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viernes, 1 de noviembre de 2024

Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

 


Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Lo hemos escuchado no hace muchos días en el evangelio en medio de la semana; algunos de los que acompañaban a Jesús en su camino hacia Jerusalén al escucharle sobre el anuncio que Jesús les iba haciendo en el camino, en una conversación distendida y llena de imágenes sencillas, como Jesús solía hablarles, se atrevieron a preguntarle a Jesús si eran muchos o eran pocos los que se salven.

Era también una pregunta muy frecuente que le hacían quizás desde diferentes enfoques y por supuesto según el sentido de salvación que ellos tenían, o desde aquellas discusiones que entre ellos se tenían sobre todo en las escuelas teológicas donde se formaban los que habían de ser futuros maestros de la ley el pedir como una pauta, unas reglas, unos protocolos que diríamos hoy que tanto están de moda para todo, para alcanzar el Reino de Dios. ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna? ¿Cuál es el mandamiento primero y principal? Son preguntas que se van repitiendo, algunas veces también con la malévola intención de ver cómo podía cazar a Jesús por sus propias palabras.

Nosotros también buscamos pautas y reglas, aunque sea de mínimos porque no nos atrevemos a que se nos presenten cosas muy exigentes. Hoy casi como al principio del evangelio y cronológicamente de lo que fue la predicación de Jesús se nos da respuesta. Pero no poniéndonos unos mandamientos; más bien sugiriéndonos unas actitudes que marcarían y darían sentido a nuestras vidas.

Con toda solemnidad nos lo presenta el evangelista, en lo que pudiera parecer una compilación de lo que fue el conjunto de la predicación de Jesús. Sentado en el monte, con sus discípulos alrededor, pero con una muchedumbre inmensa y variada repartida por las faldas de la montaña y en la llanura. Pero a pesar de la solemnidad las palabras de Jesús sorprenden. Porque no solo está hablando a aquella muchedumbre variada allí reunida, sino que está hablando precisamente de esa misma muchedumbre. Habla de pobres y de gente sencilla, habla de personas deseosas de un mundo nuevo pero de personas que no han manchada la pureza, que hasta pudiera parecer inocente, de sus corazones; habla de gente que sufre y que tiene hambre, habla de los que son incomprendidos por las inquietudes que tienen en su corazón y también de aquellos que intentan en la vida dejar a un lado. Y a todos y de todos les dice que pueden ser felices, que, aun en esas situaciones que viven, son dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Sorpresa en las palabras de Jesús? Un bálsamo de esperanza, un despertar en los corazones la ilusión por algo nuevo que pueden conseguir, que pueden vivir; un interrogante que se abre en sus vidas pero que les hará buscar el modo, el camino ara hacer todo eso realidad; un sentir que las esperanzas se pueden cumplir y que no todo en la vida es negro y oscuro, sino que siempre pueden aparecer rayos de luz que nos ayudan a caminar; un darnos cuenta que merecen la pena esas inquietudes que algunas veces nos pueden llenar de sufrimiento y angustia porque nos parece que no se puede salir de ellas, pero que ahora se dan cuenta de que es posible porque algo nuevo se está gestando en la vida y en los corazones.

Pero eso no solo lo sintieron los que aquel día estaban en la llanura y al pie del monte cuando Jesús pronunció estas bienaventuranzas, sino que es algo que nosotros hoy también hemos de sentir porque nos estamos dando cuenta de por donde ha de ir el camino del Reino de Dios que queremos vivir. Es para nosotros también un rayo de luz y de esperanza.

Y estamos escuchando este evangelio hoy que celebramos la fiesta de todos los santos, en que contemplamos también esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar donde están todos esos de los que nos ha hablado Jesús en el sermón del monte. Cuando pensamos en los Santos, o cuando celebramos esta fiesta de todos los Santos podríamos pensar en quienes realizaron obras grandes y maravillosas, con un poder taumatúrgico extraordinario para realizar grandes milagros que salvarían a la humanidad, pero tenemos pensar en esos pobres y pequeños de los que nos habla Jesús en el evangelio, de quienes trabajaban allí donde estaban por la paz porque siempre iban buscando armonía y entendimiento entre todos y de los que querían con su mansedumbre ir sanando los corazones que sufrían no solo por unos males físicos o corporales sino por esas cosas que amargan y atormentan el corazón, de quienes buscaban el bien y se gastaban a si mismos por los demás aunque no fueran comprendidos en la generosidad de su buen hacer.

Hombres y mujeres como nosotros pero que supieron llenar sus vidas de amor, hombres y mujeres como nosotros con las mismas tentaciones de cansancio y de desgana que tantas veces nosotros también sufrimos, hombres y mujeres como nosotros que supieron ser fieles porque ponían sí totalmente su confianza en Dios pero también querían vivir en fidelidad con los que estaban a su lado haciendo el mismo camino. No hacían cosas extraordinarias, sino que de forma extraordinaria vivían las cosas pequeñas de cada día.

Es para nosotros un estímulo celebrar esta fiesta de todos los Santos y no es necesario pensar en grandes nombres, aunque nos venga por otra parte bien recordarlos para aprender de su ejemplo. Son esos santos de la puerta de al lado, esos santos que encontramos por la calle haciendo nuestros mismos recorridos, esos santos que encontraremos barriendo el patio de sus casas o sentados en la plaza en animada conversación con los amigos o en torno a una mesa donde reúnen a su familia, esos santos que no hace ruido ni cosas extraordinarias pero que en silencio van dejando una huella en el camino o nos van dejando el perfume de sus vidas. Abramos los ojos para que sepamos descubrirlos.

A ellos los llama dichosos Jesús. A nosotros también nos quiere llamar dichosos Jesús.

lunes, 5 de agosto de 2024

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

 


‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

Jeremías 28,1-17; Salmo 118; Mateo 14,13-21

Se suele decir que cuidado que el árbol no te impida ver el bosque; claro que no es habitual que peguemos nuestra nariz al tronco o a las ramas del árbol si lo que deseamos es ver el conjunto del bosque en su totalidad. Pero es que algo así nos pasa a veces en la vida, tenemos o nos dan una visión distorsionada de las cosas, de lo que sucede, de manera que no terminamos de ver lo que es la realidad; por mucha objetividad que se busque en fin de cuentas las noticias que nos llegan vienen filtradas por quienes nos las trasmiten, y muchas veces pesa mucho esa manera de pensar, esa ideología incluso, en lo que se nos trasmite. Desde las posturas que tomemos ante lo que sucede, insistiremos o resaltaremos más aquello que nos conviene para nuestra visión, ya sea desde un lado o de otro.

Con la problemática que vivimos en estos momentos de la cantidad de inmigrantes que de forma ilegal llegan a nuestra tierra, a nuestras costas hemos de decir en nuestra tierra canaria, hay el peligro de perder la objetividad. Esto días por las redes sociales me llegaba un video donde se veía lo que parecían ser unos inmigrantes en medio de unas peleas y violencias que todo lo destrozaban; quien me lo enviaba cargaba las tintas en que eso era lo que estaba sucediendo con la invasión, así hablaba, de esos inmigrantes.

Casualmente en estos mismos días en la prensa salía un hermoso artículo que hablaba de los jóvenes inmigrantes a los que se les daba una oportunidad y llegaban incluso a unos estudios superiores, mientras comentaba también un educador lo positivo que había sido la presencia de un grupo de estos muchachos en la clase de un colegio en la que la convivencia entre unos y otros hizo mucho bien y madurar de forma extraordinaria a los que eran de nuestra tierra.

¿Son todos violentos y vienen a quitar oportunidades a los hijos de esta tierra, o es una riqueza cultural y de vida el intercambio que se produce, además del bien que hacemos a quienes les damos esa oportunidad? Cuidado que el árbol no nos deje ver la riqueza completa del bosque.

¿Qué tiene que ver esto con el comentario al evangelio que siempre pretendemos hacer en este blog? Creo que mucho. Hoy volvemos a encontrarnos un episodio con el que repetidas veces nos hemos encontrado en estos días pasados. Jesús ha querido retirarse a un lugar apartado con el grupo de los discípulos, además después de la circunstancias de la muerte de Juan Bautista a manos de Herodes, pero cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud esperando. Ya hemos comentado todo cuanto sucedió en aquellos momentos.

Pero creo que el evangelio nos está enseñando también a tener una mirada nueva, una mirada distinta hacia toda aquella gente que se ha reunido allí en búsqueda de Jesús. Los discípulos ven una multitud cansada y hambrienta que además no dispone en aquellos lugares donde encontrar alimento. Pero ¿estará Jesús viendo algo más? En episodios paralelos de otros evangelistas Jesús hablara de quienes están desorientados y abandonados como ovejas sin pastor. Y ahora cuando los discípulos le dicen a Jesús que los despida para que se busquen por si mismos donde encontrar comida – era solo la visión que ellos tenían – Jesús les dice sin embargo que no los despedirá, sino que sean ellos los que les den de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice.

Aunque pudiera parece que solo esa comida material era lo importante en aquel gesto que va a realizar Jesús algo nuevo tendrá que despertarse en el corazón de todos. Allí solo tenían cinco panes y dos peces, nos dirá el evangelista. Y es lo que Jesús les pide. Quiere contar con esos pocos panes y peces. Unos pocos panes y peces que van a servir para que se alimente toda una multitud; unos pocos panes y peces que seguramente despertaría buenos sentimientos en todos aquellos que se vieron favorecidos por aquella comida. ¿Qué se despierta en nuestro corazón cuando en un momento determinado y cuando menos lo esperábamos nos sentimos ayudados, sentimos que se nos tendía una mano para algo nuevo y distinto?

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús a nosotros también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes, aunque sintamos pesar sobre nosotros la pobreza, aunque muchas veces nos sintamos tan incapaces que no sabemos cómo salir adelante, pero siempre hay algo que podemos hacer, siempre habrá una presencia, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, una mano tendida, un oído atento para escuchar, un silencio que llena de calor el momento, una mirada nueva por nuestra parte para ver las cosas de otra manera, para descubrir también muchas cosas positivas.

¿Qué nos está pidiendo realmente el mundo que nos rodea? Es cierto que son necesarias grandes soluciones para los problemas que envuelven hoy nuestro mundo, pero es cierto también que muchas están esperando ese gesto sencillo con el que se van a sentir valorados y se sentirán con fuerza para emprender de nuevo el camino.

‘Dadle vosotros de comer’, nos dice Jesús ¿y qué vamos a hacer?


miércoles, 7 de septiembre de 2022

Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia que de los pobres es el Reino de los cielos

 


Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia que de los pobres es el Reino de los cielos

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

¿Le hemos mirado a la cara y a los ojos a un hombre que está llorando porque quizás no tiene pan que darles a sus hijos mientras le decimos que un día se secarán sus lágrimas, y que aquella situación por la que está pasando un día se acabará? Confieso que a mí, por lo menos, me es difícil decirle esas cosas y mirarlo a los ojos. ¿Nos lo creerá? ¿Pensará acaso que nos estamos riendo de él con promesas infundadas porque sospecha que ni nosotros mismos nos estamos creyendo lo que le decimos?

Es difícil. Pero también digo que si aquella persona ha puesto su confianza en nosotros y mostramos sinceridad en nuestras palabras porque también nosotros nos las creemos, seguramente un nuevo brillo comenzará a aparecer en su mirada pensando en el día, no sabe si cercano o lejano, en que todo aquel sufrimiento se va a acabar. Algo parece que puede aparecer en el horizonte de su vida. Y os digo también que tenemos la obligación de aclarar bien ese horizonte para tantos que sufren en torno nuestro. ¿Cómo hacerlo? He aquí una gran tarea que hemos de tener entre manos. Y con urgencia.

Pero cuando escuchamos hoy estas palabras pronunciadas por Jesús frente a aquella multitud que se había congregado en aquel llano porque querían escucharle, tenemos la seguridad que escuchando a Jesús se les abrían los horizontes a aquellas gentes. Por eso acudían a El de todas partes. Por eso ahora cuando Jesús ha bajado del monte con aquel grupo a los que ha constituido apóstoles, se encuentra con aquella multitud congregada. Y Jesús está realizando signos de que aquellas palabras eran verdad y podían confiar en El.

Aquellos enfermos, paralíticos, ciegos, leprosos, todos los aquejados con cualquier dolencia iban recibiendo las señales de ese Reino nuevo que comenzaba cuando comenzaban a moverse sus miembros antes inválidos, cuando la piel de los leprosos se sanaba, cuando comenzaban a ver la luz aquellos ojos ciegos que vivían en la oscuridad. De los pobres era el Reino de los cielos, porque en ellos primero que en nadie se estaban dando las señales, y los que tenían hambre comenzaban a sentirse saciados con algo nuevo que desde Jesús llegaba a ellos, las lágrimas se secaban porque las penas desaparecían y la nueva esperanza que iba brotando en sus corazones les hacía disfrutar de la más hermosa de las alegrías. Se estaba realizando aquello anunciado por el profeta y que se había proclamado en la sinagoga de Nazaret, ‘a los pobres se les anunciaba una buena noticia’.

Pero Jesús nos ha elegido y nos ha enviado como a los apóstoles para que nosotros anunciemos también esa Buena Noticia. Nosotros tenemos que mostrar no solo ya con nuestras palabras sino con nuestras vidas esos signos del Reino Nuevo, haciendo el mismo anuncio de Jesús. Con certeza y seguridad tenemos que anunciar que los hambrientos serán saciados y que los que lloran un día reirán de felicidad. Y por nuestros gestos, por nuestra vida, por aquello que vayamos haciendo tenemos que ir haciendo creíble ese mensaje frente al mundo que nos rodea.

Es el compromiso de nuestra fe, es el compromiso de nuestra vida, son los signos que nosotros hoy también tenemos que seguir realizando a la manera de Jesús, es la tarea que tenemos entre manos de hacer un mundo nuevo, hacer nuestro mundo, hacer que en verdad todos sean felices. En nuestras manos está esa tarea. Hagamos creíble ante el mundo esa fe que profesamos, ese Reino de Dios que decimos que queremos construir.

lunes, 1 de agosto de 2022

Dadles vosotros de comer, nos dice Jesús, y pone en nuestras manos una cesta que nos parece de pocos panes para que comencemos a repartir entre la multitud

 


Dadles vosotros de comer, nos dice Jesús, y pone en nuestras manos una cesta que nos parece de pocos panes para que comencemos a repartir entre la multitud

Jeremías 28,1-17; Sal 118; Mateo 14,13-21

Que se las arreglen como puedan, no sabían ellos en lo que se iban a meter, que busquen solución, que busquen salida… habremos dicho en más de una ocasión, o habremos oído decir. El que se busca los problemas solito, que solito se las arregle para salir de ellos. Y volvemos la mirada para otro lado, para no saber, para no enterarnos, para desentendernos creyendo que nos quedábamos con la conciencia tranquila. Con qué facilidad lo hacemos tantas veces.

¿Serán esas las actitudes de un seguidor de Jesús, de quien se dice su discípulo? Nos sentimos tentados y muchas veces nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que otros dicen o hacen. En aquella ocasión daba la impresión de que los discípulos conscientes de la situación que se iba a presentar, querían quitarse el mochuelo de encima. Y allá van a decirle al Maestro que es tarde, que despida a la gente que no tienen qué comer ni con qué dar de comer a aquella multitud.

Y es que Jesús se los encontraba por todas partes. Había sucedido lo de Juan el Bautista allá en la fortaleza de Maqueronte, que había sido mandado decapitar por Herodes, y Jesús quiere llevarse a los discípulos que siempre andaban con El a lugares apartados. ¿Quizás para evitar que les cayera encima del desánimo y los temores de que a ellos les pudiera pasar algo parecido? El todo es que cuando llegan a aquel lugar apartado allá se encuentran con una multitud que los está esperando. Y allí apareció la misericordia y la compasión de Jesús y curó a muchos enfermos de todo tipo y se puso a enseñarles. Pero el tiempo vuela, como solemos decir, y llega la tarde y la gente ha venido de alguna manera de lejos. ¿Dónde encontrarán para comer? Es la preocupación de los discípulos que algo habían ido aprendiendo y al menos tenían la sensibilidad de ver el problema que se les iba a presentar.

‘Dadles vosotros de comer’, fue la respuesta de Jesús. ¿Pero no decimos que estamos en descampado y lejos? ¿Dónde vamos a conseguir panes para que coman todos? Solo tenían unos pocos panes – solamente cinco – y un par de peces. Pero ¿qué es esto para tantos? ¿Cómo Jesús les dice que le den ellos de comer? Se mirarían unos a otros sin saber qué hacer y cómo responder al Maestro. Pero Jesús sí sabe lo que va a hacer.

Pide que se los traigan, que la gente se siente en el suelo, y Jesús quiere seguir contando con los discípulos. Después de bendecir el pan, de dar gracias y bendición a Dios, les pide a ellos que los repartan entre todos. ¿Cómo sería la mirada que entre unos y otros se dirigieran? ¿Qué vamos a repartir? ¿Hasta dónde van a llegar repartiendo aquellos pocos panes? Pero el milagro se realizó.

Nos hemos fijado en el comentario en dos aspectos que ciertamente es uno. Jesús quiere contar con los discípulos, que sean ellos los que finalmente repartan el pan a la gente e incluso al final recojan las sobras. Pero eran cinco panes solamente, y eran muchos los que allí estaban congregados, pero fueron muchas cestas de pan las que se recogieron después de comer todos y quedar hartos.

¿Entenderemos el mensaje, la lección? Porque también nos seguimos encontrando en torno nuestro a una multitud hambrienta. Como aquellos que en aquellas llanuras de Galilea se congregaban en torno a Jesús, con sus enfermos, con su hambre y sus miserias, con sus desesperanzas y con todas las negruras que se meten en el alma cuando perdemos la esperanza, con nuestras pobrezas que son también ese vacío interior que muchas veces llevamos en nosotros, con sus agobios y con toda la desorientación con la que se va viviendo en la vida, con los problemas que se amontonan y que aun no se han solucionado y aparecen otras pandemias con sus soledades u otras guerras en tantas violencias que nos van azotando por aquí y por allá.

Muchas veces nos damos cuenta de todo eso que de alguna manera nos quiere envolver también a nosotros, y nos encontramos sin saber qué hacer, nos encontramos sin saber como dar salida, pero Jesús a nosotros también nos está diciendo, ‘dadles vosotros de comer’ y pone un cesto con pocos panes en nuestras manos para que comencemos a repartir. Y nos sentimos como impotentes, nos sabemos tan pobres que no realmente no sabemos a donde vamos a llegar, pero Dios está queriendo contar con nosotros, con los que nos decimos sus discípulos, con lo que creemos en Jesús y en el Reino de Dios que nos anuncia, con la Iglesia que quiere llamarse la Iglesia de Jesús.

¿Y qué hacemos? ¿Nos daremos cuenta de que Jesús nos está urgiendo a que pongamos manos a la obra? ¿Cuándo comenzaremos de verdad a darle de comer a ese mundo que nos rodea?

viernes, 24 de abril de 2020

Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes



Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes

 Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
¿Dónde estaba la intendencia que supuestamente tenia que preocuparse de que a aquella aglomeración de gente que se había reunido en torno a Jesús tuviera lo suficiente para su subsistencia y para atender las necesidades o accidentes que se pudiera producir ante tanta gente reunida? Si fuera hubiera sido hoy el  hecho que nos narra el evangelio ya estaríamos pidiendo responsabilidades de todo tipo, exigiendo o buscando culpables de la no atención a esas contingencias que podrían surgir.
Hoy lo queremos tener todo preparado y previsto, y está bien que tengamos responsables previsiones, pero quizá habría que mirar también por otro lado en la responsabilidad de cada uno y también hacer surgir los movimientos solidarios que ayuden a la buena convivencia y a la paz que entre todos hemos de vivir, pero antes hemos de construir.
No pretendo hacer comparaciones entre unas situaciones y otras pero si es bueno reflexionar quizá en lo que cada uno puede aportar, debe aportar para el bien común en todo momento. El que confiemos unas responsabilidades a unos dirigentes no nos hace desentendernos por nuestra parte y no solo es la crítica y condena de lo que tenemos que preocuparnos sino también de todo lo que nosotros podemos aportar.
Pudiera parecer que nos estamos alejando del evangelio que hoy se nos propone, pero ni mucho menos. La gente con fe había acudido a Jesús. Le llevaban sus enfermos, acudían todos los que sentían algún tipo de sufrimiento porque ya había corrido la noticia de que en Jesús encontraban no solo cura para sus enfermedades, sino también la paz de los espíritus que tanto necesitaban. ¿Esos poseídos de espíritus inmundos de los que nos habla el evangelio no nos estarán queriendo hacer referencia a todo ese sufrimiento en el espíritu que de una manera u otra tantas veces padecemos?
Venían y querían escuchar a Jesús, estar con Jesús, seguir sus pasos porque sus vidas se llenaban de una esperanza nueva cuando estaban con El. No se terminaban de aclarar quien era en verdad Jesús y hasta querrán hacerle rey, buscando quizá un solucionador de problemas, pero podíamos decir que ciegamente seguían a Jesús y hasta se olvidaban de sus necesidades más perentorias.
Ahora están allí en lugares poco menos que desérticos, lejos de cualquier población y la intendencia se ha acabado, lo que provisoriamente algunos quizás habían llevado ya lo tenían agotado. Es Jesús el que pregunta, ¿dónde podremos comprar pan dar de comer a tantos? Ni con doscientos denarios de pan, si hubiera donde comprarlo, bastaría para dar de comer a tanta gente.
Hay algo que comienza a surgir, la inquietud de los más cercanos a Jesús que seguramente se fue contagiando a unos y otros, para tomar conciencia de la situación, para encontrar solución a los problemas que se presentan, para hacer surgir buenos sentimientos en aquellos que quizá en su despreocupación no habían pensado en los problemas que se planteaban. Y es cuando aparece Andrés diciendo que por allí hay un muchachos con unos cuantos panes y peces, pero, ¿qué es eso para tantos como están allí reunidos?
No podemos resolver los problemas  y nos cuesta encontrar vías de solución. Nos quejamos quizás que somos muchos, pero que no tenemos a mano lo suficiente para llegar a todos, y decimos que no somos capaces o nuestro mundo ya no está en condiciones para poder abarcar a las necesidades de todos, y como siempre tenemos la tentación de las culpas porque cuando culpamos a los otros nos las quitamos de encima como si no tuviéramos ninguna responsabilidad; siempre miramos para atrás o miramos para otro lado, pero nos cuesta tanto valorar lo poquito que otros han podido hacer o han podido ofrecer, pero nosotros tampoco es que pongamos gran cosa. Que son cosas que nos están sucediendo todos los días, que son cosas, actitudes, posturas que estamos viendo ahora mismo con los problemas que tenemos.
Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubieran alimentado tantos ni hubiera sobrado tanto pan que podía remediar situaciones semejantes en otra ocasión. Jesús quería que no se desperdiciara nada. Y cuantos desperdicios producimos cada día en nuestra sociedad.
Ahí está el hecho del evangelio con tantas lecciones para lo que hoy nos sucede. Pero no olvidemos que en medio de todo esto está Jesús. Habremos cerrado ahora las iglesias por los peligros de contagios, pero Jesús sigue estando ahí, el poder y la gloria del Señor se manifestarán. No olvidemos la intendencia que Jesús nos tiene preparada. Tengamos fe y tengamos esperanza.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?



No hacen falta muchas cosas sino mucho amor. ¿Seremos capaces de ponerlo para que se realicen también hoy las señales del Reino?

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22;  Mateo 15, 29-37
Comer, alimentarnos es una de las necesidades básicas de la vida. Necesitamos del alimento porque es la energía que nos hace mantenernos vivos. Y no vamos a abundar aquí y ahora en lo de la alimentación adecuada y equilibrada que tanto se nos repite por todas partes, pero aquel que tiene carencias en su vida en sus necesidades básicas buscará el alimento que sea donde pueda encontrarlo. Poder alimentarnos es una satisfacción importante de la que todos tendríamos que poder disfrutar.
Pero bien sabemos que la comida puede significar mucho más, porque es ocasión de encuentro con los otros y algo que nos motiva y nos lleva a la unión y a la comunión cuando hacemos la comida en común y puede ser signo de alegría y de fiesta; cuando celebramos algo que nos llena de alegría y queremos compartir esa alegría con los demás comemos juntos y la comida se convierte en fiesta. Muchas más cosas podríamos reflexionar siguiendo por ese camino.
Entre los anuncios que se hacen para los tiempos mesiánicos están precisamente los signos del festín, de la comida de fiesta a la que todos están invitados, como nos habla hoy el profeta. ‘En aquel día, preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados’. Se acabarán los lutos y los sufrimientos, todo será alegría y fiesta en una vida nueva. Es el encuentro, es la nueva comunión entre todos, es el signo de ese mundo nuevo que se llamará el Reino de Dios.
Y Jesús realiza esos signos con todo su sentido profético, pero también como señal de que ese mundo nuevo ha llegado. Hoy el evangelio habla de las multitudes hambrientas que siguen a Jesús; hambrientas de su Palabra, acuden a escucharle de todas partes porque en Jesús renace la esperanza en los corazones; hambrientos con sus necesidades y problemas, siempre vemos en esas multitudes corazones atormentados, cuerpos rotos, sufrimiento y dolor desde sus imposibilidades físicas, pero también desde la insatisfacción que hay en sus corazones.
‘Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel’, nos dice el evangelio.
Pero Jesús realiza un nuevo signo también de profundo sentido mesiánico. La multitud está hambrienta porque llevan muchos días con Jesús, están en descampado, no tienen que comer. ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino’.
Allí en despoblado no hay donde buscar panes para tantos, como dicen sus discípulos ante el comentario de Jesús pero aparecerá alguien que tiene cinco panes y dos peces y que los pone a disposición. ‘¿Qué es eso para tantos?’ Cuando hay amor no importa lo pequeño sino la disponibilidad que nace de ese amor. Y el milagro se realiza. Comerán todos y sobrará.
Es la señal del Reino. Es el encuentro y el compartir que al final se convertirá en fiesta. Ojalá supiéramos irlo haciendo por la vida. No hace falta mucho, no hacen falta muchas cosas sino lo que hace falta es mucho amor. ¿Seremos capaces nosotros de ponerlo para que se realicen también entre nosotros las señales del Reino? Un buen pensamiento que nos puede ir acompañando en este camino de Adviento que estamos haciendo. Y la vida será un festín.




domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


viernes, 28 de abril de 2017

En la vida hemos de ir como Jesús partiendo el pan y repartiéndolo entre los demás, es la señal de los cristianos

En la vida hemos de ir como Jesús partiendo el pan y repartiéndolo entre los demás, es la señal de los cristianos

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados…’ Un gesto de Jesús que se convierte en todo un signo. Un gesto que le vemos hoy en este relato de la multiplicación de los panes y los peces, pero será el gesto de la ultima cena que se convierte en Eucaristía, y el gesto con que lo reconocerán los discípulos después de la resurrección. ¿No será el gesto con el que nosotros también tendríamos que ser reconocidos?
Los evangelistas nos presentan varias veces este episodio de la multiplicación de los panes en el descampado para dar de comer a la multitud hambrienta. Nos dice el evangelista hoy que Jesús sintió lastima de toda aquella gente que se había congregado en su entorno, llevaban varios días con El y ahora estaban en descampado lejos de donde poder encontrar alimento. Había curado sus enfermos, les había alimentado con su Palabra, pero allí seguía aquella multitud hambrienta.
Hay un detalle en este episodio y es como Jesús quiere implicar a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’ los discípulos de Jesús no pueden cruzarse de brazos; si Jesús sintió lastima de aquella gente, los discípulos no pueden quedarse insensibles. Hay que poner manos a la obra. Por allá encuentran quien esta dispuesto a compartir. Hay un muchacho con cinco panes y dos peces. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es la pregunta que nos hacemos, ¿Qué puedo hacer yo que soy tan poquita cosa? Pero lo pequeño vale, el pequeño grano de arena hace el montón. Si cada uno ponemos eso pequeño que tenemos o que somos, entre todos seremos muchos, haremos muchas cosas.
Hoy me encontré una imagen muy bonita en la que se veía a un niño dando de comer a un perro callejero. Le preguntaron que hacia y dijo que le daba de comer a aquel perro que se estaba muriendo de hambre; la persona mayor le razonaba que había muchos perros así callejeros y con hambre y que con darle de comer a uno no solucionaba nada, pero el niño respondía, al menos este perro no se muere de hambre. Puede ser insignificante lo que hacemos y no va a solucionar todos los problemas, pero al menos un problema más encontrara solución.
Y Jesús realizo el signo. La multitud hambrienta comió. Y el gesto quedara como un signo que nos marque. Será el signo de la Eucaristía. Será el signo de nuestro compartir. Será el signo que va a mostrar nuestra solidaridad y nuestro compromiso. Ha de ser el signo que tenemos que seguir realizando.
Por eso quienes participamos del signo de la Eucaristía tenemos que comprometernos siempre en el signo del amor. La Eucaristía nunca nos puede encerrar, sino que siempre se nos invita a salir, a ir al encuentro con los demás; hemos de llevar el anuncio con nuestras palabras, pero sobre todo con el signo de nuestra vida, con el signo de nuestro amor. Pequeños detalles, pequeños gestos, cosas pequeñas que nos pueden parecer insignificantes, pero son los gestos del amor que realizan maravillas, son los gestos del amor con los que estamos haciendo un mundo mejor, son los gestos y los signos por los que estamos haciendo presente a Dios en nuestro mundo.
Es el gesto del compartir con que nos distinguirán a nosotros por nuestra fe. Es el compromiso que ha de vivir cada cristiano desde su amor.

viernes, 3 de marzo de 2017

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – ¿emigrantes y refugiados? – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora

Is. 58, 1-9; Sal. 50; Mt. 9, 14-15
Una de las practicas cuaresmales que nos ofrece y propone la Iglesia en este camino de renovación que nos prepara a la pascua es la penitencia incluyendo en ella el ayuno y la abstinencia. Aunque realmente están muy minimizados los tiempos de abstinencia que se reducen a los viernes de cuaresma y al ayuno en el miércoles de ceniza y el viernes santo, sin embargo son practicas que la mayoría de cristianos olvidan y que además parece como que han perdido su sentido.
¿Qué significa la abstinencia y el ayuno? ¿Simplemente abstenerse de un determinado tipo de alimentos como pueda ser la carne o reducir la ingesta parcial de alimentos en unos días determinados? Si nos quedáramos en eso pobre seria su sentido, porque sustituir unos alimentos por otros no significa mayor sacrificio, o reducir la cantidad de alimentos ya lo hacemos cuando queremos perder peso corporal. Algo mas y con un sentido mas profundo tendría que ser ese ayuno y abstinencia para que en verdad lo podamos ofrecer como un acto penitencial.
Ya la Palabra que nos ofrece la liturgia en este viernes de la semana de ceniza nos ayuda y da sentido y seria bueno que la leyéramos con atención. Siempre al comienzo de la semilla de cada día os ofrezco las citas bíblicas correspondientes porque es ahí en la Palabra más que en mi pobre reflexión donde encontramos esa Semilla que hemos de sembrar cada día en nuestra vida.
Yo quisiera ir con la liturgia en un texto precioso que se nos ofrece en uno de los prefacios de cuaresma. Damos gracias a Dios ‘porque con nuestras privaciones voluntarias nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones, a dominar nuestro afán de suficiencia y a repartir nuestros bienes con los necesitados imitando así tu generosidad’.
Tres grandes lecciones que aprendemos en esa austeridad penitencial de la cuaresma. Primero es un reconocimiento del don de Dios en nuestra vida; cuanto tenemos y somos viene de la mano de Dios. Ya es un espíritu de humildad que se convierte en cántico de acción de gracias. Como María, que se siente la pequeña, la humilde esclava del Señor pero da gracias a Dios que ha puesto sus ojos en su pequeñez para hacerla grande. No somos merecedores de tanto amor que el Señor nos tiene; hemos de saber reconocerlo y dar gracias.
Un segundo aspecto es aprender a dominar nuestra suficiencia. Tenemos que bajarnos de nuestros pedestales, a los que fácilmente nos subimos. Tenemos es cierto nuestros valores que reconocemos como un don de Dios en nuestra vida, pero eso no nos ha de llegar de orgullo, creernos autosuficientes, hacernos dioses de nuestra vida y querer ser dioses de los demás. Y ese autodominio que hacemos cuando voluntariamente nos privamos de algo que nos gusta y entonces nos cuesta, nos enseña a cómo tenemos que ir por la vida. Son tantas las cosas en las que tenemos que utilizar ese autodominio, para que no nos esclavicen las pasiones, para que las cosas no nos dominen y se conviertan en dioses de nuestra vida. Si aprendemos a tener ese control en esas cosas pequeñas luego sabremos hacerlo también en las cosas grandes; un hermoso entrenamiento.
Y finalmente, el tercer aspecto que nos hace abrirnos a los demás. Interesados seríamos si viéramos esas privaciones como si se tratara de un medio para un ahorro personal que aumentara nuestra bolsa. Y ya tendríamos que decir además que no solo nos tendríamos que sentir obligados a compartir con el necesitado eso que hemos ahorrado en nuestra austeridad, sino que nos está enseñando como aquello que tenemos y que consideramos nuestro, porque es el fruto de nuestro trabajo, no lo podemos considerar solo como un beneficio personal sino que nuestro amor nos impulsa al compartir con quien pasa necesidad.
Bueno sería, por otra parte, que repasáramos de nuevo el texto del profeta que nos está señalando el ayuno que de verdad quiere al Señor cuando somos capaces de abrir nuestro corazón a los demás para tener unas actitudes nuevas de amor y de generosidad con quienes nos rodean. Cuando compartimos, cuando damos pan al hambriento, hospedamos a los  pobres sin techo – pensemos en tantos emigrantes y refugiados de todo tipo que nos llegan a nuestras puertas – vestimos al que vemos desnudo… entonces nacerá una luz como la aurora… proclamarás en verdad la gloria del Señor.


martes, 29 de noviembre de 2016

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

Un corazón humilde y sencillo sabe sintonizar con los demás y entrará también en la sintonía de Dios

 Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

La gente que camina por la vida con humildad y sencillez nos gana el corazón. Con ellos nos sentimos a gusto y esa humildad y sencillez facilitan la amistad y la relación.
Los que van orgullosos por la vida, poniendo distancias de los demás desde los pedestales que se han creado o se imaginan no encontrarán una verdadera amistad desde la falsedad de vida que se han creado. Se hace difícil la comunicación y la relación. Desgraciadamente son muchos los que caminan así por la vida y es una fácil tentación que todos sentimos de subirnos en los pedestales de nuestro orgullo.
Pero actitudes así nos cierran el corazón, nos impiden levantar la mirada para descubrir las cosas que son verdaderamente grandes y son una tremenda interferencia para conectar con la sintonía de Dios. Quienes no somos en nuestro orgullo capaces de sintonizar con el que está a nuestro lado nos vemos también imposibilitado de sintonizar con Dios.
Creo que tendríamos que aprender muy bien este sentido y este estilo de vivir que nos enseña Jesús en el evangelio. Que nuestro corazón sencillo y lleno de humildad esté siempre abierto a sintonizar con el hermano desterrando de nosotros toda malicia para que no haya doblez en nuestro corazón. No es cuestión solo de aparentar sencillez sino de que nuestro corazón sea humilde y sencillo. Tendría que ser la autenticidad de nuestra vida lo que tendría que resplandecer.
Hoy escuchamos en el evangelio el gozo de Jesús cuando ve la sintonía de los humildes y sencillos con Dios al que pueden escuchar y conocer mejor. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla’.
En la sinagoga de Nazaret lo había anunciado con palabras del profeta. La Buena Noticia es para los pobres. ‘Los pobres son evangelizados’ cuando a los oprimidos y carentes de libertad se les trae la salvación. Quienes se sienten satisfechos y llenos de si mismos no recibirán la Buena Noticia, no podrán escucharla porque ya no creerán necesitarla cuando creen que ya lo tienen todo. Por eso como cantaría María ‘a los hambrientos llenó de bienes, mientras a los ricos los despidió vacíos y sin nada’.
Dos cosas a la manera de conclusión quiero pensar escuchando estas palabras de Jesús. Primero me pregunto si escucho yo esa buena noticia porque me siento de verdad pobre delante del Señor. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’ proclamará Jesús en las bienaventuranzas del Sermón del Monte.
Y la segunda cosa que me hace pensar es si en verdad estamos anunciando esa Buena Noticia a los pobres hoy. Es el primordial mensaje que tiene que realizar la Iglesia en el nombre de Jesús. ¿Los pobres de hoy, en pleno siglo XXI, verán en la Iglesia ese rayo de luz y de esperanza porque en verdad les estamos anunciando la Buena Noticia de Jesús, no solo con palabras sino con los hechos de nuestra vida y lo que es la vida de la Iglesia? Sería triste que por el testimonio negativo de nuestra vida no fuéramos esa Buena Noticia para los pobres y a ellos no llegara la sintonía de Dios por nuestra culpa.

sábado, 22 de agosto de 2015

Reina y madre de misericordiosa nos hace volver nuestros ojos misericordiosos hacia los hambrientos para un compartir generoso

Reina y madre de misericordiosa nos hace volver nuestros ojos misericordiosos hacia los hambrientos para un compartir generoso

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12

‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ así comienza una antigua oración de la Iglesia recogida en su liturgia pero también muy enraizada en la devoción popular.
Reina y madre de misericordia… así la invocamos a ella que es nuestra esperanza, nuestra vida; la invocamos como abogada nuestra, como siempre lo es una madre, pero que hoy la contemplamos en la gloria del Señor intercediendo por todos sus hijos; a ella acudimos porque con su presencia de madre endulza nuestras amarguras y nuestras tristezas en este valle de lágrimas, como una madre siempre sabe hacerlo. ‘Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos…’ le decimos.
El 22 de agosto es algo así como una octava de la fiesta de la glorificación de María que fue la celebración de su Asunción al cielo de hace una semana. ‘De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir’ ya proclamábamos en la fiesta de su Asunción. Es lo que hoy la liturgia quiere resaltar. Es la madre de Jesús que participa ya de la gloria del Señor en el cielo. Es la madre del Rey, Cristo Jesús, y por eso a ella la podemos llamar Reina Madre.
La que había cantado en el Magnificat que Dios derriba del trono a los poderosos pero enaltece a los humildes, ahora a ella, la humilde esclava del Señor como a si misma se llamaba, la vemos exaltada y enaltecida. Porque como nos decía Jesús en el evangelio ‘El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es nuestra madre, porque si quiso Jesús dárnosla desde la cruz, y ¿qué hijo no considera a su madre como la reina de su vida cuando de una madre tanto recibimos?
En nuestra devoción a María, porque así la proclamamos Reina y Madre, quizá la hemos revestido excesivamente de joyas y de coronas; ha sido el amor entusiasmado de los hijos que tanto aman a su madre que le hacen mil regalos, aunque algunas veces podamos tener el peligro de confundir su sentido. Quizá tendríamos que despojar más a las imágenes de María de esas joyas de riquezas materiales, para enjoyar con nuestro amor y con nuestro compartir a sus hijos nuestros hermanos. Aquello que María cantaba en el Magnificat de que a los hambrientos colmó de bienes mientras a los ricos despidió vacíos podría ser un anuncio y una denuncia profética en labios de María de cual habría de ser el sentido de los regalos que le hacemos y de la manera cómo tendríamos que proclamarla en verdad nuestra reina y nuestra madre.
Esta fiesta de María Reina quizá nos está señalando un camino, como siempre María quiere hacer con sus hijos; es el camino del amor y del compartir generoso con nuestros hermanos que caminan a nuestro lado y que nada tienen. Es adornando con nuestro amor generoso, alimentando con nuestro compartir a los hermanos hambrientos cómo estaríamos ofreciéndole la más hermosa corona a María para invocarla como nuestra madre y nuestra reina.
Que con nuestro amor se cumplan sus proféticas palabras de que a los hambrientos colmó de bienes. Es la mejor ofrenda de amor, la mejor corona y las mejores joyas que podamos regalar a María. Y si a ella le pedimos que vuelva sus ojos misericordiosos sobre nosotros que caminamos en este valle de lágrimas, con ojos misericordiosos también nos hemos de volver nosotros hacia nuestros hermanos que sufren a nuestro lado en el camino de la vida.

domingo, 26 de julio de 2015

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

2Reyes 4,42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre. Y cuando decimos el hambre del hombre nos referimos, sí, a esas necesidades materiales que sostienen nuestra vida, pero queremos ver más allá en toda la inquietud y el deseo más profundo que pueda haber en el corazón de la persona en la búsqueda de la vida en toda su plenitud. No podemos pensar en Jesús como en quien pasa junto a nosotros pero no nos escucha ni atiende esos deseos de nuestro corazón o esas necesidades de todo tipo que podamos tener latentes ahí en nuestro espíritu.
‘Jesús marchó a la otra parte del lago de Galilea o Tiberíades, nos cuenta el evangelista. Y lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Jesús contempla aquella multitud que lo seguía. ‘Levantó los ojos al ver que acudía mucha gente…’
Vamos a fijarnos en esos gestos de Jesús en este episodio del evangelio que estamos reflexionando. ‘Levantó los ojos…’ y contempló aquella multitud que allí se apiñaba. No era una mirada cualquiera. Jesús estaba mirando y fijándose en aquellas personas concretas que ante él estaban con sus deseos de estar con él, con sus ilusiones o sus desesperanzas, con sus problemas y sus necesidades, con el ansia de algo nuevo que había en sus corazones.
Levantó los ojos para mirar y para fijarse. Cómo tenemos que aprender a mirar. Miramos tantas veces porque los ojos están abiertos pero no miramos, no nos fijamos, no nos damos cuenta de quien está delante de nosotros. Nos habrá sucedido tantas veces que vamos por la calle ensimismados en nuestros pensamientos y quizá alguien nos para y nos dice que si no nos fijamos en los que pasan a nuestro lado. Vamos a lo nuestro; no estamos pendientes de nadie y pasamos junto a alguien que quizá esté esperando nuestra mirada; pasamos y no nos damos cuenta de las necesidades o de los sufrimientos de aquellos que están a nuestro lado; seguimos nuestro camino y no compartimos ni una sonrisa ni una palabra amable con aquellos con los que nos cruzamos. Vamos demasiado a lo nuestro en los caminos de la vida.
Jesús miró y se dio cuenta de las necesidades de aquellas personas. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Estaban hambrientos porque quizá llevaban ya varios días lejos de sus hogares y las provisiones se les habrían acabado. Y Jesús está atento. Quiere encontrar soluciones. Ve la realidad de aquella gente que está sin comer, y ve la realidad de lo poco que ellos tienen. Está enseñando a mirar a los discípulos. No es cuestión de ver cuanta gente hay o la necesidad que tiene, sino que se trata de despertar nuestro corazón para buscar soluciones, buscar caminos de salida a los problemas o necesidades.
Esa mirada de Jesús, esa inquietud de Jesús va a suscitar algo en los demás; que se empeñen en encontrar soluciones; que busquen allí donde pueda haber algo, aunque sea poco y pequeño pero aprendiendo también a valorarlo. Cuantas veces porque no tenemos la solución total en la mano a los problemas nos cruzamos de brazos; que se las arreglen, que otros sean los que ayuden a solucionar, pero nosotros nos desentendemos.
Pero comienzan a abrirse los corazones y comienzan a aparecer las actitudes solidarias, aunque nos parezcan pequeñas o que no dan la solución completa. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pero Jesús les pide que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio.
Sentarse juntos que es una expresión de cercanía y una forma de compartir la vida; sentarse juntos que nos enseña a escuchar y a compartir, a mirar de una forma más cercana y a abrir el corazón, a darnos cuenta lo que valen los cinco panes y dos peces de los demás; sentarse juntos que es una forma de detener nuestras carreras y nuestras prisas para saber ir al paso de los demás; cuantas veces en nuestras carreras no sabemos medir el ritmo de la vida de los que caminan a nuestro lado. Antes quizá venía cada uno por su lado porque querían estar con Jesús, pero ahora comienzan a saber estar también con los demás. No son solo los cinco panes y dos peces lo que van a compartir, sino que puede ser una nueva forma de entender la vida, de caminar juntos por la vida, de darnos cuenta de quien con nosotros está haciendo el mismo camino de la vida. Así seremos amables, humildes, comprensivos con nuestros hermanos, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios.
Jesús bendice y da gracias a Dios tomando los panes en sus manos y dándoselos para que los repartieran. Aprender a repartir y a compartir; aunque sea poco, aunque sea pequeña la cantidad. Repartir con generosidad, sin tacañerías, lo que quisieran, lo que necesitaran. Y comieron todos.
Aprendamos a mirar, a ver la realidad de lo que somos y lo que tenemos o no tenemos, a valorar hasta lo que nos parezca lo más pequeño e insignificante, a mirar al que está a nuestro lado y en el que casi nunca nos fijamos; aprendamos a repartir y a repartir sin tacañerías, con generosidad, y también a recoger para que nada se desperdicie.
Es el milagro que nos manifiesta el poder de Jesús, pero es el gran signo que necesitamos para nuestra vida. Si aprendiéramos a mirar a los ojos de los demás y a sentarnos a su lado, a detenernos de nuestras prisas y a abrir más el corazón para escuchar a los demás, qué distinto sería el camino que fuéramos haciendo por la vida. Son inquietudes que llevábamos en el corazón pero quizá de una forma muy callada o muy velada y que ahora pueden ir apareciendo y enseñándonos a tomar nuevas actitudes y nuevas posturas ante los otros.
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre, decíamos al principio. Pero Jesús quiere contar con nosotros. Nos enseña a mirar, a sentarnos en la hierba junto al otro, a escuchar y compartir, a repartir generosamente y a recoger la lección para aprender a caminar de una manera nueva en la vida. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Solo tenemos que escuchar a Jesús y dejarnos transformar por su Palabra y todo será distinto

1Jn. 4, 7-10; Sal. 71; Mc. 6, 34-44
‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas…’
¿Cómo están las ovejas sin pastor? Hambrientas, desorientadas, perdidas, heridas… No tienen pastor que les guíe hasta  los mejores pastos; andan sin rumbo y con peligro de ser atacadas por los lobos  y otras fieras; sin tener quien las defienda contra los peligros y contra los ladrones que pueden arrebatarlas de sus dehesas; sin un pastor que las busque cuando andan extraviadas y les vende sus heridas para curarlas.
Es la imagen de cómo encontró Cristo la humanidad en su venida al mundo. Allí está aquella multitud desorientada siempre en búsqueda de algo mejor y sin saber donde encontrarlo. Es la imagen de un mundo convulso con tantas cosas que nos confunden y que nos llenan de tinieblas cuando dejamos que el odio o el egoísmo se apoderen de nuestro espíritu. Así nos encontramos violentos y sin saber cómo amar mejor, para caminar juntos y juntos encontrar la paz para nuestro mundo tan roto por tantas cosas. Nuestros egoísmos nos encierran y hacen insolidarios de manera que parecemos lobos los unos contra los otros.
‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos…’ nos decía el evangelista. Es el amor grande que Dios nos tiene, que nos creo para la dicha y la felicidad y sin embargo nos ve lleno de dolor y de sufrimiento cuando hemos roto ese mundo hermoso que El nos dio y que puso en nuestras manos. Dejamos meter el mal y el pecado en nuestro corazón y creamos un mundo de tinieblas y de muerte.
Pero viene Jesús; lo venimos celebrando con intensidad, con gozo grande, con esperanza en estos días de Navidad. Hoy contemplamos a Jesús frente a toda esa multitud que se ha reunido en torno a él, pero que están como ovejas sin pastor. Cristo quiere ser en verdad el Buen Pastor de nuestra vida. Quiere nada menos que ofrecernos su propia vida para nos alimentemos de El. Y alimentarnos de Cristo es encontrar la luz; alimentarnos de Cristo es encontrar el sentido y valor de nuestra vida y de las cosas que hacemos; alimentarnos de Cristo es llenarnos de El con su vida nueva que El nos ofrece.
Son los signos y señales que descubrimos hoy en el evangelio. Les enseña, les alimenta y les ilumina con su palabra, que va a despertar actitudes nuevas en el corazón de quienes le están escuchando. Vemos cómo surgen iniciativas porque el corazón se está despertando al amor. Allí está ya la preocupación en los discípulos, porque a aquella multitud hay que darles que comer o hacer que puedan encontrar caminos que les lleven al alimento verdadero.
‘Despídelos…’ le piden a Jesús; ‘dadles vosotros de comer’, les responde. Se preguntan sin saber cómo encontrar respuesta, ‘¿dónde vamos a encontrar panes para alimentar a tanta gente aquí en el descampado?’ Pero pronto aparecerá la solución: ‘¿cuántos panes tenéis? Cuando lo averiguaron le dijeron: cinco y dos peces. ¿Qué es eso para tantos?’. Pero allí está Jesús el que de verdad va a alimentar nuestra vida. Ya conocemos cómo todos comieron hasta saciarse  y recoger las sobras ‘doce cestos de pan y peces’.
Se obró el milagro. Cristo los alimentó. El es ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Cuando escuchamos a Jesús y seguimos sus pasos se inicia una nueva vida en nosotros. Y es que en Jesús encontramos la plenitud de todo; la plenitud de la vida y del amor, la plenitud que nos hace encontrar la verdadera luz para nuestra vida y la que nos conduce a la felicidad verdadera cuando somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para compartir con los demás.

Solo tendremos cinco panes y dos peces, pero compartidos generosamente pueden dar para mucho, pueden dar para saciar nuestra vida y para saciar la vida de los que están a nuestro lado. Solo tenemos que escuchar a Jesús y dejarnos transformar por su Palabra. Dejémonos inundar por su amor y nuestra vida será distinta y podrá ser distinta de cuantos estén a nuestro lado si llegamos a contagiarlos de amor.