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sábado, 28 de febrero de 2026

El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

 


El verdadero ser humano maduro en sus criterios siempre está levantando el listón para ir a más, no se queda en la pobreza de la mediocridad, vive un amor siempre creciente

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

A veces parece como si nos rigiéramos en la vida por la ley de mínimos. ¿Cuánto es lo mínimo que tengo que hacer para lograr lo que busco? La podríamos llamar también la ley del mínimo esfuerzo; es el simplemente contentarnos con cumplir y si ya llegué al mínimo exigido ¿para qué esforzarme en dar más? Hacer las cosas solo por cumplimiento es hacerlas sin espíritu, sin calor del alma, con poca intensidad, incapaces de animar y contagiar.

Yo pienso que actuar así es una pobreza de miras, faltan ilusiones y metas que nos eleven, no somos capaces ni de desarrollar lo que somos, nuestras posibilidades y nuestras capacidades que son mucho más que eso mínimo con lo que nos contentamos; es una pobreza de vida, porque la pobreza no son solo las carencias que tengamos sino ese espíritu que no tiene metas, que no busca lo mejor, que no aspira a más, que no es capaz de poner toda la carne en el asador; parece que siempre se está resguardando, pero ¿para qué?, si siempre voy a seguir arrastrándome sin ser capaz de levantar la mirada para ir más allá.

Es, por ejemplo, lo que dicen algunos, yo soy muy amigo de mis amigos, pero ¿entonces te cierras a la posibilidad de conocer a alguien más, de tener nuevos amigos porque tu seas el que ofrezcas amor y amistad, de hacer el bien también a los que no hacen nada por ti?

Nos lo está diciendo claramente Jesús cuando nos habla del amor, cuando nos habla de la humanidad que hemos de poner en nuestro trato con los demás y en nuestras relaciones. ¿Qué haces de extraordinario si solo saludas al que te saluda? Eso lo hace cualquiera. Pero al seguidor de Jesús se le pide más porque es un amor creciente el que tiene que animar su vida. Un amor estancado le pasa como al agua estancada que se vuelve putrefacta; un amor estancado se va vaciando de contenido día a día; un amor estancado es el que está midiendo lo que el otro hace por mi para yo no pasarme en mis gestos de amor ni de ir más allá.

Hoy nos dice Jesús, ‘porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’ Por eso ha comenzado hablándonos de la universalidad del amor; y como nos dice también hemos de amar a los enemigos, a los que nos han podido hacer daño; costará, pero es que no estamos yendo por lo mínimo, estamos hablando de amor, porque además nos sentimos amados de Dios; y el amor es dinamismo, el amor es algo que se crece cada día cuando es verdadero amor, el amor no pone límites ni hace distinciones. Amas porque te das, eres capaz de vaciarte en los demás.

Contrapone Jesús no simplemente lo que era la ley antigua, sino la interpretación que se había hecho de la ley de Dios. ‘Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Y es que todo arranca de ese amor de Dios que sentimos y experimentamos en nuestras vidas. Dios hace salir el sol para todos, no solo para los buenos.

Es levantarnos el listón. Cada día un paso más, cada día un poco más alto. ¿Cuesta? Ahí está el valor. No solo son los mínimos, porque con el amor no se puede andar con medidas. Somos capaces de superarnos, somos capaces de ir más allá. Somos capaces de crecer en el amor.

Como decíamos, el modelo lo tenemos en Dios. ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Es lo que contemplamos en Jesús que nos está regalando continuamente su amor. No podemos andar, pues, en esa pobreza de vida, con ese raquitismo en el amor, con esa mediocridad en nuestras metas

lunes, 14 de noviembre de 2022

Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

 


Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien no es tenido en cuenta ahora se sienta valorado

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

El evangelio nos habla de un ciego que está al borde del camino. Estamos en Jericó, el camino que desde el valle del Jordán iniciaba la subida a Jerusalén. Un camino muy transitado, los peregrinos que se dirigían a Jerusalén desde Galilea lo hacían por este camino. Y siempre nos encontraremos al borde del camino quien está con la mano tendida desde sus pobrezas, desde sus limitaciones y carencias, dependientes de la buena voluntad de los que pasan por el camino.

Como sigue sucediendo; no es necesario ir muy lejos, hoy los caminos son las mismas calles de nuestras ciudades o de nuestros pueblos; siempre nos encontraremos con alguien que está al borde del camino con sus carencias, con sus necesidades; los sin techo, los que han venido de lejos esperando encontrar algo y no encuentran nada, los desplazados de la sociedad, los que metidos en sus vicios estarán esperando la pequeña moneda que juntar con otras para conseguir lo que tanto desean, los que se han quedado solos en la vida y nada tienen, los que se sienten abandonados y no se sienten queridos por nadie… cuantos al borde del camino que nos hemos acostumbrado a ir sorteando por nuestras aceras o las puertas de nuestras iglesias, que ya ni vemos.

Al borde del camino envueltos en el silencio de quien pasa a su lado y ni tiene una mirada compasiva ni una palabra agradable o en sus soledades porque se sienten ignorados; al borde del camino demacrados quizás por el sufrimiento pero sobre todo por la falta de esperanza; al borde del camino con los callos en el alma de los desprecios sufridos o de palabras desagradables que laceran el alma; al borde del camino siempre con una mirada aparentemente perdida pero que está buscando un consuelo, a quien le pueda devolver la mirada, a quien le pueda decir que pasa alguien importante a su lado por la vida, aunque de tanto llorar esté ciego para reconocerle.

Aquel día alguien se dignó decirle quien iba por el camino. 'Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron: Pasa Jesús el Nazareno’. Fue suficiente para él. Pedía una limosna con la que mitigar su hambre y su necesidad pero ahora sentía que quien pasaba podía darle algo más. La fama de Jesús se extendía por todas partes y a todas partes llegaban noticias de cuanto Jesús hacía. Por eso él ahora tenía que buscar la manera de llegar a Jesús. ‘Entonces empezó a gritar: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’.

Pero siempre el que está al borde del camino nos molesta. Por eso no lo miramos, pasamos de largo, no queremos enterarnos. Aquellos gritos molestaban y querían hacerlo callar. Iba a ser imposible llegar hasta Jesús porque una barrera se seguía creando por medio, las barreras que tantas veces ponemos. Pero para Jesús no hay barreras ni silencios que queramos interponer. ‘Pero Jesús se paró para que se lo trajeran’.

En volandas se sentía ahora llevado hasta los pies de Jesús. Se abrían nuevos caminos para él solo con el interés de Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué podía pedir? Sabía que de Jesús podía alcanzar algo más, pues hasta él habían llegado noticias de lo que Jesús hacía. ¿Cuál podía ser su respuesta? ‘Señor, que recobre la vista’.

¿Seremos capaces nosotros de detenernos para hablar con quien está al borde del camino? ¿Seremos capaces de preguntarle también qué es lo que podemos hacer por él? Creo que no es necesario que hagamos ya más comentarios. Ahí nos está interpelando Jesús. Ahí tenemos que enfrentarnos con esa realidad de nuestra vida insolidaria, en la que nosotros somos los ciegos, nos hemos hecho tantas veces los ciegos para no mirar, para no enterarnos, para que no se nos compliquen las cosas.

No será importante la moneda que en ese momento podamos compartir. Con que nos interesemos por el que está al borde del camino ya es un paso muy importante que hará que quien se siente ninguneado ahora se sienta valorado. Qué importante esa mirada, ese detenernos, esa sencilla palabra, esos buenos días dichos con calor humano.

sábado, 16 de febrero de 2019

Hay muchos panes de humanidad en nosotros que compartiéndolos con los demás crearíamos una hermosa cadena de amor para hacer mejor nuestro mundo


Hay muchos panes de humanidad en nosotros que compartiéndolos con los demás crearíamos una hermosa cadena de amor para hacer mejor nuestro mundo

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10
Los que tenemos asegurados los garbanzos de cada día – es un decir – nos sentimos seguros de nosotros mismos y tenemos el peligro de perder la sensibilidad para darnos cuenta que no todos lo tienen asegurado y pasarán necesidad. Quizá en momentos de campañas especial, como la de la lucha contra el Hambre en el Mundo, celebrada hace pocos semanas, podemos pensar en quienes están pasando esa necesidad, pero los vemos lejos, son cosas que suceden en otros países y aunque en esos momentos quizás no sentimos compasivos pronto esas imágenes se nos quedarán en el olvido. Y esas necesidades, esos problemas pueden estar, y de hecho están, ahí muy cercanas a nosotros pero no siempre tenemos los ojos abiertos como verlas y disponernos a hacer algo.
Estamos hablando del pan material, de esas necesidades materiales como pueda ser la comida y muchas veces solo pensamos en remedios materiales que solucionen los problemas y nos contentamos con dar unas monedas como una contribución de nuestra parte. Pero quizá en nuestra referencia a necesidades que puedan estar pasando las personas tendríamos que abrir nuestros horizontes y darnos cuenta que pueden ser muchas las carencias humanas que tienen tantos y que no siempre se remedian con unas monedas o con un pan material que podamos compartir.
Creo que podemos ser conscientes de que el entorno de la pobreza va acompañado de muchas necesidades que en lo humano pueden hacer sufrir a las personas; fácilmente aparece la soledad y el aislamiento, la falta de metas e ideales que nos den fuerza por dentro y sean un fuego dentro de nosotros que nos impulse a luchar por una mayor dignidad de las personas con todo lo que entraña vivir una vida digna. Podemos encontrarnos con personas luchadoras pero también con quien se siente derrotado ya de antemano y no tiene fuerzas para luchar y hay metas en su vida que le hagan levantar el espíritu a algo nuevo y mejor.
‘¿Dónde compraremos panes para alimentar a toda esta gente?’, se preguntaban los discípulos cuando Jesús les hizo ver la situación en la que se encontraba aquella multitud que le había seguido, que como diría en otro momento se encontraban desorientados y abandonas como quien no tiene un pastor que les guíe. No podemos despedirlos en esta situación porque desfallecerían por camino, les dice Jesús y creo que eso nos tendría que hacer pensar a nosotros también.
Desfallecen de hambre, pero desfallecen cuando han perdido las esperanzas, cuando ya no quedan fuerzas para luchar, cuando no vemos caminos que se pueden abrir delante de nosotros y nos hagan caminar a algo nuevo y mejor, cuando hay carencia de valores en la persona y nos sentimos embrutecidos solo con el deseo de lo material, cuando nos sentimos aislados y como perdidos en la vida porque no tenemos un norte que nos guíe o algo que de un sentido profundo a la vida. Así podemos ver a tantos desfallecidos en los caminos de la vida y que yo no buscan lo que sea lo mejor, sino solo lo que les dé satisfacciones momentáneas; recordemos a tantos arrastrados en el torbellino del alcohol, la droga, o simplemente disfrutar del sexo sea como sea como una satisfacción de la vida.
‘¿Cuántos panes tenéis?’ Es la pregunta de Jesús entonces y ahora. Ante la amplitud de las necesidades nos puede parecer poco lo que tenemos. Los discípulos le dijeron que solo tenían seis panes pero con aquellos seis panes se obró el milagro. Tenemos que convencernos de que aunque nos parezca que tenemos pocos panes, que somos pocos, que poco es lo que nos parece que nosotros podemos aportar, comencemos como aquellos discípulos a compartir lo que tenemos. Y ya sabemos que ahora no estamos hablando de unos medios económicos o materiales. En nosotros que seguimos a Jesús hay algo, porque de lo contrario no lo estaríamos siguiendo. Pues eso poco que tenemos, esos valores que hay en nuestra vida aunque nos parezcan insignificantes tenemos que comenzar a compartir.
¿No podemos trasmitir la fe y la esperanza con que vivimos? ¿No podemos compartir lo que nosotros somos con nuestro tiempo, nuestros pensamientos, nuestras ganas de hacer algo, nuestra sensibilidad, nuestros valores? Ya veíamos antes cuantas son las carencias con las que nos podemos encontrar y ahí podemos poner una semilla, un granito de trigo, ese poquito de pan que es nuestra vida.
Y la gente comió y quedó satisfecha y hasta sobraron trozos de pan que se recogieron para que no se desperdiciaran. Tenemos que aprender. Y no es solo que no podemos tirar alimentos mientras que hay gente que pasa necesidad en el mundo, sino que eso bueno que podemos insuflar en el espíritu de los demás será semilla que germine y florezca para beneficiar a tantos más en nuestro mundo. Qué cadena de amor más hermosa podríamos estar construyendo.