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martes, 4 de agosto de 2026

Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

 


Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Salmo 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

Uno de los signos anunciados por el profeta por los que había de reconocerse la llegada del Reino de Dios era que los ciegos recobrarían la vista. Así lo proclamó Jesús en la sinagoga de Nazaret con aquel texto proclamado del profeta Isaías; y Jesús había dicho al terminar su proclamación que aquello allí anunciado se estaba cumpliendo entonces.

Bien vemos a lo largo del evangelio cómo se repiten las curaciones de los ciegos que acuden a Jesús y bien nos proclamará Jesús que El es la luz del mundo. ¿Para qué es la luz? Para que podamos ver, pero también para que podemos iluminar; tenemos que iluminar. Pero además nos está pidiendo que nosotros seamos luz y la luz no se puede ocultar, tiene que ponerse en el lugar más estratégico para que todos se puedan iluminar. Así nos pedirá que salgamos a nuestros caminos con la luz en nuestras manos para que todos sean iluminados; así hemos de tener cuidado que no nos falte el combustible que mantenga encendida nuestra luz, no sea que nos pase como a aquellas doncellas que no fueron previsoras y no llevaron alcuzas con suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Pero hoy nos encontramos con lo que sería un contrasentido, los ciegos que no reconocen su ceguera, creen que ven pero sus ojos están ciegos, no tienen luz pero rechazan la luz. Ya lo decía el evangelio de Juan al principio, las tinieblas rechazaron la luz. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Surge el comentario a raíz de lo que le dicen los discípulos a Jesús. Los fariseos se habían escandalizado con las palabras de Jesús. Y Jesús no había hablado sino de la necesaria autenticidad de nuestra vida que no se puede quedar en apariencias. Nos pide Jesús que miremos el corazón que es de donde sale la más terrible maldad. ‘Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre’.

La ley del Señor que pedía la pureza interior desde la mayor autenticidad se había transformado con las normas y preceptos que se les hacían insoportables de lo que podían o no podían comer porque solo por eso se convertía en impuro el hombre. Y venían las normas de lavarse las manos para no caer en esa impureza por algo que pudieran haber tocado. Era algo muy arraigado en la fe judía y de lo que les costó liberarse. Recordemos aquella visión de Pedro en la que descendía del cielo un gran mantel con toda clase de alimentos y se le decía a Pedro que tomase de aquel mantel y comiese; Pedro se negaba porque allí había alimentos impuros, pero el Señor le decía que lo que Dios declaraba puro porque de sus manos había salido el hombre no podía declararlo impuro.

Ahora ante la observación de Jesús para que examinemos lo que sale de nuestra boca, lo que sale dentro de nosotros cuando tenemos el corazón lleno de maldad, los fariseos se escandalizan. Y es cuando Jesús nos deja esta observación de que son ciegos que no quieren reconocer su ceguera y por eso nunca irán en la búsqueda de la luz. ‘Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo’.

Que no nos sucede a nosotros esto. Tenemos cegueras porque son muchas las debilidades que nos envuelven; somos ciegos muchas veces cegados por el orgullo y por el amor propio; somos ciegos en nuestras autosuficiencias en que no nos dejamos enseñar; somos ciegos en nuestras insolidaridad que nos encierra en nosotros mismos; somos ciegos que solo nos miramos a nosotros mismos y lo que son nuestros intereses; somos ciegos arrastrados por la vanidad que nos hace creernos los mejores y los superiores; somos ciegos y no somos capaces de ver un hermano en quien está a nuestro lado sea cual sea su condición. Busquemos la luz, dejémonos iluminar por Jesús, acudamos al Evangelio que empape nuestra vida para convertirnos también en luz de nuestro mundo.


martes, 14 de octubre de 2025

Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

 


Mucho tendríamos que pensar en lo que son los cimientos de nuestra vida para dejar a un lado las apariencias de la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida

Romanos 1, 16-25; Salmo 18; Lucas 11,37-41

Tenía en un rincón de una pared de casa una cornisa que le daba un cierto encanto a aquel rincón, durante mucho tiempo había aparecido en su esplendor, externamente cuando se pintaba se trataba de tapar cualquier pequeña grieta que tuviera, pero no se había atendido a su estructura en la que se introducían humedades, los hierros se fueron corroyendo, el material por su interior se había ido quebrando y en un momento determinado se vino abajo y se desplomó. Habíamos mantenido bella su apariencia externa pero por dentro se había corroído. Podemos pensarlo de las madera que conforman la estructura de la casa, ya sean puertas y ventanas, ya sean escaleras o muebles para el servicio de la vivienda, externamente muy bonitos con sus barnices, pero por dentro la madera se había corroído y cuando nos dimos cuenta todo se nos vino abajo. ¿Si parecía tan bonita?, dirían algunos, pero todo era apariencia.

Pero podemos decirlo de la vida, de la apariencia que damos como personas queriendo ocultar lo que realmente llevamos por dentro. Con cuántas sonrisas hipócritas tantas veces nos presentamos, porque queremos aparentar que somos unas personas agradables, pero nos corroe por dentro el orgullo y la envidia, los malos deseos o las desconfianzas, nuestras reticencias para aceptar a las personas y las actitudes discriminatorias, porque en fin de cuentas no nos es agradable mezclarnos con todo el mundo. Tenemos que ser sinceros y poner las cartas boca arriba sobre la mesa, pero siempre queremos ocultar algo.

Es lo que presenciamos hoy en el evangelio. Jesús había estado enseñando al pueblo, tal como hacia ya fuese en la sinagoga, al pie del camino o en casa, ya fuera mientras recorría aquellos pueblos y aldeas o también cuando era recibido en casa por alguien que quería estar cerca de él. Después de uno de esos momentos en que Jesús ha estado enseñando a la gente, alguien que quizás hubiera estado en medio de aquellas gentes que escuchaban a Jesús, quiso invitar a Jesús a su casa. Y este hombre pertenecía al grupo de los fariseos, que a si mismos se consideraban personajes importantes e influyentes en medio del pueblo. No es la única vez que Jesús es invitado por un fariseo a comer en su casa.

Los prolegómenos son los habituales de la hospitalidad con que siempre se acogía al que llegaba como huésped a una casa. Pero el fariseo observa, sin embargo, que Jesús no se ha lavado las manos antes de sentarse a la mesa. Podría parecer algo insignificante y sin importancia, pero para los fariseos no lo era; podía haberse tocado algo impuro o que produjese impureza en manera de entender las cosas, y sería una impureza que manchase el alma. Y aquello estaba produciendo extrañeza y asombro en el anfitrión; podría parecerle que se le venía abajo todo el concepto que pudiera tener de Jesús.

Pero, ¿lo importante es lo que entra de fuera al corazón del hombre, o lo que llevamos en nuestro interior? Si llevamos corroído el corazón de nada nos vale esa pureza exterior, de nada nos vale lo que pudiéramos aparentar. Es lo que le dice Jesús en esta ocasión, aunque en ese mismo sentido lo escucharemos en otros momentos del evangelio. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad’.

¿De qué nos vale tener el plato o la copa reluciente por fuera si por dentro rebosa podredumbre? ¿De que nos vale el esplendor y belleza que podemos presentar de nuestras casas o nuestros edificios pintados con bonitos colores, si por dentro se nos están cayendo a trozos los muros que conforman su estructura? Pronto se nos vendrá abajo. Pronto se nos viene abajo el valor de nuestra vida si no cuidamos ese tesoro que llevamos en nuestro interior.

¿A qué le damos importancia? ¿Nos quedamos en apariencias o hay verdaderos valores que sean cimientos fundamentales de nuestra vida? Todo esto tendría que hacernos pensar, porque muchas serían las consecuencias que sacaríamos para dejar a un lado la vanidad y darle autenticidad a nuestra vida.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

 


Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, espiritualidad profunda para no caer por la pendiente de la tibieza y que nos llevarán a una grandeza de vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Salmo 103; Marcos 7,14-23

Son cosas que vamos observando en la vida y que tras reflexión nos hacen pensar en lo que es realmente importante, lo fundamental. Las apariencias engañan. Podemos contemplar por ejemplo un edificio de rica y bella factura exterior pero que cuando traspasamos sus puertos lo encontramos inservible y lleno quizás de miseria; podemos contemplar a nuestro paso personas bella y elegantemente vestidas, pero cuando estamos a su lado por ejemplo no soportamos el desagradable olor que despiden unos cuerpo que no están limpios; podemos contemplar personas que se nos presentan, como solemos decir, con mucha labia, presentándose como expertos en todo porque de todo opinan, pero que cuando las escuchamos con atención nos damos cuenta de su vacío interior. Así podíamos pensar en muchas cosas que se ocultan tras una fachada de vanidad y ostentación que de nada sirve.

Es en lo que nos quiere ayudar a pensar hoy Jesús en el evangelio. Nos hablará en fin de cuentas de esa necesaria profundidad interior que será la que dará verdadera grandeza a nuestra vida y no nos podemos quedar en superficialidades ni en apariencias, no podemos contentarnos con un rígido legalismo ni con un ritualismo vacío que al final nos hará vivir como en un sin sentido.

Habían comenzado, como escuchamos ayer, preguntando por la falta de pureza de sus discípulos porque no se lavaban las manos antes de comer el pan. Por eso habla Jesús que no es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino la maldad que tenemos en nuestro interior. ‘Escuchad y entended todos, les dice, nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre’.

Cuando llegan a casa los discípulos le preguntan sobre el sentido de sus palabras. Estaban acostumbrados a escuchar las enseñanzas de los maestros de la ley influenciados por aquella corriente de los rigoristas fariseos que iba teniendo su influencia que la ley había que cumplirla a rajatabla y sin hacer preguntas, por así decirlo, porque eso sería lo que manifestaría una fidelidad a la Ley y a los profetas.

Y Jesús les explica detalladamente el sentido de lo que les está diciendo. Lo que necesitamos es una autenticidad en la vida, una congruencia entre lo que hacemos y lo que en verdad vivimos. No nos podemos contentar con cumplir unas normas o unos preceptos si luego en el día a día de nuestra vida nuestro corazón está muy lejos de Dios y de lo que en verdad quiere Dios de nosotros.

También nosotros tenemos que preguntarnos y hacerlo con sinceridad. ¿No andaremos algunas veces también en unos cumplimientos rituales pero con un vacío interior muy peligroso? Las superficialidades harán que al final todo se quede en nada y porque al final no saboreamos con gusto aquello que hacemos, que solo lo tomamos como una obligación que se convierte como una carga impuesta, terminaremos de dejar de hacerlo todo.

Es la pendiente por la que hemos caminado muchas veces que nos lleva poco a poco a ese debilitamiento de nuestra fe, a esa pérdida de convicciones, a esa tibieza espiritual que terminara en un frío vacío. Las cosas tibias que no tratamos de darles calor desde lo más profundo terminan convirtiéndose en piedras de hielo. ¿No será así cómo hemos llegado a esa indiferencia religiosa que contemplamos cada vez más en nuestro entorno?

Y Jesús nos recuerda que lo que hemos de tener limpio de verdad es el corazón, porque es de ahí, de dentro de nosotros mismos de donde surge toda la maldad. Nos escudamos muchas veces en las influencias que podamos recibir del ambiente que nos rodea; es cierto que el ambiente no nos ayuda gran cosa sino que se convierte en una tremenda tentación, pero en esa pendiente caemos porque nosotros no nos sentimos seguros dentro de nosotros sino que más bien estamos llenos muchas veces de malos sentimientos.

Es lo que tenemos que cuidar. No somos egoístas porque lo sean los que están a nuestro lado, sino porque hemos dejado enfriar el amor en nuestro corazón y pronto comenzamos a pensar mas en nosotros mismos que en los demás. Porque no nos hemos sabido controlar interiormente pronto surgirán los orgullos y las envidias, la soberbia de la vida y la vanidad, los resentimientos y los rencores. Como nos deja sentenciado Jesús ‘lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre’, y nos señala cosas muy concretas de nuestros malos sentimientos.

Autenticidad, congruencia, profundidad de vida, rectitud interior, profunda espiritualidad son lo que nos llevará a una grandeza de vida.

martes, 6 de febrero de 2024

Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

 


Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Nos puede suceder a cualquiera; estamos haciendo un trabajo que consista, por ejemplo, en repetir mecánicamente lo mismo una y otra vez, y es tal el ritmo en el que entramos en la repetición de las mismas cosas que lo estamos haciendo y en nuestra cabeza no sabemos donde andamos; con nuestra imaginación podemos dejar volar la mente, mientras mecánicamente hacemos una y otra vez las mismas cosas y hasta lo podemos hacer con una cierta perfección. Quizás en un momento tropezamos o hacemos algo que no sale dentro de la normalidad de lo que estábamos haciendo y nos preguntamos que dónde teníamos la cabeza, porque seguramente estaría en otra parte. Entramos como en una rutina repetitoria y realmente no sabemos ya al final ni lo que estábamos haciendo.

Pero esto nos puede suceder en muchas cosas. Es el trabajo en serie o en cadena que podemos realizar en muchos momentos, como son las cosas que hacemos en casa cada día, por ejemplo, limpieza, comida, atención de las cosas de la casa, etc.… que si no le ponemos intensidad a la vida, terminamos en un hastío hacia lo que hacemos, nos aburrimos con lo que hacemos y al final los resultados no son nada buenos porque no hacemos bien lo que tendríamos que hacer poniendo amor. Y cuidado que esto nos puede suceder en nuestras relaciones de los unos con los otros, en las relaciones de amistad o en las relaciones de pareja, como se dice ahora.

 Esto, hemos de reconocer también, que es un peligro que nos puede suceder en las expresiones religiosas que utilizamos en la vida, como en nuestras celebraciones que podemos convertir en unos ritos repetitivos sin saber realmente lo que estamos haciendo. Hay gente que reza para dejarse dormir; pero lo malo es que nos durmamos mientras estamos rezando, porque significa que nuestra mente, mientras repetimos aquellas palabras de las oraciones, la tenemos en otro lado. Es un peligro, repito, muy común.

¿Hay autenticidad en lo que hacemos? Podríamos decir quizás que hay buena voluntad, pero eso solo no basta. Es por lo que terminamos convirtiendo la religión, los actos religiosos, en unos ritos a los que nos contentamos con asistir, pero sin llegar meternos hondamente en la celebración. Terminamos, como solemos decir, en unos cumplimientos rituales pero con poco contenido de vida.

Es una pendiente muy peligrosa porque así vayamos cayendo por la pendiente de la tibieza que puede terminar en la indiferencia, porque con esa frialdad con la que nos vamos arrastrando las cosas van perdiendo hondura y van perdiendo sentido y terminamos por abandonar. Es un camino peligroso por el que podemos resbalarnos como vemos que tantos antes que nosotros han resbalado y sabemos cuál es el final de todas las cosas.

De esto nos está previniendo el evangelio de hoy. Acuden a Jesús los fariseos y algunos escribas que han bajado de Jerusalén precisamente para eso con una cuestión que puede parecer baladí, pero que para ellos parecía ser de vital importancia. Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos. Claro esto era muy importante para aquellos rigoristas de la religión, no se podía comer sin lavarse bien antes porque aquello podía convertirse en una impureza. ‘Los discípulos no siguen la tradición de los mayores y comen con manos impuras’. ¡Vete a saber qué es lo que han tocado antes esas manos! Porque si tocaron algo que era impuro, impuros quedaban ellos también. Y eran tantas las cosas que consideraban impuras que había que andarse con cuidado. Lo de menos era la higiene, aunque ahí tuviera su origen.

Jesús no se ríe, aunque a nosotros nos den ganas de reírnos; Jesús lamenta la superficialidad con que se toman la vida. Y les recuerda lo que habían dicho ya los profetas sobre ser muy cumplidores, pero tener el corazón lejos de Dios. Y eso, les dice Jesús, es lo que les está sucediendo a ellos. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Ante lo que escuchamos en el evangelio podemos quedarnos en juzgar la superficialidad con que vivían aquellos fariseos su vida religiosa y de relación con Dios, o podemos mejor comenzar a pensar en nosotros cuál es la intensidad, cuál es la profundidad que le damos a lo que hacemos, y podemos pensar de forma muy concreta en todos nuestros actos de religiosidad. Lo que decíamos antes, ¿por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones? ¿También nuestro corazon estará lejos de Dios, como denunciaba Jesús?

Creo que tenemos que tener una mirada muy sincera a lo que hacemos, porque estamos cayendo, por ejemplo, en que nuestras celebraciones son cada vez más frías, más rutinarias, poco participativas, con poca intensidad espiritual. Parece que vamos solamente a cumplir y a ver cuanto más pronto terminamos para irnos a hacer otra cosa, porque tenemos tantas cosas que hacer.  Creo que tenemos muchas cosas que revisar en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que tendríamos que vivir con mayor intensidad.

¿Nuestra manera de celebrar la fe es atractiva para aquellos que nos ven, para aquellos que vienen quizás de forma ocasional? ¿Se quedarán con ganas de volver o no volverán más? Es duro y es triste.

miércoles, 8 de febrero de 2023

Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

 


Una nueva perspectiva que nos ofrece Jesús para que vivamos de forma auténtica desterrando toda falsedad e hipocresía

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Los cambios de perspectivas nos hacen ver en muchas ocasiones las cosas con ojos nuevos; podemos estar acostumbrados a ver un paisaje siempre desde el mismo lugar, pero por las circunstancias que sea un día nos trasladamos al lado contrario, que quizás no frecuentábamos descubrimos aquella panorámica, aquel paisaje que estábamos acostumbrados a verlo siempre del mismo sitio, ahora de forma distinta, haciéndonos observar detalles o lugares en los que nunca nos habíamos fijado. Nos parecen nuevas las cosas, son para nosotros como un lugar distinto.

En la vida no nos podemos encerrar en una idea, en una costumbre, en aquello que siempre decimos es que esto se ha hecho siempre así, sino que hemos de estar abiertos a lo nuevo que se nos puede ofrecer, por supuesto haciéndonos también nuestro juicio crítico para no tragarnos todo lo que se nos presente como nuevo como algo bueno, pero siempre dando paso a esa perspectiva nueva.

Es la mirada nueva que Jesús quiere que hagamos, es la novedad de su anuncio del Reino de Dios, es esa buena noticia, pero que además como noticia siempre es nueva, que nos ofrece cuando comienza su predicación. Las palabras de Jesús, es cierto, que dejaban descolados a muchos, para quienes la vida y la religión habían entrado en un camino de rutina y ya no se planteaban lo nuevo que Jesús nos pudiera ofrecer. Era, es cierto, un pueblo de tradiciones, pero si observamos la trayectoria de los profetas aparte de mantener con toda su fidelidad al Dios de la Alianza, siempre sin embargo estaban ofreciendo caminos nuevos para vivir esa fidelidad a Dios en las circunstancias concretas que en cada momento vivían.

Han venido a Jesús con el problema de la impureza o no de comer o no comer sin haberse lavado antes y Jesús quiere centrarlos en lo que verdaderamente es principal. El evangelio de hoy es continuación cierta del ayer escuchado. Y Jesús nos viene a hablar hoy de donde está la verdadera pureza o impureza de lo que hacemos. No es algo que podemos observarlo desde lo exterior, como si fueran las cosas las que nos hacen impuros.

Y nos viene a decir Jesús que la verdadera maldad del hombre, la mayor impureza, arranca del corazón del hombre. es ahí donde se anidan los malos deseos, es ahí donde tenemos el caldo de cultivo de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, es ahí donde nace el egoísmo que nos hace insolidario, las envidias que nos llevan a las malquerencias hacia los demás, los resentimientos y los odios que terminan destruyéndonos a nosotros mismos.

‘Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina… Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.

Ahí tenemos las palabras de Jesús que no necesitan muchos comentarios. Es la nueva visión que Jesús quiere ofrecernos de cómo no tenemos que preocuparnos tanto de lavar los platos o las ollas por fuera, sino que es el interior del corazón del hombre lo que tenemos que purificar. Es la nueva perspectiva que Jesús quiere ofrecernos para que encontremos la verdadera autenticidad de la persona.

martes, 7 de febrero de 2023

Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

 


Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Donde varias personas, por ejemplo, tienen que convivir en un lugar determinado, por las circunstancias que sea, es normal que para facilitar esa misma convivencia, para ayudar y proteger que las cosas marchen bien y se pueda desarrollar en todo detalle aquello que nos ha motivado para esa convivencia, es normal que se establezcan una serie de condiciones o normas donde se ha de establecer lo que cada uno hace o lo que cada uno ha de aportar con su servicio a la buena marcha de aquello por lo que nos habíamos reunido. Protocolos, como se dice ahora para delimitar lo que en cada momento se ha de hacer y según las circunstancias que se vivan, reglamentos o normas, son necesarias. Pero lo fundamental no es la rigidez de una normas, sino lo que con esa convivencia queremos conseguir.

Bueno, esto dicho así, mirando la cercanía de muchas cosas que nos comprometen en la vida social, diríamos que es algo así como la base de las reglas por las que se rige una sociedad. Lo importante es el bien de esas personas que la conforman, lograr esa armonía y esa felicidad, esa buena convivencia, esa paz que nos ayude incluso a cada uno desarrollarnos como personas. Pero algunas veces tenemos el peligro de olvidarnos de las personas y le damos más importancia a la rigidez de unas normas o unas leyes, que no digo que no se tengan que cumplir, pero que siempre hemos de salvaguardar la dignidad de cada una de las personas.

Sucede hoy como ha sucedido en todos los tiempos, quienes no quieren acatar esas normas, pero también los que con una rigidez obsesiva se olvidan de la razón de ser de esos protocolos y pueden llegar a menoscabar la dignidad de cada una de las personas. Gentes rigoristas las hemos encontrado en todos  los tiempos, como seguimos teniéndolo hoy en la sociedad en la que vivimos, cuando queremos imponer nuestra manera de pensar sin respetar el pensamiento o la manera de ver las cosas que puedan tener otras personas, y el diálogo se hace imposible, la convivencia se hace irrespirable, la imposición se convierte en la forma de trabajar por la sociedad.

Nos quejamos fácilmente mirando la historia de tiempos que nos parecieron de dictadura, pero hoy quizá estamos imponiendo la dictadura de nuestras propias ideas y a quien no piense de la misma forma, tendremos mil palabras con las que calificarlos buscando el desprestigio y la anulación de quienes no piensen de la misma manera. Miremos nuestra sociedad de hoy.

Hoy nos encontramos con esos exigentes en el evangelio que vienen a echarle en cara a Jesús porque sus discípulos comen con manos impuras, no se lavan las manos antes de comer. Lo que era una perfecto norma higiénica, muy necesaria en aquellos pueblos que en su origen habían vivido no solo en el campo y en contacto con los animales, sino además una vida de trashumancia de un lugar para otro por lugares desérticos, donde incluso no era fácil la consecución del agua necesaria para la higiene, se había convertido en un precepto religioso que marcaba incluso con impurezas la vida de las personas. Es lo que ahora vienen a reclamarle a Jesús, dándose de puritanos y cumplidores.

En esta ocasión Jesús quiere hacerles reflexionar sobre cómo han de buscar en la vida lo que verdaderamente es importante, y cuando tanto están hablando del culto a Dios para el que había que estar purificados, había que pensar más en el corazón, que en una impureza externa, una impureza exterior. La maldad que llevaban en el corazón rompía más esa relación con Dios y también con los demás, que el lavarse o no lavarse las manos por unas cuestiones, diríamos que de higiene, que también pueden ser necesarias.

Cuando con nuestros reclamos y exigencias estamos haciendo la vida imposible a los que están a nuestro lado en verdad estaremos manchando nuestro corazón, pero también alejándonos de Dios. Busquemos siempre lo que dignifica a la persona, de ahí se desprende el respeto al otro, pero también la búsqueda de lo que pueda hacer bien al  otro. Caminemos con dignidad pero considerando también la dignidad de los que están a nuestro lado.

Sepamos buscar la verdad y el bien, pero actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón. Generosidad para compartir en la necesidad, generosidad para llenar nuestro corazón siempre de comprensión y de misericordia, generosidad para ofrecer el perdón, generosidad para saber contar con el otro, generosidad para descubrir también todo lo bueno que hay en el corazón de los que están a nuestro lado, aunque no piensen como nosotros, aunque tengan incluso otra manera de concebir la vida y el mundo. Es un estilo nuevo de vivir el que nos está proponiendo Jesús.

sábado, 3 de septiembre de 2022

El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

 


El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144;  Lucas 6, 1-5

La convivencia entre las personas nos exige tener en cuenta una serie de principios y valores que nos hagan respetarnos mutuamente salvaguardando siempre la libertad y la dignidad de todo ser humano. Por eso al vivir en sociedad nos damos unas normas, unas reglas, unas leyes que lo que tienen que buscar siempre es el bien de la persona; estará siempre en función de la persona, de sus valores, de su libertad, de su felicidad.

Aunque le damos esa fuerza de ley desde el común acuerdo que logramos entre todos, nunca han de servir para destrozar la dignidad de nadie, siempre tienen que buscar el bien de todos pero también de cada uno en particular para lograr esa armonía y es paz que haga que todos nos sintamos felices; malo es cuando las convertimos en imposición y nos podemos valer de ellas para el dominio de unos sobre otros. Es difícil lograr esa armonía, pero siempre tenemos que salvaguardar esa dignidad de toda persona.

Sin embargo, sabemos muy bien que somos muy dados a manipular, porque surgen dentro de nosotros actitudes y posturas egoístas que pretenden convertirse en dominio sobre los demás. Podemos convertir esas normas que han de ser cauces para nuestra convivencia en libertad en imposiciones y en manipulación incluso de las personas. Queremos mantener un control tan férreo de esas normas que se puedan convertir en un sin sentido que hay que cumplir porque sí, lo cual nos convertiría en esclavos de esas normas pensadas para salvaguardar la libertad y dignidad de cada persona.

El pueblo de Israel que vivía un profundo sentido religioso de la vida le daba a esas normas de convivencia un sentido como sagrado y religioso con lo que todo se convertía en ley de Dios. Lo cual hacía esas leyes, por así decirlo, intangibles; nada se podía modificar ni adaptar al momento o circunstancia que vivieran las personas o el mismo pueblo, porque eran la ley de Dios.

Normas de purificación o sobre el descanso que en fin de cuentas lo que pretendían era mantener la higiene y salud de quienes vivían en el desierto como trashumantes y en medio de sus ganados cuidando al mismo tiempo que no vivieran como esclavos del trabajo, se convertían en leyes tan sagradas que venían, poco menos que a definir la identidad del pueblo de Israel. Eran los preceptos del descanso sabático o de los animales que consideraban puros o impuros y podían o no podían comer. Recordemos, por otra parte, la tan controvertida o incomprensible ley hoy que les impedía comer la carne del cerdo.

Hoy le están planteando a Jesús el tema del descanso sabático tan sagrado para ellos, porque los discípulos al caminar entre los campos de cereales cogían algunas espigas para llevarse algunos granos a la boca. Ya se consideraba como un trabajo que no se podía hacer y es lo que vienen a echarle en cara a Jesús y sus discípulos.

Y Jesús les recuerda que los tiempos de las luchas de David contra Saúl llegaron a un lugar sagrado donde no había nada que comer, mientras aquellos hombres guerreros venían extenuados y hambrientos. Solo tenía el sacerdote los panes de las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes, pero que al final fueron ofrecidos a aquellos hombres para que saciaran su hambre. ¿No era más importante en aquel momento saciar a aquellos hombres hambrientos que mantener la norma de que solo los sacerdotes podían comer aquellos panes?

Y Jesús termina diciéndoles que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? ¿Qué significa ese Reino de Dios que anuncia y que con su presencia viene a inaugurar? El único Señor es Dios – es el Reino de Dios – pero cuando Dios es el único Señor de nuestra vida, de nada podemos estar esclavizados, porque ese Dios nos ha dado la dignidad de hijos.

No somos siervos, Jesús nos dirá en otro momento que nos llama amigos, pero es como decirnos que nos llama hermanos, porque los amigos y los hermanos son los que se aman. Ahí descubrimos nuestra grandeza, ahí tenemos que descubrir nuestra manera de actuar, ahí reconocemos nuestra gran dignidad. Nada, pues, nos debe esclavizar.

lunes, 4 de julio de 2022

Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

 


Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26

Una mano tendida puede tener diversos significados; puede ser la mano que con violencia viene en mi contra para hacerme daño, o puede ser la mano pacífica que viene en sones de paz con su saludo; puede ser la mano desconfiada y que está a la defensiva, ocultando negruras interiores, o puede ser la mano dadivosa en el compartir y en el dar generosamente.

A manera de anécdota puedo decir que mi perrito es muy sensible ante la mano que se le acerca; si viene de un desconocido desconfía y se pone en guardia para la defensa o para el ataque, pero si es una mano que se deja caer pacíficamente la lame como señal de amistad dándole permiso, por decirlo así, para que le acaricie. ¿Desconfiamos nosotros también y nos ponemos a la defensiva ante una mano que se nos acerca? ¿Ofrecemos generosamente nuestra mano como signo de amistad y de paz y como señal de la vida que queremos también compartir?

En el evangelio de hoy aparece repetidamente la señal de la mano. ‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá’, le suplica aquel jefe de los judíos que acude a Jesús desde la desesperación y la angustia de su niña que está en las ultimas. Al final, cuando llegue Jesús a la casa de Jairo, mientras aparta a las plañideras y todos lo que hacían llanto diciendo que la niña no está muerta sino dormida, la tomará de la mano y se la dará a sus padres llena de vida.

Pero en medio aparece otro personaje mientras van de camino. Será una mujer la que tenderá su mano para tocar al menos la orla del manto de Jesús también desde la angustia de su enfermedad que la volvía impura y que con su gesto podía hacer incluso impuro a Jesús, por dejarse tocar por una mujer que sufre de fuertes hemorragias.

Es la mano de la súplica llena de esperanza que se salta todas las barreras porque quiere llegar hasta donde está la vida, donde pueda encontrar la salud y la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús cuando rebuscando entre la multitud que lo apretujaba quien lo había tocado aquella mujer se atreverá a decir que ha sido ella quien ha tocado el borde de su manto para encontrar la salvación.

Ahí está la mano tendida de Jesús que nos trae vida y salvación, que nos libera de todas las impurezas y ataduras, que nos resucita y nos levanta de todos nuestros sueños oscuros para que podamos tener nueva vida, nos pone en camino de vida y de salvación.

Mucho tendríamos que aprender de este evangelio para el signo de nuestras manos, para el actuar de nuestras manos como señal de lo que hacemos y somos con nuestra vida. muchas veces nuestras manos han marchado ensombrecidas por sueños de muerte y de violencia; muchas veces nuestras manos han sido puños cerrados que no quieren dejar escapar nada de lo que pueden contener; muchas veces nuestras manos se han convertido en barreras que separan y apartan, que aíslan, que ponen a un lado, que discriminan porque no se quien juntar con las de otro color o las de otra raza; muchas veces nuestras manos se ocultan porque encierran negruras impuras de los malos deseos y son muestras de la ambición que todo lo quiere acaparar, llevan escondidas los cuchillos de la traición y de la violencia, no quieren ofrecerse limpias como signos de paz.

Que nuestras manos sean siempre de bendición y de vida, de consuelo para los que sufren y paño que limpie las lágrimas de los que lloran, muestren la cercanía de nuestro corazón y el valor que le damos a todo el que está a nuestro lado o se acerca a nosotros, están siempre abiertas y limpias de toda malicia, y sean cauces generosos de nuestro compartir, se cogerse de la manos de los demás para sentir y expresar la comunión que entre todos queremos construir, y se extiendan ampliamente para acoger a todos en un abrazo de paz.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

 


Cuídate, nos decimos, pero no olvidemos esos verdaderos valores que tienen que germinar dentro de nosotros para arrancar la maldad de dentro del corazón

1Reyes 10, 1-10; Sal 36; Marcos 7, 14-23

Nos cuidamos. Todos andamos en lo mismo. Cuídate, le decimos al amigo cuando lo saludamos o cuando despedimos la conversación. Es algo que se ha metido como costumbre y todos queremos tener esos buenos deseos para los demás. Pero ¿qué es lo que tenemos que cuidar?

Quizás nos referimos a la salud; y ahora en estos tiempos de pandemia estamos deseando a todos que nadie se contagie, y que seamos prevenidos, que tomemos precauciones. Pero aunque no fueran tiempos de pandemia todos queremos cuidar nuestra salud, nuestro bienestar, decimos. Porque no queremos que pasen los años y dejen secuelas o huellas en nuestra vida, en nuestro cuerpo, y que tengamos las más mínimas limitaciones. Quizás estamos mandando al gimnasio a alguien para quitar los kilos de más, los ‘michelines’ que le quiten belleza a su figura. Queremos tener buena imagen. Y la gente se cuida, y busca todos los afeites del mundo para disimular ojeras o arrugas, o patas de gallo o canas, y acuden a la cirugía plástica para corregir defectos de imagen y no sé cuantas cosas más.

Nos cuidamos y le decimos a la gente que se cuide y podíamos pensar en muchas más en el sentido físico, en el cuerpo, pero ¿es solo lo que tenemos que cuidar? Creo que es la gran pregunta que tenemos que hacernos. ¿Dónde está la verdadera belleza de la persona? ¿Cuál es la mejor imagen que tenemos que presentar de nosotros mismos?

Aquí es donde tenemos que ponernos a pensar. ¿En qué gastos mis esfuerzos? ¿En qué realmente pongo mi empeño? ¿Nos quedaremos en bellezas externas? ¿En imágenes agradables y atrayentes? ¿Qué es lo que realmente tiene que ser atractivo en una persona? Reconozcamos que hacemos mucho esfuerzo por lo externo, por lo que a la larga es fugaz, efímero, y un día se va a difuminar como humo.

Hoy Jesús frente a unos conceptos de pureza que se habían creado los judíos donde incluso no podían tomar algunos alimentos porque eso los hacia impuros, nos habla de lo que sale del corazón. Porque lo impuro, nos viene a decir, no nos entra por la boca; la maldad la llevamos dentro del corazón.

Muchas veces las cosas que habían nacido con razones higiénicas, por llamarlas de alguna manera, pronto se habían convertido en ley para ellos y de lo que se quería evitar que pudiera dañar la salud humana, se había pasado a darle un tinte religioso y moralizante para convertir esos alimentos no solo en su aspecto dañino, dada la salubridad o no que podría tenerse en quienes vivían una vida trashumante, sino que se les consideraba alimentos impuros que ni siquiera podrían tocar. Ya el evangelista hace un comentario diciéndonos que Jesús estaba declarando a todos los alimentos puros.

Por eso cuando hemos venido hablando de qué es lo que tenemos que en verdad cuidar de nuestra vida, no nos podemos quedar en esos cuidados externos o corporales, aunque también tengamos que hacerlos. Es el cuidado de la vida, es el cuidado de la persona, es el cuidado de esos valores que nos dignifican, es el cuidado de aquello que nos hace verdaderamente grandes.

Y para ello lo que en verdad tenemos que purificar es el corazón. Porque de lo que tengamos en el corazón hablarán nuestros labios, o se manifestará en nuestras posturas o en las actitudes que tengamos en nuestras relaciones con los demás. Eso es lo que verdaderamente tenemos que cuidar.

¿Con que nos hacemos daño y hacemos daño también a los que están a nuestro lado? Porque también nos estamos haciendo daño a nosotros mismos cuando no curamos las heridas que tengamos en el corazón y dejamos que se enconen en orgullos y rivalidades, en violencias o en actitudes negativas hacia los demás; y salen las envidias, y salen las malquerencias, y sale el desprecio, y salen las criticas destructivas, y salen tantos venenos con los que queremos dañar a los demás, pero que realmente nos están envenenando a nosotros mismos.

Muchas veces se nos dice que tenemos que curar las heridas que hay dentro de nosotros. Para ello sé capaz de perdonar, sé capaz de ser comprensivo, sé capaz de mirarte con sinceridad a ti mismo, sé capaz de tratar al otro como quisieras que te trataran a ti. Son las actitudes nuevas que Jesús nos va enseñando en el evangelio. Son los pasos que tenemos que estar dispuestos a dar en ese camino de verdadera transformación de nuestra vida.

¿Cuál es la belleza que tenemos que manifestar? ¿Cuáles son las cosas en las que en verdad tenemos que cuidarnos?

martes, 8 de febrero de 2022

La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

 


La inmovilidad nos puede llevar a quedarnos anquilosados en la vida perdiendo vitalidad y sentido profundo lo que hacemos

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Es frase muy socorrida, que habremos escuchado muchas veces y que se nos presenta como argumento de inmovilidad y en cierto modo de conservadurismo es aquello de que ‘esto siempre se ha hecho así’. Entra en el ámbito de las costumbres de los pueblos y en el mantenimiento de tradiciones como en muchos aspectos de la vida social, en nuestras fiestas, en lo que hacemos cada año sin variar ni un ápice, y no digamos nada en cuanto toca el tema de la religión. ‘Esto se ha hecho siempre así’ y no hay más vueltas que dar.

Cuando llega alguien convencido de que la vida es renovación y si no hay renovación nos quedamos anquilosados y las cosas van perdiendo la vitalidad y por eso intenta mejorar cosas, revisar lo que se está haciendo, o plantearnos nuevas cosas que se podrían hacer, nos encontramos con el muro infranqueable de los que nos dicen ‘esto se ha hecho siempre así’.

¿Alguien se pregunta por qué se comenzaron a hacer esas cosas que ahora nos parecen inamovibles? Eso resulta incómodo; no queremos reconocer que hay cosas que nos pueden valer para un tiempo determinado, pero que esas cosas con el paso de los años hay que renovarlas para que adquieran pleno sentido y significado. Quizá fue el fruto de quien en aquel momento tuvo una buena visión para iniciar algo que en aquel momento podía ser muy dinamizador para la comunidad. Pero fácilmente las cosas caen en la rutina y en el sinsentido porque ahora serán otras cosas a las que tendríamos que dar más importancia. Es una tentación en la que todos podemos caer porque fácilmente huimos de exigencias nuevas que nos lleguen a lo hondo de lo que hacemos.

Hablamos en general de muchos aspectos de la vida social donde las posturas inamovibles no siempre son fructuosas; hay que tener visión de la realidad del momento y de lo que nos puede valer también para el futuro; no todo es desechable de lo pasado, pero lo pasado también hay que renovarlo. Decimos en todos los aspectos de la vida social y también en los planteamientos de las prácticas religiosas que realizamos.

A muchos les ha costado el aceptar la renovación del concilio Vaticano II en muchos aspectos de la vida de la Iglesia y sobre todo de su liturgia; añoranzas de pasado, muchas veces añoranzas de oropeles, vistosidades que hoy no tienen sentido, y compromiso con la vida de aquello que celebramos, son cosas que para muchos pueden ser un choque. Lo vemos en la vida de cada día, lo vemos en muchas de las actividades de nuestras parroquias, lo vemos en planteamientos anquilosados, donde parece que el número y la apariencia son lo fundamental, lo vemos en muchas vanidades que se pretenden mantener.

De esto nos está hablando el evangelio que hoy se nos propone. A los judíos, sobre todo aquellos grupos que querían mantener una cierto lugar privilegiado de poder y de influencia en la sociedad les choca los nuevos planteamientos que Jesús hace del Reino de Dios. Quieren mantenerse en sus tradiciones sin querer dar un sentido vivo a aquellos actos religiosos que realizan; parece que lo importante es cumplir, aparentar una religiosidad que en el fondo se manifiesta vacía, y vienen los choques con los planteamientos de renovación que hace Jesús.

El evangelio de hoy nos habla del problema de las purificaciones, en cierto modo ritualistas y legales, que tienen que realizar porque en todo podían ver contaminación e impureza. Les extraña que los discípulos de Jesús comen sin lavarse bien las manos antes, como realizan concienzudamente los fariseos y sus discípulos. Es lo que le vienen a reclamar a Jesús. Pero Jesús habla de otra pureza interior, de una autenticidad de vida, de una sinceridad del corazón que ellos no quieren entender.

¿No será eso lo que también nos está pidiendo Jesús hoy? ¿Por qué nos queremos quedar en tradiciones inamovibles o en boatos externos mientras quizás nuestro corazón está vacío y frío? ¿Cuál es la autenticidad que nos está pidiendo Jesús en este momento concreto que vivimos? ¿Qué levadura nos estará faltando cuando no somos capaces de dinamizar nuestro mundo con los valores del evangelio?

sábado, 4 de septiembre de 2021

Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

 


Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

Algunas veces algunos episodios que nos presenta el evangelio son de tal naturalidad que nos parecen hechos o cosas anecdóticas que escuchamos con mayor o menos simpatía; nos llaman la atención pero podemos quedarnos en la anécdota y nada más. Como lo que hoy nos cuenta el evangelista, de cómo al ir caminando en medio de los sembrados los que iban con Jesús, sus discípulos, hacían lo más natural del mundo, coger algunas espigas, estrujarlas en las propias manos para echarse a la boca los granos.

Se puede quedar en eso en una anécdota como cualquier otra cosa de la vida corriente que sucediera entre ellos, pero allá estaban ojo avizor los fanáticos de turno para querer ver algo no bueno en aquello tan sencillo y natural; era sábado, y la ley mosaica había establecido el descanso sabático, para que el día fuera para el Señor aunque podríamos ver una consecuencia social en el obligatorio descanso para buscar el bien del hombre, el bien de la persona; todo no se podía reducir al trabajo ni a la dependencia de quien nos pudiera ofrecer un trabajo, era necesario también el descanso para la persona, todo en bien del hombre que siempre es para la gloria del Señor.

Pero los que se creían más papistas que el papa, en expresión que utilizaríamos hoy, habían convertido la ley poco menos que en un tormento, porque en lugar de ayudar a liberar a la persona, los convertía en esclavos de esas mismas leyes; junto a la ley venían las normas, los protocolos, y ya se venía a establecer con detalles esclavizantes lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer. De ahí nació esa rigidez que vemos ahora con el descanso sabático como lo veremos en otros momentos con el lavarse las manos y todo lo que tuviera relación con la pureza de la persona.

Jesús les cuenta otra anécdota, vamos a decirlo así, con el episodio cuando David y los que lo seguían comieron de los panes sagrados del culto, cuando eso le correspondía solo a los sacerdotes. Pero ¿qué era más importante? ¿Las normas que impedían o permitían comer de aquellos panes o dar de comer a unas personas hambrientas que no encontrarían bocado por otra parte? El bien del hombre, el beneficio de la persona, lo que podemos hacer para ayudar a los demás. Recordamos otros momentos en que el encargado de la sinagoga les dice a la gente que vengan con los enfermos a Jesús otro día y no el sábado.

Reflexionando sobre todo esto tendríamos que mirarnos porque acaso nosotros sigamos hoy también con esos legalismos, con esas normas y preceptos que nos hemos impuesto, o con esas medidas en lo que hacemos a ver si llegamos con lo que hacemos o acaso nos pasamos.

Cuántas veces la gente se preguntaba si llegaba tarde a Misa si había cumplido o no cumplido según el momento en que llegara, pero poca importancia por otra parte le dábamos a la escucha de la Palabra de Dios; muchas veces nos contentábamos con estar, aunque nuestra mente anduviera por otros derroteros o acaso nos entreteníamos con el rezo del rosario o la lectura de libros piadosos.

Pensemos cuántas tragedias nos hicimos con el ayuno eucarístico para poder recibir la comunión preocupándonos más si por error nos había bebido un vaso de agua, que si acaso no nos llevábamos bien con los vecinos, pero eso no nos impedía comulgar.

En muchas cosas de nuestra vida de hoy tendríamos que pensar en este sentido de lo que hoy nos plantea el evangelio y preguntarnos por la autenticidad de lo que hacemos, de lo que vivimos, de lo que celebramos.

¿Vamos a la Eucaristía el domingo, día del Señor, en el deseo del encuentro con el Señor para su alabanza y para su gloria o acaso vamos simplemente para quitarnos un peso de encima porque ya hemos cumplido? Cuántas veces escuchamos o acaso nosotros mismos pensamos cuando salimos de la Iglesia ya he cumplido, ya me puedo quedar tranquilo, pero quizá no recordamos lo que nos dijo el Señor en el Evangelio.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

 


Viviendo la autenticidad y la sinceridad gustaremos de la misericordia de Dios y aprenderemos a ser humildes y compasivos

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23

Necesitamos vivir en la autenticidad, quitándonos las caretas de las apariencias y vanidades, dejando de aparentar lo que realmente no somos. A veces somos lobos con piel de carneros; queremos aparecer como cumplidores, aparentar una bondad que no tenemos, disimular aquello que bien sabemos que son nuestras piedras de tropezar; aparecemos con carita de buenos, pero vete a saber lo que llevamos por dentro, nuestras malas intenciones, la doblez de nuestra vida, llenos de malos deseos que queremos no controlar, sino disimular. ¿Dónde está la sinceridad y autenticidad de nuestra vida?

Y digo no controlar, sino disimular porque parece que fuera la tarea fácil; ese control de nosotros mismos, ese dominio de nuestra persona, nuestro carácter y temperamento se nos hace difícil y nos brota cuando menos lo esperamos ese incendio de la ira, esos eructos de orgullo y de soberbia que al final nos hacen bien difícil la convivencia; nuestra tarea sería tener ese dominio de nosotros mismos para controlar esos impulsos, para encauzar esa fuerza y ese fuego que llevamos por dentro pero para hacer lo bueno con la misma pasión.

Eso que llevamos por dentro es lo que tendríamos que controlar y no quedarnos en apariencias ficticias que se convierten en vanidad y alimentan nuestro orgullo. Es lo que quiere decirnos, entre otras cosas, Jesús hoy en el evangelio. Sigue rondando lo que ya antes había corregido a los fariseos tan pendientes del cumplimiento ficticio que lo traducían en nimiedades como el hecho de lavarse o no las manos cuando regresaban de la plaza, como ayer ya reflexionamos. Si comían con manos impuras, decían, estaban comiendo impureza, se estaban convirtiendo en personas impuras; eso llevaba al trato y convivencia que se convertía en inhumano, por ejemplo, con los enfermos sobre todo los leprosos, eso hacia referencia a todo lo que pudiera ser estar en contacto con sangre o todo efluvio de humores del cuerpo, y así muchas cosas más que podían hacerlo impuros, pero desde fuera.

Jesús hoy les dice que no, que se miren por dentro, que miren donde están sus malas intenciones y deseos, de donde brotan los orgullos y el amor propio, desde donde aparece la vanidad, desde donde brotan esas palabras que se pueden convertir en injuriosas o insultantes contra los demás, desde donde fluya la frivolidad de la vida. Ahí tenemos que ver el mal que nos corroe, nos llena de podredumbre y con la que podemos dañar a los demás. Eso es lo que en verdad tenemos que cuidar, no en lo que entra por la boca, que en fin de cuentas al final va a parar a la letrina, como claramente lo dice.

Por eso, como decíamos al principio, necesitamos más autenticidad en nuestra vida, más sinceridad con nosotros mismos que se ha de traducir también con la sinceridad, humildad y sencillez con que hemos de tratar a los demás. Pero cuando sabemos ser humildes, reconocer sinceramente los defectos o fallos que tenemos por dentro, por la verdad con que vivimos la vida seguramente que no seremos exigentes ni intransigentes con los demás, sino que sabremos respetarnos, apoyarnos, ayudarnos mutuamente a hacer el camino sabiendo que todos tenemos piedras con las que podemos tropezar.

Ya nos dirá Jesús en otro momento que tenemos que ser compasivos y misericordiosos con los demás, pero eso va a surgir casi de forma espontánea cuando aprendemos a sentir en nosotros también esa compasión y misericordia. El amor que recibimos y el amor con que queremos vivir nos hacen ser sinceros y nos hace ser humildes.

martes, 9 de febrero de 2021

Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

 


Lo que tenemos que lavarnos y purificarnos es nuestro interior para no dejar que las raíces del mal y del pecado se incrusten en nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Ahora sí toca lavarse las manos. Nos lo están repitiendo, como solemos decir, por activa y por pasiva; dada la situación y peligro de contagio que ahora vivimos una de las normas que han tratado de imponernos o al menos convencernos de que es muy importante que lo hagamos, es lo de lavarse las manos; cuando vamos a algún sitio, salimos o entramos en casa, estamos en contacto con lugares o personas donde habitualmente no hacemos la vida, nos ofrecen ese gel con alcohol para que evitemos algún tipo de contagio. Hoy es necesario y no podemos, es cierto, tomarlo a la ligera, cuando además podemos poner en peligro también la salud de los demás.


Pero pensemos en cuando pase todo esto, hayamos vencido este virus y no andemos con la mosca tras la oreja con el peligro de contagios, pensemos, digo, que esto se nos trate de imponer prolongando la norma y hasta le diéramos un sentido sagrado o religioso. Diríamos que nos estamos saliendo de madre, porque una cosa es ese lavarnos por higiene y en evitación de peligros de contagios y otra que lleguemos a convertirlo en un signo religioso que si no lo realizamos lo estamos convirtiendo hasta en pecado.

Eso pasaba entre los judíos. Eran gente del desierto en su origen, habían vivido trashumantes de un lugar para otro y en condiciones donde la higiene no era fácil, sobre todo viviendo en lugares desérticos, y las enfermedades se contagiaban fácilmente de unos a otros por esa falta de higiene. Sabiamente, podríamos decir, con la sabiduría del hombre del desierto, se implicaba a la gente en tratar de vivir higiénicamente de la mejor manera posible; quienes hemos vivido en el campo y con costumbres campesinas en el cuidado de ganados, por ejemplo, sabemos como tenemos que cuidar esa higiene para no caer en infecciones innecesarias.

Pero esto se había convertido en ley en el pueblo judío y en ley de carácter religioso; la purificación no era ya el cuidado de la higiene sino que se convertía en tema de impureza legal y religiosa; sabemos de lo estrictos que eran sobre todo en el peligro de contagio de algunas enfermedades como era la lepra, y todas las consecuencias que tenia en la convivencia de la gente cada día.

Es lo que ahora los fariseos le están planteando a Jesús, sobre todo en relación a sus discípulos y las costumbres que veían que tenían. Sentarse a la mesa para comer el pan sin antes lavarse las manos no era cuestión solo de higiene por aquello de lo que hubiéramos tocado anteriormente, sino que se convertía en algo con un sentido religioso y formal, era una impureza legal de la que estaban echando en cara a Jesús por permitirlo a los discípulos.

Jesús quiere hacerles comprender el sentido de las normas y como no podemos quedarnos en cosas externas sino que tenemos que ir a lo más hondo del corazón. ¿De qué nos vale que externamente nos presentemos muy rectos y cumplidores si interiormente nuestro corazón está lejos de la verdadera ley de Dios? Jesús les pone incluso el ejemplo de la ofrenda que hacían al templo de sus bienes y ya no se veían obligados a la atención de sus padres, de sus mayores. ¿Dónde quedaba entonces el cuarto mandamiento de honrar a los padres?

Empleamos mucho esfuerzo en esa limpieza externa, en el cumplimiento de las normas, pero, ¿dónde tenemos puesto nuestro pensamiento? Es como cuando vamos a una celebración y estamos tan pendientes de los más pequeños ritos que al final estamos tan distraídos en ello que no terminamos de vivir nuestra unión con Dios.

Nada tendría que distraernos de lo que es verdaderamente importante; muy preocupados, por ejemplo, por el porte externo e incluso la vestimenta de quien está haciendo una lectura en una celebración pero no estamos prestando atención a lo que en esa lectura se nos está diciendo de parte de Dios. ¡Cuántas veces andamos así de distraídos! Estoy poniendo estos ejemplos pero en cuántas cosas nos sucede en la vida que le damos más importancia a lo secundario que a lo que es lo fundamental.

Ahora toca lavarnos las manos, decía al principio, haciendo referencia a la situación de pandemia en que vivimos; pero ahora toca purificarnos interiormente tenemos que decir porque hay algo que sí nos mancha por dentro cuando dejamos meter las raíces del mal en nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado.

martes, 13 de octubre de 2020

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos


 

No perdamos la riqueza de la espontaneidad y de la creatividad de un corazón lleno de amor que le da riqueza la vida por sujetarnos a unas normas o protocolos

Gálatas 5, 1-6; Sal 118; Lucas 11, 37-41

Cuando todo lo reducimos a unas normas parece como si le quitáramos la riqueza de la espontaneidad, de la creatividad y de la iniciativa que nace de un corazón lleno de amor que por eso mismo podríamos decir que se vuelve atrevido para crearse esos nuevos gestos de amor que tanta riqueza le dan a la vida. Reducirnos a unas normas es caer en el peligro y la tentación de la rutina, de hacer las cosas sin alma, de quedarnos en el mero cumplimiento y cuando hacemos las cosas simplemente porque hay que cumplir parece que poco amor ponemos en ellas.

Para todo queremos normas y nos llenamos de leyes, de preceptos, de reglamentos, de protocolos, como ahora se dice, donde nos están señalando lo que en todo momento tenemos que hacer y parece que fuera de ahí ya no podemos hacer nada, no caben nuevas iniciativas o no cabe esa expresión espontánea del amor que siempre será creativo. Y esto lo tenemos en todos los aspectos de la vida. No hay lugar a donde vayamos donde no se pregunten por las normas, donde no busquemos los protocolos de actuación, y de donde no podemos salirnos ni un ápice porque parecería que ya no tiene validez lo que hagamos. Una pregunta sin mala intención ¿nos estaremos llenando también de esas normas y protocolos en la vida de la Iglesia?

Lo tremendo sería que lo que son simples pautas las convirtamos en cosas esenciales y lo que tendrían que ser pautas que nos guíen en la actuación y nos abran a la creatividad lo convirtamos en un corsé que nos aprieta por todas partes dándole más valor a esas cosas que a la persona, y a lo que es la verdadera ley del Señor. No sé si siempre los protocolos que nos creamos en nuestra vida cristiana y hasta en la Iglesia tienen todo el sabor del evangelio que tendrían que tener o algunas veces esas cosas las hacemos para contentar a las exigencias que nos provengan del exterior y estemos actuando a la manera del mundo. Son preguntas que me hago, con lo que quiero reflexionar y que seamos capaces todos de reflexionar con libertad de Espíritu, como mismo hoy nos enseña san Pablo en su carta que se nos ofrece en la liturgia.

Es lo que por otra parte estamos contemplando en el evangelio y vemos la respuesta que Jesús da a aquellas situaciones que se vivían. Lo que habían sido unas normas y preceptos higiénicos se habían convertido en tan ley de Dios que parecía que eso era lo verdaderamente importante. El tema aparece con el conflicto de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. Por higiene lo hacemos, porque no sabemos bien lo limpio que está lo que antes hemos cogido con las manos y podríamos estar tragándonos una infección o una enfermedad. Pero de ahí a convertirlo en tema de impureza legal y quien lo cumpliera o no sería un buen judío fiel a la ley del Señor va una distancia grande.


Comprendemos que aquel pueblo había sido un pueblo errante, trashumante con sus ganados de un sitio para otro, en lugares inhóspitos y hasta desérticos con no mucha agua para la limpieza, justo que se recomendara esa higiene para evitar enfermedades y epidemias. Ahora en la situación que estamos viviendo en el mundo actual con las epidemias y pandemias una de las recomendaciones que se nos hacen como una exigencia importante es el lavarnos las manos y así tenemos 'geles' por todas partes a mano.

Jesús nos viene a decir que nos limpiemos por dentro que es donde está la maldad del hombre, en el corazón. Por eso los llama hipócritas porque se quedan en la apariencia de una pureza interior mientras en el interior ocultan la podredumbre de la maldad.  Pero hay algo más que nos puede pasar desapercibido en el comentario a este texto del evangelio.

Nos dice Jesús: ‘Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. De aquello bueno que llevamos en nuestro interior compartamos con los demás, viene a decirnos. Pero nos recuerda también algo escuchado con anterioridad y es que la limosna nos purifica de nuestros pecados. Cuando somos capaces de desprendernos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, y en especial con los necesitados, estamos sacando a flote nuestra generosidad y nuestro amor que nos lleva incluso al sacrificio de negarnos para nosotros mismos aquello que tenemos y eso es en verdad agradable a los ojos del Señor.