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lunes, 9 de febrero de 2026

Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

 


Soy yo, nos dice Jesús cuando se acerca a nuestro corazón y a nuestra vida para darnos la mano y levantarnos, o en su amor disculpar lo que nosotros hayamos hecho

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

Aquellas personas que consideramos importantes en la vida tenemos el peligro de convertirlas en personajes; sí, digo bien, personajes o bien porque los vemos en la distancia, quizás su autoridad o su prestigio los ha endiosado, se han colocado o los hemos colocado en pedestales que los ponen a distancia y los alejan de los demás mortales, y al final más que el respeto y el amor va predominar el miedo de los que estamos fuera de esos pedestales, o el dominio autoritario desde la altura y la distancia.

Son cosas que suelen suceder, aunque bien desearíamos que fuera de otra manera; si son personas importantes para mi por lo que en mi pueden influir, por el ejemplo que me pueden dar o por los servicios que me puedan prestar, nos gustaría verlos cercanos, caminando a nuestro lado, queriendo trasmitirnos algo pero sobre todo escuchándonos y abriendo su corazón a lo que es nuestra vida. Cuando encontramos personas así de cercanas a pesar de su autoridad o de la función que realicen en la vida, y no por populismo y adulación que eso se nota por mucho que se trate de disimular, nos sentimos sorprendidos pero al mismo tiempo gozosos, porque sentimos que caminan a nuestro lado y así pueden sintonizar mejor con lo que nosotros somos.

Hoy el evangelio nos habla de esa cercanía de Dios. Si en los pasajes anteriores vimos la sorpresa rayana en el miedo de los discípulos en la noche bregando en el mar en su barca cuando Jesús aparece caminando sobre el agua, ahora lo vemos con los pies bien embarrados en la tierra caminando en medio de todos aquellos que con sus sufrimientos se acercaban a El queriendo tocarle al menos la orla de su manto; y Jesús se dejaba. Allá en el lago le había dicho a los discípulos ante su temor, ‘soy yo, no temáis’, ahora nos está diciendo también ‘soy yo, acercaos a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, en mi encontraréis vuestro descanso’.

No podemos olvidar la inmensidad de la grandeza de Dios que lo llena todo con su presencia y tenemos que mostrar nuestro reconocimiento y adoración, porque solo a Dios tenemos que adorar – cuidado con los dioses que nos creamos, o cuidado que en nuestra soberbia nosotros nos endiosemos y queramos ponernos en la alturas – pero al mismo tiempo hemos de sentir la cercanía de Dios, porque el amor no lo podemos sentir nunca en la lejanía. La Encarnación es la revelación de esa cercanía de Dios que es amor, que camina con nosotros, que lo sentimos en lo más profundo de nuestro corazón, y cuya presencia hemos de ir sabiendo descubrir en la realidad de todas las cosas y sobre todo en la realidad de las personas que caminan a nuestro lado. Pero para eso es necesario entrar en la sintonía del amor, la única que de verdad nos va a hacer sentir a Dios.

Se dejaba tocar, como nos dice el evangelista, en aquel deseo de la gente de al menos poder tocar la orla de su manto. ¿No recordáis a aquella mujer de las hemorragias? Es el Jesús que nos tiende su mano, que ayudará a terminar de descolgar desde el techo a aquel paralítico que querían hacer llegar a sus pies, que como hemos recordado no hace mucho pondrá barro en los ojos del ciego para que vaya a lavarse a la piscina de Siloé, que se dejará lavar los pies por parte de aquella mujer pecadora que con su cabello pretendía secar las lagrimas que con antes se los había lavado, que dejará que los niños se sienten sobre sus rodillas en sus juegos para bendecidles y disfrutar mutuamente del cariño verdadero como es el cariño de un niño.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del evangelio. Es Jesús que se acerca a nosotros, a nuestra vida tal como nosotros somos, que querrá lavarnos los pies a lo que no podemos negarnos si queremos tener parte con El, como le diría a Pedro. Dejémonos, pues, tocar en lo más hondo del corazón por el amor de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. No importa lo que seamos o lo que hayamos hecho, pues El siempre tendrá una disculpa para nosotros porque no sabíamos lo que habíamos hecho. 

Ojalá nos llenáramos de esos sentimientos de Jesús y sea como en verdad  nos acercamos a los demás y a todos acogemos sin distinción.

sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

jueves, 23 de enero de 2025

Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

 


Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

Hebreos 7,25–8,6; Salmo 39; Marcos 3,7-12

Confieso que a mí no me gusta meterme en aglomeraciones de personas donde te sientes estrujado por todas partes, parece que no puedes dar un paso sin tropezarte con alguien que no siempre conoces, donde parece que te asfixias en medio de tanta gente, pero algunas veces no queda más remedio si acaso tenemos que atravesar esa multitud para llegar a nuestro destino y no tenemos otro camino, o bien porque nos sintamos convocados a participar en alguna actividad social o de índole religiosa, sean las actividades de las fiestas populares  desde la expresión de nuestra religiosidad.

Podríamos pensar que nos sentimos anónimos en medio de la multitud, pero en un sentido más positivo que no solo somos número sino que es el apoyo de mi presencia, porque allí estoy con lo que es mi vida, con mis realidades y también carencias o con mis sueños, con mis luchas y con mis esperanzas, que no me puede hacer sentirme de forma anónima.

Hoy nos habla el evangelista de las multitudes que se aglomeraban en torno a Jesús. Incluso pone en labios de Jesús la petición de que tuvieran preparada una barca, no como un camino de huida ante la multitud, sino como un refugio para no sentirse estrujado por tanta gente. Nos detalla el evangelista que no era solo una muchedumbre venida de toda Galilea, sino que también de otras regiones y lugares habían venido hasta Jesús, ‘mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’.

Venían a escuchar a Jesús, pero venían con lo que eran sus vidas envueltas en la pobreza y los sufrimientos, venían con esas esperanzas que parecían marchitarse pero con la presencia y la palabra de aquel profeta de Galilea renacían esperando la llegada de un Mesías liberador; venían con sus enfermos, con el dolor pero también con el mal que anidaba en sus vidas y del que querían liberarse. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Como escucharemos en otros momentos reconocerán que nadie ha hablado como El, que un gran profeta ha aparecido en medio de su pueblo, algunos le llamarán el Hijo de Dios, aunque para Jesús no es el momento de esas manifestaciones y confesiones de fe. Está comenzando a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios y lo que Jesús quiere es que desde lo más hondo los corazones se vayan transformando. Los fogonazos instantáneos de fervor pronto pueden acabarse y quedarse en nada aquella luz. Pero cuando los espíritus inmundos lo reconocían postrándose ante él, ‘Jesús les prohibía severamente que lo diesen a conocer’.

¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Nos quedaremos en ser parte de una masa anónima o seremos capaces de ponernos ante Jesús como somos y con lo que somos? Es algo que tenemos que cuidar mucho para que nuestros actos no se queden en algo formal y ritual.

Piensa, por ejemplo, cuando vas a la Iglesia casa semana para la celebración dominical de la Eucaristía ¿allí estas poniendo lo que es realmente tu vida, con sus cosas negativas y con sus cosas positivas, con tus sufrimientos y carencias, con tus sueños y tus esperanzas, con lo que son tus relaciones con los demás o con lo que es tu trabajo y tu vida de familia, con tus necesidades de índole material pero también en lo que tiene que ser la vida de tu espíritu? No podemos hacer como dos partes estancas y totalmente separadas lo que es mi vida de cada día y lo que estoy viviendo cuando voy a una celebración.

Es que Jesús quiere llegar ahí, a lo que es tu vida concreta que vives cada día que no siempre es fácil; quiere ser esa luz de esperanza que te haga caminar y te levante los ánimos; quiere ser ese viático para nuestro camino porque es donde nos apoyamos y de donde recibimos la fuerza que necesitamos. Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros.

martes, 10 de septiembre de 2024

Necesitamos encontrar momentos de interiorización, de apertura del corazón a Dios para asumir la misión que Jesús también nos está confiando

 


Necesitamos encontrar momentos de interiorización, de apertura del corazón a Dios para asumir la misión que Jesús también nos está confiando

1Corintios 6, 1-11; Salmo 149; Lucas 6, 12-19

Cuando en la vida tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes además de pensarlo y de reflexionarlo mucho normalmente pedimos consejo a personas que por su prudencia y sus conocimientos nos pudieran dar una opinión que nos ayudara en nuestra toma de decisiones; si se trata de escoger colaboradores para una tarea con los que hemos de trabajar codo con codo también nos lo pensamos mucho antes de elegirlos, viendo su experiencia y la práctica que hayan adquirido en otras actividades de sus vidas, sus conocimientos y su preparación, buscando también el consejo de personas expertas. No nos la podemos jugar.

Ha llegado el momento en el camino del anuncio del Reino de Dios que Jesús va realizando de ir escogiendo a personas que están cercanas a Jesús y al Evangelio que El nos está trasmitiendo para tenerlos como colaboradores directos suyos en esta tarea; estamos hablando quizás muy a lo humano, tal como se podría pensar en cualquier tarea que en la vida tengamos que realizar.

Pero aquí se trata de algo mas, es el anuncio del Reino de Dios, es la continuidad de la obra de Jesús, es la comunidad nueva que tiene que surgir desde la fe de aquellos que le siguen. ¿Jesús se aconseja, lo consulta con alguien? En un aspecto humano nada nos dice el evangelista, que además suele ser muy medido y escueto en el relato del Evangelio. Pero sí nos dice una cosa importante. Jesús se pasó a solas la noche en oración.

¿Dónde mejor podía acudir Jesús, hablando muy llanamente, cuando se trata de las obras de Dios y de la tarea del anuncio del Evangelio? Si nos fijamos bien en el evangelio tratando de hacer una análisis bien profundo de los gestos de Jesús, le veremos que en varios momentos que van a ser muy determinantes nos habla del evangelista de que Jesús se ha retirado a algún lugar apartado para orar.

Podemos pensar en el inicio de la predicación, que será a partir de aquella cuarentena de ayuno y oración que Jesús llevado por el Espíritu pasó en el desierto. Lo veremos igualmente en el momento en que va a vivir su Pascua, cuando van a comenzar los momentos de su entrega, de su pasión y muerte, se retira a Getsemaní. Ya al comienzo casi de su predicación por lo pueblos y ciudades de Galilea, tras aquellos primeros momentos allí en Cafarnaún, cuando toda la gente ya comenzaba a buscarlo, se retiró a solas a orar y cuando lo encuentran les dice que hay que ir a otro lugares para que allí también se anuncio la Buena Noticia del Reino de Dios. Ante de la resurrección de Lázaro, eleva también sus ojos al cielo dando gracias al Padre que le escucha por aquel signo de vida que va a realizar.

Podríamos seguir fijándonos en más momentos, pero nos quedamos en lo que hoy nos dice el Evangelio; va a escoger a aquellos discípulos que va a tener más cercanos a El para prepararlos para enviarlos como apóstoles en el anuncio del Evangelio y antes de pasa la noche en oración. Y de allí saldrán los hombres de los elegidos a los que llama por su nombre para tenerlos con El porque han de realizar su misma obra, su misma misión.

Con ellos bajará a la llanura y allí se encontrará con la multitud que le espera. Venían a escucharle, venían para ver liberados de sus dolencias y de sus males. Todos querían estar cerca de Jesús por en su presencia se sentían distintos, se sentían transformados y lanzados a algo nuevo, escuchándole renacían sus esperanzas y sentían que algo nuevo podía comenzar. No les importará venir de lejos o pasarse días en camino aunque se les acabaran sus provisiones.

Nos habla el evangelista que está en Galilea, pero allí hay gente de Jerusalén y de toda Judea; pero allí hay gentes venidas de lo que eran ya las fronteras de Israel porque vienen de la costa de Tiro y Sidón, aunque sean ciudades de gentiles. Por allá lo veremos un día marchar también porque curará a la hija de la Cananea, o al leproso de la región de la Decápolis, y también será en esa periferia donde un día pedirá la confesión de fe sus discípulos y prometerá que Pedro será la piedra sobre la que se edificará su Iglesia.

Una señal de la misión que ahora están recibiendo aquellos escogidos que habrán de ir al mundo entero para anunciar el evangelio de Jesús. Una señal de lo que es nuestra misión que también con el mismo espíritu de fe hemos de recibir de manos de Jesús. ¿No necesitaremos nosotros también encontrar esos momentos de interiorización, de reflexión, de oración, de apertura del corazón a Dios para escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos la misión que Jesús nos está confiando?

 

 

lunes, 5 de agosto de 2024

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

 


‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

Jeremías 28,1-17; Salmo 118; Mateo 14,13-21

Se suele decir que cuidado que el árbol no te impida ver el bosque; claro que no es habitual que peguemos nuestra nariz al tronco o a las ramas del árbol si lo que deseamos es ver el conjunto del bosque en su totalidad. Pero es que algo así nos pasa a veces en la vida, tenemos o nos dan una visión distorsionada de las cosas, de lo que sucede, de manera que no terminamos de ver lo que es la realidad; por mucha objetividad que se busque en fin de cuentas las noticias que nos llegan vienen filtradas por quienes nos las trasmiten, y muchas veces pesa mucho esa manera de pensar, esa ideología incluso, en lo que se nos trasmite. Desde las posturas que tomemos ante lo que sucede, insistiremos o resaltaremos más aquello que nos conviene para nuestra visión, ya sea desde un lado o de otro.

Con la problemática que vivimos en estos momentos de la cantidad de inmigrantes que de forma ilegal llegan a nuestra tierra, a nuestras costas hemos de decir en nuestra tierra canaria, hay el peligro de perder la objetividad. Esto días por las redes sociales me llegaba un video donde se veía lo que parecían ser unos inmigrantes en medio de unas peleas y violencias que todo lo destrozaban; quien me lo enviaba cargaba las tintas en que eso era lo que estaba sucediendo con la invasión, así hablaba, de esos inmigrantes.

Casualmente en estos mismos días en la prensa salía un hermoso artículo que hablaba de los jóvenes inmigrantes a los que se les daba una oportunidad y llegaban incluso a unos estudios superiores, mientras comentaba también un educador lo positivo que había sido la presencia de un grupo de estos muchachos en la clase de un colegio en la que la convivencia entre unos y otros hizo mucho bien y madurar de forma extraordinaria a los que eran de nuestra tierra.

¿Son todos violentos y vienen a quitar oportunidades a los hijos de esta tierra, o es una riqueza cultural y de vida el intercambio que se produce, además del bien que hacemos a quienes les damos esa oportunidad? Cuidado que el árbol no nos deje ver la riqueza completa del bosque.

¿Qué tiene que ver esto con el comentario al evangelio que siempre pretendemos hacer en este blog? Creo que mucho. Hoy volvemos a encontrarnos un episodio con el que repetidas veces nos hemos encontrado en estos días pasados. Jesús ha querido retirarse a un lugar apartado con el grupo de los discípulos, además después de la circunstancias de la muerte de Juan Bautista a manos de Herodes, pero cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud esperando. Ya hemos comentado todo cuanto sucedió en aquellos momentos.

Pero creo que el evangelio nos está enseñando también a tener una mirada nueva, una mirada distinta hacia toda aquella gente que se ha reunido allí en búsqueda de Jesús. Los discípulos ven una multitud cansada y hambrienta que además no dispone en aquellos lugares donde encontrar alimento. Pero ¿estará Jesús viendo algo más? En episodios paralelos de otros evangelistas Jesús hablara de quienes están desorientados y abandonados como ovejas sin pastor. Y ahora cuando los discípulos le dicen a Jesús que los despida para que se busquen por si mismos donde encontrar comida – era solo la visión que ellos tenían – Jesús les dice sin embargo que no los despedirá, sino que sean ellos los que les den de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice.

Aunque pudiera parece que solo esa comida material era lo importante en aquel gesto que va a realizar Jesús algo nuevo tendrá que despertarse en el corazón de todos. Allí solo tenían cinco panes y dos peces, nos dirá el evangelista. Y es lo que Jesús les pide. Quiere contar con esos pocos panes y peces. Unos pocos panes y peces que van a servir para que se alimente toda una multitud; unos pocos panes y peces que seguramente despertaría buenos sentimientos en todos aquellos que se vieron favorecidos por aquella comida. ¿Qué se despierta en nuestro corazón cuando en un momento determinado y cuando menos lo esperábamos nos sentimos ayudados, sentimos que se nos tendía una mano para algo nuevo y distinto?

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús a nosotros también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes, aunque sintamos pesar sobre nosotros la pobreza, aunque muchas veces nos sintamos tan incapaces que no sabemos cómo salir adelante, pero siempre hay algo que podemos hacer, siempre habrá una presencia, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, una mano tendida, un oído atento para escuchar, un silencio que llena de calor el momento, una mirada nueva por nuestra parte para ver las cosas de otra manera, para descubrir también muchas cosas positivas.

¿Qué nos está pidiendo realmente el mundo que nos rodea? Es cierto que son necesarias grandes soluciones para los problemas que envuelven hoy nuestro mundo, pero es cierto también que muchas están esperando ese gesto sencillo con el que se van a sentir valorados y se sentirán con fuerza para emprender de nuevo el camino.

‘Dadle vosotros de comer’, nos dice Jesús ¿y qué vamos a hacer?


viernes, 12 de abril de 2024

Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

 


Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Salmo 26; Juan 6, 1-15

Cuantas veces lo hemos pensado, total, qué puedo hacer yo si soy solo, qué puedo hacer yo que soy poca cosa ante la magnitud de lo que se presenta, de lo que hay que hacer; nos lo decimos, rehuyendo compromisos, cuando hablamos de cómo andan las cosas, de cómo está nuestro mundo, de tanto que habría que hacer para que las cosas mejoren, y todos tenemos ideas porque nuestras tertulias están llenas de proposiciones; pero nos echamos atrás, porque decimos que la tarea nos supera, qué es uno en medio de tantos y cosas por el estilo. Y nos olvidamos que el grano de arena, por pequeño que sea, hace montón, que la gota de agua no es todo el océano, pero el océano no sería tal si no se juntaran todas esas gotas de agua.

Tenemos que pensarlo de cara a nuestros compromisos con la sociedad en la que vivimos; cuando se inicia una acción comunitaria que va a ayudar a mejor la vida de todos, siempre nos quedamos atrás, rehuimos el compromiso, pensamos que son otros los que tienen que realizarlo, y nos quedamos con los brazos cruzados como espectadores. Ya nos dirá Jesús que quien no es fiel en lo pequeño no sabrá ser fiel en lo grande o en lo importante. Seremos poca cosa, pero es nuestro grano de arena que ayudará a hacer montón. 

Hoy el evangelio es claro en este sentido. Una multitud grande seguía a Jesús. Llevaban varios días siguiéndolo por aquellos caminos y aldeas, ahora están lejos y Jesús se da cuenta de cual es la situación. Aquella muchedumbre está hambrienta, y en este caso es también hambre de pan, porque llevan varios días con Jesús y las provisiones se han agotado. ¿Dónde compraremos panes para que coma toda esta gente? Es la pregunta que surge

No hay solución, están en descampado y allí no hay donde buscar pan, además se necesitaría una cantidad grande de dinero para comprar pan para toda esta gente. ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo’. Pero no hay donde comprarlo.

Y aparece uno de los apóstoles con la noticia de que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero el muchacho ha hecho desde su pobreza su aportación. Nada se reserva para él a pesar de su pobreza. El pan de cebada es el que comían los pobres que no tenían posibilidades de comprar trigo para hacer la harina. Aquí está este pequeño, pobre, con sus cinco panes y dos peces, y aunque parezca que eso no es nada para tantos, Jesús les dice que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio – los detalles del evangelio que se fija también en los pequeños detalles – y el resto queda de manos de Jesús. ‘Solo los hombres eran unos cinco mil’, nos detalla también el evangelista. Lo de menos son los números porque lo importante es la acción de Jesús precedida por la generosidad de aquel muchacho.

El gesto es sencillo. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’.  Y comieron todos hasta hartarse; y las sobras se recogieron, ‘llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido’. Y ya sabemos la reacción de la gente que quiere hacerle rey, porque están reconociendo que Jesús es el esperado que tenía que venir, pero no ha llegado su hora y Jesús se retira a la montaña, él solo, mientras a los apóstoles los envía en barca a la otra orilla.

Quedémonos con el gesto. El que parece que es el más pequeño y más pobre es quien es capaz de ofrecerlo todo. Y se pudo realizar la maravilla que luego tantas cosas, como signo, nos ha sugerido. Pero hoy quiero quedarme en el signo del desprendimiento y de la generosidad, en el signo de lo pequeño con lo que podemos realizar cosas grandes. ¿No decía María que el Poderoso había hecho obras grandes en ella que solo era la humilde esclava del Señor?

¿Aprenderemos los caminos de la generosidad y del desprendimiento aun desde lo pequeño e incluso lo que nos pueda parecer que no vale nada? Tu vida, mi vida, es ese pequeño grano de arena, es ese pequeño y pobre pan de cebada, pero con el que construimos el Reino de Dios. Cuánto se ha quedado sin hacer porque nos considerábamos pequeños y no dimos el paso adelante. Unos pobres pescadores de Galilea se pusieron en camino por el mundo y el evangelio ha llegado o está llegando a todos los rincones.

¿Qué gesto de desprendimiento has de realizar para que el Reino de Dios se haga más presente en el hoy de nuestro mundo?

jueves, 19 de enero de 2023

Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

 


Tenemos que ser voz, signo, testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que tenemos que ir hasta Jesús

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12

‘Los discípulos le tenían preparada una barca no los fuera a estrujar el gentío’. Es lo que suele pasar en las aglomeraciones multitudinarias. Son incluso noticias que escuchamos con demasiada frecuencia y hoy se encargan los organizadores, o protección civil o a quien le corresponde prever todo lo que pueda suceder, las gentes que en determinado momento y lugar se pueden congregar para establecer sus protocolos de actuación. Más de una vez nos habremos visto desbordados en alguna procesión sin asistencia de autoridades que ayuden a mantener el orden y surgen esas personas voluntarias que se encargan de todo para que todo salga bien. Algo así estaban haciendo aquellos primeros discípulos que seguían a Jesús.

Estamos aun en los primeros capítulos del evangelio de Marcos y ya vemos cómo la fama de Jesús se va extendiendo por todas partes y nos habla hoy el evangelista de gentes venidas de todas las regiones de Palestina para escuchar a Jesús. Y como oían hablar de las curaciones que hacía, aunque no habían terminado de entender el sentido de signo que tales milagros tenían de lo que había de ser el Reino de Dios, le traían toda clase de enfermos y venidos también de todas partes. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’. Justo que los discípulos tuvieran preparada una barca. Otro evangelista nos dirá más en concreto que desde la barca enseñaba a la multitud reunida en la playa en torno a El.

Son la gente sencilla y humilde los que le siguen. Están hambrientas de Dios, deseosos de poner esperanza en el corazón y una palabra de vida que escucharan sabían acogerla con prontitud en el corazón. Por eso les vemos acudir de todas partes. En Jesús se despertaban sus esperanzas y se sentían saciados en el espíritu, en sus corazones. Algo nuevo estaba sucediendo. Palpitaban de una manera nueva sus corazones.

Es el deseo de Dios que tiene que despertarse en nuestros corazones. Muchas veces andamos como adormecidos. Los problemas nos abruman, la desesperanza ronda por doquier, una frialdad nueva va envolviéndolo todo, los sentimientos religiosos más elementales se apagan, nos domina el materialismo que nos hace pensar que en la posesión de las cosas tenemos toda la felicidad, se nos promete un bienestar que no acaba de llegar, y buscamos de la manera que sea disfrutar de todo en una sensualidad demasiado explosiva.

¿Cuáles son los derroteros de la vida? ¿Cuál es el camino que está escogiendo nuestro mundo? Hemos descolgado de la vida esos valores espirituales que nos elevarían y darían una nueva trascendencia a nuestra existencia, vivimos en el ahora, en el hoy, en el disfrute de lo primero que se nos presente, pero no nos terminamos de saciar mientras contemplamos como otros se sienten hartos de la vida y no saben qué hacer. Hay mucha enfermedad de muerte en el mundo que nos rodea pero ya la gente no acude a Jesús, como vemos hoy en el evangelio. ¿Qué podemos hacer?

Y en medio estamos nosotros, que aun decimos que creemos en Jesús y buscamos de alguna manera cómo escucharle. No podemos perder esa luz que se enciende en nuestro corazón cuando escuchamos de verdad la Palabra del Evangelio. Tenemos que despertar nosotros para que no nos envuelvan esas turbulencias de la vida, y tenemos que ser grito que despierte a cuando hay a nuestro alrededor.

Tenemos que ser esa voz, ese signo, ese testimonio en medio del mundo de que es posible la salvación, que podemos soñar en algo nuevo y distinto, que podemos elevar nuestro espíritu, que en Jesús podemos encontrar esa luz y tenemos que llevar de la mano a los que están a nuestro lado para que se acerquen a Jesús. No nos podemos cruzar de brazos, no nos podemos quedar en una actitud pasiva, tenemos que salir también a los caminos con Jesús para darlo a conocer a nuestro mundo.

lunes, 1 de agosto de 2022

Dadles vosotros de comer, nos dice Jesús, y pone en nuestras manos una cesta que nos parece de pocos panes para que comencemos a repartir entre la multitud

 


Dadles vosotros de comer, nos dice Jesús, y pone en nuestras manos una cesta que nos parece de pocos panes para que comencemos a repartir entre la multitud

Jeremías 28,1-17; Sal 118; Mateo 14,13-21

Que se las arreglen como puedan, no sabían ellos en lo que se iban a meter, que busquen solución, que busquen salida… habremos dicho en más de una ocasión, o habremos oído decir. El que se busca los problemas solito, que solito se las arregle para salir de ellos. Y volvemos la mirada para otro lado, para no saber, para no enterarnos, para desentendernos creyendo que nos quedábamos con la conciencia tranquila. Con qué facilidad lo hacemos tantas veces.

¿Serán esas las actitudes de un seguidor de Jesús, de quien se dice su discípulo? Nos sentimos tentados y muchas veces nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que otros dicen o hacen. En aquella ocasión daba la impresión de que los discípulos conscientes de la situación que se iba a presentar, querían quitarse el mochuelo de encima. Y allá van a decirle al Maestro que es tarde, que despida a la gente que no tienen qué comer ni con qué dar de comer a aquella multitud.

Y es que Jesús se los encontraba por todas partes. Había sucedido lo de Juan el Bautista allá en la fortaleza de Maqueronte, que había sido mandado decapitar por Herodes, y Jesús quiere llevarse a los discípulos que siempre andaban con El a lugares apartados. ¿Quizás para evitar que les cayera encima del desánimo y los temores de que a ellos les pudiera pasar algo parecido? El todo es que cuando llegan a aquel lugar apartado allá se encuentran con una multitud que los está esperando. Y allí apareció la misericordia y la compasión de Jesús y curó a muchos enfermos de todo tipo y se puso a enseñarles. Pero el tiempo vuela, como solemos decir, y llega la tarde y la gente ha venido de alguna manera de lejos. ¿Dónde encontrarán para comer? Es la preocupación de los discípulos que algo habían ido aprendiendo y al menos tenían la sensibilidad de ver el problema que se les iba a presentar.

‘Dadles vosotros de comer’, fue la respuesta de Jesús. ¿Pero no decimos que estamos en descampado y lejos? ¿Dónde vamos a conseguir panes para que coman todos? Solo tenían unos pocos panes – solamente cinco – y un par de peces. Pero ¿qué es esto para tantos? ¿Cómo Jesús les dice que le den ellos de comer? Se mirarían unos a otros sin saber qué hacer y cómo responder al Maestro. Pero Jesús sí sabe lo que va a hacer.

Pide que se los traigan, que la gente se siente en el suelo, y Jesús quiere seguir contando con los discípulos. Después de bendecir el pan, de dar gracias y bendición a Dios, les pide a ellos que los repartan entre todos. ¿Cómo sería la mirada que entre unos y otros se dirigieran? ¿Qué vamos a repartir? ¿Hasta dónde van a llegar repartiendo aquellos pocos panes? Pero el milagro se realizó.

Nos hemos fijado en el comentario en dos aspectos que ciertamente es uno. Jesús quiere contar con los discípulos, que sean ellos los que finalmente repartan el pan a la gente e incluso al final recojan las sobras. Pero eran cinco panes solamente, y eran muchos los que allí estaban congregados, pero fueron muchas cestas de pan las que se recogieron después de comer todos y quedar hartos.

¿Entenderemos el mensaje, la lección? Porque también nos seguimos encontrando en torno nuestro a una multitud hambrienta. Como aquellos que en aquellas llanuras de Galilea se congregaban en torno a Jesús, con sus enfermos, con su hambre y sus miserias, con sus desesperanzas y con todas las negruras que se meten en el alma cuando perdemos la esperanza, con nuestras pobrezas que son también ese vacío interior que muchas veces llevamos en nosotros, con sus agobios y con toda la desorientación con la que se va viviendo en la vida, con los problemas que se amontonan y que aun no se han solucionado y aparecen otras pandemias con sus soledades u otras guerras en tantas violencias que nos van azotando por aquí y por allá.

Muchas veces nos damos cuenta de todo eso que de alguna manera nos quiere envolver también a nosotros, y nos encontramos sin saber qué hacer, nos encontramos sin saber como dar salida, pero Jesús a nosotros también nos está diciendo, ‘dadles vosotros de comer’ y pone un cesto con pocos panes en nuestras manos para que comencemos a repartir. Y nos sentimos como impotentes, nos sabemos tan pobres que no realmente no sabemos a donde vamos a llegar, pero Dios está queriendo contar con nosotros, con los que nos decimos sus discípulos, con lo que creemos en Jesús y en el Reino de Dios que nos anuncia, con la Iglesia que quiere llamarse la Iglesia de Jesús.

¿Y qué hacemos? ¿Nos daremos cuenta de que Jesús nos está urgiendo a que pongamos manos a la obra? ¿Cuándo comenzaremos de verdad a darle de comer a ese mundo que nos rodea?

jueves, 20 de enero de 2022

Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

 


Partamos de la conversión del corazón para que haya un verdadero seguimiento de Jesús sin fanatismos y que se manifiesta en un compromiso de vida cristiana auténtica

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Los entusiasmos a veces nos pueden llevar a confusiones. Y por otra parte qué fáciles de manipular son unas multitudes enfervorizadas o entusiasmadas por algo. Basta que surja una voz que diga por aquí, para que todos a una corran en aquella dirección. Las manifestaciones tienen a veces consecuencias que no somos capaces de prevenir muy bien, cuando una multitud entusiasmada se ciega ante unas consignas no sabemos en lo que puede terminar; fijémonos en las violencias que provocan en ocasiones incluso en personas que nos parecía que eran muy pacíficas.

Pero esto puede hacer referencia a muchas cosas en la vida. Un entusiasmo por la amistad con alguien algunas veces puede llevar a confusiones donde no sabemos qué es realmente la verdadera amistad o las pasiones que se pueden desbocar. Nos podemos cegar en nuestro entusiasmo y realmente no lleguemos a captar lo verdadero y mejor de un mensaje, y en el aspecto religioso – que también en otros aspectos de la vida social – pueden desembocar en fanatismos, que no llevan en si mismos la verdadera paz del espíritu.

No quería Jesús que fuese ese el camino de los que le seguían y se convertían en sus discípulos. En el evangelio vemos con frecuencia esas multitudes que acuden de todas partes a Jesús porque quieren escucharle en las nuevas esperanzas que se suscitan en sus corazones, pero muchas veces solo buscando al taumaturgo que milagrosamente nos libere de todos los males, pero no dejando que se liberen de verdad los corazones. De ello nos está hablando hoy el evangelio. ‘Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón…Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Al principio hay unas previsiones que podríamos llamar de orden público o de protección civil empleando lenguajes de nuestro tiempo, ‘porque encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío’. Pero pronto vemos que Jesús quiere hacerles reflexionar en algo más. No dejaba que los que habían sido curados de los espíritus inmundos divulgaran lo que Jesús hacía o lo que ellos decían que era Jesús. ‘Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer’. No busca Jesús que su seguimiento sea simplemente por esos entusiasmos milagreros. El ha venido a anunciar la llegada del Reino de Dios y todo ha de comenzar por la conversión de los corazones. Mientras no haya esa conversión del corazón no habrá un verdadero seguimiento de Jesús.

¿Cuál es nuestra manera de seguimiento de Jesús? ¿Partiremos en verdad de esa conversión de los corazones? Bien conocemos nuestra realidad que en cierto modo es tan variada. Somos dados a movernos solamente desde cosas extraordinarias y fácilmente nos entusiasmamos con hechos milagrosos. Ha seguido siendo así a pesar del cambio de los tiempos. Sin quitarle el valor que esos lugares pudieran tener y ser también un signo que nos llame a la conversión, pero qué fáciles somos para correr de acá para allá buscando esos santuarios y lugares que encontramos más milagrosos. Seguimos buscando ese milagro que, decimos, fortalezca nuestra fe.

Nos entusiasmamos con manifestaciones multitudinarias en torno a una imagen sagrada, pero quizá no somos capaces de abrir con el mismo entusiasmo los oídos del corazón para escuchar la llamada del Señor a una vida mejor y una vida más santa. Cuidado no caigamos en la pendiente de los fanatismos religiosos por los que fácilmente podemos resbalar y cuando pase ese momento de verdad todo se pueda quedar en un vacío.

Creo que tenemos que ir haciendo paradas en la carrera de nuestra vida para entrar en momentos de mayor reflexión y de mayor interiorización, de un crecimiento de una verdadera espiritualidad que interiormente nos haga crecer y que se manifieste luego en ese compromiso de una vida cristiana auténtica, de una vida de un verdadero seguimiento de Jesús.

 

sábado, 8 de enero de 2022

La escucha del evangelio y el encuentro con Jesús no nos permite quedarnos en lo de siempre sino que pide actitudes y compromisos nuevos

 


La escucha del evangelio y el encuentro con Jesús no nos permite quedarnos en lo de siempre sino que pide actitudes y compromisos nuevos

1Juan 4, 7-10: Sal 71; Marcos 6, 34-44

Yo es que aquí ahora no vine para eso, yo venía con un motivo… pudiera ser la respuesta que encontramos en alguien ante una situación inesperada que se ha presentado y que parece que rompe todos los planes que nos traíamos en mano. Nos sentimos desconcertados por lo que se nos ha presentado y no sabemos como actuar, porque aunque parezca urgente aquella situación que se ha presentado, nosotros veníamos con una idea, con un planteamiento, con una cosa que realizar y que parece que todo se ha venido abajo. Nos encontramos con situaciones así en la vida y tenemos que discernir qué es lo que tenemos que hacer en ese momento, qué es lo que está primero y lo que es más importante en ese momento. Quizás no nos piden nada, pero ahí está esa situación que podríamos ver con cierta urgencia.

Jesús se había marchado con el grupo de sus discípulos más íntimos, aquellos incluso a los que iba adoctrinando de manera especial sobre el Reino de Dios, a un lugar apartado porque quería estar a solas con ellos; no les dejaban tiempo ni para comer, había comentado el evangelista y por eso se habían ido al descampado, donde pensaban que nadie los iba a encontrar. Pero cuando desembarcaron en aquella orilla se encontraron con una multitud que los esperaba; por tierra habían visto la dirección que tomaba la barca y allá se habían dirigido. ¿Qué hacer?

El evangelista nos dice que cuando llegaron y se encontraron con aquella multitud a Jesús le dio lástima de aquella gente porque andaban como ovejas sin pastor. Sin que nadie dijera nada, sin que nadie pidiera nada – aunque allí estaba aquella multitud que andaba buscando a Jesús – se puso a enseñarles con calma muchas cosas.

No podía dejar que se marcharan sin recibir nada de lo que esperaban en sus corazones. Pero no podía tampoco dejarlos marchar hambrientos porque las provisiones que habían cogido en sus prisas por ir al encuentro con Jesús habían sido pocas. Había que darle de comer a aquella multitud. ‘Estamos en despoblado, dicen sus discípulos más cercanos, despídeles para que vayan a las aldeas más cercanas a buscar algo de comer’. Pero Jesús no los puede despedir, hay que darle de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice a sus discípulos. Tampoco ellos pueden cruzarse de brazos y desentenderse.

Cuánto nos enseña Jesús. Nos desentendemos tantas veces porque ese no es nuestro problema; queremos pasar de largo como si no hubiéramos visto la necesidad; que se las arreglen, nos decimos, queriendo quizás acallar nuestra conciencia; eso no nos toca a nosotros, nos queremos justificar mandando de un sitio para otro para que sean otros los que solucionen las cosas, nosotros no vinimos para eso ahora aquí. Pero un discípulo de Jesús no puede desentenderse, no puede pasar de largo, no puede dejar que haya alguien que siga sufriendo, no puede ser insensible ante la necesidad o el sufrimiento de los demás. Y cuántas veces lo somos. Hermosa lección que nos está dejando Jesús.

Es difícil cambiarnos por dentro; es difícil que demos el brazo a torcer y nos sintamos sensibilizados por el sufrimiento de los demás; con qué facilidad queremos seguir de largo pasando la pelota a los otros para que lo solucionen. Nuestro corazón se nos bloquea tantas veces y nos encerramos en nosotros mismos, no queremos saber, no queremos enterarnos, ya nosotros tenemos nuestros problemas. Y ahí nos quedamos.

Por algo nos está diciendo Jesús desde el primer anuncio que hace del Reino de Dios, que tenemos que cambiar, que tenemos que darle la vuelta a la vida, a nuestros pensamientos, a los planteamientos que siempre hemos venido haciéndonos, nos pide conversión y cómo nosotros reculamos para detrás y hacemos como que no nos enteramos. Qué actitudes nuevas tenemos que poner en nuestro corazón. Tenemos que comenzar a actuar de manera distinta, pero cuanto nos cuesta dar el paso. ¿Cuándo le vamos a dar respuesta a lo que nos pide Jesús?

sábado, 13 de febrero de 2021

No nos podemos quedar paralizados antes los problemas que surgen sino que hemos de saber implicarnos también pedir la colaboración de los que están a nuestro lado

 


No nos podemos quedar paralizados antes los problemas que surgen sino que hemos de saber implicarnos  también pedir la colaboración de los que están a nuestro lado

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

A veces escuchamos voces que no sé si son alarmistas sobre la capacidad de nuestro planeta para alimentar a cuantos lo habitamos además con las perspectivas de crecimiento de la humanidad en los próximos años; los sociólogos, los economistas y quienes entienden de esas cosas – organismos internacionales del tema creo que hay hasta demasiados - tendrían que explicarnos y darnos soluciones lejos de las ideologías que algunas veces marcan excesivamente las respuestas que se dan a los graves problemas del mundo a esto que se plantea como un problema de futuro de la humanidad que algunos ya lo ven como muy cercano en las próximas generaciones.

No soy economista, no soy político ni dirigente de nada, no soy sociólogo y no soy quien se vaya a poner a dar soluciones definitivas. Pero sí quiero ofrecer mi pobre pensamiento pero que quiero iluminar desde mi fe en el Señor y desde los valores que aprendo en el evangelio. No solo pienso en los graves y grandes problemas a los que se ve enfrentada la humanidad, sino también a esos pequeños o no tan pequeños problemas con que nos vamos tropezando cada día en nosotros o en los que están a nuestro lado.

Primero que nunca nuestra postura puede ser un cruzarnos de brazos quedándonos como paralizados por mucho que sea el problema; capacidades tenemos en nuestra fe, inteligencia y voluntad para trabajar por hacer que nuestro mundo marche nos ha dado el Señor que ha puesto precisamente ese mundo en nuestras manos. Darle la espalda al problema porque sea grande no puede ser nunca nuestra solución.

Pero hay algo más que podemos hacer cuando nos encontramos problemas de difícil solución, implicar a los demás en esa tarea. Sí, pedir colaboración, como se suele decir dos cabezas piensan más que una, y a nuestro lado en nuestro mundo podemos encontrarnos con muchos con grandes capacidades a los que tendríamos que implicar. Y no hablo, me entendéis, solo de ese problema de la alimentación de la humanidad (eso es como una imagen y un ejemplo) sino que estoy pensando en todos esos problemas con que nos encontramos día a día, que no son solo mis problemas personales, sino que son cosas que afectan a los demás.  

Como se suele decir, trabajar en equipo; formar equipo llamando a la colaboración de los demás; despertar la solidaridad en los otros para que se despojen de sus orgullos y de su cerrazón y sepan poner su mano en el empuje camino de la solución de esos problemas con los que vamos luchando a tanto.

También se suele decir que grano a grano crece el montón, pero muchas veces lo que los otros pueden aportar son algo más que pequeños granos, aunque nunca podemos despreciar las pequeñas cosas que puedan aportar los otros, y cuanto podríamos lograr entre todos. Bien sabemos, por otra parte, cómo muchas de esas cosas que tenemos las desperdiciamos porque ni las usamos nosotros ni somos capaces de ponerlas al servicio del bien común con lo que crearíamos una hermosa riqueza que nos embellecería a todos.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Jesús caminando por aquellas aldeas y pueblos de Galilea, donde incluso se había acercado a los límites de la antigua Fenicia, había ido haciendo que mucha gente se fuera con El de un lugar para otro. Ahora ya hay una considerable multitud que llevan varios días con Jesús y sus pobres provisiones se han acabado. Hay que darle de comer a toda esa gente y primero que nada Jesús quiere contar con sus discípulos más cercanos. ¿Qué pueden hacer ellos si tampoco llevan muchas provisiones? ¿A dónde ir a comprar pan en aquellas circunstancias y además para tanta gente? Ante el problema que surge se quedan medio paralizados sin saber qué hacer, aunque Jesús les está pidiendo que se impliquen.

Habrá alguien que tiene siete panes, luego aparecerán también algunos peces, pero ¿qué es esto para tantos? Pero Jesús da gracias por ello, bendice al Padre que ha puesto generosidad en algunos corazones y bendice también aquellos panes que se comienzan a repartir. A la gente se le ha pedido que se sienten en el suelo o donde puedan. Comerán hasta saciarse, sobrarán hasta siete cestos de pan. El milagro se ha realizado.

¿No nos estará diciendo este evangelio como tenemos nosotros que implicarnos en los problemas que nos vamos encontrando en nuestro mundo, incluso aunque no nos pidieran colaboración? ¿No nos estará pidiendo el Señor que sepamos implicar también a los demás para que cada uno aporte su pequeño pan, o simplemente el puñadito de harina – y nos acordamos de la pobre viuda en los tiempos del profeta Elías - que nos puede quedar resguardado para cuando surja la extrema necesidad? ¿Aprenderemos a valorar las pequeñas aportaciones, los pequeños e insignificantes dones que cada uno pueda ofrecer? También nos podríamos acordar de la viuda de los dos cuartos en el templo de Jerusalén. Mucho nos dice este evangelio.

jueves, 6 de agosto de 2020

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

2 Pedro 1, 16-19; Sal 96; Mateo 17, 1-9

¡Qué bien se está aquí! ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!’ La reacción de Pedro y por asentimiento de los otros dos discípulos que habían subido con Jesús aquella montaña alta. La reacción que tenemos cuando nos sentimos a gusto en un lugar, sobre todo después quizás de un esfuerzo grande y llega el momento de relax, de descanso, de pausa, de silencio después de la algarabía.

En las carreras locas en que muchas veces vamos por la vida que parece que nunca tenemos tiempo para detenernos si un día llega ese momento en que podemos parar y relajarnos, ya no queremos salir de allí; ansiamos esos momentos como los de gran felicidad, aunque no siempre sabemos aprovecharlos. Quizá son esos momentos que tantos deseamos en medio de los problemas de la vida, los momentos que buscamos aunque algunas veces los tenemos más cerca de lo que pensamos cuando la vida se nos desestabiliza y perdemos la rutina de lo que veníamos haciendo un día y otro.

Deseamos quizás ese momento que nos ayude a pensar, lo tenemos a mano, pero seguimos buscando otras rutinas u otras carreras como las que siempre habíamos vivido y no aprovechamos las oportunidades que se nos ofrecen que quizá podrían ser un buen arranque para un cambio a mejor en la vida. En los últimos meses la vida, la situación que hemos vivimos y seguimos viviendo nos obligó a hacer paradas, a dejar a un lado esas carreras locas, pero buscábamos quizá en qué entretenernos y no hemos sabido sacarle jugo a toda esta situación. Pero quizá seguimos diciendo ¡qué bien se está aquí si esto durara!

Me estoy haciendo toda esta reflexión a partir de esa frase que le salió espontánea a Pedro cuando contempló aquellos momentos de gloria en el Tabor, que también le llenarían de mucha paz en el corazón. Jesús se los había llevado a aquella montaña alta, haciendo una pausa en aquel caminar de un lado para otro en medio de las llanuras y aldeas de Galilea, porque al manifestarles su gloria en la transfiguración aquello podía ser un buen punto de partida para que terminaran de comprender todo el Misterio de Dios que en El se manifestaba y que fuera además preparación para los momentos duros que se avecinaban en la cercana pascua en Jerusalén.

Aquello  había sido un momento, un momento importante, pero por muy bien que estuvieran no se podían quedar allí. Había que seguir el camino hasta la Pascua, había que bajar de nuevo de la Montaña de la Transfiguración porque tendrían que llegar a la montaña de la pascua, de la pasión y de la muerte para poder finalmente contemplar la gloria de la resurrección de la que ahora estaban como pregustando sus mieles. De alguna manera para los discípulos era incierto lo que se avecinaba, aunque Jesús bien sabía cuál era el camino.

Como nosotros que seguimos en el camino de la vida, volviendo quizá a los mismos caminos y viéndonos obligados a emprender otros distintos. Es lo que tenemos que descubrir, es a lo que tiene que ayudarnos este parón que en la vida estamos haciendo. El camino que iban a recorrer Jesús y sus discípulos hasta llegar al calvario y a la mañana del sepulcro vacío realmente para ellos iba a ser un camino nuevo. Jesús les estaba preparando porque tras la pascua vendría el envío, y sí que tendrían que emprender nuevos caminos iluminados solo por la fe.

¿No necesitaremos nosotros también esa luz de la fe? Cuantos nuevos horizontes pueden aparecer en nuestra vida a donde dirigir nuestros caminos. Y saldremos de estas situaciones, y nos arrancaremos de nuestros problemas, y tendremos en muchas ocasiones que emprender una vida distinta que se nos presenta bastante incierta en las decisiones que tendremos que tomar. Pero la luz del Tabor tiene que seguir iluminándonos en esa bajada de la montaña y ese camino que vamos a realizar y que tenemos que hacerlo con un sentido nuevo.

Cada uno pensemos en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras dudas y hasta en nuestros miedos, cada uno pensemos en ese camino que el Señor nos está llamando a recorrer.

 


miércoles, 4 de diciembre de 2019

No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?



No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22;  Mateo 15, 29-37
Comer, alimentarnos es una de las necesidades básicas de la vida. Necesitamos del alimento porque es la energía que nos hace mantenernos vivos. Y no vamos a abundar aquí y ahora en lo de la alimentación adecuada y equilibrada que tanto se nos repite por todas partes, pero aquel que tiene carencias en su vida en sus necesidades básicas buscará el alimento que sea donde pueda encontrarlo. Poder alimentarnos es una satisfacción importante de la que todos tendríamos que poder disfrutar.
Pero bien sabemos que la comida puede significar mucho más, porque es ocasión de encuentro con los otros y algo que nos motiva y nos lleva a la unión y a la comunión cuando hacemos la comida en común y puede ser signo de alegría y de fiesta; cuando celebramos algo que nos llena de alegría y queremos compartir esa alegría con los demás comemos juntos y la comida se convierte en fiesta. Muchas más cosas podríamos reflexionar siguiendo por ese camino.
Entre los anuncios que se hacen para los tiempos mesiánicos están precisamente los signos del festín, de la comida de fiesta a la que todos están invitados, como nos habla hoy el profeta. ‘En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados’. Se acabarán los lutos y los sufrimientos, todo será alegría y fiesta en una vida nueva. Es el encuentro, es la nueva comunión entre todos, es el signo de ese mundo nuevo que se llamará el Reino de Dios.
Y Jesús realiza esos signos con todo su sentido profético, pero también como señal de que ese mundo nuevo ha llegado. Hoy el evangelio habla de las multitudes hambrientas que siguen a Jesús; hambrientas de su Palabra, acuden a escucharle de todas partes porque en Jesús renace la esperanza en los corazones; hambrientos con sus necesidades y problemas, siempre vemos en esas multitudes corazones atormentados, cuerpos rotos, sufrimiento y dolor desde sus imposibilidades físicas, pero también desde la insatisfacción que hay en sus corazones.
‘Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel’, nos dice el evangelio.
Pero Jesús realiza un nuevo signo también de profundo sentido mesiánico. La multitud está hambrienta porque llevan muchos días con Jesús, están en descampado, no tienen que comer. ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’.
Allí en despoblado no hay donde buscar panes para tantos, como dicen sus discípulos ante el comentario de Jesús pero aparecerá alguien que tiene cinco panes y dos peces y que los pone a disposición. ‘¿Qué es eso para tantos?’ Cuando hay amor no importa lo pequeño sino la disponibilidad que nace de ese amor. Y el milagro se realiza. Comerán todos y sobrará.
Es la señal del Reino. Es el encuentro y el compartir que al final se convertirá en fiesta. Ojalá supiéramos irlo haciendo por la vida. No hace falta mucho, no hacen falta muchas cosas sino lo que hace falta es mucho amor. ¿Seremos capaces nosotros de ponerlo para que se realicen también entre nosotros las señales del Reino? Un buen pensamiento que nos puede ir acompañando en este camino de Adviento que estamos haciendo. Y la vida será un festín.