Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta insolidaridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta insolidaridad. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de octubre de 2025

Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

 


Mirad, nos dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia, pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. ¿Dónde ponemos la felicidad?

Romanos 4, 20-25; Sal. Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

Hace unos días alguien me comentaba con gozo cómo ahora le iban marchando mejor las cosas, después de haber conseguido un trabajo más estable; esta persona, por supuesto, en sus planes no estaba por el derrochar como consecuencia de que ahora le iban las cosas mejor, y comentábamos entre los dos la tentación que podía surgir de comenzar a tener una vida esplendorosa y analizábamos un poco el valor que habíamos de darle a esos bienes materiales con una mirada más amplia de solo quedarse en lo mejor que podemos vivir ahora queriendo incluso disfrutar más allá de las posibilidades, pero que además con lo que tengamos no podemos encerrarnos en nosotros mismos, porque terminaríamos volviéndonos egoístas e insolidarios.

Me vino el recuerdo de esta conversación a partir de lo que escuchamos hoy en el evangelio. La ocasión vino de unos pleitos entre hermanos por cuestión de herencias y posesiones en lo que querían que Jesús tomara parte como juez, pero que Jesús aprovecha para dejarnos hermosas enseñanzas. ‘Mirad, les dice Jesús: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y tenemos que pensarnos esta consideración de Jesús. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Cuáles son realmente nuestros objetivos y nuestras metas? ¿Qué es lo que consideramos primordial? ¿El dinero? ¿El poder? ¿El placer? Miremos a nuestro alrededor y veamos las tensiones y tentaciones a las que estamos continuamente sometidos. ¿En que ponemos nuestra felicidad? ¿Queremos ir de ‘sobrados’ en la vida? ¿Dónde ponemos todos nuestros esfuerzos?

Jesús para ayudarnos a comprender sus palabras nos propone una sencilla parábola. El hombre que tuvo una gran cosecha y almacenó muchos bienes y riquezas de manera que incluso tuvo que agrandar sus bodegas; le parecía que ya tenía la vida resuelta; ¿para qué trabajar mas? A darse la buena vida. Mira por donde andan nuestros sueños. No es que no tengamos que disfrutar de la vida; Dios no quiere eso para el hombre, por eso cuando nos creó nos puso en un jardín al que llamamos paraíso terrenal. Y queremos seguir soñando con ese paraíso terrenal. ¿Lo llamamos estado del bienestar? ¿Nos construimos un mundo de placeres? ¿Nos engallamos con el poder de manera que no hay quien nos baje de los pedestales?

Dios quiere, es cierto, que seamos felices. Las señales del Reino nuevo de Dios que viene a instaurar pretenden que el sufrimiento vaya desapareciendo de la vida, que en lugar de hacernos daño con nuestros orgullos y egoísmos seamos capaces de buscarnos mutuamente el bien los unos de los otros. Y por ahí tendrá que ir el sentido de todo lo que somos y de lo que tenemos, no solo para una satisfacción personal, solo para mi propio placer, sino hacer que desde lo que soy y tengo pueda contribuir, pueda hacer que los demás sean más felices, que todos seamos más felices.

No es enrocarnos en nosotros mismos. Porque ese mundo ficticio e interesado que nos creamos un día se nos desinflará y nos quedamos en nada. La parábola habla de que aquella noche le llegó la hora de la muerte a aquel hombre y se pregunta ¿todo lo almacenado de quien será? Ya en la motivación de la parábola estaba la petición que le hacía alguien a Jesús para que actuara de juez entre pleitos de hermanos por herencias. Y bien sabemos cómo nos destruimos a nosotros mismos y terminaremos por no disfrutar de nada cuando vivimos con esos apegos y esclavitudes de lo material.

‘Así es el que atesora solo para sí y no es rico ante Dios’, termina diciéndonos Jesús.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


sábado, 27 de julio de 2024

No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 





No podemos esperar a que alguien haga algo sino que tenemos que comenzar por poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

2Reyes 4, 42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15

¡Que alguien haga algo! ¿No suele ser esa la reacción primera cuando sucede algo como un accidente, o cuando contemplamos una situación alarmante en la que pensamos que realmente habría que hacer algo? Que hay guerras y violencias, que los poderosos hagan algo; que hay situaciones extremas de pobreza y de miseria, que vendan todos esos tesoros y con eso podemos darle de comer a toda esa gente; que sentimos que nos llegan los inmigrantes ilegales y ya no sabemos que hacer, que pongan remedio, que los políticos se mojen, que haya barreras que impidan esa invasión que nos está llegando… y podríamos pensar en mil situaciones más. ¿Cuál es el remedio? ¡Que alguien haga algo! Siempre estamos esperando que sean otros los que comiencen a hacer algo. ¿Nos podemos quedar en eso?

Somos muy buenos para tirar los balones fuera, como se suele decir, pero apuntar a ver qué es lo que yo puedo o tengo que hacer, eso es algo que nos cuesta más pensar. ¿Estaremos definiéndonos así sobre el sentido y el valor que le damos a la vida, a nuestra vida y a la implicación que nosotros tenemos o tendríamos que tener? Cuando nosotros pasamos por situaciones así, en ese accidente, esa violencia, en esas miserias, ¿con qué nos contentamos? ¿Simplemente nos resignamos? Algunas veces destacamos por la mucha pasividad que hay en nuestras vidas; qué difícil se nos pone el salir de esa pasividad.

Escuchamos hoy una página muy hermosa del evangelio que está muy llena de mil detalles que nos tendrían que hacer pensar. No la podemos leer de corrido, dando por sentado que ya la conocemos y nos la sabemos. Es evangelio hoy para nosotros, luego es noticia de salvación y de vida hoy para nosotros y como tal tenemos que escucharla, de lo contrario estaríamos destrozando el evangelio, cuando le hacemos perder esa novedad, esa buena noticia que tiene hoy para nosotros.

Jesús se ha puesto en camino con los discípulos, en este caso haciendo una travesía, para ir más allá, para ir al otro lado. Allí se van a encontrar con algo distinto e inesperado; tenemos que salir también, ponernos en camino, saber ir al otro lado… pero entonces nos dice el evangelista que Jesús subió a la montaña. Ir al otro lado y hacer una ascensión a un lugar más alto, nos dará una nueva perspectiva; sabemos bien que una mirada desde la altura nos hace situar las cosas y los lugares con más precisión y de distinta manera. ¿Tendrá ya esto algún significado para nosotros? ¿No estaremos quedándonos siempre en el mismo sitio y con la misma perspectiva y por eso no seremos capaces de ver algo nuevo?

¿Qué se encuentra Jesús? Una multitud hambrienta; siempre decimos la gente tenía ganas de escuchar a Jesús, es cierto, pero es algo más. Allí estaba aquella gente con sus necesidades, con sus problemas, con sus dificultades para la vida y también estarían esperando una respuesta. Pero además aquella multitud tenía hambre, habían caminado mucho para llegar a donde encontrarse con Jesús y las provisiones parece que habían sido pocas.

‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Es la pregunta que, como decíamos antes, nos hacemos también ante las necesidades, los problemas, todo eso que vemos en la vida. ¿Serán otros los que tienen que resolverlo? Y cuando los discípulos se hacen sus cálculos de cuanto necesitaría para alimentar a toda aquella gente, además si hubiera un sitio donde conseguirlo que allí en el desierto no lo tenían, es cuando Jesús les dice que le den ellos de comer. No hay que ir a busca a ningún sitio, sino que ellos tenían que darle de comer. ¿Nos dice algo?

Mientras Felipe se entretiene haciéndose sus cálculos, Andrés viene diciendo que por allí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. ‘¿Pero qué es eso para tantos?’ Como con lo que tenemos no podemos alcanzar, ¿nos lo guardamos? ¿Nos quedamos con los brazos cruzados? ¿No le damos importancia ni valor a lo que son las cosas pequeñas? ¿Vamos a despreciar la oferta de aquel muchacho porque eso no da para todo lo que se necesita?

Ya vemos que el actuar de Jesús no va por esos caminos. Aquellos cinco panes de cebada, los panes de los pobres, sí van a ser aceptados. Por eso Jesús pedirá que la gente se siente en el suelo y ya conocemos todo lo que sucedió a continuación. Comieron todos hasta saciarse y al final hasta sobró. ‘Recoged los pedazos que han sobrado para que nada se pierda’, les dice Jesús.

¿Cuándo vamos a pensar en ser ese muchacho de los panes de los pobres? Es que yo no valgo, es que yo no tengo, es que lo necesito para mí, es que… y cuantas disculpas nos vamos poniendo, porque no nos hemos puesto en camino, porque no hemos ido más allá, porque no hemos subido a la altura, porque seguimos con nuestras rastreras perspectivas. Y seguimos viniendo a la Iglesia, y seguimos de la misma manera; y celebramos la Eucaristía pero se nos queda en un rito que no nos impulsa a algo más; y seguimos diciendo que venimos a comulgar en la Misa, pero no comulgamos con los hermanos; y nos damos la paz ritualmente en la celebración, pero luego no buscamos la manera de llevarnos bien con el vecino o con el pariente con quien no nos hablamos…

Cuánto nos cuesta arrancar, cuánto nos cuesta arrancarnos de nosotros mismos, cuánto nos cuesta hacer Eucaristía de nuestra vida. Seguiremos en los próximos domingos que vienen a ser continuación de este signo de hoy de la multiplicación de los panes.

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 19 de abril de 2024

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

 


Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús es habitar en El, entrar en comunión con El y con los que están en comunión con El dejando que Cristo en verdad sea mi vida

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En la vida escuchamos todo tipo de mensajes o contemplamos en los demás o en lo que nos rodea cosas que nos llaman la atención, cosas que nos pueden parecer interesantes y que en cierto modo nos gustaría a nosotros hacer algo semejante, mientras yo siga mi vida sin complicaciones en mis costumbres, en mis rutinas, en las cosas que hago de siempre porque así quizás me lo enseñaron y aprendí. 

Pero quizás dar otros pasos, donde nos comprometemos y complicamos nuestra vida con nuevas cosas que nos harían cambiar mucho de lo que hacemos, o quizás llegar hasta tal punto que tenemos que renunciar a mucho de lo que tenemos o  hemos conseguido, ya es como para pensárselo; querer ser amigo de una persona, porque me parece interesante, está bien, pero dar el paso a entrar en una comunión de vida que además me exige algo muy diferente, ya nos lo pensamos más. Son pasos que cuestan.

Por eso ante el evangelio de Jesús con todo lo que radicalmente nos plantea para nuestra vida, muchas veces queremos andar con tantos pies de tiento, que no terminamos de comprometernos por el evangelio. Y es que el evangelio nos pide una nueva y vital comunión con Jesús que nos hace entrar en un nuevo sentido y estilo de vida. Y por mucho que digamos que amamos y queremos amar, nos pesa mucho en nuestro interior nuestro individualismo que nos lleva por un lado a una autosuficiencia de querer bastarnos siempre por nosotros mismos, y a una insolidaridad que nos impide lazos de auténtica comunión.

De eso nos está hablando Jesús, lo hemos venido escuchando estos días pasados en todo este capítulo seis del evangelio de Juan, cuando nos ha hablado del pan de vida, de comerle para tener vida para siempre, y cuando termina diciéndonos que hemos de comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros. Ante estas palabras de Jesús nos cabe una interpretación tan literal de lo de comer su carne que nos parece que no queremos ser o parecer antropófagos; pero si entendemos lo de comer a Cristo como una señal de la comunión en la que hemos de entrar con El, nos vienen también nuestras pegas desde esa tentación que decíamos que tenemos al individualismo.

Por eso vemos el rechazo con que se manifiesta aquella gente de Cafarnaún al escuchar las palabras de Jesús. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Y dice que discutían entre ellos, porque no todos lo entenderían de la misma manera, y porque las exigencias de Jesús les pareciera que eran difíciles de cumplir. Como veremos, muchos ya no quisieron seguir con Jesús.

Pero Jesús sigue insistiéndonos en lo mismo. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él’. Habitar en Jesús, entrar en comunión con El, dejar que Cristo en verdad sea mi vida. Es algo que no se puede hacer de cualquier manera. Algo que tenemos que pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, a estar con El y hacernos uno con El. Porque además desde esa unión con Jesús vamos tener que entrar en comunión también con todos los que están en comunión con Jesús.

Y el campo entonces se amplía y se hace más universal. Y esta es una de las cosas que nos cuesta aceptar en nuestra vida cristiana. Porque bueno, como decimos, comulgar eso está bien, sentirme unido a Cristo porque me siento amado es algo que es cierto nos llena de dicha, sentirme unido a Dios y rezar está bien porque necesitamos de Dios, pero salirnos de ahí, para entrar en comunión con los demás, nos lo pensamos. 

Somos tan raquíticos en nuestras miradas que siempre estaremos viendo defectos en los otros, claro que los nuestros nunca los vemos, siempre sentiremos que aquel o aquella se nos atraviesan y no los podemos tragar pero no pensamos en lo antipáticos que nosotros nos ponemos a veces con los demás, y así podríamos seguir diciendo muchas cosas.

‘El que me come vivirá por mi’, nos dice Jesús. O sea que ya no es nuestra vida, sino la de Jesús, pero también tenemos que decir, ya no es solo con nuestras fuerzas sino con la vida de Jesús. ‘El que come de este pan vivirá para siempre’. ¿Queremos tener para siempre esa vida de Jesús?

martes, 12 de marzo de 2024

Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

 


Que no sigan habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, ni camillas en las que sigamos postrados porque nos quedan muchos miedos en el alma

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Todos hemos presenciado, o acaso también nos habremos visto envueltos en esa situación, una aglomeración de gente que hace cola porque lo necesitan para conseguir algo que consideran muy importante o vital para sus vidas; los empujones y los revolcones que se montan, sobre todo cuando llega el momento de comenzar a moverse aquella cola, porque ha llegado el momento del comienzo del reparto, se ha abierto la puerta, y ahora todos, aunque hasta ahora quizás se habían mantenido en cola de una forma más o menos ordenada, al empujón rompen filas, nadie tiene consideración con nadie y todos pretenden saltar por donde sea para alcanzar aquello que esperaban. Nadie mira a nadie ni siente compasión por la debilidad con que algunos se muestren en su necesidad.

¿Algo así sucedería en aquella piscina de las ovejas donde tantos enfermos y discapacitados en las más diversas enfermedades y dolencias esperaban que al agua se removiera para poder entrar el primero y curarse? Los que mejor podían valerse se adelantaban a todos y no importaba que hubiera alguien que estuviera allí esperando (en la cola) desde hacia 38 años y nadie le importaba nadie. Es la queja humilde y resignada de aquel hombre a quien Jesús le pregunta si quiere curarse.

Más allá de esas colas que hacemos ante una oficina o ante algún reparto benéfico, ¿este texto estará reflejando algo de lo que vivimos cada día en la vida? Resignación no falta en muchos que se ven envueltos en sus problemas sin saber como salir adelante y como solemos decir no nos queda más remedio que aguantarnos; pero empujones bien que nos damos en la vida cuando cada uno va buscando solo sus intereses; avariciosos nos volvemos en tantas ocasiones que nos parece que con lo que tenemos no vamos a alcanzar nuestros sueños y mercadeamos en lo que sea y por donde sea con tal de conseguir influencias de quien en un momento dado nos pueda echar una mano, situaciones de privilegio por los que todos soñamos porque así nos vemos como por encima de los demás, insolidarios caminamos pensando solo en nosotros mismos y a lo sumo le echamos una mano, pero las dos no que ya está bien, a aquellos que pudiéramos considerar más cercanos a nosotros y un día también podían hacer algo por nosotros. En muchas cosas podemos fijarnos.

Es Jesús el que ha venido al encuentro de aquel hombre, como viene también a nuestro encuentro. Allí donde está el dolor, donde hay algo que sufre, allí donde hay una situación de sombras, allí donde hay unos corazones atormentados, allí donde parece que se agotado las esperanzas y solo queda la resignación o una lucha desesperada que todo lo puede convertir en violencia, allí donde se producen los peores desequilibrios que muchas veces nos encierran o nos hacen insolidarios, allí siempre puede aparecer una luz.

En aquel caso, en la piscina de Betesda apareció esa luz para aquel hombre que pudo tomar su camilla, cargar con ella y echar a andar para su casa. No todos van a reconocer esa luz, porque quizás está haciendo resplandecer cosas que otros querían ocultar o de las que no quieren saber nada. Incluso aquel pobre hombre que ahora se ha visto liberado de su imposibilidad va a sufrir los zarpazos de esa lucha, porque habrá quien no entienda que haya sido curado en sábado, o no querrán reconocer el poder y la acción de Jesús. ¿No se siguen dando coletazos contra la Iglesia, contra la obra de la Iglesia, contra la fe en Jesús en el mundo que hoy vivimos por tantos a los que parece que les molesta la fe que podamos tener en Jesús?

¿No habrá incluso algunas ocasiones que a los que decimos que tenemos fe en Jesús quizás nos cueste mostrar abiertamente esa fe porque vamos a encontrarnos un mundo que está enfrente y no lo soporta? Cuidado con nuestras cobardías, cuando con los brotes de insolidaridad que nos pueden brotar dentro de nosotros, cuidado que entremos en esas carreras del mundo y comencemos también nosotros a despreocuparnos de los demás, simplemente para hacer lo que todos hacen.

¿Seguirá habiendo muletas que no nos dejan caminar por nuestras cobardías, camillas en las que sigamos postrados porque todavía nos quedan muchos miedos en el alma? Tenemos que aprender a levantarnos, a dejar a un lado de una vez por todas esas muletas y camillas, algo nuevo tiene que brotar en nosotros cuando en verdad reconocemos a Jesús. Nos había preguntado Jesús también a nosotros si queríamos sanar, pero ahora además nos dice: ‘Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor’.

 

domingo, 4 de febrero de 2024

Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

 


Tenemos que seguir estando en camino, siempre se están abriendo caminos para seguir tendiendo la mano, para seguir haciendo el anuncio de esa Buena Nueva

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39

Cuando nos ponemos en camino en la vida, y decimos también que la vida misma es camino, ¿qué es lo que nos vamos encontrando? Personas, situaciones, acontecimientos, diversos, unos más buenos y agradables, pero también nos encontraremos con otras cosas que no nos agradan tanto, porque no solo puede ser la maldad de las mismas personas o de las situaciones que provocamos, sino que también nos encontraremos con dolor, con sufrimiento, con muchas angustias y desesperanzas. Es la misma realidad de la vida, porque así somos nosotros también, a pesar de los buenos deseos, tenemos tropiezos, no siempre hacemos lo mejor ni lo más correcto, muchas veces podemos ser incluso causa del mal de los demás, del sufrimientos de muchos que están nuestro lado.

¿Qué hacemos? ¿Cerramos los ojos para no enterarnos? ¿Nos desentendemos de esa realidad? Ya quisiera que todo fuera bueno y que todo fuera causa de felicidad, pero bien sabemos que no es así. ¿Tendremos suficiente sensibilidad en nuestro corazón para sentirnos de alguna manera solidarios? ¿Nos cruzamos de brazos y hacemos como que no nos hemos enterado? Por algo de humanidad que quede dentro de nosotros, seguro que nos pondremos a hacer algo.

Me estoy haciendo esta consideración, mirando lo que es la realidad de nuestra vida de cada día, y queriendo pensar además en lo que tendríamos que hacer, pero precisamente partiendo del texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Vemos a Jesús en camino. Había llegado a Cafarnaún, el sábado había acudido a la sinagoga, aunque ahora no entremos en detalles de lo allí sucedido que ya comentamos el pasado domingo, y al salir va de camino, lo llevan a casa de Simón y Andrés. ¿Qué se va a encontrar allí? La suegra de Simón está enferma, le dice, y se acercó hasta ella. ¿Cuál sería el diálogo en aquellos momentos? El evangelista no nos dice nada, sino que tomándola de la mano la levantó de su postración. Se sintió curada y se puso a servirles, termina diciendo el evangelista.

Tender la mano para levantar, lo veremos hacer muchas veces a Jesús, nos mandará que nosotros también lo hagamos. Levantar, ¿de la postración? ¿De la enfermedad? De cuantas cosas necesitamos nosotros ser levantados, y de cuantas cosas también nosotros tenemos que ir levantando. Postrados en el sufrimiento, que no es solo la enfermedad corporal; levantar del desánimo y de la desesperanza, de la apatía y del aburrimiento, de nuestras comodidades y de nuestra insolidaridad, del miedo al compromiso y al implicarnos en lo que vamos porque tememos complicarnos. Postrados podemos sentirnos nosotros, pero postrados vemos a tantos a nuestro alrededor. ¿No tendremos que ir aprendiendo a tender la mano para levantar?

Al anochecer la puerta de la casa se llenó de gente que también quería agarrarse de esa mano de Jesús que los levantara. Le trajeron muchos enfermos de toda clase para que los curara. No habían venido antes quizá por aquello del descanso sabático, pero al anochecer había terminado el sábado y ya podían moverse con total libertad; las noticias habían corrido de lo que había realizado en la sinagoga con el que estaba poseído por un espíritu inmundo, y la noticia de la curación de la suegra de Simón habría corrido también como un reguero de pólvora, y allí estaban. ‘La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.

Pero nos dice algo importante a continuación el evangelio. ‘Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar’. El silencio de la madrugada, antes de la salida del sol, un momento propicio para repasar las cosas, para rebobinar todo lo sucedido, para repensarnos las cosas y encontrar el sentido profundo de lo que hacemos; Con momentos más o menos largo todos cuando vamos queriendo dar los pasos de la vida con madurez y equilibrio tenemos momentos así, de reflexión, de silencio; si somos creyentes lo hacemos sintiéndonos en la presencia de Dios, queriendo tener esa luz y esa visión de Dios sobre nuestra vida; es lo que llamamos oración. Daremos gracias por lo que vamos viviendo, pedimos perdón por los errores o por lo que no hemos sabido hacer, queremos sentir esa fuerza y esa luz que nos viene de lo alto y nos ilumina y nos anima, que nos hace encontrar los verdaderos caminos y nos dará fuerza para el compromiso.

A Jesús lo contemplamos en muchos momentos del evangelio en ese estado de oración. Humanamente podría ver delante de si muchos fantasmas que le confundieran; recordamos en su oración en el desierto que se siente tentado por el diablo, ya tendremos pronto ocasión de reflexionarlo; ahora mismo son los primeros discípulos los que le buscarán porque allí hay quizás una ocasión para buscar prestigios y aclamaciones, ‘todo el mundo te busca’, le dicen. ‘Tenemos que ir a otra parte, que para eso he venido’, les dirá y se pone de nuevo en camino. Jesús lo tiene claro.

Tenemos que seguir estando en camino, tenemos que ir a otra parte, no nos podemos quedar en lo mismo o donde pensamos que ya lo tenemos todo conseguido; siempre se están abriendo caminos delante de nosotros, porque tenemos que seguir tendiendo la mano, tenemos que seguir haciendo con nuestra vida ese anuncio de esa Buena Nueva. ¿Qué paso más nos pedirá el Señor? '¡Ay de mí si no evangelizare!'

viernes, 3 de marzo de 2023

Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

 


Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

Con una misma palabra a veces manifestamos realidades o planteamientos distintos que nos podemos hacer y que a la larga expresan esas incongruencias con que vivimos muchas veces. La palabra a la que hago referencia que nos aparece hoy en el evangelio es la perfección, el ser o no perfectos.

Como perfectos queremos muchas veces en nuestra vanidad presentarnos ante los demás, queremos siempre mantener nuestra imagen, ocultamos nuestros defectos, no queremos que nadie se entere de nuestro errores, queremos que todos nos tengan por personas de gran rectitud y nos molesta tremendamente que alguien quiera sacarnos a relucir alguna cosa de nuestra vida que no tiene tanta claridad, hasta seriamos capaces de denunciar ante los tribunales ese desprestigio que nos pudieran ocasionar.

Pero ¿somos tan perfectos? Seguramente será un aura que nos queramos poner alrededor, porque realmente sabemos de nuestras debilidades, de nuestros errores, de nuestras meteduras de pata; miremos nuestra relación con los demás y allá en la sinceridad de nuestro corazón tendríamos que reconocer que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros pensamientos y sospechas, los actos que realizamos no tienen tanta claridad; siempre nos aparecerán ramalazos de egoísmo y de insolidaridad, tentaciones de orgullo y de altivez, juicios y criticas injustas cuando no impregnadas de algún veneno, acción que no muestran tan a las claras la generosidad del corazón, recelos y resentimientos que nublan y enturbian las relaciones… cosas así nos aparecen en la vida muchas veces y ya no podemos decir que somos tan perfectos.

Y cuando se trata de lo que hoy se nos plantea en el evangelio el grado de perfección no siempre es tan alto. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! A estas palabras de Jesús siempre encontraremos la forma de hacernos algunas rebajas. Jesús nos está hablando una vez más de la sublimidad del amor. No es cualquier cosa. Bien alto nos pone el listón. Son claras las palabras de Jesús.

‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

¿Seremos capaces de llegar a esta sublimidad del amor? Amor al prójimo, amor al enemigo, amor al que te haya hecho mal, amor al que te persigue… Y no es una cosa así como muy etérea lo que ha de ser ese amor, porque nos manda rezar incluso por los que nos persiguen o nos tratan mal. ¿Te habrás parado en alguna ocasión a rezar por aquella persona que te criticó? ¿Por aquella persona que te niega el saludo y vuelve la cabeza cuando pasa a tu lado? ¿Por aquella persona que tanto daño te hizo?

No es cualquier cosa lo que nos está pidiendo Jesús. Claro que El nos enseñó a rezar diciendo ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. No nos paramos mucho a pensar cuando rezamos el padrenuestro y decimos estas palabras mientras no nos hablamos con el vecino o con el pariente porque no sé cuanto tiempo hace un día dijo o hizo algo que te ofendió y nunca más volviste a hablarle.  Y nos queremos presentar como perfectos.

Por eso continuará enseñándonos Jesús que en algo tenemos que diferenciarnos de los gentiles o ninguna fe tienen, pero que son capaces de saludar y llevarse bien con todo aquel con quien se encuentran en la calle. Si solo saludas al que te saluda, si solo ayudas al que un día te ayudó a ti, nada estás haciendo de especial, eso lo hace cualquiera. Por eso terminará diciéndonos que seamos ‘perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto’. Ahí tenemos el motivo, la razón de nuestro amor, el ejemplo para nuestra vida para que no andemos con tantas incongruencias.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

lunes, 26 de abril de 2021

Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

 


Algo nos está faltando a los cristianos que no terminamos de ser la sal y la luz de nuestro mundo que Cristo nos pide

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

Están claras las imágenes que nos propone hoy Jesús en el evangelio. La sal tiene que dar sabor en su punto y la luz tiene que resplandecer e iluminar; ni escondemos la luz ocultándola ni mal utilizamos la sal porque en lugar de dar el sabor apropiado podemos estropear nuestra comida. En el uso diario que hacemos de ambas todos entendemos su significado.

Pero Jesús nos dice que nosotros tenemos que ser sal, que somos sal y que somos luz. ¿Qué significará eso en referencia a nuestra propia vida? Está hablándoles Jesús a los que creen en El, los que son sus discípulos y le siguen, a aquellos que en ese seguimiento de Jesús ya le han dado un sentido nuevo a sus vidas. Han entendido ya ese sabor que Cristo quiere dar a nuestra existencia y cuando se han encontrado con Jesús sus vidas se han iluminado con nueva luz. Es que por ahí va lo de creer en Jesús.

No creemos en Jesús simplemente porque nos maravillemos con las obras que realiza o disfrutemos con la belleza de sus palabras. Es algo más. Llegamos a creer en Jesús desde el encuentro con su persona, un encuentro, podríamos decir, que nos coge por dentro, que impacta nuestra vida para hacerla cambiar, para transformarla. Porque creer en Jesús es sentirnos tan identificados con El en lo que es su vida, en lo que hace o en lo que nos enseña que ya nuestro sentido de vivir no es otro que el de Jesús.

Recordamos lo que nos decía el evangelista que cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, una luz brillante los iluminó, con las palabras del profeta. Nos sentimos impactados por esa luz de manera que ya nosotros para siempre vamos a reflejar esa luz, no la podremos ocultar. Pero encontrarse con la luz significa que nuestras sombras se iluminan y comenzaremos a ver cosas que en las tinieblas no éramos capaces de distinguir. Es ese sentido nuevo que en Cristo encontramos que es luz para nuestra vida, que es sabiduría para nuestra existencia, luz y sabiduría que tenemos que llevar también a nuestro mundo.


Esa sabiduría de Jesús y su evangelio que nos hace saborear la vida y las cosas de una forma distinta, es un nuevo sabor que es mucho más que un nuevo saber; saber podemos saber muchas cosas pero si no las convertimos en sabor de nuestra vida de nada nos valen esos saberes. Es lo que nos está diciendo Jesús con la imagen de la sal, que no puede desvirtuar su sabor.

Por eso un cristiano en medio del mundo tiene que ser un revulsivo. Allí donde esté un cristiano, un seguidor de Jesús tiene que notarse que las cosas son distintas, que hay un nuevo sabor. El cristiano nunca puede ir de brazos cruzados con pasividad y dejando hacer, sino que tiene que moverse para transformar desde lo más hondo aquellas situaciones en las que se encuentra. Un cristiano que se encuentra con un mundo de pasividad y de injusticia, de insolidaridad y de violencia, no puede cruzarse de brazos tiene que ser ese fermento nuevo que haga que todo aquello se transforme y cambie. Por eso nos hablará en otro momento de la levadura que fermenta la masa.

Pero ¿en verdad somos así los cristianos? ¿Habremos quizá llegado a una pasividad y a una atonía en que evitamos el comprometernos, y dejamos que las cosas sigan igual? Nos hace falta que encendamos de nuevo ese fuego del evangelio que incendie nuestro mundo para transformarlo, que seamos en verdad esa sal que dé buen sabor y esa luz que ilumine. Desgraciadamente vamos demasiado apagados los cristianos por la vida. Algo nos está faltando.

domingo, 14 de febrero de 2021

Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

 


Mirar de frente al leproso que se acerca a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia de Jesús me hace abrir caminos nuevos de cercanía a los demás

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

No termina de ser algo que lleguemos a comprender o que asumamos de tal manera como si fuera algo propio. Y me refiero a lo que podían sentir los leprosos que de tal forma eran excluidos de la sociedad, de la familia, arrancados de su pueblo y de sus raíces para ir a malvivir o a mal morir en los lugares en que los obligaban a recluirse.

Por mucho que ahora nosotros digamos que comprendemos lo que estar recluidos en casa, como nos hemos visto obligados por la pandemia que aun seguimos sufriendo, porque nosotros podíamos comunicarnos de alguna forma con los demás y había o hay un cierto grado de movimientos. No nos sentimos unos condenados, unos ‘impuros’ como se les llamaba a los leprosos solamente por el hecho de tener una enfermedad. El miedo al contagio había sacralizado las medidas que en aquella época se podían tomar que se convertían en algo muy duro para quien estuviera sufriendo dicha enfermedad.

De ello nos habla hoy la Palabra de Dios cuando por una parte se nos proponen las normas y protocolos (como diríamos ahora) que se establecían para el trato con los leprosos, pero que nos sirve para comprender mejor lo que sucede en el evangelio. El gesto de Jesús al acoger a aquel leproso que, saltándose todas las normas, ha sido capaz de llegar a los pies de Jesús, es toda una manifestación de humanidad y de lo que es la misericordia del Señor.

Aquel hombre llega a los pies de Jesús con el deseo de que Jesús le imponga su mano para curarse; y Jesús no rehúsa el gesto sino que extiende la mano y toca al leproso arriesgándose incluso a ser Él mismo considerado como un impuro y que de alguna manera se viera obligado a un confinamiento semejante.

Jesús extiende su mano y podríamos decir allí se está extendiendo y de una forma muy honda todo lo que es la misericordia de Dios. Misericordia, en este caso, para este considerado como paria de la sociedad, pero que viene a significar toda la hondura de la liberación que Jesús viene a ofrecernos. Por eso, la cercanía de Jesús, el contacto incluso físico de la mano de Jesús sobre aquel cuerpo dolorido y enfermo. Es la mano de Jesús que viene a abrirnos caminos nuevos, unos caminos que con nuestros miedos pero también con la cerrazón de nuestro corazón habíamos ido cerrando.

Caminos que aún mantenemos cerrados en nuestra vida, tenemos que reconocerlo, cuando aún no ha terminado de prevalecer la solidaridad y el amor sobre esos miedos y complejos en los que vivimos, sobre esos aislamientos que creamos, sobre esas discriminaciones que hacemos.

Seguimos en un mundo cerrado, en el que solo nos miramos a nosotros mismos, en que queremos centrarlo todo en nuestro yo egoísta, en que con nuestros orgullos y vanidades vamos haciendo distinción entre los que son de los nuestros y los que no nos caen bien, en que aún seguimos con un corazón endurecido en la injusticia y manipulamos según sean nuestros intereses, ocultamos la verdad, favorecemos a los de nuestra onda y tan fácilmente olvidamos el sufrimiento de los demás cerrando los ojos para no ver el mundo de dolor que existe a nuestro lado; cuántas veces ni nos queremos enterar ni nos interesamos por el que está sufriendo al lado de la pared de nuestra casa.

Jesús viene a enseñarnos a salir de nosotros mismos, a abrir los ojos de nuestro corazón para poder palpar y sentir el sufrimiento de los demás, a enseñarnos a bajarnos de esos pedestales de vanidad en que nos hemos subido para caminar de forma sencilla al lado de los pobres y de los que sufren, a ser ejemplo para nosotros de esos gestos de cercanía, de amistad, de amor y fraternidad que hemos de ir poniendo como hitos en nuestro camino de encuentro con los otros.

Mirar de frente a este leproso que se ha acercado a Jesús y contemplar los gestos de humanidad y misericordia que Jesús tiene con El me ha enseñado hoy a abrir bien los ojos pero para ver con toda sinceridad mis propios gestos y mis posturas; quizás si no llego a tener ese gesto sencillo de cercanía al otro es por la postura que estoy manteniendo en  mi corazón; una oportunidad para un buen examen de mi vida, para que aquellos gestos que tenga o haya de tener con los demás sean de total sinceridad y autenticidad. No nos podemos quedar ni en apariencias ni en fotogénicas imágenes sino que tenemos que ir a lo que llevamos en lo hondo del corazón.

Por eso quiero terminar con una referencia a este día del amor y de la amistad que se celebra hoy en nuestra sociedad, cuidado nos quedemos en apariencias, en palabras bonitas que como una bonita nube pronto se la lleva el viento, en gestos que pronto olvidamos sino que haya autenticidad en nuestra amistad y en el amor que ofrecemos.

martes, 28 de julio de 2020

Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor


Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor

Jeremías 14, 17-22; Sal 78; Mateo 13, 36-43
‘Explícanos la parábola de la cizaña en el campo’, le piden los discípulos a Jesús cuando llegan a casa. No les cabía en la cabeza que si se había sembrado buena semilla de donde había surgido aquella cizaña, como no entendían tampoco la actitud del dueño del terreno de no arrancar de forma inmediata la cizaña sino dejarla crecer junto con la buena semilla.
Pero ¿no serán también interrogantes que nosotros tenemos en nuestro interior? No entendemos, decimos, el mal que hay en el mundo. Como solemos decir ¿Por qué hay tanta gente ruin, tanta gente mala? Cuando observamos la violencia que nos rodea, o el sufrimiento de tantos a causa de las injusticias de lo que se creen poderosos, la corrupción que afecta y daño todos los campos de la sociedad en sus diferentes aspectos, también nos preguntamos ¿Por qué? ¿Por qué tanta ambición? ¿Por qué tanta maldad? ¿Por qué tantos deseos de acaparar? Y así seguimos haciéndonos preguntas que parece que no tienen fin, pero peor aun, parece que no tienen respuesta.
Claro que hay una cosa que nos resulta fácil, mirar hacia lo que nos rodea, contemplar en ese mal en nuestro mundo y en nuestra sociedad, o contemplar ese mal en los demás. Nos duele que el mundo sea así, y andemos entremezclados todos, los que nos creemos buenos y a los que consideramos malos. Y es aquí donde quiero incidir.
Miramos hacia fuera, miramos a los demás, pero quizá no somos sinceros para mirarnos a nosotros mismos, para darnos cuenta que esa situación la tenemos en nosotros también, que nos creemos buenos pero también cuantas cosas se nos meten en el corazón, cuanta malicia aflora quizás en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás. Como nos decía san Pablo hacemos el mal que no queremos hacer y no hacemos el bien que queremos.
Cuantos momentos de egoísmo y de insolidaridad, cuantos momentos de orgullo y de soberbia, cuantas vanidades se nos van metiendo dentro de nosotros muchas veces viviendo de apariencias, porque lo que llevamos dentro tratamos de ocultarlo, no reconocerlo delante de los demás, pero ahí está. Necesitamos sinceridad en nuestra vida, sinceridad con nosotros mismos.
Ese campo lleno de buena cimiente, pero en el que aparecen también las malas hierbas no es solo el campo de los demás, no es solo un campo ajeno a nosotros, sino que lo tenemos en nosotros mismos. Y cuando tratamos de ser un poquito sinceros nos damos cuenta de que tenemos que cambiar, y nos hacemos buenos propósitos, y decimos que estamos en el deseo de arrancarnos de esos orgullos o de esas vanidades, pero cuánto nos cuesta. Queremos en momentos de sinceridad esforzarnos pero no terminamos de dar los pasos necesarios. Pero, reconozcámoslo, Dios sigue esperándonos.
Es el mensaje de la parábola, que nos tiene que llevar, es cierto, a una lucha contra el mal, pero también a llenar de misericordia y compasión nuestro corazón, a poner esperanza de que si vamos cambiando nosotros los primeros, estaremos poniendo granitos de arena para construir ese mundo mejor e iremos ayudando también a que cambie nuestro mundo. Esa lucha y ese esfuerzo por superarnos y por ayudar a superarse a los demás tiene que hacernos fuertes. Porque además sentiremos siempre la fuerza del Espíritu del Señor con nosotros.
Es la tarea de superación, de crecimiento interior, de fortalecimiento de nuestra voluntad en la que tenemos que estar empeñados cada día. Y pensemos que si nosotros nos superamos estaremos ayudando a superarse a los demás, porque de alguna manera seremos estímulo y esperanza para los que están a nuestro lado en esa misma lucha. Porque no pensemos que somos nosotros solos, no nos creamos los buenos, hay muchos también a nuestro lado que están en esa tarea de superación y de crecimiento de su espiritualidad. Mutuamente tenemos que ayudarnos y estimularnos.