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sábado, 31 de mayo de 2025

Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 


Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 Romanos 12, 9-16b; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Imaginaos que estáis en casa tranquilamente, con vuestras tareas, con vuestras preocupaciones, disfrutando del momento o preparando quizás lo que está por venir, siempre tenemos algo que preparar porque los trabajos se continúan unos tras otros, y de pronto alguien toca a la puerta. ¿Quién será? nos preguntamos, ¿Quién llama? Preguntamos muchas veces antes incluso de abrir la puerta. Y os encontráis con el amigo querido que hace tiempo no veías, o al familiar por quien sentís mucho aprecio pero que quizás vive lejos. Además de la sorpresa la alegría será grande, el encuentro será efusivo, las puertas no solo de la casa sino del corazón se abren de par en par para recibir a quien llega a nosotros y nos disponemos pronto a agasajarlo y ofrecerle de todo para que se sienta bien. Nuestra alegría es tan grande que es como si Dios hubiera entrado por esa puerta, en expresión que muchas veces usamos en ocasiones así.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta y celebración especial que en este final de mayo tenemos, la visitación de María a su prima Isabel. No nos extrañan las muestras de alegría que se nos muestran en el evangelio, en la acogida de Isabel, en sus palabras llenas de alabanzas y bendiciones, hasta en el pequeño Juan que desde el seno de su madre está también saltando de alegría. Era Dios que llegaba a aquella casa; si, era la visita de María, la prima que desde la lejana Galilea se había puesto en camino para llegar a las montañas de Judea; era la disponibilidad de Maria que en su generosidad venía a ayudar a su prima Isabel de quien se había enterado que en su vejez esperaba un hijo, y necesitaría de apoyo y ayuda. María, al tener noticia, se había puesto aprisa en camino. Cuando llegan las muestras de amor a nuestra vida, sí, está llegando Dios a nosotros.

Pero llegaba Dios a aquella casa de las montañas de Judea por el misterio de Dios que en Maria se está desarrollando. Ella también había recibido la visita del ángel, como un día Zacarías también lo había recibido allá en el templo; pero el ángel de Dios había llegado a aquella pequeña aldea de Galilea, perdida incluso en los mapas, que no en los mapas celestiales. Algún día la gente proclamaría al contemplar a Jesús y los signos que realizaba que Dios había visitado a su pueblo; pronto escucharemos también proclamar a Zacarías que con el nacimiento de Juan era el comienzo de la visita de Dios a su pueblo mostrándonos su misericordia y su amor. Dios había visitado también aquel hogar de Nazaret en Galilea, pero no para una visita de paso, sino para quedarse entre nosotros, para ser el Emmanuel, el Dios con nosotros. Y con María, habitando ya en su seno había llegado también a aquel hogar de las montañas de Judea.

Proclamaría Isabel que se sentía feliz y no cabía en ella de gozo porque la madre de su Señor la visitaba, bendeciría a Maria que por su fe estaba haciendo que se manifestasen así las maravillas de Dios. ‘¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Allí se estaba cumpliendo, allí se estaba manifestando la gloria del Señor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida de este momento del evangelio que estamos contemplando. Es Buena Nueva de Dios que nos habla de acogida a los otros porque en ellos estamos acogiendo a Dios.

Es Buena Nueva de Dios que nos habla también de esa disponibilidad y de esa generosidad que debe abundar en nuestro corazón para llegar a donde fuera necesario si allí vamos a mostrar nuestro amor, por encima de las renuncias que tengamos que hacer, de los desprendimientos de nosotros mismos que tengamos que tener, de lo que nos pueda costar correr esas puertas del corazón algunas veces endurecidas por los apegos para ser capaces de abrirnos siempre a los demás, sin pretensiones de grandeza poniéndonos al nivel de los demás en sus llantos y en sus alegrías, en sus sufrimientos o en sus necesidades.

Buena Nueva de Dios que nos hace reconocer las maravillas que Dios está obrando en nosotros por lo que tenemos que saber dar gracias, pero que precisamente impulsados por ese amor de Dios que sentimos nos pondremos siempre en camino para hacer llegar esa Buena Noticia también a los demás.

domingo, 22 de diciembre de 2024

Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

 


Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

Vamos a ver qué sucedió, qué pasó es lo primero que se nos ocurre hacer cuando nos llega noticia de algo acaecido en nuestro entorno. ¿Curiosidad? Algo de eso puede haber de entrada, queremos saber, pero también está la disponibilidad de ver qué podemos hacer; no nos quedamos quizás con los brazos cruzados, sin que nos digan nada quizá ya estamos disponiendo lo que habría que hacer, o le preguntamos a los interesados directamente en qué podemos ayudar. Es algo que nos surge espontáneo en un deseo de servicio, en una sensibilidad que llevamos en nuestro interior y que ojalá nunca perdamos.

A María le llegaron noticias, en este caso a través del ángel al mismo tiempo que ella también recibía una misión, de lo que estaba sucediendo allá en las lejanas montañas de Judea con su prima Isabel, que siendo ya mayor y después de mucho desearlo, estaba esperando un hijo. Y el evangelio nos dice sencillamente que María se puso en camino lo más rápido que pudo para ir a casa de Zacarías e Isabel.

Muchas veces hemos escuchado y meditado este pasaje evangélico. En la liturgia de en medio de semana ayer mismo lo escuchamos. No resta eso por repetido para que sigamos sintiendo ese evangelio, sintiendo, escuchando esa buena noticia – evangelio – que Dios tiene para nosotros hoy. La insistencia de un mismo texto en que contemplamos a María ponerse en camino ¿no será un signo, una llamada especial que Dios ahora, en el momento en que vivimos nos está transmitiendo?

No es en este caso la curiosidad, pero sí puede ser una invitación a una mirada con ojos distintos ese mundo en el que vivimos al que tenemos que servir como lo hizo María con aquellos ancianos en esas circunstancias concretas que estaban viviendo. Y esta llamada nos llega en estos momentos en que vamos a celebrar la Navidad, como una indicación, una dirección hacia donde tenemos que dirigir nuestros pasos. Fue presencia de Dios de una manera especial en aquel hogar de las montañas de Judea con la presencia de María.

Ya hemos meditado muchas veces toda la reacción que se produjo con la llegada de María, en la propia Isabel, en la criatura que llevaba en sus entrañas, posteriormente veremos también a Zacarías, el que en principio había dudado a pesar de ser un hombre de fe, pero que prorrumpirá en cánticos de alabanza a Dios consciente ya de todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando; fue finalmente la misma reacción de las gentes del lugar que se admiraban por todo lo que estaba sucediendo y les hacía preguntarse por el significado de todo ello.

Cuando por nuestra fe nos disponemos a celebrar Navidad ¿no tendríamos también que ponernos en camino con disposición en nuestro espíritu para abrirnos a algo nuevo que el Señor quiera manifestarnos? Podría estar pidiéndonos una nueva actitud de servicio, una nueva salida de nuestras rutinas de siempre para encontrarnos con alguien que esté necesitando algo de nosotros, de nuestra fe, de nuestro amor. Allí estaban unos ancianos que estaban solos y necesitados de ayuda en la montaña y María fue hasta ellos. ¿Habrá alguna soledad que podemos mitigar y consolar haciéndonos presente en la vida de alguien?

Todo aquel camino de María despertó la fe de aquella familia, primero Isabel llega a reconocer esa especial presencia de Dios porque se deja guiar por el Espíritu para reconocer la grandeza de María – la madre de mi Señor – para bendecirla por su fe, lo mismo que hará finalmente Zacarías. Nuestras actitudes, nuestra manera de celebrar la navidad y de vivir nuestra fe tendría que ser un rayo de luz, una llamada o un toque de atención a quienes están a nuestro lado para descubrir un nuevo sentido de la navidad.

¿Seremos capaces de despertar la fe de los que están a nuestro lado? Como aquellos vecinos de las montañas se preguntaban sobre el significado de todo lo que sucedía, ¿seremos también nosotros interrogante para alguien que les lleve a descubrir a Dios? Nos quejamos tantas veces de ese mundo que nos rodea que ha perdido la sensibilidad de la fe, a quienes nada les dice ya ni la religión ni el evangelio, y que nos miran a la Iglesia de una forma en que no nos sentimos a gusto, ¿en qué medida estamos siendo evangelio en medio de nuestro mundo? ¿En qué medida estamos siendo anuncio de esa buena noticia de salvación para el mundo de hoy?

Tenemos que decidirnos ya de una vez por todas a ponernos en camino. Es mucho lo que tenemos que llevar al mundo que nos rodea. Es hermoso el anuncio que tenemos que hacer y que no podemos ocultar. Hagamos que brille un poquito más esa luz de Jesús, esa luz del evangelio. Pongámonos en camino de evangelio.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

 


Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

2Samuel7, 1-5.9 -11.16; Salmo 88; Lucas, 1, 67-79

Cuando en la vida estamos esperando algo con ansia y muchos deseos y ya vemos como inminente la solución de aquellos problemas, por ejemplo, tenemos la seguridad de que en verdad a partir casi de ya las cosas van a ser distintas, ya estamos como pregustando el sabor de la victoria, la alegría que vamos a vivir en lo nuevo que va a comenzar.

Así, podríamos decir, nos sentimos en la mañana de estas vísperas de la navidad, que era como se sentía el anciano Zacarías con la llegada y nacimiento de su hijo, pero sobre todo por lo que se vislumbraba que iba a ser lo nuevo que iba a suceder. Se le había anunciado el nacimiento de un hijo y se le había dado a entender cual era la misión que tendría que realizar. No solo vive la alegría del nacimiento del hijo tan ansiado y esperado, sino el próximo cumplimiento de las promesas que los profetas habían anunciado a lo largo de los siglos.

Cuando ahora ya sus labios se despegan, después de aquel silencio como penitencial que había tenido que vivir por su falta de fe en las palabras del ángel, sus palabras son para bendecir a Dios. No bendice a Dios porque haya recobrado el poder hablar, sino bendice a Dios porque siente que Dios en verdad ha visitado a su pueblo. El pueblo creyente sabía leer su historia y reconocía en su fe, y así lo proclamaba continuamente recordando lo que era la historia de la salvación, que Dios había estado de su parte, se había hecho presente en el caminar peregrino del pueblo por el desierto y muchas veces había sentido su presencia que no le abandonaba, porque aunque una madre pueda abandonar al hijo de sus entrañas, Dios nunca abandona a su pueblo.


Es por lo que ahora Zacarías bendice a Dios. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Llegaba el tiempo de la visita de Dios a su pueblo. Aquel niño que acababa de nacer le llamarán ‘profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahí está Juan, el precursor del Mesías, como siempre la iglesia lo ha reconocido; profeta y más que profeta, como lo proclamaría el mismo Jesús que de él dirá que no ha nacido de mujer otro mayor que él.

Y a nosotros nos queda ahora, ya en estos momentos ya tan cercanos a la celebración del nacimiento de Jesús, escuchar una vez más la voz del Bautista para preparar los caminos del Señor. Es la visita de Dios a su pueblo lo que vamos a vivir y a celebrar. Ya estamos pregustando la alegría de su venida, de su presencia en medio de nosotros.

Pero cuidado, no nos confundamos, ante los sones de alegría que nos ofrece el mundo para celebrar la navidad. Es otra alegría más hondo, que no se queda en unos alegres cantos que incluso muchas veces pareciera que no tienen nada que ver con aquel nacimiento de Jesús en Belén, de lo que tiene que ser en verdad el nacimiento de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo. No es simplemente una copa la que hemos de levantar para hacer un brindis, no son bonitas palabras con bonitos deseos lo que hemos de pronunciar, son las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazón.

Si nosotros tuviéramos que recibir a alguien en nuestro hogar con la mejor hospitalidad, ya buscaríamos formas para que nuestra acogida sea la mejor, para hacernos presentes a su lado en todo momento para que quien nos visita se sienta a gusto con nosotros y en nuestra casa, ya buscaríamos la forma de cómo mejor agradarle y ofrecerle lo mejor que tengamos con los mejores gestos de nuestro amor y amistad.

¿Qué es lo que en verdad estamos haciendo para acoger esa visita de Dios a nosotros, a nuestra familia, a nuestro mundo en esta celebración de la navidad? ¿No tendremos el peligro de entretenernos en cosas que no son tan esenciales y al final terminemos haciendo nuestra fiesta de navidad, pero arrimando a un lado esa presencia de Dios? ¿Sabremos sentir que Dios hoy, ahora, viene a nosotros en esas personas con las que nos podemos encontrar que muchas veces hasta rehuimos? Cuidado no celebremos navidad sin Jesús, navidad sin vivir la presencia de Dios.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

 


La visita de María a Isabel nos recuerda la visita de Dios hoy y aquí a nosotros, corramos los velos de desconfianza, abramos las puertas del amor, viene Dios

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Es un gozo abrir las puertas de nuestra casa para recibir a alguien que viene a visitarnos. Quien nos visita se dice honrado porque le abramos las puertas de nuestro hogar, pero decimos también que nos sentimos honrados cuando recibimos a alguien en nuestra casa. Hay visitas que pudieran ser sorpresa y puedan sorprendernos quizá, no lo esperábamos, nos sentimos privilegios con su elección, ponemos de nuestra parte lo mejor para ofrecer la mejor hospitalidad.

Visitas que son como una corriente de aire fresco que nos traen alegría y que despiertan en nosotros los mejores sentimientos; son un regalo para nosotros, de alguna manera nos despiertan a la vida, nos ponen a prueba nuestro amor y nuestra capacidad de acogida, hacen brotar en nosotros las mejores flores, el mejor perfume, los valores mas preciosos para quien llega a nosotros. Hay un hermoso intercambio, corrientes de aire fresco, perfume que todo lo suaviza y hace todo lo más agradable posible.

Una suave brisa llegada de las montañas y valles de Galilea llegó aquella mañana a las montañas de Judea haciendo surgir los mejores perfumes y los mejores cánticos de alabanza. Llegaba María, y bien sabemos quien iba en el seno de María, a visitar a su prima Isabel tras los anuncios celestiales que habían envuelto ambas casas.

Se despertaba la vida y se despertaba el amor, torrentes de cielo inundaban aquel hogar en el que también reinaba Dios, surgen los cánticos de alegría y alabanza, y hasta la criatura que Isabel llevaba en su seno rebosa de gozo saltado de alegría en el seno de su madre, llenándose también del Espíritu según se escuchaban las palabras de saludo de María.

Sorprendida Isabel con la visita de su prima venida desde la lejana Galilea se deja conducir por el Espíritu de Dios para reconocer que quien venía a visitarla no era solo su prima sino que con ella venía Dios, porque ella era la Madre del Señor. Un primer reconocimiento de la grandeza de María que humilde se siente sobrepasada por cuantos acontecimientos en ella se estaban produciendo estos días desde la visita del Ángel en Nazaret. Y María es dichosa en su fe y por su fe, como lo reconoce Isabel, porque cuando le ha dicho el Señor se cumplirá. Aquella era la visita de Dios, como más tarde reconocerá también Zacarías, porque el Dios bendito ha venido a visitar a su pueblo.

Es lo que vamos a tener muy presente en este día cuando ya está inmediata la Navidad porque también nosotros vamos a recibir la visita de Dios. Aquellos sentimientos, aquellas nuevas actitudes, aquella sorpresa que se convertirá en reconocimiento y en alabanza aquella mañana en aquella ciudad de la montaña de Judea, son de los que nosotros tenemos que llenarnos para vivir con intensidad esa visita de Dios en el hoy de nuestra vida y de nuestra historia que tiene que significar la navidad que vamos a celebrar.

Dios viene a nosotros, lo reconoceremos en el Niño recostado entre pajas que contemplaremos en Belén, pero Dios viene a nosotros y tenemos que saber descubrir las señales de su presencia en el hoy de nuestra vida.

Es la visita de Dios hoy a nosotros, está tocando a nuestra puerta, a la puerta de nuestro corazón; nos cuesta reconocerle en quien pasa a nuestro lado, llega a nuestra puerta, o nos está tendiendo la mano de alguna manera en la petición, en la súplica, en las palabras, en la mirada, en los gestos de esos con los que nos vamos encontrando todos los días. Descubramos esa visita de Dios; quitemos los velos de nuestros ojos de nuestros prejuicios, de nuestras desconfianzas o de nuestros miedos a abrir la puerta.

No podemos dejar que Dios en su visita pase de largo.

lunes, 28 de noviembre de 2022

No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

 


No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar, una palabra tuya puede sanarnos, humildes ponemos nuestra confianza en ti

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Mateo 8, 5-11

‘Voy yo a curarlo’, es la pronta respuesta de Jesús cuando vienen a decirle que el criado del centurión romano está muy enfermo. Creo que esta prontitud de Jesús y esta respuesta que Jesús aunque luego las cosas discurran, por así decirlo, por otros cauces, ante aquella situación nos puede ser bien significativa en este tiempo de Adviento que estamos iniciando.

¿No será en verdad significativo este hecho en lo que ahora estamos celebrando? Decimos siempre es el tiempo de la esperanza, por decirlo de una forma muy simple, el tiempo en que nos preparamos para la celebración de la Navidad aunque comprendemos otras connotaciones que le darán verdadero sentido a este tiempo de Adviento. Viene el Señor, y pensamos siempre mucho, y tenemos que hacerlo también, en cómo nosotros nos preparamos para esa venida, no solo en el recuerdo o conmemoración de la venida del Señor en el tiempo para realizar su obra de salvación, sino pensamos en la venida final, pero pensamos en la venida en el hoy de nuestra vida del Señor saliéndonos al encuentro.

El centro de todo lo que hemos de vivir, es la venida del Señor. ¿A qué viene el Señor? Con facilidad decimos, para salvarnos. ¿Quién toma la iniciativa en esa venida? Ya nos dirá el evangelio en otro momento que ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo único’. Es Dios el que nos envía a su Hijo único. Es Dios el que se adelanta para decirnos ‘voy yo a curarlo’.

Hay una promesa de Dios desde el primer momento del pecado del hombre, de la ruptura de la amistad con Dios por parte del hombre, en que nos promete un Salvador. Recordemos aquellas primeras páginas de la Biblia. Y toda la historia del Antiguo Testamento, del antiguo pueblo de Dios se convierte así en ese deseo de que Dios venga para redimir a la humanidad; es lo que nos van repitiendo continuamente los profetas y lo que es la historia de la salvación. Y como nos dirá san Pablo, en el momento culminante viene Dios a nosotros, nacido de una mujer, para liberarnos de la esclavitud del pecado y marcarnos con la dignidad nueva de los hijos de Dios.

Ahí contemplamos a Jesús en el evangelio que se pone en camino al encuentro del hombre, se pone en camino a nuestro encuentro. ‘Voy yo a curarlo’. ¿Lo buscamos nosotros?  De alguna manera, unas veces de una forma otras veces de otra, pero buscamos a Dios. Como aquel centurión, que tiene un criado al que mira casi como un hijo que está enfermo. De alguna manera a él ha llegado la fama de Jesús; ha curado a otros enfermos, ha liberado de la lepra a muchos leprosos, ha dado la vista a los ciegos, a los paralíticos los ha hecho caminar, y aquel hombre desde su angustia y su necesidad acude a Jesús.

Pero es Jesús el que ahora viene a su encuentro. En el centurión romano hay una fe grande, no solo porque cree que Jesús pueda curarlo y por eso envía una legación para hacerle saber a Jesús que tiene un criado enfermo, sino que ahora veremos aparecer su humildad que hará resplandecer aun más la fe de aquel hombre. Cuando se entera de que Jesús viene a su casa le sale al encuentro para manifestar su indignidad.

No se siente digno de recibirlo en su casa. ¿Sabía acaso él que los judíos rehuían entrar en casa de paganos porque eso podía ser considerado como una impureza legal? Claro que tendría conocimiento por cuanto como autoridad en aquellas tierras tenía que saber de sus costumbres y leyes particulares. Pero creo que las palabras del evangelio nos manifiestan algo más. Reconoce la autoridad y el poder de Jesús. No necesitaría Jesús llegar al lado del enfermo para curarlo porque con solo su palabra podía hacerlo. No sería una indignidad para Jesús entrar en la casa del pagano, sino que es su propia indignidad la que está como una barrera en su corazón para poder sentir la presencia de Jesús en su hogar. ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, una sola palabra tuya bastará para sanarme’, repetiremos nosotros también cuando sentimos que también Jesús llega a nuestras vidas.

Porque es la visita de Dios a nuestra vida, - esa visita de Dios la vamos a escuchar repetidamente a lo largo de este tiempo de Adviento - es Jesús que viene hasta donde está el hombre enfermo, allí donde estamos nosotros con nuestra indignidad. ¿No le vemos en el evangelio comer con los publicanos y los pecadores? Es el médico que viene a traernos la salud, la salvación.

¿Con que actitud nos ponemos nosotros ante Dios que llega a nuestras vidas? Creo que muchas veces en este adviento tenemos que repetir esa plegaria que hemos tomada prestada de las palabras del centurión. No soy digno, pero tú vienes a nosotros; sánanos, Señor, levántanos y ponnos a caminar; sácanos de nuestros sepulcros de muerte, pon luz en nuestros ojos. Una palabra tuya puede sanarnos. En ti ponemos toda nuestra confianza desde la humildad de nuestro corazón que se siente pecador.

viernes, 7 de octubre de 2022

María, la agraciada del Señor, es regalada con una presencia especial de Dios en su vida, con una disponibilidad como la de María merezcamos ser también esos agraciados de Dios

 


María, la agraciada del Señor, es regalada con una presencia especial de Dios en su vida, con una disponibilidad como la de María merezcamos ser también esos agraciados de Dios

Zacarías 2, 14-17; Sal.: Lc. 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

‘El ángel, entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios…’ Es lo que nos relata hoy el evangelio y que tantas veces hemos escuchado y meditado. Es el saludo del ángel, pero también la réplica que le hace porque María se siente turbada ante la presencia del ángel y sus palabras meditando lo que el ángel quería decirle.

Podríamos decir que el ángel que viene de parte de Dios con un mensaje claro para María al entrar en la presencia de María se encuentra con Dios. Eres ‘la llena de gracia, el Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios’. Dios que estaba en María y que ahora de una manera especial iba a hacerle sentir más fuerte su presencia. Es la agraciada del Señor, es la regalada de Dios, porque Dios en ella en especial se complace. Va a ser la Madre de Dios, ‘el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’.

‘Alégrate y goza, Sión, pues voy a habitar en medio de ti…’ había anunciado el profeta. También proféticamente el anciano Zacarías en el nacimiento del bautista iba a bendecir a Dios, ‘porque ha visitado a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación… según lo había predicho por boca de sus santos profetas… y por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’. Se está realizando en María. Es Dios que viene a visitar a su pueblo, Dios que se hace presente entre nosotros, el Emmanuel, Dios con nosotros.

María se deja llenar por esa gracia de Dios. Se siente en su humildad sorprendida por los anuncios y por las palabras del ángel, pero es que María se había dejado hacer por Dios. Es la disponibilidad de su vida lo que hace posible esa presencia de Dios en ella. Dios, es cierto, quiere estar con nosotros, pero Dios quiere contar con nosotros. Es lo que ahora está haciendo con esta embajada angélica. Pero María había ido respondiendo con la disponibilidad de su vida a esta acción de Dios, a esta invitación de Dios. Por eso no podrá al final responder de otra manera. ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí, le dice al ángel, según tu palabra’.

Nos estamos haciendo esta reflexión en torno al evangelio en esta fiesta tan entrañable de María. Es la fiesta del Rosario. Algo más que una corona de rosas que queramos ofrecer a María con nuestra oración, con el rezo del rosario, a lo que también nos está invitando esta fiesta. Y es que el rezo del rosario con esas rosas cuyos pétalos vamos desgajando mientras repetimos una y otra vez el saludo del ángel, es contemplar todo el misterio de Dios que en María se nos manifiesta. María, podríamos atrevernos a decir, es como una revelación de Dios, porque en María Dios se hace presente de una manera especial para la humanidad. ¿No habíamos dicho antes que entrando el ángel en la presencia de María se había encontrado con Dios?

Es aquí donde tenemos mucho que imitar de María para que Dios nos visite y nos inunde como a María. Si ella era la agraciada del Señor – había encontrado gracia ante Dios, decíamos – Dios quiere hacernos a nosotros también sus agraciados, porque Dios también a nosotros quiere regalarnos su presencia. Pero necesitamos ser como María, tener la disponibilidad desde lo hondo de nuestro corazón que tuvo María.

Nos cuesta abrirnos así a Dios, porque parece que siempre queremos reservarnos algo para nosotros mismos. Pero Dios quiere contar con nosotros, no nos obliga, quiere también suscitar en nosotros una fuerza de salvación, quiere venir a nosotros ese sol que nace de lo alto, pero ¿seremos capaces como María de decir que somos también los esclavos del Señor y queremos que se haga en nosotros siempre lo que es su voluntad? Dejemos que la misericordia del Señor nos inunde con su gracia. Que por nuestra humildad, por nuestra disponibilidad como María hallemos gracia ante Dios, seamos los agraciados del Señor.

Reconozcamos, como María, que en nuestra pequeñez, a pesar incluso de nuestras debilidades, el Señor sigue realizando en nosotros cosas grandes. Encontraremos así la paz para nuestro corazón, ‘guiará nuestros pasos por el camino de la paz’.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

sábado, 2 de abril de 2022

Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

 


Aunque ya muchas veces hayamos reflexionado y rumiado la Escritura, escúchala ahora como si fuera la primera vez para que se convierta de verdad en evangelio para tu vida

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’, fue la respuesta que dieron los guardias a los sumos sacerdotes del templo que los habían enviado a prender a Jesús. ‘¿Por qué no lo habéis traído?’, preguntaban ante el incumplimiento de sus órdenes.

Pero aquellos guardias sencillos de corazón se habían sentido cautivados por la palabra de Jesús. Como la gente sencilla que le reconocían como el profeta, que casi le proclamaban como el Mesías. Aunque vinieran los entendidos de turno a argumentar que Jesús no podía ser el Mesías, simplemente por el hecho de que venía de Galilea, y el Mesías no sabían de donde vendría.

Aquel fariseo de noble corazón que una noche había ido a hablar con Jesús les argumenta que no se puede condenar a nadie sin haberle escuchado; pero también le rechazan como si fuera un ignorante, argumentando que sabían que Jesús venía de Galilea y de allí no había surgido nunca un profeta. Como si Dios tuviera unos límites para escoger a los profetas que enviase al pueblo para transmitirles su palabra. Los sabios y entendidos de siempre que todas se las saben.

Nos recuerda aquel momento en que Jesús da gracias al Padre porque los misterios de Dios los está revelando a los pobres y a los sencillos y no a los que se creen entendidos; el profeta también había anunciado que la buena nueva se le anunciaría a los pobres, porque una señal de la venida del Reino era que los pobres serían evangelizados.

Son los que escuchan a Jesús, son los que entran de verdad en la sintonía de Dios, serían los que le proclamarían como un profeta y que lo llamarían el enviado del Señor, reconociendo que en Jesús Dios ha visitado a su pueblo. Lo proclamaría proféticamente el anciano Zacarías que bendice a Dios que ha visitado a su pueblo por su entrañable misericordia. Es lo que vamos contemplando a lo largo del evangelio porque en Jesús se manifiesta la misericordia del Señor; son los que rodean continuamente a Jesús y hasta serán capaces de irse al desierto sin provisiones para estar con El, para escuchar su Palabra.

Lo contemplamos hoy en el evangelio en este camino que vamos haciendo con Jesús y su Palabra hasta la Pascua. Es lo que va alimentando ahora nuestra fe, para que seamos capaces también nosotros de entrar en la sintonía de Dios. ¿Qué necesitamos? El corazón de los humildes y de los sencillos, porque será a los que se revela el Señor. Es importante. Tenemos a veces la tentación de darle vueltas y vueltas al Evangelio, buscarle explicaciones o formas de aplicarlo a nuestra vida que podemos llegar a querer ser esos entendidos que a la larga con nuestros orgullos lo que hacemos es cerrar el corazón.

Muchas veces, por otra parte, creemos sabérnoslo todo y lo que hacemos es cerrar el corazón; cuantas veces cuando lo escuchamos ya vamos con nuestras respuestas, nuestras explicaciones o nuestras consideraciones previamente preparadas y no terminamos de abrir el corazón a la novedad que siempre ha de tener el evangelio para nuestra vida. Si lo despojamos de esa novedad ya no es noticia, ya no es buena noticia para nosotros y terminamos por hacerlo algo viejo en nuestra vida desvirtuando su mensaje de salvación que tiene que llegarnos al hoy de nuestra vida.

Aunque ya muchas veces lo hayamos reflexionado y rumiado, escúchalo ahora como si fuera la primera vez que lo escucharas para que se convierta de verdad en buena noticia, en evangelio para tu vida. Entonces sí que podremos decir nosotros también ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aun andamos en caminos de sombras

 


Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aún andamos en caminos de sombras

2Samuel, 7, 1-5.8-11.16; Sal, 88; Lucas, 1, 67-79

Las visitas son bien recibidas. Bueno tenemos un cierto de sentido de hospitalidad. Nos agrada recibir a alguien en nuestra casa. Nos desvivimos, queremos atender a quien llega a visitarnos de la mejor manera posible. Nos causa alegría y queremos dar lo mejor de nosotros mismos en la persona que llega a visitarnos.

En esta víspera de la navidad, cuando incluso ya en esta noche celebremos el nacimiento del Señor en lo que llamamos la nochebuena, en la mañana la liturgia de alguna manera quiere ayudarnos a que nos terminemos de preparar debidamente para dichas celebraciones en la conclusión de este camino que hemos venido  haciendo a lo largo de todo el Adviento. Nos quiere ayudar a que descubramos en verdad el misterio que celebramos para que no nos quedemos en lo bonito simplemente o en lo que se puede quedar en superficial o secundario. Y para ello tenemos las palabras de Zacarías.

Reflexionábamos en el nacimiento de Juan que las gentes de la montaña se preguntaban qué iba a ser aquel niño. Habían, es cierto, visto cosas maravillosas en torno a su nacimiento. Confesaban incluso que Isabel se había visto iluminada por la misericordia del Señor cuando le había concedido aquel hijo ya en su vejez. Se admiraban del nombre que se había escogido y se sentían en cierto modo sobrecogidos en la mudez del Zacarías desde que había regresado de su oficio de la ofrenda del templo. Pero no eran capaces de llegar más allá. Hacía falta otra visión, otra mirada, una luz que hiciera comprender. En las Palabras de Zacarías está la respuesta.

Cuando Zacarías prorrumpió a hablar después de señalar el nombre del niño lo hace con un cántico de alabanza al Señor. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo…’ Es la visita de Dios a su pueblo. Lo volverá a recordar al final del cántico. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.


Aquí está la respuesta y la revelación del misterio de Dios.  ‘Ha visitado y redimido a su pueblo… nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es lo que vamos a celebrar. Es lo que verdaderamente es la Navidad. Seamos conscientes de ello. Dios que nos visita. En medio de nuestras sombras, en medio de nuestros problemas, en medio de las angustias que vivimos, en medio de esas desesperanzas y cansancios con que vivimos la vida, viene Dios a nosotros, viene Dios a visitarnos. Es la maravilla.

No nos quedemos en lo externo, no nos quedemos en bonitas canciones que al final no nos dicen nada, no nos quedemos en músicas que nos adormecen, descubramos la luz que nos viene, descubramos al sol que nace de lo alto, descubramos a Dios que viene a hacerse presente en nuestra vida, en nuestro mundo, en mí, en tí, en cada corazón. Abramos las puertas a Dios, no nos distraigamos con cosas que no son tan necesarias, despertemos de costumbres y rutinas que al final nos desengañan. Para cuántos la navidad es dura porque está llena de nostalgias. No han descubierto el verdadero sentido de la navidad.

No nos vamos a extender, pero decíamos en las palabras del Cántico de Zacarías estaba también la respuesta a la pregunta que se hacía la gente. ‘A tí, niño – y se estaba refiriendo a su hijo Juan – te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahora recordamos, pues, la misión del Bautista y lo que le veremos hacer en el desierto a la orilla del Jordán. Es lo que hemos venido escuchando y que a nosotros también nos hace el mismo anuncio de salvación, de perdón, de misericordia, de paz.

Es la forma en que hemos de entender la navidad y en que hemos de prestarnos para celebrarla. Es la visita de Dios, Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la vida y la salvación.

lunes, 31 de mayo de 2021

Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 


Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

El amor siempre tiene prisa pero está hecho de infinitos gestos y detalles de delicadeza. Quien ama de veras no va de pasivo por la vida; quien ama de veras no espera que otro empiece sino que buscará siempre la manera de ser el primero en servir. Pero la prisa en el amor no le hace descuidado sino delicado, buscando los mil detalles en los que puede servir.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos que ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’. No se puso a pensar en las distancias, que largo era el camino de Nazaret hasta las montañas de Judá; no se puso a pensar en si misma, en cuyo cuerpo comenzaba a gestarse el hijo de Dios que en ella se encarnaba; no se puso a pensar en las consecuencias que aquella marcha tan precipitada podía tener para sus relaciones con José con quien estaba prometida. La llamó el amor y se puso en camino de prisa. Sintió el impulso del amor y allí estaba ella para servir a su prima Isabel que también esperaba un hijo siendo ya muy mayor.

En este último día de Mayo, en un mes mariano por excelencia en la devoción del pueblo cristiano, la liturgia nos invita a contemplar la visita de María a su prima Isabel. Muchas pueden ser las cosas objeto de nuestro comentario, en los saludos de ambas mujeres, en la reacción de Juan en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, en las alabanzas de Isabel a la fe de María o en el cántico de alabanza y acción de gracias en que María prorrumpe inspirada por el Espíritu. En muchas ocasiones hemos comentado este texto del evangelio y nos hemos hecho muchas reflexiones.

Yo quería fijarme en las prisas del amor, como ya hemos comenzado comentando. ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña’, resaltamos. Nos cuesta levantarnos, nos cuesta reaccionar en tantas ocasiones. Le damos vueltas y vueltas a la respuesta que tendríamos que dar ante las situaciones que se nos presentan y pensamos primero en nosotros mismos o en nuestras cosas y sopesamos excesivamente las consecuencias que nuestros actos podrían acarrearnos. Pero el amor, si es verdadero, tiene prisa siempre por manifestarse.

La primera lectura de la carta de san Pablo nos da unas pistas concretas para que se manifieste la autenticidad de nuestro amor. Ni hacemos las cosas por vanidad ni las hacemos como un fingimiento para aparentar; será siempre algo que salga de lo más profundo del corazón, ponemos corazón en lo que hacemos, ponemos toda nuestra ternura y nuestra delicadeza; por eso el amor no humilla ni al que ama ni al que es amado, porque quien ama sabe ponerse delicadamente a la altura de aquel a quien sirve y sabrá hacerle sentir el gozo de la valoración que hacemos siempre de la persona, de toda persona.

El amor llena de alegría a aquel que ama lo mismo que al que se siente amado; el amor es paciente pero sabe también encontrar el momento oportuno pero dándose prisa por servir con nuestro amor a quien se encuentra en la necesidad; el amor verdadero abre las puertas de los corazones porque primero que nada hemos sabido poner en nuestro corazón a aquel a quien vamos a servir y quien se siente amado al verse enaltecido se siente también movido a la generosidad. El amor verdadero elimina barreras y distancias porque quien ama se sabe poner al lado del amado tendiendo los puentes del amor y de la ternura. El amor se hace delicadeza porque nuestra preocupación no es de dar cosas sino que principalmente nos damos a nosotros mismos.

Hoy lo contemplamos en María en la visita que hace a la casa de su prima Isabel. Es la María que veremos en otro lugar del evangelio con los ojos atentos para descubrir donde hay una necesidad o un problema como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea. Hoy nosotros como María queremos tener también esa misma prisa del amor, sabiendo además que con nuestro amor estamos llevando como María a Dios con nosotros pero reconociendo también que en aquel a quien vamos a amar nos vamos a encontrar a Dios.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad porque nuestra presencia puede ser la visita del Dios que nos ama

 


Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad porque nuestra presencia puede ser la visita del Dios que nos ama

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Hay visitas y hay encuentros que aunque solo duraran unos instantes valen toda una eternidad. Ir al encuentro del otro manifiesta el aprecio y la estima que sentimos por esa persona, porque nos interesamos por ella, porque con nuestra grata presencia queremos hacerla feliz, porque así le mostramos nuestro amor y nuestra preocupación, porque le vamos a ofrecer compañía y eso en todo momento se agradece, y no digamos cuando a quien vamos a visitar experimenta en sí las soledades de la vida o por algún motivo se siente aislada de los demás, aunque nos lo hayamos buscado por nosotros mismos.

Es como si Dios hubiera llegado a mi casa, habremos escuchado exclamar en alguna ocasión mostrando así la gratitud por una visita recibida, por un momento de compañía en su soledad, o simplemente por los ánimos que recibió con aquella presencia junto a sí. Nos visitamos habitualmente los amigos y los que nos apreciamos, los vecinos que sienten cercanía o aquellos con quienes se tienen algunos lazos que los unen, pero cuando sabemos salir de ese círculo que se nos puede convertir en cerrado y mostramos ese interés y preocupación por los otros, la alegría y el agradecimiento se desborda.

Hoy el evangelio nos habla de una visita y de un encuentro, que como podemos apreciar perfectamente en el texto evangélico se trasciende más allá de aquellas personas que se encontraron y se convirtió en la visita de Dios para aquel hogar de la montaña. ¿Qué podía esperar Isabel que su prima María que vivía en la lejana Galilea pudiera tener noticia de las maravillas que en ella se estaban realizando como para venir a visitarla tras largas jornadas de camino?

Humanamente hablando no nos sorprende la alegría de Isabel al recibir a su prima allá en su casa de la montaña. Pero el Espíritu del Señor andaba revoloteando por aquellos parajes y en alma de aquellos protagonistas del acontecimiento. Es por lo que Isabel sin que nadie en lo humano se lo hubiera comunicado porque además era secreto bien guardado de María, reconoce en María la visita de la Madre de su Señor. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’. El misterio se va desvelando y aquel encuentro se convirtió en la visita de Dios para aquella familia de la montaña. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos saltó de alegría la criatura en mi vientre’, reconocerá Isabel.

Creo que de María hoy tenemos que aprender a ser visita de Dios para los demás. Pensemos si queremos primero solamente en el aspecto humano, como de alguna manera resaltamos como comienzo de esta reflexión. Todo lo que nosotros podemos trasmitir a los demás simplemente sabiendo acercarnos a la persona. ¿No habremos escuchado como se musita esa palabra gracias cuando hemos sabido llegar a una casa, a unas personas simplemente quizá por nuestra presencia?

Podríamos decir que hoy estamos en unos momentos en que queremos y buscamos la forma de comunicarnos con los demás, a través de tantos medios como se nos ofrecen. Pero cuidado que esa búsqueda de amigos como hacemos hoy con las redes sociales por todo el mundo, sea una huida de ese acercamiento humano que tendríamos que hacer con los que están más cerca de nosotros. Es un peligro, es una tentación que podemos tener, aunque ya sé que se establecen relaciones hermosas a través de estos medios y es bueno ese intercambio con gente de otras culturas y de otros lugares.

Tratemos de fijarnos, sin embargo, en esas personas que están cercanas a nosotros físicamente pero muchas veces muy lejanas anímicamente, que viven a nuestro lado y no conocemos, que tienen problemas y nosotros los ignoramos, que viven en terrible soledad aunque estén rodeados de muchos en su entorno geográfico. Como María, fijémonos donde está la necesidad, la soledad, el problema, incluso la discriminación y busquemos la manera de ir al encuentro. Pensemos cómo podemos ser la visita de Dios para esas personas, porque de alguna manera les recuerda que Dios les ama cuando hace llegar a su lado a personas que se puedan interesar por ellas.

Aunque sean tiempos de distanciamiento social a causa de la pandemia que sufrimos para evitar los contagios, sin embargo tienen que ser tiempos de acercamiento social que medios tenemos hoy para poderlo realizar aunque no haya esa presencia física. Tanto medios de comunicarnos, tantas redes que se pueden establecer para llegar a esas personas tan cercanas, pero tan distantes tantas veces. Si hay amor de verdad en el corazón caminos encontraremos como lo hizo María con Isabel.

 

martes, 24 de diciembre de 2019

Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación y se disipen para siempre dudas y temores


Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación y se disipen para siempre dudas y temores

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Lucas 1,67-79
El momento es inminente. ‘Hoy sabréis que vendrá el Señor y mañana contemplaréis su gloria’, cantan las antífonas litúrgicas en esta víspera de la Navidad del Señor. Son momentos de esperanza cierta, de esperanza en la que comenzamos a saborear de antemano la alegría, de alabanza y de acción de gracias, de ultima puesta a punto del corazón para recibir al Señor que viene.
Mañana contemplaremos su gloria en el niño recién nacido recostado entre las pajas de un pesebre, contemplaremos la gloria del Señor en la pobreza y la humildad de quienes no tienen donde guarecerse, porque para ellos ni en la posada hay sitio, contemplaremos su gloria en la mejor lección de vida de cómo Dios quiere ser en verdad Emmanuel y estar con nosotros, anonadándose, metiéndose en nuestra carne dolorida y en el corazón atormentado quizá porque no tiene paz.
Es la visita de Dios a su pueblo para estar con nosotros, para derramar y derrochar su misericordia sobre todos aquellos que sufren en la desesperanza y en la oscuridad porque para nosotros comenzará a brillar una luz nueva. Es posible la esperanza de algo nuevo que nos viene a llenar de vida, solo tenemos que dejarle el portal de nuestra pobreza, el pobre pesebre de nuestro pobre y frío corazón porque El viene con su calor, el calor del amor, que hará arder con un nuevo fuego, un fuego divino de amor nuestra vida.
Hoy, en esta víspera de la llegada del Señor, queremos tomar las palabras del anciano Zacarías para también bendecir nosotros al Señor que viene a visitar a su pueblo, a derramar su misericordia sobre nosotros suscitando una fuerza de salvación para nosotros y para nuestro mundo. ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.
Las promesas se cumplen porque la Palabra de Dios es fiel. Y la Palabra de vida se hace vida en nosotros para arrancarnos del mal para siempre, para curar nuestras heridas y dolores, para aliviar nuestro corazón atormentado dándonos de nuevo la paz. Cuánto necesitamos de esa paz en nuestro corazón para que no nos sintamos agobiados nunca más por muchos que sean los problemas que puedan ir apareciendo en nuestra vida. El es nuestra paz; dejemos que se aposente en nosotros y podamos sentir esa paz en nuestro corazón; dejémonos hacer por el Señor que viene no poniendo resistencia a su gracia, aunque haya momentos en que no sabemos lo que queremos o el sentido de lo que nos sucede. El viene a darnos siempre lo mejor. La visita de Dios es siempre visita de salvación.
‘Bendito sea Dios que por su entrañable misericordia nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’. Bendigamos al Señor con la más absoluta seguridad y certeza de que viene a nosotros con vida y salvación. Que se disipen nuestras dudas y temores. Que seamos capaces de poner toda nuestra confianza porque en verdad nos hagamos disponibles para Dios, dejándonos conducir por sus caminos. Tenemos la certeza de que son caminos de vida y de amor.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Sin dejarnos encandilar encontremos las señales para llegar a Belén y acoger la visita de Dios y podamos decir hoy ha llegado la salvación a esta casa


Sin dejarnos encandilar encontremos las señales para llegar a Belén y acoger la visita de Dios y podamos decir hoy ha llegado la salvación a esta casa

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Romanos 1, 1-7;  Mateo 1, 18-24
Ya estamos a las puertas, pero aun no hemos llegado. Un largo recorrido hemos venido haciendo porque queremos llegar a Belén, queremos llegar a la Navidad. Pero ¡cuidado! Puede haber señales confusas, señales que sean como señuelos que nos engañen y al final no terminemos de dar bien esos pocos pasos que nos faltan para llegar a Belén, para llegar a la navidad.
Las luces nos pueden encandilar y no terminamos de ver la verdadera señal. Cuando las cosas son inminentes aumentan los nervios y las carreras, pero son momentos propicios para la confusión y nos engañemos con las señales que nos parece ver. Muchas luces centellean en nuestro alrededor porque es navidad; muchos reclamos de cosas que tenemos que hacer, de comidas que tenemos que preparar, de regalos que hemos de envolver muy bien y al final no nos demos cuenta donde está el verdadero regalo, un juego del amigo invisible pero que el verdadero regalo se extravía y no termina de llegar a donde debe ir.
Muchas de todas esas cosas que nos rodean hemos de reconocer que realmente son cosas buenas; bueno es volver a hacer renacer el cariño familiar, las amistades que se habían enfriado; buenas son las palabras bonitas de nuestros buenos deseos que parece que por unos días nos hace más atentos los unos de los otros, pero cuidado que sean como un fuego de artificio que lo vemos bonito un instante pero al que luego sigue de nuevo la oscuridad.
Cuidado que con todo buen deseo hayamos humanizado tanto la navidad que se quede solo a ras de tierra, que ya no busquemos realmente el digno lado humano sino que lo hayamos convertido todo en un subproducto del consumismo y de la fantasía que nos lleva por caminos no de navidad sino de vanidad – cuidado que las palabras se pueden parecen pero son bien opuestas – y al final le hayamos hecho perder su profundo sentido espiritual y divino. Podemos hacer desaparecer incluso a Dios de nuestra navidad – algunos ya no utilizan ni siquiera la palabra navidad sino simplemente fiestas – y hasta llegue a ser más importante el gordinflón vestido de rojo que el propio niño Jesús.
Estamos ya a las puertas, busquemos las señales que no os engañen ni nos confundan. Vamos a Belén, vamos a la Navidad de Jesús. No lo perdamos de vista. No es un hecho cualquiera lo que vamos a celebrar;  no es una cena más en familia como tantas que tendríamos que saber hacer durante el año y no solo en esta ocasión. No son regalos efímeros lo que vamos a buscar, sino el gran regalo de Dios para la humanidad; no es un personaje cualquiera más o menos fantasioso el que vamos a recibir; no es una alegría superpuesta o alimentada para la ocasión por algunos sucedáneas que al final nos van a dejar mal sabor de boca o ardor en el estómago.
Buscamos la alegría verdadera, la luz que de verdad nos ilumina no solo con un adorno sino allá en lo más hondo de nuestra existencia; las tinieblas o las luces superficiales y llenas de fantasmas luchan contra la verdadera luz porque no tratamos de disimular situaciones más o menos pintorescas porque las llenemos de colores sino que queremos encontrarnos con la auténtica verdad de nuestra vida.
Puede que todo esto nos inquiete o nos haga hacernos preguntas. Puede que intentemos escapar como sea de esta situación y no queriendo quedar mal. El evangelio de hoy nos está poniendo las señales. Contemplamos hoy a José, que también estaba confuso y lleno de dudas porque no terminaba de ver las cosas claras y le costaba encontrar la verdadera señal que diera significado a cuanto estaba sucediendo. José estaba desposado con María, no  habían vivido juntos y resultó que ella esperaba un hijo. No lo entendía, pero no quería poner maldad en su corazón y buscaba salidas. Pero en el fondo era un hombre verdaderamente creyente y abrió su corazón a la voz de Dios que le revelaba sus planes, que le revelaba también el lugar que él había de ocupar en esos planes de Dios.
El evangelio nos habla de la visión de un ángel en sueños que es una manera de expresar en la Escritura cómo se revelaba Dios. Y El encontró la señal, porque apareció lo anunciado en el texto de la Escritura. Lo que estaba sucediendo más allá de todo lo hermoso que significa siempre la maternidad y el nacimiento de un hijo tenía una trascendencia, porque la señal estaba en aquella doncella que daría a luz un hijo que sería el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Esa es la señal verdadera que tenemos que buscar y tener en cuenta para poder llegar de verdad a Belén, llegar a una verdadera navidad. Ese niño que veremos nacer en Belén es el Emmanuel, es la visita de Dios a su pueblo, pero no para una visita ocasional o momentánea sino para estar para siempre con nosotros. Es el Emmanuel, es el Dios con nosotros. No lo olvidemos. Es esa navidad del Emmanuel la que vamos a celebrar, es el nacimiento de Dios hecho hombre, que se encarnó en el seno de María lo que ha de ser nuestra verdadera celebración.
Y a José se le confió poner el nombre al niño, era su padre, se llamaría Jesús porque había de salvar a su pueblo, porque es nuestro Salvador. El Dios con nosotros es nuestra salvación. ¿No tiene que ser eso el verdadero motivo, la verdadera razón de nuestra alegría? Y José se llevó a María, su mujer a su casa. Acojamos nosotros también ese misterio que se realiza en María para traerlo a nuestra casa, para plantarlo de verdad en la tienda de nuestro corazón, para que sea en verdad el centro auténtico de nuestra vida. Acojamos esa visita de Dios, si lo hacemos, como diría un día Jesús en casa de Zaqueo, hoy ha llegado la salvación a esta casa, hoy ha llegado la salvación a mi vida.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía


Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45
Hemos estado hablando en estos días de la experiencia humana de las visitas que nos hacemos los unos a los otros. Gozo y sorpresa al recibir la visita de alguien inesperado que  nos honra con su presencia en nuestro hogar, como el gozo que siempre significa el encuentro amistoso y lleno de cercanía y amistad cuando recibimos a un amigo en nuestra casa. Pero hay visitas que además del gozo de lo inesperado podemos decir que nos vienen como agua de mayo porque quizá en la problemática que vivimos los momentos no eran fáciles, las dificultades y problemas se acumulaban y la llegada de esa persona, de ese amigo o familiar nos viene a ser como de gran ayuda. No calibramos bien muchas veces no solo el gozo que le podemos dar a alguien cuando lo visitamos sino además toda la riqueza humana y espiritual que le podemos aportar.
Nos encontramos hoy en el evangelio con una situación así y contemplamos la alegría de Isabel cuando recibe en su casa en la montaña a su prima María venida desde la lejana Galilea. María, es cierto, era consciente de la ayuda que podía prestar a su anciana prima en las circunstancias de la maternidad que vivía y por eso como dice el evangelio al conocer la situación por boca del ángel presurosa se pone en camino hasta las montañas de Judea. No podía saberlo Isabel, porque la comunicación no era tan fácil como pueda serlo hoy, de que su prima vendría a estar con ella en esos momentos. Como agua de mayo, según aquella expresión que antes empleábamos, recibe con gozo a María.
Ya nos expresa el evangelio cuánto más sucede en el interior de aquellas personas, porque movida por el Espíritu Isabel reconoce la grandeza de quien viene a visitarla. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ La presencia de María produce una revolución de corazones, o un terremoto de amor que hacer incluso saltar la criatura que Isabel lleva en su vientre.  ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y comienzan las alabanzas y los cánticos de acción de gracias, en Isabel alabando la fe de María y en María bendiciendo a Dios que se ha fijado en su pequeñez y ha realizado en ella cosas grandes.
María llevaba a Dios en su corazón y en su vientre. La criatura que en ella se estaba gestando era el fruto de la sombra del Espíritu y era el Hijo del Altísimo. Con la visita de María, podemos decir, se hace presente Dios de forma extraordinaria en aquel hogar de la montaña, ya por otra parte también lleno de Dios. Pero creo que este pensamiento nos puede llevar a hermosas consideraciones de lo que puede ser también nuestra presencia junto a los hermanos. Ya mencionábamos previamente que no terminamos de caer en la cuenta de la riqueza que nuestros gestos o nuestra presencia pueden significar para aquellos con los que nos encontramos.
Es cierto que cuando vamos al encuentro del otro siempre vamos con los ojos de Dios para ver en ese hermano a quien amar un signo de la presencia de Jesús; ya nos dirá Jesús que cuanto hagamos al hermano a El se lo hemos hecho. Pero quiero pensar en algo más y es cómo nosotros con nuestro amor, con nuestros gestos, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra cercanía o con el servicio que le prestemos podemos ser signo de Dios, signo del amor de Dios para esa persona. Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña y todos se vieron engrandecidos con la bendición de Dios que llegaba a sus vidas.
Seamos pues bendición para los demás por nuestro amor, por nuestra cercanía, por nuestro saber estar junto al hermano, por todo lo bueno que podemos llevar en nuestro corazón que puede ser una riqueza de vida para ellos, pero que redundará en nosotros haciéndonos crecer en bendiciones espirituales.