Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta peregrinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta peregrinos. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de diciembre de 2022

Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

 


Cuidado no nos entretengamos en navidad en cosas que no son tan esenciales y tengamos una fiesta de navidad sin vivir la visita de Dios a su pueblo que nos llega en Jesús

2Samuel7, 1-5.9 -11.16; Salmo 88; Lucas, 1, 67-79

Cuando en la vida estamos esperando algo con ansia y muchos deseos y ya vemos como inminente la solución de aquellos problemas, por ejemplo, tenemos la seguridad de que en verdad a partir casi de ya las cosas van a ser distintas, ya estamos como pregustando el sabor de la victoria, la alegría que vamos a vivir en lo nuevo que va a comenzar.

Así, podríamos decir, nos sentimos en la mañana de estas vísperas de la navidad, que era como se sentía el anciano Zacarías con la llegada y nacimiento de su hijo, pero sobre todo por lo que se vislumbraba que iba a ser lo nuevo que iba a suceder. Se le había anunciado el nacimiento de un hijo y se le había dado a entender cual era la misión que tendría que realizar. No solo vive la alegría del nacimiento del hijo tan ansiado y esperado, sino el próximo cumplimiento de las promesas que los profetas habían anunciado a lo largo de los siglos.

Cuando ahora ya sus labios se despegan, después de aquel silencio como penitencial que había tenido que vivir por su falta de fe en las palabras del ángel, sus palabras son para bendecir a Dios. No bendice a Dios porque haya recobrado el poder hablar, sino bendice a Dios porque siente que Dios en verdad ha visitado a su pueblo. El pueblo creyente sabía leer su historia y reconocía en su fe, y así lo proclamaba continuamente recordando lo que era la historia de la salvación, que Dios había estado de su parte, se había hecho presente en el caminar peregrino del pueblo por el desierto y muchas veces había sentido su presencia que no le abandonaba, porque aunque una madre pueda abandonar al hijo de sus entrañas, Dios nunca abandona a su pueblo.


Es por lo que ahora Zacarías bendice a Dios. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Llegaba el tiempo de la visita de Dios a su pueblo. Aquel niño que acababa de nacer le llamarán ‘profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor, a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahí está Juan, el precursor del Mesías, como siempre la iglesia lo ha reconocido; profeta y más que profeta, como lo proclamaría el mismo Jesús que de él dirá que no ha nacido de mujer otro mayor que él.

Y a nosotros nos queda ahora, ya en estos momentos ya tan cercanos a la celebración del nacimiento de Jesús, escuchar una vez más la voz del Bautista para preparar los caminos del Señor. Es la visita de Dios a su pueblo lo que vamos a vivir y a celebrar. Ya estamos pregustando la alegría de su venida, de su presencia en medio de nosotros.

Pero cuidado, no nos confundamos, ante los sones de alegría que nos ofrece el mundo para celebrar la navidad. Es otra alegría más hondo, que no se queda en unos alegres cantos que incluso muchas veces pareciera que no tienen nada que ver con aquel nacimiento de Jesús en Belén, de lo que tiene que ser en verdad el nacimiento de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo. No es simplemente una copa la que hemos de levantar para hacer un brindis, no son bonitas palabras con bonitos deseos lo que hemos de pronunciar, son las actitudes nuevas que tiene que haber en nuestro corazón.

Si nosotros tuviéramos que recibir a alguien en nuestro hogar con la mejor hospitalidad, ya buscaríamos formas para que nuestra acogida sea la mejor, para hacernos presentes a su lado en todo momento para que quien nos visita se sienta a gusto con nosotros y en nuestra casa, ya buscaríamos la forma de cómo mejor agradarle y ofrecerle lo mejor que tengamos con los mejores gestos de nuestro amor y amistad.

¿Qué es lo que en verdad estamos haciendo para acoger esa visita de Dios a nosotros, a nuestra familia, a nuestro mundo en esta celebración de la navidad? ¿No tendremos el peligro de entretenernos en cosas que no son tan esenciales y al final terminemos haciendo nuestra fiesta de navidad, pero arrimando a un lado esa presencia de Dios? ¿Sabremos sentir que Dios hoy, ahora, viene a nosotros en esas personas con las que nos podemos encontrar que muchas veces hasta rehuimos? Cuidado no celebremos navidad sin Jesús, navidad sin vivir la presencia de Dios.

martes, 15 de agosto de 2017

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

En la vida necesitamos puntos de referencia que de alguna manera nos marquen el camino; no solo es señalarlos la verdadera ruta sino además servirnos como de estimulo para que sigamos avanzando a pesar de que en ocasiones el camino se nos vuelva dificultoso o nos aparezcan los problemas. No son simples señales de trafico que nos dicen por donde ir correctamente, y que si las seguimos con fidelidad estamos seguros de no errar en nuestra ruta.
Eso sería como muy elemental y más que marcas materiales, o leyes y normas que nos digan lo que podemos o no podemos hacer, como decíamos, lo que necesitamos son estímulos en quienes vemos que han hecho ese camino y nos están dando esperanza porque de alguna manera nos dicen que ellos lo hicieron antes que nosotros y nosotros podemos hacerlo también. Son los ejemplos que podemos encontrar en los demás; una persona que vemos vivir en rectitud a pesar de los avatares de la vida es la mejor prédica que podamos tener para nosotros vivir también en esa misma rectitud.
Son los ejemplos que podemos admirar en nuestros padres o las personas que influyen en nuestra educación. La altura moral que podemos descubrir en nuestros educadores es el mejor testimonio que podamos recibir para cultivar en nosotros nuestra propia personalidad. No simplemente copiados sino que su testimonio es estimulo que se puede convertir en fuerza interior para nuestro crecimiento personal.
En el camino de nuestra vida espiritual y cristiana tenemos el evangelio que nos señala cual ese ideal de nuestra vida para vivir intensamente el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Por supuesto sabemos que no nos falta la gracia del Señor que fortalece nuestras vidas para alcanzar esa plenitud de vida eterna que nos ofrece Jesús con su salvación.
Pero esa gracia de Dios llega a nosotros en el testimonio de los santos que ante nosotros se presentan como modelos de lo que es vivir ese camino del seguimiento de Jesús y al mismo tiempo son estimulo para nosotros para superar cuanto hayamos de superar y vencer para vivir plenamente el Reino de Dios. Es así siempre como hemos de ver los santos al lado de nuestra vida, no como unos talismanes que nos van a solucionar los problemas milagrosamente sin que nosotros pongamos de nuestra parte ese esfuerzo en el seguimiento de Jesús.
Eso podemos decir del conjunto de los santos que nos acompañan en nuestro caminar, sean los santos que en el transcurso de la historia nos han quedado ahí como modelos permanentes de nuestra vida cristiana, sean los santos que caminan aun a nuestro lado cuando el camino junto a nosotros pero cuyo testimonio podemos contemplar en su entrega, en su dedicación y en la santidad de sus vidas.
Pero ¿qué no podemos decir de María, la madre de Jesús y nuestra Madre? La hemos endiosado por llamarla la Madre de Dios, y lo es, y parece que algunas veces la hemos hecho supraterrena y la hemos colocado demasiando alta en sus altares, olvidando que ella fue una como nosotros, que caminó también sobre el barro de esta tierra al lado de Jesús y así es el mejor ejemplo de Madre que a nosotros nos puede acompañar en el camino de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy precisamente la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo y la hemos llenado demasiado de mantos y de joyas, que sí es cierto le ofrecemos en nuestro amor de hijos, pero que pudieran alejarla de nosotros y no terminemos de ver cuales son las verdadera joyas que adornan su vida y en lo que es verdadero ejemplo y estimulo de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Jesús.
‘Ella es figura y primicia de la Iglesia’, como la proclama la liturgia de este día de su glorificación. Así tenemos que verla, contemplarla. El evangelio de hoy la presenta caminante para el servicio, cuando va a casa de su prima Isabel donde sabe que la pueden necesitar.
Somos, sí, ese pueblo peregrino, ese pueblo caminante aquí en medio de nuestro mundo y también con una misión. Nuestra misión no es otra que la del servicio, la del amor. El mundo que nos rodea necesita de nuestro amor, necesita ver nuestra dedicación al servicio de los demás, necesita esa palabra y esa luz que les puede ayudar e iluminar para encontrar también un sentido nuevo y un valor nuevo de cuanto hacemos. Es el testimonio del servicio que nosotros hemos de dar, aunque muchas veces nos cueste salirnos de nosotros mismos.
Y contemplamos hoy a María, que se pone en camino, cuando quizás ella necesitaba en su incipiente maternidad ayuda de los demás, pero es capaz de olvidarse de si misma para ir al encuentro de Isabel. ¿No es eso lo que nosotros también tendríamos que hacer? Tenemos el peligro y la tentación tantas veces de reservarnos para nosotros mismos. Miremos a María, que nos estimula con su ejemplo, con su amor, con su caminar para que aprendamos y tengamos fuerzas para hacer lo mismo. ‘Consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’, que repito la proclama hoy la liturgia.
Hoy, como decíamos, la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo. Es la gloria de la Iglesia, es la gloria que un día esperamos nosotros también alcanzar. Hacemos este camino del Reino de Dios con la esperanza de la gloria del cielo. Sabemos que podemos alcanzarla. Jesús nos decía que El iba a prepararnos sitio. Con esas metas de eternidad feliz y dichosa junto a Dios caminamos este camino de nuestro mundo sembrando esas semillas del Reino de Dios con nuestra entrega, con nuestro servicio, con la responsabilidad con que queremos vivir el momento presente de nuestra vida, sin perder nunca la alegría de la fe porque hay esperanza en nuestro corazón.
Miramos a María y nos sentimos estimulados a seguir haciendo ese camino; miramos a María y sentimos fuerza en nuestro corazón porque no nos falta la gracia del Señor que ella intercede por nosotros y para nosotros; miramos a María y pretendemos parecernos a ella para ser luz para nuestro mundo, para llevar esa luz de Cristo como ella supo y sabe seguir llevándola para iluminar nuestros caminos.
La llamamos en nuestra tierra María de Candelaria, y así la celebramos también gozosamente en este día, porque nos trajo la candela, nos trajo la luz, sigue iluminando nuestro camino con la luz de Jesús. Hoy doblemente en nuestra tierra nos sentimos llenos de gozo en esta fiesta de María, por cuanto significa su Asunción y glorificación, por cuanto la podemos llamar Madre de Candelaria para iluminarnos de su luz, que es siempre la luz de Jesús.

domingo, 17 de julio de 2016

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42
‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa… y una hermana llamada María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Mientras Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio…’ Eran los amigos de Jesús. Su casa, en Betania al borde del camino que subiendo del valle del Jordán se dirigía a Jerusalén, estaba abierta para dar agua y descanso a los peregrinos que subían a la ciudad santa. Allí encontró Jesús hospitalidad y acogida pues ya hará referencia el evangelio que estando en Jerusalén Jesús se acercaba a Betania.
Una hermosa virtud la de la hospitalidad en la que las gentes que han habitado en lugares inhóspitos tienen unas actitudes y aptitudes especiales. Vemos en la primera lectura la hospitalidad de Abrahán que vivía casi transeúnte en una tienda para acoger a aquellos tres caminantes que hasta él llegaban. Entendemos también el significado teológico que tiene ese momento en el que es el Señor el que llega hasta Abrahán y premia su hospitalidad anunciándoles el nacimiento del hijo tan deseado.
Entra dentro del orden natural de nuestras relaciones de convivencia con aquellos que más cercanos están a nosotros que seamos acogedores y hospitalarios con nuestros amigos o nuestros convecinos; también es cierto que en las circunstancias de desconfianza en que vivimos ya nuestras puertas y ventanas permanecen cerradas de forma habitual frente a aquellos tiempos no tan lejanos en que nuestras puertas estaban siempre abiertas y los vecinos y los amigos entrábamos con toda naturalidad en las casas los unos de los otros.
En nombre de una humanidad verdaderamente solidaria, y más aún desde la fe que tenemos en Jesús y a lo que nos compromete el mandamiento del amor si solo nos preocupáramos en recibir lo que son nuestros amigos y en quienes tenemos confianza creo que nos quedaríamos cortos del verdadero sentido del mandamiento que crea nuestro distintivo cristiano. La acogida verdadera ha de ir más allá de abrir las puertas de nuestra casa a los que ya conocemos y son nuestros amigos. Como nos diría Jesús en otro lugar del evangelio si amáramos solo a los que nos aman ¿qué hacemos de extraordinario?
Primero que nada tendríamos que decir que esa hospitalidad y acogida es algo que hemos de vivir en el día a día en el encuentro, sí, de los que están mas cercanos a nosotros desterrando de nosotros desconfianzas y recelos que de una forma o de otra tantas veces manifestamos en nuestra relación con los otros. Es ir con mirada limpia, quitando prejuicios y olvidando historias pasadas con las que marcamos a las personas tantas veces; no siempre las puertas de nuestro corazón están abiertas para los demás porque vamos poniendo muchas barreras.
A las puertas de nuestra vida nos van llegando muchas personas a las que seguimos mirando como a la distancia porque nos fijamos en su procedencia, consideramos el color de su piel, sospechamos de su condición, ponemos trabas en la sinceridad porque quizá piensan distinto a nosotros, no somos capaces de dar pasos en muchas ocasiones para trabajar codo con codo con los que no conocemos o son de otra opinión por construir una sociedad mejor. Como se dicen ahora les presentamos tarjetas rojas porque con ellos no queremos trabajar, porque no somos capaces de buscar tantas cosas que nos unen, no nos disponemos a concordar tantas cosas buenas en las que podríamos trabajar juntos.
Esto nos sucede en muchos ámbitos y en muchos aspectos, en las relaciones familiares incluso, en nuestro trato con los que están cerca de nosotros, o con los que tendríamos que colaborar en la vida social de nuestras comunidades o nuestros pueblos. Creo que nos entendemos y muchos ejemplos concretos podríamos poner en este sentido.
Como cristianos tenemos que imbuirnos bien de estos valores, cultivar de forma autentica esa acogida y esa hospitalidad con todos porque en verdad tenemos que ser levadura en la masa de nuestra sociedad para crear ese mundo nuevo y mejor.
Como creyentes hemos de saber hacer una lectura creyente de la situación en la que vivimos, y como creyentes ver cual es la semilla que nosotros hemos de plantar. Pero además como creyentes nosotros hemos de saber descubrir en aquel que viene a nuestro encuentro al Señor que viene a nosotros.
Entre otras cosas podríamos recordar aquello que nos dirá el Señor cuando nos presentemos ante El ‘era forastero y peregrino y me acogisteis… porque todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños a mi me lo hicisteis…’ Por eso con nuestros ojos de creyentes seremos capaces de ver a Cristo que viene a nosotros en esas personas a las que acogemos, a las que recibimos, para quienes siempre vamos a tener abierto nuestro corazón. Cuántas cosas podríamos decir como consecuencia en este sentido.
Ahí ha de estar la disponibilidad para el servicio que brillaba de manera especial en Marta, pero ha de estar también esa acogida desde el corazón como María para desde el corazón escuchar al Señor que nos habla, y también en la escucha que hagamos a los demás sea quien sea – cuánto nos cuesta escuchar al otro y cuánto tendríamos que reflexionar también sobre esto – sabemos que estamos acogiendo al Señor. 

sábado, 24 de diciembre de 2011

Bendito el Señor que viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz



2Samuel, 7, 1-5.8-11.16;
 Sal. 88;
 Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo’, es nuestra oración de bendición y alabanza. Nace el Señor y mañana veremos su gloria, como nos dice la liturgia. Se cumple el tiempo en que Dios envió a su Hijo a la tierra, como repiten las antífonas en estas vísperas de la celebración del nacimiento del Señor.
En el evangelio hemos escuchado el cántico de Zacarías. Cuando llegó el momento de la circuncisión de su hijo y señalar que Juan era su nombre, porque así se lo había puesto el ángel del Señor, recobró el habla que había perdido y prorrumpió en este hermoso cántico de alabanza y bendición al Señor.
Llega el Señor; nos viene a visitar y a redimir; se va a manifestar la misericordia del Señor. Aparece y se manifiesta la fuerza salvadora del Señor que estaba anunciada ‘desde antiguo por boca de los santos profetas’. No puede menos que bendecir al Señor y darle gracia, reconocer su gracia salvadora, la dicha que tenemos de que el Señor venga a nosotros, nos visite y nos redima, nos dé su salvación. No podemos menos nosotros que bendecir al Señor. Que nos encuentre en oración y cantando su alabanza, como expresa la liturgia. Que ‘le sirvamos en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días’ ya que  nos ha iluminado con su luz y nos ha regalado su salvación.
No son necesarias muchas reflexiones en este momento, sino culminar todo ese camino de preparación que hemos venido recorriendo a través de todo el Adviento. Un templo hermoso para el Señor hemos de preparar en nuestro corazón, de lo que nos ha hablado la primera lectura de hoy. Y no es un templo material lo que el Señor quiere. Está buscando nuestro corazón.
Cuando Jesús nació en Belén como vamos a escuchar en esta noche santa no hubo sitio para El en la posada y María y José tendrán que acogerse en un pequeño establo en los alrededores de Belén. Nosotros podemos hacerle sitio en nuestro corazón, tenemos que hacerle sitio en nuestro corazón.
‘Era peregrino y forastero y me acogisteis’ le escucharemos a la hora del juicio final. Era peregrino por los caminos y calles de Belén y no hubo quien le acogiera; es peregrino o forastero, pobre o enfermo y solo en los caminos de la vida que nos rodean, ¿tendrá quien le acoja?
Sabemos cuantos problemas hay a nuestro lado, cuánta gente que sufre, cuántas personas que pasan necesidad, cuántos que se sienten solos y abandonados, cuántos que van por los caminos de la vida desorientados y llenos de angustia por los problemas que los envuelven. Ahí está el Señor que llega a nuestro lado, tendiéndonos su mano, buscando un lugar de acogida, buscando nuestro amor y el calor de nuestro cariño. ¿Cerraremos las puertas? ¿Nos encerramos en nosotros mismos para no ver o para no saber?
Con alegría nos hemos venido preparando y nos queremos disponer a celebrar ya la Navidad. Pero fijémonos cuáles son las actitudes de nuestro corazón que nos está pidiendo el Señor, fijémonos en qué es lo que realmente tenemos que hacer, fijémonos en el amor que tenemos que poner.
Abre tu corazón con amor y recibirás a Dios. Pon amor y generosidad en tu corazón y harás una auténtica navidad. El Señor viene a visitarnos y a llenarnos de su amor y de su paz. Bendecimos a Dios por su presencia y su gracia. Bendigámosle con toda la fuerza de nuestro amor.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una palabra de aliento que nos habla de responsabilidad, disponibilidad, trascendencia


Sab. 18, 6-9;
Sal. 32;
Heb. 11, 1-2.8-19;
Lc. 12, 32-48

‘No temas, pequeño rebaño…’ comienza diciéndonos Jesús hoy. ‘No temas…’ podíamos decir que es una invitación pascual a la esperanza y a la alegría a pesar de tantas incertidumbres y angustias que nos pudieran afectar. Los que creemos en Jesús estamos siempre invitados a la esperanza y con un optimismo nacido de la fe nos enfrentamos a la vida. En varios momentos del evangelio escuchamos esa invitación.
Pero quizá los temores y las angustias del mundo que nos rodea nos afectan y pudieran llevarnos también a nosotros a un desencanto y desesperanza. Sin embargo hemos de escuchar aquel hermoso texto del concilio Vaticano II en el que nos decía que ‘los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo’. Pero nosotros tenemos motivos de esperanza desde nuestra fe en Jesús. Por eso nunca nos podrá el temor ni la desesperanza.
La carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura nos ofrece un hermoso testimonio haciéndonos una hermosa lectura del testimonio de los antiguos Patriarcas. ‘Por su fe, son recordados los antiguos… con fe murieron sin haber recibido lo prometido…’ pero no les faltó la esperanza. Es lo que nosotros hemos de aprender.
Como decíamos son muchos los nubarrones que oscurecen la vida en los tiempos que vivimos. Decimos que son momentos de crisis en tantos aspectos de la vida, aunque de entrada nos encandile la crisis económica con toda la secuela de pobreza y de miseria que están viviendo tantos hermanos nuestros.
Pero creo que es algo más amplio y más hondo lo que sucede. Se ha perdido para muchos la esperanza y cuesta para muchos ver la salida o algún rayo de luz al final del túnel. Pero es que ha habido muchos valores que se han perdido en nuestra sociedad cuando nos acostumbramos a una vida fácil y sin sacrificio, donde la austeridad era una palabra maldita que no se quería oír, donde nadie sabía negarse nada en todos los sentidos y sólo sabíamos dejarnos llevar, donde los valores espirituales quedaban oscurecidos u ocultos desde el materialismo o sensualismo en que se vivía.
Y esto nos afecta a todos y a todos puede hacernos daño. Todos podemos caer en esas redes de desesperanza, de materialismo, de ansias de confort y pasarlo bien, dejando a un lado valores importantes para la persona. Y muchas veces vemos en los cristianos señales de esa desesperanza y desilusión, de ese cansancio y de falta de ideales. Nos parece ver negras también las cosas en el seno de la iglesia por tantos problemas en que nos vemos envueltos, por una pérdida de la religiosidad en nuestra sociedad, por la ausencia de la gente de nuestras celebraciones o por la falta de vocaciones, por citar algunas cosas.
La palabra de Jesús en el evangelio ha tenido y sigue teniendo una validez total para el camino del hombre, para el camino de nuestra vida. Palabra de aliento, de ánimo y de esperanza. Palabras que nunca nos pueden llevar a la pasividad, sino todo lo contrario. Palabras que hemos de escuchar con un corazón abierto.
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas…’ nos dice Jesús. Como el criado que espera la llegada del amo, como el dueño de casa que tiene que cuidarla y estar vigilante para que no le entre el ladrón, como el administrador que tiene que cumplir su tarea y su responsabilidad. Nos está hablando Jesús de responsabilidad y de fidelidad, de disponibilidad y generosidad, de trascendencia. Son cosas que no podemos olvidar, que hemos de tener muy presentes. Con mucha esperanza y con mucha confianza puesta totalmente en el Señor. ‘Nosotros aguardamos al Señor… es nuestro auxilio y escudo… que tu misericordia venga sobre nosotros como lo esperamos de ti’ rezábamos en el salmo.
Con esa fe y esa esperanza no cabe, pues, los temores. Seremos un pequeño rebaño, como nos llama hoy Jesús, y un rebaño pequeño y débil porque también nosotros los cristianos sentimos la debilidad en nuestra vida que muchas veces incluso llevado al pecado, pero tenemos la certeza del amor del Señor que no nos deja, no nos falla nunca. Estará siempre a nuestro lado con la fuerza de su Espíritu que nos sana, nos fortalece, nos llena de la salvación del Señor. ‘Vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’, nos decía Jesús.
Por eso llenamos de trascendencia nuestra vida. Y el tesoro que queremos ganar no son ganancias terrenas sino que queremos que sea ‘un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla’. Es ese tesoro en el que queremos poner nuestro corazón.
Esperamos al Señor que viene a nuestra vida. Queremos mantener íntegra y firme nuestra fe y nuestra esperanza. Es el cimiento verdadero de nuestra vida. No nos puede faltar. Igual que Abrahán, como hemos escuchado en la segunda lectura, que por fe obedeció y se puso en camino. Por eso nos ponemos en las manos del Señor con una disponibilidad total dispuestos incluso al sacrificio, como Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa. Nos ponemos en camino, nos sentimos peregrinos, nos dejamos conducir por nuestra fe en el Señor, buscando la verdadera patria pero sin olvidar esta tierra que pisamos, en la que vivimos, con la que nos sentimos comprometidos a hacerla mejor.
Con esa fe nos enfrentamos a esa tarea y responsabilidad que tenemos también ahora en la construcción de nuestro mundo, agobiado por tantas crisis, pero que sabemos que podemos irlo transformando según esos valores del Reino de Dios en el que creemos y por el que luchamos. No nos importa el sacrificio, la entrega de nosotros mismos y el poner lo nuestro a disposición del bien de los demás con generosidad total. Lo que nos decía Jesús en el evangelio para alcanzar el verdadero tesoro. Unos valores que tenemos que recordar y rescatar para nuestro mundo.
Un mundo que tenemos que llenar de esperanza pero esperanza de la verdadera, de la trascendente, que le de auténtica profundidad a lo que hacemos y vivimos. Tenemos los pies en esta tierra pero miramos hacia arriba, más allá de lo que ahora somos y vivimos porque tenemos una esperanza que veremos cumplida en el Señor.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Peregrinos vigilantes y despiertos para llegar a la patria del cielo

Dan. 7, 15-27
Sal. Dan. 3, 82-87
Lc. 21, 34-36


El camino que vamos haciendo por la vida es como una peregrinación. Recorremos un camino no exento de peligros y tentaciones, pero tenemos una meta a la que aspiramos llegar. No nos es fácil en muchas ocasiones a causa de nuestra debilidad y de los cansancios que nos producen ese caminar y esas luchas que tenemos que mantener. Pero queremos llegar a la meta y nuestra meta está en la patria del cielo. Sabemos que vamos al encuentro del Señor que viene hasta nosotros.
De esa meta, de ese camino y de la vigilancia que hemos de mantener nos está hablando de manera especial la liturgia en estos día del final del ciclo litúrgico. Pero no es para pensarlo solo en algunas ocasiones, sino que es algo que tiene que estar muy presente en el día a día de nuestra vida si queremos caminar en fidelidad al Señor.
Y es que en ese peregrinar de nuestra vida se nos pide vigilancia y atención para no perder el rumbo de nuestro camino, teniendo siempre claro cuál es nuestra meta, quién viene a nosotros y lo grande y maravilloso que es el amor que Dios nos tiene. Por eso en esa vigilancia no podemos dejarnos arrastrar por tantas cosas que nos quieren llamar la atención, tantas cosas que pueden ser tentación para nosotros que nos haga abandonar el camino.
Hay muchos lugares del evangelio donde Jesús nos habla de esa vigilancia. Una vigilancia atenta y activa. Como las doncellas que han de tener encendidas las lámparas, pero con aceite suficiente para que no se apaguen; como el amo de casa que tiene que estar vigilante porque no sabe cuando viene el ladrón; como el servidor fiel que tiene que estar atento para cuando venga su señor, abrirle apenas venga y llame.
Necesitamos vigilancia y ser fuertes frente a la tentación. ‘Tened cuidado, nos dice Jesús: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida…’ Ahí tendríamos que poner tantas cosas que nosotros sabemos muy bien que son tentación para nuestra vida y que nos hacen daño.
Cosas que embotan nuestra mente y encierran en sí mismo de forma egoísta nuestro corazón; tantas cosas que nos ciegan y son obstáculo fuerte para poder seguir el camino libremente; cosas que nos hacen perder nuestra dignidad y grandeza y nos quitan la libertad esclavizándonos. Nos ofrecen libertad pero lo que hacen es esclavizarnos. Nos ofrecen felicidad pero nos hacen más desgraciados aunque algunas veces confundidos pensemos lo contrario.
Por eso el camino no lo hacemos solos ni son solas nuestras fuerzas. No es cosa sólo de voluntarismo por nuestra parte, sino que tenemos que saber contar y confiar en la ayuda del Señor. ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’. ¡Qué necesaria es la oración en nuestra vida! Necesitamos orar para alcanzar de Dios el don de la fe; orar para que podamos dar respuesta al amor que Dios nos tiene; orar para discernir bien el camino y seguirlo con toda fidelidad.
Que cuando venga el Señor nos encuentre así vigilantes, con las lámparas de aceite encendidas en nuestras manos, y con nuestras vestiduras de fiesta blancas y relucientes para pasar al banquete del Reino eterno de los cielos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Iglesia en marcha y comunidad que se construye en comunión

DEDICACION BASILICA SAN JUAN DE LETRÁN
Ez. 47, 1-2.8-9.12
Sal. 45
Jn. 2, 13-22


El día 9 de noviembre litúrgicamente se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Es la Catedral de Roma, la sede del Obispo de Roma y en consecuencia del Papa, Pastor de la Iglesia universal.
La fiesta nos quiere recordar y celebrar la Dedicación, la consagración de este templo, que se le llama el templo madre de toda la cristiandad. Y es al mismo tiempo una celebración profundamente eclesial, no sólo por este aspecto de la consagración de este templo, Iglesia, sino fundamentalmente porque quiere ser un signo de la comunión de todas las Iglesias con la Sede del Papa. Es la comunión necesaria de toda la Iglesia de Jesús, de todos los seguidores de Jesús.
En el marco de esta celebración la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios el texto que hace referencia a la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. ‘El celo de tu casa me devora’, recuerda el evangelista las palabras proféticas para aplicárselas a Jesús en este gesto de querer purificar el templo de Jerusalén de aquel mercado en que se había convertido.
La clave de la comprensión de este texto está en la respuesta de Jesús a los requerimientos de los judíos pidiendo explicación de con qué autoridad hacía aquello. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les responde Jesús. No lo entienden, hablan del tiempo que habían tardado en su reconstrucción en los tiempos de Herodes, que incluso aún no había concluido, pero el evangelista nos dice que ‘él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y dieron fe a la Palabra de Jesús y a la Escritura’. Una clara referencia en principio a su resurrección.
Pero en el marco de esta celebración se nos quiere decir algo más. Hablar de ese cuerpo y de ese templo, es hablar del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, que somos todos nosotros los que creemos en Jesús. Y aquí queremos centrar nuestra reflexión.
La imagen del templo edificio que se construye nos evoca no sólo la materialidad de un edificio material que se construye, sino que nos está hablando de ese templo que somos nosotros y que es la Iglesia.
Como dice uno de los prefacios de la Dedicación de una Iglesia, ‘esta casa visible… donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros…’ Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios. Las mismas palabras lo indican; Iglesia es la convocatoria a un encuentro, los convocados a un encuentro que se encuentran unidos y reunidos; comunidad, ya la misma palabra la indica, los que viven en comunión; pueblo de Dios y familia que siempre implica que muchas se encuentran reunidos y en unidad.
Peregrinos que caminamos unidos; peregrinos hacia la Jerusalén del cielo, somos imagen y anticipo de esa Jerusalén celestial; peregrinos y constructores de esa Iglesia, de ese templo, de esa comunión que necesitamos tener los unos con los otros. ¡Cómo tenemos que cuidar la comunión entre nosotros! No puede faltar si en verdad nos sentimos Iglesia, nos sentimos familia y pueblo de Dios. Una tarea constante que tenemos que realizar. Un empeño y un compromiso, constructores de comunión. De cuántas maneras lo podemos expresar, lo tenemos que expresar en el día a día. Nunca destructores ni demoledores, siempre contribuyendo a la unidad, a la concordia, a la comunión.
Somos Iglesia en marcha, comunidad que se construye, familia que crece, cuerpo que se mantiene unido. Si nos faltara estaríamos destruyendo por la base nuestra fe, nuestro ser cristiano y no habría un auténtico seguimiento de Jesús. Que ese sea nuestro empeño.