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lunes, 20 de octubre de 2025

Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

 


Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

Romanos 4, 20-25; Sal. Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

Hace unos días alguien me comentaba con gozo cómo ahora le iban marchando mejor las cosas, después de haber conseguido un trabajo más estable; esta persona, por supuesto, en sus planes no estaba por el derrochar como consecuencia de que ahora le iban las cosas mejor, y comentábamos entre los dos la tentación que podía surgir de comenzar a tener una vida esplendorosa y analizábamos un poco el valor que habíamos de darle a esos bienes materiales con una mirada más amplia de solo quedarse en lo mejor que podemos vivir ahora queriendo incluso disfrutar más allá de las posibilidades, pero que además con lo que tengamos no podemos encerrarnos en nosotros mismos, porque terminaríamos volviéndonos egoístas e insolidarios.

Me vino el recuerdo de esta conversación a partir de lo que escuchamos hoy en el evangelio. La ocasión vino de unos pleitos entre hermanos por cuestión de herencias y posesiones en lo que querían que Jesús tomara parte como juez, pero que Jesús aprovecha para dejarnos hermosas enseñanzas. ‘Mirad, les dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y tenemos que pensarnos esta consideración de Jesús. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Cuáles son realmente nuestros objetivos y nuestras metas? ¿Qué es lo que consideramos primordial? ¿El dinero? ¿El poder? ¿El placer? Miremos a nuestro alrededor y veamos las tensiones y tentaciones a las que estamos continuamente sometidos. ¿En que ponemos nuestra felicidad? ¿Queremos ir de ‘sobrados’ en la vida? ¿Dónde ponemos todos nuestros esfuerzos?

Jesús para ayudarnos a comprender sus palabras nos propone una sencilla parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha y almacenó muchos bienes y riquezas de manera que incluso tuvo que agrandar sus bodegas; le parecía que ya tenía la vida resuelta; ¿para qué trabajar mas? A darse la buena vida. Mira por donde andan nuestros sueños. No es que no tengamos que disfrutar de la vida; Dios no quiere eso para el hombre, por eso cuando nos creó nos puso en un jardín al que llamamos paraíso terrenal. Y queremos seguir soñando con ese paraíso terrenal. ¿Lo llamamos estado del bienestar? ¿Nos construimos un mundo de placeres? ¿Nos engallamos con el poder de manera que no hay quien nos baje de los pedestales?

Dios quiere, es cierto, que seamos felices. Las señales del Reino nuevo de Dios que viene a instaurar pretenden que el sufrimiento vaya desapareciendo de la vida, que en lugar de hacernos daño con nuestros orgullos y egoísmos seamos capaces de buscarnos mutuamente el bien los unos de los otros. Y por ahí tendrá que ir el sentido de todo lo que somos y de lo que tenemos, no solo para una satisfacción personal, solo para mi propio placer, sino hacer que desde lo que soy y tengo pueda contribuir, pueda hacer que los demás sean más felices, que todos seamos más felices.

No es enrocarnos en nosotros mismos. Porque ese mundo ficticio e interesado que nos creamos un día se nos desinflará y nos quedamos en nada. La parábola habla de que aquella noche le llegó la hora de la muerte a aquel hombre y se pregunta ¿todo lo almacenado de quien será? Ya en la motivación de la parábola estaba la petición que le hacía alguien a Jesús para que actuara de juez entre pleitos de hermanos por herencias. Y bien sabemos cómo nos destruimos a nosotros mismos y terminaremos por no disfrutar de nada cuando vivimos con esos apegos y esclavitudes de lo material.

‘Así es el que atesora solo para sí y no es rico ante Dios’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

lunes, 21 de octubre de 2024

Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

 


Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Cuando se meten por medio los intereses materiales o económicos pronto todo comienza a ir mal; somos muy amigos hasta que me pides un préstamo porque estas apurado y pronto de olvidas de devolverlo; somos buena familia mientras no llega la hora de las herencias y comienzan los pleitos porque si tuviste la mejor parte, o a ti te tocó lo que yo quería y cosas así; cuando vamos interesados por la vida solo por lo material aparecen las envidias, las ambiciones que te llevan a lo que sea con tal de conseguir lo que querías, las trampas y las zancadillas, etc. etc. etc.

De situaciones así arranca el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio. Uno que le viene a decir a Jesús que intervenga con su hermano para resolver el problema de la herencia de los padres. Es algo que se repite demasiado en la vida. Pero algo que denota en qué ponemos nuestros intereses, cuales son nuestros valores, por qué realmente luchamos y trabajamos. Vivimos ansiosos con lo material, con el dinero, con lo que tenemos o lo que ganamos, y por mucho que tengamos al final ¿en qué o con qué nos quedamos?

Nos propone Jesús una parábola para que aprendamos a liberar el corazón. Son muchos los apegos que se convierten en esclavitudes y aquello por lo que ansiamos tanto al final tampoco nos hace felices. El hombre que cogió una gran cosecha, nos propone Jesús en el evangelio. Tuvo que ampliar sus lagares y bodegas para almacenar todo lo que había conseguido con su buena cosecha. Cuando aquel hombre que ahora le parecía tener todo y ya era feliz con eso, nos dice la parábola, que aquella noche se murió. ¿De quien será todo lo que había acumulado?

Nos volvemos locos con nuestros trabajos porque siempre nos parece poco y queremos ganar más; ya no tenemos tiempo para nada, porque el afán de esas ganancias nos absorbe y ya ni amigos, ni hijos, ni familia, ni descanso, ni buen ambiente en casa y tampoco en el trabajo, ni disfrutar de las cosas que tiene, ni desarrollar aficiones que le darían relajación a su espíritu, ni contemplar el mundo en el que vive. Y al final, ¿qué? Hablamos hoy mucho de tensiones acumuladas en nuestro espíritu a causa del trabajo y del afán de tener más cosas que al final nos rompen por dentro; y nos encontramos gente que podía ser feliz si supiera disfrutar de lo que tiene pero que viven llenos de amarguras; gente que no sabe disfrutar de la vida y no sabe disfrutar con lo que hace; y se pierden los valores, y se pierde el sentido de la vida, y terminamos viviendo como máquinas que algún día se romperán, como zombis como ahora se dice; se nos rompe la vida.

‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice hoy Jesús. Y hay tantas formas en que la codicia se adueña de nosotros. No son solo las cuentas que podamos tener en el banco, no son solo esos bienes que adquirimos y adquirimos simplemente por tenerlos, son esas ambiciones que nos van acopando nuestro espíritu y nos llenan de tantas ataduras. Cuántas cosas acumulamos de las que no sabemos disfrutar. Y al final lo sufrimos nosotros, pero lo van a sufrir también los que nos rodean, lo va a sufrir la familia, lo van a sufrir los hijos: al final nos vamos cayendo por una tremenda pendiente de la que no sabemos cómo salir. Perdemos el sentido más elevado de ser personas.

Jesús quiere que abramos caminos de liberación en nuestra vida. Lo que había dicho el profeta y se recordaba en la sinagoga de Nazaret, el que venía lleno del espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a los que de una manera o de otra nos sentimos esclavos aunque no queramos reconocerlo. Es la liberación que Jesús nos ofrece, que podemos vivir cuando nos dejamos empapar por los valores del evangelio.

lunes, 23 de octubre de 2023

Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

 


Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

El cuento de la lechera es algo que se repite más veces de lo que pensamos en nuestra vida. Todos soñamos; y todos soñamos lo que podríamos hacer si tuviéramos esto o aquello; todos soñamos cuando compramos un número de la lotería, ¡cuántas obras maravillosas haríamos! Y seguro que no seríamos egoístas solo pensando en nosotros mismos; bueno, eso es lo que pensamos, pero ahí están nuestros sueños. Sueños que nos delatan de la codicia que hay en nuestro corazón; sueños que nos delaten de donde es en el fondo en lo que estamos poniendo todas nuestras esperanzas, como si fueran las soluciones a todo lo que nos pasa en la vida, como si fuera ese el sentido que le estamos dando a la vida. ¿Y no será así?

Como le pide uno hoy en el evangelio a Jesús que medio en un conflicto que tiene con su hermano a cuenta de una herencia. No es nuevo el tema, quiero decir, que no es cosa solo de hoy, de las peleas familiares a cuenta de las herencias, porque ya vemos que en tiempos de Jesús así andaban también. Pero bueno, lo importante es el mensaje que Jesús nos quiere dejar. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Bueno, nosotros nos buscaremos matizaciones con aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla. Tendríamos que interrogarnos con esa forma de pensar.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. La del hombre que tuvo una gran cosecha y pensé que ya lo tenía todo resuelto para su vida. Agrandó sus graneros para tener espacio suficiente donde almacenar todo lo que había cosechado. ¿Pero eso va a aumentar un palmo el tiempo de nuestra vida? Algunas veces, reconozcamos, nos lo pensamos también. Aquel hombre murió aquella noche ¿y de qué le sirvió todo lo que había acumulado?

Como ya había dicho Jesús ‘aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Tenemos que hacer una buena escala de valores en la vida. Tenemos que empezar a valorar lo que verdaderamente es importante en la vida. Y eso nos cuesta. Porque además es lo que hemos estado viendo siempre; y soñamos con tener, con poseer cosas, con llenarnos de cachivaches, y uno tiene que pensar ¿y para qué me sirve todo esto? Y al final terminamos siendo esclavos de las cosas que tenemos, que parece que sean ellas las que nos poseen a nosotros.

Hay otros valores en la vida. Hay otras cosas que nos dan más felicidad. Hay cosas que de verdad nos mantienen el corazón en paz. Hay cosas que de verdad nos hacen sentir libres y más felices. Hay cosas que realmente nos llenan por dentro. Es lo que tenemos que buscar. Son los caminos del amor, del perdón, de la entrega, de la sencillez, de la sinceridad y congruencia en la vida, de la limpieza de corazón, de la amistad con Dios y los hermanos…algo que no llena la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad deseada.

¿No habremos experimentado más de una vez la satisfacción que sentimos dentro del corazón cuando somos generosos y sin que nos lo pida nadie nos desprendemos de algo para compartirlo de los demás? ¿No nos habremos sentido con gozo en el corazón cuando hemos perdido nuestro tiempo para detenernos a hablar con alguien al que veíamos solo y en la cuneta de la vida y los ojos de aquella persona se iluminaron solo con nuestra presencia a su lado? Así podríamos seguir pensando en esos pequeños detalles que nos han hecho sentir la felicidad de saber que alguien se siente más feliz con ese pequeño detalle que hemos tenido con esa persona. Seguro que todos tenemos una lista interminable de cosas de este tipo.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está a nuestro lado

 


Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está loa nuestro lado

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

¿Qué uso le damos nosotros a los bienes materiales, a las riquezas? ¿Qué prioridad tienen en nuestra vida? es lo que fundamentalmente nos está planteando hoy el evangelio. Las riquezas y los bienes materiales muchas veces nos sirven para la ostentación y para la vanidad; se convierten en cierto modo para nosotros en un signo de nuestro poder porque nos sentimos tan dueños de esos bienes materiales que nos creemos que con ello podemos comprar todo aquello que nos hace felices.

¿Qué es lo que nos hace felices en la vida? ¿Seremos en verdad felices por la posesión de aquellas cosas que al final terminarán posesionándose de nosotros y haciéndonos sus servidores y sus esclavos? Una pescadilla que se muerde el rabo y al final termina dando vueltas sobre si misma. Es la muestra de nuestro egoísmo más rabioso y esclavizante.

Esto nos tiene que hacer pensar y reflexionar sobre los valores que en verdad imperan en nuestra vida. Y es que fácilmente nos cegamos y no terminamos de comprender el verdadero valor de lo que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos confió su obra creadora para que nosotros hiciéramos crecer y desarrollar ese mundo que había creado. No nos quiere Dios con las manos en los bolsillos de la inoperancia; creced, multiplicaos, dominad la tierra, nos dice en el momento de la creación; por eso nos condena si enterramos el talento que ha puesto en nuestras manos, y recordamos otros pasajes del evangelio.

Pero no nos quiere Dios con las manos en los bolsillos del acaparamiento egoísta y solo para nosotros de la riqueza que generamos en ese mundo. No somos dueños sino administradores; no es la ganancia personal lo que tendría que importar, sino el bien de la humanidad al que contribuimos con nuestro trabajo y con los frutos que de él obtengamos; a aquel hombre rico que ya solo se preocupaba de darse buena vida porque sus graneros y bodegas estaban rebosantes de nada le sirvió porque la misma vida se le fue de las manos, ¿de quien iba a ser todo aquello que había acumulado?

Es el sentido por el que va hoy el evangelio que hemos escuchado. Comienza proponiéndonos una parábola que siempre nos ha costado entender; un administrador a quien se le pide cuentas de su gestión; no ha sido justa la gestión que hasta entonces había venido realizando; no nos habla de que haya generado riquezas injustas para él mismo, pero su relación con los deudores de su amo hasta entonces no había sido buena; buscando quizá encontrar comprensión y misericordia cuando fuera despedido, trata de arreglar el monto de aquellas deudas; finalmente es alabado no por su mala gestión, sino por la astucia con la que ahora ha actuado.

La clave nos la está dando las palabras con las que Jesús continúa su comentario sobre el uso que hemos de hacer de los bienes y riquezas de este mundo; unos bienes y unas riquezas nos viene a decir que pueden manchar nuestra manos y nuestro corazón cuando de forma egoísta y avariciosa los utilizamos; por eso nos dice Jesús en un lenguaje propio del momento, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

Ganaos amigos, nos dice, en la utilización que hagamos de esos bienes. No pensemos avariciosamente solo en nosotros mismos, no busquemos simplemente el acumular para llenar nuestros graneros, nuestras bodegas o nuestros bolsillos; pensemos que esa riqueza generada en el propio desarrollo de ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es solo para nuestro propio beneficio.

Sepamos ser buenos administradores  sabiendo ser fiel en las cosas pequeñas o en las cosas que puedan tener un valor secundario, es donde vamos a obtener la verdadera ganancia, la verdadera riqueza, lo que va a dar verdadero valor a nuestra vida, lo que nos conducirá por verdaderos caminos de plenitud y de felicidad. ¿Seremos más felices porque tengamos nuestros bolsillos bien llenos, o porque logremos una sonrisa de felicidad en alguien que está a nuestro lado?

Nos daremos cuenta de qué es lo que nos dará la más profunda libertad y nos llenará de la más honda felicidad. Por eso nos dirá finalmente que no podemos servir a dos señores… ‘no podéis servir a Dios y al dinero’.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Una vida que vamos construyendo en esas pequeñas cosas de cada momento, como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza

 


Una vida que vamos construyendo en esas pequeñas cosas de cada momento, como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza

 Romanos 16,3-9.16.22-27; Sal 144; Lucas 16,9-15

Eso no tiene importancia, total es una cosa tan pequeña… habremos dicho en alguna ocasión o nos habrá dicho algo cuando nos ha visto preocupados por algo que pudiera parecer insignificante. Pero la playa está hecha de minúsculas arenas y si las descartamos a todas por parecernos tan insignificantes nos quedaríamos sin playa. Pudiera parecer una exageración pero si nos ponemos a pensar un poquito encontramos la razón. La vida está hecha de pequeños momentos, de pequeños gestos; la vida no son solo los momentos grandiosos y espectaculares, sino que está en el día a día y el día a día lo vivimos desde esas pequeñas cosas que tenemos que realizar o con las que nos encontramos.

Algunas veces quizás nos cuesta más realizar esas pequeñas cosas que las que nos parecen grandes; depende de la ilusión que vayamos poniendo en la vida y en lo que hacemos, y si nos damos cuenta de que las grandes obras se realizan a partir de pequeñas cosas. Por otra parte cuando se trata de superarnos y crecer para ser alguien en la vida, pensamos que cuando lleguen esos momentos importantes sabremos dar el callo, pero si no nos hemos entrenado en esas pequeñas cosas no sabremos hacer las grandes, si no hemos tenido la valentía de superarnos en pequeñas cosas que nos costaba realizar, cuando venga lo que es más difícil y costoso no seremos capaces de realizarlo.

Hoy nos lo dice Jesús. ‘El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto’. Nos está hablando en este caso del valor de las cosas materiales, del valor de las riquezas. Esos medios materiales que tenemos que usar en la vida, porque es el intercambio de las cosas, es lo que nos va haciendo vivir materialmente, por así decirlo, mejor o al menos para tener una subsistencia digna.

Quizás la necesidad que tenemos de usar esos medios, porque así además nos hemos construido la sociedad y las relaciones entre unos y otros, pudiera llevarnos a darle una importancia absoluta a la posesión de esos medios; es de lo que nos quiere prevenir Jesús, no podemos convertirlos en centro y motivo de nuestra existencia, aunque tengamos que trabajar para obtenerlos porque en ello está una garantía de nuestra subsistencia. Y es ahí en esas cosas donde hemos de saber mantener nuestra fidelidad en el buen uso que hagamos de esos bienes materiales, que nunca podremos convertir en dioses de nuestra vida.

Porque ese es el peligro. Por eso nos dirá tajantemente que no podemos servir a Dios y al dinero. ‘Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Nos previene contra la codicia, como ya en otros momentos del evangelio nos repetirá. Ese afán de tener y de poseer que nos ciega y que nos esclaviza. Recordamos aquella parábola del hombre que obtuvo una gran cosecha de manera que tuvo incluso que hacer más grandes sus graneros y bodegas, y ya pensaba que podía vivir feliz para siempre porque poseía todas las riquezas, pero aquella noche murió. ¿De qué le sirvió todo aquello que poseía y que él creía que ya era su felicidad total?

Aprendamos a manejar todas esas cosas incluso de índole material de las que tenemos que valernos en la vida – porque además ahí manifestamos donde está nuestra responsabilidad – y aprenderemos a manejarnos a nosotros mismos; y cuando digo manejarnos a nosotros mismos quiero decir cómo tenemos que saber buscar en la vida lo que engrandece a la persona, lo que nos lleva a vivir con mayor dignidad, a mostrar la verdadera madurez que llevamos en el corazón.

Una vida que vamos construyendo día a día, minuto a minuto en esas pequeñas cosas que en cada momento vamos realizando. Como un mosaico realizado de pequeñas piezas pero cuando vemos el conjunto admiraremos su belleza. Una vida que no está hecha sólo de cosas materiales sino que hay algo dentro de nosotros que nos trasciende y que nos eleva, que le da una verdadera espiritualidad a nuestra vida haciendo resplandecer los verdaderos valores espirituales de la persona.

Una vida que se llena de esperanza y se abre a la eternidad, una vida que tiene que abrirse de verdad a Dios. El es el único Señor de nuestra vida, quien llena de sentido nuestra existencia y nos inunda de plenitud.

viernes, 18 de junio de 2021

Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

 


Cuántas oscuridades llegamos a disipar para que haya verdadera luz en mi vida si no atesoramos tesoros que llenarían de oscuridad el corazón

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33;  Mateo 6,19-23

‘Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ Una sentencia de Jesús de gran sabiduría con la que termina el pasaje del evangelio de hoy. Puede parecer algo contradictorio, ¿cómo puede la luz estar oscura? Si se entenebrece nuestra mirada que tendría que ser luz, si se entenebrece nuestro corazón, ¡cuánta será la oscuridad!

‘Lámpara del cuerpo es el ojo’, nos ha dicho antes Jesús pero nuestros ojos se pueden enturbiar según lo que llevemos dentro de nosotros. Son las cegueras del alma, las cegueras del espíritu. Nuestros ojos físicos pueden estar sanos o puede que hayan aparecido las limitaciones que nos pueden provocar cegueras, y aunque es importante que nuestros ojos tengan luz, que podamos ver claramente con nuestros ojos, hay otra visión que nace del interior de nosotros que se puede perturbar, que se puede oscurecer.

Son muchos los filtros oscuros que ponemos en nuestro corazón.  Cómo nos cegamos cuando el orgullo se mete dentro de nosotros porque hemos recibido un mal gesto de los demás y cómo ya no veremos a esa persona de la misma manera; cómo nos dejamos influir por un comentario malicioso que nos hayan hecho de alguien y ya le tendremos inquina a esa persona de la que yo no pensamos bien y a la que ya no podremos tragar. La lista de situaciones en ese sentido en que nos llenamos de oscuridad sería grande.

Pero en el texto del evangelio de hoy Jesús nos ha estado hablado de los tesoros que metemos en el corazón, o a los que apegamos el corazón y que también llenarían de oscuridad nuestra vida. Es la codicia de las riquezas, de los afanes de grandezas y de poder, es la avaricia de querer acumular por acumular, son tantos apegos a lo material, a lo económico, a la riqueza, es la vanidad y los deseos de ostentación que aparecen tantas veces en nuestro corazón. Son esas oscuridades de las que nos quiere hoy hablar Jesús, esos tesoros a los que se nos apega el corazón.

Somos conscientes de cómo por ese afán de poseer, esa avaricia o esa codicia del dinero o de la posesión de riquezas nos puede llevar a obcecarnos tanto que ya no nos importe la vida de nadie. Y no es solo el ladrón que puntualmente llega y nos arrebata una posesión nuestra, sino que sabemos cuantas operaciones, cuantas planificaciones se realizan para justificar en unas ganancias lo que es arrebatarle a los demás aquello a lo que tienen derecho. Oscuridades de la vida, oscuridades del alma que nos ciegan.

Jesús claramente nos lo dice. ‘No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón’.

Es otro el desprendimiento con que hemos de vivir en la vida; es otra la generosidad que tiene que haber en nuestro corazón; es un sentido nuevo que he de darle a la posesión de esos bienes materiales que honradamente con mi trabajo me he ganado para mi sustento y el de los míos, para lograr vivir con mayor dignidad lejos de la penuria de la pobreza y de la miseria; pero es también la responsabilidad con que he desarrollar mis talentos (y aquí entrarían también esos bienes materiales que poseemos) que son también una riqueza para la vida de los demás.

Lo que Dios ha puesto en tus manos cuando te ha dotado de unos valores no es solo para ti mismo, sino también está en función del desarrollo de nuestro mundo. Ni me encierro en mí mismo ni me encierro en la posesión de mis cosas, sino que he de tener una apertura nueva en mi corazón para beneficiar también a cuantos me rodean. Entonces habrás disipado muchas oscuridades para que haya verdadera luz en tu vida.

lunes, 19 de octubre de 2020

Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

 


Queremos seguridades en la vida que nos lleven por caminos de felicidad, busquemos aquellos valores permanentes que pueden llenar de plenitud nuestro corazón

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

Queremos tener seguridades en la vida; trabajamos y nos afanamos por tener unos medios, unos recursos con los que hacer frente a las necesidades de cada día buscando vivir con la mayor y mejor dignidad; pero no queremos quedarnos en la seguridad del hoy sino que queremos también la seguridad del mañana, por ello intensificamos nuestros trabajos para obtener más beneficios, para recabar unos ahorros con los que enfrentarnos a las contingencias del día de mañana. Los proyectos que nos vamos elaborando quieren una vida mejor, un estado de bienestar como suelen decirnos ahora, que no se queda en la solución de las necesidades perentorias sino que buscamos una mayor amplitud de mejoras en nuestro vivir.

Pero es aquí donde tenemos que plantearnos prioridades o también lo que es verdaderamente importante en la vida. ¿Esa seguridad y esa felicidad de la vida la vamos a conseguir solamente porque tengamos muchos recursos o muchos medios económicos, por ejemplo? ¿Esa dignidad del vivir solo la obtenemos desde unos medios materiales? ¿Cuál es el sentido y el valor de todo eso? Porque en esa búsqueda de esas seguridades, de ese bienestar, o de esa felicidad nos podemos hacer codiciosos y caer por unas pendientes que nos lleven a la avaricia y a un materialismo tan acentuado que olvidemos lo que verdaderamente nos lleve a esa dignidad de vida y también a esa felicidad y dicha disfrutando de lo que tenemos y de lo que es la vida misma.

El evangelio quiere iluminarnos. El evangelio de Jesús siempre es luz que nos ayuda a encontrar sentido, que nos abre a otros horizontes, que nos ayuda a repensar muchos de nuestros planteamientos y de nuestras maneras de actuar. Es la Palabra de Jesús que siempre es Palabra de vida que nos hará encontrar la verdadera plenitud del hombre en su vivir. Por eso hemos de abrir con sinceridad nuestro corazón a esa Palabra de Jesús, hemos de dejar que impacte en nosotros, en nuestra vida ese mensaje de Jesús que nos despierte de ese adormilamiento en que estamos tantas veces.

Todo parte hoy en el evangelio cuando alguien le viene a decir a Jesús que haga de intermediario con su hermano por unos problemas de herencias en que andan metidos. Cuántos problemas dan las herencias… ‘¿Quién me ha nombrado juez de vuestros asuntos?’, se pregunta Jesús. Pero nos deja una hermosa sentencia. ‘Guardaos de toda clase de codicia’.

Esos afanes por el dinero en que andamos tantas veces. Y no digamos que no, porque bien que estamos buscando la suerte en los juegos de azar como loterías y demás cosas que como en cadena se suceden unos a otros y cada día nos están vendiendo de una forma o de otra la suerte. Y soñamos que ya todos nuestros problemas se resolverían, y soñamos en tantas cosas fantásticas que se quedan en eso, en fantasías y sueños. Aquí mucho tendríamos que decir por las esclavitudes a que nos vemos sometidos con todos esos juegos con consecuencias tantas veces nefastas para el jugador y para sus familias.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha de manera que tuvo que ampliar almacenes y bodegas para guardar todo lo que había conseguido y ya se pensaba que podía vivir tranquilamente sin preocuparse de nada porque tenía de todo lo que podía desear; cómo se parece a nuestros sueños y fantasías.

Pero aquella noche le pidieron cuentas de su vida, aquella noche murió, ¿de qué le sirvió cuanto había acumulado? ¿Dónde se quedan nuestros tesoros? O mejor podríamos preguntarnos, ¿dónde ponemos nuestros tesoros? Es cierto que en la vida necesitamos de esos medios materiales, de esos medios económicos que nos van a ayudar a adquirir lo que necesitamos para nuestra vida. Aquello que reflexionábamos al principio, pero no los podemos convertir en un absoluto de nuestra vida. Hay otras cosas que necesitamos para esa felicidad y bienestar que tanto ansiamos y que muchas veces descuidamos. Hay algo que necesitamos como persona que no son simplemente cosas materiales; tenemos que buscar aquello que de verdad nos llene por dentro para no quedarnos en la superficie, en la apariencia, en el oro refulgente por fuera pero que nada nos vale para alcanzar la verdadera felicidad.

Cuantas veces, por ejemplo, en ese afán de tener todo lo que decimos necesario para una vida digna quizá olvidamos otras cosas que son fundamentales, como son las relaciones humanas, las relaciones familiares, el encuentro con las personas, lo que desde dentro nos va a ayudar a ser más felices, a darle más plenitud a la vida. Hay una serie de valores que muchas veces olvidamos encandilados por el relumbrón del brillo de unas cosas materiales, pero ese brillo no nos dará luz por dentro.

Como termina diciéndonos hoy Jesús en la parábola ‘así es el que atesora para sí pero no es rico ante Dios’. Ya en otro lugar nos dirá que ‘atesoremos allí donde el ladrón no puede robar ni la polilla puede corroer’, que ‘donde está nuestro tesoro allí está nuestro corazón’.

lunes, 21 de octubre de 2019

Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices


Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc. 1,69-75; Lucas 12,13-21
‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia…’ La historia es antigua y es actual. Era habitual que los que andaban en litigios acudieran a los rabinos para encontrar solución a sus problemas o hicieran de intermediarios y ahora viene uno hasta Jesús con un problema de herencias con un familiar.
Pero siguen sucediendo casos así en todos los tiempos y en nuestra época. ¿Quién no conoce algún caso, o quizás muchos, de discordias familiares a causa de las herencias dejadas por sus padres? Había armonía en la familia hasta que se metió por medio el tema del dinero, de las propiedades o de las herencias. ¿Es posible que estos asuntos tan materiales estén por encima de una armonía familiar hasta el punto que surjan rupturas y desavenencias que llegan en ocasiones hasta el odio entre antes se amaban?
Son las ambiciones que aparecen en el corazón humano por el deseo propiedades o riquezas, la ambición del dinero por decirlo de una manera fácil. Tenemos esa apetencia de la propiedad, esto es mío, esto es para mí, esto no me lo quita nadie, mío, mío, mío… Aunque en nuestra razón a la hora de principios tengamos más o menos claro que no podemos ser ambiciosos ni egoístas sin embargo aparecen en cualquier rincón del corazón esas apetencias y ambiciones que terminan por encerrarnos en nosotros mismos y romper incluso las buenas relaciones que tengamos con los demás.
A la petición que le hace aquel hombre a Jesús éste le responde: ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Dónde ponemos su fundamento? La gente suele decir que el dinero no da felicidad pero ayuda a conseguirla. ¿Podemos contentarnos con una cosa así? ¿Dónde están las verdaderas relaciones humanas? Si ponemos como una condición que para poder ser felices necesitamos de la ayuda del dinero o de la riqueza, en algo muy pobre estamos poniendo la felicidad y esa felicidad pronto nos daremos cuenta que es caduca y fatua.
Tenemos que buscar unos valores que no tengan el brillo del oropel, que siempre será un brillo externo y superficial. Hemos de buscar valores que le den hondura a nuestra vida y que buscando unas relaciones de verdadera armonía porque seamos incluso capaces de perder para ver felices a los que están a nuestro lado será como sentiremos la hondura de la verdadera felicidad. Pongamos humanidad en nuestra vida, busquemos lo que sea verdaderamente el bien de la persona, sabremos ir viviendo en la armonía del compartir generoso, daremos importancia entonces a lo que es la verdad de la persona y estaremos obteniendo la mayor de las riquezas.
Si la posesión de unos bienes – volviendo de nuevo a lo que le planteaban a Jesús con el tema de las herencias – nos lleva a romper relaciones de amor y de amistad, a vivir con el corazón lleno de amargura y desconfianza y a hacérselo vivir también al otro, ¿merecerá la pena la posesión de esas riquezas? Vivir así rompiendo con todo el mundo, llenos de amarguras y resentimientos, ¿nos dará verdadera felicidad?
Termina Jesús recordándonos de qué nos vale la posesión de todas esas cosas que decimos que nos van a quitar toda preocupación cuando sabemos que un día moriremos y todo se quedará atrás, muchas veces quizá sin haberlas de verdad disfrutado.  ‘Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.

domingo, 4 de agosto de 2019

Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos



Necesitamos aprender a vivir haciéndonos una verdadera escala de valores y disfrutemos de verdad lo que somos

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Col. 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
No sé si es que la vida nos obliga a vivir así o que imbuidos por una carrera a la que todos nos sometemos nos hemos hecho a una vida sin vivir de verdad.  Todo parece una loca carrera donde no parece que nos detengamos ni para coger aire, cuanto menos para vivir. Sí, nos puede parecer una exageración, pero veamos en la carrera loca en que nos hemos metido en trabajar y trabajar para tener más, decimos para tener mejor vida y nos llenamos de cosas de las que al final vivimos como esclavizados - algunas veces no sabemos ni lo que tenemos perdidos en ese acumular - sin ni siquiera disfrutar de verdad lo que somos y lo que tenemos.
Queremos tener mejor casa, mejor coche, las mejores cosas que puedan salir al mercado, decimos que queremos una mejor vida para nuestros hijos y nuestra familia y no paramos de trabajar y trabajar porque nunca llegamos a tener todo lo que ansiamos. Pero, ¿cuando nos detenemos un poco para vivir, para disfrutar de lo que ya tenemos pero sobre todo de lo que somos, o para simplemente convivir en paz y tranquilidad con nuestra familia?
No tenemos tiempo porque queremos tener más y eso nos exige trabajar y trabajar. Una loca carrera para mejor vivir, decimos, pero luego no vivimos; no nos detenemos ni a pensar, ni a reflexionar, o si lo hacemos es para ver como aumentamos nuestras ganancias. Pero ¿disfrutar del saber? ¿Disfrutar de la cultura? ¿Disfrutar de la convivencia con amigos, con familiares? No tenemos tiempo, como decíamos antes, ni para respirar. ¿Merece vivir así? ¿Realmente estamos viviendo? ¿No nos estaremos convirtiendo en autómatas o en esclavos de esa misma carrera? ‘Vanidad de vanidades…vaciedad sin sentido, todo es vaciedad’ que nos decía el sabio del Antiguo Testamento.
Claro que también soñamos, a ver si tenemos suerte, a ver si nos cae la lotería, un premio importante que nos resuelva todos los problemas. Pero aun así ¿llegaremos a disfrutar del vivir? Que el vivir ya no es solo la ultima orgía, los placeres mas exquisitos, el hacer lo que me de la gana, el ya no tener que hacer nada porque se acabaron las obligaciones. Que vivir tiene que ser algo más hondo en la persona.
Claro que no siempre tenemos clara la escala de valores por las que se ha de regir nuestra vida. Parece como si al final no sabemos ni lo que queremos. Y no me quiero poner pesimista pensando que todos andamos así, pero sí tendría que hacernos reflexionar, eso que nos cuesta tanto, para ver lo que realmente es importante en la vida y si merece entonces todos esos agobios con los que vivimos.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘cuidado, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Esa codicia que tanto nos encandila, esos afanes que nos obnubilan, esos agobios que no nos dejan disfrutar de lo que somos que no ya de lo que tenemos. ¿Buscamos el tener o el ser? ¿Qué es lo que cuidamos y qué es lo primordial en lo que hacemos, en lo que son las cosas por las que luchamos?
Y nos propone Jesús la parábola del hombre rico que obtuvo una gran cosecha de manera que tuvo que aumentar sus bodegas y almacenes para guardar cuanto había cosechado. Y ya pensaba que podía vivir, tumbarse, vivir la buena vida, no tener que trabajar porque ya tenía para muchos años. Pero todo aquello se acabó y no llegó a vivir.
Lo que hemos venido diciendo. No supo vivir cuando simplemente con su trabajo tenia para una vida digna, sino que ansiaba mucho más. Llegó a tenerlo todo y no llegó a vivir. Vanidades de la vida en que vivimos envueltos tantas veces; un vacío que al final sentimos en nosotros mismos, y unas manos vacías con que  nos vamos a encontrar al final de la existencia.
No se trata solo de la actitud injusta e insolidaria de quien solo pensaba en si mismo y cuando tuvo todo hasta de sobra ni siquiera de acordó de los que pasaban necesidad para compartir con ellos. ¿Cuándo nos daremos cuenta que los bienes de la tierra no tenemos que acapararlos para nosotros solos? Ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que lo acaparemos solo para nosotros. Nuestra mirada tiene que ser más amplia y más universal; no nos valen actitudes egoístas e insolidarias que al final terminan siendo injustas porque nos hacemos insensibles a la vida de los demás.
Es descubrir otro sentido del vivir dándonos cuenta de que no vivimos más intensamente la vida porque poseamos muchas cosas. Cuántos padres no disfrutan de la vida de sus hijos solo afanados por el ganar diciendo que es por el bien de sus hijos, pero realmente no conocen a sus hijos, no saben lo que piensan o lo que anhelan, cuando les falta algo tan sencillo como tiempo para sentarse a hablar con ellos. ¿Eso es vivir y disfrutar de la familia y de los hijos?
Muchas cosas se podrían reflexionar en este sentido. Ojalá aprendiéramos a saber vivir dándole valor e importancia a lo que realmente lo tiene porque nos hagamos una buena escala de valores para construir nuestra vida.


lunes, 22 de octubre de 2018

Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre



Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

Arranca hoy el evangelio de una situación que no es tan ajena a nuestros días, como lo ha sido en todos los tiempos, de unos hermanos que disputan por la herencia recibida de sus padres. Ya digo no es tan ajeno a lo que sigue sucediendo en nuestros días, porque cuantas familias se rompen por la distribución de una herencia que nos manifiesta bien claramente cuales son las ambiciones que seguimos teniendo en nuestros corazones y la pobreza de valores en nuestra vida cuando por unos dineros que hoy podemos tener pero que mañana se nos pueden acabar perdemos la unidad y el amor de una familia.
Pero es que aunque queramos decir que no sigue dentro de nosotros la ambición por el tener  olvidándonos que es mucho más importante lo que somos que lo que tenemos. Seguimos soñando con ganarnos una lotería o cualquier otro juego de azar, ambiciones que en ocasiones nos esclavizan perdiendo incluso todo lo que podamos tener por esos sueños que nunca llegan. Algunas veces hasta convertimos en motivo principal de nuestra oración a Dios el conseguir esa riqueza, el ganarnos esa lotería, el vernos así de importantes y de poderosos cuando llenemos de riquezas nuestra vida.
Cuantas cosas haríamos en nuestros sueños si la suerte estuviera de nuestra parte y de la noche a la mañana nos volviéramos ricos. Pero ya sabemos en lo que puede terminar nuestra vida cuando tan fácilmente nos dejamos esclavizar por lo material, la ganancia o el dinero, la riqueza que parece que nos puede dar más brillo o más poder. Terminamos cifrando muchas veces la felicidad en esas cosas y no somos capaces de ser felices con lo que es nuestro ser más profundo adornado de unos sólidos valores.
Es lo que nos quiere despertar hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Qué demodelora es la codicia que nos hace ambiciosos, que nos ciega y nos embrutece porque nos hace perder de vista los verdaderos valores, que nos esclaviza y hasta tortura nuestro espíritu mientras no consigamos aquello material que tanto anhelamos.
Todo porque queremos tener una vida placentera y sin problemas que nos endiosa en nosotros mismos y termina aislándonos de los demás. Y es que tenemos que preguntarnos seriamente en qué ciframos la felicidad, qué felicidad es la que buscamos. ¿Y cuando se nos derrumben esos castillos de nuestros sueños en qué vamos a fundamentar nuestra vida? De la misma manera se nos derrumbará entonces la vida.
Porque la vida un día se nos acabará ¿y qué quedará todo aquello que tanto habíamos codiciado? ¿Podemos llevarnos al más allá todas esas riquezas y ambiciones sobre las que habíamos edificado de la vida? Desnudo nací y desnudo me iré a la tumba, y todo eso quedará atrás. Por eso hay quienes tanto temen a la muerte, porque se les acaba el disfrute de esas cosas materiales y sienten que otro se va a aprovechar de ellas. Significa eso qué poca trascendencia le hemos dado a nuestra vida, de qué pocos valores verdaderamente humanos y espirituales nos hemos dotado.
Jesús nos propone la parábola del hombre que tuvo una gran cosecha, de manera que agrandó sus bodegas y graneros para acumular todo lo que había cosechado, y cuando se disponía ya a vivir de la vida lejos de cualquier preocupación y disfrutando de todos aquellos bienes materiales, le vino la hora de la muerte. ¿De qué le sirvió todo aquello que había acumulado poniendo en ello toda su felicidad?
Tenemos que replantearnos nuestros valores, aquellas cosas por las que luchamos, buscar y descubrir cuales han de ser esos verdaderos valores que van a dar verdadera transcendencia y continuidad a nuestra vida. Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre.

lunes, 23 de octubre de 2017

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Si yo me sacara la lotería, pensamos y ahora que viene el gordo de navidad todos estamos soñando con él, si tuviera suerte en ese bote que tiene la primitiva, y así vamos soñando y soñando continuamente a ver si un día nos cae… y ya pensamos que todos los problemas los tenemos resueltos, que ya no tendremos que andar con preocupaciones ni tener que levantarse a trabajar todos los días. Cuántas cosas nos vienen a la imaginación de lo que podríamos hacer si tuviéramos ese dinero, aunque no sé si luego realmente haríamos algo de todo eso que hemos soñado. ¿Serán esas las únicas metas de nuestra vida?
No estamos tan lejos de aquel rico del que nos habla Jesús hoy en la parábola. El realmente se lo había trabajado y aquel año había sido de buenas cosechas; había tenia que agrandar sus graneros para acumular toda su cosecha. Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. También nosotros no lo ponemos todo en la suerte que nos podría caer, sino que quizá queríamos ver un efecto extraordinario del fruto de nuestro trabajo. Algunos quizá se afanan con sus malas artes en los negocios o en todo ese mundo de influencias y no se cuantas cosas entre las que nos movemos hoy. Y vendrán quizá detrás tantas cosas y consecuencias en este mundo tan corrupto en el que vivimos.
Todo esto tendría que hacernos pensar, como lo quiere Jesús en el texto que se nos propone en el evangelio. Por allá andaban dos hermanos peleándose pos cuestiones de herencias – no está tan lejos de lo que sucede en tantas familias hoy – y Jesús nos recuerda que no seamos tan codiciosos y tan avaros. Pero claro, todo eso arranca del sentido y del valor que le demos a las cosas y a la vida.
No nos dice Jesús que dejemos de lado nuestras responsabilidades, ni que no tengamos derecho a ver el fruto de nuestros esfuerzos y trabajos y que tenemos que buscar la manera, con buenas formas, de ir logrando una vida mejor y vivir con mayor dignidad. Pero claro la dignidad no está solo en el bienestar material, ni en los honores y reconocimientos que podemos recibir de los demás.
Hay algo más hondo en la vida de la persona que tenemos que saber buscar. Más hondo y con mayor altitud de miras. Porque no nos podemos quedar a ras de tierra, no nos podemos quedar en la materialidad de las cosas que manejamos con nuestras manos, no podemos pensar solo en el brillo que puedan tener los ahorros que acumulemos.
Hay otros tesoros en la vida que si nos conducen a una mayor dignidad de la persona. Es lo que tenemos que buscar. Es lo que de verdad nosotros crezcamos por dentro, no en lo que crece nuestro bolsillo.
Es la rectitud con que queremos vivir nuestra vida y es esa nueva mirada con que nos acercamos a aquellos con los que convivimos o con los que nos vamos encontrando en la vida. Son esos valores del espíritu que nos hacen verdaderamente grandes y que darán verdadera trascendencia a nuestra vida. Son esos valores que queremos vivir en la familia y tratamos de inculcar a nuestros hijos.
Es esa amabilidad y bondad que pongamos en la vida y que dan tinte y color a nuestras relaciones con los demás que cada día serán más armoniosas. Es lo que seamos capaces de hacer por los demás para ayudar a que todos vivamos con la misma dignidad y que harán que cada día nuestro mundo sea mejor.
Y todo eso no es algo que se compra o se venda con dinero o con riquezas y oropeles. Eso supera el valor económico que puedan tener unos billetes o unas monedas. Eso puede surgir de un corazón lleno de bondad y que aleja siempre de él toda malicia y que es capaz de olvidarse de si mismo para darse por los demás.
Busquemos los verdaderos valores, démosles esa profundidad a nuestra vida, llenemos nuestro espíritu de ese amor y de esa paz que no solo nos hará sentirnos bien por dentro sino que hará que también quienes estén a nuestro lado se sientan bien.

lunes, 17 de octubre de 2016

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Cuántos sueños y ambiciones nos creamos en nuestro interior al pensar que la posesión de bienes es la solución de nuestra vida

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes…’ Es la respuesta que Jesús le da a uno que viene a suplicarle para que medie en un conflicto entre hermanos sobre cuestiones de herencias. Parece una cosa tan normal. Entonces y ahora. Siguen conflictos semejantes hoy en que las familias se destrozan, los hermanos terminan poco menos que odiándose por la posesión de unos bienes materiales.
Son los conflictos humanos que nos encontramos cada día cuando los intereses que tenemos van por lo material, cuando quizá ponemos nuestra felicidad en la posesión de unos bienes o unas riquezas. Es el descalabro que se arma en la vida cuando no buscamos una verdadera escala de valores para darle a cada cosa su importancia y poner cada cosa en su sitio. Y es en lo que Jesús quiere hacernos reflexionar.
No nos dice Jesús que esos bienes materiales sean algo malo en sí; es el uso que hemos de saber darles, o es la posesión que esas cosas hayan hecho de nuestro corazón o nuestra vida. No es solo que ambicionemos poseer medios para nuestra vida y para nuestra subsistencia, no es la posesión que de ellos hagamos nosotros, sino como esas cosas hay el peligro de que lleguen a poseer nuestro corazón cuando las hagamos imprescindibles de nuestra vida de manera que parece que nada podemos hacer ni nada tiene sentido si no llenamos nuestra vida de riquezas. Terminarán esclavizándonos.
Jesús nos propone la parábola de aquel hombre trabajador, hay que reconocerlo, que un día obtiene un precioso fruto de su trabajo de manera que sus bodegas y almacenes se hacen cortos para todo lo que tiene que guardar. Las agranda todo lo que sea necesario y cuando lo tiene todo almacenado ya se cree el hombre más feliz del mundo. Ya no tendrá que trabajar más, ahora a darse la buena vida.
No sé, pero me recuerda, los sueños y las ambiciones que nos creamos en nuestra mente cuando pensamos que nos vamos a sacar la lotería o cualquiera de esos otros juegos de hacer que prometen tantos y tantos millones. Ya tendremos la vida resuelta, ya se nos acabaron los problemas para siempre, ya comenzamos a pensar solo en nosotros mismos, a como lo vamos a pasar, lo que vamos a disfrutar de la vida, si acaso le echaremos una mano a algún familiar o a algún amigo en apuros, pero que no piense que nosotros se lo vamos a resolver todo.  Como en nuestros sueños nos volvemos ambiciosos y hasta usureros. A todos se nos pueden pasar esos sueños por nuestra cabeza.
La parábola que nos propone Jesús termina de forma abrupta. Aquel hombre murió aquella noche, y todo aquello que había acumulado ¿de qué le había servido? ¿quién se iba ahora a beneficiar? ¿de qué nos vale ese amasar riquezas? No le habían servido ni para prolongar la vida ni realmente para una vida mejor; no había sido capaz de compartir con nadie porque solo había pensado en si mismo, y no había, entonces, sabido guardar los tesoros allí donde la pollilla no los corroe ni los ladrones se los pueden robar, como nos dirá Jesús en otros momentos del Evangelio. ¿Dónde había puesto su corazón? Allí donde estaba lo que él consideraba que eran sus tesoros.
Otros textos del evangelio podríamos recordar aquí, como aquel joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo suyo para seguir a Jesús a pesar de sus deseos de alcanzar la vida eterna. O podríamos recordar también la parábola de los talentos que hay que saber hacer fructificar. ¿Lo que tenemos lo hacemos fructificar en beneficio de lo demás? Porque ese venderlo todo para darlo a los pobres podría traducirse en crear lugares de trabajo donde esos que ahora nada tienen puedan ganarse su sustento dignamente. Muchas consideraciones podríamos seguir haciéndonos y que tienen rabiosa actualidad en los momentos que vivimos en el estado de pobreza de nuestra sociedad.

domingo, 31 de julio de 2016

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
Por aquello de la responsabilidad con que hemos de asumir la vida y todas sus obligaciones tenemos la tentación de vivir muy obsesionados por la consecución de unos bienes materiales con los que podamos afrontar esas necesidades que tenemos y cumplir con nuestras responsabilidades. Enfrentarnos a las responsabilidades de la vida, podíamos decir, es nuestra obligación; lograr una vida digna y lo mejor posible para nosotros y para nuestra familia forma parte del día a día de nuestra existencia. Pero hay una tenue línea roja que nos puede llevar a convertirlo en obsesión y al final en avaricia porque lo que queremos es acaparar y acaparar porque con eso creemos que tenemos nuestras seguridades.
Es cierto, hay que decirlo, que forma parte de las exigencias del evangelio que queremos vivir el desarrollo total de nuestras capacidades y valores, que el talento que tenemos en nuestras manos no lo podemos enterrar porque eso sí que seria dejación e irresponsabilidad, y que en consecuencia hemos de saber hacer fructificar nuestra vida en el desarrollo de esos valores que poseemos. Pero eso nunca debe encerrarnos en nosotros mismos, y ese es un peligro y tentación que tenemos.
El cumplimiento de nuestras responsabilidades y el desarrollo de nuestros valores no deben encerrarnos en el egoísmo y la insolidaridad; tenemos el peligro de la codicia, de la avaricia que nos encierra y nos vuelve duros e inhumanos. Pareciera que todo el objetivo está en la ganancia y la acumulación de bienes y riquezas. Y eso puede traernos muchas connotaciones negativas desde el endurecimiento de nuestro corazón, el aislamiento por desconfianza hacia los que nos pueden hacer mermar nuestras ganancias, la insolidaridad que nos hace pensar primero en nosotros mismos y nos cierra los ojos a las necesidades que puedan estar pasando los demás, a la larga la injusticia porque queremos hacernos dueños absolutos de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos no solo para nosotros sino para bien de toda la humanidad.
Es lo que hoy Jesús nos quiere hacer reflexionar en el evangelio.  ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Nuestra vida vale mucho más que unos bienes o riquezas que podamos poseer; la riqueza más grande está en nuestro yo cuando se abre a un nosotros, en esos valores que hay en nosotros que nos hacen desprendidos, generosos, abiertos al compartir, con un corazón compasivo y lleno de misericordia, comprometidos seriamente con lo bueno y con lo justo para bien de todos. El cumplimiento de nuestras responsabilidades no  nos puede encerrar en la codicia, sino abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia con los demás.
Y Jesús nos propone la parábola de aquel hombre rico que le iban muy bien las cosas pero que solo pensaba en agrandar sus graneros para olvidarse de todo y de todos y solo pensar en si mismo viviendo su vida a su manera. Pero eso acumulado un día se acabará más pronto o más tarde, como le sucede al hombre de la parábola de forma inesperada. ¿Qué le queda de su vida cuando solo ha pensado en la posesión de esos bienes materiales? Solo ha sabido cultivar lo material de una forma avariciosa y cuando le faltan esas cosas su vida estará vacía y sin sentido.
Pensemos, sí, qué huella vamos a dejar nosotros en nuestra sociedad a nuestro paso por el mundo. ¿Por qué nos van a recordar? ¿Porque vivimos encerrados en el castillo de nuestro yo aislándonos de los demás y consentidos en el orgullo de esas vanidades que un día se disiparán como humo? Tendrá que ser otra la sombra que proyectemos sobre nuestro mundo, tendrá que ser otro el buen olor que dejemos a nuestro paso si sabemos cultivar los buenos valores; no será con las manos vacías cómo  nos presentemos ante Dios el día en que El nos llame a su presencia.
Hoy termina diciéndonos Jesús ‘así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’. Como nos dirá en otro lugar del evangelio acumulemos ‘tesoros en el cielo donde los ladrones no los roban ni la polilla los corroe’. Por ahí han de caminar las grandes responsabilidades de la vida y es ahí donde encontraremos la verdadera seguridad.