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viernes, 15 de agosto de 2025

En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

 


En su Asunción al cielo María pone en nuestras manos el testigo de la luz de Cristo para que nos levantemos y pongamos en camino para iluminar nuestro mundo

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; 1, 39-56

 Levantarnos y ponernos en camino. Creo que puede ser el mensaje que resuma  lo que hoy esta fiesta de la Asunción de la Virgen nos puede dejar para nuestra vida.

Levantarnos exige de nosotros una toma de decisión, ni nos quedamos postrados porque nos sintamos unidos ni nos quedamos en la pasividad de dejar la vida pasar sin poner nada de nuestra parte.  Es decidir que tenemos que hacer algo, en este caso, ponernos en camino; ponernos en camino es como lanzarnos a una aventura nueva, es mirar más allá y más lejos porque queremos alcanzar una meta, queremos algo, queremos buscar; atrevernos a descubrir algo nuevo, atrevernos a afrontar lo que vayamos encontrando en el camino, aunque a veces sea duro, lanzarnos a descubrir algo nuevo, a contemplar también la belleza de lo que nos rodea pero buscando otra belleza mayor y mejor, es ser conscientes de la travesía que estamos haciendo pero también de cuanto y cuantos vamos encontrando en esa travesía para ir también interactuando con ese mundo que nos rodea, es poner alegría, ilusión y esperanza en el camino que vamos haciendo que ya no lo podemos hacer entonces de cualquier manera.

No es solo el hecho de que despertemos por la mañana y nos levantemos de la cama para ir haciendo rutinariamente las cosas de cada día. Es empeño, es entusiasmo, es creer en lo que vamos a hacer, es implicar a los que nos rodean con nuestra alegría y nuestra ilusión. Es trasmitir y comunicar lo que llevamos dentro, es convertirnos en mensajeros de que algo nuevo y bueno puede surgir o tenemos que construir.

Comienza diciéndonos el evangelio de hoy que María, después de haber recibido aquella embajada angélica y enterada de lo que estaba sucediendo allá en las montañas de Judea, en casa de su prima Isabel, ‘se levantó y se puso en camino deprisa a la montaña’. María tenía que desahogar lo que tenia en su alma, porque Dios se había fijado en el ella y en su pequeñez estaba realizando cosas grandes; María tenía que ir a comunicar lo que estaba viviendo y es que la misericordia del Señor estaba visitando a su pueblo y todas las promesas mesiánicas se estaban dando cumplimiento; María llevaba alas en su corazón – deprisa hizo el camino nos dice el evangelista – porque Dios visitaba a su pueblo y ella tenía que ser signo de esa visita de Dios que derramaba bendiciones a su paso. La criatura saltó en el seno de Isabel al escuchar las palabras del saludo de María.

El camino de María era un camino nuevo que estaba emprendiendo la humanidad; será un camino sencillo y humilde, al que se hacen sordos los poderosos y los que se creen grandes, pero que van a reconocer los pequeños, los pobres, los sencillos porque serán a los que se revele Dios mientras los poderosos son derribados de sus tronos; un camino de gestos sencillos como ponerse a servir a los que también se sienten pequeños y débiles en sus necesidades pero en quienes se va a derramar de forma abundante la misericordia del Señor.  

Es camino nuevo, porque es camino que nos trae la buena noticia, es camino de evangelio, es camino que nos señala el paso de Dios por nuestra vida y por nuestra historia, pero que nos convierte a nosotros en caminantes y testigos en medio de nuestro mundo.

Siguiendo el ejemplo y testimonio de María nosotros hoy también queremos levantarnos y ponernos en camino. Ni nos podemos quedar en la tranquilidad de Nazaret ni nos podemos quedar en lo alto de la montaña por muy bien que se esté allí como le sucedía a Pedro. Los que de Nazaret no se pusieron en camino les costaría incluso después reconocer en Jesús el paso salvador de Dios por sus vida. Si nos quedamos ensimismados en lo alto de la montaña no seremos capaces de palpar la realidad cruda de nuestro mundo, como cuando Jesús bajó del Tabor y se encontró con aquel padre que no sabía qué hacer con su hijo porque tampoco los discípulos eran capaces de curarlo.

Ponernos en camino significará para nosotros contemplar la cruda realidad de nuestra vida y de nuestro mundo, muchas veces desorientado y confundido, que nos puede ofrecer mil caminos pero en los que nunca encontraremos satisfacción porque solo quieren encantarnos con cantos de sirena, con alegrías superficiales  o con felicidades efímeras que al final nos dejan mal sabor en la boca y amargura en el corazón. Es el camino ilusionante que nosotros hemos de emprender desde nuestro encuentro con Jesús en la fe para llevar una rayo de luz, un rayo de esperanza de que algo nuevo y mejor podemos hacer para darle plenitud a nuestro mundo.


Es el faro de luz que de manos de María hoy recibimos cuando la vemos glorificada junto a Dios, en esta fiesta de su Asunción al cielo, cuando contemplamos su camino de Nazaret a las Montañas de Judea, o cuando la estamos contemplando en su bendita Imagen de la Candelaria, como hoy la celebramos en nuestra tierra canaria.

Esa vela luminosa y encendida que lleva en sus manos en nuestras manos la está depositando para que nosotros poniéndonos en camino seamos signos de esa luz en el mundo que nos rodea. Es como un testigo que pone en nuestra manos, pero que ya recibimos desde el día de nuestro bautismo, porque además es la luz que si la mantenemos encendida con ella podremos entrar en las bodas eternas del cielo, en la gloria del Señor, como a Ella hoy la contemplamos.

sábado, 18 de enero de 2025

Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

 


Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

Hebreos 4,12-16; Salmo 18; Marcos 2,13-17

Vamos conmigo, nos dijo un amigo y nos invitó a dar un paseo o nos lleva a una fiesta; vamos conmigo le dice el padre a su hijo porque quiere enseñarle su lugar de trabajo; vamos conmigo nos dice el intrépido viajera y nos lleva a conocer mundos, países, culturas… estamos recibiendo invitaciones por todos los medios a no quedarnos anclados en el sitio o el momento de la vida donde estamos, en el lugar de la vida que ocupamos, en el trabajo que tenemos, en lo que estamos haciendo de siempre, en lo que ya conocemos, porque hemos de tener otros horizontes, porque tenemos que comprender el sentido de la vida que nos impide quedarnos anquilosados, porque tenemos que descubrir nuevas posibilidades, porque hemos de ser capaces de desarrollar todas las capacidades que tenemos, porque queremos darle otra profundidad a la vida…

Ofertas, llamadas, invitaciones, impulsos que sentimos dentro, horizontes que se abren, vida que queremos vivir en mayor plenitud, que no queremos ramplona, superficial, carente de metas. Son como un reto, son también un riesgo porque no sabemos si siempre acertaremos, porque nos podemos equivocar, porque quizás nos ponemos en peligro situaciones que ya vivimos o privilegios de los que gozamos y podemos perder. Es necesario decisión y dejar los miedos atrás, coraje para enfrentarnos a lo desconocido quizás, valentía para acallar cobardías. Solo así podremos alcanzar nuevas metas, haremos un camino en verdadera ascensión. Y ya sabemos que ascender por una cuesta, por una pendiente nos exige esfuerzo y decisión.

Aquel hombre estaba tranquilamente allí ocupado en sus asuntos; era su responsabilidad y era también su negocio, su medio de vida en la búsqueda de unas ganancias. Y pasó Jesús y le dijo ‘Vamos conmigo, sígueme…’ No hicieron falta ni más palabras ni más explicaciones. Y aquel hombre se levantó de donde estaba sentado y dejándolo todo se fue con Jesús.

¿Dónde quedaban sus negocios y sus ganancias? ¿A qué se iba a dedicar ahora? ¿Qué futuro de vida le esperaba? ¿Qué es lo que iba a ganar? Habrían pasado quizás por su cabeza estas o parecidas preguntas llenas de inquietud. Pero en lo escueto que es el relato del evangelio no hay tiempo de buscar todas esas necesarias garantías de que aquel camino que comenzaba en verdad le era conveniente. Solo hay una fe y una confianza en la palabra de quien le estaba invitando a irse con El. Además su decisión, aunque fuera inesperada, porque inesperada fue también la llamada y la invitación  fue algo que tomó con alegría, porque inmediatamente organizó una fiesta, un banquete y allí estarían Jesús y sus discípulos que siempre le acompañaban, como iba de ahora en adelante acompañarle él, pero también estaban invitados los que habían sido sus amigos de siempre.

Pero hay cosas que levantan ampollas, quizás no tanto en quien tiene que hacer el camino, sino en los que le rodean y no comprenden decisiones ni nuevos estilos. Eso estaba pasando al lado de aquel banquete que Leví había preparado. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Y es que Leví era de ese grupo de los publicanos, por el oficio que desempeñaba.

Allí estaban los puros y los santos, como los sigue habiendo en todas partes, dispuestos al juicio y al prejuicio, dispuestos a la condena y llevar al desprestigio a quien está ofreciendo algo nuevo y distinto. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Allí estaban todos participando de la misma mesa, como signo del banquete del Reino. Lo que Jesús estaba anunciando allí se estaba realizando. Era un reino nuevo en el que no tenían que privar ni los intereses ni los privilegios, un banquete a cuya mesa podían sentarse todos porque todos estaban invitados. ¿No se llenó la sala del banquete de todos aquellos que fueron a buscar por los cruces de los caminos, porque los primeros que estaban invitados rechazaron el banquete? Ya nos dirá Jesús que cuando hagamos un banquete no invitemos a los nos pueden pagar invitándonos luego a sus banquetes; nos dice que invitemos a los que nada tienen, porque de los pobres es el Reino de los cielos.

Muchos interrogantes suscitan en nuestro interior este pasaje del evangelio. ¿Seremos capaces de levantarnos de donde nos sentimos anclados para ponernos en camino a algo nuevo como lo que nos ofrece Jesús? ¿Nos sentaremos en la misma mesa donde se sientan los pobres y los que no saben comer porque nada tienen, los pecadores que necesitaran un baño de gracia y un vestido de fiesta y aunque no lo tengan allí también están sentados? ¿A quienes vamos a invitar a nuestra mesa para dar señales del Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia?

lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


martes, 28 de diciembre de 2021

Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

 


Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Hay ocasiones en que aunque nos vaya mal preferimos seguir como estamos antes que el esfuerzo de despertar y levantarnos para tratar de encontrar un camino mejor. Muchas veces vamos de pasivos en la vida, nos da pereza tener que esforzarnos para cambiar y fácilmente caemos en una rutina que nos adormece. Solo los que son capaces de mirar alto distinto y con mayor altura, solo los capaces de esforzarse por levantarse y cambiar podrán lograr algo. Y en muchas cosas de la vida nos pasa; tratamos de hacer nuestros arreglos, nuestros apaños, pero no ponemos toda la voluntad que necesitamos para tratar de ver algo distinto. En cierto modo necesitamos ser soñadores, porque aunque sea en sueños podemos vislumbrar que las cosas pueden ser distintas, que se pueden hacer de otra manera, y seremos capaces de levantarnos para ponernos en camino.

En este día en que la liturgia conmemora a los santos inocentes de Belén, que por otra parte popularmente tratamos de llenar de humor con nuestras inocentadas, a pesar del drama que significa lo que conmemoramos, necesitamos adentrarnos un poco más en el evangelio, que como siempre quiere abrirnos nuevos caminos.

El texto ha partido del episodio de los magos de Oriente que porque fueron capaces de levantar la mirada a lo alto descubrieron una nueva estrella que les iba a conducir a Belén. Fue un levantar la mirada a lo alto y escuchar una voz en su interior que los hacía ponerse en camino porque lo que estaban contemplando tenía un significado hondo aunque ellos quizá en principio no fueran capaces de ver todo su alcance. Pero habían levantado la mirada a lo alto para soñar con algo nuevo y distinto.

Pero el episodio se centrará luego en el sueño de José que le hace levantarse también y marchar con el Niño y su madre a Egipto. ¿Eran sueños? Era algo más que sueños que puedan llenarnos de pesadillas en la noche. En el sueño vislumbraba algo distinto y era capaz de escuchar la voz de Dios que en un ángel se le manifestaba. Alguien podría hablar de supersticiones y fantochadas, pero hay unos hechos que se cumplieron y la vida del Niño pudo salvarse aunque fuera tras un arduo camino de huida a Egipto. José era un hombre creyente y estaba dispuesto a escuchar la voz de Dios aunque llegara a él a través de sueños.

Mucho nos están enseñando estos episodios. ‘Levántate…’ le decía la voz del ángel a José, como un día una voz semejante había hecho levantarse a aquellos magos de Oriente para ponerse en camino.

‘Levántate…’ podemos estar sintiendo que se nos dice también, levántate y sueña con algo distinto, levántate y sé capaz de descubrir nuevos caminos, levántate y descubre el mundo de sombras que puede haber a tu alrededor, levántate y mira la crueldad del sufrimiento de muchos en tu entorno… no podemos quedarnos adormecidos, no podemos quedarnos insensibles ante las violencias de nuestro mundo que sufren niños, que sufren mayores, que sufren las mujeres, no podemos cruzarnos de brazos ante tantas soledades de personas mayores o de tantos que no tienen una voz que los defienda, una mano amiga que les ayude a caminar, un corazón ardiente que les llene de nuevo de ilusión y de esperanza.

Son los santos inocentes del mundo de hoy. Tratemos de descubrirlos porque ahí a nuestro lado están. Nosotros no podemos refugiarnos en la huida, nosotros tenemos que ponernos manos a la obra para que las cosas cambien. Escuchamos el llanto y los gritos ¿y vamos a cerrar nuestros oídos?

jueves, 25 de noviembre de 2021

Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

 


Con Jesús otra perspectiva se nos ofrece a la vida, por eso aunque mucha sean las sombras levantemos la cabeza para ver al Hijo del Hombre que viene a nuestro encuentro

Daniel 6, 12-28; Sal: Dn. 3,68-74; Lucas 21, 20-28

En estos días finales del ciclo litúrgico se nos proponen unos evangelios que nos hablan de los tiempos finales y de la destrucción de Jerusalén con un luego apocalíptico que, hemos de confesar, nos llenan de una cierta angustia y de temor. Podríamos decir que es una reacción normal por nuestra parte, porque a nadie le gusta la muerte ni la destrucción y en cierto modo se nos contagia esa angustia de la que se nos habla para esos tiempos finales.

La muerte siempre es un desgarro en la vida, porque queremos vivir y nos querríamos que la vida se acabara; pensar en el final de algo nos puede traer angustia y desasosiego, porque se producen en nuestro interior incertidumbres y preguntas. ¿Cómo será ese final? Hasta el final de un partido de cualquier deporte si se está viviendo con cierta intensidad produce desasosiego en quienes lo están viviendo o incluso en quienes lo están contemplando. Como no se nos va a producir ese desasosiego si se nos habla del final de la vida o del final del mundo.

Cuando en nuestro entorno contemplamos catástrofes en la naturaleza, ya sea por condiciones climatológicas adversas como temporales u otro tipo de catástrofes como las que se están viviendo en nuestras islas estos días, meses ya, con el volcán, algo dentro de nosotros nos hace estar inquietos, brotan los temores y las angustias ante lo que sucede o ante el futuro incierto que se avecina. Pero como ya hemos reflexionado en otros momentos es reflejo también de esas luchas de la vida a las que cada día hemos de enfrentarnos.

Y hoy Jesús nos dice que levantemos la cabeza, que son momentos de liberación. Nos cuesta entender. Parece más bien todo lo contrario porque lo que se está generando muchas veces es angustia y sufrimiento. ¿Cómo entender las palabras de Jesús? Jesús siempre quiere poner esperanza en el corazón, que no nos falte la paz del espíritu por muy fuertes que sean las tormentas.

¿Qué nos sucede cuando nos vemos envueltos, por ejemplo, en una tormenta? Queremos tener un refugio seguro, no nos queremos sentir solos, queremos el amparo de aquellos seres que nos aman; el niño se refugia en las faldas de su madre, por decirlo de alguna manera, y nosotros buscamos aquellas personas que nos dan seguridad y que infunden con su presencia serenidad en nuestros corazones.

¿Nos sentimos solos ante las incertidumbres de la vida? ¿Nos sentimos como abandonados cuando esas angustias se nos meten en el alma? Quizá la peor angustia sea la de la soledad que nos da inseguridad porque no sabemos a donde agarrarnos, en quien apoyarnos o al menos nos parece que no está junto a nosotros.

Por eso tenemos que escuchar con toda atención las palabras de Jesús. Sus palabras nos dan una seguridad y una confianza, sus palabras quieren llenar de serenidad nuestro corazón. Nos había dicho Jesús en el evangelio. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación’. Que no nos pasen desapercibidas estas palabras.

‘Verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’. Nos está diciendo Jesús que no nos vamos a sentir solos, que tiene que haber angustia en nuestros corazones, que El está con nosotros. Es un aspecto que tenemos que resaltar, que no podemos olvidar, la presencia del Señor que se manifiesta a nuestro lado. Algunas veces vamos tan enfrascados en nosotros mismos – fijémonos que la palabra enfrascados significa estar metidos dentro del frasco – que solo estamos viendo lo turbio que pueda haber dentro de nosotros y no vislumbramos la luz que más allá hay.

Por eso nos dice que nos despertemos, que levantemos la cabeza, que no nos materialicemos tanto que solo nos miremos los pies. Nos encerramos y perdemos la perspectiva; no nos miramos sino la punta de la nariz y no vemos lo que hay más allá, no miramos sino las sombras que tenemos dentro de nosotros y no somos capaces de ver la luz que se nos ofrece. Con Jesús otra perspectiva se ofrece a nuestra vida.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

 


Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

Cuántas veces nos sucede que hay personas en nuestro entorno que nos pasan desapercibidas; estamos en una reunión, hay muchas personas que aportan sus ideas, participan en el diálogo y discusión de los temas que tratamos, pero quizás allá por algún rincón hay alguien callado, que quizá no se atreve a hablar apabullado por la palabrería de los que mucho hablan, y casi no nos enteramos de su presencia. Gentes quizá que se autoexcluyen de la participación, gente que se siente poca cosa y cree que poco tiene que aportar, gente que quizá anulamos y no tenemos en cuenta y de alguna manera vamos dejando a un lado.

Pero hay otro aspecto también por el que anulamos a las personas; las vemos quizás con alguna limitación o deficiencia física o discapacidad de algún tipo y siempre nos encontraremos razones para no tenerlos en cuenta; ¿lo hacemos conscientemente? Casi nos hemos acostumbrado a tener a esas personas al margen porque nos podemos creer que son una carga para nosotros, porque para que puedan hacer algo siempre tendríamos que estarle prestando nuestra ayuda y eso, pensamos, nos restaría posibilidades de todo lo que quisiéramos hacer. Es cierto que la sociedad de alguna manera se ha despertado y personas así han comenzado a creer en sí mismas y reclaman su participación más activa y viva en la sociedad, y también en la Iglesia.

Me ha dado pie para toda esta reflexión que me voy haciendo algo que nos dice el evangelio y que también casi nos puede pasar desapercibido. Cuando comentamos este pasaje del evangelio normalmente nos fijamos en algo que puede ser, es cierto, mensaje principal, que es toda la relacion con el día del sábado y de su descanso. Por ahí arranca el texto cuando los fariseos y los escribas estaban al acecho de lo que iba a hacer Jesús, puesto que era sábado cuando habían ido a la sinagoga.

El evangelista, sin embargo, nos dice que Jesús fijándose en un hombre que estaba allí en cualquier rincón y tenía una mano paralizada, lo llamó y lo puso en medio. Viene, algo así, Jesús a convertirlo en protagonista del momento, cuando aquel hombre quizá lo que quería era pasar desapercibido. Bien sabemos el concepto que se tenía entonces de que una enfermedad o cualquier limitación que hubiera en la vida era un castigo de Dios por algún pecado. Justo podría parecer que tratara de ocultarse para no verse denunciado por su pecado. Recordamos aquella pregunta que se hacían los discípulos cuando lo del ciego de las calles de Jerusalén, ‘¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’

Pero Jesús quiso ponerlo allí en medio. Es un desafío de Jesús frente a todos aquellos que estaban al acecho. Allí estaba la pregunta de Jesús sobre qué es lo que se puede hacer el sábado. ¿Qué es lo que habría de prevalecer, la misericordia y la compasión o el estricto cumplimiento de la ley? ¿Importaba de verdad la persona o a la persona se le tenía que dejar en su sufrimiento?

Jesús lo puso allí en medio para que aprendamos a valorar a la persona, tenerla en cuenta, dejarle su protagonismo, hacer relucir y destacar sus valores que estarán siempre por encima de sus limitaciones. La curación que realizó Jesús va mucho más allá de que recobrara el movimiento de su mano, porque lo que Jesús en verdad le estaba haciendo recobrar era su dignidad.

Curar es arrancar a la persona de todo modo de vida indigna, es arrancar a la persona de la marginación y el desprecio, de ese hundimiento en el que vive cuando se cree que nada vale o que nada puede aportar; curar es hacerle creer en sí misma, hacerle descubrir sus posibilidades y sus valores, es comenzar a tenerla en cuenta y escucharle y darle su lugar que le corresponde en la sociedad en la que vivimos. Curar no es hacer nosotros las cosas en su lugar movidos por una compasión mal entendida – con nuestras prisas y carreras siempre queremos acabar pronto y preferimos hacerlo nosotros para terminar antes -, sino estimularle para que sea capaz de poner su mano, de su poner su esfuerzo, de decir su palabra, de prestar su aportación, porque eso le hace recobrar su dignidad.

Jesús lo puso allí en medio, ¿a cuántos tendremos nosotros que comenzar a poner también en medio?

sábado, 6 de marzo de 2021

Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

 


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos y es la llave que abre nuestro corazón a los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

‘Se acercaron a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo… y los fariseos y los escribas lo criticaban: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Esto da pie para que Jesús nos proponga la hermosa parábola de la misericordia.

¿Quién necesitaba aprender a saborear lo que era la misericordia? ¿Lo habremos saboreado nosotros también o acaso nos tenemos por tan justos que nos decimos que no lo necesitamos?

Cumplidores no significa siempre lo mismo que justos; podemos convertir lo de cumplidores en una pantalla que oculte muchas cosas que llevamos en el corazón pero no querríamos que aparecieran en público, que lo supieran los demás. Porque con lo de cumplidor ocultamos con apariencias otras actitudes profundas que hay dentro de nosotros y que no queremos dejar relucir, pero ahí están.

Porque están nuestros juicios y consideraciones, por no decir condenaciones, que nos hacemos de los demás. Sí, como los fariseos que estaban juzgando a Jesús queriendo meterlo todo en el mismo saco como hacemos tantas veces cuanto queremos desprestigiar a los demás. Cómo tan fácilmente marcamos con un ‘sambenito’ a quien un día cometió un error y ya lo tenemos marcado de por vida, no somos capaces de admitir que esa persona pudo tener un momento de debilidad pero puede levantarse de su debilidad y ahora no volver a tropezar en la misma piedra. Sabemos que  el ‘sambenito’ era algo así como un sombrero o un cartel que habían de llevar de por vida quienes fueran condenados por ciertos delitos, porque para ellos parece que no hubiera perdón.

Seguimos marcando, en lugar de tender la mano para levantar, para ayudar a corregir, tender la mano para animar a la persona a que busque ayudas o recursos para rehacer su vida, lo que hacemos con nuestro desprecio hundir más en la miseria. Y esto es algo que sigue sucediendo y hasta en ámbitos que llamaríamos cristianos pero donde se tienen unas actitudes y posturas tan distintas a las del evangelio. Aislamos, separamos, alejamos de nosotros, no queremos mezclarnos, como hizo el hijo mayor de la parábola que no quiso mezclarse con su hermano, ni siquiera lo llamaba hermano,  no fue capaz de acercarse para darle un abrazo lleno de alegría por su vuelta a la casa paterna.

La primera parte de la parábola, es cierto, nos habla de la miseria del hijo menor, que reclamó al padre la parte de su herencia, no quiso vivir en la casa del padre y se marchó a lugares lejanos donde vivió de una manera disoluta envuelto en las miserias del pecado. Pero fue capaz de entrar en sí mismo, recapacitar y ser capaz de volver a la casa del padre, aunque aún le quedaban muchos miedos en su interior. ‘trátame como a uno de tus jornaleros’, intentaba decirle al padre porque no se consideraba digno de ser aceptado y acogido.

Pero si manifiesta la miseria del pecado – y siempre nos hemos detenido mucho en ello a la hora de comentar esta parábola – manifiesta también lo que es la misericordia de Dios expresada en la actitud del padre que le acoge, le trata como a un hijo que siempre fue a pesar de sus infidelidades, y preparó un banquete para la vuelta del hijo pródigo.

Pero el hijo mayor no entendía de estas cosas, no sabía saborear en su corazón lo que es el amor y la misericordia, porque estaba lleno de resentimientos, de cosas guardadas de mala manera en su corazón que ahora incluso le echa en cara al padre. Cumplidor, sí, pero con el corazón endurecido; cumplidor, sí, pero ignorante de lo que es la misericordia y la compasión; cumplidor, sí, pero incapaz de tener amor en sus entrañas.

Siempre decimos nos parecemos al hijo menor, por tantas veces que nos hemos marchado de la casa del padre, pero aun permaneciendo en la casa del padre, aunque solo fuera de una forma aparente, quizás qué lejos hemos estado de ese amor del padre, de esa misericordia divina, de ese sentirnos en verdad hermanos de todos aunque también tengan tantas debilidades como las que nosotros tenemos, si acaso nosotros no tenemos más.


Aprendamos a saborear lo que es la misericordia, porque no nos creamos tan justos que pensemos que no la necesitamos. Saborear la misericordia abre nuestro corazón a Dios, pero es la llave que abre también nuestro corazón a los demás para sentirnos en verdad todos hermanos.