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domingo, 16 de agosto de 2026

Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

 


Atiéndela que viene detrás gritando, le piden los discípulos a Jesús, pero de alguna manera Jesús como allá en el descampado nos está diciendo dadle vosotros de comer

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66; Romanos 11, 13-15. 29-32;Mateo 15, 21-28

‘Mira qué vas a hacer, porque esto es ya un fastidio’, algo así quizás habremos dicho alguna vez, o lo hemos escuchado de una forma directa y clara o con insinuaciones porque de alguna manera nos parecemos a los políticos que quieren quedar siempre bien pasándole la pelota a otros; y digo que lo hemos dicho cuando nos encontramos manifestaciones que reivindican o reclaman derechos o cosas que necesitan, cuando se acumulan personas y situaciones que nos parecen ajenas pero que han rebotado en nuestros lares, cuando quizás nos vemos impotentes pero quizás por nuestra falta de decisión o por pensar solo en nosotros mismos, porque esas personas que nos están llegando parece o que van a cambiar nuestras costumbres o a quitarnos el pan que nosotros pretendemos ganar cuando ellos traen tras de sí más miserias y necesidades de las que podemos imaginar.

He querido describir y contemplar ese cuadro que además hemos de reconocer que es incompleto cuando escuchamos este texto del evangelio en que Jesús, saliéndose del propio territorio de Israel y Palestina, ha llegado a unos territorios paganos en que una cananea va gritando tras Jesús pidiendo compasión porque tiene una hija con una grave enfermedad, poseída por el maligno como era la expresión más usual. Parece que Jesús no atiende a la petición de esta Cananea y serán los discípulos los que al final cansados de aquellos gritos que los persiguen le piden a Jesús que haga algo, aunque sea para quitársela de encima.

La fe y la confianza de aquella mujer se está viendo puesta a prueba. Jesús y aquel grupo de discípulos que la acompañan son judíos, con sus propias convicciones y planteamientos, mientras que ella es una pagana. Pero terminará diciendo ante el aparente rechazo de Jesús ‘también los perritos terminan comiendo las migajas que caen de la mesa de sus amos’, haciendo referencia a la manera que tenían habitualmente los judíos más radicales de mirar a los que no fueran judíos; ni en sus casas querían entrar, cuanto menos hacerles un favor.

Pero Jesús admira la fe de aquella mujer que se mantiene constante en su confianza y en su petición. Habrá otra ocasión en que Jesús también se admira de la fe de un pagano, como será el caso del centurión que pedía la salud para su criado enfermo al que miraba como un hijo. ‘No he encontrado en Israel nadie con tanta fe’, dirá entonces; ahora le dice a la mujer que vaya y que se cumpla conforme ha creído. Ya en otro momento nos dirá que vendrán de Oriente y de Occidente quienes se sienten en la mesa del reino de los cielos frente al rechazo que los hijos de Israel están haciendo del mensaje del evangelio.

Con Jesús se romperán todas las barreras que imponen limitaciones o que crean distancias. Recordemos que cuando nos habla del amor nos dirá y con gran exigencia que hemos de amar también a los enemigos, y saludar a los que no nos saludan, y prestar también a quienes no colaboran con nosotros porque el sol sale para todos, para justos y para injustos. Con Jesús ya no valen los condicionamientos sociales ya sean mujeres o ya sean niños, ya sean considerados buena gente o ya sean considerados pecadores porque la mujer pecadora lavará y perfumará sus pies o Zaqueo el publicano lo hospedará en su casa, con Jesús se caen las barreras de las impurezas legales porque dejará que el leproso llegue ante Él y extenderá su mano para tocarlo y quede limpio o la hemorroísa podrá tocar la orla de su manto para curarse de sus hemorragias, ya no hay limitaciones que nos imposibiliten ir al paso de los demás porque si es necesario la camilla bajará desde el techo para poder llegar a los pies de Jesús, ni soledades que aíslen porque Él sabrá buscarlo para ponerle en camino al encuentro con los demás como con el paralítico de la piscina.

Lo que hoy en el evangelio nos pareciera lentitud en la reacción de Jesús ante la petición de aquella mujer cananea podríamos decir que entra en la pedagogía del evangelio porque Jesús está queriendo que nosotros nos detengamos a pensar, a reflexionar y a reaccionar. ‘Dadle vosotros de comer’, les dirá a los discípulos que le plantean que despida a la gente en el descampado para que encuentren donde comprar comida, o preguntará de cuántos panes disponen para provocar que un muchacho ofrezca sus cinco panes y dos peces para alimentar a aquella multitud.

¿No será también lo que Jesús con este evangelio está queriendo provocar en nosotros? Al comienzo de nuestra reflexión hacíamos recuento de algunas de esas situaciones que suceden a nuestro alrededor pero en las que siempre estamos esperando que sean otros los que tomen las iniciativas. ¿Cuáles son las iniciativas que nosotros somos capaces de aportar? Quejarnos es una cosa que hacemos con facilidad ante cualquier cosa que vemos a nuestro lado y nos parece que está mal, pero ¿cuál es la mano que nosotros estamos dispuestos a poner? ¿Le habremos mirado a los ojos a esas personas que se arraciman en nuestro entorno con sus necesidades o con sus quejas? ¿Seremos capaces de ver la historia que hay detrás de cada una de esas personas, por ejemplo, que llegan como decimos ilegalmente a nuestras costas o atraviesan nuestras fronteras?

No queremos que nos molesten, pero ¿hasta donde somos nosotros capaces de llegar?


jueves, 16 de octubre de 2025

Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

 


Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

Romanos 3,21-30ª; Salmo 129; Lucas 11,47-54

Recuerdo una anécdota en la que se apremiaba a alguien a que llegara puntual a un lugar o a una cita donde debía ir, pero este le respondía que iba a hacer todo lo posible por llegar pero si la vaca no estaba en el camino; parece que en otra ocasión en que había intentado hacer ese recorrido no había podido hacerlo porque una vaca estaba suelta en el camino y era poco menos que imposible pasar por aquel lugar.

Traigo a colación este hecho en referencia a lo que nos está expresando hoy el evangelio. Son las palabras de Jesús contra los fariseos y maestros de la ley porque parecía que disfrutaban poniendo exigencias en sus comentarios y enseñanzas a la hora de trasmitir al pueblo creyente lo que era la ley y la voluntad del Señor. Ha partido este episodio de aquel momento en que un fariseo había invitado a Jesús a comer en su casa y en su interior estaba haciendo sus juicios porque Jesús no se había lavado las manos antes de comer; lo que podían ser una medidas higiénicas las habían convertido en leyes para dictaminar lo que era pureza que por la fe había de haber en sus vidas.

Jesús habla fuerte contra aquellos que vivían una fuerte incongruencia en sus vidas; menciona como ahora quieren justificarse con mausoleos levantados en honor de aquellos a los que habían perseguido y dado muerte sus padres. ‘¡Ay de vosotros, les dice, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos’.

Es algo más que un mausoleo o no lo que nos quiere decir Jesús, es la incongruencia de sus vidas, a las que les falta una verdadera profundidad y sentido en aquello que realizan, muchas veces solo dejándose envolver por la vanidad, pero sin darle autenticidad a sus vidas. No podemos sentirnos muy lejos nosotros hoy de esas actitudes que muchas veces seguimos con aquello del cumplimiento externo, pero que sin embargo nos dejamos envolver totalmente nuestra vida por ese sentido del evangelio. Cumplidores, pero sin vivencia interior; apariencias pero sin un fondo profundo en la vida. Lo que hacemos muchas veces con nuestros actos religiosos que se quedan fríos, que se convierten en un rito formal, una costumbre o una tradición pero que no repercute en nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras actitudes y posturas con los demás o con lo que hacemos que no llegamos a hacer vida.

Pero recogiendo la imagen con la que iniciábamos nuestra reflexión muchas veces esas formas incongruentes de vivir la religión o el ser cristiano se convierten en pantallas que encandilan, que oscurecen el camino para quieren realizar ese acercamiento a la fe y a la vida cristiana, pueden ser obstáculos para la fe de los demás.

Como creyentes tenemos que convertirnos en testigos, ofrecemos nuestra palabra que anuncia pero tenemos que ofrecer el testimonio de una vida que es lo que de verdad convence y contagia; pero quizás nuestras actitudes, nuestras vanidades, nuestra superficialidad puede ser ese obstáculo, como decíamos antes, esa vaca que está en el camino y nos entorpece y dificulta el que otros puedan transitar por ese camino. Es el ejemplo de nuestras vidas, es esa vivencia que nos convierte en testigos.

¿Estaremos siendo esos testigos o acaso por nuestro mal ejemplo somos obstáculos para que otros se encuentren con Cristo y puedan llegar a vivir su fe? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, porque lo que se nos pide es esa congruencia en nuestras vidas porque será lo que contagia nuestra fe a los demás.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

 


Abrámonos a los caminos nuevos del amor tapizados por la comprensión y el perdón y sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús

1Timoteo 4, 12-16; Salmo 110; Lucas 7, 36-50

Aunque hoy decimos que nos damos de muy liberales y que nadie nos tiene que imponer lo que tenemos que hacer, sin embargo nuestra sociedad está llena de unos protocolos que marcan nuestras relaciones, muchos actos de la misma vida social y que aunque no lo confesemos muy claramente sin embargo de alguna manera nos sometemos y los convertimos hasta en normas de conducta. No solo son las cuestiones de buena urbanidad y de mutuo respeto que nos hemos de tener los unos a los otros, sino que en nuestros círculos no siempre aceptamos aquellos que nos parecen diferentes, con no todo el mundo queremos mezclarnos para que no digan de nosotros y vamos creando una serie de discriminaciones en función de los trabajos o cargos que desempeñen, los lugares de origen, lo que llamamos legalidad para permanecer en un lugar con todos sus derechos humanos y así podríamos pensar en muchas cosas; no admitimos a nuestra mesa a cualquiera, cuidamos muchos a quienes vamos a invitar a algún tipo de celebración, y hasta entre vecinos creamos distanciamientos y diferencias. Quienes tengan mala fama o de los que se sospeche o hayan cometido ciertos delitos ya los marcaremos para siempre queriendo crear un círculo de aislamiento.

En el tiempo del que nos habla el evangelio fuertes eran esas discriminaciones, las barreras que se interponen entre unos y otros y no eran solamente los leprosos los que eran aislados para evitar el contagio sino que eran muchas más las trabas impuesta en la sociedad de entonces; las mujeres no contaban para nada, los que se consideraban pecadores eran excluidos del trato de aquellos que se consideran puros y cumplidores, muchos escalones dentro de aquella sociedad que vemos hoy en el pasaje que contemplamos cómo Jesús se los salta porque era algo nuevo lo que Él quería ofrecernos. Hacía falta, como diría en otra ocasión, unas vasijas nuevas para el vino nuevo que Él venía a ofrecernos en el anuncio del evangelio.

Unos protocolos de acogida, una separación y distanciamiento entre los que asistían al banquete que aquel fariseo le había ofrecido a Jesús, unas actitudes nuevas y un nuevo sentido de vida venían a ofrecernos Jesús. Un banquete en el que solo participaban hombres y que demás se consideraban unos puritanos; pero una mujer que se introduce saltándose todos los permisos, podríamos decir, que se introduce en la sala del banquete; un juicio y prejuicio que se va apoderando del corazón de quienes están sentados a la mesa, empezando por quien había hecho la invitación, porque además aquella mujer era considerada una mujer pecadora.

Además aquella mujer estaba ahora realizando lo que no se había hecho en virtud de las normas de la hospitalidad, cuando lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los besa con todo su amor, mientras el perfume de nardo puro envuelve a todos los comensales al ungir los pies de Jesús. Parecería que aquello era algo intolerable, pero Jesús se deja hacer, permitiendo que aquella mujer pecadora unja y perfume sus pies. Pero ahí están las palabras de Jesús en aquella pequeña parábola que propone. ¿Quién crees que amó más tras el perdón que habían recibido por su deuda? Palabras que van a conducir a Jesús a su momento culminante, el perdón generoso ofrecido por Jesús a aquella mujer que tanta amaba a Jesús a pesar de su condición de pecadora.

Saltan por los aires todas las prevenciones que aquellos hombres tenían ante aquella situación que se está viviendo con la presencia de aquella mujer pecadora. Pero, ‘¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’ Aquello era considerado una blasfemia porque Jesús se estaba atribuyendo el perdón de Dios. No lo podían comprender como nunca llegarán a comprender el sentido de la muerte de Jesús. Solo los que se pusieran humildes ante Dios, pero con un corazón cargado de amor lo podrían entender.

Es que solo los humildes, los sencillos que ansiaban y deseaban tener limpio el corazón podían comprender aquel misterio de lo que es el amor de Dios y el perdón que nos regala. Solo un hombre que se sintió empequeñecido ante el milagro de amor que contemplaba, como fue aquel centurión del calvario, podía reconocer la inocencia y la grandeza de Jesús. Un centurión también con humildad se había acercado un día, aunque se sabía no merecedor de la gracia que pedía, se había también atrevido a acercarse a Jesús y recibiría la mejor alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe en todo Israel’.

Es el camino nuevo en que viene a ponernos Jesús. Han de saltar por el aire todas las prevenciones, porque cuando vivimos con la vida encorsetada por los protocolos del hombre viejo no podremos sentir el gozo de la libertad que nos ofrece Jesús con su vida nueva. Rompamos barreras y saltemos por encima de los abismos, que sea la humildad y el amor los que nos lleven a los pies de Jesús. Abrámonos a los caminos nuevos del amor que tienen que estar tapizados por la comprensión y el perdón, porque será así cómo podremos disfrutar del perdón que viene a traernos Jesús con su muerte redentora y su salvación. 


jueves, 16 de enero de 2025

El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

 


El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

Hebreos 3,7-14; Salmo 94; Marcos 1,40-45

¿Seguiremos poniendo barreras a la manera de aquellos leprosos de los que nos habla hoy el evangelio? Yo no me mezclo con cualquiera, decimos o pensamos muchas veces; y aunque no manifestemos en alta voz nuestros pensamientos cuando en la acera tenemos que cruzarnos con alguien que no nos cae bien, que miramos con aprensión porque otro es el color de su piel, porque sabemos que está metido en la drogadicción, porque es de una determinada familia con la que desde siempre no nos llevamos, buscamos si podemos cruzar a la acera de enfrente, tratamos de ensimismarnos en nuestras cosas para evitar un cruce de miradas y mil detalles más que nos inventamos para ‘no mezclarnos’ como decíamos.

Con buena voluntad quizás nos decían cuando chicos que cuidáramos con quien andábamos porque estábamos manifestando quienes éramos – dime con quien andas y te diré quien eres, que nos decían – de alguna manera nos han metido un cierto sentido de discriminación que luego se puede en la vida convertir en grandes barreras. 

Lo vemos en muchas manifestaciones de la vida social en nuestro entorno, cómo tenemos nuestros grupos, nuestros círculos y pareciera que viviéramos en lugares estancos sin posibilidad de comunicación entre unos y otros, los que somos de un lugar, los que tienen esta procedencia, a los que llamamos ilegales, y nos vamos apartando los unos de los otros más y más; y desgraciadamente nos estamos haciendo un mundo inhumano, de desconfianzas, enfrentamientos y enemistades por el mero hecho de pensar de manera distinta.

El evangelio hoy nos manifiesta un rompimiento de barreras. Por una parte aquel leproso se atrevió a saltarse todas las reglas para llegar hasta Jesús porque era el único que podía sanarle. Pero Jesús también se atreve a dejar que se acerque el leproso y aún más tiende su mano para tocarle y sanarle. Sana al hombre de su enfermedad, pero sana al hombre y quiere sanar a la sociedad que le rodea para que de nuevo haya encuentro y comunicación. Volverá a su familia, volverá a la vida social de su entorno, ha de presentarse al sacerdote para que se reconociese su dignidad recuperada. Quiere sanarnos Jesús.

Este signo del evangelio se convierte también en un signo muy importante para nosotros, para nuestra sociedad, para nuestro mundo de hoy. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decía el leproso a Jesús. ¿No tendremos de alguna manera que decir nosotros lo mismo? En el relato del evangelio es cierto que fue el marginado a causa de su lepra el que acudió a Jesús, pero Jesús sanándolo le está diciendo a su mundo, a su sociedad concreta que es la que tiene que decir las mismas palabras.

Nos lo está diciendo a nosotros hoy, como individuos y como sociedad, porque son nuestras actitudes personales por las que primero tenemos que comenzar por cambiar, pero son esas conveniencias sociales que nos hemos creado que han ido ahondando esos abismos que nos separan y que nos enfrentan.

A eso ha venido Jesús. Ese es el mensaje de su evangelio. Esa es la Buena Nueva del Reino que Jesús quiere trasmitirnos. Es lo que quiere realizar en nosotros para que seamos más humanos para poder ser más divinos. Si cuando hablamos de salvación tanto insistimos en la gracia que nos trae Jesús que nos convierte en hijos de Dios, primero El se ha hecho hombre para que aprendamos a valorar nuestra humanidad, que es valorar la dignidad de la persona, de toda persona; porque será desde esa humanidad desde donde El luego nos elevará con una nueva dignidad de hijos de Dios. Pero tiene que haber humanidad en nuestra vida, y muchas veces en la manera cómo nos tratamos nos falta esa humanidad.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

 


Necesitamos ser lavados, limpios de una cierta lepra que nos ha ido envolviendo nuestra vida en todas esas actitudes no tan nobles apegadas a nuestros corazones

Tito 3, 1-7; Salmo 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’, hemos escuchado más de una vez. Desde pequeñitos nos lo enseñaron, ¿qué es lo que se dice? Se dice gracias. Pero quizás algunas veces lo olvidamos. ¿Acaso nos creeremos merecedores de todo? Sin querer hacer esa afirmación como si fuera una acusación, sin embargo tenemos que reconocer que muchas veces nos pasa eso. Parece que nos cuesta decir gracias, o mostrar nuestro agradecimiento de alguna manera; las palabras son importantes, pero el gesto, la sonrisa, la mirada, la mano sobre el hombre puede decir mucho. Porque la gratitud hay que llevarla en el corazón, tiene que ser una actitud que tengamos en la vida, es una postura de relación.

Aunque no hacemos las cosas para que nos den las gracias, ni estén repitiéndonos zalameros lo buenos que somos, sin embargo para nosotros son una presencia agradable esas personas que llevan la sonrisa de la gratitud en sus gestos y en la forma de mostrarnos su cariño, como una correspondencia a lo que hayamos hecho por ellas. Mucho tendríamos que revisar en la vida para tener esa tan necesaria nobleza del corazón. Confieso que algunas veces cuesta, y demasiadas veces vamos de engreídos por la vida queriendo creernos que nos lo merecemos todo.

El evangelio de hoy nos hace pensar, en esas actitudes que hemos de tener con los demás, pero sobre todo en cómo es nuestra relación con Dios.  Jesús va de camino hacia Jerusalén; de camino se encuentra con un grupo de leprosos de lejos gritan y suplican compasión. Era el grito habitual que se escuchaba por aquellos campos, en cierta lejanía de poblados y ciudades; los leprosos no podían convivir en las poblaciones ni siquiera con sus familiares y vivían confinados en esos lugares apartados; tenían que gritar si alguien se acercaba que era un impuro para que no cayera también en esa impureza; pero su grito era pidiendo compasión. ¿Sabían realmente que era el profeta de Galilea el que encabezaba aquella marcha hacia Jerusalén?

‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Sabían lo que pedían y a quien lo pedían. Y la compasión siempre estaba presente en el corazón de Jesús, siempre compasivo y misericordioso. ¿Cuál iba a ser la respuesta? Para poder incorporarse de nuevo a la comunidad necesitaban quien acreditara que estaban sanos; por eso Jesús les manda presentarse ante los sacerdotes, quienes podían dar esa certificación. No esperan más y corren para cumplir mientras ven sus cuerpos sanos. Uno sin embargo se da la vuelta para postrarse ante Jesús. Ya conocemos la alabanza de Jesús. Allí está la fe de aquel hombre que le hacía tener ese reconocimiento ante Dios. ‘Se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias’.

Nos dirá a continuación el evangelista que era un samaritano. Jesús iba de camino entre Galilea y Samaría, nos había dicho antes el evangelista. Para los judíos era considerado como un extranjero; ya sabemos la discriminación que entre ellos había, pero el evangelio viene romper barreras y fronteras, porque será ese ‘extranjero’ el que merecerá la alabanza de Jesús por su fe.

Cuántas cosas nos va diciendo paso a paso el evangelio en este corto relato para alimento de nuestra fe. Actitudes que tenemos que revisar, discriminaciones que tenemos que hacer caer, barreras que tenemos que romper, nueva que tenemos que despertar, sentimientos de gratitud que tenemos que hacer resurgir. Merecería que nos fuéramos deteniendo en todas esas cosas que nos va señalando el evangelio. Es una buena nueva que tiene que transformarnos desde lo más hondo. 

¿No necesitaremos también nosotros ser lavados, ser limpios de una cierta lepra que se nos ha ido pegando en nuestra vida en todas esas actitudes que no son tan nobles y que se han apegado a nuestros corazones?

martes, 24 de septiembre de 2024

Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

 


Una nueva dinámica para nuestra vida, la del amor, con nuevas actitudes y nuevos horizontes a los que no podemos poner barreras

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Salmo 118; Lucas 8, 19-21

Nada que tenga que ver con el amor podrá jamás encerrarnos en nosotros mismos. Dejaría de ser amor. El amor siempre es expansivo, el amor abre horizontes, nunca puede ser un circulo cerrado, nunca convierte a nadie en el centro de si mismo, amarse a si mismo para excluir a los demás no tiene sentido, nunca puede ser excluyente. Es algo de la esencia de la persona. En nombre del amor nunca podremos excluir a nadie. Cuando vamos por la vida excluyendo a personas no hemos entendido la esencia de nuestro ser y podríamos decir que nos estamos traicionando a nosotros mismos.

Sería lo que en verdad nos haría felices y crearía una humanidad de felicidad, pero sabemos que nos cuesta. No todos lo entienden ni lo viven y pueden parecer tan felices. Pero hay un vacío. Sin embargo nos confundimos y nos dejamos contagiar por esos brotes de insolidaridad y de un amor propio que no es verdadero amor y que nos llevan a la guerra. Nos hemos inventado muchas maneras de hacernos la guerra cuando dejamos meter las sombras del egoísmo y de la insolidaridad en nuestro corazón. Tenemos que estar atentos y vigilantes para encontrar lo que de verdad va a llenar nuestra vida.

Es lo que ha venido a enseñarnos Jesús. Estando con El nuestros horizontes tienen que ampliarse porque nos pone en un camino nuevo que nos lleva a la plenitud de nuestro ser. No quiere Jesús que en nombre de ningún amor entremos en esas dinámicas de exclusivismos y de exclusiones.

Hoy en el relato del evangelio se nos habla de una visita de María y sus parientes a Jesús en medio de su predicación. ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’, le dicen. Siempre en una primera impresión nos ha sorprendido la respuesta de Jesús. Se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Nos podría parecer sorprendente esa pregunta que se hace Jesús y la respuesta que les da. ‘Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’, viene a decirles Jesús.

Nos podría parecer que Jesús niega la importancia de aquella visita y de la presencia de María y su familia junto a El, pero no es así. Jesús nos está abriendo horizontes, por así decirlo. Amamos a los padres, amamos a la familia, amamos a aquellos por quienes nos sentimos queridos y amados, pero nuestro amor nunca se puede quedar ahí. El sentido de vida que Jesús nos está dando es que tenemos que ampliar esos horizontes del amor y nuestro amor tiene que ser más universal; no es un amor exclusivo, sino siempre un amor abierto. Porque quienes le escuchan, quienes escuchan la Palabra de Dios están entrando en otra órbita de la vida porque nos sentimos obligados a amar, y amar a todos sin exclusión.

Por eso como hemos venido reflexionando se acaban los exclusivismos. Como nos dirá en otro momento no solo saludamos a los que nos saludan, no solo amamos a los que nos aman, entramos en otra dinámica con un amor que tiene que ser siempre universal. Nos salimos de nosotros mismos pero no hacemos círculos que nos encierren sino que siempre tienen que estar las puertas abiertas, al horizonte de esos campos de la vida en que entramos ya no podremos poner barreras.

Qué lástima que no lo terminemos de entender; pero no solo hemos de saberlo en la cabeza – como tantas veces decimos, ‘eso lo sé yo’ – sino que tenemos que comenzarlo a sentir desde lo más hondo de nuestro corazón. Es una nueva humanidad que nace desde el amor cuando así nos sentimos amados de Dios. Porque ‘el amor consiste’, como nos dirá san Juan en sus cartas, ‘no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero’. Es una nueva dinámica para nuestra vida que tenemos que traducirla en muchas nuevas actitudes para cuantos nos rodean.

 

martes, 9 de julio de 2024

Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

 


Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Salmo 113; Mateo 9, 32-38

Sordos, mudos, incomunicados; algunos por naturaleza, deficiencias que se convierten en dependencias, deficiencias que se van produciendo con el paso de los años que van produciendo también un aislamiento. Pero no siempre es la sordera o la incapacidad física, porque quizás muchas veces pudiera ser que seamos nosotros los que provocamos esa incomunicación.

El sordo y el mudo físico, vamos a decirlo así, tiene deseos de comunicarse, pero se le hace imposible porque no puede acceder a la forma de comunicación que tienen las personas que no tienen esa deficiencia. Bien sabemos la lucha que sostienen hoy en la sociedad para salir de esa incomunicación porque no se quieren sentir minusvalorados; sin embargo los oyentes, vamos a decirlo así, no siempre llegamos a comprenderlos y lo que hacemos es crear o mantener barreras. Pero tendríamos que pensar en esas otras formas de incomunicación que sin embargo muchos nos creamos en nuestro mundo.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un endemoniado mudo que llevaron ante Jesús y Jesús lo curó causando admiración y alabanzas en la gente sencilla; algunos habrá, sin embargo que harán comentarios tergiversados queriendo romper el significado de aquel milagro realizado por Jesús. Jesus ha liberado a aquel hombre de un mal que había en su vida, su incomunicación porque es mudo y porque es sordo. La palabra endemoniado quiere expresar una posesión del mal, del maligno, del que Jesus quiere liberarlo, aunque no todos lo comprendan.

Pero puede ser una buena imagen para nuestras sorderas, para las incapacidades que nos creamos en la vida para comunicarnos con los demás. ‘Nos hacemos sordos’, es una expresión que muchas veces escuchamos refiriéndonos a quienes no quieren oír, no quieren escuchar. Oirán, porque lo sonidos de comunicación pueden llegar a sus oídos, pero no quieren escuchar, como se dice, se hacen sordos.

Y es algo que nos sucede más incluso de lo que pensamos; hay muchas maneras de no querer oír, no prestamos atención, no nos fijamos en quien nos habla, volvemos la espalda entretenidos en nuestras cosas cuando vemos que la situación podría complicarnos si nos llegamos a implicar, y mejor es no saber.

Pensemos en cuántas actitudes y posturas negativas mantenemos nosotros en nuestra relación y trato con los que nos rodean, las discriminaciones que hacemos de las personas, la autosuficiencia con que caminamos por la vida, porque nadie me va a enseñar a mi lo que tengo que hacer, la superioridad con que nos acercamos a los demás a los que consideramos unos pobres que nada nos pueden decir o enseñar… ¡cuánta cerrazón llevamos en el corazón!

¿Dejaremos que Jesús llegue a nosotros y toque nuestra vida para que comencemos un nuevo estilo y sentido de apertura hacia los demás? Claro que también tendríamos que pensar en qué medida estamos cerrando también nuestros oídos a Dios. Será la pasividad con que escuchamos la Palabra de Dios, será nuestra falta de humildad para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que llega a nosotros, será nuestra mente ida y puesta en otros sintonías mientras se nos proclama la Palabra de Dios en nuestras celebraciones, será esa razón crítica con que analizamos y juzgamos desde nuestras ideas preconcebidas lo que nos dice el texto sagrado, pero también los comentarios y reflexiones que nos ofrecen los ministros de la Iglesia.

¿Quién y cómo podrá presentarnos a Jesus para que nos cure abriendo nuestros oídos y nuestra vida?


miércoles, 22 de mayo de 2024

El Espíritu del Señor va abriendo caminos, que cada uno expresaremos con nuestra particular manera de ser o con los diversos carismas sin exclusividades ni barreras

 


El Espíritu del Señor va abriendo caminos, que cada uno expresaremos con nuestra particular manera de ser o con los diversos carismas sin exclusividades ni barreras

Santiago 4,13-17; Salmo 48; Marcos 9,38-40

Nos creemos únicos, insustituibles, nadie es capaz de hacer las cosas como las hago yo… es una tentación fácil en la que podemos caer llenos de autosuficiencia. Ya se trate de nuestro trabajo, ya se trate de cómo nos planteamos la vida, ya se trate de cómo hacemos las cosas en nuestra familia, en los diversos campos de la vida. Y lo mismo nos creemos poseedores de la verdad, nuestra manera de pensar es única y no estamos sujetos a error, todo el que piense distinto está equivocado.

Es bueno, sí, que defendamos nuestras ideas y las confrontemos con los otros, pero no para avasallar, no para creernos con el pensamiento único, y todos los demás están siempre en un error; es necesario una confrontación de ideas en esa búsqueda del bien y de la verdad, para descubrir lo bueno que también tienen los demás, la verdad que también podemos encontrar en los otros.

Y esto nos puede pasar en el ámbito religioso y en el ámbito de nuestra fe; por aquello de la apologética de la defensa de nuestra fe, y creyéndonos la única iglesia de Cristo algunas veces hemos sido demasiado excluyentes y no hemos sabido hacer camino junto con los otros y tenemos siempre la tentación y el peligro de considerar en el error - un error, pensamos incluso, que puede llevar a la condenación – a todos los que tengan una manera distinta de ver las cosas.

Nos creemos con la exclusividad de hacer cosas por el Señor, por la Iglesia, o por nuestro mundo. Creernos con esa exclusividad es poner barreras en la vida que nos alejan los unos de los otros. Y eso nos ha sucedido también en la Iglesia en muchas ocasiones. El Espíritu del Señor va abriendo siempre caminos, que luego cada uno expresaremos con nuestra propia manera de ser. Son las distintas formas en que se manifiesta nuestro compromiso según seamos cada uno. Gracias a Dios vamos cambiando mucho, aunque nos cuesta. Y no se trata de hacer sincretismos ni mezcolanzas innecesarias.

El evangelio hoy quiere iluminarnos. Dejémonos iluminar y abramos nuestras mentes. No nos suceda como a los discípulos de Jesús en aquel momento. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros’. Y ya vemos la reacción de Jesús ante aquellas exclusividades que se atribuían los discípulos más cercanos a Jesús. Es cierto que su amor por Jesús era tan grande que les parecía que no podían permitir que nadie utilizara el nombre de Jesús sin pertenecer a su grupo. Es, si queremos verlo así, una reacción muy humana. Tratamos de alguna manera de defender lo nuestro.

Pero Jesús quiere que abran los ojos para descubrir también lo bueno que hay en los demás, aunque no sean de los nuestros. ‘No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí’, les viene a decir. Y termina Jesús con esa afirmación tan categórica y que nos tiene que hacer comprender muchas cosas. ‘El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

No nos valen esas exclusividades. No podemos encerrarnos en nosotros mismos. No podemos dejar de ver los valores que también hay en los demás. No podemos pecar de autosuficiencia y orgullo. Tenemos que aprender a ponernos al lado del otro sea quien sea; tenemos que aprender a trabajar codo con codo con quien haga el bien, quien lo está intentando aunque algunas veces falle o tenga errores. Sería la mejor manera de convencer de nuestra verdad, sería la mejor manera de contagiar de nuestros valores cuando los ponemos al lago de los de los demás.

Jesús ha venido a romper muros y fronteras, porque es la manera de que alcancemos la unidad, por eso no vayamos nunca levantando nuevos muros o poniendo limites, porque lo que estaremos haciendo es distanciándonos más. Y eso no es nuestra misión ni nuestra tarea, que siempre tenemos que ser constructores. Jesús ha venido a salvar a todos y para todos es su evangelio. Pero aceptemos también que cada uno tenemos nuestro carisma, nuestra forma de hacerlo vida y lo podemos expresar de muchas maneras y en muchas cosas que podemos hacer. Vayamos, pues, tendiendo puentes, recogiendo siempre todo lo bueno que podamos encontrar en los demás.

 

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


sábado, 1 de julio de 2023

Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

 


Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

Génesis 18,1-15; Sal.: Lc.1, 6-55; Mateo 8,5-17

Todos se acercan a Jesús. No hay protocolos ni barreras. Cómo nos gusta poner nuestras barreras, crear nuestros distanciamientos. ¿Con quién andamos? Con nuestros amigos, los que son de nuestra honda, con los que tenemos una cierta sintonía; ¿a quién saludamos cuando vamos por la calle? Reconozcamos que de alguna manera ponemos un velo en nuestros ojos con lo que no llegamos a ver muchas veces a los que pasan a nuestro lado, incluso rozándonos. Más de una vez nos habrán dicho, pasaste a mi lado y ni adiós dijiste. Íbamos en nuestros pensamientos, en nuestras cosas, no era la persona que pensábamos encontrar y por eso pusimos el paraguas alrededor para no ver a nadie.

He querido comenzar el comentario del evangelio de hoy con esta reflexión que parece que no viene a cuento, pero que sí es importante y tiene relación con lo que sucede en el evangelio. Recordamos, incluso, que cuando envía a sus discípulos a anunciar el Reino les dice que solo vayan a las ovejas descarriadas de Israel; diríamos que de alguna manera el círculo parece cerrarse.

Pero, ¿quién es el que se acerca ahora a Jesús? Un centurión romano que tiene en casa un criado al que aprecia mucho y que está muy enfermo. Sorprende el acercamiento de este gentil a Jesús. Normalmente los judíos miraban con desconfianza a todo el que no fuera judío, y más en esta situación en que era la expresión de la dominación romana; no solo era un romano, un gentil, un pagano, sino además un centurión, quien estaba al frente de aquella centuria de soldados que mantenían la opresión del pueblo judío. Es cierto que como nos muestra otro evangelista en este mismo episodio nos dirá que era bien considerado por los principales de la ciudad, porque quizás se había preocupado de arreglarles la Sinagoga y otros aspectos de la vida de su ciudad.

Se presenta a Jesús y presenta su situación. No pide que Jesús vaya a curarlo, como un día pidiera Jairo el jefe de la Sinagoga cuando tenía a su niña en las últimas. Es más, cuando Jesús dice que quiere ir a su casa para curarlo, aparecerá la grandeza de este hombre. ‘No soy digno…’ dirá. ¿Quién es él para que Jesús llegue a su casa? El tiene fe en el poder de su Palabra. ‘Basta que lo digas de palabra’ y mi criado quedará sano. Algo grande se estaba manifestando. Cuando otros le reclaman a Jesús con qué autoridad realiza cuanto hace, este hombre tiene fe en la palabra de Jesús; ahí está su autoridad. Y se pone por ejemplo un hombre acostumbrado a mandar a sus criados y a los soldados. A su palabra todos tienen que obedecer; a la Palabra de Jesús todo mal puede desaparecer.

Jesús reconocerá la fe de este hombre. ‘Vete, que te sucede conforme has creído’, le dirá finalmente. Pero antes Jesús levantará la voz para que todo reconozca la fe de este hombre. Es un pagano, es un gentil, pero ‘ni en todo Israel he encontrado tanta fe’, dirá Jesús. Y quedará para nosotros como ejemplo para nuestra fe. Por su fe este hombre se está convirtiendo en un signo para nosotros, un revulsivo para nuestra fe.

¿Hasta donde llegamos en nuestra fe? Nos decimos tan creyentes y siempre estamos poniendo límites con nuestras desconfianzas. ¿Me escuchará o no me escuchará el Señor? nos preguntamos tantas veces. Y además queremos que nos escuche conforme a nuestros criterios, a nuestros deseos, a que se realicen las cosas como yo quiero, son los condicionamientos que ponemos tantas veces. 

Pero qué sencillo es aquel hombre, no pide, solo expone su situación, y luego aparece como en cascada todas esas obras maravillosas, comenzando por la fe de aquel hombre. ¿Quién le ha dado ese don de la fe? No olvidemos que es algo sobrenatural, es algo que nos viene de Dios. Dios ha estado también obrando maravillas en él.

domingo, 19 de febrero de 2023

La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

 


La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

A veces las buenas noticias, aunque sean buenas, nos inquietan, nos dejan intranquilos, de alguna manera, podemos decir, nos revuelven por dentro, porque nos plantean interrogantes, pudiera ser incluso que dudas, pero nos impulsan y nos abren a algo nuevo, que no siempre quizás seremos capaces de asumir, de convertirlo en un leit motiv, un sentido para nuestra vida.

Si es buena noticia, nos podría decir algo, pues es algo bueno; es cierto, pero es que eso bueno nos puede hacer ver la realidad de otra manera, nos puede obligar a tomar nuevas y arriesgadas decisiones, nos puede obligar, sí, a salir de nuestras comodidades y rutinas. Y esto tiene que significar el evangelio en la vida del  hombre, de toda persona. Sin embargo, bien sabemos que no todos aceptan esa buena noticia del evangelio. Si todos lo aceptaran nuestro mundo y nuestra sociedad sería bien distinta.

Pero con sinceridad tenemos que preguntarnos, ¿es que los que nos decimos cristianos, porque decimos que creemos en Jesús, estaremos en verdad planificando nuestra vida según esos nuevos valores que nos enseña el evangelio? ¿Cuántos llevamos a lo concreto de nuestra vida de cada día lo que hoy se nos ofrece en el evangelio? ¿No pretenderemos muchas veces hacernos rebajas en nuestras interpretaciones porque decimos, amar sí, pero no hay que llegar a tanto?

Y es que le buena noticia que nos ofrece el evangelio, este pasaje concreto que se nos presenta en este domingo, viene a tocar aspectos que son fundamentales en lo que es nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús; algo en lo que de verdad hemos de diferenciarnos claramente de los demás. Es la amplitud y la universalidad del amor que se nos plantea hoy.

Siempre decimos, amamos y con eso es suficiente. Amamos, pero ¿hasta donde llegamos en nuestro amor? ¿A los amigos? ¿A los que están cerca de nosotros? ¿A los que nos quieren? ¿A los que son buenos y nunca molestan? ¿A los que nunca nos han hecho daño? ¿A los que a veces nos ayudan y entonces nosotros queremos corresponder prestándole también nuestra ayuda?

Cierto, ¿y en qué nos estamos diferenciando? Eso lo puede hacer cualquiera. Ya Jesús nos dice que los gentiles saludan a los que los saludan a ellos; ya nos dice Jesús que  cualquiera puede ayudar a alguien simplemente porque un día le ayudó a él también, lo hacen los publicanos y lo hacen también los gentiles.

Es otra la categoría, otra la amplitud, otro el nivel que nos pide Jesús para el amor. No se puede quedar encerrado en un circulo; me amas, te amo; me ayudas, te ayudo; eres de los míos, porque eres de mi familia, de mi grupo, de mi raza o procedencia, porque eres de los que piensas como yo, pues yo también te quiero y hago por ti todo lo que sea necesario.

Pero Jesús rompe el circulo, rompe esas barreras que no queremos traspasar, rompe esos lazos para ir también al que no me ama, al que no es de los míos, al que pudiera considerar enemigo porque quizás me quiere mal; Jesús rompe esas reglas que quizá un día con buena voluntad se pusieron para que no nos pasáramos en la reacción que pudiéramos tener cuando nos hagan lo que no nos gusta; la ley del Talión venía a limitar la amplitud de la venganza a la que creían que tenían derecho cuando se vieran injustamente tratados, no podía ir más allá en tu reacción de la medida con que te habían ofendido a ti, por eso se habla del ojo por ojo y del diente por diente. Pero Jesús nos echa abajo ese castillo de naipes que nos habíamos construido y nos habla de ofrecer la otra mejilla, de dar no solo lo que te pide sino si es necesario el doble o todo lo que necesite, de ser capaces de poner la otra mejilla.

Por eso para el seguidor de Jesús ya no tienen que haber enemigos; enemigo era no solo el que te quería mal, sino incluso a aquel que no perteneciera a tu grupo o a tu manera de ver la vida. Ahora tenemos que amarlos a todos e incluso orar por ellos, orar incluso porque el que haya hecho una ofensa. Qué aplicación práctica tiene este nuevo estilo que Jesús nos ofrece cuando hoy seguimos creando tantos abismos entre los que no pensamos lo mismo; cuando hoy seguimos generando tanta acritud hacia el que es distinto, al que tiene una opinión distinta y cuando tanto hablamos de democracia le queremos quitar el derecho a opinar a quien tiene otra forma de pensamiento, por ejemplo, para el sentido de sociedad que queremos construir.

Hoy se nos está planteando algo fundamental en lo que es nuestra vida cristiana, lo que es el seguimiento de Jesús. Es la Buena Noticia, que quizás nos cuesta recibir y aceptar porque nos va a doler el corazón, porque tendremos que hacer una verdadera conversión en nuestra vida, un nuevo planteamiento para muchas posturas, para muchas actitudes, para muchas de las cosas que hacemos que tendrán que ser de otra manera.

No es fácil. Además Jesús nos está diciendo que tenemos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo. Alto nos pone el listón. Pero sabemos que no nos faltará la fuerza de su Espíritu.