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jueves, 30 de abril de 2026

Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

 


Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

¿Seremos solo personas de palabras bonitas pero que luego no se ven corroboradas con las obras que hacemos? Somos muy fáciles para decir cosas bonitas, para dar un consejo, para criticar lo que nos parece mal, para ir diciéndole a todo el mundo lo que tienen que hacer, pero llevar esos consejos a la práctica de nuestra vida, no caer en esas cosas que juzgamos mal y que criticamos, hacer nosotros primero eso que le decimos a la gente es cosa que no nos resulta tan fácil. La veracidad y autenticidad de las palabras se las dan las obras que hacemos. Es cierto que somos débiles, que no somos perfectos, pero un deseo de superación tiene que haber en nuestra vida. Una capacidad de comprensión ha de acompañar todo esto.

En el evangelio hemos escuchado hoy algo que Jesús nos dice y que casi pasa desapercibido. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Tenemos que situarnos en el momento en que Jesús les dice estas palabras a los discípulos, fue en la cena pascual. Jesús había comenzado remangándose, podríamos decir, porque se había quitado el manto y se había ceñido una toalla y se había puesto a lavar los pies de los discípulos, a todos, sin diferencia ni distinción, sabiendo incluso como ahora les recuerda que uno lo iba a traicionar, incluso a Pedro que ahora se mostraba reticente ante el gesto de Jesús pero sabiendo Jesús que horas más tarde le iba a negar.  Y había terminado diciéndoles, como tantas veces hemos reflexionado, que si El, el Maestro y el Señor,  les había lavado los pies también ellos debían lavarse lo pies los unos a los otros.

‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, escuchamos ahora decir a Jesús. Nos emocionamos quizás ante el gesto de Jesús, pero ahí no nos podemos quedar. Es la actitud de vida que nosotros hemos de mantener, el espíritu de servicio, pero a todos sin distinción, como lo había hecho Jesús. Y eso nos cuesta, porque amar a nuestros amigos, amar a aquellos que nos hacen el bien parece como una correspondencia natural, pero ahí no nos podemos quedar los discípulos de Jesús.

Y esas son las piedras de tropezar que vamos encontrando en los caminos de la vida, porque no todos nos caen bien de la misma manera, y tenemos nuestras reticencias y queremos medir lo que hacemos y a quien lo hacemos; porque nos parece que no todos son merecedores de nuestro amor. No son los merecimientos por lo que nos hayan hecho lo que nos tiene que motivar al amor, es podemos decir por una parte la dignidad de toda persona que nos merece respeto, pero es el considerar que todos son hijos amados de Dios; y si Dios los ama, ¿quién soy yo para enmendarle la plana a Dios y decir que esos no son merecedores de su amor?

Y ya no son solo los que nos pueden caer bien o más o menos regular, sino que Jesús nos ha enseñado a amar también a los que no nos aman, a los que nos hacen daño. Tendríamos que recordar muchas veces aquellas palabras de Jesús en el sermón del monte. Tenemos que recomenzar de nuevo a contemplar esta escena del principio de la cena pascual donde Jesús lava los pies de sus discípulos, también de aquel que le iba a negar a pesar de tantas porfías de amor, pero también a aquel que le traicionaba y con un beso, pero por treinta monedas, iba a entregar al Hijo del hombre.

Qué el Señor nos conceda aprender a amar. Que el Señor sane nuestros corazones y seamos capaces de sentir la paz que nos da el amor. Pero amar con todo lo que en sí significa la palabra, porque el que ama se da, el que ama se entrega, el que ama es capaz de dar la vida por el amado. Lo contemplamos en Jesús. ¿Seremos capaces de hacerlo? Que no seamos personas de palabras bonitas, sino que las obras de nuestro amor auténtico pongan la firma a las palabras hermosas que decimos.

martes, 4 de noviembre de 2025

Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

 


Quiénes nos ven entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones noten en nosotros la alegría del encuentro con los demás porque nos sentimos comunidad

Romanos 12, 5-16ª; Salmo 130;  Lucas 14, 15-24

Tenemos que vernos un día para comer juntos, nos dijo un amigo en alguna ocasión. Te vienes a casa que yo te invito y comemos juntos, y charlamos y pasamos la tarde juntos. Más de una vez quizás nos ha sucedido, pero no habrá sucedido también en más de una ocasión que ese día no ha llegado; no hemos terminado de poner de acuerdo, de que llegue esa ocasión. Quizás nuestras desganas, quizás porque decimos que tenemos tantas cosas que hacer que ni tenemos tiempo, quizás damos largas porque no me apetece, me parece un rollo, no siento que son tan amigos los que me invitan, quizás ando con suspicacias, y aparecen las disculpas, aparecen los despistes – porque cuando no tenemos ganas tenemos el arte de hacernos unos despistados – y no aprovechamos la ocasión para estar con esa persona, para compartir su mesa, para acercarnos un poco más a los demás.

Parece un rollo, pero es así cómo actuamos tantas veces. Y se convierte en una imagen de los intereses de nuestra vida, de la importancia que le damos nuestra relación con los demás, o podemos entrar en un estadio superior y podemos pensar en las invitaciones que recibimos de Dios a las que no hacemos caso tantas veces. Cuántas disculpas nos vamos dando, porque primero que nada tratamos de convencernos a nosotros mismos con esas disculpas, que son pasividades, que son cobardías, que son otros intereses que tenemos en la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos está proponiendo la parábola de los invitados a la boda, pero que rehusaron responder a la invitación. Quiere hablar Jesús del Reino de Dios y emplea la hermosa imagen de un banquete, como un banquete de bodas son sus fiestas y con sus alegrías, al que todos estamos invitados a participar y en el que todos podemos compartir la misma mesa; al final en aquel banquete no se sentaron los podía parecer que eran los invitados principales, sino que al final por el rechazo de algunos, fueron invitados todos los que encontraron en los caminos y la sala se llenó de comensales.

Es cierto que la parábola en una primera lectura está hablando de la situación de los judíos a los que se estaba anunciando el Reino de Dios, que lo rechazan, pero que al mismo tiempo aparece clara la voluntad de Dios de su universalidad.

También andamos tantas veces con nuestras malas voluntades; no siempre estamos dispuestos a escuchar esa invitación que nos está haciendo Jesús para que vivamos el sentido del Reino de Dios; ¿no queremos mezclarnos con todo el mundo? ¿Empezamos a resistirnos a participar de ese banquete del Reino porque Dios nos está pidiendo un corazón con mayor sentido de universalidad pero nosotros seguimos haciéndonos nuestras distinciones? Nos falta tantas veces ese sentido de fiesta y de comunidad; seguimos siendo cumplidores en muchas cosas pero no terminamos de ir al fondo de lo que es el mensaje de Jesús para vivir ese sentido de banquete y banquete festivo todo lo que sea encuentro entre cristianos.

Seguimos con nuestros individualismos en que cada uno va haciendo por si mismo lo que puede pero nos abrimos poco vivir esa comunión con los demás, para celebrar juntos nuestra fe, para juntos cantar con alegría y entusiasmo las alabanzas del Señor, para comenzar a colaborar los unos con los otros en esa tarea común del testimonio que hemos de dar de nuestra fe y de nuestro amor ante el mundo que nos rodea.

¿Quiénes nos ven, por ejemplo, entrar en nuestros templos para nuestras celebraciones litúrgicas notarán en nosotros esa alegría del encuentro con los demás que formamos la misma comunidad? Malamente nos damos los buenos días y cada uno entra por su carril buscando su banco de siempre sin importarle ni mucho ni poco los demás que están allí para una misma celebración. No damos la sensación de una comunidad que se ama y se alegra por encontrarse los unos con los otros sino que cada uno parece que vamos a cumplir con nuestro cupo.

¿Es así cómo damos testimonio del banquete del Reino de los cielos y de la alegría de ser invitados a él? ¿Daremos la impresión que vamos de mala gana porque solo vamos a cumplir? ¿No será una manera de no querer comer en ese banquete al que nos han invitado?

viernes, 19 de abril de 2024

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

 


Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En la vida escuchamos todo tipo de mensajes o contemplamos en los demás o en lo que nos rodea cosas que nos llaman la atención, cosas que nos pueden parecer interesantes y que en cierto modo nos gustaría a nosotros hacer algo semejante, mientras yo siga mi vida sin complicaciones en mis costumbres, en mis rutinas, en las cosas que hago de siempre porque así quizás me lo enseñaron y aprendí. 

Pero quizás dar otros pasos, donde nos comprometemos y complicamos nuestra vida con nuevas cosas que nos harían cambiar mucho de lo que hacemos, o quizás llegar hasta tal punto que tenemos que renunciar a mucho de lo que tenemos o  hemos conseguido, ya es como para pensárselo; querer ser amigo de una persona, porque me parece interesante, está bien, pero dar el paso a entrar en una comunión de vida que además me exige algo muy diferente, ya nos lo pensamos más. Son pasos que cuestan.

Por eso ante el evangelio de Jesús con todo lo que radicalmente nos plantea para nuestra vida, muchas veces queremos andar con tantos pies de tiento, que no terminamos de comprometernos por el evangelio. Y es que el evangelio nos pide una nueva y vital comunión con Jesús que nos hace entrar en un nuevo sentido y estilo de vida. Y por mucho que digamos que amamos y queremos amar, nos pesa mucho en nuestro interior nuestro individualismo que nos lleva por un lado a una autosuficiencia de querer bastarnos siempre por nosotros mismos, y a una insolidaridad que nos impide lazos de auténtica comunión.

De eso nos está hablando Jesús, lo hemos venido escuchando estos días pasados en todo este capítulo seis del evangelio de Juan, cuando nos ha hablado del pan de vida, de comerle para tener vida para siempre, y cuando termina diciéndonos que hemos de comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros. Ante estas palabras de Jesús nos cabe una interpretación tan literal de lo de comer su carne que nos parece que no queremos ser o parecer antropófagos; pero si entendemos lo de comer a Cristo como una señal de la comunión en la que hemos de entrar con El, nos vienen también nuestras pegas desde esa tentación que decíamos que tenemos al individualismo.

Por eso vemos el rechazo con que se manifiesta aquella gente de Cafarnaún al escuchar las palabras de Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Y dice que discutían entre ellos, porque no todos lo entenderían de la misma manera, y porque las exigencias de Jesús les pareciera que eran difíciles de cumplir. Como veremos, muchos ya no quisieron seguir con Jesús.

Pero Jesús sigue insistiéndonos en lo mismo. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. Habitar en Jesús, entrar en comunión con El, dejar que Cristo en verdad sea mi vida. Es algo que no se puede hacer de cualquier manera. Algo que tenemos que pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, a estar con El y hacernos uno con El. Porque además desde esa unión con Jesús vamos tener que entrar en comunión también con todos los que están en comunión con Jesús.

Y el campo entonces se amplía y se hace más universal. Y esta es una de las cosas que nos cuesta aceptar en nuestra vida cristiana. Porque bueno, como decimos, comulgar eso está bien, sentirme unido a Cristo porque me siento amado es algo que es cierto nos llena de dicha, sentirme unido a Dios y rezar está bien porque necesitamos de Dios, pero salirnos de ahí, para entrar en comunión con los demás, nos lo pensamos. 

Somos tan raquíticos en nuestras miradas que siempre estaremos viendo defectos en los otros, claro que los nuestros nunca los vemos, siempre sentiremos que aquel o aquella se nos atraviesan y no los podemos tragar pero no pensamos en lo antipáticos que nosotros nos ponemos a veces con los demás, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas.

‘El que me come vivirá por mi’, nos dice Jesús. O sea que ya no es nuestra vida, sino la de Jesús, pero también tenemos que decir, ya no es solo con nuestras fuerzas sino con la vida de Jesús. ‘El que come de este pan vivirá para siempre’. ¿Queremos tener para siempre esa vida de Jesús?

miércoles, 10 de enero de 2024

Caminos nuevos que se abren ante nosotros para la tarea de la evangelización porque hay otras partes a donde también tenemos que ir

 


Caminos nuevos que se abren ante nosotros para la tarea de la evangelización porque hay otras partes a donde también tenemos que ir

1 Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39; Marcos 1, 29-39

¿Sabremos estar atentos nosotros ante lo que sucede a nuestro alrededor? Reconocemos que muchas veces vamos tan enfrascados en nuestros intereses, en nuestras preocupaciones, en los problemas que nos van apareciendo, o quizás muy entretenidos en esos buenos momentos que también la vida nos depara que no somos capaces de mirar en nuestro entorno. Ya sean las sombras que nos envuelven, o ya sean los momentos de luz que también nos aparecen no pensamos sino en nosotros mismos. Hemos de aprender a mirar con otra mirada nuestro entorno, para levantar los ojos de aquello que más brilla en nosotros o que más nos llama la atención por lo que nos pueda afectar. No podemos caminar solos en la vida y aislados de todo y de todos.

Jesús ha comenzado a predicar ahora en Cafarnaún, como lo irá haciendo también por las aldeas y los pueblos de Galilea; ha de hacer el anuncio del Reino de Dios; hay una palabra de vida que proclamar, pero que no se puede quedar solo en palabras sino que tiene que saber expresar como una realidad que se impone en la vida a través de una serie de señales que hagan creíble su mensaje. Es lo que le vemos hacer.

Ha salido de la sinagoga donde ha proclamado esa Buena Noticia con sus palabras pero también con sus gestos y signos, como la curación de aquel endemoniado, y cuando parece que pueda llegar la hora del descanso se encontrará en casa de Simón a donde le llevan con que su suegra está en cama con fiebres. ¿No ha venido a señalar que comienza un mundo nuevo donde el mal será vencido? Ahora es la oportunidad de dar señales de ello, por eso levanta de la mano a la suegra de Simón que se ve curada de su enfermedad y se pondrá a servirles.

Es significativo y tiene que recordarnos algo. La gracia del Señor que nos libera del mal, que nos cura y que nos sana, va a poner actitudes nuevas en nuestro corazón. Seguir en la pasividad de solo pensar en nosotros significaría que no se están realizando las señales del Reino de Dios. Nuestra vida no puede estar nunca envuelta por la pasividad sino que ha de resplandecer por el servicio. ¿Venimos por ejemplo a la Iglesia, recibimos la gracia de los sacramentos, y seguimos con actitudes y posturas de insolidaridad? Serían señales de una incongruencia grande.

Pero la acción se Jesús no se ve constreñida por unos limites. Su campo será siempre un campo abierto y con una amplitud universal. Nos narra el evangelista que de madrugada se fue Jesús al descampado a orar. Allí lo encuentran los discípulos más cercanos que vienen en su búsqueda. ¿Qué haces aquí? Todo el mundo te busca, vienen a decirle aquellos primeros discípulos. Parece que no comprendan el significado de lo que Jesús está haciendo. Es como si todo a partir de ahora se redujera a una mecánica de curaciones, porque hay que tener contentas a la gente. ¿Van por caminos del activismo?

Nos sucede muchas veces o lo pensamos y hasta lo manifestamos, cuando no comprendemos esos momentos de silencio y de oración que hemos de saber tener en la vida; es la reacción de tantos que no comprenden lo que es la vida contemplativa de unos religiosos o religiosas que o bien dedican plenamente su vida a la oración y contemplación – monjes y monjas de clausura -, o no comprenden que en medio de tantas tareas que tengamos que realizar sepamos hacer paradas para el silencio, para la reflexión, para la oración, como si eso fuera tiempo perdido. Y es que tenemos que pensar ¿dónde está el motor de nuestra actividad y de nuestra vida? Es lo que Jesús está haciendo cuando le encuentran los discípulos en aquel amanecer.

Pero como decíamos la acción de Jesús no se ve constreñida con unos límites que sean más o menos cercanos. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido’. Una simple pregunta que nos haga plantearnos la amplitud de la tarea de evangelización que hemos de realizar, ¿cuáles son esos otros sitios, esa otra parte, a donde además tendríamos que ir a hacer el anuncio y el testimonio del evangelio? Seguro que también tenemos un campo muy amplio delante de nosotros.