los gestos de Jesús.

En esta ocasión Jesús se ha detenido junto a aquel hombre, incluso lo toma de la mano y lo lleva a un lugar más apartado; no importa que no sea judío, están en tierra de gentiles, pero allí hay un hombre que sufre porque no oye y apenas puede hablar. Y Jesús sencillamente va a poner su mano sobre él tocando sus oídos y su lengua. Ya hemos escuchado muchas veces como entre los judíos evitaban tocar todo aquello que les pudiera volver impuros, pero Jesús no teme tocar los oídos y los labios de este hombre incluso con su saliva. Y será su palabra ‘¡Effetá!’ (Ábrete) lo que liberará a aquel hombre para que pueda oír, para que pueda hablar. Todo el episodio tiene el valor de un gesto profético que nos anuncia un mundo nuevo, un nuevo sentido de vivir.

Decíamos al principio que el mundo necesita gestos y señales proféticas que nos despierten para algo nuevo y distinto. Quienes nos dejamos iluminar por la luz del evangelio tenemos una responsabilidad muy grande. Primero porque hemos de dejarnos sorprender por esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino; Jesús nos sale al paso de muchas maneras en la vida, estemos donde estemos, sea la que sea la situación que vivamos. Hemos de estar atentos a esas señales, porque podemos encontrar muchas cosas hermosas y enriquecedoras en las personas que están a nuestro lado o con las que nos cruzamos en los caminos de la vida; no siempre sabemos descubrir lo bello y lo positivo que los demás pueden ofrecernos y hemos, pues, de saber estar atentos.

Pero es que también nosotros podemos ser signos para los demás, tenemos que ser signos para los demás. No necesitamos quizá hacer grandes cosas sino sencillamente sabernos detener junto al que está al borde del camino y tender nuestra mano, como vemos que hizo Jesús en este texto del evangelio que estamos comentando.

¿Qué sabes del sufrimiento o de las alegrías de las personas que están cerca de ti? Vivimos muchas veces unos al lado de los otros, pero no nos enteramos; quizá nos extrañe una reacción determinada en algún momento, pero no sabemos cual es la situación por la que está pasando. Nos detenemos a hablar de cosas insulsas o siempre quejándonos de lo mal que anda nuestro mundo, pero no prestamos atención al que está al lado de nosotros. Ese detenerse de Jesús junto a aquel hombre e incluso llevárselo aparte para estar con él puede ser un buen signo que nosotros tengamos que aprender a realizar. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida; ahora con la disculpa de los contagios quizás nos hemos encerrado más y hasta nos hemos vuelto más inhumanos. Pues hay que dar señales de humanidad para que podamos hacer una humanidad mejor. ‘¡Effetá!’ nos está diciendo Jesús, para abrir nuestros oídos y nuestro corazón para ayudar a que también los demás puedan escuchar esa palabra de Jesús. Y, no lo olvidemos, nosotros tenemos que ser esas señales que el mundo está necesitando.

 

viernes, 12 de febrero de 2021

Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

 


Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás rompiendo tantas barreras de incomunicación

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37

Vivir incomunicados es una oscuridad muy grande que se abate sobre la vida y nos paraliza. En muchos grados, en muchas clases de incomunicación podemos fijarnos y a cada cual más paralizante. ¿Qué nos ha pasado en este año que llevamos de confinamientos, de limitación de movimientos, de encierros en casa y todo lo que han significado las consecuencias de la pandemia que estamos viviendo? Como decíamos, parece que nos encontramos paralizados; aunque hoy no nos faltan otros medios para relacionarnos con los demás nos ha faltado ese contacto directo con familiares, con amigos, con vecinos, con compañeros de trabajo, con todas esas personas con las que habitualmente nos relacionamos.

Cuánto hemos ansiado poder encontrarnos, poder vernos, poder darnos un abrazo, poder sentir esa cercanía del amigo, del ser querido; parece que nos ha faltado su olor, el sonido de sus pasos, su silueta que éramos capaces de soñarla en la lejanía. Y he querido comenzar fijándonos en esta incomunicación que se nos ha impuesto, pero cuando hablamos de incomunicación podemos hablar de muchos aspectos, de muchas formas de incomunicación que podemos llevar impuestas, como cargadas sobre nosotros, o que muchas veces de manera malévola podemos imponernos unos a otros.

En esas cargas que nos limitan la comunicación y la relación podemos pensar, y es en la mayoría de la veces en lo primero que pensamos, en esas limitaciones de nuestros sentidos o de los órganos de nuestro cuerpo. Será el invidente, como podemos referirnos también al sordomudo; cuántas sombras se abaten sobre su vida y ahora es no porque nos lo impongamos nosotros para impedir otros males peores, sino que ha sido la naturaleza la que ha producido esas limitaciones en nuestra vida.

Pero claro podemos pensar en las limitaciones que nos imponemos los unos a los otros, cuando por ejemplo nos aislamos, y no es que nosotros busquemos para nosotros mismos el aislamiento, sino cuando queremos aislar a los demás; barreras que nos interponemos los unos a los otros con nuestras discriminaciones, o con nuestros juicios que condenan a los demás; de muchas forma producimos ese aislamiento cuando nos negamos la palabra, el pan o la sal de nuestras relaciones bien porque nosotros nos subimos sobre pedestales para distinguirnos de los demás, o bien cuando marcamos a los otros dejándolos al borde del camino de la vida con nuestro desprecio o nuestras minusvaloración.

El evangelio nos ha hablado de un sordomudo que apenas podía hablar y uno tiene que considerar lo duro que tendrá que ser para una persona que no pueda expresarse y comunicarse con los demás; porque ni oímos lo que los otros quieran o puedan decirnos ni podemos hablar para decir al otro y comunicar nuestro pensamiento o nuestros deseos. No vamos a pensar cuánto se haya logrado hoy día con el lenguaje de los signos a través de los cuales se comunican los sordomudos, porque no es una posibilidad para todos y porque para llegar a esa comunicación hay que hacer un recorrido muy largo.

Un mundo de incomunicación que nos paraliza; confieso que cuando me encuentro con una persona que sufre esta limitación yo también me siento paralizado por no poder expresarme de manera que el otro me pueda entender. Por eso he querido extender ese campo de incomunicación que muchas veces nos creamos entre unos y otros. Porque bien sabemos cuántas pasiones llevamos dentro de nosotros que nos hacen actuar de manera que hacemos daño a los demás y así vamos creando barreras y aislamientos entre nosotros. Hoy en un mundo de muchas palabras, grande sin embargo es la incomunicación que nos hemos creado entre unos y otros. Ya no son las limitaciones de la propia naturaleza sino que somos nosotros los hacemos ese mundo de sordos en que no nos queremos escuchar.

Hay algo hermoso que nos da esperanza en el texto del evangelio, sin dejar de decir que el evangelio siempre es esperanza para el creyente. En este caso es la intercesión de la gente por este sordomudo. Le pedían a Jesús que le impusiese su mano para curarlo.

Jesús también llega a nosotros y nos dice ‘Effetá’ para abrir nuestros oídos y nuestros labios, para abrir nuestro espíritu y nuestro corazón, para hacer que abramos las puertas de la vida a los demás o para que nosotros salgamos de nuestro encierro, de nosotros mismos para ir al encuentro de los otros. Pensemos cada uno lo que necesitamos abrir porque hay muchas cosas cerradas que nos incomunican en nosotros. Cuántas cosas siguen paralizándonos, llenándonos de oscuridad, creando barreras, distanciándonos de los otros. Dejemos que Jesús toque nuestro corazón para ser ese hombre nuevo que saber ir siempre al encuentro de los demás.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver


Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
Confieso que hay ocasiones en que me siento un poco perplejo y me pregunto cuales son nuestros valores o por donde llevamos nuestro mundo y nuestra sociedad. Se proclaman fácilmente valores humanos, hablamos de derechos y de libertades, pareciera que entramos en una honda, por decirlo de alguna manera, de respeto y de valoración de las personas, nos encontramos grupos muy sensibilizados en estas cuestiones, pero al mismo tiempo parece que cuando nos tocan nuestros intereses – y aquí en lo de intereses pueden caber muchas cosas – reaccionamos olvidando mucho de lo dicho, nos aparecen resabios de insolidaridad y de orgullos y hasta comenzamos a querer cerrar fronteras poniendo todo tipo de dificultades.
En nuestro mundo occidental, en nuestro entorno del Mediterráneo se están viviendo, es cierto situaciones difíciles, alarmantes incluso donde está apareciendo tanta miseria en nuestra humanidad, aunque también en otras zonas de nuestro mundo – pensemos en América latina - se viven situaciones similares.
El fenómeno emigratorio está en momentos de mucha intensidad, es algo candente, bien nos duele escuchar noticias de cuantas vidas se pierden queriendo atravesar el Mediterráneo en búsqueda de una vida mejor en Europa, y aun así siguen llegando a nuestras costas miles y miles de personas que llamamos ilegales por aquello de los papeles, y en nuestras ciudades es normal encontrarnos con personas procedentes de otros lugares, y no ya por turismo.
Afloran sentimientos de humanidad, es cierto, aunque bien sabemos de tantas reticencias en muchos ambientes y hasta del miedo que nos quieren meter algunos por esta invasión de personas de otros lugares.
Y es ahí en donde en cierto modo me quedo perplejo, en una cultura como la nuestra, en unas raíces cristianas como tiene nuestra sociedad, en un recuerdo que tendríamos que hacer de cuando nuestros padres o nuestros vecinos y en tiempos no tan lejanos también tuvieron que emigrar – emigraciones interiores de un lugar a otro del mismo país o emigraciones hacia fuera -  buscando una mejor vida. ¿Por qué reaccionamos así con tantas reticencias y miedos en tantas ocasiones? ¿Por qué esas desconfianzas?
Con este fondo quiero hacer hoy la lectura del evangelio que se nos ofrece en este domingo. Se nos habla que Jesús venía de la Fenicia pagana, de Tiro y de Sidón en cuyas cercanías había andado, y ahora caminaba por la Decápolis medio adentrándose en lo que hoy seria Siria o norte de Jordania que era una región pagana. Ya sabemos cuales eran las actitudes que los judíos tenían hacia lo gentiles con los que no querían ni mezclarse.
Y es por ahí, por esas regiones periféricas por donde ahora camina Jesús y hasta le veremos hacer milagros. Allí cura a aquel sordomudo con todos aquellos gestos que realiza que son bien significativos. No se queda Jesús solo con las ovejas de Israel sino que le estamos viendo ir en búsqueda de otras ovejas, aunque sea en aquellos lugares que los judíos consideraban malditos.
Es todo un signo que nos quiere manifestar Jesús. un signo que hemos de saber leer en esas situaciones que antes mencionábamos y también escuchar desde lo que nos dice el Papa de que no nos podemos quedar encerrados solo en los que consideramos nuestros sino que hemos de saber salir a las periferias. Pienso en el momento en que se quiere estar viviendo en nuestra Diócesis, donde estamos hablando de una Iglesia en salida.
¿Somos en verdad esa Iglesia en salida? ¿A dónde estamos yendo? Podemos seguir pensando en mundos lejanos, podemos seguir pensando en misiones en lugares de los infieles en lenguaje que tanto hemos utilizado, pero, ¿dónde están esas periferias? Creo que tendríamos que darnos cuenta que no tenemos que ir muy lejos. Y podemos pensar en las bolsas de pobreza que nos rodean con tantos y tantos que vamos marginando de nuestra sociedad con tantas desconfianzas con las que llenamos nuestro corazón, pero ¿no podemos pensar también en esa situación difícil que decíamos antes que estamos viviendo, y entonces comenzar a mirar y ver a todos esos que nos llegan? Sí, comencemos a mirar y a ver. Porque ni miramos ni queremos ver.
Jesús no solo caminaba por aquella región sino que se acercó allí donde estaba el sufrimiento de aquella gente. Es significativo el encuentro con aquel sordomudo. Le piden que le imponga las manos, pero Jesús se lo lleva aparte; es como entrar en una comunicación distinta. Jesús le impone las manos, pero toca los sentidos discapacitados, porque así quiere llegar Jesús hasta la persona, es como una relación interpersonal; le mete los dedos en los oídos, le toca con la saliva la lengua. Y allí está la acción de Dios, mirando al cielo suspiró y le dijo ‘Effetá (ábrete)’ y se les abrieron los oídos y se le soltó la lengua.
Unos gestos de Jesús de cercanía, de contar con la persona, de hacer sentir con su mano el calor de la vida y del amor. Y vemos a los que se nos acercan y quizás terminamos desviando la mirada; y sentimos la presencia de alguien que nos parece distinto y tratamos de acomodarnos bien como si tuviéramos miedo de acercarnos; queremos quizás responder al saludo que nos hacen y no nos salen las palabras y nos quedamos solo en una inclinación de la cabeza; y quizá conmovido nuestro corazón queremos compartir algo con quien nos mira o nos tiende la mano y simplemente lo depositamos en la cesta que está a los pies como si temiéramos tocarle con nuestra mano. Cuántos gestos tenemos que revisar, cuantos miedos y desconfianzas tenemos que quitar, cuantas formar nuevas tenemos que realizar.
Y estoy reflexionando y compartiendo todo esto que me dice hoy el evangelio y aun sigo en mi perplejidad. Pero no es por los otros, es por mi mismo, porque aunque quiero escuchar todo esto en mi corazón, todavía sigo reticente porque no termino de dar los pasos que tendría que dar, todavía quizás siguen aflorando en mi interior mis cobardías y mi indecisión.
Pido al Señor que me ayude a transformar mi corazón, que toque mis oídos para que oiga bien, que toque mis labios y mi lengua para que comience a relacionarme de forma distinta, que toque mis manos y mis pies para que se suelten de mis miedos y vaya al encuentro del otro sea quien sea; que sienta yo el calor del amor de Dios en mi vida, pero que sepa llevar ese calor del amor a cuantos me rodean.

viernes, 9 de febrero de 2018

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

Un mundo de silencio, un mundo de incomunicación, un mundo de aislamiento. Cuanto nos cuesta comunicarnos y relacionarnos cuando carecemos de algunos sentidos o están atrofiados. No poder oír lo que sucede a nuestro alrededor nos hace entrar no solo en una incomunicación que nos aísla sino que casi nos incapacita para entender y para comprender. No poder expresar aquello que llevamos dentro porque nos faltan las palabras, porque no podemos pronunciar con sonidos lo que si escuchamos en nuestro interior nos hace la vida difícil.
Pero hay aislamientos que nosotros mismos nos buscamos. Hay silencios que nosotros creamos, porque ansiemos la soledad para pensar mejor, para reflexionar y para crecer por dentro, sino porque ponemos murallas entre nosotros y los demás para no querernos ver, para no querernos escuchar, para aislarnos de los demás. Somos nosotros mismos los que ponemos esas murallas en nuestra vida, y tremendo es cuando son los demás los que nos crean esas barreras aislándonos, excluyéndonos de su comunicación, impidiendo que podamos entender y comprender.
Son muros que tenemos que derribar. Es cierto que en nuestra civilización avanzamos y hemos sido capaces de crearnos medios que nos faciliten esa comunicación, aunque sea con el lenguaje de los signos, pero a pesar de nuestra civilización sin embargo hay otras barreras que aun no han caído en nuestras relaciones, porque nos hacemos egoístas o insolidarios, porque los que creemos que podemos y sabemos vamos avasallando por la vida, porque en nuestros orgullos vamos despreciando a tantos porque no son como nosotros, no piensan como nosotros, o porque nos parece que con sus maneras o sus formas nos repugnan y los despreciamos.
Hoy Jesús recorriendo aquellos caminos de Galilea cuando viene incluso desde más allá de lo que es el territorio judío, atraviesa desde Tiro y Sidón y cruza por la Decápolis que no son regiones judías, se encuentro con un sordomudo que alguien en buena voluntad y con fe en Jesús le trae para que lo cure.
‘¡Effetá! ¡Ábrete!’ Le dice Jesús tocando sus oídos y su lengua. Le devuelve Jesús al mundo en el que pueda relacionarse y con el que pueda entrar en comunión y en comunicación. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’, nos comenta el evangelista.
Mucho nos quiere decir Jesús con este signo. Está su amor y es un signo del Reino de Dios que llega. Es la curación de unas enfermedades y es el facilitar la vida y el encuentro con los demás. Pero es un signo de mucho más. Somos nosotros los sordos y los mudos que hemos creado tantas barreras. Son tantas las limitaciones que ponemos tantas veces en nuestra relación con los demás. Somos nosotros los que necesitamos ser curados. Somos nosotros los que tenemos que ir por el mundo facilitando el encuentro y la relación entre las personas y los pueblos.
Tenemos que ser creadores de comunión, puentes de enlace y comunicaron entre unos y otros, constructores de es mundo nuevo donde seamos capaces de entendernos, de comprendernos, de comunicarnos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos.
Son las señales que hemos de dar del Reino de Dios en nuestro mundo en el que aunque haya muchos medios de comunicación social sin embargo sigue habiendo tantas soledades, tanta gente que se siente marginada en la vida, dejados a un lado del camino, no aceptados ni comprendidos porque quizá vienen de otros lugares, porque son de otra raza, porque emplean otro lenguaje, porque tienen una manera de pensar y de entender la vida muy distinta de la nuestra. Y nosotros nos alejamos, y los aislamos, y no nos comunicamos.
Tenemos que cambiar, tenemos que abrir nuestros oídos, nuestro corazón para que nos comuniquemos de verdad, para que entre todos hagamos un mundo nuevo en el que todos quepamos. Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean. Demos de verdad las señales de que el Reino de Dios ha llegado.

viernes, 10 de febrero de 2017

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Que nuestros oídos se abran siempre para escuchar lo bueno en un diálogo constructivo y nuestros labios pronuncien siempre bendiciones y alabanzas de los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos…’ Iba Jesús atravesando las regiones fronterizas de Israel; venia de territorios fenicios, donde contemplamos su encuentro con la cananea y ahora está por la Decápolis. A todas partes llegaba noticia de sus obras y ahora le presentan a un sordomudo para que lo cure. Y Jesús abre sus oídos, suelta su lengua para que pueda escuchar y para que pueda hablar, aunque en este caso no quiere que se divulgue la noticia.
Oídos para oír. Ya escuchábamos a Jesús diciendonos que el que tenga oídos para oír que oiga, que entienda bien. Necesitamos oídos para oír, sí, pero corazón para comprender. No sé si siempre escuchamos bien, si siempre queremos escuchar, si acaso algunas veces nos hacemos oídos sordos. Y nos hacemos oídos sordos cuando escuchamos lo que queremos, o cuando oídos pero nos hacemos nuestras propias interpretaciones escuchando lo que nos interesa o tergiversando aquello que oímos con nuestra interesada interpretación.
Nos sucede tantas veces en que no llegamos a entendernos porque no nos escuchamos. Discutimos pero no dialogamos, porque no escuchamos, porque en lugar de escuchar lo que estamos haciendo es prepararnos para dar nuestra propia respuesta que no es precisamente responder a lo que nos dicen porque realmente no los hemos escuchado. Nos falta quizás serenidad y paz en el corazón para abrir bien nuestros oídos. Y eso nos sucede muchas veces en nuestras conversaciones ordinarias con la gente.
Si alguna distinción tuviéramos que hacer sería cerrar nuestros oídos a lo malo que nos puedan contar de los demás, para abrir bien nuestros ojos siempre con unos cristales muy limpios y muy brillantes para ver sobre todo lo bueno que hay en el otro. Somos dados a la comidilla, a la murmuración, al corre ve y dile, al comentario malicioso, al juicio interesado y condenatorio, a la crítica destructiva.
Cuando hoy estamos contemplando a Jesús que abre los oídos de este sordomudo y suelta su lengua para que pueda comunicarse con los demás creo que también tendríamos que pedirle al Señor que nos cure nuestros oídos y sane nuestra lengua para que nunca haya malicia en nuestros pensamientos y en nuestras palabras, para que siempre estemos abiertos a lo bueno, para que sepamos escuchar y dialogar para entendernos cada día mejor, para que nuestros labios solo se abran para alabanzas y bendiciones, para que no manchemos nuestro corazón con ningún tipo de maldad.
‘Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Ojalá nosotros pudiéramos merecer la alabanza de que siempre lo que se escuche de nuestros labios sea una palabra buena y constructiva de respeto hacia los demás y de comprensión fraterna ante lo que hacen los otros. 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Isaías 35, 4-7ª;Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
‘Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará’. Viene el Señor y viene en persona; viene el Señor y llega la salvación. Así anuncia claro y valiente el profeta. Pero ¿todos verán y sentirán esa salvación anunciada, esa venida del Señor? Por eso el profeta sigue diciendo que han de abrirse los ojos del ciego, los oídos del sordo, que lo verán como una señal cuando los desiertos se llenen de aguas y de manantiales y todo lo reseco comience a reverdecer.
Las imágenes que nos ofrece el profeta son como las de un poeta - hemos de reconocer incluso la belleza literaria de sus palabras - porque los poetas utilizando las mismas palabras que nosotros utilizamos todos los días sin embargo les dan un significado más profundo, un significado muchas veces que nos parece oculto y que hemos de saber interpretar, saber leer en su sentido. Es la manera en que ahora nos está hablando el profeta. Todo tiene su sentido y su significado. Nos invita a ser fuertes y alejar de nosotros toda cobardía y todo temor.
Y es que ante ese anuncio que nosotros también hacemos algunos quizá sigan preguntándose ¿y dónde está Dios? Hace unos días era el grito amargo de un amigo que está pasando por verdadero drama familiar y me hacia, me gritaba esa pregunta. ¿Dónde está Dios? Yo no creo en Dios, me decía, porque no lo veo ahora que lo necesito y que grito por El.
¿Dónde está Dios? quizá muchos se hayan preguntado ante estas imágenes que hemos visto estos mismos días de esas familias que huyen de la guerra y cruzan mares y países y se ven encerrados ante unas fronteras que no se les abren.
¿Dónde está Dios? más de uno se habrá preguntado cuando hemos visto esa imagen del niño muerto en la orilla de la playa cuando su familia quería atravesar los mares y naufragaban ya casi a las puertas de poder conseguirlo. Es una pregunta, un grito que quizá oímos resonar repetido en muchas gargantas y en muchos corazones en sus tormentos, en sus sufrimientos, en las injusticias humanas que sufren.
Los sufrimientos de tantos inocentes que contemplamos a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, los tormentos y sufrimientos que quizá podamos sufrir nosotros también en nuestros cuerpos doloridos por enfermedades o en nuestro espíritu pueden cegarnos y nos pueden algo así como incapacitar para ver la luz, para encontrar respuestas, para encontrar a Dios, a quien buscamos quizá como un solucionador de problemas que con su varita mágica nos vaya sacando de esos precipicios en que nos vemos abocados.
Pero recordemos las imágenes del profeta cuando nos decía que venía Dios con su salvación. Nos hablaba de que era necesario abrir los ojos ciegos o destapar los oídos cerrados para poder ver y para poder oír. Imágenes que son las señales de la llegada del Reino, de la llegada del Mesías Salvador.
¿Dónde están esos ojos ciegos, tenemos que preguntarnos, esos oídos cerrados? Quizá vamos buscando el milagro que abra los ojos de los ciegos que haya a nuestro alrededor en el mundo, o de esas personas que no oyen ni pueden hablar por deficiencias orgánicas que puedan tener en su cuerpo. Pero ¿no tendríamos más bien que mirarnos a nosotros mismos y ver la ceguera o la sordera que pudiera haber en nuestro espíritu, en nuestro corazón?
Ese es el signo del que nos habla verdaderamente el profeta y que vemos realizar a Jesús en el evangelio. ‘Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos’. Y aquel hombre se dejó hacer. ‘El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’. Necesitamos que nos toque el Señor - ‘metió los dedos en los oídos y la saliva le tocó la lengua -, que la mano del Señor llegue a nosotros. Pero llegará esa mano del Señor como El quiera. Porque somos muy reticentes y queremos que las cosas se hagan a nuestra manera, como a nosotros nos gustaría.
Y ahí en esas amarguras que tenemos en nuestra vida, esas cosas que nos duelen y que nos hacen gritar incluso hasta algunas veces contra Dios - no temamos reconocerlo, que tenemos dudas, que nos hacemos preguntas, que nos rebelamos interiormente - tratemos de abrir los ojos para ver al Señor, para escuchar en nuestro corazón esa palabra que nos dice que nos tengamos miedo ni nos acobardemos, que seamos valientes aunque haya muchas negruras en nuestra vida, porque ante nosotros se pueden abrir caminos nuevos. Quizá muchas veces nos cueste encontrarlos pero no desesperemos que la Palabra del Señor es veraz y es fiel y la Palabra del Señor se cumple. Tratemos de sintonizar con el Señor aunque muchos sean los ruidos que haya en las ondas amargas de la vida porque El dejará oír su voz, nos hará sentir su salvación.
Entendemos las palabras casi poéticas del profeta, pero que son verdaderos signos y señales para nuestra vida. Y la vida florecerá; no sabemos cómo porque el desierto nos parece demasiado erial, un día brotarán esos manantiales de gracia que reverdecerán el campo de nuestra vida y florecerá la gracia del Señor en nosotros para que en verdad podamos dar frutos.
Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Effetá’, nos dice también a nosotros tocando nuestra vida con su gracia.

viernes, 13 de febrero de 2015

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Venía camino del mar de Galilea ‘y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar’. Ya hemos escuchado el relato. Lo cura. Mete sus dedos en los oídos, toca la lengua con saliva; son los signos y los gestos de Jesús, de lo que ya hemos hablado. ‘Se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’. Ya vemos el asombro de cuantos contemplan el milagro.
Un signo de Jesús que nos quiere decir muchas cosas. Todos seguramente hemos tenido la experiencia de tener que comunicarnos con una persona sorda o una persona mucha; cuánta dificultad para hacernos entender. Aunque reconocemos que hoy se ha avanzado mucho, por así decirlo, para entrar en comunicación con estas personas con el lenguaje de los signos, sin embargo sabemos de las reticencias de muchos de los que padecen esta discapacidad, que pudiera convertirse en muchas ocasiones en desconfianzas o ser personas que viven en su mundo y de alguna manera pueden aislarse de los demás, cuando no seamos nosotros los que creemos también ese aislamiento.
No es el camino del aislamiento lo que Dios para nuestras relaciones humanas; nos ha dado medios para que seamos capaces de entrar en relación los unos con los otros y de ninguna manera podemos permitirnos ese aislamiento o esa cerrazón. Nos lleva a un compromiso por nuestra parte para acercarnos a esas personas y buscar la manera de entrar en ese relación humana entre unos y otros.
Sin embargo este signo que realiza Jesús al curar a este sordomudo del evangelio para ser señal para nosotros de muchas cosas más. Podríamos pensar en cómo nos hacemos tantas veces oídos sordos a la voz de Dios y no queremos escucharle, no nos queremos dejar iluminar por su palabra. Pero podemos pensar también en las barreras que muchas veces hacemos infranqueables con las que ya sea por nuestro carácter o manera de ser, ya sea por nuestros defectos o nuestros complejos hacen que nos aislemos nosotros de nuestro entorno o incluso dificultemos que los demás puedan acercarse a nosotros.
Son barreras que tenemos que derruir; es una nueva apertura de nuestro corazón que nosotros hemos de tener para cuantos nos rodean; es un aprender a sintonizar con quienes están a nuestro lado con sus problemas, con sus dificultades, con las debilidades incluso que puedan tener en sus vidas; es la sensibilidad que tendríamos que poner en nuestro corazón, en nuestras actitudes, en nuestros actos, en nuestra manera de actuar para que siempre seamos capaces de crear relación con los otros, de hacer comunión y vivir con unas nuevas actitudes y una nueva mirada hacia los demás.
Dejemos, sí, que Jesús venga y ponga su mano sobre nosotros, nos toque nuestros oídos, nuestra lengua, o, mejor aun, nuestro corazón para que nos sane de esas sorderas, de esos complejos, de esas actitudes negativas con las que tantas veces vamos marcando nuestra vida.
Escuchemos esa palabra de Jesús ‘Effetá (ábrete)’ para que nos sintamos sanados; para que disfrutemos de su salvación; para que aprendamos también a hacer partícipes de esa salvación a cuantos nos rodean.

viernes, 10 de febrero de 2012

Se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua



1Reyes, 11, 29-32; 12, 19; Sal. 80; Mc. 7, 31-37
‘En el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Es la exclamación llena de asombro y de admiración de la gente cuando contempla los milagros de Jesús, en este caso, la curación del sordomudo.
Hemos escuchado el relato bien detallado del evangelista. ‘La trajeron un sordo, que, además, apenas podía hablar, y le piden que le imponga las manos’. Y Jesús lo cura con los detalles que hemos escuchado de meter los dedos en los oídos y con la saliva tocarle la lengua. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’.Y surge la admiración y la alabanza de la gente.
¿Cómo reaccionamos nosotros ante los milagros de Jesús que contemplamos en el Evangelio? No podemos quedarnos insensibles como si ya nos hubiéramos acostumbrado a ellos. Sería una forma no buena de escuchar la Palabra del Señor. Para empezar tenemos que dejarnos sorprender por la Palabra de Dios, por lo que nos dice el Señor.
Admiramos, tenemos que admirar, las maravillas que el Señor realiza donde manifiesta su grandeza y su poder. Ahí está haciéndose presente la gloria del Señor. El milagro que contemplamos tiene que llevarnos a la admiración y a la alabanza, al reconocimiento de la acción poderosa del Señor que ahí se manifiesta. Y tenemos que dar gracias, y alabar y bendecir al Señor, y cantar la gloria del Señor. Tiene que despertarse nuestra fe y nuestra capacidad de asombro ante las maravillas del Señor.
Tenemos que dar gracias al Señor porque así nos manifiesta su amor. Con los milagros, con las acciones maravillosas que realiza el Señor está manifestándonos su grandeza y su poder, como ya decíamos. Pero se está manifestando el amor que nos tiene, porque nos está diciendo cuánto quiere hacer por nosotros. Y es que los milagros son signos de lo más hondo que el Señor quiere realizar en nuestra vida para que en verdad reconozcamos el Reino de Dios y nos dispongamos a vivirlo con toda intensidad.
Jesús abre los oídos y suelta la lengua de este sordomudo que escuchamos en el evangelio pero es un signo de lo que realiza en nosotros. En la liturgia del Bautismo es un signo que es opcional hacerlo, pero que tiene un rico significado. También se nos dice ‘Effetá’, para abrir nuestros oídos a la Palabra del Señor, para soltar nuestra lengua para cantar las maravillas del Señor, y para que con nuestra palabra y con nuestra vida hagamos anuncio de salvación, de la buena nueva del Evangelio en medio del mundo en el que vivimos.
Es por ahí por donde podemos encontrar un mensaje para nuestra vida en este milagro de Jesús que estamos contemplando y meditando. Que se abran nuestros labios. Así lo proclamamos cuando iniciamos nuestra oración litúrgica de las horas. ‘Ábreme, Señor, los labios, y mi boca proclamará tu alabanza’. Que el Espíritu del Señor venga a nuestra vida y nos abra los labios y nos abra el corazón para que surja así con la fuerza del Espíritu la mejor oración al Señor.
Que el Señor toque nuestros oídos, y ya no son sólo los sentidos externos, sino los oídos del corazón para escuchar a Dios. Estamos sordos o nos ensordecemos con los ruidos de la vida y ya no sabemos distinguir la voz de Dios. No es que el Señor no nos hable, es que hemos perdido esa sensibilidad para escuchar a Dios, ya no sabemos hacer ese silencio interior para poder escuchar la voz del Señor.