Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta juicio final. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta juicio final. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de febrero de 2026

No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo, en otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

 


No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo, en otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

Levítico 19, 1-2. 11-18; Salmo 18; Mateo 25, 31-46

El sello, podríamos decir, que es lo que marca o da identidad a una determinada cosa. Un documento es refrendado con un sello que nos va a indicar su autoría o su autoridad, nos identifica quien le da validez y oficialidad a ese documento y de alguna manera nos señala su propiedad; un sello va a marcar, por ejemplo, una mercancía señalándonos su lugar de origen y su destino; un sello marcado en el ganado nos indicará su propietario y de alguna manera también su categoría. Es como la firma en nuestros documentos más cercanos, en la carta que escribimos o en la publicación que queremos hacer.


Pero hay un sello muy importante que va a marcar nuestra vida, señalará nuestra propia identidad e indicará el sentido y valor de nuestra vida. El amor será siempre el sello de los que quieren creer y vivir según Dios “que es amor”. Borrar ese sello es abandonar lo más importante de nuestra condición de creyentes, sería quitarnos nuestra identificación muy esencial, sería desligarnos de quien es en verdad el sentido de nuestra vida.

Es lo que nos viene a recordar y señalar la Palabra de Dios que se nos ofrece en el inicio de la primera semana de Cuaresma. Estamos buscando lo que tiene que ser la verdadera identificación de nuestra vida y no la podemos encontrar sino en el amor. Es el sello que tiene que marcar para siempre nuestra vida como seguidores de Jesús.

El libro del Levítico, la primera lectura de este día, nos recuerda que tenemos que ser santos como Dios es santo y nos da las pautas de esa santidad que ha de resplandecer en nuestra vida. Todo ha de caminar por los caminos del amor, primero que nada porque nos sentimos inundados por el amor de Dios, y porque esa tiene que ser la respuesta que hemos de dar, a Dios mismo al que hemos de amar sobre todas las cosas, pero también ha de marcar nuestras relaciones con los demás. Nos ofrece como un código de santidad donde tenemos por encima de todo que fomentar las relaciones de fraternidad siempre teniendo como referencia el actuar de Dios. Nos está hablando de lo que compone nuestra vida de cada día en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con el prójimo, por eso todo aquello que significa mentira, desconsideración de los demás, abuso, egoísmo, insolidaridad tiene que desaparecer de nuestra manera de actuar. Es el amor en que nos sentimos hermano en el que tenemos que envolver nuestra vida, como una jarra preciosa que no queremos que se estropee y pierda su belleza.

Es lo que nos va a repetir Jesús en el Evangelio porque nos enseñará una nueva manera de ver al prójimo, al que nunca podemos ver lejano sino cercano, por eso es prójimo, pero tanto que en él tenemos que ver a Jesús. Cuanto hacemos o no hacemos con el prójimo es a Jesús a quien se lo estamos haciendo. Una nueva perspectiva, una nueva mirada, un nuevo sentir, unos nuevos lazos que nos unen, el amor que va a ser el sello que identifique nuestra vida, como antes decíamos. Son muy claras las palabras de Jesús que ni necesitan explicaciones ni en ellas nos valen rebajas.

El trato que les damos a los demás equivale al trato que le damos a Cristo. Por eso, a la pregunta de cuándo te vimos…Jesús responde ‘cuando lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis’. De ahí que todo necesitado por el hambre, la sed, la desnudez, la prisión o la enfermedad, se convierta en camino de encuentro con Jesús.

Es necesario abrir los ojos con una mirada nueva, es necesario desconectar de nuestro corazón todo lo que sean distinciones y discriminaciones, no  nos importa ni el color de la piel ni su lugar de origen, no serán solo los que ya son amigos sino también el desconocido que vemos por primera vez; es necesario que aprendamos a bajar a pie de calle para caminar con los que van haciendo camino a nuestro lado, pero también para aprender a mirar a los ojos para descubrir los sufrimientos que tras ellos se esconden, para dejarnos envolver sin reticencias por el perfume de sus vidas, que para nosotros ya será siempre agradable porque será el perfume y el olor de un hermano.

No olvidemos nuestro sello y nuestro distintivo. En otros tiempos decían de los cristianos mira cómo se aman, ¿podrán decir lo mismo de nosotros hoy?

lunes, 10 de marzo de 2025

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

 

Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Cuantas veces, en un momento de fervor quizás, habremos dicho cosas así, si yo hubiera estado en aquellos tiempos – cualquier episodio que nos cuente el evangelio – hubiera actuado de otra manera y no habría sido tan duro de entendederas como vemos tantas veces a los apóstoles, o pensamos también, si ahora lo viéramos caminar entre nosotros y hablarnos le seguiría sin más como nadie lo ha hecho.

Nos olvidamos de una cosa, del evangelio de hoy. ‘¿Cuándo te vimos enfermo y no te atendimos? ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? O ¿cuándo te vimos desnudo y te vestimos?’ Eran las preguntas que le hacían a Jesús tanto los de la derecha como los de la izquierda ante lo que Jesús les estaba diciendo en el juicio final. ‘Cuando lo hicisteis… cuando no lo hicisteis con uno de estos hermanos pequeños… a mi no me lo hicisteis… conmigo lo hicisteis…’

Es claro Jesús en el evangelio. No nos va a preguntar Jesús si robamos o matamos a alguien, nos va a preguntar por lo que hicimos en positivo o por lo que dejamos de hacer, aunque no le hayamos robado, aunque no los hayamos matado. No significa que eso no lo tengamos en cuenta. No podemos olvidar a ninguno de los mandamientos, porque Jesús no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y recordamos cuando aquel joven le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna, lo primero que le responde Jesús es que cumpla los mandamientos. Luego será cuando Jesús pida dar un paso más para compartir lo que somos, para despojarnos de lo que tenemos porque el tesoro mejor guardado es lo que hagamos con los demás.

Y lo que hacemos a los demás es como si se lo hiciéramos a Jesús. Se identifica con el pobre y con el hambriento, con el que está solo en su soledad o vive triste y sin consuelo en la vida, con el que se siente abandonado por todos o es discriminado por su condición o por las circunstancias que condicionen su vida. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá Jesús.

Por eso nuestro amor no es un amor cualquiera. No es amar solamente a los que me aman, ser amigo solo de los que son amigos y a lo más amigos de mis amigos, como tantas veces decimos; no es saludar solo a los que me saludan, sino ir por la vida con mi semblante sonriente para regalar mi saludo a todo el que encuentro a mi paso, no es ayudar solo a los que un día me echaron una mano, sino también sentar a mi mesa a aquel que no podrá corresponderme invitándome también, no es solo preocuparme de los que están más cercanos a mi y quizás me manifiestan sus problemas, sino tender mi mirada más allá para detectar allí donde hay una necesidad o está alguien esperando entrar a la piscina sin que nadie le ayude.

Es lo que vemos hacer a Jesús en el evangelio. Lavará Jesús los pies a los discípulos siendo el maestro y el Señor para que nosotros también lo hagamos; perdonará a los que están clavándolo a la madera, pidiendo incluso disculpas por ellos porque no saben lo que hacen. Aunque eso algunas veces nos sea pesado como una cruz que tengamos que cargar, pero cuando las cosas se hacen desde el amor no hay peso que se nos resista, no hay nada que tengamos que dejar de hacer.

Por eso, dejémonos envolver por el amor, un amor como el de Jesús, para que podamos amar como El ama; y su amor es incondicional, su amor es generoso y universal, su amor no tiene límites porque ya nos dirá que el amor más grande es dar la vida por aquellos a los que ama. El lo hizo ¿seremos capaces nosotros de hacerlo?

lunes, 21 de octubre de 2024

Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

 


Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Cuando se meten por medio los intereses materiales o económicos pronto todo comienza a ir mal; somos muy amigos hasta que me pides un préstamo porque estas apurado y pronto de olvidas de devolverlo; somos buena familia mientras no llega la hora de las herencias y comienzan los pleitos porque si tuviste la mejor parte, o a ti te tocó lo que yo quería y cosas así; cuando vamos interesados por la vida solo por lo material aparecen las envidias, las ambiciones que te llevan a lo que sea con tal de conseguir lo que querías, las trampas y las zancadillas, etc. etc. etc.

De situaciones así arranca el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio. Uno que le viene a decir a Jesús que intervenga con su hermano para resolver el problema de la herencia de los padres. Es algo que se repite demasiado en la vida. Pero algo que denota en qué ponemos nuestros intereses, cuales son nuestros valores, por qué realmente luchamos y trabajamos. Vivimos ansiosos con lo material, con el dinero, con lo que tenemos o lo que ganamos, y por mucho que tengamos al final ¿en qué o con qué nos quedamos?

Nos propone Jesús una parábola para que aprendamos a liberar el corazón. Son muchos los apegos que se convierten en esclavitudes y aquello por lo que ansiamos tanto al final tampoco nos hace felices. El hombre que cogió una gran cosecha, nos propone Jesús en el evangelio. Tuvo que ampliar sus lagares y bodegas para almacenar todo lo que había conseguido con su buena cosecha. Cuando aquel hombre que ahora le parecía tener todo y ya era feliz con eso, nos dice la parábola, que aquella noche se murió. ¿De quien será todo lo que había acumulado?

Nos volvemos locos con nuestros trabajos porque siempre nos parece poco y queremos ganar más; ya no tenemos tiempo para nada, porque el afán de esas ganancias nos absorbe y ya ni amigos, ni hijos, ni familia, ni descanso, ni buen ambiente en casa y tampoco en el trabajo, ni disfrutar de las cosas que tiene, ni desarrollar aficiones que le darían relajación a su espíritu, ni contemplar el mundo en el que vive. Y al final, ¿qué? Hablamos hoy mucho de tensiones acumuladas en nuestro espíritu a causa del trabajo y del afán de tener más cosas que al final nos rompen por dentro; y nos encontramos gente que podía ser feliz si supiera disfrutar de lo que tiene pero que viven llenos de amarguras; gente que no sabe disfrutar de la vida y no sabe disfrutar con lo que hace; y se pierden los valores, y se pierde el sentido de la vida, y terminamos viviendo como máquinas que algún día se romperán, como zombis como ahora se dice; se nos rompe la vida.

‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice hoy Jesús. Y hay tantas formas en que la codicia se adueña de nosotros. No son solo las cuentas que podamos tener en el banco, no son solo esos bienes que adquirimos y adquirimos simplemente por tenerlos, son esas ambiciones que nos van acopando nuestro espíritu y nos llenan de tantas ataduras. Cuántas cosas acumulamos de las que no sabemos disfrutar. Y al final lo sufrimos nosotros, pero lo van a sufrir también los que nos rodean, lo va a sufrir la familia, lo van a sufrir los hijos: al final nos vamos cayendo por una tremenda pendiente de la que no sabemos cómo salir. Perdemos el sentido más elevado de ser personas.

Jesús quiere que abramos caminos de liberación en nuestra vida. Lo que había dicho el profeta y se recordaba en la sinagoga de Nazaret, el que venía lleno del espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a los que de una manera o de otra nos sentimos esclavos aunque no queramos reconocerlo. Es la liberación que Jesús nos ofrece, que podemos vivir cuando nos dejamos empapar por los valores del evangelio.

lunes, 7 de marzo de 2022

Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

 


Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan juntos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos para encontrarnos con Jesús

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46

‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’ Lo tremendo sería que todavía siguiéramos haciéndonos esa pregunta queriendo pasar por ignorantes y que nada saben. Terrible seríamos aun más si fuéramos tan cegatos que no seamos capaces de ver a ese hambriento, o desnudo, o enfermo con el que nos vamos tropezando a cada rato.

Vamos de insensibles por la vida;  nos sensibilizamos quizás en cosas que nos pueden tocar directamente a nosotros y entonces nos convertimos en plañideras que no terminamos de hacernos lamentaciones, porque nos pasó esto o aquello y nadie hizo nada por nosotros. Para eso estamos pronto; cuando son problemas que nos afectan directamente o son asuntos que atañen a aquellos que consideramos como de los nuestros, nuestros amigos, nuestra familia, los que son de nuestro sentir o están en la misma cuerda social que nosotros, entonces levantamos la voz, damos gritos, ponemos pancartas, hacemos manifestaciones, y clamamos por la justicia y por los derechos de aquellos que a nosotros nos parece que han sido conculcados.

Pero llegar a tener una visión tal como nos la ofrece hoy el evangelio donde Jesús se está situando en la persona que sufre y lo que hagamos o dejemos de hacer a esas personas es como si se lo  hiciéramos a Cristo, eso es algo que nos cuesta más.  Jesús nos está diciendo que cuando no socorrimos al hambriento, al desnudo, al huérfano, al desplazado que llega a nuestra puerta es como si se lo hubiéramos hecho a El. Pero esa visión nos cuesta más tenerla.

Y Jesús aquí no hace rebajas, como nosotros estaríamos dispuestos a pedirlas que para eso si estamos al tanto. Jesús habla con radicalidad, porque nos está hablando de juicio final y definitivo donde podríamos vernos sorprendidos cuando pensábamos que nosotros éramos tan cumplidores que pagábamos el diezmo hasta por el comino. Nosotros que no faltábamos a Misa,  nosotros que asistíamos siempre a las procesiones de semana santa, nosotros que ‘echábamos una peonada’ para que luego nos acompañaran a nosotros cuando asistíamos al entierro de un vecino o de un compañero de trabajo. Si somos tan cumplidores, pensamos, y viene Jesús nos sale con otras historias que nos dejan descolocados. Lo que hagamos o dejemos de hacer a cualquiera de los hermanos en sus situaciones de dolor o en sus situaciones difíciles, es como si se lo hubiéramos hecho a Jesús.

Por eso Jesús dejaba descolocados a aquellos que entonces le escuchaban. Muy preocupados por el culto en el templo, por los sacrificios que cada día se ofrecían, de cumplir con el ayuno o guardar más que religiosamente el descanso sabático, y ahora Jesús les dice que lo que hagan o dejen de hacer a los demás tiene mucha más importancia. Es el orden nuevo que Jesús viene a proponernos, es el verdadero sentido del Reino de Dios, donde es importante el culto que le demos a Dios y el respeto a su santo nombre, pero es igualmente importante el respeto que le tengamos a los demás, el amor que les manifestemos, o la misericordia y compasión con que los tratemos.

Y nosotros todavía seguiremos preguntándonos que cuándo fue que no vestimos su desnudez, no calmamos su sed, o lo dejamos abandonado en su soledad de la enfermedad o de la ancianidad.

Hay que cambiar el chip. Tenemos que cambiar la manera de ver las cosas. Tenemos que entrar en otra órbita porque por la que solemos ir aunque creamos que nos está llevando a Dios, realmente nos está alejando cada vez más de El. Busquemos utilizar la órbita que en verdad nos hace pasar al lado de los hermanos, tan junto a ellos que aunque vayamos cegatos tengamos que tropezar con ellos; si así nos vamos encontrando con el hermano que sufre, estaremos cada día más cerca de Dios, porque estaremos encontrándonos con Jesús, y desde ese momento todo comenzará a tener una nueva luz.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor



Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Llegamos en este domingo al final del ciclo litúrgico. Ya sabemos que el ritmo de la liturgia de la Iglesia no se rige por el año natural o el año civil, sino que todas nuestras celebraciones como toda la vida del cristiano se centra en la Pascua. Es el momento de la celebración de la Pascua de Resurrección el momento central y culminante del ritmo litúrgico como lo es el centro de la vida del cristiano. Todo es vivir la pascua del Señor.

En torno a ello giran todas las otras celebraciones del misterio de Cristo que así se van distribuyendo a través del año con su preparación previa, como fue la Cuaresma para la celebración de la Pascua y como será al comienzo del ciclo litúrgico el Adviento como preparación del misterio de la Navidad; ambos momentos culminantes tienen su prolongación tanto en todo lo que es el tiempo de Navidad y Epifanía después del Nacimiento de Jesús, como todo el tiempo pascual hasta Pentecostés después de la resurrección del Señor.

Por eso culminamos ahora nuestras celebraciones del ciclo que hemos venido viviendo puesto que ya el próximo domingo iniciamos el Adviento como preparación para la Navidad. Y concluimos el año con una celebración muy especial en que proclamamos a Jesucristo como rey del Universo. Esta es una fiesta que podríamos decir reciente en la liturgia de la Iglesia porque en el primer tercio del siglo XX se instituyó aunque se celebraba el último domingo de octubre, pero tras la reforma litúrgica del Vaticano II pasó a celebrarse en el último domingo del año litúrgico.

Según el año litúrgico y el evangelista correspondiente a ese año serán diversos los textos de la liturgia de este día. Hemos venido escuchando en este ciclo al evangelista san Mateo y de él tomamos el evangelio del llamado juicio final que hoy hemos proclamado y escuchado.

Tres imágenes nos describen la figura de Jesús en los textos de la liturgia de este día: pastor, juez y rey. Todo queriendo ser una resonancia de esa proclamación de Jesús como Rey y Señor del hombre y del universo. Todo como una consecuencia de ese anuncio continúo de Jesús que ha sido constitutivo de su evangelio. La Buena Nueva es el Reino de Dios, en el hemos de creer y a él hemos de convertirnos. Pero no es creer, como podríamos decir, en una entidad, sino que es creer en Jesús y convertirnos a El. En Jesús se encarna el Reino de Dios; es Jesús la Buena Noticia de salvación porque El es nuestro único salvador.

Pero es Jesús el que ha venido como buen pastor, como ese pastor que nos anunciaba el profeta en la primera lectura, que busca, que llama, que acompaña, que alimenta, que da la vida por las ovejas, que nos conduce por caminos de vida y de salvación, que El mismo se hace alimento de vida de sus ovejas para que de El nos alimentemos; nos ofrece su palabra y nos ofrece el camino pero El mismo se hace camino y se hace vida para que caminemos por El y para que de El nos alimentemos. ¿Podemos esperar algo mejor de un pastor?

Y nos dirá el evangelio que se sentará en su trono porque desde allí separará a unos y otros como el pastor separa las ovejas de las cabras, como el juez que nos juzga según nuestras obras y nuestra vida. ‘Venid, benditos de mi Padre…’ dirá a unos. ‘Apartaos de mi, malditos…’ dirá a los otros. Porque tuve hambre, estaba sediento, era peregrino, estaba enfermo… y lo que hicisteis con uno de esos pequeños a mí me lo hicisteis. Es el juicio del amor. No es el juicio terrible en el que parece que todos ya estamos condenados de antemano, sino que donde hay un pequeño resquicio del amor allí aparecerá radiante la misericordia del Señor para llenarnos de bendición.

Será el reconocimiento definitivo del Reinado y Señorío de Dios, porque será el momento en reconoceremos de verdad quien es Jesús; ese Jesús que es nuestra salvación, ese Jesús que ha sido el camino y la verdad y la vida para nosotros; ese Jesús a quien hemos querido escuchar a pesar de tantas distracciones como ha habido en nuestra vida, pero que finalmente hemos vuelto nuestra vida hacia El; ese Jesús que vamos a encontrar cercano a nosotros porque lo vamos a encontrar en el hermano, porque lo vamos a ver en el pequeño y en el humilde, porque le vamos a amar en todo aquel que se cruce en nuestro camino porque siempre lo vamos a ver ya como un hermano.

Le contemplamos como Rey y Señor del hombre y del universo pero no necesitamos sentarlo en un trono de gloria elevado en las alturas y separado de nosotros porque le vamos a reconocer en todo hombre que es nuestro hermano y lo vamos a ver siempre a nuestro lado. Cuanto hagamos a ese hombre o mujer que camina a nuestro lado será ya para siempre un reconocimiento de que Jesús es nuestro Señor. Le contemplamos y celebramos como Rey y Señor del hombre y del universo porque vamos a comenzar a descubrir y vivir la primacía del amor que ya va a ser el sentido de nuestra vida y de nuestro caminar para siempre.


lunes, 2 de marzo de 2020

Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales



Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46
San Juan de la Cruz resumiendo en bellas y sabias palabras el evangelio de hoy nos decía que ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Al escuchar este mensaje ya de entrada me pregunto para mi mismo ¿pasaré yo ese examen?
Nos hace falta delicadeza de espíritu, sensibilidad en el alma, apertura del corazón. Aunque hemos sido creados para el amor, porque somos seres siempre abiertos a la relación con los demás, pronto pueden aparecer sombras en nuestro espíritu que nos apaguen la sensibilidad y la delicadeza. Algo que no podemos perder, tenemos que cultivar, porque la más bella flor la podemos plantar en un hermoso jardín si no la cuidamos y cultivamos debidamente pronto pueden aparecer las malas hierbas que se coman su belleza, pronto puede estar llena de virus y malas plagas que la contaminen y le hagan perder su lozanía y belleza. Nos puede pasar en nuestro espíritu.
Es verdad que ante lo bello nuestra sensibilidad parece que se despierta con facilidad y allí donde vemos la belleza del amor parece que nos sentimos especialmente atraídos y surgen los cuidados y los mimos, pero la sensibilidad de nuestro espíritu tiene que llegar más allá, pues tras esos rostros demudados y aparentemente llenos de amargura y pareciera que hubieran hasta malos sentimientos, tenemos que descubrir lo que hay detrás, porque puede esconder cosas bellas que no hemos sabido resaltar, aunque podemos descubrir tantos sufrimientos y angustias que son las que le amargan el alma. ¿Y no vamos a ser sensibles ante esos sufrimientos, ante esas angustias por las que pueden estar pasando quienes caminan a nuestro lado y quizá se nos presentan con un rostro no demasiado amable?
Hoy Jesús en el evangelio cuando nos está hablando de ese amor del que seremos examinados en la tarde de la vida no quiere que solamente seamos capaces de acoger a aquellos que parecen más agradables y nos hayan podido ofrecer amor, sino que nos está enseñando como tenemos que acoger a cuantos llevan sufrimiento en el alma y también tormentos y dolores en su cuerpo. Nos habla de los hambrientos y sedientos, nos habla de los enfermos y de los que sufren, nos hablan de los que se debaten en la soledad y la amargura porque se sienten unos desconocidos o porque han perdido su libertad a causa quizá de haberla vendido en un mal momento por unos malos deseos, nos habla de los que van por la vida atormentados y con falta de paz en el corazón o de los que se sienten despreciados y marginados o incluso vituperados y perseguidos por los demás.
Esos son los que principalmente tenemos que acoger y mostrar nuestro amor. Y para que nos demos cuenta de lo sublime que es esa acogida, nos está diciendo que cuanto hagamos a esos hermanos que sufren es como si a El mismo se lo estuviéramos haciendo. ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’.
Si nos faltara ese sensibilidad humana para descubrir el valor de todo ser humano que camina a nuestro lado y tratarlo con humanidad y con un corazón rebosante de solidaridad, ahora nos está diciendo Jesús que aprendamos a verle en el hermano, porque todo ser humano ha de ser para nosotros presencia del Dios vivo a quien hemos de amar.  Si alguna vez nos costara mantener esa sensibilidad de la humanidad añadámosle el toque de la gracia, de lo sobrenatural para descubrir en el hermano el rostro de Jesús.  Se embellecerá aun más el jardín de nuestra vida con resplandores celestiales.


jueves, 28 de noviembre de 2019

En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’


En el sentido de nuestra fe cristiana no cabe la angustia ni el temor ante el final de la vida y de la historia, es tiempo de esperanza como nos dice Jesús ‘se acerca nuestra liberación’

Daniel 6, 11-27; Sal. Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28
Aunque queramos ir muchas veces de estoicos por la vida, diciendo que nada nos preocupa, que esos temas del final de los tiempos y de otros mundos y de otra vida son frutos de imaginaciones y sueños nacidos de la incultura y no sé cuantas cosas más que queramos decir, sin embargo hemos de reconocer que allá en el fondo de nosotros mismos nos queda la duda, aparece una cierta inquietud y hasta angustia, porque como solemos decir, ¿y si todo eso es verdad? El mundo ha de acabarse un día ¿un cataclismo final? Ahora que tanto hablamos de medio ambiente y de la destrucción del planeta es que algo nos tememos para ese final.
Ahora que estamos en el final del año litúrgico se nos presentan en la Palabra de Dios unos textos con un sentido apocalíptico de final y de final envuelto en medio de catástrofes y de guerras. Lo hemos venido escuchando estos días que Jesús ha comenzado a hablarnos en el evangelio de esos últimos tiempos y habla de algo inmediato para lo que podían estar muy sensibles los judíos como era la destrucción de Jerusalén y el templo. Pero se entremezclan cosas, porque ayer escuchábamos esa profecía de la historia donde los cristianos íbamos a ser perseguidos y pasar por tiempos difíciles. Hoy, podemos decir, se da un paso mas pues se habla incluso de cataclismos de carácter cósmico.
¿Todo eso para que nos entre el pánico, la angustia y el temor? De ninguna manera porque el mensaje de Jesús siempre es para la esperanza y para la paz. No nos puede faltar porque si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El verdadero sentido del Apocalipsis es la esperanza, la esperanza del triunfo final. Y todas esas señales son los signos de la venida del Señor a nosotros. ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’, nos dice hoy Jesús.
El sentido apocalíptico del final de los tiempos era algo muy presente en el pensamiento del pueblo de Dios. Pero todo era para una invitación a la esperanza, pero para prepararnos para ese encuentro definitivo con el Señor. En ese lenguaje oriental tan rico en imágenes y comparaciones, los últimos grandes profetas habían hablado de esos últimos tiempos, como había sido por ejemplo el profeta Daniel. Claro que según tengamos nuestra conciencia podrá surgir el temor y la angustia en nuestro corazón.
Por eso Jesús nos repetirá continuamente en el evangelio también con muchas imágenes como hemos de estar preparados para ese momento final. Las lámparas encendidas en nuestras manos, como las jóvenes que esperaban al novio para la boda, el traje de fiesta para participar en el banquete, el administrador que tiene que estar atento para el cuidado de los que trabajan en casa, o el criado vigilante para abrir la puerta apenas venga y llame el ama, la fe que continuamente Jesús pedía a quienes acudían a El son algunas muestras de esa preparación que ha de haber en nuestra vida.
Y esto es algo serio que tenemos que pensarnos. No nos gusta pensar en ese momento final de nuestra vida; quizá nos preocupamos de preparar nuestros asuntos materiales con tema de las herencias para evitar problemas en el futuro, pero poca trascendencia le damos a esos momentos de nuestra vida para prepararnos para nuestro encuentro con el Señor.
El viene como ladrón en la noche cuando menos lo esperamos, como nos dirá en otro lugar, y para ello hemos de estar atentos y preparados. Quien ha purificado su corazón acogiéndose a la misericordia del Señor nada teme porque nos confiamos al que es compasivo y misericordioso, y para nosotros entonces será en verdad el momento de nuestra liberación. Si ahora te llama el Señor, te pide la vida, ¿estarás con la conciencia realmente preparada?

lunes, 11 de marzo de 2019

Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor



Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
Necesitamos en la vida que se nos pongan metas altas, que se despierten en nuestro corazón nobles ideales, que haya algo en nuestro interior que nos sacuda en lo más profundo de nosotros y no nos deje adormecernos en nuestras rutinas, que sintamos que algo nuevo podemos vivir y eso nos haga superarnos y mirar con ilusión cuanto tenemos que hacer, que nos haga mirar con mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor para no dejarnos llevar por la modorra y al mismo tiempo nos haga descubrir a las personas que están a nuestro lado cada una con su ilusión y esperanza, pero también con sus dolores y sufrimientos. No podemos caminar por la vida con los ojos cerrados, pero ya sabemos que se nos filtran muchas cosas que nos pueden enturbiar nuestros ojos y distorsionar nuestra mirada.
El Evangelio cuando lo escuchamos con toda sinceridad y sin prejuicios y estereotipos tendría que ser ese aldabonazo que resuene en nuestra conciencia y nos despierte nuestro espíritu. Y es que hay el peligro de escuchar el evangelio con la rutina del que ya se lo sabe y termine por no ser buena nueva, buena noticia que nos anuncie y nos ayude a descubrir ese mundo nuevo que podemos y tenemos que construir entre todos cada día.
Nos sabemos de memoria los mandamientos y somos capaces de repetirlos de carrerilla y por eso no escuchamos ese primer grito que suena fuerte como portada. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Meta alta, podríamos decir. Hemos de ser santos, porque el Señor nuestro Dios es santo. Hemos de ser santos imitando, copiando en nosotros la santidad de Dios.
Y ¿cómo ha de ser esa santidad? En el amor que le tengamos al hermano, a todo hombre, a toda persona sin distinción. En el relato del Levítico se nos manifiesta en lo que no hemos de hacer al otro. Todo lo negativo que haga sufrir al otro ha de desaparecer de nuestra vida si queremos vivir la santidad de Dios. Jesús a lo largo del evangelio y sobre todo en el sermón de la montaña nos dirá que hemos de amar incluso a los enemigos y a los que nos hacen mal, porque ¿qué mérito tenemos si hacemos como aquellos que solo aman a los que los aman?
Hoy, con otros textos del evangelio también, nos dice cómo ha de manifestarse ese amor. Porque amamos con el amor de Dios, amamos como nos ama el Señor a nosotros, amamos porque hemos de ver en el otro al mismo Jesús. Es lo que en concreto nos dice en este texto.  ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’ Y el Señor nos responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Alta es la meta que nos propone el Señor, grande tiene que ser nuestro amor. Así resplandecerá nuestra santidad. Es lo que tenemos que escuchar con gran atención. Es la Buena Noticia que nos anuncia Jesús. Seguro que si con apertura de espíritu la escuchamos, será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de lo que tiene que ser nuestro amor.
Nos daremos cuenta de en quien no hemos sabido ver a Jesús y no lo hemos amado; nos daremos cuenta qué nuevo podemos hacer en cada momento para renovar nuestro amor; no nos dejaremos adormecer porque algo nos está despertando por dentro. Es la fuerza del Espíritu del Señor que mueve nuestro corazón.

martes, 31 de julio de 2018

A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos



A pesar de la cizaña del mal con que nos vamos tropezando cada día caminamos con esperanza dándole trascendencia de eternidad a cuanto hacemos y vivimos

Jeremías 14,17-22; Sal 78; Mateo 13,36-43

La vida de alguna manera es una tensión entre el presente que vivimos y el futuro que esperamos.  Es cierto que tenemos que vivir con los pies sobre la tierra y hemos de vivir y vivir con intensidad el momento presente, pero consciente o inconscientemente nos vamos construyendo un futuro; hay una continuidad entre todo lo que hacemos. Porque es el crecimiento y maduración de la persona que nos da sentido a lo que ahora hacemos, pero que es un buen cimiento y fundamento de lo que con mayor plenitud podemos vivir en el mañana de nuestra vida. Vamos aprendiendo de la vida y hasta los fracasos o las dificultades con que nos encontramos pueden ser lección que aprendamos para afrontar de mejor manera lo que el mañana nos depare.
Pero yo diría que no solo es esa tensión entre el hoy y el mañana en un sentido cronológico o que podamos medir con el tiempo, sino que nuestra vida tiene o ha de tener una mayor trascendencia. Un trascender que nos lleva más allá del tiempo presente y de lo que ahora en este tiempo podamos vivir intentando en plenitud pero sabiendo que nos encontraremos muchas espinas en el camino. Es la trascendencia de vida eterna que descubrimos no solo desde el ansia de plenitud que puede haber en nuestra interior, sino en lo además tenemos revelado desde nuestra fe.
Jesús repetidamente en el evangelio nos habla de esa vida en plenitud, de la vida eterna; nos habla de resurrección y nos habla de vivir en El para siempre. En algún momento nos dice que nos prepara sitio y quiere que estemos con El, que nos llevará con El. Es cuando nos habla de que El mismo es el camino porque también es la vida eterna que nos promete.
Pero hemos de seguir ese camino que no siempre es fácil; como decíamos antes nos aparecen espinas en el camino. Hoy en el evangelio con la parábola que nos está explicando nos habla de la cizaña del mal que va envolviendo nuestro campo y en medio del cual nosotros tenemos que llegar a dar fruto sin dejarnos mezclar ni confundir.
Es el camino que vamos haciendo cada día entre luchas, con dificultades, con momentos de florecimiento, pero también con momentos oscuros; un camino en que nos sentimos muchas veces tentados al desencanto y la desilusión cuando contemplamos cuanto mal hay a nuestro alrededor y que nos afecta y nos hace daño. Pero un camino que tenemos que saber hacer con esperanza.
Sabemos bien que no todo lo alcanzamos en el momento presente; por eso miramos hacia el futuro y queremos que sea mejor. La perfección de lo bueno nos es difícil de alcanzar porque tenemos muchas limitaciones, pero en la trascendencia de nuestra fe, sabemos que en Dios podemos alcanzar un día esa plenitud.
De alguna manera en la explicación que nos hace Jesús de la parábola nos está hablando de ese juicio final que solo nos lo podrá hacer Dios. Pero como  nos aparece manifestado en otro momento del evangelio Dios nos va a examinar nuestra amor, ese amor que nos hizo superar tantas limitaciones y debilidades mientras caminamos en este mundo, ese amor que nos hizo mirar con mirada nueva cuanto nos rodeaba, ese amor que abrió nuestro corazón a los que con nosotros caminaban. Como nos decía poética y místicamente san Juan de la Cruz en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor.

lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Ez. 34, 11-12. 15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
Llegamos a la finalización del año litúrgico. De entrada decir, porque alguien podría decir que nos queda más de un mes para que finalice el año, que el ritmo de la liturgia no sigue exactamente el ritmo del año natural. El ritmo de la liturgia de las celebraciones de los cristianos gira en torno a Cristo, como lo es toda la vida del cristiano.
En cada ciclo anual celebramos los grandes misterios de nuestra redención teniendo como centro del todo la celebración de la Pascua, la celebración de la muerte y la resurrección del Señor. En torno a ello giran todas las conmemoraciones que hacemos del misterio de Cristo en lo que por una parte tenemos siempre unos tiempos que nos preparan y otros tiempos que nos prolongan la celebración del gran misterio de Cristo.
Comenzaremos un nuevo ciclo preparándonos para la celebración del nacimiento de Cristo en las semanas del Adviento que ya iniciaremos el próximo domingo, por eso ahora concluyen el ritmo anual de todas las celebraciones. Y en este último domingo, casi como un compendio de todo lo que hemos venido celebrando proclamamos a Jesucristo Señor y Rey del Universo.
Y su reino no tendrá fin, le había dicho el ángel de la Anunciación a María en Nazaret. Y Jesús había comenzado su tarea pública la llegada del Reino de Dios que estaba cerca y eso nos exigía el creer y convertirnos en esa Buena Nueva. Sí, era una buena nueva, una buena noticia lo que Jesús proclamaba, la llegada del Reino de Dios.
Había que creer en la Palabra que Jesús era y pronunciaba para nosotros y nos exigía una transformación del corazón; un darle la vuelta total al corazón – no eran simplemente arreglitos o remiendos lo que habríamos de hacer - para hacer que en verdad en el Reino de Dios se centrara nuestra vida. Fue el anuncio continúo que siguió realizando en toda su vida; las parábolas, los signos que realizaba, toda la profundidad de su mensaje eran un irnos señalando las características de ese Reino de Dios.
Su entrega hasta la muerte fue la expresión más sublime de lo que habría de significar en nuestra vida el Reino de Dios. No era ya solo el Rey de los judíos, como puso Pilatos en el letrero de la sentencia, sino que se convertía así en el Rey de toda la creación. Se había rebajado como uno de tantos, como un esclavo porque su vida toda era un servicio – no había venido a ser servido sino a servir, le diría a los discípulos – hasta someterse a la muerte mas ignominiosa, la muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó y su nombre está por encima de todo nombre en el cielo, en la tierra, en el abismo, como cantarían las primeras comunidades cristianas y san Pablo  nos recoge en sus cartas, y toda lengua proclamará por siempre que Jesús es el Señor. A El la gloria y el imperio, como proclamaremos en la liturgia.
Ese es su trono y la corona de su gloria, el amor y el servicio, la entrega hasta la muerte y el amor y la gracia que derramará ya para siempre sobre todos. Lo proclamamos el Señor; Dios lo constituyó Señor y Mesías, como nos diría san Pedro. Y ahora nosotros hemos de reconocerlo actuando y viviendo en el mismo sentido. Solo podremos proclamar que El es el Señor si nosotros amamos con su mismo amor, y nos hacemos servidores de los demás porque es ahí donde está nuestra grandeza.
Será entonces cómo lo reconoceremos como el Señor, en la fracción del pan y en el amor. La fracción del pan que nos lo hará Eucaristía, ofrenda de amor para siempre; la fracción del pan que realizaremos con nuestra vida cuando nos hacemos pan, cuando nos fraccionamos para los demás, cuando nos hacemos los últimos y los servidores, cuando abramos los ojos de verdad para verle a El en el hambriento y en el pobre, en el que está solo y en el que está sometido a toda clase de sufrimientos, cuando trabajemos por la armonía y la fraternidad para crear la verdadera paz entre los hombres, cuando arranquemos de nuestro corazón toda malicia para mirar con ojos nuevos a todo aquel con quien nos crucemos en el camino, cuando seamos capaces de bajarnos de nuestras cabalgaduras de soberbia y de orgullo para ponernos humildes a los pies del hermano para curar sus heridas, cuando no nos importe sufrir la incomprensión de los demás porque nos hacemos los últimos porque hemos descubierto quizás lo que otros no han descubierto que nuestra verdadera grandeza está en hacernos los últimos y servidores de todos.
Es entonces cuando estamos proclamando que en verdad Jesús es nuestro Rey y nuestro Señor, porque queremos vivir en su Reino, porque queremos vivir esas actitudes y valores nuevos que nos ha enseñado en el evangelio, cuando hemos sabido despojarnos de tantos mantos que disfrazan la realidad de nuestro corazón para saber ser humildes y estar siempre a la altura del otro.
Venid, vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, escucharemos que nos dirá Jesús porque le hemos sabido descubrir de verdad y caminar siempre a su lado cuando hemos caminado al lado del hermano sea quien sea, pero que para nosotros será siempre un hermano.
Así proclamamos hoy que Jesús es Rey del Universo, es nuestro Señor por su Sangre derramada y por su Cuerpo entregado. Es nuestro Salvador, es el Camino y es la Vida, es la Verdad de nuestra vida y el sentido del hombre y del mundo. Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor, porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

‘Estad siempre despiertos… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. ¿Estaremos dormidos en la vida? hay muchas formas y muchas veces no sé si andaremos como zombis por la vida; aparentemente despiertos, pero para aquellas cosas verdaderamente importantes dormidos.
Estar despiertos en la vida nos habla de estar atentos y vigilantes para ver lo que pasa, estar atentos y vigilantes en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, estar atentos a las personas de nuestro entorno, estar atentos a lo que va sucediendo en el mundo. Quien desempeña una función en la vida no se puede dormir, ha de cuidar todos los detalles de lo que va realizando para sacar las cosas adelante, vigilantes ante los problemas que surgen porque muchas veces incluso hay que preverlos para saber darles solución a tiempo.
Quien tiene una responsabilidad familiar – y todos pertenecemos a una familia de la que no podemos desentendernos – ha de cuidar del bien de los suyos, de la felicidad de cada uno, de los problemas que podamos tener, de tener todo lo necesario para una vida digna, de cuidar del futuro de los hijos preparándolos debidamente desde la función de padres. Y así podíamos pensar en multitud de cosas en la vida.
Pero creo que cuando hoy escuchamos que el Señor nos dice que estemos despiertos algo más querrá decirnos, en otros aspectos fundamentales de nuestra vida también tendremos que fijarnos, aunque muchas veces en el materialismo con que vivimos o en la solución de esos problemas que día a día se nos presentan quizá el aspecto espiritual de nuestra existencia no lo cuidamos como tendríamos que hacerlo.
Ahí está nuestro crecimiento como personas pero también la profundidad espiritual que tenemos que darle a nuestra existencia. Esa espiritualidad que ha de dar fondo a nuestra existencia, que nos hará mirar a metas altas, y que llenará de trascendencia nuestro vivir. Es esa reflexión que hondamente dentro de nosotros hemos de ir haciéndonos para rumiar los acontecimientos de nuestra vida y saber aprender de cuanto nos suceda. Será entonces esa sabiduría que iremos aprendiendo de la vida misma cuando reflexionamos, cuando vamos contemplando lo que nos va sucediendo para saber leer en esos acontecimientos muchas lecciones buenas y positivas que hemos de saber ir sacando.
Y en esa espiritualidad de la persona un lugar importante, yo diría esencial, ha de ocupar nuestra fe. Esa fe que da sentido a nuestro vivir, a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Esa fe que hemos puesto en Jesús y en su evangelio para convertirlo de verdad en centro de nuestra vida. En esa reflexión que nos hacemos es importante que iluminemos nuestra vida con esa luz de la fe y contrastemos lo que hacemos y vivimos con el sentir del evangelio de Jesús.
Despiertos para nuestra fe, despiertos en nuestra fe para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre como nos ha dicho hoy el evangelio. Nos está hablando, sí, de ese momento final de nuestra existencia cuando vayamos a presentarnos definitivamente ante Dios para su juicio. Quizá sea una cosa en la que no pensemos, o que muchas veces hasta tratemos de alejar de nuestros pensamientos. Pero no tendría que haber temor si en verdad nos hemos mantenido despiertos en el caminar de nuestra vida también en ese aspecto de nuestra fe.
El juicio de Dios tenemos siempre la esperanza que es desde la misericordia; es cierto que no siempre somos fieles porque somos muy débiles y muchos tropiezos vamos teniendo en la vida; pero si andamos despiertos habremos sabido ir corriendo y enderezando  nuestros caminos. Sabemos que al final nos vamos a encontrar con el Dios misericordioso que nos ama. Que en El encontremos esa luz plena  definitiva de vivir para siempre en su presencia.

lunes, 15 de febrero de 2016

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46

Es por el camino del amor por encima de todo por donde encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios. Es el amor de Dios que se nos revela y es en la vivencia del amor donde podremos alcanzar el misterio de Dios.
Igual que decimos que no hay vida en plenitud si no somos capaces de amar, porque para eso estamos hechos, no podremos alcanzar la plenitud de la vida que es Dios si no es por ese camino del amor. Solo cuando somos capaces de darnos a nosotros mismos, porque trascendemos hacia los otros, porque trascendemos hacia Dios podremos llegar a conocer y vivir a Dios.
Cuando vivimos encerrados en nosotros siendo incapaces de amar, de darnos, de salir de nosotros, es a nosotros mismos a quien ponemos sobre el pedestal como centro en torno al que gravite todo, nos endiosamos. Es la tentación ya del jardín del Edén por donde el maligno tentó al hombre, ‘seréis como dioses’, y el hombre huyó de Dios, no podía vivir con Dios.
Pero cuando encontremos ese amor verdadero que nos llevará a encontrarnos con Dios es cuando más grandes seremos, cuando podremos de verdad alcanzar toda nuestra dignidad y toda nuestra plenitud, cuando podremos aprehender a Dios, conocer y poseer a Dios.
¿Qué nos ha dicho hoy Jesús en el Evangelio? ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, a poseer el Reino, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.  ¿Por qué podemos heredar el Reino, poseer el Reino o lo que es lo mismo poseer a Dios, vivir en la plenitud de Dios? Porque amamos. Es lo que nos explica Jesús con toda la alegoría del juicio final.
Es lo mismo que nos decía la primera lectura del libro del Levítico. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Ser santos como Dios es vivir la misma vida de Dios, es ese conocer a Dios poseyendo a Dios, llegando a la plenitud de Dios, a la Sabiduría de Dios. Pero ¿qué es lo que hay que hacer? Nunca hacer daño a los demás, nunca hacer el mal. El texto del Antiguo Testamento usa expresiones negativas, prohibiciones, pero que a la larga son el mandato de amar, porque quien ama de verdad nunca hará daño a los demás.
Amamos y tenemos nuestro corazón siempre abierto a los demás; amamos y compartimos y obramos con justicia con nuestro prójimo; amamos y queremos hacer felices a los demás alejándoles de todo sufrimiento; amamos y nos hacemos uno con el prójimo para sentir como nuestras sus necesidades y sus dolencias; amamos y llevamos el pan y el vestido, y el acompañamiento y el caminar juntos, y el consuelo y la esperanza.
Y en ese amor estamos llenándonos de Dios, estamos aprendiendo también a amar con un amor como el de Dios. Conocer a Dios no es solo un pensamiento de nuestra mente sino una vivencia que llevamos en el corazón. Conocer a Dios no es solo descubrirle en la inmensidad del universo, sino sentirle caminando a nuestro lado en ese hermano con el que compartimos nuestra vida. Conocer y amar a Dios no es solo dirigirle con nuestras palabras un cántico de alabanza a su inmensidad y a su poder, sino cantar la gloria del Señor cuando hacemos que el hermano que sufre a nuestro lado está recibiendo nuestro consuelo y nuestro amor.
Hagamos que en verdad podamos heredar el Reino de Dios, podamos conocer a Dios, podamos poseer en plenitud a Dios y llenarnos de Dios, podamos sentirnos en verdad inundados del amor de Dios.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Nuestra esperanza viviendo siempre en la fe y el amor es el encuentro definitivo con el Señor para la resurrección y para la vida

Daniel 6, 11-27; Sal.: Dn 3,68.69.70.71.72.73.74; Lucas 21, 20-28

Cuando recitamos el Credo para proclamar nuestra fe hay algo que decimos y proclamamos pero que tenemos el peligro que un poco nos pase desapercibido. Proclamamos y confesamos la resurrección de Jesús y su ascensión al cielo donde, decimos, ‘está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Sentado a la derecha del Padre para expresar la divinidad de Jesucristo que recibe el mismo poder y gloria, pero desde donde ha de ‘venir a juzgar a vivos y muertos’.
Cuando en el juicio ante el Sanedrín le preguntó a Jesús si El era el Hijo de Dios respondió afirmativamente pero añadió ‘y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo’.
Es a lo que nos hace referencia hoy el evangelio. Jesús habla de los tiempos finales y lo hace con un lenguaje apocalíptico propio de la época. Se entremezclan los anuncios de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del templo con el anuncio del tiempo final. Pero Jesús quiere que lo vivamos con paz y serenidad porque todo conduce a encontrarnos con El. Y nos habla de su segunda venida. ‘Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad’. Es la segunda venida del Hijo del hombre que será para la resurrección y la vida. Por eso termina diciéndonos: ‘Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación’.
Es el momento del juicio final. Será el final de la historia y de este mundo terreno. Será el inicio para la resurrección final. Se acerca vuestra liberación. Ya en otros momentos nos insiste en que hemos de estar preparados. Y preparados estamos si mantenemos nuestra fe y nuestra esperanza. Y preparados estaremos si nos mantenemos en nuestra unión con El viviendo siempre la gracia del Señor con toda fidelidad. Y preparados estaremos si hemos sabido ir guardando nuestros tesoros en el cielo, como repetidamente nos enseña Jesús en el evangelio.
Podemos recordar aquí también la alegoría del juicio final del que nos habla Jesús en el evangelio. Ojalá escuchamos ese ‘venid benditos de mi Padre a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Una invitación a la confianza y a la paz. Una invitación a vivir de forma intensa y activa nuestra esperanza. Una invitación a vivir en el amor de Dios que se traduce en el amor a los hermanos. 

lunes, 23 de febrero de 2015

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
La misericordia del Señor nos hace santos; la misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad; la misericordia del Señor nos impulsa a ser también nosotros misericordiosos y nos hace merecedores de dicha eterna.
Muchas afirmaciones nos hacemos en torno a la misericordia del Señor. Hoy nos decía el Levítico ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ como una invitación y como un mandato. Es la meta y el ideal. Es por lo que tenemos que luchar y esforzarnos y ya el Señor nos va señalando las actitudes buenas y nuevas que tiene que haber en nuestro corazón. Pero, ¿quién nos hace santos? ¿nos hacemos santos solo por nuestro esfuerzo o voluntad? Es el Señor el que nos hace santos, porque tiene misericordia de nosotros que somos pecadores y siempre nos está ofreciendo su compasión, su perdón, su amor que nos llena de vida y de santidad.
Por eso podíamos afirmar que es la misericordia del Señor la que nos pone en caminos  de santidad. Por una parte porque cuando nos sentimos amados, nos sentimos llamados a corresponder a ese amor; y si es así de grande la misericordia de Dios con nosotros, ¿cómo no vamos a vivir nosotros en su amor y en su gracia? Por eso desde esa misericordia de Dios nos sentimos impulsados a vivir esos caminos de santidad.
Y ¿qué tenemos que hacer? Vivir un amor como el amor que el Señor nos tiene. Llenar también nuestro corazón de amor y de misericordia; amor por encima de todo a Dios; pero amor que va a manifestarse en el amor que le tengamos a los demás, en el bien que le hagamos a los otros, en la misericordia y compasión con la que nosotros tratemos a los demás.
Lo que nos señala el Levítico que tenemos que hacer para ser santos como el Señor quiere que seamos precisamente pasa por esos caminos. Por eso terminará diciéndonos, algo que luego escucharemos en labios de Jesús en el evangelio que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos.
Esos son los caminos que nos señala el evangelio que hoy hemos escuchado. Nos habla del juicio final y nos dice de qué vamos a ser juzgados. Como diría bellamente san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. No voy a repetir aquí lo que ya hemos escuchado en el evangelio sino que tomemos de nuevo ese texto en nuestras manos y volvamos a leerlo, pero poniendo rostros, poniendo nombres, poniendo esas personas que todos conocemos y que nos vamos encontrando en nuestra puerta o en el camino de nuestras calles o plazas. Y detrás de ese rostro, de esa figura que conocemos, miremos a Jesús. Ahí está Jesús para que le amemos; ahí está Jesús para que mostremos nuestra misericordia y nuestra compasión.
Recordemos, finalmente, que si nosotros tenemos misericordia con los demás, también alcanzaremos misericordia. Podríamos recordar aquello de Tobías que nos dice que la limosna lava nuestros pecados; pero podemos recordar simplemente las bienaventuranzas: ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’.