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viernes, 1 de noviembre de 2024

Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

 


Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Lo hemos escuchado no hace muchos días en el evangelio en medio de la semana; algunos de los que acompañaban a Jesús en su camino hacia Jerusalén al escucharle sobre el anuncio que Jesús les iba haciendo en el camino, en una conversación distendida y llena de imágenes sencillas, como Jesús solía hablarles, se atrevieron a preguntarle a Jesús si eran muchos o eran pocos los que se salven.

Era también una pregunta muy frecuente que le hacían quizás desde diferentes enfoques y por supuesto según el sentido de salvación que ellos tenían, o desde aquellas discusiones que entre ellos se tenían sobre todo en las escuelas teológicas donde se formaban los que habían de ser futuros maestros de la ley el pedir como una pauta, unas reglas, unos protocolos que diríamos hoy que tanto están de moda para todo, para alcanzar el Reino de Dios. ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna? ¿Cuál es el mandamiento primero y principal? Son preguntas que se van repitiendo, algunas veces también con la malévola intención de ver cómo podía cazar a Jesús por sus propias palabras.

Nosotros también buscamos pautas y reglas, aunque sea de mínimos porque no nos atrevemos a que se nos presenten cosas muy exigentes. Hoy casi como al principio del evangelio y cronológicamente de lo que fue la predicación de Jesús se nos da respuesta. Pero no poniéndonos unos mandamientos; más bien sugiriéndonos unas actitudes que marcarían y darían sentido a nuestras vidas.

Con toda solemnidad nos lo presenta el evangelista, en lo que pudiera parecer una compilación de lo que fue el conjunto de la predicación de Jesús. Sentado en el monte, con sus discípulos alrededor, pero con una muchedumbre inmensa y variada repartida por las faldas de la montaña y en la llanura. Pero a pesar de la solemnidad las palabras de Jesús sorprenden. Porque no solo está hablando a aquella muchedumbre variada allí reunida, sino que está hablando precisamente de esa misma muchedumbre. Habla de pobres y de gente sencilla, habla de personas deseosas de un mundo nuevo pero de personas que no han manchada la pureza, que hasta pudiera parecer inocente, de sus corazones; habla de gente que sufre y que tiene hambre, habla de los que son incomprendidos por las inquietudes que tienen en su corazón y también de aquellos que intentan en la vida dejar a un lado. Y a todos y de todos les dice que pueden ser felices, que, aun en esas situaciones que viven, son dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Sorpresa en las palabras de Jesús? Un bálsamo de esperanza, un despertar en los corazones la ilusión por algo nuevo que pueden conseguir, que pueden vivir; un interrogante que se abre en sus vidas pero que les hará buscar el modo, el camino ara hacer todo eso realidad; un sentir que las esperanzas se pueden cumplir y que no todo en la vida es negro y oscuro, sino que siempre pueden aparecer rayos de luz que nos ayudan a caminar; un darnos cuenta que merecen la pena esas inquietudes que algunas veces nos pueden llenar de sufrimiento y angustia porque nos parece que no se puede salir de ellas, pero que ahora se dan cuenta de que es posible porque algo nuevo se está gestando en la vida y en los corazones.

Pero eso no solo lo sintieron los que aquel día estaban en la llanura y al pie del monte cuando Jesús pronunció estas bienaventuranzas, sino que es algo que nosotros hoy también hemos de sentir porque nos estamos dando cuenta de por donde ha de ir el camino del Reino de Dios que queremos vivir. Es para nosotros también un rayo de luz y de esperanza.

Y estamos escuchando este evangelio hoy que celebramos la fiesta de todos los santos, en que contemplamos también esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar donde están todos esos de los que nos ha hablado Jesús en el sermón del monte. Cuando pensamos en los Santos, o cuando celebramos esta fiesta de todos los Santos podríamos pensar en quienes realizaron obras grandes y maravillosas, con un poder taumatúrgico extraordinario para realizar grandes milagros que salvarían a la humanidad, pero tenemos pensar en esos pobres y pequeños de los que nos habla Jesús en el evangelio, de quienes trabajaban allí donde estaban por la paz porque siempre iban buscando armonía y entendimiento entre todos y de los que querían con su mansedumbre ir sanando los corazones que sufrían no solo por unos males físicos o corporales sino por esas cosas que amargan y atormentan el corazón, de quienes buscaban el bien y se gastaban a si mismos por los demás aunque no fueran comprendidos en la generosidad de su buen hacer.

Hombres y mujeres como nosotros pero que supieron llenar sus vidas de amor, hombres y mujeres como nosotros con las mismas tentaciones de cansancio y de desgana que tantas veces nosotros también sufrimos, hombres y mujeres como nosotros que supieron ser fieles porque ponían sí totalmente su confianza en Dios pero también querían vivir en fidelidad con los que estaban a su lado haciendo el mismo camino. No hacían cosas extraordinarias, sino que de forma extraordinaria vivían las cosas pequeñas de cada día.

Es para nosotros un estímulo celebrar esta fiesta de todos los Santos y no es necesario pensar en grandes nombres, aunque nos venga por otra parte bien recordarlos para aprender de su ejemplo. Son esos santos de la puerta de al lado, esos santos que encontramos por la calle haciendo nuestros mismos recorridos, esos santos que encontraremos barriendo el patio de sus casas o sentados en la plaza en animada conversación con los amigos o en torno a una mesa donde reúnen a su familia, esos santos que no hace ruido ni cosas extraordinarias pero que en silencio van dejando una huella en el camino o nos van dejando el perfume de sus vidas. Abramos los ojos para que sepamos descubrirlos.

A ellos los llama dichosos Jesús. A nosotros también nos quiere llamar dichosos Jesús.

martes, 7 de febrero de 2023

Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

 


Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Donde varias personas, por ejemplo, tienen que convivir en un lugar determinado, por las circunstancias que sea, es normal que para facilitar esa misma convivencia, para ayudar y proteger que las cosas marchen bien y se pueda desarrollar en todo detalle aquello que nos ha motivado para esa convivencia, es normal que se establezcan una serie de condiciones o normas donde se ha de establecer lo que cada uno hace o lo que cada uno ha de aportar con su servicio a la buena marcha de aquello por lo que nos habíamos reunido. Protocolos, como se dice ahora para delimitar lo que en cada momento se ha de hacer y según las circunstancias que se vivan, reglamentos o normas, son necesarias. Pero lo fundamental no es la rigidez de una normas, sino lo que con esa convivencia queremos conseguir.

Bueno, esto dicho así, mirando la cercanía de muchas cosas que nos comprometen en la vida social, diríamos que es algo así como la base de las reglas por las que se rige una sociedad. Lo importante es el bien de esas personas que la conforman, lograr esa armonía y esa felicidad, esa buena convivencia, esa paz que nos ayude incluso a cada uno desarrollarnos como personas. Pero algunas veces tenemos el peligro de olvidarnos de las personas y le damos más importancia a la rigidez de unas normas o unas leyes, que no digo que no se tengan que cumplir, pero que siempre hemos de salvaguardar la dignidad de cada una de las personas.

Sucede hoy como ha sucedido en todos los tiempos, quienes no quieren acatar esas normas, pero también los que con una rigidez obsesiva se olvidan de la razón de ser de esos protocolos y pueden llegar a menoscabar la dignidad de cada una de las personas. Gentes rigoristas las hemos encontrado en todos  los tiempos, como seguimos teniéndolo hoy en la sociedad en la que vivimos, cuando queremos imponer nuestra manera de pensar sin respetar el pensamiento o la manera de ver las cosas que puedan tener otras personas, y el diálogo se hace imposible, la convivencia se hace irrespirable, la imposición se convierte en la forma de trabajar por la sociedad.

Nos quejamos fácilmente mirando la historia de tiempos que nos parecieron de dictadura, pero hoy quizá estamos imponiendo la dictadura de nuestras propias ideas y a quien no piense de la misma forma, tendremos mil palabras con las que calificarlos buscando el desprestigio y la anulación de quienes no piensen de la misma manera. Miremos nuestra sociedad de hoy.

Hoy nos encontramos con esos exigentes en el evangelio que vienen a echarle en cara a Jesús porque sus discípulos comen con manos impuras, no se lavan las manos antes de comer. Lo que era una perfecto norma higiénica, muy necesaria en aquellos pueblos que en su origen habían vivido no solo en el campo y en contacto con los animales, sino además una vida de trashumancia de un lugar para otro por lugares desérticos, donde incluso no era fácil la consecución del agua necesaria para la higiene, se había convertido en un precepto religioso que marcaba incluso con impurezas la vida de las personas. Es lo que ahora vienen a reclamarle a Jesús, dándose de puritanos y cumplidores.

En esta ocasión Jesús quiere hacerles reflexionar sobre cómo han de buscar en la vida lo que verdaderamente es importante, y cuando tanto están hablando del culto a Dios para el que había que estar purificados, había que pensar más en el corazón, que en una impureza externa, una impureza exterior. La maldad que llevaban en el corazón rompía más esa relación con Dios y también con los demás, que el lavarse o no lavarse las manos por unas cuestiones, diríamos que de higiene, que también pueden ser necesarias.

Cuando con nuestros reclamos y exigencias estamos haciendo la vida imposible a los que están a nuestro lado en verdad estaremos manchando nuestro corazón, pero también alejándonos de Dios. Busquemos siempre lo que dignifica a la persona, de ahí se desprende el respeto al otro, pero también la búsqueda de lo que pueda hacer bien al  otro. Caminemos con dignidad pero considerando también la dignidad de los que están a nuestro lado.

Sepamos buscar la verdad y el bien, pero actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón. Generosidad para compartir en la necesidad, generosidad para llenar nuestro corazón siempre de comprensión y de misericordia, generosidad para ofrecer el perdón, generosidad para saber contar con el otro, generosidad para descubrir también todo lo bueno que hay en el corazón de los que están a nuestro lado, aunque no piensen como nosotros, aunque tengan incluso otra manera de concebir la vida y el mundo. Es un estilo nuevo de vivir el que nos está proponiendo Jesús.

viernes, 10 de junio de 2022

Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

 


Los que llevan unas lentes luminosas y brillantes en sus ojos y en su corazón sin ningún tipo de maldad, pondrán luz en la vida, aprenderán a mirar al hermano y podrán ver a Dios

1Reyes 19, 9a. 11-16; Sal 26; Mateo 5, 27-32

Un cristal turbio nos impide ver con claridad; es más, un cristal turbio nos hará ver cosas turbias allí donde no las hay; la suciedad no está en la cosa que vemos sino en aquello que nos ha servido de filtro a través del cual veíamos las cosas; lo podemos ver todo verde, sin ponemos el filtro de ese color, lo podemos ver luminoso si el cristal está límpido y brillante sin ninguna mancha. Los cristales manchados del vehículo que conducimos nos van a entorpecer la marcha del vehículo poniendo en peligro su conducción porque nos impiden ver con claridad. Ya podríamos adelantar, que la legañas de maldad que llevemos en nuestros ojos nos harán mirar de mala manera a aquellos con los que nos cruzamos en el camino de la vida.

Ya nos dirá en otro momento del evangelio Jesús que quitemos la viga que llevamos en nuestro ojo antes de querer quitar la mota que pudiera haber en el ojo del hermano. Y pueden ser unas vigas tremendas las que llevemos en nuestros ojos llenos de malicia, de maldad, en nuestro corazón lleno de malas intenciones. Es lo importante que nos quiere hacer ver Jesús.

Las palabras que hoy escuchamos forman parte del sermón del monte donde tras proclamar las bienaventuranzas Jesús ha ido desgranando una multitud de situaciones de nuestra vida que tendrían que entrar en revisión. No ha venido a abolir la ley y los profetas le escuchamos decir, sino a darle plenitud; por eso irá revisando cada una de esas situaciones en las que incluso le hayamos podido hacer decir más a las normas que nos hemos ido imponiendo que lo que el Señor quiso darnos con su ley. Por eso nos irá repitiendo ‘habéis oído que se os dijo, pero yo os digo…’ para darnos el verdadero sentido que han de tener las cosas.

Hoy de forma concreta nos habla del adulterio, pero Jesús nos viene a hacer comprender que incluso nos puede suceder que sin llegar al adulterio en la materialidad de los actos, sin embargo desde nuestro corazón podemos tener actitudes adulteras desde la malicia con que miremos a la otra persona. Por eso las palabras de Jesús hoy quieren ir incluso más allá de lo que en principio se nos plantea, para hacernos caer en la cuenta de cual es lo importante que hemos de tener en cuenta en la vida y en lo hacemos. Es la bondad o la maldad que llevemos en el corazón. Ese cristal sucio a través del cual miramos a la mujer de nuestro prójimo, a la otra persona podríamos o tendríamos que decir, por la malicia que podemos llevar dentro.

Vale de cara al tema del adulterio por lo que en concreto se nos dice en este pasaje, pero nos damos cuenta que nos vale para todas las intenciones que podemos tener o con que podemos mirar a los demás. No olvidemos que una de las bienaventuranzas que Jesús nos propone es ‘dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’.

Dichosos los limpios de corazón, sí, porque tendrán una mirada clara y distinta y nada la enturbiará. Dichosos los limpios de corazón, podríamos también decir, porque ellos serán los que verán en el otro un hermano; dichosos los limpios de corazón porque serán los que sabrán amar; dichosos los limpios de corazón porque tendrán generosidad en el corazón; dichosos los limpios de corazón porque teniendo un corazón puro nunca harán discriminación y todos se sentirán como hermanos; dichosos los limpios de corazón porque serán los que tenderán su mano sin importarles ni el color de su piel, ni la condición exterior que pueda presentar su persona, porque sabrán caminar juntos, y sabrán hacer un mundo justo; dichosos los limpios de corazón porque siempre llevarán limpias y luminosas las lentes de sus ojos y de su corazón y sabrán hacer un mundo de luz y de vida, porque siempre irán repartiendo amor.

viernes, 9 de julio de 2021

Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 


Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Hay un dicho o refrán popular que dice que ‘camarón que se duerme, se lo lleva la marea (se lo lleva la corriente)’. Como todos los refranes populares encierra una sabiduría popular que nos previene contra la pereza, el descuido, las irresponsabilidades con que podemos vivir la vida. Cuántas oportunidades perdemos por no saber estar atentos y vigilantes para cuando pueda aparecer esa oportunidad; pero de cuántos peligros nos libraríamos también si tuviéramos ese ojo avizor que está atento a lo que sucede a su alrededor y de las cosas que nos pudieran afectar negativamente en la vida.

Creo que dentro de la madurez humana a la que todos aspiramos está esa vigilancia y atención a cuanto sucede en nuestro entorno, para evitar peligros, para aprovechar oportunidades, pero también para saber sacar provecho de aquello que nos sucede para ese nuestro crecimiento y maduración como personas.

Esto es algo que hemos de tener muy claro en el camino de nuestra vida cristiana. En nuestra oración, en la oración que nos enseñó Jesús, pedimos no caer en la tentación y vernos libres del mal, pero de alguna manera cuando lo hacemos estamos pidiendo esa luz, esa perspicacia, esa vigilancia con que hemos de estar para no vernos invadidos por el mal, y eso contando con la gracia del Señor.

Es lo que hoy también quiere decirnos Jesús en el evangelio. El camino no siempre es fácil; la tarea del anuncio del Reino de Dios que Jesús nos confía va a encontrar mucha contradicción a nuestro alrededor; mantener nuestra fidelidad y nuestra fe algunas veces se convierte en una tarea difícil por todas las influencias que podemos recibir de nuestro entorno; el camino del evangelio no se convierte en un camino de rosas, porque muchas van a ser las zarzas y las espinas que nos encontremos en el camino; quien lleva la luz del evangelio se convierte en un signo de contradicción en medio del mundo.

¿No fue ese el camino de Jesús? ¿No lo había anunciado así el anciano Simeón a su madre María? La imagen del hijo del hombre, varón de dolores, que nos presentan los profetas nos describe bien el camino de pasión de Jesús; y el discípulo no es más ni mejor que su maestro.

‘Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, les dice Jesús a sus discípulos. Y a continuación les hablará de cómo van a ser traicionados, cómo van a ser entregados a los tribunales para ser condenados, de todo el camino de persecuciones con que se van a encontrar. El león rugiente está acechando buscando a quien devorar, nos recordará san Pedro en sus cartas. Hoy Jesús nos habla de lobos que rodean a las ovejas, aunque ya en otro momento hablará de los buenos pastores que cuidan de su rebaño y están atentos a cuando pueda venir el lobo. Pero de alguna manera ahora nos está señalando lo que va a ser el día a día de nuestra vida.

Y nos pide Jesús, sagacidad y sencillez. Sagacidad que es lo mismo que vigilancia y atención, ese cuidado con ojo avizor con que hemos de estar en nuestra vida para que nos pueda venir la tentación. Pero al mismo tiempo nos habla de sencillez porque en esa vigilancia y atención, en esa sagacidad, no poder dejar meter la malicia, la mala intención o el mal deseo.

Estar vigilantes para no caer en las redes del mal no significa que llenemos el corazón de violencia o de deseos de venganza. Es también una tentación que nos puede aparecer en nuestro corazón. Por algo en las bienaventuranzas llamará dichosos a los que son limpios de corazón que además serán los que verán a Dios; no han dejado que se enturbie el corazón y por eso tendrán los ojos claros para ver las obras de Dios, la presencia de Dios.

sábado, 18 de agosto de 2018

No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz



No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz

 Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Creo que todos nos sentimos cautivados por la ternura de un niño pequeño. Su inocencia, su mirada limpia de toda malicia, la sonrisa que se escapa de sus ojos, sus gestos sencillos y nunca calculados, su prontitud para responder al cariño que te le ofreces que él te devuelve multiplicado en generosidad, sus preguntas inocentes que nos llegan al alma porque simplemente quiere conocer, saber por qué, su disponibilidad siempre pronta para agradarte son algunos de esos gestos que nos cautivan y que nos llenan el alma porque con su ternura se adueña de nuestro corazón.
Qué lastima que la vida pronto lo vaya maleando y no se mantenga siempre esa inocencia en su mirada, porque nuestras respuestas y actitudes comienzan a encerrarlo en si mismo; es el mal ejemplo que le damos en un mundo que ellos quisieran siempre feliz, pero que descubren en nosotros esas malicias que nos rompen y nos enfrentan, que le hacen perder el brillo de su mirada porque pronto con nuestras actitudes les enseñamos a ser egoístas y ambiciosos. No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos nosotros a ser como ellos que incluso con sus juegos inocentes están construyendo un mundo feliz.
Es por lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio que los que somos como niños podremos entender bien lo que es el Reino de Dios que el nos viene a anunciar y construir.
Las madres les habían llevado a sus hijos a Jesús para que los bendijese. Con sus juegos inocentes pronto se adueñarían de la escena, porque Jesús a quienes prestaba atención era a aquellos niños que le rodeaban. Pronto aparecerán por allí los discípulos muy celosos de la tranquilidad de Jesús sin llegar a comprender lo que Jesús estaba disfrutando de la presencia de aquellos niños. En ellos estaba viendo las características del Reino de Dios que anunciaba, un mundo donde en verdad todos fuéramos felices. 
Pero siempre aparecerá quien nos viene a agriar los mejores momentos; allí están los que no saben apreciar las cosas pequeñas y sencillas, sino que piensan que todo tiene que ser a lo grande, por eso no aprenderán a valorar a los que son pequeños en la vida que no solo son los niños, a los niños tampoco los valorarán. Les molesta lo pequeño y lo sencillo porque esos gestos quizá les están denunciando que con sus ambiciones grandiosas y llenas de orgullo no podrán nunca ser felices de verdad. Aquello que nos habla claramente nos molesta y lo queremos quitar de en medio.
‘No le impidáis a los niños que se acerquen a mi’, les dirá Jesús corrigiendo aquellos celosos ímpetus de sus discípulos. Os he hablado del Reino de Dios, un día en la montaña os llamé dichosos y felices no por poseer muchas cosas, sino que en vuestra pequeñez, con las pequeñas cosas, si ponéis ternura en el corazón, si quitáis toda malicia de vuestros sentimientos, si os manifestáis sencillos y cercanos, como lo hacen estos niños, podréis entender todo lo que os he dicho del Reino de Dios. Aquí tenéis la muestra de la felicidad que os ofrezco que llenará plenamente vuestro corazón. Tenéis que haceros como niños, tenéis que saber acoger y valorar a un niño y las cosas de los niños, así podréis poseer de verdad el Reino de Dios.
Ojalá nos hiciéramos de nuevo niños con nuestra ternura, en la sencillez de nuestras vidas, en la rectitud y limpieza de nuestro corazón del que desterramos toda malicia, en el saborear aquellas cosas que nos parece tienen poco valor pero que están muy llenas de amor, en esa cercanía que nos hace acoger a todos sin poner ninguna traba ni distinción, en el saber estar con todos valorando todo lo bueno que con ellos podemos disfrutar. Qué distinta seria nuestra vida, qué distinto sería nuestro mundo, qué felices seríamos todos.

miércoles, 18 de julio de 2018

Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús


Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

Cuánta sabiduría nos encontramos muchas veces en la gente sencilla, que quizá por su apariencia nos puedan parecer personas incultas que no tienen grandes estudios ni títulos universitarios, pero en lo que han ido aprendiendo de la vida, rumiando en su interior nos enseñan maravillosas lecciones con sentencias que en pocas palabras nos dan la clave de vivencias hermosas. No nos ofrecerán sesudas reflexiones alimentadas en corrientes de pensamiento filosófico o ideológico, pero nos enseñan cosas vividas, cosas de la vida que han experimentado en si mismos y que han rumiado en su interior plasmando así no solo su pensamiento sino su corazón.
Y es que el verdadero sabio de la vida lo aprende de la vida misma, pero de ese mascar en silencio una y otra vez los hechos o acontecimientos vividos y son capaces de expresarlo en pocas palabras, pero si muy llenas de sabiduría. No digo que no tengamos que iluminar nuestra vida e ir adquiriendo una formación a través de estudios y enseñanzas de quienes han desarrollado su vida por los derroteros de la filosofía o de estudios superiores. Pero ellos también tendrían que saber trasmitirnos en la sencillez ese su saber para que en verdad puedan ayudarnos.
Pero serán los sencillos y los limpios de corazón los que podrán saborear mejor el valor y la importancia de las cosas sencillas; serán los que tendrán un corazón más disponible, más abierto para recibir y captar todo aquello que les trasciende y les eleva. Por eso serán también los de corazón humilde y sencillo los que más abiertos estén a Dios y a su misterio de amor, porque son los que mejor saben sintonizar con el amor verdadero.
Un corazón orgulloso se encierra en su yo y se cree bastarse a si mismo; la vanidad y el orgullo nos encandilan y ciegan para no dejarnos ver las cosas que son verdaderamente bellas. Por eso el orgulloso no podrá saborear de verdad la vida a partir de las cosas sencillas; su aspiración a las grandezas y vanidades le hace olvidar lo que verdaderamente le puede hacer feliz; aunque dé apariencias de felicidad, al final sentirá que su corazón está frío y vacío.
Hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre porque ha revelado los misterios de Dios a la gente sencilla y humilde. Eran los que de verdad estaban abiertos a Dios, y porque su corazón lo habían vaciado de ambiciones y deseos de grandezas humanas podían tener mejor esperanza y sintonizar mejor con el misterio de Dios. Que tengamos nosotros un corazón así, que nos vaciemos de esas vanidades, que busquemos lo que de verdad nos llena, que en nuestra pobreza tengamos puesto nuestro corazón siempre en las manos de Dios.
‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, termina diciéndonos hoy Jesús en el evangelio. El se nos quiere revelar, El quiere meternos en el misterio de Dios, pero solo sintonizaremos con Jesús y con su amor cuando tengamos ese corazón humilde y sencillo, ese corazón puro del que hayamos desterrado vanidades y orgullos.

martes, 6 de marzo de 2018

Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma y sabremos lo que es el gozo del amor y del perdón


Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma y sabremos lo que es el gozo del amor y del perdón

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35

Los que usamos lentes o gafas ya sean de visión o para protegernos del sol sabemos bien que hemos de tener muy limpios sus cristales porque la suciedad nos dará una visión borrosa o llena de manchas que nos impiden ver con nitidez y claridad y que con el reflejo de una luz intensa del sol la visión casi se hace imposible porque poco menos que se nos convierten en un espejo.
Nos preocupamos habitualmente de tener limpias esas lentes pero quizá olvidamos otras lentes que nos pueden hacer borrosa la vida o darlos una mala imagen o visión. Es ese filtro que ponemos entre nosotros y el mundo que nos rodea, que ponemos entre nosotros y las otras personas con las que nos encontramos o con quienes convivimos y que nos producen en muchas ocasiones reacciones negativas. Y eso es lo que tendríamos que cuidar con mucho detalle y mimo.
Las gafas o lentes con que miramos la vida están muchas veces manchadas por nuestras malicias o desconfianzas, por nuestra falta de amor o por nuestra poca sensibilidad y así miramos a los demás con lo que llevamos de negativo en nuestro corazón. Por eso nos cuesta tanto amar de verdad; por eso nos cuesta tanto perdonar. Para amar y para perdonar tenemos que mirar siempre con una mirada limpia, porque de aquello que llevamos en el corazón tintamos los cristales de nuestras lentes.
Si tenemos sombras con sombras miraremos, si hay negatividad en nuestra con ese mismo sentido miramos a los demás para ver solo lo negativo, si ennegrecemos demasiado ese cristal no dejará traspasar nunca la luz y a lo mas se convertirá en un espejo donde solo veamos lo que llevamos en nosotros, pero si hay ternura y compasión en nuestro corazón nuestra mirada será bien distinta.
Tenemos que limpias esos cristales quitando desconfianzas y poniendo amor, arrojando lejos de nosotros los orgullos y poniendo mucha humildad, desterrando de nosotros los recelos o las envidias para poner confianza y búsqueda de entendimiento. Y limpiar esos cristales comienza por curarnos a nosotros mismos por dentro para sanar las heridas que con la vida se hayan ido produciendo en nosotros, porque mientras mantengamos esa herida en nuestro corazón veremos con dolor al otro y fácilmente lo llenares de la pus de la infección de maldad que tenemos en nosotros. Tengamos paz en nuestro corazón porque hayamos curado esas heridas y llenaremos de la paz del perdón y del amor a todo el que quizá un día nos haya podido dañar en algo.
Pedro le preguntaba a Jesús cuantas veces había que perdonar al que le hubiera ofendido y ponía algunas cifras significativas y bien simbólicas. Pero no decía nada del otro mundo que nosotros no hayamos pensado más de una vez. Conocemos la respuesta de Jesús y la parábola que nos propone. Aquel hombre al que le habían perdonado su deuda no soboreó el perdón que se le concedió porque no quiso curarse por dentro. Por eso con aquella misma ponzoña que llevaba dentro quiso ser poco menos que un tirano para quien le debía una minucia. No había querido aprender lo que es el amor y el amor que antes quería derramarse en el con el perdón que le habían concedido. Nos puede pasar a nosotros muchas veces.
Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma. Sabemos que siempre hay un bálsamo de amor que se puede derramar sobre nosotros y que nos curará y nos llenará de paz para llevarla también a los demás.



domingo, 11 de febrero de 2018

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, fueron las palabras del leproso que se atrevió a acercase a Jesús. Es la súplica humilde pero llena de esperanza. Confiaba que Jesús podía hacerlo, pero sabía que solo estaba en su mano el hacerlo o no hacerlo. Pero allí estaba él con su necesidad, con su pobreza, con su soledad, con su lepra con todo lo que significaba. Y se postró ante Jesús. Se había atrevido a llegar hasta Jesús, abrirse paso entre la gente, que seguramente se apartaba para evitar contaminarse.
¿Nos sucederá algo de esto alguna vez? No nos atrevemos a terminar por suplicar desde nuestra necesidad, desde nuestros problemas ante quien sabemos que nos puede ayudar. O quizá alguien necesita algo de nosotros y no se atreve a pedírnoslo. Barreras de miedo que nos creamos, barreras de desconfianza, o barreras quizá de orgullo porque no queremos postrarnos, porque no queremos rebajarnos a mostrar nuestra necesidad. Y nos aislamos o aislamos a los demás poniendo distancias.
Todo nos enseña, todos los gestos que vemos en el evangelio nos hacen pensar en cosas que nos pasan o que les pasan a los otros con nosotros. No siempre tenemos la suficiente sintonía para comunicarnos con sencillez y con humildad, para reconocer nuestras debilidades porque quizá queremos mantener la fachada aunque por dentro estemos pasándolo mal. Y nos preguntan que como estamos y decimos que bien, aunque haya una buena tormenta dentro de nosotros.
Aquel hombre, sin embargo, acudió a Jesús, reconoció su enfermedad, su debilidad, su pobreza. Por si mismo no podía hacer nada para curarse; en aquella época la lepra era una enfermedad terrible e incurable, que además podía contagiar a los demás; los leprosos tenían que vivir aislados, lejos de todos, lejos de su familia, sin participar en la vida de la comunidad; eran unos malditos.
Pero la fe se había despertado en su corazón. Otros quizá se abandonaban a su suerte perdida toda esperanza; su muerte era en vida, porque aquello no era vivir. ¿Resignación? ¿Desesperación quizá? Era difícil encontrar un sentido y un valor a aquella forma de vivir. Pero a los oídos de aquel hombre había llegado una buena noticia que le llenaba de esperanza. Podría curarse, si aquel profeta quería curarlo. Algo comenzaba a apoyar su vida que era algo más que una muleta para caminar en su imposibilidad y en la debilidad de una enfermedad que le destruía por fuera en su cuerpo, pero dentro también en su espíritu. Por eso había acudido a Jesús.
Como decíamos, necesitamos aprender, todo nos enseña. Y en esos vaivenes de la vida donde tantas veces nos sentimos desalentados quizá en nuestra soledad, en nuestras angustias, cuando nos sentimos abandonados quizá de los menos que esperábamos que nos abandonaran o se pusieran en contra nuestra, necesitamos despertar nuestra fe. No todo es oscuro, no todo es negro, una luz tras cualquier recodo del camino puede despertar de nuevo nuestra esperanza.
Y Jesús nos está esperando, saliendo a nuestro paso en cualquier rincón de nuestro camino. Deja que nos acerquemos a El, o El viene a nuestro encuentro de muchas maneras. Siempre habrá alguien que nos tienda una mano, nos diga una palabra de ánimo, encienda una luz en nuestro oscuro camino. Tenemos que sintonizar con esos signos que nos pueden ir apareciendo en la vida.
Es la mano de Jesús que nos toca, que nos levanta, que nos sana, que pone nueva luz en nuestro camino. Necesitamos encontrar un sentido para no simplemente resignarnos; tenemos que descubrir el valor de nuestra vida aunque nos sintamos llenos de miseria y pensemos que no valemos nada; tenemos que descubrir las mil razones que tenemos para seguir luchando; hemos de darnos cuenta que también nuestra vida, nuestra decisión de seguir adelante, de no quedarnos tumbados a la vera del camino puede ser una señal para otros que estén igual o peor que nosotros.
Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús, porque Jesús sí quería y se había adelantado incluso a tocarle a pesar de la miseria de su lepra, saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado.
Cuántas veces Jesús nos sana pero no somos capaces de manifestar esa alegría. Cuántas veces hemos recibido una gracia especial del Señor y ni siquiera hemos sabido dar gracias; cuántas veces hemos sentido el regalo y la alegría del perdón, pero no hemos saltado de alegría porque Jesús nos ama y nos ha perdonado para ponernos en camino de nuevo.
No somos agradecidos, no correspondemos a tanto amor como el Señor de mil maneras manifiesta en nuestra vida. Por eso no terminamos de convencer a nadie y estamos encerrados siempre en el mismo círculo. No crece el número de los que vienen hasta Jesús porque no terminamos de ser con la alegría de nuestra fe esos signos de evangelio para que el mundo crea.
Pensemos en tantos que están a la vera del camino de la vida esperando ver ese signo que levante su espíritu, que les llene de nueva esperanza, que les impulse de verdad a caminar y a transformar nuestra vida. Nosotros tenemos que ser ese signo. Nosotros tenemos que ser esa mano tendida de Jesús que llegue a tocar el corazón de los otros.
¿Qué nos pasa que vivimos de manera tan aburrida nuestra fe? ‘Si quieres…’ nos está diciendo también nosotros ese mundo que nos rodea. ¿Cuál es la respuesta que le vamos a dar?

sábado, 19 de agosto de 2017

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón tendría que ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón ha de ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
No queremos seguir siendo niños ni que nos traten como niños. Queremos crecer. Es ley de vida, podríamos decir, porque la vida es crecimiento, maduración; queremos llegar a ser adultos, porque así tenemos, o creemos tener, nuestra autonomía, nuestra propia personalidad, nuestro propio ser. No queremos que decidan por nosotros, y en la medida en que el niño va creciendo le vamos enseñando a tomar sus propias decisiones hasta que vaya alcanzando esa madurez. Lo peor que nos puede pasar es que nos traten de una forma infantil, porque aun nos consideren niños.
Forma parte todo esto de nuestro desarrollo personal, de nuestra maduración como personas. Cuando vemos a alguien que no se comporta con la debida madurez decimos que se comporta como un niño porque no sabe tomar sus propias decisiones de forma responsable, sabiendo lo que quiere.
Pero hoy Jesús nos desconcierta. La ocasión fue que las madres traían a sus niños para que Jesús les bendijera y los discípulos muy celosos de su maestro y que nada le perturbara trataban de quitarlos de en medio. Ya sabemos cómo son los niños cuando les das confianza y ellos se sienten a gusto. Poco menos que se suben encima de uno. Pero no es eso lo que Jesús quiere. Se siente a gusto con los niños, con su inocencia, con su cariño espontáneo, con la generosidad que suele haber siempre en el corazón de los niños, en ellos no aparece nunca la malicia sino la espontaneidad y lo que buscan es la relación y el encuentro.
De ahí la respuesta a la postura de los discípulos y la actitud de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y Jesús los atraía hacia él, los abrazaba y los bendecía.
Bendice a los niños. Puede tener esto un gran significado. En aquella sociedad los niños eran poco considerados y valorados. No se les tenía en cuenta. Pero Jesús quiere contar con ellos, más aun, quiere expresarnos en la actitud de los niños algo que no debe faltar nunca en nuestro corazón. No es infantilizar nuestra vida porque, como decíamos antes, tenemos que crecer y que madurar. Pero nuestro crecimiento y maduración no tiene que significar llenar de malicia nuestro corazón.
Esa mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en su corazón tendría que ser siempre nuestra mirada. Ya sabemos lo que nos suele suceder, nos llenamos de desconfianzas, recelos que nos hacen no creer en las personas; andamos con la sospecha detrás de la oreja y queremos ver intenciones ocultas en lo que hacen los demás; nos movemos demasiado por intereses y si no sacamos nada para nuestro provecho nos parece que no merece la pena embarcarse en tareas que nos pueden comprometer u ocupar nuestro tiempo.
Y ya sabemos bien que cuando vamos así por la vida vamos llenando de amarguras nuestro corazón y terminamos porque nosotros nos manifestemos como realmente somos, fácilmente ocultamos otra cara en lo que hacemos, y no expresamos nuestra confianza en las personas. Y así no podemos vivir felices porque los recelos y las desconfianzas nos quitan la paz.
En muchas mas cosas podríamos fijarnos de esas actitudes de los niños que Jesús quiere que copiemos en nuestros corazones. Repito, no es infantilizar nuestra vida porque tenemos que madurar como personas, pero que haya esa pureza de corazón que merece la bienaventuranza del Señor. ‘Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’. Como nos dice hoy ‘de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

martes, 3 de diciembre de 2013

Solo con humildad y amor podremos acercarnos a Dios para mejor conocerle

Is. 11, 1-10; Sal. 71Lc. 10, 21-24
Nadie puede conocer a Dios en plenitud sino aquel a quien Dios se quiera revelar. Podemos, es cierto, llegar a conocer su existencia y vislumbrar algo de su inmensidad y de su grandeza, que para eso Dios nos ha dotado de esa capacidad de inteligencia y conocimiento y por los huellas que Dios nos va dejando de si mismo podemos emprender un camino que nos lleve hasta El; pero conocer todo el misterio de Dios nos sobrepasa y eso formará parte de la revelación que Dios hace de si mismo. La plenitud del misterio de Dios solo la podremos conocer por su revelación, por lo que Dios nos dice de sí mismo. Es de lo que nos habla Jesús hoy en el evangelio.
Y, ¿quiénes son los que mejor podrán adentrarse en el misterio de Dios? ¿a quienes Dios quiere revelarse de manera especial? Nunca desde nuestro orgullo o autosuficiencia podemos acercarnos a Dios; es que cuando en la vida nos dejamos seducir por esa tentación del orgullo o de la autosuficiencia seremos nosotros los que nos creamos dioses y la imagen que nos queramos hacer de Dios será una imagen de nosotros mismos, queriendo de alguna manera manipular esa imagen del Dios verdadero que, entonces, no terminaremos de conocer.
¿Qué son los ídolos o falsos dioses que los hombres se han hecho en todos los tiempos? Esos dioses creados por el hombre no hacen sino reflejar lo que son las pasiones de los hombres rebajando, por así decirlo, lo que es la belleza, la bondad, el bien y la sabiduría de Dios en sí mismo.
Hoy escuchamos a Jesús dar gracias al Padre porque todo el misterio de Dios se revela no a los que se creen sabios y entendidos, sino a los pequeños y los humildes, porque será en ellos donde Dios mejor se complace. Ya hemos dicho en otro momento que la humildad es la llave maestra que abre nuestros corazones a Dios. Es que Dios a quien se revela es a los pequeños y a los humildes.
Serán precisamente a los que Jesús llamarán dichosos y bienaventurados. Recordemos las bienaventuranzas de Jesús. Los pobres y los pequeños, los que están llenos de sufrimientos y los que sufren en el ansia del bien y de la justicia, los que son sencillos y los que son limpios de corazón, los que tienen un corazón sano capaz de contagiar esa salud y esa paz del espíritu a los que los rodean, los que rebosan de amor y de misericordia serán dichosos, heredaran el reino, verán a Dios, serán llamados hijos de Dios.
El que es humilde y sencillo estará siempre abierto al amor, buscará siempre la armonía y la paz, destilará dulzura de su alma porque en todo sabrá poner siempre amor; el que es humilde y sencillo estará siempre abierto a Dios y Dios se le manifestará, se le revelará allá en lo más hondo del corazón, porque será el que ha sido capaz de hacer de su corazón una morada de Dios.
Hoy nos ha anunciado Isaías al que viene lleno del Espíritu del Señor para señalarnos los dones y las gracias de las que estará dotado el Mesías de Dios, el Ungido del Señor. Estará lleno del Espíritu de Dios y en él y por él va a florecer la paz y la justicia, la armonía entre todas las cosas y todos los seres de la creación porque habrá de desaparecer para siempre la violencia y la injusticia, el odio y la mentira y para siempre brillará la rectitud y la verdad. Imágenes hermosas las que nos ofrece la descripción del profeta pero que nos están realmente describiendo la transformación que se va a realizar en el corazón de los hombres. Son los tiempos nuevos del Mesías Salvador en que podremos en verdad conocer a Dios.

Nosotros ahora en este camino de Adviento nos vamos dejando conducir por la Palabra de Dios. Los profetas que ayudaron con su profecía al pueblo de Dios a mantener viva la esperanza del Mesías que había de llegar, a nosotros como Palabra de Dios también nos ayudan para que en verdad preparemos nuestro corazón al Señor que quiere llegar a nuestra vida y a nosotros también se nos quiere revelar. Empapémonos de su sentido, de su palabra, de su profecía y preparémonos como un pueblo bien dispuesto para el Señor. Ya vamos viendo los caminos que hemos de recorrer.

sábado, 17 de agosto de 2013

Dejemos que los niños lleguen hasta nosotros y nos enseñen a vivir el Reino de Dios

Josué, 24, 14-29; Sal. 15; Mt. 19, 13-15
‘Dejad que los niños se acerquen a mi… le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y los bendijera’. Era una bonita costumbre entre los judíos de presentar las madres a sus hijos a los rabinos para que los bendijeran. Pero por allá andan los apóstoles muy celosos de Jesús, que no quieren que nadie moleste al maestro. Los discípulos les regañaban. Parece que algunas veces los niños nos molestan. Nos los queremos quitar de encima. Cuantas veces hemos escuchado o contemplado actitudes así. ‘Niños, no molestéis a los mayores…’ ‘los niños cuando están hablando los mayores se callan y están quietos…’ o no dejamos que estén en nuestras cosas de mayores o incluso en las cosas de la comunidad.
Pero a Jesús no le molestan. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Qué distinta la actitud de Jesús de muchas de nuestras actitudes. Jesús quiere estar con los niños que son una bendición de Dios también para los demás.
No hace mucho hemos escuchado textos paralelos donde Jesús nos decía que había que hacerse como niños y que el que acogiera a un niño lo estaba acogiendo a El. Y ya recientemente hemos reflexionado sobre ello. Para ser grande e importante en el Reino de los cielos hay que hacerse como un niño.
Pero no se nos agota aquí la reflexión. En esta actitud de Jesús con los niños, a los que quiere tener cerca, de los que dice que de los que son como ellos es el Reino de los cielos me parece estar haciendo una lectura de las Bienaventuranzas que Jesús pronunció allá en el monte.
¿Qué nos dice allí? Que de los pobres, de los pequeños, de los sencillos es el Reino de los cielos; y nos dirá que los que son limpios de corazón, verán a Dios; que de los que llenan de mansedumbre su corazón, de los que tienen un corazón lleno de amor y de misericordia, van a poseer el Reino y alcanzarán también misericordia. Lo hemos meditado muchas veces. ¡Qué hermosa lectura podemos hacer de las bienaventuranzas con este texto del encuentro de Jesús con los niños!
¿Qué ve Jesús en los niños que quiere tener cerca de sí? ¿por qué tenemos que hacernos como niños? ¿cómo tenemos que hacernos como niños? ¿Cómo es el corazón de un niño? La ternura de un niño nos cautiva; la limpieza de la mirada de un niño nos enamora; la sonrisa de un niño nos hace sentirnos felices desde lo más hondo de nosotros mismos; la sensación de paz que se siente junto a un niño llena de paz también nuestro corazón. Cuando logremos que  nuestro corazón sea así, estaremos viviendo el Reino de Dios, estaremos sembrando el Reino de Dios a nuestro alrededor.

No es necesario decir nada más. Purifiquemos nuestro corazón de toda malicia; tengamos siempre una mirada limpia; seamos sembradores de paz porque irradie esa paz y esa mansedumbre de nuestro corazón; sepamos acoger siempre con un corazón limpio de malas intenciones a cuantos se acerquen a nosotros; vayamos repartiendo en todo momento amor y llenando de alegría los corazones de los demás. Dejemos que los niños lleguen a nuestra vida y nos enseñen a vivir el Reino de Dios.