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lunes, 4 de julio de 2022

Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

 


Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26

Una mano tendida puede tener diversos significados; puede ser la mano que con violencia viene en mi contra para hacerme daño, o puede ser la mano pacífica que viene en sones de paz con su saludo; puede ser la mano desconfiada y que está a la defensiva, ocultando negruras interiores, o puede ser la mano dadivosa en el compartir y en el dar generosamente.

A manera de anécdota puedo decir que mi perrito es muy sensible ante la mano que se le acerca; si viene de un desconocido desconfía y se pone en guardia para la defensa o para el ataque, pero si es una mano que se deja caer pacíficamente la lame como señal de amistad dándole permiso, por decirlo así, para que le acaricie. ¿Desconfiamos nosotros también y nos ponemos a la defensiva ante una mano que se nos acerca? ¿Ofrecemos generosamente nuestra mano como signo de amistad y de paz y como señal de la vida que queremos también compartir?

En el evangelio de hoy aparece repetidamente la señal de la mano. ‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá’, le suplica aquel jefe de los judíos que acude a Jesús desde la desesperación y la angustia de su niña que está en las ultimas. Al final, cuando llegue Jesús a la casa de Jairo, mientras aparta a las plañideras y todos lo que hacían llanto diciendo que la niña no está muerta sino dormida, la tomará de la mano y se la dará a sus padres llena de vida.

Pero en medio aparece otro personaje mientras van de camino. Será una mujer la que tenderá su mano para tocar al menos la orla del manto de Jesús también desde la angustia de su enfermedad que la volvía impura y que con su gesto podía hacer incluso impuro a Jesús, por dejarse tocar por una mujer que sufre de fuertes hemorragias.

Es la mano de la súplica llena de esperanza que se salta todas las barreras porque quiere llegar hasta donde está la vida, donde pueda encontrar la salud y la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús cuando rebuscando entre la multitud que lo apretujaba quien lo había tocado aquella mujer se atreverá a decir que ha sido ella quien ha tocado el borde de su manto para encontrar la salvación.

Ahí está la mano tendida de Jesús que nos trae vida y salvación, que nos libera de todas las impurezas y ataduras, que nos resucita y nos levanta de todos nuestros sueños oscuros para que podamos tener nueva vida, nos pone en camino de vida y de salvación.

Mucho tendríamos que aprender de este evangelio para el signo de nuestras manos, para el actuar de nuestras manos como señal de lo que hacemos y somos con nuestra vida. muchas veces nuestras manos han marchado ensombrecidas por sueños de muerte y de violencia; muchas veces nuestras manos han sido puños cerrados que no quieren dejar escapar nada de lo que pueden contener; muchas veces nuestras manos se han convertido en barreras que separan y apartan, que aíslan, que ponen a un lado, que discriminan porque no se quien juntar con las de otro color o las de otra raza; muchas veces nuestras manos se ocultan porque encierran negruras impuras de los malos deseos y son muestras de la ambición que todo lo quiere acaparar, llevan escondidas los cuchillos de la traición y de la violencia, no quieren ofrecerse limpias como signos de paz.

Que nuestras manos sean siempre de bendición y de vida, de consuelo para los que sufren y paño que limpie las lágrimas de los que lloran, muestren la cercanía de nuestro corazón y el valor que le damos a todo el que está a nuestro lado o se acerca a nosotros, están siempre abiertas y limpias de toda malicia, y sean cauces generosos de nuestro compartir, se cogerse de la manos de los demás para sentir y expresar la comunión que entre todos queremos construir, y se extiendan ampliamente para acoger a todos en un abrazo de paz.

lunes, 8 de febrero de 2021

Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

 


Un fluir de ternura de amor entre Dios y nosotros que hace partícipes a los demás de la ternura que llevamos en el corazón haciéndonos signos del amor de Dios

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56

¿Quién no ha sentido alguna vez que un abrazo le curaba? Creo que me entendéis lo que quiero decir. No me ha quitado un dolor de la rodilla, ni me ha curado las cardiopatías que pudiera estar sufriendo. Pero seguro que sí hemos sentido una paz inmensa en nuestro corazón en medio de dificultades y problemas, de angustias y preocupaciones que hayamos podido estar pasando. Nos hemos sentido con nueva vida.

Hoy me lo contaba un amigo a través de estos nuevos medios que ahora tenemos para comunicarnos. Los que se han recuperado de esta pandemia que estamos atravesando, quienes han pasado aislados en las unidades de cuidados intensivos muchos días hasta lograr luego recuperarse cuando salen ya los hemos escuchado que nos dicen que por encima de todas las atenciones que los sanitarios pudieran prestarles por lo que más suspiraban era por la presencia de un familiar, por el calor de la mano de un ser querido apoyada sobre su mano o sobre su hombro y que esos días no pudieron recibir.


Tenemos que respetar todas las normas sanitarias que nos imponen para evitar los contagios, pero la falta de ese contacto humano, físico incluso de esa mano, de ese abrazo era lo que más les hacia sufrir la soledad. Algo así me comentaba mi amigo, que yo no sabía que lo había estado pasando muy mal a causa de la impuesta incomunicación y la distancia, y cuando hoy me despedía diciéndole que al menos un abrazo virtual desde la distancia le enviaba, me contaba y me decía cuánto lo había necesitado.

¿Por qué toda esta historia?, me preguntaréis. Bueno también estos aspectos humanos y dolorosos de la vida tenemos que contárnoslo porque además nos pueden dar pistas y cauces para cosas que podríamos hacer y que por cierta decorosa relación algunas veces evitamos. Pero es que además lo vemos reflejado en el texto del evangelio de hoy. Jesús se ha puesto en camino por los distintos pueblos y aldeas de Galilea, hoy le vemos incluso atravesar el lago, y allá por todas partes por donde va le sacan los enfermos a su paso para que El los cure.  ‘En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban’.

‘Tocar al menos la orla de su manto’, nos dice el evangelista; en otros momentos nos va diciendo cómo Jesús va imponiendo su mano sobre aquellos enfermos que se curan. Ya recordamos el caso de aquella mujer que a escondidas, podríamos decir, por detrás le toca la orla de su manto y se ve curada de sus hemorragias. Pone la manos sobre los ojos de los ciegos, o toca la lengua y los oídos de los sordomudos, e incluso hasta los leprosos llega la mano de Jesús, son otros momentos que iremos viendo en el evangelio.

No nos quedamos en lo taumatúrgico ni en contemplar a Jesús como un curandero, pero bien sabemos cuanto se transmite con la cercanía. Un abrazo de amistad o un abrazo de amor transmite lo que llevamos en las fibras más íntimas de nuestro ser y recibir un abrazo nos hace vibrar como si nos sintiéramos llenos de vida. La cercanía de Jesús con los enfermos, como estamos en este caso, pero como lo vemos con los pecadores y con todos va haciendo que cambien los corazones. La presencia de Jesús les hace sentir el amor de Dios y es el amor el que nos cura y el que nos salva.

Así lo hemos de sentir nosotros de la presencia de Dios en nuestra vida. Que sepamos entrar en esa sintonía de amor y que fluya ese amor de Dios hacia nosotros de la misma manera que nosotros correspondamos despertando toda la ternura de la que seamos capaces. Ese fluir esa ternura de amor entre Dios y nosotros va a repercutir también en quienes nos rodean porque necesariamente van a ser partícipes de esa ternura que llevamos en el corazón y con ello de alguna manera nos estaremos haciendo signos del amor de Dios.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía


Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45
Hemos estado hablando en estos días de la experiencia humana de las visitas que nos hacemos los unos a los otros. Gozo y sorpresa al recibir la visita de alguien inesperado que  nos honra con su presencia en nuestro hogar, como el gozo que siempre significa el encuentro amistoso y lleno de cercanía y amistad cuando recibimos a un amigo en nuestra casa. Pero hay visitas que además del gozo de lo inesperado podemos decir que nos vienen como agua de mayo porque quizá en la problemática que vivimos los momentos no eran fáciles, las dificultades y problemas se acumulaban y la llegada de esa persona, de ese amigo o familiar nos viene a ser como de gran ayuda. No calibramos bien muchas veces no solo el gozo que le podemos dar a alguien cuando lo visitamos sino además toda la riqueza humana y espiritual que le podemos aportar.
Nos encontramos hoy en el evangelio con una situación así y contemplamos la alegría de Isabel cuando recibe en su casa en la montaña a su prima María venida desde la lejana Galilea. María, es cierto, era consciente de la ayuda que podía prestar a su anciana prima en las circunstancias de la maternidad que vivía y por eso como dice el evangelio al conocer la situación por boca del ángel presurosa se pone en camino hasta las montañas de Judea. No podía saberlo Isabel, porque la comunicación no era tan fácil como pueda serlo hoy, de que su prima vendría a estar con ella en esos momentos. Como agua de mayo, según aquella expresión que antes empleábamos, recibe con gozo a María.
Ya nos expresa el evangelio cuánto más sucede en el interior de aquellas personas, porque movida por el Espíritu Isabel reconoce la grandeza de quien viene a visitarla. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ La presencia de María produce una revolución de corazones, o un terremoto de amor que hacer incluso saltar la criatura que Isabel lleva en su vientre.  ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y comienzan las alabanzas y los cánticos de acción de gracias, en Isabel alabando la fe de María y en María bendiciendo a Dios que se ha fijado en su pequeñez y ha realizado en ella cosas grandes.
María llevaba a Dios en su corazón y en su vientre. La criatura que en ella se estaba gestando era el fruto de la sombra del Espíritu y era el Hijo del Altísimo. Con la visita de María, podemos decir, se hace presente Dios de forma extraordinaria en aquel hogar de la montaña, ya por otra parte también lleno de Dios. Pero creo que este pensamiento nos puede llevar a hermosas consideraciones de lo que puede ser también nuestra presencia junto a los hermanos. Ya mencionábamos previamente que no terminamos de caer en la cuenta de la riqueza que nuestros gestos o nuestra presencia pueden significar para aquellos con los que nos encontramos.
Es cierto que cuando vamos al encuentro del otro siempre vamos con los ojos de Dios para ver en ese hermano a quien amar un signo de la presencia de Jesús; ya nos dirá Jesús que cuanto hagamos al hermano a El se lo hemos hecho. Pero quiero pensar en algo más y es cómo nosotros con nuestro amor, con nuestros gestos, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra cercanía o con el servicio que le prestemos podemos ser signo de Dios, signo del amor de Dios para esa persona. Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña y todos se vieron engrandecidos con la bendición de Dios que llegaba a sus vidas.
Seamos pues bendición para los demás por nuestro amor, por nuestra cercanía, por nuestro saber estar junto al hermano, por todo lo bueno que podemos llevar en nuestro corazón que puede ser una riqueza de vida para ellos, pero que redundará en nosotros haciéndonos crecer en bendiciones espirituales.

jueves, 18 de julio de 2019

Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón


Jesús es el brazo amigo que nos acoge, la mano que nos levanta, el corazón que nos escucha, descanso de nuestro espíritu atormentado, respuesta de luz para nuestras dudas, paz para el corazón

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30
Que bueno después de una jornada de trabajo agotador poder llegar a nuestro hogar para descansar y sobre todo cuando allí vamos a encontrar unos seres queridos que nos aman y con cuya sola presencia nos sentimos ya reconfortados después de nuestro trabajo; bueno es encontrar ese brazo amigo en quien apoyarnos y que nos cubre los hombros dando paz y serenidad a nuestro espíritu; bueno es encontrar ese corazón que nos escucha y nos comprende y que sentimos que es un descanso para nuestro espíritu; bueno es reposar después de nuestras tareas apoyando nuestra cabeza en un pecho donde sentimos latir un corazón que nos ama; buena es esa presencia amiga que camina a nuestro lado, en ocasiones en silencio sin decir ni reprochar nada hagamos lo que hagamos, o que tiene una palabra de ánimo que nos levanta de postraciones, cansancios y desánimos, agobios frustraciones, y que se convierte en luz en medio de nuestras dudas y oscuridades.
Lo necesitamos y no siempre lo encontramos, como sucede también en ocasiones que tampoco nosotros saber dar ese tiempo para el otro, para escucharle y reconfortarle, para levantar los ánimos o simplemente decir nuestra presencia. Igual que lo necesitamos de los demás y nos sentimos confortados cuando lo encontramos, también hemos de saber ofrecerlo a los demás que también lo necesitan, que también nos necesitan. Tendríamos que saber ser siempre apoyo los unos de los otros en el camino de la vida. Eso tendría que ser la familia, eso tendrían que ser los amigos de verdad, eso tiene que ser también esa comunidad en la que convivimos con los demás, de cualquier tipo que sea.
Hoy Jesús se nos ofrece. Es el mejor descanso para nuestra vida, es nuestra fortaleza y es quien nos llena de vida de verdad. Siempre está ahí, a nuestro lado; siempre nos escucha cuando desahogamos nuestro corazón; no necesitamos espacios especiales ni tenemos que esperar a otro tiempo, porque siempre Jesús quiere hacerse presente en nuestro corazón para ser nuestro descanso.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
Así le vemos en el evangelio en su cercanía para con todos. Acudían de todas partes, no les dejaban tiempo ni para comer, la gente se agolpaba a la puerta de la casa, siempre estaba rodeada de gente que le escuchaba, pero que también venían a traerle sus cuitas y preocupaciones. Tenían siempre la confianza de que Jesús les escuchaba. Era la mansedumbre de su corazón.
Era el descanso de las preocupaciones de todos, Jairo, el centurión, la mujer de las hemorragias, el que en la noche venia a hablar con El con sus preocupaciones y sus dudas, el que estaba tendido junto a la piscina y nadie ayudaba, el que no podían entrar por el gentío, el que se subía a la higuera para poder verle, el que le llamaba desde la orilla del camino, el que sentado en las calles de Jerusalén solo sabia que le habían puesto barro en sus ojos para ir a lavarse a la piscina de Siloé, las mujeres que lloraban a su paso por la calle de la amargura, el que se había visto obligado a ayudarle a llevar la cruz y había sentido que no era tanto su peso… podemos seguir recorriendo una y otra vez las páginas del evangelio y eso es lo que vamos a encontrar, el corazón lleno de ternura y misericordia de Jesús que a todos escuchaba y a todos atendía.
¿Y nosotros acudimos también a Jesús sabiendo que en El está nuestro descanso y nuestra fuerza? Muchas serán las cosas que pesan sobre nuestro corazón y en Jesús tenemos que desahogarlas. El será de verdad la liberación de nuestro espíritu, porque El es nuestro Salvador.

sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



domingo, 24 de julio de 2016

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

 Génesis 18, 20-32; Sal 137;  Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
‘Jesus estaba orando en cierto lugar, nos dice el evangelista, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos…’ La oración de Jesús hace surgir el deseo de aprender a orar como El; no es solo, aunque eso pudiera parecer, que igual que otros grupos de creyentes tenían su propia forma de orar - y aquí se menciona al Bautista y sus discípulos como serían los grupos de los fariseos o de los esenios del desierto del Mar Muerto – sino que en el fondo es el deseo de imitar a Jesús.
El evangelio nos presenta distintos momentos de esa oración personal de Jesús que se retira al descampado en la noche, o sube a la montaña como cuando fue con aquellos tres discípulos en el Tabor, o más tarde le contemplaremos en Getsemaní que se ve que era un lugar frecuentado por Jesús en los alrededores de Jerusalén, por mencionar algunos momentos.
¿Será también nuestro deseo? ¿Será nuestra petición de la misma manera? Muchas veces quizá pensamos también que no sabemos orar, que no sabemos hacer nuestras oraciones. Quizá nos contentamos de repetir las oraciones aprendidas de memoria, o valernos ritualmente de unas oraciones prescritas por la liturgia; quizá lo que hacemos es presentar nuestras listas de peticiones o de lamentos esperando el milagro de que se nos resuelvan nuestros problemas, o quizá buscamos algo más y allá en lo más hondo de nosotros mismos nos detenemos para sentir a Dios, para escuchar a Dios.
La oración es el abrazo de Dios, escuché decir a alguien. Nos gozamos en Aquel que sabemos bien que nos ama; nos gozamos en el amor porque también nosotros queremos amar y queremos sentirnos profundamente unidos en un abrazo de amor con quien sabemos que nos ama. Como el niño que se siente seguro en los brazos de su padre y no se cansa de llamarlo su papá nos gozamos en la ternura de Dios, nos sentimos abrazados por el amor de Dios. Por eso es la primera palabra que Jesús nos enseña a decirle a Dios, Padre, ‘Abba’ que en el propio lenguaje arameo de Jesús expresaba una gran ternura.
La oración sin dejar de ser comunicación es comunión, comunión de amor. Es comunicación porque es el dialogo entre la Palabra y nuestra palabra, pero es el diálogo que brota del amor del corazón de Dios y que nos hace entrar en comunión desde nuestro amor, desde lo más hondo de nuestro corazón.  ¿No sienten deseos de un abrazo de amor aquellos que se aman de verdad? Y no querrán que se abrazo se termine, ansiamos un abrazo eterno de amor. Cuando nos sentimos en una comunión tan hermosa de amor con Dios entonces no nos cansaremos, nuestra oración no podrá ser aburrida ni nada que nos canse ni nos desanime en ningún momento.
Jesús nos ofrece el modelo de oración que hemos de vivir gozándonos en su amor y queriendo repetirle una y otra vez lo gozosos que nos encontramos con El; por eso nuestra oración es alabanza al nombre de Dios – ‘santificado sea tu nombre’, decimos -, nuestra oración es deseo de permanecer unidos a El para siempre viviendo su reino, buscando su voluntad, apartándonos de todo mal, viviendo en la misericordia que en El encontramos y que a todos siempre manifestaremos, viviendo, en una palabra, todo el sentido del Evangelio del Reino que Jesús nos ha anunciado y enseñado.
Nuestra oración verdadera estará siempre impregnada del evangelio porque si no fuera así no seríamos capaces de hacerla con verdadero sentido, pero al mismo tiempo nos enseña y nos da fuerza para vivir ese espíritu del Evangelio. Quien no ha llegado a entender y querer vivir el evangelio de Jesús no podrá hacer con todo sentido la oración de Jesús. Por eso quizá muchas veces nos cuesta hacer nuestra oración.
Hoy Jesús nos hablará de nuestra perseverancia en la oración con la confianza de los amigos que saben acudir el uno al otro a cualquier hora y en cualquier momento, con la confianza de los hijos que saben que están confiando en un padre que siempre les dará lo bueno, les dará lo mejor. Es hermoso el texto que se nos ofrece por otra parte en la primera lectura, cómo Abrahán insiste y porfía en sus peticiones al Señor. ‘Me he atrevido a hablar a mi Señor… que no se enfade mi Señor si hablo una vez más…’ le dice. Es la insistencia de la amistad, es la insistencia del amor.
Santa Teresa del Niño Jesús decía que la oración e realidad es algo tan sencillo como ‘un impulso del corazón, una sencilla mirada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría’. Y ya sabemos lo que la gran maestra de oración, santa Teresa de Ávila, explicaba: ‘oración es hablar de amistad con quien sabemos nos ama’.
‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros hoy, enséñanos a gustar de la oración, haznos sentir ese abrazo de amor.