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sábado, 28 de febrero de 2026

El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

 


El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

A veces parece como si nos rigiéramos en la vida por la ley de mínimos. ¿Cuánto es lo mínimo que tengo que hacer para lograr lo que busco? La podríamos llamar también la ley del mínimo esfuerzo; es el simplemente contentarnos con cumplir y si ya llegué al mínimo exigido ¿para qué esforzarme en dar más? Hacer las cosas solo por cumplimiento es hacerlas sin espíritu, sin calor del alma, con poca intensidad, incapaces de animar y contagiar.

Yo pienso que actuar así es una pobreza de miras, faltan ilusiones y metas que nos eleven, no somos capaces ni de desarrollar lo que somos, nuestras posibilidades y nuestras capacidades que son mucho más que eso mínimo con lo que nos contentamos; es una pobreza de vida, porque la pobreza no son solo las carencias que tengamos sino ese espíritu que no tiene metas, que no busca lo mejor, que no aspira a más, que no es capaz de poner toda la carne en el asador; parece que siempre se está resguardando, pero ¿para qué?, si siempre voy a seguir arrastrándome sin ser capaz de levantar la mirada para ir más allá.

Es, por ejemplo, lo que dicen algunos, yo soy muy amigo de mis amigos, pero ¿entonces te cierras a la posibilidad de conocer a alguien más, de tener nuevos amigos porque tu seas el que ofrezcas amor y amistad, de hacer el bien también a los que no hacen nada por ti?

Nos lo está diciendo claramente Jesús cuando nos habla del amor, cuando nos habla de la humanidad que hemos de poner en nuestro trato con los demás y en nuestras relaciones. ¿Qué haces de extraordinario si solo saludas al que te saluda? Eso lo hace cualquiera. Pero al seguidor de Jesús se le pide más porque es un amor creciente el que tiene que animar su vida. Un amor estancado le pasa como al agua estancada que se vuelve putrefacta; un amor estancado se va vaciando de contenido día a día; un amor estancado es el que está midiendo lo que el otro hace por mi para yo no pasarme en mis gestos de amor ni de ir más allá.

Hoy nos dice Jesús, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Por eso ha comenzado hablándonos de la universalidad del amor; y como nos dice también hemos de amar a los enemigos, a los que nos han podido hacer daño; costará, pero es que no estamos yendo por lo mínimo, estamos hablando de amor, porque además nos sentimos amados de Dios; y el amor es dinamismo, el amor es algo que se crece cada día cuando es verdadero amor, el amor no pone límites ni hace distinciones. Amas porque te das, eres capaz de vaciarte en los demás.

Contrapone Jesús no simplemente lo que era la ley antigua, sino la interpretación que se había hecho de la ley de Dios. ‘Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Y es que todo arranca de ese amor de Dios que sentimos y experimentamos en nuestras vidas. Dios hace salir el sol para todos, no solo para los buenos.

Es levantarnos el listón. Cada día un paso más, cada día un poco más alto. ¿Cuesta? Ahí está el valor. No solo son los mínimos, porque con el amor no se puede andar con medidas. Somos capaces de superarnos, somos capaces de ir más allá. Somos capaces de crecer en el amor.

Como decíamos, el modelo lo tenemos en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Es lo que contemplamos en Jesús que nos está regalando continuamente su amor. No podemos andar, pues, en esa pobreza de vida, con ese raquitismo en el amor, con esa mediocridad en nuestras metas

domingo, 6 de julio de 2025

‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

 


‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Salmo 65; Gálatas 6, 14-18;  Lucas 10, 1-12. 17-20

Aquello que llevamos en el corazón es lo que vamos a expresar con nuestras palabras, con nuestros gestos y con nuestras actitudes. ¿Cuáles son las conversaciones más espontáneas que nos salen cuando nos encontramos con los demás? Aquello, por ejemplo, que son nuestras preocupaciones. Decimos muchas veces que enseguida cogemos el socorrido tema del tiempo, pero ¿por qué lo hacemos? Porque queremos estar bien, nos molesta el calor o el viento, tenemos miedo de un temporal que se nos pueda venir encima o ansiamos las lluvias para nuestros campos, porque la necesitamos.

Son quizás nuestras preocupaciones más elementales y por eso comenzamos por eso más fácil; pero pronto nos damos cuenta que van a ir surgiendo otros temas de nuestras preocupaciones o de nuestros anhelos, de las cosas dichosas que llenan nuestra vida o de aquellas cosas que nos hacen sufrir. Es la vida, es lo que somos, es lo que llevamos dentro que va a brotar casi de forma espontánea por nuestra boca o por nuestras actitudes.

Cuando entramos en otro ámbito de la vida con mayor profundidad, cuando la fe significa no sólo algo sino una cosa muy importante para nuestra existencia, porque ella encontramos sentido y encontramos valor, hace trascender nuestra vida y lo que hacemos, y eleva nuestro espíritu, nos hace sentir la presencia de Dios y su amor de salvación para nosotros, cuando llevamos de verdad eso en el corazón también tiene que brotar de forma como espontánea en nuestras palabras y en nuestras actitudes y manera de actuar en la vida. Será algo que no podemos callar. Como le decían los apóstoles a los mandatarios de Jerusalén que les prohibían mencionar el nombre de Jesús, hablar de Jesús, no podían callar, tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Eso es lo que tendríamos que hacer en nuestra vida cristiana, eso es lo que tendría que definir de alguna manera nuestra vida cristiana, aquello que llevamos en lo más hondo de nuestra vida tenemos que transmitirlo, tenemos que darlo a conocer, tiene que ser motivo de nuestras conversaciones, de nuestras palabras, de nuestra comunicación con los demás. Pero ¿qué hacemos? ¿En verdad ha sido una experiencia importante para nuestra vida nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor, el sentirnos amados de Dios, la vivencia de nuestras celebraciones? ¿Habrá algo que nos está fallando? Es algo que tenemos que plantearnos con toda seriedad.

El evangelio de hoy nos habla del envío por parte de Jesús de aquellos setenta y dos discípulos que habían de ir por aquellas aldeas y pueblos por donde habría de ir luego también Jesús, haciendo el anuncio del Reino de Dios. Es importante que nos fijemos bien en este evangelio.

No es el envío de los doce apóstoles, es el envío de aquel grupo grande de los que comenzaban a ser sus discípulos para que fueran a transmitir aquello que ellos ya estaban viviendo. No han de hacer grandes cosas; Jesús habla sencillamente de que se sientan acogidos por aquellas casas donde los reciban y con ellos hagan una vida por así decirlo familiar. ‘Quedáos en la casa donde entréis… comed lo que os pongan…’ y su saludo sería siempre un saludo de paz; con esa presencia y esa acogida simplemente tenían que decirles que allí estaba llegando el Reino de Dios. Sí, no era solo el anuncio que tenían que hacer, sino cómo habían de sentirse ellos en aquellos hogares, acogidos y partícipes de lo que aquella gente compartía con ellos, su hospitalidad y su acogida. ¿No son esos signos del Reino de Dios? ¿No estaban viviendo una nueva armonía en aquella acogida y en aquel compartir?

¿Le estará faltando a la Iglesia de hoy esa manera de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo? Pastores que dediquen su tiempo a estar con la gente, a convivir con el pueblo, a sentirse uno con las gentes que les rodean. ¿No tendría que ser eso lo que también resplandeciera en la pastoral de nuestras parroquias y comunidades?

A la vuelta contaron a Jesús cómo los habían recibido y acogido, y venían contentos de la misión que habían realizado. No había habido cosas extraordinarias, pero sin embargo Jesús les dirá que Él veía cómo los espíritus malignos eran arrojados de aquellos lugares. ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo, les dice Jesús. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno’. Donde había aquella acogida y aquel compartir reinaba la paz, la armonía y la convivencia, el espíritu maligno allí no tenía nada que hacer.

¿Será eso lo que nosotros transmitimos a los que nos rodean? ¿Será eso lo que en verdad estamos construyendo en nuestros hogares y familias? ¿Seremos en verdad esos instrumentos de paz y de armonía, trabajando por la buena convivencia en nuestros hogares, entre nuestros vecinos y con aquellos con los que convivimos, o en nuestros lugares de trabajo? En nuestras familias cristianas ¿estará faltando algo de esto tan sencillo de lo que nos habla hoy el evangelio? ¿Se notará en verdad en esos lugares por esa buena sensación de armonía que allí se respira que está la presencia de un cristiano que con sus actitudes está así dando señales del reino de Dios?

No serán necesarias quizás grandes palabras, pero si son importantes nuestras actitudes, esas sensaciones buenas que provocamos con nuestra presencia. Mucho tenemos que hacer. De lo que llevamos en el corazón hablara nuestra vida y será lo que despertemos en los demás.


lunes, 10 de marzo de 2025

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

 

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Cuantas veces, en un momento de fervor quizás, habremos dicho cosas así, si yo hubiera estado en aquellos tiempos – cualquier episodio que nos cuente el evangelio – hubiera actuado de otra manera y no habría sido tan duro de entendederas como vemos tantas veces a los apóstoles, o pensamos también, si ahora lo viéramos caminar entre nosotros y hablarnos le seguiría sin más como nadie lo ha hecho.

Nos olvidamos de una cosa, del evangelio de hoy. ‘¿Cuándo te vimos enfermo y no te atendimos? ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? O ¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos?’ Eran las preguntas que le hacían a Jesús tanto los de la derecha como los de la izquierda ante lo que Jesús les estaba diciendo en el juicio final. ‘Cuando lo hicisteis… cuando no lo hicisteis con uno de estos hermanos pequeños… a mi no me lo hicisteis… conmigo lo hicisteis…’

Es claro Jesús en el evangelio. No nos va a preguntar Jesús si robamos o matamos a alguien, nos va a preguntar por lo que hicimos en positivo o por lo que dejamos de hacer, aunque no le hayamos robado, aunque no los hayamos matado. No significa que eso no lo tengamos en cuenta. No podemos olvidar a ninguno de los mandamientos, porque Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y recordamos cuando aquel joven le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna, lo primero que le responde Jesús es que cumpla los mandamientos. Luego será cuando Jesús pida dar un paso más para compartir lo que somos, para despojarnos de lo que tenemos porque el tesoro mejor guardado es lo que hagamos con los demás.

Y lo que hacemos a los demás es como si se lo hiciéramos a Jesús. Se identifica con el pobre y con el hambriento, con el que está solo en su soledad o vive triste y sin consuelo en la vida, con el que se siente abandonado por todos o es discriminado por su condición o por las circunstancias que condicionen su vida. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá Jesús.

Por eso nuestro amor no es un amor cualquiera. No es amar solamente a los que me aman, ser amigo solo de los que son amigos y a lo más amigos de mis amigos, como tantas veces decimos; no es saludar solo a los que me saludan, sino ir por la vida con mi semblante sonriente para regalar mi saludo a todo el que encuentro a mi paso, no es ayudar solo a los que un día me echaron una mano, sino también sentar a mi mesa a aquel que no podrá corresponderme invitándome también, no es solo preocuparme de los que están más cercanos a mi y quizás me manifiestan sus problemas, sino tender mi mirada más allá para detectar allí donde hay una necesidad o está alguien esperando entrar a la piscina sin que nadie le ayude.

Es lo que vemos hacer a Jesús en el evangelio. Lavará Jesús los pies a los discípulos siendo el maestro y el Señor para que nosotros también lo hagamos; perdonará a los que están clavándolo a la madera, pidiendo incluso disculpas por ellos porque no saben lo que hacen. Aunque eso algunas veces nos sea pesado como una cruz que tengamos que cargar, pero cuando las cosas se hacen desde el amor no hay peso que se nos resista, no hay nada que tengamos que dejar de hacer.

Por eso, dejémonos envolver por el amor, un amor como el de Jesús, para que podamos amar como El ama; y su amor es incondicional, su amor es generoso y universal, su amor no tiene límites porque ya nos dirá que el amor más grande es dar la vida por aquellos a los que ama. El lo hizo ¿seremos capaces nosotros de hacerlo?

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

viernes, 3 de marzo de 2023

Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

 


Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

Con una misma palabra a veces manifestamos realidades o planteamientos distintos que nos podemos hacer y que a la larga expresan esas incongruencias con que vivimos muchas veces. La palabra a la que hago referencia que nos aparece hoy en el evangelio es la perfección, el ser o no perfectos.

Como perfectos queremos muchas veces en nuestra vanidad presentarnos ante los demás, queremos siempre mantener nuestra imagen, ocultamos nuestros defectos, no queremos que nadie se entere de nuestro errores, queremos que todos nos tengan por personas de gran rectitud y nos molesta tremendamente que alguien quiera sacarnos a relucir alguna cosa de nuestra vida que no tiene tanta claridad, hasta seriamos capaces de denunciar ante los tribunales ese desprestigio que nos pudieran ocasionar.

Pero ¿somos tan perfectos? Seguramente será un aura que nos queramos poner alrededor, porque realmente sabemos de nuestras debilidades, de nuestros errores, de nuestras meteduras de pata; miremos nuestra relación con los demás y allá en la sinceridad de nuestro corazón tendríamos que reconocer que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros pensamientos y sospechas, los actos que realizamos no tienen tanta claridad; siempre nos aparecerán ramalazos de egoísmo y de insolidaridad, tentaciones de orgullo y de altivez, juicios y criticas injustas cuando no impregnadas de algún veneno, acción que no muestran tan a las claras la generosidad del corazón, recelos y resentimientos que nublan y enturbian las relaciones… cosas así nos aparecen en la vida muchas veces y ya no podemos decir que somos tan perfectos.

Y cuando se trata de lo que hoy se nos plantea en el evangelio el grado de perfección no siempre es tan alto. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! A estas palabras de Jesús siempre encontraremos la forma de hacernos algunas rebajas. Jesús nos está hablando una vez más de la sublimidad del amor. No es cualquier cosa. Bien alto nos pone el listón. Son claras las palabras de Jesús.

‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

¿Seremos capaces de llegar a esta sublimidad del amor? Amor al prójimo, amor al enemigo, amor al que te haya hecho mal, amor al que te persigue… Y no es una cosa así como muy etérea lo que ha de ser ese amor, porque nos manda rezar incluso por los que nos persiguen o nos tratan mal. ¿Te habrás parado en alguna ocasión a rezar por aquella persona que te criticó? ¿Por aquella persona que te niega el saludo y vuelve la cabeza cuando pasa a tu lado? ¿Por aquella persona que tanto daño te hizo?

No es cualquier cosa lo que nos está pidiendo Jesús. Claro que El nos enseñó a rezar diciendo ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. No nos paramos mucho a pensar cuando rezamos el padrenuestro y decimos estas palabras mientras no nos hablamos con el vecino o con el pariente porque no sé cuanto tiempo hace un día dijo o hizo algo que te ofendió y nunca más volviste a hablarle.  Y nos queremos presentar como perfectos.

Por eso continuará enseñándonos Jesús que en algo tenemos que diferenciarnos de los gentiles o ninguna fe tienen, pero que son capaces de saludar y llevarse bien con todo aquel con quien se encuentran en la calle. Si solo saludas al que te saluda, si solo ayudas al que un día te ayudó a ti, nada estás haciendo de especial, eso lo hace cualquiera. Por eso terminará diciéndonos que seamos ‘perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto’. Ahí tenemos el motivo, la razón de nuestro amor, el ejemplo para nuestra vida para que no andemos con tantas incongruencias.

domingo, 19 de febrero de 2023

La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

 


La Buena Noticia de Jesús nos interroga y nos inquieta, nos pone alto el listón del amor y nos propone la santidad de nuestro Padre del cielo

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48

A veces las buenas noticias, aunque sean buenas, nos inquietan, nos dejan intranquilos, de alguna manera, podemos decir, nos revuelven por dentro, porque nos plantean interrogantes, pudiera ser incluso que dudas, pero nos impulsan y nos abren a algo nuevo, que no siempre quizás seremos capaces de asumir, de convertirlo en un leit motiv, un sentido para nuestra vida.

Si es buena noticia, nos podría decir algo, pues es algo bueno; es cierto, pero es que eso bueno nos puede hacer ver la realidad de otra manera, nos puede obligar a tomar nuevas y arriesgadas decisiones, nos puede obligar, sí, a salir de nuestras comodidades y rutinas. Y esto tiene que significar el evangelio en la vida del  hombre, de toda persona. Sin embargo, bien sabemos que no todos aceptan esa buena noticia del evangelio. Si todos lo aceptaran nuestro mundo y nuestra sociedad sería bien distinta.

Pero con sinceridad tenemos que preguntarnos, ¿es que los que nos decimos cristianos, porque decimos que creemos en Jesús, estaremos en verdad planificando nuestra vida según esos nuevos valores que nos enseña el evangelio? ¿Cuántos llevamos a lo concreto de nuestra vida de cada día lo que hoy se nos ofrece en el evangelio? ¿No pretenderemos muchas veces hacernos rebajas en nuestras interpretaciones porque decimos, amar sí, pero no hay que llegar a tanto?

Y es que le buena noticia que nos ofrece el evangelio, este pasaje concreto que se nos presenta en este domingo, viene a tocar aspectos que son fundamentales en lo que es nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús; algo en lo que de verdad hemos de diferenciarnos claramente de los demás. Es la amplitud y la universalidad del amor que se nos plantea hoy.

Siempre decimos, amamos y con eso es suficiente. Amamos, pero ¿hasta donde llegamos en nuestro amor? ¿A los amigos? ¿A los que están cerca de nosotros? ¿A los que nos quieren? ¿A los que son buenos y nunca molestan? ¿A los que nunca nos han hecho daño? ¿A los que a veces nos ayudan y entonces nosotros queremos corresponder prestándole también nuestra ayuda?

Cierto, ¿y en qué nos estamos diferenciando? Eso lo puede hacer cualquiera. Ya Jesús nos dice que los gentiles saludan a los que los saludan a ellos; ya nos dice Jesús que  cualquiera puede ayudar a alguien simplemente porque un día le ayudó a él también, lo hacen los publicanos y lo hacen también los gentiles.

Es otra la categoría, otra la amplitud, otro el nivel que nos pide Jesús para el amor. No se puede quedar encerrado en un circulo; me amas, te amo; me ayudas, te ayudo; eres de los míos, porque eres de mi familia, de mi grupo, de mi raza o procedencia, porque eres de los que piensas como yo, pues yo también te quiero y hago por ti todo lo que sea necesario.

Pero Jesús rompe el circulo, rompe esas barreras que no queremos traspasar, rompe esos lazos para ir también al que no me ama, al que no es de los míos, al que pudiera considerar enemigo porque quizás me quiere mal; Jesús rompe esas reglas que quizá un día con buena voluntad se pusieron para que no nos pasáramos en la reacción que pudiéramos tener cuando nos hagan lo que no nos gusta; la ley del Talión venía a limitar la amplitud de la venganza a la que creían que tenían derecho cuando se vieran injustamente tratados, no podía ir más allá en tu reacción de la medida con que te habían ofendido a ti, por eso se habla del ojo por ojo y del diente por diente. Pero Jesús nos echa abajo ese castillo de naipes que nos habíamos construido y nos habla de ofrecer la otra mejilla, de dar no solo lo que te pide sino si es necesario el doble o todo lo que necesite, de ser capaces de poner la otra mejilla.

Por eso para el seguidor de Jesús ya no tienen que haber enemigos; enemigo era no solo el que te quería mal, sino incluso a aquel que no perteneciera a tu grupo o a tu manera de ver la vida. Ahora tenemos que amarlos a todos e incluso orar por ellos, orar incluso porque el que haya hecho una ofensa. Qué aplicación práctica tiene este nuevo estilo que Jesús nos ofrece cuando hoy seguimos creando tantos abismos entre los que no pensamos lo mismo; cuando hoy seguimos generando tanta acritud hacia el que es distinto, al que tiene una opinión distinta y cuando tanto hablamos de democracia le queremos quitar el derecho a opinar a quien tiene otra forma de pensamiento, por ejemplo, para el sentido de sociedad que queremos construir.

Hoy se nos está planteando algo fundamental en lo que es nuestra vida cristiana, lo que es el seguimiento de Jesús. Es la Buena Noticia, que quizás nos cuesta recibir y aceptar porque nos va a doler el corazón, porque tendremos que hacer una verdadera conversión en nuestra vida, un nuevo planteamiento para muchas posturas, para muchas actitudes, para muchas de las cosas que hacemos que tendrán que ser de otra manera.

No es fácil. Además Jesús nos está diciendo que tenemos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo. Alto nos pone el listón. Pero sabemos que no nos faltará la fuerza de su Espíritu.

martes, 12 de marzo de 2019

La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene


La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

No sabemos orar, decimos quizá muchas veces, me aburro repitiendo oraciones, no sé qué decir ni qué pedir, son expresiones o pensamientos que nos vienen a la mente muchas veces. Y decimos que no rezamos porque no sabemos y nos vamos enfriando en ese espíritu de oración, porque quizá pensamos que rezar a Dios es pedir simplemente por nuestras necesidades o por los problemas que estamos pasando y no sabemos bien cómo hacerlo.
Se me ocurre pensar cuando alguien nos pide que recemos por él, ¿qué es lo que realmente nos está pidiendo? ¿o qué es lo que quiere que nosotros le pidamos al Señor por él? Quizá tiene problemas y no sabe como salir de ellos, quizá está pasando por unos momentos de necesidad, puede estar enfermo él o uno de sus seres queridos, y lo que quiere es que el Señor le ayude en esas situaciones, que su ser querido enfermo se cure, o que encuentre remedio para aquella necesidad, y quizá nosotros pensamos en esas cosas que le pueden estar pasando a nuestro amigo en la presencia de Señor, o rezamos algunas de las oraciones que nos sabemos de memoria, repitiéndola quizá muchas veces.
¿Así ha de ser nuestra oración? ¿Eso es oración? No podemos decir que no sea oración porque cada uno le habla o le pide a Dios como sepa hacerlo o de la forma que se le ocurra, pero quizás necesitamos reflexionar un poco más para encontrar un sentido más profundo a nuestra oración.
Pero puedo pensar también cuando voy a hablar con mi padre, ¿cómo lo hago? Cuando voy a hablar con mi padre no lo hago con frases aprendidas de memoria; aparte de sentirme gozoso por estar con él, tendré palabras de cariño en el saludo que le manifiesten mi amor, como él las tendrá también conmigo; nuestra charla no se queda, como se suele decir, en hablar del tiempo, sino que de forma espontánea nos iremos interesando el uno por el otro, le manifestaremos nuestras preocupaciones como al mismo tiempo le vamos escuchando lo que sabiamente nos vaya diciendo que serán siempre sabias palabras que nos ayudarán mucho en nuestra vida; saldrán a cuento nuestras necesidades o nos interesaremos por su bienestar queriendo y deseando lo mejor para él. Así irá saliendo una conversación de corazón a corazón donde flotará en el ambiente el amor que nos tenemos como padre e hijo.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que nos dice que cuando oremos al Padre no estemos con muchas palabras como los gentiles, nos dice, que por hablar mucho piensan que los escuchan más. Y nos enseña Jesús como ha de ser nuestra oración. Nos ha dejado Jesús la formula del padrenuestro, pero quizá nos pasa lo mismo que a los gentiles, que pensamos que por repetir la fórmula que nos ha dejado Jesús de memoria muchas veces repetidas, hacemos mejor oración.
Creo que un padrenuestro nos da para mucho tiempo de oración, mucho tiempo de encuentro con Dios nuestro Padre. ¿Qué le decimos a nuestro padre cuando nos encontramos con el, como antes veníamos reflexionando? ‘Hola padre, papá…’ o como queramos decirle. Y ya en ese saludo estaremos queriendo manifestar tantas cosas, que lo podemos expresar también con el gesto de un abrazo, y estaremos queriendo expresar el cariño que le tenemos. ¿Será eso lo que experimentamos cuando decimos esa primera palabra, Padre?
No voy a entrar en explicación detallada de la fórmula que Jesús nos ha propuesto pero hagamos el esfuerzo de ir compaginando todo aquello que decíamos podría ser la conversación con nuestro padre con lo que queremos expresar en nuestro encuentro con Dios en la oración a través de la palabras que nos enseñó Jesús. Veremos que no es algo para hacer de carrerilla, es algo con lo que tenemos que ir sintiendo dentro de nosotros el calor del amor, del amor que Dios nos tiene y del amor que nosotros queremos expresarle.
Será así como irá surgiendo todo lo que es nuestra vida, nuestros deseos y nuestras esperanzas, la realidad de lo que somos incluyendo también nuestras debilidades y necesidades, como aquellas cosas que si en verdad amamos a Dios tendrían que ir siendo distintas en nuestra vida. Es mucho más que pedir la salud para la enfermedad o la ayuda en una necesidad sino que irá saliendo a flote todo lo que es nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y posturas, lo que hacemos o lo que hemos dejado de hacer, lo que es la vida de los que nos rodean o lo que queremos para que nuestro mundo sea mejor.
No serán pues los pocos, casi segundos, o minutos que dediquemos para recitar el padrenuestro sino que será mucho más porque entonces nos iremos sintiendo llenos de amor de Dios. La oración será para nosotros un gozo hondo, la oración la sentiremos así como una necesidad para nuestra vida, la oración será algo de lo que no podremos prescindir porque nunca podremos prescindir el amor que Dios Padre nos tiene.