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domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


jueves, 10 de septiembre de 2026

El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

 


El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138;  Lucas 6, 27-38

¿Qué podemos decir para dar una explicación que sea más clara que las propias palabras del evangelio que hoy escuchamos? Creo que si nos pusiéramos a dar muchas explicaciones al final terminamos mancillando esta página y quizás haciéndole decir lo que no dice. Jesús nos habla con toda claridad. Pero la claridad está no sólo en sus palabras, porque de alguna manera tiene que expresarse sino en lo que es su propia vida. No nos enseña ni nos pide ninguna cosa que Él no haya vivido.

Por eso decimos siempre que el evangelio es Jesús; El mismo es esa buena noticia para nosotros porque en Él está reflejado todo lo que nosotros hemos de vivir cuando aceptamos su evangelio. No es aceptar palabras sino aceptarlo a Él. No podemos ver otra cosa, otro razonamiento sino su amor y nos toca entonces amar como Él nos ha amado. No olvidemos que es el modelo y el límite – pero no por abajo, sino por arriba – que nos pone cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Y ahí se acabaron las medidas y los límites.

En el evangelio de Lucas estas palabras que hoy hemos escuchado vienen inmediatamente después de que nos propusiera las bienaventuranzas. Y quiero fijarme en una; cuando nos dice que seremos dichosos y bienaventurados cuando nos odien y nos insulten. Podríamos pensar que eso es algo bien difícil de hacer, porque encima de que estamos recibiendo odios e insultos, calumnias y acusaciones, violencias que nos dañan no solo por el maltrato físico que podamos recibir sino por la indignidad a la que nos someten, tengamos incluso entonces que sentirnos felices, decir que somos bienaventurados por eso, cuando parece que la reacción más espontánea sería otra.

Y ahí está la clave, no vamos a reaccionar como parece que espontáneamente tendríamos que hacerlo sino que como nos dirá hoy tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, tenemos que ser capaces de despojarnos de nuestro manto para compartirlo con aquel que nos lo quiere quitar, tenemos que ser capaces de prestar no porque luego nos lo vayan a devolver y con intereses sino sabiendo que no podrán nunca hacerlo porque no tienen con qué, tenemos que ser capaces no solo de poner buena cara cuando nos insulten sino también de rezar por esas personas pidiendo a Dios lo mejor para ellas. No es tarea fácil porque no es lo que espontáneamente haríamos, porque el cuerpo nos lo pide como solemos decir. Seremos dichosos y felices, nos decía la bienaventuranza cuando seamos así maltratados.

Es que la honda en la que nosotros entramos es otra. Nuestra sintonía tiene que ser la del amor; y cuando suena la sintonía del amor de Dios sonará para todos, porque en ese amor nadie se puede sentir excluido. Veamos el camino de Jesús porque es el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre que ha sido ha querido encarnarse para estar en medio de nosotros.

¿Quiénes lo rodean porque realmente están comenzando a sentirse amados de verdad? Los pobres y los humildes, los que son sencillos y quieren ser limpios de corazón, los que sienten por otra parte los peores tormentos del corazón porque no solo por si mismos se sienten pecadores sino porque además son los despreciados de todos los que se consideran puros; acoge a la mujer pecadora y se siente a la mesa con los pecadores; le echarán en cara que acoge y come con los publicanos, pero también se ha sentado a la mesa de los fariseos que tienen aun más duro el corazón; en el camino de la cruz se dejará consolar hasta dejarse limpiar el rostro como un día en camino a la casa de Jairo dejará que una mujer impura toque su manto para ser curada; permitirá que lo crucifiquen entre dos ladrones porque está dispuesto a abrirle las puertas del paraíso aquella misma tarde tan pronto sienta el arrepentimiento en su corazón; mientras lo están cosiendo al madero todavía tendrá una súplica de perdón para quienes lo están haciendo disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen.

¿Nos extraña, pues, que nos pida que amemos a nuestros enemigos y recemos por quienes nos afligen? El sol que brilla en lo alto y que a partir de su muerte en la cruz va a tener un nuevo resplandor lo hace sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, ¿quiénes somos nosotros para ir poniendo sombrillas a nuestro paso para que no llegue nuestro amor también a todos? No es necesario decir mucho más sino escuchar directamente las palabras del evangelio.


martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


lunes, 10 de agosto de 2026

No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

 


No seamos una fruta que nos guardamos para nosotros mismos sino generosamente sembremos la semilla que generará abundantes frutos de vida

2 Corintios 9, 6-10; Salmo 111; Juan 12, 24-26

Supongamos que alguien ha tenido especial cuidado en cultivar una planta porque quería sacar un fruto maravilloso que poco menos que fuese único; lo ha logrado aquel fruto es la joya de su corona, y como todo fruto tiene una semilla en su corazón; pero quiere conservar ese fruto, guardarlo como signo y señal de su trabajo, dedicación y esfuerzo.

Claro aquel fruto podría ser alimentación de alguien y como todo alimento produce vida; o la semilla de aquel fruto podría sembrarse de nuevo que se multiplicaría en nuevos frutos generadores de mucha vida; pero aquel de quien estamos hablando no quiere ni una cosa, ni otra, solo guardar su fruto como perenne testimonio de su esfuerzo y llamarla así sabiduría; pero sabemos en lo terminan unos frutos a los que no dejamos que de una forma o de otra sean transmisores de vida; se pudrirá y secará, nadie tendrá beneficio de vida porque a nadie alimentará y perderá todo su sentido y valor.

¿Podría ser así nuestra vida? ¿Nos podrá suceder algo así que por el sentido que le hayamos dado a nuestra vida al final quedemos sin ningún fruto de vida? ¿Nos queremos guardar tanto que al final no somos generadores de ninguna vida? ‘El que se ama a si mismo, se pierde’, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Nos amamos tanto que no queremos gastarnos y al final podremos ser un adorno muy bonito pero nos hemos perdido porque hemos perdido el sentido de nuestro vivir que es dar vida.

Nos habla Jesús de la semilla sembrada en tierra para que sea fecunda. ‘En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto’. Es lo que vemos en Jesús y con ello encontramos el significado de pasión y de su muerte; es lo que nos está enseñando que tiene que ser nuestra vida. Por eso o podemos guardarnos para nosotros mismos; por eso nuestro auténtico testimonio es el del servicio, el de la entrega, el de amor con todo el sentido del amor verdadero.

Algunas veces lo olvidamos o nos confundimos; amamos porque nos sentimos complacidos con alguien que hace algo por nosotros, pero no somos los que hemos tomado la iniciativa de comenzar a darnos, de poner generosidad en nuestra vida, de olvidarnos de los beneficios que podamos obtener porque lo importante es lo que yo pueda enriquecer a los demás. Algunas veces decimos que amamos, pero en el fondo somos unos profundos egoístas, porque no prima el desinterés, el altruismo verdadero, la generosidad sin esperar nada a cambio.

Hoy la liturgia nos ha propuesto este texto del evangelio cuando estamos celebrando a san Lorenzo mártir. Al pensar en san Lorenzo siempre nos acordamos de la parrilla donde fue quemado en su martirio, pero el martirio de san Lorenzo fue mucho más allá de eso. Mártir significa testigo, y es lo que no podemos olvidar, su testimonio pasaba por la generosidad. Era diácono de la Iglesia de Roma con el Papa Sixto III y como tal era el encargado de ejercer la caridad en nombre de la Iglesia con los pobres y necesitados, alimentándolos en sus necesidades. Y ese fue su testimonio grande de fe y de amor, que le llevaría luego al martirio dando su vida quemado en la hoguera porque un día había dicho que la riqueza de la Iglesia eran los pobres a los que alimentaba.

La generosidad desde el amor era el sentido de su vida y su testimonio que lo hacía testigo de una fe que envolvía y empapaba toda su vida. ‘Y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna’, como nos diría Jesús en lo que hemos escuchado hoy del evangelio. Y generosidad es olvidarse de si mismo para pensar en el otro, para regalar amor. Y la generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad no se guarda nada para si mismo. Nos estará hablando de la grandeza de nuestro espíritu porque es exigencia y consecuencia de nuestra condición humana, de ese sentido social de todo ser humano: algo, pues, esencial al género humano de manera que nos atrevemos a afirmar que no ser generoso nos hace inhumanos. Por eso nos decía san Pablo: ‘El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará’.


domingo, 2 de agosto de 2026

La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

 


La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

Isaías 55, 1-3; Salmo 144; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21

La compasión y la misericordia mueven también a compasión; la ternura de un corazón que se derrite de amor nos hace sentir cómo se despierta esa ternura de nuestro corazón. Las lágrimas que se desprenden de un corazón compasivo se convierte en lluvia dorada que transforma nuestra sequedad y aridez en campo florido de amor. Por eso tenemos que estar convencidos que es el amor y solo el amor el que transforma nuestro mundo para bien y para poder alcanzar la mejor armonía de paz.

Con este pensamiento vengo a resumir lo que es el hermoso mensaje que nos transmite hoy la Palabra de Dios. Pudieran parecernos bellas anécdotas o historias ejemplares las que se nos ofrecen pero están manifestándonos toda la hondura del amor de Dios que es el que tiene que envolver nuestra vida y que nosotros hemos de resumar por nuestros poros para transformar nuestra vida pero también para transformar el mundo que nos rodea.

No podemos ir de insensibles por la vida porque nosotros personalmente tengamos más o menos resuelta nuestra situación. La autosuficiencia es muy peligrosa porque produce sequedad e insensibilidad en nuestro corazón. La mirada con que contemplemos el mundo que nos rodea, si es que en verdad somos humanos y además nos llamamos cristianos seguidores de Jesús tiene que ser un reflejo de la mirada de Jesús. Hoy lo contemplamos en el evangelio y vemos que aquella mirada de Jesús. transformó la mirada de los que estaban a su lado despertando en ellos nuevas actitudes aunque no supieran bien cómo resolver el problema.

Nos comienza narrando el evangelista que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan Bautista quiso irse con sus discípulos más cercanos a un lugar tranquilo y apartado. ¿Quitarse del punto de mira de Herodes y de cuantos ya comenzaban a tramar contra El? Entra dentro de toda lógica humana, aunque como veremos en otros momentos también le gusta irse con sus discípulos cercanos a lugares de retiro y de silencio que aprovechaba para instruirlos de manera especial.

La gente se entera de los caminos que está tomando Jesús y a través de cualquier senda llegan al lugar donde iba a ir Jesús. Una multitud agotada por los caminos, haciéndose acompañar también por sus enfermos y cuantos sufrían le sale al encuentro. Y nos dice el evangelista que a Jesús. se le conmovieron las entrañas; normalmente traducimos la palabra utilizada por el evangelista como lástima o compasión, pero en la raíz griega de la palabra empleada viene a significar lo que hemos dicho, se le conmovieron las entrañas. Afloró la misericordia y la compasión, o lo que es lo mismo, poner el corazón al lago de la miseria y del sufrimiento; ¿no tiene que surgir entonces la ternura? Se puso a enseñar y a curar a los enfermos.

Pero aquella ternura del corazón de Cristo estaba también contagiando a los que le rodeaban. Como se hacía tarde vienen a decirle que los despida, que es tarde, que no tienen provisiones, que puedan ir a las aldeas cercanas a buscarse algo que comer. Era una señal en los discípulos de ese contagio de amor aunque no sepan qué más pueden hacer porque solo tienen cinco panes y dos peces. ¿Y qué es esto para tantos?

‘Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. No se tienen que ir abandonados a su suerte. ¿Sentís esa compasión en vuestro corazón? ‘Dadles vosotros de comer’. Nuestra preocupación no es sólo constatar la realidad sino que tiene que llegar a poner remedio, a buscar soluciones. Muchos trabajos de campo nos hacemos para ver la realidad, pero que se quedan ahí en un estudio bonito sin encontrar soluciones, y las soluciones tienen que pasar por nuestro compromiso personal que significa contar con lo que somos o tenemos, pero contar con las personas. Jesús. quiere contar con sus discípulos, entonces y hoy.

Hubo que sentar a las personas - ¿para que encontraran descanso en sus cansancios? - , porque venían exhaustos por el camino; hubo que ir encontrando aquellos cinco panes y dos peces de lo poco que tenían; hubo que comenzar a tener la predisposición de repartir y compartir, allí estaba la mano de Jesús en las manos de los discípulos que comenzaron a repartir el pan y los peces. Floreció el amor. ¿Serán pasos que tenemos que ir dando para que florezca nuestro mundo en una nueva humanidad?

Es el amor y la compasión el mejor caldo de cultivo que tiene que reflejarse en nuestras vidas. Y Jesús. quiere contar con nosotros, contigo y conmigo, aunque digamos que no tenemos sino unos pocos panes que no son suficientes para todos. Si me los guardo solo para mi claro que no alcanzarán, pero cuando llegan a conmoverse las entrañas como una madre que siente en su corazón lo que le pasa a sus hijos, comenzaremos a desprendernos, comenzaremos a olvidarnos de nosotros mismos, comenzaremos a desparramar amor.

Así estaremos creando una nueva humanidad.


sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

‘Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

jueves, 9 de julio de 2026

no son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y generosidad

 


No son los medios sino nuestra humilde disponibilidad y nuestra generosidad con los hacemos el anuncio del Reino

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Salmo 79; Mateo 10, 7-15

La vida no depende solamente de los medios materiales que tengamos; son necesarios porque además vivimos en un mundo excesivamente mercantilista y a todo le ponemos precio y para todo parece que necesitaríamos esos medios materiales. pero vivir es algo más; hacer por la vida no se reduce a que tengamos o no tengamos medios materiales, porque estamos nosotros, con nuestro ser, nuestros valores, nuestras capacidades y muchas veces sin un duro podemos hacer maravillas. Es lo que nosotros nos implicamos desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto podemos decirlo, aunque muchas veces nos cueste comprenderlo y hacerlo, de todos los aspectos de la vida.

Parto de esa experiencia humana que tendríamos que saber trasladar a lo que es la vida de la Iglesia y su acción pastoral; muchas veces decimos que nos vemos con las manos atadas para tantos proyectos que quisiéramos realizar porque decimos que no tenemos medios. ¿Dónde están las personas y su compromiso? ¿Dónde está el dejarnos en verdad conducir por el Espíritu? Es a lo que nos quiere conducir hoy el evangelio.

Ayer escuchábamos cómo escoge a doce de entre todos sus discípulos para que sean los Apóstoles, sus principales enviados, como imagen además de lo que será el envío que nos haga a todos. Y con los poderes, como decíamos ayer, que les da han de ir realizando lo mismo que Jesús para hacer el anuncio del Reino de Dios y mostrar las señales de que nos ha llegado el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos da unos detalles para cómo realizar esa misión. Y nos envía sin nada, quiere que vayamos desprendidos, por eso ni dinero en el bolsillo ni túnicas de repuesto, solo unas sandalias y un bastón para el camino. Han de ir con la disponibilidad del corazón pero también abiertos a lo que puedan recibir. Por eso les dice que se queden en la casa donde los reciban. No van desde el poderío ni desde las distancias de sentirse ricos y poderosos, van con la humildad de la pobreza y de los que saben que dependen no de sí mismos sino en este caso de los demás, de allí donde los reciban, y por supuesto del Espíritu del Señor que es su fortaleza y su sabiduría.

Nos tiene que hacer pensar, es cierto, en nuestros grandes proyectos pastorales y de lo que llamamos el prestigio de la Iglesia que queremos conservar; pero el prestigio y el valor ni está en las grandes obras, ni en la presentación ostentosa de la presencia de la Iglesia. De cuántas vanidades y orgullos nos tenemos que desprender para ser en verdad esa Iglesia de Jesús tal como vemos en aquella primera comunidad que se reunió en torno a Él.

Pero también nos lo tenemos que pensar a la hora de lo buenos que tenemos que hacer a los demás, de la semilla que tenemos que ir sembrando en nuestro mundo, de ese compromiso con que hemos de vivir nuestra vida alentada por el espíritu de la fe. No podemos, no somos capaces, no sabemos qué hacer, no tenemos medios… son cosas que nos decimos y tras las que nos escudamos y al final terminamos sin hacer nada. ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde está nuestra disponibilidad y la generosidad de nuestro corazón? 

Muchas cosas tenemos que pensar y revisar, muchas decisiones serias y valientes tenemos que tomar, mucha confianza hemos de poner en el Señor.


sábado, 6 de junio de 2026

Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios


Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios

2Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Marcos 12, 38-44

¿Seguiremos hoy haciendo gala de nuestros ropajes, aprovechando cualquier oportunidad para hacer gala de nuestra importancia, para hacer a los demás nuestra valía o la capacidad que tenemos de influencias, avasallando con nuestra preponderancia a los que nos rodean porque nos sentimos superiores? No se trata, y creo que lo entendemos, de tocar trompetas o campanillas delante de nosotros como nos denuncia hoy Jesús en el evangelio la actitud de los escribas, pero sí de ciertas actitudes que muchas veces nos rebrotan con las que vamos haciendo nuestras distinciones, vanidades que nos endiosan, o actitudes discriminatorias porque con no todos queremos mezclarnos.

El evangelio de hoy es para escucharlo con atención y meditarlo mucho en nuestro corazón. Porque frente a aquello con lo que Jesús estaba haciendo reflexionar a la gente aparece inmediatamente reflejado en aquellos que van entrando en el templo. Y Jesús nos hace estar atentos, solo El será capaz de percibir el sentido de los gestos que allí se van manifestando. Allí están las arcas de las ofrendas y Jesús observaba como ostentosamente muchos hacían grandes ofrendas, mientras había quien humildemente ofrecía de lo poco que tenía pero nunca buscando la ostentación ni la apariencia de la vanidad.

Es Jesús el que observa la ofrenda de aquella viuda pobre que solo echó dos monedillas, como nos comenta el evangelista, un cuadrante. Y Jesús lo destaca, se lo hace ver a los discípulos que tiene más cercanos. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el que se apoya en la vida no en lo que tiene, sino que pone toda su confianza en Dios. Ha echado todo lo que tenía para vivir, que señala Jesús; se ha quedado sin nada. Es la mujer de la bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielo’, que nos dirá Jesús en el Sermón del Monte. ‘Dichosos los que tienen hambre, porque ellos serán saciados’, seguirá diciendo Jesús.  Ya María había cantado también dando gloria a Dios por las maravillas que realiza en nosotros porque ‘su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

¿Quién salió enaltecido y colmado de bienes ese día del templo? Quienes tacañamente se habían contentado con dar de lo que les sobra, seguramente saldrían con el corazón vacío, quien se había desprendido de todo por la generosidad de su corazón llevaría en sí un gozo y una satisfacción que por nada se podría cambiar. ¿No nos habrá sucedido a nosotros mismos en alguna ocasión en que a regañadientes, porque por algunas circunstancias nos vimos como obligados, tuvimos que desprendernos de alguna cosa que luego nunca sentimos ninguna satisfacción interior sino que más bien seguíamos rechinando por aquello que hicimos a regañadientes? ¡Qué bien nos sentimos cuando somos generosos y desprendidos aunque nos quedemos sin nada!

Aquel fariseo de la parábola que había subido al templo para hacer gala delante de todos de lo bueno que era y de las cosas que hacía, nos dice Jesús que no bajó justificado, pero sí aquel que se había sentido pequeño y humilde poniendo su vida en las manos de Dios. Detrás de nuestras vanidades, de nuestras apariencias, de nuestras aspiraciones a grandezas humanas, como decíamos al principio, ¿qué es lo que nos queda? Un vacío interior. Solo en el amor y en nuestra confianza en Dios es cómo realmente nos sentiremos saciados.

 

jueves, 30 de abril de 2026

Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

 


Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

¿Seremos solo personas de palabras bonitas pero que luego no se ven corroboradas con las obras que hacemos? Somos muy fáciles para decir cosas bonitas, para dar un consejo, para criticar lo que nos parece mal, para ir diciéndole a todo el mundo lo que tienen que hacer, pero llevar esos consejos a la práctica de nuestra vida, no caer en esas cosas que juzgamos mal y que criticamos, hacer nosotros primero eso que le decimos a la gente es cosa que no nos resulta tan fácil. La veracidad y autenticidad de las palabras se las dan las obras que hacemos. Es cierto que somos débiles, que no somos perfectos, pero un deseo de superación tiene que haber en nuestra vida. Una capacidad de comprensión ha de acompañar todo esto.

En el evangelio hemos escuchado hoy algo que Jesús nos dice y que casi pasa desapercibido. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Tenemos que situarnos en el momento en que Jesús les dice estas palabras a los discípulos, fue en la cena pascual. Jesús había comenzado remangándose, podríamos decir, porque se había quitado el manto y se había ceñido una toalla y se había puesto a lavar los pies de los discípulos, a todos, sin diferencia ni distinción, sabiendo incluso como ahora les recuerda que uno lo iba a traicionar, incluso a Pedro que ahora se mostraba reticente ante el gesto de Jesús pero sabiendo Jesús que horas más tarde le iba a negar.  Y había terminado diciéndoles, como tantas veces hemos reflexionado, que si El, el Maestro y el Señor,  les había lavado los pies también ellos debían lavarse lo pies los unos a los otros.

‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, escuchamos ahora decir a Jesús. Nos emocionamos quizás ante el gesto de Jesús, pero ahí no nos podemos quedar. Es la actitud de vida que nosotros hemos de mantener, el espíritu de servicio, pero a todos sin distinción, como lo había hecho Jesús. Y eso nos cuesta, porque amar a nuestros amigos, amar a aquellos que nos hacen el bien parece como una correspondencia natural, pero ahí no nos podemos quedar los discípulos de Jesús.

Y esas son las piedras de tropezar que vamos encontrando en los caminos de la vida, porque no todos nos caen bien de la misma manera, y tenemos nuestras reticencias y queremos medir lo que hacemos y a quien lo hacemos; porque nos parece que no todos son merecedores de nuestro amor. No son los merecimientos por lo que nos hayan hecho lo que nos tiene que motivar al amor, es podemos decir por una parte la dignidad de toda persona que nos merece respeto, pero es el considerar que todos son hijos amados de Dios; y si Dios los ama, ¿quién soy yo para enmendarle la plana a Dios y decir que esos no son merecedores de su amor?

Y ya no son solo los que nos pueden caer bien o más o menos regular, sino que Jesús nos ha enseñado a amar también a los que no nos aman, a los que nos hacen daño. Tendríamos que recordar muchas veces aquellas palabras de Jesús en el sermón del monte. Tenemos que recomenzar de nuevo a contemplar esta escena del principio de la cena pascual donde Jesús lava los pies de sus discípulos, también de aquel que le iba a negar a pesar de tantas porfías de amor, pero también a aquel que le traicionaba y con un beso, pero por treinta monedas, iba a entregar al Hijo del hombre.

Qué el Señor nos conceda aprender a amar. Que el Señor sane nuestros corazones y seamos capaces de sentir la paz que nos da el amor. Pero amar con todo lo que en sí significa la palabra, porque el que ama se da, el que ama se entrega, el que ama es capaz de dar la vida por el amado. Lo contemplamos en Jesús. ¿Seremos capaces de hacerlo? Que no seamos personas de palabras bonitas, sino que las obras de nuestro amor auténtico pongan la firma a las palabras hermosas que decimos.

viernes, 17 de abril de 2026

Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

 


Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

Hechos 5, 34-42; Salmo 26;  Juan 6, 1-15

Cuántas veces nos pasa, nos creemos tan autosuficientes y únicos que nos parece que somos los únicos que sabemos y que solo nosotros hacemos las cosas bien, nos cuesta contar con los otros, admitir la capacidad que los otros tienen también, a lo sumo les permitimos que colaboren en algunas cosas pero siendo siempre nosotros los que llevemos la voz cantante. ¿Será orgullo? ¿Será vanidad?, seguro que hay mucho de autosuficiencia.

Hoy Jesús nos da una lección. Bueno siempre es mucho lo que nos enseña el evangelio porque siempre es un mensaje de vida. Jesús había marchado a la otra orilla del lago, aunque Jesús quisiera la soledad con sus discípulos más cercanos las multitudes se agolpan porque quieren escucharle, porque quieren estar con El; se han despertado las esperanzas del pueblo y allí donde se puede encender y mantener viva esa luz de la esperanza acuden en masa.

Ha sentido compasión de ellos porque están como ovejas sin pastor y se ha puesto a enseñarles, pero se acerca la tarde, están lejos de los poblados y a aquella gente se les han acabado las provisiones. Habrá que buscar pan para toda esa gente, pero, ¿dónde encontrarlo? Es lo que le plantea Jesús a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’, le dice Jesús a Felipe que es el que ahora está más cerca de Él. Jesús quiere contar con los discípulos. Como diría otro evangelista narrándonos este mismo hecho ante la solicitud de los discípulos Jesús les dice ‘dadles vosotros de comer’. Alguno replicará buscando soluciones, ‘doscientos denarios de pan no dará para dar un trozo de pan a cada uno’.

Pero Jesús sigue esperando iniciativas hasta que alguien viene diciendo que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero, ¿qué es esto para tantos?’ Y Jesús cuenta con ello, serán cinco panes de cebada, el pan de los pobres, algo mísero e insignificante, pero grande ha sido la disponibilidad de aquel muchacho que no se los guarda para si sino que los pone a disposición.

Muchos gestos hermosos comienzan a aparecer, como podrían aparecer en la vida si nosotros supiéramos más contar con los demás. Nos quejamos tantas veces que nadie hace nada, pero ¿les habremos dado la oportunidad? Quizás vamos pensando en cosas extraordinarias o maravillosas pero las cuentas de Dios son otras, las medidas de Dios tienen otros valores. ¿No tendríamos que aprender?

Jesús no ha comenzado haciendo el milagro, haciendo cosas extraordinarias, Jesús ha comenzado contando con los discípulos, pero contando también con lo pequeño y que nos pueda parecer insignificante para todo lo que se quiere abarcar; ha contando con aquellos panes de los pobres que un pobre muchacho ha tenido sin embargo la generosidad de no sólo compartir sino de ponerlo todo a disposición de lo que se pueda necesitar. Es compartir, sí, pero aquí hay algo más, alguien se ha desprendido de todo lo que tenía aunque para él no quedara nada.

Y el milagro se realizó, comió la multitud que era mucha gente, pero aún sobró que se recogieron doce canastos para que nada se perdiera. ¿Qué puede valer mi pequeña aportación? Pensamos alguna vez. ¿Qué puede valer lo que yo haga que no va a ser sino un pequeño grano perdido en la inmensidad de la playa?  Pero junto con otros granos formará el montón. ¿De qué sirve lo que ese puede hacer si no sabe hacer nada y es lo más perdido que podamos encontrar? Es la acción de una persona, es una pequeña llama de amor que va contribuir a que se encienda esa hoguera especial que transformará nuestro mundo.

¿Aprenderemos a contar con los demás, incluso de aquel o de aquello que nos pueda parecer pequeño o insignificante?


viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.