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lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

 


Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

Cuántas veces nos sucede que hay personas en nuestro entorno que nos pasan desapercibidas; estamos en una reunión, hay muchas personas que aportan sus ideas, participan en el diálogo y discusión de los temas que tratamos, pero quizás allá por algún rincón hay alguien callado, que quizá no se atreve a hablar apabullado por la palabrería de los que mucho hablan, y casi no nos enteramos de su presencia. Gentes quizá que se autoexcluyen de la participación, gente que se siente poca cosa y cree que poco tiene que aportar, gente que quizá anulamos y no tenemos en cuenta y de alguna manera vamos dejando a un lado.

Pero hay otro aspecto también por el que anulamos a las personas; las vemos quizás con alguna limitación o deficiencia física o discapacidad de algún tipo y siempre nos encontraremos razones para no tenerlos en cuenta; ¿lo hacemos conscientemente? Casi nos hemos acostumbrado a tener a esas personas al margen porque nos podemos creer que son una carga para nosotros, porque para que puedan hacer algo siempre tendríamos que estarle prestando nuestra ayuda y eso, pensamos, nos restaría posibilidades de todo lo que quisiéramos hacer. Es cierto que la sociedad de alguna manera se ha despertado y personas así han comenzado a creer en sí mismas y reclaman su participación más activa y viva en la sociedad, y también en la Iglesia.

Me ha dado pie para toda esta reflexión que me voy haciendo algo que nos dice el evangelio y que también casi nos puede pasar desapercibido. Cuando comentamos este pasaje del evangelio normalmente nos fijamos en algo que puede ser, es cierto, mensaje principal, que es toda la relacion con el día del sábado y de su descanso. Por ahí arranca el texto cuando los fariseos y los escribas estaban al acecho de lo que iba a hacer Jesús, puesto que era sábado cuando habían ido a la sinagoga.

El evangelista, sin embargo, nos dice que Jesús fijándose en un hombre que estaba allí en cualquier rincón y tenía una mano paralizada, lo llamó y lo puso en medio. Viene, algo así, Jesús a convertirlo en protagonista del momento, cuando aquel hombre quizá lo que quería era pasar desapercibido. Bien sabemos el concepto que se tenía entonces de que una enfermedad o cualquier limitación que hubiera en la vida era un castigo de Dios por algún pecado. Justo podría parecer que tratara de ocultarse para no verse denunciado por su pecado. Recordamos aquella pregunta que se hacían los discípulos cuando lo del ciego de las calles de Jerusalén, ‘¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’

Pero Jesús quiso ponerlo allí en medio. Es un desafío de Jesús frente a todos aquellos que estaban al acecho. Allí estaba la pregunta de Jesús sobre qué es lo que se puede hacer el sábado. ¿Qué es lo que habría de prevalecer, la misericordia y la compasión o el estricto cumplimiento de la ley? ¿Importaba de verdad la persona o a la persona se le tenía que dejar en su sufrimiento?

Jesús lo puso allí en medio para que aprendamos a valorar a la persona, tenerla en cuenta, dejarle su protagonismo, hacer relucir y destacar sus valores que estarán siempre por encima de sus limitaciones. La curación que realizó Jesús va mucho más allá de que recobrara el movimiento de su mano, porque lo que Jesús en verdad le estaba haciendo recobrar era su dignidad.

Curar es arrancar a la persona de todo modo de vida indigna, es arrancar a la persona de la marginación y el desprecio, de ese hundimiento en el que vive cuando se cree que nada vale o que nada puede aportar; curar es hacerle creer en sí misma, hacerle descubrir sus posibilidades y sus valores, es comenzar a tenerla en cuenta y escucharle y darle su lugar que le corresponde en la sociedad en la que vivimos. Curar no es hacer nosotros las cosas en su lugar movidos por una compasión mal entendida – con nuestras prisas y carreras siempre queremos acabar pronto y preferimos hacerlo nosotros para terminar antes -, sino estimularle para que sea capaz de poner su mano, de su poner su esfuerzo, de decir su palabra, de prestar su aportación, porque eso le hace recobrar su dignidad.

Jesús lo puso allí en medio, ¿a cuántos tendremos nosotros que comenzar a poner también en medio?

jueves, 14 de enero de 2021

Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

 


Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

Hebreos 3,7-14; Sal 94; Marcos 1,40-45

El evangelio que hoy se nos propone evoca una situación que en estos momentos estamos viviendo. Estos momentos de pandemia que estamos viviendo nos obligan a mantener unos distanciamientos por miedo a los contagios que muchas veces se nos hacen cuesta arriba. No poder mantener ese contacto físico con aquellos que queremos, mantener esa distancia siempre con los miedos a un contagio de un virus que calladamente nos va contagiando y creando al mismo tiempo tantos dramas sociales y familiares como ahora se están provocando por todas partes.

Los seres humanos estamos creados para el encuentro, para la comunicación cercana y ahora se nos hace doloroso lo que se nos impone por miedo a la propagación de esa pandemia. Es cierto que está el peligro del contagio y tenemos que ponerle puertas al campo para que no nos llegue, pero está el peligro y la tentación de que ese distanciamiento no sea solo el físico que se nos impone, sino que vayamos creando otros distanciamientos que pueden aflorar fácilmente desde esos egoísmos e insolidaridades que se nos meten en el alma. Hemos de reconocer que son momentos difíciles, por esa tendencia que tenemos también en nuestro interior de comenzar a preocuparnos solo de nosotros mismos y nos vayamos encerrando en unos círculos que humanamente nos aíslen de los demás.

La situación que estamos pasando si intentamos vivirla con una madurez humana y también cristiana nos tendría que servir para pensar y reflexionar sobre muchas cosas. Por ejemplo para que comprendamos la situación que vivían los leprosos a los que se aislaba y separaba totalmente de la comunidad de manera que ni con su familia podían relacionarse. Lo vemos muchas veces como cosas del pasado que pensábamos que no volverían a repetirse, pero pienso en los dramas de los familiares de los que están muriendo en total soledad en los hospitales sin poder estar en esos momentos en la cercanía de sus seres queridos, que luego se prolongan a la hora del sepelio sin la compañía ni de seres queridos ni de otras personas que nos aprecian.

¿Qué podemos hacer? Reconozco que la respuesta no es fácil, porque tenemos que someternos a unos protocolos que se nos imponen para evitar la propagación del contagio. Las soledades a las que nos vemos obligados tendrían que ayudarnos a madurar como personas pero también a saber discernir de qué otras manera podemos hacer sentir nuestra cercanía y se mantenga viva la apertura de nuestros corazones en disponibilidad siempre para lo mejor.

Toda esta reflexión que nos vamos haciendo ha partido del hecho de que hoy el evangelio nos habla de un leproso que se acerca a Jesús pidiéndole que le cure. En este caso que nos relata el evangelio el leproso se  ha saltado todos los confinamientos a los que se veía sometido, pues ha llegado hasta los pies de Jesús, metiéndose incluso entre la gente. Breve ha sido el diálogo con Jesús con la total confianza de que Jesús podía y quería en verdad curarle. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. No es una duda, es una manera de expresar su convicción de que Jesús puede en verdad curarle y lo va a hacer. Y ahí está el gesto de Jesús que tiende su mano, le toca y le cura.

Sí, también nosotros tenemos que querer tender la mano, como Jesús, para curar. Tendemos la mano, primero, desde ese respeto a las normas y protocolos que se nos han impuesto, porque lo primero que tenemos que hacer es que no se siga propagando el virus. Físicamente en estos momentos no lo podemos hacer, pero cuando hemos llenado de amor nuestro corazón sabremos tener la inventiva y la iniciativa para buscar formas de tender la mano, de estar cercanos a los que sufren, en cualquiera que sean las situaciones, porque no se trata solamente en lo que ahora en especial vivimos.

Porque la cercanía que nosotros mostremos desde nuestro corazón, las muestras y gestos de cariño, de cercanía, de amistad, de ternura que podamos tener hacia los demás tendrá siempre forma de manifestarse. Hay una delicadeza que siempre podemos mostrar, hay una sonrisa que podemos enviar incluso por encima de la mascarilla que llevamos puesta, hay una preocupación que podemos manifestar en una bonita palabra de interés y de compañía, una ayuda que prestar o unos momentos de nuestra vida que podemos compartir.

Seguro que el amor y la ternura que llevamos en el corazón nos hará inventar gestos y señales de nuestra cercanía a los demás. Pero no olvidemos una cosa, también nosotros podemos postrarnos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde nuestras propias angustias y preocupaciones para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’, en tus manos, Señor, podemos toda esta situación difícil que estamos viviendo, si quieres, Señor, puedes hacer que todo esto termine.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Adviento, camino de esperanza, camino al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos

 


Adviento, camino de esperanza, camino al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

¿Qué experiencia tenemos de desierto? Quizás todas las imágenes que tenemos de un desierto es aquello que vemos en el rally Paris-Dakar – cuando se hacía por África – de aquellos arenales inmensos, de aquellas dunas y montañas de arena todo como un cruel sequedal que ya solo verlo nos hace pensar en lo difícil que es vivir en lugares así. Desierto no es solo el Sáhara que para nosotros españoles y canarios nos parece más cercano, sino que lugares así hay en muchos sitios del mundo y quien haya viajado y pasado por lugares desérticos lo ha hecho desde la comodidad de un autobús con aire acondicionado y pensando en el lugar cómodo al que vamos a llegar.

Todos entendemos de la incomodidad de la vida en el desierto, las carencias y sacrificios que puede significar, las dificultades que nos vamos a encontrar para abrirnos paso por el desierto y ya nos hace pensar en un lugar duro y de grandes sacrificios; no pensemos en quienes ocasionalmente los tengamos que cruzar sino en los que viven en dichos lugares.


¿Por qué he comenzado esta reflexión con estas imágenes del desierto que si las edulcoramos un poco las convertimos en idílicas y muy llenas de belleza? Hoy la Palabra de Dios nos habla de caminos que se abren en el desierto y nos presenta por otra parte la figura de Juan Bautista en el desierto allá en las cercanías del Jordán.

Pero cuando hoy la Palabra de Dios nos presenta esta imagen no es solo para que recordemos el peregrinar del pueblo elegido por un desierto para llegar a la Tierra prometida o las palabras del profeta que nos quieren anunciar un segundo éxodo atravesando también un desierto donde se han de abrir caminos. Eso sería solamente mirar para detrás, aunque es cierto que tenemos que contemplar la historia de la salvación, sino que hemos de mirar la vida presente en la cual también podríamos encontrarnos como en medio de un desierto que tenemos que atravesar, del que tenemos que salir, porque el desierto es solo un paso o una etapa para llegar a algo nuevo que nos ofrece el Señor.

En la planilla de la Palabra de Dios hemos de poner nuestra historia de hoy, nuestra historia personal y también el camino que como pueblo o como sociedad vamos haciendo. Hemos de encontrar en la Palabra que se nos proclama las claves para saber leer nuestra historia, nuestra vida y los caminos que el Señor quiere hoy abrir ante nosotros.

Y desiertos vivimos en nuestra vida, y muchos y de muchas maneras. Globalmente miramos el momento presente de nuestra sociedad y es también como si estuviéramos atravesando un desierto, con lo dura que se nos presenta la vida, con las incertidumbres que se están provocando continuamente, con esos momentos oscuros que vivimos sin terminar de encontrar salida y solución a los grandes problemas, con las exigencias de nuevos planteamientos que se nos hacen a la vida donde son muchas las cosas que tenemos que cambiar en nuestras costumbres y rutinas, en nuestra manera de vivir, en las cosas de las que nos vemos despojados, donde parece que hasta se nos resta libertad.

Confinamientos, toques de queda, limitación de movimientos, distanciamiento social, encuentros y cercanías personales que se ven limitadas… muchas son las cosas que nos constriñen, que nos limitan, que nos impiden una convivencia a como estábamos acostumbrados, amen de todos los peligros a los que nos vemos sometidos y de los que nos queremos librar. Un auténtico camino de desierto que tenemos la esperanza que desemboque en algo nuevo y distinto.

Pero junto a todo eso que nos parece que ahora es como lo más grave que nos está sucediendo son también muchas otras las situaciones de desierto con que nos podemos encontrar en la vida. Ahora, podíamos decir, se ha agravado la soledad de muchas personas con esto de los confinamientos y el no permitir los encuentros, pero esas soledades siempre han estado presentes en muchos o en nosotros mismos en el camino ordinario de nuestra vida.

Pensamos en los ancianos solos o recluidos en contra de su voluntad en centros que para ellos se convierten en soledad y desierto, pero podemos pensar en tantos marginados de nuestra sociedad que por un motivo u otros son rechazados y discriminados ya sea por sus orígenes raciales, ya sea por la condición de su vida, ya sea por una vida turbia y llena de vicios y dependencias. Quizá nos es fácil mirarlos desde fuera y desde nuestra vida cómoda llenarlos de culpabilidades y condenas, pero a pesar de todo son personas que sufren, que tienen un corazón, que tienen unos sentimientos, que también ansían a pesar del mundo en que se han metido un encuentro normal con los demás y ser tratados con dignidad.

Porque podemos pensar en las familias rotas sin necesidad de buscar culpabilidades sino como consecuencia de circunstancias que van apareciendo en la vida y detrás de esas rupturas hay personas que sufren, personas que se sienten fracasadas, personas que pagan las consecuencias quizá de los errores de otros, personas que necesitan cariño pero que solo encuentran violencia y desamor. Personas que viven un auténtico desierto en las soledades de sus vidas.

Piensa en ti mismo, como yo pienso en mi mismo, en esos momentos malos por los que todos pasamos en la vida, con problemas que se nos presentan, con silencios interiores porque no sabemos a donde clamar, con momentos también de soledad envueltos en nuestras propias negruras. Quizá sean muchas más las experiencias de desierto que tengamos en nuestra vida que lo que pensábamos al principio.


Hoy el evangelio nos está diciendo que en esos desiertos se han de abrir caminos. La Palabra del profeta era un grito de consuelo ante nuestras penas y nuestros llantos. La Palabra del evangelio nos hace mirarnos de verdad por dentro de nosotros para que descubramos de verdad las montañas o valles de nuestra vida que tenemos que allanar. Cuántas cosas hay que transformar. La Palabra que nos venía a través de la carta de san Pedro nos recordaba que para el Señor mil años son como un día y un día son como mil años, queriendo decirnos cómo el Señor está esperando nuestra vuelta, nuestro caminar a su encuentro porque su misericordia es eterna y El nunca abandona la obra de sus manos, nunca nos abandona.

Adviento, camino de esperanza, camino que nos lleva al encuentro con la luz, camino que nos hace salir de nuestros desiertos porque en los desiertos se van a abrir caminos nuevos.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

 


Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

Tito 3, 1-7; Sal 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’ es uno de tantos refranes en torno a la gratitud que han quedado como gravados en la sabiduría popular. Nos preciamos de ser agradecidos y cuando vemos a alguien que no lo es sino que más bien parece exigente y se cree merecedor de todo ya en nuestro interior nos hacemos el juicio de los pocos valores humanos que hay en aquella persona. Pero resulta que todos somos así por muchas apreciaciones que nos hagamos, nos cuesta decir la palabra ‘gracias’, nos cuesta en muchas ocasiones expresar con algún tipo de gesto nuestra gratitud para quien nos ha hecho un favor, para quien nos ha prestado un servicio.

Nos sentimos mal cuando no son agradecidos con nosotros,  pero  no llegamos a pensar cómo se siente la persona para quien hemos tenido el desaire de no ser agradecidos con ella. No es solo el gesto de corrección, de buena educación que diríamos también, sino la grandeza o la pequeñez de nuestro espíritu que no sabemos ser agradecidos con los demás.

Es un gesto de amor al mismo tiempo que un gesto de humildad; de amor por el agradecimiento, de humildad por el reconocimiento de nuestra pobreza que ha venido alguien con su generosidad a socorrer. Pero muchas veces impera demasiado el egoísmo en nosotros con el que nos sentimos poco menos que el centro del mundo y todos entonces tendrían la obligación de venir a echarnos una mano. Nos centramos demasiado en nosotros mismos creyéndonos merecedores de todo, con derecho poco menos que de exigir a los demás que sean buenos con nosotros sin nosotros tener el pequeño detalle de esa palabra que es pequeña, pero que podría expresar la grandeza que hubiera en nuestro corazón.

Así vamos por la vida pensando solo en nosotros mismos. Como aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio hoy. Cuando estaban en la necesidad bien sabían suplicar; cuando se vieron liberados de su mal pronto olvidaron quien los había liberado y allá se fueron a hacer los trámites para poder llegar a abrazar a los suyos. Podría parecer hasta lo más natural del mundo. Si consideramos lo que significaba ser leproso en aquella época, quizás hasta empezaríamos a justificarlos.

Hoy nos quejamos, en la situación actual que estamos viviendo en toda nuestra sociedad, de que tenemos que confinarnos en casa y no podemos salir a la calle, al encuentro con los amigos, a la vida social que hacíamos en otros momentos. Pero los leprosos no estaban confinados en sus casas, nosotros podemos estar con los nuestros y en la comodidad de nuestro hogar; los leprosos eran recluidos en lugares apartados, lejos de todo contacto con el resto de la sociedad, ni con la familia podían encontrarse; eran unos marginados en el sentido más estricto de tal manera que hasta legal y religiosamente eran considerados impuros que podían manchar con su impureza a los demás. Era el contagio de le enfermedad, pero era un contagio social que llevaba a una horrible discriminación.

Por eso digo que en una situación así al verse liberados de su enfermedad y de todo lo que los discriminaba parecería lógico que corrieran al encuentro de los suyos olvidando todo lo demás. Pero allí había uno que manifestaba la grandeza de su espíritu; alguien que además en aquella sociedad era discriminado también por su lugar de origen, era un samaritano, pero fue el que manifestó la grandeza de su espíritu para ir primero que nada a dar la gracias.

Seguimos comparando con nuestras situaciones actuales y las comparaciones y discriminaciones que seguimos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestros territorios. Duro es escuchar en ocasión en voz de quienes incluso se consideran cristianos los juicios de valor que se suelen hacer sobre estas personas. El evangelio de hoy nos da para pensar en muchas cosas, en muchas situaciones que también nosotros vivimos.

Simplemente terminamos el comentario con las palabras del mismo evangelio. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado’.

¿Dónde nos vemos nosotros en este episodio del evangelio? ¿Sabremos descubrir la grandeza del espíritu manifestada en nuestras muestras de gratitud por lo que recibimos de los demás y de Dios?

domingo, 9 de septiembre de 2018

Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver


Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
Confieso que hay ocasiones en que me siento un poco perplejo y me pregunto cuales son nuestros valores o por donde llevamos nuestro mundo y nuestra sociedad. Se proclaman fácilmente valores humanos, hablamos de derechos y de libertades, pareciera que entramos en una honda, por decirlo de alguna manera, de respeto y de valoración de las personas, nos encontramos grupos muy sensibilizados en estas cuestiones, pero al mismo tiempo parece que cuando nos tocan nuestros intereses – y aquí en lo de intereses pueden caber muchas cosas – reaccionamos olvidando mucho de lo dicho, nos aparecen resabios de insolidaridad y de orgullos y hasta comenzamos a querer cerrar fronteras poniendo todo tipo de dificultades.
En nuestro mundo occidental, en nuestro entorno del Mediterráneo se están viviendo, es cierto situaciones difíciles, alarmantes incluso donde está apareciendo tanta miseria en nuestra humanidad, aunque también en otras zonas de nuestro mundo – pensemos en América latina - se viven situaciones similares.
El fenómeno emigratorio está en momentos de mucha intensidad, es algo candente, bien nos duele escuchar noticias de cuantas vidas se pierden queriendo atravesar el Mediterráneo en búsqueda de una vida mejor en Europa, y aun así siguen llegando a nuestras costas miles y miles de personas que llamamos ilegales por aquello de los papeles, y en nuestras ciudades es normal encontrarnos con personas procedentes de otros lugares, y no ya por turismo.
Afloran sentimientos de humanidad, es cierto, aunque bien sabemos de tantas reticencias en muchos ambientes y hasta del miedo que nos quieren meter algunos por esta invasión de personas de otros lugares.
Y es ahí en donde en cierto modo me quedo perplejo, en una cultura como la nuestra, en unas raíces cristianas como tiene nuestra sociedad, en un recuerdo que tendríamos que hacer de cuando nuestros padres o nuestros vecinos y en tiempos no tan lejanos también tuvieron que emigrar – emigraciones interiores de un lugar a otro del mismo país o emigraciones hacia fuera -  buscando una mejor vida. ¿Por qué reaccionamos así con tantas reticencias y miedos en tantas ocasiones? ¿Por qué esas desconfianzas?
Con este fondo quiero hacer hoy la lectura del evangelio que se nos ofrece en este domingo. Se nos habla que Jesús venía de la Fenicia pagana, de Tiro y de Sidón en cuyas cercanías había andado, y ahora caminaba por la Decápolis medio adentrándose en lo que hoy seria Siria o norte de Jordania que era una región pagana. Ya sabemos cuales eran las actitudes que los judíos tenían hacia lo gentiles con los que no querían ni mezclarse.
Y es por ahí, por esas regiones periféricas por donde ahora camina Jesús y hasta le veremos hacer milagros. Allí cura a aquel sordomudo con todos aquellos gestos que realiza que son bien significativos. No se queda Jesús solo con las ovejas de Israel sino que le estamos viendo ir en búsqueda de otras ovejas, aunque sea en aquellos lugares que los judíos consideraban malditos.
Es todo un signo que nos quiere manifestar Jesús. un signo que hemos de saber leer en esas situaciones que antes mencionábamos y también escuchar desde lo que nos dice el Papa de que no nos podemos quedar encerrados solo en los que consideramos nuestros sino que hemos de saber salir a las periferias. Pienso en el momento en que se quiere estar viviendo en nuestra Diócesis, donde estamos hablando de una Iglesia en salida.
¿Somos en verdad esa Iglesia en salida? ¿A dónde estamos yendo? Podemos seguir pensando en mundos lejanos, podemos seguir pensando en misiones en lugares de los infieles en lenguaje que tanto hemos utilizado, pero, ¿dónde están esas periferias? Creo que tendríamos que darnos cuenta que no tenemos que ir muy lejos. Y podemos pensar en las bolsas de pobreza que nos rodean con tantos y tantos que vamos marginando de nuestra sociedad con tantas desconfianzas con las que llenamos nuestro corazón, pero ¿no podemos pensar también en esa situación difícil que decíamos antes que estamos viviendo, y entonces comenzar a mirar y ver a todos esos que nos llegan? Sí, comencemos a mirar y a ver. Porque ni miramos ni queremos ver.
Jesús no solo caminaba por aquella región sino que se acercó allí donde estaba el sufrimiento de aquella gente. Es significativo el encuentro con aquel sordomudo. Le piden que le imponga las manos, pero Jesús se lo lleva aparte; es como entrar en una comunicación distinta. Jesús le impone las manos, pero toca los sentidos discapacitados, porque así quiere llegar Jesús hasta la persona, es como una relación interpersonal; le mete los dedos en los oídos, le toca con la saliva la lengua. Y allí está la acción de Dios, mirando al cielo suspiró y le dijo ‘Effetá (ábrete)’ y se les abrieron los oídos y se le soltó la lengua.
Unos gestos de Jesús de cercanía, de contar con la persona, de hacer sentir con su mano el calor de la vida y del amor. Y vemos a los que se nos acercan y quizás terminamos desviando la mirada; y sentimos la presencia de alguien que nos parece distinto y tratamos de acomodarnos bien como si tuviéramos miedo de acercarnos; queremos quizás responder al saludo que nos hacen y no nos salen las palabras y nos quedamos solo en una inclinación de la cabeza; y quizá conmovido nuestro corazón queremos compartir algo con quien nos mira o nos tiende la mano y simplemente lo depositamos en la cesta que está a los pies como si temiéramos tocarle con nuestra mano. Cuántos gestos tenemos que revisar, cuantos miedos y desconfianzas tenemos que quitar, cuantas formar nuevas tenemos que realizar.
Y estoy reflexionando y compartiendo todo esto que me dice hoy el evangelio y aun sigo en mi perplejidad. Pero no es por los otros, es por mi mismo, porque aunque quiero escuchar todo esto en mi corazón, todavía sigo reticente porque no termino de dar los pasos que tendría que dar, todavía quizás siguen aflorando en mi interior mis cobardías y mi indecisión.
Pido al Señor que me ayude a transformar mi corazón, que toque mis oídos para que oiga bien, que toque mis labios y mi lengua para que comience a relacionarme de forma distinta, que toque mis manos y mis pies para que se suelten de mis miedos y vaya al encuentro del otro sea quien sea; que sienta yo el calor del amor de Dios en mi vida, pero que sepa llevar ese calor del amor a cuantos me rodean.

lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

domingo, 29 de octubre de 2017

Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien



Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

El que se siente amado se siente valorado y se siente protegido, porque se sabe que se le tiene en cuenta, que es alguien para alguien. Cuando pensamos en la pobreza quizá muchas veces pensamos primero que nada en la carencia de unos medios que le ayuden a subsistir; pero no solo es pobreza, me atrevo a decir que la soledad de quien se siente abandonado, de quien no es tenido en cuenta, de quien no significa nada para los demás, de quien quizá se ha convertido en un número sin rostro es lo que produce mayor dolor en alma porque se siente desamparado y no alcanza a ver un camino de luz por donde salir de su soledad.
Quizá no tenga para comer, una ropa con la que cubrirse, un techo bajo el cual guarecerse pero si encima siente que nadie tiene una mirada para él, oscuro se le ponen los caminos para salir de su situación, de su pobreza. Y así caminan muchos sin rumbo en su soledad por la vida sin encontrar caminos y no somos capaces de verlos, no queremos quizá ni pensar que existen. Qué triste seria escuchar de labios de alguien ‘a mi nadie me quiere’.
¿Por qué me hago estas consideraciones al comenzar mi reflexión sobre el evangelio y toda la Palabra de Dios de este domingo? Es que hoy se nos habla de amor, en concreto, del amor a Dios y del amor al prójimo. Pero quiero pensar en ello más que en una palabra en rostros concretos en los que falta ese amor, a los que no les tenemos ese amor aunque podamos decir muchas cosas bonitas.
El evangelio nos habla de que los principales entre los judíos, fariseos, sumos sacerdotes, gentes del sanedrín, estaban buscando la manera de coger, como se suele decir, en un renuncio a Jesús, confundirle en sus palabras. Vienen a preguntarle por el mandamiento principal lo que podríamos decir que era innecesario porque bien claro estaba en la Escritura y era algo que se sabía bien de memoria todo judío. Y Jesús les responde con las palabras exactas de la ley, el amor a Dios sobre todas las cosas, pero une a ello haciendo que tengan una semejanza en la fuerza del mandamiento lo que en otra parte también se lee en la Escritura, ‘y el segundo es semejante a él porque amarás al prójimo como a ti mismo’. No hay vuelta de hoja. Por eso concluye Jesús ‘en esto se encierran la ley y los profetas’.
Jesús nos viene a decir que no hay verdadero amor a Dios al que hay que amar ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’ si no amamos al prójimo también. Y es aquí donde tenemos que ver las cosas concretas, es aquí donde tenemos que ver los rostros a los que tenemos que amar y ponerle nombre para que ese amor no sea una palabra bonita sino sea algo muy concreto.
Ya sabemos que en otro lugar del evangelio ante esa respuesta de Jesús el maestro de la ley le preguntará y se preguntará, ‘¿quien es mi prójimo?’ No necesitamos hoy ir a ese texto paralelo del evangelio de Lucas sino simplemente fijarnos en los textos que se nos han ofrecido en la liturgia de este día. Es un texto del Éxodo que nos va describiendo lo que era la ley del Señor para su pueblo e irá detallando allí donde se ha de manifestar el amor y la compasión para con los pobres y desamparados.
Y se nos habla de unas situaciones muy concretas que luego a través de toda la Biblia se repetirán como una muletilla para hacer referencia a aquellos a los que primero hay que atender. Nos habla de los forasteros, de los huérfanos y de las viudas; luego seguirá poniéndonos situaciones muy concretas en las que se ha de manifestar esa misericordia y compasión. Pero fijémonos en esas como tres categorías que se nos señalan que van a ser como el paradigma de lo que es la situación de pobreza que pueda vivir el ser humano.
Forasteros, huérfanos y viudas, nos dice. ¿Por qué? Podríamos decir que son el paradigma de quienes se sienten abandonados y sin protección de nadie. El forastero esta lejos y fuera de su tierra, de su ambiente, de sus familiares y amigos, nadie lo conoce, es un extraño, vivirá tremendamente la soledad. Y no digamos nada cuando se meten en la sociedad los rabillos de la discriminación, del racismo y la xenofobia. Pensemos en lo que a nosotros mismos nos sucede muchas veces cuando nos encontramos con un extraño, alguien de otra raza o que viene de otro lugar, con quien por su idioma quizás no nos podemos entender, la desconfianza que se nos mete muchas veces dentro. ¿Cómo se sentirá el que es mirado así y no se siente querido, sino más bien quizás desplazado o rechazado?
El huérfano ha perdido todo su apoyo cuando le falta uno de sus padres y no digamos si le faltan los dos. No es solo la protección y la atención que podría recibir sino el calor del cariño de un padre, de una madre. La pobreza de su vida es grande, aunque quizá haya unos medios materiales, porque es grande la soledad de su corazón. Quizá su situación nos puede mover a la compasión, pero pudiera ser que el compromiso no vaya más allá.
Y en la misma situación vemos a la viuda, a quien le falta el apoyo de un esposo, con unos hijos quizá que cuidar, teniendo que enfrentarse sola a los problemas de la vida. Ya me diréis que al menos en nuestro entorno hay prestaciones sociales, apoyos y ayudas de muchas maneras, pero algo faltará en su corazón. Y bien sabemos que no en todos los lugares hay la misma protección.
Ahí tenemos reflejado lo que reflexionábamos en el principio de este comentario. Pero si nos hemos extendido un poco es para que en nuestra reflexión nos demos cuenta de cómo tenemos que hacer efectivo y concreto nuestro amor. No son palabras bonitas, no son solo las ayudas materiales que podamos ofrecer a quien pasa necesidad, es algo más lo que en nuestro amor podemos y tenemos que hacer con nuestra cercanía, con nuestro acompañamiento, con nuestra escucha, con nuestra mano tendida pero con nuestro corazón bien abierto para sintonizar con la otra persona.
Terminemos recordando lo que quizá volvamos a encontrarnos en el evangelio en las próximas semanas. En el atardecer de la vida seremos examinados del amor. Y Jesús nos va a decir que lo que le hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer con uno de estos hermanos a El se lo hicimos. Le toca a cada uno sacar las conclusiones para nuestra vida viendo como tenemos que ofrecer nuestro amor en la valoración que hacemos del hermano y en el amor concreto que le podemos ofrecer.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.


jueves, 10 de septiembre de 2015

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas, 6,27-38
Qué desgraciada hacemos nuestra vida cuando en nuestro orgullo llenamos el corazón de violencias, resentimientos, envidias, desconfianzas. En nuestro orgullo nos cegamos y creemos que porque guardemos rencor y no perdonemos a aquel que nos haya podido ofender somos nosotros los que salimos ganando, pero hemos de reconocer que en el fondo nos sentimos más infelices, más insatisfechos y como suele suceder entramos en una espiral que seguirá generando en nosotros más y más destructores sentimientos.
Es a nosotros a los primeros que nos hacemos daño cuando guardamos en nosotros esos malos sentimientos, aunque nos cueste reconocerlo y que pensemos que acaso todo eso es consecuencia de aquel mal o aquella ofensa que nos hayan hecho. Somos nosotros mismos los que nos estamos haciendo daño guardando esos resentimientos y no perdonando.
Qué hermoso es que lleguemos a sentir verdadera paz en el corazón dejando que no nos afecten esa malquerencia que podamos sufrir siendo generosos para no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer, para olvidar, pasar pagina y llegar incluso a tener la valentía de perdonar. No valoramos lo suficiente esa paz del corazón y por eso no la buscamos de verdad y no ponemos empeño en superar nuestros orgullos.
Y esto es lo que nos enseña Jesús en el sermón de la montaña. Quiere el Señor que mantengamos esa paz en el corazón para que seamos capaces de ser en verdad constructores de paz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita. Hay demasiados orgullos y violencias en el mundo que nos rodea, excesivos resentimientos y rencores, muchas e innecesarias marginaciones y divisiones que nos vamos creando y nos van separando cada vez más.
Por eso Jesús nos enseña a ir sembrando las semillas del amor y de la bondad, del perdón y del olvido de la ofensas, de la autenticidad en la vida que nos lleve a trabajar sinceramente por el bien de los demás. Muchas buenas semillas tenemos que ir sembrando en nuestro mundo que aunque aparentemente muchas veces nos parezca que no dan fruto, quizá pasen un tiempo enterradas en el corazón pero un día han de germinar y producir buenos frutos.
Alguna vez quizá nos ha sucedido que de repente brota en nosotros un buen sentimiento que pensábamos que no erramos capaces de tener, pero que ha sido una buena semilla que alguien un día enterró y ahora germina y comienza a dar fruto. Es la esperanza con la que trabajamos por lo bueno; es la esperanza con que los padres al educar a sus hijos van sembrando esas buenas semillas que quizá no ven brotar tan pronto como quisieran pero que un día han de salir a flote; es la esperanza con que todos hemos de ir siempre haciendo el bien.
Hemos escuchado que Jesús nos habla hoy del amor a los enemigos y del perdón. ‘A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?... Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Queden ahí textualmente las palabras de Jesús que hemos de escuchar en lo más hondo del corazón. Ha de ser esa buena semilla que un día germinará y fructificará.

viernes, 26 de junio de 2015

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4
‘Señor, si quieres, puedes limpiarme… Quiero, queda limpio…’ Se había atrevido a acercarse un leproso hasta Jesús. Y digo se había atrevido porque a los leprosos no se les permitía acercarse a otras personas sanas. La fe lo había llevado hasta Jesús. Estaba seguro que Jesús podía curarlo, pero con humildad se acerca hasta Jesús para suplicarle ‘si quieres, puedes limpiarme’. Y Jesús había querido. ‘Jesús extendió la mano y lo tocó’. Mucho quiere decirnos este gesto de Jesús.
Un momento del evangelio que nos llena de esperanza, de confianza, que levanta nuestra fe, que nos hace confiar en el Señor. Un momento del evangelio que también puede suscitar muchos interrogantes en nuestro interior, que nos puede mover a actitudes, posturas, una nueva manera de actuar.
Acudimos a Jesús con nuestra lepra, con nuestras limitaciones, con nuestro pecado. Fea puede ser nuestra vida, como repugnante a los ojos de los sanos podía ser la presencia de un hombre enfermo de lepra, y más en las condiciones de la época. Era, sí, la fealdad de su cuerpo destrozado; pero era la situación marginal en que vivían los leprosos. Con nuestro pecado hemos manchado nuestra vida; con nuestro pecado estamos haciendo tantas rupturas en nosotros mismos, con Dios, con los demás.
Pero podemos acudir a Jesús que siempre nos va a recibir, nos va a acoger; en El está el amor y la misericordia. Tenemos que romper ese círculo que nos aísla con nuestro pecado; tenemos que decidirnos por acercarnos a Dios para acercarnos también a los demás. Nos puede costar; encontraremos muchas trabas. Pero miramos los ojos de Jesús y sabemos que El nos acoge y nos da fuerzas.
Pero quizá este texto puede interrogarnos también por los círculos que nosotros creamos, los aislamientos que podemos crear en los demás, las discriminaciones que pueden marcar nuestra vida y nuestras relaciones con los otros. Podemos marcar, señalar a aquel que fue o que hizo; a aquel que es o que tiene esos comportamientos; a aquel en quien ya, decimos, no podemos confiar; a aquel que no nos parece digno; a aquel con quien no nos queremos mezclar y no queremos que nos vean con él. Y aislamos, discriminamos, separamos…
¿Hemos pensado cuanto sufrimiento podemos estar causando a otros con posturas así? Es duro para quien se siente discriminado. Y esto puede suceder en muchos ámbitos de la sociedad y también de la Iglesia. A ras de la vida de cada día, o también quizá desde las alturas desde donde se pueden imponer normas y reglamentos. Nos puede suceder también a nosotros que nos creemos buenos y cumplidores de siempre.
‘Jesús extendió la mano, lo tocó y lo curó’. Aprendamos a extender también la mano. Nos hacen falta unas actitudes nuevas, unos gestos renovadores. Que en verdad la Iglesia se muestre como la madre de la misericordia que nos manifiesta lo que es la misericordia del Señor. Habrá que revisar cosas, actitudes, comportamientos, leyes y reglamentos. Tenemos que ser siempre para los demás esos signos de la misericordia del Señor. Quizá no siempre lo somos.

domingo, 15 de febrero de 2015

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Cor. 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45
La presencia de Jesús es rompedora, podríamos decir; hace que salten todos los moldes y rutinas porque se siente que con El algo nuevo está comenzando y todo ha de mirarse con una mirada nueva y distinta. Ya en otro lugar del evangelio nos dirá que a vino nuevo es necesario odres nuevos, que no nos valen los remiendos ni componendas sino que todo ha de ser nuevo y distinto. Es la novedad, el espíritu abierto con que nosotros hemos de acercarnos al Evangelio.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Aquel leproso se atreve a saltarse todas las normas cuando comprende, lleno de fe, que en Jesús puede encontrar la salud. Ya escuchábamos en la lectura del Levítico todas las prohibiciones que acompañaban su vida de leproso, pero ‘se acercó a Jesús suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme’.
Dura era en si misma la enfermedad porque con los medios sanitarios de aquella época era una enfermedad necesariamente mortal. Pero más duro aún tenía que ser toda aquella situación de marginación en todos los aspectos, humano, familiar, social, incluso religioso, a la que se veía sometido un leproso. Terminaba diciéndonos el Levítico ‘mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento’. No es necesario extendernos en más explicaciones porque está bien claro.
‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio’. Allí está el amor renovador de Jesús. No solo lo cura, sino que lo acoge, se acerca a él, lo toca. Algo impensable, a un leproso no se le podía tocar porque inmediatamente se quedaría también impuro. Pero allí está Jesús. Y con Jesús todo es distinto.
Nos está enseñando Jesús a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios. Porque es una tentación que tenemos; son actitudes que se nos pueden meter en la vida casi sin darnos cuenta. Piensa, por ejemplo, vas a dar una limosna, a compartir algo tuyo, con alguien que se acerca a ti en la calle, o lo encuentras tirado en la acera o a la puerta de un templo o un lugar publico; quizá esa persona tiene una cestita o algo para recoger la limosna que le des, pero ¿se la das en la mano o te contentas con echar, tirar la moneda en aquella bandeja o cesta que tenga aquella persona? ¿Qué sería más humano? Pero quizá tenemos miedo de tocar.
Nos asustamos del tipo de marginación que vivían los leprosos en tiempos de Jesús, pero ¿no habrá marginaciones parecidas hoy también en nuestro mundo en nuestras relaciones con los que nos vamos encontrando? Habría que examinar posturas y actitudes.
Creamos distancias, ponemos barreras, hacemos distinciones porque son de otra raza o de otra religión, porque son de otro país o porque están esclavizados en la droga o el alcohol, porque tienen una opinión distinta a nuestra o porque tienen una determinada ideología, porque son de esta condición o de la otra, y todos nos entendemos. No te mezclas con toda clase de gente y andamos prevenidos o queriendo incluso prevenir a los demás. Y nos aislamos o intentamos aislar a los demás.
Y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús; y nos decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios; quizá hasta cuando reflexionamos sobre este pasaje del evangelio, de este leproso que se acercó a Jesús hasta decimos que es muy hermoso y valoramos la valentía del leproso o esa actitud abierta y acogedora de Jesús. Pero ¿seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Estamos dispuestos a romper barreras, a quitar impedimentos, a hacer desaparecer todas esas discriminaciones tomando nosotros posturas y decisiones acogedoras y valientes como las de Jesús?
Que el Señor inspire en nosotros esas actitudes nuevas; que en verdad seamos esos odres nuevos que contengan en nuestra vida el vino nuevo del Evangelio.